EL CAPULLAR
(30-9-2001)
JUAN GARODRI
Así como un terreno en el que abundan los olivos es un olivar y otro en el que crecen los melones es un melonar, no veo por qué el arbusto en el que brotan los capullos no pueda ser un capullar. Pues no señor, no lo es. Por esas veleidades enigmáticas del lenguaje, el término capullar no se encuentra recogido en las páginas lexicográficas de la Docta Casa (DRAE). Y mira que es antiguo lo de capullo. Corominas lo data en 1490, resultado probable de un cruce entre ‘capillo’ y ‘cogulla’. Se encuentran étimos relacionados, como capucha, capuchino, capuchón y encapuchar, todos con significados referentes a capa o manto, y al antiguo capuz con el que se cubrían la cabeza. Pero de ‘capullar’, nada. Sin embargo, capullos, lo que se dice capullos, desde el siglo XV para acá, un montón. Por esa razón es por la que me atrevo a utilizar el término ‘capullar’, y sus derivados, aunque no se encuentren recogidos en el diccionario.
En el terreno de la capullería, abundan los diferentes tamaños y las distintas tonalidades cromáticas. A pesar de la encendida defensa de los animales de compañía que, de vez en cuando, aparece por ahí, no deja de ser un capullo marrón el tipo que pasea su perro por las aceras para que deposite en ellas sus excrecencias defecatorias. Capullos verdes, de un verde luminoso e intenso, parecen esos tipos —ecologistas, no ecólogos— que defienden, como si defendiesen la existencia de Dios, la existencia y protección de los meloncillos, por ejemplo, a pesar de que arrasen los cultivos y tengan al borde de la exasperación a los agricultores. Un capullo moreno, de extrañas dimensiones, es Camacho, el de Gescartera, y socios encapullados, con más cara que un saco de calderilla y menos vergüenza que el tío del saco. Capullos amarillos, de inconmensurable dimensión ética, son los de la ‘conciencia tranquila’, esos que la trincan y, cuando se descubre el pastel, siempre dicen que tienen la conciencia tranquila, a pesar de estar encausados, como si el hecho de mangar millones del erario público fuese un abaniqueo beneficiario y limosnero, encima. Capullos de color rojo debilitado son los progretas de la docencia, esas monsergas de la tolerancia mal entendida que pretenden cargarse la enseñanza pública con el coñazo de la libertad individual y el desarrollo de la personalidad ciudadana en el alumnado. Capullos que se lo montan en gris perla son los medios de comunicación vocingleros, visuales y escritos, expertos en la hinchazón del globo para que explote a las primeras de cambio, protuberancia que utilizan para incrementar sus cuotas de audiencia o sus ventas, no para informar objetivamente. (Véase, si no, el capullerío obsceno de emisiones, y de publicaciones, en que se ha convertido, interesadamente, el atentado y hundimiento de las Torres Gemelas).
¿Qué otra cosa, sino un capullo del abundante capullar político es el brote florido de la televisión autonómica? Andan revueltas las aguas abonadoras y, en lugar de acreditar o calificar de bueno el evento, como sería lo suyo, las turbulencias han convertido en un lodazal pestilente el riego fertilizante del capullo televisual. Peperos y sociatas andan a hostiazos verbales por lo del convenio para el funcionamiento de Canal Sur Extremadura y, entre tanto brote capullístico, no sabe uno a que botón quedarse. Porque la cosa va dejando ya tras de sí una baba casi de molusco testáceo de la clase de los gasterópodos. (Advierta el lector avisado que capullo también es una envoltura de forma oval dentro de la cual se encierra, hilando su baba, el gusano). Un servidor ha conectado la televisión y ha observado con estupor el impresionante capullo televisivo que nos sirven desde Andalucía, un bodrio espeluznante que (a excepción de los Informativos, semejantes a los de cualquier otra cadena de televisión nacional) te deja mentalmente tetrapléjico a base de cogotazos pedorros, chabacanería ilimitadamente basta, insulseces populacheras, concursos menguados, programas de cocina lerdos, entretenimientos mezclados con nauseabunda salsa rosa y presentadores/as encapullados. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es todo eso, con serlo, sino la magnitud de gresca política que va definiendo el fenómeno televisivo autonómico como un conjunto de intereses irreconciliablemente contrapuestos, gresca totalmente ajena a los ciudadanos interesados únicamente, si acaso, en que exista una televisión regional digna y creíble. Mientras el capullar sociata afirma que ‘la Junta presentará una querella criminal al Senado si aborda el convenio con Canal Sur’ (leo que, últimamente, la Junta retira la amenaza de querella), el capullar pepero responde que ‘las declaraciones de Ibarra denotan actitudes golpistas’. Si un psoecapullo afirma que se está haciendo con Extremadura y Andalucía lo que nunca se han atrevido a hacer con el País Vasco o Cataluña, otro ppcapullo responde que lo que escuece es que se haya puesto en duda la legitimidad de la concesión y gestión televisiva a PETSA, participada en un 51 por ciento por el grupo Prisa. En definitiva, que aquello que desde un capullar se considera positivo para la solapada propaganda política y, a la larga, subrepticia captación de votos, es considerado desde el otro capullar como algo descaradamente negativo en tanto en cuanto elimina o disminuye la posibilidad de incremento de sus votos y, en consecuencia, debilita la cara del triunfo en las próximas elecciones.
