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viernes, 14 de agosto de 2009

EL CHISTE DE LA BOMBILLA
(27-8-1999)
JUAN GARODRI


En la época de Ceaucescu, yo también estuve en Rumania y en los Cárpatos, visita obligada. Santiago Carrillo y Gerardo Iglesias se aireaban por allí aquel verano, según el guía nativo, un tipo nervioso y hablador que pretendía comprarme a toda costa la horrible camisa que yo vestía: color amarillo desvaído con vaporosas y verticales rayitas azules. Me ofrecía por ella 1.500 lei. En Transilvania —después de subir y bajar sin descanso los escalerones solariegos del caserón del Conde Drácula— me dio la matraca con lo de la camisa. Como no le hacía mucho caso, intentaba bienquistarme contándome chistes y chascarrillos contra el sistema, mientras miraba con recelo a un lado y a otro para esquivar la vigilancia policíaca que pululaba como las ortigas. Ese arriesgado suicidio verbal del guía a mí me ponía en un brete. Porque, si nos pillaban carcajeándonos a costa de la patria, él se ganaba un seguro puesto de picapedrero en las canteras de Constanza y a mí me enchironaban hasta que apareciese el Cónsul de España a dar la cara por un compatriota desaprensivamente non grato. Y te facturaban en el avión de vuelta.
La base narrativa de la que se nutrían las ingeniosidades irónicamente antipatrióticas del guía estaba entresacada de la masa funcionarial. Y es que nada más bajar del avión en el aeropuerto, te envolvía una caterva verdosa de policías, con su metralleta y todo, que no te dejaba respirar hasta que mostrabas el visado. Cientos de funcionarios, o lo que fueran, vigilaban, oteaban, fisgaban en tu maleta y en tu bolsa de viaje, de manera que se te revolvían las tripas con una extraña sensación de delincuencia y extranjería, esa agitación interior característica del pardillo cazado en la trampa.
El guía me aseguraba que Rumania era el país del mundo en el que más funcionarios pastaban en las praderas del Estado. Así que arreaba contra ellos y me contaba ampulosamente el chiste de la bombilla. Era el que más gracia le hacía, autocomplacido en el esplendor de sus propias palabras. Así que —proclamaba enfáticamente— en cada oficina sesteaban, al menos, veintiséis funcionarios. Ante mi gesto de incredulidad, afirmaba que eran necesarios para colocar la bombilla. Dos veces al día había que quitar y poner una bombilla nueva. Un funcionario se subía a la mesa y sujetaba fuertemente la bombilla con la mano. Nueve funcionarios levantaban la mesa del suelo y la giraban sobre su eje hasta que la bombilla se desenroscaba. Cinco funcionarios salían a comprar otra bombilla: uno presentaba las credenciales en la intendencia estatal, otro la solicitaba por escrito, otro sellaba el cheque, otro la recogía y otro la portaba hasta la oficina. A su regreso, los diez restantes realizaban la operación de colocar la bombilla: uno se subía a la mesa y los otros nueve la hacían girar, etc. Finalmente, el decimosexto funcionario, que era el jefe, se dedicaba a la minuciosa tarea de redactar por escrito el informe de la operación para presentarlo a la superioridad.
Dejando a un lado los jé, jé, retóricos con que yo acompañaba la gracia eslava que sacudía los abdominales del guía, no dejo de pensar en la noticia. Actual. De ahora mismo. Una noticia nuestra. De España. Más de 250.000 funcionarios han pasado a engrosar las listas de empleados públicos desde 1991. Pero, con serlo, no es eso lo sorprendente o preocupante. Lo sorprendente es que las Comunidades Autónomas —una de cuyas funciones, nos dijeron, era la descentralización, la transparencia, la licuescencia, la fluidez burocrática, digamos— han creado 189.700 plazas de funcionarios, 15 por cada uno de la Administración Central, en el mismo período de tiempo. Y los Ayuntamientos y Corporaciones Locales no se han quedado atrás: 61.500 funcionarios en nueve años. Horror. Digo yo que la cosa rozaría los límites del absurdo si el absurdo, en cuanto abstracción, pudiera encajonarse entre la señalización de unos límites. Porque el hecho pintoresco de la cabeza de ratón preferible a la cola de león se ha estirado en demasía y se ha dado (o la han dado) de sí más que un jersey del 68, aquella lana del cuello alto. No se puede inflar tanto una cabeza de ratón. A no ser que la política regionalista se haya convertido en un cómic peliculero y se haya desmadrado con la rutilancia apoteósica de Disney World, que es el especialista mundial en hincharlo todo. Hasta la cabeza del desdichado Micky Mouse, ratón venido a menos.
