GESTOS Y GESTÍCULOS
(29-10-2005)
JUAN GARODRI
No sé si usted, lector conspicuo, habrá oído hablar alguna vez del Estatut. Yo también. Y es tal el cansancio mental, auditivo y ocular que ocasiona el sonsonete (según que el ámbito en que se produce sea televisivo, radiofónico o periodístico), que el acto repelente de pasar página acaba convirtiéndose en hábito impugnante y contestatario. Es un gesto casi reflejo, carente de mala intención o de rechazo deliberado. Lo realiza uno sin darse cuenta, tal como se lanza el manotazo inconsciente a la mosca cojonera que revolotea alrededor de los alimentos cuando comes en el campo. Los gestos.
Cotidianamente se aprecian por doquier actos relevantes (e incluso irrelevantes) que constituyen la metáfora natural de gestos previos, cargados de significación y contenido. Tan cargados, que los porteadores apenas pueden soportar la magnitud de su peso y clavan las rodillas en el suelo abrumados por la carga onerosa (o gloriosa, no sé). El manifa, por ejemplo, es un porteador de gestos, un individuo/a que con su acto visible y manifestante se autoconsidera portador de valores, si no eternos, al menos prolongados en el tiempo, con posibilidad de perdurar hasta la próxima legislatura. El alzamiento de la pancarta no es que constituya un alzamiento nacional, pero casi. Porque el gesto en el que se encarna toda manifestación proclama la reivindicación o la protesta a las que han dado lugar, a su vez, otros gestos previos de sus contrarios. Y peores (los gestos de los contrarios siempre son peores).
Quizá en este sentido, exigente y protestón, el líder de ERC, Carod-Rovira, ha pedido al presidente Rodríguez Zapatero un “gesto taxativo” de respeto al texto del proyecto de Estatuto aprobado por el Parlamento de Cataluña. No estoy muy acostumbrado al comentario de texto político, razón por la que me cuesta esfuerzo interpretar el ‘gesto taxativo’ que pide Carod-Rovira. Porque un gesto taxativo no es un gesto cualquiera, un gesto taxativo supone un esfuerzo supremo por parte de quien tiene que hacerlo.
Dentro de los gestos actitudinales se encuentran las muecas. Una mueca no es una acción. Una mueca es un gesto que señala una actitud interna. De rechazo, de risa, de asco, de guasa. ¿Dentro de qué categoría se encuentra el ‘gesto taxativo`? Desde el punto de vista jurídico (dice el diccionario), ‘taxativo’ es un cualificador que limita, circunscribe y reduce un caso a determinadas circunstancias. O sea que el gesto exigido a Zapatero tiene que reducir las pegas que se ponen a la aprobación del Estatuto. Desde el punto de vista léxico, ‘taxativo’ es la cualidad de un gesto que no admite discusión. Porque los gestos, sobretodo si son taxativos, reproducen una situación anímica que no sería perceptible con un gesto cualquiera, por ejemplo con un gesto sin gesto.
No sé si estas interpretaciones (o parecidas) bailarían la jota extremeña del desacuerdo en las neuronas de Rodríguez Ibarra para llegar al extremo de quedarse solo ante el peligro, Gary Cooper de la política nacional. Su gesto fue un gesto de indocilidad sorprendente. “Ibarra se queda solo en el PSOE en la crítica a Zapatero y su idea de España”, leo por ahí. He dicho en otras ocasiones que Ibarra los tiene bien puestos. Y el gesto de oponerse prácticamente a toda la ejecutiva del PSOE a la hora de aclarar el concepto de ‘nación’ y el modelo de articulación territorial de España, demuestra una de estas dos cosas: o que tiene las ideas muy claras o que es de piñón fijo. Con cualquiera de las dos hay que tener muy recortada la barba para lanzar ese gesto indócil que, no cabe duda, le pegó una patada en los «gestículos» a los otros miembros de la ejecutiva.
