LA DIFÍCIL PRETENSIÓN DEL EQUILIBRIO
(2-4-2000)
JUAN GARODRI
Por fin, amigo, por fin. Menos mal que le han dado el Oscar a Almodóvar. Más de tres meses nos llevan dando la tabarra con el Oscar a Almodóvar. Y qué te voy a decir de la última quincena. Y durante la última semana, ni te cuento. El prestigio nacional. Nada menos que el prestigio peliculeramente patrio estaba en juego. Y otros muchos prestigios, me parece. El prestigio de alguna prensa, vocingleramente promotora de famas y ocurrencias resaltadas por titulares, entradas y entradillas. El prestigio de algunas cadenas, expendedoras de imágenes y provocaciones bien asentadas en la rutilancia de las pantallas. El prestigio de algunos programas de radio, decididamente proclives a la magnificación y a la hipérbole. El prestigio de algunos corresponsales, alocadamente inmersos en cronicones y reportajes más hinchados que las burbujas de chicle. El prestigio, en fin, de alguna publicidad, interesada vendedora del glamour esplendoroso de la cetrería posmoderna (y de la cutrez). Por fin le han dado el Osssscar, así, con cuatro eses, a la Mejor Película Extranjera dirigida por el “Manchego Universal”. (Yo pensaba que lo de ‘manchego universal’ era atribuible sólo a Don Quijote. A ver ahora cómo nos las arreglamos con dos manchegos universales. Aventuro una nueva y presunta controversia entre las armas y las letras, digo entre las pantallas y las letras).
Así que le han concedido el Oscar a Almodóvar. El Oscar a la mejor película extranjera. All about my mother. Las colinas de Beverly Hills se han llenado de españoles, más o menos famosos, para ‘arropar’ al cineasta. No quiero ni pensar que hayan ido a chupar cámara a la sombra del genio. Ni que hayan ido, entre otras cosas, al unte de popularidad que proporcionan los focos de la prensa y de las cámaras. Todos, actores, políticos, peleteros y arrimados, todos envueltos en la paranoia de la víspera. Todos ensalzaban la película con esa rotundidad reverencial con que el gentío ensalzaba en otros tiempos a los héroes o a los santos. Todos aseguraban que habían visto varias veces la película. (Todos menos Chabeli Iglesias, la pobre).
Un genio, Almodóvar. Una extraordinaria inteligencia al servicio del arte, por más surrealista y esperpéntico que pueda mostrarse a veces el arte. Un arte pensado deliberadamente para provocar abandonando la impuesta decencia de las reglas y de las convenciones. En la anormalidad está el arte. Está en la descripción de personajes que adoptan esa misma anormalidad con pureza casi zoológica. Un arte, el de Almodóvar, que no se corresponde en absoluto con su cara, gordinflona y patilluda. Para que luego digan que la cara es el espejo del alma. Y una mierda, colega. Si te fijas en la cara de Almodóvar, nadie diría que refleja más allá de dos dedos de inteligencia porque, efectivamente, no está limitada por encima de más allá de dos dedos de frente. Y, sin embargo, fíjate. Esa cara de apariencia vulgar y campesina encierra una capacidad artística, al decir de muchos, superior a la del mismísimo Buñuel. Esa cara de apariencia agreste, algo así como desertora del arado, encierra una inteligencia inagotable, como esos fertilizantes que aumentan el crecimiento sorprendente de las plantas. Esa cara de apariencia de vendedor de chatarra (con todos mis respetos para el gremio de los chatarreros) encierra un poderoso atractivo que arrastra a las chicas Almodóvar hasta el borde de un ataque de nervios. Esa cara, finalmente, de apariencia iletrada y burda, encierra una cultura filial y venerable hasta el punto de que Todo sobre mi madre ha obligado a los mandamases de la Academia de Hollywood a extender ante él la roja alfombra del Shrine Auditorium. Por eso, amigo, repito que no siempre se corresponde la calidad interior de la persona con lo que la cara aparenta.