En fin. Capullos. Probablemente, el ciudadano extremeño no vea mal la implantación de una televisión autonómica para la información y el entretenimiento. Sí ve mal, en cambio, que este importante hecho tecnológico, imprescindible para el desarrollo regional en el siglo XXI, se haya convertido en un sicalíptico e intolerable capullar político.
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viernes, 4 de septiembre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
¿LICENCIA PARA MATAR?
(23-9-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, amigo, me las están dando todas en el mismo carrillo a propósito de mi último artículo en esta misma sección, el pasado domingo. Me lo suponía. Lo expresé diciendo que era como meterme en la boca del lobo. Pero en qué mundo vives tú, me dicen. A quién se le ocurre ponerse del lado del conservadurismo reaccionario, oscurantista y retrógrado. No los mando a tomar por saco porque aún me sustenta la suficiente flexibilidad mental como para aceptar el hecho de que, entre las distintas maneras de pensar, unas puedan ser tan válidas como otras. Así que acepto sus desplantes. Pero no deja de sorprenderme (y de cabrearme) que personas sedicentes cultas mezclen la acción de ojear con la de hojear. Y ya se sabe que si el ojeo es pasar los ojos y el hojeo pasar las hojas, la mezcla de ambas acciones obstaculiza la acción de leer, que es interpretar correctamente aquello por donde se pasan los ojos y que se halla impreso en las hojas. Así que no defiendo a la Iglesia. Pero aclaro que soy partidario de la objetividad imparcial (si se permite el pleonasmo) y que, por lo tanto, no considero justo que se culpe a la Iglesia, en general, de actividades abusivas cometidas por algunas instituciones eclesiásticas, de la misma manera que no puede considerarse honesta la acusación de falta de profesionalidad de la medicina o de la docencia por actividades ilícitas, indignas o abusivas llevadas a cabo por algunos médicos o profesores. Es evidente, en fin, la actualización del refrán «la ocasión la pintan calva». Precisamente por eso se ha aprovechado la ocasión para lanzar en toda regla un ataque contra la Iglesia en un afán, sin duda interesado, de buscar su desvanecimiento. Sólo una memez intolerable o un resentimiento patológico pueden provocar la pérdida de memoria cultural.
Vamos a lo del tema de hoy. Esa licencia para matar que, a lo que parece, el mundo universo y terráqueo está concediendo a los Estados Unidos. Y otra vez a meterme en la boca del lobo. No escarmiento. Yo también sufrí, también quedé aterrado, sorprendido, atrapado en una conmoción exaltada, aquel martes 11 de septiembre cuando vi adentrarse los aviones terroristas en las entrañas de las Torres Gemelas del World Trade Center como bólidos gigantescos que penetrasen unas cúpulas de mantequilla. Pero creo que la cuestión, con la perspectiva que proporcionan estos diez días transcurridos, se está pasando de rosca. A mí me impresionó mucho el atentado, muchísimo. Era una catástrofe horrorosa en la que probablemente habrían muerto, como así ha ocurrido, miles de seres humanos. Eso es lo que únicamente me conmovió, la muerte de miles de seres humanos. No me resultó decoroso contemplar, casi simultáneamente, las imágenes de un Wall Street desolado por el peligro inminente del hundimiento de la Bolsa. Me ha resultado particularmente obscena la consideración televisiva, casi la complacencia necrófila y lacrimógena, con que algunos medios vocingleros han resaltado el hecho de que el atentado terrorista haya tenido lugar en Estados Unidos, como si la muerte de las víctimas tuviese más importancia ((?) por tratarse de ciudadanos principalmente estadounidenses y por haber acaecido en edificios americanos. Acaso el caciquismo internacional produzca estas consideraciones de alcance globalizador. El señor del cortijo también era venerado por la servidumbre, por criados, lacayos y jornaleros, ante un acontecimiento luctuoso que lo afectara gravemente. Mi conmoción, ya digo, se debió al hecho de que murieran miles de seres humanos. Lo del país, para mí, fue lo de menos.
