ES LA GUERRA
(23-2-2003)
JUAN GARODRI
No hay como vivir en un pueblo. Además del saludable olor a ozono de estos amaneceres lluviosos, siempre se aparece algún conocido de los de toda la vida que va y me dice, con su punta de mala leche,
—No estuviste el día 15 en la plaza del Ayuntamiento, el sábado, en la manifestación contra la guerra, no te vi por allí,
—No, no estuve —respondo,
—Pues ¿y eso? —insiste,
—No me atraen demasiado las multitudes —contesto,
—Pues el día 1 bien que estuviste en el Calderón a ver el baño del Atlético al Barcelona —ataca. Me sentí atrapado. Así que no tuve más remedio que justificarme, cosa que detesto.
—Pues haciendo memoria —dije—, creo que me he manifestado contra la guerra en varias ocasiones,
—Pues no sé donde —repuso con retranca—, esta es la única manifestación multitudinaria que ha habido contra la guerra,
—No lees y así te va —repuse con la mejor de mis sonrisas—. Escucha, continué, si leyeras el HOY desde hace años sabrías a qué me refiero:
El día 24 de diciembre de 1998, jueves, día de Navidad, felicité las pascuas a los lectores con un artículo, La náusea, en contra de la guerra que Willian Jefferson Clinton había desencadenado contra Irak; en él declaraba que me encontraba avergonzado de ser occidental, europeo y libre.
El día diez de abril de 1999, en una ‘tribuna’ titulada Me importa un carajo, declaré eso, que me importaba un carajo saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos en aquella maldita guerra que destruyó Yugoslavia, que sólo me importaban las personas humilladas y masacradas, me importaban las víctimas que, a cientos de miles, sufrían y lloraban y sangraban y morían en la guerra. El día 16 de mayo de 1999, domingo, me cabreé de mala manera contra la guerra de los Balcanes, ¿Qué cosa nos llamamos? se titulaba el artículo. En él arremetía contra nuestra civilización occidental que utiliza el desarrollo técnico y científico (otros lo llaman progreso) para masacrar civiles, víctimas inocentes, con el cuento de la guerra, y concluía que, si eso era civilización, mejor nos preguntáramos hasta cuándo íbamos a estar chupándonos la polla (frase que escandalizó, por cierto, a quienes no se escandalizaban de la guerra). El día ocho de agosto de 1999, en La traficomedia, expuse mi asco hacia los traficantes de armas utilizadas para destruir Bosnia. Buitres internacionales que traficaron después con los billones de la reconstrucción de Bosnia. Cuantas más armas vendieron, más reconstruían. Ahí radicaba la obscenidad de los contratos concedidos a empresas estadounidenses y alemanas, indispensablemente.
El día 2 de enero de 2000 escribí Las preguntas, precisamente para preguntarme de forma amargamente retórica a quién pretendían engañar los mandamases internacionales cuando permitían que el tal Yeltsin masacrase sin contemplaciones a los habitantes de Chechenia, ese juego espeluznante de la guerra y de la muerte. Sobre todo, si se tenía en cuenta que, tan solo unos meses antes, no permitieron el mismo juego a Milosevic, el genocida de los kosovares. El día 29 de marzo de 2000, en Las armas, saqué a relucir una desconsiderada mala uva antinorteamericana para comentar que su campaña de salvación del planeta no pretendía salvar a nadie. Porque la comedia salvadora no era más que eso, una comedia, un simulacro redentor para enmascarar la venta de armas y de sofisticado material bélico utilizados en el combate del mal (?).
El día 23 de septiembre de 2001, tan reciente lo del 11-S, discrepé, en Licencia para matar, de lo políticamente correcto y expuse la que me parecía impertinencia desmedida de los EE. UU. porque se arrogaban la cualidad divina de la justicia en la llamada “Operación Justicia Infinita”, y me preguntaba que si no siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos, ¿cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita.
El día 31 de marzo de 2002, en Tambores de guerra, me dediqué a denunciar los tambores de guerra que resonaban en Afganistán, en Israel, en Irak, en América Latina, para expandir la Operación Antiterrorista por todo el mundo, esa contaminadora fiebre bélica que impulsa al enfrentamiento del hombre contra el hombre, a matar. El día 9 de octubre de 2002, en Muertos de miedo, volví a insistir en la horrorosa proclividad del presidente Bush a la guerra, como si en ello le fuera la vida a costa de la muerte. Me preguntaba qué oscuro poder permanece achantado tras la sombra menguada del Bush, qué poderoso artilugio (una máquina extractora de petróleo, quizá) lo tiene cogido por los cataplines y lo empuja a aparentar que le gusta la guerra más que a los chivos la leche.
Finalmente, el día 2 de febrero de 2003, en Hipocresía, me preguntaba a qué juegan (en el sentido de interpretar un papel) quienes pretenden hacernos creer que la guerra es necesaria e inevitable para destruir a Irak, a Sadam y a sus armas de destruccion masiva.
