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domingo, 27 de septiembre de 2009

ELOGIO DEL IMBÉCIL
(27-1-2002)
JUAN GARODRI


He tomado el título de una obra que acaba de publicar un periodista italiano. No la he leído. De entrada, parece absurdo elogiar al que es imbécil, pero en el telerreportaje publicitario en el que aparecía la noticia, el autor daba a entender que van desapareciendo los inteligentes y, en contrapartida, son los estúpidos quienes van adueñándose del mundo.
El elogio del imbécil, así, a secas, me hace pensar en Desiderius Erasmus de Rotterdam y su Elogio de la locura, publicada en París en 1511, verdadera delicia de la crítica y de la ironía burlesca. (Siempre se ha traducido la obra de Erasmo como Elogio de la locura pero su título original, en latín, Moriae encomium seu laus stultitiae, parece que alude más a la imbecilidad que a la locura). Como quiera que sea, no tiene uno más remedio que sonreír, e incluso que reír abiertamente cuando lee el parágrafo XVII o el XX, por ejemplo, en los que se trata acerca de la relación hombre-mujer. «La naturaleza de las cosas es tal, que quienes más locos son llevan la mejor parte de la vida, a la cual, si es triste, no sé cómo se la puede llamar vida. Asimismo conviene huir de la tristeza, a fin de que esta hermana gemela del tedio no prive de todos los placeres». Erasmo presenta al personaje de la Locura (imbecilidad) que, en una asamblea, anuncia el propósito de hacer un elogio de sí misma. «Sin mí, afirma la Locura, el mundo no podría existir ni un momento. Porque todo lo que se hace entre mortales, ¿no está lleno de locura? ¿No está realizado por locos y para locos?». A través de la obra, Erasmo utiliza la ironía para criticar las instituciones de la época, la sabiduría de los filósofos, el dogmatismo de los teólogos, el aborregamiento del pueblo. No sé por qué, pero el elogio del imbécil, al que me refería al principio, me huele a que tiene un asentamiento conceptual tomado de la obra de Erasmo. Y así como el Elogio de la locura se burla de la insensatez universal lanzando irónicos ataques a todos los integrantes de la sociedad de entonces (pueblo, reyes, clero, filósofos, teólogos, poetas, retóricos, jueces, maridos, ricos, pobres), así podemos convertir el elogio del imbécil en una crítica a la sociedad actual desde el punto de vista de la inversión de los valores, de tal manera que puede asegurarse que triunfa el tocado por el don de la imbecilidad, gracias a que se aprovecha de los recursos elaborados por el inteligente. Porque se trata de eso: de comprender, y admitir, que el necio no es tan necio y que el inteligente no lo es tanto como a él mismo le parece.
No tienes más que bajar a la realidad de los ejemplos. Tú llegas a casa al atardecer de un fin de semana, esos atardeceres tediosos descogotados por la inminencia del lunes, y te dispones a ver la televisión. (Qué remedio, imposible leer, estás ahíto de suplementos culturales, suplementos de viajes, salud, motor, cocina, trabajo, economía, deportes, cine, vinos con denominación de origen, belleza, moda, teatro, arte, música, literatura, famoseo, ciencia, naturaleza, turismo rural, premios TP e información reiterativa acerca de los chicos/as de Operación Triunfo, cientos de páginas desparramadas por los sofás y la mesa del comedor, prensa efímera destinada inmisericordemente al contenedor de reciclaje, para qué la comprará uno, si parece que siempre estás leyendo más de lo mismo, para qué ese vacuo afán de la información dominguera, es como un vicio, tanto más inútil y perjudicial cuanto más afecto es uno a su adquisición finisemanal). Disculpa la longitud del paréntesis, te decía, amigo, que te dispones a ver la televisión y te diriges a las páginas de información televisiva. Dentro de ella, seleccionas la crítica de películas. Y no falla: si te las das de inteligente y eliges la película señalada con cuatro asteriscos (muy buena), comienza a dominarte un muermo inextinguible que te deprime y te impulsa a comer bombones de chocolate. Si actúas, en cambio, como un imbécil y eliges la señalada con un asterisco (regular) o con un miserable punto negro (mala), suele ocurrir que te distraes y quizá te decides a tomar una cerveza y unos pistachos. Dentro del mundo del deporte (fútbol, naturalmente) también se dan casos semejantes al del cine: hay jugadores imbéciles que no tocan bola en todo el partido y jugadores listos que se parten el alma y no paran de correr durante los noventa minutos, “una lucha impresionante, con trabajo estajanovista, con anticipación, impidiendo con una presión agobiante el juego ágil de los contrarios”. Ya en las postrimerías del partido, el jugador imbécil se acerca a la portería enemiga en el lanzamiento de un córner. Y allí, sin comerlo ni beberlo, mete la punta del pie y consigue el gol para su equipo. Se ha aprovechado del esfuerzo de todos y él brilla con el sudor ajeno. Es el elogio del imbécil.