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sábado, 14 de noviembre de 2009
ARTISTAS Y ARTE
(22-10-2005)
JUAN GARODRI
Vi la otra noche la película o el reportaje o el documental o lo que fuera de Orson Welles titulado Fraude, y me acometió la duda de siempre sobre el arte y los artistas. ¿Quién juega con nosotros en la cosa del arte? Porque, a mi parecer, hay quien juega con nosotros. Esto del juego sería una cosa más o menos intrascendente, como todo juego, siempre que no se mezclase con el asunto del dinero (como todo juego). Pero desde el momento en que el arte se mezcla con la cosa del dinero, se acaba el juego (o se incrementa el juego). Los miles de millones que anualmente mueve el mundo del arte impulsan al engatuse del personal con la venta del humo cromático que termina siendo un capichuli efímero. ¿Existe el arte, considerado en sí mismo, o es el artista el que hace el arte? Algunas exposiciones, o muchas, o varias, representan el juego del que se vale quien juega con nosotros. Un juego malévolo (malintencionado, hecho o dicho a mala leche), por no decir perverso (que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas), en el que la idea de la apariencia intelectual, rompedoramente intelectual, es decir, la idea progreta del arte, se impone a base de ignorancias contundentes. ¿El arte es arte o sólo es arte la obra que realiza un determinado artista, siempre famoso, naturalmente? ¿El arte es arte aún en la oscuridad del anonimato o sólo es arte la obra aplaudida en los medios de difusión por los críticos de arte? ¿La obra es obra de arte porque la ha creado tal artista y no lo es si su creador es un tip(ej)o desconocido? Pongamos el caso de un falsificador avezado que le vendió un supuesto cuadro de Pieter Brueghel a un tío abuelo mío, por parte de padre. Los herederos quieren venderlo porque prefieren un chalet en Oropesa de Mar antes que contemplar diariamente el claroscuro infernal del cuadro. Tres millones de euros que iban a caer llovidos de los pinceles del pintor flamenco. Y eso si no eran más, porque una obra de arte perteneciente a la escuela de los Brueghel tiene un valor incalculaaable. Así que fue el tío (el falsificador) y reprodujo con asombrosa exactitud milimétrica el cuadro de Brueghel, la misma técnica, la misma maestría en la realización de una escena obsesiva y diabólica. Pues nada. Va, a su vez, la crítica especializada y utilizando los medios técnicos actuales digitales y electrónicos, concluye que el cuadro es falso. Fue pintado, probablemente, por un tip(ejo) que no lo conoce ni la madre que lo acunó. Pregunta analfabeta: ¿Por qué el cuadro de Brueghel es una obra de arte con un valor incalculaaaable y la reproducción que compró en tiempos de Canalejas mi tío abuelo no es obra de arte y lo timaron? Respuesta: porque la obra de arte sale del nombre del artista (famoso), de manera que el desconocido ni es artista ni nada y, por tanto, la obra que el desconocido crea no vale un pimiento.
Gregorio de Nisa escribió, allá por el siglo IV, cosas interesantes sobre el arte, y un buen día va y se pregunta que de dónde viene la forma. Y concluye una obviedad (según mi amigo el enterado), porque dice que en las obras de los artistas el material es formado por la representación y después manipulado por decisión del artista. “Primero se desarrolla la actividad interna en la mente y después se materializa en la forma externa”. Si esto es así, tan artístico es un cuadro de mi tío Eufrasio como uno de Botero.
Conclusión: ¿Por qué un cuadro atiborrado de pintura a espátula sobre el que han arrojado un puñado de arenilla (Composición II, dice el catálogo) se considera una obra de arte y se desprecia la pintura del ama de casa que asiste a manualidades en aulas de EPA? Autor famoso (proporciona pasta abundante) versus autor desconocido (no genera ni un euro). Ese es el asunto. O lo que es lo mismo: hoy no se considera el valor propio de la obra sino el nombre del artista.
