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domingo, 19 de julio de 2009

EL EUROMÓVIL
(31-1-1999)
JUAN GARODRI



Desde que salieron de Egipto, los hebreos recorrieron miles de kilómetros, o como los llamaran entonces, caminando cuarenta años a través del desierto, acaudillados por Moisés. Cuarenta años son muchos años recorriendo kilómetros. Con todo, se las arreglaban para sortear las dificultades gracias a la ayuda que les venía de lo Alto. Unas veces era la serpiente que se transformaba en bastón, o al revés, no recuerdo; otras veces, las aguas se hendían como un flan milagroso para que los bíblicos caminantes las vadeasen a pie enjuto; otras, la roca se convertía en manantío salutífero. Finalmente, llegaba el maná, aquella especie de salvación que les venía de lo Alto en forma de alimento irrealmente nutritivo. Como quiera que sea, la tradición histórico religiosa pesa mucho, de manera que con el correr de los años se extendieron por todas partes la abundancia iconográfica y las representaciones pictóricas medievales y renacentistas que magnificaban el mitema de un Moisés dispuesto a simbolizar la salvación que venía de lo Alto. Ahí tienes, por poner un ejemplo, la espléndida escultura que esculpió Miguel Angel para la tumba de Julio II: el Moisés más poderoso de toda la plástica universal, al decir de muchos.
Item más. Cuando yo era chico, se celebraban las ‘santas misiones’, lo que son las cosas. Los señores maestros nos llevaban en fila hasta la iglesia y allí, acogotados por la olorosa y descascarillada humedad de las paredes, escuchábamos sobrecogidos las reprimendas escatológicas (muerte, juicio, infierno y gloria) de un padre misionero que daba unas voces disparatadas y lúgubres para recordarnos que el castigo y la salvación, más bien el castigo, venían de lo Alto. Al amanecer, se cantaba aquello de “El demonio en la oreja / te está diciendo / no vayas al rosario / estáte durmiendo”, como si se tratase de un caralsol religioso y procesional, con lo cual que se desarrollaba mi sentimiento de culpabilidad porque yo no dejaba de pensar en la deseable sabiduría hedonística de un demonio que prefería seguir bien calentito en la cama a tener que trotar por las calles a las seis de la madrugada, por mucho que la salvación viniese de lo Alto.
Item más. La rapidísima velocidad del tiempo, ese concepto metafísico de la brevedad de la vida y del desgaste temporal metaforizados insuperablemente por Quevedo «soy un fue y un será y un es cansado», la velocidad del tiempo, te decía, también ha venido a posarse durante estos estertores finiseculares en la rama de la salvación que nos viene de lo Alto.
Naturalmente, nadie que se precie admite a estas alturas del milenio un concepto demiúrgico de la salvación. Naturalmente, hoy hay que salvar otras prioridades, a saber, la poltrona política, las letras del Tesoro, la vivienda unifamiliar, el coche de representación y, si se tercia, los apetitosos sucedáneos de esposa. Naturalmente, a estas alturas finiseculares, repito, la pregunta del millón, suele decirse, reside en las siguientes aporías:
—¿De dónde nos viene la salvación?
Respuesta: la salvación nos viene de lo Alto.
—¿De dónde nos viene lo Alto?
Respuesta: lo Alto nos viene de Europa.
—¿Qué es lo Alto que nos viene de Europa?
Respuesta: lo Alto que nos viene de Europa es el Euro.
—¿Qué es el Euro?
Respuesta: El Euro es la entelequia de todos los bienes sin mezcla de mal alguno.
—¿Qué nos ofrece el Euro?
Respuesta: el Euro nos ofrece la salvación liberal económica.
—¿De dónde nos viene dicha salvación?
Respuesta: Dicha salvación nos viene de lo Alto.
—¿De lo alto de Europa?
Respuesta: Sí, padre, de lo alto de Europa.
—¿Cree usted en la santa Europa, una, maastríchtica, liberal y económica?
