BABILANDIA
(28-3-2004)
JUAN GARODRI
Babilandia es el país en el que abunda la baba. Y como hay tanta baba en Babilandia pues unas veces la baba es buena y otras mala. Para tanta baba, son necesarios los baberos porque, de no ser por ellos, el gentío iría perdido de baba. Antiguamente, llevaban babero los niños. Ahora no. Ahora en Babilandia llevan babero los adultos, mayormente si son personas importantes. Eran un encanto, las criaturitas con el babero. Bien desinfectado, naturalmente. Las abuelas se encargaban de la desinfección a base de lejía y refregones. Las abuelas eran las hadas que se aparecían para remediar las necesidades, sin lentejuelas ni varita mágica, apariciones permanentes porque no desaparecían, varadas en la hoja de servicios del afecto, delfines cariñosos con la luz de mil mares en los ojos. Las abuelas fregaban el babero con jabón casero, de sosa y aceite, que eran las sobras del cariño. Las penas con pan son menos. Y las babas con ternura no eran repugnantes. La ternura de las abuelas. Las abuelas retorcían también el babero impregnado de mala baba. Pero a ellas parecía no importarles. El babero de los suyos, por mugriento y roñoso que estuviera, no era algo sucio. Y la baba de los suyos, por repugnante y repulsiva que fuera, no era baba. Sólo era baba asquerosa la de los otros. Simplemente.
Veo a muchos con el babero puesto para depositar la (mala) baba y evitar de esta forma que se manche la camisa de tres picos. “El sombrero de tres picos”, escribió Pedro Antonio de Alarcón en 1874. Picaresca castiza y decimonónica que sustenta la venganza que el molinero se toma del corregidor. La mala baba del viejo libertino necesitaba un babero algo más sucio que el que usaba la molinera. Y es que la baba se le cae a muchos, se le está cayendo, cuando descubren o alcanzan o casi tocan con la mano su oscuro objeto de deseo. Abundan medios de comunicación en los que la (mala) baba aflora sin indicios de repugnancia. Supuesto: Si resulta que un tipo sube poco a poco, o de golpe, en la escala social, gracias a su esfuerzo o a su inteligencia, pero sus ascendientes no fueron nadie, usted comprende, su padre un borracho, su madre una friegaportales algo puta y su parentela una especie de bazofia barriobajera, ya puede ingeniárselas para brillar por sí mismo: la (mala) baba dudará siempre de su valor personal o profesional por una razón simplicísima, descender de quien desciende. Sin trayectoria. Sin pasado. Sin lustre generacional. Sin abuela que le haya lavado, tendido al sol y planchado el babero de la insignificancia. Si hay alguien parecido al supuesto, ya puede lavarse porque la (mala) baba lo embadurnará sin remedio. Algo así ocurre ahora, me parece, quizás exagero atolondradamente, usted perdone, la baba me produce un asco tan impulsivo, tan inmediato y remendado, el asco de la infección producida por hongos, ya se sabe, los hongos aparecen, crecen, se multiplican gracias a la corrupción y al parasitismo, no en vano viven sobre materias orgánicas en descomposición, algo así ocurre ahora, pues, con las buenas intenciones de José Luis Rodríguez Zapatero, de dónde sale éste, con tales ascendientes políticos, como aquella tapadera de los GAL y la guerra sucia llamada Eligio Hernández, como aquella larga mano de Rafael Vera, uñas afiladas que raían los fondos reservados, como aquel espionaje ilegal que Alonso Manglano extendió para cazar a jueces y empresarios. Quienes utilizan el babero para limpiar o enmascarar su (mala) baba aseguran que Zapatero gobernará “bien” poco tiempo, porque los rapiñadores ahora ocultos pronto mostrarán sus garras.
En la otra pesa del balancín, aparece la (mala) baba del ensañamiento contra Alfredo Urdaci. Juro ante el altar de Polimnia que nunca me ha caído simpático. La entonación saltarina de sus frases descompone el grupo tónico y se carga la prosodia castellana. Aún así, me encrespa la (mala) baba, sin babero ni nada, que se ha destilado contra él. A qué viene tanta sangre, hay que desangrarlo, convertirlo en cadáver perpetuo, disecarlo a fuerza de taxidermia denigratoria. Manipulador de informativos. Tal vez. ¿Acaso no hay otros manipuladores? La prensa está manipulada, el cielo (de las ondas) está muy manipulado, quién lo desmanipulará, el desmanipulador que lo desmanipule buen desmanipulador será. No caerá esa breva. ¿Dónde está el desmanipulador que desmanipule a los manipuladores? ¿Sólo Urdaci es manipulador? Según Jiménez Losantos (derechona pura), he aquí los grandes manipuladores: Rubalcaba y el imperio de Polanco, oséase, el PRISOE. Manipuladores que mintieron más que Aznar. A Losantos se le cae la (mala) baba. Tendrá que quitarse el babero para desinfectarlo. El PP ha perdido las elecciones. Punto. Es la ley de la democracia. Para que unos ganen otros tienen que perder. Así que este ensañamiento contra Urdaci es en realidad ensañamiento manipulador contra el PP que mintió, miente y seguirá mintiendo. ¿A quién interesa este sonsonete repetitivo? ¿Es que no puede haber un justo equilibrio (des)manipulador? El gentío no es tonto y se da cuenta de que la venganza filmada en las películas del Oeste sigue en vigor dentro del panorama manipuladamente político con más fuerza que nunca. La (mala) baba, neutralizado el adorno aséptico del babero, no sólo pretende derrotar al adversario: hay que despedazarlo, triturarlo, reducirlo a cenizas, no vaya a ser que le dé por resucitar de entre los muertos. Con la incineración es más difícil lo de resucitar por antojarse más laboriosa la reconstrucción final.
En fin. Mala suerte, digamos, la de Aznar que, solo ante la portería contraria, remata fuera. La baba de los desmanipuladores lo ha empantanado. Quizá él no se colocó el babero convenientemente.
Andrea Alciato escribió en dísticos latinos sentencias morales. Una de ellas, citada por Sebastián de Covarrubias, dice así: «Alciato hace un emblema de la cabra que, después de estar ordeñada, derrama la colodra con darle una coz, a la cual son semejantes los que habiendo procedido con buen término y ganado opinión por mucho tiempo de su vida, al cabo lo estragan todo con rematarla mal». (Con la baba que ustedes quieran atribuirme). Fin.
