EL REVÓLVER DE GARY COOPER
(27-4-2003)
JUAN GARODRI
De chico, me regalaron un revólver de baquelita, moldeado con la forma y el tamaño de las pistolas que aparecían en las películas del Oeste. Era un revólver deslumbrante, con destellos cegadores cuando el sol hería sus cachas de imaginario marfil. Yo lo utilizaba constantemente, y disparaba con él a todo cuanto se movía, y los disparos causaban heridas incruentas y ficticias en la piel soleada de los amigos. Mi tío Eufrasio decía que era igualito que el revólver de Gary Cooper. Así que yo me imaginaba solo ante el peligro, y mi colt de baquelita era un colt calibre 45. Me sentía héroe y convertía las escasas trenzas de la Luisina en las tupidas trenzas de Sarita Montiel a la que defendía de las miradas de un Anthony Quinn empeñado en amargarnos la vida en una esquina del Rollo, transformado en una Veracruz pueblerina. Los demás niños también usaban revólver, pero eran unos revólveres de madera, toscamente siluetados, que carecían de la suficiente capacidad mortífera como para parecerse al revólver de Gary Cooper.
Muchas veces me he preguntado qué extraña atracción sienten los niños por objetos que identifican con la violencia o la guerra. Jugar a la guerra es una distracción preferida, de entre las que puedan escoger. Mi sobrino Carlos, un renacuajo encantador e impaciente de cuatro años, se planta ante mí y eleva los brazos con los puños apretados, esa actitud que pretende impresionar con la apariencia de defensa y ataque simultáneo, como un Rambo diminuto de la justicia infantil, y me grita con la boca torcida, «¿Quieres pelea, eh? Anda, pelea, que te voy a matar».
Matar. Pronuncia la palabra con la misma inocencia persuasoria con que podría incitarme a que le diera un beso. Pero la pronuncia. Matar. ¿De qué oscuro laberinto psíquico surge la palabra que impulsa a la violencia? Sociólogos y pedagogos, al menos los partidarios de determinadas corrientes conductistas, opinan que la influencia negativa de la televisión es un factor clave en la iniciación y desarrollo de un psiquismo violento. Sin embargo, cuando utilizaba el revólver de Gary Cooper, yo también me expresaba en términos parecidos a los de mi sobrino, y entonces desconocía la influencia negativa de la televisión porque ni en mi casa ni en ninguna casa de mi pueblo había televisión.
La oscura, enigmática y tenebrosa sombra de la violencia es algo consustancial al ser humano. La historia de la Humanidad está escrita (valga la aserción rotunda del tópico) con letras de sangre y de muerte. La historia de las religiones está plagada de personajes que, conscientes de esta herida mortal del ser humano, han pretendido elaborar y extender doctrinas de amor, de amistad, de perdón, de misericordia, de acercamiento, de relación afectuosa. Todo en vano. Cada pocos años, cuando no cada pocas semanas o cada pocos días, en cualquier parte del mundo, la violencia y la muerte revientan como la pus retenida de una herida largo tiempo cerrada en falso. Desde las primeras ciudades-estado de la historia: Kirsh, Uruk, Ur, Lagash..., hasta la recién terminada ¿terminada? guerra de Irak, los seres humanos llevamos a cuestas, como un fardo ideológicamente insoportable, la violencia y la muerte. Y acaba uno preguntándose cuál es la causa de la guerra. No la causa de esta guerra concreta, en este tiempo, en esta época, en este espacio históricos, sino la causa de la guerra. Qué oscuro, turbio impulso empuja al ser humano a matar a sus semejantes. Creo que la justificación de la guerra que se funda en causas sociales, políticas, económicas, demográficas, religiosas o patrióticas, a las que los historiadores nos tienen acostumbrados, no es suficiente. Necesariamente, siempre ha tenido que haber alguien, una persona física, de quien ha dependido el hecho tenebroso de matar.
La riqueza de la civilización sumeria suscitó las apetencias de los acadios, así que Sargón I venció a Lugalzaggesi, último rey sumerio, para apoderarse de la riqueza mesopotámica y dominar políticamente la zona, a pesar de la epopeya de Gilgamesh y su búsqueda desesperada del secreto de la inmortalidad. Es decir, por un lado las ciudades mesopotámicas rivalizaban para alzarse con la hegemonía de la zona, a base de matar, y por otro buscaban la inmortalidad, la superación de la muerte, aunque fuese literariamente. Y esto ocurría hacia el año 2360 antes de Cristo. El parecido de estos sucesos con lo ocurrido últimamente en Irak, es extraordinario. Por un lado, los 'Bushboys' y aliados destruyen un país, matan; por otro, estudian el sistema más rentable de reconstruirlo. Tanto el ataque de los acadios en la antigüedad, como el ataque de los ‘aliados’ en la actualidad, constituyen anécdotas, terribles si se quiere, pero anécdotas o acontecimientos históricos que los historiadores se han encargado de justificar, en el caso de los antiguos, o se encargarán, en el caso de los actuales.
Sin embargo, mi pregunta sigue siendo la misma: ¿qué oscuro, tenebroso impulso trepana las neuronas de una persona determinada para dar la orden de matar? Porque, no nos engañemos, una guerra es para matar, para propagar la muerte. La muerte, ese final al que estamos abocados por la función que ejecuta el dedo inescrutable de los dioses y que, a pesar de todo, el mandamás de turno se arroga, y la provoca, como un dios transitorio y escaso.
