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martes, 15 de septiembre de 2009

LA NOCHE BURRA DE FIN DE AÑO
(29-12-2002)
JUAN GARODRI


No hay método más práctico (los autores clásicos conocían a la perfección su eficiencia) que aclarar con ejemplos la posible dificultad conceptual de una idea siempre, por descontado, que el ejemplo estuviese en relación directa con la capacidad intelectiva de los oyentes. Yo también he decidido convertirme, después de no pocas vacilaciones, en accidental practicante de este método, aunque corro el riesgo de pasarme o de no llegar.
Quisiera ejemplarizar la noche loca de fin de año con un supuesto: el no presente (sustantivación de lo que no es ni pasado ni futuro). Aunque quizá fuera más acomodado al caso ejemplarizar el no presente con el supuesto de que la locura final y nocturna del año es el asidero de la temporalidad. Vivimos en el tiempo y el tiempo es la nada. En fin.
La relatividad, —o subjetividad, tal vez— del concepto que los humanos tenemos del tiempo ha sido estudiada por muchos autores (me pongo así de serio). Si echas mano de cualquier manual de Historia de la Filosofía, te topas en seguida con Leibniz, opinión que se remonta a Guillermo de Ockham e icluso a Suárez y otros escolásticos más recientes (más recientes dentro de su época, claro). No sé si Inmanuel Kant tendría razón o no cuando planteaba el carácter apriórico e intuitivo del tiempo. Pero lo que sí me parece probable es que el tiempo influye en el aspecto conservador de la Historia. O dicho de otro modo, todos los conservadurismos de la Historia se han desarrollado para no ceder a la transitoriedad del tiempo. Y no sólo de la Historia con mayúscula: también las pequeñas, infinitas historias de cada uno de los seres humanos, de antes y de ahora, se nutren de conservadurismo para hacer soportable la devastación y el olvido. Las tradiciones, las leyendas, las costumbres populares no dejan de parecer un intento formidable de aferrarse a ‘algo’ que ha existido para darle base al presente, de atrapar épocas pasadas para que no desaparezca la memoria colectiva, de situarse en un instante que fue para no enfrentarse con el horror del vacío, el no ser.
Para no enfrentarse con el tiempo. Porque el tiempo es el no ser. La conceptualización de pasado, presente y futuro asigna entidad a nociones que, por sí mismas, carecen de entidad. El pasado solo es en cuanto pasado y no posee realidad porque ya no existe. Somos nosotros quienes atribuimos existencia al pasado porque conocemos o conservamos acontecimientos y personajes que fueron pero que ya no son. Incluso los lugares que fueron ya no son. Puede que exista el mismo lugar, pero su extensión, su dimensión, su estructura toponímica lo configura como algo distinto a lo que fue, causa por lo que ya no es. De igual modo, el futuro tampoco existe. Es más, dentro de la no existencia existe menos que el pasado porque al futuro no podemos atribuir un conocimiento o conservación de hechos, personas y lugares. Del presente, casi es preferibe no hablar. Pura ficción, el presente. Pensamos que poseemos algo y esa entidad indefinida que constituye nuestra posesión se escapa por entre los dedos como el humo o el agua. Cada segundo de tiempo se va convirtiendo automáticamente en pasado. Tal vez centrado en esta fragilidad de la nada que llamamos tiempo, don Francisco de Quevedo describía en alguno de sus sonetos metafísicos la brevedad de lo que se vive: Ayer se fue; mañana no ha llegado; / hoy se está yendo sin parar un punto: / soy un fue, y un será, y un es cansado. Sin embargo, dentro de la vacuidad en que el ser humano configura su existencia (ese ser-en-el-mundo de Heidegger interpretado como estar en compañía de, conversar, apresar las propias posibilidades, anticiparse a sí mismo, ser para la muerte, estar incardinado en la nada, en una palabra, temporalidad), dentro de la vacuidad, decía, el ser humano se aferra a la temporalidad del presente e imagina que éste se perpetúa por medio de conmemoraciones y festejos.