Así que fijate bien en lo que dices, le dije, porque después de haber publicado diez artículos contra la guerra, si no han sido más, no creo que necesitara ir a la manifestación, no hacía falta mi presencia contestataria protegido por las pancartas, si bien se tiene en cuenta que, además, nadie convocó anteriormente manifestaciones multitudinarias contra la guerra sucia que existía en los Balcanes, en Chechenia, en América Latina, en Israel, y se convocan ahora precisamente contra la que se avecina en Irak, a mí no me representan actores, escritores e intelectuales que vete tú a saber por qué ahora se desagazapan y salen a la calle, a mí no me representan políticos que, no digo que no, están de corazón contra la guerra pero que, no digo que sí, aprovechan la coyuntura con fines electorales, eso es evidente, a ver por qué no se manifestaron masivamente en las anteriormente citadas ocasiones bélicas. Así que, amigo, ahora se aprovecha la ocasión para sacarle rentabilidad política al asunto. El batiburrillo que tuvo lugar en el Congreso la semana pasada, aireado por los medios de adoctrinamiento de masas mientras cada uno arrimaba el ascua a su sardina, se manifestó en los titulares del día siguiente. «El PSOE se descuelga del acuerdo suscrito por la UE y otras trece naciones europeas», proclamó ABC, y ahí queda eso, «Aznar rebaja su apoyo a la guerra pero Zapatero le acusa de tener un pacto con Bush», enfatizó El Mundo nadando entre dos aguas, como es costumbre, «Debate parlamentario sobre el conflicto de Irak. Aznar pide el apoyo del Congreso sin resolver cómo será su voto en la ONU», dejó caer El País curándose en salud por lo que pudiera venir, «Zapatero se radicaliza y no acepta los acuerdos de la ONU», afirmó La Razón soltando su acostumbrado hachazo endorreico.
Concluyo. Hay muchas maneras dignas de oponerse a la guerra. La manifestación procesional, aunque importante y multitudinaria, es sólo una de ellas. No la única. Fin.
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viernes, 18 de septiembre de 2009
OKUPARTISTIK
(16-2-2003)
JUAN GARODRI
Pues bueno, va un tipo y se cuela en el museo Guggenheim (lo que hace al caso es el hecho, el nombre es lo de menos) y, asombrosamente desapercibido, cuelga también su cuadro junto a los otros, como si de obra de arte se tratara, y como tal es admirado durante dos días por los visitantes.
Una de dos: o el cuadro espurio poseía idéntica calidad artística a los del resto de la exposición, o el resto de la exposición carecía de calidad artística para asumir, como parece que asumió, al cuadro espurio en condiciones de igualdad.
Para tirarse al suelo y revolcarse de la risa. El hecho es significativo (el cambiazo del cuadro, no el revolcón de la risa) del grado de estupidez conceptual al que se asoman determinados estratos del mundo del arte. Algunos críticos, en artículos de prensa, se llevan las manos a la cabeza alarmados o aterrorizados, tal vez, de las dimensiones a las que están llegando “los límites del arte”. No conozco a Santiago Sierra, pero el hecho de que la Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas lo haya elegido para representar a España en la Bienal de Venecia ha destapado la caja de los truenos. Por lo visto y leído, el currículo de Sierra es tan artístico como el que pudiera presentar el chatarrero de mi barrio: «Elevación de los limpiaparabrisas de los automóviles encontrados durante un paseo de una hora» es una de sus obras más representativas.
No tengo nada contra Sierra: si él se gana así la vida y le hacen caso, mejor para él. Pero no deja de fastidiar el hecho de que se eleve a la categoría artística la simple recolección de objetos zarrapastrosos con el señuelo de la progresía y la vanguardia. No sé por qué razón el arte sedicente progresista —¿hay un arte progresista?— tiene que configurar su estética basándose sólo en la provocación y en la transgresión.
Siempre fueron transgresoras las vanguardias, pero su rebelión frente a la norma incorporaba además un esteticismo inteligente y formal que asentaba la tendencia innovadora y revolucionaria en el campo artístico. Ahora no. Ahora el hiperrealismo entresacado de la vulgaridad más deprimente confiere a cualquier objeto la categoría artística, categoría que adquieren a base de la palabrería de los críticos afines. Cualquier objeto (una cuchara, una peonza, un limpiaparabrisas, un tubo de escape, una botella de plástico, la tapadera de un váter, una tuerca), cuanto más viejo y deteriorado mejor, se constituye en máquina dinámica, precisa y matemática, que integra el espacio como elemento fundamental. Y aseguran, nada menos, que cualquier cachivache establece relaciones entre el espacio tangible e intangible (¿?), determinadas a base de materiales susceptibles de crear una tensión.
Admitamos, que ya es admitir, que los stabiles-mobiles, en los que se combinan gracia y robustez, los dos polos del genio de Calder, son materiales susceptibles de crear una tensión y de establecer relaciones entre el espacio tangible e intangible. Pero, hombre, que un tipo rasure una línea de 10 centímetros «sobre las cabezas de dos heroinómanos remunerados con una dosis cada uno» y pretendan que me trague el bodrio considerándolo como obra de arte, por muy transgresora y progreta que sea, es como pasarse de la raya (en el doble sentido). Quienes actúan de esta manera, ¿son realmente artistas o son vividores del arte?
