CONFUSIONES
(23-10-2004)
JUAN GARODRI
—Qué lucidez —dicen unos.
—Qué ingenuidad —dicen otros.
Entras en el bar, fuente no tan viciada de opiniones, y el personal dice eso, qué lucidez, qué ingenuidad.
Leire Pajín, carita rechoncha de muñeca pintada y chochona, ella, tan joven y tan peripuesta, tan secretaria de Estado de Cooperación (bien podían explicarnos en qué consiste la cosa), ella, Leire Pajín, aparece en la pantalla televisiva hablando de la transición pacífica en Cuba y va y dice que «los españoles tienen una relación con el pueblo cubano histórica».
—Tiene más razón que un santo —afirma un conforme. Siempre ha mantenido España una relación fluida con Cuba que puede considerarse histórica por mantenerse a lo largo de varias centurias (obviedad).
—España con Cuba —dice un discordante—. Pero no España con Fidel Castro. El dictador no “es” Cuba. El dictador se ha apoderado de Cuba.
—Y ahora viene la Leire —dice un acólito del discordante—, y suelta que el diputado Moragas divide a los españoles con su intentona de entrevistar a los disidentes cubanos.
Cerveza. Otro Lagares. Tapa de setas y pimiento. Queremos saber a quién pretende confundir la Leire con esta arrimadura del ascua a la propia sardina.
—Es que zumba cojones la cosa —dice un discrepante—. De forma que el tal Pinochet es un dictador, tirano, asesino y tal, y Fidel Castro ni es dictador ni nada.
—Por qué uno sí y otro no —pregunta un retorcido—. O sea, que la dictadura de derechas es reprobable y la de izquierdas es tolerable.
—La dictadura simpática —vocea un resabiado—, así la llama Zoé Valdés en un duro artículo contra el régimen castrista (y contra los intelectuales de izquierdas). O sea, que los disidentes cubanos disienten porque les sale de la telilla del escroto, no porque aspiren a derrocar al tirano y conseguir una Cuba libre y democrática.
Un listo levanta la voz: por qué los izquierdosos, los progretas, los manifas, toda esa calaña amalgamada de uncidos al yugo de uno u otro signo, lanzan el solo de ópera y dejan estupefacto al patio de butacas, por qué.
Cerveza. Otro de Payva. Tapa de riñones al jerez.
—Nuestro Señor Presidente del Gobierno —tercia un enterado— don José Luis Rodríguez Zapatero, abundando en la confusión, va y confunde (redundancia) “nación” con “nacionalidad”. «No me preocupa el concepto de nación catalana», dijo.
—Hombre —prosigue el enterado—, hacer declaraciones para evaluar sus seis meses de gobierno y largar que la palabra “nación” es un concepto discutible es como afirmar la discutibilidad de la esencia. Ese talante expositivo confunde al pueblo llano y provoca el remolino existencial de la democracia.
—Menos mal que nuestro Presidente regional, Rodríguez Ibarra —dice un enfervorizado—, los tiene así de gordos (el personal asiente y lo comenta con fruición) y proclama en todos los foros con claridad meridiana (tópico) no sólo la validez permanente del concepto de “nación”, sino también la realidad histórica de “nación española”.
—Así se habla —dice un conformista—, y añade: al menos Ibarra no juega a confundirnos en esto de la nación y la nacionalidad.
—En caso contrario —interviene un chistoso—, ya hubiera instaurado el castúo como asignatura obligatoria en los currículos de Primaria y Secundaria extremeños.
—No te quepa la menor duda —afirma un leído.
—Aunque la confusión gorda —silba un tordo que bebe Viña Mayor—, viene del rumor (certeza) circulante: Gallardón no se opuso a Esperanza Aguirre para apoderarse de la Autonomía madrileña.
—¿No?
—¡No! Gallardón es el candidato de Polanco para tumbar a Rajoy.
—¡Hostia, tú, me has tirado el vino!
Cabizbajos nos largamos, alvidriados en lo confuso.
