LO DE LA PARIDAD
(25-4-2004)
JUAN GARODRI
A veces me pregunté, de chico, porqué la mona era una especie de representación de la simpatía inteligente. Por qué los ilustrados fabulistas del XVIII ponían a la mona como sujeto de algunas moralejas fabuladas, aquello de la mona que subió a un nogal, etcétera. En cambio, para simbolizar la tozudez o la casualidad terca propia de los ignorantes ponían como ejemplo al burro (no a la burra), usted comprende, lo del burro flautista.
No puede resultar extraño que las monas sean así de inteligentes, al menos tal como asegura en la revista Nature la primatóloga Elizabeth V. Lonsdorf. Monas habilidosas a la hora de ‘pescar’ termitas utilizando tallos de hierbas mientras los monos se entretienen jugando con los termiteros. Así que la investigación revela que las hembras de chimpancé aprenden mejor y antes que los machos. Actualmente, la cuestión se plantea entre hombres y mujeres. ¿Existe paridad o disparidad entre ellos y ellas? Pues bien, hay disparidad. «Una disparidad similar», dice Lonsdorf, «se ha estudiado en las habilidades de hombres y mujeres, lo que podría indicar que la diferencia ya existía en un antecesor común a chimpancés y humanos». Y Sabater Pi, otro primatólogo, propone una explicación biológica, según leo: «Los machos son más agresivos y en esa ferocidad consumen una energía que las hembras dedican al aprendizaje». Y concluye que las mujeres del Neolítico eran superiores a los hombres porque fueron ellas las que inventaron la agricultura y la ganadería. ¿Por qué, pues, empezó la mujer a ser subyugada por el hombre hasta el punto de aparecer histórica y socialmente como un ‘ser inferior’ sin serlo? Hubo un momento en que apareció la disparidad y desde entonces la injusticia histórica ha perdurado prácticamente hasta nuestros días. Los hombres, amparados quizá en la fuerza física, se han apropiado de las tareas de gobierno y responsabilidad, han detentado el poder y los cargos públicos. Es lúcida la promesa electoral de Zapatero, ya cumplida al menos por lo que a él respecta, de conseguir la paridad en los cargos públicos. (En tiempos de Borrell se hablaba de ‘cota de igualdad’. Cuando Borrell transitó las aspiraciones a la Presidencia del Gobierno, allá por 1999, prometió que, si llegaba a gobernar, establecería una cota de igualdad entre hombres y mujeres al 50 por ciento). Ahora se habla de paridad. El gentío lo ha tomado con empeño y oye, que parecía la víspera de Reyes, que te lo digo yo, el domingo pasado, día 18 de abril, todo el mundo pidiendo, el personal expresando deseos de mejora y abundancia, programa radiofónico de «A vivir, que son dos días», y el satisfechísimo Fernando G. Delgado haciendo entrevistas congratuladoras y recibiendo llamadas telefónicas de un público enfervorizado y pedigüeño. Y el personal, ya digo, venga a pedir paridad absoluta a Zapatero, y a sus nuevos ministros y ministras, disfrazados de Reyes Magos de la política, en una retahíla de peticiones ilusionadas e inocentes. Lo peor es si dejan carbón, porque los Reyes Magos suelen traer buenos regalos a los niños ricos pero a los niños pobres les dejan el trocito de carbón en el zapato, cosa que jamás entendí cuando era niño (además de lo de la mona, entre otras cosas), porque pensaba que los Reyes Magos no debían adoptar criterios de actuación discriminantes. Paridad total, eso es lo que debían tener en su actuación regaladora, y no la bicicleta al rico y el caballito de cartón coloreado al pobre. Paridad. Existe, no obstante, un aspecto de la paridad del que disiento en parte. Defiendo la igualdad de mujeres y hombres como sujetos de los mismos derechos y de idénticas obligaciones. Sin embargo, cuando se trata de cargos públicos me desconcierta la igualdad absoluta. No entiendo bien lo del fifty-fifty anglosajón. La igualdad del cincuenta por ciento se parece más a una concesión que a un acto de justicia. Vamos, que parece como si chirriase un poco lo de la paridad absoluta porque se asemeja más a una decisión tomada desde el punto de vista de lo políticamente correcto que a una reivindicación justa de los derechos de la mujer. Que nadie se altere: quiero decir que debería primar la idoneidad sobre la paridad. Porque puede ocurrir que en algún caso se perjudiquen los derechos de la mujer empujados por la observancia de la igualdad absoluta. Situaciones habrá en que la mayoría de las mujeres censadas superen en inteligencia, en trabajo, en capacidad de gestión o de organización a la mayoría de los hombres. Sin embargo, los mandamases políticos no aceptan el hecho de la palpable superioridad mujeril y dan de lado, con displicencia, a las propuestas femeninas. Gobiernos autonómicos habrá o Consejerías o Diputaciones o Ayuntamientos en los que el número de mujeres más inteligentes, mejor preparadas, dotadas con mayor sentido de la responsabilidad, más trabajadoras y más celosas del bien común exceda al número de hombres elegidos para el cargo. Con lo que, en este supuesto probable, las mujeres no deberían aceptar el cincuenta por ciento de representantes para el cargo público, sino reclamar el sesenta o el ochenta o incluso el cien por cien si entre ellas se diesen las condiciones idóneas para la representatividad. Y exigir cambios que permitan el acceso de las mujeres a la presidencia de los partidos políticos o a la Jefatura del Estado.
