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lunes, 12 de octubre de 2009

EL CAFÉ
(29-2-2004)
JUAN GARODRI


Café, copa y puro. Constituían la tríada perfecta. Componían la santísima trinidad de los acontecimientos familiares, pongamos bodas, bautizos y cumpleaños. Establecían la tricromía visual de los anuncios taurinos. Formaban el nacimiento trillizo de la amistad y de la relación socialmente afectuosa. Pues nada. El puro ha pasado a mejor vida: quien lleva un puro en la boca es como si llevase descaradamente la manifestación indecorosa del cáncer. La copa está pasando a mejor vida, porque la vida de los bares de copas supone, en opinión de los íntegros, un reducto de degeneración y francachela en el que se alcanza, si acaso, la posesión de la desventura, esa abstracción quiróptera que aletea a las cinco de la madrugada. Es preferible copearse en círculos amistosos y domiciliarios.
También quieren quedarnos sin café. Los vigilantes de la playa mundial se han vestido de largo, el largo del luto y de la melancolía, y aseguran que el café es muy peligroso porque crea adicción. Estos dietéticos del Reino Unido no paran. No dicen nada del té, tan apropiado para la ceremonia y la narrativa, sobre todo si se trata del té de las cinco. Pero quieren cargarse el café. ¿Qué va a hacer el personal trabajador y administrativo si le privan del café? ¿A dónde dirigir sus pasos entre nueve y once de la mañana si dan la escapadita al bar y encuentran sellada la máquina del café? El personal clínico y sanitario, médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, auxiliares y celadores y celadoras, ¿qué harán cuando llegue el día infausto en que no puedan exprimir una gota de las cafeteras comunes, tan familiares en los reservados de los pasillos hospitalarios? El café crea adicción. Peligrosísimo. Esos científicos que de vez en cuando asoman la cabeza entre las páginas de revistas especializadas, aseguran que el café puede llegar a convertir a cualquiera en un ser digno de lástima, consumido por la cafeína, aletargado en un centro de rehabilitación para toxicómanos.
La vida se volverá triste y vacía sin la emergencia eufórica del café. Sin el café, los gobernantes se dedicarán a mandar (actividad completamente distinta a la de gobernar) y a encargar encuestas de adicción. Estoy seguro de que todos los adictos a la telefonía móvil (verdadera adicción contra la que nadie se mete, miles, millones de aparatitos móviles que generan miles, millones de euros diarios, bravo, que el gentío se aficione a los mensajes de móvil, que el personal se convierta en toxicómano, ya lo es, de tonos, de superbromas, de buzones, de nombrescolor, de besos, de graffitis, de estrellas de la fama, de logoligas, de regalosdp siete, de sonoclips, de poemas de amor y de corazones multicoloreados, una enjundiosa drogadicción al ocio movil), estoy seguro, te decía, de que los adictos a la telefonía móvil no lo serían si disfrutasen charlando alrededor de una taza de café. Pero los gobernantes no consideran peligroso el enganche al móvil porque esta adicción no genera gastos a la seguridad social. Al contrario, genera millones de ingresos a las grandes compañías, lo que hace que suba el PIB y se extienda la apariencia de que todo va bien. Sin embargo, el móvil no tiene sabor. Tiene sonido y color, pero carece de olor y, sobre todo, de sabor. Los estudiosos de la alimentación aseguran que en este siglo habrá a nuestra disposición en torno a 250 sabores que, aunque desconocidos previamente, podrían formar parte de nuestra dieta. Puede que sea así, nunca se sabe. Pero por mucho que aparezca el AMP (adenosina monofosfato), bloqueante de los sabores amargos, jamás el paladar humano podrá olvidar el regusto acibarado del café. Los medios de comunicación aseguran que la vivienda nueva ha subido un 19 por ciento, la mayor alza en 15 años. Sin embargo esa subida no es tan importante como la adicción al café, porque el Gobierno, tan ciego de consumo y de hipotecas, prefiere un fácil y engañoso bienestar económico al bienestar fisiológico del café.