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jueves, 15 de octubre de 2009
EL BESO
(21-3-2004)
JUAN GARODRI
El crítico literario es un tipo que se pasa la vida tirando besos. Besos diminutos y erráticos, dibujados con la puntita de los dedos, o besos plenos, majestuosos, apasionados, estampados en mitad de la frente y, finalmente, besos de judas, desfavorables e incluso perniciosos, por no decir hostiles. El crítico literario corre el riesgo de no ser entendido por quienes critican la crítica, mucho menos por el escritor criticado que siempre piensa que lo han elogiado menos de lo que él alcanza o que lo han vituperado más de lo que él merece. Me refiero a la crítica que se hace de bodrios lanzados a bombo y platillo por determinadas editoriales, usted comprende, se contrata al crítico, se le unta con mayor o menor cantidad de tocino de oveja, según, y aparece una reseña crítica resplandeciente y elogiosa, uno de los escritores más importantes de la actual narrativa, suele decirse, con lo que uno queda asombrado de que haya tantos escritores cuajados de importancia dentro de la actual narrativa, en su mayoría bodrios de muy ardua digestión, al decir de J.M. de Prada.
Es el beso envuelto en el celofán fétido de la ocena. ‘Bacciare le tue labra qui odorano di vento’, cantaba Domenico Modugno el año que no hizo aire. Sí, sí, besos que huelen a viento, qué más quisieran ellos. La crítica besa o manosea e incluso babosea con besos ficticios y aneróticos, lejanos de la atracción apasionada del beso. El lector lo advierte tardíamente y empieza a caerle gordo el autor, porque no tiene más remedio que digerirlo a base de almax y otros antiácidos lectores que le faciliten la tragantada del bodrio de muy ardua digestión, como ya se dijo.
Ocurre que el libro debería gustar por sí mismo, y el autor otro tanto, en vez de caer gordo, a unos más a otros menos, natural, todo el mundo no tiene el mismo gusto, y no pretender que el libro (y el autor otro tanto) guste por la preponderancia lucrativa y publicitaria que defecan las editoriales. Porque va y tienes el día tonto y dices, pues me voy a comprar un libro, la última novela, la que aparece en la lista de libros más vendidos, edición de bolsillo por lo del precio, y resulta que la novela es un bodrio de los de muy ardua digestión, como queda dicho y repetido, a uno le queda un regusto amargo, y la relación afectuosa libro-lector que debería fundarse en el beso apasionado de la satisfacción espiritual, queda reducida a la relación comprador-librero, una relación de paso, sin beso apasionado ni nada, como la que puede establecerse en cualquier bar de copas de una carretera desconocida. Un chasco. Y entonces es cuando aparece la sensación de que el autor (que, por otra parte, ha escrito lo que ha podido, no es culpa suya que la editorial haya visto en él un filón de huevos de oro) empiece a caerle gordo al lector, pero gordo gordísimo, hasta el punto de que jure ante el altar de Polimnia no volver a dejarse arrastrar por la tentación de adquirir sus libros. Así que ni beso ni nada. Y, a propósito del beso, y a lo del altar de Polimnia, y a lo de caer gordo el autor sin ton ni son (axonometría del beso, tres ingredientes que se mezclan con frecuencia en la ensaladera del aborrecimiento, porque sabido es que el ser humano lo mismo que ama, aborrece, y que las mismas neuronas, en la misma persona, pueden activar la maniobra de la atracción o el escupitajo del asco, la claridad del deseo o el empuje del rechazo), a propósito del beso, pues, me viene a la memoria Jaime Bayly, autor de reconocimiento generalmente extendido con flores y encomiendas por numerosas plazas españolas e iberoamericanas. Y sale el tío y se pone y va y agarra y dice: «Boris Izaguirre me dio el mejor beso que yo he vivido». Al pronto, pensé que se trataba de un beso espiritual y narrativo, la relación entre alguna novela del Izaguirre y algotra del Bayly, relación que suele establecerse entre autores que se piropean literariamente, Qué bueno eres, tío, lo último que te ha editado Caralinda ya constituye de por sí una obra mayor, Pues lo último tuyo es excelente, desde luego Porlacara es una editorial de enormes recursos y dilatado catálogo: y ahí está tu libro al lado de los grandes. Eso pensé, pero qué va. Jaime Bayly continúa: «Descubrí una virtud incomprendida: que me gustaban los hombres. He procurado ser todo lo gay que he podido. Pero no soy perfecto. No soy completamente gay». Así que me he quedado de piedra. Y no por la pretensión baylyana, tal vez justificada, de añadir el descubrimiento de una nueva virtud al reducido elenco de las virtudes cardinales, qué va. Tampoco me he quedado de piedra por las manifiestas tendencias homoeróticas del Bayly (que merecen todo mi respeto, por supuesto, aunque no las comparta, cada cual puede hacer de su capa un sayo si le place o lo necesita, yo estoy contento con el sayo que tengo), sino por la adición final en la que asegura su imperfección por no ser ‘totalmente’ gay. La atribución con la que el adverbio ‘totalmente’ complementa al verbo ser, adquiere casi una dimensión antropológica. Bueno, sin casi. Porque modifica los aspectos sociales y biológicos del hombre. Y todo por un beso. A consecuencia de un beso. Es la plástica del beso, aunque no con la intensidad de la obra de Rodin, supongo. Si el beso se ha considerado siempre una manifestación del espíritu, el beso en la boca viene a ser la síntesis labio-lingual de la comunicación, el vaciamiento ensalivado de un espíritu en otro. Con todas las bacterias, bacilos, infecciones y estreptococos que el beso puede transmitir entre una y otra boca. Así que, supongo, toda la capacidad narrativa de Izaguirre ha transmigrado a la de Bayly, suministrándole emocional y apasionadamente la ‘voz’ inenarrable de la novela. (Espero que no le haya transmitido sus infecciones descriptivas). Lo que no entiendo es por qué Jaime Bayly acepta o requiere la insuflación osculatoria del Izaguirre, cuando, de por sí, a lo que parece, no necesita insuflaciones para patear la virginidad de la noche. Y es que uno siempre está en otra onda. O que todavía no ha sufrido la modificación social y biológica que puede producir la sonoridad de un beso.