Ahora, eso sí, donde con más facilidad se produce el hecho que venimos comentando, el del elogio del imbécil, es en el terreno de la política. A ver por qué casi nadie quiere meterse a político. A ver por qué las organizaciones locales de los partidos políticos se las ven y se las desean para encontrar candidatos a la hora de confeccionar las listas electorales. ¿Por qué? Porque casi todo quisque se considera inteligente, casi todo el mundo piensa que sus meninges estimulan conocimiento, comprensión y capacidad para entender. Sólo el que se mete a político carece de dicha capacidad, piensa el inteligente. Sólo el político es ese ser escaso de razón que actúa acomodado en los entresijos de la imbecilidad. Sin embargo, el político triunfa, aparece con frecuencia en los medios de comunicación, adquiere poder de mando y a veces de organización, es saludado e incluso adulado por los demás mortales y, finalmente, se sube el sueldo el 31 por ciento. Dime tú, por el contrario, qué ha sido del inteligente, quién lo conoce, quién lo aclama y quién lo entrevista. Además, el inteligente tiene que contentarse con que le suban el sueldo un 2 por ciento.
Podía ponerte mil y un ejemplos del triunfo del imbécil y del fracaso del inteligente, sobre todo en el ámbito de la cultura y de la sociedad actuales, pero el intento sobrepasaría los límites de este artículo. Así que no parece tan absurdo publicar un libro en cuya portada figura un título tan sorprendentemente actual como el que alude al Elogio del imbécil.

martes, 8 de septiembre de 2009

ELOGIO DEL IMBÉCIL
(27-1-2002)
JUAN GARODRI
He tomado el título de una obra que acaba de publicar un periodista italiano. De entrada, parece absurdo elogiar al que es imbécil, pero en el telerreportaje publicitario en el que aparecía la noticia, el autor daba a entender que van desapareciendo los inteligentes y, en contrapartida, son los estúpidos quienes van adueñándose del mundo.
El elogio del imbécil, así, a secas, me hace pensar en Desiderius Erasmus de Rotterdam y su Elogio de la locura, publicada en París en 1511, verdadera delicia de la crítica y de la ironía burlesca. (Siempre se ha traducido la obra de Erasmo como Elogio de la locura pero su título original, en latín, Moriae encomium seu laus stultitiae, parece que alude más a la imbecilidad que a la locura). Como quiera que sea, no tiene uno más remedio que sonreír, e incluso que reír abiertamente cuando lee el parágrafo XVII o el XX, por ejemplo, en los que se trata acerca de la relación hombre-mujer. «La naturaleza de las cosas es tal, que quienes más locos son llevan la mejor parte de la vida, a la cual, si es triste, no sé cómo se la puede llamar vida. Asimismo conviene huir de la tristeza, a fin de que esta hermana gemela del tedio no prive de todos los placeres». Erasmo presenta al personaje de la Locura (imbecilidad) que, en una asamblea, anuncia el propósito de hacer un elogio de sí misma. «Sin mí, afirma la Locura, el mundo no podría existir ni un momento. Porque todo lo que se hace entre mortales, ¿no está lleno de locura? ¿No está realizado por locos y para locos?». A través de la obra, Erasmo utiliza la ironía para criticar las instituciones de la época, la sabiduría de los filósofos, el dogmatismo de los teólogos, el aborregamiento del pueblo.
