CREDIBILIDAD
(30-1-2001)
JUAN GARODRI
Apretado contra el pecho lleva uno el hatillo de su credulidad, ese modesto acopio de acontecimientos que uno acepta ligera y fácilmente a diario, esas sobras de la abundancia informativa con la que te socorren cada día los mandamases, como un pan nuestro desacralizado que te ofrecen no para alimentarte sino para mantenerte desnutrido, uno es un indigente al que le echan el mondongo de sus componendas, un pobre al que socorren con la falsa protección de sus pronunciamientos, un menesteroso sobre el que sacuden los desperdicios de sus comidas de trabajo. Así que camina uno con lo poco que posee, el hatillo de su credulidad, bien apretado contra el pecho para que no te despojen de él, para que no te conviertan en un desposeído, ya lo eres, instalado en la cuneta de la desconfianza. Quieren arrebatarte las escasas monedas de tu credulidad con la falsa promesa de su credibilidad. Aunque no sé yo quién cree en ellos, no sé quién acepta su credibilidad, quién se fía ya de esa cualidad que permite o merece ser creído. (Por mucho que el CIS airee sus encuestas, por mucho que le muestren a uno que el 40 % de los españoles confía en la situación política y está de acuerdo con la situación económica).
A ver cómo no va a mostrarse uno preocupado. A ver cómo no vamos a andar unos y otros con el alma en vilo. Anda el personal confuso y desorientado por las distintas versiones que los mandamases suelen dar de los hechos recientes, aportan sobre el mismo hecho informaciones contradictorias, cuando no contrarias, de manera que el personal tiene la sensación de que se las están dando todas en el mismo carrillo. Un juego incruento en el que uno lleva las de perder, los dioses del clasicismo también se divertían jugando con los hombres, adoptaban incluso poses antropomórficas, los dioses, enamorados y tornadizos, perseguían la belleza cosificada en los senos, pubis, glúteos y demás atributos femeninos para darse un hartazgo estético, se divertían con los hombres jugando a la cosa mitológica, y eligieron a los clásicos para que reposaran en el alabastro su aleteo antropomórfico e inseminador. Tal vez así juguetean con nosotros, desde un punto de vista más democrático que mitológico, los mandamases, vacas locas sí, vacas locas no, tal vez así reparten sus capones y collejas en nuestros cogotes subordinados, poder legislativo sí, poder judicial no, tal vez así tiran de la cuerda de nuestras insuficiencias, al compás de sus tirones levantamos un brazo, o el otro, levantamos una pierna, o la otra, danzamos el baile triste del sometimiento, unas marionetas insignificantes y abatidas, eso somos, títeres movidos por medio de hilos económicos, personajes de trapo de la commedia dell’arte globalizadora, abatidos pierrots en la inseguridad de los colorines ciudadanos.
Y para resarcirse, uno acude al fútbol y a los programas televisivos, basureros de efectos especiales y tecnología punta, uno rebusca en los superhipermercados, esas estaciones municipales de transformación de residuos sólidos urbanos, las grandes superficies, en las que uno busca la transformación de los residuos psicológicos en chaquetones o en video consolas, uno hunde su sometimiento en el consumismo los fines de semana, para resarcirse, y lo transforma en objetos inútiles y casi siempre innecesarios. Así ahoga uno los resentimientos, y aunque no todos pertenecemos a la misma camada, los resentimientos emergen de forma parecida, más o menos repentina, como las setas y los murciélagos, según uno los manifieste individual o colectivamente. Aparecen entonces las frases hechas y surge la pronunciación enérgica que se asienta formidablemente en lo de “ ¡intolerable!, ¡no es de recibo!, ¡es de juzgado de guardia!” y otros rosetones léxicos que afloran entre los basamentos de la indignación Cesa mascarada pretenciosa y anónima que bailotea entre los residuos de la jurisprudencia callejera.
Cómo va uno a conceder credibilidad a lo que oye, boletines de noticias a todas horas, cada boletín con su santo y seña según la voz de su amo, cómo va uno a conceder credibilidad a lo que lee, atosigamiento de noticias, cada periódico con su santo y seña según el ideario impositivo, cómo va uno a conceder credibilidad a lo que ve, pantallas televisivas, cada una con su santo y seña según los poderes económicos de los que se nutren. Mientras tanto, el Gobierno con sus declaraciones, justificaciones y exculpaciones, casi siempre contrarias a las que ofrecen los distintos medios de comunicación. Durante los últimos quince días, me he entretenido en confeccionar un brevísimo florilegio de frases sobre vacas locas, ley de extranjería, juez Gómez de Liaño, congelación salarial de funcionarios, ley del menor y submarino Tireless. Si no se vuelve uno gilipollas mental, se debe a que el espacio mental de la anomalía ya está ocupado por un alto grado de masoquismo lector inevitable.
Pero, por favor, que no vengan a pedirle a uno, encima, la ofrenda de la credibilidad.
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domingo, 16 de agosto de 2009

UFANÍA DE LAS CITAS
(20-1-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, es que quedas bien, bien. Eres consciente de lo poco que das de ti, de la miseria de tus conocimientos, de la frágil mariposa de tus vaguedades, eres consciente de tus limitaciones y escaseces, y entonces vas y echas mano de la cita, esa reluciente tabla de surfing que sostiene tu indigencia conceptual y te empuja entre las olas de la ligereza erudita. En fin, la ufanía de las citas.