Y aunque lo políticamente correcto, que se dice, sea mitad y mitad, pienso que lo municipal o lo autonómico o lo nacionalmente correcto (Congreso, Senado) sería incluir en las listas a las personas más cualificadas (sean mujeres, sean hombres) por su inteligencia, su trabajo y su probada capacidad de actuación en favor de todos.
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viernes, 16 de octubre de 2009
PODEROSOS
(18-4-2004)
JUAN GARODRI
Los poderosos de la tierra no transitan caminos fáciles. Nunca los han transitado. Los caminos de rosas han sido siempre para la sencillez aldeana y para la infancia de los cuentos infantiles. A las niñas buenas y pobres, porque para ser buenas tenían que ser pobres, les brotaban las palabras en forma de rosas y azucenas. A las niñas ricas y malas, que tenían que ser orgullosas y soberbias para ser ricas (poderosas, en el contexto narrativo), las palabras les salían de la boca en forma de sapos y otras especies repelentes. Una desgracia la de los poderosos, quizá porque los poderosos transitan siempre la complejidad. En numerosos pasajes bíblicos aparece la ira de Dios contra los poderosos, manifestada en forma de desastres sociales, familiares o militares. Algún versículo de la Biblia recita el aforismo, más o menos desarrollado, de que Dios enaltece a los humildes y humilla a los poderosos. No sé a qué se debía aquel afán divino de hacer morder el polvo a los poderosos cuando, gracias a ellos, se construía el templo de Jerusalén, por ejemplo. Nunca, no obstante, les ha ido bien a los poderosos.
Las primeras “ciudades estado” mesopotámicas, donde los dioses poseían la tierra y los sacerdotes llevaban la contabilidad en sus tablas de arcilla, escritura cuneiforme incluida, se convirtieron en ‘ciudades estado’ poderosas. La riqueza les acarreó conflictos.Y de ahí vino la ruina sumeria. Y de ahí vendría la de los acadios y la de los babilonios, y la de los asirios, el pueblo más belicoso a pesar de Asurbanipal, amante de la cultura y creador de la biblioteca de Nínive, y la de los egipcios, excepcionales momificadores porque creían en la vida después de la muerte, creadores de una arquitectura colosal y amantes de las joyas. Nunca les ha ido bien a los poderosos. La Historia lo confirma un siglo tras otro con una constancia pertinaz y una persistencia absoluta. Reinos, dominios, feudos, soberanías, imperios y gobiernos han dado al traste con sus prepotencias y se han extinguido como se extingue la raya que un niño hace en el agua. A no ser que el poder nazca, crezca, se desarrolle y muera como cualquier organismo vivo dentro de un biologismo tomado en su sentido más primitivo y zoológico. Es lo que afirma Spengler en «La decadencia de Occidente»: para él las culturas (imperios, gobiernos, reinos) son siempre organismos vivientes sometidos al proceso biológico de nacimiento y descomposición. No sé si será cierto. Lo que sí parece serlo es que la historia universal aparece como una especie de tribunal del mundo que juzga todos los acontecimientos y, generalmente, los condena a muerte. Así que los poderosos han sido históricamente humillados, un siglo tras otro. Lo que no se sabe es qué ha sido de los humildes, si fueron enaltecidos o no. Porque todo el mundo habla de los poderosos pero de los humildes nadie dice ni media palabra, salvo ese conato de individualización de la vida normal llamado ‘intrahistoria’ por Unamuno.
Después de la plasta expositiva, defecada por el tecleo de mi ‘keyboard’ (valga la finura anglosajona), cabe preguntarse por la humillación de los poderosos actuales, que no todo va a ser historia y rollo macabeo. En la actualidad, aparece con una contundencia exacerbada la humillación de Aznar, poderoso donde los hubiera. No se trata de la humillación del PP, no. Se trata de la declinación, humillación y degradación de Aznar, él se lo ha buscado por pretender la privatización de España y la contribución a la guerra de Irak. Algunos medios de comunicación se han frotado las páginas y han rajado largamente, con un desahogo al que no se hubieran atrevido cuando el poderoso estaba en el poder. Lo que no veo es la contrapartida, es decir, la exaltación del humilde. Porque el PSOE no es el humilde, en este caso. IU tampoco, a juzgar por los escasos votos recogidos que lo emplazan incluso fuera de la humildad. Puede que el humilde exaltado sea ERC, aunque su exaltación proceda de un aplauso arriesgadamente circense. En otro orden de cosas, el club de fútbol más poderoso, el más galáctico, el Real Madrid, ha sido humillado ‘ad nauseam’. Perdió la final de la Copa del Rey, fue eliminado de la Liga de campeones, lo vapuleó el Osasuna, un modesto. «Para vosotros dinero y putas, para nosotros resignación y frustración». Es el batacazo del poderoso, más sonoro y contundente que el batacazo del humilde, porque el del humilde ni es batacazo ni nada. Parece como si a los poderosos les hubieran guadañado los tobillos. El Depor elimina al Milán, el Chelsea al Arsenal, el Villarreal al Celtic Glasgow, el Mónaco al Real Madrid., el PSOE al PP, la guerrilla chiíta al poderío USA.
