LAS ADVERTENCIAS (Cuento veraniego)
(30-6-1999)
JUAN GARODRI
Pues esto era una vez un país en el que los gobernantes eran tan buenos y tan justos que gobernaban muy bien, y ni daban leyes ni nada, sólo daban advertencias, de manera que los ciudadanos y las ciudadanas eran felices. (Cuando los gobernantes gobiernan, los gobernados son ciudadanos. En cambio, cuando los gobernantes mandan, los gobernados son súbditos).
Te decía, pues, que los ciudadanos y las ciudadanas eran felices porque, gracias a las advertencias de sus amados gobernantes, vivían llenos de salud y prosperidad. Ya se sabe que un país rebosante de salud se convierte rápidamente en un país repleto de prosperidad de manera que el gentío, como está lleno de salud, es que no para de trabajar, y ni se cansa ni nada. Es más, ni siquiera pide vacaciones ni reducción de jornada laboral, porque lo único que desea es la salud y la prosperidad.
Y qué quieres que te diga, amigo, es que cuando bajé del avión no salía de mi asombro. El personal del aeropuerto se afanaba tenazmente en su trabajo, iban y venían sin distracción ni descanso porque, como estaban tan sanos, no paraban. Lo sorprendente es que lo hacían todo con una gran tranquilidad, sin prisa pero sin pausa, que se dice, los camiones de equipajes, los autobuses de viajeros circulaban tranquilamente, como si en lugar de un aeropuerto fuese un parque de recreo, o así. Curiosamente, en vez de alegrarme me puse triste, porque parecían hormigas acosadas por su propia tenacidad.
A todo esto, alzo la vista. Un panel digital y gigantesco dice: «Las Autoridades Industriales advierten de que el coche perjudica gravemente la vida». Y debajo, tres coches ferruginosamente amontonados y cinco muertos despanzurrados, cada uno por su sitio, con su sangre y todo. Y era de ver a la salida del aeropuerto cómo el gentío conducía prudentemente, a velocidad moderada. Pero lo más sorprendente de todo era el nuevo modelo que las Autoridades Industriales habían recomendado: ¡El coche tenía forma de tortuga metalizada y galáctica! Y a pesar de las retenciones de más cuarenta y siete kilómetros, no te lo vas a creer, el personal iba alegre y contento y se saludaban e incluso se pasaban botellas de agua de unos coches a otros. Y nadie se insultaba, ni se llamaban recíprocamente hijos de puta ni nada.
Al llegar a la ciudad, sorprendía gratamente la limpieza de las paredes, ni un anuncio, ni una valla publicitaría, ni siquiera aparecían grafitis escatológicamente coloreados. Solamente un gran anuncio digital se repetía por doquier: «Las Autoridades Educativas advierten de que la publicidad perjudica gravísimamente su individuidad». Y a pesar de no haber anuncios ni ofertas luminosas en calles y avenidas, la gente caminaba tan tranquila y se cedían amablemente la acera e incluso se detenían a charlar unos con otros como si tal cosa.
Digno de ver era el letrero que bendecía la majestuosa entrada de unos grandes almacenes. Decía así: «Las Autoridades Económicas advierten de que el consumo perjudica seriamente su bolsillo». Y era extraño y casi mágico comprobar que las bolsas de los compradores y compradoras se adornaban con dicho letrero, además de aparecer exhaustas y menguadas de contenido porque todo el mundo compraba lo justo y nadie cedía a la pulsión consumópata.
Cuando llegué al hotel, el vestíbulo era brillante y aséptico. Varios paneles luminosos lanzaban los destellos chispeantes de sus colorines. Las advertencias requisitorias aparecían y desaparecían en finas hileras cristalinas. Las había de todas clases. Por ejemplo: «Las Autoridades Sanitarias advierten de que las cremas dermatológicas perjudican seriamente su epidermis». Y nadie compraba cremas embellecedoramente innecesarias. O esta otra: «Las Autoridades Turísticas advierten de que la holganza perjudica seriamente su contrato de trabajo». Y nadie se iba al Caribe a buscar a Curro ni a otros tarados semejantes. Y había más advertencias, extrañas e insólitas. Por ejemplo, ésta: «Las Autoridades Culturales advierten de que la letra impresa perjudica seriamente su nervio óptico». Y el personal cumplía a rajatabla la advertencia oftalmológica y ni leía ni nada, para conservar sana la vista.
Me dirigí a recepción. Una señorita delicadamente frágil y transparente, tipo Ally McBeal y otras culifinas, abría esos ojos en los que resplandece de vez en cuando un deseo distraídamente sexual, digamos. Quizá adivinando no sé qué pudrideros personales, me alargó un primoroso plano de situación en el que aparecía mi habitación, con número y nombre de cliente. Debajo ponía: «Las Autoridades Sanitarias advierten de que la sexualidad a lo tonto perjudica gravemente su testosterona».