(22-10-2005)
JUAN GARODRI
Vi la otra noche la película o el reportaje o el documental o lo que fuera de Orson Welles titulado Fraude, y me acometió la duda de siempre sobre el arte y los artistas. ¿Quién juega con nosotros en la cosa del arte? Porque, a mi parecer, hay quien juega con nosotros. Esto del juego sería una cosa más o menos intrascendente, como todo juego, siempre que no se mezclase con el asunto del dinero (como todo juego). Pero desde el momento en que el arte se mezcla con la cosa del dinero, se acaba el juego (o se incrementa el juego). Los miles de millones que anualmente mueve el mundo del arte impulsan al engatuse del personal con la venta del humo cromático que termina siendo un capichuli efímero. ¿Existe el arte, considerado en sí mismo, o es el artista el que hace el arte? Algunas exposiciones, o muchas, o varias, representan el juego del que se vale quien juega con nosotros. Un juego malévolo (malintencionado, hecho o dicho a mala leche), por no decir perverso (que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas), en el que la idea de la apariencia intelectual, rompedoramente intelectual, es decir, la idea progreta del arte, se impone a base de ignorancias contundentes. ¿El arte es arte o sólo es arte la obra que realiza un determinado artista, siempre famoso, naturalmente? ¿El arte es arte aún en la oscuridad del anonimato o sólo es arte la obra aplaudida en los medios de difusión por los críticos de arte? ¿La obra es obra de arte porque la ha creado tal artista y no lo es si su creador es un tip(ej)o desconocido? Pongamos el caso de un falsificador avezado que le vendió un supuesto cuadro de Pieter Brueghel a un tío abuelo mío, por parte de padre. Los herederos quieren venderlo porque prefieren un chalet en Oropesa de Mar antes que contemplar diariamente el claroscuro infernal del cuadro. Tres millones de euros que iban a caer llovidos de los pinceles del pintor flamenco. Y eso si no eran más, porque una obra de arte perteneciente a la escuela de los Brueghel tiene un valor incalculaaable. Así que fue el tío (el falsificador) y reprodujo con asombrosa exactitud milimétrica el cuadro de Brueghel, la misma técnica, la misma maestría en la realización de una escena obsesiva y diabólica. Pues nada. Va, a su vez, la crítica especializada y utilizando los medios técnicos actuales digitales y electrónicos, concluye que el cuadro es falso. Fue pintado, probablemente, por un tip(ejo) que no lo conoce ni la madre que lo acunó. Pregunta analfabeta: ¿Por qué el cuadro de Brueghel es una obra de arte con un valor incalculaaaable y la reproducción que compró en tiempos de Canalejas mi tío abuelo no es obra de arte y lo timaron? Respuesta: porque la obra de arte sale del nombre del artista (famoso), de manera que el desconocido ni es artista ni nada y, por tanto, la obra que el desconocido crea no vale un pimiento.
Gregorio de Nisa escribió, allá por el siglo IV, cosas interesantes sobre el arte, y un buen día va y se pregunta que de dónde viene la forma. Y concluye una obviedad (según mi amigo el enterado), porque dice que en las obras de los artistas el material es formado por la representación y después manipulado por decisión del artista. “Primero se desarrolla la actividad interna en la mente y después se materializa en la forma externa”. Si esto es así, tan artístico es un cuadro de mi tío Eufrasio como uno de Botero.
Conclusión: ¿Por qué un cuadro atiborrado de pintura a espátula sobre el que han arrojado un puñado de arenilla (Composición II, dice el catálogo) se considera una obra de arte y se desprecia la pintura del ama de casa que asiste a manualidades en aulas de EPA? Autor famoso (proporciona pasta abundante) versus autor desconocido (no genera ni un euro). Ese es el asunto. O lo que es lo mismo: hoy no se considera el valor propio de la obra sino el nombre del artista.
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miércoles, 11 de noviembre de 2009
MULTIPLÍCATE POR CERO
(15-10-2005)
JUAN GARODRI
Como cualquier tío que pretende atraer la atención del sobrino pequeño y conquistar en lo posible una porción de su afecto, yo también me dirigí a mi sobrino Carlos y adopté con él ese tono de voz condescendiente y esa actitud tontorrona que adopta cualquier tío que pretende atraer la atención del sobrino pequeño, etc.
Así que me dirigí a él y le dije,
—Carlitos, guapo, ven para acá.
El niño no dejó de mirar a los Simpson.
Simplemente contestó:
—No me llames Carlitos.
Y siguió con su programa. No me di por vencido y volví a la carga.
—Ven, hijo, le dije, que tienes que contarme qué tal te va en el colegio.
