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domingo, 13 de septiembre de 2009

CHANDÁLIDOS Y TRAJE NACIONAL
(28-7-2002)
JUAN GARODRI


Alguien me tildará de loco, sin duda. Ahora que cualquier región se considera depositaria de todos los valores tradicionales e históricos, aunque algunos no sean tradicionales ni, mucho menos, históricos; ahora que cualquier Comunidad Autonómica se considera eso, autónoma, en cuanto a usos y costumbres, y los exalta y enaltece, y hasta los define como elementos diferenciadores de la idiosincrasia autóctona; ahora que cualquier valle, cualquier comarca, cualquier zona geográfica, cualquier terruño, descubre una identidad singular que, aunque ignorada durante siglos, se manifiesta en el exclusivo método de cocinar buñuelos, en la manera peculiar de bailar la jota o en la costumbre representativamente dietética de hacer gárgaras con vino; ahora, en fin, que cualquier entidad local presume de traje típico, voy yo y me pongo a hablar del traje nacional. Y, sin embargo, sí, lo afirmo, existe un traje nacional.
(Acotación explícita: utilizo el término «nacional» porque se acomoda más adecuadamente a «traje», desde el punto de vista de la coherencia léxica, naturalmente. Ya se sabe que la palabra nacional, en cuanto referente de España, ha devenido en peligroso tabú totalitarista, salvo que se nombre con ella la cosa del fútbol, «Selección Nacional» o algo parecido. De lo que se deduce que usar lo de nacional así, a secas, parece políticamente incorrecto. ¿Qué cráneo privilegiado, con amplitud de miras endógenamente libresca, habrá acuñado el canon de lo correcto/incorrecto desde el punto de vista político? España. Nacional. Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes hoy desmoronados..., enfatizó el malaleches de Quevedo.
Sin embargo, prosigo, utilizar elementos adjetivadores como «estatal» o «gubernamental» para especificar la amplitud cualitativa de un traje me parece inapropiado. Incluso suena mal. Suena mejor la especificación de Traje Nacional. Traje Estatal produce una refracción interior de tipo estalinista, o cubano. Traje Gubernamental aporta una idea perversa: algo así como si los miembros de los Gobiernos central y autonómicos fueran vestidos de montehermoseña, con el espejito intacto. Así que no he tenido más remedio que utilizar el término nacional para acotar la extensión significativa de traje. De nada).
Decía que existe un traje nacional. Es el chándal, traje o vestidura utilizado habitualmente por los chandálidos. Desde La Coruña hasta Almería, desde el golfo de Rosas hasta el de Cádiz, el chándal ha extendido sus colorines acrílicos en una especie de inmenso espectro finisemanal que cubre la totalidad del territorio. Al polen del olivo le ocurre cosa parecida. Y no existe vacuna descubierta que posibilite la liberación estornutatoria o la de los ojos pitañosos e hinchados del paciente. Así que el chándal produce, también, una especie de contaminación polinizadora que repercute en numerosísimas víctimas y les inocula un inmoderado deseo de brincar, saltar, correr, practicar ejercicio con sorprendente y a veces peligroso esfuerzo, desmenuzar los biorritmos con precisión más optimista que fisiológica, machacarse con la amenaza de las agujetas para eliminar toxinas (en los mayormente inficionados por el virus chandalístico), de andar, marchar, caminar incluso hasta la extenuación para activar las glándulas sudoríparas y estimular la circulación sanguínea (en los regularmente inficionados por dicho virus), y de pasear o simplemente desplazarse hasta el quiosco de la esquina para adquirir la prensa dominical o la barra de pan en la tienda del barrio, que uno es un mandado (en los escasamente inficionados). Estos tres grupos de chandálidos, descritos sin duda con limitada e incompleta exactitud científica, se distinguen dentro de la fauna urbana por llevar cubierta la parte superior de la cabeza con gorras apropiadas a su actividad física: los mayormente inficionados portan gorras de reconocidas marcas de ropa deportiva; los regularmente inficionados ostentan en sus viseras el logotipo de entidades bancarias o comerciales y, finalmente, los escasamente inficionados no suelen llevar gorra o, si la llevan, se reconoce en ella el paso por diversas cabezas familiares. A juego con la gorra, calzan zapatillas deportivas aptas para el desplazamiento o para la carrera. El comportamiento