(21-3-2004)
JUAN GARODRI
El crítico literario es un tipo que se pasa la vida tirando besos. Besos diminutos y erráticos, dibujados con la puntita de los dedos, o besos plenos, majestuosos, apasionados, estampados en mitad de la frente y, finalmente, besos de judas, desfavorables e incluso perniciosos, por no decir hostiles. El crítico literario corre el riesgo de no ser entendido por quienes critican la crítica, mucho menos por el escritor criticado que siempre piensa que lo han elogiado menos de lo que él alcanza o que lo han vituperado más de lo que él merece. Me refiero a la crítica que se hace de bodrios lanzados a bombo y platillo por determinadas editoriales, usted comprende, se contrata al crítico, se le unta con mayor o menor cantidad de tocino de oveja, según, y aparece una reseña crítica resplandeciente y elogiosa, uno de los escritores más importantes de la actual narrativa, suele decirse, con lo que uno queda asombrado de que haya tantos escritores cuajados de importancia dentro de la actual narrativa, en su mayoría bodrios de muy ardua digestión, al decir de J.M. de Prada.
Es el beso envuelto en el celofán fétido de la ocena. ‘Bacciare le tue labra qui odorano di vento’, cantaba Domenico Modugno el año que no hizo aire. Sí, sí, besos que huelen a viento, qué más quisieran ellos. La crítica besa o manosea e incluso babosea con besos ficticios y aneróticos, lejanos de la atracción apasionada del beso. El lector lo advierte tardíamente y empieza a caerle gordo el autor, porque no tiene más remedio que digerirlo a base de almax y otros antiácidos lectores que le faciliten la tragantada del bodrio de muy ardua digestión, como ya se dijo.
Ocurre que el libro debería gustar por sí mismo, y el autor otro tanto, en vez de caer gordo, a unos más a otros menos, natural, todo el mundo no tiene el mismo gusto, y no pretender que el libro (y el autor otro tanto) guste por la preponderancia lucrativa y publicitaria que defecan las editoriales. Porque va y tienes el día tonto y dices, pues me voy a comprar un libro, la última novela, la que aparece en la lista de libros más vendidos, edición de bolsillo por lo del precio, y resulta que la novela es un bodrio de los de muy ardua digestión, como queda dicho y repetido, a uno le queda un regusto amargo, y la relación afectuosa libro-lector que debería fundarse en el beso apasionado de la satisfacción espiritual, queda reducida a la relación comprador-librero, una relación de paso, sin beso apasionado ni nada, como la que puede establecerse en cualquier bar de copas de una carretera desconocida. Un chasco. Y entonces es cuando aparece la sensación de que el autor (que, por otra parte, ha escrito lo que ha podido, no es culpa suya que la editorial haya visto en él un filón de huevos de oro) empiece a caerle gordo al lector, pero gordo gordísimo, hasta el punto de que jure ante el altar de Polimnia no volver a dejarse arrastrar por la tentación de adquirir sus libros. Así que ni beso ni nada. Y, a propósito del beso, y a lo del altar de Polimnia, y a lo de caer gordo el autor sin ton ni son (axonometría del beso, tres ingredientes que se mezclan con frecuencia en la ensaladera del aborrecimiento, porque sabido es que el ser humano lo mismo que ama, aborrece, y que las mismas neuronas, en la misma persona, pueden activar la maniobra de la atracción o el escupitajo del asco, la claridad del deseo o el empuje del rechazo), a propósito del beso, pues, me viene a la memoria Jaime Bayly, autor de reconocimiento generalmente extendido con flores y encomiendas por numerosas plazas españolas e iberoamericanas. Y sale el tío y se pone y va y agarra y dice: «Boris Izaguirre me dio el mejor beso que yo he vivido». Al pronto, pensé que se trataba de un beso espiritual y narrativo, la relación entre alguna novela del Izaguirre y algotra del Bayly, relación que suele establecerse entre autores que se piropean literariamente, Qué bueno eres, tío, lo último que te ha editado Caralinda ya constituye de por sí una obra mayor, Pues lo último tuyo es excelente, desde luego Porlacara es una editorial de enormes recursos y dilatado catálogo: y ahí está tu libro al lado de los grandes. Eso pensé, pero qué va. Jaime Bayly continúa: «Descubrí una virtud incomprendida: que me gustaban los hombres. He procurado ser todo lo gay que he podido. Pero no soy perfecto. No soy completamente gay». Así que me he quedado de piedra. Y no por la pretensión baylyana, tal vez justificada, de añadir el descubrimiento de una nueva virtud al reducido elenco de las virtudes cardinales, qué va. Tampoco me he quedado de piedra por las manifiestas tendencias homoeróticas del Bayly (que merecen todo mi respeto, por supuesto, aunque no las comparta, cada cual puede hacer de su capa un sayo si le place o lo necesita, yo estoy contento con el sayo que tengo), sino por la adición final en la que asegura su imperfección por no ser ‘totalmente’ gay. La atribución con la que el adverbio ‘totalmente’ complementa al verbo ser, adquiere casi una dimensión antropológica. Bueno, sin casi. Porque modifica los aspectos sociales y biológicos del hombre. Y todo por un beso. A consecuencia de un beso. Es la plástica del beso, aunque no con la intensidad de la obra de Rodin, supongo. Si el beso se ha considerado siempre una manifestación del espíritu, el beso en la boca viene a ser la síntesis labio-lingual de la comunicación, el vaciamiento ensalivado de un espíritu en otro. Con todas las bacterias, bacilos, infecciones y estreptococos que el beso puede transmitir entre una y otra boca. Así que, supongo, toda la capacidad narrativa de Izaguirre ha transmigrado a la de Bayly, suministrándole emocional y apasionadamente la ‘voz’ inenarrable de la novela. (Espero que no le haya transmitido sus infecciones descriptivas). Lo que no entiendo es por qué Jaime Bayly acepta o requiere la insuflación osculatoria del Izaguirre, cuando, de por sí, a lo que parece, no necesita insuflaciones para patear la virginidad de la noche. Y es que uno siempre está en otra onda. O que todavía no ha sufrido la modificación social y biológica que puede producir la sonoridad de un beso.
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año 2004 - 03 marzo
BUENO, MIENTO
(14-3-2004)
JUAN GARODRI
Mal día para un artículo. Las elecciones comprometen a mucho o no comprometen a nada. Preferiría no escribir. Elecciones. Allá van ellas, tan fumadoras, tan de mesa de café, tan niqueladas de luna negra y rosaquintanas, expertas en doñaletizias y carminas, bellas de cremas reparadoras, jóvenes con el auténtico radar antiarrugas, dejando tras de sí la estela del perfumado flechazo de los olores que seducen y se dejan seducir... Bueno, miento, son ellos los que elevan la toalla de la masculinidad, tan saturados de loewe y bemeuves, tan de cartera de negocios y deseos, tan inmersos en las pantallas del Windows XP Home Professional, más victoriosos que vencidos, nuevas fragancias del remake y del safari chic, tan vibrantes tras las rosas y el amor de una junior suite con champán y fresas.
