Mostrando entradas con la etiqueta año 2004 - 05 mayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta año 2004 - 05 mayo. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de octubre de 2009

EL FIN POR FIN
(30-5-2004)
JUAN GARODRI


Entiéndase. Porque cualquier pensador de los que piensan, hay tantos, aunque parece que no, parece que el gentío no piensa, pero ocurre lo contrario de lo que parece, porque una cosa es parecer y otra ser, ya lo hemos dicho en repetidas ocasiones, por eso hay pensadores que piensan y pensadores que parece que piensan, y no es cosa de ahora, Armando Tomás Guíu lo señalaba en el TBO de los años cincuenta-sesenta, se refería a los pensamientos mentales de madame de la Tontaine, el pleonasmo utilizado como refuerzo embellecedor de la ignorancia porque, usted comprende, un pensamiento mental dota a la ignorancia de energía revitalizadora, un pensamiento mental eleva la ignorancia a la categoría de verdad cuasi absoluta, puede usted comprobarlo en los múltiples programas televisivos que se cuelan en los salones domiciliarios y los decoran y los culturizan, los incluyen en la cultura del mamoneo opinante, en la erudición del dialogueo vociferante, en el conocimiento del cotilleo murmurante, en el estudio del marujeo babeante, el pensamiento mental transmite la noticia aureolada de idiocia repugnante, y disculpe, usted comprenda, la utilización desmedida del epímone para expresar lo inexpresable, que quizá la ignorancia también puede ser bella, e incluso útil, no tienen por qué moverse en terrenos opuestos la belleza y la ignorancia, no tienen por qué batirse en duelo epistemológico la belleza y la ignorancia, la ignorancia puede ser bella aunque carezca de los fundamentos del conocimiento científico, o quizá por ello, la belleza puede ser ignorante aunque posea su correspondiente epiqueya para acomodar a sus propios intereses las circunstancias de tiempo, lugar y persona.
Entiéndase. El fin por fin. Porque cualquier pensador de los que piensan podría interpretar la frase de distinta manera, dada su natural ambigüedad (la de la frase). El fin, finalmente. Menos mal que se ha alcanzado el fin. Ya era hora de que esto terminara. El fin, por fin. Zidanes y Pavones han exhalado un profundísimo suspiro de alivio cuando se ha cumplido el último minuto de la Liga de las Estrellas. Los pensamientos mentales de directivos y técnicos han alcanzado el término de una particular travesía del desierto agrietada por una espantosa sequía de resultados positivos. Ya Raúl no tiraba del carro. Ya Zidane no exhibía sus pasos de ballet futbolístico. Ya Ronaldo no mostraba su punta homicida de velocidad goleadora. Los pensamientos mentales de cronistas deportivos, antes dedicados al loable menester del manoseo más o menos indecente, ahora han vuelto grupas y se alejan velozmente de un terreno de juego resquebrajado y reseco. Los hinchas y forofos, agotados definitivamente sus pensamientos mentales, lamentan ampliamente su desdicha y cada uno monta su personal epicedio para llorar con amargura por los títulos muertos. También hay quien sostiene la frase comentada, el fin por fin, refiriéndose a la Boda. Aunque los medios no acepten la inevitable fluencia de los días que llevan al olvido. Aunque amenacen con voluminosas y detalladas entregas semanales en las que pormenoricen la delicadeza infantil de doña Leticia, y su agudeza. Así que llegaremos a estar divididos en dos bandos: los que vieron la Boda y los que no la vieron, los que adquieren las revistas de la Boda y los que no las adquieren. Y acaso nunca llegue por fin el fin.
Entiéndase. El fin por fin. Es otra interpretación más contundente, ajena a los pensamientos mentales. El fin como finalidad. El fin, término, consumación de algo, acabamiento (muerte) como objetivo, utilidad, ganancia. El fin de la vida es la muerte, su término. Mantener la muerte como objetivo es algo horroroso. Es procurar el fin de los demás. Sin embargo, la noticia diaria nos informa de esta demencial obsesión humana empeñada en el fin, en el acabamiento de los otros. Ahora mismo Amnistía Internacional, en un documento que lleva por título «Resonaron las voces los jamás escuchados», acusa a EEUU de «expandir como un cáncer» la violación de los derechos humanos. El fin por fin. La aniquilación como finalidad. Una guerra injusta y sus consecuencias (el fin de un país, su aniquilación, y la de sus habitantes) para conseguir un fin doble, un doble objetivo: venganza por el 11-S y beneficios económicos; dominio y control de pozos petrolíferos y ganancias millonarias por la reconstrucción. El ángel de la devastación blande la espada de la insania y convierte el fin (acabamiento y muerte) en finalidad.