social de los chandálidos es muy peculiar porque difícilmente toleran el reposo. Una vez que abandonan la vivienda, se entregan con denuedo a su actividad preferida, según el grupo al que pertenezcan. Los del primer grupo suelen reunirse con otros congéneres en espacios acotados y selectos denominados ‘clubes’ (club de tenis, club de ciclismo, club de pádel y aerobic, club social, entre otros) para ejercitar su actividad. Aparecen acompañados de sus hembras o chandálidas, rodeadas de sus crías o chandalinos. Las hembras se caracterizan por el acicalamiento. Los chandalinos son atrevidos e insolentes y juguetean sin descanso con extraños aparatos de mano a los que llaman ‘gameboy’. Los chandálidos del segundo grupo, en cambio, realizan sus actividades preferidas en solitario o en pareja, como mucho, sin duda para no malgastar oxígeno en chácharas improcedentes, y regresan a sus viviendas, extenuados y pletóricos (lo uno no excluye lo otro), después de recorrer a pie grandes extensiones en un afán sin duda meritorio de conservación salutífera. Los del tercer grupo apenas se esfuerzan físicamente: poseen una característica común que consiste en reunirse, a eso del mediodía, en curiosos espacios llamados bares donde se entregan con ahínco a la actividad de beber y comer, con sed y apetito sorprendentes. El líquido produce en sus cerebros una reacción química que los impulsa a hablar a voces y las tapas producen en sus estómagos una reacción gástrica que los induce a discutir de temas transcendentes como el fútbol o la política. Otra actividad peculiar de los chandálidos, estudiada por sociólogos importantes, consiste en desplazarse al campo, utilizando vehículos de motor, para asar chuletas y mantener el contacto con la naturaleza: son los denominados «domingueros». A pesar del atractivo que supone la contemplación de un bosque lleno de chandálidos domingueros, su presencia supone un perjuicio para el medio natural porque dejan todo perdido de basura, razón por la que los amantes de la naturaleza no dejan de quejarse. (Continuará).
LA COSA DE ENROLLARSE
(21-7-2002)
JUAN GARODRI


Hay muchas maneras de enrollarse. Por ejemplo, el plasta que se te coloca al lado y yoyea con una esencial falta de pudor. Así que te cuenta, con magnificación propia de los mejores documentales, sus éxitos en el mundo laboral o artístico o literario. Cualquiera se considera un técnico en fontanería y a mí, que se me dan fatal las llaves inglesas, me parece una proeza casi heroica la habilidad para desmontar el grifo y sustituir el latiguillo, cosa que el tipo afirma de sí mismo con una superioridad casi insultante. No digamos si el yoyeísta se refiere al mundo artístico: aquí se enrolla de mala manera y afirma con suficiencia que está creando una serie de objetos de valioso contenido estético, cabezas y torsos, por ejemplo, que van a dejar chicos (si tiene suerte y se lo patrocina alguna institución) a los tochos ferruginosos de Chillida. El rollo en el asunto literario adquiere dimensiones de patetismo decimonónico. El tipo afirma que la cosa de los libros es una mierda porque las mafias editoriales (sobre todo las grandes ¿eh?, las grandes editoriales apenas consideran la calidad literaria, te lo digo yo, sólo les preocupa la edición de libros que puedan venderse como roscos porque, bueno, tú lo sabes, sólo le publican a quien le sale del forro, que tenga nombre y pueda reportarle buenos beneficios económicos, presentadores, periodistas, políticos, gente así que no tiene puta idea de técnicas narrativas, pero que vende, ¿eh?, la imagen de esos tíos, o tías, vende porque los conocen hasta los gatos, ya verás cómo no pasa el tiempo y le sacan alguna biografía a los pelmas de Operación Triunfo, incluso es posible que Bisbal escriba alguna novela y Rosa un poemario emocionalmente arrebatado, y qué quieres que te diga de los concursos literarios, están más amañados que los beneficios de la WorldCom, sobre todo los grandes, los de cinco o diez millones para arriba, bueno, yo no he vuelto a mandar a ninguno, no sé cómo puede haber 225 pardillos, o por ahí, que confíen en su personal calidad literaria y talento narrativo, al crematorio, ahí van a parar todos, cretinos), así que una mierda lo de escribir, prosigue el plasta, porque las mafias editoriales prefieren sacar rentabilidad económica a un bodrio antes que rentabilidad literaria a una obra de arte.