Más que la realidad esto es un sueño, bueno, miento, aseguran en sus conversaciones repletas de exvotos fonéticos. Qué suave delicadeza el reconocimiento humilde de la mentira personal, ese deslizamiento firme para reconocer que uno/una es el más listo/a de la troupe porque admite en su ego un efecto como el de la mentira. Bueno, miento, afirman cuando cambian de idea en la exposición de la idea. No es un defecto esta mentira, es una especie de lítotes verbal habitualmente utilizada para negar ficticiamente lo que a todas luces se quiere sostener como cierto. Es un ejercicio casi metalingüístico e inconsistente, a veces, con el que el hablante pretende humildemente llevar la razón, al tiempo que previene que, si admite que miente, no es cabezonería rucia la base de su perorata puesto que hay ocasiones en que la realidad se equivoca. Lo advierte, se corrige y dice, Bueno, miento. (En el fondo, piensa que lleva más razón que un santo de los antiguos, que son los que siempre llevaban razón). Bueno, miento, hubo santos que adoptaron actitudes irrazonables. Ejem, ejem.
¿Mentirá Zapatero si, como afirma, puede que no consiga mayoría de votos? Bueno, miento, no es que Zapatero haya dicho que no vaya a conseguir mayoría de votos sino que, si no consigue esa mayoría, no gobernará. Quizá cuando lo ha afirmado tan rotundamente en tantos sitios, en tantas entrevistas, en tantos mítines, tendría que haber dicho, bueno, miento, no formaré gobierno si no consigo mayoría de votos a no ser que me obliguen mis compañeros de lista... «Gane o pierda yo soy el fuuturo». Puede que Zapatero no mienta. Puede que, efectivamente, él sea el futuro. ¿Mentirá Rajoy cuando afirma que «quiero ser mejor que Aznar porque es lo que quiere Aznar y me lo exigirá la mayoría de los españoles?». ¿Quiere el personal a Rajoy porque lo quiere Aznar o lo quiere para que solucione los problemas del pueblo? Lo quiere. Lo quiero. La oxitocina y la vasopresina favorecen la formación de fuertes lazos de unión. Estas hormonas desarrollan la activación del cerebro hacia lo emocional y anulan la capacidad crítica.
Los partidos políticos saben que estos días de campaña electoral, ya pasados, han servido para darse un baño de publicidad. Ayudan a consumar la decisión de los indecisos. Los partidarios de un partido no han necesitado campaña electoral: siempre votarán a favor del anagrama que llevan bordado en el corazón, como una insignia epitelial. Los partidarios de ningún partido resbalan por encima de eslóganes y consignas, por encima de una pista de hielo apolítica y desestimada. Los indecisos son pocos. Aseguran que alrededor de un cinco o un seis por ciento. Así que cualquiera de los dos candidatos puede conseguir la mayoría, bueno miento, la tendrán si consiguen la definición del escaso tanto por ciento de indecisos, de electores que no se definen, que pueden hacer que desaparezca una mayoría suficiente...
Las encuestas han oscilado como barquilla sin rumbo, pobre barquilla mía , aquello de Fray Luis, bueno miento, pobre barquilla mía entre las olas sola, porque puede quedarse a verlas venir cualquiera que no consiga atraer a los indecisos, bueno miento, al cinco por ciento de electores que se considera indecisos, porque si hacía cuatro meses, tanto tiempo, parerece mentira cómo pasa el tiempo, estaban tan lejanas las elecciones, la guerra de Irak tan cercana y el chapapote tan negro, factura para ellos, el hombre del frac pasaría una factura castigadora y merecida, bueno miento, no tan merecida porque el personal fue volviendo la vista atrás, cerrando los ojos
(No puedo continuar. Mal día para un artículo, decía al principio, sin saber qué estaba ocurriendo en aquellos instantes. En este momento, 9’51 de la mañana del día más desgraciado para España y los españoles, 11 de marzo de 2004, la radio me informa del criminal atentado ocurrido hace unas horas en Madrid. Decenas de muertos. Centenas de heridos. Para qué escribir. Uno se queda sin palabras. Con tantas como se malgastan en la floristería verbal, ahora no tengo palabras. Me he quedado seco. Repentinamente. La sorpresa y el desconcierto, devenidos en rabia e impotencia, en un furor que se deshace en lágrimas, hacen que mis ojos se ensombrezcan. Gente trabajadora que iba a su curre diario, estudiantes que portaban en sus mochilas una ilusión de juventud y futuro, ciudadanos humildes que se dirigían a buscar la salud en los centros médicos. Asesinados. Quisiera lo peor para ellos, para los asesinos. Bueno, no miento, quiero lo peor para ellos. Quiero que cada uno les desee lo peor. Yo ya sé qué es lo que quiero para los asesinos, además de desearles lo peor. Malditos. Malditos sean.)
(14-3-2004)
JUAN GARODRI
Mal día para un artículo. Las elecciones comprometen a mucho o no comprometen a nada. Preferiría no escribir. Elecciones. Allá van ellas, tan fumadoras, tan de mesa de café, tan niqueladas de luna negra y rosaquintanas, expertas en doñaletizias y carminas, bellas de cremas reparadoras, jóvenes con el auténtico radar antiarrugas, dejando tras de sí la estela del perfumado flechazo de los olores que seducen y se dejan seducir... Bueno, miento, son ellos los que elevan la toalla de la masculinidad, tan saturados de loewe y bemeuves, tan de cartera de negocios y deseos, tan inmersos en las pantallas del Windows XP Home Professional, más victoriosos que vencidos, nuevas fragancias del remake y del safari chic, tan vibrantes tras las rosas y el amor de una junior suite con champán y fresas.
Más que la realidad esto es un sueño, bueno, miento, aseguran en sus conversaciones repletas de exvotos fonéticos. Qué suave delicadeza el reconocimiento humilde de la mentira personal, ese deslizamiento firme para reconocer que uno/una es el más listo/a de la troupe porque admite en su ego un efecto como el de la mentira. Bueno, miento, afirman cuando cambian de idea en la exposición de la idea. No es un defecto esta mentira, es una especie de lítotes verbal habitualmente utilizada para negar ficticiamente lo que a todas luces se quiere sostener como cierto. Es un ejercicio casi metalingüístico e inconsistente, a veces, con el que el hablante pretende humildemente llevar la razón, al tiempo que previene que, si admite que miente, no es cabezonería rucia la base de su perorata puesto que hay ocasiones en que la realidad se equivoca. Lo advierte, se corrige y dice, Bueno, miento. (En el fondo, piensa que lleva más razón que un santo de los antiguos, que son los que siempre llevaban razón). Bueno, miento, hubo santos que adoptaron actitudes irrazonables. Ejem, ejem.