Entiéndase. El fin, por fin. Volvamos a que cuanto antes se acabe la cosa, mejor. Leo que «el PSOE y el PP se han puesto de acuerdo para que la comisión de investigación sobre el macroatentado del pasado 11 de marzo se desarrolle de la forma menos perjudicial para ambos». ¿Es un chiste? Cualquier lector más o menos exento o libre de pensamientos mentales puede deducir que lo que pretenden nuestros políticos no es el esclarecimiento total de los hechos, sino que ese esclarecimiento dañe lo menos posible sus intereses de partido. Y todo en dos meses. El 27 de julio todos para casa. Aunque los hechos solamente se hayan aclarado un poquito. El fin, por fin, dirán cuando cojan la maleta y se vayan de vacaciones tan ricamente. Y el ciudadano, probablemente sin saber toda la verdad, tocándose los cataplines de la desinformación. Fin, por fin.
SICOFANTES
(23-5-2004)
JUAN GARODRI


Sicofantes. Plural. A montones. El singular es sicofante pero se da más en plural porque, no creas, el sicofante abunda. El sicofante anda desparramado por todas partes, simulando lo que no es. También se puede decir el sicofanta, pero, vamos, suena peor. No vaya a ser que, en estos tiempos que corren de finales de curso, se le ocurra a algún profesor colocar la palabra en el cuestionario del examen de Lengua castellana, la pobre, tan maltratada como anda, y obtenga una definición psicodélica. Por ejemplo: sicofanta es la tipa que tiene las pinzas flojas de tanto beber fanta. Aunque las hay mejores. En el colmo de la impostura léxica. En el colmo de la calumnia verbal. En el colmo de la simulación terminológica. Alumnos hay que, convertidos en sicofantes del vocabulario, simulan el significado para acomodarlo a sus agobiadas pretensiones explicativas. Y así, no dudarán en afirmar que la tundra y la gaita son ecosistemas, o que el polígono es el hombre con muchas mujeres, o que los marsupiales son animales que llevan las tetas en una bolsa, o que la hipotenusa es lo que está entre los dos paletos, o que Aníbal fue un jefe cartilaginoso, o que el alantoides es una especie de rabo que tiene el pollo para respirar. El sicofante verbal, instruido y educado por la muy noble y muy leal y nunca bien ponderada Logse. Conozco presidente regional de algo (no puedo decir, obviamente, de qué), auténtico sicofante verbal: siendo incapaz, simula que es capaz de escribir correctamente dos palabras seguidas.
Sicofante. La simulación y la impostura son gajes del oficio. Hay quien asegura que Michael Moore incurre en buena parte de lo que denuncia. «Convertido en el azote de los millonarios y poderosos, vive en un lujoso apartamento, viaja en avión privado, se codea con la aristocracia y explota a sus empleados». Desde que consiguiera el Oscar por su Bowling for Columbine, hasta la actual Fahrenheit 9/11 del Festival de Cannes, Moore no deja de atravesar con espadas dolorosas el corazón del Imperio. Los senadores huyen cada vez que se les acerca y Bush lo teme.
Bush, el sicofante mundial. No hay mayor simulación e impostura que vocear la paz y fomentar la guerra. No es de ahora la expansión del sicofante. Luis Racionero publicó hace meses un artículo que me dejó con la boca abierta. «Las contradicciones del marxista». Yo deduje, después de leerlo, que Marx era un sicofante de mucho cuidado, porque escribía una cosa y hacía otra. Racionero también arremete contra Vázquez Montalbán y, en una lítotes de crueldad descriptiva, lo ‘sicofantiza’ diciendo «Siempre me pareció de gran talento que Vázquez Montalbán se hiciera millonario a base de escribir contra el capitalismo».
Sin embargo, el sicofante de ahora mismo, o sicofanta, lo constituye la fastidiosa, cargante, agotadora, aplastante, impresionante, asombrosa, chocante y estupenda batería mediática que se ha preparado con lo de la boda. Porque se habrá enterado usted de que ha habido una boda, me imagino. (Cuando lea estas líneas, lector amigo, habrán transcurrido varias horas desde que se celebró la boda. Cuando yo las escribo, faltan horas para que se celebre). La Boda. «Que su felicidad sea el espejo de la felicidad de todos», dijo Zapatero muy bien dicho, plas, plas, aplausos, el día que el Prícipe de Asturias y Letizia Ortiz almorzaron con el Gobierno en el palacio de la Moncloa.
