DE BEOCIOS Y LELOS
JUAN GARODRI
(30-5-2009)
Si ustedes prefieren el pudor léxico, puedo decir retrasados y retrasados mentales; utilizo lo de gilipollas para darle cuerda al DRAE. Bien. Dentro de la especie humana española (supongo que en otros países también) se diferencian dos tipos, entre otros, no claramente diferenciados: los gilipollas y los gilipollas mentales. Los primeros piensan poco, y este poco lo absorben de las informaciones televisivas, púlpito actual, una vez conseguida, o casi, la laicización social con la subsecuente eliminación de sermones y homilías de iglesia. Los segundos piensan más, ya por sí mismos (la minoría) ya influidos (la mayoría) por otros pensadores que les calzan ideas descubridoras de mediterráneos políticos. «En mis manos levanto una tormenta / de piedras, rayos y hachas estridentes / sedienta de catástrofes y hambrienta». Miguel Hernández. Puro reflejo del discurso de Rajoy quien, según Zapatero, se dedica al pesimismo, la desilusión, el tremendismo y las ganas de tumbar al Gobierno para que éste no presuma de esperanzas dúctiles. Alguna cadena televisiva, involucionista, conservadora y retro, al decir de sus contrarios, asegura en sus debates (y en los ‘correos’ que aparecen en la parte inferior de la pantalla) que ZP es la perdición y el hundimiento patrio. Alguna cadena televisiva, evolucionista y progre, asegura en sus debates y en su prensa afín, al decir de sus contrarios, que Rajoy es un predicador medieval, profeta de ruinas y pestes sociales, visionario de desgracias. Excluyo a Zapatero y a Rajoy del grupo de gilipollas. Incluyo en ellos a sus oyentes y partidarios. ¿En qué grupo de taxonomía social podemos incluirlos? En el de los simplonamente gilipollas o en el de los crédulamente gilipollas mentales? En quaestio. He ahí el problema. Difícil solución. Porque ambas tipologías son aficionadas a fruncir telas con la aguja de navegar cultos, que dijo Quevedo.
Por su parte, la Justicia, esa dama de ojos tapados y clámide al viento, se lo pone difícil a los agilipollados. No solo el topetazo tonante del Constitucional contra el Supremo en el caso de “la lista letal” (ABC) de Alfonso Sastre, sino en las sorprendentes sentencias que culpan más, desde el punto de vista penal, al que fotocopia una página de un libro, por ejemplo, que al que te pega una paliza por impedir el acoso sexual a tu novia (la reproducción sería delito con pena; la agresión sólo una falta).
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domingo, 21 de febrero de 2010
TONTILOQUISMO
JUAN GARODRI
(16-5-2009)
Cada jueves concertamos el nombre del bar al que vamos a ir a tomar unas copas antes de comer. Y no fallamos. Los cinco. Se habla de todo. De la nueva gripe y de la solidaridad y cohesión que Zapatero propone como solución a la crisis. Saboreando un tempranillo de Ribera del Guadiana, me dice un amigo, oye, listo, ¿sabes de dónde viene tontiloquismo? No, le digo, lo oigo por primera vez. Pues viene de tonto y de loco, dice, que así están de majaras los muchos que forman parte de los debates. Innumerables debates. En radio, en televisión, en Internet, todo el mundo debatiendo, que ya es el colmo, tío, la depreciación de la palabra, que nunca ha valido menos. Se habló del triunfo del Barça, cómo no, y del servilismo de RTVE que ocultó la pitada al rey y al himno.
Llegado que llegué a casa, pensé en el significado de tontiloquismo y, como no me convenció la aplicación etimológica de mi amigo, me propuse encontrar otra más convincente. Ya se sabe que las posibilidades combinatorias del lenguaje ofertan la creación de nuevas palabras. El léxico es algo vivo que se renueva constantemente según las influencias que admite. Tontiloquismo. Acertado. Al menos para mí, en el sentido que le atribuyo. Es decir, palabra compuesta de ‘tonti’ y ‘loquismo’. Evidente. Tonti es hipocorístico de tontuna, o tontería, y loquismo es derivación léxica de ‘loqui’, infinitivo del verbo latino loquor, que significa hablar. De manera que el tontiloquismo viene a ser algo así como hablar de tonterías. Pero no tonterías de las que canta el tipo que va perdiendo aceite, sino hablar de tonterías que los circunlocutores, al marear la perdiz, toman por cosas tan serias como la solución de la crisis, por ejemplo, o la ocultación del himno. El vacío mental del gentío intenta llenarse con opiniones ajenas, en vez de procurar ideas para formarse una opinión propia.
