LO DE ESCRIBIR, ESA COSA
(29-9-2002)
JUAN GARODRI
Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada, culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando, en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo, o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.
No fue ficción narrativa, sin embargo, el extremo al que llegó en cierta ocasión Rafael Sánchez Ferlosio. Acababa yo de publicar mi primer poemario (1982 o por ahí) y me dijo un día Leopoldo Gutiérrez, senior (q.e.p.d.): A ver si me pasas algún ejemplar, que me gusta leerte. Se lo entregué en su consulta de otorrinolaringólogo, en la Corredera, y hablamos de libros y autores. Me contó entonces que una tarde se dirigió al palacio de los Duques de Alba (llamado ‘de la Camisona’, en Coria) para visitar a Rafael, con quien mantenía cierta relación amistosa de juventud. Ferlosio se disponía a arrojar a las llamas de la chimenea el manuscrito de su, entonces, última novela, cosa que hizo, fastidiado por el acoso de los editores.
A propósito de esta anécdota, varias veces me ha aguijoneado la intención de comentarla directamente con el propio Sánchez Ferlosio. Con frecuencia me cruzo con él en alguna calle de Coria, o en el paseo de la Isla acompañado de Jesús Domínguez, o sentado en la terraza de Alkarika embebido en sus reflexiones, o charlando con Gonzalo Hidalgo. Lo saludo y me dice, Qué hay, Máximo, pero no me decido a preguntarle por la quema de su manuscrito. (Máximo era el nombre de mi padre, peluquero que le arreglaba el pelo, así como a su padre, don Rafael Sánchez Mazas durante sus estancias en Coria).
Vuelvo al principio. Si Javier Marías ha sentido tentaciones de arrojar al fuego su última novela; si Rafael Sánchez Ferlosio arrojó, en cierta ocasión, su manuscrito al fuego; si estos espléndidos escritores, inscritos ahora mismo entre los mejores de las letras españolas, con reconocimiento general y unánime (más o menos) de lectores y crítica, si estos autores, ya digo, se consideran como gota de agua en el océano de la publicación (Marías), o con la tímida humildad personal que lo desenfatiza (Ferlosio), a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.
Así que una especie de depresión literaria me ataca las meninges cuando observo las ingentes cantidades de escritores (¿?) que he visto en Internet, escritores (¿?) exultantes, pagados de sí mismos, descubridores de mediterráneos narrativos o poéticos, para qué se me ocurriría entrar en la dirección web hallada, una de esas que pululan a cientos por los portales internáuticos dedicadas a la cosa literaria: cientos, miles de escritores, tropecientos escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que sustenta la raíz del éxito.
Resulta sorprendente la cantidad de gente que se dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Ahora, eso sí, los que más inciden en el hecho escribidor son los jóvenes y los enterados (de pueblo). Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena, pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico, electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.
La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27 años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Garcilaso surgido de alguna O. T. literaria.
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lunes, 14 de septiembre de 2009
EL ACORDEÓN
(22-9-2002)
JUAN GARODRI
Bueno, vamos allá. Resulta que tengo un amigo que toca el acordeón. Cuando tengo sobrecarga literaria, ese overbooking lector que me atenaza como una droga y me deja temblando las meninges, todo el día entre libros, que no para uno, y luego hay quien me pregunta que si no me aburro tumbado en la hamaca de la prejubilación, huido de las clases como un prófugo de la Logse, cuando tengo sobrecarga literaria, te decía, cansado de darle a la hipérbole, no salgo a patear la acera, no, tal como la patean los jóvenes de la tercera edad, esos especialistas en buscarse el lugar más fresquito en verano y la abrigada más caliente en invierno, especialistas en poner a parir al Ayuntamiento y a los de la cosa política, criticones de baches y pensiones, así que cuando tengo sobrecarga literaria, repito, eludo la acera y me voy a ver a mi amigo, el que toca el acordeón. El último día que nos vimos me dijo: «A ver si vas el domingo a la Casa de Cultura, tocamos veintitantos».
Con motivo de la festividad del Cristo de la Salud, la parroquia de San Ignacio organizó una serie de actos religiosos y culturales. Entre éstos se encontraba la actuación de los acordeonistas. Músicos de Garrovillas, de Plasencia, de Holguera, de Casillas de Coria, de Pescueza, de Torrecillas de los Ángeles, de Coria, cada uno con su acordeón, paralizaron el silencio y atraparon la nostalgia. Porque el acordeonista no toca para los demás, toca para él mismo, toca para nutrir su desconsuelo o su desesperanza, toca para conservar la imposible permanencia de los años. Cuando Ángel el de la Chatarra hizo sonar la impasibilidad musical de su acordeón, sus ojos no contemplaban a los espectadores que lo escuchábamos turbados. No recuerdo bien la pieza que interpretó. Es igual. Su mirada impasible estaba clavada en el vacío de un tiempo pasado, juvenil y entrañable, esas noches de domingo que atrapaban el amor en el baile de la Chatarra. Cuando Domingo el de los autobuses hizo sonar la emotividad vibrante de su acordeón, todas las quebradas de la Sierra de Gata, el olor dorado de las viñas, la pegajosa espesura de los pinos, los rojizos surcos de su juventud salían de aquellas notas. Cuando Nano el de Pescueza acomodó sus nervios al teclado del acordeón, sus años de médico de pueblo permanecieron diluidos en el universo musical de los sonidos. (Hace años, mi amigo Amancio Corrales me llevó a casa de Nano, Ya verás cómo toca, me dijo. Fue la primera vez que escuché la Marcha Turca emerger de entre las teclas vibrantes de un acordeón acomodado a Mozart). Cuando Cruz Díaz, colega de la Coral Cauriense, excelente y desconocido poeta, se irguió en la envergadura de sus 1'87 como un Caupolicán de los acordes, me pareció escuchar la fluidez de sus endecasílabos por encima de las notas de su acordeón. (No pretendo herir la susceptibilidad de los participantes. No puedo reseñar a todos, además de no conocer a la mayoría. Sí recuerdo la extraordinaria actuación del acordeonista de Garrovillas, sobre todo la exhibición técnica de su interpretación de La Cumparsita, así como la pureza interpretativa del representante de Plasencia y la velocidad infallable del de Torrecilla de los Ángeles...).