Y ahora viene lo gordo. Ahora viene la venganza. No es políticamente correcto hablar de venganza, así que se disfraza el término con el eufemismo de ‘castigo’. La casuística escolástica se queda corta ante la avalancha de posibilidades combinatorias para justificar la venganza. Últimamente, se amplia el espectro semántico de la palabra y se habla de justicia. Justicia infinita. Suena a ‘justicia divina’. Ya escribí en cierta ocasión que te eches a correr. Coge el petate y corre cuando oigas a algún visionario mezclar a la divinidad con la devastación, a Dios con el aniquilamiento, a la eternidad con las bombas. Justicia infinita. Me produciría risa la frase si no estuviera rodeada por el halo negro de la destrucción. La cualidad del sabio es la sabiduría, la cualidad del justo es la justicia. )Siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos? )Cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita. La infinitud es una cualidad divina. De pequeños nos enseñaban que la maldad del pecado no estaba en la perversidad de la acción pecaminosa, de por sí inocua, sino en la dignidad de la persona ofendida. Tal vez los EE. UU. se consideren dioses. Tal vez por eso consideren que la magnitud de la ofensa es infinita, lo cual que requiere un castigo infinito. Tal vez por eso quieran desarrollar una acción bélica de justicia infinita. Tal vez por eso hayan puesto a plena producción las fábricas de armas. Históricamente, la divinidad no se ha andado con chiquitas a la hora de castigar. A mí, sin embargo, también me conmoverán los miles de seres humanos que próximamente mueran. Aunque sea en Afganistán.
(23-9-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, amigo, me las están dando todas en el mismo carrillo a propósito de mi último artículo en esta misma sección, el pasado domingo. Me lo suponía. Lo expresé diciendo que era como meterme en la boca del lobo. Pero en qué mundo vives tú, me dicen. A quién se le ocurre ponerse del lado del conservadurismo reaccionario, oscurantista y retrógrado. No los mando a tomar por saco porque aún me sustenta la suficiente flexibilidad mental como para aceptar el hecho de que, entre las distintas maneras de pensar, unas puedan ser tan válidas como otras. Así que acepto sus desplantes. Pero no deja de sorprenderme (y de cabrearme) que personas sedicentes cultas mezclen la acción de ojear con la de hojear. Y ya se sabe que si el ojeo es pasar los ojos y el hojeo pasar las hojas, la mezcla de ambas acciones obstaculiza la acción de leer, que es interpretar correctamente aquello por donde se pasan los ojos y que se halla impreso en las hojas. Así que no defiendo a la Iglesia. Pero aclaro que soy partidario de la objetividad imparcial (si se permite el pleonasmo) y que, por lo tanto, no considero justo que se culpe a la Iglesia, en general, de actividades abusivas cometidas por algunas instituciones eclesiásticas, de la misma manera que no puede considerarse honesta la acusación de falta de profesionalidad de la medicina o de la docencia por actividades ilícitas, indignas o abusivas llevadas a cabo por algunos médicos o profesores. Es evidente, en fin, la actualización del refrán «la ocasión la pintan calva». Precisamente por eso se ha aprovechado la ocasión para lanzar en toda regla un ataque contra la Iglesia en un afán, sin duda interesado, de buscar su desvanecimiento. Sólo una memez intolerable o un resentimiento patológico pueden provocar la pérdida de memoria cultural.
Vamos a lo del tema de hoy. Esa licencia para matar que, a lo que parece, el mundo universo y terráqueo está concediendo a los Estados Unidos. Y otra vez a meterme en la boca del lobo. No escarmiento. Yo también sufrí, también quedé aterrado, sorprendido, atrapado en una conmoción exaltada, aquel martes 11 de septiembre cuando vi adentrarse los aviones terroristas en las entrañas de las Torres Gemelas del World Trade Center como bólidos gigantescos que penetrasen unas cúpulas de mantequilla. Pero creo que la cuestión, con la perspectiva que proporcionan estos diez días transcurridos, se está pasando de rosca. A mí me impresionó mucho el atentado, muchísimo. Era una catástrofe horrorosa en la que probablemente habrían muerto, como así ha ocurrido, miles de seres humanos. Eso es lo que únicamente me conmovió, la muerte de miles de seres humanos. No me resultó decoroso contemplar, casi simultáneamente, las imágenes de un Wall Street desolado por el peligro inminente del hundimiento de la Bolsa. Me ha resultado particularmente obscena la consideración televisiva, casi la complacencia necrófila y lacrimógena, con que algunos medios vocingleros han resaltado el hecho de que el atentado terrorista haya tenido lugar en Estados Unidos, como si la muerte de las víctimas tuviese más importancia ((?) por tratarse de ciudadanos principalmente estadounidenses y por haber acaecido en edificios americanos. Acaso el caciquismo internacional produzca estas consideraciones de alcance globalizador. El señor del cortijo también era venerado por la servidumbre, por criados, lacayos y jornaleros, ante un acontecimiento luctuoso que lo afectara gravemente. Mi conmoción, ya digo, se debió al hecho de que murieran miles de seres humanos. Lo del país, para mí, fue lo de menos.