Alrededor de un café humeante, seguro que no se han sentado los artífices del proyecto de centro de arte contemporáneo de Gijón. Me refiero al epitafio que le han colgado: «Centro de Arte Actual y Creación Industrial La Laboral». Al rededor de un café no se ensucia un rótulo con tal abominación de mayúsculas. Bajo la aromática estela del café no se enhila una cacofonía tan horrendamente rematada con el sufijo -al. Probablemente Andrés Trapiello saborea una taza de café cuando duda, se sumerge en el recelo y la desconfianza ante «determinadas novedades literarias o artísticas de moda, la última mierda comprada con dinero público para un museo, el último montaje ‘deconstruido’ de una ópera de Mozart o la vitola de ciertos éxitos de ‘prestige’ literarios».
¿Qué vamos a hacer sin la olorosa esencia del café? Nuestros hijos, nuestros nietos quedarán reducidos a fría sustancia cibernética, aterida de hombre cerebral y riguroso. Si 100 attosegundos durasen lo mismo que un segundo, un minuto equivaldría a 14.000 millones de años, la edad calculada para el universo. Refocilaciones así constituirán el aséptico sustituto del café dentro de 40 años. No somos nadie.
LO DEL TABACO
(22-2-2004)
JUAN GARODRI


La Comunidad Económica Europea (tan económica y tan poco europea) se empeña en retirar las ayudas a la agricultura y al campo extremeños. ¿Qué van a hacer los tabaqueros si dentro de pocos años no pueden producir tabaco? La famosa campaña antitabaco que comenzó en Estados Unidos hace un lustro, magnificada por el ‘caso Winston’ en el que las tabaqueras norteamericanas tuvieron que indemnizar al sistema sanitario con cerca de treinta billones de pesetas, se ha extendido por Europa con una virulencia, a mi parecer, exagerada. No porque los efectos nocivos del tabaco no la merezcan, sino porque se centra en el tabaco un temor al gasto de la sanidad pública que no se concede al alcohol o a las armas. El tabaco mata. Pero también mata el alcohol y, desde luego, también matan, mucho más, las armas. Es incongruente, por no decir perverso, que un adolescente norteamericano pueda disparar un fusil y no pueda fumarse un cigarrillo.
La otra noche me permití una excepción: me senté frente al televisor a contemplar el episodio de una serie que, según dicen, está muy bien, bueno, es que te cagas con el Resines y con su hermano el feo (Jesús Bonilla) y con el amigo (Antonio Molero), ese que hace de mecánico, Fiti creo que se llama, y luego es que alucinas con el pan reciente de Elsa Pataky, que tiene más de ninfa Egeria que de profesora, y con la suave ensoñación de Verónica Sánchez, que tiene más de Helena que de alumna, porque da origen a una guerra de Troya doméstica y adolescente. Pues bien, nadie fuma. Conscientes, supongo, de que el tabaco mata, director, productor y guionistas no permiten que aparezca ante las cámaras una voluta de humo. Perfecto. Sin embargo, beben alcohol. Una amiga de Verónica, nueva en el colegio, la incita a beber (tienen 17 años): con el colocón olvidará las penas amorosas. Y Verónica se agarra aquella noche un cogorzón impresionante. Así llega a casa y da pie a que su hermanastro y su amigo la engañen al día siguiente presumiendo de que se la han beneficiado. Todo muy ejemplarizante, muy en la línea de lo in, y muy progre. Tabaco no. Alcohol sí. Ahora, eso sí, por exigencias del guión, que si no, ni alcohol ni nada.