¿Llegará el día en que nos suban los impuestos para pagar a los funcionarios que se necesitan para gestionar los impuestos que se necesitan para pagar a los funcionarios que se necesitan para gestionar los impuestos que se necesitan para pagar ...? No sé, amigo. Y, aunque yo también soy funcionario, te sugiero que no olvides, por si acaso, lo de la bombilla.
ME GUSTA EL FURBO
(22-8-1999)
JUAN GARODRI


Me lo ha pisado Manuel Rivas, amigo. Yo no iba a escribir hoy del furbo, te lo juro, sino de la empanada musiquera que se zamparon las veinte o treinta mil yogurinas embadurnadas de llanto esquizofrénico, con ingredientes pegajosos de adoración y lipotimias. Yo no iba a calificar a los Backstreet Boys como los «Cinco Pijos/Pollos/Pájaros/Monaguillos/Manzanillos de Orlando». Yo los llamaba los Cinco Cosquillitas del Chumino Angelical, ese roce adolescente de la miel y los tatuajes. Pero me ha pisado el artículo Manuel Rivas, ya te digo. Así que lo he tirado a la papelera (el artículo, admiro al Rivas) y no he tenido más remedio que liarme a todo trapo a escribir de otra cosa. Del furbo, por ejemplo, que tampoco es tema manco, ahora que está a punto de empezar la Liga y una euforia placentera me recorre el espinazo, porque se acerca la hora de Anelka.
Y eso que ... Aquel 13 de junio de 1956 fue un día nacionalmente glorioso. Alguien aseguró que políticamente glorioso. Alguien declaró que internacionalmente glorioso. El Real Madrid, en un memorable partido, acababa de proclamarse primer ganador de la Copa de Europa. Las trompetas esenciales de la Patria, como un caralsol futbolísticamente celtibérico, lo divulgaron por ciudades, pueblos y villorrios, y eso que no había televisión.
Así que no hubo más remedio. Lo del Real Madrid fue grandioso, lo del Real Madrid fue tan épico como las gestas del Cid (ahora resulta que el Cid no era más que un mercenario, un jeta que ponía sus mesnadas al servicio de quien mejor le pagara, fuera moro o cristiano, ¡si don Ramón levantara la cabeza!), lo del Real Madrid fue tan epopéyico como el Descubrimiento de América (ahora resulta que Colón no era más que un asalariado que, encima, se equivocó de cabo a rabo porque otros se le adelantaron en lo del descubrimiento). O sea, que el Real Madrid consiguió el hito más importante del balompié español o al menos, ya que la cosa va de topicazo, un hito tan importante como la victoria sobre la pérfida Albión en el Mundial de 1950, victoria que, en su momento, constituyó una venganza sobre la ocupación de Gibraltar. (Otro hito importantísimo sería, años después, el triunfo de la Selección nacional en la Eurocopa de 1964). En fin, el 3-4 del Real Madrid sobre el Stade Reims fue un hito inenarrable.
Al menos así lo aseguraban los propagandistas políticos, expertos en la utilización depredatoria de los triunfos deportivos para deslumbrar al gentío. De manera que, entre unos hitos y otros, a mí fue creciéndome la afición al fútbol con esa fluencia constante con que a los pájaros les crecen las plumas. Y me gustaba escuchar por la radio la voz de Matías Prats senior, aquella voz modulada de la arenga y de la raza que producía un hormiguillo moderadamente patriótico. Ah, aquella defensa del Atleti, ‘Riera, Aparicio, Lozano’ más musculosa que inexpugnable. Ah, los Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, aquel gamo de Dublín. Ah, los serenos goles de Gárate, los astutos desmarques de ‘zapatones’ Luis, las triangulaciones de Irureta. Ah, los capones y collejas, aquellas heridas de guerra que uno soportaba con orgullo cuando te pillaban con el Marca en vez de con el libro de Latín. En fin, los jovenzuelos de entonces soñábamos con Di Stéfano, Rial o Gento con tanto o más delirio arrebatado con que las jovenzuelas de ahora sueñan con Ricky Martin o los Cinco Cosquillitas Backstreet Boys arriba citados.