Y ahora viene lo gordo. Ahora viene la venganza. No es políticamente correcto hablar de venganza, así que se disfraza el término con el eufemismo de ‘castigo’. La casuística escolástica se queda corta ante la avalancha de posibilidades combinatorias para justificar la venganza. Últimamente, se amplia el espectro semántico de la palabra y se habla de justicia. Justicia infinita. Suena a ‘justicia divina’. Ya escribí en cierta ocasión que te eches a correr. Coge el petate y corre cuando oigas a algún visionario mezclar a la divinidad con la devastación, a Dios con el aniquilamiento, a la eternidad con las bombas. Justicia infinita. Me produciría risa la frase si no estuviera rodeada por el halo negro de la destrucción. La cualidad del sabio es la sabiduría, la cualidad del justo es la justicia. )Siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos? )Cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita. La infinitud es una cualidad divina. De pequeños nos enseñaban que la maldad del pecado no estaba en la perversidad de la acción pecaminosa, de por sí inocua, sino en la dignidad de la persona ofendida. Tal vez los EE. UU. se consideren dioses. Tal vez por eso consideren que la magnitud de la ofensa es infinita, lo cual que requiere un castigo infinito. Tal vez por eso quieran desarrollar una acción bélica de justicia infinita. Tal vez por eso hayan puesto a plena producción las fábricas de armas. Históricamente, la divinidad no se ha andado con chiquitas a la hora de castigar. A mí, sin embargo, también me conmoverán los miles de seres humanos que próximamente mueran. Aunque sea en Afganistán.
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año 2001 - 09 septiembre
LA OCASIÓN
(16-9-2001)
JUAN GARODRI
Cualquier ocasión es propicia para desarrollar el rencor. El personal anda a la caza de circunstancias oportunas para atizar el fuego del rencor. Cualquier ocasión se convierte en pretexto para exteriorizar ese (re)sentimiento indefinido que sin saber bien por qué germina y crece como una planta maléfica. Sin embargo, a pesar de su extensión, no creas que resulta tan fácil hablar del rencor. Sobre todo no es tan fácil asegurar, así, por las buenas, que el personal es mayormente rencoroso. Hay que echarle cara al asunto. Sé que voy a meterme en la boca del lobo y que no me va a ser fácil escapar de sus dentelladas.
En primer lugar porque suele confundirse el rencor con la envidia, cuando más bien habría que pensar que no existe entre ellos una concomitancia psíquica, sino más bien una relación de causa-efecto en el sentido de que la envidia es la causa de que aparezca el rencor. El aspecto viejo y espantable con que solía representarse la figura femenina de la envidia, destrozando con sus dedos un corazón ajeno, se transfigura en una visión masculina dotada del caparazón del alacrán, dura y venenosa, cuando se trata del rencor, ese resentimiento arraigado y tenaz que se adhiere a la epidermis del alma como una lapa. Tener pesar o enojo por una cosa, dice el diccionario acerca del resentimiento. Eso es el rencor, un cabreo sordo por algo que acontece y que provoca la erupción maliciosa de la mala leche de manera general entre el gentío.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en la cosa del fútbol. Algunos jugadores del Real Madrid se quejan de ‘antimadridismo’. Alguno llegó a asegurar que corrían peligro por los ataques que sufría constantemente su autocar, con apedreamientos reiterados y con rotura de lunas y cristales. Ese clamor popular antimadridista está ahí, agazapado debajo del rencor. La cosa está en dilucidar por qué el gentío anhela que el Madrid fracase, por qué se alegra mayormente si el Madrid pierde, por qué siente un inexplicable e íntimo placer cuando el Madrid sufre un revés liguero, una derrota en la Champions. La derrota ante el Valencia, el empate ante el Málaga, han desatado la euforia rencorosa en las filas del antimadridismo. Toma prepotencia, toma chulería, toma presupuesto de cien mil millones de pesetas, toma soberbia por considerarte el club más caro del mundo, parece decir la cinta métrica del rencor. La famosa pancarta que aparecía hace poco en las gradas de Mestalla durante el primer partido de Liga, esa de «estamos de Zidane hasta los huevos», demuestra casi apodícticamente la impotencia fracasada del rencoroso.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en el ámbito de la Iglesia Católica. El caso Gescartera. Probablemente “la Iglesia” (el personal mete de forma indiscriminada en el mismo saco corrupto a todos los estamentos eclesiásticos, sean inocentes o no) no ha actuado acertadamente al colocar inversiones para rentabilizar sus dineros en Gescartera. Pero no me digas que no anda el personal con la escopeta del rencor cargada, dispuesta al disparo, y al tiro a muerte si se tercia. Hay quien pensaba que la indiferencia religiosa, característica de una sociedad tecnológica y monetarista, despreciaba o no prestaba atención al hecho religioso por trasnochado, conservador e innecesario. No hay tal. El viejo, ancestral anticlericalismo celtibérico ha saltado como un resorte a las primeras de cambio. La