Este es, a mi modo de ver, el sentido que posee la noche burra de fin de año. No es el champán, ni las copas, ni los cotillones, ni los matasuegras, ni las serpentinas, ni los confettis; no es el ambiente de juerga, de enloquecimiento y de cogorza; no es la permisividad omnipresente ni el ligazo con la ninfa que lleva tanto tiempo en el punto de mira; no es la ensalada templada de sesos, ni el lacon, ni el carpaccio, ni las ostras de Belon en royal y maracuyá; no es la cena con diamantes, ni el esmoquin, ni el vestido azul (si es de Chanel, mejor) con el broche de aguamarinas; no es el abrigo de terciopelo de color visón ni el pantalón negro abullonado al tobillo; ni es el maquillaje de efecto espectacular y casi cinematográfico; ni es la sortija en forma de mariposa de diamantes de varios colores; ni es la evanescencia de un aroma, un flash, una belleza, un color.
El hecho repetitivo y cíclico de las fiestas, como la de Fin de Año, la fiesta más gorda, la fiestorra por antonomasia, no es más que un intento de atrapar el tiempo y escapar de su aniquiladora fluidez. La noche burra de fin de año es la desesperación uniformada, despendolada, rutilante y borracha, de atrapar el momento, de sujetar una esquirla de tiempo para dilatarlo y poseerlo, de conseguir la pizca de un segundo de tiempo y hacerlo sólido y estable, el tiempo, esa puta abstracción que prolonga la nada. Que nos hunde en la nada. Irremisiblemente.
CHARLA DE ASCENSOR
(22-12-2002)
JUAN GARODRI


Entras en el portal y el agua que escurre del paraguas va dejando un reguero sinuoso hasta la puerta del ascensor. Este diciembre deshecho en lluvia llora tal vez la tragedia del Prestige, esa catástrofe desmesurada que tiñe de negro el futuro de Galicia. Eso dice mi vecino mientras contempla los círculos rojos que numeran los pisos. De acuerdo, de acuerdo, esas frases no las dicen los vecinos. Nadie va por ahí con un florilegio lírico debajo del brazo para utilizarlo en caso de necesidad comunicativa. Lo que mi vecino dice es algo así como “mala cosa lo del Prestige”. Tú dudas qué responder. Es tal la cantidad de información acumulada y recibida acerca de la catástrofe del Prestige que no aciertas en la elección de tu comentario. La torpeza del Gobierno, la caza de Fraga, el desinterés de Cascos, la falta de protección y recursos organizada, según unos; el aprovechamiento político de la catástrofe, su utilización rastrera para erosionar a Aznar, según otros; el hundimiento de la economía gallega, la destrucción de puestos de trabajo, el aniquilamiento de la fauna marina, la desolación de las costas, según todos, giran convulsamente en tu cabeza y no sabes de qué hilo tirar para responder. Así que te decides por la frase breve. La espera del ascensor se convierte en un ejercicio de reflexión brevísimo. La economía de las palabras se abre como una flor retórica de pétalos escasos. Porque o permaneces en silencio o elaboras la frase dentro de los límites de un laconismo espartano. Así que te oyes responder: “Sí, mala cosa”. Es como si tu voz fuera la voz de otro. Se te hace mala conciencia porque piensas que deberías elogiar o justificar, al menos, la actitud de miles de voluntarios que se han desplazado de toda España en una demostración de solidaridad prodigiosa. A cambio de nada, han dedicado su tiempo a salvar las costas de la muerte cierta que se esconde tras la marea negra. Acto seguido abres la puerta del ascensor y le cedes el paso educadamente. Una vez dentro es peor. El ascensor expele un chapapote mental que embadurna de silencio la relación social. El sonido de las poleas es el sonido del aislamiento. La conversación se reduce a la nada. La economía del lenguaje pulveriza el equilibrio entre necesidades antagónicas que han de ser satisfechas: por una parte, necesidades comunicativas y, por la otra, inercia de la memoria y de la acción articulatoria. Y que disculpe Andrè Martinet por traer tan por los pelos su teoría de la economía lingüística: necesidad de comunicación e inercia. Pero sigues pensando en el Prestige, ese petrolero-chatarra que ha causado el mayor desastre ecológico de la historia de España. Y no acabas de tragar lo de las disculpas de Aznar por los errores cometidos y por la falta de medios para luchar adecuadamente contra el vertido. Es como si el incendio de tu casa se extiende a la