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miércoles, 21 de octubre de 2009
LA PATA
(16-10-2004)
JUAN GARODRI
Hasta el corvejón. Hasta ahí meten la pata, como los burros cuando se salían del camino y se hundían en el barrizal en la época de las lluvias. El pollino se quedaba mirando desolado la imposibilidad de retornar al sendero y el arriero lo descinchaba, le quitaba la albarda, le tiraba del rabo y se hartaba de pegarle palos hasta que lograba aposentarlo en terreno firme. Así ocurre con los que meten la pata hoy día. Sobre todo si son metedores de pata famosos. Casos recientes. Luis Aragonés metió la pata con lo de «negro de mierda». Resulta que para animar a Reyes, que entrenaba desganado, Luis le gritó algo así como
—¡Joder, échale huevos!, que tú eres mejor que el negro de mierda del Arsenal.
Metió la pata. Un racista, eso es lo que es Luis. Los arrieros se pusieron a darle palos y no sé si habrán parado a estas alturas de la quincena. (Los arrieros mediáticos, prensa, radio, televisión, usted comprende, actuales repartidores de candela criticona y feroz).
La tecla del racismo salta a la más mínima, que se dice, y no se tiene en cuenta la singularidad de la frase, una simple frase no puede definir a nadie como racista, sí lo definiría la pluralidad de frases, ese negro de mierda, o por el estilo, pronunciadas con animo ofensivo frecuentemente y a diario por el sujeto. Si yo digo que Saramago, por ejemplo, es un portugués de mierda, nadie me tildará de racista, dirá que es pura envidia lo que me corroe. Si yo, hombre blanco (jau) le digo a otro hombre blanco ‘eres un andaluz de mierda’ (por ejemplo, a mi vecino) él no correrá voceando que soy un racista, me dirá muy tranquilo que soy un gilipollas. Si a Thierry Henry alguien le dice que es un negro, el hablante no es racista porque, efectivamente, el futbolista del Arsenal es negro. Luego el matiz ofensivo de la frase reside en el complemento preposicional ‘de mierda’, no en la atribución de ‘negro’.
En fin que, a mi parecer, la prensa, sobre todo la inglesa y algo la francesa, ha perdido aceite con el sambenito de racista que le ha colocado a Luis, a pesar de que su frase, en un rapto de excandecencia entrenadora, constituyese una metedura de pata.
Otros casos de metedura de pata hasta dentro muestran nuestros mandamases políticos cada dos por tres. Me refiero a los próceres nacionales. Los regionales meten la pata cada dos por diez y los locales la meten cada dos por cien. El más reciente, que se sepa, ha sido protagonizado por Alberto Ruiz-Gallardón, según aseguró Esperanza Aguirre cuando lo del desfile el Día de la Fiesta Nacional. «Has metido la pata otra vez, con lo bien que estabas calladito», dicen que dijo.
A quién se le ocurre, Gallardón, usted comprende, un ambiguo de la política, pretendiendo plantarle cara a Esperanza Aguirre con lo de la lista alternativa, y colocando como cabeza de lista, además, a su vicealcalde Manuel Cobo con lo que, si le resulta la jugada, él quedaría como alcalde Madrid y, al mismo tiempo, como presidente en la sombra de la Comunidad madrileña. (El jueves sacó la pata, bastante enfangada, porque Cobos sólo recibía un raquítico 10 % de respaldo). Metedura de pata la propuesta pública de la doble lista. Sobre todo para Esperanza Aguirre que no tolera que le metan la pata.
Éstas de los políticos son meteduras de pata bochornosamente esquizofrénicas porque, a lo que se ve, los políticos proclives a la metedura de pata muestran una aparente disociación específica de las funciones psíquicas, puesto que en vez de buscar el bien de la ciudadanía, que es lo suyo, confunden mentalmente el objetivo y procuran el bien personal, poder y todo eso, que no debería ser lo suyo.
(16-10-2004)
JUAN GARODRI
Hasta el corvejón. Hasta ahí meten la pata, como los burros cuando se salían del camino y se hundían en el barrizal en la época de las lluvias. El pollino se quedaba mirando desolado la imposibilidad de retornar al sendero y el arriero lo descinchaba, le quitaba la albarda, le tiraba del rabo y se hartaba de pegarle palos hasta que lograba aposentarlo en terreno firme. Así ocurre con los que meten la pata hoy día. Sobre todo si son metedores de pata famosos. Casos recientes. Luis Aragonés metió la pata con lo de «negro de mierda». Resulta que para animar a Reyes, que entrenaba desganado, Luis le gritó algo así como
—¡Joder, échale huevos!, que tú eres mejor que el negro de mierda del Arsenal.