En el restaurante, las advertencias eran múltiples y saludables. A cualquier sitio que lanzase la vista, una admonición me recordaba la bondad de los gobernantes, preocupados por la salud ciudadana. Veamos. «Las Autoridades Sanitarias advierten de que el chorizo y los huevos fritos aumentan gravemente su colesterol». Y era tal la abundancia de las advertencias, que uno no sabía adónde dirigir la mirada: que si la sal y las cardiopatías, que si el alcohol y la cirrosis, que si el filete y la arteriosclerosis, que si las legumbres y la dispepsia, y así. Un tomate y una zanahoria aliñados con aceite virgen. Eso comí.
Después de tres días de sanísimo sufrimiento, regresé. Y comprobé, aliviado, que en España las Autoridades, que ni gobiernan ni nada porque lo único que hacen es mandar, sólo advierten eso de que el tabaco perjudica gravemente la salud y, además, mata. Aunque casi nadie les hace caso. A ver.
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viernes, 14 de agosto de 2009
PELIGRO, COLEGIO
(24-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, amigos, colegas, camaradas, compañeros, lo que seáis, se acabó. Así que ha terminado el curso y la desbandada ha sido general, como la de las ranas cuando la cigüeña aparece en el charco. De manera que no pretendo amargarte el día volviendo a lo del Colegio. Pero la realidad es inmisericorde y me ha aplastado, en cierto sentido, con su peso. No me he inventado el título. Es un dato real y publicitario, o admonitorio (supongo más bien), que puedes leer si cruzas Plasencia. De manera que el letrero está allí, bien colocado sobre la acera, junto a la calzada.
No sé si agarrarme a lo de las funciones del leguaje (Iakobson y demás) para comentar la naturaleza del mensaje al que me refiero. Porque si tú vas tan tranquilo por una calle y de pronto se te aparece un letrero que dice «PELIGRO, COLEGIO», ¿quieres decirme cómo lo interpretas?
Si te atienes a la función representativa, es evidente que el emisor ha pretendido limitarse a señalar un hecho objetivo, a saber, que allí mismo hay un colegio y que, en consecuencia, el peligro es inminente. Lo que yo quisiera saber es por qué un colegio entraña peligro. ¿Peligro para la educación, peligro para la cultura, peligro para la enseñanza? ¿O peligro para las personas? ¿Tan fieros son los alumnos, que han llegado a suponer un peligro? Dicen que el sistema se ha tornado inoperante para detener la iconoclastia docente de los alumnos y que éstos han reducido la figura del profesor a mero guardián de adolescentes, hasta el punto de que el profesor o profesora tiene que tragar diariamente el marrón del desinterés y la desconsideración. Dicen.
Si te atienes a la función expresiva, no tienes más remedio que concluir que el mensaje refleja una actitud subjetiva del hablante, tan subjetiva para él como enigmática para ti. Es como si cruzara por tu mente el hic latet anguis de los clásicos, para precaverte seriamente del peligro mortal al que te sometes si te acercas hasta el áspid venenoso y te expones a su mordedura. Casi no me atrevo a imaginar que ese peligro subjetivo procede del afán igualatorio del sistema que, amparado en un dudoso concepto del progreso, pretende igualar por abajo. En efecto, en cualquier colegio de Educación Primaria los alumnos reciben la calificación igualatoria de «PA» (Progresa adecuadamente) o de «NM» (Necesita mejorar), con lo que tanto unos como otros son medidos con el mismo rasero y promocionan automáticamente al siguiente curso —casi siempre también al Ciclo siguiente—. Se consigue de esta forma una igualatoria injusticia distributiva (esa taxidermia de las ilusiones y los afanes) porque prácticamente recibe el mismo pago el alumno trabajador que el alumno petardo. Y que no me vengan los psicólogos con la memez de que las calificaciones desarrollan la competitividad y la desigualdad. ¿No se pretende preparar al alumnado para la vida? Díganme, pues, qué igualdad y condescendencia van a encontrar cuando lleguen a la edad adulta, en una sociedad podridamente competitiva. Por otra parte, el desánimo de muchos alumnos es patente al comprobar que recibe el mismo premio el estudioso y el trabajador que el putas y el gandul (no se olvide que en 5º y 6º de Primaria los alumnos alcanzan la edad de los 12 años). Así, pues, desde el punto de vista subjetivo, ¿es el colegio un peligro para la educación y la cultura? Hic latet anguis.
Si te atienes a la función conativa, ¿cuál es el vocativo a través del cual el emisor llama la atención sobre el receptor? ¿Es el colegio un peligro, dentro de una complementariedad apositiva, o el peligro reside en el hecho de que el edificio es un colegio? Considero socialmente inadmisible la primera hipótesis dado que un colegio nunca puede ser un peligro, como no puede serlo un centro de salud o una iglesia. Aunque no te fíes, amigo. El colegio en sí es una persona más o menos jurídica que se mueve en los ámbitos de la abstracción. Se hace real a través de las personas que lo conforman. Este antropomorfismo colegial puede llegar a ser peligroso si sus habitantes son fieras corrupias, dado su comportamiento deforme y aspecto espantable proclamado por la actual proclividad de los colegiales a la estética de lo sucio. En cuanto a la segunda hipótesis, un colegio no tiene por qué constituir un serio peligro salvo que, como ya quedó apuntado, las directrices del sistema deterioren de tal forma el conjunto que lo conviertan en una granja para pollos, con la dioxina de la desinformación, la subcultura, las actividades extraescolares y otras zarandajas pinchadas en los abundantes paneles de los pasillos.