En ciertas ocasiones, no hay como la melodía del acordeón. Los dedos se le hacían música al alemán Buchmann, allá por 1822, así que no tuvo más remedio que ingeniárselas para construir un aparato en el que el aire de un fuelle movido a mano produjese sonidos. Desde entonces, la música del acordeón ha embelesado al ser humano. Puede ser que la música emotiva constituya un contrapeso para la dialéctica racional. En este sentido, Diógenes de Seleucia asegura que, aunque haya una música puramente sensual, es posible, sin embargo, una música interna (moral, la llama él). Porque la música es una psicagogia que por medio del melos y el ritmo produce diferentes estados de ánimo, buenos y malos. Así es la música del acordeón, una especie de conducción del alma hasta alcanzar situaciones emotivas. Por eso la piel de las parejas era más cálida cuando se rozaban en los prados bajo las notas del acordeón. Las estrellas del cielo eran notas de un acordeón delicadamente apasionado y esencial junto a las rejas y los geranios. En los pueblos, las parejas se enamoraban perdidamente entre las notas dolorosas del acordeón.
Aún recuerdo el baile del señor Jerte, en el Rollo. Piro tocaba el acordeón. Yo era muchacho. Al atardecer de los días de fiesta, las notas de su acordeón se escuchaban desde La Cava, desde Cantarranas, desde La Corredera. Los muchachos nos amontonábamos en las rejas del baile para ver bailar a las parejas. Las notas del acordeón removían en nuestro interior una especie de melaza sensible que nos obligaba a permanecer pegados a las rejas de la sala de baile, como moscas infantiles atraídas por la sensualidad. Las madres nos daban pescozones o nos llamaban para cenar.
Pero en los cuerpos inexplicablemente apretados y juntos, esa proximidad de los cuerpos que se nos antojaba turbadoramente placentera, las notas del acordeón, excitantes y cercanas, entrelazaban los sentimientos y propiciaban el descubrimiento de la tibieza de la piel.
(De vez en cuando escucho el vinilo de La vie en rose, ese slow de Louiguy interpretado por el acordeón de Aimable, y sueño que regreso a los diecisiete años).
(22-9-2002)
JUAN GARODRI
Bueno, vamos allá. Resulta que tengo un amigo que toca el acordeón. Cuando tengo sobrecarga literaria, ese overbooking lector que me atenaza como una droga y me deja temblando las meninges, todo el día entre libros, que no para uno, y luego hay quien me pregunta que si no me aburro tumbado en la hamaca de la prejubilación, huido de las clases como un prófugo de la Logse, cuando tengo sobrecarga literaria, te decía, cansado de darle a la hipérbole, no salgo a patear la acera, no, tal como la patean los jóvenes de la tercera edad, esos especialistas en buscarse el lugar más fresquito en verano y la abrigada más caliente en invierno, especialistas en poner a parir al Ayuntamiento y a los de la cosa política, criticones de baches y pensiones, así que cuando tengo sobrecarga literaria, repito, eludo la acera y me voy a ver a mi amigo, el que toca el acordeón. El último día que nos vimos me dijo: «A ver si vas el domingo a la Casa de Cultura, tocamos veintitantos».
Con motivo de la festividad del Cristo de la Salud, la parroquia de San Ignacio organizó una serie de actos religiosos y culturales. Entre éstos se encontraba la actuación de los acordeonistas. Músicos de Garrovillas, de Plasencia, de Holguera, de Casillas de Coria, de Pescueza, de Torrecillas de los Ángeles, de Coria, cada uno con su acordeón, paralizaron el silencio y atraparon la nostalgia. Porque el acordeonista no toca para los demás, toca para él mismo, toca para nutrir su desconsuelo o su desesperanza, toca para conservar la imposible permanencia de los años. Cuando Ángel el de la Chatarra hizo sonar la impasibilidad musical de su acordeón, sus ojos no contemplaban a los espectadores que lo escuchábamos turbados. No recuerdo bien la pieza que interpretó. Es igual. Su mirada impasible estaba clavada en el vacío de un tiempo pasado, juvenil y entrañable, esas noches de domingo que atrapaban el amor en el baile de la Chatarra. Cuando Domingo el de los autobuses hizo sonar la emotividad vibrante de su acordeón, todas las quebradas de la Sierra de Gata, el olor dorado de las viñas, la pegajosa espesura de los pinos, los rojizos surcos de su juventud salían de aquellas notas. Cuando Nano el de Pescueza acomodó sus nervios al teclado del acordeón, sus años de médico de pueblo permanecieron diluidos en el universo musical de los sonidos. (Hace años, mi amigo Amancio Corrales me llevó a casa de Nano, Ya verás cómo toca, me dijo. Fue la primera vez que escuché la Marcha Turca emerger de entre las teclas vibrantes de un acordeón acomodado a Mozart). Cuando Cruz Díaz, colega de la Coral Cauriense, excelente y desconocido poeta, se irguió en la envergadura de sus 1'87 como un Caupolicán de los acordes, me pareció escuchar la fluidez de sus endecasílabos por encima de las notas de su acordeón. (No pretendo herir la susceptibilidad de los participantes. No puedo reseñar a todos, además de no conocer a la mayoría. Sí recuerdo la extraordinaria actuación del acordeonista de Garrovillas, sobre todo la exhibición técnica de su interpretación de La Cumparsita, así como la pureza interpretativa del representante de Plasencia y la velocidad infallable del de Torrecilla de los Ángeles...).