No sólo en el mundo del arte, también en el literario se da esta especie de engañabobos ilustrada que deslumbra a quien no sabe cerrar los ojos a tiempo. No hay más que ver la que se ha armado con lo del dinosaurio. Seguro que has escuchado lo del dinosaurio. Estos días se ha repetido cansinamente. «Es una lástima que a Augusto Monterroso no se le recuerde por sus principales obras sino por ser el autor de lo que, equivocadamente, se llama el cuento más breve del mundo», dice Luis Ignacio Parada. Puede que tenga razón Monterroso, puede que cuando el tipo despertara el dinosaurio todavía estuviera allí. Pero no me digas que no está ya bien de dinosaurio. No me digas que el personal no cae en una especie de idiocia repetitiva rayana con el papanatismo. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, dicen que dijo Gracián. Pero si lo breve, de tan breve, es una cagarruta verbal, deja de ser bueno. «Lo maté porque era de Vinaroz», cuento de Max Aub más breve que el del dinosaurio. ¿Un cuento? ¿A quién pretenden deslumbrar los infladores de globos literarios con el cuento de que eso es un cuento? ¿Quién ha dicho que esas frases abreviadas, casi efímeras, fugaces, son un cuento?
Una pincelada no constituye una obra pictórica, por muy picassiana que sea: la obra cobrará vida dentro de un conjunto de pinceladas. Un tocho ferruginoso no constituye una obra escultórica, por muy chillidana que sea: la obra cobrará vida dentro de un espacio de relaciones que la defina. Una frase breve de escasísimas palabras no es un cuento, por muy monterrosino que sea: la obra cobrará vida dentro de un conjunto de presuposiciones que la integre literariamente. ¿Quién ha dicho que no son un cuento? ¿O son un cuento?
Tal vez los límites del arte estén siendo eliminados por okupartistiks desaprensivos y beocios.
(16-2-2003)
JUAN GARODRI
Pues bueno, va un tipo y se cuela en el museo Guggenheim (lo que hace al caso es el hecho, el nombre es lo de menos) y, asombrosamente desapercibido, cuelga también su cuadro junto a los otros, como si de obra de arte se tratara, y como tal es admirado durante dos días por los visitantes.
Una de dos: o el cuadro espurio poseía idéntica calidad artística a los del resto de la exposición, o el resto de la exposición carecía de calidad artística para asumir, como parece que asumió, al cuadro espurio en condiciones de igualdad.
Para tirarse al suelo y revolcarse de la risa. El hecho es significativo (el cambiazo del cuadro, no el revolcón de la risa) del grado de estupidez conceptual al que se asoman determinados estratos del mundo del arte. Algunos críticos, en artículos de prensa, se llevan las manos a la cabeza alarmados o aterrorizados, tal vez, de las dimensiones a las que están llegando “los límites del arte”. No conozco a Santiago Sierra, pero el hecho de que la Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas lo haya elegido para representar a España en la Bienal de Venecia ha destapado la caja de los truenos. Por lo visto y leído, el currículo de Sierra es tan artístico como el que pudiera presentar el chatarrero de mi barrio: «Elevación de los limpiaparabrisas de los automóviles encontrados durante un paseo de una hora» es una de sus obras más representativas.
No tengo nada contra Sierra: si él se gana así la vida y le hacen caso, mejor para él. Pero no deja de fastidiar el hecho de que se eleve a la categoría artística la simple recolección de objetos zarrapastrosos con el señuelo de la progresía y la vanguardia. No sé por qué razón el arte sedicente progresista —¿hay un arte progresista?— tiene que configurar su estética basándose sólo en la provocación y en la transgresión.
Siempre fueron transgresoras las vanguardias, pero su rebelión frente a la norma incorporaba además un esteticismo inteligente y formal que asentaba la tendencia innovadora y revolucionaria en el campo artístico. Ahora no. Ahora el hiperrealismo entresacado de la vulgaridad más deprimente confiere a cualquier objeto la categoría artística, categoría que adquieren a base de la palabrería de los críticos afines. Cualquier objeto (una cuchara, una peonza, un limpiaparabrisas, un tubo de escape, una botella de plástico, la tapadera de un váter, una tuerca), cuanto más viejo y deteriorado mejor, se constituye en máquina dinámica, precisa y matemática, que integra el espacio como elemento fundamental. Y aseguran, nada menos, que cualquier cachivache establece relaciones entre el espacio tangible e intangible (¿?), determinadas a base de materiales susceptibles de crear una tensión.
Admitamos, que ya es admitir, que los stabiles-mobiles, en los que se combinan gracia y robustez, los dos polos del genio de Calder, son materiales susceptibles de crear una tensión y de establecer relaciones entre el espacio tangible e intangible. Pero, hombre, que un tipo rasure una línea de 10 centímetros «sobre las cabezas de dos heroinómanos remunerados con una dosis cada uno» y pretendan que me trague el bodrio considerándolo como obra de arte, por muy transgresora y progreta que sea, es como pasarse de la raya (en el doble sentido). Quienes actúan de esta manera, ¿son realmente artistas o son vividores del arte?