Es cansina la insistencia de los medios por incitar al personal a manifestar su opinión. “Si llama al cuatro cuatro no sé cuantos siete cinco, o manda un SMS, muestra su opinión en el reborde inferior de la pantalla y puede ganar seis mil euros”, le dicen.
Ni el éxtasis por Laura libró a Friedrich Schiller de afirmar que «la verdad no está fuera, allí la busca el necio; está en ti, tú la produces eternamente».
JUAN GARODRI
(16-5-2009)
Cada jueves concertamos el nombre del bar al que vamos a ir a tomar unas copas antes de comer. Y no fallamos. Los cinco. Se habla de todo. De la nueva gripe y de la solidaridad y cohesión que Zapatero propone como solución a la crisis. Saboreando un tempranillo de Ribera del Guadiana, me dice un amigo, oye, listo, ¿sabes de dónde viene tontiloquismo? No, le digo, lo oigo por primera vez. Pues viene de tonto y de loco, dice, que así están de majaras los muchos que forman parte de los debates. Innumerables debates. En radio, en televisión, en Internet, todo el mundo debatiendo, que ya es el colmo, tío, la depreciación de la palabra, que nunca ha valido menos. Se habló del triunfo del Barça, cómo no, y del servilismo de RTVE que ocultó la pitada al rey y al himno.
Llegado que llegué a casa, pensé en el significado de tontiloquismo y, como no me convenció la aplicación etimológica de mi amigo, me propuse encontrar otra más convincente. Ya se sabe que las posibilidades combinatorias del lenguaje ofertan la creación de nuevas palabras. El léxico es algo vivo que se renueva constantemente según las influencias que admite. Tontiloquismo. Acertado. Al menos para mí, en el sentido que le atribuyo. Es decir, palabra compuesta de ‘tonti’ y ‘loquismo’. Evidente. Tonti es hipocorístico de tontuna, o tontería, y loquismo es derivación léxica de ‘loqui’, infinitivo del verbo latino loquor, que significa hablar. De manera que el tontiloquismo viene a ser algo así como hablar de tonterías. Pero no tonterías de las que canta el tipo que va perdiendo aceite, sino hablar de tonterías que los circunlocutores, al marear la perdiz, toman por cosas tan serias como la solución de la crisis, por ejemplo, o la ocultación del himno. El vacío mental del gentío intenta llenarse con opiniones ajenas, en vez de procurar ideas para formarse una opinión propia.
Es cansina la insistencia de los medios por incitar al personal a manifestar su opinión. “Si llama al cuatro cuatro no sé cuantos siete cinco, o manda un SMS, muestra su opinión en el reborde inferior de la pantalla y puede ganar seis mil euros”, le dicen.
Ni el éxtasis por Laura libró a Friedrich Schiller de afirmar que «la verdad no está fuera, allí la busca el necio; está en ti, tú la produces eternamente».
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año 2009 - 05 mayo
CABREO SORDO
JUAN GARODRI
(2-5-2009)
Ando decrecido en medio de una causa perdida. La de los datos. De cara al exterior, la intimidad individual se asienta en los datos. Tus datos son tu afirmación. Uno es nadie si carece de esa minúscula y tibia alcoba de los datos personales. Uno encuentra en ella su protección. Si se derrumba la concavidad protectora de tus afirmaciones, te diluyes en la nada. Tu lugar y fecha de nacimiento, el nombre sagrado de tu padre y el de tu madre, tan entrañables. Y más datos, si estás casado o soltero, divorciado, separado o emparejado, si viajas al extranjero o veraneas en el Pirineo aragonés, si tienes dos hijos y dos hijas, o uno y una, o ninguno, tu profesión, tus aficiones y la marca del coche, dónde trabajas, qué categoría profesional es la tuya, de qué poder adquisitivo disfrutas. Todos tus datos, toda tu intimidad volando por ahí, toda la amplitud de tus obsesiones, de tus aficiones, de tus devociones, de tus adquisiciones, todas las cicatrices de tus apegos y fidelidades, toda la interioridad de tus desvaríos, todos aparcados en las bases de datos de no se sabe quién, diseminados en las agendas de cientos de casas comerciales, tus datos en el aire, y tú con el culo a las goteras, quién coños ha difundido mis datos, quién ha negociado con ellos, quién ha sacado tajada de ese rastro de mí mismo, ese rastro a veces doloroso que he ido dejando a lo largo de la vida por las covachuelas oficiales, por los garitos institucionales, por las agencias y organismos, qué hijo de madre ha comerciado conmigo.