En fin. Los poderosos caen estrepitosamente, antes o después. Aquello de los ídolos con pies de barro. Mientras el poder económico los mantiene, el equilibrio parece perfecto. Una vez desaparecido o aminorado o mermado tal poder, el entramado se viene abajo. Saramago asegura que «la democracia está secuestrada por el poder económico». No es un lince de la agudeza el autor de “La caverna” cuando lo afirma. Desde siempre, los poderosos son poderosos porque disponen de poder económico (no de otro poder), y el político poderoso dispone de poder porque se lo proporciona el poder económico a cambio de porciones de democracia, prestaciones inconmensurables e intangibles u ocultas. Siempre ha sido así desde el inicio de los tiempos históricos y siempre lo será. Evidentemente, el poder económico fagocita la democracia. Ej.: el señor Bush, que en algunos medios aparece descalificado con el apelativo de payaso, está hundido hasta las cejas en la trampa del poder económico. Tanto, que se ha puesto al lado de Sharon para atraerse el voto judío y para que no se alejen sus dólares. El poderoso nunca es inocente. Sin embargo, al poderoso le gusta serlo. Mi tío Eufrasio me dijo ayer: “Por eso, a los que tienen dinero, les gusta tanto ser ricos”. Eso.
(18-4-2004)
JUAN GARODRI
Los poderosos de la tierra no transitan caminos fáciles. Nunca los han transitado. Los caminos de rosas han sido siempre para la sencillez aldeana y para la infancia de los cuentos infantiles. A las niñas buenas y pobres, porque para ser buenas tenían que ser pobres, les brotaban las palabras en forma de rosas y azucenas. A las niñas ricas y malas, que tenían que ser orgullosas y soberbias para ser ricas (poderosas, en el contexto narrativo), las palabras les salían de la boca en forma de sapos y otras especies repelentes. Una desgracia la de los poderosos, quizá porque los poderosos transitan siempre la complejidad. En numerosos pasajes bíblicos aparece la ira de Dios contra los poderosos, manifestada en forma de desastres sociales, familiares o militares. Algún versículo de la Biblia recita el aforismo, más o menos desarrollado, de que Dios enaltece a los humildes y humilla a los poderosos. No sé a qué se debía aquel afán divino de hacer morder el polvo a los poderosos cuando, gracias a ellos, se construía el templo de Jerusalén, por ejemplo. Nunca, no obstante, les ha ido bien a los poderosos.
Las primeras “ciudades estado” mesopotámicas, donde los dioses poseían la tierra y los sacerdotes llevaban la contabilidad en sus tablas de arcilla, escritura cuneiforme incluida, se convirtieron en ‘ciudades estado’ poderosas. La riqueza les acarreó conflictos.Y de ahí vino la ruina sumeria. Y de ahí vendría la de los acadios y la de los babilonios, y la de los asirios, el pueblo más belicoso a pesar de Asurbanipal, amante de la cultura y creador de la biblioteca de Nínive, y la de los egipcios, excepcionales momificadores porque creían en la vida después de la muerte, creadores de una arquitectura colosal y amantes de las joyas. Nunca les ha ido bien a los poderosos. La Historia lo confirma un siglo tras otro con una constancia pertinaz y una persistencia absoluta. Reinos, dominios, feudos, soberanías, imperios y gobiernos han dado al traste con sus prepotencias y se han extinguido como se extingue la raya que un niño hace en el agua. A no ser que el poder nazca, crezca, se desarrolle y muera como cualquier organismo vivo dentro de un biologismo tomado en su sentido más primitivo y zoológico. Es lo que afirma Spengler en «La decadencia de Occidente»: para él las culturas (imperios, gobiernos, reinos) son siempre organismos vivientes sometidos al proceso biológico de nacimiento y descomposición. No sé si será cierto. Lo que sí parece serlo es que la historia universal aparece como una especie de tribunal del mundo que juzga todos los acontecimientos y, generalmente, los condena a muerte. Así que los poderosos han sido históricamente humillados, un siglo tras otro. Lo que no se sabe es qué ha sido de los humildes, si fueron enaltecidos o no. Porque todo el mundo habla de los poderosos pero de los humildes nadie dice ni media palabra, salvo ese conato de individualización de la vida normal llamado ‘intrahistoria’ por Unamuno.