No sé por qué, pero el elogio del imbécil, al que me refería al principio, me huele a que tiene un asentamiento conceptual tomado de la obra de Erasmo. Y así como el Elogio de la locura se burla de la insensatez universal lanzando irónicos ataques a todos los integrantes de la sociedad de entonces (pueblo, reyes, clero, filósofos, teólogos, poetas, retóricos, jueces, maridos, ricos, pobres), así podemos convertir el elogio del imbécil en una crítica a la sociedad actual desde el punto de vista de la inversión de los valores, de tal manera que puede asegurarse que triunfa el tocado por el don de la imbecilidad, gracias a que se aprovecha de los recursos elaborados por el inteligente. Porque se trata de eso: de comprender, y admitir, que el necio no es tan necio y que el inteligente no lo es tanto como a él mismo le parece.
No tienes más que bajar a la realidad de los ejemplos. Tú llegas a casa al atardecer de un fin de semana, esos atardeceres tediosos descogotados por la inminencia del lunes, y te dispones a ver la televisión. (Qué remedio, imposible leer, estás ahíto de suplementos culturales, suplementos de viajes, salud, motor, cocina, trabajo, economía, deportes, cine, vinos con denominación de origen, belleza, moda, teatro, arte, música, literatura, famoseo, ciencia, naturaleza, turismo rural, premios TP e información reiterativa acerca de los chicos/as de Operación Triunfo, cientos de páginas desparramadas por los sofás y la mesa del comedor, prensa efímera destinada inmisericordemente al contenedor de reciclaje, para qué la comprará uno, si parece que siempre estás leyendo más de lo mismo, para qué ese vacuo afán de la información dominguera, es como un vicio, tanto más inútil y perjudicial cuanto más afecto es uno a su adquisición finisemanal). Disculpa la longitud del paréntesis, te decía, amigo, que te dispones a ver la televisión y te diriges a las páginas de información televisiva. Dentro de ella, seleccionas la crítica de películas. Y no falla: si te las das de inteligente y eliges la película señalada con cuatro asteriscos (muy buena), comienza a dominarte un muermo inextinguible que te deprime y te impulsa a comer bombones de chocolate. Si actúas, en cambio, como un imbécil y eliges la señalada con un asterisco (regular) o con un miserable punto negro (mala), suele ocurrir que te distraes y quizá te decides a tomar una cerveza y unos pistachos. Dentro del mundo del deporte (fútbol, naturalmente) también se dan casos semejantes al del cine: hay jugadores imbéciles que no tocan bola en todo el partido y jugadores listos que se parten el alma y no paran de correr durante los noventa minutos, “una lucha impresionante, con trabajo estajanovista, con anticipación, impidiendo con una presión agobiante el juego ágil de los contrarios”. Ya en las postrimerías del partido, el jugador imbécil se acerca a la portería enemiga en el lanzamiento de un córner. Y allí, sin comerlo ni beberlo, mete la punta del pie y consigue el gol para su equipo. Se ha aprovechado del esfuerzo de todos y él brilla con el sudor ajeno. Es el elogio del imbécil.
Ahora, eso sí, donde con más facilidad se produce el hecho que venimos comentando, el del elogio del imbécil, es en el terreno de la política. A ver por qué casi nadie quiere meterse a político. A ver por qué las organizaciones locales de los partidos políticos se las ven y se las desean para encontrar candidatos a la hora de confeccionar las listas electorales. ¿Por qué? Porque casi todo quisque se considera inteligente, casi todo el mundo piensa que sus meninges estimulan conocimiento, comprensión y capacidad para entender. Sólo el que se mete a político carece de dicha capacidad, piensa el inteligente. Sólo el político es ese ser escaso de razón que actúa acomodado en los entresijos de la imbecilidad. Sin embargo, el político triunfa, aparece con frecuencia en los medios de comunicación, adquiere poder de mando y a veces de organización, es saludado e incluso adulado por los demás mortales y, finalmente, se sube el sueldo el 31 por ciento. Dime tú, por el contrario, qué ha sido del inteligente, quién lo conoce, quién lo aclama y quién lo entrevista. Además, el inteligente tiene que contentarse con que le suban el sueldo un 2 por ciento.