¿Te imaginas el follón que se hubiera armado si no le dan el Oscar a Almodóvar? La amargura, el batacazo de periodistas, prensa, televisión y radio, el desprestigio nacional, en suma, nos hubiera hundido en esa miseria cenagosa que brota de la conjura y del pucherazo. Pero Almodóvar no traicionó sus esencias. Y nos dedicó el triunfo, conseguido gracias a las velas que sus hermanas encendieron a los santos. Y a pesar de los tirones de Banderas, aún le dio tiempo a gritar, enardecido, que lo dedicaba a todo el spanish people. ¿Qué hubiera sido de nosotros, desconocidos habitantes de un país perdido en el culo de Europa, si no le dan el Oscar a Almodóvar? ¿Quién nos hubiera salvado de la vuelta a la caverna? No me atrevo ni siquiera a pensarlo.
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domingo, 16 de agosto de 2009
viernes, 12 de junio de 2009
REFLEXIONES SOBRE EL (DES)PRESTIGIO
(26-4-2000)
JUAN GARODRI
Los maestros andan inquietos. Un laborioso y considerable sobresalto planea estos días por muchos Colegios Públicos de Extremadura. Los equipos directivos han recibido un comunicado en el que la Consejería de Educación, Ciencia y Tecnología ofrece a la comunidad educativa un nuevo modelo de jornada escolar, que tendrá un amplio debate previo. A continuación, la Consejería insiste en que «ofrece la jornada continua que va a permitir al alumnado escoger las opciones que más le interesen entre un abanico de posibles actividades que, sin duda, contribuirán de forma beneficiosa a su formación integral como persona». Acompaña al comunicado un estadillo en el que se fija el calendario de fechas y localidades donde tendrá lugar el debate sobre la nueva jornada escolar. Finalmente, se incluye un cuadernillo titulado DOCUMENTO PARA EL DEBATE: La nueva Jornada Escolar en Extremadura.
—¡Perfecto! —exclamé.
Y como me pareció escasa mi interna manifestación de confianza, añadí un estentóreo y bisílabo ¡Bra-vo! para redondear mi contento. De manera que me acomodé en mi sillón preferido (favorito, dicen los anglobobófilos) y me dispuse a leer detenidamente las doce páginas del documento.
Lo leí. Y créeme, amigo, no me resulta fácil hablar con ecuanimidad y discreción de un tema tan actualmente controvertido como el prestigio del profesorado.
—¿Prestigio? A qué viene eso —te sorprendes—. Se trata de lo de la nueva jornada escolar en Extremadura.
—Déjame que te explique —respondo.
Para empezar, reconozco que el documento aparece sorprendentemente bien redactado (¡y mira que durante los últimos doce años he tragado hamburguesas logséticas, esa especie de comida/basura terminológica aliñada por arrimados a la cocina político/educativa con los ingredientes conceptuales, actitudinales y procedimentales que el personal docente regurgita en las fases evaluativas, con la pretensión socialmente didáctica de que los alumnos/alumnas se preparen para ser ciudadanos/as responsables y libres en una sociedad democrática, dentro de un acuerdo marco progresual y pluralista, etcétera!!), así que el documento aparece bien redactado, ya digo, y correctamente estructurado, con su introducción, sus fundamentos doctrinales en los planos psicológico, médico-sanitario, pedagógico-educativo y organizativo-administrativo. A continuación, el documento comenta favorablemente, e incluso exalta y magnifica, la experimentación de la Nueva Jornada llevada a cabo en algunos Colegios extremeños (más en Badajoz que en Cáceres). Finalmente, tipifica las distintas clases de Jornada Escolar, según se trate de la que corresponde a los alumnos, al profesorado o al Centro.
La lectura iba alegrándome cada vez más. Porque era evidente que la Administración regional apostaba por la Nueva Jornada, beneficiosa a todas luces según los argumentos doctrinales expuestos y según la valoración positiva de la experimentación en Centros.
De pronto, llego a la página 9: «¿Quién debe decidir el modelo de jornada escolar de un centro?», pregunta el texto. Nada más natural que sea la propia comunidad educativa de un centro quien decida su modelo de jornada escolar: sus miembros son los únicos realmente capacitados para valorar las circunstancias que determinen la opción a elegir. Así lo confirma el documento.