Después de la plasta expositiva, defecada por el tecleo de mi ‘keyboard’ (valga la finura anglosajona), cabe preguntarse por la humillación de los poderosos actuales, que no todo va a ser historia y rollo macabeo. En la actualidad, aparece con una contundencia exacerbada la humillación de Aznar, poderoso donde los hubiera. No se trata de la humillación del PP, no. Se trata de la declinación, humillación y degradación de Aznar, él se lo ha buscado por pretender la privatización de España y la contribución a la guerra de Irak. Algunos medios de comunicación se han frotado las páginas y han rajado largamente, con un desahogo al que no se hubieran atrevido cuando el poderoso estaba en el poder. Lo que no veo es la contrapartida, es decir, la exaltación del humilde. Porque el PSOE no es el humilde, en este caso. IU tampoco, a juzgar por los escasos votos recogidos que lo emplazan incluso fuera de la humildad. Puede que el humilde exaltado sea ERC, aunque su exaltación proceda de un aplauso arriesgadamente circense. En otro orden de cosas, el club de fútbol más poderoso, el más galáctico, el Real Madrid, ha sido humillado ‘ad nauseam’. Perdió la final de la Copa del Rey, fue eliminado de la Liga de campeones, lo vapuleó el Osasuna, un modesto. «Para vosotros dinero y putas, para nosotros resignación y frustración». Es el batacazo del poderoso, más sonoro y contundente que el batacazo del humilde, porque el del humilde ni es batacazo ni nada. Parece como si a los poderosos les hubieran guadañado los tobillos. El Depor elimina al Milán, el Chelsea al Arsenal, el Villarreal al Celtic Glasgow, el Mónaco al Real Madrid., el PSOE al PP, la guerrilla chiíta al poderío USA.
En fin. Los poderosos caen estrepitosamente, antes o después. Aquello de los ídolos con pies de barro. Mientras el poder económico los mantiene, el equilibrio parece perfecto. Una vez desaparecido o aminorado o mermado tal poder, el entramado se viene abajo. Saramago asegura que «la democracia está secuestrada por el poder económico». No es un lince de la agudeza el autor de “La caverna” cuando lo afirma. Desde siempre, los poderosos son poderosos porque disponen de poder económico (no de otro poder), y el político poderoso dispone de poder porque se lo proporciona el poder económico a cambio de porciones de democracia, prestaciones inconmensurables e intangibles u ocultas. Siempre ha sido así desde el inicio de los tiempos históricos y siempre lo será. Evidentemente, el poder económico fagocita la democracia. Ej.: el señor Bush, que en algunos medios aparece descalificado con el apelativo de payaso, está hundido hasta las cejas en la trampa del poder económico. Tanto, que se ha puesto al lado de Sharon para atraerse el voto judío y para que no se alejen sus dólares. El poderoso nunca es inocente. Sin embargo, al poderoso le gusta serlo. Mi tío Eufrasio me dijo ayer: “Por eso, a los que tienen dinero, les gusta tanto ser ricos”. Eso.
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año 2004 - 04 abril
jueves, 15 de octubre de 2009
DE TRES PARALIZACIONES Y ALGUNOS RECELOS
(11-4-2004)
JUAN GARODRI
A veces, estos días de sociedad libre y próspera, tan ridículos, da la impresión de que se va a parar el mundo. Hojea uno la prensa diaria y lee referencias a la repugnante cleptocracia de Arafat y de Sharon, a la estulticia de Bush que combina rapacidad y mesianismo, a la imaginación grotesca de Putin, a unos dirigentes chinos que quieren canjear órganos de prisioneros por derechos de autor y a unos Balcanes que son el nuevo mensaje de muerte y desolación. Después de los atentados terroristas, esto. Si no se para el mundo, yo al menos me quedo paralizado.
Y hay más, y quizá más grave. Más de 200 personas han muerto en España en accidente de tráfico después del 11-M. Y aún peor: cada 20 días unas 220 personas más seguirán muriendo en nuestras carreteras. Qué, ¿no hay funerales para las víctimas de los accidentes de tráfico? ¿No es horroroso que cada 20 días mueran 200 personas en el maldito automóvil? ¿Qué clase de terrorismo tecnológico se ha impuesto en la sociedad para provocar que durante el año 2003 murieran mensualmente 333 personas en la carretera? Pocos se conmueven. Pocos rinden homenaje a los muertos en accidente de tráfico (4.000 muertos en 2003). Ni funerales de Estado, ni información sobreabundantemente siniestra en las pantallas televisivas o en las páginas de los periódicos, ni tertulias sesudas para reflexionar sobre medidas, sanciones, controles, recursos y educación de los conductores. Poco, salvo una breve reseña apresurada. Los muertos en accidente de tráfico son muertos de calidad emocionalmente anónima. Cada 20 días 220 muertos en la carretera, repito. A diez u once muertos diarios. Que ya son muertos. Y el gentío, tan indiferente. Le resbala este espeluznante horror mortuorio porque tal vez se considere el accidente de tráfico como algo naturalmente derivado de la tecnología, de la economía, del producto interior bruto. Es el tributo de sangre que se paga al progreso. Muertos de progreso, mierda.