No sólo en el mundo del arte, también en el literario se da esta especie de engañabobos ilustrada que deslumbra a quien no sabe cerrar los ojos a tiempo. No hay más que ver la que se ha armado con lo del dinosaurio. Seguro que has escuchado lo del dinosaurio. Estos días se ha repetido cansinamente. «Es una lástima que a Augusto Monterroso no se le recuerde por sus principales obras sino por ser el autor de lo que, equivocadamente, se llama el cuento más breve del mundo», dice Luis Ignacio Parada. Puede que tenga razón Monterroso, puede que cuando el tipo despertara el dinosaurio todavía estuviera allí. Pero no me digas que no está ya bien de dinosaurio. No me digas que el personal no cae en una especie de idiocia repetitiva rayana con el papanatismo. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, dicen que dijo Gracián. Pero si lo breve, de tan breve, es una cagarruta verbal, deja de ser bueno. «Lo maté porque era de Vinaroz», cuento de Max Aub más breve que el del dinosaurio. ¿Un cuento? ¿A quién pretenden deslumbrar los infladores de globos literarios con el cuento de que eso es un cuento? ¿Quién ha dicho que esas frases abreviadas, casi efímeras, fugaces, son un cuento?
Una pincelada no constituye una obra pictórica, por muy picassiana que sea: la obra cobrará vida dentro de un conjunto de pinceladas. Un tocho ferruginoso no constituye una obra escultórica, por muy chillidana que sea: la obra cobrará vida dentro de un espacio de relaciones que la defina. Una frase breve de escasísimas palabras no es un cuento, por muy monterrosino que sea: la obra cobrará vida dentro de un conjunto de presuposiciones que la integre literariamente. ¿Quién ha dicho que no son un cuento? ¿O son un cuento?
Tal vez los límites del arte estén siendo eliminados por okupartistiks desaprensivos y beocios.
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año 2003 - 02 febrero
CINE DE FÚTBOL
(9-2-2003)
JUAN GARODRI
Allá por el siglo XIII, no se le pasó por la cabeza a Saxus Grammaticus que unos siglos después William Shakespeare le diera el copiazo con lo de Hamlet, bien que a través de la versión francesa de François de Belleforest. El episodio se titula «Con qué astucia Amlecht, que fue luego rey de Dinamarca, vengó la muerte de su padre Orwendill, asesinado por su hermano Feng, y otros acontecimientos de su vida». Probablemente a ti, lector amigo (se decía en los prefacios de los escritos con moralina antiguos), no te interesen en absoluto los acontecimientos que protagonizó Hamlet para vengarse de su hermano Feng, pero no me negarás que es proverbial, de tan conocida, su actitud enigmática e indecisa. La duda, en definitiva. Vamos, que no sabía si vengarse o no. Y es que no hay cosa peor que la duda. Y le ocurre a cualquiera, no creas. No sólo a Hamlet. A cualquiera le amarga en la boca el sabor de la indecisión si pretende actuar de esta forma, porque piensa que tal vez le hubiera salido mejor el asunto si lo hubiera ejecutado de aquélla. Así que la duda me atenaza. No sé por donde empezar, si por el cine o por el fútbol. Cine de fútbol, fútbol de cine, fútbol y cine, o cine o fútbol, ni cine ni fútbol. Hamlet no lo hubiera pasado peor.
¿Qué le ocurre al cine? Nos referimos, naturalmente, al cine español. Resulta que una mayoría considerable de españoles (y españolas, lejos de mí la discriminación por razón de sexo, etc.) se gasta los euros en la taquilla de salas donde proyectan películas americanas. Y el personal cinéfilo se pregunta mosqueado qué tienen las películas americanas que no tengan las españolas, excepto el presupuesto. ¿Acaso el guión de una película de Sandra Bullock es de mayor categoría literaria, artística, estética y plástica (de plástica plástica, quiero decir, eso de la fuerza plástica, o sea, lo de la concisión, exactitud y fuerza expresiva que dan tanto realce a las ideas e imágenes, no la plástica de plástico ni, mucho menos, la plástica de plasta, aunque a veces el cine español sea una plasta de vaca insoportable, o intolerable, no sé, o intragable, o algo así, esas ‘cintas’ de plástico transformadas en kilómetros de celuloide progreta, ¿he dicho progreta? no, qué va, he querido decir kilómetros de celuloide lacrimógeno y deprimente, con la lacrimogenia de las neuronas atascando todos los orificios del cuerpo, los fantasmas depresivos y neurasténicos de Woody Allen constituyen ejemplos santificantes de la personalidad podrida que atesora el ser humano, una mierda las relaciones personales, las relaciones sociales, la