del vecino y vas muy contritamente a pedirle disculpas por no haber avisado a tiempo a los bomberos y por no tener contratado un seguro que cubra el riesgo de incendios. A qué vienen las disculpas. Como tampoco tragas que no viajó antes a Galicia por respeto al sentimiento de los gallegos. Y hasta afirma que es consciente de que los medios necesarios para atajar la catástrofe no siempre llegaron a tiempo. No te extraña que más de mil personas se hayan manifestado en La Coruña y hayan exigido su dimisión. Lo piensas pero no lo expresas en alta voz. A ver cómo dices y comentas al vecino de ascensor tanto pensamiento crítico. Es un riesgo innecesario la exposición del pensamiento crítico. A saber cómo reaccionará el tipo que va a tu lado, ascendiendo los pisos de la meditación. Supón que piensa de forma distinta, cosa que suele suceder con sorprendente frecuencia. Es más, probablemente piensa de forma distinta, no hay más que ver la manera que tiene de echar la cabeza hacia atrás y de balancearse de forma suave pero perceptible sobre la punta de los pies. Cada individuo tiene habilitada su propia carpeta de ideas y reflexiones. No sería la primera vez que abres la boca, convencido de la veracidad de tu opinión, y surge inesperadamente la negación de tus convencimientos en forma de certidumbre contraria. Cómo es posible que el tipo no esté de acuerdo contigo, piensas. Cómo es posible que se altere y que sostenga, si llega el caso, que tu afirmación es una tontería. Aún no lo ha dicho pero puede decirlo si abres la boca. Mejor no hablar del Prestige. Cierto que la marea negra ha resultado una terrible catástrofe ecológica y se ha convertido en una dura batalla política. Callas, no obstante, porque la charla de ascensor impone una relación tímida asentada en la brevedad del viaje. Piensas, así y todo, que hay que fomentar la solidaridad con los que están pasándolo mal a causa de la marea negra, y que deberías decirlo en alta voz. Piensas que Aznar no ha conseguido la necesaria ayuda europea para aminorar la catástrofe. Piensas que, como ciudadano, deberías contribuir económicamente aportando algún euro a las cuentas abiertas en los bancos. Lo piensas, pero no despliegas la apología de la solidaridad. Hasta luego, te despides aliviado mientras empujas la puerta. Ta luego, responde el vecino.
LOTERÍA, MITO Y TIMO
(15-12-2002)
JUAN GARODRI


Ya hablé en otra ocasión, hace años, de la lotería en esta misma página. No voy a repetirme, que hace feo. Pero sí voy a puntualizar algunos aspectos de la lotería insospechados entonces. En contra de lo que habitualmente se cree (ya se sabe que el gentío suele comulgar con ruedas de molino así de grandes), la lotería está difundida, propalada, extendida, publicitada y protegida no porque constituya un bien esencial para la ciudadanía sino porque supone una considerable y desvergonzada, descarada, insolente, tal vez cínica, fuente de ingresos para las arcas del Estado. Jamás se le ha comido el coco al personal de una forma tan escasamente ética como se le come con esto de la lotería. El personal desea poseer. Es un deseo enquistado en la peculiaridad de cada ser humano, particularmente en los seres humanos occidentales, acostumbrados desde pequeños a la posesión de toda clase de adminículos, aunque no me parece correcta la utilización de esta palabra cuyo significado es el de objeto que se utiliza en caso de necesidad, pero queda bien. Y, precisamente, desde pequeños se acostumbra al gentío a la posesión de objetos innecesarios. Me refiero a la costumbre actual. En mis tiempos, el juguete era una peonza, o un aro de alambre conducido con la ayuda de una guía, también de alambre, y a correr. El poderoso afán de posesión que nos convierte en peleles sin voluntad y nos impulsa irremediablemente hacia el deseo de adquirir, obedeciendo a un estímulo ciego e inapelable, nos dice que, para saciar tal deseo, hace falta dinero. Pero resulta que el dinero suele conseguirse trabajando, y el dinero producto del trabajo suele ser escaso. Al menos, escaso y raquítico para saciar las ansias de posesión omnímoda que recrecen de forma progresiva y alarmante en las entretelas de la ansiedad. El problema está en cómo conseguir dinero abundante. Porque necesitas abundancia de euros en el bolsillo para consumir aunque no sean más que tres cervezas. Vas a