Podía ponerte mil y un ejemplos del triunfo del imbécil y del fracaso del inteligente, sobre todo en el ámbito de la cultura y de la sociedad actuales, pero el intento sobrepasaría los límites de este artículo. Así que no parece tan absurdo publicar un libro en cuya portada figura un título tan sorprendentemente actual como el que alude al Elogio del imbécil.
FILA ÚNICA
(20-1-2002)
JUAN GARODRI


Como en un templo se eleva el silencio en el recinto, a pesar de estar atestado de gente. A lo más, alguien habla con el vecino en voz baja. Es el efecto de la unción sagrada que produce el euro. Estamos en un Banco. (La mayúscula, obligada). Al fondo, una enorme mampara de cristal separa a los oficiantes del resto de los allí congregados. En la mampara se abren dos ventanillas colaterales definidas con un letrero: Caja. Una tercera ventanilla informa de que está fuera de servicio. Un cartel de buenas dimensiones advierte de que los fieles se alineen en una sola fila, que se abrirá en y griega conforme los fieles de las ventanillas vayan siendo despachados para que se acerquen otros. (La Y griega está incluida en el cartel, tamaño grande).
En el siglo pasado, se formaban dos filas, una por cada ventanilla. Pero el abuso continuado de jetas y aprovechones, que intentaban colarse al menor descuido, originaba discusiones y reyertas, a veces desagradables, en defensa del derecho al número que cada uno consideraba sagradamente propio. (Claro que en el siglo pasado no había fieles en los Bancos, por eso abundaban los jetas). Por otra parte, la interminable espera en la doble fila causaba desasosiego y nerviosismo a muchos de los aspirantes. Porque nada más entrar en el Banco, veían la doble fila que llegaba hasta la puerta, así que no tenían más remedio que elegir una de ellas. Y no fallaba: eligieran la que eligieran, siempre veían avanzar fluidamente a los de la fila de al lado mientras que los de la suya permanecían anclados en el suelo, como si los zapatos fuesen de plomo, sin moverse ni un centímetro. El personal empezaba a agitarse y alargaba el cuello hacia adelante —los pies era imposible moverlos en ninguna dirección—, en un intento casi siempre inútil de averiguar por qué coños el tío de la ventanilla llevaba veinte minutos convertido en una plasta inmóvil. Así que la dirección de la entidad bancaria decidió por fin adoptar la solución de la fila única.
La fila única es rigurosamente seria. Y no sólo porque dificulta la acción del jeta que intenta colarse, sino también porque induce al silencio y a la contemplación. Al silencio, porque la austera posición de fila india invita escasamente a la cháchara amistosa. A la contemplación, porque las cotorinas, los cogotes o los culos inmediatamente delanteros constituyen un paisaje de geografía humana de difícil catalogación. Hay coronillas elegantes y sobrias, contrapuestas claramente a otras coronillas enfermizas y escasas. Hay cogotes categóricos y poderosos, pero también los hay endémicos y peludos. Hay culos —me refiero a los de las señoras, por lo que a mí respecta— encogidos y tristes, pero aparecen también culos esplendorosos y rotundos, ese poderío celulítico diseñado para sentarse tranquilamente a tomar café ofreciendo a la dueña un ámbito de tranquilidad fundamentado en las amplias redondeces de su nalgatorio. No digamos nada si el culo es de una señorita de buen ver. Entonces la mirada disimula, y mientras un ojo se clava en el letrero que ofrece rentabilidad segura a tus euros, el otro se desliza por las ondulaciones traseras de la joven.
La fila única supone la salvación del ahorro en medio de una especie de relación de vasallaje que se establece entre el impositor y el banco, o del impositor hacia el banco. Feudalismo, o algo así. Un feudalismo crematístico al que la globalización obliga. No es el feudalismo, pero le anda cerca. El feudalismo era el sistema feudal de gobierno y lo feudal era lo perteneciente o relativo al feudo, un contrato por el cual los soberanos y los grandes señores concedían en la Edad Media tierras o rentas en usufructo, obligándose el que las recibía a guardar fidelidad de vasallo al donante y a pagar la renta. Dime tú qué es un banco cuando concede un crédito...