fidelidad y el cariño se han ido lejos, tan lejos como el miedo, más arriba, para personal lucimiento de directores enfáticos, por encima del bien y del mal distribuyen la acción de sus personajes, esas aventuras vitales en que la inocencia (?), la sexualidad y la amistad, por decir algo, entran en inesperados conflictos, actores embutidos en la piel del neurótico, no hay buen actor si no da su medida metido en el pellejo de un jodido neurótico, no hay buena actriz si no mide su piel con el roce de un pubis fotográficamente neurótico, no hay buena película si no desarrolla la inestabilidad emocional de la persona, la exigencia del guión fagocita la normalidad de las reacciones, cualquiera, tú, yo, la vecina del 41, esa sobre todo, somos unos inestables y unos majaras, nos vemos reflejados en la reiteración expositiva de los planos, en la estructura opresiva de las secuencias, en el rastreo acojonado de la desgracia, en la fluencia inagotable del desasosiego, hay que transmutarse en un ser trágico, ponerse el abrigo al terminar el cine pensando que la vida, tu vida, es una maldita olla de grillos puesta a hervir por los presagios del descontento existencial), creo que me he perdido, tú, por dónde iba, ah sí, ¿acaso el guión de una película de Sandra Bullock es de mayor categoría literaria, artística, estética y plástica que el guión de una película de Maribel Verdú, por poner un ejemplo? ¿No? Entonces a ver quién explica la masiva afluencia del personal, como borregos, tú, es que van como borregos, a contemplar la bazofia cinematográfica norteamericana y dan de lado, inexplicablemente, a las excelentes películas que el cine español produce. Incluso la reciente Gala de los Goya, retransmitida por TVE, ha soportado un batacazo de audiencia considerable, fíjate, una cuota de pantalla 19,3% frente a la del 30% del año pasado o a la del 33,5% de 1999. Por si fuera poco, el presidente de los Productores Audiovisuales, Eduardo Campoy, echa más leña al fuego y exige la dimisión de Marisa Paredes, presidenta de la Academia de Cine, porque permitió la manipulación del acto con fines políticos y, encima, premia Los lunes al sol, de Fernando León, un tema tan importante como el del paro, de tanta repercusión social, y a nuestro Almodóvar lo han quedado fuera del sombrajo, es que ni uno le han dado, porque el único Goya ha sido para Alberto Iglesias por la música de Hable con ella. Duda podrida. ¿Santiago Segura o Peter Jackson? ¿Javier Cámara o Richard Gere?
Dudaba al principio si hablar de cine o de fútbol. La cosa me ha salido de cine, sobre el cine, quiero decir. De fútbol es mejor no hablar. Después de los reportajes emitidos hace unos días por Tele5, cámara oculta incluida, sobran las palabras. Sólo añadir que el ambiente mafioso que rodea al fútbol, presidentes, intermediarios, agentes futbolísticos, jugadores, dinero, dinero, dinero, ha depositado una costra maloliente y podrida en los campos de fútbol, esos rectángulos de césped donde antes resplandecía la hierba y ahora obscurece la violencia. ¿Árbitros o jugadores? ¿Patada en el culo o abrazo? ¿Timerman o Florentino? That's the question, con perdón.
Afirmo mi duda: no sé si volver o no al cine. No sé si volver o no al fútbol.
(9-2-2003)
JUAN GARODRI
Allá por el siglo XIII, no se le pasó por la cabeza a Saxus Grammaticus que unos siglos después William Shakespeare le diera el copiazo con lo de Hamlet, bien que a través de la versión francesa de François de Belleforest. El episodio se titula «Con qué astucia Amlecht, que fue luego rey de Dinamarca, vengó la muerte de su padre Orwendill, asesinado por su hermano Feng, y otros acontecimientos de su vida». Probablemente a ti, lector amigo (se decía en los prefacios de los escritos con moralina antiguos), no te interesen en absoluto los acontecimientos que protagonizó Hamlet para vengarse de su hermano Feng, pero no me negarás que es proverbial, de tan conocida, su actitud enigmática e indecisa. La duda, en definitiva. Vamos, que no sabía si vengarse o no. Y es que no hay cosa peor que la duda. Y le ocurre a cualquiera, no creas. No sólo a Hamlet. A cualquiera le amarga en la boca el sabor de la indecisión si pretende actuar de esta forma, porque piensa que tal vez le hubiera salido mejor el asunto si lo hubiera ejecutado de aquélla. Así que la duda me atenaza. No sé por donde empezar, si por el cine o por el fútbol. Cine de fútbol, fútbol de cine, fútbol y cine, o cine o fútbol, ni cine ni fútbol. Hamlet no lo hubiera pasado peor.