Ay, es causa perdida. Detener el vuelo carroñero de mis datos es una causa perdida. Y que no me vengan con la protección de la intimidad, y todo eso, instituida desde los organismos oficiales. De poco vale. No hay día en que no reciba información de productos inimaginables, incluso estúpidos. Cientos de folletos informativos tentando mi bolsillo para que adquiera belleza, sabiduría, cultura, música, salud, acciones en bolsa, vacaciones, viajes baratísimos, fondos de inversión, jamones, portátiles y televisores LCD.
(Así que he colocado junto al buzón una papelera y he jurado, ante el altar de la exasperación, coger con dos dedos, como quien coge una rata, toda la diaria publicidad que reciba y arrojarla a su fondo. Sin ni siquiera mirarla, claro).
JUAN GARODRI
(2-5-2009)
Ando decrecido en medio de una causa perdida. La de los datos. De cara al exterior, la intimidad individual se asienta en los datos. Tus datos son tu afirmación. Uno es nadie si carece de esa minúscula y tibia alcoba de los datos personales. Uno encuentra en ella su protección. Si se derrumba la concavidad protectora de tus afirmaciones, te diluyes en la nada. Tu lugar y fecha de nacimiento, el nombre sagrado de tu padre y el de tu madre, tan entrañables. Y más datos, si estás casado o soltero, divorciado, separado o emparejado, si viajas al extranjero o veraneas en el Pirineo aragonés, si tienes dos hijos y dos hijas, o uno y una, o ninguno, tu profesión, tus aficiones y la marca del coche, dónde trabajas, qué categoría profesional es la tuya, de qué poder adquisitivo disfrutas. Todos tus datos, toda tu intimidad volando por ahí, toda la amplitud de tus obsesiones, de tus aficiones, de tus devociones, de tus adquisiciones, todas las cicatrices de tus apegos y fidelidades, toda la interioridad de tus desvaríos, todos aparcados en las bases de datos de no se sabe quién, diseminados en las agendas de cientos de casas comerciales, tus datos en el aire, y tú con el culo a las goteras, quién coños ha difundido mis datos, quién ha negociado con ellos, quién ha sacado tajada de ese rastro de mí mismo, ese rastro a veces doloroso que he ido dejando a lo largo de la vida por las covachuelas oficiales, por los garitos institucionales, por las agencias y organismos, qué hijo de madre ha comerciado conmigo.
Ay, es causa perdida. Detener el vuelo carroñero de mis datos es una causa perdida. Y que no me vengan con la protección de la intimidad, y todo eso, instituida desde los organismos oficiales. De poco vale. No hay día en que no reciba información de productos inimaginables, incluso estúpidos. Cientos de folletos informativos tentando mi bolsillo para que adquiera belleza, sabiduría, cultura, música, salud, acciones en bolsa, vacaciones, viajes baratísimos, fondos de inversión, jamones, portátiles y televisores LCD.
(Así que he colocado junto al buzón una papelera y he jurado, ante el altar de la exasperación, coger con dos dedos, como quien coge una rata, toda la diaria publicidad que reciba y arrojarla a su fondo. Sin ni siquiera mirarla, claro).
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lunes, 8 de junio de 2009
HABRÁ QUE MOJARSE
Publicado en HOY (sábado, 23-5-09)
JUAN GARODRI
Hay un aspecto de la realidad que baja turbio con sus vaivanes, sus demagogias, sus elocuencias y sus engaños. Una realidad que me desasosiega y me hunde en la confusión. Me refiero a la controvertida nueva ley del aborto.