Si te atienes, en fin, a los rasgos semánticos del anuncio, a ver de dónde sacas las connotaciones asociadas al mensaje, porque la transposición de la realidad, en este caso, es de difícil concreción. A ver. A ver cómo puedes tú leer lo de «Peligro, colegio» y traspasar la realidad denotativa para llevarla a significaciones inocentemente inocuas. ¿Tan deteriorada se encuentra la situación educativa que supone un peligro, por muy abstracto que sea? ¿A tal grado de perversidad ha llegado el sistema que mantiene la actividad educativa dentro de la indefinición oscura del peligro?
(En estas que llega mi tío Eufrasio y me dice que soy idiota, que el anuncio va dirigido a los conductores de vehículos. Y va y me da una colleja discente. Fin).
(24-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, amigos, colegas, camaradas, compañeros, lo que seáis, se acabó. Así que ha terminado el curso y la desbandada ha sido general, como la de las ranas cuando la cigüeña aparece en el charco. De manera que no pretendo amargarte el día volviendo a lo del Colegio. Pero la realidad es inmisericorde y me ha aplastado, en cierto sentido, con su peso. No me he inventado el título. Es un dato real y publicitario, o admonitorio (supongo más bien), que puedes leer si cruzas Plasencia. De manera que el letrero está allí, bien colocado sobre la acera, junto a la calzada.
No sé si agarrarme a lo de las funciones del leguaje (Iakobson y demás) para comentar la naturaleza del mensaje al que me refiero. Porque si tú vas tan tranquilo por una calle y de pronto se te aparece un letrero que dice «PELIGRO, COLEGIO», ¿quieres decirme cómo lo interpretas?
Si te atienes a la función representativa, es evidente que el emisor ha pretendido limitarse a señalar un hecho objetivo, a saber, que allí mismo hay un colegio y que, en consecuencia, el peligro es inminente. Lo que yo quisiera saber es por qué un colegio entraña peligro. ¿Peligro para la educación, peligro para la cultura, peligro para la enseñanza? ¿O peligro para las personas? ¿Tan fieros son los alumnos, que han llegado a suponer un peligro? Dicen que el sistema se ha tornado inoperante para detener la iconoclastia docente de los alumnos y que éstos han reducido la figura del profesor a mero guardián de adolescentes, hasta el punto de que el profesor o profesora tiene que tragar diariamente el marrón del desinterés y la desconsideración. Dicen.
Si te atienes a la función expresiva, no tienes más remedio que concluir que el mensaje refleja una actitud subjetiva del hablante, tan subjetiva para él como enigmática para ti. Es como si cruzara por tu mente el hic latet anguis de los clásicos, para precaverte seriamente del peligro mortal al que te sometes si te acercas hasta el áspid venenoso y te expones a su mordedura. Casi no me atrevo a imaginar que ese peligro subjetivo procede del afán igualatorio del sistema que, amparado en un dudoso concepto del progreso, pretende igualar por abajo. En efecto, en cualquier colegio de Educación Primaria los alumnos reciben la calificación igualatoria de «PA» (Progresa adecuadamente) o de «NM» (Necesita mejorar), con lo que tanto unos como otros son medidos con el mismo rasero y promocionan automáticamente al siguiente curso —casi siempre también al Ciclo siguiente—. Se consigue de esta forma una igualatoria injusticia distributiva (esa taxidermia de las ilusiones y los afanes) porque prácticamente recibe el mismo pago el alumno trabajador que el alumno petardo. Y que no me vengan los psicólogos con la memez de que las calificaciones desarrollan la competitividad y la desigualdad. ¿No se pretende preparar al alumnado para la vida? Díganme, pues, qué igualdad y condescendencia van a encontrar cuando lleguen a la edad adulta, en una sociedad podridamente competitiva. Por otra parte, el desánimo de muchos alumnos es patente al comprobar que recibe el mismo premio el estudioso y el trabajador que el putas y el gandul (no se olvide que en 5º y 6º de Primaria los alumnos alcanzan la edad de los 12 años). Así, pues, desde el punto de vista subjetivo, ¿es el colegio un peligro para la educación y la cultura? Hic latet anguis.
