TAMBORES DE GUERRA
(31-3-2002)
JUAN GARODRI
En Semana Santa redoblan los tambores, pero a mí me parecen tambores de guerra. Hay días en que uno se avergüenza de reconocerse como ser humano, digamos que dos o tres al año. Y digo que hay días, porque el resto reposamos (in)tranquilamente, acomodados en los almohadones de nuestra inconsistencia. Nos da igual que en otra parte del mundo miles de personas sufran, pasen hambre, mueran. Y mira que los medios informativos se encargan de bombardearnos con toda clase de noticias, primordialmente con noticias en las que suenan tambores de guerra. No hace falta que sea una nación contra otra nación. También entre los individuos suenan los tambores. Cuando una persona agrede a otra, allí hay tambores de guerra. Cuando un pueblo agrede a otro allí hay tambores de guerra.
La idea del progreso, que empieza a desarrollarse con aceleración de ritmo histórico a partir del siglo XVIII, no ha beneficiado mucho al ser humano. Quiero decir que, contrariamente a los deseos seculares de la humanidad, el odio ha prevalecido siempre sobre el amor y la práctica de la virtud (las buenas acciones) ha devenido en una antigualla de hojalata que provoca la sonrisa despectiva de todos, cuando no el escarnio o la persecución por parte de muchos. Es increíble la elevada dosis de mala leche que genera a diario el sistema hormonal humano. Desde el principio de los tiempos. El mismo libro bíblico está plagado de guerras, represalias, castigos y venganzas. Cómo es posible, se pregunta uno a veces doblegado por el horror, que se mate en nombre de Dios o que el mismo Dios ordene la matanza. Nunca entendí, de niño, lo de las plagas de Egipto. Cómo era posible que Dios, en una especie de espectacular Operación Salida, concediera a Moisés poderes absolutos para destruir cosechas, para provocar el hambre, para contaminar las aguas, para extender enfermedades purulentas, para causar la muerte a los niños primogénitos. Moisés se me aparecía como una especie de terrorista protohistórico que utilizaba males artes pseudorreligiosas para conseguir sus fines separatistas. Después comprendí que el género literario, amparado en una hipérbole gigantesca, prevalecía en multitud de pasajes bíblicos. Pero aún así, no ha desaparecido del todo un subconsciente contaminado de castigo y represalia.
Tambores de guerra (si se permite el plano metafórico) han sonado estos días a causa del escándalo de las ‘misses’. A lo que parece, es vergonzoso lo de la supuesta mafia que sacude las bambalinas tras las que se mueven los concursos. El periodismo de investigación la ha armado buena. Pero no menos vergonzoso, a mi parecer, fue el hecho de contemplar el programa que Antena 3 emitió sobre el asunto. Los periodistas no informaban. Los periodistas acusaban a una pobre mujer, supuestamente culpable de vender reportajes fotográficos, desorientada y perdida en aquel acoso inmisericorde al que la sometían sin permitir apenas que se defendiese. Me pareció apreciar una saña inusual y violenta, esa de los inquisidores religiosos que pugnaban no para que prevaleciese la verdad sino para que la víctima se confesara culpable.
Tambores de guerra (si se permite el plano denotativo) llevan sonando meses y meses, sobre todo desde el 11-S, el de las torres gemelas. La guerra se ha desatado en muchos puntos del planeta. Curiosamente, ahora no la llaman guerra, la llaman ‘operación’. Operación es una palabra que vale lo mismo para un roto que para un descosido. Parece mentira la amplitud semántica que puede desarrollar un término cuando al personal le da por utilizarlo. Operación Salida, inicio de vacaciones. Operación Regreso, 46 muertos. Operación Triunfo, jóvenes cantantes triunfadores y tal. Operación Justicia Infinita, guerra en Afganistán. Operación Mediadora, para paliar hipócritamente la guerra entre judíos y palestinos. Así que ahora no la llaman guerra, la llaman operación. Operación Irak, nuevo punto de mira antiterrorista (¿detrás del petróleo, quizá?).
La llamen como la llamen, tambores de guerra resuenan en toda América Latina. Bush es el principal promotor de las operaciones en tanto en cuanto se ha erigido en dios salvador. Sin embargo, por mucho que quiera expandir la Operación Antiterrorista por todo el mundo, en Lima han proliferado los carteles en los que lo reproducen con unos cuernos diabólicos, símbolo tal vez de que está extendiendo el mal (la guerra) en el mundo.
¿Qué horrorosa enfermedad, qué fiebre bélica impulsa a enfrentar al hombre contra el hombre, a matar? El agujero de ozono, la contaminación de las aguas, la deforestación de los bosques, el cáncer, el sida, no dejan de ser minucias amenazadoras para el ser humano en comparación con este ansia de matar que obsesiona a los gobernantes. Hay quien asegura que todo es una gigantesca comedia, cuyo actor protagonista es Washington, con una trama obscenamente principal: la venta de armas y el enriquecimiento de los más ricos.
Los demás aplicaremos la letrilla de Góngora: Ande yo caliente y ríase la gente. De paso, nos dedicaremos a especular sobre quién ganará la Liga o sobre el papel que Rosa hará en Eurovisión.
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viernes, 11 de septiembre de 2009
LO DEL TAPEO
(24-3-2002)
JUAN GARODRI
El personal anda con la mosca detrás de la oreja con lo de la propuesta de la Unión Europea de imponer una tasa sobre el vino. Una tasa sobre el vino es una losa sobre el tapeo y la charla. Es convertir el bar del barrio en un panteón. ¿Dónde vamos a hablar de la potra del Madrid y de la inacabable tristeza del Barcelona? ¿Dónde de los desafíos de Ibarra y de Floriano? ¿Dónde de la mierda de esta Europa del dinero y la guerra?
Una tasa sobre el vino es como colocarle un impuesto a la amistad. El vino no es sólo un producto elaborado en una bodega. El vino es algo más que eso. El vino es como una parte íntima del ser humano, es un sentimiento más que una bebida, es una emoción y un gozo más que una degustación, es una predilección sensorial más que un paladeo, es una religión más que un producto de compra venta.