¿Qué le ocurre al cine? Nos referimos, naturalmente, al cine español. Resulta que una mayoría considerable de españoles (y españolas, lejos de mí la discriminación por razón de sexo, etc.) se gasta los euros en la taquilla de salas donde proyectan películas americanas. Y el personal cinéfilo se pregunta mosqueado qué tienen las películas americanas que no tengan las españolas, excepto el presupuesto. ¿Acaso el guión de una película de Sandra Bullock es de mayor categoría literaria, artística, estética y plástica (de plástica plástica, quiero decir, eso de la fuerza plástica, o sea, lo de la concisión, exactitud y fuerza expresiva que dan tanto realce a las ideas e imágenes, no la plástica de plástico ni, mucho menos, la plástica de plasta, aunque a veces el cine español sea una plasta de vaca insoportable, o intolerable, no sé, o intragable, o algo así, esas ‘cintas’ de plástico transformadas en kilómetros de celuloide progreta, ¿he dicho progreta? no, qué va, he querido decir kilómetros de celuloide lacrimógeno y deprimente, con la lacrimogenia de las neuronas atascando todos los orificios del cuerpo, los fantasmas depresivos y neurasténicos de Woody Allen constituyen ejemplos santificantes de la personalidad podrida que atesora el ser humano, una mierda las relaciones personales, las relaciones sociales, la fidelidad y el cariño se han ido lejos, tan lejos como el miedo, más arriba, para personal lucimiento de directores enfáticos, por encima del bien y del mal distribuyen la acción de sus personajes, esas aventuras vitales en que la inocencia (?), la sexualidad y la amistad, por decir algo, entran en inesperados conflictos, actores embutidos en la piel del neurótico, no hay buen actor si no da su medida metido en el pellejo de un jodido neurótico, no hay buena actriz si no mide su piel con el roce de un pubis fotográficamente neurótico, no hay buena película si no desarrolla la inestabilidad emocional de la persona, la exigencia del guión fagocita la normalidad de las reacciones, cualquiera, tú, yo, la vecina del 41, esa sobre todo, somos unos inestables y unos majaras, nos vemos reflejados en la reiteración expositiva de los planos, en la estructura opresiva de las secuencias, en el rastreo acojonado de la desgracia, en la fluencia inagotable del desasosiego, hay que transmutarse en un ser trágico, ponerse el abrigo al terminar el cine pensando que la vida, tu vida, es una maldita olla de grillos puesta a hervir por los presagios del descontento existencial), creo que me he perdido, tú, por dónde iba, ah sí, ¿acaso el guión de una película de Sandra Bullock es de mayor categoría literaria, artística, estética y plástica que el guión de una película de Maribel Verdú, por poner un ejemplo? ¿No? Entonces a ver quién explica la masiva afluencia del personal, como borregos, tú, es que van como borregos, a contemplar la bazofia cinematográfica norteamericana y dan de lado, inexplicablemente, a las excelentes películas que el cine español produce. Incluso la reciente Gala de los Goya, retransmitida por TVE, ha soportado un batacazo de audiencia considerable, fíjate, una cuota de pantalla 19,3% frente a la del 30% del año pasado o a la del 33,5% de 1999. Por si fuera poco, el presidente de los Productores Audiovisuales, Eduardo Campoy, echa más leña al fuego y exige la dimisión de Marisa Paredes, presidenta de la Academia de Cine, porque permitió la manipulación del acto con fines políticos y, encima, premia Los lunes al sol, de Fernando León, un tema tan importante como el del paro, de tanta repercusión social, y a nuestro Almodóvar lo han quedado fuera del sombrajo, es que ni uno le han dado, porque el único Goya ha sido para Alberto Iglesias por la música de Hable con ella. Duda podrida. ¿Santiago Segura o Peter Jackson? ¿Javier Cámara o Richard Gere?
Dudaba al principio si hablar de cine o de fútbol. La cosa me ha salido de cine, sobre el cine, quiero decir. De fútbol es mejor no hablar. Después de los reportajes emitidos hace unos días por Tele5, cámara oculta incluida, sobran las palabras. Sólo añadir que el ambiente mafioso que rodea al fútbol, presidentes, intermediarios, agentes futbolísticos, jugadores, dinero, dinero, dinero, ha depositado una costra maloliente y podrida en los campos de fútbol, esos rectángulos de césped donde antes resplandecía la hierba y ahora obscurece la violencia. ¿Árbitros o jugadores? ¿Patada en el culo o abrazo? ¿Timerman o Florentino? That's the question, con perdón.
Afirmo mi duda: no sé si volver o no al cine. No sé si volver o no al fútbol.
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año 2003 - 02 febrero
HIPOCRESÍA
(2-2-2003)
JUAN GARODRI
«Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o manifiestan». Es lo que dice el diccionario de la RAE (2001), aunque «comúnmente se toma por la acción del que en lo exterior quiere parecer santo, y es malo y perverso, que cubierto con la piel blanda y cándida del cordero es dentro un lobo carnicero». Es lo que dice el Tesoro de la Lengua castellana (1611).
En fin, amigo. Disculpa el rollo patatero que voy a colocarte, pero se me ha metido entre las cejas lo de la hipocresía y quisiera comentarlo. Porque no me negarás que actualmente el personal se pasa en el hecho de la disimulación y el fingimiento. Han aparecido multitud de ‘cánones’ de la corrección, más o menos preceptivos, más bien más, esos catálogos o listas que precisan qué es y qué no es correcto. Y el gentío, hala, a aceptar la parida de la corrección si es que pretende situarse en la línea de lo in y alejarse lo más rápidamente posible de lo out. En este sentido, José Antonio Marina escribe acerca de que, ahora, lo políticamente correcto es manifestarse anti norteamericano. No voy a pretenderlo, aunque quizá lo parezca. Solo intentaré exponer que, en cuestiones políticas, tratan de engañarnos como a chinos (con perdón de los chinos).
