COMPARACIONES
(29-8-2000)
JUAN GARODRI
La comparaciones son odiosas, ya se sabe. Así y todo, cualquier peripatético (el de la opinión de acera, se entiende) no hace más que echarse a la calle y empieza a gargajear opiniones asentadas en la comparación con la suficiencia adiposa del que reparte patentes de calidad ciudadana. Y el gentío acepta la comparación como el argumento supremo de la escolástica callejera. Pero nadie explica por qué son odiosas las comparaciones. Tal vez lo sean porque la comparación no demuestra nada. Se limita a resaltar el aspecto denigratorio que la rodea, esa mezcolanza de envidia y mala leche que salpica cualquier expresión cuando quiere utilizarse para echar por tierra lo que otros hacen o dicen. Tal vez por eso sean odiosas las comparaciones.
Aunque así, en general, puede resultar arriesgada tal afirmación. Porque la comparación también puede ser bella como puede serlo la metáfora. La frase del clásico, aunque manoseada hasta la inflación ejemplarizante, no deja de ser ilustrativa: «Tus dientes son perlas» afirma una identificación que tiene su base estética en una comparación, a saber, «Tus dientes son como perlas».
Puede ocurrir, no obstante, que la dudosa belleza metafórica que quizá te sorprenda en «Tu sexo de pianola adormecida», resulte no por descarada menos acertadamente odiosa, al menos para muchos depredadores del voto, en «Política de mierda nos gobierna», porque, evidentemente, ambos endecasílabos retuercen su erección metafórica en sendas comparaciones subyacentes: tu sexo es como una pianola y la política es como una mierda.
Lo que no se entiende bien es por qué el personal sedicente culto considera metafóricamente poética una gilipollez tipo «Tu sexo de pianola adormecida» y no considera metafórica, o al menos no considera poética, una frase como «Política de mierda nos gobierna», siendo así que la relación entre el término real (‘política’) y el imaginario (‘de mierda’), consustanciales a toda metáfora, se concreta perfectamente en la asociación de las cualidades negativas de la mierda que en este caso se atribuyen subjetivamente a la política. Resulta, pues, que la metáfora, aunque quizá bella en su estructura estética, puede aparecer odiosa tanto en su adorno poético, exultante o insultante, según, como en su entorno empírico o contexto comparativo.
Como otras veces en que camino errante entre el fárrago expositivo, aparece mi tío Eufrasio.
—Pero qué haces —me dice—. Deja ya de emular a Ferlosio, que no le llegas ni a las zapatillas, y mira que las tenía usadas cuando comía en Casa Piro. Hoy tenías que escribir sobre las comparaciones de la telefonía móvil y lo del Papa.
—Andá, pues es verdad —le digo.
Primera comparación. Política de mierda nos gobierna. Aparte la perfección métrica del endecasílabo, no deja de sorprender que España aparezca en esto de la telefonía móvil como el tonto del pueblo. Así aparece en los medios de comunicación. Mientras que Alemania recauda la mareante cifra de 8,4 billones de pesetas con la subasta de seis licencias de telefonía móvil, España se descolgó (de los auriculares) en marzo con la birriosa recaudación de 86.000 millones, sin subasta ni nada, «en función de criterios de calidad de servicio, inversión y empleo». El Gobierno británico también ha rozado una recaudación de seis billones y pico. Pero es que hasta Portugal y Grecia planean recaudaciones que dejan con el culo a las goteras a la que el Ministerio de Fomento efectuó en marzo. Y el personal no puede evitarlo. Por muy odiosas que sean las comparaciones, el personal compara. ¿Cómo es posible que Telefónica haya pujado en Alemania con la suma de 1,4 billones y aquí consiguiera su licencia por 21.500 millones de pesetas? Algo huele a podrido. ¿Quién se aprovechó de la ridícula cifra que supuso la adjudicación española? ¿Los usuarios? Y una mierda. A pesar de los atosigantes ofrecimientos de nosécuantas mil pesetas de regalo en llamadas, a pesar del horario nocturno o diurno, a pesar de la franja horaria de fin de semana, o de sábado noche, o de llamada joven, o de llamada internacional, o de conexión interprovincial, o de buzón de voz, o de llamada que te alegrará la vida, o de llamada para no sentirte solo, o de pollas en vinagre, el caso es que la tarjeta de cinco mil pelas te dura menos que un kleenex en las manos de la tal Ania, vamos, ‘es que te meas que te cagas’, (frase memorable acuñada por la interfecta. Después de ella, alea iacta est ni es frase ni nada).
