LA SERRANA
(28-10-2001)
JUAN GARODRI
Disculpa, amigo, que eche un cuarto a la remembranza, que dedique a la evocación unas líneas transidas de mocedad y remanencia, aquello que queda de algo.
La he recordado con nostalgia, (la nostalgia, esa melaza que se escurre entre los pliegues de la memoria), cuando he leído la información en el HOY: «La Junta está dispuesta a mejorar las líneas de autobuses de viajeros, esenciales en el transporte interior de Extremadura en comarcas rurales».
He recordado a la Serrana, aquel coche de línea que nos llevaba hasta los pueblos de la Sierra de Gata, hace tantos años, atravesando caminos que llamaban carreteras, sin asfaltar, serpenteando por las inacabables cuestas que conducían a Cilleros, a Eljas, a Hoyos, a Villamiel, a Valverde. La carretera era de tierra, ya digo, y el firme se asentaba en la dureza de las piedras sueltas. Era verano y, a través de las ventanillas abiertas, el polvo penetraba en el interior como una materia viva y persistente.
La Serrana era un viejo autobús renqueante, con capacidad para unas treinta personas, pero dentro iban cincuenta. Quienes tenían la suerte de cazar un asiento iban sentados, obviamente. La mitad viajaba de pie, como sardinas en lata, apretados unos contra otros en medio del pasillo, con el sudor chorreando por detrás de las orejas. Con una habilidad increíble, el cobrador lograba ir traspasando la barrera humana y conseguía llegar hasta los últimos asientos, repartiendo los billetes. Después de cobrar, sacaba su paquete de ideales y se ponía a fumar un cigarrillo. Todo el mundo fumaba, excepto las mujeres. El conductor fumaba, los viajeros fumaban. El tabaco era el signo de la tranquilidad viajera. Nada como sacar un buen cigarro y degustarlo a trancas y barrancas mientras pasaban lentamente los troncos de los castaños. A veces se ofrecía un cigarro al compañero de asiento, o al de a pie, y esa manifestación amistosa del humo prendía en las conversaciones y las consolidaba y exaltaba. La nube tabacuna resultaba tan densa como el polvo que entraba por las ventanillas. Las mujeres llevaban cestas en el regazo y no era de extrañar que algunos pollos asomaran la cabeza por las tapaderas. La olorosa pesadumbre del sudor humano se adhería al techo de la Serrana como una materia oleaginosa y pegadiza. Pero, curiosamente, nadie manifestaba repugnancia ni apartaba el rostro cuando algún sobaco se le plantaba en la nariz. Dentro de la Serrana, los olores constituían un paisaje, más que una costumbre olfativa, y estaban tan habituados a ellos que prácticamente los viajeros los ignoraban, no por inadvertencia y desconocimiento o por incapacidad para diferenciar unos olores de otros, sino más bien porque la apretada y comprimida convivencia con ellos los había transmutado en elementos tan naturales como pudieran serlo el sol o el aire, y así los olores transmigraban de un sobaco a otro como en una ingrávida e insólita metempsícosis olfatoria, y de la misma manera que no se ven aquellos objetos con los que diariamente se convive aunque se echen de menos si llegaran a desaparecer, así el personal viajero no solía advertir la presencia de los olores.
Algunos hombres fumaban "flor de guitarra", aquel tabaco picado que había que liar, lleno de estacas como trancas, que chisporroteaba al ser encendido y desprendía centellas sobre la pechera de la camisa, de modo que no había más remedio que sacudírselas de encima, moviendo la mano de arriba abajo con un ademán parecido al de quien toca la guitarra.
El viaje se hacía interminable. La Serrana paraba en cada pueblo, sin previsión horaria. Paraba en el parador, aquel establecimiento que hacía a la vez de taberna y fonda, y el personal aprovechaba para estirar las piernas, mear o beberse una gaseosa.
Siempre se arremolinaba alrededor de la Serrana un grupo de curiosos, esa grey soñolienta que anhela el misterio que emana de los viajes, la búsqueda de la riqueza emocional que habitualmente no se halla a su alcance. El conductor y el cobrador, guías reales de la expedición viajera, eran los primeros que descendían del vehículo. El conductor se acomodaba en el mostrador de la taberna y enhilaba su consumición con la pertinente tranquilidad del que se sabe jefe. Mientras, el cobrador ascendía al techo de la Serrana (aquellas exteriores escaleras de níquel) para subir o bajar los 'bultos', petates rudimentarios que sustituían casi siempre a las maletas. Cuando el conductor se dirigía a su asiento tras el volante, todo el mundo trotaba a acomodarse apresuradamente para realizar la próxima etapa.
