DIME CON QUIÉN ANDAS
(18-6-2005)
JUAN GARODRI
Se deshacen en aplausos y enaltecimientos. El elogio les es tan natural como las roncerías al gato. (Me refiero al hecho de elogiar, no al de recibir elogios, aunque también). Y puestos ya en plan disquisitivo y docente (asentados en la disquisición, quiero decir; curiosamente, no existe el término ‘disquisitivo’) nos atrevemos a afirmar que el acontecimiento del elogio puede considerarse desde distintos puntos de vista, según atendamos al elogiador y su naturaleza. Existe, en primer lugar, un elogiador infantil e inocente que se entusiasma encendidamente quizá porque todavía conserva cierta provisión de capacidad para la sorpresa. Y así hay elogiadores fervorosos que exaltan cándidamente las virtudes de sus iconos idolatrados. No hay más que recordar esas imágenes televisivas aparecidas estos días en las que cientos de cándidos elogiadores dan saltos de complacencia y se abrazan festivamente porque su ídolo idolatrado (pleonasmo), un tal Michael Jackson, ha sido declarado inocente de las acusaciones que lo inculparon judicialmente: abusos sexuales a menores y otras bobadas sin importancia, total poca cosa. Un ángel el tal Jackson, un ángel con cara de cartón piedra que ha tropezado y caído en sus propios rayos de luz mediática. En segundo lugar, aparece con no poca frecuencia la figura del elogiador envidioso, un tipo que ha sobrepasado los límites de la inocencia más allá de siete pueblos y se dedica a elogiar con la mala baba característica del ofidio. Lo comprobé el otro día en el taller de Machaco. Entra un tipo de los sedicentes cultos y elogia el ímprobo trabajo del escultor cauriense para dar forma a los tres metros de bronce de su actual trabajo “El Minotauro”. El tipo da vueltas alrededor de la enorme estatua, la observa una y otra vez, la inspecciona. Parece que le gusta a juzgar por sus gestos de satisfacción y asentimiento. Se deshace en alabanzas, enaltecimientos y elogios. Machaco se le acerca y le pregunta, «Qué, ¿te gusta?». «No está mal, no está mal», responde el espontáneo metido a crítico, «pero hay algo que no acaba de convencerme: hay un fallo de proporción espacial». A Machaco se le tuercen las gafas y exclama: «Hostia, tío, a ver si vas a darme lecciones a estas alturas. Escuchémoslas». Y va el tipo y aclara: «no está proporcionado el miembro viril del Minotauro, y tampoco lo están los pezones de la doncella». Son las reacciones del elogiador envidioso: carece de capacidad para enfocar la obra en su conjunto y se detiene en dos accidentalidades fisiológicas que, en sí, no añaden valor estético a la escultura, pero las considera importantes para asestarle una patada en el escroto al autor. En tercer lugar, existe el tipo del elogiador pelotas (un elogiador in praesentia) que expele alabanzas sin compasión debido al impacto que la obra ha causado en sus neuronas artísticas (escasas) y hasta da palmadas en el hombro del elogiado y empujones y collejas, si se tercia, para manifestar la estrecha relación amistosa que lo une con él. En cuarto lugar, podemos encontrarnos con elogiador hermeneuta. Se trata del tipo enterado y sabihondo que se permite el lujo de interpretar cada dos por tres los gestos y la obra del elogiado, y así lo explica a los concurrentes con grandes aspavientos y gesticulaciones. Finalmente, aparece en la fauna elogiadora el llamado ‘elogiador de ausentes’ (in absentia), que presume ante los demás de amistad profunda e íntima con el famoso y lo elogia y lo engrandece con lo que, al mismo tiempo, se está engrandeciendo él (qué importante será este tío, piensa que piensan los demás, cuando es tan amigo de personaje tan importante). Así que el elogiador de ausentes ha cenado con él no sé cuántas veces y hasta conoce el número de libros de su biblioteca. (Continuará).