En ciertas ocasiones, no hay como la melodía del acordeón. Los dedos se le hacían música al alemán Buchmann, allá por 1822, así que no tuvo más remedio que ingeniárselas para construir un aparato en el que el aire de un fuelle movido a mano produjese sonidos. Desde entonces, la música del acordeón ha embelesado al ser humano. Puede ser que la música emotiva constituya un contrapeso para la dialéctica racional. En este sentido, Diógenes de Seleucia asegura que, aunque haya una música puramente sensual, es posible, sin embargo, una música interna (moral, la llama él). Porque la música es una psicagogia que por medio del melos y el ritmo produce diferentes estados de ánimo, buenos y malos. Así es la música del acordeón, una especie de conducción del alma hasta alcanzar situaciones emotivas. Por eso la piel de las parejas era más cálida cuando se rozaban en los prados bajo las notas del acordeón. Las estrellas del cielo eran notas de un acordeón delicadamente apasionado y esencial junto a las rejas y los geranios. En los pueblos, las parejas se enamoraban perdidamente entre las notas dolorosas del acordeón.
Aún recuerdo el baile del señor Jerte, en el Rollo. Piro tocaba el acordeón. Yo era muchacho. Al atardecer de los días de fiesta, las notas de su acordeón se escuchaban desde La Cava, desde Cantarranas, desde La Corredera. Los muchachos nos amontonábamos en las rejas del baile para ver bailar a las parejas. Las notas del acordeón removían en nuestro interior una especie de melaza sensible que nos obligaba a permanecer pegados a las rejas de la sala de baile, como moscas infantiles atraídas por la sensualidad. Las madres nos daban pescozones o nos llamaban para cenar.
Pero en los cuerpos inexplicablemente apretados y juntos, esa proximidad de los cuerpos que se nos antojaba turbadoramente placentera, las notas del acordeón, excitantes y cercanas, entrelazaban los sentimientos y propiciaban el descubrimiento de la tibieza de la piel.
(De vez en cuando escucho el vinilo de La vie en rose, ese slow de Louiguy interpretado por el acordeón de Aimable, y sueño que regreso a los diecisiete años).
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año 2002 - 09 septiembre
EL COLECCIONISTA
(15-9-2002)
JUAN GARODRI
Tendría que haber hablado hoy del aniversario que el día 11-S pasado conmemoraba el ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York. Pero ha sido tal la abundancia informativa, expositiva, narrativa, ilustrativa, declarativa, explicativa, orientativa, interpretativa, descriptiva, enumerativa, aclarativa, demostrativa, persuasiva, repetitiva, reiterativa y definitiva que los medios de adoctrinamiento de masas han lanzado sin compasión sobre nuestras ciudadanas e indefensas coronillas (¡flop, aire!), que he desistido de torturar más a los lectores con semejante tema. No renuncio, sin embargo, a expresar mi opinión al respecto.
Aun reconociendo la magnitud del desastre y condolido por ello, no puedo menos de expresar mi desacuerdo con la exagerada cobertura que se ha dado al asunto. Porque me jode cantidad, que se dice, que un acontecimiento luctuoso y deplorable como el de la destrucción de las torres del World Trade Center, con ser dolorosamente atroz, pretendan mostrarlo como el más luctuoso, lastimoso y deplorable del mundo, siendo así que en otros lugares de la Tierra acontecen terribles episodios de destrucción y sangre (terremotos, inundaciones, volcanes, descarrilamientos, accidentes aéreos, miles de muertos en suma) y jamás, que yo sepa, ningún medio de adoctrinamiento de masas ha recordado ampulosamente el aniversario del desastre. (Ah, me dice la voz de la conciencia informativa, pero los terremotos, inundaciones, etc., solamente suponen un peligro trágico para aquellos que los sufren, mientras que el ataque a las Torres neoyorkinas supone un probable peligro para todos nosotros). Así y todo, ya lo comenté el año pasado por estas fechas. Dije poco más o menos que fue una catástrofe horrorosa en la que murieron cientos de seres humanos. Eso es lo que únicamente me conmovió, la muerte de seres humanos. «Me ha resultado particularmente obscena» —decía, aunque esté feo lo de la autocita— «la consideración televisiva, casi la complacencia necrófila y lacrimógena, con que algunos medios vocingleros han resaltado el hecho de que el atentado terrorista haya tenido lugar en Estados Unidos, como si la muerte de las víctimas tuviese más importancia (¿?) por tratarse de ciudadanos principalmente estadounidenses y por haber acaecido en edificios americanos. Acaso el caciquismo internacional produzca estas consideraciones de alcance globalizador. El señor del cortijo también era venerado por la servidumbre, criados, lacayos, jornaleros, ante un acontecimiento luctuoso que lo afectara gravemente. Mi conmoción, ya digo, se debió al hecho de que murieran miles de seres humanos. Lo del país, para mí, fue lo de menos».
Como consecuencia del atentado terrorista, George W. Bush trazó un plan al que denominó “justicia infinita” y se dedicó a la colección de armas. Las mejores colecciones de misiles, las más sofisticadas colecciones de tanques, tanquetas, aviones, avionetas, helicópteros, cazas, bombarderos, submarinos, portaaviones y buques de guerra, subdivididas cada una de ellas en extensas ramificaciones de nuevas y tecnificadas colecciones, las más nutridas y mejor pertrechadas colecciones de soldados aguerridos y bien entrenados para combatir el mal, las colecciones más fulgurantes de mandos y jefes enmedallados y decididos, todas las colecciones citadas y aún más que se quedan en el tintero, todas, han sido adquiridas, desarrolladas, promocionadas y fabricadas por Bush para salvaguardar el bien y combatir el mal, esas abstracciones por las que unos mueren y otros matan. (Lo tremendo es que, para los del otro bando, los representantes del mal somos nosotros).