Sin embargo, a pesar mío, un ligero olor a chamusquina demagógica empezaba a brotar de las líneas del epígrafe de manera que, a medida que leía, algo me indicaba que mi alegría iba pareciéndose a lo de la meada fuera del tiesto. (Y se parecía porque una de las promesas de la Administración Autonómica fue la implantación por decreto de la jornada continua en todos los centros educativos, reivindicación del profesorado acorde con la pretensión de la mayoría de los sindicatos. Y ahora nos sale la Administración con el parto de los montes. Me resisto a pensar que, como dicen las malas lenguas, haya sido con la voluntad latente de enfrentar a padres y profesores. Así ha ocurrido en algunos colegios, al parecer).
Prosigo. Efectivamente, en la misma página 9 tropiezo con el epígrafe que explica el Proceso para el pronunciamiento sobre el tipo de jornada escolar. Todo mi gozo en un pozo. Lo normal es que el Consejo Escolar —porque en él se hallan representados democráticamente todos los integrantes de la comunidad educativa— debata el modelo de jornada, lo decida, lo comunique a la Administración y lo aplique. Pues no señor. En este caso, el Consejo escolar se ve privado de su competencia decisoria y solamente se le conceden dos atribuciones:
a) que inicie el proceso de adscripción a la Nueva Jornada Escolar y
b) que lo someta a la consideración de padres, madres o tutores legales para que éstos lo aprueben mediante votación secreta respaldada por más del 50 % del censo de electores.
(Ahora sí. Ahora la redacción es confusa. ¿Quiénes componen el censo de electores? ¿Todos los padres o sólo los que integran la Asociación de Padres? Por otra parte, ¿se exige más del 50 % del censo o más del 50 % de los censados que asistan a votar?).
En fin. Voy a lo del prestigio, más bien desprestigio, del profesorado. Porque dime tú qué consideración, qué reconocimiento social van a tener unos docentes a quienes se hurta la facultad de decidir sobre su propia jornada de trabajo y se les somete a la decisión de padres-madres-tutores. No es de extrañar que éstos los consideren como ‘personal a su servicio’, en el mejor de los casos. Que para eso cobran. Así que, hala, a trabajar de educadores, de animadores, de psicólogos, de pedagogos, de terapeutas, de cuidadores, de canguros, de electricistas, de fontaneros, de arreglapersianas, de conserjes y de petra-criada-para-todo. Ah, y, de vez en cuando, de profesores. Y sin rechistar. Toma calidad de la enseñanza. Para que luego hablen en las mesas de negociaciones de la calidad de la enseñanza ...
Para terminar, pregunto, a mala leche. ¿Por qué la Administración no somete a la votación de más del 50 % de la comunidad municipal la jornada de trabajo de los funcionarios del Ayuntamiento? ¿O la del personal médico-sanitario de los Centros de Salud y su ámbito comarcal? ¿O la de registradores y notarios y su amplio ámbito territorial? ¿O la de los funcionarios de Hacienda y su extenso ámbito provincial? ¿O la de los mismos funcionarios de la administración autonómica? Cualquier trabajador negocia con el patrón, a través de los representantes sindicales, sus condiciones laborales y su jornada de trabajo sin someterlas a la ciudadanía.
¿Acaso los maestros son una especie humildemente diferente?.
Lo del (des)prestigio. Mantengo.
(26-4-2000)
JUAN GARODRI
Los maestros andan inquietos. Un laborioso y considerable sobresalto planea estos días por muchos Colegios Públicos de Extremadura. Los equipos directivos han recibido un comunicado en el que la Consejería de Educación, Ciencia y Tecnología ofrece a la comunidad educativa un nuevo modelo de jornada escolar, que tendrá un amplio debate previo. A continuación, la Consejería insiste en que «ofrece la jornada continua que va a permitir al alumnado escoger las opciones que más le interesen entre un abanico de posibles actividades que, sin duda, contribuirán de forma beneficiosa a su formación integral como persona». Acompaña al comunicado un estadillo en el que se fija el calendario de fechas y localidades donde tendrá lugar el debate sobre la nueva jornada escolar. Finalmente, se incluye un cuadernillo titulado DOCUMENTO PARA EL DEBATE: La nueva Jornada Escolar en Extremadura.