No se dignó contestar. Me puse un poco pesado, adopté un tono de voz meloso y le dije,
—Anda, no seas así, ven para acá.
Y añadí con voz inapropiadamente confidencial,
—¿Te gusta tu señorita?
Volvió la cabeza y me miró. Y me pareció percibir en su mirada la desafección con que se mira al que uno considera plasta de vaca.
—Vamos, Carlos —insistí—, ven a recitarme los cinco primeros números en inglés, que yo sé que los sabes, me lo ha dicho un pajarito.
El niño, agilísimo, saltó del sofá, se plantó ante mí y, con la sabia seguridad del que conoce el terreno que pisa, me soltó:
—¡Multiplícate por cero!
Fin. Se acabó el conato de diálogo.
No sé por qué, pero en un repentino remolino conceptual se me vino a la cabeza la noción contrapuesta del código restringido y el código elaborado que uno comentaba en las clases del instituto. Y no he dejado de sonreír a medias cuando, al revisar mis fichas para escribir estas líneas, leo una apostilla de Lázaro Carreter al respecto: “La extensión del código elaborado a todo el cuerpo social es un deber que impone a los poderes públicos y a los ciudadanos la democracia”.
Qué risa, la democracia preocupándose del código elaborado. La fina agudeza del maestro Lázaro se quedó roma, siquiera momentáneamente, cuando atribuyó a la democracia propiedades excelentes de selecta docencia lingüística. No deja de sorprender, ciertamente, la riqueza expresiva de la lengua castellana, inagotable en los enunciados que surgen del pueblo, expresiones que al fin y al cabo son el alimento del que se nutre la lengua. Así que no voy a ponerme sublime en plan psicolingüista y otras hierbas, con citas de Fillenbaum, por ejemplo, para exponer que las estructuras de la comunicación se relacionan estrechamente con los estados del emisor y el receptor. Pero si te digo, lector conspicuo, que no he escuchado la frase “multiplícate por cero” a un adulto que probablemente distingue, más o menos, entre la limitación cuantitativa de palabras que conlleva el código restringido y la formalidad del lenguaje que caracteriza al código elaborado, sino que la he escuchado a mi sobrinillo Carlos, un rabo de lagartija de apenas seis años que ya suelta tacos, habrá que pensar irremisiblemente que el estado del emisor (en este caso un niño) no sostiene intencionalidad de limitación lingüística alguna sino inesperada habilidad mental para el desdén o el menosprecio.
No sé si José Ramón de la Morena, por ejemplo, conoce el código elaborado, supongo que sí, pero desde luego no lo utiliza. Como me gusta el deporte, algunas noches escucho ‘El larguero’, y es evidente la pobreza expresiva del director del programa caracterizada por la limitación cuantitativa del número de vocablos y el uso de oraciones cortas, gramaticalmente simples, no acabadas con frecuencia, de sintaxis pobre (aunque a veces la viveza del coloquio y el interés de la noticia o la importancia deportiva del personaje entrevistado pueda hacer parecer lo contrario). Lo cual contrasta, a mi modo de ver, con la riqueza informativa que sobre deportes en general y sobre fútbol en particular muestra el programa, además de la formidable organización radiofónica que muestra. De la Morena, pues, utiliza deliberadamente el código restringido para adaptarse a la repercusión y extensión popular de su programa.
En fin, ‘multiplícate por cero’, me dijo mi sobrinillo para que lo dejara en paz, cansado de soportar a un tío pesado. Me redujo a la nada, al no ser, al cero. Ciertamente, el niño no pensó en atribuirme esta reducción aniquiladora porque él no “tenía noticia” de las variaciones del significado. Tan sólo cuando los sentidos nos dan noticia de las variaciones de las cosas, son fieles a la naturaleza de las cosas. Yo era algo y me quedé en nada. Multiplicado por cero. ¡Plaf!
Me queda el consuelo, sin embargo, que nos dejó Demócrito: «No existe más lo que es algo que lo que es nada».