Hay palabras a las que se atribuye un significado antiguo, afianzado en la transmisión oral de características peculiares. Con el lenguaje ocurre como con los caminos: una vez trazado por el paso secular, adquiere una especie de derecho consuetudinario que exige respeto y no se somete a la expropiación. Aunque, a veces, el camino atraviese una propiedad privada. Hay palabras asentadas en el uso que perviven durante siglos con un significado que no es el suyo, etimológicamente, pero que, sin embargo, ya lo es debido al valor connotativo que ha conseguido afianzar a lo largo de los años. Y, contrariamente a lo que ha acontecido a palabras cuyo significado actual es completamente distinto al que poseían, aunque conserven la misma grafía (retrete, por ejemplo), el cambio semántico sufrido las afianza en su significación actual a causa de factores históricos, sociales e incluso psicológicos.
Hipocresía, por ejemplo. Ha sufrido un cambio semántico considerable, debido sobre todo, me parece, a causas sociales. Corominas la hace derivar del griego tardío hypokrisía, que viene a significar algo así como ‘desempeñar un papel teatral’, y el maestro Covarrubias asegura que hipócrita equivale a simulator, el que representa o finge. Y aunque es de general conocimiento el hecho de que todo quisque finge lo que puede, y más, en su relación social, se dan algunos casos en que la simulación llega a extremos inaceptables. Porque toda simulación pretende ocultar la realidad. Se finge una realidad, falsa, para ocultar otra, la verdadera. En este sentido, no hay más remedio que hablar de la guerra.
¿A qué juegan —en el sentido galo de interpretar, representar, fingir— quienes pretenden hacernos creer que la guerra es necesaria e inevitable? Sólo es evitable si quiere Sadam Hussein, afirman. Y Colin Powell declara en el Foro Económico Mundial, en Davos, que espera que Irak se desarme y proporcione toda la información necesaria a los inspectores para evitar la guerra. «Nuestra esperanza y nuestra voluntad es poder hacer esto pacíficamente». Mentira podrida. Representación, fingimiento, hipocresía. Desean que Sadam Hussein no se baje de la burra. Si Sadam Hussein cede, les echa abajo el montaje. Su cabezonería es el pretexto para atacar. Tienen que atacar. Si no hay guerra, peligra la estabilidad del dólar. La industria armamentística es mucho más poderosa y necesaria para los intereses económicos norteamericanos que el mismo petróleo. No se pueden fabricar armas y mantenerlas en los almacenes. Sería la ruina. No hay más remedio que darles salida. Lo que significa declarar la guerra, hacer la guerra. Matar. Naturalmente, hay que fingir, hay que aparentar que se dan plazos al enemigo, hay que asegurar una y otra vez que «Irak no tiene más excusas para dejar sin cumplir sus obligaciones». Hay que justificar ante la opinión internacional la ‘necesidad’ del ataque. Porque no es un ataque cualquiera, así por las buenas, sino un ataque para defender a Occidente de las armas de destrucción masiva que puede utilizar (pero que no ha utilizado) Irak.
Toda esta situación, tan repetitiva, de marear la perdiz, no es, me parece, para convencer a Sadam Hussein de que haga una declaración completa y honesta de las armas que posee. Este mareo de la perdiz bélica tiene otra finalidad: convencer a la opinión internacional, a los millones de telespectadores de Occidente, a los millones de lectores de todos los periódicos de Occidente, a los millones de oyentes de todas las cadenas de radio de Occidente, convencerlos, digo, de que ellos, los americanos, son tan buenos que no quieren la guerra, que lo único que quieren es defendernos de la (posible) destrucción a la que estamos expuestos, pero que hay uno tan malo, tan malo, el Sadam de los cojones, que quiere destruirnos por encima de todo, porque odia a Occidente.
Así que todo está a punto. Es el Imperio. 70.000 hombres y decenas de miles de toneladas de armamento cercan ya Irak. Las tropas americanas se entrenan desde hace meses para el combate en el desierto y para enfrentarse al armamento químico. «Pase lo que pase, este despliegue es una oportunidad única de entrenar hombres y probar equipos», ha asegurado el oficial Tom Wesley. Horror. Horror y vergüenza. Entrenar hombres y probar equipos. Y consumir armamento sofisticado para que no se detengan las cadenas de producción. Más de 500.000 irakíes, sólo civiles, morirán. Servirán para que se entrenen los equipos y para probar la precisión del nuevo y sofisticado armamento.
¿Quién es el director de esta inmensa y aterradora comedia? Hypokrínein llamaban los griegos a la acción de representar un papel. Hipocresía mortal.
(2-2-2003)
JUAN GARODRI
«Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o manifiestan». Es lo que dice el diccionario de la RAE (2001), aunque «comúnmente se toma por la acción del que en lo exterior quiere parecer santo, y es malo y perverso, que cubierto con la piel blanda y cándida del cordero es dentro un lobo carnicero». Es lo que dice el Tesoro de la Lengua castellana (1611).