Respuesta: Sí, padre, creo.
—¿Cree usted en el Euro, su representante en la tierra y vehículo de salvación?
Respuesta: Sí, padre, creo.
—¿De dónde nos viene, pues, la salvación?
Respuesta: La salvación nos viene de lo Alto de Europa y de su representante en la tierra, el euro.
Y así podríamos seguir girando como ovejas pedorras dentro de una especie de Ripalda europeístico y tautológico.
Item más. De la misma forma que el espíritu misionero y salvador repartía huchas a todos los niños de la posguerra para que la salvación que viene de lo Alto llegase también a los negritos o a los chinitos y se bautizasen, de esa misma forma, digo, pero tirando de largo, los mandamases han repartido autocares entre el gentío del premilenio para que la salvación que viene de lo Alto de Europa, el euro o sea, también se extienda entre los niños necesitados y conozcan las ventajas de la conversión (la conversión de la peseta en euros, quiero decir). Y así, han creado la gentil figura del euromóvil, un autocar «especialmente habilitado como aula educativa para informar sobre el euro de una manera didáctica, gracias a su pantalla gigante y a los diez monitores de ordenador de que dispone». Y había que observar la satisfacción salvadora, casi mesiánica, del Secretario de Economía Cristóbal Montoro cuando calificaba al chisme euromovilístico como «fundamental para que el ciudadano se familiarice con la nueva moneda».
Lo malo es que las ayudas salvadoras, a veces, encuentran la oposición de un demonio actualizado y pertinaz que se empeña en anublar la diafanidad luminosa de la redención económica. Así ocurrió en Coria, sin ir más lejos. Los señores maestros llevaron a los niños hasta los alrededores de la Casa de Cultura para que recibieran las admoniciones misioneras del euromóvil. Pero héte aquí que el autocar, la pantalla gigante y los diez monitores de ordenador de que dispone se habían esfumado. Los niños aguantaban bajo la lluvia y el frío. Por lo visto, nadie había dispuesto un aparcamiento apropiado para el autocar, nadie había preparado las conexiones eléctricas y, en fin, nadie había coordinado de forma sensata la actividad euromisionera. ¿Tal vez la falta de un guía o caudillo mesiánico, monitorizador y europeo que invoque la salvación que viene de lo Alto? (De la euroaltura, quiero decir). Eso.
EL CALCETÍN DE TAPIÈS
(23-1-1999)
JUAN GARODRI


El riesgo no es más que eso, un riesgo. Todo el mundo ha corrido algún riesgo en su vida, en la juventud o por ahí, para poder soltarlo en la barra del bar, a la hora de los vinos, y alimentar con él los particulares engreimientos y vanidades que afloran espontáneamente al olor de las tapas y al reclamo de los eructos cerveceros.
Hay cientos de ejemplos arriesgados. El corredor de fórmula uno, el jugador de bolsa, Clemente cuando plantea el juego del Betis como planteaba el de la Selección, el que asiste a un cursillo sobre la depresión y el estrés (lo cual que se arriesga a salir convencido de que es un psicopateado funcional) y, en fin, todo aquél que se aficiona a programas televisivos tipo “Corazón de invierno” o así (se arriesgan los boquiabiertos/as a padecer esquizofrenia auditiva provocada por la tontorrona melopea de la voz en off o, peor, a agarrarse el síndrome de la culifina, ellas, o el síndrome de los culimajos, ellos). De manera que no te fíes, colega, el riesgo salta donde menos se piensa, como las liebres.
Ahora, eso sí, ningún riesgo (voy a correrlo, qué remedio) como el de afirmar, rotundamente, casi descaradamente, la ligera, frívola, irreflexiva, maquinal y precipitada e inculta tomadura de pelo que, subrepticiamente, me recorre el espinazo como un escalofrío malsano, cuando visito alguna exposición de las llamadas artísticas en las que lienzos pintarrajeados con la ingeniosa carencia del talento, pedruscos arcillosos amasados con la burda pretensión del ingenio y hierros retorcidos con el descaro crematístico de los chatarreros, pretenden traducir (introducirme en) las sinuosidades desdobladas del inconsciente. Las bellas artes. ¡Y una mierda!