ocasión ha sido el alegre descubrimiento de los solapados millones de “la Iglesia” en Gescartera. Coño, los curas y las monjas, cómo se lo tenían montado, y luego todo el día pidiendo. Otro ejemplo de ocasión para el rencor contra la Iglesia ha surgido a causa de los despidos de profesores de Religión. Vuelvo a insistir en que quizá la Iglesia ha actuado injustamente desde el punto de vista laboral, pero lo ha hecho al amparo de la ley vigente, según parece. Mal hecho en todo caso. Pero no me digas que no se han echado las campanas del rencor al vuelo, con motivo de estos hechos. Y el gentío acepta las acusaciones realizadas por la FEDER respecto a la petición de algunos obispos de destinar una parte del salario de estos docentes a obras eclesiásticas, denominándolo “impuesto revolucionario”, y sin embargo no se aceptan las explicaciones del director de la Comisión Episcopal de Enseñanza en las que asegura que no se trata de un impuesto revolucionario sino de un fondo común de aportación libre, destinado a la formación y apoyo de docentes sin empleo. El rencor planea sobre la verdad de los acontecimientos. Y es que no se perdona a los curas y a las monjas esa especie de absolutismo psicológico, de dominación anímica, que impusieron a la mayoría de los españoles con el binomio espiritual pecado-arrepentimiento. De los once a los diecisiete o dieciocho años muchos estuvieron dominados en las lobregueces de los pasillos y en los rutinarios arrepentimientos de las capillas, bien embadurnados de incienso y eucaristías. Muchos recibieron sinsabores y, también, la base cultural y humanística que (dicen) formó a más del setenta por ciento de los españoles que cursaron estudios antes de la democracia. Si no lo crees, pregunta a la numerosa abundancia de maestros, periodistas, letraheridos y plumíferos dónde los desasnaron, pregunta al abundante ejército de profesores de Institutos y Academias dónde les lijaron la primera corteza, pregunta a la engolada exuberancia de docentes universitarios dónde les cepillaron el pelo de la dehesa, pregunta a la difusa aglomeración de doctores, licenciados y catedráticos dónde recibieron sus primeros pulimentos. Noviciados, aspirantados, internados y seminarios sustentaban los espíritus (apenas nutrían los cuerpos) con abundante alimento nutricio. Había pocos Institutos y los existentes (uno o dos) se hallaban asentados en la capital, razón por la que la mayoría silenciosa de los pueblos ingresaba en esos “colegios para pobres”, baratos y rigurosos, que los sustituían. Y aunque muchos suelen ocultar su juvenil permanencia en colegios de curas, seminarios y noviciados (con ese sigilo pesaroso con que suelen ocultarse las enfermedades y los pecados), se aprovecha la ocasión para declarar, alborozadamente, que “la Iglesia” también se nutre de detritus crematísticos y de deposiciones injustas. De paso, ejercitan el rencor para vengarse, en cierto modo, de aquellos años de aprendizaje, sabañones y afrentas.
(16-9-2001)
JUAN GARODRI
Cualquier ocasión es propicia para desarrollar el rencor. El personal anda a la caza de circunstancias oportunas para atizar el fuego del rencor. Cualquier ocasión se convierte en pretexto para exteriorizar ese (re)sentimiento indefinido que sin saber bien por qué germina y crece como una planta maléfica. Sin embargo, a pesar de su extensión, no creas que resulta tan fácil hablar del rencor. Sobre todo no es tan fácil asegurar, así, por las buenas, que el personal es mayormente rencoroso. Hay que echarle cara al asunto. Sé que voy a meterme en la boca del lobo y que no me va a ser fácil escapar de sus dentelladas.
En primer lugar porque suele confundirse el rencor con la envidia, cuando más bien habría que pensar que no existe entre ellos una concomitancia psíquica, sino más bien una relación de causa-efecto en el sentido de que la envidia es la causa de que aparezca el rencor. El aspecto viejo y espantable con que solía representarse la figura femenina de la envidia, destrozando con sus dedos un corazón ajeno, se transfigura en una visión masculina dotada del caparazón del alacrán, dura y venenosa, cuando se trata del rencor, ese resentimiento arraigado y tenaz que se adhiere a la epidermis del alma como una lapa. Tener pesar o enojo por una cosa, dice el diccionario acerca del resentimiento. Eso es el rencor, un cabreo sordo por algo que acontece y que provoca la erupción maliciosa de la mala leche de manera general entre el gentío.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en la cosa del fútbol. Algunos jugadores del Real Madrid se quejan de ‘antimadridismo’. Alguno llegó a asegurar que corrían peligro por los ataques que sufría constantemente su autocar, con apedreamientos reiterados y con rotura de lunas y cristales. Ese clamor popular antimadridista está ahí, agazapado debajo del rencor. La cosa está en dilucidar por qué el gentío anhela que el Madrid fracase, por qué se alegra mayormente si el Madrid pierde, por qué siente un inexplicable e íntimo placer cuando el Madrid sufre un revés liguero, una derrota en la Champions. La derrota ante el Valencia, el empate ante el Málaga, han desatado la euforia rencorosa en las filas del antimadridismo. Toma prepotencia, toma chulería, toma presupuesto de cien mil millones de pesetas, toma soberbia por considerarte el club más caro del mundo, parece decir la cinta métrica del rencor. La famosa pancarta que aparecía hace poco en las gradas de Mestalla durante el primer partido de Liga, esa de «estamos de Zidane hasta los huevos», demuestra casi apodícticamente la impotencia fracasada del rencoroso.