COTILLAS MULTIEXPERTOS
(27-3-2005)
JUAN GARODRI
El título me lo ha sugerido (valga la catáfora) un amigo mientras tomábamos unas cañas en el Chito. Comentaba con cierta irritación el tono multicultural que adoptan los tertulianos de televisión, expertos en todo y eruditos en nada. Más que expertos son “informados”, personas que poseen una vasta información, de lo que resulta que, si no han digerido convenientemente los kilos de alimentación informativa, regurgitan eructos desatinados y fétidos. Todo el mundo sabe que una cantidad determinada de información, por muy grande que sea, no convierte en formación las neuronas del receptor. Puede darse el caso de alguien ‘muy informado’ y amanecer, sin embargo, bastante deformado, mentalmente se entiende, hecha la picha conceptual un lío, con más nudos que el ovillo de Ariadna. Naturalmente: hablamos de tertulias serias. Porque si nos refiriésemos (que también) a las tertulias de sobremesa o antemesa, o cuando se emitan, a media tarde, a media noche, no sé, si nos refiriésemos a esas reuniones, no podríamos denominarlas con el honroso nombre de tertulias, sino con el de “grillitertulias” o “tertuliollas” porque, ya desde el principio, se convierten en una gigantesca olla de grillos en la que todos mueven simultáneamente los élitros de la sapiencia (‘su’ información de buena tinta), actitud que convierte las palabras en una algarabía insoportable e ininteligible. La desmesura de los grillitertulianos no consiste precisamente en la mezcolanza del vocerío unipersonal sino en la conducta prepotente que adopta el grillitertulio, convencido de que está en posesión de una verdad extrañamente absoluta, tanto más verdadera cuanto que es la suya, convencimiento que muestra a las claras con el arqueo cabreado de las cejas, el torcimiento despectivo de los labios y la elevación crispada del tono de la voz. Todo un espectáculo. Un espectáculo provechoso porque induce al espectador, sin duda, a no adoptar jamás, por barriobajeros e inaceptables, los modos de comportamiento que contempla en la pantalla. Podemos concluir, pues, que las tertuliollas ejercen una labor moralizante puesto que el espectador, seguro, abominará de aquello que ve y no lo pondrá en práctica jamás. Algo así ocurre en el Libro de Buen Amor, dije yo. Y mi amigo me miró sorprendido. Sí, continué: el astuto y picarón Arcipreste de Hita justifica en el prólogo de la obra las “obscenidades” que describirá a lo largo de ella con el cuento de que las expone para que el lector las considere pecaminosas, las rechace y se incline a lo contrario: seguir el camino recto que conduce al Buen Amor (de Dios). De igual manera, el espectador de las grillitertulias sale de ellas con el ánimo reforzado, henchido de buenos propósitos. Jamás adoptará actitudes burdas y chabacanas como las que acaba de ver. Todo lo contrario, se convertirá a partir de ese momento en ciudadano probo dispuesto a la solidaridad, al mutuo respeto, a la aceptación de la verdad ajena y a la colaboración con el Ayuntamiento en el engrandecimiento de la conciencia cívica. Que no es poco. Los espectadores, en cambio, de las tertulias serias salen de ellas cabizbajos, convencidos de que la sociedad anda patas arriba y de que el futuro es negro como boca de pozo petrolífero. Causas, las expuestas por los tertulianos serios: el déficit público, la subida imparable de los carburantes (más subida cuanto más viaje el gentío, véase si no lo acontecido esta Semana Santa), el calentamiento peligrosísimo de la tierra, las incurables y resentidas heridas de los políticos, el resultado desnacionalizador de las elecciones vascas y el bigote de Carod-Rovira.
Chito nos sirvió la espuela, nos palmeamos la espalda y nos fuimos a comer tan contentos.