Metió la pata. Un racista, eso es lo que es Luis. Los arrieros se pusieron a darle palos y no sé si habrán parado a estas alturas de la quincena. (Los arrieros mediáticos, prensa, radio, televisión, usted comprende, actuales repartidores de candela criticona y feroz).
La tecla del racismo salta a la más mínima, que se dice, y no se tiene en cuenta la singularidad de la frase, una simple frase no puede definir a nadie como racista, sí lo definiría la pluralidad de frases, ese negro de mierda, o por el estilo, pronunciadas con animo ofensivo frecuentemente y a diario por el sujeto. Si yo digo que Saramago, por ejemplo, es un portugués de mierda, nadie me tildará de racista, dirá que es pura envidia lo que me corroe. Si yo, hombre blanco (jau) le digo a otro hombre blanco ‘eres un andaluz de mierda’ (por ejemplo, a mi vecino) él no correrá voceando que soy un racista, me dirá muy tranquilo que soy un gilipollas. Si a Thierry Henry alguien le dice que es un negro, el hablante no es racista porque, efectivamente, el futbolista del Arsenal es negro. Luego el matiz ofensivo de la frase reside en el complemento preposicional ‘de mierda’, no en la atribución de ‘negro’.
En fin que, a mi parecer, la prensa, sobre todo la inglesa y algo la francesa, ha perdido aceite con el sambenito de racista que le ha colocado a Luis, a pesar de que su frase, en un rapto de excandecencia entrenadora, constituyese una metedura de pata.
Otros casos de metedura de pata hasta dentro muestran nuestros mandamases políticos cada dos por tres. Me refiero a los próceres nacionales. Los regionales meten la pata cada dos por diez y los locales la meten cada dos por cien. El más reciente, que se sepa, ha sido protagonizado por Alberto Ruiz-Gallardón, según aseguró Esperanza Aguirre cuando lo del desfile el Día de la Fiesta Nacional. «Has metido la pata otra vez, con lo bien que estabas calladito», dicen que dijo.
A quién se le ocurre, Gallardón, usted comprende, un ambiguo de la política, pretendiendo plantarle cara a Esperanza Aguirre con lo de la lista alternativa, y colocando como cabeza de lista, además, a su vicealcalde Manuel Cobo con lo que, si le resulta la jugada, él quedaría como alcalde Madrid y, al mismo tiempo, como presidente en la sombra de la Comunidad madrileña. (El jueves sacó la pata, bastante enfangada, porque Cobos sólo recibía un raquítico 10 % de respaldo). Metedura de pata la propuesta pública de la doble lista. Sobre todo para Esperanza Aguirre que no tolera que le metan la pata.
Éstas de los políticos son meteduras de pata bochornosamente esquizofrénicas porque, a lo que se ve, los políticos proclives a la metedura de pata muestran una aparente disociación específica de las funciones psíquicas, puesto que en vez de buscar el bien de la ciudadanía, que es lo suyo, confunden mentalmente el objetivo y procuran el bien personal, poder y todo eso, que no debería ser lo suyo.
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año 2004 - 10 octubre
TEMA DEL DÍA
(9-10-2004)
JUAN GARODRI
Oye, que me ven los de siempre, lectores, amigos y todo eso, y me dicen que qué pasa contigo, tío, que no te mojas, que durante estos días en todas partes se habla y se escribe de lo mismo, prensa, radio, debates televisivos y tú ni te enteras. Y hay que mojarse. En la cosa de los homosexuales, en qué va a ser. Les digo que vale, vaaale, que ya escribiré algo. Y que no se trata de mojarse, al menos de mojarse en el sentido en que me incitan a que escriba. Mi tío Eufrasio dice que el quiera peces que se moje el culo. Así que no me voy a meter en el río a coger peces. Me mojaré en el sentido políticamente correcto. Y aunque en algún ámbito dije que no volvería a opinar públicamente acerca del tema de la homosexualidad, voy a hacerlo.