(15-10-2005)
JUAN GARODRI
Como cualquier tío que pretende atraer la atención del sobrino pequeño y conquistar en lo posible una porción de su afecto, yo también me dirigí a mi sobrino Carlos y adopté con él ese tono de voz condescendiente y esa actitud tontorrona que adopta cualquier tío que pretende atraer la atención del sobrino pequeño, etc.
Así que me dirigí a él y le dije,
—Carlitos, guapo, ven para acá.
El niño no dejó de mirar a los Simpson.
Simplemente contestó:
—No me llames Carlitos.
Y siguió con su programa. No me di por vencido y volví a la carga.
—Ven, hijo, le dije, que tienes que contarme qué tal te va en el colegio.
No se dignó contestar. Me puse un poco pesado, adopté un tono de voz meloso y le dije,
—Anda, no seas así, ven para acá.
Y añadí con voz inapropiadamente confidencial,
—¿Te gusta tu señorita?
Volvió la cabeza y me miró. Y me pareció percibir en su mirada la desafección con que se mira al que uno considera plasta de vaca.
—Vamos, Carlos —insistí—, ven a recitarme los cinco primeros números en inglés, que yo sé que los sabes, me lo ha dicho un pajarito.
El niño, agilísimo, saltó del sofá, se plantó ante mí y, con la sabia seguridad del que conoce el terreno que pisa, me soltó:
—¡Multiplícate por cero!
Fin. Se acabó el conato de diálogo.
No sé por qué, pero en un repentino remolino conceptual se me vino a la cabeza la noción contrapuesta del código restringido y el código elaborado que uno comentaba en las clases del instituto. Y no he dejado de sonreír a medias cuando, al revisar mis fichas para escribir estas líneas, leo una apostilla de Lázaro Carreter al respecto: “La extensión del código elaborado a todo el cuerpo social es un deber que impone a los poderes públicos y a los ciudadanos la democracia”.
Qué risa, la democracia preocupándose del código elaborado. La fina agudeza del maestro Lázaro se quedó roma, siquiera momentáneamente, cuando atribuyó a la democracia propiedades excelentes de selecta docencia lingüística. No deja de sorprender, ciertamente, la riqueza expresiva de la lengua castellana, inagotable en los enunciados que surgen del pueblo, expresiones que al fin y al cabo son el alimento del que se nutre la lengua. Así que no voy a ponerme sublime en plan psicolingüista y otras hierbas, con citas de Fillenbaum, por ejemplo, para exponer que las estructuras de la comunicación se relacionan estrechamente con los estados del emisor y el receptor. Pero si te digo, lector conspicuo, que no he escuchado la frase “multiplícate por cero” a un adulto que probablemente distingue, más o menos, entre la limitación cuantitativa de palabras que conlleva el código restringido y la formalidad del lenguaje que caracteriza al código elaborado, sino que la he escuchado a mi sobrinillo Carlos, un rabo de lagartija de apenas seis años que ya suelta tacos, habrá que pensar irremisiblemente que el estado del emisor (en este caso un niño) no sostiene intencionalidad de limitación lingüística alguna sino inesperada habilidad mental para el desdén o el menosprecio.
No sé si José Ramón de la Morena, por ejemplo, conoce el código elaborado, supongo que sí, pero desde luego no lo utiliza. Como me gusta el deporte, algunas noches escucho ‘El larguero’, y es evidente la pobreza expresiva del director del programa caracterizada por la limitación cuantitativa del número de vocablos y el uso de oraciones cortas, gramaticalmente simples, no acabadas con frecuencia, de sintaxis pobre (aunque a veces la viveza del coloquio y el interés de la noticia o la importancia deportiva del personaje entrevistado pueda hacer parecer lo contrario). Lo cual contrasta, a mi modo de ver, con la riqueza informativa que sobre deportes en general y sobre fútbol en particular muestra el programa, además de la formidable organización radiofónica que muestra. De la Morena, pues, utiliza deliberadamente el código restringido para adaptarse a la repercusión y extensión popular de su programa.