La fila única supone la aceptación de una disciplina que resulta cuando menos extraña a la insubordinable personalidad del hombre de hoy (y de la mujer). Es una vuelta a la fila de la infancia, aquella ordenación numerada de niños y niñas que, obligatoriamente, desfilaba por pasillos y retretes en los colegios de la niñez. El buen comportamiento suponía recibir a cambio el premio del recreo. La fila única nos mete de cabeza en los bancos, ya digo, los educadores del siglo XXI, los ricos del tercer milenio, ahí están sus grandes beneficios (aunque a alguno de los Grandes les haya salido el tiro por la culata con lo de Argentina, pero ya se cuidarán ellos de cambiar la escopeta). El poder del dinero está ahí, el único poder del mundo. Y no se conforman con poco, todo para ellos. Y a los impositores una mierda de un 2'5 por ciento o por ahí, y tan contentos los de la fila única, porque usted es buen cliente o cliente privilegiado, y le vamos a conceder un 2'75 por ciento, además del derecho que tiene a adquirir multitud de objetos valiosos canjeados por los puntos que usted haya ido acumulando en el uso de la tarjeta de crédito, miles de establecimientos a su servicio en toda España, y en el mundo, tan solo por usar la tarjeta de crédito, un valor al alcance de la mano que redundará en su comodidad adquisitiva y por tanto en su propio beneficio, bla, bla, bla. Fila única. Algo parecido les ocurría a los pobres de las novelas de Galdós, socorridos con unos centavos por los ricos a las salidas de las iglesias, y tan contentos porque les daban algo o se fijaban en ellos... (Puedes comprobarlo si lees Misericordia, por ejemplo).
La fila única. Es el símbolo de la subordinación ciudadana al inmenso poder del dinero. (Mi tío Eufrasio dice que no le extraña en absoluto el hecho de que Rodríguez Ibarra haya intentado demoler el símbolo a base de colocar por ley el impuesto a los Bancos).
EL ACORDEONISTA
(13-1-2002)
JUAN GARODRI

La calle peatonal de la ciudad está atestada de gente. Es el último día del año y la temperatura media ronda los cinco grados bajo cero. Todo el mundo se echa a la calle este último atardecer de diciembre en un intento ilusorio, me parece, de alargar la fecha del calendario, como si con ello se consiguiese la conquista de un decímetro más de perpetuidad, ese deseo supremo que nos retuerce el cuello, la perpetuidad, que nos define como humanos anclados en la ilusoria música del tiempo, un tiempo concebido tal vez con la pretensión de algo extenso o inacabable.
La calle peatonal parece un hormiguero. La gente va y viene, se saluda, se esquiva. Hay quien se detiene y forma corrillos de charla amistosa. Hay quien camina deprisa, acosado por la desconsoladora soledad de la multitud. Tiene que ser horrible caminar entre la gente y estar solo. Muchos portan bolsas con productos para la cena, bolsas con regalos, bolsas. A lo largo de la calle peatonal, cientos de bombillas incrustadas en arcos iluminan de forma exagerada y fastuosa. Las luces de los escaparates, sus adornos, oscilan y desean feliz salida y entrada de año. Las luces de los escaparates invitan a la adquisición de la felicidad. Cómo vas a salir del año pordioseando en tus propios bolsillos. Cómo vas a entrar en el nuevo año, 2002, encima capicúa, sin tirar al aire la cana de las últimas pesetas. Hay que gastar. El gasto disipa la convalecencia del estrés. El gasto es la persecución de la apariencia, de la belleza, del poder. Con el gasto se aparenta muchas veces lo que no se es. Hay que aparentar. Pero para gastar hay que tener dinero. Si no se tiene, se deja a deber. Ya se pagará. Adquiéralo ahora y pague dentro de seis meses, dicen las ofertas. Y si no se paga, que se jodan los comerciantes, que mucho ganan, y las empresas, y las telelíneas. El caso es gastar. La operación del gasto supone un desbordamiento psicológico que va emparejado con la máscara que cada cual se viste, en una especie de carnaval perpetuo e inacabable en el que se danza a diario, como signo indefinible de felicidad. El coche máscara es signo de poder. La ropa máscara es signo de situación social. La sexualidad máscara es signo omnipresente de poderío físico. Y la felicidad máscara es una raya en el agua, ya se sabe, algo que no puede jamás conseguirse: en el momento mismo de atraparla, ya se está deshaciendo entre los dedos.