No tengo nada contra la Boda, usted comprende. Siempre me ha caído bien el Príncipe y me ha parecido atractiva doña Letizia, aunque algo flaca, con su anguloso perfil renacentista. Mi actitud políticamente incorrecta, o casi, no va pues contra La Boda. Va contra la proliferación de sicofantes mediáticos que, dándoles una higa la Boda, simulan actitudes de fascinación e interés. Tanto reportaje, tanto artículo, tanta biografía. ¿Acaso no es el negocio televisual y publicitario el realmente interesado en la Boda a la espera de los beneficios que la alargada sombra de la publicidad dejará en los bolsillos de los promotores de los espacios, en las páginas de las revistas del corazón, en el espeso caldo de la salsa rosa?. Puestos callejeros con objetos conmemorativos. Al tipo del puesto de llaveros le importa un cojón de mico la Boda. A las empresas editoras que lanzan ediciones especiales sólo le interesa la venta de ejemplares que se amontonan en quioscos y puestos de periódicos. ¿Existe hoy día alguien que se zurza los calcetines?¿Que se remiende los pantalones? ¿Qué le ‘pegue’ el botón a la camisa? Sin embargo, dedales, miles de dedales con la efigie de los novios se agotan a diario en las tiendas de recuerdos. «Inútil explicar a una ciudadanía, embobada por la más gigantesca campaña de intoxicación de los medios públicos y privados» (Raúl del Pozo), que ha habido otra boda en una aldea iraquí, en la frontera con Siria, en la que la aviación de EEUU ha convertido en cadáveres a más de 41 invitados, la mayoría mujeres y niños. Y el ramo de la novia se tiñó de sangre.
Sicofantes. Simulación. ¿Quién engaña mejor? No es posible que ambos tengan razón. PP educativo ‘versus’ ZPSOE efectista: paz y educación. Leo por ahí: «Mientras el PP defiende que, desde 1996, el presupuesto de becas aumentó en un 56 por ciento y llegó a más estudiantes», la ministra de Educación asegura que, con los gobiernos populares, «disminuyó la capacidad adquisitiva de las ayudas por alumno hasta en un 4 por ciento». A eso se llama jugar al despiste. Imposible aceptar al mismo tiempo las dos declaraciones. Uno de los dos simula decir la verdad: o el PP educativo o la ministra efectista.
Mi tío Eufrasio dice que no entiende muy bien la aplicación del sicofanta a los casos expuestos, que vienen tomados por los pelos, a no ser que se les aplique aquello de la Codorniz, lo de la revista más audaz para el lector más inteligente. Pero que vamos, en todo caso, dice, una cosa está clara: no se puede al mismo tiempo soplar y sorber.
LOCURA
(16-5-2004)
JUAN GARODRI

Qué le pasa al mundo. Qué nos pasa. Qué trance de locura, qué fuego de extravío atraviesa el globo terráqueo calcinando la convivencia. Qué le pasa al ser humano dotado de tanta inteligencia y de tan escasa voluntad. Casi empieza uno a creer en aquella aserción impía que aseguraba que el hombre era la equivocación de Dios.
Anoche me senté a ver el telediario y elegí el de Antena 3, más que nada para eludir la machaconería política, siempre más de lo mismo, y la reiteración fastidiosa de los preparativos de la boda del príncipe, que aparecen ineludiblemente en cada cucharada de sopa televisiva en las emisiones de la TV1. Sin embargo, fue peor. Antena 3 se tiró cerca de veinte minutos, seguidos, exponiendo la maldad del género humano. Y mira que Matías Prats es, desde mi particular punto de vista, el mejor presentador de telediarios del reino. Pero ni aún así pudo maquillar el espeluznante, cruento, sobrecogedor desfile de tragedias, una tras otra, que la maldad del ser humano provoca en el mundo.