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sábado, 31 de octubre de 2009
EL TALANTE Y ESO
(19-3-2005)
JUAN GARODRI
El personal se pregunta por todas partes (y no es cosa mía, que conste, porque con frecuencia me acusan: Te lo inventas, tío, te inventas la mayoría de las bobadas que escribes, lo tuyo es la poesía, eres negado para la prosa, consecuencia de tu carácter políticamente débil, no hay cosa peor que la anorexia política, cosas así me dicen entre bromas y veras, porque los amiguetas de barra muestran una mala, bondadosa mala leche con la que te sueltan la pulla, y encima tienes que sonreír como si te hicieran una caricia), así que, piensen lo que quieran, el personal se pregunta qué le pasa a España, qué crispación marujil y barriobajera acosa a nuestros líderes (y periodistas) que más que en gobernantes (y opinantes) los convierte en mandamases, en jefes de tribu, en capos de bandas políticas (o editoriales). El personal se pregunta si no sería lo mejor para la convivencia que los jefes se entendieran, que fundamentaran sus relaciones en un consenso progresista que redundara en beneficio de la ciudadanía, que olvidaran la cainita lucha partidista, que se abstuvieran del enojoso cruce de acusaciones sobre el futuro de España, que mandaran a hacer gárgaras los reproches sobre la política exterior del Gobierno, que cesaran en la dura lucha que mantienen sobre la reforma de la Constitución. Se pregunta el personal si es malo que se reforme la Constitución, y hay quien responde que no, que no es malo, que lo malo consiste en que, con la reforma de la Constitución como pretexto, los mandamases aprovechan para lanzarse dardos envenenados y atribuirse, respectivamente, el desprestigio de las instituciones. «Después de seis años de derechas, llevamos uno de derechos», dicen que ha dicho Zapatero. La frase ha circulado a más velocidad que el monoplaza de Alonso y la acera empieza a florecer chascarrillos. Así que el chiste de Moratinos (declaración de guerra a EE. UU) puede reposar tranquilo una temporada. El personal se pregunta qué droga adictiva ostenta el poder para conseguir que no quiera soltarlo quien lo posee y que quiera recuperarlo a toda costa quien lo perdió. (A este respecto, me permito hacer un paréntesis: lee uno con frecuencia que “los socialistas detentan el poder”, con el significado de que los socialistas “gobiernan”. Advierto a quienes escriben tan inexacta frase de que la usan con total impropiedad léxica porque el verbo ‘detentar’ significa ‘usurpar’, obtener ilegítimamente un derecho o cargo, y los socialistas gobiernan legítimamente, sin detentación de poder, desde que ganaron las elecciones generales hace ahora un año. No hay de qué). En ese tira y afloja de conservación-recuperación del poder se fundamenta la dureza de los comentarios que el miércoles se hicieron en el Congreso. Zapatero-Rajoy, por un lado, atribuyéndose recíprocamente la culpabilidad de las calamidades políticas que sufre España y, por otro, Eduardo Zaplana y María Teresa Fernández (ya ha dejado de fumar, oiga) dándose caña por lo del desprestigio de las instituciones. El personal se pregunta por qué los políticos no dejan la lucha dialéctica y se dedican a aunar esfuerzos para combatir el terrorismo, solucionar el paro, dar trabajo a los inmigrantes y bajar el precio de la vivienda. Que eso es lo que prometen en las elecciones. En fin. El personal se pregunta, atónito, qué ocurre en los refugios subterráneos de la Prensa. Se oye decir que Luis María Ansón pega el cambiazo: deja La Razón y se traslada a El Mundo. «Polanco tiene España a sus pies […]. Sólo Pedro J. sabe lo que hay que hacer para plantarle cara». Eso dijo Ansón. Será por lo del talante.