Quizá ahí resida la causa de la guerra, en esa aspiración casi genética, o al menos bíblica, de igualarnos a Dios creyéndonos señores de la vida y de la muerte. Tal vez ahí resida también el deseo que impulsa a los niños a jugar a la guerra para sentirse afines con la cualidad decisoria de los dioses. Tal vez ahí esté el secreto de la utilización entusiasmada que yo hacía de la pistola de Gary Cooper, aquel revólver de baquelita.
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sábado, 19 de septiembre de 2009
MANIFAS
(20-4-2003)
JUAN GARODRI
Las palabras han aparecido en el tiempo y nadie sabe muy bien cómo ha sido. Los lingüistas se devanan los sesos, la gramática histórica investiga los orígenes de la lengua (más bien los orígenes del léxico), la filosofía del lenguaje pretende averiguar si sigue teniendo sentido para el usuario del lenguaje aceptar la separación entre sintaxis y semántica y los gramáticos se empeñan en conseguir que la estructura ‘correcta’ de una frase, de una conversación, de una alabanza o de un insulto, dependa de la morfología y de la sintaxis. Y en medio de la aventura de las palabras, en medio de su fugacidad transitoria, en medio de la efímera relación que mantienen unas con otras, ¿cómo se asegura en realidad que entendemos una frase?.
En el uso lingüístico cotidiano utilizamos multitud de palabras, multitud de construcciones integradas por palabras que no se adaptan al concepto formal del léxico, giros idiomáticos, esquemas mentales, construcciones incorrectas, y las usamos en una medida mucho mayor de lo que los lingüistas pretenden hacernos creer, porque cada uno de nosotros construimos nuestras expresiones de una manera mucho menos gramatical, entresacadas de la fuente más o menos inagotable de la memoria.
La advertencia de Wittgenstein Don’t ask for the meaning, ask for the use, no preguntes por el significado, pregunta por el uso, ( la cita la he tomado de Hans Hörmann), viene a significar que, cuando nos expresamos, el uso adquiere una prioridad casi pragmática sobre el significado léxico de las palabras, de tal manera que las utilizamos en la conversación ordinaria sin pensar muy bien qué significan, pero convencidos de que el oyente nos entiende.
De manera que las palabras surgen en el tiempo, aparecen y se nos ofrecen para que las utilicemos, y nadie sabe quién las ha inventado. Y no me refiero a las palabras recogidas en el diccionario, ese cementerio léxico en el que las palabras yacen postradas como huesos de un osario multiverbal, me refiero más bien a las palabras que aparecen repentinamente, como un revoloteo apresurado de morfemas callejeros, no identificadas técnicamente por los estudiosos. La sorpresa léxica que configuran palabras como progreta, sudaca, nordaca, pepero, pesota, anticlereta, y algunas otras, relatan por sí mismas un amplísimo campo de ridiculización caricaturesca que no hubiera sido posible con el crecimiento pormenorizado de su significación.
Así que con lo de la guerra de Irak se nos ha aparecido una palabra que, a mí al menos, me ha deslumbrado. Se trata de “Manifas”. Ese portento de significación y resumen de acciones y actitudes ha aparecido de pronto, como una paloma de la descripción verbal de imágenes sencillas: la proliferación de manifestaciones que han surgido por doquier para expresar el No a la guerra.
La percepción de lo que ocurre en la palabra, Manifas, resalta la identificación entre figura y trasfondo, porque, por un lado, Manifas se refiere al hecho mismo de la manifestación, se refiere a la congregación multitudinaria del gentío (“se han apuntado a la rutina de las manifas”, he leído por ahí) y, por otro, Manifas parece designar a cada uno de los participantes en el acto manifestativo (“el Zapatero es un manifas, no se pierde una”).
Hay que resaltar, además, otro aspecto quizás interesante que subyace en lo de Manifas: la mala leche caprina del inventor del término, porque no hay duda de que, además de designar complementariamente a la manifestación y al manifestante, como queda dicho, el inventor de Manifas ha pretendido ridiculizar el hecho manifestativo. Por un lado, se desconfía de la eficacia de la manifestación, al repetirse tantas veces; por otro, se recela de la rectitud de intención de los manifestantes, aborregados tal vez por unas siglas a cuyos representados interesa que la opinión pública se conmueva para conseguir sus fines particulares.
El tipo que se ha trajinado lo de Manifas debía de tener una erección mental hipopotámica (aunque desconozco la dimensión real de un hipopótamo salido) pero, como quiera que sea, resulta deslumbrante la capacidad connotativa del término, capaz de aglutinar en sí mismo y a la vez el significado de manifestación, el de manifestante, la idea de sobreabundancia en el número de manifestaciones, la percepción ridícula de quien las convoca reiteradamente (como si la sociedad no se hubiera enterado de que existieron convocatorias anteriores), y la aceptación, tan despersonalizada como manipulada, de quien asiste a ellas obligatoria o voluntariamente.
Manifas. En algún lugar he dejado escrito que la palabra es una paloma que aturde con su aleteo inesperado. Una palabra que se pierde en el cielo. Eso produce en mí la palabra, cualquier palabra, la palabra que utilizo para trabajar y para vivir, una llaga, una vana promesa para olvidar horizontes hollados, para que suelte la inocente paloma que aún me vive, ceniza que aún me muere, que late, inocente paloma la palabra de otro que me vive de lejos.