El ser humano es impuro. Cuando la naturaleza se desmanda, ya podemos salir corriendo. Pero la naturaleza es pura. El hecho catastrófico de un terremoto, o el de una riada incontenible, produce la muerte, la desolación y el espanto. La naturaleza pierde el control de sus constantes cíclicas y se convierte en un monstruo. Pero es un monstruo puro. Es una maldad inocente. El ser humano, por el contrario, provoca el mal deliberadamente. Sabe lo que hace. Dios lo dotó de inteligencia para que ‘sepa’ que hace el mal. Sabe que lo hace, lo prepara y lo manipula, lo acaricia.
En el siglo XVIII, los racionalistas pusieron en duda la teoría optimista de la civilización. Mientras Turgot trazaba en la Sorbona un esquema del Progreso Histórico, Rousseau mantenía en la academia de Dijon su idea sobre el “Regreso” Histórico. Ambos ensayos, aparentemente contradictorios, mantenían sin embargo un eje común: el desarrollo social había sido una equivocación gigantesca porque la civilización está viciada en su origen. No todo el mundo ilustrado pensaba así. Por aquellos años, Lord Shaftesbury mostraba en sus escritos un optimismo extremo y aseguraba que todo es óptimo en este mundo armonioso. No tardó en encontrar su contrarrespuesta. ¡Y una mierda!, le respondió Bernard de Mandeville, indignado por la teoría optimista de los filósofos y la realidad pesimista, malvada, que exhibía el ser humano. Así que no se anduvo con chiquitas y publicó en 1724 «The fable of the Bees», la fábula de las abejas, para demostrar que la maldad del ser humano y sus vicios constituyen la base del comercio y de las ocupaciones: «En el momento en que el mal cese, la sociedad habrá de estropearse, si es que no llega a disolverse totalmente». Tremendo.
Por supuesto, en el siglo XIX no todo el personal estaba de acuerdo con tales ideas. Spencer, por ejemplo, extendió el principio de la evolución a la sociología y a la ética y se convirtió en partidario de una interpretación optimista de la sociedad. El mal no es una necesidad permanente, dice, sino que tiende perpetuamente a desaparecer. Todo está en que el individuo adapte sus necesidades a las de la sociedad sin dañar las posibilidades de los demás para obtener satisfacciones similares. ¡Qué bonito lo de Spencer! ¡Qué maravilla desiderativa! ¡Qué realidad tan especulativamente angélica! Algo así debió de pensar el filósofo alemán E. von Hartmann, porque se agarró al tintero y a la pluma de oca e iluminado por una influencia pesimista, tanto o más mortecina que la vela que iluminaba sus noches, publicó en 1868 la «Filosofía del inconsciente», convencido de que el Progreso y el bienestar son realidades antagónicas y de que, en consecuencia, el Progreso encierra un aumento de miseria porque perjudica a la mayoría en beneficio de unos pocos. A pesar de todo, la idea del Progreso se convirtió a finales del siglo XIX en dogma de fe para los países civilizados, en la creencia de que nuestra especie está viajando hacia la felicidad terrena.
¿Qué felicidad? Me pregunto yo mismo, y tú, y el vecino de enfrente. ¿Felicidad o locura? ¿Buscamos la felicidad o la locura? ¿O tal vez convencidos de que la felicidad es inalcanzable perseguimos la locura como medio supremo de enajenación? ¿O quizá desesperados por la propia infelicidad procuramos atiborrarnos de las infelicidades ajenas? La locura del progreso.
Mientras EEUU reconozca que escondió los presos torturados para que la Cruz Roja desconociese el hecho; mientras el ejército británico mate a decenas de civiles en Irak; mientras grupos islamistas degüellen ante las cámaras, de forma cruenta y horrorosa, a seres humanos; mientras los militantes palestinos vuelen blindados y exhiban trozos de cadáveres por las calles; mientras los israelíes utilicen a los palestinos como escudos humanos; mientras la soldado Lynndie England se chulee ante las cámaras convirtiéndose en orgulloso verdugo de torturar; mientras las fotos de la cárcel de Abu Ghraib sigan apareciendo en los medios internacionales de noticias para confirmar la bestialidad del ser humano; mientras, en fin, los gobernantes del mal llamado mundo civilizado sigan engañando a los ciudadanos con la promesa del progreso, promesa inutilizada por las imágenes con que recordamos las guerras absurdas; mientras esto sea así, me importan tres leches la sonda de Marte, el ordenador de última generación, el GPS de colorines, el Forum de Barcelona y el consenso de los políticos. Me horroriza pensar que quizá Mandeville, después de más de doscientos años, siga teniendo razón.