Ya lo hemos comentado otras veces, no sé si lo recuerdas. Las citas dejan de poseer su cualidad si los nombres de los autores citados no poseen fonética anglosajona, mejor cuanto más impronunciable. Las citas reciben el halagador atributo de la importancia en proporción directa a la cualidad prodigiosa de su rareza (hay escritores, dígase lo que se diga, que utilizarán la cita para consolidar su ego, ese globo infantil peligrosamente hinchado con el oxígeno de la petulancia. La cita pretenderá, además, golpear la coronilla de la sorpresa). Si citas a Antonio Gala, a Vizcaíno Casas o a Pérez Reverte, por poner unos ejemplos, manifiestas una especie de evacuación cultural apresurada y frívola, provocada por una repentina hipercloridia de garrulería libresca. Y no solo por la llaneza fonética y castellana de sus nombres sino, además, porque la capacidad de sorpresa que debe poseer toda cita queda automáticamente eliminada por la popularidad de sus autores, Vizcaíno y Gala, te decía, conocidos hasta por los gatos (la popularidad, ese potaje maloliente de la fama —ventas millonarias— que tantas indigestiones provoca en los estómagos ulcerosos de los letraheridos, digamos buenos escritores).
Citar a un autor, sin embargo, que tal vez lo conozca su madre, a Whoreplaymouth, por poner otro ejemplo, es señal de asentada cultura literaria. Y si es autor de obra ilegible, por plasta admirablemente singular depositada en la oquedad de la nada, mejor. ¡Qué vasta dimensión inteligente la del citador, ese tragaderas policultural que regurgita abundantes jugos gástricos para posibilitar la digestión de las proteínas literarias!. Ocurre, también, que suele citarse a algún filósofo, Platón o Aristóteles, de obra socorrida y universal (Kant, menos) e, inmediatamente, las neuronas lectoras imaginan al citador como a escribidor sesudo y epistemológico, que ni pierde el tiempo ni nada, dedicado a sus fundamentos doctrinales. Hay quien, en determinados casos, impelido por el empujón de la puesta al día televisivamente masificada, cae en el trance de la cultura episódica y cita la patética y millonaria supervivencia de los Rolling Stones (o de John Lenon, si se tercia) con caras chupadas de muertos de hambre lanzando rugidos al techno imperante. En fin, no falta quien, por citar, ha citado hasta a Boris, o a Tamara (a pesar de la colitis palabrera de la estrella de la canción actual), en un ataque espectacular e insólito de imaginación citadora.
Citar, pues, cita todo el mundo. Otra cosa es la autenticidad de la cita. Porque suele ocurrir que nadie se apresura a echar mano de antologías ni de obras originales para comprobar la paternal veracidad de la frase. No resulta extraño, por ello, que miles de citas circulen por las sufridas páginas de libros y revistas (y entre los encabezamientos y entradillas de los periódicos), sin que nadie se moleste en doblar el espinazo para descubrir en la superficie impresa del papel la huella deshonesta de alguna paternidad espumosa y espuria.
Vamos a ponernos en situación. A ti, por no ir más lejos, te encargan que escribas algo sobre un acontecimiento meteorológico, a ser posible siniestro o tremebundo, una tormenta con gran aparato eléctrico, o algo así. Para quedar bien, tienes que citar a alguien. Y empiezas a hojear la literatura anglosajona para acotar alguna cita lustrosa, de esas que te quedan situado en la cresta de la erudición lectora. Tienes que encontrar algo rotundo y desconocido, algo pour épater le paysan. Porque a ver quién se atreve a citar a algún romántico español, los más dotados para la descripción de las tormentas, por otra parte. A ver quién se atreve a citar al pobre Gustavo Adolfo Bécquer o a don José de Espronceda o a don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, Duque de Rivas o a la ripiosa facilidad métrica de don José Zorrilla. ¡A quién se le ocurre!. Citar a autores románticos —esa imagen peculiar, afiladamente negra y mortecina, fustigada por Mesonero Romanos que desdeñaba a su sobrino por declararse hugólatra (adorador de Victor Hugo). A ver quién se atreve a citarlos. Románticos. Luna vieja y castillos. Sensiblería cansina y enamorada. Sonoridad ruinosa y dactílica. Pretensión de libertad subjetiva y correspondencias apasionadas, como si la invención literaria del mundo dependiese del estro poético. Románticos. Morralla adjetival y desesperada para pintar ese anacronismo (tan español) que pretende la exaltación de los sentimientos —brocha gorda usada a mediados del XIX para repartir pinceladas medievales con énfasis literario y decadente, una especie de contrabando estético alijado con retales ya menospreciados en Europa (el atraso secular, o sea). A ver quién se atreve. Bueno, es que caerías en un descrédito simple y corrosivo por el hecho de citar a autores propedéuticamente válidos, como mucho, para confeccionar con sus textos exámenes de literatura a alumnos de Selectividad Logse. Sin embargo, Bécquer, Espronceda, el Duque de Rivas o Zorrilla hubieran descrito perfectamente la horripilancia de aquella noche en la que emascularon a Sebastián Baranda, dotando a su miembro de verraco (se supone, porque no murió) de una disfunción eréctil sempiterna y patética.
(20-1-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, es que quedas bien, bien. Eres consciente de lo poco que das de ti, de la miseria de tus conocimientos, de la frágil mariposa de tus vaguedades, eres consciente de tus limitaciones y escaseces, y entonces vas y echas mano de la cita, esa reluciente tabla de surfing que sostiene tu indigencia conceptual y te empuja entre las olas de la ligereza erudita. En fin, la ufanía de las citas.
Ya lo hemos comentado otras veces, no sé si lo recuerdas. Las citas dejan de poseer su cualidad si los nombres de los autores citados no poseen fonética anglosajona, mejor cuanto más impronunciable. Las citas reciben el halagador atributo de la importancia en proporción directa a la cualidad prodigiosa de su rareza (hay escritores, dígase lo que se diga, que utilizarán la cita para consolidar su ego, ese globo infantil peligrosamente hinchado con el oxígeno de la petulancia. La cita pretenderá, además, golpear la coronilla de la sorpresa). Si citas a Antonio Gala, a Vizcaíno Casas o a Pérez Reverte, por poner unos ejemplos, manifiestas una especie de evacuación cultural apresurada y frívola, provocada por una repentina hipercloridia de garrulería libresca. Y no solo por la llaneza fonética y castellana de sus nombres sino, además, porque la capacidad de sorpresa que debe poseer toda cita queda automáticamente eliminada por la popularidad de sus autores, Vizcaíno y Gala, te decía, conocidos hasta por los gatos (la popularidad, ese potaje maloliente de la fama —ventas millonarias— que tantas indigestiones provoca en los estómagos ulcerosos de los letraheridos, digamos buenos escritores).