Carrefour, qué remedio, y después del atontamiento de los carritos, y de las ofertas, y de las superofertas, y del aceite de origen extremeño, y de la melancolía de los libros (edición de bolsillo), decides tomar unas cervezas con los acompañantes. Así que te diriges al bar del centro y allí, de pie junto a la barra desaseada y pringosa, no tienes más remedio que tragar la marca que te sirven (pidas la que pidas nunca disponen de ella), y encima te soplan 1,50 euros por cada una (exagerada cantidad de 250 pesetas) y 1,70 euros por una coca-cola (exageradísima cantidad de 282,86 pesetas). Por efectos del redondeo, digo yo, te cobran 4,70 euros que vistos así parece poco, pero que traducidos a pesetas se elevan a la incómoda suma de 782,02 pelas por tres consumiciones, y de pie. Dinero, hace falta dinero. Así que el personal acude devotamente a los despachos de loterías y quinielas, única manera de conseguir dinero de forma legal y tal vez abundante, para ver si el papirotazo de la suerte les abre un abultado chichón de millones en mitad del frontispicio. Las posibilidades son escasas, mínimas, casi nulas. Las posibilidades combinatorias de los 49 números de la lotería primitiva (jueves y sábado), bonoloto (lunes, martes, miércoles y viernes) y gordo de la primitiva (domingo) rondan la ingente cantidad de catorce millones de combinaciones por boleto. No sé cuántas posibilidades combinatorias tendrán los 15 pronósticos de la quiniela futbolística, pero deben de ser tantas que reducen el acierto a un nivel cercano a la imposibilidad metafísica. Y no le andan a la zaga los diarios cupones de la ONCE, y el cuponazo de los viernes, y el supercuponazo dominical en el que te apoquinan, si la suerte te es propicia, no sé cuántos millones al año durante 25 años. (Tooda unaa vidaaaaaaa!, grita el Castaños de los domingos deportivos de la SER. Lo apabullante, sin embargo, lo descojonante, hablando en plata, es que nadie renuncia al juego, a pesar de que constituye una de las causas de la subida del IPC. No importa que uno de cada tres alimentos básicos cueste entre un 8% y un 30% más que hace un año; no importa que entre el pollo, el vestido, el calzado y los libros ((los libros, Señor!) disminuya la capacidad adquisitiva de nuestros seducidos euros. La lotería empuja con fuerza al gasto, a pesar de que nos engañan como a chinos. Veamos. Antes de la remodelación distributoria de millones en euros, la ONCE, por ejemplo, ofertaba los cupones diarios a 100 pesetas: el premio que correspondía a cada cupón era de cinco millones. Ahora, a pesar de ser el cupón diario un 66% más caro (cuesta un euro), el premio que le corresponde es de 12.000 euros (1.996.644 pesetas), es decir, un 60% menos, aproximadamente. El montaje de la Lotería de Navidad es clamoroso. La sensibilidad nacional anda herida de muerte durante estas fechas. Entre recuerdos, reminiscencias y lágrimas familiares por la separación y la distancia, todo el mundo se dispone al gasto para superar la frustración de la tristeza. Y para afrontar con más desahogo el gasto, nada mejor que te toquen unos milloncejos a la lotería. Así que, hala, a por la participación de la tienda, a por la del bar, a por la de la peña del Atleti, a por la del Instituto, a por la del colegio, a por la del supermercado, a por la del Banco. Imagínate que tocara y tú sin haber comprado. La cara de bobo se te iba a alargar hasta los Canchos de Ramiro. No sé si el gentío cae en la cuenta de que el año pasado, sin ir más lejos, a un décimo de 3.000 pesetas correspondía un premio gordo de 30.000.000. Pues nada, hermano, este año (se conoce que los euros nos ablandan las meninges y nos ponen cara de memo) el décimo cuesta 3.327,74 pesetas, en lugar de las 3.000 de años anteriores (un 10,90% más), aunque también han subido proporcionalmente, menos mal, el premio que corresponde a cada décimo. En fin, se da el contrasentido económico de que el Gobierno, por un lado, anda como loco intentando que le cuadren las cuentas porque la inflación interanual se ha disparado malamente (cerca de un 4%), y el Estado, por otro, sube las loterías debido a su insaciable afán recaudatorio, lo que contribuye sin duda a mantener alta la inflación. Y después se ponen a apelar a la moderación salarial. Mientras la lotería incite al consumo, los salarios siempre serán escasos. Fin.