Resulta cuando menos chocante, por no decir extraño e impropio, que no se mida con el mismo rasero al alcohol y al tabaco. Al parecer, se atribuye al tabaco la causa de las enfermedades más peligrosas y, como consecuencia, la muerte de quien las padece (y el coste de cientos de millones a la sanidad pública). Se airea la peligrosidad que el tabaco supone para la salud. Las autoridades públicas y los gobiernos europeos y americanos (del Norte) han echado la carne en el asador de la maldición tabaquera. Sin embargo, la denuncia del alcohol como elemento de extrema peligrosidad es más reducida. No es justa, es decir, no es equilibrada ni ecuánime, quizá ni siquiera sea imparcial, la feroz campaña desatada contra el tabaco, mientras se queda en simple campaña encogida y difusa la desatada contra el alcohol, si es que se ha desatado, que no.
El informe que la sección ‘Vivir’ (HOY, 14-2-04) dedica al consumo de alcohol por parte de la juventud es tremendo y preocupante. «El 55,1 % de los estudiantes de Secundaria declara ser bebedor habitual». No se trata de un dos o un tres o un cinco por ciento de los estudiantes de Secundaria; se trata de un 55,1 %, más de la mitad de los estudiantes. Si todos esos jóvenes, en edades comprendidas entre los 14 y los 18 o 19 años, son ya ‘bebedores habituales’, que alguien me diga qué van a ser cuando cumplan los 25 o los 30, y durante el resto de su vida. Y los efectos nocivos que el alcohol produce en la salud son gravísimos, tan graves, o más, que los del tabaco. Leo los siguientes: «coma etílico, problemas cardiovasculares, polineuritis (inflamación de los nervios), pancreatitis, cáncer de estómago, de garganta, de laringe y de esófago, y úlcera gástrica, entre otras enfermedades». A estos desastres fisiológicos hay que añadir los efectos mortales de quien conduce bajo los efectos del alcohol. Durante el fin de semana, el 18 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 25 años reconoce haber conducido bajo los efectos del alcohol, o sea, borrachos perdidos. Pueden matarse ellos y matar a otros. De hecho, ¿cuántos jóvenes borrachos no han perdido la vida de entre los 4.000 muertos que se quedaron en las cunetas de las carreteras españolas durante el 2003?. El consumidor de tabaco, sin embargo, se mata a sí mismo, y a la larga, pero no mata a los demás. Pienso que cada botella de licor, de whisqui, de coñac, de ginebra, de ron, de vino, de cerveza, de lo que sea, debería llevar adherida una pegatina similar a la que muestran los paquetes de cigarrillos: «El alcohol mata. Las autoridades sanitarias advierten de que el consumo de alcohol perjudica gravemente su salud». O así.
¿Por qué los que manipulan el mundo mundial admiten que el tabaco mata y no admiten que las armas matan aún más? Por qué se empeñan en hundir el negocio del tabaco y no actúan de igual manera con el negocio de las armas? ¿No será que la desaparición de las plantaciones de tabaco perjudicaría sólo a los agricultores (que se vayan a la mierda pequeños y medianos agricultores) mientras que la desaparición de las fábricas de armamento arruinaría alarmantemente la cotización del dólar y la del euro? Ay amigo, el negocio de las armas es algo importantísimo para venderlas a los países pobres, después de haber provocado en ellos la guerra, para que se destruyan entre sí, o para aprovechar las riquezas naturales (petróleo, por ejemplo) que esos infortunados países poseen. ¿O es que todavía van a hacernos creer que la guerra de Irak fue para descubrir las armas de destrucción masiva que escondía Sadam?
Mientras no hagan desaparecer las armas, que matan y enriquecen obscenamente a las superpotencias, mientras no hagan desaparecer el alcohol, que mata y enriquece cínicamente a las destilerías y distribuidores (y a las arcas del Estado con la subida incesante de impuestos), mientras no ocurra todo eso, a mí que no me hablen del tabaco que mata, sí, pero cuya desaparición hundirá en la miseria a miles de agricultores extremeños. Como colofón gnómico, podría aplicarse el dicho de mi tío Eufrasio referente a los temas arriba comentados: Esto de tabaco no y armas y alcohol sí, está mal organizado porque los tres temas deberían gozar de igual maldición por parte de los que mandan; en caso contrario puede ocurrir que «aquí o nos calentamos todos o se le pega una patada al brasero».