Si te atienes a la función conativa, ¿cuál es el vocativo a través del cual el emisor llama la atención sobre el receptor? ¿Es el colegio un peligro, dentro de una complementariedad apositiva, o el peligro reside en el hecho de que el edificio es un colegio? Considero socialmente inadmisible la primera hipótesis dado que un colegio nunca puede ser un peligro, como no puede serlo un centro de salud o una iglesia. Aunque no te fíes, amigo. El colegio en sí es una persona más o menos jurídica que se mueve en los ámbitos de la abstracción. Se hace real a través de las personas que lo conforman. Este antropomorfismo colegial puede llegar a ser peligroso si sus habitantes son fieras corrupias, dado su comportamiento deforme y aspecto espantable proclamado por la actual proclividad de los colegiales a la estética de lo sucio. En cuanto a la segunda hipótesis, un colegio no tiene por qué constituir un serio peligro salvo que, como ya quedó apuntado, las directrices del sistema deterioren de tal forma el conjunto que lo conviertan en una granja para pollos, con la dioxina de la desinformación, la subcultura, las actividades extraescolares y otras zarandajas pinchadas en los abundantes paneles de los pasillos.
Si te atienes, en fin, a los rasgos semánticos del anuncio, a ver de dónde sacas las connotaciones asociadas al mensaje, porque la transposición de la realidad, en este caso, es de difícil concreción. A ver. A ver cómo puedes tú leer lo de «Peligro, colegio» y traspasar la realidad denotativa para llevarla a significaciones inocentemente inocuas. ¿Tan deteriorada se encuentra la situación educativa que supone un peligro, por muy abstracto que sea? ¿A tal grado de perversidad ha llegado el sistema que mantiene la actividad educativa dentro de la indefinición oscura del peligro?
(En estas que llega mi tío Eufrasio y me dice que soy idiota, que el anuncio va dirigido a los conductores de vehículos. Y va y me da una colleja discente. Fin).
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año 1999 - 06 junio
LAS VOCES
(17-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, los periódicos es que se han hartado. Ha sido un hartazgo informativo que, con motivo de la comilona electoralmente papeletera, ha ocasionado una especie de hipercloridia disolvente que se ha cargado los jugos gástricos de la información, de modo que, en consecuencia, la prensa escrita (y qué decir de la televisual) se ha vaciado apresuradamente de estadísticas, porcentajes, opiniones, mayorías absolutas, triunfos, desilusiones, batacazos y rencores, con ese apresurado ir y venir depositorio con que las diarreas estimulan los intestinos. Así que, menos mal. Ya terminó el drama de la campaña electoral. Ya dejaron de moverse los políticos. Ya dejaron de mover el culo ante el olor de las elecciones.
Un colega mío, bien preparado en la cosa de la literatura pero crédulo y aplaudidor, (se ha tragado impertérrito los mítines celebrados en teatros y plazuelas, a más de los televisivos) asegura que la historia de la campaña electoral es una verdadera novela, con el correlato de sus voces. Me fastidió, qué quieres que te diga. Porque su tono sentencioso, como si distribuyera patentes de calidad política, me dejó muy, pero que muy picado. De manera que me puse a discurrir cómo podrían relacionarse las “voces” de la novela con una campaña electoral.
No es cuestión ahora, amigo, a estas alturas de la liga, de endosarte una carga no apetecible, como pudiera ser la de hacerte tragar a trangullones (la palabra es extremeña, los del DRAE no la conocen) la caldereta narrativa de la visión múltiple, el monólogo interior, el estilo indirecto libre, el doble registro, las personas gramaticales y otras menudencias de la técnica novelística. No estaría de más, así y todo, que le echases un vistazo a Las voces de la novela, de Oscar Tacca, para que pudieses comprobar las diferencias existentes entre la voz del narrador y la voz del autor, o entre la subjetividad del autor y la convención literaria de la novela, por poner unos ejemplos.
Y así, va la voz del narrador testigo (la de González, por ejemplo) y, después de soltar lo de la mierda, con la duplicidad de la metáfora, va y cuenta que durante los cuatro años transcurridos desde las últimas elecciones los socialistas han conseguido reducir la franja de votos y superar las triquiñuelas de los contrincantes políticos, que lo único que han hecho ha sido rascarse la barriga, desprestigiar a España, quemar lino y ampliar las alas de Pedro J. Ramírez para que sobrevuele cómodamente los basureros.
Y así, va la voz del estilo indirecto libre (la de Aznar, por ejemplo) y se sitúa estratégicamente detrás de la obscenidad de su bigote, o por lo menos a mí me lo parece, el bigote de Aznar es como un islote de vello púbico situado en una geografía inapropiada, y va y habla el bigote, o por lo menos a mí me lo parece, la voz de Aznar no sale de la boca, sale del bigote, y asegura que el 'Partidoo Pular' es el más consolidado de España, y que la economía española es la más consolidada de Europa, y que el Presidente del Gobierno está tan consolidado como los otros líderes de Europa, y va y se compara con ellos, que es como compararse con Europa.