Segunda comparación. Tu sexo de pianola adormecida. Una frase sublime, aunque traducida, mezcla de funk, de hip-hop y de techno. Miles de entusiastas en el ‘universo Virgin’. Más de 70.000 asistentes en el festival de Chelmsford, a 40 kilómetros de Londres. Miles de banderas ondeando al viento la omnipresente V, entre el baile y las pastillas. Mogollón de gente. Y en Berlín, no digamos. Miles de jóvenes en la Hanfparade, el homenaje a la marihuana y al hachís. Lo que mola, tío. ¿Y en Roma? Luis Antonio de Villena diría que venga, tío, no me vengas con antiguallas. Doscientos mil jóvenes con el Papa. Más de dos millones de fieles en la misa de Tor Vergata. Más 3.500 periodistas acreditados. 335 hectáreas para infraestructuras. Y el Papa alertando a los jóvenes contra ‘la tentación de la droga y el hedonismo que llevan a una espiral de desesperación, de sin sentido y de violencia’. Y cómo habrá gente con la cabeza tan blanda como para asistir a esos actos y para creer esas cosas, parece preguntarse la boquita de pez sabio de Luis Antonio de Villena. “El Papa y el vacío”, dice, porque prefiere Voltaire a Juan Pablo II. Y habrá quien se pregunte por qué esa obsesión algo enfermiza de comparar el hecho religioso con la nada, como si lo religioso, per se, fuera algo inútil cuando no perjudicial.
En fin. ¿Quiénes tendrán la cabeza más blanda, los de Chelmsford, los de Berlín, los de Roma o los fantasmas de Villena? Ya puestos a comparar, compara, anda. Aunque las comparaciones sean odiosas.
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lunes, 22 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
EN ESTE PAÍS
(22-8-2000)
JUAN GARODRI
Aunque en este país no se lleva proclamar, al menos en voz alta, lo que a uno le enseñaron de chico, yo me atrevo a proclamar algo que me enseñaron entonces, a saber, la definición de mentir. Iba el señor maestro y te preguntaba:
—¿Qué es mentir?
Y tú, con la breve contundencia del convencimiento, respondías:
—Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa—. Y te quedabas tan ancho.
Mucho más difícil resultaba definir el concepto de hipocresía. La hipocresía era una idea confusamente dañina de inextricable definición, ya digo, pero de fácil aplicación por cuanto enseguida tildabas de hipócrita al amigo que simulaba un acercamiento cariñoso para conseguir sus fines pero que te volvía la espalda una vez conseguidos. Mientras la mentira se aplicaba a la mendacidad de la palabra, la hipocresía se ordenaba al falseamiento de la conducta.
Pero eso era antes. Ahora circulan ambos conceptos cogidos de la mano, o del brazo, o de la cintura, en una perversa, tal vez perfecta, simbiosis de mendacidad e hipocresía. Al menos en este país.
No tienes más que hojear la prensa nacional y aparecen las declaraciones de algunos mandamases y demás prohombres enfáticos, esos diosecillos de la gobernabilidad que dirigen nuestros destinos y descosen el forro de nuestros bolsillos. Bien. Lees sus declaraciones y se agarran a la simbiosis entre mentira e hipocresía, arriba señalada, para ocultar el nombre de España. En este país, dicen. Un íntimo rubor surgido de las profundidades de la corrección política —lo políticamente correcto, aseguran— les impide pronunciar el nombre de España para evitar la herida de las susceptibilidades, como si España fuera la fulana baboseada que debe mantenerse oculta. Y se agarran a la tabla salvadora del eufemismo, más o menos conscientes de que su eufemismo no es más que una mentira.