Verás. Cuando entré en la sala de la Exposición (apabullantemente montada con esa decoración de nuevo rico cultural, sin miedo al dispendio, con que determinadas instituciones lanzan la casa por la ventana, conscientes de que tiran con pólvora ajena), pensé que me había equivocado de Sala. Ollas y cazuelas que ni el más depresivo de los lañadores callejeros se hubiera atrevido a restañar, aparecían situadas en lugares preferentes, airosamente expuestas en sus peanas (esas efigies diseñadas para nutrir tal vez la sorpresa de la patanería), ollas y cazuelas, ya te digo, que ofrecían la indigencia de sus orificios oxidados a los atónitos ojos de los visitantes, ávidos de inquietud supuestamente cultural.
Me acerqué a una cazuela (Objeto II, rezaba la leyenda) dispuesto a extraer sus calidades estéticas y no había forma: era exactamente igual a la que puedes encontrar en cualquier basurero. Yo daba vueltas alrededor de la peana, me acercaba, me retiraba, inclinaba la cabeza a derecha e izquierda, achicaba los ojos al modo como hacen los entendidos cuando se obstinan en extraer como sea la aureola estética de las obras de arte. Pero ni por esas.
Y, aunque consciente de que el valor estético de una obra no depende exclusivamente del tema, no, sino de su tratamiento artístico, mi falta de talento me incapacitaba para admitir ambos compuestos. A saber:
a) El Objeto II carecía de tema porque ya no era una cazuela: la carencia de hondón, las abolladuras oxidadas y las arrugas metálicas habían reducido su esencia a la subespecie de los desperdicios,
b) El Objeto II no había sido sometido a tratamiento manipulador que lo elevase a la categoría de obra de arte porque, a lo que parecía, conservaba la indigencia y suciedad del basurero.
En esto que oigo una voz junto a mi hombro.
—Genial, simplemente genial —afirmó confidencialmente—, el Objeto II es un resumen casi perfecto de la belleza ideal.
—En el Critias, Platón ya hablaba de la belleza ideal— repuse mosqueado.
—Sólo pretendía ayudarle —se disculpó.
—Ah bueno. Vale —acepté.
Y entonces se explayó. Como si me conociera de toda la vida, afirmaba que si uno llegase a profundizar en la contemplación del Objeto II podría obtener una formidable percepción del silencio, porque el Objeto II era el silencio. No tuve más remedio que hacer una ligera reverencia a aquella especie de chatarra ferruginosa aturdida de silencio. Insistió, además, mi desconocido tutor artístico en que apreciase los óxidos, la fabulosa textura de los óxidos que proporcionaban al Objeto II una indiscutible presencia dentro de un ámbito referencialmente acústico. Lo miré. Y la aparente seguridad de sus explicaciones contrastaba con la lenta pero incontenible sensación de analfabetismo existencial que me atrapaba. Para acabar de hundirme en la miseria conceptual, me rogó que apreciara las soldaduras. Las viejas soldaduras del estaño proporcionaban un mundo indescriptible de sombras que transportaban al Objeto II al mundo de lo imposible, al ámbito misterioso de los sueños.
Cabizbajo, salí de la sala de Exposiciones. En el vestíbulo, varios entendidos, supongo, intercomunicaban emocionadamente la densidad de sus conocimientos artísticos. Y así como los pórticos de las iglesias suelen mostrar a la veneración de los fieles, si se tercia, algún cuadro de la Patrona o alguna imagen del Patrón, también colgaba de la pared del vestíbulo una reproducción, a gran escala, del calcetín de Tapiès, con su roto y todo. A su amparo, discutían los entendidos.