Tal vez por ello fue percibido desde tiempos remotos como algo divino, un líquido sobrenatural poseedor de cualidades divinas. Los griegos, por ejemplo, aseguraban que el vino era la sangre de Dionisos, aquel dios griego de la fuerza vivificante y de la energía vital, por lo que constituía una bebida de inmortalidad. La llamada ‘Copa de Munich’ (Dionisos a bordo de un barco), del pintor ático Exekias, lo representa navegando en una barca de donde brota una exuberante vid. Por otra parte, los pueblos antiguos de Oriente la identificaban con la ‘hierba de la vida’. De aquí, probablemente, el concepto pasó a Israel y de éste lo adoptó el cristianismo. «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor dedicado a su viña», dice el profeta Isaías. El arte cristiano se manifestó abundantemente en la realización simbólica de figuras mistéricas. Una de estas figuras, en su expresión más fecunda, es la representación del vino y la vid. Quizá por esto el racimo de uvas será símbolo eucarístico, evocando la inmortalidad que causa la eucaristía, como metáfora del reino de los cielos.
Esta intimidad emocional relacionada con el vino la he vivido desde joven. El vino de pitarra de la Sierra de Gata era una fuente de salud y vida, era un trance iniciático la visita a la bodega del amigo, era una relación insólitamente amistosa que se afianzaba entre los que participaban en el rito. Esta íntima sensación de amistad perdura, además, a través del tiempo y la memoria, de manera que aún sigues recordando a las personas con las que te relacionaste hace quince o veinte años en una bodega, aunque no hayas vuelto a verlas o las hayas visto poco.
En la bodega se habla de todo, pero la conversación predominante trata del vino. Se cuenta cómo se realiza la pisa. Cuando los pisadores se encuentran encima de la artesa, se deposita en ella la uva, los hombres la pisan y el mosto escurre y cae en un recipiente grande de donde se recoge para llevarlo a las tinajas que van llenándose hasta que el mosto alcanza una distancia aproximada de un codo de la boca de la tinaja. Se deja esta distancia para que, al producirse la cocción, no se derrame el mosto. Si la uva se pisa recién traída de la viña, la cocción del mosto se produce enseguida y fermenta más rápida y violentamente: es entonces cuando se corre el peligro de que el mosto se derrame pero, en cambio, la fermentación es más completa. Si se deja enfriar la uva, la cocción es más lenta, menos violenta: el vino tarda más en hacerse y los caldos suelen mantener restos de glucosa. Otros hablan del mosto y aseguran que nunca debiera tener menos de catorce grados de glucosa porque en ese caso el vino correría el peligro de perderse. Si adquiere una graduación menor, debe aumentársele agregando lentamente azúcar y removiendo el mosto hasta que aquélla se disuelve. Los buenos vinateros nunca le echan azúcar a sus vinos, por lo que corren el riesgo, en ocasiones, de que se le pierdan algunas tinajas. Se habla de la fermentación, de tener cuidado de bajar el caldo para que no se vierta y, al mismo tiempo, para que no se sequen los restos en el interior de la tinaja: estos restos se tornan ácidos y atraen a los mosquitos, por lo que se pierde el vino. Después de la fermentación se limpia y se tapa la boca de la tinaja hasta primeros de diciembre, aproximadamente, época en la que se trasiega el vino para que se airee.
En fin, se habla de que hay quien hace el caldo con mosto solo, hay quien lo hace con un poco de madre y hay, por fin, quien mezcla el mosto con la madre. Otros afirman que si la uva está madura cuando se vendimia en septiembre, y se ha procurado separarla de la uva verde, el vino producido no se pierde nunca. El vino de esta cocción suele ser muy fuerte, y es el que más tiempo perdura. El vino de solo mosto se debilita mucho pasados los dos o tres años, a no ser que se le agreguen conservantes.
Es como un rito, ya digo, una conversación entre iniciados que se desarrolla con la misma unción mistérica con que puede llevarse a cabo un acontecimiento religioso. Es toda la cultura y la tradición de un pueblo. Y quieren cargárselas. Pero esto lo desconocen los cráneos privilegiados de la Unión Europea. Ahora que empezaba a consolidarse comercialmente la denominación de origen Ribera del Guadiana, ahora quieren que paguemos 24 pesetas más por cada litro de vino. Adiós al tapeo y a la charla amistosa del bar. A ellos les da igual. Sus escalofríos quieren que sean los nuestros. Asentados en la tabla redonda de un rey Arturo maastríchtico, sólo piensan en euros y en la mitología de los siluros de Caerleón, aquel arquetipo invencible y salvador del pueblo. Pero ellos no van a salvarnos de nada. Es pura comedia económica lo de Europa.
(24-3-2002)
JUAN GARODRI
El personal anda con la mosca detrás de la oreja con lo de la propuesta de la Unión Europea de imponer una tasa sobre el vino. Una tasa sobre el vino es una losa sobre el tapeo y la charla. Es convertir el bar del barrio en un panteón. ¿Dónde vamos a hablar de la potra del Madrid y de la inacabable tristeza del Barcelona? ¿Dónde de los desafíos de Ibarra y de Floriano? ¿Dónde de la mierda de esta Europa del dinero y la guerra?
Una tasa sobre el vino es como colocarle un impuesto a la amistad. El vino no es sólo un producto elaborado en una bodega. El vino es algo más que eso. El vino es como una parte íntima del ser humano, es un sentimiento más que una bebida, es una emoción y un gozo más que una degustación, es una predilección sensorial más que un paladeo, es una religión más que un producto de compra venta.
Tal vez por ello fue percibido desde tiempos remotos como algo divino, un líquido sobrenatural poseedor de cualidades divinas. Los griegos, por ejemplo, aseguraban que el vino era la sangre de Dionisos, aquel dios griego de la fuerza vivificante y de la energía vital, por lo que constituía una bebida de inmortalidad. La llamada ‘Copa de Munich’ (Dionisos a bordo de un barco), del pintor ático Exekias, lo representa navegando en una barca de donde brota una exuberante vid. Por otra parte, los pueblos antiguos de Oriente la identificaban con la ‘hierba de la vida’. De aquí, probablemente, el concepto pasó a Israel y de éste lo adoptó el cristianismo. «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor dedicado a su viña», dice el profeta Isaías. El arte cristiano se manifestó abundantemente en la realización simbólica de figuras mistéricas. Una de estas figuras, en su expresión más fecunda, es la representación del vino y la vid. Quizá por esto el racimo de uvas será símbolo eucarístico, evocando la inmortalidad que causa la eucaristía, como metáfora del reino de los cielos.