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en el ámbito de la Iglesia Católica. El caso Gescartera. Probablemente “la Iglesia” (el personal mete de forma indiscriminada en el mismo saco corrupto a todos los estamentos eclesiásticos, sean inocentes o no) no ha actuado acertadamente al colocar inversiones para rentabilizar sus dineros en Gescartera. Pero no me digas que no anda el personal con la escopeta del rencor cargada, dispuesta al disparo, y al tiro a muerte si se tercia. Hay quien pensaba que la indiferencia religiosa, característica de una sociedad tecnológica y monetarista, despreciaba o no prestaba atención al hecho religioso por trasnochado, conservador e innecesario. No hay tal. El viejo, ancestral anticlericalismo celtibérico ha saltado como un resorte a las primeras de cambio. La ocasión ha sido el alegre descubrimiento de los solapados millones de “la Iglesia” en Gescartera. Coño, los curas y las monjas, cómo se lo tenían montado, y luego todo el día pidiendo. Otro ejemplo de ocasión para el rencor contra la Iglesia ha surgido a causa de los despidos de profesores de Religión. Vuelvo a insistir en que quizá la Iglesia ha actuado injustamente desde el punto de vista laboral, pero lo ha hecho al amparo de la ley vigente, según parece. Mal hecho en todo caso. Pero no me digas que no se han echado las campanas del rencor al vuelo, con motivo de estos hechos. Y el gentío acepta las acusaciones realizadas por la FEDER respecto a la petición de algunos obispos de destinar una parte del salario de estos docentes a obras eclesiásticas, denominándolo “impuesto revolucionario”, y sin embargo no se aceptan las explicaciones del director de la Comisión Episcopal de Enseñanza en las que asegura que no se trata de un impuesto revolucionario sino de un fondo común de aportación libre, destinado a la formación y apoyo de docentes sin empleo. El rencor planea sobre la verdad de los acontecimientos. Y es que no se perdona a los curas y a las monjas esa especie de absolutismo psicológico, de dominación anímica, que impusieron a la mayoría de los españoles con el binomio espiritual pecado-arrepentimiento. De los once a los diecisiete o dieciocho años muchos estuvieron dominados en las lobregueces de los pasillos y en los rutinarios arrepentimientos de las capillas, bien embadurnados de incienso y eucaristías. Muchos recibieron sinsabores y, también, la base cultural y humanística que (dicen) formó a más del setenta por ciento de los españoles que cursaron estudios antes de la democracia. Si no lo crees, pregunta a la numerosa abundancia de maestros, periodistas, letraheridos y plumíferos dónde los desasnaron, pregunta al abundante ejército de profesores de Institutos y Academias dónde les lijaron la primera corteza, pregunta a la engolada exuberancia de docentes universitarios dónde les cepillaron el pelo de la dehesa, pregunta a la difusa aglomeración de doctores, licenciados y catedráticos dónde recibieron sus primeros pulimentos. Noviciados, aspirantados, internados y seminarios sustentaban los espíritus (apenas nutrían los cuerpos) con abundante alimento nutricio. Había pocos Institutos y los existentes (uno o dos) se hallaban asentados en la capital, razón por la que la mayoría silenciosa de los pueblos ingresaba en esos “colegios para pobres”, baratos y rigurosos, que los sustituían. Y aunque muchos suelen ocultar su juvenil permanencia en colegios de curas, seminarios y noviciados (con ese sigilo pesaroso con que suelen ocultarse las enfermedades y los pecados), se aprovecha la ocasión para declarar, alborozadamente, que “la Iglesia” también se nutre de detritus crematísticos y de deposiciones injustas. De paso, ejercitan el rencor para vengarse, en cierto modo, de aquellos años de aprendizaje, sabañones y afrentas.
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año 2001 - 09 septiembre
lunes, 31 de agosto de 2009
SUPERVIVENCIA
(9-9-2001)
JUAN GARODRI
He leído por ahí lo de los DINK. No se trata de dinosaurios, ni de patos, ni de un nuevo producto para la exfoliación de la piel. Es, simplemente, una palabra formada por siglas inglesas. Double Income No Kids. Dos sueldos y ningún hijo. Ahí es nada, el chollo del siglo, de estos inicios de siglo.
Todo el mundo busca su chollo particular. El gentío se levanta por la mañana y detesta la rutinaria monotonía de los quehaceres. El aleteo de la somnolencia se apodera del cepillo de dientes y el ruido de la cisterna avisa indecorosamente que empieza un nuevo día igual al anterior. Se desea la consecución del chollo, es decir, la transformación de la rutina, esa ráfaga de brillantes parpadeos que deslumbre los instantes para canjearlos por gotas de felicidad.
