LA SORPRESA
(26-7-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, pues hay veces en que se te queda la cara del otro lado, suele decirse. De la sorpresa. Se supone que la sorpresa golpea sólo un lado de la cara, el derecho o el izquierdo, según, porque si golpeara ambos lados tendría que ser de manera uniforme y no extemporánea, y en el caso de que así fuera, ya no podría mantenerse la aserción de que te quedas del otro lado. Y uno, la mayoría de las veces, como un bobalicón, sin enterarse de la misa la media, o así.
Pues nada. Vas y te levantas tempranito para aprovechar la fresca y con paso atlético (al que madruga Dios le ayuda) te diriges al quiosco y compras el periódico. Ya se sabe que el sano ejercicio de la lectura desatasca las neuronas, sobre todo si es a hora temprana, y favorece la relación y coordinación mental. De manera que empiezas a hojear las páginas mirando de aquí para allá, brincando por las entradas y entradillas, saltándote los charcos de los anuncios, recorriendo la apresurada información de los encabezamientos, rodeando cuidadosamente más charcos de anuncios, fisgoneando en el mercadeo futbolero, tapándote las narices por lo de los pactos políticos y otras emanaciones, dejando aparte más anuncios, rehuyendo las autoproclamaciones de progresía de los progresistas —más progresía cuanto más sedicentes progresistas—, esquivando las acusaciones recíprocas de malversaciones y otras pequeñeces, eludiendo la maraña maquiavélica de la Bolsa y sus Ibex (un verdadero ejercicio mentalmente gimnástico y matutino, vamos), y de pronto, como un guantazo en plena cara, como si la hubieras puesto a propósito, ¡zas!, la inundación desconcertante de la sorpresa. Una oleada de estupefacción y asombro. Y es que ha sido como una inundación, ya digo. Repentinamente ha desaparecido la letra impresa y el periódico se me ha convertido en una piscina y la noticia ha sido como una aguadilla repentina e insólita que me ha atragantado y me ha hecho saltar reclamando serenidad y oxígeno. ¡Ostras, Pedrín! ¡Ahora resulta que Robin Hood era una tía! (¡Glupp!). Bueno, no propiamente una tía, pero casi.
Qué quieres que te diga. La noticia me ha provocado un cataclismo rememorativo. Es como si alguien, bien provisto del don de la perversidad, hubiera traicionado enfermizamente mi infancia. Mis sueños infantiles recorrían los bosques de Sherwood y se escondían tras los musgosos troncos, ay, para contemplar embelesado las hazañas de Robin que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. (Más bien expoliaba a los nobles y ayudaba a los desheredados y de paso los liberaba de la opresión, fíjate. Lo de ricos y pobres encaja mejor con Diego Corrientes o con Curro Jiménez, de Despeñaperros para abajo, sierra Morena o por ahí). Así que mis sueños infantiles se han chafado y han explotado (¿explosionado tal vez?) y han echo ¡plumm!, con el ruido instantáneo de los envases de bocabits vacíos. Los investigadores británicos no han respetado ni siquiera a la dulce Mariam. Resulta que la adorable Mariam fugazmente besada por Errol Flynn no era más que una evanescencia moralizadora. Una tapadera vergonzante para disimular el amor que Robin Hood sentía por Little John e incluso por el forzudo Will Scarlet, si se terciaba. Me han chafado, ya te digo. Pido a Dios que no nos salga cualquier día un hispanista de alguna universidad inglesa, Cardiff o por ahí, esos ‘enamorados’ de la historia de España que se las saben todas, y nos clave entre las cejas la pavorosa información de que el Guerrero del Antifaz era una doncella, o de que Ana María era el conde de Roca con peluca rubia. Para echarse a llorar. (Según el concepto de perífrasis aspectual incoativa, se te informa del valor indefinido del tiempo y su duración porque conoces cuándo empiezas a llorar pero no sabes cuándo vas a terminar).
Tampoco hay que ponerse absolutamente trágico, me parece, ni pensar que el llanto vaya a ser eterno, como el de una amiga de mi cuñada que todavía sigue llorando, y ya han pasado años, desde que se echó a llorar aquel día de 1968 en que se enteró de lo de Rock Hudson y sus relaciones homoeróticas.