IDEOLOGÍAS
(15-2-2004)
JUAN GARODRI


Eran las 21 horas y 43 minutos del día 11 de febrero de 2004. El árbitro Iturralde González cometió una acción insólita y execrable: expulsó del terreno de juego a Zinedine Zidane por propinar un blandengue soplamocos a Pablo Alfaro. En aquel preciso instante, toda España se puso a discutir apasionadamente la licitud o ilicitud de la decisión arbitral. El Sevilla ganaba 1-0 y las consecuencias podían convertirse en trágicamente irreparables para el Real Madrid. El bar se convirtió, pues, en una olla de grillos. Yo consumía mi cerveza junto a la barra y me dirigí a uno de los vociferantes, «Que si tienes ideología», le pregunté, «¿Cómo?», se sorprendió irritado, «Que si tienes ideas fundamentales, o sea, ideología», respondí, «¿Tú estás sonado o qué?», me dijo. Y añadió, «Mira con lo que me sale el tío éste, lo que es a mí ya pueden irse a tomar por saco todas las ideologías del mundo, que a mí con que se clasifique el Madrid me basta y me sobra». Ideologías.
Se ha hablado del ocaso de las ideologías. Es más, hay quien asegura que las ideologías han muerto. Como al «Dios ha muerto» estampado en el umbral de la filosofía de Nietzsche, quizá también podría dedicarse un rótulo mortuorio a las portadas de los manuales que pretenden explicar las ideologías.
Los expertos en definiciones aseguran que la «ideología es un conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político, etc».(DRAE). Lo que habría que averiguar es cuál es ese conjunto de ideas fundamentales y, fuera del conjunto, cuáles son esas ideas fundamentales. Por otra parte, habría que considerar si las ideas fundamentales le sobrevienen a la persona desde fuera, impuestas por el poder, o surgen en su interior como producto de su propia libertad. Ideas fundamentales. (Qué esplendoroso se manifiesta a veces el poder de las palabras! Lo patético de todo este intrincado asunto está en que, según dicen, el mundo se rige por un conjunto de ideas fundamentales que la mayoría desconoce y que la minoría no acepta.
El personal actúa, esto es incuestionable, impulsado por ideas. Cuando la gente (individualizada en yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos, ellas) actúa, lo hace por algo. Ese ‘algo’ es la causa de su actuación, es su idea, fundamental o no. Y así, cuando un imbécil (usted comprende, uno de esos tragavientos con la pinza floja que va perdiendo aceite mental cada dos pasos) comete una gilipollez tipo conducir en sentido contrario al de la marcha y mata a cuatro personas que viajan tan tranquilas para pasar las vacaciones en el pueblo, uno va y se pregunta: )actúa el imbécil conforme a alguna idea de las llamadas fundamentales o, al contrario, lo hace porque no conoce o no reconoce o no le sale de la pera admitir las ideas fundamentales? )Qué ideología o conjunto de ideas fundamentales sirve de combustible al bólido descerebrado del infractor? Y así, cuando un hijo de puta maltrata a la mujer a la que tal vez amó, esa con la que hizo planes de cariño y de futuro, esa con la que tantas veces tal vez alimentó la cercanía del afecto, cuando un hijo de puta, repito, degüella a la mujer con la que comparte el lecho, o la acuchilla salvajemente, o la tira por la ventana de un sexto piso, o la golpea hasta desfigurarle el rostro, o la apalea hasta romperle los huesos, cuando un hijo de puta, repito, comete esas acciones execrables, )acaso lo hace impulsado por alguna idea fundamental? )Acaso el hijo de puta actúa condicionado por alguna ideología? (Paréntesis permisivo: ante la excandecencia expositiva, sepan quienes este artículo leyeren, mayormente los lectores desavisados, que los términos ‘gilipollez’ e ‘hijo de puta’ se encuentran registrados en el maternal diccionario de la lengua española y que, en consecuencia, son académicamente correctos).