En fin, amigo. Disculpa el rollo patatero que voy a colocarte, pero se me ha metido entre las cejas lo de la hipocresía y quisiera comentarlo. Porque no me negarás que actualmente el personal se pasa en el hecho de la disimulación y el fingimiento. Han aparecido multitud de ‘cánones’ de la corrección, más o menos preceptivos, más bien más, esos catálogos o listas que precisan qué es y qué no es correcto. Y el gentío, hala, a aceptar la parida de la corrección si es que pretende situarse en la línea de lo in y alejarse lo más rápidamente posible de lo out. En este sentido, José Antonio Marina escribe acerca de que, ahora, lo políticamente correcto es manifestarse anti norteamericano. No voy a pretenderlo, aunque quizá lo parezca. Solo intentaré exponer que, en cuestiones políticas, tratan de engañarnos como a chinos (con perdón de los chinos).
Hay palabras a las que se atribuye un significado antiguo, afianzado en la transmisión oral de características peculiares. Con el lenguaje ocurre como con los caminos: una vez trazado por el paso secular, adquiere una especie de derecho consuetudinario que exige respeto y no se somete a la expropiación. Aunque, a veces, el camino atraviese una propiedad privada. Hay palabras asentadas en el uso que perviven durante siglos con un significado que no es el suyo, etimológicamente, pero que, sin embargo, ya lo es debido al valor connotativo que ha conseguido afianzar a lo largo de los años. Y, contrariamente a lo que ha acontecido a palabras cuyo significado actual es completamente distinto al que poseían, aunque conserven la misma grafía (retrete, por ejemplo), el cambio semántico sufrido las afianza en su significación actual a causa de factores históricos, sociales e incluso psicológicos.
Hipocresía, por ejemplo. Ha sufrido un cambio semántico considerable, debido sobre todo, me parece, a causas sociales. Corominas la hace derivar del griego tardío hypokrisía, que viene a significar algo así como ‘desempeñar un papel teatral’, y el maestro Covarrubias asegura que hipócrita equivale a simulator, el que representa o finge. Y aunque es de general conocimiento el hecho de que todo quisque finge lo que puede, y más, en su relación social, se dan algunos casos en que la simulación llega a extremos inaceptables. Porque toda simulación pretende ocultar la realidad. Se finge una realidad, falsa, para ocultar otra, la verdadera. En este sentido, no hay más remedio que hablar de la guerra.
¿A qué juegan —en el sentido galo de interpretar, representar, fingir— quienes pretenden hacernos creer que la guerra es necesaria e inevitable? Sólo es evitable si quiere Sadam Hussein, afirman. Y Colin Powell declara en el Foro Económico Mundial, en Davos, que espera que Irak se desarme y proporcione toda la información necesaria a los inspectores para evitar la guerra. «Nuestra esperanza y nuestra voluntad es poder hacer esto pacíficamente». Mentira podrida. Representación, fingimiento, hipocresía. Desean que Sadam Hussein no se baje de la burra. Si Sadam Hussein cede, les echa abajo el montaje. Su cabezonería es el pretexto para atacar. Tienen que atacar. Si no hay guerra, peligra la estabilidad del dólar. La industria armamentística es mucho más poderosa y necesaria para los intereses económicos norteamericanos que el mismo petróleo. No se pueden fabricar armas y mantenerlas en los almacenes. Sería la ruina. No hay más remedio que darles salida. Lo que significa declarar la guerra, hacer la guerra. Matar. Naturalmente, hay que fingir, hay que aparentar que se dan plazos al enemigo, hay que asegurar una y otra vez que «Irak no tiene más excusas para dejar sin cumplir sus obligaciones». Hay que justificar ante la opinión internacional la ‘necesidad’ del ataque. Porque no es un ataque cualquiera, así por las buenas, sino un ataque para defender a Occidente de las armas de destrucción masiva que puede utilizar (pero que no ha utilizado) Irak.
Toda esta situación, tan repetitiva, de marear la perdiz, no es, me parece, para convencer a Sadam Hussein de que haga una declaración completa y honesta de las armas que posee. Este mareo de la perdiz bélica tiene otra finalidad: convencer a la opinión internacional, a los millones de telespectadores de Occidente, a los millones de lectores de todos los periódicos de Occidente, a los millones de oyentes de todas las cadenas de radio de Occidente, convencerlos, digo, de que ellos, los americanos, son tan buenos que no quieren la guerra, que lo único que quieren es defendernos de la (posible) destrucción a la que estamos expuestos, pero que hay uno tan malo, tan malo, el Sadam de los cojones, que quiere destruirnos por encima de todo, porque odia a Occidente.
Así que todo está a punto. Es el Imperio. 70.000 hombres y decenas de miles de toneladas de armamento cercan ya Irak. Las tropas americanas se entrenan desde hace meses para el combate en el desierto y para enfrentarse al armamento químico. «Pase lo que pase, este despliegue es una oportunidad única de entrenar hombres y probar equipos», ha asegurado el oficial Tom Wesley. Horror. Horror y vergüenza. Entrenar hombres y probar equipos. Y consumir armamento sofisticado para que no se detengan las cadenas de producción. Más de 500.000 irakíes, sólo civiles, morirán. Servirán para que se entrenen los equipos y para probar la precisión del nuevo y sofisticado armamento.
¿Quién es el director de esta inmensa y aterradora comedia? Hypokrínein llamaban los griegos a la acción de representar un papel. Hipocresía mortal.
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año 2003 - 02 febrero
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