Así que, a imitación del Gran Jefe, los demás menos grandes jefes se han dedicado también a las colecciones de soldados y armamento como si se tratara de coleccionar platos ornamentales. Quizá tengan razón. Quizá los equivocados seamos quienes no creemos en los que luchan para salvaguardar el bien y combatir el mal. (Afirmo que una cosa es creer y otra actuar: el hecho de que yo no crea en los salvaguardas de la paz no significa que sus decisiones, tal vez, no sean razonables y hasta útiles). Quizá tengan razón porque puede ocurrir que, de buenas a primeras, los amigos del mal (que son nuestros enemigos) nos sacudan una rociada de bombas que nos embarquen a todos para el otro barrio. Así que mejor estar prevenidos que descuidados. Pero vamos, a mí lo que me sorprende es lo de las colecciones, ese afán desmedido de coleccionar armas como si de su adquisición y consumo dependiese la estabilidad del dólar o el afianzamiento de la economía mundial. (¿Dependen?).
Que alguien me diga, si alguien puede saberlo, qué extraño, incontrolable impulso anima al personal a hacer colecciones. De lo que sea. Que alguien me diga por qué el gentío nutre sus decepciones coleccionando tazas, muñecas, soldados, armas, taxis, medallas, monedas, plumas estilográficas, abanicos, recetas de cocina, minilibros o alguno de los cien mil prescindibles objetos que avispadas empresas comerciales distribuyen por librerías y quioscos. Te acercas a comprar el periódico y no falla. El quiosco adquiere una dimensión desproporcionada. Como esos tipos bajitos que tienen una voz potente, esa voz naturalmente desproporcionada a la estatura, el quiosco muestra una magnitud desproporcionada a su tamaño. Los dos metros cuadrados, o por ahí, de superficie construida aparecen hinchados con excrecencias multicolores de cartón o papel cuché. Todas las colecciones del mundo aparecen colgadas en las paredes de los quioscos o depositadas en los suelos de las librerías.
Naturalmente, un jefe de estado tiene que superar el coleccionismo de barrio y justificarse con el coleccionismo globalizador de las armas. Este verano leí la noticia de un tipo colombiano, o mexicano, que coleccionaba crucifijos, y había quien se mofaba de él. Yo prefiero mofarme de los que coleccionan armas.
(15-9-2002)
JUAN GARODRI
Tendría que haber hablado hoy del aniversario que el día 11-S pasado conmemoraba el ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York. Pero ha sido tal la abundancia informativa, expositiva, narrativa, ilustrativa, declarativa, explicativa, orientativa, interpretativa, descriptiva, enumerativa, aclarativa, demostrativa, persuasiva, repetitiva, reiterativa y definitiva que los medios de adoctrinamiento de masas han lanzado sin compasión sobre nuestras ciudadanas e indefensas coronillas (¡flop, aire!), que he desistido de torturar más a los lectores con semejante tema. No renuncio, sin embargo, a expresar mi opinión al respecto.
Aun reconociendo la magnitud del desastre y condolido por ello, no puedo menos de expresar mi desacuerdo con la exagerada cobertura que se ha dado al asunto. Porque me jode cantidad, que se dice, que un acontecimiento luctuoso y deplorable como el de la destrucción de las torres del World Trade Center, con ser dolorosamente atroz, pretendan mostrarlo como el más luctuoso, lastimoso y deplorable del mundo, siendo así que en otros lugares de la Tierra acontecen terribles episodios de destrucción y sangre (terremotos, inundaciones, volcanes, descarrilamientos, accidentes aéreos, miles de muertos en suma) y jamás, que yo sepa, ningún medio de adoctrinamiento de masas ha recordado ampulosamente el aniversario del desastre. (Ah, me dice la voz de la conciencia informativa, pero los terremotos, inundaciones, etc., solamente suponen un peligro trágico para aquellos que los sufren, mientras que el ataque a las Torres neoyorkinas supone un probable peligro para todos nosotros). Así y todo, ya lo comenté el año pasado por estas fechas. Dije poco más o menos que fue una catástrofe horrorosa en la que murieron cientos de seres humanos. Eso es lo que únicamente me conmovió, la muerte de seres humanos. «Me ha resultado particularmente obscena» —decía, aunque esté feo lo de la autocita— «la consideración televisiva, casi la complacencia necrófila y lacrimógena, con que algunos medios vocingleros han resaltado el hecho de que el atentado terrorista haya tenido lugar en Estados Unidos, como si la muerte de las víctimas tuviese más importancia (¿?) por tratarse de ciudadanos principalmente estadounidenses y por haber acaecido en edificios americanos. Acaso el caciquismo internacional produzca estas consideraciones de alcance globalizador. El señor del cortijo también era venerado por la servidumbre, criados, lacayos, jornaleros, ante un acontecimiento luctuoso que lo afectara gravemente. Mi conmoción, ya digo, se debió al hecho de que murieran miles de seres humanos. Lo del país, para mí, fue lo de menos».