Y como el tiempo, amigo, no pasa en balde, disculpa la obviedad, el fútbol ha evolucionado muchísimo, sujeto a la aceleración del ritmo histórico programado por la prensa deportiva, los clubes, las Federaciones y los canales televisivos (sobre todo). De manera que estoy entusiasmado. Incluso la metamorfosis nominal es apasionante y hasta resulta eufónica. Lo de 'fútbol' es envarado y posee algo neblinoso, algo de esa frialdad sajona que disgusta y mortifica. En cambio lo de 'furbo' suena a patria, a cocido, a currante y a tinto con gaseosa. Lo de 'furbo' suena a producto nacional. No como fútbol, que suena a producto inglés, o lo de Barcelona, que suena a producto Van Gaal. Por eso lo proclamo y no me corto: ¡me gusta el furbo! (Ya sin cursiva ni nada).
Es supermegaguay repanchingarte en el sillón y zapear sin descanso, después de la cena, hasta que termina el rollo de la política, de las catástrofes, de la subida de los carburantes y otros acojonamientos, y aparece, por fin, la información deportiva. Bueno, lo de deportiva es un decir. Lo bueno es la información del furbo. Esas entrevistas a Raúl o a Hierro, por ejemplo. Esas preguntas largas y espesas en que brilla la inteligencia del periodista para redondear las tres o cuatro palabras de los entrevistados. Y va Hierro y se rasca la ceja y dice que sí, que bueno, que hay que seguir trabajando. Es maravilloso. Y lo dice tan entrecortada, tan tristemente, que te dan ganas de llorar y darle el pésame. Y va Raúl y se rasca el cogote y dice que sí, que bueno, que hay que darlo todo en el campo. Es extraordinario. Y lo dice tan asustada, tan escolarmente, que te dan ganas de ‘soplarle’ para que pase la prueba.
Es impresionante lo del furbo. Con el espectáculo que ofrece. Con el dinero que mueve. Fíjate, 5.500 kilos por Anelka, más de noventa periodistas en el aeropuerto a recibirle, como si fuese un Jefe de Estado, como si fuese el Papa, o más. Como si hubiese descubierto la vacuna contra el cáncer. Como si fuese el premio Nobel de Literatura. 3.500 kilos por Hasselbaink, «que lo llamen Jimmy, que Hasselbaink es muy largo, coño», (Gil dixit). Y es que el furbo es cultura. Y de la buena. Javier Marías, Muñoz Molina, Pérez Reverte, Antonio Gala y otros descamisados, se darían con un canto en los dientes si sus libros alcanzasen tiradas de cien o doscientos mil ejemplares. Qué mierda. La Guía de la Liga 2000 lanza más de ¡un millón! de ejemplares y se ha agotado en quince días. Ya va por la segunda edición. Cuando la gente la compra, por algo será. Eso es cultura. Para que luego digan que en España no se lee. La gente sabe lo que se hace.
El furbo. Aunque los amantes del libro, y otros resentidos, lo denuesten —progresía y todo eso—, voy a repetirlo: ¡me gusta el furbo y su cultura! (A propósito de resentidos. La otra tarde me contó uno de ellos que, hace poco, entrevistaron a un astro del balompié. Dentro de la gilituerta batería de preguntas tradicional, una se salió de madre. Era esta:
—Está próximo a celebrarse el centenario de Borges. ¿Lo conoce?
El astro del balompié, con desmañado énfasis ciceroniano, respondió:
—Sí hombre, Borges, quién no conoce a Borges. Es una famosa marca de nueces).
Tatatachán.
LA METAFÍSICA Y TAL
(16-8-1999)
JUAN GARODRI


Si yo fuera escultor, iba y me ponía a esculpir una estatua de la Metafísica, tal como la representaban los antiguos, que sabían un rato de estatuas. Porque los antiguos se entretenían constantemente en hostigar las abstracciones, los conceptos, las virtudes e incluso los vicios si me apuras y, una vez domesticados, les atribuían una figura antropomorfa y los inmortalizaban en piedra para ornamentar las ágoras, los templos y los arcos triunfales. (No como ahora, que están tan mal vistos los conceptos —las virtudes es que hasta huelen horrorosamente— y, a lo más que se llega, es a pagar unos millones a cualquier escultor arrimado a las instituciones para que esculpa una figura abstrusamente geométrica, cuanto más grande mejor, y a erigirla en el centro de la plaza, llena de representatividad y de progreso). Si yo fuera escultor, ya te digo, inmortalizaría la Metafísica a través de una imagen femenina, con su cetro y todo, mirando hacia lo alto del empíreo, con los ojos tapados para que no la cegara el esplendoroso resplandor de la sabiduría (de la sabiduría hodierna, digo).