Así que da la impresión de que se va a parar el mundo. O de que quizás ya esté parado. Porque, entre otras desgracias, tiene que estar muy pero que muy parado, como para que aparezcan programas televisivos como el que, por sorpresa y zapeando, me encontré anoche. “El castillo de las mentes prodigiosas”. Horror, pavor, espanto y pánico. Un tipo estomagante que decía ser conde, y unas tías feísimas, abrujadas y provectas, al parecer argentinas, que le negaban su condición de tal. Voces, aspavientos y ridículo. Pedorreo absoluto. Las calmas que me subieron a las orejas fueron el síntoma de una vergüenza cívica que consideraba el bodrio como algo indecentemente obsceno desde el punto de vista del decoro social y de la cultura. Creo que para mí, en ese infortunado momento, el mundo se detuvo durante unos instantes. Se paralizó.
Además de la paralización del mundo, va el gobierno catalán y paraliza la aplicación de la Ley de Educación, y el PSOE recuerda que Zapatero la paralizará antes del inicio del próximo curso, y el gobierno vasco dice que no elaborará ni un decreto en función de la LOCE, y hasta los canarios echan sus gorgoritos autonómicos y se rebelan contra la cosa educativa. Yo es que debo de ser bobo, porque como me produce tal repeluzno la política (el uso interesado que se hace de la política) no acabo de entender por qué la ley se aplica o se paraliza según el interés particular del partido que gobierna. Si se utiliza así la ley, se está produciendo una utilización manipulada de los sujetos de la ley. Es cierto que el PP elaboró la LOCE sin escuchar las voces que se alzaron en contra y la promulgó sin llegar al consenso político. Pero el profesorado y los alumnos (paganos de turno, únicos afectados por las decisiones, editoriales aparte, que esa es otra) quedan anegados en una desorientación mayúscula, paralizados de estupor e inoperancia. Porque a ver cómo elaboran las unidades didácticas de las asignaturas modificadas o cómo aplican en el aula dichas unidades si ya habían trabajado en su modificación. Se paralizan, además, los nuevos itinerarios para la ESO, la controvertida prueba de la reválida y la elección de los directores de Centro (más de uno se alegrará porque se le aproximaba la patada en el culo). ¿Seguro que el freno a la nueva asignatura de Hecho Religioso y el tachonazo al aumento de horas de Lengua Castellana supondrán una mejora significativa en la futura Ley de Educación?
En fin, me parto de la risa y me paralizo, que no es lo mismo que ‘me paro’, paralizar no equivale a parar, parar supone la detención accidental del movimiento que puede reanudarse a continuación o cuando apetezca; paralizar, en cambio, supone la detención duradera del movimiento que, en consecuencia, no puede reanudarse y, si se reanuda, es con gran dificultad y a trompicones y caídas. Así que me parto de la risa y me paralizo, decía, cuando leo por ahí que los responsables de Educación «establecerán un nuevo marco de diálogo» (lo de ‘marco’ es esplendoroso en la cosa política, qué bárbaro, es que no hay diálogo sin marco), planificarán «un sistema educativo respetuoso con la realidad plurinacional», y garantizarán «una educación de calidad».
No sé de qué me suena todo esto. Cuando empecé a predicar la LOGSE, allá por 1990, ya se utilizaban tales sintagmas primorosamente legales y prometedores. En fin, aplico la reducción a la simplicidad: por mucho que se esfuercen los Gobiernos, del signo político que sean, jamás conseguirán implantar la calidad de la educación —¿por qué no se habla de Enseñanza?— mientras no se erradique la violencia (física en algunos casos, psicológica siempre) de las aulas. Ese es el cascabel que, una vez puesto, paralizaría al gato.
(11-4-2004)
JUAN GARODRI
A veces, estos días de sociedad libre y próspera, tan ridículos, da la impresión de que se va a parar el mundo. Hojea uno la prensa diaria y lee referencias a la repugnante cleptocracia de Arafat y de Sharon, a la estulticia de Bush que combina rapacidad y mesianismo, a la imaginación grotesca de Putin, a unos dirigentes chinos que quieren canjear órganos de prisioneros por derechos de autor y a unos Balcanes que son el nuevo mensaje de muerte y desolación. Después de los atentados terroristas, esto. Si no se para el mundo, yo al menos me quedo paralizado.
Y hay más, y quizá más grave. Más de 200 personas han muerto en España en accidente de tráfico después del 11-M. Y aún peor: cada 20 días unas 220 personas más seguirán muriendo en nuestras carreteras. Qué, ¿no hay funerales para las víctimas de los accidentes de tráfico? ¿No es horroroso que cada 20 días mueran 200 personas en el maldito automóvil? ¿Qué clase de terrorismo tecnológico se ha impuesto en la sociedad para provocar que durante el año 2003 murieran mensualmente 333 personas en la carretera? Pocos se conmueven. Pocos rinden homenaje a los muertos en accidente de tráfico (4.000 muertos en 2003). Ni funerales de Estado, ni información sobreabundantemente siniestra en las pantallas televisivas o en las páginas de los periódicos, ni tertulias sesudas para reflexionar sobre medidas, sanciones, controles, recursos y educación de los conductores. Poco, salvo una breve reseña apresurada. Los muertos en accidente de tráfico son muertos de calidad emocionalmente anónima. Cada 20 días 220 muertos en la carretera, repito. A diez u once muertos diarios. Que ya son muertos. Y el gentío, tan indiferente. Le resbala este espeluznante horror mortuorio porque tal vez se considere el accidente de tráfico como algo naturalmente derivado de la tecnología, de la economía, del producto interior bruto. Es el tributo de sangre que se paga al progreso. Muertos de progreso, mierda.