Como consecuencia del atentado terrorista, George W. Bush trazó un plan al que denominó “justicia infinita” y se dedicó a la colección de armas. Las mejores colecciones de misiles, las más sofisticadas colecciones de tanques, tanquetas, aviones, avionetas, helicópteros, cazas, bombarderos, submarinos, portaaviones y buques de guerra, subdivididas cada una de ellas en extensas ramificaciones de nuevas y tecnificadas colecciones, las más nutridas y mejor pertrechadas colecciones de soldados aguerridos y bien entrenados para combatir el mal, las colecciones más fulgurantes de mandos y jefes enmedallados y decididos, todas las colecciones citadas y aún más que se quedan en el tintero, todas, han sido adquiridas, desarrolladas, promocionadas y fabricadas por Bush para salvaguardar el bien y combatir el mal, esas abstracciones por las que unos mueren y otros matan. (Lo tremendo es que, para los del otro bando, los representantes del mal somos nosotros).
Así que, a imitación del Gran Jefe, los demás menos grandes jefes se han dedicado también a las colecciones de soldados y armamento como si se tratara de coleccionar platos ornamentales. Quizá tengan razón. Quizá los equivocados seamos quienes no creemos en los que luchan para salvaguardar el bien y combatir el mal. (Afirmo que una cosa es creer y otra actuar: el hecho de que yo no crea en los salvaguardas de la paz no significa que sus decisiones, tal vez, no sean razonables y hasta útiles). Quizá tengan razón porque puede ocurrir que, de buenas a primeras, los amigos del mal (que son nuestros enemigos) nos sacudan una rociada de bombas que nos embarquen a todos para el otro barrio. Así que mejor estar prevenidos que descuidados. Pero vamos, a mí lo que me sorprende es lo de las colecciones, ese afán desmedido de coleccionar armas como si de su adquisición y consumo dependiese la estabilidad del dólar o el afianzamiento de la economía mundial. (¿Dependen?).
Que alguien me diga, si alguien puede saberlo, qué extraño, incontrolable impulso anima al personal a hacer colecciones. De lo que sea. Que alguien me diga por qué el gentío nutre sus decepciones coleccionando tazas, muñecas, soldados, armas, taxis, medallas, monedas, plumas estilográficas, abanicos, recetas de cocina, minilibros o alguno de los cien mil prescindibles objetos que avispadas empresas comerciales distribuyen por librerías y quioscos. Te acercas a comprar el periódico y no falla. El quiosco adquiere una dimensión desproporcionada. Como esos tipos bajitos que tienen una voz potente, esa voz naturalmente desproporcionada a la estatura, el quiosco muestra una magnitud desproporcionada a su tamaño. Los dos metros cuadrados, o por ahí, de superficie construida aparecen hinchados con excrecencias multicolores de cartón o papel cuché. Todas las colecciones del mundo aparecen colgadas en las paredes de los quioscos o depositadas en los suelos de las librerías.
Naturalmente, un jefe de estado tiene que superar el coleccionismo de barrio y justificarse con el coleccionismo globalizador de las armas. Este verano leí la noticia de un tipo colombiano, o mexicano, que coleccionaba crucifijos, y había quien se mofaba de él. Yo prefiero mofarme de los que coleccionan armas.
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año 2002 - 09 septiembre
MODELOS
(8-9-2002)
JUAN GARODRI
No sé, amigo, si has oído hablar de un tal Luis Nazario de Lima, Ronaldo, uno de esos tipos que pasan desapercibidos porque los medios de adoctrinamiento de masas (mayormente los deportivos, aunque a los de información general, tan serios ellos, tampoco les amargaría el dulce, no creas) los ignoran deliberadamente y ni los sacan en portada ni nada, total para el caso que iban a prestarles los lectores no merecería la pena, ya se sabe que los medios de adoctrinamiento de masas sólo pretenden el bien de los ciudadanos lectores, el desarrollo cultural de los ciudadanos lectores, el florecimiento educacional de los ciudadanos, la maduración erudita de los ciudadanos, la prosperidad lógica o inteligente o sensata de los ciudadanos (y de las ciudadanas, por supuesto, la omisión obedece al hecho de evitar la iteración cansina, no a desatención feminista), por eso los medios de adoctrinamiento de masas han hablado poco, casi nada, de Ronaldo, durante el mes de agosto y lo que llevamos de septiembre no se ha hablado de Ronaldo, un tipo humilde, de escasas palabras, dentudo y melonero que, por lo visto, ha sido fichado por el Real Madrid Club de Fútbol, que no sé si a estas alturas ya es algo más que un club, sobre todo después de que el Barcelona haya dejado de ser algo más que un club, según dicen, debido más que nada a la conjunción maléfica de la doble G, Gaspar por un lado, de sonrisa cenicienta y gafe, Gaal por el otro, de cabeza granítica y unilateral, ya no es algo más que un club, al parecer, aquella ensoñación catalanista de la izquierda periférica, ahora es el Madrid algo más que un club, esa ensoñación centralista de la derechona endorreica, Ronaldo ha venido a realizar el sueño, a completar el pantosagio hímnico de la gloria futbolera, a repetir infinitas veces la palabra santo dentro de la órbita deslumbrante del poderío balompédico, Ronaldo debe de ser un santo que se ha desprendido del santoral futbolero, cientos, quizá miles de páginas contiene el santoral futbolero en todo el mundo, un tocho de cojones el santoral, cientos, quizá miles de biografías ejemplares, páginas y páginas para informar acerca de las penurias infantiles de los biografiados, páginas para describir sus esfuerzos hasta que fueron admitidos en la cantera, hasta que lograron descollar gracias a sus cualidades físicas y a su técnica pedestre, hasta que consiguieron hacerse un sitio en la plantilla, hasta que merecieron ir brillando con luz propia merced al guante de su pierna izquierda, o derecha, o ambas, porque también los hay ambidiestros, lo cual supone un importante mérito añadido, así van ascendiendo por la vía purgativa de los banquillos, los estadios y las canchas, hasta que algunos consiguen el afianzamiento en la