Suele ocurrir también que hay quien mantiene viva la ideología, aunque haya muerto, tal como se mantiene viva a la bisabuela, aunque no haya muerto, y se proclama por todas partes que uno lucha por sus ideas, disfrazadas frecuentemente con el interesante nombre de ‘ideales’, y que estaría dispuesto a todo por defenderlos. Subyace aquí una actitud defensiva, la actitud de quien repele un ataque, que no tendría por qué referirse a los ideales, porque las ideas fundamentales o ideología deben ser adoptadas libremente sin necesidad de imposición alguna, y si tienen que defenderse es porque alguien las ataca, y si alguien las ataca y se opone a ellas es porque no las acepta o porque le han sido impuestas de alguna manera por el impositor de turno.
Otro aspecto de las ideologías, digno de tener en cuenta, es el de su simulado cumplimiento. A ver cómo lleva a cabo la observancia de los valores morales que exige su ideología el cura de Peñarroya-Pueblonuevo, después (o antes) de babosear sexualmente a las niñas aprovechando su ejercicio ministerial. A ver cómo exaltan la defensa de la ideología patriótica y salvaguardan los valores morales del honor y lealtad a la bandera los siete guardias civiles que ayudaban, para lucrarse corruptamente, a una red de tráfico de hachís. A ver cómo desarrolla su ideología el político o el constructor o el banquero o el sindicalista que aprovecha su condición en el cargo para hinchar el bolsillo con el fuelle del aire crematístico. O todos esos figurones artísticos en estado permanente de shock talentoso traicionando con su modelo de vida la ideología de la que presumen. Y las subvenciones.
La candente actualidad, caracterizada por una ausencia estremecedora de ideales y por una carencia casi absoluta de valores, está expuesta a la despersonalización y a la nada. No sé si habrá que concluir, pesimistamente, que la ideología es una coraza, más bien un baluarte, que los conductores de masas desarrollan para enmascarar las contradicciones y para defenderse ante la historia.
SOBRE EL PODER
(8-2-2004)
JUAN GARODRI


Por una vez, y sin que sirva de precedente, que se dice, voy a empezar mi comecocos semanal con una cita parecida a las que utiliza la prosa eticoide de Paulo Coelho, moralina fastidiosamente bobalicona y huera que el maestro ciego dirigía al pequeño saltamontes en aquello del Kung Fú. La cita es la siguiente: «Un oráculo délfico dijo en cierta ocasión a Creso, rey de Lidia, que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino. Sólo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, después de cruzar el río fue cuando se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era su propio reino». Así que la ambición de poder le empujó a cruzar la frontera para someter a los persas. Pero Ciro le derrotó y el reino lidio se derrumbó rápidamente, cayendo bajo la dominación persa. Y Creso se quedó sin poder y a verlas venir, según la historia.
El poder. ¿Qué oscuro y desconocido impulso germina en el interior de la persona hasta el punto de arrastrarla, aunque sea conflictivamente, a conseguirlo? ¿De qué lóbrego, recóndito agujero les sube a algunos el ansia incontrolada de poseerlo? Se menciona la palabra poder e inmediatamente se piensa en el poder político. Y no es eso. Quiero referirme a la riada turbulenta que irrumpe de vez en cuando dentro de todos y cada uno de los seres humanos y los empuja hacia el poder. Puede tratarse de un poder utópico para conseguir una sociedad utópica. Ahí están los falansterios de Charles Fourier y sus intentos de transformar la sociedad a base de asociaciones de trabajadores para liberarse del poder capitalista. O Etienne Cabet, que escribe su Viaje a Icaria para demostrar que la propiedad privada, el dinero y el trabajo pueden ser perfectamente planificados por la sociedad. Sin embargo, ni Fourier ni Cabet llegaron muy lejos. Su ideal de igualdad, sin sometimiento a poder alguno, fue ridiculizado por Engels, que les colocó el sambenito de «socialistas utópicos». ¿Y todo por qué? Porque pretendían eliminar el poder y establecer una sociedad igualitaria en la que nadie fuese más que otro. Utopía. Imposibilidad práctica de llevar a efecto las buenas intenciones por descontextualizar las acciones externas de los sentimientos interiores. En lo más profundo y oscuro del ser humano asoma el poder su cabeza de víbora.