—¡Perfecto! —exclamé.
Y como me pareció escasa mi interna manifestación de confianza, añadí un estentóreo y bisílabo ¡Bra-vo! para redondear mi contento. De manera que me acomodé en mi sillón preferido (favorito, dicen los anglobobófilos) y me dispuse a leer detenidamente las doce páginas del documento.
Lo leí. Y créeme, amigo, no me resulta fácil hablar con ecuanimidad y discreción de un tema tan actualmente controvertido como el prestigio del profesorado.
—¿Prestigio? A qué viene eso —te sorprendes—. Se trata de lo de la nueva jornada escolar en Extremadura.
—Déjame que te explique —respondo.
Para empezar, reconozco que el documento aparece sorprendentemente bien redactado (¡y mira que durante los últimos doce años he tragado hamburguesas logséticas, esa especie de comida/basura terminológica aliñada por arrimados a la cocina político/educativa con los ingredientes conceptuales, actitudinales y procedimentales que el personal docente regurgita en las fases evaluativas, con la pretensión socialmente didáctica de que los alumnos/alumnas se preparen para ser ciudadanos/as responsables y libres en una sociedad democrática, dentro de un acuerdo marco progresual y pluralista, etcétera!!), así que el documento aparece bien redactado, ya digo, y correctamente estructurado, con su introducción, sus fundamentos doctrinales en los planos psicológico, médico-sanitario, pedagógico-educativo y organizativo-administrativo. A continuación, el documento comenta favorablemente, e incluso exalta y magnifica, la experimentación de la Nueva Jornada llevada a cabo en algunos Colegios extremeños (más en Badajoz que en Cáceres). Finalmente, tipifica las distintas clases de Jornada Escolar, según se trate de la que corresponde a los alumnos, al profesorado o al Centro.
La lectura iba alegrándome cada vez más. Porque era evidente que la Administración regional apostaba por la Nueva Jornada, beneficiosa a todas luces según los argumentos doctrinales expuestos y según la valoración positiva de la experimentación en Centros.
De pronto, llego a la página 9: «¿Quién debe decidir el modelo de jornada escolar de un centro?», pregunta el texto. Nada más natural que sea la propia comunidad educativa de un centro quien decida su modelo de jornada escolar: sus miembros son los únicos realmente capacitados para valorar las circunstancias que determinen la opción a elegir. Así lo confirma el documento.
Sin embargo, a pesar mío, un ligero olor a chamusquina demagógica empezaba a brotar de las líneas del epígrafe de manera que, a medida que leía, algo me indicaba que mi alegría iba pareciéndose a lo de la meada fuera del tiesto. (Y se parecía porque una de las promesas de la Administración Autonómica fue la implantación por decreto de la jornada continua en todos los centros educativos, reivindicación del profesorado acorde con la pretensión de la mayoría de los sindicatos. Y ahora nos sale la Administración con el parto de los montes. Me resisto a pensar que, como dicen las malas lenguas, haya sido con la voluntad latente de enfrentar a padres y profesores. Así ha ocurrido en algunos colegios, al parecer).
Prosigo. Efectivamente, en la misma página 9 tropiezo con el epígrafe que explica el Proceso para el pronunciamiento sobre el tipo de jornada escolar. Todo mi gozo en un pozo. Lo normal es que el Consejo Escolar —porque en él se hallan representados democráticamente todos los integrantes de la comunidad educativa— debata el modelo de jornada, lo decida, lo comunique a la Administración y lo aplique. Pues no señor. En este caso, el Consejo escolar se ve privado de su competencia decisoria y solamente se le conceden dos atribuciones:
a) que inicie el proceso de adscripción a la Nueva Jornada Escolar y
b) que lo someta a la consideración de padres, madres o tutores legales para que éstos lo aprueben mediante votación secreta respaldada por más del 50 % del censo de electores.