En estas aparece mi tío Eufrasio y me dice,
—Qué, escribiendo,
—Sí —le digo—, aquí ando sacándole punta al lápiz de la palabra,
—Algún rollo debes de haberte marcado —me dice—, cuando te pones lírico al final,
—No —le digo—, escribo sobre las manifestaciones y todo eso,
—¿Y las llamas Manifas? —pregunta—, andas desacertado, como siempre, porque en el caso de que las manifestaciones del No a la guerra sean manifas, también pueden llegar a serlo las procesiones. Si es que la exégesis que has hecho de la palabra conviene tanto a la multitud asistente como al acto multitudinario, ¿o no?.
Me dio una palmada en el hombro, miró al soslayo, fuese, y me quedé perplejo, mordiéndome el labio inferior, que es el mordisco de la incertidumbre.
(20-4-2003)
JUAN GARODRI
Las palabras han aparecido en el tiempo y nadie sabe muy bien cómo ha sido. Los lingüistas se devanan los sesos, la gramática histórica investiga los orígenes de la lengua (más bien los orígenes del léxico), la filosofía del lenguaje pretende averiguar si sigue teniendo sentido para el usuario del lenguaje aceptar la separación entre sintaxis y semántica y los gramáticos se empeñan en conseguir que la estructura ‘correcta’ de una frase, de una conversación, de una alabanza o de un insulto, dependa de la morfología y de la sintaxis. Y en medio de la aventura de las palabras, en medio de su fugacidad transitoria, en medio de la efímera relación que mantienen unas con otras, ¿cómo se asegura en realidad que entendemos una frase?.
En el uso lingüístico cotidiano utilizamos multitud de palabras, multitud de construcciones integradas por palabras que no se adaptan al concepto formal del léxico, giros idiomáticos, esquemas mentales, construcciones incorrectas, y las usamos en una medida mucho mayor de lo que los lingüistas pretenden hacernos creer, porque cada uno de nosotros construimos nuestras expresiones de una manera mucho menos gramatical, entresacadas de la fuente más o menos inagotable de la memoria.
La advertencia de Wittgenstein Don’t ask for the meaning, ask for the use, no preguntes por el significado, pregunta por el uso, ( la cita la he tomado de Hans Hörmann), viene a significar que, cuando nos expresamos, el uso adquiere una prioridad casi pragmática sobre el significado léxico de las palabras, de tal manera que las utilizamos en la conversación ordinaria sin pensar muy bien qué significan, pero convencidos de que el oyente nos entiende.
De manera que las palabras surgen en el tiempo, aparecen y se nos ofrecen para que las utilicemos, y nadie sabe quién las ha inventado. Y no me refiero a las palabras recogidas en el diccionario, ese cementerio léxico en el que las palabras yacen postradas como huesos de un osario multiverbal, me refiero más bien a las palabras que aparecen repentinamente, como un revoloteo apresurado de morfemas callejeros, no identificadas técnicamente por los estudiosos. La sorpresa léxica que configuran palabras como progreta, sudaca, nordaca, pepero, pesota, anticlereta, y algunas otras, relatan por sí mismas un amplísimo campo de ridiculización caricaturesca que no hubiera sido posible con el crecimiento pormenorizado de su significación.
Así que con lo de la guerra de Irak se nos ha aparecido una palabra que, a mí al menos, me ha deslumbrado. Se trata de “Manifas”. Ese portento de significación y resumen de acciones y actitudes ha aparecido de pronto, como una paloma de la descripción verbal de imágenes sencillas: la proliferación de manifestaciones que han surgido por doquier para expresar el No a la guerra.
La percepción de lo que ocurre en la palabra, Manifas, resalta la identificación entre figura y trasfondo, porque, por un lado, Manifas se refiere al hecho mismo de la manifestación, se refiere a la congregación multitudinaria del gentío (“se han apuntado a la rutina de las manifas”, he leído por ahí) y, por otro, Manifas parece designar a cada uno de los participantes en el acto manifestativo (“el Zapatero es un manifas, no se pierde una”).
Hay que resaltar, además, otro aspecto quizás interesante que subyace en lo de Manifas: la mala leche caprina del inventor del término, porque no hay duda de que, además de designar complementariamente a la manifestación y al manifestante, como queda dicho, el inventor de Manifas ha pretendido ridiculizar el hecho manifestativo. Por un lado, se desconfía de la eficacia de la manifestación, al repetirse tantas veces; por otro, se recela de la rectitud de intención de los manifestantes, aborregados tal vez por unas siglas a cuyos representados interesa que la opinión pública se conmueva para conseguir sus fines particulares.
El tipo que se ha trajinado lo de Manifas debía de tener una erección mental hipopotámica (aunque desconozco la dimensión real de un hipopótamo salido) pero, como quiera que sea, resulta deslumbrante la capacidad connotativa del término, capaz de aglutinar en sí mismo y a la vez el significado de manifestación, el de manifestante, la idea de sobreabundancia en el número de manifestaciones, la percepción ridícula de quien las convoca reiteradamente (como si la sociedad no se hubiera enterado de que existieron convocatorias anteriores), y la aceptación, tan despersonalizada como manipulada, de quien asiste a ellas obligatoria o voluntariamente.