Dios te ampare si el tipo que practica el yoyeo prescinde de conceptos culturales y se enrolla con la cosa de las mujeres. Aquí es preferible salir pitando y darle plantón, pero los pies se te han convertido en dos planchas de plomo y no hay manera de alejarte de su lado. Suele ocurrir la cosa cuando te encuentras, tan tranquilo, en la barra del bar, hojeando el Marca. Se presenta de improviso, como la nube de mosquitos. Adviertes que alguien te da en el hombro y, coño, es él. Habla y habla de sí mismo, no para, es un yoyeo continuado e infinito que te altera las meninges y te coloca al borde del grito. Su rollo es insufrible pero él considera que estás interesado porque lo miras fijamente y ni las pías, hipnotizado externamente e interiormente cabreado, porque no permite que metas baza, dueño y señor de la palabra. Así que te habla de sus vacaciones, de sus chiringuitos, de sus pescaítos fritos, de su odio a las olas, de su proclividad cada vez más acusada a la cerveza fresquita o al Barbadillo frío, de sus conquistas,
—Oye, que las portuguesas están como pan reciente,
—Yo pensaba que eran las suecas las que te hacen crujir los ojos,
—No te enteras, ya pasaron los tiempos de José Luis López Vázquez, las suecas se han largado a otras latitudes, ahora son las portuguesas, madre mía, están que lo rompen, me he enrollado con dos yogurinas de piel canela y voz de fado y no veas, se han vaciado conmigo de languideces y melancolías.
Válgate el cielo, no sabes cómo escapar del rollista que yoyea. Así que, para cambiar de tercio, echas mano del corte inmisericorde y le dices que, para enrollarse bien enrollado, los rollos del ayuntamiento de Madrid. El rollista permanece un poco sorprendido y estático, no entiende la repentina relación que se establece entre su yoyeo y el ayuntamiento de Madrid. Sí, le confirmas, 500.000 rollos de papel higiénico en un año, imagínate. Si echas un cálculo, así, por encima, y descuentas los 52 domingos del año y algún sábado y día festivo, salen a más de 1.600 rollos diarios, lo cual que si se tiene en cuenta que, tirando por lo bajo, de cada rollo participan unos diez funcionarios o funcionarias, el resultado constituye un exceso sorprendente de rollos, por mucho que se prolongue o se repita el pujo, salvo que el hecho de trabajar en el ayuntamiento de Madrid produzca una insólita y excesivamente insoportable situación estresante, con perjudiciales consecuencias físicas, a saber, hiperclorhidrias, gastritis, diarreas, colon irritable e hipermenorreas. Lo sueltas todo de una tacada, como un taponazo verbal. El rollista permanece unos instantes alelado, ya no yoyea, no sospecha que tu capacidad calculadora es fruto de largos silencios seguidos de breves y repentinas ostentaciones orales. Así que le pones la mano en el hombro y le dices que lo del ayuntamiento de Madrid es sólo una muestra de disfunciones gástricas producidas por el sacrificado trabajo administrativo, y que lo malo es que la farmacopea moderna no disponga de rollos higiénicos para la diarrea mental.