Bien está el uso del eufemismo en determinadas y comprometidas situaciones. Siempre hubo eufemismos de conmovedora cursilería. Aquello del “estado de buena esperanza” y lo de “hacer pis”, por ejemplo, unido a lo de “pompis” y otras delicadezas fisiológicas, retrotraían al hablante a una situación prenatal lindante con el limbo. Pero la actual proliferación del eufemismo social-igualatorio, la del económico-depredatorio y la del político-simulatorio resulta cuando menos descacharrante. Para qué citarlos. Patético, sin embargo, resulta el hecho de que se avergüencen de pronunciar el nombre de España. En este país.
Así que te quedas de piedra cuando lees, a continuación, que donde más se trabaja de Europa no es en Alemania, no. Uno siempre había creído que en Alemania el personal tenía la cabeza cuadriculada para inventar y los brazos nervudos para trabajar. En consecuencia, creías que los alemanes se dedicaban a trabajar sin descanso para recuperarse a todo meter de los desastres de la Segunda Guerra. Pues resulta que no. Ahora resulta que donde más se inventa es en España, perdón, en Este País, y que donde más se trabaja ¿sabes dónde es? Pues donde más se trabaja es en España, perdón, en Este País. Así lo confirma un informe elaborado por la UE.
Para que luego digan los cagaleches que España, perdón, que Este País es el culo del mundo y que jamás nos lucirá el pelo porque lo tenemos así de sebáceo de tanto darle el sol en el fútbol, en los toros y en la mierda de los chiringuitos.
Además, cuando en Alemania se trabajaba más que en ningún otro sitio era debido a la perfecta organización de los estamentos industriales. En cambio en España, perdón, en Este País, si se trabaja más, cosa que el cagaleches duda, es debido a que se explota al trabajador y a que se le da cuerda a la economía sumergida.
A mí me parece que el personal, en Este País, es casi visceralmente hipócrita (aún a riesgo de exageración adverbial). Partidario, al menos, de la mentira política. ¿Por qué? Porque se aparenta la izquierda pero se siente la derecha. Como un orzuelo o un rabanillo, pero se siente. No tienes más que observar al que camina con el periódico bajo el brazo. Si ha adquirido El País, lleva el titular bien a la vista, con desenfado y prestancia, para que se aprecie su tendencia progresista (me refiero a la tendencia del adquirente). Si ha adquirido el ABC, lo oculta con la portada de El Cultural, para que el gentío advierta que lo ha comprado, simplemente, porque le interesa la información literaria y artística. Si ha adquirido La Razón, lo esconde cuidadosamente tal como se esconde la prevaricación o la pornografía. En Este País nadie compra el Marca (¿por qué será el diario de mayor tirada si nadie lo compra?), esa expresión derechona y semianalfabeta del fútbol, según los cagaleches. Todo el mundo, sin embargo, le echa una ojeada, o dos, en la barra del bar para acompañar el trago de cerveza y la fagocitación de la tapa.
En Este País todo el mundo es de derechas, qué coño. Dile al gentío que deje de consumir a lo tonto. Dile que se preocupe por los inmigrantes. Dile que se preocupe por el hambre en el mundo. Dile que se preocupe por el problema del racismo. Dile que se quede en casa los fines de semana. Dile que contamine menos y que conserve la naturaleza. Anda, díselo. Y te tiran a la cara los envases de vidrio.
En este país todo el mundo aparenta ser de izquierdas pero intenta vivir como si fuera de derechas. Hasta los cagaleches.
(22-8-2000)
JUAN GARODRI
Aunque en este país no se lleva proclamar, al menos en voz alta, lo que a uno le enseñaron de chico, yo me atrevo a proclamar algo que me enseñaron entonces, a saber, la definición de mentir. Iba el señor maestro y te preguntaba:
—¿Qué es mentir?
Y tú, con la breve contundencia del convencimiento, respondías:
—Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa—. Y te quedabas tan ancho.
Mucho más difícil resultaba definir el concepto de hipocresía. La hipocresía era una idea confusamente dañina de inextricable definición, ya digo, pero de fácil aplicación por cuanto enseguida tildabas de hipócrita al amigo que simulaba un acercamiento cariñoso para conseguir sus fines pero que te volvía la espalda una vez conseguidos. Mientras la mentira se aplicaba a la mendacidad de la palabra, la hipocresía se ordenaba al falseamiento de la conducta.
Pero eso era antes. Ahora circulan ambos conceptos cogidos de la mano, o del brazo, o de la cintura, en una perversa, tal vez perfecta, simbiosis de mendacidad e hipocresía. Al menos en este país.
