LA NÁUSEA
(24-12-1998)
JUAN GARODRI
Tal vez lo hayan dicho muchos. Vamos, con seguridad que lo han dicho. Tal vez lo hayas escuchado estos días. O lo hayas leído. Pero no me reprimo y yo también voy a decirlo, porque no aguanto las arcadas que me revuelven las tripas, no soporto ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco.
Y aunque Antoine Roquetin ya expresó como nadie el concepto metafísico que le provocaba la náusea aplicada a los seres y las cosas carentes de necesidad lógica, voy a insistir en ello, trasladando mi náusea a las malolientes defecaciones políticas de un tal William Jefferson Clinton (a riesgo de sufrir la reprimenda de TRN, a quien prometí no escribir sobre política).
Y así, qué quieres que te diga, la náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo y libre.
No es para menos. El ataque a Irak está siendo retransmitido en directo por todas las cadenas del mundo con la frialdad informativa de que suelen hacer gala los profesionales del medio. Y lo reiteran y lo repiten y lo recalcan y lo reproducen con esa insistencia casi veleidosa con que hasta hace poco retransmitían el glorioso gol de Raúl en Tokio. Y van los aliados y se jactan de arrasar Irak sin sufrir ni una baja. Y van y se cargan civiles, mujeres y niños con la frialdad esquizofrénica con que se hace desaparecer la plaga de cochinilla en las higueras de mi pueblo.
Pretende, además, justificar el tal Clinton su ataque a Irak en el hecho de que Sadam es un desobediente porque se salta a la torera las resoluciones de las Naciones Unidas. Y digo yo que quién es el tal Clinton para llamar al orden a nadie, ni para echar reprimendas políticas, ni para exigir que se cumplan las resoluciones de la ONU (que pinta ya menos que Tarzán en pijama), máxime cuando el mismo Clinton ordena el ataque por su cuenta, sin esperar a que la ONU lo ‘resolucione’. Ah, pero es que Sadam posee un ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas químicas y hay que destruir ese arsenal para salvaguardar la integridad de Occidente.
Ay, amigo, échate a correr. Corre deprisa, deprisa, corre cuando oigas exponer (y poner en práctica) ese concepto mesiánico de la salvación. Corre y líbrate, si puedes, de sus consecuencias. Para echarse a temblar. Franco quiso salvar al personal de las garras de los dragones y, como un Excalibur cualquiera, les cortó las cabezas para que no volvieran a insuflar llamaradas maléficas. Pinochet quiso salvar al personal de los ataques de los monstruos democráticos y no se le ocurrió otra cosa que aniquilar alevosamente la cabeza del monstruo.
Y digo yo que si Clinton pretende llamar al orden a Sadam para salvarnos del peligro que suponen sus armas químicas, alguien habrá o debería haber que llame, a su vez, al orden al tal Clinton para que no se dedique a salvar a nadie y le obligue, en consecuencia, a destruir el ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas que poseen USA y Occidente. Porque las armas de USA y Occidente también son destructoras ¿o no? ¿O es que hemos caído en ese infantilismo casi maniqueo de pensar que ‘nuestras’ armas son buenas y las de Sadam son malas?
—Que no es eso, hombre — me dice mi tío Eufrasio—. Que no te enteras. Que el Clinton ha ordenado el ataque a Irak con otras pretensiones y que lo de la salvación de Occidente es un pretexto, vamos, un cuento USA al estilo de Poe, pero sin literatura.
Es como si me hubieran atizado de improviso un garrotazo entre las orejas. Y a pesar de recordar, como en una nebulosa, a Arthur Gordon Pym y su navegación en el terror, me veo trastrabillando, dando tropezones mentales, a punto de desplomarme en el vacío del asco.
—¿Con otras pretensiones? —me oigo decir, como de lejos.
—Sí, hombre —me dice—. Clinton ha atacado a Irak para librarse del descrédito que, en su propio país, suponen sus tres adulterios admitidos y la boca de rana de la Lewinsky. En definitiva, ha sembrado la muerte en Bagdad para evitar su destitución y proteger, cínicamente, su trasero. En este caso, su delantero.
Un ruido como de tormenta lejana me revolvió las tripas y una náusea infinita (que ya hubiera querido para sí Sartre) me provocó una vomitera torrencial y mefítica que dejó perdidos el suelo y la mesa del ordenador. Todavía ando a vueltas con la fregona.