¿Mentirá Zapatero si, como afirma, puede que no consiga mayoría de votos? Bueno, miento, no es que Zapatero haya dicho que no vaya a conseguir mayoría de votos sino que, si no consigue esa mayoría, no gobernará. Quizá cuando lo ha afirmado tan rotundamente en tantos sitios, en tantas entrevistas, en tantos mítines, tendría que haber dicho, bueno, miento, no formaré gobierno si no consigo mayoría de votos a no ser que me obliguen mis compañeros de lista... «Gane o pierda yo soy el fuuturo». Puede que Zapatero no mienta. Puede que, efectivamente, él sea el futuro. ¿Mentirá Rajoy cuando afirma que «quiero ser mejor que Aznar porque es lo que quiere Aznar y me lo exigirá la mayoría de los españoles?». ¿Quiere el personal a Rajoy porque lo quiere Aznar o lo quiere para que solucione los problemas del pueblo? Lo quiere. Lo quiero. La oxitocina y la vasopresina favorecen la formación de fuertes lazos de unión. Estas hormonas desarrollan la activación del cerebro hacia lo emocional y anulan la capacidad crítica.
Los partidos políticos saben que estos días de campaña electoral, ya pasados, han servido para darse un baño de publicidad. Ayudan a consumar la decisión de los indecisos. Los partidarios de un partido no han necesitado campaña electoral: siempre votarán a favor del anagrama que llevan bordado en el corazón, como una insignia epitelial. Los partidarios de ningún partido resbalan por encima de eslóganes y consignas, por encima de una pista de hielo apolítica y desestimada. Los indecisos son pocos. Aseguran que alrededor de un cinco o un seis por ciento. Así que cualquiera de los dos candidatos puede conseguir la mayoría, bueno miento, la tendrán si consiguen la definición del escaso tanto por ciento de indecisos, de electores que no se definen, que pueden hacer que desaparezca una mayoría suficiente...
Las encuestas han oscilado como barquilla sin rumbo, pobre barquilla mía , aquello de Fray Luis, bueno miento, pobre barquilla mía entre las olas sola, porque puede quedarse a verlas venir cualquiera que no consiga atraer a los indecisos, bueno miento, al cinco por ciento de electores que se considera indecisos, porque si hacía cuatro meses, tanto tiempo, parerece mentira cómo pasa el tiempo, estaban tan lejanas las elecciones, la guerra de Irak tan cercana y el chapapote tan negro, factura para ellos, el hombre del frac pasaría una factura castigadora y merecida, bueno miento, no tan merecida porque el personal fue volviendo la vista atrás, cerrando los ojos
(No puedo continuar. Mal día para un artículo, decía al principio, sin saber qué estaba ocurriendo en aquellos instantes. En este momento, 9’51 de la mañana del día más desgraciado para España y los españoles, 11 de marzo de 2004, la radio me informa del criminal atentado ocurrido hace unas horas en Madrid. Decenas de muertos. Centenas de heridos. Para qué escribir. Uno se queda sin palabras. Con tantas como se malgastan en la floristería verbal, ahora no tengo palabras. Me he quedado seco. Repentinamente. La sorpresa y el desconcierto, devenidos en rabia e impotencia, en un furor que se deshace en lágrimas, hacen que mis ojos se ensombrezcan. Gente trabajadora que iba a su curre diario, estudiantes que portaban en sus mochilas una ilusión de juventud y futuro, ciudadanos humildes que se dirigían a buscar la salud en los centros médicos. Asesinados. Quisiera lo peor para ellos, para los asesinos. Bueno, no miento, quiero lo peor para ellos. Quiero que cada uno les desee lo peor. Yo ya sé qué es lo que quiero para los asesinos, además de desearles lo peor. Malditos. Malditos sean.)
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año 2004 - 03 marzo
lunes, 12 de octubre de 2009
DIÁLOGO PARA BESUGOS
(7-3-2004)
JUAN GARODRI
Hubiera preferido no dedicar ni media palabra a la campaña electoral. El gentío está saturado de información campañera. No hay emisora de radio, programa de radio, emisora de televisión, programa de televisión, periódico nacional, regional o provincial, revista de información general o científica o tecnológica y hasta artística y económica que no otorgue más del cincuenta por ciento de su programación o índice de materias a la campaña electoral y a las encuestas. El personal está informado de sobra. Así que voy a referirme a la campaña con más pena que gloria. Aseguran los psicólogos, tan de moda, que jamás debe exigirse a los niños que cumplan su deber y engatusarlos con premios por hacerlo. Pues bien, Rajoy y Zapatero buscan el voto con promesas —el premio— de empleo y pensiones, por ejemplo. Resulta superfluo reseñar la abundancia de promesas que arrojan por su boca mitinera, tal como los dragones góticos arrojaban fuego devastador. Todo el mundo las conoce, las lee, las escucha, las aborrece. Para evitar la información repetitiva y cansina, no se me ocurre otra cosa, al respecto, que transcribir un diálogo para besugos.
(Acotación: La escena se desarrolla en un bar. Los parroquianos beben cerveza y chatos de vino de 0,50. Junto a la barra, dos ciudadanos dialogan, enfundados en sendos chaquetones políticos. Los chaquetones son de bajo precio, comprados en el mercadillo de los jueves. El humo de los cigarros esparce tranquilidad y picor de ojos. Voces futboleras. Trasiego de vinos y cervezas. Las tapas revolucionan los jugos gástricos y aumentan el deseo incontrolado de beber. El logotono de un teléfono móvil se orina junto a la barra. El gentío se sorprende y guarda silencio durante dos segundos. A pesar del copiazo de Valle-Inclán, el logotono del teléfono móvil vuelve a orinarse junto a la barra. Nadie le hace caso. Alguien juega en la máquina tragaperras y el sonsonete de la musiquilla enturbia las conversaciones. La chica de la barra oferta en una bandeja montaditos de anchoa y huevo cocido. Los dos ciudadanos que dialogan se desabrochan el chaquetón político).
Uno.- Falta poco para las elecciones.