El viaje en la Serrana era un viaje emocionante que comportaba un intento de cambio, un dejar atrás la rutina para adentrarnos en el territorio de la experiencia aventurera, en el terreno de la posibilidad de liberación que nos redimiese del entorno cotidiano. El viaje en la Serrana era una afirmación espacial de la personalidad, una búsqueda de lo desconocido, perdurabilidad cromática que dibujan los castaños, profundidad envolvente de los helechos, silueta de robles alzándose en la robustez de la madera.
La Serrana. Una evocación imborrable. (Fin)
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viernes, 4 de septiembre de 2009
CÓMO SER FELIZ EN DIEZ DÍAS
(21-10-2001)
JUAN GARODRI
Ahí es nada, amigo. Toda la vida se pasa uno buscando la felicidad y ahora resulta que puede uno encontrarla en diez días. No sólo conseguías aprender inglés en diez días, aquellos anuncios de hace veinte años, sino que además podías deshacerte de la celulitis en diez días también. Era el colmo de la felicidad. Las revistas de influencia americana, repletas de colorines y señuelos tipográficos, te ofertaban artículos que asombraban por su documentación y base científica. Cómo tener los dientes sanos en diez días, cómo combatir la alopecia con éxito, cómo aprovechar las ventajas de la vitamina C en los cítricos, cómo ser feliz en la cama, cómo superar la artrosis a partir de los 50 años. Y todo en diez días. Y así. El personal leía con avidez los artículos buscando en ellos esa solución a la gastralgia que convirtiese en alegría los retortijones provocados por los gases.
Eso era antes. Por eso me asombra el anuncio que he visto en un periódico hace poco: «¿Quiere ser feliz en diez días? Llame al teléfono... (1,18 euros/minuto)».
Ostras, Pedrín, eso que todo el mundo desea y que nadie alcanza, esa abstracción inasequible, la felicidad, está ahí, al alcance de la mano, expuesta en la simplicidad de dos líneas encuadradas en la vulgaridad de un anuncio, la felicidad, perdida entre el batiburrillo anunciador de pisos, traspasos, ventas, compras, ofertas de fincas, ofertas de trabajo, agencias matrimoniales, investigadores privados e hipotecas. La felicidad, aquella divinidad a la que los romanos dedicaron un templo, representándola como una matrona puesta de pie con un caduceo en una mano y un cuerno de la abundancia en la otra, aquella divinidad aparecía ahí, en la opaca tipografía del anuncio, ofreciendo la complacida satisfacción de la ventura en diez días.
Seguro que Telefónica se ha hinchado. A ver quién es el majo que se resiste a la complaciente tentación de ser feliz en días. Tal vez el anuncio ofrezca el método adecuado para tragar sin escrúpulo la ingente oferta televisiva, esa que considera imbéciles a los telespectadores, quizá la felicidad consista en no pensar, quizá consista en empujarte a que te arranques el ojo crítico para dejarlo momentáneamente en la mesita del teléfono, para qué reflexionar sobre los hechos, para qué profundizar en los acontecimientos, para qué desarrollar la capacidad de raciocinio, quizá la felicidad consista en agrandar tus tragaderas, en facilitarte la tragantada televisiva sin plantearte la estupidez rosa de los famosos, sin considerar la aprovechada y quisquillosa torpeza de los políticos, sin analizar la gilipollez mental de los concursos televisivos, sin descomponer la pedorrera cerebral de los programas de la medianoche.
Quizá le felicidad consista en dejarte llevar por la inercia bélica de las armas, quizá la felicidad consista en olvidar la pena, la aflicción, el horror o la furia, en dar de lado a la endeblez del ánimo, esa desazón que aguijonea las entretelas y las convierte en afligido depósito de debilidades, esa vergüenza que te acosa estos días embadurnados de ambiente podridamente bélico.
Quizá la felicidad consista en evitar el pánico, en olvidar los ojos de esos niños heridos que quizá no sobrevivan al pánico, los ojos de los niños que han perdido la sonrisa y, quizá, han perdido definitivamente la ingenuidad y la inocencia, los ojos de los niños que han perdido la infancia y se han llenado de ese miedo profundo a lo desconocido que, sin saber por qué, les ha sobrevenido con la indefinición de las desgracias y las desventuras. Los ojos de los niños que, tal vez, vayan aprendiendo el odio desde las desoladas camas de los hospitales. Y el llanto de las mujeres cobra la inmensa dimensión de lo incomprensible, la indefensa aprensión de las desgracias, la terca obstinación de lo ineludible. Y los párpados de los ancianos se mantienen absolutamente abiertos ante el pavoroso vacío de la fatalidad y la estupefacción del terror que provoca la nada.
Quizá la felicidad consista en olvidar todo esto y en dedicarse al fútbol, a la contemplación reiterativa de partidos de fútbol, sábados, domingos, martes, miércoles, jueves, Liga, Champion's, Copa del Rey, Uefa, quizá la felicidad consista en el análisis pormenorizado de la incongruencia madridista, gris en la Liga, brillante en Europa. Quizá la felicidad consista en el olvido y en la presencia. El olvido como pérdida voluntaria de la capacidad de pensar, la presencia como aceptación exclusiva de lo banal.