Habrá que mojarse. Una de las equivocaciones políticas de la democracia consiste en el nombramiento de altos cargos sin que tengan ni repajolera idea del trabajo ministerial para el que son nombrados. Tienen que fiarse de consejeros, adlátares, secretarios, subsecretarios y mandamases de rango superior. No es de extrañar que la señora ministra de Igualdad, doña Bibiana Aído, que fue directora de la "Agencia andaluza para el desarrollo del Flamenco" (julio 2006-marzo 2008), desconozca, probablemente, el inconveniente ético, social y personal que plantea el aborto a los 16 años, aunque conozca, se supone, el alcance político de la nueva ley del aborto. Porque lo importante de esta cercana nueva ley es su rentabilidad política, no nos engañemos. Por otra parte, a uno se le vuelve la cabeza un leño (o la picha un lío, dicen los coloquialistas) cuando lee declaraciones de la ministra en las que afirma que si ella tuviera que abortar no abortaría, o declaraciones de don José Blanco en las que dice que él, como católico, no es partidario del aborto. Bibiana Aído y su ministerio de Igualdad. No puede haber igualdad absoluta. La igualdad, como los sinónimos, navega en una franja de relatividad que produce, curiosamente, desigualdad. Para que unos ganen otros tienen que perder. Necesariamente. A una adolescente se le supone madurez suficiente para poder abortar, y se le niega esa madurez para concederle el permiso de conducir. Hay algo que no encaja.
Así que el Gobierno prevé crear una nueva Ley del Aborto. Se trata de un asunto que no está exento de polémica. Según María José Borrego, miembro del Grupo Interdisciplinario de Bioética de la Universidad San Pablo-CEU, la iniciativa es una excusa para liberalizar totalmente el aborto (y hacer política llamada progresista, añado yo).
Menos mal que el Comité de Expertos que asesora a la ministra ha concluido que la solución más recomendable es combinar un sistema de plazos con otro de indicaciones: el aborto sería libre hasta las primeras 14 semanas, y se permitiría hasta las 22 en caso de riesgo para la vida o la salud de la madre. Fin.
JUAN GARODRI
Hay un aspecto de la realidad que baja turbio con sus vaivanes, sus demagogias, sus elocuencias y sus engaños. Una realidad que me desasosiega y me hunde en la confusión. Me refiero a la controvertida nueva ley del aborto.
Habrá que mojarse. Una de las equivocaciones políticas de la democracia consiste en el nombramiento de altos cargos sin que tengan ni repajolera idea del trabajo ministerial para el que son nombrados. Tienen que fiarse de consejeros, adlátares, secretarios, subsecretarios y mandamases de rango superior. No es de extrañar que la señora ministra de Igualdad, doña Bibiana Aído, que fue directora de la "Agencia andaluza para el desarrollo del Flamenco" (julio 2006-marzo 2008), desconozca, probablemente, el inconveniente ético, social y personal que plantea el aborto a los 16 años, aunque conozca, se supone, el alcance político de la nueva ley del aborto. Porque lo importante de esta cercana nueva ley es su rentabilidad política, no nos engañemos. Por otra parte, a uno se le vuelve la cabeza un leño (o la picha un lío, dicen los coloquialistas) cuando lee declaraciones de la ministra en las que afirma que si ella tuviera que abortar no abortaría, o declaraciones de don José Blanco en las que dice que él, como católico, no es partidario del aborto. Bibiana Aído y su ministerio de Igualdad. No puede haber igualdad absoluta. La igualdad, como los sinónimos, navega en una franja de relatividad que produce, curiosamente, desigualdad. Para que unos ganen otros tienen que perder. Necesariamente. A una adolescente se le supone madurez suficiente para poder abortar, y se le niega esa madurez para concederle el permiso de conducir. Hay algo que no encaja.
Así que el Gobierno prevé crear una nueva Ley del Aborto. Se trata de un asunto que no está exento de polémica. Según María José Borrego, miembro del Grupo Interdisciplinario de Bioética de la Universidad San Pablo-CEU, la iniciativa es una excusa para liberalizar totalmente el aborto (y hacer política llamada progresista, añado yo).
Menos mal que el Comité de Expertos que asesora a la ministra ha concluido que la solución más recomendable es combinar un sistema de plazos con otro de indicaciones: el aborto sería libre hasta las primeras 14 semanas, y se permitiría hasta las 22 en caso de riesgo para la vida o la salud de la madre. Fin.
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