(19-3-2005)
JUAN GARODRI
El personal se pregunta por todas partes (y no es cosa mía, que conste, porque con frecuencia me acusan: Te lo inventas, tío, te inventas la mayoría de las bobadas que escribes, lo tuyo es la poesía, eres negado para la prosa, consecuencia de tu carácter políticamente débil, no hay cosa peor que la anorexia política, cosas así me dicen entre bromas y veras, porque los amiguetas de barra muestran una mala, bondadosa mala leche con la que te sueltan la pulla, y encima tienes que sonreír como si te hicieran una caricia), así que, piensen lo que quieran, el personal se pregunta qué le pasa a España, qué crispación marujil y barriobajera acosa a nuestros líderes (y periodistas) que más que en gobernantes (y opinantes) los convierte en mandamases, en jefes de tribu, en capos de bandas políticas (o editoriales). El personal se pregunta si no sería lo mejor para la convivencia que los jefes se entendieran, que fundamentaran sus relaciones en un consenso progresista que redundara en beneficio de la ciudadanía, que olvidaran la cainita lucha partidista, que se abstuvieran del enojoso cruce de acusaciones sobre el futuro de España, que mandaran a hacer gárgaras los reproches sobre la política exterior del Gobierno, que cesaran en la dura lucha que mantienen sobre la reforma de la Constitución. Se pregunta el personal si es malo que se reforme la Constitución, y hay quien responde que no, que no es malo, que lo malo consiste en que, con la reforma de la Constitución como pretexto, los mandamases aprovechan para lanzarse dardos envenenados y atribuirse, respectivamente, el desprestigio de las instituciones. «Después de seis años de derechas, llevamos uno de derechos», dicen que ha dicho Zapatero. La frase ha circulado a más velocidad que el monoplaza de Alonso y la acera empieza a florecer chascarrillos. Así que el chiste de Moratinos (declaración de guerra a EE. UU) puede reposar tranquilo una temporada. El personal se pregunta qué droga adictiva ostenta el poder para conseguir que no quiera soltarlo quien lo posee y que quiera recuperarlo a toda costa quien lo perdió. (A este respecto, me permito hacer un paréntesis: lee uno con frecuencia que “los socialistas detentan el poder”, con el significado de que los socialistas “gobiernan”. Advierto a quienes escriben tan inexacta frase de que la usan con total impropiedad léxica porque el verbo ‘detentar’ significa ‘usurpar’, obtener ilegítimamente un derecho o cargo, y los socialistas gobiernan legítimamente, sin detentación de poder, desde que ganaron las elecciones generales hace ahora un año. No hay de qué). En ese tira y afloja de conservación-recuperación del poder se fundamenta la dureza de los comentarios que el miércoles se hicieron en el Congreso. Zapatero-Rajoy, por un lado, atribuyéndose recíprocamente la culpabilidad de las calamidades políticas que sufre España y, por otro, Eduardo Zaplana y María Teresa Fernández (ya ha dejado de fumar, oiga) dándose caña por lo del desprestigio de las instituciones. El personal se pregunta por qué los políticos no dejan la lucha dialéctica y se dedican a aunar esfuerzos para combatir el terrorismo, solucionar el paro, dar trabajo a los inmigrantes y bajar el precio de la vivienda. Que eso es lo que prometen en las elecciones. En fin. El personal se pregunta, atónito, qué ocurre en los refugios subterráneos de la Prensa. Se oye decir que Luis María Ansón pega el cambiazo: deja La Razón y se traslada a El Mundo. «Polanco tiene España a sus pies […]. Sólo Pedro J. sabe lo que hay que hacer para plantarle cara». Eso dijo Ansón. Será por lo del talante.
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año 2005 - 03 marzo
sábado, 24 de octubre de 2009
EL SEXADOR
(12-3-2005)
JUAN GARODRI
Se ha hablado con frecuencia, durante estos días, de ‘el sexador’. Antonio Burgos ya habló de ‘el sexador de noes’. Y Joan Manuel Serrat y La Trinca hicieron caricatura de ‘el sexador de pollos’. Yo voy a hablar simplemente del ‘sexador’.