Así que lo de Robin Hood, convertido en una inverosímil Forest Queen de balada medieval, me ha quedado la cara del otro lado. Aunque ya todo es posible porque incluso lo inverosímil, puestas así las cosas, cae dentro de los límites de la verosimilitud. Que a una persona la aplaste un trailer y se incorpore a los cinco minutos, lo pensamos como inverosímil, por imposible. Pero que una apisonadora aplaste a Filemón, lo deje como a un sello de Franco y a la viñeta siguiente se levante como si tal cosa para fastidiar a Mortadelo, lo pensamos como verosímil, por el contexto. Quién sabe, tal vez dentro de la verosimilitud homoerótica, Mortadelo no sea más que un trasunto de doña Urraca, pero sin moño.
En fin, amigo, para actualizar la cosa: lo único que me faltaba sería llegar a conocer algún día la aterradora información de que Nicole Kidman, esa especie de carne trémula como lienzo esplendoroso de rendiciones sensuales, es un tío transexualizado. Voy y me apunto para el primer viaje a Marte.
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viernes, 14 de agosto de 2009
LOS OLORES
(18-7-1999)
JUAN GARODRI
Por más que echo la cabeza hacia atrás y elevo la nariz en gesto levemente oliscante, no llego a apreciar la relación que pueda existir entre el olor y los pactos postelectorales. O tal vez sí. Pero, en fin, estos días se ha llegado a decir que ‘algo huele a podrido’ en muchos Ayuntamientos, tal vez en algunas Diputaciones Provinciales y quizá en algún Parlamento Autonómico.
Se mire como se mire, es muy difícil delimitar los olores. Y aunque la moda disponga de particulares (y singulares) parámetros para clasificarlos, no hay ojo ni olfato que concrete su dimensión. (Desde luego, el ojo se siente incapaz de tan sutil tarea. Imagínate si pudieran visualizarse los olores: el personal saldría de estampida ante la proximidad de algunos para huir de su halo corrompido o, por el contrario, correría presuroso para aproximarse al manantial perfumado de otros).
Como quiera que sea, goza el olor de una atribución positiva o negativa, ya se dijo, según el personal lo relacione con referentes del mundo de la belleza, de la moda o de la política. Y así, el culimajo relucientemente remojado con uno de esos perfumes que irradian masculinidad (a diez o doce mil pelas los 75 ml., no menos) se cree transportado a las alturas de la conquista fácilmente amorosa. Y las culifinas bañadas en fragancias silvestres y marítimas (a quince o dieciséis mil pelas los 50 ml., no menos) se consideran dotadas de un atractivo sexualmente cinematográfico y determinante. Y los politic(astr)os untados con la aceitosa crema de los pactos postelectorales se autoestiman como nimbados con el aroma de una gobernabilidad rezongante y jubilosa. Y el personal que hizo cola ante las urnas, ni se entera.
Bueno, quizá sí se entera, o no. O hace como si no se enterara. Puede que esta indiferencia recidiva se deba al hecho de que los olores (políticos) constituyen un paisaje, más que una costumbre olfativa, y el gentío está tan habituado a ellos que prácticamente los ignora, no por inadvertencia y desconocimiento o por incapacidad para diferenciar unos olores de otros, sino más bien porque la convivencia diaria con ellos los ha transmutado en elementos tan naturales como puedan serlo el sol o el aire, de forma que los olores (políticos) transmigran de un partido a otro como en una ingrávida e insólita metempsícosis olfatoria, y de la misma manera que no se ven aquellos objetos con los que diariamente se convive aunque se echen de menos si llegaran a desaparecer, así el personal no suele advertir, salvo excepción, la constante presencia de los olores (políticos), esa presencia que gravita sobre pactos y componendas.