No tienes más que hojear la prensa nacional y aparecen las declaraciones de algunos mandamases y demás prohombres enfáticos, esos diosecillos de la gobernabilidad que dirigen nuestros destinos y descosen el forro de nuestros bolsillos. Bien. Lees sus declaraciones y se agarran a la simbiosis entre mentira e hipocresía, arriba señalada, para ocultar el nombre de España. En este país, dicen. Un íntimo rubor surgido de las profundidades de la corrección política —lo políticamente correcto, aseguran— les impide pronunciar el nombre de España para evitar la herida de las susceptibilidades, como si España fuera la fulana baboseada que debe mantenerse oculta. Y se agarran a la tabla salvadora del eufemismo, más o menos conscientes de que su eufemismo no es más que una mentira.
Bien está el uso del eufemismo en determinadas y comprometidas situaciones. Siempre hubo eufemismos de conmovedora cursilería. Aquello del “estado de buena esperanza” y lo de “hacer pis”, por ejemplo, unido a lo de “pompis” y otras delicadezas fisiológicas, retrotraían al hablante a una situación prenatal lindante con el limbo. Pero la actual proliferación del eufemismo social-igualatorio, la del económico-depredatorio y la del político-simulatorio resulta cuando menos descacharrante. Para qué citarlos. Patético, sin embargo, resulta el hecho de que se avergüencen de pronunciar el nombre de España. En este país.
Así que te quedas de piedra cuando lees, a continuación, que donde más se trabaja de Europa no es en Alemania, no. Uno siempre había creído que en Alemania el personal tenía la cabeza cuadriculada para inventar y los brazos nervudos para trabajar. En consecuencia, creías que los alemanes se dedicaban a trabajar sin descanso para recuperarse a todo meter de los desastres de la Segunda Guerra. Pues resulta que no. Ahora resulta que donde más se inventa es en España, perdón, en Este País, y que donde más se trabaja ¿sabes dónde es? Pues donde más se trabaja es en España, perdón, en Este País. Así lo confirma un informe elaborado por la UE.
Para que luego digan los cagaleches que España, perdón, que Este País es el culo del mundo y que jamás nos lucirá el pelo porque lo tenemos así de sebáceo de tanto darle el sol en el fútbol, en los toros y en la mierda de los chiringuitos.
Además, cuando en Alemania se trabajaba más que en ningún otro sitio era debido a la perfecta organización de los estamentos industriales. En cambio en España, perdón, en Este País, si se trabaja más, cosa que el cagaleches duda, es debido a que se explota al trabajador y a que se le da cuerda a la economía sumergida.
A mí me parece que el personal, en Este País, es casi visceralmente hipócrita (aún a riesgo de exageración adverbial). Partidario, al menos, de la mentira política. ¿Por qué? Porque se aparenta la izquierda pero se siente la derecha. Como un orzuelo o un rabanillo, pero se siente. No tienes más que observar al que camina con el periódico bajo el brazo. Si ha adquirido El País, lleva el titular bien a la vista, con desenfado y prestancia, para que se aprecie su tendencia progresista (me refiero a la tendencia del adquirente). Si ha adquirido el ABC, lo oculta con la portada de El Cultural, para que el gentío advierta que lo ha comprado, simplemente, porque le interesa la información literaria y artística. Si ha adquirido La Razón, lo esconde cuidadosamente tal como se esconde la prevaricación o la pornografía. En Este País nadie compra el Marca (¿por qué será el diario de mayor tirada si nadie lo compra?), esa expresión derechona y semianalfabeta del fútbol, según los cagaleches. Todo el mundo, sin embargo, le echa una ojeada, o dos, en la barra del bar para acompañar el trago de cerveza y la fagocitación de la tapa.
En Este País todo el mundo es de derechas, qué coño. Dile al gentío que deje de consumir a lo tonto. Dile que se preocupe por los inmigrantes. Dile que se preocupe por el hambre en el mundo. Dile que se preocupe por el problema del racismo. Dile que se quede en casa los fines de semana. Dile que contamine menos y que conserve la naturaleza. Anda, díselo. Y te tiran a la cara los envases de vidrio.