Manifas. En algún lugar he dejado escrito que la palabra es una paloma que aturde con su aleteo inesperado. Una palabra que se pierde en el cielo. Eso produce en mí la palabra, cualquier palabra, la palabra que utilizo para trabajar y para vivir, una llaga, una vana promesa para olvidar horizontes hollados, para que suelte la inocente paloma que aún me vive, ceniza que aún me muere, que late, inocente paloma la palabra de otro que me vive de lejos.
En estas aparece mi tío Eufrasio y me dice,
—Qué, escribiendo,
—Sí —le digo—, aquí ando sacándole punta al lápiz de la palabra,
—Algún rollo debes de haberte marcado —me dice—, cuando te pones lírico al final,
—No —le digo—, escribo sobre las manifestaciones y todo eso,
—¿Y las llamas Manifas? —pregunta—, andas desacertado, como siempre, porque en el caso de que las manifestaciones del No a la guerra sean manifas, también pueden llegar a serlo las procesiones. Si es que la exégesis que has hecho de la palabra conviene tanto a la multitud asistente como al acto multitudinario, ¿o no?.
Me dio una palmada en el hombro, miró al soslayo, fuese, y me quedé perplejo, mordiéndome el labio inferior, que es el mordisco de la incertidumbre.
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año 2003 - 04 abril
DE CAUSAS Y EFECTOS
(13-4-2003)
JUAN GARODRI
Los filósofos escolásticos es que se ponían muy pesados con eso de los efectos y las causas, mayormente con lo de las causas, más que nada para justificar la pertinencia o impertinencia de los efectos. Aunque, la verdad, con tanto escrito patrístico (desde Próspero de Aquitania hasta Juan Damasceno) la escolástica areopagítica se organizó un lío con la ontología de los estratos, y divulgó la idea de la jerarquía y estratificación del ser. Así que se dedicaron a asimilar adecuadamente el concepto de causalidad desarrollado por el Pseudo-Dionisio (ese conjunto de escritos que falsamente se atribuyeron a Dionisio el Areopagita durante la alta edad media), y se difundió el socorrido principio de que «la causa es siempre más noble que el efecto y contiene más ser que el efecto».
La cosa tiene miga. Porque quizá de aquí haya derivado, posteriormente, todo eso de la nobleza de las causas, y se hayan cometido millones de estupideces, barbaridades, aberraciones, atrocidades, canalladas y absurdos en aras de las causas nobles. En resumen: la causa es el antecedente lógico o real que produce un efecto o, en la práctica, el motivo o razón para obrar.
Lo terrible de este rollo patatero que acabo de colocarte, amigo, estriba en que, en buena lógica, deberíamos conocer las causas de los acontecimientos para admitir apropiadamente sus efectos.
Resulta, sin embargo, que conocemos los efectos de la guerra de Irak (destrucción y muerte: los medios de comunicación nos mantienen debidamente informados) pero desconocemos la causa ‘primera’, no la de la mendacidad y el engaño, que ha impulsado al trío de las Azores a desencadenar la guerra. Ejemplo: ¿Qué causa lógica, es decir, creíble o racional y humanamente aceptable, ha impulsado a Aznar a preferir la guerra? ¿La libertad, la justicia, la salvación del orden mundial, el aniquilamiento del tirano Sadam Husein, la lucha contra el terrorismo? Puede ser. Pero el personal no traga. Hay causas ocultas que desconocemos. El personal anda muy quemado y resulta extremadamente peligroso quemar sus expectativas. Las manifestaciones y el rechazo masivo a la guerra así lo indican. Son los efectos provocados por esas causas desconocidas, inexplicables y, sobre todo, inexplicadas.
Estos efectos, sin embargo, van retorciéndose y ocurre que el “no a la guerra” se ha convertido en un “no a Aznar”, insistente y masivo, que puede comprobarse, si no claramente en los medios de comunicación impresos, sí en las páginas electrónicas de Internet. Rosa Regàs, Mentiras y trampas contra la democracia, y Manuel Talens, Psicoanálisis del soldadito, constituyen un ejemplo de los efectos ‘antiaznar’ que han provocado las ocultas causas de la guerra. Regàs en plan duro y no exento de razón, con definida dosis doctrinaria, viene a decir que Aznar ha engañado al pueblo mostrándose de centro cuando en realidad siempre ha sido ultraderechista: un peligro para la democracia por su incumplimiento de la legalidad nacional y menosprecio de la opinión pública. Talens adopta un plan expositivo ridiculizante y humorístico: ante la imposibilidad de entender las causas (morales o económicas) que han impulsado a Aznar a involucrarnos a todos en esta guerra insensata, Talens propone hipotéticamente una causa psicológica: el complejo de inferioridad que padece Aznar a causa de su baja estatura. En la otra orilla, Alfonso Ussía, Tontos legales, afirma que guerra legal o guerra ilegal es una estupidez y pide a Rodríguez Zapatero que explique cómo los soldados muertos en una guerra legal son héroes y los muertos en una guerra ilegal (la de Irak) son asesinos.