SOBRE LA OPINIÓN
(8-12-2002)
JUAN GARODRI

Hace pocos días, una persona me comentaba que La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante, era una obra reiterativa y cansina, algo así como un pretexto para la descripción pormenorizada de su iniciación sexual. Le respondí que en una novela no es determinante el tema sino el tratamiento literario que se dé al tema. No nos poníamos de acuerdo. Argumenté entonces que el propio Vargas Llosa afirma que la prosa de Cabrera Infante «es una de las creaciones más personales e insólitas de nuestra lengua» y que Juan Goytisolo lo ensalza deslumbrantemente con motivo del Premio Cervantes que en 1988 se concedió al autor cubano. Todas las opiniones son respetables, dijo, pero la mía no coincide con la de esos señores. Me quedé confuso y cortado, porque la respetabilidad de una opinión depende de la categoría de quien la emite en el asunto en que la emite, así que la opinión de Vargas Llosa acerca de un asunto literario me parece respetabilísima, cosa que no ocurre si quien opina acerca del mismo asunto carece de la entidad suficiente como para emitir tal opinión. Algo parecido me ocurrió con la última obra de Dulce Chacón, La voz dormida, criticada desfavorablemente, desde el punto de vista de la estructura narrativa, por J.M. Pozuelo Yvancos en el Cultural de ABC, crítica no admitida por mi amigo para quien el tema de la novela es espléndido, aunque no lo sea su estructura. «Además, a mí me gusta. Y mi opinión vale tanto como la de ese crítico», me dijo.
Todas las opiniones son respetables, dicen. No lo creo. No sé de dónde ha salido la parida refranera, más gnómica que popular, de que todas las opiniones son respetables. Y se mantiene el dicho con una firmeza granítica, venga o no a cuento la opinión. Hay quien expone su opinión razonadamente, utilizando argumentos apropiados que demuestran, al menos, conocimiento del hecho demostrable, y hay quien expone su opinión tozuda y tercamente, esgrimiendo argumentos tan escasamente convincentes como el ‘porque lo digo yo’ o ‘porque a mí me lo parece’ o ‘porque me gusta’. Y, curiosamente, mientras el instruido expone su opinión simplemente para razonar de alguna manera sobre un hecho cuestionable, sin la pretensión de convencer al oyente, el energúmeno desavisado y cenutrio expone la suya desprovista de fundamentos de razón, como si en ello le fuera la vida, hasta el punto de que considera como enemigo a quien no se la acepta o se la rectifica. Desconocen estos opinadores el aforismo del sahadi persa, ese que afirma que quien expone su opinión sin que se la pidan lo único que expone es su propia imbecilidad. Para mí que el personal anda muy confundido en esto de la opinión. Contribuyen a abundar en esta desorientación opinadora determinados canales de Internet que piden la opinión indiscriminada del personal sobre cualquier clase de asuntos, aun los no considerados como importantes por la mayoría ciudadana. Y nada de que todas las opiniones son respetables. Hay que respetar la opinión del técnico o del entendido en la materia sobre la que se opina. Pero ¿por qué tengo yo que respetar la opinión de un tipo que expele ventosidades opinantes sin venir a cuento?. No hay más que leer los comentarios que aparecen en la encuesta que ha lanzado el HOY digital: ¿Cuál es el mejor trazado del AVE para Extremadura? Vota. Y propone tres supuestos: a) Madrid - Plasencia - Castelo Branco; b) Madrid - Plasencia - Cáceres - Castelo Branco. c) Madrid - Plasencia - Cáceres - Mérida - Badajoz - Lisboa. Hombre, una encuesta sobre el AVE, piensas. Y vas y clickeas en la página de ‘comentarios’ y te quedas yerto. Hay opiniones para todos los (dis)gustos. Unas sensatas (las menos), otras insensatas o pedorras o incongruentes o disparatadas. Más del setenta por ciento de los comentarios exponen opiniones que no son en absoluto respetables. ¿Cómo voy a respetar la opinión