Mostrando entradas con la etiqueta año 2001 - 02 febrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta año 2001 - 02 febrero. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2009


LA CIGÜEÑA DE IBERDROLA
(18-2-2001)
JUAN GARODRI


Las frases optimistas me producen mucha risa, no siempre me la han producido, hubo un tiempo en que las frases optimistas conformaban una especie de halo de progresía psicológica, solamente los retrógrados del espíritu eran pesimistas, ahora no, ahora las frases optimistas me hacen gracia, aunque en realidad no me hace gracia la frase en sí misma considerada, toda frase está constituida por palabras, la palabra es el genoma de la frase, inocente cromosoma verbal que jamás causa daño, el daño es producido por la boca que utiliza o construye o pronuncia mal la palabra, más que la boca el daño es producido por la mente que mueve la boca, la mente, ese nido de víboras acumuladas por el descontento.
Bueno, pues hace poco he escuchado por ahí, o leído, no sé, una frase tan optimista que me ha dado mucha risa. Es ésta: «Un problema deja de serlo si no se considera como problema». La frase goza de un indiscutible encanto, qué voy a decirte, incluso contiene cierta dosis de filosofía bondadosa, quizá complaciente o tolerante, induce al sujeto paciente a que acepte el problema, a que trague el problema, a que piense que durante toda la vida el gentío ha tragado su personal marrón particular y no por eso se ha acabado el mundo. Todavía estoy llorando de las carcajadas. Sobre todo, a partir del lunes, día 5 de febrero de este año de (des)gracia de 2001.
Nadie imaginaba que a las 6'30, aproximadamente, se produciría una subida en la tensión eléctrica que iba a cargarse todo cuanto encontrara a su paso en la ciudad de Coria y en algunas localidades de la Sierra de Gata. La subida de tensión apareció y desapareció en breves segundos (aunque todos los segundos, de por sí, son breves, algunos parecen muy largos), como una aparición luminosa y eléctrica. Yo eso no lo sabía, es decir, no sabía que se había producido tal subida de tensión. La luz del cuarto de baño era la misma luz amigable e higiénica de la ducha diaria. La luz de la cocina era la misma luz familiar y olorosa del café y las tostadas. La luz de la salita era la misma luz íntimamente desorganizada de la noche anterior. Nos despedimos afectuosamente, muá, muá, hasta luego, hijos, hasta luego, Esther, y cada uno tomó el rumbo trabajoso de lo de ganar el pan con el sudor de la frente. La tragedia ocurrió a la hora del regreso a casa.
La empleada de hogar nos dice,
—No he podido preparar la comida,
—Quieres decir que no hay comida,
—No, no hay comida —respondió muy en su sitio,
—Por qué —preguntamos con la alarma instalada en los jugos gástricos,
—Porque no funciona la vitrocerámica —respondió.
Nos lanzamos hacia la vitrocerámica, nuestros dedos recorrían los circuitos agitadamente, pero solo escuchábamos biiip, biiip, y los circuitos no se encendían.
—Un problema deja de serlo si no se considera como problema —dije,
—Sí, pero qué comemos —preguntaban con el impulso de la necesidad,
—Un pollo asado y patatas fritas, esa es la solución —acordamos.
Así que salí de estampida hacia el Copacabana para adquirir el condumio. El camarero me explicó que ya no podían servirme, lo sentía mucho, tenía que haber efectuado el encargo con dos horas de antelación. Supliqué, rogué, exigí, imploré, pero ni por esas. Finalmente apareció el dueño,
—Otro al que se le ha ido la vitrocerámica —dijo,
—Cómo lo sabe —pregunté,
—Usted hace el número trece de los que han aparecido por aquí con el mismo problema,
—Vaya, el número trece encima —dije.
Me comentó que el desastre había sido generalizado en Coria, a él mismo se le había ido una refrigeradora, una calentadora de aperitivos y la estación electrónica de sellado de loterías y apuestas del Estado, en pueblos de la zona también se habían estropeado los aparatos de las quinielas, además de discos duros de ordenadores y otros estropicios eléctricos. Menos mal que accedió a darme el pollo asado y las patatas fritas.