En fin, ‘multiplícate por cero’, me dijo mi sobrinillo para que lo dejara en paz, cansado de soportar a un tío pesado. Me redujo a la nada, al no ser, al cero. Ciertamente, el niño no pensó en atribuirme esta reducción aniquiladora porque él no “tenía noticia” de las variaciones del significado. Tan sólo cuando los sentidos nos dan noticia de las variaciones de las cosas, son fieles a la naturaleza de las cosas. Yo era algo y me quedé en nada. Multiplicado por cero. ¡Plaf!
Me queda el consuelo, sin embargo, que nos dejó Demócrito: «No existe más lo que es algo que lo que es nada».
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sábado, 7 de noviembre de 2009
A ESCUPIR A LA CALLE
(8-10-2005)
JUAN GARODRI
Así nos lo decían cuando sobrepasábamos los límites de la norma impuesta por la tribu. Era una manera más o menos despectiva de metaforizar la exclusión. Te echaban. Fuera, a hacer gárgaras. A escupir a la calle.
A partir del próximo 1 de enero, según leo, el fumador tendrá que salir a fumar a la calle, quedará convertido en un ser apestado y contaminante (y apestoso, que no en vano el tabaco envuelve ropas y cabello en una maloliente aureola que deja su rastro en el pasillo, bien entrada la madrugada al regreso de las copichuelas del viernes), un ser malquisto, excluido de la sociedad, del grupo, de la corporación, de la oficina. A fumar a la calle. La empresa sin humos. Y, ay del osado que se atreva a contravenir la norma: será multado con multa inmisericorde y eurística y, por si fuera poco, cualquier operario o profesional no fumador puede plantear su queja sobre un compañero fumador para que se joda y deje de contaminar, que ya está bien, hombre, a través de los ‘grupos de trabajo sobre satisfacción de los empleados’, que es como ahora llaman a la Inquisición existente en las empresas para combatir los malos hábitos. Actualmente, si se elimina la sala de fumadores y se impone a los trabajadores la obligatoriedad de no fumar en sitio alguno, salvo en la calle, y se generaliza la posibilidad de denunciar al compañero (Inquisición sanitaria) por el hecho nefando de fumar, van a originarse, sin duda, tensiones en los centros de trabajo y más de dos desahogarán su inquina en la denuncia rastrera. Cosa triste ésta de la perturbación vengativa entre colegas. Adiós, pues, a la lírica del cigarrillo. La mezcla olorosa del tabaco y la colonia traducían sensaciones íntimas, de acercamiento y pasión. La charla entre amigos era imposible sin el ofrecimiento abierto del cigarrillo. Las volutas del humo cobijaban las entrañas acogedoras del bar y su murmullo. El suelo repleto de colillas y palillos simbolizaba la basura interior que cada cual echaba fuera a través de la charla amistosa y el pincho de tortilla.
A fumar a la calle. La campaña antitabaco es furibunda y posiblemente acertada. Sin embargo, bajo la funda estentórea de las grandes campañas siempre suelen esconderse intereses no confesados. ¿Por qué no se financian medios sanitarios antitabaco de la misma manera que se financian medios sanitarios antigripe? Se cuentan por miles, como causa principal de la ley antitabaco, las víctimas mortales que cada año causa el tabaquismo. Vale. Pero gran parte del pueblo se pregunta por qué no se pone el mismo énfasis destructivo en los miles de víctimas anuales que causan las armas. Los Gobiernos de medio mundo se han puesto de acuerdo en la persecución de fumadores y en la promulgación de leyes antitabaco, ¿por qué no se ponen de acuerdo y promulgan, además, leyes antiguerra? Prohibido que haya guerras en el mundo. Paz.
De paso, y para todos aquellos que se están revolcando de la risa y consideran dadaísta mi anterior proposición comparativa, yo le pondría un puro en la boca a la famosa Gioconda bigotuda que sintetiza la esencia del dadaísmo en la actual exposición de París. No para cachondearme de la ley antitabaco, no (¡qué herejía, la Gioconda fumándose un puro distorsionada su media sonrisa de puta renacentista!), sino para mostrar el nihilismo dadaísta que se burla, en el fondo, de la legalidad y el orden.