Así que tendré que empezar cantando la palinodia. Quede claro de antemano que carezco de prejuicios sexistas, aunque soy heterosexual. Esta proposición adversativa posee su quid restrictivamente semántico, pues hay quien piensa que, a priori, toda persona heterosexual, por el hecho de serlo, tiene que adoptar y adopta posiciones contrarias a la opción homosexual. Y no es así. O no lo es al menos en mi caso. Respeto las opciones sexuales de cada persona y me parece de perlas la fórmula con la que probablemente se reforme el artículo 44 del Código Civil: «La identidad del sexo de los contrayentes no impedirá la celebración del matrimonio, su validez y sus efectos». Me alegro por ellos. Con una alegría racional, ciudadana y democrática. Pero vamos, que no voy a ponerme a dar saltos de alegría y a palmear la espalda de los conocidos que encuentre por la acera mientras comentamos festivamente el acontecimiento. Ni tanto ni tan calvo. Simplemente, aceptar adecuada al tiempo histórico en que vivimos la decisión de consentir legales las uniones civiles entre homosexuales, accediendo así a una reivindicación durante largo tiempo manifestada para conseguir de una vez el reconocimiento de su dignidad, su libertad y su igualdad de derechos.
Hay, sin embargo alguna cuestión que me resulta, al menos, sorprendente.
La primera es el empeño que han puesto, con un esfuerzo y contundencia fuera de lo común, en casarse, dado que, por una parte, la tendencia actual de gran parte de la sociedad se dirige a prescindir del matrimonio: miles de parejas heterosexuales forman parejas estables de hecho sin casarse; por otra parte, la importancia cada vez menor que se concede al matrimonio una vez contraído, como lo demuestra el alto porcentaje de divorcios (un setenta y tantos por ciento en lo que va de año. Supongo que los homosexuales, por serlo, no estarán anclados en la fidelidad eterna).
La segunda cuestión que me sorprende es el duro empeño que muestran en el asunto de las adopciones. Si cualquier ciudadano (soltero, casado, hombre, mujer) puede adoptar niños, supongo que también puede hacerlo cualquier homosexual: lo adopta y una vez conseguida la adopción se casa con su pareja.
El tercer punto que me sorprende es la crispación que manifiestan los afectados, sobre todo en debates públicos: no toleran que se les lleve la contraria, y hasta chillan y se encrespan (debate de Piqueras en la TV2, “El enfoque”) si algún contertulio osa manifestarse en contra de sus posiciones, y los tildan de conservadores, antiprogresistas y carcas. O sea, que casi se ahogan en su baño de modernidad.
En fin, acepto a los homosexuales como personas iguales a mí, pero no me gustan. No es una cuestión de democracia, ni de progresía, ni de ética. Es una cuestión de estética. Encuentro más artístico y exquisito el cuerpo de una mujer desnuda que el de un hombre. Y más placentero.
(9-10-2004)
JUAN GARODRI
Oye, que me ven los de siempre, lectores, amigos y todo eso, y me dicen que qué pasa contigo, tío, que no te mojas, que durante estos días en todas partes se habla y se escribe de lo mismo, prensa, radio, debates televisivos y tú ni te enteras. Y hay que mojarse. En la cosa de los homosexuales, en qué va a ser. Les digo que vale, vaaale, que ya escribiré algo. Y que no se trata de mojarse, al menos de mojarse en el sentido en que me incitan a que escriba. Mi tío Eufrasio dice que el quiera peces que se moje el culo. Así que no me voy a meter en el río a coger peces. Me mojaré en el sentido políticamente correcto. Y aunque en algún ámbito dije que no volvería a opinar públicamente acerca del tema de la homosexualidad, voy a hacerlo.