(Ahora sí. Ahora la redacción es confusa. ¿Quiénes componen el censo de electores? ¿Todos los padres o sólo los que integran la Asociación de Padres? Por otra parte, ¿se exige más del 50 % del censo o más del 50 % de los censados que asistan a votar?).
En fin. Voy a lo del prestigio, más bien desprestigio, del profesorado. Porque dime tú qué consideración, qué reconocimiento social van a tener unos docentes a quienes se hurta la facultad de decidir sobre su propia jornada de trabajo y se les somete a la decisión de padres-madres-tutores. No es de extrañar que éstos los consideren como ‘personal a su servicio’, en el mejor de los casos. Que para eso cobran. Así que, hala, a trabajar de educadores, de animadores, de psicólogos, de pedagogos, de terapeutas, de cuidadores, de canguros, de electricistas, de fontaneros, de arreglapersianas, de conserjes y de petra-criada-para-todo. Ah, y, de vez en cuando, de profesores. Y sin rechistar. Toma calidad de la enseñanza. Para que luego hablen en las mesas de negociaciones de la calidad de la enseñanza ...
Para terminar, pregunto, a mala leche. ¿Por qué la Administración no somete a la votación de más del 50 % de la comunidad municipal la jornada de trabajo de los funcionarios del Ayuntamiento? ¿O la del personal médico-sanitario de los Centros de Salud y su ámbito comarcal? ¿O la de registradores y notarios y su amplio ámbito territorial? ¿O la de los funcionarios de Hacienda y su extenso ámbito provincial? ¿O la de los mismos funcionarios de la administración autonómica? Cualquier trabajador negocia con el patrón, a través de los representantes sindicales, sus condiciones laborales y su jornada de trabajo sin someterlas a la ciudadanía.
¿Acaso los maestros son una especie humildemente diferente?.
Lo del (des)prestigio. Mantengo.
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año 2000 - 04 abril
LA QUIOSQUERA
(14-4-2000)
JUAN GARODRI
No sé, amigo, si caer en la trampa de la discusión y el debate. Así y todo, te propongo uno. Vamos a titularlo 'La obligatoriedad de leer'. Y vamos a condescender con las mutuas opiniones. Porque resulta arriesgado, hoy por hoy, mantener determinadas opiniones existiendo como existe una opinión por cada ciudadano (y ciudadana, naturalmente), es decir, cien de cien. Y es que no creas, hay mucha gente avisada y entendida que goza de extraordinario bagaje intelectual, artístico, filosófico e incluso deportivo, folclórico, ecológico, cinematográfico y hasta gastronómico y enológico y estético, y no digamos informático (valga la incoherencia textual y las esdrújulas). De manera que alguien podría discutirme el título, «La obligatoriedad de leer», no sin razón y tal vez con afinado fundamento, alegando la diferencia que puede establecerse entre los conceptos de 'obligación' y de 'obligatoriedad'.
Y así, mientras la obligación es «aquello que alguien está obligado a hacer», algo que no tienes más remedio que cumplir debido al vínculo legal o ético que tú libremente has establecido, la obligatoriedad es lo que adquiere cualidad de obligatorio, es decir, «aquello que obliga a su cumplimiento y ejecución», algo que no tienes más remedio que cumplir porque te ha sido impuesto y que tú no has elegido.
Según esto, parece que adquiere sentido la afirmación conceptual del título del debate. Porque es evidente que nadie tiene la obligación de leer si no quiere. Pero ¿y la obligatoriedad? ¿Por qué se impone la obligatoriedad de leer aunque uno no quiera, de la misma manera que se impone a los niños la obligatoriedad de comer pescado? ¿Obligatoriedad o voluntariedad? Aquí es, precisamente, donde radica la confusión del asunto, en la voluntariedad, esa cualidad de lo voluntario en que debe asentarse la lectura, eliminando la cualidad de lo obligatorio.