Y así, va la voz del monólogo interior (la de Anguita, por ejemplo), una divinidad anacrónicamente antropomorfa y agnóstica, y va y recuerda sin parar a los líderes (de los otros partidos) el infierno de descomposición social y política al que irán de cabeza si no se arrepienten de sus iniquidades económicamente liberales y socialmente injustas. Y es tal el énfasis oratorio de su proclama, que a veces me asaltan incontrolados deseos de matricularme también en los cursos misioneros de la salvación ideológica.
Después aparece otra voz, la del narrador omnisciente, y aparece en escena Rosa Díez que como una señorita Rottemmeier de la educación política, grita encorajinada que la igualdad, la solidaridad y la justicia social salvarán a España, y que, para variar, la solidaridad, la justicia social y la igualdad salvarán a Europa y grita aún más fuerte afirmando que la justicia social, la igualdad y la solidaridad salvarán a todos. Y me produce condolencia su esfuerzo fonético porque parece que los tendones de su cuello van a romperse y a desgarrarse las arrugas de su piel.
Simultáneamente aparece otra voz omnisciente, y va Loyola de Palacio y asegura que, gracias a Dios, su gestión en Europa ha sido rentabilizada por todos y que lo que ha salido mal no es culpa suya sino de los presidentes autonómicos. Y, con la voz comedida de la clausura monacal, manda a los reclamantes que se vayan más allá del extranjero, o sea, que reclamen a Bono por lo del lino y a Chaves por lo del aceite.
En fin. Hay más voces, pero no son dignas de resaltar. Pertenecen a los personajes secundarios y de relleno, personajillos y personajuchos y, con frecuencia, más que voces son escupitajos y exabruptos que manchan las páginas. Pertenecen a esos que van y piensan que no hay que andarse con rodeos, que lo bueno es dar leña inmisericorde y sañuda, si se tercia, esa leña que la mala leche soflamática convierte casi siempre en ofensa.
(17-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, los periódicos es que se han hartado. Ha sido un hartazgo informativo que, con motivo de la comilona electoralmente papeletera, ha ocasionado una especie de hipercloridia disolvente que se ha cargado los jugos gástricos de la información, de modo que, en consecuencia, la prensa escrita (y qué decir de la televisual) se ha vaciado apresuradamente de estadísticas, porcentajes, opiniones, mayorías absolutas, triunfos, desilusiones, batacazos y rencores, con ese apresurado ir y venir depositorio con que las diarreas estimulan los intestinos. Así que, menos mal. Ya terminó el drama de la campaña electoral. Ya dejaron de moverse los políticos. Ya dejaron de mover el culo ante el olor de las elecciones.
Un colega mío, bien preparado en la cosa de la literatura pero crédulo y aplaudidor, (se ha tragado impertérrito los mítines celebrados en teatros y plazuelas, a más de los televisivos) asegura que la historia de la campaña electoral es una verdadera novela, con el correlato de sus voces. Me fastidió, qué quieres que te diga. Porque su tono sentencioso, como si distribuyera patentes de calidad política, me dejó muy, pero que muy picado. De manera que me puse a discurrir cómo podrían relacionarse las “voces” de la novela con una campaña electoral.
No es cuestión ahora, amigo, a estas alturas de la liga, de endosarte una carga no apetecible, como pudiera ser la de hacerte tragar a trangullones (la palabra es extremeña, los del DRAE no la conocen) la caldereta narrativa de la visión múltiple, el monólogo interior, el estilo indirecto libre, el doble registro, las personas gramaticales y otras menudencias de la técnica novelística. No estaría de más, así y todo, que le echases un vistazo a Las voces de la novela, de Oscar Tacca, para que pudieses comprobar las diferencias existentes entre la voz del narrador y la voz del autor, o entre la subjetividad del autor y la convención literaria de la novela, por poner unos ejemplos.
Y así, va la voz del narrador testigo (la de González, por ejemplo) y, después de soltar lo de la mierda, con la duplicidad de la metáfora, va y cuenta que durante los cuatro años transcurridos desde las últimas elecciones los socialistas han conseguido reducir la franja de votos y superar las triquiñuelas de los contrincantes políticos, que lo único que han hecho ha sido rascarse la barriga, desprestigiar a España, quemar lino y ampliar las alas de Pedro J. Ramírez para que sobrevuele cómodamente los basureros.
Y así, va la voz del estilo indirecto libre (la de Aznar, por ejemplo) y se sitúa estratégicamente detrás de la obscenidad de su bigote, o por lo menos a mí me lo parece, el bigote de Aznar es como un islote de vello púbico situado en una geografía inapropiada, y va y habla el bigote, o por lo menos a mí me lo parece, la voz de Aznar no sale de la boca, sale del bigote, y asegura que el 'Partidoo Pular' es el más consolidado de España, y que la economía española es la más consolidada de Europa, y que el Presidente del Gobierno está tan consolidado como los otros líderes de Europa, y va y se compara con ellos, que es como compararse con Europa.