Sólo así se puede ser feliz. La inteligencia ha aportado al ser humano, junto a la facultad de interacción social, el posible acaecimiento de la infelicidad.
Si quieres ser feliz en diez días, dedícate a la asunción de los hechos banales, a aceptarlos y a mandar a tomar por saco a quien pretenda implicarte en la complicada reverberación de la reflexión inteligente. Faltaría más.
(21-10-2001)
JUAN GARODRI
Ahí es nada, amigo. Toda la vida se pasa uno buscando la felicidad y ahora resulta que puede uno encontrarla en diez días. No sólo conseguías aprender inglés en diez días, aquellos anuncios de hace veinte años, sino que además podías deshacerte de la celulitis en diez días también. Era el colmo de la felicidad. Las revistas de influencia americana, repletas de colorines y señuelos tipográficos, te ofertaban artículos que asombraban por su documentación y base científica. Cómo tener los dientes sanos en diez días, cómo combatir la alopecia con éxito, cómo aprovechar las ventajas de la vitamina C en los cítricos, cómo ser feliz en la cama, cómo superar la artrosis a partir de los 50 años. Y todo en diez días. Y así. El personal leía con avidez los artículos buscando en ellos esa solución a la gastralgia que convirtiese en alegría los retortijones provocados por los gases.
Eso era antes. Por eso me asombra el anuncio que he visto en un periódico hace poco: «¿Quiere ser feliz en diez días? Llame al teléfono... (1,18 euros/minuto)».
Ostras, Pedrín, eso que todo el mundo desea y que nadie alcanza, esa abstracción inasequible, la felicidad, está ahí, al alcance de la mano, expuesta en la simplicidad de dos líneas encuadradas en la vulgaridad de un anuncio, la felicidad, perdida entre el batiburrillo anunciador de pisos, traspasos, ventas, compras, ofertas de fincas, ofertas de trabajo, agencias matrimoniales, investigadores privados e hipotecas. La felicidad, aquella divinidad a la que los romanos dedicaron un templo, representándola como una matrona puesta de pie con un caduceo en una mano y un cuerno de la abundancia en la otra, aquella divinidad aparecía ahí, en la opaca tipografía del anuncio, ofreciendo la complacida satisfacción de la ventura en diez días.
Seguro que Telefónica se ha hinchado. A ver quién es el majo que se resiste a la complaciente tentación de ser feliz en días. Tal vez el anuncio ofrezca el método adecuado para tragar sin escrúpulo la ingente oferta televisiva, esa que considera imbéciles a los telespectadores, quizá la felicidad consista en no pensar, quizá consista en empujarte a que te arranques el ojo crítico para dejarlo momentáneamente en la mesita del teléfono, para qué reflexionar sobre los hechos, para qué profundizar en los acontecimientos, para qué desarrollar la capacidad de raciocinio, quizá la felicidad consista en agrandar tus tragaderas, en facilitarte la tragantada televisiva sin plantearte la estupidez rosa de los famosos, sin considerar la aprovechada y quisquillosa torpeza de los políticos, sin analizar la gilipollez mental de los concursos televisivos, sin descomponer la pedorrera cerebral de los programas de la medianoche.
Quizá le felicidad consista en dejarte llevar por la inercia bélica de las armas, quizá la felicidad consista en olvidar la pena, la aflicción, el horror o la furia, en dar de lado a la endeblez del ánimo, esa desazón que aguijonea las entretelas y las convierte en afligido depósito de debilidades, esa vergüenza que te acosa estos días embadurnados de ambiente podridamente bélico.
Quizá la felicidad consista en evitar el pánico, en olvidar los ojos de esos niños heridos que quizá no sobrevivan al pánico, los ojos de los niños que han perdido la sonrisa y, quizá, han perdido definitivamente la ingenuidad y la inocencia, los ojos de los niños que han perdido la infancia y se han llenado de ese miedo profundo a lo desconocido que, sin saber por qué, les ha sobrevenido con la indefinición de las desgracias y las desventuras. Los ojos de los niños que, tal vez, vayan aprendiendo el odio desde las desoladas camas de los hospitales. Y el llanto de las mujeres cobra la inmensa dimensión de lo incomprensible, la indefensa aprensión de las desgracias, la terca obstinación de lo ineludible. Y los párpados de los ancianos se mantienen absolutamente abiertos ante el pavoroso vacío de la fatalidad y la estupefacción del terror que provoca la nada.
Quizá la felicidad consista en olvidar todo esto y en dedicarse al fútbol, a la contemplación reiterativa de partidos de fútbol, sábados, domingos, martes, miércoles, jueves, Liga, Champion's, Copa del Rey, Uefa, quizá la felicidad consista en el análisis pormenorizado de la incongruencia madridista, gris en la Liga, brillante en Europa. Quizá la felicidad consista en el olvido y en la presencia. El olvido como pérdida voluntaria de la capacidad de pensar, la presencia como aceptación exclusiva de lo banal.