Y es que, amigo, me ha dado por ahí. No tienes más que escuchar el altisonante batiburrillo de algunos locutores/as de radio extendiendo sus explanaciones filosóficamente metafísicas —con pleonasmo y todo— sobre, por ejemplo, determinados grupos musicales. Verás. A eso de las cinco o las seis de la tarde, o por ahí, despiertas del modorreo sestero en el sillón y te apresuras a apagar la tontuna televisiva. Ya sabes, esa manifestación horteramente alegre de concursantes que, con los ojos tapados, meten la mano en una urna con callos a la madrileña, bien coreados por gritos, aplausos, silbidos y ovaciones del público. Así que apagas el bodrio y, como amparo de navegantes, conectas la radio.
¡Ay, amigo! La voz filosóficamente grave de un enteradísimo locutor (esa voz a caballo entre la liturgia de los monasterios medievales y las cazadoras de cuero, que es el hábito litúrgico de las ceremonias punk), te adentra poco a poco en el misterio. Sean Connery no lo hubiera hecho mejor en El nombre de la rosa, de feliz recordación. La metafísica musical (porque el tío está haciendo metafísica, no hay duda, inmerso en la conceptualización hagiográfica) desmenuza con silogismos cuasi escolásticos las interesantísimas andanzas, obra, vida y milagros, de algún famoso (que ya no es gay ¿o sigue siéndolo?, que ha renunciado a sus amoríos con la heroína ¿o no ha renunciado?, que ramonea entre la droga, las sectas y el sexo, que viste pantalones de trabajo y que ya no se repite porque ha adquirido un léxico de base), y el papel importantísimo, el “papel crucial”, insiste, que el grupo del famoso ha jugado en el pop británico de los 90. Los añicos metafísicos saltan por los aires cuando cita, con inglés engolado e imperfecto, los títulos de su noveno single que triplica el subidón que provoca el éxtasis enmarcado en un sello techno-trance, aunque, eso sí, al famoso ya no le interesa el glam porque lo aburre. Y el locutor guarda unos segundos de metafísico silencio. Abrumado me quedo, incapaz de ponerme un compacto con alguna sonata de Beethoven para no considerarme un impío techno-musical.
Si abrumado, ya digo, por tanta espiritualidad techno-imperante, voy y cambio de emisora, puede que no escape, así por las buenas, del acoso verborreico y metafísico. Porque también se hace metafísica de la gastronomía, por ejemplo. La única diferencia es que en el tratamiento de la gastronomía la voz del locutor ya no es tan monacal. Desarrolla ahora una metafísica pragmática y olorosa (si es que la elucubración puede ser pragmática y pueda transformarse en olores el concepto), de manera que la voz se alza en las ondas con mesurado regocijo y entonación jovial y placentera, cual corresponde a la cultura de platos y cocinas.
Por otra parte, la metafísica gastronómica no se airea en solitario. Es, más bien, una participación. Por eso se invita a tertulianos que emiten complacidos pareceres sobre satisfacciones guisanderas. Y así, con apetito y convencimiento, se filosofa sobre las excelencias culinarias del queso, del jamón y el cochinillo, del chuletón y la paella, o de salsas y otras “gourmeterías”, con esa unción reverencial de los monjes prerrománicos en los ágapes solidarios. De manera que uno se queda con la boca abierta cuando escucha sesudas disertaciones metafísicas acerca de los campos de interés afines al bacalao y su proyección sobre la cultura peninsular. O las aserciones filosóficas sobre las diferentes fórmulas utilizadas en la preparación del gazpacho y su influencia en la (sub)cultura de la España profunda. O las disquisiciones sobre las exigencias requisitorias para conseguir una excelente condimentación de la paella y su influencia en la cultura de las conciencias autonómicas, según qué ingredientes contenga, a saber, marisco, pollo, conejo, cabrito, lechón o pimientos morrones.