Así que da la impresión de que se va a parar el mundo. O de que quizás ya esté parado. Porque, entre otras desgracias, tiene que estar muy pero que muy parado, como para que aparezcan programas televisivos como el que, por sorpresa y zapeando, me encontré anoche. “El castillo de las mentes prodigiosas”. Horror, pavor, espanto y pánico. Un tipo estomagante que decía ser conde, y unas tías feísimas, abrujadas y provectas, al parecer argentinas, que le negaban su condición de tal. Voces, aspavientos y ridículo. Pedorreo absoluto. Las calmas que me subieron a las orejas fueron el síntoma de una vergüenza cívica que consideraba el bodrio como algo indecentemente obsceno desde el punto de vista del decoro social y de la cultura. Creo que para mí, en ese infortunado momento, el mundo se detuvo durante unos instantes. Se paralizó.
Además de la paralización del mundo, va el gobierno catalán y paraliza la aplicación de la Ley de Educación, y el PSOE recuerda que Zapatero la paralizará antes del inicio del próximo curso, y el gobierno vasco dice que no elaborará ni un decreto en función de la LOCE, y hasta los canarios echan sus gorgoritos autonómicos y se rebelan contra la cosa educativa. Yo es que debo de ser bobo, porque como me produce tal repeluzno la política (el uso interesado que se hace de la política) no acabo de entender por qué la ley se aplica o se paraliza según el interés particular del partido que gobierna. Si se utiliza así la ley, se está produciendo una utilización manipulada de los sujetos de la ley. Es cierto que el PP elaboró la LOCE sin escuchar las voces que se alzaron en contra y la promulgó sin llegar al consenso político. Pero el profesorado y los alumnos (paganos de turno, únicos afectados por las decisiones, editoriales aparte, que esa es otra) quedan anegados en una desorientación mayúscula, paralizados de estupor e inoperancia. Porque a ver cómo elaboran las unidades didácticas de las asignaturas modificadas o cómo aplican en el aula dichas unidades si ya habían trabajado en su modificación. Se paralizan, además, los nuevos itinerarios para la ESO, la controvertida prueba de la reválida y la elección de los directores de Centro (más de uno se alegrará porque se le aproximaba la patada en el culo). ¿Seguro que el freno a la nueva asignatura de Hecho Religioso y el tachonazo al aumento de horas de Lengua Castellana supondrán una mejora significativa en la futura Ley de Educación?
En fin, me parto de la risa y me paralizo, que no es lo mismo que ‘me paro’, paralizar no equivale a parar, parar supone la detención accidental del movimiento que puede reanudarse a continuación o cuando apetezca; paralizar, en cambio, supone la detención duradera del movimiento que, en consecuencia, no puede reanudarse y, si se reanuda, es con gran dificultad y a trompicones y caídas. Así que me parto de la risa y me paralizo, decía, cuando leo por ahí que los responsables de Educación «establecerán un nuevo marco de diálogo» (lo de ‘marco’ es esplendoroso en la cosa política, qué bárbaro, es que no hay diálogo sin marco), planificarán «un sistema educativo respetuoso con la realidad plurinacional», y garantizarán «una educación de calidad».
No sé de qué me suena todo esto. Cuando empecé a predicar la LOGSE, allá por 1990, ya se utilizaban tales sintagmas primorosamente legales y prometedores. En fin, aplico la reducción a la simplicidad: por mucho que se esfuercen los Gobiernos, del signo político que sean, jamás conseguirán implantar la calidad de la educación —¿por qué no se habla de Enseñanza?— mientras no se erradique la violencia (física en algunos casos, psicológica siempre) de las aulas. Ese es el cascabel que, una vez puesto, paralizaría al gato.
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año 2004 - 04 abril
LA COSA DE LA POLÍTICA
(4-4-2004)
JUAN GARODRI
De qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, háganse cargo, no digo hablar de política sino hablar de la política, clavada la utilización del determinante ‘la’, con todos los rigores de la determinación, un ‘la’ que actualiza la idea abstracta que se suele tener de la política, hablar de política es una generalización que puede referirse a todos los procesos políticos que se encuentren, se hayan encontrado o se puedan encontrar, hablar, sin embargo, de ‘la’ política, concreta el proceso a que nos referimos y lo actualiza a este momento, a esta situación, a esta España nuestra de ahora mismo.