En fin. Pienso que la ley antitabaco no hace más sano a un país de igual manera que las armas no hacen más seguro a un país. El tabaco (tabaquismo) causa miles de víctimas anuales, y se persigue y se prohíbe. Las armas (la guerra) causan miles de víctimas anuales y ni se persiguen ni se prohíben. Con el tabaco se aprovechan los temores del gentío a la enfermedad y a la muerte, con las armas no. ¿Quién juega con nosotros?
(8-10-2005)
JUAN GARODRI
Así nos lo decían cuando sobrepasábamos los límites de la norma impuesta por la tribu. Era una manera más o menos despectiva de metaforizar la exclusión. Te echaban. Fuera, a hacer gárgaras. A escupir a la calle.
A partir del próximo 1 de enero, según leo, el fumador tendrá que salir a fumar a la calle, quedará convertido en un ser apestado y contaminante (y apestoso, que no en vano el tabaco envuelve ropas y cabello en una maloliente aureola que deja su rastro en el pasillo, bien entrada la madrugada al regreso de las copichuelas del viernes), un ser malquisto, excluido de la sociedad, del grupo, de la corporación, de la oficina. A fumar a la calle. La empresa sin humos. Y, ay del osado que se atreva a contravenir la norma: será multado con multa inmisericorde y eurística y, por si fuera poco, cualquier operario o profesional no fumador puede plantear su queja sobre un compañero fumador para que se joda y deje de contaminar, que ya está bien, hombre, a través de los ‘grupos de trabajo sobre satisfacción de los empleados’, que es como ahora llaman a la Inquisición existente en las empresas para combatir los malos hábitos. Actualmente, si se elimina la sala de fumadores y se impone a los trabajadores la obligatoriedad de no fumar en sitio alguno, salvo en la calle, y se generaliza la posibilidad de denunciar al compañero (Inquisición sanitaria) por el hecho nefando de fumar, van a originarse, sin duda, tensiones en los centros de trabajo y más de dos desahogarán su inquina en la denuncia rastrera. Cosa triste ésta de la perturbación vengativa entre colegas. Adiós, pues, a la lírica del cigarrillo. La mezcla olorosa del tabaco y la colonia traducían sensaciones íntimas, de acercamiento y pasión. La charla entre amigos era imposible sin el ofrecimiento abierto del cigarrillo. Las volutas del humo cobijaban las entrañas acogedoras del bar y su murmullo. El suelo repleto de colillas y palillos simbolizaba la basura interior que cada cual echaba fuera a través de la charla amistosa y el pincho de tortilla.
A fumar a la calle. La campaña antitabaco es furibunda y posiblemente acertada. Sin embargo, bajo la funda estentórea de las grandes campañas siempre suelen esconderse intereses no confesados. ¿Por qué no se financian medios sanitarios antitabaco de la misma manera que se financian medios sanitarios antigripe? Se cuentan por miles, como causa principal de la ley antitabaco, las víctimas mortales que cada año causa el tabaquismo. Vale. Pero gran parte del pueblo se pregunta por qué no se pone el mismo énfasis destructivo en los miles de víctimas anuales que causan las armas. Los Gobiernos de medio mundo se han puesto de acuerdo en la persecución de fumadores y en la promulgación de leyes antitabaco, ¿por qué no se ponen de acuerdo y promulgan, además, leyes antiguerra? Prohibido que haya guerras en el mundo. Paz.
De paso, y para todos aquellos que se están revolcando de la risa y consideran dadaísta mi anterior proposición comparativa, yo le pondría un puro en la boca a la famosa Gioconda bigotuda que sintetiza la esencia del dadaísmo en la actual exposición de París. No para cachondearme de la ley antitabaco, no (¡qué herejía, la Gioconda fumándose un puro distorsionada su media sonrisa de puta renacentista!), sino para mostrar el nihilismo dadaísta que se burla, en el fondo, de la legalidad y el orden.
En fin. Pienso que la ley antitabaco no hace más sano a un país de igual manera que las armas no hacen más seguro a un país. El tabaco (tabaquismo) causa miles de víctimas anuales, y se persigue y se prohíbe. Las armas (la guerra) causan miles de víctimas anuales y ni se persiguen ni se prohíben. Con el tabaco se aprovechan los temores del gentío a la enfermedad y a la muerte, con las armas no. ¿Quién juega con nosotros?
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