Citar a un autor, sin embargo, que tal vez lo conozca su madre, a Whoreplaymouth, por poner otro ejemplo, es señal de asentada cultura literaria. Y si es autor de obra ilegible, por plasta admirablemente singular depositada en la oquedad de la nada, mejor. ¡Qué vasta dimensión inteligente la del citador, ese tragaderas policultural que regurgita abundantes jugos gástricos para posibilitar la digestión de las proteínas literarias!. Ocurre, también, que suele citarse a algún filósofo, Platón o Aristóteles, de obra socorrida y universal (Kant, menos) e, inmediatamente, las neuronas lectoras imaginan al citador como a escribidor sesudo y epistemológico, que ni pierde el tiempo ni nada, dedicado a sus fundamentos doctrinales. Hay quien, en determinados casos, impelido por el empujón de la puesta al día televisivamente masificada, cae en el trance de la cultura episódica y cita la patética y millonaria supervivencia de los Rolling Stones (o de John Lenon, si se tercia) con caras chupadas de muertos de hambre lanzando rugidos al techno imperante. En fin, no falta quien, por citar, ha citado hasta a Boris, o a Tamara (a pesar de la colitis palabrera de la estrella de la canción actual), en un ataque espectacular e insólito de imaginación citadora.
Citar, pues, cita todo el mundo. Otra cosa es la autenticidad de la cita. Porque suele ocurrir que nadie se apresura a echar mano de antologías ni de obras originales para comprobar la paternal veracidad de la frase. No resulta extraño, por ello, que miles de citas circulen por las sufridas páginas de libros y revistas (y entre los encabezamientos y entradillas de los periódicos), sin que nadie se moleste en doblar el espinazo para descubrir en la superficie impresa del papel la huella deshonesta de alguna paternidad espumosa y espuria.
Vamos a ponernos en situación. A ti, por no ir más lejos, te encargan que escribas algo sobre un acontecimiento meteorológico, a ser posible siniestro o tremebundo, una tormenta con gran aparato eléctrico, o algo así. Para quedar bien, tienes que citar a alguien. Y empiezas a hojear la literatura anglosajona para acotar alguna cita lustrosa, de esas que te quedan situado en la cresta de la erudición lectora. Tienes que encontrar algo rotundo y desconocido, algo pour épater le paysan. Porque a ver quién se atreve a citar a algún romántico español, los más dotados para la descripción de las tormentas, por otra parte. A ver quién se atreve a citar al pobre Gustavo Adolfo Bécquer o a don José de Espronceda o a don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, Duque de Rivas o a la ripiosa facilidad métrica de don José Zorrilla. ¡A quién se le ocurre!. Citar a autores románticos —esa imagen peculiar, afiladamente negra y mortecina, fustigada por Mesonero Romanos que desdeñaba a su sobrino por declararse hugólatra (adorador de Victor Hugo). A ver quién se atreve a citarlos. Románticos. Luna vieja y castillos. Sensiblería cansina y enamorada. Sonoridad ruinosa y dactílica. Pretensión de libertad subjetiva y correspondencias apasionadas, como si la invención literaria del mundo dependiese del estro poético. Románticos. Morralla adjetival y desesperada para pintar ese anacronismo (tan español) que pretende la exaltación de los sentimientos —brocha gorda usada a mediados del XIX para repartir pinceladas medievales con énfasis literario y decadente, una especie de contrabando estético alijado con retales ya menospreciados en Europa (el atraso secular, o sea). A ver quién se atreve. Bueno, es que caerías en un descrédito simple y corrosivo por el hecho de citar a autores propedéuticamente válidos, como mucho, para confeccionar con sus textos exámenes de literatura a alumnos de Selectividad Logse. Sin embargo, Bécquer, Espronceda, el Duque de Rivas o Zorrilla hubieran descrito perfectamente la horripilancia de aquella noche en la que emascularon a Sebastián Baranda, dotando a su miembro de verraco (se supone, porque no murió) de una disfunción eréctil sempiterna y patética.
(Pero esto es tema de un cuento que tal vez te cuente algún día).
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año 2001 - 01 enero
martes, 30 de junio de 2009
EL PATINETE
(14-1-01)
JUAN GARODRI
Bueno, pues nos ha llegado la moda del monopatín, ese deslizamiento sobre ruedas después de la patada en el suelo. Pero no creas que es tan fácil. Ni tan nuevo. Hace muchos años ya se patinaba en patinete de ruedas. Patinábamos en patinete. Nos deslizábamos dueños de nosotros mismos, quizá porque todavía no habíamos roto la feliz circunstancia en la que nos movíamos cada día, cada hora, olvidando la oscura, infinita sintaxis, toda llena de los tenebrosos arcángeles de la posguerra. Nos deslizábamos por el centro de la calle, libres y soberbios, desafiando las sinuosidades de la libertad, aferrados al manillar de la gloria, con unos patines rudos y pesados que nos construía el señor Ismael el herrero.
El actual remake monopatínico, tan brillantemente metalizado y aséptico, carece de aquel aliento levemente ondulado, de aquel viento suave y apacible que moldeaba una silueta emocionante con el borde repleto de caprichos azules, un borde que llenó tantas veces las paredes de casa, que manchó con borrones de tinta los dedos y las páginas anchas de la caligrafía... (Mi tío Eufrasio me dice,
Qué te pasa, te has agarrado a la nostalgia o qué,
No, no me interesa la nostalgia,
Entonces a qué vienen esas concesiones al recuerdo,
No sé, habrá sido por lo del patinete,
Y por qué escribes los diálogos como Saramago, que pone mayúsculas en vez de guiones,
Eso es una concesión a la influencia, le digo).