Cuando entramos en la calle peatonal, una musiquilla se eleva por encima del vocerío, son las notas inconfundibles de un acordeón. Conforme avanzamos, el apiñamiento es de un aborregamiento colectivamente humano que apenas nos permite caminar. La multitud anda de acá para allá, se tropieza, se da codazos. La gente se agolpa ante los escaparates produciendo tapones que entorpecen el tránsito. Se agolpa sobre todo ante las puertas de los despachos de lotería y quinielas. Colas interminables se alargan a la espera de un posible maná millonario que proporcione la posesión de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. A lo que parece, es increíble la fe ciega de la gente en la lotería, aquella antigua fe del carbonero que creía en todo sin tener conocimiento de nada, que admitía todo sin pararse a aplicar la crítica de la razón a nada.
La música del acordeón va sonando más cerca. A medida que nos aproximamos, el apiñamiento humano va diluyéndose, se esfuman los corrillos y vemos, por fin, al acordeonista, sentado en un taburete. Tiene los pies liados en un retal de manta, sin duda para resguardarlos del frío. Un gorro de lana le cubre la cabeza. Ante él, en el suelo, se abre la funda del acordeón, una súplica muda e inútil de petición de un donativo. Unas pocas monedas resaltan en el vacío rojo del interior de la funda. La gente da un pequeño rodeo y prefiere pasar de largo, esquivar aquella figura musical e indigente que se convierte de pronto en la conciencia acusadoramente colectiva del derroche. Quien más quien menos lleva puesta la máscara de la posesión, la máscara del poder, la máscara del aquí estoy yo que no soy menos que nadie, dentro de una persecución angustiada de la felicidad. Los acordes suaves del acordeón constituyen un obstáculo imprevisto y desagradable de la felicidad que se persigue. Al esquivar al acordeonista, cada uno esquiva la propia mezquindad, cada uno huye de su propio egoísmo. Las notas del acordeón son dedos que acusan directamente al centro de la indiferencia. Ese es nuestro signo. El signo que nos distingue como humanos, esa perversa contraposición entre autenticidad personal y fingimiento social. Lo cual constituye, ni más ni menos, el fracaso del individuo como signo de su peculiaridad social. La máscara y el signo.
Mientras, el acordeonista sigue envuelto en su bufanda y sus dedos ateridos interpretan un fragmento de la Oda a la Alegría: «Escucha, hermano, la canción de la alegría, todos los hombres se hacen hermanos allí donde tus suaves alas se ciernen».
Las notas sonaban con toda la tristeza del mundo.
LA SUPERSTICIÓN
(6-1-2002)
JUAN GARODRI


Mi abuela tenía una fe ciega en las mariposas. Ibamos por el campo y prestaba atención a las mariposas, no se le escapaba ni una. Mariposa blanca, buena noticia, decía, y batía palmas y nos animaba a que contemplásemos el tembloroso aleteo de su blancura. Si la mariposa era negra, miraba hacia otro lado y cruzaba los dedos por debajo de la mandileta, convencida de que el lepidóptero, tan solo por ser de color negruzco, le acarrearía alguna oscura e indeseable desdicha. En otros tiempos, la mariposa (blanca o negra) constituía el símbolo infalible de la dicha o de la desgracia. En los nuestros, la salud, el dinero y el amor son objeto de acendrados ritos supersticiosos que determinan hasta dónde puede llegar el listón de la felicidad en el año que nace.