Mas ¡oh sorpresa! Me dispongo a aclarar el concepto definitorio del término y no aparece en el diccionario (DRAE). ¿Será por lo de la descapitalización literaria de Espasa?, me pregunto confuso. Nuestro dignísimo diccionario de la Real Academia (vigésima segunda edición, 2001) dispone de miles y miles de palabras (más de 83.000, dicen), pero a las doctas mentes se le ha escabullido lo de sexador. Me dirijo de nuevo a la estantería y opto por el María Moliner. Lo abro por la entrada “sexo”. Nada. Decenas de palabras referentes al sexo y a la sexualidad, algunas rarísimas, un mareo abrumador de palabras, pero de sexador ni rastro. Ni el Larousse, ni el ideológico de don Julio Casares, ni el Corominas, ni Océano Único. Bueno, Sebastián de Covarrubias ni siquiera incluye el término “sexo” en su Tesoro de la Lengua (por si acaso; la Inquisición lo consideraba nefando).
Sin embargo, ya digo, estos días se ha hablado de la actitud tomada por algún sexador editorial que ha tomado la decisión de eliminar de la plantilla a determinados periodistas criticones (En ‘As’ o en ‘Marca’, verbigracia). Ya saben, el tipo que se arriesga a clavar los pies en el suelo y enfrentarse en su comentario habitual a lo políticamente correcto o a lo deportivamente correcto o a lo judicialmente correcto. A lo periodísticamente correcto. Morir con las botas opinadoras puestas. A quién se le ocurre. La incorrección política, la deportiva, la judicial o la periodística sólo puede, en la mayoría de los casos, acarrear pérdidas económicas o publicitarias de irrecuperable credibilidad.
Para evitarlo, está la figura del sexador. ¿Quién es el sexador, por ejemplo, de Justicia? ¿Quién es el bueno o el malo, merecedor de cárcel o digno de liberación? Políticos y ‘profetas judiciales’ llaman a vísperas y aparece el sexador para decidir a quién le toca la china. Es increíble. Los últimos libros que han aparecido sobre el tema producen la sensación de que el mundo (democrático) está al revés. “El desgobierno judicial”, de Alejandro Nieto, deja turulato al más optimista, con la estupefacción de la incredulidad. Mientras, magistrados de la Rioja plantean al Tribunal Constitucional sus dudas de que los jueces sustitutos (justicia interina, la llaman) respeten el derecho a un proceso con garantías. La ciudadanía se alborota y comenta el hecho de que la multan si deja de pagar la licencia de obras al Ayuntamiento y no multan o enchironan a las grandes empresas constructoras que venden los pisos racheados.
Por parte de la política, el sexador desafía las leyes de la gravedad con un riesgo rayano en la irreflexión. Albert Boadella ha escrito “Memorias de un Bufón” (título que le cuadra siquiera metafóricamente porque algunas afirmaciones que aparecen en su obra no son bufonadas). Dice que Cataluña anda dispersa en un vuelo gallináceo y que se ha convertido en ‘marujalandia’ (marujos y marujas catalanistas), acogotada por Catalunya Radio y TV3 (sexadores) convertidos en órganos de intoxicación perfecta.
Un tipo interesante es también el sexador de libros. La calidad. Oh Dios, nada menos que la calidad. Las revistas culturales fin de semana se han convertido en un manojito de sexadores dispuestos a endosar el dedo a toda obra escrita.
¿Quién es el sexador de la radio, esa droga matinal que invade las cocinas de media España y come el coco con su sonsonete antiprosódico? ¿Iñaqui Gabilondo en la Ser? ¿Jiménez Losantos en la Cope? En fin. El sexador, lo había olvidado, es un tipo que se gana la vida determinando la sexualidad de los pollos (y de las pollas).
(12-3-2005)
JUAN GARODRI
Se ha hablado con frecuencia, durante estos días, de ‘el sexador’. Antonio Burgos ya habló de ‘el sexador de noes’. Y Joan Manuel Serrat y La Trinca hicieron caricatura de ‘el sexador de pollos’. Yo voy a hablar simplemente del ‘sexador’.