Y no se queda atrás la metafísica de los vinos. ¡Hay que ver lo que algunos saben de vinos! Conocen la añada, la reserva, la gran reserva, la crianza, la cosecha y hasta los nombres de la uva empleada para cada marca, fíjate. Y filosofan acaloradamente sobre hechos trascendentes: cuántos años se conservó el caldo en barrica de roble, qué virtud extrañísima y añeja dota al vino de un final alargado y goloso que es lo que hace sabroso a un vino, cómo se produce la cocción y la fermentación, cuántos grados y glucosa debe contener el mosto. Y hablan de todo con un metafísico poderío que te deja anonadado. Y hasta conocen la temperatura en que debe servirse el caldo. Y escancian sabios consejos: que si tinto para el asado, que si rosado para la carne roja, que si blanco para el pescado. Y hasta hay quien averigua, sólo por el olor, si al enólogo se le ha pasado la mano en lo del metasulfito. Un verdadero prodigio de sabiduría enológica.
Envidioso me quedo, incapaz de zamparme un cuchifrito o de saborear un Tentudía del 86. Y es que mi analfabeta metafísica gastronómica ni es metafísica ni es nada. Porque se reduce, con frecuencia, al puré de calabacín y al yogur con manzana, ay.
LA TRAFICOMEDIA
(8-8-1999)
JUAN GARODRI


Los hay grandes, medianos y pequeños, todo el mundo lo sabe. Los grandes, inmersos en la altura de su intangibilidad, han conseguido el inmenso poder de los billones (el único poder de hoy) traficando con armas o con droga. Y así, mangonean en los Gobiernos, desatan la seda letal de su influencia para acojonar a congresos y senados, presionan con los dedos amenazadoramente yertos de la muerte para doblegar espaldas y tribunales, todo el mundo lo sabe. Los medianos brujulean en aguas de bajura y sacan tajada de la intermediación y las extorsiones a pesar de que, de vez en cuando, la policía ‘intervenga’ diez o doce mil kilos, todo el mundo lo sabe. Los pequeños ratonean en los albañales de la noche, en medio del amor putero, o entre preservativos y adolescencias, a salto de mata pobretona y roedora, o al atardecer de los barrios, entre meadas y rincones tristemente anochecidos. Son los traficantes, magnificados, empequeñecidos, exaltados y podridamente explotados por el celuloide hollywoodense, esos desmadres americanamente peliculeros bien rellenos de tacos, follaciones, pistolas, metralletas, héroes corruptos y villanos más desgraciados que perversos. Son los traficantes, todo el mundo lo sabe.
Sin embargo, amigo, no voy a darte el coñazo con ellos. Voy a hablarte de otros. Voy a atreverme a hablarte de otros. No son perseguidos por la policía. No son encarcelados. No son condenados por un jurado digamos independiente. Y aunque me repatea el uso desemantizado de la frase hecha, me veo en la necesidad adrenalínica de utilizarla: viven en la más completa impunidad. Se trata, en fin, de los «traficantes de cerebros» (Maruja Torres dixit).
A riesgo abierto, voy a utilizar mi personal parcela hermenéutica para comentar la cosa. Y así, entiendo que el traficante de cerebros es una termita tenazmente incansable que no destruye el cuerpo sino la mente (si te huele a moralina, pasa la hoja y vete a otra sección). Y la destruye a base de presentar lo blanco como negro y al revés. Y va el gentío, ahuecado por la roedura termitera, y acaba creyéndoselo. El traficante de cerebros lleva a cabo sus actuaciones en la traficomedia. Voy a ponerte unos ejemplos de traficomedia. (El criterio de enumeración no es selectivo sino aleatorio).
Traficomedia. Toma número 1. La fauna política se deshace en promesas de amor preelectorales. Después de consumado el matrimonio en el altar de las urnas, se hace acopio de votos y empieza un trapicheo frenético y esquizoide. Se trafica con la voluntad popular, se venden votos a cualquier chichirimundi y se ofrecen ‘puestos de gobierno’ a espaldas de lo que el votante hubiera deseado. Como si los votos legitimaran la chapuza. Se pacta, a continuación, la subida de sus sueldos, un treinta, un sesenta, un cien por cien (Calvià, por ejemplo). Todos de acuerdo. En lo tocante a la pasta, el consenso se hace carne mortal inmediata. Trafican con la credibilidad y el cerebro del personal. Traficantes impunes.
Traficomedia. Toma número 2. Los buitres internacionales trafican con los billones de la reconstrucción de Bosnia. Cuantas más armas vendieron, más reconstruyen ahora. Mira, si no, los contratos concedidos a empresas estadounidenses y alemanas, precisamente. (El asco me impide la explanación narrativa). Trafican con la credibilidad internacional. Traficantes impunes.