El poder. No se trata de dinero. El dinero vale para poco si quien lo posee lo acumula para gastarlo en el Corte inglés. Lo tienen todo, dice el gentío alucinado ante el destello deslumbrante de los millones. No lo tienen todo. Acumulan millones para conseguir poder. O para ampliar el poder. O para influir en el poder. O para manipular a quienes ostentan, o detentan, quién sabe, otra clase de poder. El poder político. Nadie sabe qué turbios impulsos se encienden en el interior de las personas para ‘meterse’ a políticos. ¿El unte? No lo creo. Es el poder, es el sentimiento incontrolado de percibir que los demás giran a su alrededor, que pueden decidir sobre la hacienda de los demás, que pueden permitirles construir una casa o exigirles que derriben el alero de una esquina. Que pueden conceder subvenciones y colocar delante de un ordenador al sobrino de una prima de su cuñado. El poder también inaugura carreteras, pone primeras piedras y sale en la foto.
A nivel nacional, el poder se especifica a través de promesas. Sólo el que puede (el que tiene poder) se siente capacitado para prometer que solucionará los problemas del gentío. Es increíble. Las promesas de restauración política, de regeneración política, de renovación política, azotan diariamente los tejados de la ciudadanía dispersas (las promesas) en medio de una lluvia impresa y televisualmente informativa. Cada político se ha convertido en un arcón tesaurizado: nada más abrir la tapa, salta la promesa echando leches, a punto de golpear el ojo de la credibilidad. Es el signo del poder. La palabrería promisoria irrumpe lenta e ininterrumpidamente con la pretensión de un engaño contradictorio. Todo el mundo sabe que los actuales problemas sin solución son idénticos a los de hace cuatro años, con la diferencia de una ucronía doméstica. Todo el mundo piensa que si antes no se solucionaron, ahora probablemente tampoco. Sin embargo, el poder promete. El poder, ajeno al ridículo verbal, promete a destajo, sin parar mientes en que una cosa es predicar y otra dar trigo.
Para manifestar poder, las cadenas de televisión públicas no dejan de magnificar el poder de Aznar, el poderío aznarí que se esparce como nube de polvo del desierto de Irak, Aznar que discursea españoladamente en el Congreso de los iunaitestéis ante una cincuentena de congresistas, Aznar que manifiesta desdeñosamente su poder abandonando el poder. Ahí queda eso. Es una patada despectiva en las ansiedades de quienes pretenden alzarse con el poder.
A nivel regional es otra cosa. El señor Rodríguez Ibarra anda ya aburrido de poder. La prueba de ello está en que varias veces ha anunciado su retirada. Lástima que las bases lo requieran y lo voten eso, masivamente, en cada convocatoria de elecciones que si no, lo que es por él, ya lo había dejado. El poder en Extremadura no interesa. Lo democráticamente pragmático consiste en constituirse en oposición seria y responsable: es preferible que Ibarra reviente de poder. (La raposa daba saltos para conseguir el racimo de uvas, según Esopo, y optó por alejarse, autoconvenciéndose de que no estaban maduras).
A nivel local, el poder es un pisto en el que los comensales del consistorio creen ver en cada trozo de tomate, de pepino, de lechuga, de pimiento, de cebolla y de huevo duro, un fragmento de poder. Y se lo disputan con la madurez psicológica de los próceres.