INCAUTOS
(9-5-2004)
JUAN GARODRI


Los incautos son seres inocentes y crédulos. Todos tenemos algo de incautos. Somos incautos cuando nos fiamos de quienes nos gobiernan. ¿Quién oculta más, por no decir quién miente más? Nos tratan como a seres cándidos, carentes de malicia. Las peticiones de esclarecimiento sobre los acontecimientos (antecedentes, nudo y desenlace) del 11-M no son para prevenir nuevos ataques terroristas, sino para eludir responsabilidades. Y nosotros, como incautos, cayendo en el cepo de la credulidad. Pero el tema será para otro día. Hoy trataré de los incautos que atienden las convocatorias de los concursos.
A centenares las hay en Internet. Me refiero a convocatorias de concursos literarios. Miles de personas que se creen escritores participan en ellos. No deja de sorprender la fe que el gentío tiene en sus posibilidades. Y puede que haya alguien que piense que es el mejor. Una cualidad envidiable fundamentada en el hecho de creer. Para mí la quisiera yo.
Y es que todo el mundo cree en sus propias posibilidades. Cada cual se cree dotado de portentosas facultades para el desarrollo de cualquier actividad, mayormente las espirituales. Es decir, las provenientes del espíritu. Aclaremos. Porque ya hay lector crítico que se lanza sobre mis líneas. Todo cuanto no es material es espiritual. Una obviedad. Pero todo cuanto es espiritual no es necesariamente religioso. El ámbito de lo religioso pertenece a la parte espiritual del ser humano. Pero también tienen cabida dentro de ‘lo’ espiritual el arte, la cultura, la música, el pensamiento, los sentimientos. Así que cualquiera se cree dotado de facultades para el desarrollo de sus espiritualidades.
Mayormente para el desarrollo de dos facultades espirituales: la pintura y la escritura. Con la cosa de las Aulas de la Tercera Edad, y de la Segunda, y de la Primera, todo el mundo pinta de esta guisa: Los padres, las madres sobre todo, llevan a sus hijos e hijas a clases particulares de pintura, con la amorosa ingenuidad del secreto artístico que guarda el maletín y los pinceles. Y los padres se enorgullecen del talento de su retoño, y todos creen, sorprendidos, que les ha nacido un genio, y muestran orgullosos a parientes y vecinos la sorprendente obra de arte, y eso que todavía no ha hecho la primera comunión.
Los de la Segunda Edad acuden a clases de pintura, o de manualidades, ofertadas por el Ayuntamiento en su afán de promocionar la cultura, porque los Ayuntamientos promocionan que es una barbaridad, bueno, es que no dejan de promocionar ni un día del año, que para eso están, para buscar el bien de los ciudadanos, como bien lo demuestran las aceras y las farolas de todos los municipios extremeños, con su pancarta de mampostería en los límites del municipio deseando la bienvenida o la despedida al visitante, que es un primor la pancarta con su azulejo y todo y el escudo heráldico de la localidad, así que no hay mes o semana o quincena, decía hace rato, en que no se promocione algún acto cultural, o exposición de antigüedades o curiosidades etnográficas de la comarca, aunque la promoción cultural se basa primordialmente en el aprendizaje de la pintura y en la técnica de las manualidades.
Los de la Tercera Edad también pintan mucho y coleccionan las hojas de los calendarios de Caja Extremadura, tan bonitas, para reproducir minuciosamente la luz de los atardeceres extremeños, las piedras derruidas de algún castillo medieval o el bravío discurrir de las aguas ribereñas en los aledaños de la sierra de Gata. El gentío se cree artista y corre a enmarcar su obra para colgarla en el salón o en el pasillo, si es que cabe, y mostrarla a la admiración de las visitas.
La otra facultad espiritual extraordinariamente extendida entre el gentío es la escritura. No la escritura a mano, naturalmente. Para eso están los ordenadores y sus programas de procesamiento de textos. Se trata de la facultad de escribir, es decir, de poner a cocer la imaginación y transformarla en exquisitos platos de poesías, cuentos o lo que salga. Lo de 'las poesías' es glorioso. A casi nadie se le ocurre utilizar el nombre de poema, obra poética ajustada a una serie de normas técnicas que configuran los versos. No. Se habla de poesías, así, en plural, con lo que los versos adquieren un aspecto popular y desajustado que gusta mucho porque son muy bonitos. Y así como el que desarrolla su facultad de pintar no se tranquiliza hasta mostrar su obra a parientes y vecinos, como ya se dijo, el que desarrolla su facultad de escribir no descansa hasta presentar su obra a certámenes y concursos poéticos (después de darla a leer igualmente a parientes y vecinos), en la creencia íntima de que sus versos merecen la flor natural y los 300 euros del premio.