DATOS Y BASURA
(14-7-2002)
JUAN GARODRI


No resulta muy agradable, al parecer, lo de solicitar trabajo. Además de innumerables impresos, currículos, certificados, solicitudes, méritos personales y años de experiencia, el personal tiene que someterse a una entrevista. Ya se sabe, la entrevista es a la consecución del trabajo lo que la caspa hormonal es a Crónicas marcianas. Sin entrevista no hay trabajo, aunque el solicitante sea licenciado en Física y Matemáticas. Así que no tiene más remedio que resignarse a lo de la entrevista aunque la humillación le ate las tripas cuando, tal vez, le exijan la exposición de recogidas intimidades y le pregunten por la mensualidad de la hipoteca. Para que luego los datos vayan a parar a la basura.
No sé a ti, amigo. A mí, desde luego, no me hubiera gustado en absoluto ver mis datos personales mezclados con el detritus y la inmundicia de un basurero. Si los datos, además, van acompañados de anotaciones despectivas, peor. "Glosas matritenses", podríamos denominarlas. Mientras que las glosas Silenses y Emilianenses pretendían aclarar el léxico de los clérigos ignorantes para que se adentraran en los caminos del Señor, estas nuevas glosas matritenses pretendían expulsar de los caminos del trabajo a los necesitados que lo solicitaban, no por ineptos o ineptas (el personal femenino fue particularmente denostado), sino por feas, bajas, gorditas, bigotudas, mal pintadas o gitanas.
Lo has leído, seguro. Toda España lo ha leído en los periódicos. «Aparecen en la basura de Madrid 250 solicitudes de empleo con comentarios racistas y sexistas». Hay noticias que te producen un extraño aturdimiento nacido de la dimensión pudibunda de tu propia vergüenza. Posteriormente, la pudibundez se convierte en indignación, y la indignación en cabreo sordo, y un impulso como irracional te anima a patearle los huevos al tipejo que anotó los comentarios. Cierto, es sólo un deseo, ese impulso a través del cual te apetece hacer algo. Pero aun cuando el deseo se concreta en ese algo que todavía no es realidad (de ahí la naturaleza de su abstracción enteléquica) o, precisamente por eso, el deseo ataca fieramente con aguijones irreales las apetencias de la acción. Así que me gustaría (modo condicional, propio de la irrealidad), ya digo, asentarle dos patadas en la fina piel del escroto al tipo pretencioso que se erigió en amo y señor de las entrevistas. No quiero ni pensarlo. Decenas de personas con la ilusión del empleo acuden, más o menos confiadas. Previamente, habían rellenado un documento con sus datos antes de someterse a la entrevista personal. Jamás iban a suponer que algo tan decisivo para ellos como los datos requeridos en la búsqueda de empleo iban a aparecer en el basurero, como las peladuras y los desperdicios. Me gustaría conocer la apariencia física del entrevistador. Porque seguro que, de entre sus muchas cualidades, sobresalía esa: la apariencia, cosa que parece y no es. Lo que a la vista tiene un buen parecer y puede engañar en lo intrínseco y sustancial. Tal vez el tipejo mostraría la apariencia de un Lecquio despectivo y engominado, dispuesto a resaltar el contraste entre él y aquellas personas, más o menos necesitadas, que acudían a solicitar un trabajo. Tal vez el entrevistador, sucedáneo de cátedra en descalificaciones, necesitaba desahogar sus ansiedades de importancia restándole significación humana a los entrevistados con anotaciones insultantes e hirientes. Quizás el Brad Pitt de supermercado se engrandecía humillando, convencido de su posible importancia cualitativa, convertido en un dictador de la acreditación, en un nazi de la evaluación, en un trajeado facha de la consideración, resentido por el deseo de alcanzar una y otra vez la suprema jefatura logística de la empresa. «Extranjero, gordo, morenete, parece Pancho Villa pero hambriento». Entreveo el gesto arrogante y saciado del tipejo entrevistador y la humildad de la persona entrevistada. Extranjero de mierda, vete a engordar a tu país soleado y tropical, lárgate a la procedencia de tus humildades y que te den por donde te quepa. «Está como una regadera. Padre alcohólico. Ha tenido menos suerte que Pascual Duarte en la vida». La desgracia aletea en los ojos de la/el infeliz solicitante. Ha expuesto al entrevistador (no por gilipollas menos culto, conoce algo de la obra de Cela) el oscuro muestrario de su travesía por el mundo, tal vez así se conmueva y la/lo admita. «Vive en Parla y es fea». Qué tendrá el tipejo contra Parla, digo yo. Quizá busque una chica que viva cerca de su casa y que posea la belleza sensualmente esplendorosa de Monica Bellucci, para tirársela a la salida del trabajo. A quién se le ocurre ir a buscar trabajo con una chupa de cuero, a quién se le ocurre ir a buscar trabajo siendo gordita (como si las abundancias celulíticas constituyesen una maldición laboral), con cara de cochinillo y mal pintada, a quién se le ocurre, procedente de barrios bajos y con pinta de drogadicta, a quién se le ocurre, ya mayor...