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domingo, 19 de julio de 2009
LA LOTERÍA
(22-12-1998)
JUAN GARODRI
Sopórtame, amigo. No voy a colocarte el rollo sobre la poesía goliardesca y sus partidarios, aquellos inconformistas medievales que debían de tenerlos así de gordos para atreverse, como se atrevieron, a la desestabilización y el inconformismo en un época (la medieval, no tan oscura como suele decirse) bien protegida por leyes eclesiásticas y por tonsuras escolásticas.
Bien. Los goliardos jugaban a una especie de lotería subversiva y amoral, que entonces se llamaba ‘rueda de la fortuna’, en la que unos subían y otros bajaban, según el vino, la poesía amorosa o las mujeres los impulsasen a la riqueza de los placeres o a la ruina de Hécuba. Así, al menos, aparece en algunos pasajes de los Carmina Burana.
Juan de Mena, sin embargo, dejó la rueda pero cayó en el Laberinto de la fortuna. Y así, influido por Dante, Virgilio y Lucano, se empeñó en desenmascarar la codicia de la fortuna (para ellos era la ‘fama’) que roía las entrañas de los primeros renacentistas.
Ahora, sin embargo, qué quieres que te diga, el personal no empuja la rueda de la fortuna ni se pierde en su laberinto. Ahora el gentío utiliza una abstracción casi filosófica (crematística es mucho decir) que aletea sobre las cabezas ciudadanas con la pertinacia de las moscas y la parsimonia de las arañas. Es la lotería, ese paraíso terrenal, esa tierra prometida de la abundancia en la que las depresiones, las represiones, las sumisiones y las ansiedades encontrarán la leche y la miel de una felicidad inagotable.
El gentío acude en masa a los despachos de loterías, a ver qué remedio, a desarrollar esa pulsión soteriológica, de salvación final, con la que antes se acercaban a las iglesias y confesionarios. La salvación viene de arriba, de lo alto, de la santa lotería que protege e inmuniza contra los males finimilenarios, oséase, carencia de coche potente, carencia de casa bien digitilizada con seis u ocho mandos a distancia (televisor/es, vídeo/s, equipo/s de sonido, canal satélite, canal digital, hilo musical), carencia de ostentación social y carencia, si se tercia, de apetitosos sucedáneos de esposa.
Por otra parte, el personal tiene donde elegir. Primitiva, gordo de la primitiva, bonoloto, lotería nacional, lotería de los jueves, quiniela futbolística, cupones de la Once y cuponazo del domingo, joder, tío, diez millones de pesetas al año, 833.333 pesetas mensuales, y eso durante veinticinco años, como para doblar la manga y mandar al jefe más allá del extranjero.
Así que tenemos la lotería.Yo mismo. Aunque soy consciente de que mi columna semanal supone un humillante grano de arena dentro del límite de las posibilidades (cada columna supone una posibilidad contra catorce millones de posibilidades), ahí me tienes arrastrándome los lunes, con una constancia casi esquizofrénica, por despachos de loterías y quinielas, alzando los brazos a lo alto de la imploración lotera, para ver si desciende de su cielo caprichoso el maná de ese rocío alimenticio que sacie mi hambruna de millones.
Hay, no obstante, quien no sucumbe a la tentación, por raro que te parezca. Resiste y aguanta heroicamente los embates de la furia millonaria y jura que no se gasta un duro en loterías. Para mí que son santos. Porque hay que estar inmunizado de cojones contra el virus del consumismo para mostrar, tan descaradamente, esa inapetencia casi insultante con que desprecian el festival lotero. Son los santos modernos. Y pienso que hasta hacen milagros, porque es insostenible, hoy en día, que exista alguien con capacidad suficiente como para no desear la posesión de todas las cosas sin mezcla de ausencia alguna, ese deseo de posesión casi orgásmica del coche o de la casa unifamiliar, por ejemplo.
Así y todo, se me plantea, a bote pronto, un problema grave. No sólo el aceite de Jaén o la leche de Cantabria o las infraestructuras extremeñas se van a ver afectadas negativamente por la entrada de España en Europa. Hay algo peor. Lo de la lotería. También la lotería puede verse afectada por la entrada en Europa. Explico: ¿cómo jugaré a la lotería a partir de febrero del año que viene o cuando entre en vigor el euro? ¿Cómo voy a echar una columna a la quiniela por la indigna cantidad de cero coma treinta (0’30) céntimos de euro?. ¿Cómo voy a gastarme en un décimo de lotería nacional la ignominiosa cantidad de cinco euros? Es como si pasase por la caja del supermercado con una caja de palillos en el carrito. Voy a parecer un pobre. Y, una de dos, o desciendo a la categoría suburbana e indigente de los que manejan céntimos para subsistir, o tengo que ascender a la categoría del dispendio para adoptar esa pose pretenciosa del que dispone de suficiente poder económico como para poder gastarse sin penas veinte o treinta euros por lo menos.