vía iluminativa del gol, acontecimiento trascendental y formidable que les posibilita la ascensión suprema hasta la vía unitiva, definitivamente asentados en la celestial supremacía de los millones y la fama, un santo Ronaldo que ha pagado al Inter cuatro millones de dólares de su propio bolsillo para poder venir al Real Madrid, un santo Ronaldo que va a cobrar dos millones y medio de euros menos de lo que percibía en Italia, un modelo de santidad y bonhomía, que viene a ser algo así como afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento, a ver si no por qué fue custodiado por la Guardia Civil desde la base de Torrejón hasta el restaurante Araceli, varios vehículos de la Guardia Civil, motocicletas delante, motocicletas detrás, en medio de una carrera frenética, que había que huir de la nube de periodistas, esa sombra de avispas incordiantes que dejan los huevos como globos a cada picadura, que había que llegar al almuerzo de camarones, gambas, jamón, pasta y pierna de cordero para reponer fuerzas, que los santos también comen, por muy modélicos que sean, sobre todo si son santos con una dentadura tan a la vista, aunque ahora los malaleches, que nunca faltan, exijan en el Parlamento explicaciones al hecho de la custodia por parte de la Benemérita, que a ver que es eso de que se gaste dinero público con un tipo de una empresa privada, por muy santo y sonriente que sea, por muy modelo de la juventud que sea, por muy crack de cracks que sea, por mucho que vaya a convertir al Real Madrid C.F. en algo más que un club para irritación del Barcelona y para envidia y sufrimiento de los modestos, por mucho que el modelo del santoral balompédico tenga la rodilla de cristal de Murano, que encima ya está medio lesionado, aunque sea una contractura sin importancia debida al estrés, porque debe de estresar muchísimo andar siempre huyendo de los periodistas y de los insultos de los tiffosi, el santo del santoral futbolero recuerda cuando, hace pocos días, los hinchas del Inter se agruparon a la puerta de su casa en Milán para despedirlo con iracundia, (cojo de mierda! le gritaban, y eso debe de estresar muchísimo, pero a Florentino, el oficiante litúrgico de la entronización del crack, le importa poco que Ronaldo esté o no encojado, lo importante son los millones que el modelo dentudo le reportará con la venta de camisetas y la cesión de sus derechos de imagen, un santo Luis Nazario de Lima, que ha renunciado a cobrar si se lesiona, y esa generosidad de miras sólo es posible en los santos o en los héroes, a pesar de que los malaleches aseguren que en todo este místico consorcio de la canonización ronaldera subyace un desvergonzado juego de intereses que borra del mapa deportivo el juego del fútbol.
(8-9-2002)
JUAN GARODRI
No sé, amigo, si has oído hablar de un tal Luis Nazario de Lima, Ronaldo, uno de esos tipos que pasan desapercibidos porque los medios de adoctrinamiento de masas (mayormente los deportivos, aunque a los de información general, tan serios ellos, tampoco les amargaría el dulce, no creas) los ignoran deliberadamente y ni los sacan en portada ni nada, total para el caso que iban a prestarles los lectores no merecería la pena, ya se sabe que los medios de adoctrinamiento de masas sólo pretenden el bien de los ciudadanos lectores, el desarrollo cultural de los ciudadanos lectores, el florecimiento educacional de los ciudadanos, la maduración erudita de los ciudadanos, la prosperidad lógica o inteligente o sensata de los ciudadanos (y de las ciudadanas, por supuesto, la omisión obedece al hecho de evitar la iteración cansina, no a desatención feminista), por eso los medios de adoctrinamiento de masas han hablado poco, casi nada, de Ronaldo, durante el mes de agosto y lo que llevamos de septiembre no se ha hablado de Ronaldo, un tipo humilde, de escasas palabras, dentudo y melonero que, por lo visto, ha sido fichado por el Real Madrid Club de Fútbol, que no sé si a estas alturas ya es algo más que un club, sobre todo después de que el Barcelona haya dejado de ser algo más que un club, según dicen, debido más que nada a la conjunción maléfica de la doble G, Gaspar por un lado, de sonrisa cenicienta y gafe, Gaal por el otro, de cabeza granítica y unilateral, ya no es algo más que un club, al parecer, aquella ensoñación catalanista de la izquierda periférica, ahora es el Madrid algo más que un club, esa ensoñación centralista de la derechona endorreica, Ronaldo ha venido a realizar el sueño, a completar el pantosagio hímnico de la gloria futbolera, a repetir infinitas veces la palabra santo dentro de la órbita deslumbrante del poderío balompédico, Ronaldo debe de ser un santo que se ha desprendido del santoral futbolero, cientos, quizá miles de páginas contiene el santoral futbolero en todo el mundo, un tocho de cojones el santoral, cientos, quizá miles de biografías ejemplares, páginas y páginas para informar acerca de las penurias infantiles de los biografiados, páginas para describir sus esfuerzos hasta que fueron admitidos en la cantera, hasta que lograron descollar gracias a sus cualidades físicas y a su técnica pedestre, hasta que consiguieron hacerse un sitio en la plantilla, hasta que merecieron ir brillando con luz propia merced al guante de su pierna izquierda, o derecha, o ambas, porque también los hay ambidiestros, lo cual supone un importante mérito añadido, así van ascendiendo por la vía purgativa de los banquillos, los estadios y las canchas, hasta que algunos consiguen el afianzamiento en la vía iluminativa del gol, acontecimiento trascendental y formidable que les posibilita la ascensión suprema hasta la vía unitiva, definitivamente asentados en la celestial supremacía de los millones y la fama, un santo Ronaldo que ha pagado al Inter cuatro millones de dólares de su propio bolsillo para poder venir al Real Madrid, un santo Ronaldo que va a cobrar dos millones y medio de euros menos de lo que percibía en Italia, un modelo de santidad y bonhomía, que viene a ser algo así como afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento, a ver si no