Hay situaciones que resultan indignantes. Hay apreciaciones que resultan inadmisibles. Hay consideraciones que resultan estúpidas. Hasta cierto punto, es comprensible que una persona atractiva disponga de mayor número de posibilidades para encontrar trabajo. Y, sobre todo, que el entrevistador procure que las cualidades de la persona se adapten al trabajo solicitado.
La desconsideración, la falta de respeto, el ninguneo y las actitudes racistas o xenófobas son de todo punto rechazables. Fin.
PATATAS FRITAS
(7-7-2002)
JUAN GARODRI


¿Qué vamos a comer, santo cielo? ¿Alguien puede decirme qué clase de alimentos van a poder librarse del mal? ¿Acaso llegará el día aciago, si no ha llegado ya, en que sólo podamos nutrirnos de verdura? ¿Qué estigma cancerígeno se cierne sobre nuestras futuras cabezas de grillos cibernéticos? Ah, mísero de mí, ah, infelice, apurar cielos pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros comiendo (y que Calderón disculpe el tratamiento irreverente de sus versos). Que ya ni patatas fritas quieren que comamos. Una pasada de la OMS informa de que las patatas fritas contienen elementos cancerígenos. No se cansan de fustigar nuestro ideal de salud corporal con el pavoroso látigo del cáncer. Oligoelementos y antioxidantes tremolan sus propiedades de ficticia eternidad salvadora, tal como la práctica religiosa de los primeros viernes aseguraba la salvación del alma. Son los poderes curativos de la naturaleza, afirman. Es la ‘fuerza vital’ que posee el cuerpo de cada uno para luchar contra la enfermedad y recuperar la homeostasis, ese fenómeno de autorregulación que mantiene las propiedades internas de un organismo.
Así que, hala, venga dieta naturopática, fundamentalmente vegetariana, y a mascar alimentos crudos, que es lo sano. Y, claro, el tratamiento tiene que ser holístico y natural para que las partes desequilibradas se equilibren con las otras partes del resto del cuerpo porque, no hay duda, vivir en equilibrio con todas las cosas naturales es la única forma de conseguir una buena salud duradera.
Y digo yo, ignorante que es uno, que cómo es que se le queda esa cara de pájaro a naturistas y demás aficionados al condumio dietético, amén de a otros colocados, pirados y adictos a vegetales, verduras y demás comida para grillos (cuanta más materia menos inteligencia, dicen, y todo eso), será por lo del equilibrio con la naturaleza, digo yo.
Jamás olvidaré aquel día, en un Madrid primaveral de 1982. El Ministerio me había nombrado (la cosa me tocó por sorteo, bien podía haberme tocado la lotería) vocal de la mesa nacional para elecciones sindicales de Muface, en representación de los funcionarios del grupo A, o algo así. Y para allá me fui en comisión de servicios, de enero a mayo, a la calle de Alcalá. En aquellos tiempos me relacioné con buena gente y he seguido manteniendo amistad con ellos. Luis Acosta, de TV1 Regional, con quien tomé algunas copichuelas y compartí la lectura del periódico. Pedro Sánchez Montero, Pedro Kiko para los amigos, que ofrecía hospitalidad a todo coriano que pasase por la calle de la Bolsa. Hasta Manolo Rosso caía por allí de vez en cuando, con su cháchara interminable y su chaquetón de cuadros, recién salido de papeles secundarios en alguna película de terror. Pedro Kiko me dijo un día de un abril primaveral y madrileño,
—Te invito a comer en un restaurante vegetariano, es el más famoso de Madrid.