Esta intimidad emocional relacionada con el vino la he vivido desde joven. El vino de pitarra de la Sierra de Gata era una fuente de salud y vida, era un trance iniciático la visita a la bodega del amigo, era una relación insólitamente amistosa que se afianzaba entre los que participaban en el rito. Esta íntima sensación de amistad perdura, además, a través del tiempo y la memoria, de manera que aún sigues recordando a las personas con las que te relacionaste hace quince o veinte años en una bodega, aunque no hayas vuelto a verlas o las hayas visto poco.
En la bodega se habla de todo, pero la conversación predominante trata del vino. Se cuenta cómo se realiza la pisa. Cuando los pisadores se encuentran encima de la artesa, se deposita en ella la uva, los hombres la pisan y el mosto escurre y cae en un recipiente grande de donde se recoge para llevarlo a las tinajas que van llenándose hasta que el mosto alcanza una distancia aproximada de un codo de la boca de la tinaja. Se deja esta distancia para que, al producirse la cocción, no se derrame el mosto. Si la uva se pisa recién traída de la viña, la cocción del mosto se produce enseguida y fermenta más rápida y violentamente: es entonces cuando se corre el peligro de que el mosto se derrame pero, en cambio, la fermentación es más completa. Si se deja enfriar la uva, la cocción es más lenta, menos violenta: el vino tarda más en hacerse y los caldos suelen mantener restos de glucosa. Otros hablan del mosto y aseguran que nunca debiera tener menos de catorce grados de glucosa porque en ese caso el vino correría el peligro de perderse. Si adquiere una graduación menor, debe aumentársele agregando lentamente azúcar y removiendo el mosto hasta que aquélla se disuelve. Los buenos vinateros nunca le echan azúcar a sus vinos, por lo que corren el riesgo, en ocasiones, de que se le pierdan algunas tinajas. Se habla de la fermentación, de tener cuidado de bajar el caldo para que no se vierta y, al mismo tiempo, para que no se sequen los restos en el interior de la tinaja: estos restos se tornan ácidos y atraen a los mosquitos, por lo que se pierde el vino. Después de la fermentación se limpia y se tapa la boca de la tinaja hasta primeros de diciembre, aproximadamente, época en la que se trasiega el vino para que se airee.
En fin, se habla de que hay quien hace el caldo con mosto solo, hay quien lo hace con un poco de madre y hay, por fin, quien mezcla el mosto con la madre. Otros afirman que si la uva está madura cuando se vendimia en septiembre, y se ha procurado separarla de la uva verde, el vino producido no se pierde nunca. El vino de esta cocción suele ser muy fuerte, y es el que más tiempo perdura. El vino de solo mosto se debilita mucho pasados los dos o tres años, a no ser que se le agreguen conservantes.
Es como un rito, ya digo, una conversación entre iniciados que se desarrolla con la misma unción mistérica con que puede llevarse a cabo un acontecimiento religioso. Es toda la cultura y la tradición de un pueblo. Y quieren cargárselas. Pero esto lo desconocen los cráneos privilegiados de la Unión Europea. Ahora que empezaba a consolidarse comercialmente la denominación de origen Ribera del Guadiana, ahora quieren que paguemos 24 pesetas más por cada litro de vino. Adiós al tapeo y a la charla amistosa del bar. A ellos les da igual. Sus escalofríos quieren que sean los nuestros. Asentados en la tabla redonda de un rey Arturo maastríchtico, sólo piensan en euros y en la mitología de los siluros de Caerleón, aquel arquetipo invencible y salvador del pueblo. Pero ellos no van a salvarnos de nada. Es pura comedia económica lo de Europa.
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año 2002 - 03 marzo
miércoles, 9 de septiembre de 2009
DISRUPCIÓN
(18-3-2002)
JUAN GARODRI
Hojeo la vigésimo segunda edición del DRAE (2001) y no encuentro el término, pero tiene que venir a significar algo así como la acción y el efecto de producir una ruptura brusca, la interrupción de un flujo energético, si se tiene en cuenta el significado que la física atribuye al adjetivo ‘disruptivo’. Etimológicamente se asocia con la familia léxica de los derivados de rumpere (separar con más o menos violencia las partes de un todo, deshaciendo su unión). Tal vez por eso, maestros y profesores andan organizando grupos de trabajo para tratar el problema de la disrupción y buscar posibles soluciones. Que no es fácil. «Borrador de instrumento para la autorrevisión de los problemas de convivencia y disciplina», dice la encuesta. Es un hecho generalizado que alumnos y alumnas irrumpan violentamente en medio de la charla del profesor, interrumpiendo la explicación docente o educativa, que aún no ha sido terminada. Lo cual supone una disrupción flagrante.
Voy a contarte un cuento en el que la ficción no supera en absoluto a la realidad. Todo lo contrario. La realidad es más cruda y cruel que la ficción. Dice así.