Así que vuelvo al patinete, porque los Reyes Magos le han echado un patinete a mi sobrino, que es pequeño y está en edad de patinar. Dicho así, parece como si los Reyes Magos fueran repartiendo felicidad a troche y moche pero, no creas, a veces no es así. Mi sobrino llevaba quince días dando la murga con lo del patinete y, si los Reyes Magos no se lo echaban, amenazaba con sacarle un ojo al hamster. Como si el hamster tuviera alguna relación de culpabilidad con los Magos. Puede haber relación de culpabilidad entre el Tribunal Supremo y el Gobierno por el asunto del indulto del juez Gómez de Liaño. Puede haber relación de culpabilidad entre los ganaderos y la ministra Celia Villalobos por sus declaraciones sobre los huesos de vaca. Pero entre un hámster y los Reyes Magos la relación de culpabilidad no puede llegar al extremo de que induzca a que le saquen un ojo al hámster.
Así que le compraron el monopatín a mi sobrino. A mí me parecía una barbaridad lo del patinete porque ahora no es como en otros tiempos, que patinábamos en cualquier sitio, a ver ahora adónde se van los niños a ejercitar la esencia globalizadora del patinaje. Pero no me hicieron caso. Claro, como tus hijos ya son mayores no necesitan patinar, me echaban en cara. Así y todo, no tardó en aparecer el conflicto matrimonial, consustancial por otra parte, a todas las relaciones de pareja que en estos tiempos tenga que comprar un patinete.
En el salón el niño no podía patinar. Aparte de dejar perdido el parquet, cruzado despiadadamente por las isobaras de la velocidad, los tobillos familiares saltaban de un lado a otro en medio de un intento, casi inútil, de evitar los moretones. En la acera el niño no podía patinar. Para sorpresa de la unidad familiar, no sólo mi sobrino gozaba de patinete. Resulta que otros muchos niños también patinaban de acá para allá y se entrecruzaban peligrosamente, acuciados por un repentino sarpullido de aceleración monopatínica. En medio de la calle el niño no podía patinar. Ya se sabe que los coches cruzan a todo gas de un lado para otro y no respetan la señal de prohibido circular a más de 40 en el núcleo urbano. Si añades a esta desconsideración circulatoria de los conductores la broma velocípeda de los niñatos de las motos, ya sí que no te queda un mínimo espacio para que el sobrino le dé al patinete. Imposible circular en patinete. No obstante, los padres se empeñan en que el niño patine. A ver si no para qué le han comprado el artilugio. Habrá que hacerle un gasto ¿no?. Así que al parque, cómo no se te ha ocurrido, en el parque puede el niño desatar el flequillo al viento y presumir de estar a la última con su patinete metalizado. Porque no es un patinete cualquiera, no, se ha comprado en la tienda más cara y se ha adquirido el modelo más galáctico, con decirte que tiene rodamientos magnéticos y freno de disco, queda dicho todo.
Así que cargan niño y patinete en el coche y, hala, al parque a patinar. Llegan al parque con la sana apetencia de cortar el viento y, oh desilusión, las pequeñas glorietas de cemento ya se encuentran atestadas de patinadores. Nadie se explica la afluencia impensadamente masiva de patinetes. Desde luego, el gentío es muy poco original. No hacen más que anunciar un patinete, y ya está todo el mundo comprando patinetes. Mi cuñada pensaba que su hijo era el único que había merecido de los Reyes Magos la donación superior del patinete.
Y es que ya los Reyes ni son Magos ni nada. Porque, a ver, si no marcan esa diferencia en el regalo que estira para atrás al padre y autocomplace a la madre, ¿para qué los queremos?.
Así que el patinete al coche. Y a llevarlo el lunes al salón de Cáritas.
(14-1-01)
JUAN GARODRI
Bueno, pues nos ha llegado la moda del monopatín, ese deslizamiento sobre ruedas después de la patada en el suelo. Pero no creas que es tan fácil. Ni tan nuevo. Hace muchos años ya se patinaba en patinete de ruedas. Patinábamos en patinete. Nos deslizábamos dueños de nosotros mismos, quizá porque todavía no habíamos roto la feliz circunstancia en la que nos movíamos cada día, cada hora, olvidando la oscura, infinita sintaxis, toda llena de los tenebrosos arcángeles de la posguerra. Nos deslizábamos por el centro de la calle, libres y soberbios, desafiando las sinuosidades de la libertad, aferrados al manillar de la gloria, con unos patines rudos y pesados que nos construía el señor Ismael el herrero.
El actual remake monopatínico, tan brillantemente metalizado y aséptico, carece de aquel aliento levemente ondulado, de aquel viento suave y apacible que moldeaba una silueta emocionante con el borde repleto de caprichos azules, un borde que llenó tantas veces las paredes de casa, que manchó con borrones de tinta los dedos y las páginas anchas de la caligrafía... (Mi tío Eufrasio me dice,
Qué te pasa, te has agarrado a la nostalgia o qué,
No, no me interesa la nostalgia,
Entonces a qué vienen esas concesiones al recuerdo,
No sé, habrá sido por lo del patinete,
Y por qué escribes los diálogos como Saramago, que pone mayúsculas en vez de guiones,
Eso es una concesión a la influencia, le digo).
Así que vuelvo al patinete, porque los Reyes Magos le han echado un patinete a mi sobrino, que es pequeño y está en edad de patinar. Dicho así, parece como si los Reyes Magos fueran repartiendo felicidad a troche y moche pero, no creas, a veces no es así. Mi sobrino llevaba quince días dando la murga con lo del patinete y, si los Reyes Magos no se lo echaban, amenazaba con sacarle un ojo al hamster. Como si el hamster tuviera alguna relación de culpabilidad con los Magos. Puede haber relación de culpabilidad entre el Tribunal Supremo y el Gobierno por el asunto del indulto del juez Gómez de Liaño. Puede haber relación de culpabilidad entre los ganaderos y la ministra Celia Villalobos por sus declaraciones sobre los huesos de vaca. Pero entre un hámster y los Reyes Magos la relación de culpabilidad no puede llegar al extremo de que induzca a que le saquen un ojo al hámster.