Supongo que el ser humano ha perseguido siempre ese coñazo inalcanzable al que alguien llamó felicidad. Nunca como ahora, sin embargo, se dispone el personal a conseguirlo. No tanto por atrapar la abstracción, de por sí inalzanzable, cuanto por huir del hormiguero destructivo que cada uno lleva dentro. Mira que el gentío se pone burro en la consecución de las abstracciones. El amor, la felicidad, el honor, la patria, la fama, el orgullo, el poder, constituyen algunos ejemplares de esa tribu de termitas que llena de agujeros el yo íntimo. Un día, de pronto, uno advierte con horror que está agujereado como un colador y que a través de esos agujeros van cayendo sus abstracciones en el pozo de la nada. Así que se aferra a la suntuosa precariedad del momento para amortiguar el batacazo. Y sin embargo el tipo/tipa no es más que esa cosa indefinida que lleva dentro y ese conjunto de cosas concretas que lleva fuera: la camisa, los pantalones ajustados, las zapatillas deportivas de piel roja, el periódico que hojea, el libro que lee, la caña que bebe, el coche que conduce.
Está de moda el gazpacho rosa con bogavante, presumir de que no se juega a la primitiva y afirmar que la adrenalina, por muy levógira y cristalizable que sea, no sube de tono y se mantiene estable mientras contemplas a Paz Vega en “Lucía y el sexo”. El caso es vivir como si siempre se fuese joven, retrasando al máximo las responsabilidades familiares. Incrustar la adultez en un desarrollo dilatado e inacabable de la juventud. Y ahí está la generación Dink. Dos sueldos y ningún hijo. Es la única manera de vivir holgadamente, suntuosamente. Un consumo de calidad que te diferencie del resto aborregadamente urbano. Ponerse uno ciego de trabajar, eso sí, el dinero es poder y prestigio, para desahogar tu estrés laboral en el ámbito acomodaticio de una relación afectiva efímera y sustitutoria. La ele de ‘lujo’ tiene que ir prendida en la ropa de vestir y en el mantel del restaurante. Y se entra en la felicidad, o en el desatino, con la cartera abierta y con la inútil convicción de que uno jamás volverá a adaptarse a la vulgaridad.
Dos sueldos y ningún hijo. Sólo a los locos se les ocurre tener hijos. Siempre con el alma en vilo. Noches sin dormir que impiden a uno realizarse adecuadamente en el trabajo diario. Papillas, apiretal y suero fisiológico. Pañales y dodotis. Y el infierno del paseo vespertino arrastrando el cochecito por la acera hasta llegar al tedio de una terraza. Con el vaso de la consumición se absorbe el proceso adaptativo que ha deshecho la vida. Nada de hijos. Autorrealización de la pareja y autonomía total de hombres y mujeres.
Lo malo de todo este condenado asunto es que derivan de él dos consecuencias nefastas, según mi tío Eufrasio.
Primera (a). Si el personal se decide definitivamente a no tener hijos, llegará el día en que haya que cerrar los colegios por falta de materia prima. Imagínate el cisco social. Miles de centros educativos para nada. Excrementos de rata y de murciélago en las aulas en lugar de bolígrafos y tiza. Telarañas en las pantallas de los ordenadores, ahora que las instituciones se han decidido al impulso tecnológico. Miles y miles de profesores en paro debido a la gigantesca recesión de la docencia. Posteriormente, centros universitarios cerrados, investigación y sabiduría aniquiladas.
Segunda (b). A pesar de todo, a pesar de vivir como hijos del bienestar, a pesar de vivir como la fácil presa del marketing, a pesar del intento, más o menos desesperado, de prolongar la juventud, también a los DINK les llega la tan temida ancianidad. (La frase es de mi tío Eufrasio y, aunque detestable, no por ello es menos real). Ya no valdrá entonces el eufemismo estilístico de llamarlos mayores en lugar de viejos porque ¿con qué dinero se pagarán sus pensiones? Si gastaron lo que ganaron y si no tuvieron hijos que estén ahora en edad de producir y de contribuir con el descuento de sus nóminas, mucho me temo que no tengan más remedio que arrastrar la culera por la pendiente de la indigencia.
Aunque para entonces yo ya habré doblado la servilleta y no verán mis ojos el desastre. Menos mal.
(9-9-2001)
JUAN GARODRI
He leído por ahí lo de los DINK. No se trata de dinosaurios, ni de patos, ni de un nuevo producto para la exfoliación de la piel. Es, simplemente, una palabra formada por siglas inglesas. Double Income No Kids. Dos sueldos y ningún hijo. Ahí es nada, el chollo del siglo, de estos inicios de siglo.
Todo el mundo busca su chollo particular. El gentío se levanta por la mañana y detesta la rutinaria monotonía de los quehaceres. El aleteo de la somnolencia se apodera del cepillo de dientes y el ruido de la cisterna avisa indecorosamente que empieza un nuevo día igual al anterior. Se desea la consecución del chollo, es decir, la transformación de la rutina, esa ráfaga de brillantes parpadeos que deslumbre los instantes para canjearlos por gotas de felicidad.