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domingo, 1 de noviembre de 2009
EL ACOSO
(11-6-2005)
JUAN GARODRI
Está pero que muy mal hablar de uno mismo, soy consciente de ello. Pero a ver. Cuando uno predice un futuro calamitoso (yo lo predije, aunque narrativa y metafóricamente verosímil) y el personal especializado (desde el punto de vista político) te llama demagogo e ignorante, pues tienes que cerrar el pico y ahuecar el ala. Salvo que la gilipollez mental transitoria te incline a la controversia tozuda, a la disputa (horror de palabro: lo curioso es que procede de ‘putare’, limpiar, pero resulta que el cochino prefijo peyorativo griego ‘dis’ transforma la idea de la palabra a la que se une en la opuesta, con lo que ‘disputa’ equivale a limpieza mal hecha, oséase, que toda disputa genera suciedad y corrupción), con el subsiguiente peligro de morder el polvo y de que se te haga barro en la boca. Pues nada a callar. Y callé.
Fue el caso que en el año 2001 la Editora Regional de Extremadura me publicó una novela, La blanca doble, y no se me ocurrió otra cosa, ¡ah mísero de mí!, que arremeter en ella contra algunos aspectos negativos de la Logse y contra otros no menos negativos del sistema educacional (lo de educativo ya queda antiguo). En la ficción, los hechos narrados ocurren en el año 2017, y creo que exageré la prolongación temporal de los acontecimientos. Porque si los hubiera situado en el año 2005 hubieran encajado, más o menos adecuadamente, en la actualidad que nos rodea y nos preocupa. Me daba a mí mismo un margen de quince o veinte años hasta que dichos acontecimientos se reprodujeran. Me equivoqué en mi visión de futuro. Según abundantes noticias de prensa de finales de mayo y estos primeros días de junio, el mal comportamiento de los alumnos (efectivamente, son pocos en cada Centro; pero suficientes para descoyuntar los parámetros de la educación y la dinámica de la enseñanza), el acoso a los compañeros (hasta el punto de provocar el suicidio de alguno de ellos), el desprecio a los profesores (el 25 % del profesorado reconoce ‘sentir’ agresividad en su entorno laboral) y la burla hacia el sistema confieren a estos grupúsculos o grupos, más o menos diferenciados, un poderío increíble, tanto más sorprendente cuanto más impune es su conducta. Así lo narro en La blanca doble y así parece que se desarrollan los hechos actualmente en muchos Centros de enseñanza de España (o de este país, para ser políticamente correcto). Quizás a causa de estos gravísimos acontecimientos el fiscal general del Estado, Cándido Conde Pumpido, ha anunciado «una enérgica respuesta en Derecho al matonismo escolar» y se ha preguntado «cuántos adolescentes tendrán que suicidarse antes de que las autoridades educativas y judiciales reaccionen con energía ante estos hechos». Los casos de violencia y de agresividad escolar son múltiples, algunos graves, otros gravísimos.
Por poner un ejemplo, según leo en el diario La verdad, en la región murciana los profesores están hartos y han realizado paros de 15 minutos en protesta por «la escalada de agresiones en las aulas», y los sindicatos de la región se han manifestado ante la sede del Gobierno Regional para que atienda sus reivindicaciones para paliar la violencia escolar. Más: en la cena final de curso, el padre de un alumno agredió a un profesor porque éste recriminó al chaval que, completamente borracho, estrelló una botella en el suelo (consulta el caso de Lorca, lector receloso). Más: el padre de un alumno al que se había expulsado por su comportamiento violento pateó al director del Centro, y que se jodiera (consulta el caso de Águilas, lector suspicaz). Estos hechos no son del año 2017: son del 27 de mayo del año 2005. De ahora mismo. Además, hay mucho cabrón suelto que se dedica a denunciar falsamente a profesores y directores. Y aunque el juzgado termine por aclarar las cosas, la moral del profesorado acaba por venirse abajo (consulta el caso de Moratalla, lector incrédulo).
En fin, más corre un galgo que un mastín, le dije a mi tío Eufrasio. Pero al fin y al cabo más corre el mastín que el galgo, me contestó.