LOS PUENTES
(18-1-1999)
JUAN GARODRI


La larga polémica sobre el concepto de romanticismo (vamos a dejar aparcados en la cuneta, si te parece, a Lovejoy y a Wellek si no queremos marear más la perdiz sobre el asunto) vino a ser algo así como una pelea de gallos en corral literario. Y no digamos si la cuestión recae en el romanticismo español, ese desfase tan celtibérico que pretende descubrir la naturaleza en las ruinas del pasado en vez de adivinarla en las iluminaciones progresistas del futuro.
Bien. No es que presuma de nostalgia romántica, qué quieres que te diga, pero cuando recorro los atardeceres incomparables de la Sierra de Gata y entreveo la silueta tornasolada de los viejos puentes, germina en mi interior una especie de evanescencia sentimental y rosácea que se aferra a los ejes de la memoria con la persistencia de la miel, esos recuerdos insoportables, de felices, que aletean entre los pliegues (no tan psicasténicos como aseguran) del romanticismo no superado.
Veamos. Te detienes, por ejemplo, en el puente que cruza el Árrago, junto al camping de Gata. (Ah, las aguas del Árrago que, desde Robledillo, bajan lamiendo la Sierra y la ungen de fertilidad e inocencia). La extraordinaria soledad del agua lanza furiosos lengüetazos contra el silencio, esa claridad transparente en que se mueven las truchas. Te pierdes entre ellas y adivinas la historia de sus orillas, el fluir de otras vidas traspasadas por el trasiego del trabajo tras el olivo y los castaños, como en una reencarnación medieval de la humildad y el sosiego.
O te asomas al puente que baja desde la Fatela, camino de Acebo. O te acercas hasta el viejo molino, junto al puente de Perales. O serpenteas hasta la esbeltez icónica del puente que pervive entre la Fatela y Villasbuenas. No puedes evitarlo. Te invade la nostalgia romántica, esa insoportable levedad que te retrotrae al pasado y a las piedras ruinosas, como a un Bécquer cualquiera, enfermo de naturaleza.
Y una historia de amor sobrevuela entre los alerces, junto al puente, como una paloma acrónica que aletea a la caída del sol, aturdida de cronología. O, tal vez, una historia de odio persiste entre las paredes, aferrada al musgo y a los recuerdos, una historia arrebatada y trágica, como eterna navaja resistente al óxido que gotea la noche.
Los puentes de la Sierra de Gata. Ruinosos y esbeltos, adormecidos e increíbles. Cualquier puente simboliza un nexo, una unión entre dos contrarios, una orilla y la otra, una dificultad y la otra. El puente ‘salvaba’ la relación antagónica y convertía los sujetos en identidades deseables. Hasta el arco iris era un puente antiquísimo en el que los hombres ayuntaban las relaciones, más o menos descoyuntadas, con la divinidad. Los puentes. Son tantos, que no hay recuerdos ni dedicatorias encendidas, aplicables a todos y cada uno de ellos.
En fin. Para que no me taches de trasnochado y palizas, y para deshacer, al mismo tiempo, la precedente gilipollez romántica, voy a trasladarme a la actualidad y a rogarte que aplaudas conmigo los esfuerzos del equipo de profesionales y alumnos de la Escuela de Caminos de la Universidad de Extremadura que, según he leído, están inventariando (o ya quizás hayan inventariado) los puentes extremeños. Amén.
LOS MAGOS
(8-1-1999)
JUAN GARODRI



A finales del siglo XVIII, la Revolución Francesa mandó al cesto del verdugo todo el simbolismo que los reyes acumulaban y que abarcaba desde imaginarlo como depositario de poderes de origen divino hasta considerarlo como garantizador del orden cósmico; desde pensarlo como mediador instalado en el eje del mundo hasta aceptarlo como defensor del pueblo contra toda clase de males.
Aquello se acabó, ya sabes. La afilada violencia de la guillotina primero y los disparos, más o menos acertados, de los votos democráticos después, han derribado definitivamente aquella imagen regia portadora de referencias divinas y carismáticas.