Así que le compraron el monopatín a mi sobrino. A mí me parecía una barbaridad lo del patinete porque ahora no es como en otros tiempos, que patinábamos en cualquier sitio, a ver ahora adónde se van los niños a ejercitar la esencia globalizadora del patinaje. Pero no me hicieron caso. Claro, como tus hijos ya son mayores no necesitan patinar, me echaban en cara. Así y todo, no tardó en aparecer el conflicto matrimonial, consustancial por otra parte, a todas las relaciones de pareja que en estos tiempos tenga que comprar un patinete.
En el salón el niño no podía patinar. Aparte de dejar perdido el parquet, cruzado despiadadamente por las isobaras de la velocidad, los tobillos familiares saltaban de un lado a otro en medio de un intento, casi inútil, de evitar los moretones. En la acera el niño no podía patinar. Para sorpresa de la unidad familiar, no sólo mi sobrino gozaba de patinete. Resulta que otros muchos niños también patinaban de acá para allá y se entrecruzaban peligrosamente, acuciados por un repentino sarpullido de aceleración monopatínica. En medio de la calle el niño no podía patinar. Ya se sabe que los coches cruzan a todo gas de un lado para otro y no respetan la señal de prohibido circular a más de 40 en el núcleo urbano. Si añades a esta desconsideración circulatoria de los conductores la broma velocípeda de los niñatos de las motos, ya sí que no te queda un mínimo espacio para que el sobrino le dé al patinete. Imposible circular en patinete. No obstante, los padres se empeñan en que el niño patine. A ver si no para qué le han comprado el artilugio. Habrá que hacerle un gasto ¿no?. Así que al parque, cómo no se te ha ocurrido, en el parque puede el niño desatar el flequillo al viento y presumir de estar a la última con su patinete metalizado. Porque no es un patinete cualquiera, no, se ha comprado en la tienda más cara y se ha adquirido el modelo más galáctico, con decirte que tiene rodamientos magnéticos y freno de disco, queda dicho todo.
Así que cargan niño y patinete en el coche y, hala, al parque a patinar. Llegan al parque con la sana apetencia de cortar el viento y, oh desilusión, las pequeñas glorietas de cemento ya se encuentran atestadas de patinadores. Nadie se explica la afluencia impensadamente masiva de patinetes. Desde luego, el gentío es muy poco original. No hacen más que anunciar un patinete, y ya está todo el mundo comprando patinetes. Mi cuñada pensaba que su hijo era el único que había merecido de los Reyes Magos la donación superior del patinete.
Y es que ya los Reyes ni son Magos ni nada. Porque, a ver, si no marcan esa diferencia en el regalo que estira para atrás al padre y autocomplace a la madre, ¿para qué los queremos?.
Así que el patinete al coche. Y a llevarlo el lunes al salón de Cáritas.
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año 2001 - 01 enero
EL RESUMEN
(6-1-01)
JUAN GARODRI
Terminó el siglo y comienza el nuevo milenio, o terminó el milenio y comienza el nuevo siglo, como quieras, son distintas las variantes combinatorias. La prensa y las televisiones se han desahogado largando resúmenes del año que termina, del siglo que termina, del milenio que termina, de los dos milenios que terminan, resúmenes de hechos políticos, de vaivenes económicos, de sucesos históricos, de acontecimientos literarios, de incidentes mafiosos, de esplendores deportivos, de avances tecnológicos, de globalizaciones y desmadres, en fin, resúmenes de moda, de bodas y separaciones, de encamaciones y lagartas, de maromos y vividores, de culifinas y culimajos, de carcamales y progretas. ¿Qué voy yo a añadir, pobre de mí, a la interminable, rutilante lista de los resúmenes finiseculares? Hay, sin embargo, algunos acontecimientos que te dejan mal sabor de boca, esa regurgitación de la leche cortada y mal digerida, acontecimientos que han aparecido y desaparecido rápidamente estos días, fagocitados tal vez por el resplandor de las despedidas cronológicas. Y son dos:
Por ejemplo, una jueza de apellido complicado, Belhadj-Ben Gómez, emite un auto «en el que considera que no hay indicios de responsabilidad penal en ninguno de los 25 imputados por la rotura de la balsa minera». Se refiere al desastre ecológico del ‘caso Doñana’. O sea, que da carpetazo a uno de los mayores desastres ecológicos ocurridos en España. O sea, que la empresa propietaria de las minas de Aznalcóllar, Boliden Apirsa, no quiere saber nada porque la verdadera responsable no es ella, sino Geocisa, que no construyó el muro de contención de la balsa como tenía que haberlo construido. O sea, que unos y otros se tiran mutuamente a la cabeza la pelota de la contaminación y, en conclusión, nadie ha contaminado. A veces me paro a pensar por qué la justicia, esa abstracción filosófica, se simboliza con una imagen que tiene los ojos tapados. Debía representarse con los ojos bien abiertos, a ver si no vuelve a repetirse lo del “juez de los vaqueros” (absolución del violador porque una chica con vaqueros es difícilmente violable, si no imposible), a ver si no vuelve a repetirse lo del “juez de la empleada” (desestimación del recurso de una empleada de hogar porque hoy día trabajan poco dada la ayuda que ofrecen los modernos electrodomésticos), a ver si no vuelve a repetirse, o puede evitarse, lo del “caso Doñana” (que aquí ‘to er mundo es güeno’ y que, como no se ve responsabilidad de nadie en el vertido, se archiva el caso). A veces me paro a pensar si no seguiremos aún en los oscuros tiempos del franquismo, aquella paliza atroz al desgraciado que robaba para comer, las fuerzas del orden eran cumplidoramente contundentes, ya se sabe, y aquella absolución descarada al potentado que delinquía. (Jamás olvidaré los alaridos que salían de la cárcel, era por estas fechas, cuando apalearon salvajemente a un vecino. Los niños corrimos a ponernos debajo de las rejas, acorralados por una curiosidad miedosa que nos revolvía las tripas. El desgraciado había robado un gallo al señorón que después abusaría de su hija. Sin embargo, la justicia perdonó al ricacho). Ahora también me revuelve las tripas que, para proteger el sistema ecológico, medio ambiente y tal, se condene rigurosamente, no digo que sin razón, a quien abate una cigüeña o a quien tala una encina y, sin embargo, se libre de responsabilidad a quien(es) ha(n) ocasionado el desastre de Aznalcóllar, más de 30.000 millones para regenerar la zona contaminada.