Y hay quien asegura que todo esto de los pactos se parece lejanamente al saqueo vandálico a que era sometida la población después de la batalla: el personal se refugiaba en el bosque o en la lejanía de las montañas y dejaba al vencedor la posesión de sus enseres (la posesión de los votos), qué remedio. También se parece al reparto de la tarta entre niños maleducados, bien nutridos de empujones y descalificaciones, mientras lanzan pedorretas vindicatorias al perdedor o al que se ha dejado arrebatar la porción de melaza. Y hay más. Hay quien afirma (tal vez hiperbólicamente o resentidamente o anárquicamente) que esto de los pactos se parece al revoloteo persistente y díptero, tal vez asqueroso, de las moscas alrededor de la mierda. De ahí lo del olor. Pero yo creo que exageran.
Hay otra especulación depresiva de los resultados electorales. Es la de aquéllos que consideran los pactos como una reproducción de esos documentales televisivos sobre animales salvajes en que los depredadores (leones, leopardos y así) acosan y derriban una hermosa cebra, por poner un ejemplo, la matan, la descuartizan, se la zampan y, sin demasiados miramientos, se reparten los despojos, si es que sobran, para sobrevivir. Tal acontece —dicen, y ya es tener mala leche— con la depredación democrática: descuartizan las mayorías naturales, se zampan los pactos anti natura como si fuese el asado de Pascua y se reparten, en fin, los intestinos electorales, que son los votos. De esta manera se alimentan y sobreviven democráticamente. Y en esos momentos del eructo digestivo, ¿quién se acuerda de los electores si es la hora inmisericorde de los pactos? ¿En qué se fundamenta el reparto: en la voluntad de la ciudadanía o en el acoso y derribo del contrario? ¿En el bienestar general o en el aprovechamiento carroñero de los despojos?
Lo ha escrito Cándido hace poco. Hay veces en que se pasa «del altar de la urna a la alcantarilla de los pactos». De ahí, tal vez, salgan los olores.
(18-7-1999)
JUAN GARODRI
Por más que echo la cabeza hacia atrás y elevo la nariz en gesto levemente oliscante, no llego a apreciar la relación que pueda existir entre el olor y los pactos postelectorales. O tal vez sí. Pero, en fin, estos días se ha llegado a decir que ‘algo huele a podrido’ en muchos Ayuntamientos, tal vez en algunas Diputaciones Provinciales y quizá en algún Parlamento Autonómico.
Se mire como se mire, es muy difícil delimitar los olores. Y aunque la moda disponga de particulares (y singulares) parámetros para clasificarlos, no hay ojo ni olfato que concrete su dimensión. (Desde luego, el ojo se siente incapaz de tan sutil tarea. Imagínate si pudieran visualizarse los olores: el personal saldría de estampida ante la proximidad de algunos para huir de su halo corrompido o, por el contrario, correría presuroso para aproximarse al manantial perfumado de otros).
Como quiera que sea, goza el olor de una atribución positiva o negativa, ya se dijo, según el personal lo relacione con referentes del mundo de la belleza, de la moda o de la política. Y así, el culimajo relucientemente remojado con uno de esos perfumes que irradian masculinidad (a diez o doce mil pelas los 75 ml., no menos) se cree transportado a las alturas de la conquista fácilmente amorosa. Y las culifinas bañadas en fragancias silvestres y marítimas (a quince o dieciséis mil pelas los 50 ml., no menos) se consideran dotadas de un atractivo sexualmente cinematográfico y determinante. Y los politic(astr)os untados con la aceitosa crema de los pactos postelectorales se autoestiman como nimbados con el aroma de una gobernabilidad rezongante y jubilosa. Y el personal que hizo cola ante las urnas, ni se entera.
Bueno, quizá sí se entera, o no. O hace como si no se enterara. Puede que esta indiferencia recidiva se deba al hecho de que los olores (políticos) constituyen un paisaje, más que una costumbre olfativa, y el gentío está tan habituado a ellos que prácticamente los ignora, no por inadvertencia y desconocimiento o por incapacidad para diferenciar unos olores de otros, sino más bien porque la convivencia diaria con ellos los ha transmutado en elementos tan naturales como puedan serlo el sol o el aire, de forma que los olores (políticos) transmigran de un partido a otro como en una ingrávida e insólita metempsícosis olfatoria, y de la misma manera que no se ven aquellos objetos con los que diariamente se convive aunque se echen de menos si llegaran a desaparecer, así el personal no suele advertir, salvo excepción, la constante presencia de los olores (políticos), esa presencia que gravita sobre pactos y componendas.