Mas ¡oh sorpresa! Me dispongo a aclarar el concepto definitorio del término y no aparece en el diccionario (DRAE). ¿Será por lo de la descapitalización literaria de Espasa?, me pregunto confuso. Nuestro dignísimo diccionario de la Real Academia (vigésima segunda edición, 2001) dispone de miles y miles de palabras (más de 83.000, dicen), pero a las doctas mentes se le ha escabullido lo de sexador. Me dirijo de nuevo a la estantería y opto por el María Moliner. Lo abro por la entrada “sexo”. Nada. Decenas de palabras referentes al sexo y a la sexualidad, algunas rarísimas, un mareo abrumador de palabras, pero de sexador ni rastro. Ni el Larousse, ni el ideológico de don Julio Casares, ni el Corominas, ni Océano Único. Bueno, Sebastián de Covarrubias ni siquiera incluye el término “sexo” en su Tesoro de la Lengua (por si acaso; la Inquisición lo consideraba nefando).
Sin embargo, ya digo, estos días se ha hablado de la actitud tomada por algún sexador editorial que ha tomado la decisión de eliminar de la plantilla a determinados periodistas criticones (En ‘As’ o en ‘Marca’, verbigracia). Ya saben, el tipo que se arriesga a clavar los pies en el suelo y enfrentarse en su comentario habitual a lo políticamente correcto o a lo deportivamente correcto o a lo judicialmente correcto. A lo periodísticamente correcto. Morir con las botas opinadoras puestas. A quién se le ocurre. La incorrección política, la deportiva, la judicial o la periodística sólo puede, en la mayoría de los casos, acarrear pérdidas económicas o publicitarias de irrecuperable credibilidad.
Para evitarlo, está la figura del sexador. ¿Quién es el sexador, por ejemplo, de Justicia? ¿Quién es el bueno o el malo, merecedor de cárcel o digno de liberación? Políticos y ‘profetas judiciales’ llaman a vísperas y aparece el sexador para decidir a quién le toca la china. Es increíble. Los últimos libros que han aparecido sobre el tema producen la sensación de que el mundo (democrático) está al revés. “El desgobierno judicial”, de Alejandro Nieto, deja turulato al más optimista, con la estupefacción de la incredulidad. Mientras, magistrados de la Rioja plantean al Tribunal Constitucional sus dudas de que los jueces sustitutos (justicia interina, la llaman) respeten el derecho a un proceso con garantías. La ciudadanía se alborota y comenta el hecho de que la multan si deja de pagar la licencia de obras al Ayuntamiento y no multan o enchironan a las grandes empresas constructoras que venden los pisos racheados.
Por parte de la política, el sexador desafía las leyes de la gravedad con un riesgo rayano en la irreflexión. Albert Boadella ha escrito “Memorias de un Bufón” (título que le cuadra siquiera metafóricamente porque algunas afirmaciones que aparecen en su obra no son bufonadas). Dice que Cataluña anda dispersa en un vuelo gallináceo y que se ha convertido en ‘marujalandia’ (marujos y marujas catalanistas), acogotada por Catalunya Radio y TV3 (sexadores) convertidos en órganos de intoxicación perfecta.
Un tipo interesante es también el sexador de libros. La calidad. Oh Dios, nada menos que la calidad. Las revistas culturales fin de semana se han convertido en un manojito de sexadores dispuestos a endosar el dedo a toda obra escrita.
¿Quién es el sexador de la radio, esa droga matinal que invade las cocinas de media España y come el coco con su sonsonete antiprosódico? ¿Iñaqui Gabilondo en la Ser? ¿Jiménez Losantos en la Cope? En fin. El sexador, lo había olvidado, es un tipo que se gana la vida determinando la sexualidad de los pollos (y de las pollas).