por qué fue custodiado por la Guardia Civil desde la base de Torrejón hasta el restaurante Araceli, varios vehículos de la Guardia Civil, motocicletas delante, motocicletas detrás, en medio de una carrera frenética, que había que huir de la nube de periodistas, esa sombra de avispas incordiantes que dejan los huevos como globos a cada picadura, que había que llegar al almuerzo de camarones, gambas, jamón, pasta y pierna de cordero para reponer fuerzas, que los santos también comen, por muy modélicos que sean, sobre todo si son santos con una dentadura tan a la vista, aunque ahora los malaleches, que nunca faltan, exijan en el Parlamento explicaciones al hecho de la custodia por parte de la Benemérita, que a ver que es eso de que se gaste dinero público con un tipo de una empresa privada, por muy santo y sonriente que sea, por muy modelo de la juventud que sea, por muy crack de cracks que sea, por mucho que vaya a convertir al Real Madrid C.F. en algo más que un club para irritación del Barcelona y para envidia y sufrimiento de los modestos, por mucho que el modelo del santoral balompédico tenga la rodilla de cristal de Murano, que encima ya está medio lesionado, aunque sea una contractura sin importancia debida al estrés, porque debe de estresar muchísimo andar siempre huyendo de los periodistas y de los insultos de los tiffosi, el santo del santoral futbolero recuerda cuando, hace pocos días, los hinchas del Inter se agruparon a la puerta de su casa en Milán para despedirlo con iracundia, (cojo de mierda! le gritaban, y eso debe de estresar muchísimo, pero a Florentino, el oficiante litúrgico de la entronización del crack, le importa poco que Ronaldo esté o no encojado, lo importante son los millones que el modelo dentudo le reportará con la venta de camisetas y la cesión de sus derechos de imagen, un santo Luis Nazario de Lima, que ha renunciado a cobrar si se lesiona, y esa generosidad de miras sólo es posible en los santos o en los héroes, a pesar de que los malaleches aseguren que en todo este místico consorcio de la canonización ronaldera subyace un desvergonzado juego de intereses que borra del mapa deportivo el juego del fútbol.
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año 2002 - 09 septiembre
Y NO SONABA ASEREJÉ
(1-9-2002)
JUAN GARODRI
Entrar en el supermercado del barrio supone un descenso al regazo de la cotidianidad, a lo diario y elemental, a lo necesario y simple. La pureza del ser humano radica en esa relación inevitable entre el acontecimiento diario y su limpia simplicidad. El supermercado del barrio posee un olor entrañable y único, te retrotrae a un estadio de vida casi infantil, esa época suprema de la ingenuidad en que las cosas eran así porque no podían ser de otra manera, en que las cosas olían así porque aún no se había producido la sofisticación del aroma, en que las cosas aparecían así porque no se había descubierto aún la hipocresía de las formas. Sumergirte en el supermercado del barrio es una cura de humildad vecinal y dermatológica que no rehuye el roce con la señora de las bolsas, ni considera insoportable el fato a sudor de la gorda de la frutería, ni piensa que es maleducado el codazo junto al panel de los yogures, ni mira como a una imbécil a la que te ataca desconsideradamente con la esquina de su carrito. Una de las descortesías convencionales del supermercado consiste precisamente en eso, en no admitir como descortés la correspondencia distraída al obstáculo, al culazo o a la esquina del carrito. Es algo tan natural como el olor de la pescadería. Y mira que huele la pescadería, pero lo aceptas simplemente porque no lo cuestionas. En cualquier otro contexto situacional (he leído por ahí lo de ‘contexto situacional’ para designar un lugar o un espacio, los hay así de bien hablados, cretinos), en cualquier otro lugar, decía, el olor a pescado puede quizá producirte una desagradable alteración del estómago. En el supermercado del barrio no. El olor es consustancial al entorno y lo aceptas casi inadvertidamente, tal como aceptas el olor dulzón de la frutería o el olor ultrahigiénico de las estanterías que ofertan productos de limpieza del hogar. Así que te rozas con olores vendibles, con olores humanos y hasta con alguna cara masculina que te refriega por la nariz un olor de progresía insultante, esa progresía del que comparte plena y conscientemente las tareas domésticas, que de machismo nada, tú, que uno no es un moro.
Así que entré aquella mañana de uno de estos días en el supermercado del barrio y pensé que me había equivocado de tienda porque observé una cosa sorprendente: no sonaba Aserejé. Increíble, pero cierto. La música de fondo no era ratonera, si es que la música ratonera es música. No sonaban los puñetazos acústicos del pumba pum rapero habitual. No sonaba la melaza cansinamente melódica de por 'debaaajo de tu cintuuuura'. No sonaba (no te lo vas a creer) el Aserejé de las hijas del Tomate, esa gigantesca parida aflamencada de «aserejé ja de je de jebe tu de jebere seminouva majabi» y cosas así. No. Sonaba, en cambio, una música celestial. Y lo digo sin mueca burlesca. Una suavidad armónica descendía del cielo raso y envolvía casi amorosamente los botes de tomate frito y los paquetes de azúcar. Increíble pero cierto, otra vez. Los primeros compases del concierto en La menor, de Antonio Vivaldi, se expandían en pequeñas cascadas musicales y llenaban el recinto con una acogedora honorabilidad. El supermercado del barrio se había convertido en una extraña e impensable sala de conciertos, como si en él se hubiera instalado de forma inesperada el espíritu de la Ilustración. Emocionado y conmovido, tarareaba mentalmente las notas mientras me abastecía de huevos y de aceite puro de oliva. (Advierto al lector incrédulo que me sé de memoria el primer movimiento. Lo he escuchado infinidad de veces cuando mi hijo lo estudiaba para el examen del Conservatorio). Me dirigí a Caja. Tras ella se encontraba el dueño, viejo conocido. Mientras registraba mi cuenta le dije:
—Buena música tienes hoy, esto no se escucha todos los días.