Y hay quien asegura que todo esto de los pactos se parece lejanamente al saqueo vandálico a que era sometida la población después de la batalla: el personal se refugiaba en el bosque o en la lejanía de las montañas y dejaba al vencedor la posesión de sus enseres (la posesión de los votos), qué remedio. También se parece al reparto de la tarta entre niños maleducados, bien nutridos de empujones y descalificaciones, mientras lanzan pedorretas vindicatorias al perdedor o al que se ha dejado arrebatar la porción de melaza. Y hay más. Hay quien afirma (tal vez hiperbólicamente o resentidamente o anárquicamente) que esto de los pactos se parece al revoloteo persistente y díptero, tal vez asqueroso, de las moscas alrededor de la mierda. De ahí lo del olor. Pero yo creo que exageran.
Hay otra especulación depresiva de los resultados electorales. Es la de aquéllos que consideran los pactos como una reproducción de esos documentales televisivos sobre animales salvajes en que los depredadores (leones, leopardos y así) acosan y derriban una hermosa cebra, por poner un ejemplo, la matan, la descuartizan, se la zampan y, sin demasiados miramientos, se reparten los despojos, si es que sobran, para sobrevivir. Tal acontece —dicen, y ya es tener mala leche— con la depredación democrática: descuartizan las mayorías naturales, se zampan los pactos anti natura como si fuese el asado de Pascua y se reparten, en fin, los intestinos electorales, que son los votos. De esta manera se alimentan y sobreviven democráticamente. Y en esos momentos del eructo digestivo, ¿quién se acuerda de los electores si es la hora inmisericorde de los pactos? ¿En qué se fundamenta el reparto: en la voluntad de la ciudadanía o en el acoso y derribo del contrario? ¿En el bienestar general o en el aprovechamiento carroñero de los despojos?
Lo ha escrito Cándido hace poco. Hay veces en que se pasa «del altar de la urna a la alcantarilla de los pactos». De ahí, tal vez, salgan los olores.
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año 1999 - 07 julio
OH, EL (DES)USO
(10-7-1999)
JUAN GARODRI
Cuando vas con los amigos a tomar una copa, mismamente los fines de semana, los viernes noche si se tercia, por aquello de distraer la monotonía, y van y te presentan a un tío estupendo que hacía más de doce años, coño, o por ahí, que no se veían, yo es que me echo a temblar, qué quieres que te diga. Y me atenaza una incontrolable sensación de tedio que se carga irremisiblemente las chiribitas de la fiesta. Porque una de dos, o aguantas de varias tacadas el afán de exhaustiva información que el recién incorporado pretende endosarte, o sales de allí pitando con la inútil disculpa de que has olvidado las reservas encima del ordenador. Y como nadie en sus cabales iba a creerte, a más de considerarte raro y esquizoide, no tienes más remedio que elegir la opción primera y vestirte la coraza de la simpatía y soportar las embestidas del pelmazo que, como viene de Madrid, está a lo último de chismes políticos e incluso literarios.
De manera que a la media hora el recién incorporado ya se ha erigido en gallo del gallinero opinante y hasta las mujeres le ríen las gracias culturales y demás hojarasca libresca. Hasta que llega lo del progreso.
Bueno, yo es que cuando un tío se me pone a hablar del progreso es que me cabreo, no puedo remediarlo. Y cuando empieza a perorar sobre la modernidad progresista y dinamizadora de las actuales corrientes de la moda (literaria, estética o educativa) van los pelos del cogote y se me ponen de punta, que es la señal privada de mi enfurecimiento. Así que corto por lo sano, me planto en medio del grupo, elevo la voz y digo que vamos a ver, que es muy fácil, incluso cómodo, atribuir a cualquier actitud la cualidad de progresista, pero que antes de dicha atribución habrá que ponerse a discutir el concepto de progreso. El corte ha sido supremo, compruebo, porque el personal ha enmudecido repentinamente y me miran como si la cabeza me hubiera aumentado hasta adquirir el tamaño de un barril de cerveza.