Así que tendré que empezar cantando la palinodia. Quede claro de antemano que carezco de prejuicios sexistas, aunque soy heterosexual. Esta proposición adversativa posee su quid restrictivamente semántico, pues hay quien piensa que, a priori, toda persona heterosexual, por el hecho de serlo, tiene que adoptar y adopta posiciones contrarias a la opción homosexual. Y no es así. O no lo es al menos en mi caso. Respeto las opciones sexuales de cada persona y me parece de perlas la fórmula con la que probablemente se reforme el artículo 44 del Código Civil: «La identidad del sexo de los contrayentes no impedirá la celebración del matrimonio, su validez y sus efectos». Me alegro por ellos. Con una alegría racional, ciudadana y democrática. Pero vamos, que no voy a ponerme a dar saltos de alegría y a palmear la espalda de los conocidos que encuentre por la acera mientras comentamos festivamente el acontecimiento. Ni tanto ni tan calvo. Simplemente, aceptar adecuada al tiempo histórico en que vivimos la decisión de consentir legales las uniones civiles entre homosexuales, accediendo así a una reivindicación durante largo tiempo manifestada para conseguir de una vez el reconocimiento de su dignidad, su libertad y su igualdad de derechos.
Hay, sin embargo alguna cuestión que me resulta, al menos, sorprendente.
La primera es el empeño que han puesto, con un esfuerzo y contundencia fuera de lo común, en casarse, dado que, por una parte, la tendencia actual de gran parte de la sociedad se dirige a prescindir del matrimonio: miles de parejas heterosexuales forman parejas estables de hecho sin casarse; por otra parte, la importancia cada vez menor que se concede al matrimonio una vez contraído, como lo demuestra el alto porcentaje de divorcios (un setenta y tantos por ciento en lo que va de año. Supongo que los homosexuales, por serlo, no estarán anclados en la fidelidad eterna).
La segunda cuestión que me sorprende es el duro empeño que muestran en el asunto de las adopciones. Si cualquier ciudadano (soltero, casado, hombre, mujer) puede adoptar niños, supongo que también puede hacerlo cualquier homosexual: lo adopta y una vez conseguida la adopción se casa con su pareja.
El tercer punto que me sorprende es la crispación que manifiestan los afectados, sobre todo en debates públicos: no toleran que se les lleve la contraria, y hasta chillan y se encrespan (debate de Piqueras en la TV2, “El enfoque”) si algún contertulio osa manifestarse en contra de sus posiciones, y los tildan de conservadores, antiprogresistas y carcas. O sea, que casi se ahogan en su baño de modernidad.
En fin, acepto a los homosexuales como personas iguales a mí, pero no me gustan. No es una cuestión de democracia, ni de progresía, ni de ética. Es una cuestión de estética. Encuentro más artístico y exquisito el cuerpo de una mujer desnuda que el de un hombre. Y más placentero.
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año 2004 - 10 octubre
LA FRASE CHORRA
(2-10-2004)
JUAN GARODRI
Tal como lo recoge el diccionario, el término ‘chorra’ es una palabra que designa coloquialmente suerte. No es con esta significación con la que pretendo utilizarla sino con la de ‘chorrada’, que equivale a necedad, a tontería.
Es evidente que el léxico de una lengua forma un conjunto abierto que ningún hablante es capaz de utilizar sino en una mínima parte. Precisamente esta capacidad de admisión del léxico provoca que los hablantes lo adapten a sus necesidades reales, afectivas o emocionales. En este sentido, el sustantivo ‘chorra’ no es más que una adaptación hipocorística de ‘chorrada’, como sustituto de necedad, con su correspondiente adjetivación para que pueda designar la cualidad negativa que pretende atribuir a ‘frase’.
En definitiva, y dejándonos de florituras lingüísticas: la frase chorra no es más que una frase idiota, una soplapollez verbal, una de las repetidas gansadas a que tan acostumbrados nos tienen los cráneos privilegiados que debaten tenazmente sobre nuestras deficiencias en las altas esferas de la sabiduría. ¿Que cuál es la frase chorra a la que me refiero? Paciencia, lector. Más intrigó tu curiosidad Dan Brown con lo del Santo Grial y aguantaste impertérrito sus más de 500 páginas.