Por las deslucidas cristaleras del aula se colaba el sol triste de febrero. La profesora luchaba para conseguir el silencio y poder explicar las cuatro cosas de unos contenidos reducidos a la mínima expresión. Se volvió a la pizarra para hacer un esquema de fechas históricas. En aquel momento, el borrador voló por los aires y fue a estrellarse en mitad de su espalda, dejando perdida de tiza su chaquetilla de Zara. Tragando polvo y humillación la profesora se volvió, pálida. Los alumnos reían la gracia del pelotazo. La indignación y los nervios apenas le permitieron gritar temblorosamente: ¡Sinvergüenzas! y, en el fondo del aula, uno eructó despectivamente. La profesora lo expulsó de clase. Cuando salía, se dirigió a ella y le dijo «me voy a cagar en tu padre, cacatúa, y vas a pagar por esto». La profesora se echó a llorar. Por otra parte, hacía meses que los Tutores sudaban tinta para controlar las faltas de asistencia, rellenar los partes, cumplimentar los boletines, anotar las faltas de respeto y enviar la notificación a los padres. De nada valía. Unas veces, los propios interesados interceptaban el correo y se ahorraban, de esta forma, la reprimenda paterna. Otras, los propios padres devolvían el parte una vez firmado, justificando impunemente las insolencias de los hijos. La sala de profesores estallaba como un globo cada vez que alguna profesora venía llorando de una clase o algún profesor entraba con gesto airado, el rostro contraído. Se lamentaban de la degradación profesional (y personal) a la que se veían sometidos, dada la escasa protección real que la ley concedía al profesorado para llevar a cabo, dignamente, las tareas de la clase. Las mujeres clavaban sus gritos en el cielo raso, los hombres movían apesadumbradamente la cabeza de un lado al otro como bueyes mosqueados y aseguraban que la actual normativa ni era ley ni nada. Al principio, los docentes expulsaban de clase a los díscolos o a los gamberros, con la sana intención de la tranquilidad didáctica. Pero los díscolos (con la dañina pretensión de abandonar, siquiera temporalmente, la rutina de los libros y las actividades del aula) perduraban en sus gamberradas y aumentaban en número, por lo que, en poco tiempo, los pasillos, retretes y tránsitos empezaron a verse cada vez más poblados de alumnos y alumnas provocadores e insoportables que, con gritos y chancetas de considerable grosor, alteraban, desde fuera, el rigor académico de las actividades que realizaban los que se hallaban dentro. No había quien pudiera dar clase. Los profesores sudaban, las profesoras suspiraban, unos y otros se cabreaban y todos se subían por las paredes y arremetían contra el sistema. La jefatura de estudios se alarmó, razonablemente. En el primoroso impreso oficial de ‘comunicación interna’, envió una nota a los Tutores para que comunicasen a los profesores de su Junta de evaluación que «según la ley, nadie podía expulsar a ningún alumno de clase, etcétera. Como quiera que sea», concluía, «cualquier docente posee suficientes recursos personales y pedagógicos como para mantener el orden dentro de su clase, sin recurrir al procedimiento extremo de la expulsión». La receta surtió un efecto inmediato y fulminante. Durante el horario escolar, nadie volvió a ver alumnos o alumnas por los pasillos. El determinante indefinido cualquier que, con perversidad y sutileza, la jefatura aplicó a los docentes, produjo exactamente la reacción esperada, es decir, todo el mundo pensó que sólo expulsaba quien no poseía suficientes recursos personales y pedagógicos como para mantener el orden dentro de su clase. Ergo «si yo expulso», meditaba más de uno, «todos los demás pensarán que no poseo suficientes recursos personales ni pedagógicos como para mantener el orden dentro de mi clase». Y no expulsaban, efectivamente. Y tragaban, qué remedio, el marrón de la vulgaridad y la irreverencia durante el período lectivo. Pero la amargura o el resentimiento, ese dardo envenenado que extenúa el manadero de las vocaciones, afloraba en la sala de profesores y, quien más quien menos, arremetía contra alumnos y disciplinas con la tenacidad esquizoide de Don Quijote contra el rebaño de ovejas. La magnitud de la indignación se consolidaba entre las paredes cuando alguien sacaba a cuento alguna frase desvergonzada como la que habían dirigido aquella mañana a la profesora que pretendía hacer un esquema de fechas históricas. Pero no había más remedio que aguantarse. (Fin del cuento).
De ahí lo del estudio de la disrupción. No me extraña que el personal docente esté hasta las narices y pretenda, en algunos casos, saltar la barrera de la tolerancia. La disrupción, la indisciplina y las agresiones no son otra cosa que expresiones alternativas de lo que les ocurre a los alumnos en la calle. Si un chico mantiene comportamientos agresivos en la calle, no entiende por qué debe cambiarlos cuando está en el instituto. Son su manera de ‘comunicarse’ y, desde luego, su manera de ejercer poder. No creo que reuniones y grupos de trabajo consigan sanear las actitudes disruptivas.
La disrupción está presente en la sociedad (¿quién puede cambiarla?) igual que los gusanos lo están dentro de la fruta.
(18-3-2002)
JUAN GARODRI
Hojeo la vigésimo segunda edición del DRAE (2001) y no encuentro el término, pero tiene que venir a significar algo así como la acción y el efecto de producir una ruptura brusca, la interrupción de un flujo energético, si se tiene en cuenta el significado que la física atribuye al adjetivo ‘disruptivo’. Etimológicamente se asocia con la familia léxica de los derivados de rumpere (separar con más o menos violencia las partes de un todo, deshaciendo su unión). Tal vez por eso, maestros y profesores andan organizando grupos de trabajo para tratar el problema de la disrupción y buscar posibles soluciones. Que no es fácil. «Borrador de instrumento para la autorrevisión de los problemas de convivencia y disciplina», dice la encuesta. Es un hecho generalizado que alumnos y alumnas irrumpan violentamente en medio de la charla del profesor, interrumpiendo la explicación docente o educativa, que aún no ha sido terminada. Lo cual supone una disrupción flagrante.
Voy a contarte un cuento en el que la ficción no supera en absoluto a la realidad. Todo lo contrario. La realidad es más cruda y cruel que la ficción. Dice así.