—Qué quieres decir —preguntan.
—Quiero decir que si alguno de los presentes sabe en qué consiste el concepto de progreso, que lo diga.
Y arrancan poco a poco, como los tractores y las avutardas. Y me entero de que el progreso consiste en la superación de un pasado retrógrado, en la implantación de medidas para una sociedad de futuro y en la adopción de estereotipos independientes y libres. También me dicen que el progreso es igualdad y solidaridad. Eso pueden ser consecuencias meritorias del progreso, contesto. Pero queréis explicarme qué es el progreso, insisto, porque si se desconoce su esencia las consecuencias que se le atribuyen pueden ser tanto buenas como malas. Por ejemplo, la permisividad callejera, la consumopatía irrefrenable, las guerras promovidas por la OTAN para vender y experimentar nuevas armas, pueden ser también consecuencias del progreso pero, evidentemente, no son cualidades positivas.
Llegado a este punto, el pudor social me impide manifestar en alta voz la redondez de palabras que rozan el arcaísmo léxico, vamos que están como si dijéramos en desuso. Son palabras que uno oculta en el interior de la propia vergüenza y que nadie se atreve a utilizar para no caer en el descrédito o en la desconsideración carrozona y casposa del que está más anticuado que los balcones de palo. Estas palabras son ética, educación y respeto. Y si alguna vez te atreves a utilizarlas, pobre de ti, resuenan extrañas y anticuadas como si acabaras de extraerlas del Sebastián de Covarrubias.
En fin, que el personal pretende arrimar el progreso al ascua de su sardina privada. De esta forma se justifica, en aras de la progresía, el concepto de la libertad, por ejemplo, pretendiendo que el ejercicio progresista de la libertad consista en hacer cada uno lo que le dé la gana sin tener en cuenta las libertades del vecino. Y así, se atacan valores antes considerados sólidos (sin pararse a considerar si pueden seguir siendo válidos o no) porque no es progresista el hecho de afirmarlos ahora. No es cuestión de caer en la reducción simplista de la anécdota, pero podrían exponerse muchas. Basta considerar la degradación educativa en los institutos, lenta pero constante, las movidas alcohólicas de los viernes noche y la destrucción sistemática de la estética urbana y la subconsideración de los valores éticos y religiosos. Dicen que el progreso lo permite y que las actitudes contrarias son arcaicas y están en desuso. Así y todo, no me lo creo.
(10-7-1999)
JUAN GARODRI
Cuando vas con los amigos a tomar una copa, mismamente los fines de semana, los viernes noche si se tercia, por aquello de distraer la monotonía, y van y te presentan a un tío estupendo que hacía más de doce años, coño, o por ahí, que no se veían, yo es que me echo a temblar, qué quieres que te diga. Y me atenaza una incontrolable sensación de tedio que se carga irremisiblemente las chiribitas de la fiesta. Porque una de dos, o aguantas de varias tacadas el afán de exhaustiva información que el recién incorporado pretende endosarte, o sales de allí pitando con la inútil disculpa de que has olvidado las reservas encima del ordenador. Y como nadie en sus cabales iba a creerte, a más de considerarte raro y esquizoide, no tienes más remedio que elegir la opción primera y vestirte la coraza de la simpatía y soportar las embestidas del pelmazo que, como viene de Madrid, está a lo último de chismes políticos e incluso literarios.
De manera que a la media hora el recién incorporado ya se ha erigido en gallo del gallinero opinante y hasta las mujeres le ríen las gracias culturales y demás hojarasca libresca. Hasta que llega lo del progreso.
Bueno, yo es que cuando un tío se me pone a hablar del progreso es que me cabreo, no puedo remediarlo. Y cuando empieza a perorar sobre la modernidad progresista y dinamizadora de las actuales corrientes de la moda (literaria, estética o educativa) van los pelos del cogote y se me ponen de punta, que es la señal privada de mi enfurecimiento. Así que corto por lo sano, me planto en medio del grupo, elevo la voz y digo que vamos a ver, que es muy fácil, incluso cómodo, atribuir a cualquier actitud la cualidad de progresista, pero que antes de dicha atribución habrá que ponerse a discutir el concepto de progreso. El corte ha sido supremo, compruebo, porque el personal ha enmudecido repentinamente y me miran como si la cabeza me hubiera aumentado hasta adquirir el tamaño de un barril de cerveza.