En este país todo el mundo aparenta ser de izquierdas pero intenta vivir como si fuera de derechas. Hasta los cagaleches.
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año 2000 - 08 agosto
OBSCENIDAD DEL RAZONAMIENTO
(13-8-2000)
JUAN GARODRI
Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin considerar razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas.
Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas).
Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan:
—Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será.
Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio.
Pero no queda ahí la cosa. El que lleva la voz cantante comenta que en un periódico nacional ha aparecido una foto. La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, «recibe con honores al gaditano, para muchos, más famoso de la historia» (supongo que con hache minúscula).
Mientras utilizo disimuladamente la servilleta, me atrevo a abrir de nuevo el pico. No escarmiento. Pregunto a media voz que quién es ese gaditano tan importante.
¿Ha inventado la rueda que gira sola?
¿Ha descubierto la vacuna contra el sida?
¿Ha realizado, tal vez, alguna proeza heroica tipo descubrimiento de América o algo así?
¿Ha publicado la mejor novela del mundo?
¿Ha patentado, quizá, el infalible método de ingeniería económica cuya aplicación suponga la desaparición definitiva del paro?
¿O ha descubierto un producto alimentario que se reproduzca sin agua en cualquier clase de terreno, aún desértico, producto dotado de toda clase de proteínas, vitaminas, y minerales suficientes como para alimentar a millones de seres humanos y acabar definitivamente con el hambre en el mundo?
¿Ha ingeniado la posibilidad de una ley de extranjería que acredite la aceptación legal de los inmigrantes y, en consecuencia, facilite y abarate los trámites legales que les proporcionen trabajo y salario justo?
¿Ha inventado, en fin, el método para garantizar a los futbolistas un subsidio universal, de tal forma que los jugadores de equipos modestos, o pobres, cobren mensualmente sus nóminas, evitando así el hundimiento de los clubes, su descenso a categorías inferiores o su desaparición?.
Para qué hablaría. Los comensales me miraron con ojos sorprendidos, esos ojos entre interrogativos y misericordiosos que hunden a cualquiera en la oportunidad de la desdicha. No se oía una mosca. Después irrumpieron en una estruendosa carcajada, que se dice.
—Ismael Beiro no es un científico ni un benefactor de la humanidad —borbollearon con retintín y paciencia—. Es el rey del Gran Hermano que vuelve a Cádiz, su tierra natal. Alfombra roja para Ismael. Escucha bien, que no te enteras. Dice el periódico que «la sala de plenos impecable, funcionarios obsesionados con su autógrafo y una masa que pobló de gritos los alrededores del Ayuntamiento». Por si fuera poco, la alcaldesa lo recibió con todos los honores y hasta le ofreció ser el pregonero del próximo Carnaval. Cuando estos acontecimientos son así, por algo será.
Apabullado quedé con tal cúmulo de razones. Está visto que al ser humano, con héroes así, le han robado ya la gloria. Y el razonamiento.
(13-8-2000)
JUAN GARODRI
Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin considerar razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas.
Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas).
Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan:
—Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será.
Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio.
Pero no queda ahí la cosa. El que lleva la voz cantante comenta que en un periódico nacional ha aparecido una foto. La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, «recibe con honores al gaditano, para muchos, más famoso de la historia» (supongo que con hache minúscula).
Mientras utilizo disimuladamente la servilleta, me atrevo a abrir de nuevo el pico. No escarmiento. Pregunto a media voz que quién es ese gaditano tan importante.
¿Ha inventado la rueda que gira sola?
¿Ha descubierto la vacuna contra el sida?
¿Ha realizado, tal vez, alguna proeza heroica tipo descubrimiento de América o algo así?
¿Ha publicado la mejor novela del mundo?
¿Ha patentado, quizá, el infalible método de ingeniería económica cuya aplicación suponga la desaparición definitiva del paro?
¿O ha descubierto un producto alimentario que se reproduzca sin agua en cualquier clase de terreno, aún desértico, producto dotado de toda clase de proteínas, vitaminas, y minerales suficientes como para alimentar a millones de seres humanos y acabar definitivamente con el hambre en el mundo?
¿Ha ingeniado la posibilidad de una ley de extranjería que acredite la aceptación legal de los inmigrantes y, en consecuencia, facilite y abarate los trámites legales que les proporcionen trabajo y salario justo?