A nivel individual, el cretino se aferra al poder como una lapa. Qué otra cosa es el caso del alcalde de Toques que desoye al PP y dice que seguirá en el cargo, dispuesto a entregar su sangre por el municipio. Ya es un chiste malo que denuncien a un regidor por acoso sexual a una menor y el denunciado sea alcalde de Toques. Y todos tan contentos en el salón de Plenos municipal, aplaudiendo a rabiar al de Toques y arreando contra las cámaras de prensa. La individualidad absorbida por el poder. (Hay que tener en cuenta que hoy día la individualidad está amenazada por una conformidad muy extendida).
En la calle, el ciudadano habla y comenta. No mucho, la verdad. De política se habla poco. El personal prefiere hablar de temas cercanos, esos que le congelan el aliento diario.
EL PLEONASMO Y LA ABERTURA DE BOCA
(1-2-2004)
JUAN GARODRI


Leí una entrevista que hicieron no hace mucho a Rosa Montero. La autora de La hija del caníbal se expresaba, creo recordar, con la soltura que dan los años a quien publica en periódicos, revistas y editoriales, esa contundencia que la caracteriza, falsamente candorosa, de que no hay quien le tosa a la hora de largar. «No hay castigo más penoso para un escritor que copiarse a sí mismo», dijo la autora entre otras cosas interesantísimas. Rosa Montero es intelectual de izquierdas. Y cuando un intelectual de izquierdas coloca una rotonda en una entrevista, los demás tienen que asentir en silencio, la cabeza baja, mirando las ranuras de las baldosas, dándoles golpecitos con la puntera de las zapatillas, girar en el sentido de la ruta y a callar.
Así que no puedo copiarme. Y mira que el tema de hoy corre parejo con el de la semana pasada: ya saben, esas cosas que dejan a uno con la boca abierta. Porque si en lugar de citar a Rosa Montero va uno y se pone en plan listo y cita a don Gabriel, García Márquez para los literatos, Gabo para los íntimos, bueno, es que entonces a la intelectualidad de izquierdas se le afloja el culo con la suavidad de un calisay mental.
En realidad, no sé a qué viene todo esto porque a mí no me gusta el calisay. En realidad, es una bobada hablar de intelectualidad de izquierdas —toda redundancia es una bobada— porque si se es de izquierdas se es intelectual. O concretando, cualquier intelectual, si quiere serlo, tiene que ser de izquierdas.
Es como la redundancia de las ‘antiguas pesetas’, sintagma socializado que el locutor o presentador televisivo nos coloca de vez en cuando, enterada e intelectualmente, para descifrar una cantidad expresada en euros. (Si se trata de Alfredo Urdaci, no. Lo que dice Urdaci no lo dice intelectualmente). Y así como las pesetas son pesetas siempre, ni antiguas ni modernas, y es suficiente para el significado de la frase decir solamente pesetas, así también los intelectuales siempre son de izquierdas, ni de centro ni mucho menos de derechas, y es suficiente para el sentido del término utilizar simplemente el de intelectuales. Lo demás son redundancias innecesarias, como toda redundancia. Lo demás constituye algo así como un pleonasmo vicioso, según Lázaro Carreter.
¿Intelectual?. Creo que me he perdido. Ah, sí. Hablaba de que intentaré no repetirme, o copiarme, que hace feo. Aunque confieso que me resulta difícil porque la boca tiende muscularmente a quedárseme otra vez abierta, muy abierta.