Y así, va la voz del monólogo interior (la de Anguita, por ejemplo), una divinidad anacrónicamente antropomorfa y agnóstica, y va y recuerda sin parar a los líderes (de los otros partidos) el infierno de descomposición social y política al que irán de cabeza si no se arrepienten de sus iniquidades económicamente liberales y socialmente injustas. Y es tal el énfasis oratorio de su proclama, que a veces me asaltan incontrolados deseos de matricularme también en los cursos misioneros de la salvación ideológica.
Después aparece otra voz, la del narrador omnisciente, y aparece en escena Rosa Díez que como una señorita Rottemmeier de la educación política, grita encorajinada que la igualdad, la solidaridad y la justicia social salvarán a España, y que, para variar, la solidaridad, la justicia social y la igualdad salvarán a Europa y grita aún más fuerte afirmando que la justicia social, la igualdad y la solidaridad salvarán a todos. Y me produce condolencia su esfuerzo fonético porque parece que los tendones de su cuello van a romperse y a desgarrarse las arrugas de su piel.
Simultáneamente aparece otra voz omnisciente, y va Loyola de Palacio y asegura que, gracias a Dios, su gestión en Europa ha sido rentabilizada por todos y que lo que ha salido mal no es culpa suya sino de los presidentes autonómicos. Y, con la voz comedida de la clausura monacal, manda a los reclamantes que se vayan más allá del extranjero, o sea, que reclamen a Bono por lo del lino y a Chaves por lo del aceite.
En fin. Hay más voces, pero no son dignas de resaltar. Pertenecen a los personajes secundarios y de relleno, personajillos y personajuchos y, con frecuencia, más que voces son escupitajos y exabruptos que manchan las páginas. Pertenecen a esos que van y piensan que no hay que andarse con rodeos, que lo bueno es dar leña inmisericorde y sañuda, si se tercia, esa leña que la mala leche soflamática convierte casi siempre en ofensa.
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año 1999 - 06 junio
LA CAMPAÑA
(11-6-1999)
JUAN GARODRI
De las nueve acepciones que el DRAE incluye en la entrada campaña, me refiero a la segunda: «Conjunto de actos o esfuerzos de índole diversa que se aplican a conseguir un fin determinado». Así que, amigo, te quedas con tres cuartos de narices si empezaste a leer pensando en la campaña política. Hasta los gatos hablan de ella. Olvidémosla.
De manera que, cuando vi la fotografía en el periódico, pensé que se trataba de alguna algarada reivindicatoria con las que las asociaciones de agricultores se manifiestan de vez en cuando contra las putadas de la Administración. Pero no. La Campaña del Tabaco no exponía las reivindicaciones del sector tabaquero, porque lo del día 31 de mayo fue más bien la Campaña Contra el Tabaco: era el Día Mundial contra la nefasta manía de fumar.
Por supuesto, sí, por supuesto que el tabaco es peligrosísimo y que las Autoridades Sanitarias, convertidas en los vigilantes de la playa urbana y nicotínica, advierten constantemente que el tabaco perjudica seriamente la salud. Pero ante estos avisos, se me vienen a la memoria las severas admoniciones con que los padres espirituales encharcaban nuestra adolescencia, bien pertrechados en sus amenazas de perdición eterna, si perjudicábamos el alma con las acciones pecaminosas.
Me resulta extraordinariamente conmovedor ese afán ilimitado que las Autoridades manifiestan cada dos por tres consistente en campañas para salvar al pueblo (pero sin el pueblo), parapetadas en un poderío algo anacrónico e Ilustrado, casi dieciochesco, como si el pueblo fuera un rebaño al que hay que inocular un virus protector cuando llega la época de la vacunación. (Mi tío Eufrasio, más desconfiado que una mula tuerta, dice que no me fíe, que algunas campañas poseen un doble fondo podrido y que le huelen a cuerno quemado).
Por ejemplo, la campaña contra el tabaco, dice. Yo es que me quedo viendo visiones, qué quieres que te diga. Resulta que las Autoridades Sanitarias pretenden proteger nuestra salud indirectamente, porque lo que realmente les interesa es disminuir, o anular si fuera posible, los gastos sanitarios que acarrean las enfermedades causadas por el tabaco. Y como no pueden andar por ahí soltando dicterios y diciéndole al personal “no fuméis, coño, que nos arruinamos”, van y organizan una campaña muy finamente publicitaria y aconsejan con delicadeza “no fuméis, hermanos, que perjudicáis seriamente vuestra salud”.