Sólo así se puede ser feliz. La inteligencia ha aportado al ser humano, junto a la facultad de interacción social, el posible acaecimiento de la infelicidad.
Si quieres ser feliz en diez días, dedícate a la asunción de los hechos banales, a aceptarlos y a mandar a tomar por saco a quien pretenda implicarte en la complicada reverberación de la reflexión inteligente. Faltaría más.
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año 2001 - 10 octubre
AGRESIVIDAD
(14-10-2001)
JUAN GARODRI
De qué nos quejamos. No me refiero a la guerra contra Bin Laden. Ya hablan de ello los periódicos y la televisión, que menudo arsenal informativo les ha llovido del cielo con lo de la guerra, tanto como para no tener que preocuparse por la caza y captura de la noticia durante años, a lo que parece.
Me refiero a la agresividad como elemento característico del ser humano, esa propensión a atacar que brota de lo más íntimo de cada uno, esa tendencia a la embestida de la que no se libra nadie, por humilde y resignado que sea.
Y, aunque parezca mentira, me pongo colorado cuando pienso en la inutilidad de las ideologías que, a lo largo de los siglos, han pretendido solucionar el problema de la agresividad sin conseguirlo.
El cristianismo es una ideología que propugna la paz.
El islamismo es una ideología que propugna la paz.
Sin embargo, siempre, históricamente, han estado en guerra.
Se admite un dogma (entendiendo por dogma una escuela doctrinal), se adoctrina con él, se instruye e incluso se profesa en él, se abraza enfebrecidamente creyendo que la salvación está en él: sin embargo, sus impulsores y propagadores no actúan de acuerdo, en la práctica, con él.
La ira, el odio, la hostilidad o el aborrecimiento han sido siempre más poderosos que el amor o la predilección.
Una mirada a la Historia puede llegar a convertirse en una mirada triste, obnubilada por el fulgor de las espadas o por el fogonazo de la pólvora. No ha existido siglo, ni medio siglo, ni cuarto de siglo, en que no se haya dado pábulo a la agresividad, en que no se haya desarrollado el odio, en que los mandamases no hayan mandado a la muerte a miles, a cientos de miles de seres inocentes, entendiendo por inocencia la no participación voluntaria en el hecho agresor o en el hecho recipiendario de la violencia.
Porque parece que hay que recibir la violencia casi obligatoriamente, casi genéticamente, de la misma manera que recibimos el color de los ojos o la adquisición del lenguaje.
Nadie contempla la vida desde el gozo, sólo desde la crispación.
Aunque tal vez no sea así. Tal vez nos impongan la violencia, nos la enseñen, nos eduquen en la violencia los que mandan, esos que envían a matar con la excusa de la defensa de los ideales, con el pretexto de la autoprotección, con la justificación de la venganza. Mandan a matar y mandan a morir. Al mismo tiempo que invocan las esencias patrióticas, o religiosas, convocan a la destrucción y al exterminio. Pero ellos permanecen protegidos en sus bunkers.
Se me viene a la cabeza el episodio legendario de los Horacios y los Curiacios, allá por el siglo VII a. de C. Leo en la enciclopedia Salvat que tuvo lugar durante el reinado de Tulio Hostilio, en el transcurso de la guerra entre Roma y Alba Longa, en la Italia prelatina. Para evitar el exterminio generalizado de sus soldados y habitantes, las dos ciudades convinieron en hacer depender la suerte de la guerra del resultado de un combate entre tres guerreros de cada una de las dos partes. Eran los jefes los que iban a luchar representando al pueblo. En el primer encuentro, cayeron muertos dos de los tres campeones romanos, los hermanos Horacios, vencidos por los campeones albanos, los tres hermanos Curiacios. Sin embargo, el tercer Horacio, con una fingida fuga, logró separar a los Curiacios, y uno tras otro les dio muerte, obteniendo así la victoria para Roma.
Y digo yo, aun a riesgo de caer en el peligro del reduccionismo, si no sería posible, deseable al menos, que salieran a la palestra bélica George W. Bush, rodeado de sus generales y jefes de gobierno aliados, y Osama Bin Laden, rodeado de sus lugartenientes y encubridores. Y que convinieran una lucha personal y cruenta. Los que vencieran, tendrían derecho a imponer las capitulaciones pactadas de antemano, y los vencidos tendrían la obligación de someterse a ellas, si es que sobrevivían. De esta forma, se sacrificaban en aras de la patria y, de paso, se evitaba la muerte de miles de ciudadanos, la mayoría de ellos inocentes.
Pero esta actitud ejemplarmente inmoladora es hoy día insostenible.