Otro ejemplo de leche cortada y mal digerida. Los inmigrantes. No entro en el problema legal, esa modulación burocrática de los ‘sin papeles’. Entro en el problema humano. Y me pregunto cómo es posible que se olvide tan pronto a los que fueron a Alemania, a Francia, a Suiza, no hace tantos años. Eran de los nuestros. No había trabajo en España y emigraban para buscarse la gandalla, aunque fuera limpiando la mierda de las calles europeas. ¿Cómo es posible que ahora se les niegue el pan a los desgraciados que dejan lo suyo para venir a buscar aquí aquello de lo que están desposeídos? Hemos olvidado pronto nuestra miseria. Pronto nos hemos creído nuevos ricos, esa petulancia económica que desprecia el árbol del que siempre se fue una rama...
En fin, se ha ido el siglo XX, el de los mayores avances tecnológicos para la Humanidad pero no tanto, tal vez, el de mayor progreso. Así lo atestiguan los horrorosos atentados del hombre contra el hombre y del hombre contra la naturaleza.
Mientras no se encuentre solución a esto, que vayan los tecnólogos (y los poderosos de la globalización) a hablarle de progreso a su padre.
(6-1-01)
JUAN GARODRI
Terminó el siglo y comienza el nuevo milenio, o terminó el milenio y comienza el nuevo siglo, como quieras, son distintas las variantes combinatorias. La prensa y las televisiones se han desahogado largando resúmenes del año que termina, del siglo que termina, del milenio que termina, de los dos milenios que terminan, resúmenes de hechos políticos, de vaivenes económicos, de sucesos históricos, de acontecimientos literarios, de incidentes mafiosos, de esplendores deportivos, de avances tecnológicos, de globalizaciones y desmadres, en fin, resúmenes de moda, de bodas y separaciones, de encamaciones y lagartas, de maromos y vividores, de culifinas y culimajos, de carcamales y progretas. ¿Qué voy yo a añadir, pobre de mí, a la interminable, rutilante lista de los resúmenes finiseculares? Hay, sin embargo, algunos acontecimientos que te dejan mal sabor de boca, esa regurgitación de la leche cortada y mal digerida, acontecimientos que han aparecido y desaparecido rápidamente estos días, fagocitados tal vez por el resplandor de las despedidas cronológicas. Y son dos:
Por ejemplo, una jueza de apellido complicado, Belhadj-Ben Gómez, emite un auto «en el que considera que no hay indicios de responsabilidad penal en ninguno de los 25 imputados por la rotura de la balsa minera». Se refiere al desastre ecológico del ‘caso Doñana’. O sea, que da carpetazo a uno de los mayores desastres ecológicos ocurridos en España. O sea, que la empresa propietaria de las minas de Aznalcóllar, Boliden Apirsa, no quiere saber nada porque la verdadera responsable no es ella, sino Geocisa, que no construyó el muro de contención de la balsa como tenía que haberlo construido. O sea, que unos y otros se tiran mutuamente a la cabeza la pelota de la contaminación y, en conclusión, nadie ha contaminado. A veces me paro a pensar por qué la justicia, esa abstracción filosófica, se simboliza con una imagen que tiene los ojos tapados. Debía representarse con los ojos bien abiertos, a ver si no vuelve a repetirse lo del “juez de los vaqueros” (absolución del violador porque una chica con vaqueros es difícilmente violable, si no imposible), a ver si no vuelve a repetirse lo del “juez de la empleada” (desestimación del recurso de una empleada de hogar porque hoy día trabajan poco dada la ayuda que ofrecen los modernos electrodomésticos), a ver si no vuelve a repetirse, o puede evitarse, lo del “caso Doñana” (que aquí ‘to er mundo es güeno’ y que, como no se ve responsabilidad de nadie en el vertido, se archiva el caso). A veces me paro a pensar si no seguiremos aún en los oscuros tiempos del franquismo, aquella paliza atroz al desgraciado que robaba para comer, las fuerzas del orden eran cumplidoramente contundentes, ya se sabe, y aquella absolución descarada al potentado que delinquía. (Jamás olvidaré los alaridos que salían de la cárcel, era por estas fechas, cuando apalearon salvajemente a un vecino. Los niños corrimos a ponernos debajo de las rejas, acorralados por una curiosidad miedosa que nos revolvía las tripas. El desgraciado había robado un gallo al señorón que después abusaría de su hija. Sin embargo, la justicia perdonó al ricacho). Ahora también me revuelve las tripas que, para proteger el sistema ecológico, medio ambiente y tal, se condene rigurosamente, no digo que sin razón, a quien abate una cigüeña o a quien tala una encina y, sin embargo, se libre de responsabilidad a quien(es) ha(n) ocasionado el desastre de Aznalcóllar, más de 30.000 millones para regenerar la zona contaminada.
Otro ejemplo de leche cortada y mal digerida. Los inmigrantes. No entro en el problema legal, esa modulación burocrática de los ‘sin papeles’. Entro en el problema humano. Y me pregunto cómo es posible que se olvide tan pronto a los que fueron a Alemania, a Francia, a Suiza, no hace tantos años. Eran de los nuestros. No había trabajo en España y emigraban para buscarse la gandalla, aunque fuera limpiando la mierda de las calles europeas. ¿Cómo es posible que ahora se les niegue el pan a los desgraciados que dejan lo suyo para venir a buscar aquí aquello de lo que están desposeídos? Hemos olvidado pronto nuestra miseria. Pronto nos hemos creído nuevos ricos, esa petulancia económica que desprecia el árbol del que siempre se fue una rama...