de quien expone un resentimiento localista que se atiene a las viejas disputas entre Badajoz y Mérida, o entre Cáceres y Plasencia? También aflora la opción separatista: «Cáceres y Badajoz son dos realidades distintas que no tienen nada que ver. El carácter de nuestras gentes es tan distinto como el de un Brasileño y un Canadiense». Unos atacan a Mérida por su capitalidad inmerecida, otros denuncian el atraso extremeño sobre todo en infraestructuras, y no falta el chorras que, sin venir a cuento, hace su chistecito a costa del AVE para que pase por su pueblo. ¿Cómo voy a respetar la opinión de quien insulta en lugar de razonar, de quien zahiere en vez de argumentar? Las ofensas verbales (escritas) a Ibarra son inadmisibles, no sólo por ser la persona que ostenta el cargo de Presidente de Extremadura, nos guste o no, sino por su misma inadmisibilidad cuando se dirigen contra cualquier persona. Tampoco se salva el HOY del ataque de quien se siente enfurecido por no informar a su debido tiempo, en la edición digital, sobre el incendio que sufrió el hospital de Mérida. ¿Qué tiene que ver eso, con ser quizá importante, con el trazado del AVE?
Se ha generalizado un concepto perverso de democracia que defiende que las opiniones de todos sobre cualquier cosa son equiparables, dice José Antonio Marina. Así que se vayan a tomar por donde puedan los que afirman que todas las opiniones son respetables. Ni hablar. Respeto la opinión de alguien que por sus méritos o por su reconocimiento universal, o por su dominio de un tema (sea científico, mecánico, fontanero o albañil) puede mostrar una opinión enriquecedora. Pero no admito como respetable la opinión del gilipollas que no sabe de la misa la media acerca de un tema y se pone a opinar de él como si repartiera patentes de calidad. Que se la respete el memo de turno que lo escucha o que le toca escucharlo. Tanta opinión respetable. (Pues tampoco la mía, listo).
VIOLENCIA DE GÉNERO
(1-12-2002)
JUAN GARODRI

Pienso que no es acertada la frase aparecida en los titulares de prensa. Desde el punto de vista lingüístico, es un eufemismo innecesario. Ni siquiera desde la realidad actual la considero acertada si se tiene en cuenta que el 86 % de los españoles cree que la violencia doméstica contra las mujeres está muy extendida, si bien sólo el 18'9 % dice conocer casos de maltrato de mujeres. Así que debería hablarse de ‘violencia contra las mujeres’, claramente, y dar de lado al ambiguo ‘violencia de género’.
Aún conservo aquel manual de lengua española (de él me valgo hoy para actualizar las ideas) con el que empecé a impartir clases de BUP, allá por 1976, escrito por Eugenio y José Jesús de Bustos (Ed. Anaya), modelo de conceptualización, precisión y claridad expositivas. Casi igual que los actuales manuales logséticos en los que los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales, unidos a los ejes transversales y a las pautas evaluativas (manuales atiborrados de frases perifrásticas y complicados e innecesarios cambios semánticos obedientes a causas políticas y sociales), constituyen un batiburrillo referencial que se parece más a una algarabía que a un aprendizaje. El lenguaje político puso de moda la Logse y el lenguaje político ha puesto de moda el eufemismo como consecuencia de la admisión latente de determinados tabús. Hay palabras que no pueden ser nombradas dentro de una comunidad, pero como los significados que tales palabras expresan son necesarios, se recurre a otras locuciones denominadas eufemismos para sustituir a los vocablos prohibidos. Pegar una paliza, golpear, azotar, maltratar, humillar físicamente, apuñalar, matar, son palabras tabú que la información procura evitar. En su lugar ha aparecido el eufemismo ‘violencia de género’ que sabemos a qué se refiere si nos atenemos al contexto social, pero que en realidad no concreta si es masculino o femenino el agresor o la víctima.