Es terrible lo de creer. El aprendiz de pintor, e incluso el pintor, cree que pinta. El aprendiz de escritor, e incluso el escritor, cree que escribe. Y es así: se lo creen. Se produce así una realidad anómala que consiste en creer lo que uno cree que es, una especie de dualismo tan poco viciado por la duda, que considera evidente por sí misma la mutua correspondencia del contenido de la mente y del mundo de la realidad. «Lo mismo es el pensamiento y aquello que pensamos; porque sin el ser del que se afirma algo no encontrarías al pensamiento», dijo Parménides. El corazón, el sentimiento, el instinto sustituyen al conocimiento, y sin conocimiento no se sabe, se cree.
A pesar de todo, hay una pléyade de personas que se creen escritores y presentan sus obras a concursos literarios. Cientos, miles de convocatorias anuales. Incautos. Por regla general, según se dice, los medianos y grandes premios, —medianos y grandes por su resonancia mediática o económica, pequeños en muchos casos por su calidad literaria—, ya han sido amañados previamente: sólo se conceden a personajes famosos. Así que esa multitud de desconocidos (más de 1.276) que creyéndose escritores se presentan, por ejemplo, al XVIII Premio Internacional de Cuentos «Max AUB» son unos incautos. O al VII Premio Alfaguara de Novela. Cientos de escritores anónimos que no dejan de mover a lástima. Incautos. Un premio de 175.000 dólares sólo se concede a escritores famosos. Alguien que solamente se cree escritor no puede ser aplaudido por Saramago (que se apunta a todas) y Polanco (que se vale de todos). Laura Restrepo sí. Que para eso es personaje público y enseña ahora la profundidad de su espíritu crítico en «Delirio». Los incautos, qué lástima, se quedaron con las ganas.
BLASFEMIA
(2-5-2004)
JUAN GARODRI


El filósofo Félix Duque me dijo hace tantos años (ambos remábamos en la misma galera docente) que con las cinco vías de Tomás de Aquino que prueban la existencia de Dios puede también demostrarse su inexistencia. No se trata, pues, de que Dios exista o no exista. Se trata de que miles, millones de personas creen en la existencia de Dios. Creen que dios es algo importante en sus vidas. Personas cuya sensibilidad religiosa ha sido herida y ultrajada. Una obra de teatro lo ha conseguido.
Prohibida la blasfemia. Rótulo franquista. En los establecimientos de bebidas, bares y tabernas, mayormente en los pueblos, la prohibición aparecía colgada de la pared, cagueteada de moscas y enmarcada con papel adhesivo de color marrón. Y a atenerse a las consecuencias: el blasfemo era sancionado con multa de veinticinco a cincuenta pesetas, casi la mitad del jornal diario. Y es que Franco era muy cuidadoso con las cosas del mensaje divino. Bueno, era tan cuidadoso que el poderoso nombre de Dios unido al férvido nombre de Patria (y al indómito nombre de raza) lo convertían en un caudillo invicto y glorioso. Franco era victoriosamente proclive a utilizar el nombre de Dios en arengas y discursos. Y no sólo eso. Impuso el nombre de Dios en escuelas, institutos y universidades. Y en cualquier oficina de cualquier ayuntamiento de cualquier provincia de cualquier ministerio, el nombre de Dios presidía las sesiones e inspiraba la pluma con la que se firmaban los acuerdos (que ni eran acuerdos ni nada, qué va, porque siempre había que hacer lo que él dictaba, que para eso era dictador). Tanto utilizaba el nombre de Dios, que sus adversarios políticos pensaban que su oronda silueta de dictador no provenía del golpe de estado que supuso el Glorioso Alzamiento sino de la manía obsesiva con que constantemente pronunciaba el nombre de Dios y que le había dejado aquella voz de pito. El nombre Dios lo había convertido en un fascista de los de peor calaña, a pesar del NODO y de las inauguraciones de los pantanos.