Llamé telefónicamente a TEKA, en Cáceres, servicio técnico de la marca de mi vitrocerámica: una señorita me informó de que "hasta dentro de unos días" no podría desplazarse el operario para arreglarla porque tenían que pedir los nuevos circuitos electrónicos a Santander. (De lunes a jueves, día 8, mi familia se alimentó de pollo asado y patatas fritas, puafff). El técnico realizó la reparación amablemente y anotó en la factura que el daño había sido producido por subida de tensión eléctrica. Al contado tuve que pagarle las 34.771 pesetas de la broma. Nueva llamada telefónica, esta vez a la compañía aseguradora. Sí, señor, le abonamos la factura siempre que el daño ocasionado se acoja a las garantías concertadas, tiene que enviar original de la factura, parte de siniestro en el que especifique fecha, hora y causa del accidente provocador del daño y carta certificada que contenga los datos anteriores. Tres días de acá para allá, así anduve, como zascandil electrónico. Lo de que un problema deja de serlo si no se considera como problema ya me iba hartando.
Me dirigí al Ayuntamiento. El Jefe del Servicio Eléctrico me informa de que EMDECORIA, Sociedad Unipersonal del Ayuntamiento cauriense, es una empresa subsidiaria de IBERDROLA, y que, por lo tanto, del transformador de Coria no se deriva ninguna avería al servicio de la ciudad, las avería vienen de fuera. Las cigüeñas, asegura. Medioambiente no permite que se destruyan los nidos que aparecen en las torretas eléctricas, ahí está la causa de todo, nosotros pasamos las denuncias de los ciudadanos a Iberdrola, pero no suelen hacernos mucho caso. Me alejo pensando que las cigüeñas son la coartada para que Iberdrola se lave las manos.
Final: Intentan protegernos del mal de las vacas locas, del perjuicio del tabaco y del daño de la contaminación ambiental. ¿Quién nos protege de los perjuicios que nos ocasiona la Compañía eléctrica, en este caso Iberdrola? ¿Tal vez la Consejería de Industria y energía?
Cada vez pinta menos la ciudadanía, poco caso nos hacen, ay, y aunque un problema deje de serlo si no se le considera como problema, lo probable es que a uno lo reduzcan a cero, el pez grande se come al chico, cómo va a hacernos caso Iberdrola, sobre todo después de saber que nuestros genes son escasos, solamente doblan a los de una mosca, pero no a los de una mosca gorda y resabiada, tozuda, esas moscas familiares ya comentadas por Antonio Machado, no, nuestros genes solamente doblan a los de una mosquita de la pera. ¿Cómo va Iberdrola a hacernos caso si genéticamente (ciudadanamente, digamos) abultamos algo así como una mosca, menos aún, como una mosquita de la pera?

DE PERROS
(10-2-2001)
JUAN GARODRI


Algunos críticos aseguran que Saramago es el prototipo del escritor pesimista, sus novelas manifiestan una pesadumbre casi enfermiza hacia la (in)soportable tribulación de la vida, estamos aquí movidos por hilos invisibles y caprichosos, soñadores de una nostalgia de la que no sospechamos ni siquiera el origen, envueltos en los fatales (de fatum) círculos de una “saudade” casi metafísica, vamos, que cada uno somos algo así como un fado literario de 454 páginas o por ahí.
Dentro de la tristeza y hasta la lástima o quizá la compasión que siente el lector de La caverna hacia Cipriano Algor, el alfarero, una compasión y desasosiego que es la desazón que uno siente hacia sí mismo, la pesadumbre de uno mismo, no solo la del alfarero, fagocitado por esa perplejidad inquieta o angustiada de la vida, que no es la vida de uno, que es la Vida, en general, metaforizada en el Centro, en la sociedad que absorbe y que engulle su destino y el destino de todos, que consume los afanes y los convierte en zozobra, que abrasa las ilusiones y las transforma en ceniza, que traga por el sumidero de la competencia económica, única prestación posible, la trayectoria vital de cada ser humano, dentro de la compasión hacia el alfarero, te decía, que es la compasión hacia uno mismo, aparece Encontrado, un perro que es mucho más que un perro, que no es un perro cualquiera (aunque se asocie la frase a la vulgar remembranza de la vaca que tampoco era una vaca cualquiera porque aquella, al menos, no tenía el mal de las vacas locas). Encontrado es un perro sabio, si es que puede