Y no es que esté apesadumbrado por el acontecimiento, porque a mí, en cuanto a reyes, ni fu ni fa, qué quieres que te diga. Pero había que tener los ojos de la sumisión muy cegajosos para que el personal aceptase sin rechistar, en aquellos tiempos de maricastaña, la tomadura de pelo institucional que suponía, por ejemplo, que el rey se cepillase jerárquicamente a toda hembra placentera, viniese o no a cuento, y que la reina se amachambrase, a las primeras de cambio, con cualquier palafrenero. Sin ir más lejos, relatan estos días las purulentas revistas del corazón (toma eufemismo cardiopático) que la Queen Grandmother Victoria, con más correa que una higuera, para no desmerecer de antecesores ni sucesores, anduvo liada durante años con un guardabosques. Pues eso.
Sin embargo, y a pesar de lo del ni fu ni fa, los reyes (magos) no han muerto, ni mucho menos. Todo lo contrario: la imagen de los reyes cobra dimensiones casi esotéricas durante estas fechas tan señaladas, de manera que el repeluzno es clamoroso y me dan ganas de abrirme y largarme a Australia, si pudiera, que andan por allí preparando magnificadoramente los fastos para la próxima Olimpíada en lo del Sidney 2000.
Los que no se largan ni a la de tres son los reyes de la publicidad, esos comecocos miserables que sorben el seso de la niñez y desarrollan indignamente el ego de los padres para impulsarlos a la adquisición de las más innecesarias, estúpidas e incluso peligrosas mercancías. Y así, enmascarados tras la iconografía pseudo religiosa, los tiburones, buitres y demás fauna predadora de la publicidad comercial, promocionan la figura de los Reyes que vienen de Oriente, pero que de muy oriente, de China, Taiwán y por allí, cargados con el oro, el incienso y la mirra de la insensatez y, quién sabe, tal vez de la perversidad.
Porque a ver quién justifica, digo yo, la aparición de juguetes(?) tan pavorosos como los ‘yugulator’, ‘violator’, ‘depredator’ y otros artefactos semejantes que los reyes de oriente con cara de Kung Fú amarillo exportan en camellos galácticos y en renos siderales para depositarlos en el angelical zapatito infantil. De esta forma, el angelical zapatito infantil se transforma a todo meter en anticipadas dosis de perversidad y mala leche con las que se pueda fastidiar al enemigo y conseguir que Pepito muerda el polvo.
Y la madre, esa culebronera del quinto que recibe siempre al butanero con la arrogancia de las ondulaciones mientras el culo se le hace calisay al observar las miradas que el mozo dirige a su pechuga, la madre, digo, muestra orgullosa a las vecinas el ‘violator’ que los reyes magos de oriente de China y Taiwán le han traído a su niño, mi amor, para que adviertan lo libre de prejuicios y lo desinhibida y lo moderna que es ella a estas alturas expiratorias del siglo. Y las vecinas observan, con cierto estupor embadurnado de misterio fisiológico, cómo el ‘violator’, pertrechado en su vehículo lanzamisiles, se encrespa y se endurece dentro de la simulación icónica y fálica que lo representa y cómo el niño, mi amor, empieza a adiestrarse en el duro oficio de la barrena violadora y delincuente.
Y el padre, ese paso-de-todo mientras yo pueda rellenarme de cerveza en el bar de la esquina en tanto que aguardo el paso de las tórtolas, tan fugaces y livianas al atardecer, para atiborrarme de pechugas y deseos, el padre, digo, muestra a los compinches cerveceros el ‘yugulator’ que los magos de oriente de China y Taiwán le han traído a su hijo, que es la hostia, tío, y se parten de risa al observar las piruetas agónicas de la víctima cuya cabeza ha introducido su hijo (aprendiz de verdugo tal vez superdotado) en el agujero mortal de la unidad de tortura para que el enemigo se joda y se retuerza hasta que casque y deje allí el pellejo.