Pues bien. En la última sesión de la Conferencia de la OSCE sobre la lucha contra el racismo, que se celebró en Bruselas hace unas semanas, se ha destacado el papel que la educación y los medios de Comunicación (incluido Internet) tienen en la promoción de la tolerancia y la no discriminación. Los asistentes afirmaron «que la educación ayuda a las personas a desarrollar habilidades para combatir los prejuicios y los estereotipos negativos, al resaltar las diferentes sensibilidades de un mundo intercultural». Pues no. Esta no es la frase chorra, a pesar de la idiotez que supone enfatizar con una frase rimbombante la idea que todos (desde hace años) tenemos de la educación, como si jamás hubiéramos oído hablar de ella.
La frase chorra vino después, cuando alguien sin duda muy puesto en los parámetros del sistema educativo afirmó: «Los colegios están formando a los niños para pasar exámenes y no para enfrentarse al mundo». Esta es la frase chorra. Esta es la soplapollez verbal. A mí, que me he pasado media vida sentado junto a la docencia, me parece sorprendente e irritante, no por inesperado sino por pretencioso, que unos señores y unas señoras, o lo que sean, desacrediten el trabajo del colegio con lo que, metonímicamente, están echando por tierra el trabajo de profesores y profesoras. Ya está bien. Los que estamos en el ajo sabemos que una persona sin conocimientos adquiridos (contenidos conceptuales) no está lo suficientemente educada como para enfrentarse a la competitividad que le prepara su futuro, hecho de oposiciones, de exámenes y de pruebas, si no posee los suficientes conocimientos que la preparen adecuadamente, por mucha educación en libertad que “los acuerdos marcos docentes y pluralistas” hayan pretendido inocularle a lo largo de su permanencia en los centros docentes.
En el fondo, creo que lo que aletea alrededor de esta frase chorra es la voluntad (casi impúdica) de enfrentamiento entre educación y enseñanza, si es que no se trata de la eliminación de la enseñanza en aras de la educación, cuando lo que debía promoverse desde todos los ámbitos educativos es la complementación equilibrada entre ambas.
Y, de una vez, dejar de utilizar políticamente el sistema educativo.
(2-10-2004)
JUAN GARODRI
Tal como lo recoge el diccionario, el término ‘chorra’ es una palabra que designa coloquialmente suerte. No es con esta significación con la que pretendo utilizarla sino con la de ‘chorrada’, que equivale a necedad, a tontería.
Es evidente que el léxico de una lengua forma un conjunto abierto que ningún hablante es capaz de utilizar sino en una mínima parte. Precisamente esta capacidad de admisión del léxico provoca que los hablantes lo adapten a sus necesidades reales, afectivas o emocionales. En este sentido, el sustantivo ‘chorra’ no es más que una adaptación hipocorística de ‘chorrada’, como sustituto de necedad, con su correspondiente adjetivación para que pueda designar la cualidad negativa que pretende atribuir a ‘frase’.
En definitiva, y dejándonos de florituras lingüísticas: la frase chorra no es más que una frase idiota, una soplapollez verbal, una de las repetidas gansadas a que tan acostumbrados nos tienen los cráneos privilegiados que debaten tenazmente sobre nuestras deficiencias en las altas esferas de la sabiduría. ¿Que cuál es la frase chorra a la que me refiero? Paciencia, lector. Más intrigó tu curiosidad Dan Brown con lo del Santo Grial y aguantaste impertérrito sus más de 500 páginas.
Pues bien. En la última sesión de la Conferencia de la OSCE sobre la lucha contra el racismo, que se celebró en Bruselas hace unas semanas, se ha destacado el papel que la educación y los medios de Comunicación (incluido Internet) tienen en la promoción de la tolerancia y la no discriminación. Los asistentes afirmaron «que la educación ayuda a las personas a desarrollar habilidades para combatir los prejuicios y los estereotipos negativos, al resaltar las diferentes sensibilidades de un mundo intercultural». Pues no. Esta no es la frase chorra, a pesar de la idiotez que supone enfatizar con una frase rimbombante la idea que todos (desde hace años) tenemos de la educación, como si jamás hubiéramos oído hablar de ella.