(11-6-2005)
JUAN GARODRI
Está pero que muy mal hablar de uno mismo, soy consciente de ello. Pero a ver. Cuando uno predice un futuro calamitoso (yo lo predije, aunque narrativa y metafóricamente verosímil) y el personal especializado (desde el punto de vista político) te llama demagogo e ignorante, pues tienes que cerrar el pico y ahuecar el ala. Salvo que la gilipollez mental transitoria te incline a la controversia tozuda, a la disputa (horror de palabro: lo curioso es que procede de ‘putare’, limpiar, pero resulta que el cochino prefijo peyorativo griego ‘dis’ transforma la idea de la palabra a la que se une en la opuesta, con lo que ‘disputa’ equivale a limpieza mal hecha, oséase, que toda disputa genera suciedad y corrupción), con el subsiguiente peligro de morder el polvo y de que se te haga barro en la boca. Pues nada a callar. Y callé.
Fue el caso que en el año 2001 la Editora Regional de Extremadura me publicó una novela, La blanca doble, y no se me ocurrió otra cosa, ¡ah mísero de mí!, que arremeter en ella contra algunos aspectos negativos de la Logse y contra otros no menos negativos del sistema educacional (lo de educativo ya queda antiguo). En la ficción, los hechos narrados ocurren en el año 2017, y creo que exageré la prolongación temporal de los acontecimientos. Porque si los hubiera situado en el año 2005 hubieran encajado, más o menos adecuadamente, en la actualidad que nos rodea y nos preocupa. Me daba a mí mismo un margen de quince o veinte años hasta que dichos acontecimientos se reprodujeran. Me equivoqué en mi visión de futuro. Según abundantes noticias de prensa de finales de mayo y estos primeros días de junio, el mal comportamiento de los alumnos (efectivamente, son pocos en cada Centro; pero suficientes para descoyuntar los parámetros de la educación y la dinámica de la enseñanza), el acoso a los compañeros (hasta el punto de provocar el suicidio de alguno de ellos), el desprecio a los profesores (el 25 % del profesorado reconoce ‘sentir’ agresividad en su entorno laboral) y la burla hacia el sistema confieren a estos grupúsculos o grupos, más o menos diferenciados, un poderío increíble, tanto más sorprendente cuanto más impune es su conducta. Así lo narro en La blanca doble y así parece que se desarrollan los hechos actualmente en muchos Centros de enseñanza de España (o de este país, para ser políticamente correcto). Quizás a causa de estos gravísimos acontecimientos el fiscal general del Estado, Cándido Conde Pumpido, ha anunciado «una enérgica respuesta en Derecho al matonismo escolar» y se ha preguntado «cuántos adolescentes tendrán que suicidarse antes de que las autoridades educativas y judiciales reaccionen con energía ante estos hechos». Los casos de violencia y de agresividad escolar son múltiples, algunos graves, otros gravísimos.
Por poner un ejemplo, según leo en el diario La verdad, en la región murciana los profesores están hartos y han realizado paros de 15 minutos en protesta por «la escalada de agresiones en las aulas», y los sindicatos de la región se han manifestado ante la sede del Gobierno Regional para que atienda sus reivindicaciones para paliar la violencia escolar. Más: en la cena final de curso, el padre de un alumno agredió a un profesor porque éste recriminó al chaval que, completamente borracho, estrelló una botella en el suelo (consulta el caso de Lorca, lector receloso). Más: el padre de un alumno al que se había expulsado por su comportamiento violento pateó al director del Centro, y que se jodiera (consulta el caso de Águilas, lector suspicaz). Estos hechos no son del año 2017: son del 27 de mayo del año 2005. De ahora mismo. Además, hay mucho cabrón suelto que se dedica a denunciar falsamente a profesores y directores. Y aunque el juzgado termine por aclarar las cosas, la moral del profesorado acaba por venirse abajo (consulta el caso de Moratalla, lector incrédulo).