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año 2005 - 03 marzo
viernes, 23 de octubre de 2009
EL CASO DE LA GORDA
(5-3-2005)
JUAN GARODRI
Pues esto era una vez un juez que dictó una sentencia. Resulta que una señora denunció a un compañero de trabajo (pero no amigo, por lo que se sabe) porque la había llamado “gorda”. No veo qué tiene de malo ser gorda. Las gordas son radiantes, esplendorosas y parecen felices. Es más, las gordas son incluso bellas. El rostro de las gordas muestra de ordinario los rasgos de la belleza clásica: nariz recta, pómulos equilibrados, ojos simétricos, boca pequeña y redondeada, labios gordezuelos. Son los estereotipos de belleza aceptados por la sociedad medieval o renacentista. No hay más que leer la prosopografía que utiliza el Arcipreste de Hita en sus retratos femeninos o las pinceladas de los maestros del cinquecento (la Magdalena Doni de Rafael, por ejemplo). La mujer gorda era ejemplo de belleza en la época del Barroco (vean si no los desnudos de Rubens) y lo demás eran cuentos de pobretería hambrienta.
Hoy día no. Las pasarelas de la última moda, cuyos desfiles celebran obsesivamente las pantallas de televisión, ofrecen a la vista cuerpos anoréxicos y desproporcionados en los que la simetría está reñida con el despropósito. No es posible que unas piernas esqueléticas y unos costillares raquíticos encajen ‘artísticamente’ con unos senos esplendorosos y abundantes (salvo el engaño de la silicona); no es posible que unos hombros huesudos y tísicos enlacen físicamente con unos pómulos eslavos y unos labios cameruneses (salvo la inflación inyectable de la crema); no es posible que tobillos y rodillas de Auschwitz hagan juego muscularmente con glúteos carnosos y rotundos (salvo imaginación calenturientamente asexuada). Hace unos meses, determinadas revistas de ciencia médica aseguraban que, según especialistas norteamericanos, la gordura «normal» no es una enfermedad, como hacen creer a la ciudadanía las grandes compañías médicas y farmacéuticas de aquel país. Para forrarse, sin duda. Y no precisamente con los epitelios del organismo humano. De ahí que se haya extendido la ‘cultura’ de la delgadez y, en consecuencia, que el gentío, atontado por el bombardeo publicitario y los iconos anoréxicos, se empache de dietas adelgazantes y de paseos diarios y kilométricos en las cintas de los gimnasios.
¿Estar gorda o ser gorda? Es lo que tantas veces comentan los lingüistas. Las diferencias semánticas que adquiere la palabra según se utilice en uno u otro contexto lingüístico o en una u otra situación. Porque no es lo mismo dirigirse a una señora delgada, de aspecto enfermizo, y decirle educadamente: «qué bien la veo, señora, está usted un poquito más gorda», que dirigirse a una señora gorda, de salud rebosante, y decirle a mala uva «es usted una gorda asquerosa». La palabra es la misma, con la diferencia de que el adjetivo “gorda” ha sufrido una sustantivación (des)calificadora. Así que el juez que dictó la sentencia, dudando, probablemente, entre el valor semántico y la apariencia gramatical de la gordura, decidió que el hecho de llamar “gorda” a una señora no se puede catalogar dentro de los delitos de injuria, agravio o difamación. Caso distinto es que a la señora gorda la llamen “asquerosa”, además. El significado repulsivo, sucio, mugriento o desagradable que conlleva la negativa cualidad de “asquerosa”, unido al despectivo que, en este caso, se atribuye a gorda, multiplica el íntimo malestar del sujeto/a agraviado, con lo que no es de extrañar que la gorda lo considerase un agravio y, acto seguido, acudiese al juzgado a denunciar a su agresor verbal.
En estas que entra mi tío Eufrasio.
—Peor es la gordura política —me dice—, se está armando la gorda y, con tantas abundancias celulíticas, el país anda cada vez más abotargado, con dificultades para ir adelante.
—Será por lo del tres por ciento y el castellano en Europa —dije.
—Eso.