Otro.- Y tan poco: unos diez días.
Uno.- Pues yo no sé si votar o no. Las campañas me desorientan.
Otro.- A mí tampoco me gustan las campañas políticas. Sirven para poco.
Uno.- Hombre, una cosa es que desorienten y otra que no sirvan.
Otro.- Ojo, no he dicho que no sirvan. He dicho que sirven para poco.
Uno.- Una campaña electoral tiene que servir para mucho. Si sirve para poco es que no sirve.
Otro.- Si no sirve es que no engancha.
Uno.- Si no engancha es que no convence. Y no convence porque desorienta. A mí, tanta campaña me ha descolocado. Tanta promesa me resulta irrisoria y las promesas irrisorias rozan la banda de lo grotesco.
Otro.- Lo grotesco sólo adquiere sentido en el circo.
Uno.- En el circo hay leones y payasos.
Otro.- Los leones rugen y atacan, los payasos hacen reír.
Otro.- Zapatero afirma que Rajoy ha sido mal gobernante y peor candidato y que no quiere “jugar el partido” para llegar a la Moncloa.
Uno.- No me extraña, Rajoy es del Coruña, del Celta y del Compostela. No podría jugar tantos partidos.
Otro.- Aznar dice que Zapatero es el peor candidato que han tenido los socialistas en toda su historia.
Uno.- Rajoy es el candidato perfecto del PP: enchufado y recomendado.
Otro.- Eso lo dice Zapatero.
Uno.- Zapatero a tus zapatos.
Otro.- Hay zapateros que son bioquímicos.
Uno.- La química de la credibilidad. Salvo en los mítines.
Otro.- ¿A quién crees?
Uno.- A ninguno. Según se mire, atendiendo a las recíprocas descalificaciones, ambos son malos. Si Zapatero no se quivoca, Rajoy debe de ser muy malo; pero si Aznar está en lo cierto, Zapatero debe de ser muy malo. Luego los dos son malos.
Otro.- O no hay razones y los dos son buenos.
Uno.- Las encuestas llenan el cielo de España. Si Zapatero y Rajoy uniesen sus promesas y constituyeran un bipartito, los españoles alcanzarían la salvación.
Otro.- No puede ser. Qué iba a ser entonces de Llamazares.
Uno.- No sé. Fabricaría pancartas y se afianzaría como fuerza de choque para cubrir las grandes mayorías. Las grandes mayorías que no le votan, supongo.
Otro.- De la misma forma que las encuestas no constituyen un índice de exactitud sino de publicidad, los grifos de Coca Cola no constituyen un índice de calidad sino de avaricia engañosamente bella. Como las elecciones.
Uno.- González ganó aquellas elecciones porque era un tío guapo, de nariz respingona. Y entonces la nariz respingona encajaba perfectamente con la pana.
Otro.- Zapatero es más guapo que Rajoy y tiene tendencias catalanistas porque es del Barça.
Uno.- Y Rajoy es aficionado a la bicicleta, lo cual que potencia mucho lo español.
Otro.- Como los desfiles de las pasarelas que sin cesar coloca Urdaci en los telediarios.
Uno.- ¿A pesar de las tetas al aire y los globitos gluteales?
Otro.- A pesar. Lo español es lo español.
(7-3-2004)
JUAN GARODRI
Hubiera preferido no dedicar ni media palabra a la campaña electoral. El gentío está saturado de información campañera. No hay emisora de radio, programa de radio, emisora de televisión, programa de televisión, periódico nacional, regional o provincial, revista de información general o científica o tecnológica y hasta artística y económica que no otorgue más del cincuenta por ciento de su programación o índice de materias a la campaña electoral y a las encuestas. El personal está informado de sobra. Así que voy a referirme a la campaña con más pena que gloria. Aseguran los psicólogos, tan de moda, que jamás debe exigirse a los niños que cumplan su deber y engatusarlos con premios por hacerlo. Pues bien, Rajoy y Zapatero buscan el voto con promesas —el premio— de empleo y pensiones, por ejemplo. Resulta superfluo reseñar la abundancia de promesas que arrojan por su boca mitinera, tal como los dragones góticos arrojaban fuego devastador. Todo el mundo las conoce, las lee, las escucha, las aborrece. Para evitar la información repetitiva y cansina, no se me ocurre otra cosa, al respecto, que transcribir un diálogo para besugos.
(Acotación: La escena se desarrolla en un bar. Los parroquianos beben cerveza y chatos de vino de 0,50. Junto a la barra, dos ciudadanos dialogan, enfundados en sendos chaquetones políticos. Los chaquetones son de bajo precio, comprados en el mercadillo de los jueves. El humo de los cigarros esparce tranquilidad y picor de ojos. Voces futboleras. Trasiego de vinos y cervezas. Las tapas revolucionan los jugos gástricos y aumentan el deseo incontrolado de beber. El logotono de un teléfono móvil se orina junto a la barra. El gentío se sorprende y guarda silencio durante dos segundos. A pesar del copiazo de Valle-Inclán, el logotono del teléfono móvil vuelve a orinarse junto a la barra. Nadie le hace caso. Alguien juega en la máquina tragaperras y el sonsonete de la musiquilla enturbia las conversaciones. La chica de la barra oferta en una bandeja montaditos de anchoa y huevo cocido. Los dos ciudadanos que dialogan se desabrochan el chaquetón político).
Uno.- Falta poco para las elecciones.
Otro.- Y tan poco: unos diez días.
Uno.- Pues yo no sé si votar o no. Las campañas me desorientan.
Otro.- A mí tampoco me gustan las campañas políticas. Sirven para poco.
Uno.- Hombre, una cosa es que desorienten y otra que no sirvan.
Otro.- Ojo, no he dicho que no sirvan. He dicho que sirven para poco.
Uno.- Una campaña electoral tiene que servir para mucho. Si sirve para poco es que no sirve.
Otro.- Si no sirve es que no engancha.
Uno.- Si no engancha es que no convence. Y no convence porque desorienta. A mí, tanta campaña me ha descolocado. Tanta promesa me resulta irrisoria y las promesas irrisorias rozan la banda de lo grotesco.
Otro.- Lo grotesco sólo adquiere sentido en el circo.
Uno.- En el circo hay leones y payasos.
Otro.- Los leones rugen y atacan, los payasos hacen reír.
Otro.- Zapatero afirma que Rajoy ha sido mal gobernante y peor candidato y que no quiere “jugar el partido” para llegar a la Moncloa.