Bush no puede ser un Horacio ni Bin Laden un Curiacio porque el concepto de gobierno ha evolucionado tanto como las naciones han cambiado.
Todo el mundo comprueba que cambian los tiempos. A mí me gustaría saber por qué cambian. Una explicación sencilla y popular, al alcance de cualquiera, que ilustrase acerca de la pesarosa constatación del cambio de los tiempos. Porque para explicaciones filosóficas, o sociológicas (justificantes siempre del maldito poder económico, causa primera y raíz de todo conflicto), no necesitamos las alforjas de un viaje conceptual. Además, ya las conocemos.
Como quiera que sea, el germen de la agresión se multiplica dentro de cada uno. El personal anda enrabietado porque no alcanza aquello que desea. Y hoy nos hacen desear tantas cosas inasequibles que la rabia contra el que las posee se trasluce en una actitud agresiva cotidiana. A ver qué otra cosa, sino agresividad rencorosa, es la actitud del gentío contra el Camacho gescarterista. Nadie lo desprecia porque estafara miles de millones. Lo desprecian porque se gastaba un millón de pesetas en la adquisición de un chaleco. A ver por qué yo tengo que contentarme con unos calzoncillos de 3 euros adquiridos en el revuelto montón del mercadillo, y él los usa ‘boxer’ de 135 euros la pieza. No es de extrañar que uno se cabree y, como consecuencia inmediata, la agresividad aflore en las relaciones interpersonales.
¿Qué especie de Camacho internacional hace que aflore la agresividad entre las razas? Dicen que toda la agresividad es culpa del terrorismo actual y de las víctimas que ocasiona.
(No sé por qué, al llegar a esta linea final se me ocurre pensar en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Debo de estar soñando).
(14-10-2001)
JUAN GARODRI
De qué nos quejamos. No me refiero a la guerra contra Bin Laden. Ya hablan de ello los periódicos y la televisión, que menudo arsenal informativo les ha llovido del cielo con lo de la guerra, tanto como para no tener que preocuparse por la caza y captura de la noticia durante años, a lo que parece.
Me refiero a la agresividad como elemento característico del ser humano, esa propensión a atacar que brota de lo más íntimo de cada uno, esa tendencia a la embestida de la que no se libra nadie, por humilde y resignado que sea.
Y, aunque parezca mentira, me pongo colorado cuando pienso en la inutilidad de las ideologías que, a lo largo de los siglos, han pretendido solucionar el problema de la agresividad sin conseguirlo.
El cristianismo es una ideología que propugna la paz.
El islamismo es una ideología que propugna la paz.
Sin embargo, siempre, históricamente, han estado en guerra.
Se admite un dogma (entendiendo por dogma una escuela doctrinal), se adoctrina con él, se instruye e incluso se profesa en él, se abraza enfebrecidamente creyendo que la salvación está en él: sin embargo, sus impulsores y propagadores no actúan de acuerdo, en la práctica, con él.
La ira, el odio, la hostilidad o el aborrecimiento han sido siempre más poderosos que el amor o la predilección.
Una mirada a la Historia puede llegar a convertirse en una mirada triste, obnubilada por el fulgor de las espadas o por el fogonazo de la pólvora. No ha existido siglo, ni medio siglo, ni cuarto de siglo, en que no se haya dado pábulo a la agresividad, en que no se haya desarrollado el odio, en que los mandamases no hayan mandado a la muerte a miles, a cientos de miles de seres inocentes, entendiendo por inocencia la no participación voluntaria en el hecho agresor o en el hecho recipiendario de la violencia.
Porque parece que hay que recibir la violencia casi obligatoriamente, casi genéticamente, de la misma manera que recibimos el color de los ojos o la adquisición del lenguaje.
Nadie contempla la vida desde el gozo, sólo desde la crispación.
Aunque tal vez no sea así. Tal vez nos impongan la violencia, nos la enseñen, nos eduquen en la violencia los que mandan, esos que envían a matar con la excusa de la defensa de los ideales, con el pretexto de la autoprotección, con la justificación de la venganza. Mandan a matar y mandan a morir. Al mismo tiempo que invocan las esencias patrióticas, o religiosas, convocan a la destrucción y al exterminio. Pero ellos permanecen protegidos en sus bunkers.
Se me viene a la cabeza el episodio legendario de los Horacios y los Curiacios, allá por el siglo VII a. de C. Leo en la enciclopedia Salvat que tuvo lugar durante el reinado de Tulio Hostilio, en el transcurso de la guerra entre Roma y Alba Longa, en la Italia prelatina. Para evitar el exterminio generalizado de sus soldados y habitantes, las dos ciudades convinieron en hacer depender la suerte de la guerra del resultado de un combate entre tres guerreros de cada una de las dos partes. Eran los jefes los que iban a luchar representando al pueblo. En el primer encuentro, cayeron muertos dos de los tres campeones romanos, los hermanos Horacios, vencidos por los campeones albanos, los tres hermanos Curiacios. Sin embargo, el tercer Horacio, con una fingida fuga, logró separar a los Curiacios, y uno tras otro les dio muerte, obteniendo así la victoria para Roma.