Así que de qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, estos días tan politizados, tan polinizados de política, tan provocadores de alergias y estornudos y moquilleo políticos, tan propios de individuos que, sensibilizados ante la sustancia política, reaccionan después ante ella de una manera exagerada. Y ocurre que los anticuerpos frecuentemente permanecen en la circulación social, con lo que aparece una especie de urticaria provocada por los medicamentos políticos (quiero decir medicamentos recetados por los políticos, no me refiero, evidentemente, a que los medicamentos sean políticos de por sí). No para ahí la cosa, porque si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos, hay tantos, tejido familiar, tejido educativo, tejido económico, tejido religioso, tejido homoerótico, tejido industrial, tejido agrícola, tejido de autonomías e independencias, tejido de mujer trabajadora, tejido de violencia de género, tejido de terrorismo, tejido militar, tejido de culebroneras, culifinas y culimajos, tejido de televisión analfabeta y culigorda, tejido deportivo con su dopaje y sus engañifas, tejido de salsas rosas y grasientas, decía que si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos la liamos gorda, porque aparece entonces una alergia tisular que se manifiesta en erupciones y en eccemas que dejan la piel social y ciudadana convertida en un desastre enrojecido en el que la comezón no deja de levantar manos y pancartas y el picor insoportable no deja de abrir bocas y de lanzar invectivas, insultos y descalificaciones. Y eso si, en determinados estamentos, no entra además asma bronquial y problemas digestivos y hasta oculares y nerviosos, que también son reacciones peculiares desencadenas por alérgenos (políticos).
La política. La cosa política. En qué ha quedado la política. Si dijera que odio la política, tal vez más de uno se llevaría las manos a la cabeza y me señalaría ferozmente con el dedo, como a individuo peligroso y oscuro. Sin embargo, creo que sí. Odio la política. Es decir, odio el conjunto de hechos, el entramado a través del cual quieren hacernos creer que ‘eso’ es la política. El relativismo sofístico acuñó una frase de Gorgias: «Yo creo que si alguno pidiera a todos los hombres que reunieran en un punto todo cuanto cada uno piensa que es inconveniente y luego pidiera de nuevo que cada cual retirara de aquel montón lo que piensa que es conveniente, de seguro que no quedaría allí ningún trozo, sino que todo hubiera quedado repartido entre ellos». Antifón proclama que es lícito traspasar la ley: se puede hacer tranquilamente con tal que nadie lo advierta.
Resulta cuando menos sorprendente que pensadores de unos siglos antes de Cristo apostillaran con frases tan contundentes la actualidad en la que ahora mismo nos movemos, inicios del siglo XXI, más de dos mil años después. Todo para subrayar la idea de poder. La política no es para relacionar a los hombres con los hombres. Esa era la inocencia de Aristóteles. La política es para resaltar la naturaleza del más fuerte. Sólo los débiles se inventan costumbres y leyes para protegerse con ellas. La cultura democrática recoge estas ficciones y pone así límites al poder de los fuertes.
Estas ficciones las desarrolla Maquiavelo. Para él, la base del obrar político no es lo que debe ser, sino lo que es, lo que presenta la realidad diaria. Y la realidad diaria demuestra trágica, sangrientamente, que los hombres son malos. De ahí entresaca los principios fundamentales de la política. La utilidad política queda constituida prácticamente en norma absoluta, lo que da pie a la escisión tremenda entre política y moral. Priorizando lo escuetamente político, es decir, la técnica política, concluye Maquiavelo que «el hombre que quiere en todo hacer profesión de bueno, ha de arruinarse entre tantos que no lo son». El Estado y sus leyes no son más que una convención en la que los ciudadanos se ponen de acuerdo para protegerse unos contra otros.
El lector que haya conseguido llegar hasta aquí, superando la tentación de arrancar la página y arrojarla al basurero más cercano, pensará sin duda que he caído en lo más hondo de la depresión política. Este tío está zumbao, exponer un punto de vista tan negativo de la política, con la de autovías que nos están haciendo nuestros amados gobernantes, y residencias de la tercera edad, y casas de cultura sin parar, y programas de dinamización turística, y senderos de rutas ecológicas para admirar las maravillas de la naturaleza, y charletas televisivas o radiofónicas para que el personal se mantenga bien pero que bien informado, y aceras y farolas y bancos en todos los pueblos, pero que en todos los pueblos aun en los más pequeños, para que descansen los tercerasedades en sus sanos y saludables paseos diarios. Respeto al lector. Y hasta lo aplaudo.
Así y todo, no hay más que leer la prensa diaria para convencerse de que algunas de las ideas políticas desarrolladas hace siglos gozan de permanente actualidad. Y aunque les falta la comprensión hacia lo histórico, el individualismo es el rasero con el que miden la dimensión de lo existente, como ahora. Aunque no todos estaban de acuerdo, naturalmente. «Dios crea solo individuos, no naciones», dijo Benedictus de Spinoza.
(4-4-2004)
JUAN GARODRI
De qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, háganse cargo, no digo hablar de política sino hablar de la política, clavada la utilización del determinante ‘la’, con todos los rigores de la determinación, un ‘la’ que actualiza la idea abstracta que se suele tener de la política, hablar de política es una generalización que puede referirse a todos los procesos políticos que se encuentren, se hayan encontrado o se puedan encontrar, hablar, sin embargo, de ‘la’ política, concreta el proceso a que nos referimos y lo actualiza a este momento, a esta situación, a esta España nuestra de ahora mismo.