Por las deslucidas cristaleras del aula se colaba el sol triste de febrero. La profesora luchaba para conseguir el silencio y poder explicar las cuatro cosas de unos contenidos reducidos a la mínima expresión. Se volvió a la pizarra para hacer un esquema de fechas históricas. En aquel momento, el borrador voló por los aires y fue a estrellarse en mitad de su espalda, dejando perdida de tiza su chaquetilla de Zara. Tragando polvo y humillación la profesora se volvió, pálida. Los alumnos reían la gracia del pelotazo. La indignación y los nervios apenas le permitieron gritar temblorosamente: ¡Sinvergüenzas! y, en el fondo del aula, uno eructó despectivamente. La profesora lo expulsó de clase. Cuando salía, se dirigió a ella y le dijo «me voy a cagar en tu padre, cacatúa, y vas a pagar por esto». La profesora se echó a llorar. Por otra parte, hacía meses que los Tutores sudaban tinta para controlar las faltas de asistencia, rellenar los partes, cumplimentar los boletines, anotar las faltas de respeto y enviar la notificación a los padres. De nada valía. Unas veces, los propios interesados interceptaban el correo y se ahorraban, de esta forma, la reprimenda paterna. Otras, los propios padres devolvían el parte una vez firmado, justificando impunemente las insolencias de los hijos. La sala de profesores estallaba como un globo cada vez que alguna profesora venía llorando de una clase o algún profesor entraba con gesto airado, el rostro contraído. Se lamentaban de la degradación profesional (y personal) a la que se veían sometidos, dada la escasa protección real que la ley concedía al profesorado para llevar a cabo, dignamente, las tareas de la clase. Las mujeres clavaban sus gritos en el cielo raso, los hombres movían apesadumbradamente la cabeza de un lado al otro como bueyes mosqueados y aseguraban que la actual normativa ni era ley ni nada. Al principio, los docentes expulsaban de clase a los díscolos o a los gamberros, con la sana intención de la tranquilidad didáctica. Pero los díscolos (con la dañina pretensión de abandonar, siquiera temporalmente, la rutina de los libros y las actividades del aula) perduraban en sus gamberradas y aumentaban en número, por lo que, en poco tiempo, los pasillos, retretes y tránsitos empezaron a verse cada vez más poblados de alumnos y alumnas provocadores e insoportables que, con gritos y chancetas de considerable grosor, alteraban, desde fuera, el rigor académico de las actividades que realizaban los que se hallaban dentro. No había quien pudiera dar clase. Los profesores sudaban, las profesoras suspiraban, unos y otros se cabreaban y todos se subían por las paredes y arremetían contra el sistema. La jefatura de estudios se alarmó, razonablemente. En el primoroso impreso oficial de ‘comunicación interna’, envió una nota a los Tutores para que comunicasen a los profesores de su Junta de evaluación que «según la ley, nadie podía expulsar a ningún alumno de clase, etcétera. Como quiera que sea», concluía, «cualquier docente posee suficientes recursos personales y pedagógicos como para mantener el orden dentro de su clase, sin recurrir al procedimiento extremo de la expulsión». La receta surtió un efecto inmediato y fulminante. Durante el horario escolar, nadie volvió a ver alumnos o alumnas por los pasillos. El determinante indefinido cualquier que, con perversidad y sutileza, la jefatura aplicó a los docentes, produjo exactamente la reacción esperada, es decir, todo el mundo pensó que sólo expulsaba quien no poseía suficientes recursos personales y pedagógicos como para mantener el orden dentro de su clase. Ergo «si yo expulso», meditaba más de uno, «todos los demás pensarán que no poseo suficientes recursos personales ni pedagógicos como para mantener el orden dentro de mi clase». Y no expulsaban, efectivamente. Y tragaban, qué remedio, el marrón de la vulgaridad y la irreverencia durante el período lectivo. Pero la amargura o el resentimiento, ese dardo envenenado que extenúa el manadero de las vocaciones, afloraba en la sala de profesores y, quien más quien menos, arremetía contra alumnos y disciplinas con la tenacidad esquizoide de Don Quijote contra el rebaño de ovejas. La magnitud de la indignación se consolidaba entre las paredes cuando alguien sacaba a cuento alguna frase desvergonzada como la que habían dirigido aquella mañana a la profesora que pretendía hacer un esquema de fechas históricas. Pero no había más remedio que aguantarse. (Fin del cuento).
De ahí lo del estudio de la disrupción. No me extraña que el personal docente esté hasta las narices y pretenda, en algunos casos, saltar la barrera de la tolerancia. La disrupción, la indisciplina y las agresiones no son otra cosa que expresiones alternativas de lo que les ocurre a los alumnos en la calle. Si un chico mantiene comportamientos agresivos en la calle, no entiende por qué debe cambiarlos cuando está en el instituto. Son su manera de ‘comunicarse’ y, desde luego, su manera de ejercer poder. No creo que reuniones y grupos de trabajo consigan sanear las actitudes disruptivas.
La disrupción está presente en la sociedad (¿quién puede cambiarla?) igual que los gusanos lo están dentro de la fruta.
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año 2002 - 03 marzo
EL CILINDRÍN
(10-03-2002)
JUAN GARODRI
He vuelto a oírlo llamar así. Caminaba por la acera, en busca del periódico. Un grupo de chavales iba delante de mí y uno le dijo a otro,
—Oye, tío, incinérame el cilindrín.(10-03-2002)
JUAN GARODRI
He vuelto a oírlo llamar así. Caminaba por la acera, en busca del periódico. Un grupo de chavales iba delante de mí y uno le dijo a otro,
No daba crédito a mis oídos porque han transcurrido muchos años, más de veinticinco. Eran tiempos en los que Ágatha Lys y María Salerno ("Simplemente María") incendiaban el corazón de los españoles, apagados hasta la muerte de Franco. Umbral hablaba de "el Borbonazo" (¿o esto fue después?) y los periódicos publicaban fotografías de Felipe González reclinado en el hombro de Nicolás Redondo. Felipe González y Alfonso Guerra arrastraban una cara macilenta, acentuada por la pana y las patillas. El cine se refugiaba en la Guerra Civil y en Nadiuska. Una familia vivía con lo que hoy cuesta ir al cine y el Citroën 2 Cv, el Seat 127 y el Renault-5 empezaban a llenar las playas de españoles lanzados tras el vislumbre de una libertad soleadamente sensorial y permisiva.