La causa es siempre más noble que el efecto, decía el Pseudo-Dionisio. En este sentido, si la causa de la guerra es el petróleo, resulta que su posesión y apoderamiento es más noble que la vida de los seres humanos masacrados, mutilados y muertos. Si la causa de la guerra es el consumo y experimentación armamentista, resulta que su utilización es más noble que la destrucción, devastación y demolición de edificios, puentes, carreteras y ciudades. Si la causa de la guerra es la lucha contra el terrorismo, resulta que el desarrollo inmisericorde de esa lucha es más noble que la amputación y la sangre, más que la desolación y la ruina, más que el dolor y la tragedia. Si la causa de la guerra es el derrocamiento de la dictadura, resulta que la provocación de ese derrocamiento es más noble que la posibilidad de la diplomacia internacional. Si la causa de la guerra es la carrera por la reconstrucción de Irak —a la puta calle Francia, Alemania, Rusia y Siria por oponerse a la guerra, ni un ladrillo van a reconstruir, ni un euro van a ganar: el Kremlin ha reactivado su diplomacia para volver a llevar la crisis iraquí al Consejo de Seguridad de la ONU. Moscú quiere debatir la posguerra en Irak y reclama para la ONU “el papel central en el arreglo posbélico”: ¿acaso sospecha que si depende de EE.UU se quedará sin parte en el reparto del pastel reconstructor?— resulta que la obscenidad reconstructiva es más noble que la incolumidad de las ciudades. En todos estos casos, la causa es más noble que el efecto. ¿Quién, en su sano juicio, puede admitir semejante despropósito? Es para echarse a llorar.
Así y todo, hay algo que no huele bien en todo esto de la guerra. ¿Cuál es la causa ‘primera’, no la de la pegatina y la pancarta, por la que el personal proclama el no a la guerra? ¿El aprovechamiento político de la situación? ¿La especulación electoral? ¿La demagogia asentada en el viejo refrán de arrimar el ascua a la sardina de los votos? No sé. Pero me entristece el clima de crispación que estos días conmueve a la sociedad española. En este sentido, la plataforma Democracia Sin Ira ha publicado una comunicación en la que expone una serie de razones con las que pretende centrar el debate en torno a la guerra de Irak.
En fin. ¿Son perversas “absolutamente” todas las causas de la guerra? A mí me parece que sí. Y aunque las causas puedan tener su correspondiente justificación, los efectos devastadores de la guerra, por el contrario, no tienen justificación alguna.
(13-4-2003)
JUAN GARODRI
Los filósofos escolásticos es que se ponían muy pesados con eso de los efectos y las causas, mayormente con lo de las causas, más que nada para justificar la pertinencia o impertinencia de los efectos. Aunque, la verdad, con tanto escrito patrístico (desde Próspero de Aquitania hasta Juan Damasceno) la escolástica areopagítica se organizó un lío con la ontología de los estratos, y divulgó la idea de la jerarquía y estratificación del ser. Así que se dedicaron a asimilar adecuadamente el concepto de causalidad desarrollado por el Pseudo-Dionisio (ese conjunto de escritos que falsamente se atribuyeron a Dionisio el Areopagita durante la alta edad media), y se difundió el socorrido principio de que «la causa es siempre más noble que el efecto y contiene más ser que el efecto».
La cosa tiene miga. Porque quizá de aquí haya derivado, posteriormente, todo eso de la nobleza de las causas, y se hayan cometido millones de estupideces, barbaridades, aberraciones, atrocidades, canalladas y absurdos en aras de las causas nobles. En resumen: la causa es el antecedente lógico o real que produce un efecto o, en la práctica, el motivo o razón para obrar.
Lo terrible de este rollo patatero que acabo de colocarte, amigo, estriba en que, en buena lógica, deberíamos conocer las causas de los acontecimientos para admitir apropiadamente sus efectos.
Resulta, sin embargo, que conocemos los efectos de la guerra de Irak (destrucción y muerte: los medios de comunicación nos mantienen debidamente informados) pero desconocemos la causa ‘primera’, no la de la mendacidad y el engaño, que ha impulsado al trío de las Azores a desencadenar la guerra. Ejemplo: ¿Qué causa lógica, es decir, creíble o racional y humanamente aceptable, ha impulsado a Aznar a preferir la guerra? ¿La libertad, la justicia, la salvación del orden mundial, el aniquilamiento del tirano Sadam Husein, la lucha contra el terrorismo? Puede ser. Pero el personal no traga. Hay causas ocultas que desconocemos. El personal anda muy quemado y resulta extremadamente peligroso quemar sus expectativas. Las manifestaciones y el rechazo masivo a la guerra así lo indican. Son los efectos provocados por esas causas desconocidas, inexplicables y, sobre todo, inexplicadas.