La frase chorra vino después, cuando alguien sin duda muy puesto en los parámetros del sistema educativo afirmó: «Los colegios están formando a los niños para pasar exámenes y no para enfrentarse al mundo». Esta es la frase chorra. Esta es la soplapollez verbal. A mí, que me he pasado media vida sentado junto a la docencia, me parece sorprendente e irritante, no por inesperado sino por pretencioso, que unos señores y unas señoras, o lo que sean, desacrediten el trabajo del colegio con lo que, metonímicamente, están echando por tierra el trabajo de profesores y profesoras. Ya está bien. Los que estamos en el ajo sabemos que una persona sin conocimientos adquiridos (contenidos conceptuales) no está lo suficientemente educada como para enfrentarse a la competitividad que le prepara su futuro, hecho de oposiciones, de exámenes y de pruebas, si no posee los suficientes conocimientos que la preparen adecuadamente, por mucha educación en libertad que “los acuerdos marcos docentes y pluralistas” hayan pretendido inocularle a lo largo de su permanencia en los centros docentes.
En el fondo, creo que lo que aletea alrededor de esta frase chorra es la voluntad (casi impúdica) de enfrentamiento entre educación y enseñanza, si es que no se trata de la eliminación de la enseñanza en aras de la educación, cuando lo que debía promoverse desde todos los ámbitos educativos es la complementación equilibrada entre ambas.
Y, de una vez, dejar de utilizar políticamente el sistema educativo.
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miércoles, 10 de junio de 2009
LA FRASE CHORRA
( 2-10-04)
JUAN GARODRI
Tal como lo recoge el diccionario, el término ‘chorra’ es una palabra que designa coloquialmente suerte. No es con esta significación con la que pretendo utilizarla sino con la de ‘chorrada’, que equivale a necedad, a tontería.
Es evidente que el léxico de una lengua forma un conjunto abierto que ningún hablante es capaz de utilizar sino en una mínima parte. Precisamente esta capacidad de admisión del léxico provoca que los hablantes lo adapten a sus necesidades reales, afectivas o emocionales. En este sentido, el sustantivo ‘chorra’ no es más que una adaptación hipocorística de ‘chorrada’, como sustituto de necedad, con su correspondiente adjetivación para que pueda designar la cualidad negativa que pretende atribuir a ‘frase’.
En definitiva, y dejándonos de florituras lingüísticas: la frase chorra no es más que una frase idiota, una soplapollez verbal, una de las repetidas gansadas a que tan acostumbrados nos tienen los cráneos privilegiados que debaten tenazmente sobre nuestras deficiencias en las altas esferas de la sabiduría. ¿Que cuál es la frase chorra a la que me refiero? Paciencia, lector. Más intrigó tu curiosidad Dan Brown con lo del Santo Grial y aguantaste impertérrito sus más de 500 páginas.
Pues bien. En la última sesión de la Conferencia de la OSCE sobre la lucha contra el racismo, que se celebró en Bruselas hace unas semanas, se ha destacado el papel que la educación y los medios de Comunicación (incluido Internet) tienen en la promoción de la tolerancia y la no discriminación. Los asistentes afirmaron «que la educación ayuda a las personas a desarrollar habilidades para combatir los prejuicios y los estereotipos negativos, al resaltar las diferentes sensibilidades de un mundo intercultural». Pues no. Esta no es la frase chorra, a pesar de la idiotez que supone enfatizar con una frase rimbombante la idea que todos (desde hace años) tenemos de la educación, como si jamás hubiéramos oído hablar de ella. La frase chorra vino después, cuando alguien sin duda muy puesto en los parámetros del sistema educativo afirmó: «Los colegios están formando a los niños para pasar exámenes y no para enfrentarse al mundo». Esta es la frase chorra. Esta es la soplapollez verbal. A mí, que me he pasado media vida sentado junto a la docencia, me parece sorprendente e irritante, no por inesperado sino por pretencioso, que unos señores y unas señoras, o lo que sean, desacrediten el trabajo del colegio con lo que, metonímicamente, están echando por tierra el trabajo de profesores y profesoras. Ya está bien. Los que estamos en el ajo sabemos que una persona sin conocimientos adquiridos (contenidos conceptuales) no está lo suficientemente educada como para enfrentarse a la competitividad que le prepara su futuro, hecho de oposiciones, de exámenes y de pruebas si no posee los suficientes conocimientos que la preparen adecuadamente, por mucha educación en libertad que “los acuerdos marcos docentes y pluralistas” hayan pretendido inocularle a lo largo de su permanencia en los centros docentes.