Porque para que una acción adquiera la cualidad de voluntaria tiene que carecer de la cualidad de obligatoria.
Me refiero con toda esta disquisición cuasi wittgensteiniana a la obligatoriedad de leer que te imponen domingos y fines de semana las empresas de comunicación y prensa escrita. Y no son dos páginas, precisamente. Páginas y páginas, cientos de páginas. De manera que vas tan contento, ansioso por adquirir tu ración de avituallamiento informativo, y te diriges al quiosco.
A medida que te acercas, preparas ese aire de persona sensata e informada que no puede prescindir de lo que llaman cultura. Llegas y pides tu periódico. La quiosquera, una chica de morritos hinchados puro estilo spice girls, masca chicle y ni te mira. En lugar de periódico, te larga una colección alarmante de cuadernillos, revista fin de semana, encuadernable, páginas plastificadas y suplementos dominicales, más un descomunal soporte acartonado, relleno de colorines, al que se adhieren otras inquietantes y desconocidas informaciones.
—Yo sólo quiero el periódico —te atreves.
La quiosquera te perdona la vida. Masca el chicle con la boca entreabierta.
—No se vende el periódico solo —parece decir que dice.
—Antes podía adquirirse sólo el periódico —insisto como disculpándome.
—Ahora no. O todo o nada—. Y alarga la mano para cobrar a otro cliente.
La inesperada obligatoriedad (en el sentido arriba mencionado de algo impuesto y no deseado) de compra de aquel montón de papeles, hojas, pliegos y plásticos, produce en mis genomas una reacción adrenalínica y cabreante. La tensión enfadosa me hace permanecer callado. La chica insiste:
—¿Lo quiere o no?
—No sé qué hacer —me disculpo.
—Venga, leer nunca viene mal —concede ella. Y me mira por primera vez.
—Yo sólo leo libros —digo armándome de dignidad.
La quiosquera hace un gesto de sorpresa e incredulidad. Hincha los carrillos y me mira por segunda vez. Sus morritos parecen tan desconcertados como bellos.
—Allá usted —dice. Y me despide lanzando al aire la pedorreta de su pompa de chicle.
Mientras me alejo con mi pesada carga de bagaje cultural, informativo, artístico, gastronómico, cinematográfico, discográfico, bursátil, económico, deportivo, etcétera y etcétera, pienso con angustia en la necesidad de un juego mágico que me permita sacar tiempo para leer todo eso. Si es que pretendo, además, ver algo la tele, escribir algo, leer algo de mis lecturas preferidas, tomar algún vino con los amigos y salir alguna tarde a espárragos, ahora que empiezan a despuntar con la lluvia de abril.
(Mi tío Eufrasio dice que la he cagado, que todo el artículo no es más que una sarta de inexactitudes que dimanan de una sola y principal: nadie te impone la obligatoriedad de leer. Lo que te imponen es la obligatoriedad de comprar. Y me aconseja que, en vez de lamentarme como un Boabdil cualquiera de la oleada impresa, utilice las 800 páginas del fin de semana periodístico para mantener el fuego de la barbacoa).
(14-4-2000)
JUAN GARODRI
No sé, amigo, si caer en la trampa de la discusión y el debate. Así y todo, te propongo uno. Vamos a titularlo 'La obligatoriedad de leer'. Y vamos a condescender con las mutuas opiniones. Porque resulta arriesgado, hoy por hoy, mantener determinadas opiniones existiendo como existe una opinión por cada ciudadano (y ciudadana, naturalmente), es decir, cien de cien. Y es que no creas, hay mucha gente avisada y entendida que goza de extraordinario bagaje intelectual, artístico, filosófico e incluso deportivo, folclórico, ecológico, cinematográfico y hasta gastronómico y enológico y estético, y no digamos informático (valga la incoherencia textual y las esdrújulas). De manera que alguien podría discutirme el título, «La obligatoriedad de leer», no sin razón y tal vez con afinado fundamento, alegando la diferencia que puede establecerse entre los conceptos de 'obligación' y de 'obligatoriedad'.