Así que de qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, estos días tan politizados, tan polinizados de política, tan provocadores de alergias y estornudos y moquilleo políticos, tan propios de individuos que, sensibilizados ante la sustancia política, reaccionan después ante ella de una manera exagerada. Y ocurre que los anticuerpos frecuentemente permanecen en la circulación social, con lo que aparece una especie de urticaria provocada por los medicamentos políticos (quiero decir medicamentos recetados por los políticos, no me refiero, evidentemente, a que los medicamentos sean políticos de por sí). No para ahí la cosa, porque si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos, hay tantos, tejido familiar, tejido educativo, tejido económico, tejido religioso, tejido homoerótico, tejido industrial, tejido agrícola, tejido de autonomías e independencias, tejido de mujer trabajadora, tejido de violencia de género, tejido de terrorismo, tejido militar, tejido de culebroneras, culifinas y culimajos, tejido de televisión analfabeta y culigorda, tejido deportivo con su dopaje y sus engañifas, tejido de salsas rosas y grasientas, decía que si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos la liamos gorda, porque aparece entonces una alergia tisular que se manifiesta en erupciones y en eccemas que dejan la piel social y ciudadana convertida en un desastre enrojecido en el que la comezón no deja de levantar manos y pancartas y el picor insoportable no deja de abrir bocas y de lanzar invectivas, insultos y descalificaciones. Y eso si, en determinados estamentos, no entra además asma bronquial y problemas digestivos y hasta oculares y nerviosos, que también son reacciones peculiares desencadenas por alérgenos (políticos).
La política. La cosa política. En qué ha quedado la política. Si dijera que odio la política, tal vez más de uno se llevaría las manos a la cabeza y me señalaría ferozmente con el dedo, como a individuo peligroso y oscuro. Sin embargo, creo que sí. Odio la política. Es decir, odio el conjunto de hechos, el entramado a través del cual quieren hacernos creer que ‘eso’ es la política. El relativismo sofístico acuñó una frase de Gorgias: «Yo creo que si alguno pidiera a todos los hombres que reunieran en un punto todo cuanto cada uno piensa que es inconveniente y luego pidiera de nuevo que cada cual retirara de aquel montón lo que piensa que es conveniente, de seguro que no quedaría allí ningún trozo, sino que todo hubiera quedado repartido entre ellos». Antifón proclama que es lícito traspasar la ley: se puede hacer tranquilamente con tal que nadie lo advierta.
Resulta cuando menos sorprendente que pensadores de unos siglos antes de Cristo apostillaran con frases tan contundentes la actualidad en la que ahora mismo nos movemos, inicios del siglo XXI, más de dos mil años después. Todo para subrayar la idea de poder. La política no es para relacionar a los hombres con los hombres. Esa era la inocencia de Aristóteles. La política es para resaltar la naturaleza del más fuerte. Sólo los débiles se inventan costumbres y leyes para protegerse con ellas. La cultura democrática recoge estas ficciones y pone así límites al poder de los fuertes.
Estas ficciones las desarrolla Maquiavelo. Para él, la base del obrar político no es lo que debe ser, sino lo que es, lo que presenta la realidad diaria. Y la realidad diaria demuestra trágica, sangrientamente, que los hombres son malos. De ahí entresaca los principios fundamentales de la política. La utilidad política queda constituida prácticamente en norma absoluta, lo que da pie a la escisión tremenda entre política y moral. Priorizando lo escuetamente político, es decir, la técnica política, concluye Maquiavelo que «el hombre que quiere en todo hacer profesión de bueno, ha de arruinarse entre tantos que no lo son». El Estado y sus leyes no son más que una convención en la que los ciudadanos se ponen de acuerdo para protegerse unos contra otros.
El lector que haya conseguido llegar hasta aquí, superando la tentación de arrancar la página y arrojarla al basurero más cercano, pensará sin duda que he caído en lo más hondo de la depresión política. Este tío está zumbao, exponer un punto de vista tan negativo de la política, con la de autovías que nos están haciendo nuestros amados gobernantes, y residencias de la tercera edad, y casas de cultura sin parar, y programas de dinamización turística, y senderos de rutas ecológicas para admirar las maravillas de la naturaleza, y charletas televisivas o radiofónicas para que el personal se mantenga bien pero que bien informado, y aceras y farolas y bancos en todos los pueblos, pero que en todos los pueblos aun en los más pequeños, para que descansen los tercerasedades en sus sanos y saludables paseos diarios. Respeto al lector. Y hasta lo aplaudo.
Así y todo, no hay más que leer la prensa diaria para convencerse de que algunas de las ideas políticas desarrolladas hace siglos gozan de permanente actualidad. Y aunque les falta la comprensión hacia lo histórico, el individualismo es el rasero con el que miden la dimensión de lo existente, como ahora. Aunque no todos estaban de acuerdo, naturalmente. «Dios crea solo individuos, no naciones», dijo Benedictus de Spinoza.
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año 2004 - 04 abril
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