—Qué quieres decir —preguntan.
—Quiero decir que si alguno de los presentes sabe en qué consiste el concepto de progreso, que lo diga.
Y arrancan poco a poco, como los tractores y las avutardas. Y me entero de que el progreso consiste en la superación de un pasado retrógrado, en la implantación de medidas para una sociedad de futuro y en la adopción de estereotipos independientes y libres. También me dicen que el progreso es igualdad y solidaridad. Eso pueden ser consecuencias meritorias del progreso, contesto. Pero queréis explicarme qué es el progreso, insisto, porque si se desconoce su esencia las consecuencias que se le atribuyen pueden ser tanto buenas como malas. Por ejemplo, la permisividad callejera, la consumopatía irrefrenable, las guerras promovidas por la OTAN para vender y experimentar nuevas armas, pueden ser también consecuencias del progreso pero, evidentemente, no son cualidades positivas.
Llegado a este punto, el pudor social me impide manifestar en alta voz la redondez de palabras que rozan el arcaísmo léxico, vamos que están como si dijéramos en desuso. Son palabras que uno oculta en el interior de la propia vergüenza y que nadie se atreve a utilizar para no caer en el descrédito o en la desconsideración carrozona y casposa del que está más anticuado que los balcones de palo. Estas palabras son ética, educación y respeto. Y si alguna vez te atreves a utilizarlas, pobre de ti, resuenan extrañas y anticuadas como si acabaras de extraerlas del Sebastián de Covarrubias.
En fin, que el personal pretende arrimar el progreso al ascua de su sardina privada. De esta forma se justifica, en aras de la progresía, el concepto de la libertad, por ejemplo, pretendiendo que el ejercicio progresista de la libertad consista en hacer cada uno lo que le dé la gana sin tener en cuenta las libertades del vecino. Y así, se atacan valores antes considerados sólidos (sin pararse a considerar si pueden seguir siendo válidos o no) porque no es progresista el hecho de afirmarlos ahora. No es cuestión de caer en la reducción simplista de la anécdota, pero podrían exponerse muchas. Basta considerar la degradación educativa en los institutos, lenta pero constante, las movidas alcohólicas de los viernes noche y la destrucción sistemática de la estética urbana y la subconsideración de los valores éticos y religiosos. Dicen que el progreso lo permite y que las actitudes contrarias son arcaicas y están en desuso. Así y todo, no me lo creo.
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año 1999 - 07 julio
AH, LOS KILOS
(4-7-1999)
JUAN GARODRI
Se nos ha echado encima el verano sin advertirlo, de manera que entre la inestabilidad meteorológica, la matraca de las elecciones, el final hipócritamente político del conflicto bélico en los Balcanes y el ascenso del Numancia a la división de honor (omito deliberadamente las mayúsculas), el personal se encuentra de buenas a primeras con que el sol le calienta el colodrillo más de la cuenta y que, de seguir así las cosas, quien más quien menos va a hacer el ridículo en playas y piscinas si airea esa horrorosa blancura epidérmica que pervive debajo de camisas y sujetadores a lo largo del año.
Y no sólo la blancura, qué quieres que te diga. Las abundancias celulíticas ocasionan también estragos vergonzosos en la autoestima del gentío, y hay que ver el apresuramiento acongojado con que la mayoría pretende deshacerse de los kilos, como si los pliegues gelatinosos de la barriga, por ejemplo, o la redondez apelmazada del trasero, constituyeran una de esas vergüenzas ocultables y malditas.
Así que no hay más remedio, amigo. Tienes que hundirte en las aceitosas olas del consumo y adquirir a todo trapo cremas y demás productos embellecedores para conseguir una tez bronceada y un cuerpo de sílfide (o apolíneo, según) si quieres arrancar el ¡oh! admirativo de colegas, vecinas y demás personal de fauna urbana, acosados como andan por la tenacidad obsesiva y algo esquizofrénica de la belleza veraniega.