Uno.- No me extraña, Rajoy es del Coruña, del Celta y del Compostela. No podría jugar tantos partidos.
Otro.- Aznar dice que Zapatero es el peor candidato que han tenido los socialistas en toda su historia.
Uno.- Rajoy es el candidato perfecto del PP: enchufado y recomendado.
Otro.- Eso lo dice Zapatero.
Uno.- Zapatero a tus zapatos.
Otro.- Hay zapateros que son bioquímicos.
Uno.- La química de la credibilidad. Salvo en los mítines.
Otro.- ¿A quién crees?
Uno.- A ninguno. Según se mire, atendiendo a las recíprocas descalificaciones, ambos son malos. Si Zapatero no se quivoca, Rajoy debe de ser muy malo; pero si Aznar está en lo cierto, Zapatero debe de ser muy malo. Luego los dos son malos.
Otro.- O no hay razones y los dos son buenos.
Uno.- Las encuestas llenan el cielo de España. Si Zapatero y Rajoy uniesen sus promesas y constituyeran un bipartito, los españoles alcanzarían la salvación.
Otro.- No puede ser. Qué iba a ser entonces de Llamazares.
Uno.- No sé. Fabricaría pancartas y se afianzaría como fuerza de choque para cubrir las grandes mayorías. Las grandes mayorías que no le votan, supongo.
Otro.- De la misma forma que las encuestas no constituyen un índice de exactitud sino de publicidad, los grifos de Coca Cola no constituyen un índice de calidad sino de avaricia engañosamente bella. Como las elecciones.
Uno.- González ganó aquellas elecciones porque era un tío guapo, de nariz respingona. Y entonces la nariz respingona encajaba perfectamente con la pana.
Otro.- Zapatero es más guapo que Rajoy y tiene tendencias catalanistas porque es del Barça.
Uno.- Y Rajoy es aficionado a la bicicleta, lo cual que potencia mucho lo español.
Otro.- Como los desfiles de las pasarelas que sin cesar coloca Urdaci en los telediarios.
Uno.- ¿A pesar de las tetas al aire y los globitos gluteales?
Otro.- A pesar. Lo español es lo español.
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año 2004 - 03 marzo
sábado, 19 de septiembre de 2009
DIÁLOGO PARA BESUGOS
(7-3-2004)
JUAN GARODRI
Hubiera preferido no dedicar ni media palabra a la campaña electoral. El gentío está saturado de información campañera. No hay emisora de radio, programa de radio, emisora de televisión, programa de televisión, periódico nacional, regional o provincial, revista de información general o científica o tecnológica y hasta artística y económica que no otorgue más del cincuenta por ciento de su programación o índice de materias a la campaña electoral y a las encuestas. El personal está informado de sobra. Así que voy a referirme a la campaña con más pena que gloria. Aseguran los psicólogos, tan de moda, que jamás debe exigirse a los niños que cumplan su deber y engatusarlos con premios por hacerlo. Pues bien, Rajoy y Zapatero buscan el voto con promesas —el premio— de empleo y pensiones, por ejemplo. Resulta superfluo reseñar la abundancia de promesas que arrojan por su boca mitinera, tal como los dragones góticos arrojaban fuego devastador. Todo el mundo las conoce, las lee, las escucha, las aborrece. Para evitar la información repetitiva y cansina, no se me ocurre otra cosa, al respecto, que transcribir un diálogo para besugos.
(Acotación: La escena se desarrolla en un bar. Los parroquianos beben cerveza y chatos de vino de 0,50. Junto a la barra, dos ciudadanos dialogan, enfundados en sendos chaquetones políticos. Los chaquetones son de bajo precio, comprados en el mercadillo de los jueves. El humo de los cigarros esparce tranquilidad y picor de ojos. Voces futboleras. Trasiego de vinos y cervezas. Las tapas revolucionan los jugos gástricos y aumentan el deseo incontrolado de beber. El logotono de un teléfono móvil se orina junto a la barra. El gentío se sorprende y guarda silencio durante dos segundos. A pesar del copiazo de Valle-Inclán, el logotono del teléfono móvil vuelve a orinarse junto a la barra. Nadie le hace caso. Alguien juega en la máquina tragaperras y el sonsonete de la musiquilla enturbia las conversaciones. La chica de la barra oferta en una bandeja montaditos de anchoa y huevo cocido. Los dos ciudadanos que dialogan se desabrochan el chaquetón político).
Uno.- Falta poco para las elecciones.
Otro.- Y tan poco: unos diez días.
Uno.- Pues yo no sé si votar o no. Las campañas me desorientan.
Otro.- A mí tampoco me gustan las campañas políticas. Sirven para poco.
Uno.- Hombre, una cosa es que desorienten y otra que no sirvan.
Otro.- Ojo, no he dicho que no sirvan. He dicho que sirven para poco.
Uno.- Una campaña electoral tiene que servir para mucho. Si sirve para poco es que no sirve.
Otro.- Si no sirve es que no engancha.
Uno.- Si no engancha es que no convence. Y no convence porque desorienta. A mí, tanta campaña me ha descolocado. Tanta promesa me resulta irrisoria y las promesas irrisorias rozan la banda de lo grotesco.
Otro.- Lo grotesco sólo adquiere sentido en el circo.
Uno.- En el circo hay leones y payasos.
Otro.- Los leones rugen y atacan, los payasos hacen reír.
Otro.- Zapatero afirma que Rajoy ha sido mal gobernante y peor candidato y que no quiere “jugar el partido” para llegar a la Moncloa.
Uno.- No me extraña, Rajoy es del Coruña, del Celta y del Compostela. No podría jugar tantos partidos.
Otro.- Aznar dice que Zapatero es el peor candidato que han tenido los socialistas en toda su historia.
Uno.- Rajoy es el candidato perfecto del PP: enchufado y recomendado.
Otro.- Eso lo dice Zapatero.
Uno.- Zapatero a tus zapatos.
Otro.- Hay zapateros que son bioquímicos.
Uno.- La química de la credibilidad. Salvo en los mítines.
Otro.- ¿A quién crees?
Uno.- A ninguno. Según se mire, atendiendo a las recíprocas descalificaciones, ambos son malos. Si Zapatero no se quivoca, Rajoy debe de ser muy malo; pero si Aznar está en lo cierto, Zapatero debe de ser muy malo. Luego los dos son malos.
Otro.- O no hay razones y los dos son buenos.
Uno.- Las encuestas llenan el cielo de España. Si Zapatero y Rajoy uniesen sus promesas y constituyeran un bipartito, los españoles alcanzarían la salvación.