Hay más, amigo. Hay algo que, cuando nos sobrevenga lo del euro, puede acabar con mi afición a la lotería. ¿Cómo saciaré mis anhelantes deseos de convertirme en millonario? ¿Cómo soportaré el chafamiento psicológico de posesión omnímoda cuando acierte el cupón de la Once y advierta que no me caen encima los millones del premio? Porque ya no habrá millones. El euro los habrá volatilizado. Me tocará el gordo y sólo me corresponderá la birriosa cantidad de seis mil euros. ¿Cómo va a ser uno millonario con seis mil euros? Ni para empezar.
(22-12-1998)
JUAN GARODRI
Sopórtame, amigo. No voy a colocarte el rollo sobre la poesía goliardesca y sus partidarios, aquellos inconformistas medievales que debían de tenerlos así de gordos para atreverse, como se atrevieron, a la desestabilización y el inconformismo en un época (la medieval, no tan oscura como suele decirse) bien protegida por leyes eclesiásticas y por tonsuras escolásticas.
Bien. Los goliardos jugaban a una especie de lotería subversiva y amoral, que entonces se llamaba ‘rueda de la fortuna’, en la que unos subían y otros bajaban, según el vino, la poesía amorosa o las mujeres los impulsasen a la riqueza de los placeres o a la ruina de Hécuba. Así, al menos, aparece en algunos pasajes de los Carmina Burana.
Juan de Mena, sin embargo, dejó la rueda pero cayó en el Laberinto de la fortuna. Y así, influido por Dante, Virgilio y Lucano, se empeñó en desenmascarar la codicia de la fortuna (para ellos era la ‘fama’) que roía las entrañas de los primeros renacentistas.
Ahora, sin embargo, qué quieres que te diga, el personal no empuja la rueda de la fortuna ni se pierde en su laberinto. Ahora el gentío utiliza una abstracción casi filosófica (crematística es mucho decir) que aletea sobre las cabezas ciudadanas con la pertinacia de las moscas y la parsimonia de las arañas. Es la lotería, ese paraíso terrenal, esa tierra prometida de la abundancia en la que las depresiones, las represiones, las sumisiones y las ansiedades encontrarán la leche y la miel de una felicidad inagotable.
El gentío acude en masa a los despachos de loterías, a ver qué remedio, a desarrollar esa pulsión soteriológica, de salvación final, con la que antes se acercaban a las iglesias y confesionarios. La salvación viene de arriba, de lo alto, de la santa lotería que protege e inmuniza contra los males finimilenarios, oséase, carencia de coche potente, carencia de casa bien digitilizada con seis u ocho mandos a distancia (televisor/es, vídeo/s, equipo/s de sonido, canal satélite, canal digital, hilo musical), carencia de ostentación social y carencia, si se tercia, de apetitosos sucedáneos de esposa.
Por otra parte, el personal tiene donde elegir. Primitiva, gordo de la primitiva, bonoloto, lotería nacional, lotería de los jueves, quiniela futbolística, cupones de la Once y cuponazo del domingo, joder, tío, diez millones de pesetas al año, 833.333 pesetas mensuales, y eso durante veinticinco años, como para doblar la manga y mandar al jefe más allá del extranjero.
Así que tenemos la lotería.Yo mismo. Aunque soy consciente de que mi columna semanal supone un humillante grano de arena dentro del límite de las posibilidades (cada columna supone una posibilidad contra catorce millones de posibilidades), ahí me tienes arrastrándome los lunes, con una constancia casi esquizofrénica, por despachos de loterías y quinielas, alzando los brazos a lo alto de la imploración lotera, para ver si desciende de su cielo caprichoso el maná de ese rocío alimenticio que sacie mi hambruna de millones.
Hay, no obstante, quien no sucumbe a la tentación, por raro que te parezca. Resiste y aguanta heroicamente los embates de la furia millonaria y jura que no se gasta un duro en loterías. Para mí que son santos. Porque hay que estar inmunizado de cojones contra el virus del consumismo para mostrar, tan descaradamente, esa inapetencia casi insultante con que desprecian el festival lotero. Son los santos modernos. Y pienso que hasta hacen milagros, porque es insostenible, hoy en día, que exista alguien con capacidad suficiente como para no desear la posesión de todas las cosas sin mezcla de ausencia alguna, ese deseo de posesión casi orgásmica del coche o de la casa unifamiliar, por ejemplo.