Así y todo, no acabo de entenderlo, por más vueltas que le doy. ¿Por qué una mujer (o un hombre) que ha conseguido una apariencia broceadamente morena a base de cremas y mejunjes se considera tocada por el don de la belleza? ¿Por qué los mismos, si llega el caso, ocultan sus blancuras epidérmicas con ese sentimiento de indigencia que abochorna y humilla? ¿Por qué los hombres hunden la barriga y estiran los homóplatos en un afán sin duda meritorio, aunque de escaso alcance, de aparecer como un cachas o como un tío macizo? ¿Por qué las mujeres se obstinan ferozmente en derrocar el trono de los glúteos, o la anchura de las pistoleras, para imitar la apariencia etérea que muestran modelos, actrices, cantantes, vividoras y demás gente guapa y culifina? Ah, la belleza.
No es que quiera balancearme en las alturas de la santonería estética. Pero, que yo sepa, la belleza es una abstracción y, como tal, difícil de colocarle límites o de situarla donde a uno/a le apetece. Puede deducirse, en consecuencia, que una cosa (o una persona) no es bella. Una cosa parece bella, según la estructura cognitiva del sujeto que la aprecia. Tal vez sea una obviedad pero, en definitiva, el péndulo estético oscila a uno u otro lado con desconcertante frecuencia, de manera que lo que a uno le parece bello no lo es para otros, o lo que ahora parece bello no lo pareció antes.
Y así, en la Edad Media, la blancura de la piel constituía un signo distintivo de belleza aristocrática hasta el punto de que las venas emergían de la epidermis con la azulada consistencia de los ríos en los mapas de carreteras. De ahí lo de la «sangre azul», ya sabes. Y no digamos en el Barroco. Además de la blancura de la piel, las abundancias celulíticas sacaban a flote los kilos movedizos de sus poseedoras, orgullosas de mostrar una belleza oronda y rotunda. No tienes más que asomarte a cualquier pinacoteca y contemplar la alborozada exuberancia de los desnudos femeninos. Las tres Gracias, por ejemplo, pintadas como servidoras de Venus dentro de un dinamismo unitario y triádico, como en las obras de Rafael, de Correggio o de Rubens. (Digresión. Hoy se conocen más de trescientas Gracias descritas en la suntuosidad consumista del papel cuché, servidoras de la Venus crematística que bendice sus licuescencias fotográficas en revistas y pantallas para admiración e imitación del gentío en general y de culebroneras en particular). Sin ir tan lejos, oí decir a mi abuela que, de moza, era general costumbre salir poco de casa durante las horas de calor, y ni mangas cortas ni nada. Se tapaban el rostro con un pañuelo para conservar la blancura del cutis. Y los domingos se espolvoreaban tenuemente la cara con polvo de arroz para ir al baile. Y que a las flacas y soleadas no las sacaba a bailar ni el comandante de puesto. Otros tiempos.
En fin, amigo, ahora la belleza aparece impuesta en los cuerpos bronceados y en las carnes escurridas. Y la imposición ha venido de lo alto de las grandes empresas multinacionales de cosmética, que son las que mandan. Y el personal creyéndose bello y fino por utilizar sus cremas. Cuarenta y cinco mil millones de pesetas al año el rollo de las cremas bronceadoras. Y las gordas y blancas, como si fueran pobres.
(4-7-1999)
JUAN GARODRI
Se nos ha echado encima el verano sin advertirlo, de manera que entre la inestabilidad meteorológica, la matraca de las elecciones, el final hipócritamente político del conflicto bélico en los Balcanes y el ascenso del Numancia a la división de honor (omito deliberadamente las mayúsculas), el personal se encuentra de buenas a primeras con que el sol le calienta el colodrillo más de la cuenta y que, de seguir así las cosas, quien más quien menos va a hacer el ridículo en playas y piscinas si airea esa horrorosa blancura epidérmica que pervive debajo de camisas y sujetadores a lo largo del año.