atribuirse a un animal la cualidad de la sabiduría, exclusiva, dicen, del ser humano en cuanto portador de inteligencia, aunque sería discutible el grado de inteligencia de muchos humanos, bien es verdad que la gradación se alza de menos a más o desciende, según los casos, de más a menos o incluso de menos a nada. Encontrado, sin embargo, es un perro sabio porque parece que está dotado de inteligencia, con una gradación inteligente que va de menos a más según avanza el discurso narrativo, desde su aparición en escena de una forma casi misteriosa. Encontrado piensa, discurre, reflexiona, examina los acontecimientos, calcula los beneficios o perjuicios que pueda procurarle su actuación, enjuicia la estupidez de las acciones humanas y (aunque ignore o tal vez no, quién sabe, que los valores de fidelidad y colaboración perrunos no son reconocidos por el hombre sino hasta bien entrada la Edad Media) distingue entre el bien y el mal con la acertada simplicidad de la cordura. ¡Qué diferencia entre Encontrado y esos otros perros caprichosos o díscolos o antojadizos! Bueno, conozco a alguien que echa unas reprimendas vociferantes a su perro, te vas a enterar, sinvergüenza, que me traes por la calle de la amargura, hoy sin salir al parque, castigado, que no te mereces otra cosa, así pagas los desvelos y los cuidados que me tomo por ti, encima que procuro alimentarte con comida selecta, no volverás a acostarte conmigo, sí, y no muevas tanto el rabo, que mareas, así que ha mandado a su perro a un internado educativo para que lo aleccionen en los ámbitos del comportamiento canino, tres meses interno, para que aprenda a dominar sus emociones y a controlar sus ansiedades y sus esfínteres. Ni una sola vez entabla Cipriano Algor discusiones violentas con Encontrado, quizá una simple colleja por olisquear peligrosamente los muñecos de barro. El recurso de Saramago no es original, también Apuleyo dotó a su asno de un acentuado espíritu crítico para juzgar la vida de los hombres.
Esto no impide que Encontrado sea un perro razonador al que habría que acudir de vez en cuando para conocer su acertada opinión sobre nuestras cosas. Por ejemplo, ¿qué opinaría Encontrado de la televisión autonómica extremeña? Quizá fuera ponerlo en un aprieto, los hombres somos así de vanidosos, por no decir petulantes, ya ves, televisión autonómica, qué necesidad tenemos los extremeños de autonomía televisiva, dos o tres mil millones, o los que sean, para la instalación y dotación tecnológica, como si no hubiera otras prioridades en Extremadura, a no ser que la TVEX sirva para consolidar el ámbito de la arrogancia o el engreimiento políticos, quizá la frivolidad en el gasto, telediarios para difundir las cuatro noticias de la región, programas deportivos para presenciar los empates del Badajoz, la tristeza del Extremadura, la indigencia del Mérida, la constancia agreste del Jerez o el Don Benito, la insulsez mediocre del Cacereño, la tozuda escalada del Plasencia. Con qué ocuparía el tiempo de la difusión televisiva Encontrado, nos pondrían hasta en la sopa las actuaciones de los políticos regionales, se harían famosos los rostros de los políticos, los gestos de los políticos, las discusiones de los políticos, el cainismo de los políticos. Cultura, poco. Cuanto más se sabe, más se piensa. Y el hecho de que los demás piensen siempre ha resultado conflictivo. Además, los programas culturales hay que emitirlos a la 1'30 de la madrugada, hora en que nadie los ve, razón por la que no se emiten. Concursos, eso es. Habría que rellenar las 17 horas restantes con programas de entretenimiento, esa basura a que las Autonómicas someten a los televidentes regionales con la frialdad impávida de los torturadores. Piensa Encontrado, arriesgándose a la equivocación estimativa, que la caspa televisiva no es ofertada en respuesta a la demanda del público sino que la caspa está en la cabeza y en el cuello y en los hombros de los directivos, responsables absolutos de lo que se ofrece en las televisiones.
En fin, a lo que parece, Encontrado es un perro sabio aunque a veces se muestre impertinente. Ya se sabe que la sabiduría consiste en un conocimiento prudente de la vida que excluye la manifestación de juicios insensatos. Pero esto lo desconoce Encontrado.