Y el tío Carlos, ese pesado insoportable que se ha pasado la noche de Año Viejo asegurando a la grey familiar que en este país nadie tiene un duro y que lo de la justicia y la delincuencia y las cárceles es una vergüenza nacional y una mierda, el tío, digo, va y le regala al niño un artilugio que simula, a escala real, una pistola Smith & Wesson, y ensalza la puntería infantil cuando el angelito atraviesa una manzana colocada en la cabeza de Troski, el perro. ¡Cómo mola!
Ya sé, ya sé, que puede parecer exagerado lo que voy diciéndote. Y admito que tú y otros muchos regaláis libros y juguetes didácticos a los hijos, mira qué bien. Pero no por ello es menos cierto. Y aunque, según dicen, roza los límites de la obscenidad la manifestación ostentórea de los sentimientos, proclamo que odio la violencia con la misma intensidad que cualquiera que odie la violencia.
Moraleja: deseo con todas mis fuerzas que los reyes magos de oriente bélicos naufraguen cuando crucen el Océano Índico. Y que, sin violencia, en medio de las olas luminosas de la publicidad, se ahoguen mansamente. Por lo menos.
LOS NOMBRES
(6-1-1999)
JUAN GARODRI


Ahora están de vacaciones, ya sabes. Durante estos días de Navidad y siguientes, colega, te ves libre de alumnos y has lanzado a la estepa helada de finales de diciembre el sonsonete didáctico. Por eso no voy a recordarte ahora el agridulce epígrafe gramatical que alude al nombre, núcleo del sintagma nominal, definición, clasificaciones, y todo eso.
Ya sabes, qué voy a decirte de ello, que el nombre es algo así como una convención léxica asentada en las tripas de la diacronía. Y que muchos gramáticos, propedeutas y gente entendida pretenden hacernos creer, más o menos, que desde antiguo el nombre es una equivalencia de la realidad nombrada. Creo que sí. Verás.
La otra mañana me adentraba yo por los peligrosos vericuetos, atestados de carritos, de un megasupermercado a la búsqueda de mis yogures preferidos. Ya se sabe que cualquier consumidor que se precie circula por entre los estantes y secciones de las grandes superficies (yo no, me reconozco inútil) con ese aire de naturalidad y autosufi­ciencia que proporciona el dominio del ámbito consumista y el convencimiento de las prerrogativas que otorga el hecho de pagar. Y así, el gentío se apresura a lo de la compra de forma desorganizada, como si las reservas se agotasen, y ni miran siquiera dónde ponen la esquina del carrito. Están en lo suyo y para eso pagan.
Yo caminaba, ya te digo, esquivando como podía las metálicas agresiones de las esquinas de los carritos, que se empeñaban en golpear como si tal cosa mis rodillas, atolondrado por el éxtasis consumista del personal y asqueado por el sonsonete definitiva­mente insoportable y turronero de la musiquilla navideña (esa originalísima melodía que desea paz digitalizada y felicidad tontorrona a todo quisque que adquiera seiscientos cincuenta gramos de jamón cocido y una botella de tinto medianamente aceptable).
En esto que, mira por donde, una señora joven de muy buen, pero que de muy buen ver, todo hay que decirlo (gabardina abierta, falda corta, gorrito monísimo y abundante melena tipo locutora de ‘Corazón navideño’ y compañía, esas culifinas que imponen la moda y exponen las sandeces conyugales), arrastraba de la mano a su hijo de corta edad, ser indefenso y angelical que propinaba patadas a los transeúntes y encima había que sonreírle. El niño berreaba, pateaba, brincaba y hasta mordía, según pude apreciar, porque pretendía salirse con la suya y conseguir algo que la madre no quería concederle. La joven madre le aplicó una mediana colleja en el colodrillo que lo hizo enmudecer. Lo sorprendente, no obstante, consistió no en el liviano castigo materno aplicado a la insoportable insistencia infantil, sino en las palabras que pronunció la madre: «¡Cállate ya, Crístofer-Yónatan!», gritó irritada.