¿Ha inventado, en fin, el método para garantizar a los futbolistas un subsidio universal, de tal forma que los jugadores de equipos modestos, o pobres, cobren mensualmente sus nóminas, evitando así el hundimiento de los clubes, su descenso a categorías inferiores o su desaparición?.
Para qué hablaría. Los comensales me miraron con ojos sorprendidos, esos ojos entre interrogativos y misericordiosos que hunden a cualquiera en la oportunidad de la desdicha. No se oía una mosca. Después irrumpieron en una estruendosa carcajada, que se dice.
—Ismael Beiro no es un científico ni un benefactor de la humanidad —borbollearon con retintín y paciencia—. Es el rey del Gran Hermano que vuelve a Cádiz, su tierra natal. Alfombra roja para Ismael. Escucha bien, que no te enteras. Dice el periódico que «la sala de plenos impecable, funcionarios obsesionados con su autógrafo y una masa que pobló de gritos los alrededores del Ayuntamiento». Por si fuera poco, la alcaldesa lo recibió con todos los honores y hasta le ofreció ser el pregonero del próximo Carnaval. Cuando estos acontecimientos son así, por algo será.
Apabullado quedé con tal cúmulo de razones. Está visto que al ser humano, con héroes así, le han robado ya la gloria. Y el razonamiento.
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año 2000 - 08 agosto
LA CALLE DEL CUERNO
(8-8-2000)
JUAN GARODRI
Hay días extraños y maléficos, esos días en los que uno se levanta como un perro apaleado, con el carcomido sabor de la desesperanza, como si durante la noche te hubiera poseído el genio de la disconformidad. Te levantas, ya digo, herido mortalmente de la náusea del alma. Y empiezan tus neuronas a acumular extraños desafíos y te atenaza un insólito afán desordenado de ataques y agresiones.
Ya sé que no es socialmente correcto ni, menos aún, progresistamente correcto hacer patentes esos sentimientos viscerales que retuercen el hígado y gotean la bilis de la mala leche cuajada, no es correcto, dicen, pero a ver qué hace uno, a ver cómo te las arreglas si durante la noche te ha poseído el genio de la disconformidad. Me gustaría pagar con la misma moneda. Pero como eso no es posible porque no dispongo de esa clase de moneda, me tengo que conformar con mandar el personal al cuerno.
Hubo un tiempo en que yo creía que el cuerno era un lugar desposeído de vida, es decir, una especie de muerte benéficamente dócil a la que iban a parar quienes actuaban de forma torpe o equivocada. En fin, más que un lugar el cuerno me parecía una ubicación geográficamente abstracta en la que se disimulaba la ira y se escondían las ganas de partirle a alguien la cabeza. Quizá influyera en ello la imagen infantil del desconsuelo cuando actué por vez primera en el teatro del colegio. Todo mi parlamento consistía en salir a escena con una copa en la mano y, en un momento determinado, levantar el brazo y gritar: « ¡Brindo por Buda! ». Mi timidez me situó tan cerca del nerviosismo que, efectivamente, levanté el brazo y grité: « ¡Budo por Buda! ». De entre las carcajadas de la sala, la voz del profesor, retumbó, estentórea: « ¡Vete al cuerno, Juanito! ».
A un cuerno mucho más profundo, seguro, arrojaron el otro día a un diputado colombiano, o por ahí, que juraba su cargo de padre de la patria. Con su traje impecable y su banda tricolor cruzándole el pecho. Con sus ansias de sacrificarse por el pueblo y de luchar indefectiblemente, etcétera, para conseguir la igualdad, la justicia y la prosperidad para el pueblo, etcétera. Con su promesa de combatir las desigualdades sociales y los abusos de los poderosos, etcétera. En qué estaría pensando, el desdichado. Llega la hora y jura con voz solemne: «Cumpliré y haré cumplir la Constitución ¡por Dios y por la plata! ». Dijo. Y la abstracción del cuerno se abrió a sus pies para tragarlo, empujado por la mirada iracunda de sus compinches, ahogado por la abierta analogía de las vocales que tan fácilmente asimilan la patria y la plata.