Por entonces, creo, lo llamaban cilindrín, entre los pantalones de campana y la música cheli de las discotecas, y ahora he vuelto a oírlo llamar así. Al cigarrillo. Mi sorpresa ha sido enorme, naturalmente, porque nunca pensé que las modas verbales gozaran de una retracción temporal tal como goza, por ejemplo, la moda del vestido y su correspondencia glamourosa. Ahora se habla de que el tronco quiere jalarse un trailer de pirulas para quedarse obsoleto en medio del macroconcierto, aunque sea con peligro de muerte, pero de incinerar cilindrines, nada. Así que incinérame el cilindrín, porfa. La frase ha chocado en mi subconsciente como contra una mampara de cristal. Los pijos y pijas de la calle Serrano (de allí salía el muestrario, según los enterados) utilizaban perífrasis literarias entresacadas de las páginas de Gómez de la Serna o de la ampulosidad verbal de la prensa franquista. No tardaban en extenderse por provincias, causando admiración en las mentes socialmente reducidas y algo paletas de los que entonces empezábamos a descubrir el mundo. La utilización de estas perífrasis constituía, en ocasiones, el código con el que el personal componía sus mensajes. De la misma manera que los cánidos marcan con su orina la delimitación del territorio, los pijos marcaban también con sus perífrasis una circunscripción urbana limitada a la confluencia de aquel tipo de juventud. A nadie se le ocurría ‘pedir lumbre’. La frase obligada era ‘incinérame el cilindrín’. Lo cual que constituía como un signo, un objeto perceptible que representaba a otro objeto. No sólo se pedía, pues, el incendio amistoso del tabaco, sino la invitación a la quemadura amorosa, una incineración paulatina y metafórica del atractivo sexual. Las volutas del humo eran las espirales de una carnalidad cercana e inmediata. La rápida reducción a ceniza del cigarro suponía la efímera transitoriedad de la atracción, una posesión volátil y rápida que duraría, significadamente, lo que durase la consunción del cigarrillo.
Se utilizaba otra perífrasis, creo recordar, que constituía el colm(ill)o del cinismo erótico: ‘A equino donado no se le periscopea el incisivo’. Las ficticias gogós discotequeras, venidas a menos en la barahúnda del local, tenían que ser aceptadas para estirar con ellas el esqueleto en medio de las distorsiones del twist. Y, como a caballo regalado no se le mira el diente, el abrazo posterior tenía que fingirse ardiente aunque hubiese tocado bailar con la cacatúa más vocingleramente fea de la sala. Y no pienses que ellas se quedaban cortas, qué va. Los frenéticos saltos y aspavientos con brazos y piernas las empujaban por las torrenteras del deseo y arremetían contra el tipo de enfrente (por lo de ‘a caballo regalado’, etc., supongo) aunque se tratase de un tío más feo que Picio.
Después de las respectivas aproximaciones seductoras, más o menos fructíferas, si querías deslumbrar, la regla era no pronunciar jamás la palabra ‘gracias’. En su lugar, había que tragar saliva, alentar y soltar de un tirón aquello de «Tanta amabilidad me confunde y me obliga a zambullirme desde el alto trampolín de la gratitud en la profunda piscina del agradecimiento». Era la producción en serie del deslumbramiento, una especie de herencia léxica de la profusión verbal de Fray Gerundio. Pero tenía su encanto y producía su efecto. Claro que no todo el mundo disponía de suficiente habilidad fonadora como para colocar limpiamente, sin vacilaciones ni tartamudeos, la longitud secuencial de la frase. Lo cual que acarreaba también sus consecuencias. Porque si te ponías gallito y acosabas a Mari Pili, previamente tenías que memorizar y ensayar repetidas veces para que te saliese de un tirón. Así que te dirigías a los servicios y, delante del espejo, declamabas una y otra vez la frase mientras veías moverse tus labios de forma extraña y repetitiva, como si fuesen los labios de otro. La gloria o el infierno, el éxito o el ridículo dependían exclusivamente de la facilidad recitadora y del énfasis declamatorio: si fallabas (solía faltar la respiración o la decisión o el aliento), la bofetada despectiva podía resonar incluso por encima del monoaural sonido de los bafles. De esa manera tenías que tragarte el conceptismo barroco del agradecimiento.
No sé de quién habrán aprendido los chicos lo del cilindrín, esa frase enmarcada en la nostalgia de los primeros setenta. Pero juro ante el altar de Hércules que es rigurosamente cierto el hecho de habérselo oído decir.
Se utilizaba otra perífrasis, creo recordar, que constituía el colm(ill)o del cinismo erótico: ‘A equino donado no se le periscopea el incisivo’. Las ficticias gogós discotequeras, venidas a menos en la barahúnda del local, tenían que ser aceptadas para estirar con ellas el esqueleto en medio de las distorsiones del twist. Y, como a caballo regalado no se le mira el diente, el abrazo posterior tenía que fingirse ardiente aunque hubiese tocado bailar con la cacatúa más vocingleramente fea de la sala. Y no pienses que ellas se quedaban cortas, qué va. Los frenéticos saltos y aspavientos con brazos y piernas las empujaban por las torrenteras del deseo y arremetían contra el tipo de enfrente (por lo de ‘a caballo regalado’, etc., supongo) aunque se tratase de un tío más feo que Picio.
Después de las respectivas aproximaciones seductoras, más o menos fructíferas, si querías deslumbrar, la regla era no pronunciar jamás la palabra ‘gracias’. En su lugar, había que tragar saliva, alentar y soltar de un tirón aquello de «Tanta amabilidad me confunde y me obliga a zambullirme desde el alto trampolín de la gratitud en la profunda piscina del agradecimiento». Era la producción en serie del deslumbramiento, una especie de herencia léxica de la profusión verbal de Fray Gerundio. Pero tenía su encanto y producía su efecto. Claro que no todo el mundo disponía de suficiente habilidad fonadora como para colocar limpiamente, sin vacilaciones ni tartamudeos, la longitud secuencial de la frase. Lo cual que acarreaba también sus consecuencias. Porque si te ponías gallito y acosabas a Mari Pili, previamente tenías que memorizar y ensayar repetidas veces para que te saliese de un tirón. Así que te dirigías a los servicios y, delante del espejo, declamabas una y otra vez la frase mientras veías moverse tus labios de forma extraña y repetitiva, como si fuesen los labios de otro. La gloria o el infierno, el éxito o el ridículo dependían exclusivamente de la facilidad recitadora y del énfasis declamatorio: si fallabas (solía faltar la respiración o la decisión o el aliento), la bofetada despectiva podía resonar incluso por encima del monoaural sonido de los bafles. De esa manera tenías que tragarte el conceptismo barroco del agradecimiento.