Traficomedia. Toma número 3. Los programas horteras de las televisiones nacionales, autonómicas, públicas, privadas, regionales, locales, mundiales. Una ensalada de cutrería y mal gusto. Pululan idiotipos opinadores y sandios que expanden un desagradable olor a «progretura», ese refrito entre progresía y horterismo que sume en la idiocia al incauto que se acerca a mirar al chiringuito. Trafican con el cerebro de los televidentes. Traficantes impunes.
Traficomedia. Toma número 4. La publicidad indiscriminada, ese lepidóptero tecnológica­mente perfecto que chupa las ansiedades del personal. Insuperablemente hábil para el lavado de cerebro, hace creer, en general, que quien posea el producto llegará a ser más sano, más rico, más guapo, más sexy, más culto, más in, más cachas, más bello, más todo (utilizo el masculino con el valor tradicionalmente gramatical que incluye también al femenino, no creas). Por contra, quien no lo posea se metamorfoseará en un gusano kafkiano, última sardina de la banasta social hundida en la miseria de una frustración pestilente. Trafican con los sentimientos del gentío. Traficantes impunes.
Traficomedia. Toma número 5. Traficantes del horror. Espeluznante tomadura de pelo universal en cuya representación pretenden hacer creer al gentío que lo salvan del peligro destructor (?). Para ello salen a escena, de vez en cuando (Corea, Vietnam, Bosnia, hay más ejemplos), y juegan (jouer, representar un papel) a la guerra y la provocan y la organizan y matan. (Si crees que exagero, repasa los «Documentos TV» del día 30 de julio y pregúntale a la CIA). Trafican con el horror y con la muerte. Traficantes impunes.
Ya sé que vas a decirme, amigo, que, puestos así, todo el mundo trafica con el cerebro de los demás. La prensa, los libros, la música, las religiones, los deportes, todo el mundo trafica con ideas o sentimientos o sensaciones de los otros. Trafican con el cerebro ajeno, vamos. Que incluso yo, vas a decirme, trafico con el cerebro de los que lleguen a leerme. Puede ser. Por eso advierto que todos nos hemos convertido, más o menos, en cómicos despendolados de esta estúpida traficomedia.
LO DE INTERNET
(4-8-1999)
JUAN GARODRI

Suele lamentarse el gentío, como si fuera asunto propio, de muchas cosas. Ya sabes, de día y de noche se lamentan. Pero sobre todo a la hora de la siesta, esa hora modorrona y digestiva, más bien antidigestiva, en que uno se atiborra de sensaciones televisivamente eructantes para rematar la ensalada o las postreras rajas de la sandía. Así que el gentío, como digo, se lamenta a más no poder. Por ejemplo. Se lamenta de la mala suerte de los Kennedy, los pobres, que no va a quedar ni uno para perpetuar la saga. Se lamenta del asedio que la subprensa corazonera monta alrededor de Alexandra, cuarto vástago de la desdichada Carolina, tan acosada de matrimonios desgraciados en palacios y tragedias. Se lamenta del abuso futboleramente político (por no decir otras cosas) de Gil y Gil, amachambrado en sus reales marbellíes como un rey Fahd cualquiera, periférico y abundante. Se lamenta, en fin, de que Jesulín (que hay de todo) pretenda bautizar a su hija cuando él ni siquiera se ha casado, actitud “muy malísima”, en opinión de su suegra. Hay lamentos para abastecer los gustos del gentío. (Nadie se lamenta, en cambio, o al menos tan alborotadamente, de los podridos acontecimientos de Manresa, de Bañolas o de Torremolinos. Pero esto sólo lo he pensado. No quiero decirlo).
Así que, amigo, yo no voy a ser menos. Y también voy a lamentarme. Mayormente a quejarme. De Internet. Porque es que manda huevos lo de Internet. —Disculpa y admite, juntamente, el disfemismo, a pesar de que el uso lo haya prácticamente desemantizado desde aquel revoloteo gracioso que armó Trillo cuando lo utilizara, hace tiempo, en el Congreso—.