Y lo de USA es para echarse a temblar. Ya se sabe que en los Iunaitesteis todo es super-mega-desproporcionado y casi galáctico. Y allí, si se ponen a permitir, pues permiten que todo el mundo lleve armas, por ejemplo, y que puedan comprarlas en cualquier tienda como si te compraras una camisa. Y luego, no creas, no importa nada que la gente se mate, bueno sí les importa, supongo, o no. No sé. Pero nunca el peligro mortal viene de las armas, siempre procede de quien las utiliza mal: esquizofrénicos, psicópatas, depresivos, marginados y gente así, qué casualidad. Y allí, si se ponen a prohibir, pues prohíben que es una barbaridad, prohíben a todo meter, como si la prohibición fuese el émbolo de un artilugio salvador y mesiánico. De manera que se han vueltos medio locos prohibiendo lo del tabaco, que hay que mantener fuerte y vigorosa la raza, y lanzan campañas de salvación universal e influyen vigorosamente en las naciones de la vieja Europa para que, a su vez, se ‘posicionen’ decididamente contra el tabaco (peligra, si no, el negocio de las importaciones). Y estados USA hay en los que no se permite fumar en autobuses, bares ni sitios públicos, mucho menos en las instalaciones de organismos oficiales, ni siquiera a cinco metros de su entrada, para que veas. Y, al revés de lo que ocurre con las armas (que matan a otros), el peligro mortal no viene de quien fuma (que se mata a sí mismo), el peligro procede del tabaco, que es malísimo. Conclusión: hay que acabar con el tabaco.
Sin embargo, amigo mío, me quedo de piedra cuando leo que los auténticos ganadores en la “Guerra del tabaco” en Estados Unidos, han sido los abogados. Ellos han promovido la campaña, como campanuláceos jurídicos. Ya sabes que los abogados son en USA lo que aquí las castañuelas, o el chocolate con churros. De manera que les salen abogados por todas partes y son tan aficionados a los juicios que, por un tropezón en la vía pública, denuncian al Ayuntamiento y lo llevan al juzgado. Como aquí. Bien. Me quedo de piedra, te decía, cuando leo que los abogados que trabajaron para los Estados en el contencioso contra las compañías tabaqueras vienen a cobrar una minuta de 14 millones de pesetas ¡por hora!. Y que la industria tabaquera tendrá que pagar unos treinta billones, has oído bien, treinta billones a 46 Estados como contrapartida por sus gastos de Sanidad. A cambio, los Estados se comprometen a NO denunciar ante los tribunales, en lo sucesivo, a las compañías tabaqueras a pesar del perjuicio que el tabaco ha ocasionado u ocasione a la salud ciudadana.
Resumen. ¿A quién favorece la campaña contra el tabaco? No sé. Pero, desde luego, en este obsceno asunto no sólo se pretende salvar del cáncer de pulmón al personal. Hay otros a quienes resulta provechosísima la campaña. A los campanuláceos: «Plantas angiospermas dicotiledóneas, con hojas sin estípulas, flores de corola gamopétala y fruto capsular con muchas semillas y de albumen carnoso, como el farolillo y el rapónchigo». Que les aproveche.
(11-6-1999)
JUAN GARODRI
De las nueve acepciones que el DRAE incluye en la entrada campaña, me refiero a la segunda: «Conjunto de actos o esfuerzos de índole diversa que se aplican a conseguir un fin determinado». Así que, amigo, te quedas con tres cuartos de narices si empezaste a leer pensando en la campaña política. Hasta los gatos hablan de ella. Olvidémosla.
De manera que, cuando vi la fotografía en el periódico, pensé que se trataba de alguna algarada reivindicatoria con las que las asociaciones de agricultores se manifiestan de vez en cuando contra las putadas de la Administración. Pero no. La Campaña del Tabaco no exponía las reivindicaciones del sector tabaquero, porque lo del día 31 de mayo fue más bien la Campaña Contra el Tabaco: era el Día Mundial contra la nefasta manía de fumar.
Por supuesto, sí, por supuesto que el tabaco es peligrosísimo y que las Autoridades Sanitarias, convertidas en los vigilantes de la playa urbana y nicotínica, advierten constantemente que el tabaco perjudica seriamente la salud. Pero ante estos avisos, se me vienen a la memoria las severas admoniciones con que los padres espirituales encharcaban nuestra adolescencia, bien pertrechados en sus amenazas de perdición eterna, si perjudicábamos el alma con las acciones pecaminosas.
Me resulta extraordinariamente conmovedor ese afán ilimitado que las Autoridades manifiestan cada dos por tres consistente en campañas para salvar al pueblo (pero sin el pueblo), parapetadas en un poderío algo anacrónico e Ilustrado, casi dieciochesco, como si el pueblo fuera un rebaño al que hay que inocular un virus protector cuando llega la época de la vacunación. (Mi tío Eufrasio, más desconfiado que una mula tuerta, dice que no me fíe, que algunas campañas poseen un doble fondo podrido y que le huelen a cuerno quemado).
Por ejemplo, la campaña contra el tabaco, dice. Yo es que me quedo viendo visiones, qué quieres que te diga. Resulta que las Autoridades Sanitarias pretenden proteger nuestra salud indirectamente, porque lo que realmente les interesa es disminuir, o anular si fuera posible, los gastos sanitarios que acarrean las enfermedades causadas por el tabaco. Y como no pueden andar por ahí soltando dicterios y diciéndole al personal “no fuméis, coño, que nos arruinamos”, van y organizan una campaña muy finamente publicitaria y aconsejan con delicadeza “no fuméis, hermanos, que perjudicáis seriamente vuestra salud”.