En fin, se ha ido el siglo XX, el de los mayores avances tecnológicos para la Humanidad pero no tanto, tal vez, el de mayor progreso. Así lo atestiguan los horrorosos atentados del hombre contra el hombre y del hombre contra la naturaleza.
Mientras no se encuentre solución a esto, que vayan los tecnólogos (y los poderosos de la globalización) a hablarle de progreso a su padre.
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año 2001 - 01 enero
miércoles, 24 de junio de 2009
UNOS DÍAS DESPUÉS
(4-1-2001)
JUAN GARODRI
Pasó la navidad, la última navidad del bimilenio, la última navidad del milenio, la última navidad del siglo, etcétera. Más difícil que levantarme a las seis de la mañana, por ejemplo, me resulta cumplir la palabra que, de vez en cuando, me doy a mí mismo. Y mira que me pongo serio, esa seriedad del juramento perentorio que uno lanza en actitud de firme ante el altar de la inconstancia, o de la inconsciencia, no sé. Pero ni por esas. Siempre salta de entre las matas de la cotidianidad algún hecho imprevisto que me empuja a romper el juramento. Así que acabo convirtiendo mi interioridad en un depósito de perjurios íntimos. En fin, que me había jurado a mí mismo no escribir ni dos líneas sobre la navidad, porque en todos los periódicos se ha escrito sobre la navidad. Es casi hacer el ridículo añadir dos columnas más al tinglado de la navidad, pensé. Así que este año ni una línea, juré. Sin embargo, ya ves, aquí estoy como un pardillo dándole al teclado para entrar una vez más en el depósito de los perjurios.
Entre Coria y Soria existe una proximidad homofónica evidente, pero existe también una distancia kilométrica preocupante. Se hacen muy largos los 490 kilómetros que las separan. Así que no tienes más remedio que ir dándole cada dos por tres al escáner de la radio para hacer menos tedioso el viaje. (Es un decir, no creas. Resulta abrumador escuchar seis veces las mismas noticias, a lo largo de las seis horas del viaje, política y/o desgracias).
De pronto, mira por donde, coño, otra tertulia. Originalísima. Los tertulianos —dos voces femeninas, tres masculinas, creí distinguir— hablaban de la navidad. Y resultaba apabullante escuchar la sabia contundencia de sus opiniones y el aplomo impresionante de sus rotundas aserciones. (Cuando se permitían el uso recíproco de la palabra, no creas, porque cada dos por tres se la quitaban de la boca, deseosos sin duda de exponer la profundidad de sus opiniones).
Bueno, es que no me escondí debajo del asiento, avergonzado de mi vulgaridad ciudadana, por ser un acto físicamente imposible, dada la dificultad que entraña la conducción de un automóvil desde debajo del asiento. Un gusano, eso me sentía.
Aquellas voces autorizadas, casi más autosuficientes que autorizadas, me atreví a pensar, iban deglutiendo mi autoestima que se derretía en sus labios, al calor de sus argumentos, como un polo de pistachos al calor del sol.
Me echaban en cara que me gustase la navidad, qué horror, esa festividad senescente impulsada por intereses religiosos para desarrollar el alzheimer de la nostalgia.
Me refregaban por las narices que me sintiese atraído por la navidad, qué vergüenza, todo el odioso comecoco educativo con el que me tallaron la cabeza a escuadra cuando era niño, volvía a repetirse, indefectiblemente, durante estos días ñoños y sensibleros de la navidad.
Me echaban en cara que me resultara gratificante la familia, qué asco, esas reuniones de cuñados/as, suegros/as, tíos/as, primos/as y demás parentela cuyo único objetivo de reunión es palmearse la espalda, beber dos güisquis, cenar langostinos y comer el asado de pascua. Y encima había que cantar villancicos, esa manifestación tontorrona de la insulsez musical, y demostrar que la alegría te brotaba de la piel, so pena de aparecer como un bicho más raro que el abuelo de los Simpsons.
Te echaban en cara, qué estupidez, que aceptaras una paz y una felicidad impuestas por decreto, que soportaras unas fechas en las que había que mostrarse amable con todo el mundo, que consintieras un gasto ciudadano socialmente inadmisible, esos árboles navideños cargados con el desperdicio de las cien mil lucecitas, esas avenidas iluminadas hasta la náusea, esos Ayuntamientos adornados con las baratijas del despilfarro.
Ostras, Pedrín, te juro que me sentí como un gusano. Tuve que detener el coche en la cuneta porque, ya te digo, me era imposible conducir desde debajo del asiento. Aquellas voces admonitorias me habían reducido a la sorprendente condición de un reptil semikafkiano.
Apagué la radio y salí del coche, a ver si el aire del atardecer y los dos grados bajo cero del exterior me limpiaban los remordimientos.
Me los limpiaron. Y pensé, distendido, que si al gentío, en general, le atraen estas fiestas (por razones familiares, por motivos religiosos, por la fuerza de la costumbre, por lo que sea), pensé, ya digo, que si al personal le gusta divertirse de esta manera durante estos días, ¿por qué tienen que aparecer los cagaleches progretas, intelectomínidos finiseculares, a joderle la manta de la diversión? ¿No se dedican 364 días del año a conmemorar el 'Día de Algo'? ¿Por qué no puede dedicarse el día 365 a festejar el Día-de-la-Familia-Navideña-Que-Gasta, aunque sea en medio del consumo y el dispendio? ¿Por qué el consumidor navideño tiene que pertenecer necesariamente a una fauna borreguilmente idiotizada? ¿Por qué el generalizado deseo de paz y felicidad tiene que relacionar únicamente a seres estúpidos?