Supongo que el ser humano ha perseguido siempre ese coñazo inalcanzable al que alguien llamó felicidad. Nunca como ahora, sin embargo, se dispone el personal a conseguirlo. No tanto por atrapar la abstracción, de por sí inalzanzable, cuanto por huir del hormiguero destructivo que cada uno lleva dentro. Mira que el gentío se pone burro en la consecución de las abstracciones. El amor, la felicidad, el honor, la patria, la fama, el orgullo, el poder, constituyen algunos ejemplares de esa tribu de termitas que llena de agujeros el yo íntimo. Un día, de pronto, uno advierte con horror que está agujereado como un colador y que a través de esos agujeros van cayendo sus abstracciones en el pozo de la nada. Así que se aferra a la suntuosa precariedad del momento para amortiguar el batacazo. Y sin embargo el tipo/tipa no es más que esa cosa indefinida que lleva dentro y ese conjunto de cosas concretas que lleva fuera: la camisa, los pantalones ajustados, las zapatillas deportivas de piel roja, el periódico que hojea, el libro que lee, la caña que bebe, el coche que conduce.
Está de moda el gazpacho rosa con bogavante, presumir de que no se juega a la primitiva y afirmar que la adrenalina, por muy levógira y cristalizable que sea, no sube de tono y se mantiene estable mientras contemplas a Paz Vega en “Lucía y el sexo”. El caso es vivir como si siempre se fuese joven, retrasando al máximo las responsabilidades familiares. Incrustar la adultez en un desarrollo dilatado e inacabable de la juventud. Y ahí está la generación Dink. Dos sueldos y ningún hijo. Es la única manera de vivir holgadamente, suntuosamente. Un consumo de calidad que te diferencie del resto aborregadamente urbano. Ponerse uno ciego de trabajar, eso sí, el dinero es poder y prestigio, para desahogar tu estrés laboral en el ámbito acomodaticio de una relación afectiva efímera y sustitutoria. La ele de ‘lujo’ tiene que ir prendida en la ropa de vestir y en el mantel del restaurante. Y se entra en la felicidad, o en el desatino, con la cartera abierta y con la inútil convicción de que uno jamás volverá a adaptarse a la vulgaridad.
Dos sueldos y ningún hijo. Sólo a los locos se les ocurre tener hijos. Siempre con el alma en vilo. Noches sin dormir que impiden a uno realizarse adecuadamente en el trabajo diario. Papillas, apiretal y suero fisiológico. Pañales y dodotis. Y el infierno del paseo vespertino arrastrando el cochecito por la acera hasta llegar al tedio de una terraza. Con el vaso de la consumición se absorbe el proceso adaptativo que ha deshecho la vida. Nada de hijos. Autorrealización de la pareja y autonomía total de hombres y mujeres.
Lo malo de todo este condenado asunto es que derivan de él dos consecuencias nefastas, según mi tío Eufrasio.
Primera (a). Si el personal se decide definitivamente a no tener hijos, llegará el día en que haya que cerrar los colegios por falta de materia prima. Imagínate el cisco social. Miles de centros educativos para nada. Excrementos de rata y de murciélago en las aulas en lugar de bolígrafos y tiza. Telarañas en las pantallas de los ordenadores, ahora que las instituciones se han decidido al impulso tecnológico. Miles y miles de profesores en paro debido a la gigantesca recesión de la docencia. Posteriormente, centros universitarios cerrados, investigación y sabiduría aniquiladas.
Segunda (b). A pesar de todo, a pesar de vivir como hijos del bienestar, a pesar de vivir como la fácil presa del marketing, a pesar del intento, más o menos desesperado, de prolongar la juventud, también a los DINK les llega la tan temida ancianidad. (La frase es de mi tío Eufrasio y, aunque detestable, no por ello es menos real). Ya no valdrá entonces el eufemismo estilístico de llamarlos mayores en lugar de viejos porque ¿con qué dinero se pagarán sus pensiones? Si gastaron lo que ganaron y si no tuvieron hijos que estén ahora en edad de producir y de contribuir con el descuento de sus nóminas, mucho me temo que no tengan más remedio que arrastrar la culera por la pendiente de la indigencia.
Aunque para entonces yo ya habré doblado la servilleta y no verán mis ojos el desastre. Menos mal.
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año 2001 - 09 septiembre
DE PALABRA
(2-9-2001)
JUAN GARODRI
Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal.
La alegría que sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento.
Sales a la calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas, la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada para acusar, para denostar, para fingir, para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no expresa, palabra violada como una virgen indefensa.
Quizá por eso la palabra está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand.
No hay educación de la palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario, por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario, para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo valor referencial.
Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria las va arrojando al cubo de la basura escrita.
Quizá tuviera razón García Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso.
Con la utilización del móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo: MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso).
Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.
(2-9-2001)
JUAN GARODRI
Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal.
La alegría que sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento.
Sales a la calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas, la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada para acusar, para denostar, para fingir, para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no expresa, palabra violada como una virgen indefensa.
Quizá por eso la palabra está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand.
No hay educación de la palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario, por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario, para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo valor referencial.
Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria las va arrojando al cubo de la basura escrita.
Quizá tuviera razón García Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso.
Con la utilización del móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo: MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso).
Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.
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