(5-3-2005)
JUAN GARODRI
Pues esto era una vez un juez que dictó una sentencia. Resulta que una señora denunció a un compañero de trabajo (pero no amigo, por lo que se sabe) porque la había llamado “gorda”. No veo qué tiene de malo ser gorda. Las gordas son radiantes, esplendorosas y parecen felices. Es más, las gordas son incluso bellas. El rostro de las gordas muestra de ordinario los rasgos de la belleza clásica: nariz recta, pómulos equilibrados, ojos simétricos, boca pequeña y redondeada, labios gordezuelos. Son los estereotipos de belleza aceptados por la sociedad medieval o renacentista. No hay más que leer la prosopografía que utiliza el Arcipreste de Hita en sus retratos femeninos o las pinceladas de los maestros del cinquecento (la Magdalena Doni de Rafael, por ejemplo). La mujer gorda era ejemplo de belleza en la época del Barroco (vean si no los desnudos de Rubens) y lo demás eran cuentos de pobretería hambrienta.
Hoy día no. Las pasarelas de la última moda, cuyos desfiles celebran obsesivamente las pantallas de televisión, ofrecen a la vista cuerpos anoréxicos y desproporcionados en los que la simetría está reñida con el despropósito. No es posible que unas piernas esqueléticas y unos costillares raquíticos encajen ‘artísticamente’ con unos senos esplendorosos y abundantes (salvo el engaño de la silicona); no es posible que unos hombros huesudos y tísicos enlacen físicamente con unos pómulos eslavos y unos labios cameruneses (salvo la inflación inyectable de la crema); no es posible que tobillos y rodillas de Auschwitz hagan juego muscularmente con glúteos carnosos y rotundos (salvo imaginación calenturientamente asexuada). Hace unos meses, determinadas revistas de ciencia médica aseguraban que, según especialistas norteamericanos, la gordura «normal» no es una enfermedad, como hacen creer a la ciudadanía las grandes compañías médicas y farmacéuticas de aquel país. Para forrarse, sin duda. Y no precisamente con los epitelios del organismo humano. De ahí que se haya extendido la ‘cultura’ de la delgadez y, en consecuencia, que el gentío, atontado por el bombardeo publicitario y los iconos anoréxicos, se empache de dietas adelgazantes y de paseos diarios y kilométricos en las cintas de los gimnasios.
¿Estar gorda o ser gorda? Es lo que tantas veces comentan los lingüistas. Las diferencias semánticas que adquiere la palabra según se utilice en uno u otro contexto lingüístico o en una u otra situación. Porque no es lo mismo dirigirse a una señora delgada, de aspecto enfermizo, y decirle educadamente: «qué bien la veo, señora, está usted un poquito más gorda», que dirigirse a una señora gorda, de salud rebosante, y decirle a mala uva «es usted una gorda asquerosa». La palabra es la misma, con la diferencia de que el adjetivo “gorda” ha sufrido una sustantivación (des)calificadora. Así que el juez que dictó la sentencia, dudando, probablemente, entre el valor semántico y la apariencia gramatical de la gordura, decidió que el hecho de llamar “gorda” a una señora no se puede catalogar dentro de los delitos de injuria, agravio o difamación. Caso distinto es que a la señora gorda la llamen “asquerosa”, además. El significado repulsivo, sucio, mugriento o desagradable que conlleva la negativa cualidad de “asquerosa”, unido al despectivo que, en este caso, se atribuye a gorda, multiplica el íntimo malestar del sujeto/a agraviado, con lo que no es de extrañar que la gorda lo considerase un agravio y, acto seguido, acudiese al juzgado a denunciar a su agresor verbal.
En estas que entra mi tío Eufrasio.
—Peor es la gordura política —me dice—, se está armando la gorda y, con tantas abundancias celulíticas, el país anda cada vez más abotargado, con dificultades para ir adelante.
—Será por lo del tres por ciento y el castellano en Europa —dije.
—Eso.
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