También pensé, con el ánimo casi recuperado, qué coños habrán hecho los tipos/tipas como los de la tertulia durante estas fiestas. ¿Se habrán largado a una isla desierta o se habrán reunido para discutir los idiotipos de un futuro intelectualmente deplorable?
Seguro que el día de Nochebuena apenas disfrutaron. Ni pavo ni champán ni nada.
Sólo tocaron la pandereta de su altísimo descontento.
(4-1-2001)
JUAN GARODRI
Pasó la navidad, la última navidad del bimilenio, la última navidad del milenio, la última navidad del siglo, etcétera. Más difícil que levantarme a las seis de la mañana, por ejemplo, me resulta cumplir la palabra que, de vez en cuando, me doy a mí mismo. Y mira que me pongo serio, esa seriedad del juramento perentorio que uno lanza en actitud de firme ante el altar de la inconstancia, o de la inconsciencia, no sé. Pero ni por esas. Siempre salta de entre las matas de la cotidianidad algún hecho imprevisto que me empuja a romper el juramento. Así que acabo convirtiendo mi interioridad en un depósito de perjurios íntimos. En fin, que me había jurado a mí mismo no escribir ni dos líneas sobre la navidad, porque en todos los periódicos se ha escrito sobre la navidad. Es casi hacer el ridículo añadir dos columnas más al tinglado de la navidad, pensé. Así que este año ni una línea, juré. Sin embargo, ya ves, aquí estoy como un pardillo dándole al teclado para entrar una vez más en el depósito de los perjurios.
Entre Coria y Soria existe una proximidad homofónica evidente, pero existe también una distancia kilométrica preocupante. Se hacen muy largos los 490 kilómetros que las separan. Así que no tienes más remedio que ir dándole cada dos por tres al escáner de la radio para hacer menos tedioso el viaje. (Es un decir, no creas. Resulta abrumador escuchar seis veces las mismas noticias, a lo largo de las seis horas del viaje, política y/o desgracias).
De pronto, mira por donde, coño, otra tertulia. Originalísima. Los tertulianos —dos voces femeninas, tres masculinas, creí distinguir— hablaban de la navidad. Y resultaba apabullante escuchar la sabia contundencia de sus opiniones y el aplomo impresionante de sus rotundas aserciones. (Cuando se permitían el uso recíproco de la palabra, no creas, porque cada dos por tres se la quitaban de la boca, deseosos sin duda de exponer la profundidad de sus opiniones).
Bueno, es que no me escondí debajo del asiento, avergonzado de mi vulgaridad ciudadana, por ser un acto físicamente imposible, dada la dificultad que entraña la conducción de un automóvil desde debajo del asiento. Un gusano, eso me sentía.
Aquellas voces autorizadas, casi más autosuficientes que autorizadas, me atreví a pensar, iban deglutiendo mi autoestima que se derretía en sus labios, al calor de sus argumentos, como un polo de pistachos al calor del sol.
Me echaban en cara que me gustase la navidad, qué horror, esa festividad senescente impulsada por intereses religiosos para desarrollar el alzheimer de la nostalgia.
Me refregaban por las narices que me sintiese atraído por la navidad, qué vergüenza, todo el odioso comecoco educativo con el que me tallaron la cabeza a escuadra cuando era niño, volvía a repetirse, indefectiblemente, durante estos días ñoños y sensibleros de la navidad.
Me echaban en cara que me resultara gratificante la familia, qué asco, esas reuniones de cuñados/as, suegros/as, tíos/as, primos/as y demás parentela cuyo único objetivo de reunión es palmearse la espalda, beber dos güisquis, cenar langostinos y comer el asado de pascua. Y encima había que cantar villancicos, esa manifestación tontorrona de la insulsez musical, y demostrar que la alegría te brotaba de la piel, so pena de aparecer como un bicho más raro que el abuelo de los Simpsons.
Te echaban en cara, qué estupidez, que aceptaras una paz y una felicidad impuestas por decreto, que soportaras unas fechas en las que había que mostrarse amable con todo el mundo, que consintieras un gasto ciudadano socialmente inadmisible, esos árboles navideños cargados con el desperdicio de las cien mil lucecitas, esas avenidas iluminadas hasta la náusea, esos Ayuntamientos adornados con las baratijas del despilfarro.
Ostras, Pedrín, te juro que me sentí como un gusano. Tuve que detener el coche en la cuneta porque, ya te digo, me era imposible conducir desde debajo del asiento. Aquellas voces admonitorias me habían reducido a la sorprendente condición de un reptil semikafkiano.
Apagué la radio y salí del coche, a ver si el aire del atardecer y los dos grados bajo cero del exterior me limpiaban los remordimientos.
Me los limpiaron. Y pensé, distendido, que si al gentío, en general, le atraen estas fiestas (por razones familiares, por motivos religiosos, por la fuerza de la costumbre, por lo que sea), pensé, ya digo, que si al personal le gusta divertirse de esta manera durante estos días, ¿por qué tienen que aparecer los cagaleches progretas, intelectomínidos finiseculares, a joderle la manta de la diversión? ¿No se dedican 364 días del año a conmemorar el 'Día de Algo'? ¿Por qué no puede dedicarse el día 365 a festejar el Día-de-la-Familia-Navideña-Que-Gasta, aunque sea en medio del consumo y el dispendio? ¿Por qué el consumidor navideño tiene que pertenecer necesariamente a una fauna borreguilmente idiotizada? ¿Por qué el generalizado deseo de paz y felicidad tiene que relacionar únicamente a seres estúpidos?
También pensé, con el ánimo casi recuperado, qué coños habrán hecho los tipos/tipas como los de la tertulia durante estas fiestas. ¿Se habrán largado a una isla desierta o se habrán reunido para discutir los idiotipos de un futuro intelectualmente deplorable?
Seguro que el día de Nochebuena apenas disfrutaron. Ni pavo ni champán ni nada.
Sólo tocaron la pandereta de su altísimo descontento.
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