No sé de quién habrán aprendido los chicos lo del cilindrín, esa frase enmarcada en la nostalgia de los primeros setenta. Pero juro ante el altar de Hércules que es rigurosamente cierto el hecho de habérselo oído decir.
Para que luego haya quien afirme que las palabras, como cualquier otro producto del lenguaje, nacen en medio de un río que fluye sin retorno.
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año 2002 - 03 marzo
MÁS DE BOTELLÓN
(3-3-2002)
JUAN GARODRI
Todo en esta vida es relativo. Y no me refiero con ello a la teoría de la relatividad, aquello tan científico que elaboró Einstein entre 1912 y 1917 para establecer una proporción adecuada entre la ley de la gravitación y sus relaciones con las otras fuerzas de la naturaleza, no. Cuando digo que todo es relativo me refiero más bien a que nada es (hay) absoluto. Es extraña la tendencia obsesiva del personal a ‘absolutizar’ todo, desde la opinión hasta el consumismo, desde las preferencias personales hasta las tendencias políticas, cuando es generalmente conocida (por quien la conozca, claro) la tendencia de Feuerbach a hablar del «absurdo del absoluto», aunque no fuera más que para criticar la filosofía de Hegel.
Pues nada, otra de botellón. Se ha absolutizado el problema enquistándolo en una entidad de opinión absoluta que excluye, de por sí, cualquier referencia de comparación relativa. Y así, se condensa en el botellón toda la maldad de la juventud actual, se absolutiza el botellón como el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, algo así como un infierno juvenil y nocturno en que miles de adolescentes festejan la degradación moral y la pérdida de valores que constituyen la causa enloquecida del botellón. Lee uno por ahí que «el 58 por ciento de los jóvenes entre 14 y 18 años consume habitualmente alcohol, y casi el 12 por ciento abusivamente los fines de semana. Más de la mitad regresan a sus casas más tarde de las dos de la madrugada. En toda España se generaliza la práctica del botellón, el consumo masivo de alcohol en la calle». ¿Causas? Sociólogos, psicólogos, educadores, políticos y ciudadanos, manejan las posibilidades causales del botellón para explicarlo según sus propios intereses. Los sociólogos dirán que la sociedad actual provoca unos comportamientos hedonísticos que arrastran irremisiblemente a la juventud, tal como la corriente de un río desbocado arrastra inconteniblemente las ramas y las hojas secas. Los psicólogos dirán que la juventud necesita un contrapunto equilibrador que posicione sus represiones entre la frustración que le produce la sociedad actual y sus anhelos de superación personal. Los educadores dirán que la gente joven prefiere divertirse ‘así’ porque no encuentra otras alternativas, sobre todo económicas, por lo que el botellón no es más que una excusa para compartir con los amigos un lazo de unión. Los políticos no saben qué decir. Están hechos un lío y mientras unos desbarran otros pretenden elaborar normas de ámbito legal sobre el consumo de alcohol. En nuestra Región, el rebote clamoroso lo ha provocado Rodríguez Ibarra con lo de la cigüeña negra, esa declaración histriónica que ha despertado la ira de los ecologistas al afirmar que, de darse el caso, las cigüeñas estarían más protegidas del ruido finisemanal que lo estarían los vecinos afectados por la escandalera botellonística. (Hay que tener en cuenta que Rodríguez Ibarra es un tío con toda la barba al lanzarse a la piscina tan decididamente: gran parte del gentío piensa que tiene más razón que un santo). Los ciudadanos, en fin, principalmente los afectados, dirán que la represión es necesaria, tanto para proteger a los menores de edad, que aún no son autónomos en el ejercicio de su propia autonomía, como para proteger a los ciudadanos del ruido y salvaguardar su descanso, así que leña al mono hasta que aprenda el catecismo.
De entre todos los mitos que ha forjado el invencible espíritu del hombre (Marzal dixit) hay uno que adquiere especial relieve estos días: el mito de los valores. Una parte importante de la sociedad asegura que la causa del botellón se debe a la ausencia de valores. Los jóvenes carecen de valores. La afirmación vista así, de pronto, parece demasiado arriesgada. Habría que definir primero el concepto de valor y habría que intentar aplicar ese concepto a la juventud, a ver si encajaba en ella. Muchos valores considerados como válidos (¿válidos para qué?) han perdido la fundamentación de su validez. Ocurre que los jóvenes tienen otros valores, diferentes a los valores ‘de siempre’, diferentes a los que se les han dado. Encuentran vacíos los valores que han recibido y pretenden encontrar otros con los que reponer su plenitud. Otra cosa sería admitir el hecho de que esos valores sean socialmente aceptables o no. Porque el problema radica ahí: ofertar a la juventud una escala de valores que ella considere como válidos y que pueden tal vez no ser los que tienen validez desde años o desde siglos.
Al margen de las reflexiones anteriores, no acabo de explicarme el escándalo social que ha levantado en todas partes lo del botellón y cómo se ha absolutizado representándolo como el único mal, al parecer, que asola a la juventud. ¿Tal vez la tolerancia hacia el consumo de alcohol, esa droga peligrosa que crea adicción, destroza el hígado y enajena mentalmente? No creo. Aún a riesgo de que me suelten un papirotazo los mandamases, no creo que les interese tanto la salud de los jóvenes como para que se haya levantado este huracán devastador. Y no lo creo porque ahí está el caso del tabaco (con el que no se ha levantado). La Junta de Andalucía acaba de denunciar a las tabaqueras. Según ella, el tabaco produce más enfermedades y más muertes que el alcohol, los accidentes automovilísticos, el sida, el cáncer y los accidentes laborales, todos juntos. La juventud consume ahora, desde los doce años, más tabaco que nunca. Si se ha montado la campaña contra el botellón para preservar la salud de los jóvenes, ¿por qué no se organiza a escala parecida una campaña contra el consumo de tabaco entre la juventud para que crezca sana y fuerte?. Respuesta: ah, mire usted, es que el botellón produce ruido inaguantable, suciedad intolerable, vomiteras desagradables, defecaciones transitorias, meadas enojosas, actitudes irritantes, comportamientos incívicos, cabreos acongojados en los vecinos y desasosiego angustioso en los padres, y el tabaco no. De ahí lo de la relatividad. Será eso.