La acción del contexto (lingüístico o situacional, la conjunción no es equiparativa sino realmente disyuntiva) presupone el paso de la lengua al habla; esto es, actualiza determinados aspectos significativos de entre el conjunto de posibilidades virtuales que la palabra ofrece en el sistema lingüístico. En este sentido, al hablar de violencia de género, se desconoce a qué genero se atribuye la violencia, si al masculino, al femenino, al neutro (ni masculino ni femenino) o al epiceno (válido para el masculino y el femenino), que también lo hay, aunque en realidad el género no existe ontológicamente dado que obedece a una convención humana en la que, cuando fuera, se llegó al acuerdo casi subliminal de llamar masculino a los seres sexuados machos y femenino a los seres sexuados hembras, quedando por tanto sin denominar con claridad los seres o cosas asexuados. Palabras castellanas a las que se atribuye género masculino se convierten en femeninas si se pronuncian en francés: el coche / la voiture, y en inglés se desconoce si son masculinas o femeninas porque los ingleses siempre consideraron el género como algo idiota y lo eliminaron. Al hablar de violencia de género, tiene lugar una especie de cambio semántico producto de una generalización que obliga al significado a atenuar sus rasgos semánticos propios, con lo que su área de referencia se amplía y al mismo tiempo el significado se hace más impreciso y, por ello, más dependiente del contexto. Es decir, que al utilizar el eufemismo de ‘violencia de género’ se estira tanto la extensión significativa de la frase que no se sabe bien si la violencia se refiere al agresor que la activa o al agredido que la sufre, o si la víctima es hombre o mujer (aunque estadísticamente conocemos que, en altísimo porcentaje, la mujer es la que lleva siempre la peor parte), o si la víctima es niño o niña, o anciano o anciana, o si lo son los agresores. Violencia de género. Han puesto de moda el eufemismo. Un eufemismo no retórico, desde luego, ni literario, sino social y político, esa ocultación de la realidad que pretende desbordar lo desagradable para derramarlo en la superficie acristalada de la hipocresía. La sociedad barroca fue social y literariamente hiperbólica y eufemística, al decir de Hatzfeld, pero el eufemismo de entonces era el recurso disponible para tapar el hambre y disimular el dolor de España. Ahora no. Ahora han puesto de moda el eufemismo para denigrar léxicamente los homicidios y las palizas en vez de llamar a las cosas por su nombre. Ya se sabe que lo denominado políticamente correcto suele delimitar una realidad muchas veces incorrecta. Ahí está, sin ir más lejos, este eufemismo falsamente pudibundo de la violencia de género. Charlas, tertulias, publicaciones y noticias se dedicaron el pasado domingo a presentar por todas partes la violencia de género. No sé por qué razón se oculta el nombre de paliza, de maltrato, de apuñalamiento, de asesinato, que es el que en realidad corresponde a la violencia de género. El hecho de que un hombre, valiéndose de su fuerza física o de su maldad, maltrate, apuñale o dé muerte a su mujer no debería englobarse bajo la denominación de violencia de género, sino que debería señalarse claramente que un hijo de puta, impulsado por el desamor o el odio, ha matado a la que fue su compañera. Cuántas veces habría abrazado, habría besado, habría quizás estrechado ese cuerpo al que ahora golpea o apuñala. Cuántas palabras amorosas o afectivas o ardientes pronunciadas al atardecer. Cuánta humillación y sufrimiento padecido por la víctima. Cuánto recuerdo inútil, cuánto afecto inservible, cuánta dedicación ineficaz. Tal vez la mujer le entregó el alma y él le devolvió un cuchillo. Por eso me parece demasiado aséptica y eufemística la frase ‘violencia de género’. Al cabrón que maltrata o aniquila a la mujer que lo amó debían colgarlo por donde yo me sé con un cordel trenzado por sus antiguas palabras amorosas.