No es de extrañar que al cabo de tanto tiempo, asentada ya la democracia y diluido el nombre de Dios por la acción y añadidura de disolventes específicos, tenazmente utilizados para borrar de las mentes ciudadanas la nefasta influencia divina (porque hay que darse cuenta del daño que el nombre de Dios ha producido en los españoles y en las españolas, aunque bien considerado en las españolas el daño ha sido menor porque en los tiempos de Franco no se tenía en cuenta la igualdad de sexos, Franco sólo se dirigía a los españoles quizá para demostrar la característica indómita de la raza que nos viene de Isabel y Fernando, los del yugo y las flechas, Fernando adoptó el yugo, palabra que empieza por Y, nombre de Isabel que en aquella época gloriosa se escribía con y griega, e Isabel adoptó las flechas, palabra que empieza por F, de Fernando. Por tal razón, cuando se unieron en santo matrimonio, además de unirse Aragón y Castilla, el yugo y las flechas se unieron también en el escudo de ambos, presididos por el anagrama de católicos que los cronistas se apresuraron a atribuirles), creo que me he perdido, tú, decía que no es extraño que al cabo de tanto tiempo usando la pobre gente el nombre de Dios venga ahora un tío listo y se cague en Dios. Los ácidos biliares se me han alterado al leer la noticia de un tipo que, cansado ya de tanto oír el nombre de Dios, va y se pone y escribe una obra de teatro, representada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que lleva por título «Me cago en Dios». ¿Qué otra cosa podía hacer el arzobispo de Madrid sino calificar de “ultrajante” el título de la obra y pedir su retirada? ¿Qué quería el tal Iñigo Ramírez? ¿Que permaneciesen callados aquellos para quienes el nombre de Dios representa los más sagrado de su vida, lo único importante de su vida? Pues sí, debía de querer eso, el silencio de los corderos, porque afirmó con aparente displicencia cuando conoció la reacción del arzobispado de Madrid que «vivimos en un país de inquisidores». Bueno, pues se me ha roto la vena autosuficiente y malquista. Un impulso venido de no se sabe dónde me envuelve en una mala leche vociferante y cabreada. No es posible que viva en un país de gilipollas donde el gentío ha aprendido a aplaudir con el dorso de la mano. Alzo la voz porque la gente calla. Miles de personas que creen en Dios se sienten injuriadas, humilladas, ultrajadas, sometidas por el nuevo látigo inquisitorial y estúpidamente progresista que fustiga sin piedad cuanto aparece en contra de sus intereses antirreligiosos. Me niego a aceptarlo, me rebelo contra los nuevos inquisidores, esos que en nombre de la “libertad” denigran el hecho religioso por considerarlo retrógrado e incluso fascista (en una rancia pirueta histórica en la que mezclan lo soso con lo crudo), y lanzan a la hoguera de su condena todo cuanto huela a religión. Así que voy a blasfemar. Prevengo a los sedicentes cultos que el término ‘blasfemia’ no solo porta el significado que conlleva toda palabra injuriosa contra Dios, la virgen o los santos. Blasfemia también significa execración, maldición y vituperio dirigidos a alguien superior en honor y dignidad, en fama y excelencia, aunque no sea Dios. Blasfememos, pues. Por ejemplo: en el supuesto de que yo, utilizando el derecho a la libertad de expresión, escribiese una obra de teatro titulada «Me cago en Iñigo» (representaría en su persona a cuantos atacan o ridiculizan lo religioso por considerarlo retrógrado, pernicioso y socialmente insano, usted comprende, almodóvares, luisantoniosdevillenas y así) y en ella criminalizase la enseñanza laica, equiparando la progresía a las sustancias dañinas para los jóvenes como el alcohol, el tabaco y la droga, probablemente don Iñigo se sentiría ofendido y ultrajado porque mis palabras, blasfemas a más no poder, atentarían contra la dignidad de la persona, en general, y contra su derecho al honor, en particular. Exigiría una rectificación por mi parte e incluso la retirada de la obra, y yo respondería a todo trapo diciendo que se me intentaba coartar la libertad de expresión, que mi obra era un divertimento para librar al gentío de la disfunción eréctil y que vivimos en un país de inquisidores tan intolerantes, o más, que Torquemada y sus “Instrucciones”, sólo que al revés. Mi obra, producto del fundamentalismo religioso, sería una blasfemia contra el sagrado nombre del progreso, blasfemia intolerable y ultrajante, merecedora, con todos los deshonores posibles, de una manifestación de protesta con pancartas y todo. Contra Dios puede admitirse la blasfemia. Contra el “progreso” no.
Juan Garodri es escritor