(3-3-2002)
JUAN GARODRI
Todo en esta vida es relativo. Y no me refiero con ello a la teoría de la relatividad, aquello tan científico que elaboró Einstein entre 1912 y 1917 para establecer una proporción adecuada entre la ley de la gravitación y sus relaciones con las otras fuerzas de la naturaleza, no. Cuando digo que todo es relativo me refiero más bien a que nada es (hay) absoluto. Es extraña la tendencia obsesiva del personal a ‘absolutizar’ todo, desde la opinión hasta el consumismo, desde las preferencias personales hasta las tendencias políticas, cuando es generalmente conocida (por quien la conozca, claro) la tendencia de Feuerbach a hablar del «absurdo del absoluto», aunque no fuera más que para criticar la filosofía de Hegel.
Pues nada, otra de botellón. Se ha absolutizado el problema enquistándolo en una entidad de opinión absoluta que excluye, de por sí, cualquier referencia de comparación relativa. Y así, se condensa en el botellón toda la maldad de la juventud actual, se absolutiza el botellón como el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, algo así como un infierno juvenil y nocturno en que miles de adolescentes festejan la degradación moral y la pérdida de valores que constituyen la causa enloquecida del botellón. Lee uno por ahí que «el 58 por ciento de los jóvenes entre 14 y 18 años consume habitualmente alcohol, y casi el 12 por ciento abusivamente los fines de semana. Más de la mitad regresan a sus casas más tarde de las dos de la madrugada. En toda España se generaliza la práctica del botellón, el consumo masivo de alcohol en la calle». ¿Causas? Sociólogos, psicólogos, educadores, políticos y ciudadanos, manejan las posibilidades causales del botellón para explicarlo según sus propios intereses. Los sociólogos dirán que la sociedad actual provoca unos comportamientos hedonísticos que arrastran irremisiblemente a la juventud, tal como la corriente de un río desbocado arrastra inconteniblemente las ramas y las hojas secas. Los psicólogos dirán que la juventud necesita un contrapunto equilibrador que posicione sus represiones entre la frustración que le produce la sociedad actual y sus anhelos de superación personal. Los educadores dirán que la gente joven prefiere divertirse ‘así’ porque no encuentra otras alternativas, sobre todo económicas, por lo que el botellón no es más que una excusa para compartir con los amigos un lazo de unión. Los políticos no saben qué decir. Están hechos un lío y mientras unos desbarran otros pretenden elaborar normas de ámbito legal sobre el consumo de alcohol. En nuestra Región, el rebote clamoroso lo ha provocado Rodríguez Ibarra con lo de la cigüeña negra, esa declaración histriónica que ha despertado la ira de los ecologistas al afirmar que, de darse el caso, las cigüeñas estarían más protegidas del ruido finisemanal que lo estarían los vecinos afectados por la escandalera botellonística. (Hay que tener en cuenta que Rodríguez Ibarra es un tío con toda la barba al lanzarse a la piscina tan decididamente: gran parte del gentío piensa que tiene más razón que un santo). Los ciudadanos, en fin, principalmente los afectados, dirán que la represión es necesaria, tanto para proteger a los menores de edad, que aún no son autónomos en el ejercicio de su propia autonomía, como para proteger a los ciudadanos del ruido y salvaguardar su descanso, así que leña al mono hasta que aprenda el catecismo.
De entre todos los mitos que ha forjado el invencible espíritu del hombre (Marzal dixit) hay uno que adquiere especial relieve estos días: el mito de los valores. Una parte importante de la sociedad asegura que la causa del botellón se debe a la ausencia de valores. Los jóvenes carecen de valores. La afirmación vista así, de pronto, parece demasiado arriesgada. Habría que definir primero el concepto de valor y habría que intentar aplicar ese concepto a la juventud, a ver si encajaba en ella. Muchos valores considerados como válidos (¿válidos para qué?) han perdido la fundamentación de su validez. Ocurre que los jóvenes tienen otros valores, diferentes a los valores ‘de siempre’, diferentes a los que se les han dado. Encuentran vacíos los valores que han recibido y pretenden encontrar otros con los que reponer su plenitud. Otra cosa sería admitir el hecho de que esos valores sean socialmente aceptables o no. Porque el problema radica ahí: ofertar a la juventud una escala de valores que ella considere como válidos y que pueden tal vez no ser los que tienen validez desde años o desde siglos.
Al margen de las reflexiones anteriores, no acabo de explicarme el escándalo social que ha levantado en todas partes lo del botellón y cómo se ha absolutizado representándolo como el único mal, al parecer, que asola a la juventud. ¿Tal vez la tolerancia hacia el consumo de alcohol, esa droga peligrosa que crea adicción, destroza el hígado y enajena mentalmente? No creo. Aún a riesgo de que me suelten un papirotazo los mandamases, no creo que les interese tanto la salud de los jóvenes como para que se haya levantado este huracán devastador. Y no lo creo porque ahí está el caso del tabaco (con el que no se ha levantado). La Junta de Andalucía acaba de denunciar a las tabaqueras. Según ella, el tabaco produce más enfermedades y más muertes que el alcohol, los accidentes automovilísticos, el sida, el cáncer y los accidentes laborales, todos juntos. La juventud consume ahora, desde los doce años, más tabaco que nunca. Si se ha montado la campaña contra el botellón para preservar la salud de los jóvenes, ¿por qué no se organiza a escala parecida una campaña contra el consumo de tabaco entre la juventud para que crezca sana y fuerte?. Respuesta: ah, mire usted, es que el botellón produce ruido inaguantable, suciedad intolerable, vomiteras desagradables, defecaciones transitorias, meadas enojosas, actitudes irritantes, comportamientos incívicos, cabreos acongojados en los vecinos y desasosiego angustioso en los padres, y el tabaco no. De ahí lo de la relatividad. Será eso.
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