Así y todo, se me plantea, a bote pronto, un problema grave. No sólo el aceite de Jaén o la leche de Cantabria o las infraestructuras extremeñas se van a ver afectadas negativamente por la entrada de España en Europa. Hay algo peor. Lo de la lotería. También la lotería puede verse afectada por la entrada en Europa. Explico: ¿cómo jugaré a la lotería a partir de febrero del año que viene o cuando entre en vigor el euro? ¿Cómo voy a echar una columna a la quiniela por la indigna cantidad de cero coma treinta (0’30) céntimos de euro?. ¿Cómo voy a gastarme en un décimo de lotería nacional la ignominiosa cantidad de cinco euros? Es como si pasase por la caja del supermercado con una caja de palillos en el carrito. Voy a parecer un pobre. Y, una de dos, o desciendo a la categoría suburbana e indigente de los que manejan céntimos para subsistir, o tengo que ascender a la categoría del dispendio para adoptar esa pose pretenciosa del que dispone de suficiente poder económico como para poder gastarse sin penas veinte o treinta euros por lo menos.
Hay más, amigo. Hay algo que, cuando nos sobrevenga lo del euro, puede acabar con mi afición a la lotería. ¿Cómo saciaré mis anhelantes deseos de convertirme en millonario? ¿Cómo soportaré el chafamiento psicológico de posesión omnímoda cuando acierte el cupón de la Once y advierta que no me caen encima los millones del premio? Porque ya no habrá millones. El euro los habrá volatilizado. Me tocará el gordo y sólo me corresponderá la birriosa cantidad de seis mil euros. ¿Cómo va a ser uno millonario con seis mil euros? Ni para empezar.
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año 1998 - 12 diciembre
LA PRENSA
(13-12-1998)
JUAN GARODRI
La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV— han pasado muchos años. No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas). ¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!
Desde las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los negociantes y las compañías de distribución y difusión.
Y, si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar, sino para influir.
De manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.
Y así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas a todo meter.
Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.
Más. Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los supermercados), observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea, una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la C.E.E. De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.
Más. Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra, sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento.
Porque está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa abstracción tan lejanamente cercana.
Más. Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si 300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa unifamiliar. Y así.
¿La prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.
(13-12-1998)
JUAN GARODRI
La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV— han pasado muchos años. No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas). ¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!
Desde las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los negociantes y las compañías de distribución y difusión.
Y, si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar, sino para influir.
De manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.
Y así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas a todo meter.
Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.
Más. Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los supermercados), observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea, una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la C.E.E. De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.
Más. Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra, sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento.
Porque está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa abstracción tan lejanamente cercana.
Más. Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si 300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa unifamiliar. Y así.
¿La prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.
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año 1998 - 12 diciembre
LA AUTOVÍA
(10-12-1998)
JUAN GARODRI
De eso trataba el editorial de este periódico el día 19 de noviembre. «N-630: al menos comienza la autovía», rezaba el título.
Qué quieres que te diga, la locución conjuntiva ‘al menos’, utilizada por el editorialista con precisión y acierto, produjo en mi epidermis ese repeluzno frustrado que el jarro de agua fría produce en las expectativas infantiles. Y, a renglón seguido, mi vicio criticón (Baltasar Gracián también lo padecía) generó en mis reivindicaciones patrioteras una especie de apetencia desconfiadamente reticente que fue desinflando la apetencia e inflando la desconfianza, a medida que leía.
Veamos. Primero: repeluzno lingüístico. Si echas mano del María Moliner, advertirás que, entre otras acepciones, ‘al menos’ es una expresión correctiva que expresa la restricción a un mínimo que se pide. Como para pintarte la cara de indio y empezar el ataque. Quiero decir: la tira de años llevamos los extremeños pidiendo a los mandamases la “autovía de la Plata” y como si nada. Ahora resulta que al menos comienza. El contenido semántico de la restricción sugiere un correlato de apabullante poca cosa, algo así como si se concediese a un paralítico que pudiese, al menos, mover las orejas.
Segundo: repeluzno político. La jodida petulancia electoral de los mandamases los impulsa cada dos por tres a atribuirse los triunfos en la gestión, como si las realizaran para ellos o para el partido, en lugar de llevarlas a cabo para ayudar, de forma facticia, al personal votador. ¡Ah, los votos, esa pólvora china de la cacería democrática!. Y así, mientras unos sacan pecho porque las obras de la autovía van a comenzar (cuando termine el plazo de adjudicación), otros se arrogan el mérito de haber sido ellos quienes iniciaron los trámites para que comenzara.