En el fondo, creo que lo que aletea alrededor de esta frase chorra es la voluntad (casi impúdica) de enfrentamiento entre educación y enseñanza, si es que no se trata de la eliminación de la enseñanza en aras de la educación, cuando lo que debía promoverse desde todos los ámbitos educativos es la complementación equilibrada entre ambas.
Y, de una vez, dejar de utilizar políticamente el sistema educativo.
( 2-10-04)
JUAN GARODRI
Tal como lo recoge el diccionario, el término ‘chorra’ es una palabra que designa coloquialmente suerte. No es con esta significación con la que pretendo utilizarla sino con la de ‘chorrada’, que equivale a necedad, a tontería.
Es evidente que el léxico de una lengua forma un conjunto abierto que ningún hablante es capaz de utilizar sino en una mínima parte. Precisamente esta capacidad de admisión del léxico provoca que los hablantes lo adapten a sus necesidades reales, afectivas o emocionales. En este sentido, el sustantivo ‘chorra’ no es más que una adaptación hipocorística de ‘chorrada’, como sustituto de necedad, con su correspondiente adjetivación para que pueda designar la cualidad negativa que pretende atribuir a ‘frase’.
En definitiva, y dejándonos de florituras lingüísticas: la frase chorra no es más que una frase idiota, una soplapollez verbal, una de las repetidas gansadas a que tan acostumbrados nos tienen los cráneos privilegiados que debaten tenazmente sobre nuestras deficiencias en las altas esferas de la sabiduría. ¿Que cuál es la frase chorra a la que me refiero? Paciencia, lector. Más intrigó tu curiosidad Dan Brown con lo del Santo Grial y aguantaste impertérrito sus más de 500 páginas.
Pues bien. En la última sesión de la Conferencia de la OSCE sobre la lucha contra el racismo, que se celebró en Bruselas hace unas semanas, se ha destacado el papel que la educación y los medios de Comunicación (incluido Internet) tienen en la promoción de la tolerancia y la no discriminación. Los asistentes afirmaron «que la educación ayuda a las personas a desarrollar habilidades para combatir los prejuicios y los estereotipos negativos, al resaltar las diferentes sensibilidades de un mundo intercultural». Pues no. Esta no es la frase chorra, a pesar de la idiotez que supone enfatizar con una frase rimbombante la idea que todos (desde hace años) tenemos de la educación, como si jamás hubiéramos oído hablar de ella. La frase chorra vino después, cuando alguien sin duda muy puesto en los parámetros del sistema educativo afirmó: «Los colegios están formando a los niños para pasar exámenes y no para enfrentarse al mundo». Esta es la frase chorra. Esta es la soplapollez verbal. A mí, que me he pasado media vida sentado junto a la docencia, me parece sorprendente e irritante, no por inesperado sino por pretencioso, que unos señores y unas señoras, o lo que sean, desacrediten el trabajo del colegio con lo que, metonímicamente, están echando por tierra el trabajo de profesores y profesoras. Ya está bien. Los que estamos en el ajo sabemos que una persona sin conocimientos adquiridos (contenidos conceptuales) no está lo suficientemente educada como para enfrentarse a la competitividad que le prepara su futuro, hecho de oposiciones, de exámenes y de pruebas si no posee los suficientes conocimientos que la preparen adecuadamente, por mucha educación en libertad que “los acuerdos marcos docentes y pluralistas” hayan pretendido inocularle a lo largo de su permanencia en los centros docentes.
En el fondo, creo que lo que aletea alrededor de esta frase chorra es la voluntad (casi impúdica) de enfrentamiento entre educación y enseñanza, si es que no se trata de la eliminación de la enseñanza en aras de la educación, cuando lo que debía promoverse desde todos los ámbitos educativos es la complementación equilibrada entre ambas.
Y, de una vez, dejar de utilizar políticamente el sistema educativo.
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