CREDIBILIDAD (y 2)
(4-2-2001)
JUAN GARODRI


Hablaba hace unos días de la credibilidad que nos merece, o no nos merece, la clase política, la credibilidad de los que mandan, por eso los llamaba mandamases, no es lo mismo mandar que gobernar, con el mandato se vinculan los subordinados, con el gobierno se corresponden los ciudadanos, el que manda busca sus propios intereses, de medro personal o de engorde del partido, intereses personales o partidistas, quizá sea mucho decir que buscan el lucro, aunque no creas, a veces ha sido y aún puede que sea así, pero al menos sí buscan la conveniencia o provecho o utilidad de la gestión en beneficio propio, o de los suyos, o del partido, así que el que manda busca sus propios intereses, te decía, en cambio el que gobierna procura el beneficio de la sociedad excluyendo el suyo propio, o excluyéndolo de forma que los ciudadanos piensen que no se aprovechan privilegiadamente sino que obtienen el beneficio de la ley a través de cauces preceptivos iguales a los de los demás, una utopía, algo que no tiene lugar, eso significa utopía, algo que no existe o algo que aparece como irrealizable en el momento de su ejecución, que se lo pregunten a Thomas Moro, mandado decapitar por Enrique VIII en 1535, que dejó escrita la célebre Utopía, una especie de novela política en la que describe irónicamente los males de la sociedad de su tiempo, afectada de escasa credibilidad, no es practicable la república ideal mientras exista el mal político, esa *acumulación de riquezas en manos de unos pocos ociosos, mientras otras clases sociales poco o nada poseen y tienen que trabajar sin descanso+, poco imaginaba Thomas Moro que el mal de las vacas locas, ya sin comillas ni nada, vendría de su propio país, que la falta de credibilidad de que hoy goza la clase política europea en general, vacas locas incluidas, vendría de su propio país, por mucho que en el Lincoln=s Inn propusieran que las bases de toda economía política tienen que dimanar de la agricultura y la economía natural. No le hicieron mucho caso sus contemporáneos, tampoco le concedieron demasiada credibilidad, su idealismo político era más platónico que maquiavélico, además Thomas Moro escribió Utopía en latín, por lo que recibió las alabanzas de Erasmo y de Luis Vives, pero obtuvo también la desatención de los ingleses, ya se sabe que los ingleses son partidarios a ultranza de la inmersión lingüística.
Es imposible conocer, nadie está dotado del don de la visión retrospectiva, qué hubiera escrito Thomas Moro de haber conocido el mal de las vacas locas, es imposible saber cómo hubiera fustigado a las instancias administrativas si hubiera conocido el horroroso suceso acaecido en el hospital de Liverpool, y en otros hospitales, en los que se extirparon órganos de niños sin permiso, un almacén aterrador de 3.500 órganos infantiles y 400 fetos que no fueron usados para la investigación, el hospital infantil Alder Hey, una cabeza seccionada como el retoño de una poda cruenta, corazones extirpados que jamás podrán sentir el amor o el odio o quizá la compasión hacia los matarifes, cerebros vaciados que jamás podrán pensar o meditar o recordar las caricias de la infancia, ojos vaciados que jamás podrán contemplar la frágil revelación de los juguetes, piernas seccionadas que jamás iniciarán el camino de la adolescencia, brazos amputados que nunca rodearán el cuello afectuoso o apasionado y blando de la madre, cómo va uno a conceder credibilidad a una gestión sanitaria que consentía la extracción de órganos sin el consentimiento de los padres con la complicidad del personal y la gerencia del hospital, ladrones que robaron la posibilidad de la ternura. Ni siquiera el desenlace de una inhumación digna le ha quedado a Janet Valentine, tres veces enterraron a su hija, o a lo que quedó de ella, indefenso cuerpecillo vacío sin corazón, sin pulmones, sin lengua, sin costillas, sin órganos sexuales. De dónde ha salido ese Dick van Veltzen, experto en la pavorosa colección de órganos infantiles, perito en sanguinolencias y disecciones, experto en el manejo del bisturí y la atrocidad, práctico en el degüello de la indefensión y el desamparo, perito en el vaciado de los cuerpos, taxidermista de la atrocidad, de dónde ha salido.
A uno le cuesta conceder el alivio de la credibilidad, a uno le cuesta entregar la escasa memoria de su credulidad. Me gustaría afirmar que quienes tejen los hilos de la alta política, nacional y europea, que quienes organizan los complicados organigramas de la ingeniería económica, que quienes interpretan en los juzgados la bondad o maldad de nuestras acciones, que quienes deciden el destino engañoso de nuestros bolsillos y desencuentros, que quienes diagnostican en los centros sanitarios la menesterosidad de nuestros cuerpos, me gustaría afirmar, ya digo, que todos ellos han perdido para siempre la capacidad de extirpar los órganos de la credibilidad ciudadana.
(Aunque sospecho que el deseo de la realidad, como toda abstracción, no deja de ser una utopía historicista).