El paquete de yogures se escapó de mis dedos y tuve que improvisar unos arriesgados movimientos de equilibrista para recuperarlos. La duplicidad onomástica, añadida a la pronunciación decididamente indígena de los antropónimos sajones, me taponó los oídos mientras las sílabas percutían en mi interior y vibraban como pequeñas esquirlas metálicas. Oh Dios, aquella madre no se había conformado con uno, le había colocado al niño el estigma de dos horripilantes sambenitos, como si la criatura tuviera culpa de algo. Porque lo más probable era que el niño se llamase Crístofer-Yónatan Fernández, o Crístofer-Yónatan Pérez o, lo que es peor, Crístofer-Yónatan Gil. Tal vez haya sido la abuela, me dije movido a compasión, porque la joven madre de muy buen ver aparenta un estilo que no se corresponde con el desacierto onomástico. O tal vez haya sido la tía Etelvina o la prima Enriqueta, esas culebroneras que se dan en cualquier familia y que se empeñan, a toda costa, en amadrinar a los niños aplicándoles nombres característicos de los seriales televisivamente lacrimógenos.
Pase lo de la multiplicidad antroponímica del nieto del rey, porque fuma en pipa lo de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. Pase lo de mi primo el odontólogo que se empeñó en llamar a su hijo, desoyendo científicamente el griterío del estupor familiar, Pedro Jorge María de la Concepción Eduardo, en medio de una mezcolanza asexuada y sorprendente. Pase. Al fin y al cabo, tales nombres responden a la contundente sonoridad fonética del castellano. Pero es que lo de Crístofer-Yónatan se pasa de la raya, amigo.
Como quiera que fuese, la cosa ya no tenía remedio. Y, tal como te decía al principio, el nombre era en este caso, me parecía, una equivalencia totalmente semejante a la realidad nombrada. Porque ¿cómo iba a comportarse correctamente un niño al que llamaban Crístofer-Yónatan? Lo natural, con un nombre así, era que brincase, berrease y diera patadas. Y hasta que mordiera.
EL CUENTO DEL ESCRITOR
(2-1-1999)
JUAN GARODRI


Disculpa, amigo, que empiece con una palabra tan lingüísticamente solemne y empinada como la de ‘semántica’. Porque me parece que es complicado lo de la semántica, qué quieres que te diga. Puestos a desentrañar significados, tú percibes claramente las diferencias significativas que pueden darse entre batalla y riña, por poner un ejemplo, o entre piso y casa, por poner otro. Si me apuras, también podemos señalar las diferencias de significado que pueden establecerse en el campo nocional del que maneja la pluma: escritor, escribiente, escribidor, letraherido, plumilla y plumífero. Pero no es fácil, créeme.
El escribiente se acomoda a esa figura casi envidiada en épocas anteriores a la aparición del lío informático y de la sacrosanta triple WWW, que conseguía un sueldo fijo rellenando a mano facturas y balances o caligrafiando las actas de los plenos del Ayuntamiento. También se llamaba escribiente a aquel hombre que se quemaba las cejas en las trastiendas de las zapaterías y en las oficinas de los constructores para cuadrarles las cuentas. En definitiva, era escribiente porque escribía. Y mucho.
El escritor, en cambio, pertenece a otro mundo. Antes de la triple WWW citada, se pasaba las horas escribiendo en un cuaderno a rayas (con pluma de oca o con estilográfica recargable, según los tiempos), los sentimientos líricos, las pasiones narrativas y los desenlaces dramáticos que su talento extraía de las posibilidades ideales, más o menos deseables, hasta que conseguía transformarlas en aparentes y verosímiles realidades concretas, bien aderezadas con la habilidad de la maestría verbal, el conocimiento de la propiedad léxica y el talento de la coherencia conceptual. Ahí tienes, sin ir más lejos, la amplia nómina de escritores relacionados en cualquier manual de literatura. O los nombres de escritores famosos que aparecen en las listas de ventas publicadas por los suplementos literarios fin de semana.