Estos efectos, sin embargo, van retorciéndose y ocurre que el “no a la guerra” se ha convertido en un “no a Aznar”, insistente y masivo, que puede comprobarse, si no claramente en los medios de comunicación impresos, sí en las páginas electrónicas de Internet. Rosa Regàs, Mentiras y trampas contra la democracia, y Manuel Talens, Psicoanálisis del soldadito, constituyen un ejemplo de los efectos ‘antiaznar’ que han provocado las ocultas causas de la guerra. Regàs en plan duro y no exento de razón, con definida dosis doctrinaria, viene a decir que Aznar ha engañado al pueblo mostrándose de centro cuando en realidad siempre ha sido ultraderechista: un peligro para la democracia por su incumplimiento de la legalidad nacional y menosprecio de la opinión pública. Talens adopta un plan expositivo ridiculizante y humorístico: ante la imposibilidad de entender las causas (morales o económicas) que han impulsado a Aznar a involucrarnos a todos en esta guerra insensata, Talens propone hipotéticamente una causa psicológica: el complejo de inferioridad que padece Aznar a causa de su baja estatura. En la otra orilla, Alfonso Ussía, Tontos legales, afirma que guerra legal o guerra ilegal es una estupidez y pide a Rodríguez Zapatero que explique cómo los soldados muertos en una guerra legal son héroes y los muertos en una guerra ilegal (la de Irak) son asesinos.
La causa es siempre más noble que el efecto, decía el Pseudo-Dionisio. En este sentido, si la causa de la guerra es el petróleo, resulta que su posesión y apoderamiento es más noble que la vida de los seres humanos masacrados, mutilados y muertos. Si la causa de la guerra es el consumo y experimentación armamentista, resulta que su utilización es más noble que la destrucción, devastación y demolición de edificios, puentes, carreteras y ciudades. Si la causa de la guerra es la lucha contra el terrorismo, resulta que el desarrollo inmisericorde de esa lucha es más noble que la amputación y la sangre, más que la desolación y la ruina, más que el dolor y la tragedia. Si la causa de la guerra es el derrocamiento de la dictadura, resulta que la provocación de ese derrocamiento es más noble que la posibilidad de la diplomacia internacional. Si la causa de la guerra es la carrera por la reconstrucción de Irak —a la puta calle Francia, Alemania, Rusia y Siria por oponerse a la guerra, ni un ladrillo van a reconstruir, ni un euro van a ganar: el Kremlin ha reactivado su diplomacia para volver a llevar la crisis iraquí al Consejo de Seguridad de la ONU. Moscú quiere debatir la posguerra en Irak y reclama para la ONU “el papel central en el arreglo posbélico”: ¿acaso sospecha que si depende de EE.UU se quedará sin parte en el reparto del pastel reconstructor?— resulta que la obscenidad reconstructiva es más noble que la incolumidad de las ciudades. En todos estos casos, la causa es más noble que el efecto. ¿Quién, en su sano juicio, puede admitir semejante despropósito? Es para echarse a llorar.
Así y todo, hay algo que no huele bien en todo esto de la guerra. ¿Cuál es la causa ‘primera’, no la de la pegatina y la pancarta, por la que el personal proclama el no a la guerra? ¿El aprovechamiento político de la situación? ¿La especulación electoral? ¿La demagogia asentada en el viejo refrán de arrimar el ascua a la sardina de los votos? No sé. Pero me entristece el clima de crispación que estos días conmueve a la sociedad española. En este sentido, la plataforma Democracia Sin Ira ha publicado una comunicación en la que expone una serie de razones con las que pretende centrar el debate en torno a la guerra de Irak.
En fin. ¿Son perversas “absolutamente” todas las causas de la guerra? A mí me parece que sí. Y aunque las causas puedan tener su correspondiente justificación, los efectos devastadores de la guerra, por el contrario, no tienen justificación alguna.
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año 2003 - 04 abril
PRIMAVERA
(6-4-2003)
JUAN GARODRI
La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. Como la guerra: ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Así que me dispongo a escuchar Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, a ver si se desintoxican las neuronas, atiborradas de guerra, saturadas de mentiras bélicas, colmadas de horror, empachadas de asco. Y empiezan a sonar las acometidas de La primavera en medio de un Mi mayor hechido de acordes agudos y casi prebélicos, como interpretados para acompañar la obscena y espectacular apoteosis de esta guerra que no se me va de la cabeza.
Antes, escuchaba a Vivaldi y todas las golondrinas de la primavera acudían, anhelantes y rápidas, a clarear las oscuridades de mi corazón. Ahora no. Será por lo de la guerra. Ahora escucho a Vivaldi, estoy escuchándolo ahora mismo, y sus allegros me producen la impresión de que representan la mendaz alegría de Bush, esos rasgos faciales afilados como notas de un violín perverso y visionario. Incluso el alma del violín, el arco, así llamado por Tartini porque es el elemento fundamental para su sonoridad, se reproduce en mi imaginación como un arma arrojadiza utilizada para destruir los sentimientos de los niños de Irak. Bombas racimo, expresamente prohibidas por la ONU, utilizadas por EE UU para masacrar cientos de civiles, agricultores y niños. Me muerdo los puños, me trago la rabia y no sé qué hacer mientras escucho estos conciertos de Vivaldi, tan dramáticos y ricos en contrastes, allegro-adagio-allegro. Han asimilado la desgracia de los ataques, tan rápidos al principio, tan lentos ahora que se retrasa el aprovisionamiento de armas y víveres, tan rápidos en la previsión final en que se acumularán los acordes de las reconstrucciones.
También los nazis enmascaraban el remordimiento de los genocidios con audiciones grandiosas de música clásica. Cada judío era una corchea que iba desgranándose de los hogares de Varsovia en medio del horror de los violines trasladados de un gueto a otro por hombros cada vez más débiles. Polanski ha herido nuestra sensibilidad y nuestras retinas con el admirable relato de Szpilmann, esa epopeya increíble en la que el pianista sobrevive gracias a la extraordinaria e inesperada interpretación musical que, en el momento más desesperado, hace de Chopin ante el general nazi. La música lo salva del horror.