Concentrado en su quehacer registrador y eurístico (de euros), ni se había enterado. Siempre solemos comentar algo de fútbol, de modo que me miró extrañado, no sabía si le hablaba en broma o en serio.
—¿Qué música? —dijo.
—Esa, la de Vivaldi —respondí
Arrugó el entrecejo e hizo un gesto como de escuchar una música extraña y feísima.
—Qué va —respondió—, el tontolculo del chaval, que tiene la cabeza a pájaros y seguro que se ha confundido de CD.
Y, torciendo la cabeza hacia la puerta del almacén, gritó:
—¡Charliiii, quita de una vez esa mierda de música de iglesia!
Antes de salir a la calle cargado con mis bolsas, la alegría flamenca del Aserejé ya se había adueñado del arcón de los congelados y hacía mover las caderas a los envases de lavavajillas.
(1-9-2002)
JUAN GARODRI
Entrar en el supermercado del barrio supone un descenso al regazo de la cotidianidad, a lo diario y elemental, a lo necesario y simple. La pureza del ser humano radica en esa relación inevitable entre el acontecimiento diario y su limpia simplicidad. El supermercado del barrio posee un olor entrañable y único, te retrotrae a un estadio de vida casi infantil, esa época suprema de la ingenuidad en que las cosas eran así porque no podían ser de otra manera, en que las cosas olían así porque aún no se había producido la sofisticación del aroma, en que las cosas aparecían así porque no se había descubierto aún la hipocresía de las formas. Sumergirte en el supermercado del barrio es una cura de humildad vecinal y dermatológica que no rehuye el roce con la señora de las bolsas, ni considera insoportable el fato a sudor de la gorda de la frutería, ni piensa que es maleducado el codazo junto al panel de los yogures, ni mira como a una imbécil a la que te ataca desconsideradamente con la esquina de su carrito. Una de las descortesías convencionales del supermercado consiste precisamente en eso, en no admitir como descortés la correspondencia distraída al obstáculo, al culazo o a la esquina del carrito. Es algo tan natural como el olor de la pescadería. Y mira que huele la pescadería, pero lo aceptas simplemente porque no lo cuestionas. En cualquier otro contexto situacional (he leído por ahí lo de ‘contexto situacional’ para designar un lugar o un espacio, los hay así de bien hablados, cretinos), en cualquier otro lugar, decía, el olor a pescado puede quizá producirte una desagradable alteración del estómago. En el supermercado del barrio no. El olor es consustancial al entorno y lo aceptas casi inadvertidamente, tal como aceptas el olor dulzón de la frutería o el olor ultrahigiénico de las estanterías que ofertan productos de limpieza del hogar. Así que te rozas con olores vendibles, con olores humanos y hasta con alguna cara masculina que te refriega por la nariz un olor de progresía insultante, esa progresía del que comparte plena y conscientemente las tareas domésticas, que de machismo nada, tú, que uno no es un moro.
Así que entré aquella mañana de uno de estos días en el supermercado del barrio y pensé que me había equivocado de tienda porque observé una cosa sorprendente: no sonaba Aserejé. Increíble, pero cierto. La música de fondo no era ratonera, si es que la música ratonera es música. No sonaban los puñetazos acústicos del pumba pum rapero habitual. No sonaba la melaza cansinamente melódica de por 'debaaajo de tu cintuuuura'. No sonaba (no te lo vas a creer) el Aserejé de las hijas del Tomate, esa gigantesca parida aflamencada de «aserejé ja de je de jebe tu de jebere seminouva majabi» y cosas así. No. Sonaba, en cambio, una música celestial. Y lo digo sin mueca burlesca. Una suavidad armónica descendía del cielo raso y envolvía casi amorosamente los botes de tomate frito y los paquetes de azúcar. Increíble pero cierto, otra vez. Los primeros compases del concierto en La menor, de Antonio Vivaldi, se expandían en pequeñas cascadas musicales y llenaban el recinto con una acogedora honorabilidad. El supermercado del barrio se había convertido en una extraña e impensable sala de conciertos, como si en él se hubiera instalado de forma inesperada el espíritu de la Ilustración. Emocionado y conmovido, tarareaba mentalmente las notas mientras me abastecía de huevos y de aceite puro de oliva. (Advierto al lector incrédulo que me sé de memoria el primer movimiento. Lo he escuchado infinidad de veces cuando mi hijo lo estudiaba para el examen del Conservatorio). Me dirigí a Caja. Tras ella se encontraba el dueño, viejo conocido. Mientras registraba mi cuenta le dije:
—Buena música tienes hoy, esto no se escucha todos los días.
Concentrado en su quehacer registrador y eurístico (de euros), ni se había enterado. Siempre solemos comentar algo de fútbol, de modo que me miró extrañado, no sabía si le hablaba en broma o en serio.
—¿Qué música? —dijo.
—Esa, la de Vivaldi —respondí
Arrugó el entrecejo e hizo un gesto como de escuchar una música extraña y feísima.
—Qué va —respondió—, el tontolculo del chaval, que tiene la cabeza a pájaros y seguro que se ha confundido de CD.
Y, torciendo la cabeza hacia la puerta del almacén, gritó:
—¡Charliiii, quita de una vez esa mierda de música de iglesia!
Antes de salir a la calle cargado con mis bolsas, la alegría flamenca del Aserejé ya se había adueñado del arcón de los congelados y hacía mover las caderas a los envases de lavavajillas.
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