Tercero: repeluzno regional. Sé que más de dos dedos se alzarán inmisericordes, y trocearán el espacio de arriba abajo, esa forma conminatoria de trocear el queso del desacuerdo o la reprimenda. Sé que me señalarán como representante de un localismo tribal y antiprogresista (aunque sería discutible determinar en qué consiste realmente el progreso). Sé que más de dos voces, en fin, lanzarán el kikirikí de la jactancia, ese grito estentóreo del perdonavidas político y del acusador autonómico.
Pero dime, amigo: Si el primer tramo adjudicado de la autovía de la Plata empieza en Zafra; si ha de transcurrir, además, la friolera de tres años hasta que concluya el plazo de adjudicación para poder comenzar las obras, ¿quieres decirme cuándo llegará la autovía a la zona norte de la provincia de Cáceres? ¿Quieres decirme cuándo llegará al puerto de Baños? Sí, ya sé, ya sé. La zona de Zafra-Almendralejo está abandonando su carácter agrario y empieza a producirse su despegue industrial. Es el premio. La autovía es el premio que merece.
Mantengo: esa actitud es similar a la del paterfamilias (sillón-bowl televisivo y todo eso), digamos, que premia siempre, en primer lugar, al hijo listo y deja con tres cuartas de mocos al hijo torpón o disminuido.
Finalmente (la cara de ingenuo se me nota a la legua): ¿Por qué se adjudica en primer lugar el tramo de Zafra-Almendralejo y no el de Puerto de Baños-Plasencia? Pregunto.
(10-12-1998)
JUAN GARODRI
De eso trataba el editorial de este periódico el día 19 de noviembre. «N-630: al menos comienza la autovía», rezaba el título.
Qué quieres que te diga, la locución conjuntiva ‘al menos’, utilizada por el editorialista con precisión y acierto, produjo en mi epidermis ese repeluzno frustrado que el jarro de agua fría produce en las expectativas infantiles. Y, a renglón seguido, mi vicio criticón (Baltasar Gracián también lo padecía) generó en mis reivindicaciones patrioteras una especie de apetencia desconfiadamente reticente que fue desinflando la apetencia e inflando la desconfianza, a medida que leía.
Veamos. Primero: repeluzno lingüístico. Si echas mano del María Moliner, advertirás que, entre otras acepciones, ‘al menos’ es una expresión correctiva que expresa la restricción a un mínimo que se pide. Como para pintarte la cara de indio y empezar el ataque. Quiero decir: la tira de años llevamos los extremeños pidiendo a los mandamases la “autovía de la Plata” y como si nada. Ahora resulta que al menos comienza. El contenido semántico de la restricción sugiere un correlato de apabullante poca cosa, algo así como si se concediese a un paralítico que pudiese, al menos, mover las orejas.
Segundo: repeluzno político. La jodida petulancia electoral de los mandamases los impulsa cada dos por tres a atribuirse los triunfos en la gestión, como si las realizaran para ellos o para el partido, en lugar de llevarlas a cabo para ayudar, de forma facticia, al personal votador. ¡Ah, los votos, esa pólvora china de la cacería democrática!. Y así, mientras unos sacan pecho porque las obras de la autovía van a comenzar (cuando termine el plazo de adjudicación), otros se arrogan el mérito de haber sido ellos quienes iniciaron los trámites para que comenzara.
Tercero: repeluzno regional. Sé que más de dos dedos se alzarán inmisericordes, y trocearán el espacio de arriba abajo, esa forma conminatoria de trocear el queso del desacuerdo o la reprimenda. Sé que me señalarán como representante de un localismo tribal y antiprogresista (aunque sería discutible determinar en qué consiste realmente el progreso). Sé que más de dos voces, en fin, lanzarán el kikirikí de la jactancia, ese grito estentóreo del perdonavidas político y del acusador autonómico.
Pero dime, amigo: Si el primer tramo adjudicado de la autovía de la Plata empieza en Zafra; si ha de transcurrir, además, la friolera de tres años hasta que concluya el plazo de adjudicación para poder comenzar las obras, ¿quieres decirme cuándo llegará la autovía a la zona norte de la provincia de Cáceres? ¿Quieres decirme cuándo llegará al puerto de Baños? Sí, ya sé, ya sé. La zona de Zafra-Almendralejo está abandonando su carácter agrario y empieza a producirse su despegue industrial. Es el premio. La autovía es el premio que merece.
Mantengo: esa actitud es similar a la del paterfamilias (sillón-bowl televisivo y todo eso), digamos, que premia siempre, en primer lugar, al hijo listo y deja con tres cuartas de mocos al hijo torpón o disminuido.
Finalmente (la cara de ingenuo se me nota a la legua): ¿Por qué se adjudica en primer lugar el tramo de Zafra-Almendralejo y no el de Puerto de Baños-Plasencia? Pregunto.
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