Resulta que todo el mundo, poco a poco, va incorporando Internet a su ordenador, de manera que cualquier quisque habla de las maravillas cibernéticas con esa abundancia redundante y magnificadora con que Hermida narraba —se cumple en estos días el aniversario trigésimo— la llegada del hombre a la luna. ¿Y para qué vale Internet?, pregunto. Me miran con esa simulada conmiseración y alarma, pelín de guasa, con que se mira al que lleva la bragueta abierta. Pero, hombre, para comunicarse, me dicen. Tú no sabes la cantidad de comunicación que puede uno mantener con Internet. Y de información. Bueno, es que puedes estar informado todo el día, y por la noche. Y hasta puedes crear tu propia página web y relacionarte con quien quieras, y entrar en debates. Les digo que está uno sobresaturado de información y que se me erizan los pelos del cogote si pretendo acaparar toda la información que me es diariamente ofrecida. Les digo que mi estrés cuasidepresivo se debe a la esquizoide pretensión de leer diariamente dos o tres diarios nacionales, además de el HOY, para estar informado, las separatas culturales de fin de semana, más algunos semanarios de información y pensamiento, más alguna revista mensual de información y crítica literaria, todo ello a trompicones y a saltos porque quisiera uno informarse de todo y no es posible. Les digo que recorro las páginas con apresuramiento y angustia, con una acelerada deglución informativa que me deja la boca árida y salinizada como si acabara de engullir en seco dos o tres bocadillos de salchichón. Por si fuera poco, me trago los boletines de noticias en la radio del coche, con mando en el volante para cambiar ansiosamente cada dos por tres a emisoras diferentes. Más. Les digo que llego a casa ya mediado el sonsonete de los telediarios, y zapeo sin parar con triste hambruna de información y de noticias. Y menos mal que el bigote monocorde de Pedro González me acoge en la somnolencia del ciclismo y me echo un sueño. Todo eso les digo a los paladines de Internet. Pero ni por esas. Millones de direcciones, millones de información, insisten, millones de noticias, millones de gráficos, millones de datos. Internet es una maravilla tecnológica. Puedes entrar en cualquier universidad, en cualquier biblioteca de cualquier universidad y en la Moncloa y en la Zarzuela y hasta en el Pentágono y en la Casa Blanca, fíjate. Y hasta puedes comprar lo que quieras porque hay tiendas electrónicas. Y no sólo eso. Puedes bajar a tu pantalla lo que quieras, cualquier programa informático, cualquier cuadro del Prado o del Louvre, lo que quieras, hasta tías puedes bajarte si quieres, fíjate. Y lo del correo electrónico es que ni te cuento. Una maravilla. Puedes mandar tus escritos o tus ideas o tus opiniones a quien quieras, al periódico, a otro cibernauta. En fin, tú te lo pierdes.
No tuve más remedio. Me decidí a que me instalaran Internet y, después de no pocas vacilaciones y dudas del técnico (vuelta a abrirle las tripas al aparato porque el móden interno sólo hacía ¡bip! ¡bip! y no conectaba, inexplicable, no lo entiendo, decía), quedé solo, aislado en la pura tecnología, no muy tranquilo, y me determiné a navegar.
Desde entonces, han transcurrido tres o cuatro meses. Y lo reconozco, más que navegante, soy un náufrago. Cada vez que me adentro en las tareas de la navegación, los mensajes son de este tipo: «No se puede establecer conexión con el servidor, conexión fallida, primer intento de cinco, vuelva a conectarse», y así. Después de varias o múltiples e inútiles intentonas, logro conectarme. Trascurren doce minutos, o más, y empiezan a aparecer los colorines de Ole o de Yahoo. El reloj de arena se eterniza. Escribo la dirección de algún periódico o de algún museo. Cuando empiezan a bajar las páginas o las fotografías ¡por fin!, me froto las manos, porque ya estaba a punto de largarme más allá del extranjero. En ese instante, el móden interno hace ¡bip! y se desconecta. Vuelta a empezar. Después de otra media hora de intentona navegante, estoy a punto de conseguirlo. Pero aparece la familia y me sugiere que ya está bien de acaparar el teléfono. He tenido que instalar una segunda línea. A final de mes, la factura del teléfono indica más de sesenta apuntes de 14,47 minutos por los que tengo que pagar sin haberlos disfrutado. Son las conexiones fallidas, dicen.
Así que he vuelto a mis lecturas y a mi rutinario caudal de información escrita y diaria, como antes. Que la todopoderosa, celestial y sacrosanta triple WWW perdone mi descreimiento. Al menos hasta que Telefónica amplíe la capacidad de los servidores. O nos concedan la tarifa plana. Todo puede ser.