Y así, mientras la obligación es «aquello que alguien está obligado a hacer», algo que no tienes más remedio que cumplir debido al vínculo legal o ético que tú libremente has establecido, la obligatoriedad es lo que adquiere cualidad de obligatorio, es decir, «aquello que obliga a su cumplimiento y ejecución», algo que no tienes más remedio que cumplir porque te ha sido impuesto y que tú no has elegido.
Según esto, parece que adquiere sentido la afirmación conceptual del título del debate. Porque es evidente que nadie tiene la obligación de leer si no quiere. Pero ¿y la obligatoriedad? ¿Por qué se impone la obligatoriedad de leer aunque uno no quiera, de la misma manera que se impone a los niños la obligatoriedad de comer pescado? ¿Obligatoriedad o voluntariedad? Aquí es, precisamente, donde radica la confusión del asunto, en la voluntariedad, esa cualidad de lo voluntario en que debe asentarse la lectura, eliminando la cualidad de lo obligatorio.
Porque para que una acción adquiera la cualidad de voluntaria tiene que carecer de la cualidad de obligatoria.
Me refiero con toda esta disquisición cuasi wittgensteiniana a la obligatoriedad de leer que te imponen domingos y fines de semana las empresas de comunicación y prensa escrita. Y no son dos páginas, precisamente. Páginas y páginas, cientos de páginas. De manera que vas tan contento, ansioso por adquirir tu ración de avituallamiento informativo, y te diriges al quiosco.
A medida que te acercas, preparas ese aire de persona sensata e informada que no puede prescindir de lo que llaman cultura. Llegas y pides tu periódico. La quiosquera, una chica de morritos hinchados puro estilo spice girls, masca chicle y ni te mira. En lugar de periódico, te larga una colección alarmante de cuadernillos, revista fin de semana, encuadernable, páginas plastificadas y suplementos dominicales, más un descomunal soporte acartonado, relleno de colorines, al que se adhieren otras inquietantes y desconocidas informaciones.
—Yo sólo quiero el periódico —te atreves.
La quiosquera te perdona la vida. Masca el chicle con la boca entreabierta.
—No se vende el periódico solo —parece decir que dice.
—Antes podía adquirirse sólo el periódico —insisto como disculpándome.
—Ahora no. O todo o nada—. Y alarga la mano para cobrar a otro cliente.
La inesperada obligatoriedad (en el sentido arriba mencionado de algo impuesto y no deseado) de compra de aquel montón de papeles, hojas, pliegos y plásticos, produce en mis genomas una reacción adrenalínica y cabreante. La tensión enfadosa me hace permanecer callado. La chica insiste:
—¿Lo quiere o no?
—No sé qué hacer —me disculpo.
—Venga, leer nunca viene mal —concede ella. Y me mira por primera vez.
—Yo sólo leo libros —digo armándome de dignidad.
La quiosquera hace un gesto de sorpresa e incredulidad. Hincha los carrillos y me mira por segunda vez. Sus morritos parecen tan desconcertados como bellos.
—Allá usted —dice. Y me despide lanzando al aire la pedorreta de su pompa de chicle.
Mientras me alejo con mi pesada carga de bagaje cultural, informativo, artístico, gastronómico, cinematográfico, discográfico, bursátil, económico, deportivo, etcétera y etcétera, pienso con angustia en la necesidad de un juego mágico que me permita sacar tiempo para leer todo eso. Si es que pretendo, además, ver algo la tele, escribir algo, leer algo de mis lecturas preferidas, tomar algún vino con los amigos y salir alguna tarde a espárragos, ahora que empiezan a despuntar con la lluvia de abril.
(Mi tío Eufrasio dice que la he cagado, que todo el artículo no es más que una sarta de inexactitudes que dimanan de una sola y principal: nadie te impone la obligatoriedad de leer. Lo que te imponen es la obligatoriedad de comprar. Y me aconseja que, en vez de lamentarme como un Boabdil cualquiera de la oleada impresa, utilice las 800 páginas del fin de semana periodístico para mantener el fuego de la barbacoa).
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