Un pleonasmo, no sé si vicioso, es el libro que acaba de publicarse en el que se desvela la obsesión de García Márquez por el poder. ¡Qué fuerte!. Y ahí me tienes con la boca abierta. (Paréntesis permisivo: añadir que están los dos monísimos en la foto que acompaña la reseña de prensa, Gabo y Fidel, con sus pantaloncitos cortos, afectuosa y lateralmente abrazados). La gran amistad que une a Fidel con Gabo se asienta en una elongación de muchos años. Si la elongación es la distancia angular de un astro al Sol con relación a la Tierra, cabría preguntarse, en el caso que nos ocupa, quién es el astro, quién es sol. Lo aparente sería pensar que el astro es García Márquez y el sol Fidel Castro. Uno es el escritor, el literato, el intelectual; otro es el político, el jefe, el amo. Y así como el astro tiende a dirigirse al sol, el literato, en este caso, tiende a dirigirse al político poderoso. Pues no. Resulta que no. Resulta que es al revés. El sol busca al astro. Al parecer, Fidel gira alrededor de Gabriel. Gabriel está obsesionado por el poder y, ladinamente, no acepta ni mucho menos ostenta ningún cargo, pero se las apaña para manejar en la sombra a Fidel y mover los hilos de sus estrategias políticas desde los pasillos de la Escuela de Cine de San Antonio de Baños. Estas actitudes de Gabriel no tienen nada que ver con el aspecto literario sino con la frustración del pobre. Debido a que Gabriel fue pobre en su infancia, pero pobre pobre, está fascinado por la posesión del poder, posesión personalizada en Fidel. Y no es el primero. Con el panameño Omar Torrijos ya intentó otro tanto, pero sin éxito. La boca abierta de intelectualidad esplendorosa.
Un pleonasmo redundante, o sea, vicioso, es la jitanjáfora política que la ciudadanía soporta un día tras otro. Los medios de comunicación no se cansan de mostrar el rostro del señor Carod-Rovira, un rostro sonriente, rostro de triunfador de la demagogia, rostro del tendero orondo y satisfecho que pregona una mercancía que le rinde sus buenas ganancias. Parece imposible que un rostro tan risueño, un bigote y unos ojos bonachones y cercanos, tengan esa capacidad tan profunda de desprecio e ignominia. El odio a España no se le nota en los ojos ni en el bigote, por eso lo expresa con palabras. «Somos la única izquierda catalana que no se arrodilla ante Madrid». Quizá por esa actitud negativamente genuflexa prefiere que las víctimas caigan fuera de su predio tripartito. ¿Será intelectual Carod-Rovira? En la metonimia de ‘no arrodillarse’ aparecen esplendorosos los gritos nostálgicamente revolucionarios del ¡no pasarán! ¡Viva Cataluña libre!. «¿Libre?» Me dijo ayer mi tío Eufrasio.«¿Y quién tendrá esclavizada a Cataluña? No lo sabía». En la metonimia de ‘ante Madrid’ aparece envenenado el resentimiento hacia los españoles. Puede que el señor Carod se arrodille ante otros, él sabrá ante quiénes, pero jamás se arrodillará ante Madrid que es la sinécdoque de España.
El pleonasmo espérpentico de la situación queda chicas las páginas de Luces de Bohemia. Por una parte, Zapatero exige a la Fiscalía del Estado que investigue el uso electoral que el Gobierno ha hecho del CNI y que aclare la actuación de Carod-Rovira al reunirse con ETA. Por otra, ERC pide al fiscal jefe del TSJC que investigue las razones por las que todo el mundo se atreve contra ellos. Finalmente, Cardenal anuncia diligencias sobre la reunión entre ETA y Carod-Rovira. Mientras tanto, el personal asiste al circo con la boca totalmente abierta.
Existen pleonasmos diferentes. La redundancia expresiva de los rostros marca diferencias redundantes. Mientras el rostro de Carod-Rovira se muestra sonriente y triunfador, él sabrá por qué, el rostro de Rodríguez Zapatero muestra una seriedad tristísima, esa que anuncia la alerta de las Comunidades en situaciones de riesgo por tormentas, al tiempo que el gesto del señor Maragall muestra un rostro de conserje, ese al que le han escondido las llaves. Por otro lado, mientras el rostro de Carod-Rovira muestra la redundancia pretenciosa del no acojonamiento ante el PP, el rostro de Aznar expresa una seriedad funeraria, el entrecejo fúnebre del que nunca ríe para que no se le empinen los pelos del bigote.
Son actitudes y gestos que dejan a la ciudadanía con la boca abierta y desencajada, aunque la redundancia pleonástica sea inapropiadamente abundante y huela a cieno.