Y digo yo, aun a riesgo de caer en el peligro del reduccionismo, si no sería posible, deseable al menos, que salieran a la palestra bélica George W. Bush, rodeado de sus generales y jefes de gobierno aliados, y Osama Bin Laden, rodeado de sus lugartenientes y encubridores. Y que convinieran una lucha personal y cruenta. Los que vencieran, tendrían derecho a imponer las capitulaciones pactadas de antemano, y los vencidos tendrían la obligación de someterse a ellas, si es que sobrevivían. De esta forma, se sacrificaban en aras de la patria y, de paso, se evitaba la muerte de miles de ciudadanos, la mayoría de ellos inocentes.
Pero esta actitud ejemplarmente inmoladora es hoy día insostenible.
Bush no puede ser un Horacio ni Bin Laden un Curiacio porque el concepto de gobierno ha evolucionado tanto como las naciones han cambiado.
Todo el mundo comprueba que cambian los tiempos. A mí me gustaría saber por qué cambian. Una explicación sencilla y popular, al alcance de cualquiera, que ilustrase acerca de la pesarosa constatación del cambio de los tiempos. Porque para explicaciones filosóficas, o sociológicas (justificantes siempre del maldito poder económico, causa primera y raíz de todo conflicto), no necesitamos las alforjas de un viaje conceptual. Además, ya las conocemos.
Como quiera que sea, el germen de la agresión se multiplica dentro de cada uno. El personal anda enrabietado porque no alcanza aquello que desea. Y hoy nos hacen desear tantas cosas inasequibles que la rabia contra el que las posee se trasluce en una actitud agresiva cotidiana. A ver qué otra cosa, sino agresividad rencorosa, es la actitud del gentío contra el Camacho gescarterista. Nadie lo desprecia porque estafara miles de millones. Lo desprecian porque se gastaba un millón de pesetas en la adquisición de un chaleco. A ver por qué yo tengo que contentarme con unos calzoncillos de 3 euros adquiridos en el revuelto montón del mercadillo, y él los usa ‘boxer’ de 135 euros la pieza. No es de extrañar que uno se cabree y, como consecuencia inmediata, la agresividad aflore en las relaciones interpersonales.
¿Qué especie de Camacho internacional hace que aflore la agresividad entre las razas? Dicen que toda la agresividad es culpa del terrorismo actual y de las víctimas que ocasiona.
(No sé por qué, al llegar a esta linea final se me ocurre pensar en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Debo de estar soñando).
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año 2001 - 10 octubre
ESCATOLOGÍA
(7-10-2001)
JUAN GARODRI
Disculpa mi engreimiento, amigo. Qué va a hacer uno, toda la vida enseñando, al menos toda la vida dando clases, no sé si enseñando, así que qué va a hacer uno, no tiene más remedio que ilustrar a los demás, al menos eso es lo que a uno le tira, aunque probablemente los demás no lo necesiten, o ya lo sepan. La tendencia a sobrevivir, o sobresalir, de entre la fauna urbana es tan intensa en el ser humano, tan vehemente y extremada, que cada uno se las arregla para emerger de la monotonía a base de incurrir en la exposición de capacidades más o menos ocurrentes. Así que yo no voy a ser menos. De manera que para llevar el hilo a lo de la escatología hay que recurrir a la información culta. Supongo que algunos, muchos tal vez, vocingleramente gilipollas, utilizan el término, escatología, sin saber exactamente a qué se refieren. Así que, para evitar la recaída en la memez, vamos a informarnos.
La escatología se refiere a los últimos acontecimientos (del griego éskhatos, último). En este sentido es una parte de la teología que estudia el destino final del hombre y del universo. Aquello que, de chicos, nos enseñaban en el catecismo y que considerábamos sobrecogidos y espantados: muerte, juicio, infierno y gloria.
Así que escatología era la muerte, representada materialmente en la de los abuelos o en la de algún vecino, aquella vecina que murió de parto y yo la contemplaba de cuerpo presente, a través de la reja de la calle, mi niñez aterrorizada, con un plato de sal en la barriga (la de ella) para evitar la hinchazón del vientre.
Escatología era el juicio, que imaginábamos como un sobresalto bochornoso, confusos y con las orejas gachas cuando salieran a relucir ante el estupor universal los gravísimos pecados escondidos tras la conciencia, como las pedradas contra los cristales del señor Melecio o la visión turbadora de la extraordinaria redondez del trasero de su mujer. (Aunque, después de leer el Juicio Universal de Papini, la idea de una divinidad depredadora se amortiguó bastante).