Hoy, sin embargo, no ocurriría así. Esta primavera, algo retrasada y lluviosa, florece entre bombas de racimo como en las orillas de los regatos eclosionan las pamplinas y los pañalitos. Con la diferencia de que en las bombas parpadea el rojo brillante de la sangre y en las pamplinas y pañalitos revienta la savia nutricia. Esta primavera está vacía de sentimientos.
Pero no es ella, somos nosotros. Estamos tan vacíos de sentimientos que incluso los informadores se trastuecan y perturban con las heridas de la primavera. Porque no creo que sean ignorantes. O quizá lo sean cuando utilizan la expresión de «catástrofes humanitarias». El concepto de ‘humanitario’ significa algo que se refiere al bien del género humano, cosa que es esencialmente imposible en cualquier catástrofe. Si lo de «catástrofes humanitarias» lo repiten una y otra vez telediarios y boletines de noticias, advierto a los desavisados que, con ello, están expresando justamente lo contrario de lo que quieren decir: lo humanitario tiene como finalidad aliviar los efectos que causan las guerras en las personas que las padecen, alivio imposible si va unido a una catástrofe. Las catástrofes sólo pueden ser humanas; las ayudas sí pueden ser humanitarias.
En fin, la primavera la sangre altera. Debe de andar muy alterada la de Bush para haber organizado esta catástrofe humana, en contra de la opinión de medio mundo, en contra de la mayoría de los países democráticos, en contra del 91 % de la población de esos países. Una primavera desencadenada y tortuosa, la nuestra, que muestra acontecimientos que cabalgan la espalda de la verosimilitud, como ese del presidente sirio, Asad, que asegura que todo el barullo bélico tiene como finalidad afirmar el dominio de Israel en toda la zona.
¿Qué gorda mosca primaveral le ha picado a Bush en la punta de la olla para que pretenda colocar como supervisor de la reconstrucción de Irak a Jay Garner, presidente de una de las mayores empresas de fabricación y venta de armas? ¿Un tiburón al cuidado de los peces? Mientras tanto, Aznar, atacado de una alergia primaveral galopante, estornuda y se le mancha el bigote de la españolidad, incapaz de admitir esa realidad contraria a la guerra que ha manifestado la totalidad del pueblo español. (¿Se puede decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno).
A veces pienso que la primavera se ha retrasado porque así le ha interesado a Bush. Para la expansión de la industria del tabaco tiene que haber fumadores; para la expansión de la industria militar y armamentista tiene que haber muertos. Si no ¿de qué esos 258.000 millones de dólares (40 billones de pesetas, para entendernos) invertidos hasta ahora en la guerra de Irak? No olvides, amigo, que el 20 de enero, dos meses antes de que empezasen los primeros bombardeos, Bush ya había firmado los contratos multimillonarios para la reconstrucción de Irak después de la guerra. Ya había iniciado la intoxicación publicitaria con la que día tras día, semana tras semana, se pretende convertir al ciudadano en un idiota de enormes tragaderas para que engulla sin pestañear las gigantescas ruedas de molino favorables al imperio.
Esta primavera es una mierda, a pesar de los verdes tallos de los árboles, a pesar del lujurioso esplendor de las glicinias, a pesar de la purísima diafanidad del cielo. Esta primavera, que ha limpiado el oxígeno mental del pueblo español. (¿Puedo decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno). La inmensa mayoría está contra la guerra. E incluso los descreídos, resentidos, anticleretas y progretas, esos que se tiran por el suelo de la risa cuando Juan Pablo II sale en el Guiñol, utilizan las declaraciones del Papa contra la guerra y lo citan con el mismo fervor con que antiguamente se citaba la Rerum Novarum de León XIII. Esta primavera es una mierda porque el considerado peor efecto de la guerra va a ser la paralización del consumo y la inversión. Lo de las víctimas, cada vez más civiles inocentes, es lo de menos. A los muertos que les den responsos.
Son los efectos perniciosos de esta primavera que interpreto a través de los compases de Vivaldi, tan agudos y encendidos como el prolongado bombardeo de un misil musical.
(6-4-2003)
JUAN GARODRI
La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. Como la guerra: ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Así que me dispongo a escuchar Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, a ver si se desintoxican las neuronas, atiborradas de guerra, saturadas de mentiras bélicas, colmadas de horror, empachadas de asco. Y empiezan a sonar las acometidas de La primavera en medio de un Mi mayor hechido de acordes agudos y casi prebélicos, como interpretados para acompañar la obscena y espectacular apoteosis de esta guerra que no se me va de la cabeza.