A pesar de mis reticencias, más gastronómicas que verbales, fuimos a comer al restaurante vegetariano. Nos acompañaba Andrés Parro. Nada más entrar en el recinto ¿sagrado?, nos acogió un ambiente de venerable recogimiento que me retrotrajo automáticamente a los refectorios cuasi litúrgicos de la adolescencia. Laus Deo. Ningún comensal levantó la cabeza, ni nos miró, ni se distrajo. Masticaban con una unción que a mí me resultó sorprendentemente eucarística y triste. Los que hablaban, no hablaban, susurraban. Un discreto olor a incienso y a otras especias orientales parecían exigir los acordes polifónicos de una misa de Perossi. De puntillas fuimos deambulando entre las mesas hasta que nos acomodamos en una. Un pulcro camarero de gafitas redondas y cráneo rasurado se acercó para saludarnos y ofrecernos los platos de su cocina saludable. Yo tomé un filete de arroz y agua destilada. Pedro Kiko creo que se arriesgó a pedir un entrecot de garbanzos fríos con cebolla y no recuerdo qué comió Andrés Parro. Poco, desde luego. Porque nada más salir del restaurante vegetariano se metió entre pecho y espalda un impresionante bocadillo de calamares fritos en el bar de la esquina. Desde entonces, con todos mis respetos, siento una aversión razonable a la cosa vegetarianamente organizada.
Así que no me veo entrando por el aro. Nos meterán el miedo en el cuerpo con la amenaza de un infierno atiborrado de colesterol y grasas saturadas. Nos harán creer que los triglicéridos, el ácido úrico, la creatinina y la glucosa nos llevarán a una desventura septuagenariamente caduca y cojilitranca. Así y todo, jamás renunciaré a las patatas fritas, crujientes y sabrosas, para acompañar una buena cerveza fría. Jamás aceptaré la espesa y triste emanación a butano del repollo cocido y del brécol austríaco. Jamás permitiré, en fin, que desaparezca de mi cocina la euforizante fragancia, familiar y doméstica, del café, o el rastro agradablemente sinuoso, aunque tal vez dispéptico, del chorizo y los huevos fritos.
(Mi tío Eufrasio, con su perversa desconfianza tradicional, asegura que todo es cuestión de intereses económicos: alguien pretende que descienda el consumo de patatas para que aumente el consumo de otro producto concreto que quieran imponer los mandamases. Y que tiempo al tiempo).
Que así no sea.
FACTURAS
(3-7-2002)
JUAN GARODRI


No me refiero a las cuentas detalladas de las operaciones comerciales, sino a la primera acepción etimológica que comporta la palabra: acción y efecto de hacer. Que también podía haber titulado ‘Hechuras’, pero parece que queda como más fino el tecnicismo. Lo de ‘comportamiento’ también podría haber encajado perfectamente en el objetivo que me propongo. Porque el comportamiento es la conducta, la manera de portarse el personal. Y las hechuras son derivaciones actitudinales de la conducta, o algo así.
Lo espinoso del asunto estriba en la diferenciación que suele establecerse entre los distintos comportamientos porque, ante determinadas situaciones, aparecen comportamientos racionales y comportamientos animales. Por supuesto, los comportamientos animales no son alógicos, ni absurdos, proceden siempre de una motivación instintiva que los hace válidos para procrear y para subsistir. El mundo animal se mueve dentro de una pureza zoológica que convierte sus comportamientos en impulsos simples y perfectos. La densidad turbia del comportamiento (hechuras, facturas) aparece provocada cuando alguien se refiere a comportamientos animales realizados por seres humanos, para precisar de alguna forma acciones perversas, miserables o canallas realizadas por humanos. El matiz alógico del asunto está en que los animales no realizan actos perversos, sino limpios y puros. Se asegura que son irracionales, pero su conducta instintiva jamás convierte sus acciones en actos culpables. Por eso no encaja en una dimensión racional de las conductas definir como comportamientos animales las acciones agresoras de los individuos (humanos).