Escatología era la altísima indeterminación del cielo, algo desconcertados porque no parecía tan atractiva la sosera de una eternidad angelical.
Escatología era, en fin, el infierno, al que considerábamos como una trampa mortal, a pesar del ejemplo místico de los versos de santa Teresa («...ni me mueve el infierno tan temido», etcétera), trampa en la que sin duda habríamos de caer algún día, eso era seguro, empujados por los infinitos peligros entre los que nos movíamos, casi siempre placenteramente, aún a riesgo de provocar la ira de un Dios incomprensible, dispuesto a cazarnos a la más mínima. (Aunque una vez que ‘se sabe’ que el infierno no es un lugar, pues ya ni fú ni fá lo del fuego y el tormento).
Después de la anterior exhibición, pseudocatequética, hay que añadir la exposición científica, a saber, que la escatología está relacionada con el escatol, esa sustancia derivada del indol que se encuentra en las heces fecales contribuyendo a darles su olor característico. Escatol, a su vez, proviene del griego skatós, que significa excremento. Vamos, que la escatología es algo así como la ciencia que trata de los excrementos. Ahora se explica uno lo de la mierda. También en la infancia éramos escatológicos. Lo de nene caca, nene pedo, nene culo, y posteriores derivaciones semánticas a medida que se avanzaba en edad y saber, aunque no en gobierno, manifestaban el íntimo deseo de la transgresión.
En este sentido, la adolescencia es radicalmente escatológica. Y aunque la influencia del escatol recaiga más que nada en el uso inmoderado de la palabra mierda y sus derivados, no le andan a la zaga las expresiones de fracaso (¡la cagaste, tío!), las frases de desprecio (¡anda y que te den por culo!), las insinuaciones de desprestigio profesional (¡esos maestros pedorros!) y las que aluden a la falta de calidad de un producto (¡caca de vaca!).
En la edad adulta, la escatología maloliente se esparce como la niebla, silenciosa y blandamente, e invade y se asienta en ámbitos que, no por aparecer rodeados por la bienquerencia olorosa de la cultura, dejan de sobresalir untados de mierda hasta las cejas. A ver qué otra cosa, sino escatología pura, es el hecho nauseabundo que estos días ha proclamado a los cuatro vientos la prensa escrita de todo el país. Me refiero a la mierda de copiazos que se saca del trasero la hipergalardonada Lucía Etxebarria. Los cuescos son pedregosos y tonantes. ¡Qué olor, por Dios! Te agarras a Interviú y te quedas de piedra. Si ya untó de mierda los magníficos versos de Antonio Colinas, ahora resulta que la esparció, como si fuera mantequilla, en la tostada de “Amor, curiosidad, prozac y dudas”, apestando a la novela de la periodista Elizabeth Wurtzel. Y otros por ahí pasándolas canutas, a pesar de su limpieza endógena, para que les publiquen algo.
Otra muestra de escatología pura y dura es el juicio de los llamados Fondos Reservados. Barrionuevo lanza la mierda al rostro de Sancristobal, en medio de una recíproca agresión verbal jamerdada y maloliente. Corcuera pretende enmerdecer al fiscal, Vera asegura que la mierda le resbalaba de las manos, puesto que no la retenía. Y aunque las mutuas y respectivas mierdas de sus ex señorías ya están medio secas, no dejan de ser duras e hirientes utilizadas como proyectiles dialécticos. (Curioso: no he encontrado verbo que exprese la acción de ‘llenar de mierda’; por eso he utilizado, a riesgo mío, ‘enmerdecer’).
Son ejemplos escatológicos. Tú, amigo, puedes añadir los que se te antojen. Sin esforzarte en buscarlos, seguro que los encuentras a porrillo. Ahora, eso sí, procura ir bien prevenido de pañuelos para cubrirte la nariz. El escatol no respeta pituitarias.
(7-10-2001)
JUAN GARODRI
Disculpa mi engreimiento, amigo. Qué va a hacer uno, toda la vida enseñando, al menos toda la vida dando clases, no sé si enseñando, así que qué va a hacer uno, no tiene más remedio que ilustrar a los demás, al menos eso es lo que a uno le tira, aunque probablemente los demás no lo necesiten, o ya lo sepan. La tendencia a sobrevivir, o sobresalir, de entre la fauna urbana es tan intensa en el ser humano, tan vehemente y extremada, que cada uno se las arregla para emerger de la monotonía a base de incurrir en la exposición de capacidades más o menos ocurrentes. Así que yo no voy a ser menos. De manera que para llevar el hilo a lo de la escatología hay que recurrir a la información culta. Supongo que algunos, muchos tal vez, vocingleramente gilipollas, utilizan el término, escatología, sin saber exactamente a qué se refieren. Así que, para evitar la recaída en la memez, vamos a informarnos.