No menos agudo, afilado y endurecido, es el cuerno al que arrojaron los familiares de la novia a un oficiante litúrgico y novato. Deslumbrado quizá por los oropeles de la ceremonia y la belleza de la contrayente, se le trabucó la lengua cuando leía el pasaje bíblico en que se cita eso de conocer a los descendientes hasta la tercera generación. Con entonación propia del momento ceremonial, llega al pasaje en que la metáfora bíblica compara a la mujer con una parra cargada de racimos, símbolo de la fecundidad, y quizá porque le bailaran las letras, quizá porque se le trabucara la lengua, se dirige al novio y suelta con mansa suficiencia: «... Tu mujer como perra fecunda en medio de tu casa...», etcétera. Se detuvo el vaivén de los abanicos. Se detuvo el sudor bajo las corbatas. Y se organizó un cisco impropio del silencio y respeto que, en general, merecen los templos. La mayoría de los asistentes mandó al oficiante al cuerno, un cuerno negro, oleaginoso y demoníaco, tal como deben de ser las cavidades del infierno.
Yo, ahora mismo, mandaría al cuerno el fútbol. Y mira que me gusta el fútbol. Aún así, mandaría al cuerno a Beckham y a Eto’o, a los intermediarios y representantes, a Pérez y a Laporta, a la prensa deportiva y a la payperwiú, en fin, mandaría al cuerno a la Liga de las Estrellas, esa obscena representación crematística que ha manipulado la belleza deportiva hasta convertirla en una trata de “valores” futbolísticos, en carne rutilante de mercado, en puteo esplendoroso de facultades físicas, en trapicheo millonario para enriquecimiento de espabilados y mercachifles, en desprecio a la afición que, todavía, vibra por sus colores, ama sus colores, cree en sus colores, que se dice, y sigue demostrando, a pesar de todo, una fidelidad conmovedoramente tozuda y casi enfermiza. Al cuerno los millones de Ronaldo. (Mientras tanto, el Numancia a segunda. Qué cosas).
Es tal la cantidad de situaciones en que la mala uva nos impulsa a mandar al personal al cuerno, que en muchas ciudades hay una calle del cuerno. Cualquier calle es una vía de transición, transire, para facilitar el desplazamiento de un lugar a otro. Hay calles famosas en todas las ciudades del mundo y sus habitantes las recorren, las citan y las veneran con esa unción reverencial que impone la veneración histórica. Ninguna tan famosa como la calle del cuerno, tal vez utilizada como depósito de residuos urbanos, esa basura psicológica que llena las bolsas de plástico de nuestra imbecilidad.
(Resulta curioso comprobar que Sebastián de Covarrubias —que dedica más de dos páginas a explicar las implicaciones de ‘cuerno’ en la vida de los hombres, desde el rey al cornudo— no registre la expresión en su Tesoro. Así que no sé cómo se mandarían al cuerno en el siglo XVII, o antes).
(8-8-2000)
JUAN GARODRI
Hay días extraños y maléficos, esos días en los que uno se levanta como un perro apaleado, con el carcomido sabor de la desesperanza, como si durante la noche te hubiera poseído el genio de la disconformidad. Te levantas, ya digo, herido mortalmente de la náusea del alma. Y empiezan tus neuronas a acumular extraños desafíos y te atenaza un insólito afán desordenado de ataques y agresiones.
Ya sé que no es socialmente correcto ni, menos aún, progresistamente correcto hacer patentes esos sentimientos viscerales que retuercen el hígado y gotean la bilis de la mala leche cuajada, no es correcto, dicen, pero a ver qué hace uno, a ver cómo te las arreglas si durante la noche te ha poseído el genio de la disconformidad. Me gustaría pagar con la misma moneda. Pero como eso no es posible porque no dispongo de esa clase de moneda, me tengo que conformar con mandar el personal al cuerno.
Hubo un tiempo en que yo creía que el cuerno era un lugar desposeído de vida, es decir, una especie de muerte benéficamente dócil a la que iban a parar quienes actuaban de forma torpe o equivocada. En fin, más que un lugar el cuerno me parecía una ubicación geográficamente abstracta en la que se disimulaba la ira y se escondían las ganas de partirle a alguien la cabeza. Quizá influyera en ello la imagen infantil del desconsuelo cuando actué por vez primera en el teatro del colegio. Todo mi parlamento consistía en salir a escena con una copa en la mano y, en un momento determinado, levantar el brazo y gritar: « ¡Brindo por Buda! ». Mi timidez me situó tan cerca del nerviosismo que, efectivamente, levanté el brazo y grité: « ¡Budo por Buda! ». De entre las carcajadas de la sala, la voz del profesor, retumbó, estentórea: « ¡Vete al cuerno, Juanito! ».