Otro.- No puede ser. Qué iba a ser entonces de Llamazares.
Uno.- No sé. Fabricaría pancartas y se afianzaría como fuerza de choque para cubrir las grandes mayorías. Las grandes mayorías que no le votan, supongo.
Otro.- De la misma forma que las encuestas no constituyen un índice de exactitud sino de publicidad, los grifos de Coca Cola no constituyen un índice de calidad sino de avaricia engañosamente bella. Como las elecciones.
Uno.- González ganó aquellas elecciones porque era un tío guapo, de nariz respingona. Y entonces la nariz respingona encajaba perfectamente con la pana.
Otro.- Zapatero es más guapo que Rajoy y tiene tendencias catalanistas porque es del Barça.
Uno.- Y Rajoy es aficionado a la bicicleta, lo cual que potencia mucho lo español.
Otro.- Como los desfiles de las pasarelas que sin cesar coloca Urdaci en los telediarios.
Uno.- ¿A pesar de las tetas al aire y los globitos gluteales?
Otro.- A pesar. Lo español es lo español.
(7-3-2004)
JUAN GARODRI
Hubiera preferido no dedicar ni media palabra a la campaña electoral. El gentío está saturado de información campañera. No hay emisora de radio, programa de radio, emisora de televisión, programa de televisión, periódico nacional, regional o provincial, revista de información general o científica o tecnológica y hasta artística y económica que no otorgue más del cincuenta por ciento de su programación o índice de materias a la campaña electoral y a las encuestas. El personal está informado de sobra. Así que voy a referirme a la campaña con más pena que gloria. Aseguran los psicólogos, tan de moda, que jamás debe exigirse a los niños que cumplan su deber y engatusarlos con premios por hacerlo. Pues bien, Rajoy y Zapatero buscan el voto con promesas —el premio— de empleo y pensiones, por ejemplo. Resulta superfluo reseñar la abundancia de promesas que arrojan por su boca mitinera, tal como los dragones góticos arrojaban fuego devastador. Todo el mundo las conoce, las lee, las escucha, las aborrece. Para evitar la información repetitiva y cansina, no se me ocurre otra cosa, al respecto, que transcribir un diálogo para besugos.
(Acotación: La escena se desarrolla en un bar. Los parroquianos beben cerveza y chatos de vino de 0,50. Junto a la barra, dos ciudadanos dialogan, enfundados en sendos chaquetones políticos. Los chaquetones son de bajo precio, comprados en el mercadillo de los jueves. El humo de los cigarros esparce tranquilidad y picor de ojos. Voces futboleras. Trasiego de vinos y cervezas. Las tapas revolucionan los jugos gástricos y aumentan el deseo incontrolado de beber. El logotono de un teléfono móvil se orina junto a la barra. El gentío se sorprende y guarda silencio durante dos segundos. A pesar del copiazo de Valle-Inclán, el logotono del teléfono móvil vuelve a orinarse junto a la barra. Nadie le hace caso. Alguien juega en la máquina tragaperras y el sonsonete de la musiquilla enturbia las conversaciones. La chica de la barra oferta en una bandeja montaditos de anchoa y huevo cocido. Los dos ciudadanos que dialogan se desabrochan el chaquetón político).
Uno.- Falta poco para las elecciones.
Otro.- Y tan poco: unos diez días.
Uno.- Pues yo no sé si votar o no. Las campañas me desorientan.
Otro.- A mí tampoco me gustan las campañas políticas. Sirven para poco.
Uno.- Hombre, una cosa es que desorienten y otra que no sirvan.
Otro.- Ojo, no he dicho que no sirvan. He dicho que sirven para poco.
Uno.- Una campaña electoral tiene que servir para mucho. Si sirve para poco es que no sirve.
Otro.- Si no sirve es que no engancha.
Uno.- Si no engancha es que no convence. Y no convence porque desorienta. A mí, tanta campaña me ha descolocado. Tanta promesa me resulta irrisoria y las promesas irrisorias rozan la banda de lo grotesco.
Otro.- Lo grotesco sólo adquiere sentido en el circo.
Uno.- En el circo hay leones y payasos.
Otro.- Los leones rugen y atacan, los payasos hacen reír.
Otro.- Zapatero afirma que Rajoy ha sido mal gobernante y peor candidato y que no quiere “jugar el partido” para llegar a la Moncloa.
Uno.- No me extraña, Rajoy es del Coruña, del Celta y del Compostela. No podría jugar tantos partidos.
Otro.- Aznar dice que Zapatero es el peor candidato que han tenido los socialistas en toda su historia.
Uno.- Rajoy es el candidato perfecto del PP: enchufado y recomendado.
Otro.- Eso lo dice Zapatero.
Uno.- Zapatero a tus zapatos.
Otro.- Hay zapateros que son bioquímicos.
Uno.- La química de la credibilidad. Salvo en los mítines.
Otro.- ¿A quién crees?
Uno.- A ninguno. Según se mire, atendiendo a las recíprocas descalificaciones, ambos son malos. Si Zapatero no se quivoca, Rajoy debe de ser muy malo; pero si Aznar está en lo cierto, Zapatero debe de ser muy malo. Luego los dos son malos.
Otro.- O no hay razones y los dos son buenos.
Uno.- Las encuestas llenan el cielo de España. Si Zapatero y Rajoy uniesen sus promesas y constituyeran un bipartito, los españoles alcanzarían la salvación.
Otro.- No puede ser. Qué iba a ser entonces de Llamazares.
Uno.- No sé. Fabricaría pancartas y se afianzaría como fuerza de choque para cubrir las grandes mayorías. Las grandes mayorías que no le votan, supongo.
Otro.- De la misma forma que las encuestas no constituyen un índice de exactitud sino de publicidad, los grifos de Coca Cola no constituyen un índice de calidad sino de avaricia engañosamente bella. Como las elecciones.
Uno.- González ganó aquellas elecciones porque era un tío guapo, de nariz respingona. Y entonces la nariz respingona encajaba perfectamente con la pana.
Otro.- Zapatero es más guapo que Rajoy y tiene tendencias catalanistas porque es del Barça.
Uno.- Y Rajoy es aficionado a la bicicleta, lo cual que potencia mucho lo español.
Otro.- Como los desfiles de las pasarelas que sin cesar coloca Urdaci en los telediarios.
Uno.- ¿A pesar de las tetas al aire y los globitos gluteales?
Otro.- A pesar. Lo español es lo español.
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año 2004 - 03 marzo
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