En fin, más corre un galgo que un mastín, le dije a mi tío Eufrasio. Pero al fin y al cabo más corre el mastín que el galgo, me contestó.
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año 2005 - 06 junio
LA SEÑORITA
(4-6-2005)
JUAN GARODRI
Me han pasado una fotocopia (no sé de dónde habrá salido, carece de datos identificativos) que habla de la Señorita. La señorita de aquellas escuelas donde los niños permanecían rigurosamente separados de las niñas por razón de sexo.
Resulta curioso: los niños solían anteponer al nombre de pila del señor maestro un “don” rotundo y respetuoso, distintivo del rango social cívicamente enquistado, supongo, fuese el maestro soltero o casado. Las niñas, por el contrario, llamaron siempre a su maestra la Señorita, sobre todo si la señorita era soltera. (En la actualidad, generalizado el uso léxico del hipocorístico, la maestra es la ‘seño’ o, si están en edad próxima a la jubilación, doña Resu o doña Trini, como mucho. Porque la buena educación de los alumnos y alumnas ha instaurado el tuteo y, con frecuencia, la “seño” es tratada de tú con la familiaridad que proporciona la insolencia).
Pues va la cosa de una señorita que pretendía ser maestra en 1923. Desconozco cómo andaría el poder adquisitivo durante aquellos años en los que empezó a circular La femme chic para impulsar la liberación de la mujer, los nuevos tipos de peinado, los vestidos ligeros y casi inconsútiles, los cuerpos estilizados y frágiles, los rostros esplendorosos y pintados. Pero esto era en París. En México, sin embargo, los mejicanos asesinaban a Pancho Villa y en España, ¡ay, España!, el general Primo de Rivera efectuaba ‘su’ Golpe de Estado e instauraba la dictadura militar.
Para desgracia de la Señorita, ella no nació en París sino en España, y no se le ocurre otra cosa, ¡en aquellos tiempos!, que solicitar una plaza de maestra. Así que firmó un “Contrato de maestras” en 1923. Por la cantidad de 75 pesetas al mes durante ocho meses, se comprometía a no casarse, a no andar en compañía de hombres, a estar en su casa desde las ocho de la tarde hasta las seis de la mañana, a no pasearse por las heladerías, a no salir de la ciudad, a no fumar cigarrillos, a no beber cerveza, vino ni whisky, a no viajar en coche con ningún hombre, a no vestir ropas de colores brillantes, a no teñirse el pelo, a usar al menos dos enaguas, a no usar vestidos de más de cinco centímetros por encima de los tobillos, a mantener limpia el aula, a barrer el suelo diariamente, a limpiar la pizarra, a encender el fuego del aula a las siete de la mañana y, finalmente, a no usar polvos faciales, ni maquillarse, ni pintarse los labios. ¿Enternecedor o indignante? ¿Conmovedor o vejatorio? Si la Señorita no cumplía las cláusulas a las que se había comprometido por contrato, éste quedaba automáticamente anulado por el presidente del Consejo de Delegados. Si la señorita lo cumplía, era una buena maestra.
Al atardecer, después de cerrar la puerta de la escuela, la Señorita salía de paseo y se acercaba a la orilla del río a recoger poleos frescos y olorosos para el gazpacho. En las aguas cristalinas y tersas contemplaba su rostro resignado y su belleza le parecía una belleza desperdiciada. Envidiaba las risas de las mozas que jugaban a correr con los mozos entre las tamujas y anhelaba, tal vez, unas manos que la acariciasen, unos brazos que la confortaran, unos ojos que la atrajesen. La Señorita se sentía desconsolada y triste y regresaba a casa a encender el brasero y, a su calor, leer una y otra vez las páginas de “Rojo y Negro” de Sthendal. A ella también le hubiera gustado descerrajarle dos tiros al señor presidente del Consejo de Delegados. Aunque luego hubiera sido ejecutada como lo fue Julián Sorel.
Sin embargo, sabe que al día siguiente va a trabajar sin descanso con sus amados niños para ahogar su pena. Y todo por 75 pesetas mensuales (0’45 céntimos de euro, lector incrédulo).