La escatología se refiere a los últimos acontecimientos (del griego éskhatos, último). En este sentido es una parte de la teología que estudia el destino final del hombre y del universo. Aquello que, de chicos, nos enseñaban en el catecismo y que considerábamos sobrecogidos y espantados: muerte, juicio, infierno y gloria.
Así que escatología era la muerte, representada materialmente en la de los abuelos o en la de algún vecino, aquella vecina que murió de parto y yo la contemplaba de cuerpo presente, a través de la reja de la calle, mi niñez aterrorizada, con un plato de sal en la barriga (la de ella) para evitar la hinchazón del vientre.
Escatología era el juicio, que imaginábamos como un sobresalto bochornoso, confusos y con las orejas gachas cuando salieran a relucir ante el estupor universal los gravísimos pecados escondidos tras la conciencia, como las pedradas contra los cristales del señor Melecio o la visión turbadora de la extraordinaria redondez del trasero de su mujer. (Aunque, después de leer el Juicio Universal de Papini, la idea de una divinidad depredadora se amortiguó bastante).
Escatología era la altísima indeterminación del cielo, algo desconcertados porque no parecía tan atractiva la sosera de una eternidad angelical.
Escatología era, en fin, el infierno, al que considerábamos como una trampa mortal, a pesar del ejemplo místico de los versos de santa Teresa («...ni me mueve el infierno tan temido», etcétera), trampa en la que sin duda habríamos de caer algún día, eso era seguro, empujados por los infinitos peligros entre los que nos movíamos, casi siempre placenteramente, aún a riesgo de provocar la ira de un Dios incomprensible, dispuesto a cazarnos a la más mínima. (Aunque una vez que ‘se sabe’ que el infierno no es un lugar, pues ya ni fú ni fá lo del fuego y el tormento).
Después de la anterior exhibición, pseudocatequética, hay que añadir la exposición científica, a saber, que la escatología está relacionada con el escatol, esa sustancia derivada del indol que se encuentra en las heces fecales contribuyendo a darles su olor característico. Escatol, a su vez, proviene del griego skatós, que significa excremento. Vamos, que la escatología es algo así como la ciencia que trata de los excrementos. Ahora se explica uno lo de la mierda. También en la infancia éramos escatológicos. Lo de nene caca, nene pedo, nene culo, y posteriores derivaciones semánticas a medida que se avanzaba en edad y saber, aunque no en gobierno, manifestaban el íntimo deseo de la transgresión.
En este sentido, la adolescencia es radicalmente escatológica. Y aunque la influencia del escatol recaiga más que nada en el uso inmoderado de la palabra mierda y sus derivados, no le andan a la zaga las expresiones de fracaso (¡la cagaste, tío!), las frases de desprecio (¡anda y que te den por culo!), las insinuaciones de desprestigio profesional (¡esos maestros pedorros!) y las que aluden a la falta de calidad de un producto (¡caca de vaca!).
En la edad adulta, la escatología maloliente se esparce como la niebla, silenciosa y blandamente, e invade y se asienta en ámbitos que, no por aparecer rodeados por la bienquerencia olorosa de la cultura, dejan de sobresalir untados de mierda hasta las cejas. A ver qué otra cosa, sino escatología pura, es el hecho nauseabundo que estos días ha proclamado a los cuatro vientos la prensa escrita de todo el país. Me refiero a la mierda de copiazos que se saca del trasero la hipergalardonada Lucía Etxebarria. Los cuescos son pedregosos y tonantes. ¡Qué olor, por Dios! Te agarras a Interviú y te quedas de piedra. Si ya untó de mierda los magníficos versos de Antonio Colinas, ahora resulta que la esparció, como si fuera mantequilla, en la tostada de “Amor, curiosidad, prozac y dudas”, apestando a la novela de la periodista Elizabeth Wurtzel. Y otros por ahí pasándolas canutas, a pesar de su limpieza endógena, para que les publiquen algo.
Otra muestra de escatología pura y dura es el juicio de los llamados Fondos Reservados. Barrionuevo lanza la mierda al rostro de Sancristobal, en medio de una recíproca agresión verbal jamerdada y maloliente. Corcuera pretende enmerdecer al fiscal, Vera asegura que la mierda le resbalaba de las manos, puesto que no la retenía. Y aunque las mutuas y respectivas mierdas de sus ex señorías ya están medio secas, no dejan de ser duras e hirientes utilizadas como proyectiles dialécticos. (Curioso: no he encontrado verbo que exprese la acción de ‘llenar de mierda’; por eso he utilizado, a riesgo mío, ‘enmerdecer’).
Son ejemplos escatológicos. Tú, amigo, puedes añadir los que se te antojen. Sin esforzarte en buscarlos, seguro que los encuentras a porrillo. Ahora, eso sí, procura ir bien prevenido de pañuelos para cubrirte la nariz. El escatol no respeta pituitarias.
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año 2001 - 10 octubre
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