Y así, estos días de final y entrada de año, significados por la luminosidad de la fiesta y por la redundancia de la gastronomía, han estado rodeados más que nunca por la figura envejecida de la superstición. La superstición conlleva en su propia raíz etimológica (superstare) el ansia de sobrevivir. No hay más que echar una ojeada al rito familiar y exagerado de las doce uvas. Es la liturgia de la supervivencia. Un año más, eso se desea, sobrevivir otro año rodeado de salud, dinero y amor, bueno, al menos rodeado de salud y de dinero, bueno, al menos de salud. En realidad, el ceremonial de las doce uvas es la celebración supersticiosa del rito de la salud. Media hora antes de la medianoche, no tienes más remedio que preparar tu plato con tus doce uvas y el cuñado redicho empieza a sermonearte con la firme admonición de sus convicciones, tío, que las tuyas son más delgadas y así cualquiera, tienes que tragarte unas uvas gordas, como las mías, mira, esto es lo que son uvas, si no a ver qué coño de salud vas a tener en el 2002, y sin pelarlas, tío, porque si las pelas no tiene gracia, lo bueno es masticar el pellejo, sentir cómo se te pega a las muelas el tegumento del hollejo para darle sentimiento a la reiteración de las campanadas, pero qué haces, coño, no les quites las pipas, sin pipas las uvas no son uvas, sin pipas las uvas son un sucedáneo blanducho del fruto de la vid, hay que mascar la pulpa, el pellejo y las pipas como si mascases la carne de una entidad sagrada, una unidad revuelta entre la lengua y el paladar, una masa de glucosa y azúcar dispuesta a santificarte los trescientos sesenta y cinco días del año, sin la tragantada sana y algo apurada de las uvas no podrás disfrutar de una salud medianamente aceptable, y cuidado con lo que haces, que te conozco, tío, tienes que tragarte las doce uvas, una por una, sin escaquearte de las tragantadas, que tú mucho simular atención a las agujas del reloj de la tele y, a las primeras de cambio, arrojas distraídamente una uva cada dos campanadas al plato de los huesos, y así, cómo quieres estar sano, coño, no me extraña que cada dos por tres te veas morado para hacer las digestiones.
En cuestiones de dinero, la superstición ha dejado su huella en la adquisición de lotería de Navidad. Este año toca, vamos, seguro. Y tienes preparado en un cajón de la mesa debajo del ordenador, un sobre de buenas dimensiones, 30 x 20 o así, para dar cobijo a la infinidad de participaciones de lotería que vas adquiriendo a trancas y barrancas. Llegas al supermercado a comprar fruta, y la cajera te dice que cómo no compras lotería, que este año va a tocar, y coge el taco y lo pasa suavemente por los billetes de la caja, lo frota contra ellos, lo sumerge entre ellos en un acoplamiento casi erótico de promiscuidad monetaria. Saca el taco y, antes de depositarlo en su sitio, golpea blandamente con él su seno izquierdo, supongo que en un alarde simbólico de afecto o cariño por la cercanía del corazón. Así cualquiera. No tienes más remedio que adquirir dos mil pesetas, sin recargo, convencido de que indefectiblemente, después del rito frotatorio, te caerá la breva de los millones. Bueno, conozco a un tipo que cada vez que sube o baja en el ascensor golpea tres veces el timbre de alarma, con suaves y provocadores impulsos, como si lo acariciara, convencido de que su buena suerte en la lotería va unida a la yema propulsora de su dedo índice. Otro hay que baja a depositar la bolsa de basura en el contenedor a las 21'47 horas, exactamente, sin atrasarse ni adelantarse un minuto porque le va en ello la vida lotera. Preguntado el interfecto acerca de tan extraña manía supersticiosa, asegura que no tiene más remedio que hacerlo si quiere que le toque la lotería, porque el número que adquirió hace más de dos meses es precisamente ese, el 2147.
En cuanto a lo del amor, la superstición ha ido unida al cansancio físico en estas fiestas milenarias. Después de las doce uvas y la algarada de los relojes, los besos y abrazos abundan más que nunca a pesar de la barba puntiaguda del primo de Zaragoza y de la pechuga prominente de su esposa. El cuñado te abraza y te golpea la espalda con furia afectuosa y besas a los suegros con desapasionado fervor. Todo el mundo se desea paz, felicidad y amor familiar. Lo malo viene después de las muestras efusivas. A alguien se le ocurre la idea de salir a tomar unas copas para festejar la entrada del nuevo año. De nada valen tus protestas y justificaciones. Esta noche es el símbolo del amor, te dicen. Tal como funciones esta noche, funcionarás a lo largo del año en tus relaciones de pareja. Y así, vas trotando del cotillón al casino y del casino al bar de copas con la culpable intención de mejorar tus relaciones. A las siete de la mañana regresas a casa convertido en un guiñapo feliz y trastrabillante. Gracias al gorro de papel y a las serpentinas, tu felicidad queda asegurada un año más en el cariñoso regazo del amor. Seguro.