A un cuerno mucho más profundo, seguro, arrojaron el otro día a un diputado colombiano, o por ahí, que juraba su cargo de padre de la patria. Con su traje impecable y su banda tricolor cruzándole el pecho. Con sus ansias de sacrificarse por el pueblo y de luchar indefectiblemente, etcétera, para conseguir la igualdad, la justicia y la prosperidad para el pueblo, etcétera. Con su promesa de combatir las desigualdades sociales y los abusos de los poderosos, etcétera. En qué estaría pensando, el desdichado. Llega la hora y jura con voz solemne: «Cumpliré y haré cumplir la Constitución ¡por Dios y por la plata! ». Dijo. Y la abstracción del cuerno se abrió a sus pies para tragarlo, empujado por la mirada iracunda de sus compinches, ahogado por la abierta analogía de las vocales que tan fácilmente asimilan la patria y la plata.
No menos agudo, afilado y endurecido, es el cuerno al que arrojaron los familiares de la novia a un oficiante litúrgico y novato. Deslumbrado quizá por los oropeles de la ceremonia y la belleza de la contrayente, se le trabucó la lengua cuando leía el pasaje bíblico en que se cita eso de conocer a los descendientes hasta la tercera generación. Con entonación propia del momento ceremonial, llega al pasaje en que la metáfora bíblica compara a la mujer con una parra cargada de racimos, símbolo de la fecundidad, y quizá porque le bailaran las letras, quizá porque se le trabucara la lengua, se dirige al novio y suelta con mansa suficiencia: «... Tu mujer como perra fecunda en medio de tu casa...», etcétera. Se detuvo el vaivén de los abanicos. Se detuvo el sudor bajo las corbatas. Y se organizó un cisco impropio del silencio y respeto que, en general, merecen los templos. La mayoría de los asistentes mandó al oficiante al cuerno, un cuerno negro, oleaginoso y demoníaco, tal como deben de ser las cavidades del infierno.
Yo, ahora mismo, mandaría al cuerno el fútbol. Y mira que me gusta el fútbol. Aún así, mandaría al cuerno a Beckham y a Eto’o, a los intermediarios y representantes, a Pérez y a Laporta, a la prensa deportiva y a la payperwiú, en fin, mandaría al cuerno a la Liga de las Estrellas, esa obscena representación crematística que ha manipulado la belleza deportiva hasta convertirla en una trata de “valores” futbolísticos, en carne rutilante de mercado, en puteo esplendoroso de facultades físicas, en trapicheo millonario para enriquecimiento de espabilados y mercachifles, en desprecio a la afición que, todavía, vibra por sus colores, ama sus colores, cree en sus colores, que se dice, y sigue demostrando, a pesar de todo, una fidelidad conmovedoramente tozuda y casi enfermiza. Al cuerno los millones de Ronaldo. (Mientras tanto, el Numancia a segunda. Qué cosas).
Es tal la cantidad de situaciones en que la mala uva nos impulsa a mandar al personal al cuerno, que en muchas ciudades hay una calle del cuerno. Cualquier calle es una vía de transición, transire, para facilitar el desplazamiento de un lugar a otro. Hay calles famosas en todas las ciudades del mundo y sus habitantes las recorren, las citan y las veneran con esa unción reverencial que impone la veneración histórica. Ninguna tan famosa como la calle del cuerno, tal vez utilizada como depósito de residuos urbanos, esa basura psicológica que llena las bolsas de plástico de nuestra imbecilidad.
(Resulta curioso comprobar que Sebastián de Covarrubias —que dedica más de dos páginas a explicar las implicaciones de ‘cuerno’ en la vida de los hombres, desde el rey al cornudo— no registre la expresión en su Tesoro. Así que no sé cómo se mandarían al cuerno en el siglo XVII, o antes).
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año 2000 - 08 agosto
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