(4-6-2005)
JUAN GARODRI
Me han pasado una fotocopia (no sé de dónde habrá salido, carece de datos identificativos) que habla de la Señorita. La señorita de aquellas escuelas donde los niños permanecían rigurosamente separados de las niñas por razón de sexo.
Resulta curioso: los niños solían anteponer al nombre de pila del señor maestro un “don” rotundo y respetuoso, distintivo del rango social cívicamente enquistado, supongo, fuese el maestro soltero o casado. Las niñas, por el contrario, llamaron siempre a su maestra la Señorita, sobre todo si la señorita era soltera. (En la actualidad, generalizado el uso léxico del hipocorístico, la maestra es la ‘seño’ o, si están en edad próxima a la jubilación, doña Resu o doña Trini, como mucho. Porque la buena educación de los alumnos y alumnas ha instaurado el tuteo y, con frecuencia, la “seño” es tratada de tú con la familiaridad que proporciona la insolencia).
Pues va la cosa de una señorita que pretendía ser maestra en 1923. Desconozco cómo andaría el poder adquisitivo durante aquellos años en los que empezó a circular La femme chic para impulsar la liberación de la mujer, los nuevos tipos de peinado, los vestidos ligeros y casi inconsútiles, los cuerpos estilizados y frágiles, los rostros esplendorosos y pintados. Pero esto era en París. En México, sin embargo, los mejicanos asesinaban a Pancho Villa y en España, ¡ay, España!, el general Primo de Rivera efectuaba ‘su’ Golpe de Estado e instauraba la dictadura militar.
Para desgracia de la Señorita, ella no nació en París sino en España, y no se le ocurre otra cosa, ¡en aquellos tiempos!, que solicitar una plaza de maestra. Así que firmó un “Contrato de maestras” en 1923. Por la cantidad de 75 pesetas al mes durante ocho meses, se comprometía a no casarse, a no andar en compañía de hombres, a estar en su casa desde las ocho de la tarde hasta las seis de la mañana, a no pasearse por las heladerías, a no salir de la ciudad, a no fumar cigarrillos, a no beber cerveza, vino ni whisky, a no viajar en coche con ningún hombre, a no vestir ropas de colores brillantes, a no teñirse el pelo, a usar al menos dos enaguas, a no usar vestidos de más de cinco centímetros por encima de los tobillos, a mantener limpia el aula, a barrer el suelo diariamente, a limpiar la pizarra, a encender el fuego del aula a las siete de la mañana y, finalmente, a no usar polvos faciales, ni maquillarse, ni pintarse los labios. ¿Enternecedor o indignante? ¿Conmovedor o vejatorio? Si la Señorita no cumplía las cláusulas a las que se había comprometido por contrato, éste quedaba automáticamente anulado por el presidente del Consejo de Delegados. Si la señorita lo cumplía, era una buena maestra.
Al atardecer, después de cerrar la puerta de la escuela, la Señorita salía de paseo y se acercaba a la orilla del río a recoger poleos frescos y olorosos para el gazpacho. En las aguas cristalinas y tersas contemplaba su rostro resignado y su belleza le parecía una belleza desperdiciada. Envidiaba las risas de las mozas que jugaban a correr con los mozos entre las tamujas y anhelaba, tal vez, unas manos que la acariciasen, unos brazos que la confortaran, unos ojos que la atrajesen. La Señorita se sentía desconsolada y triste y regresaba a casa a encender el brasero y, a su calor, leer una y otra vez las páginas de “Rojo y Negro” de Sthendal. A ella también le hubiera gustado descerrajarle dos tiros al señor presidente del Consejo de Delegados. Aunque luego hubiera sido ejecutada como lo fue Julián Sorel.
Sin embargo, sabe que al día siguiente va a trabajar sin descanso con sus amados niños para ahogar su pena. Y todo por 75 pesetas mensuales (0’45 céntimos de euro, lector incrédulo).
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