Y no sólo la blancura, qué quieres que te diga. Las abundancias celulíticas ocasionan también estragos vergonzosos en la autoestima del gentío, y hay que ver el apresuramiento acongojado con que la mayoría pretende deshacerse de los kilos, como si los pliegues gelatinosos de la barriga, por ejemplo, o la redondez apelmazada del trasero, constituyeran una de esas vergüenzas ocultables y malditas.
Así que no hay más remedio, amigo. Tienes que hundirte en las aceitosas olas del consumo y adquirir a todo trapo cremas y demás productos embellecedores para conseguir una tez bronceada y un cuerpo de sílfide (o apolíneo, según) si quieres arrancar el ¡oh! admirativo de colegas, vecinas y demás personal de fauna urbana, acosados como andan por la tenacidad obsesiva y algo esquizofrénica de la belleza veraniega.
Así y todo, no acabo de entenderlo, por más vueltas que le doy. ¿Por qué una mujer (o un hombre) que ha conseguido una apariencia broceadamente morena a base de cremas y mejunjes se considera tocada por el don de la belleza? ¿Por qué los mismos, si llega el caso, ocultan sus blancuras epidérmicas con ese sentimiento de indigencia que abochorna y humilla? ¿Por qué los hombres hunden la barriga y estiran los homóplatos en un afán sin duda meritorio, aunque de escaso alcance, de aparecer como un cachas o como un tío macizo? ¿Por qué las mujeres se obstinan ferozmente en derrocar el trono de los glúteos, o la anchura de las pistoleras, para imitar la apariencia etérea que muestran modelos, actrices, cantantes, vividoras y demás gente guapa y culifina? Ah, la belleza.
No es que quiera balancearme en las alturas de la santonería estética. Pero, que yo sepa, la belleza es una abstracción y, como tal, difícil de colocarle límites o de situarla donde a uno/a le apetece. Puede deducirse, en consecuencia, que una cosa (o una persona) no es bella. Una cosa parece bella, según la estructura cognitiva del sujeto que la aprecia. Tal vez sea una obviedad pero, en definitiva, el péndulo estético oscila a uno u otro lado con desconcertante frecuencia, de manera que lo que a uno le parece bello no lo es para otros, o lo que ahora parece bello no lo pareció antes.
Y así, en la Edad Media, la blancura de la piel constituía un signo distintivo de belleza aristocrática hasta el punto de que las venas emergían de la epidermis con la azulada consistencia de los ríos en los mapas de carreteras. De ahí lo de la «sangre azul», ya sabes. Y no digamos en el Barroco. Además de la blancura de la piel, las abundancias celulíticas sacaban a flote los kilos movedizos de sus poseedoras, orgullosas de mostrar una belleza oronda y rotunda. No tienes más que asomarte a cualquier pinacoteca y contemplar la alborozada exuberancia de los desnudos femeninos. Las tres Gracias, por ejemplo, pintadas como servidoras de Venus dentro de un dinamismo unitario y triádico, como en las obras de Rafael, de Correggio o de Rubens. (Digresión. Hoy se conocen más de trescientas Gracias descritas en la suntuosidad consumista del papel cuché, servidoras de la Venus crematística que bendice sus licuescencias fotográficas en revistas y pantallas para admiración e imitación del gentío en general y de culebroneras en particular). Sin ir tan lejos, oí decir a mi abuela que, de moza, era general costumbre salir poco de casa durante las horas de calor, y ni mangas cortas ni nada. Se tapaban el rostro con un pañuelo para conservar la blancura del cutis. Y los domingos se espolvoreaban tenuemente la cara con polvo de arroz para ir al baile. Y que a las flacas y soleadas no las sacaba a bailar ni el comandante de puesto. Otros tiempos.
En fin, amigo, ahora la belleza aparece impuesta en los cuerpos bronceados y en las carnes escurridas. Y la imposición ha venido de lo alto de las grandes empresas multinacionales de cosmética, que son las que mandan. Y el personal creyéndose bello y fino por utilizar sus cremas. Cuarenta y cinco mil millones de pesetas al año el rollo de las cremas bronceadoras. Y las gordas y blancas, como si fueran pobres.
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año 1999 - 07 julio
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