No sé qué pensaría Maurice Blondel de los hijoputas que se divierten rompiendo, por ejemplo, los bancos de hierro del paseo de Cánovas. Si la acción no es voluntad ciega ni algo enteramente extraño a la inteligencia, si el conocer es una parte de la acción, y si el progreso del pensamiento determina el progreso de la acción, quiere decirse que los gamberros desarrollan una actitud destructiva premeditada, totalmente alógica con respecto a los comportamientos racionales o sociales, pero totalmente lógica con respecto a sus acciones subversivas. Lo que no se corresponde, en consecuencia, con la realidad biológica es definir las acciones de los gamberros como comportamientos animales. (Gamberros, ese eufemismo para describir benevolentemente la acción canalla de quien delinque en lo pequeño. Como reyes del mambo pasean sus excrecencias psicológicas, conocedores de que el ¿progreso? democrático les concede patente de corso urbanita para hacer lo que le salga de los cojones. ¿Quién es capaz de modificar sus hechuras sociales? ¿Quién les pasa factura urbana? Los gamberros tronchan un árbol, destrozan los cristales de tu coche, roban revistas y golosinas al cójilis del kiosco, se mean en la puerta de tu casa, embadurnan con spray la fachada recién pintada y, encima, tienes que aguantarte como te aguantas cuando te sale un divieso o te sometes a una operación de almorranas. Y no te enfrentes a ellos. Si, en el colmo de la excandecencia, agarras la palanca y le partes la boca a uno, sales perdiendo. La justicia (valga la metonimia) se cebará contigo y sacará de tus tripas todo el mondongo que ha sido incapaz de sacar de las suyas. La justicia te pasará factura por tu hechura antisocial. Al gamberro no habrá quien le pase factura).
Factura política es lo de Canal Sur Extremadura. Por fin Canal Sur ha dejado de emitir en Extremadura el jueves por la noche, cumpliendo la orden judicial de cierre. ¿Cuántos kilos han engordado los santones del PP y los santinos de IU? Han ganado la batalla política. Le han pasado factura a las arrogancias prepotentes del PSOE. Venga a exigir facturas y justificaciones de cuentas. Es evidente que no se fían unos de otros. O dicho de otra forma: son conscientes de que todo el mundo se pringa en el corte. De ahí lo de exigir cuentas y facturas a las primeras de cambio. La cosa de la política. ¿Y a mí qué lo de la política? Es voz extendida que al extremeño le interesa una televisión regional. Pues a ver si las fuerzas políticas se ponen de acuerdo de una vez para discutir un modelo de televisión regional, con buenas hechuras, y que dejen para la acción judicial lo de exigir facturas, si es que procede.
Factura deportiva con una resonancia galáctica (de la leche) es lo del arbitraje en el Mundial de fútbol. Algo turbio y hediondo sobrevuela las agencias de noticias y esparce por el mundo la asquerosa adherencia del dinero, mezcla de poderío político y representatividad. Se dice que es el señor Chung, dueño de Hyundai, vicepresidente de la FIFA y aspirante a presidente del gobierno surcoreano, quien mueve los hilos de las marionetas futbolísticas. No son hechuras, esto de amañar los árbitros. A ver si el gentío se convence de que 10.000 millones de dólares son más importantes (para el señor Chung) que toda la gloria balompédica cantada por los juglares de la noticia deportiva, y deja de creer en el fútbol. En la corrompida religión del fútbol. Yo al menos he sido víctima de una crisis de agnosticismo futbolero que declara inaccesible a mi entendimiento cualquier tipo de información que pretenda resaltar la grandiosidad religiosa del fútbol. (Incluida la bronca que Camacho va a echarle a Villar por dimitir después de la derrota de España, y no antes. Siendo así que estaba enterado de todo). No son hechuras. Aunque sean facturas.