Antes, escuchaba a Vivaldi y todas las golondrinas de la primavera acudían, anhelantes y rápidas, a clarear las oscuridades de mi corazón. Ahora no. Será por lo de la guerra. Ahora escucho a Vivaldi, estoy escuchándolo ahora mismo, y sus allegros me producen la impresión de que representan la mendaz alegría de Bush, esos rasgos faciales afilados como notas de un violín perverso y visionario. Incluso el alma del violín, el arco, así llamado por Tartini porque es el elemento fundamental para su sonoridad, se reproduce en mi imaginación como un arma arrojadiza utilizada para destruir los sentimientos de los niños de Irak. Bombas racimo, expresamente prohibidas por la ONU, utilizadas por EE UU para masacrar cientos de civiles, agricultores y niños. Me muerdo los puños, me trago la rabia y no sé qué hacer mientras escucho estos conciertos de Vivaldi, tan dramáticos y ricos en contrastes, allegro-adagio-allegro. Han asimilado la desgracia de los ataques, tan rápidos al principio, tan lentos ahora que se retrasa el aprovisionamiento de armas y víveres, tan rápidos en la previsión final en que se acumularán los acordes de las reconstrucciones.
También los nazis enmascaraban el remordimiento de los genocidios con audiciones grandiosas de música clásica. Cada judío era una corchea que iba desgranándose de los hogares de Varsovia en medio del horror de los violines trasladados de un gueto a otro por hombros cada vez más débiles. Polanski ha herido nuestra sensibilidad y nuestras retinas con el admirable relato de Szpilmann, esa epopeya increíble en la que el pianista sobrevive gracias a la extraordinaria e inesperada interpretación musical que, en el momento más desesperado, hace de Chopin ante el general nazi. La música lo salva del horror.
Hoy, sin embargo, no ocurriría así. Esta primavera, algo retrasada y lluviosa, florece entre bombas de racimo como en las orillas de los regatos eclosionan las pamplinas y los pañalitos. Con la diferencia de que en las bombas parpadea el rojo brillante de la sangre y en las pamplinas y pañalitos revienta la savia nutricia. Esta primavera está vacía de sentimientos.
Pero no es ella, somos nosotros. Estamos tan vacíos de sentimientos que incluso los informadores se trastuecan y perturban con las heridas de la primavera. Porque no creo que sean ignorantes. O quizá lo sean cuando utilizan la expresión de «catástrofes humanitarias». El concepto de ‘humanitario’ significa algo que se refiere al bien del género humano, cosa que es esencialmente imposible en cualquier catástrofe. Si lo de «catástrofes humanitarias» lo repiten una y otra vez telediarios y boletines de noticias, advierto a los desavisados que, con ello, están expresando justamente lo contrario de lo que quieren decir: lo humanitario tiene como finalidad aliviar los efectos que causan las guerras en las personas que las padecen, alivio imposible si va unido a una catástrofe. Las catástrofes sólo pueden ser humanas; las ayudas sí pueden ser humanitarias.
En fin, la primavera la sangre altera. Debe de andar muy alterada la de Bush para haber organizado esta catástrofe humana, en contra de la opinión de medio mundo, en contra de la mayoría de los países democráticos, en contra del 91 % de la población de esos países. Una primavera desencadenada y tortuosa, la nuestra, que muestra acontecimientos que cabalgan la espalda de la verosimilitud, como ese del presidente sirio, Asad, que asegura que todo el barullo bélico tiene como finalidad afirmar el dominio de Israel en toda la zona.
¿Qué gorda mosca primaveral le ha picado a Bush en la punta de la olla para que pretenda colocar como supervisor de la reconstrucción de Irak a Jay Garner, presidente de una de las mayores empresas de fabricación y venta de armas? ¿Un tiburón al cuidado de los peces? Mientras tanto, Aznar, atacado de una alergia primaveral galopante, estornuda y se le mancha el bigote de la españolidad, incapaz de admitir esa realidad contraria a la guerra que ha manifestado la totalidad del pueblo español. (¿Se puede decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno).
A veces pienso que la primavera se ha retrasado porque así le ha interesado a Bush. Para la expansión de la industria del tabaco tiene que haber fumadores; para la expansión de la industria militar y armamentista tiene que haber muertos. Si no ¿de qué esos 258.000 millones de dólares (40 billones de pesetas, para entendernos) invertidos hasta ahora en la guerra de Irak? No olvides, amigo, que el 20 de enero, dos meses antes de que empezasen los primeros bombardeos, Bush ya había firmado los contratos multimillonarios para la reconstrucción de Irak después de la guerra. Ya había iniciado la intoxicación publicitaria con la que día tras día, semana tras semana, se pretende convertir al ciudadano en un idiota de enormes tragaderas para que engulla sin pestañear las gigantescas ruedas de molino favorables al imperio.
Esta primavera es una mierda, a pesar de los verdes tallos de los árboles, a pesar del lujurioso esplendor de las glicinias, a pesar de la purísima diafanidad del cielo. Esta primavera, que ha limpiado el oxígeno mental del pueblo español. (¿Puedo decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno). La inmensa mayoría está contra la guerra. E incluso los descreídos, resentidos, anticleretas y progretas, esos que se tiran por el suelo de la risa cuando Juan Pablo II sale en el Guiñol, utilizan las declaraciones del Papa contra la guerra y lo citan con el mismo fervor con que antiguamente se citaba la Rerum Novarum de León XIII. Esta primavera es una mierda porque el considerado peor efecto de la guerra va a ser la paralización del consumo y la inversión. Lo de las víctimas, cada vez más civiles inocentes, es lo de menos. A los muertos que les den responsos.
Son los efectos perniciosos de esta primavera que interpreto a través de los compases de Vivaldi, tan agudos y encendidos como el prolongado bombardeo de un misil musical.
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año 2003 - 04 abril
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