En cuanto al concepto de escribidor, anda y pregúntale por su significado a Vargas Llosa. Y en cuanto a lo de letraherido, pregúntale al ‘agente provocador’ de Pere Gimferrer o, tal vez, a la facundia suficiente de Luis Antonio de Villena. Ahora, eso sí, por lo que se refiere a lo de plumífero y plumilla, pregúntale a mi amigo Severino Miranda.
Bueno, para no liarte, voy al grano. Y el grano trata de un amigo que yo tenía en los tiempos de la Universidad, esas amistadas enconadas y juveniles en que sobreabunda la camaradería y los amigos comparten sin demasiados miramientos los contenidos de tres remolinos existenciales, a saber: uno, los apuntes de crítica literaria y/o el paracetamol para los resfriados; dos, las zapatillas de baloncesto y/o la mutua soledad de las cogorzas de los viernes noche; y tres, las chapuzas culinarias en el piso y/o las apetitosas turgencias de las muchachas en el campus.
Ya te digo, Miranda y yo éramos amigos. Y, como suele ocurrir dentro de las buenas amistades, uno pide y otro da, de manera que él pedía porque yo solía acceder a lo que él solía pedir, hasta el punto de que utilizaba como norma de comportamiento la actitud parasitaria de las garrapatas a las que no hay desparasitador que las desparasite, una vez aferradas al pellejo.
Habitualmente, mi amigo pedía y yo daba, ya te digo. Y así, mientras él se largaba a dar una vuelta para ahuyentar el tedio rosado de los atardeceres, yo permanecía como un gilipollas en la habitación del piso, bien acodado en la roña olorosa de la mesa, devanándome los sesos para interpretar la velocidad caligráfica de mis apuntes y pasándolos a limpio para que él, convertido en rey del mambo, pudiera fotocopiarlos a la mañana siguiente.
Otras veces, la dificultad se agazapaba en el comentario de texto, actividad didáctica que odiaba visceralmente, decía, porque lo relegaba a la figura adolescente de segundo de BUP, ya superada, no sin astucia, triquiñuelas y chuletas perfectamente adaptadas al copieteo. Era humillante tener que retroceder hasta los años insensatos del instituto. «Yo ya he traspasado ese estadio lechoso de sarampión mental», sentenciaba. Y ahí me tenías liado con el comentario de texto, una tarde tras otra, sin levantar cabeza para que el rey del mambo se tirase el farol de deslumbrar al personal, generalmente femenino, con la ficticia posesión de una extraordinaria lucidez interpretativa y con la descarada aserción de que, en consecuencia, los textos de Guillén, por ejemplo, y los del 27 en general resultaban para él pan comido.
Cuando yo terminé, Miranda se arrastraba todavía por tercero o cuarto de carrera y creo que aún le quedaba alguna de segundo. No volvimos a vernos. Y asentados en el hecho de que la memoria se vuelve perezosa y liviana, cada vez fueron distanciándose más acusadamente los recuerdos hasta el punto de que desaparecieron como la niebla o las nubes.
Y ahí reside precisamente el cogotón de mi sorpresa. Como todas las mañanas, yo tomaba mi café caliente en el bar. Abro el periódico y, cielos, es él. Un artículo de media página firmado por él. «Severino Miranda. Escritor», decía. Los colegas miraron sin comprender la repentina tragantada que me desencadenó la violencia insoportable de una tos enfadosa y salpicona. La palabra “escritor”, rodeada de ufanía, podía haberse atravesado en cualquier parte, más o menos vulnerable de mi anatomía, en los ojos, por ejemplo, y haberme vuelto la visión borrosa, o en las tripas, y haberme producido una aerofagia dispéptica y antiescritora. Pero no. Se me atravesó en la garganta como hueso de pollo que adoptaba la forma vanidosa de un plumífero devenido en escritor. Y seguí tosiendo.
Con resignación y algo de rabia, pensé que en este país, suele decirse, el más tonto sabe hacer relojes. A no ser que Miranda se hubiera convertido milagrosamente en relojero. Tal vez.