Y lo de USA es para echarse a temblar. Ya se sabe que en los Iunaitesteis todo es super-mega-desproporcionado y casi galáctico. Y allí, si se ponen a permitir, pues permiten que todo el mundo lleve armas, por ejemplo, y que puedan comprarlas en cualquier tienda como si te compraras una camisa. Y luego, no creas, no importa nada que la gente se mate, bueno sí les importa, supongo, o no. No sé. Pero nunca el peligro mortal viene de las armas, siempre procede de quien las utiliza mal: esquizofrénicos, psicópatas, depresivos, marginados y gente así, qué casualidad. Y allí, si se ponen a prohibir, pues prohíben que es una barbaridad, prohíben a todo meter, como si la prohibición fuese el émbolo de un artilugio salvador y mesiánico. De manera que se han vueltos medio locos prohibiendo lo del tabaco, que hay que mantener fuerte y vigorosa la raza, y lanzan campañas de salvación universal e influyen vigorosamente en las naciones de la vieja Europa para que, a su vez, se ‘posicionen’ decididamente contra el tabaco (peligra, si no, el negocio de las importaciones). Y estados USA hay en los que no se permite fumar en autobuses, bares ni sitios públicos, mucho menos en las instalaciones de organismos oficiales, ni siquiera a cinco metros de su entrada, para que veas. Y, al revés de lo que ocurre con las armas (que matan a otros), el peligro mortal no viene de quien fuma (que se mata a sí mismo), el peligro procede del tabaco, que es malísimo. Conclusión: hay que acabar con el tabaco.
Sin embargo, amigo mío, me quedo de piedra cuando leo que los auténticos ganadores en la “Guerra del tabaco” en Estados Unidos, han sido los abogados. Ellos han promovido la campaña, como campanuláceos jurídicos. Ya sabes que los abogados son en USA lo que aquí las castañuelas, o el chocolate con churros. De manera que les salen abogados por todas partes y son tan aficionados a los juicios que, por un tropezón en la vía pública, denuncian al Ayuntamiento y lo llevan al juzgado. Como aquí. Bien. Me quedo de piedra, te decía, cuando leo que los abogados que trabajaron para los Estados en el contencioso contra las compañías tabaqueras vienen a cobrar una minuta de 14 millones de pesetas ¡por hora!. Y que la industria tabaquera tendrá que pagar unos treinta billones, has oído bien, treinta billones a 46 Estados como contrapartida por sus gastos de Sanidad. A cambio, los Estados se comprometen a NO denunciar ante los tribunales, en lo sucesivo, a las compañías tabaqueras a pesar del perjuicio que el tabaco ha ocasionado u ocasione a la salud ciudadana.
Resumen. ¿A quién favorece la campaña contra el tabaco? No sé. Pero, desde luego, en este obsceno asunto no sólo se pretende salvar del cáncer de pulmón al personal. Hay otros a quienes resulta provechosísima la campaña. A los campanuláceos: «Plantas angiospermas dicotiledóneas, con hojas sin estípulas, flores de corola gamopétala y fruto capsular con muchas semillas y de albumen carnoso, como el farolillo y el rapónchigo». Que les aproveche.
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año 1999 - 06 junio
EL MANOSEO
(8-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, amigo. Si yo, en medio de un alarde de ingeniosidad conceptista, te hiciese de pronto una de esas preguntas idiotas que nadie sabe responder adecuadamente, me tomarías por gilí. Sin embargo, voy a hacértela. ¿Sabes en qué se parece una campaña política al romanticismo?
No es el momento ahora, ni mucho menos, de comentar la figura del romántico. Pero, desde luego, no me quedo con las ganas de afirmar —con el Larra juvenil de 1828— que existe un escaso conocimiento de lo que es el romanticismo. Y aunque los grandes ensayistas (Julián Marías, por ejemplo) aseguran que el romanticismo consiste en un concepto y en una forma de vida humana y que se extiende a todos los campos de la vida y de la cultura de Occidente, el personal cultillo se empeña en reducir el romanticismo a la literatura, bien abrigado por un ropaje literario y formal que, sin embargo, no deja de ser más que eso, la ropa que cubre al cuerpo.
Y qué quieres que te diga si nos apeamos de la cabalgadura cultiparla y descendemos hasta el personal de a pie. Aquí, la aplicación que se hace de ‘lo’ romántico a la vida es como para tirarse de espaldas agarrado a una higuera. Y como de vez en cuando me dan ataques de simplismo cultural que me incrustan como una cuña entre los balidos del personal de a pie, ahora me ha dado uno, y se me han olvidado repentinamente los libros y, en medio del ataque, voy a aplicar lo romántico a la política.
Bien. Una de las características románticas es el amor, ese atolondramiento afligidamente encendido en el que los enamorados, atraídos por la caducidad del deseo, se juran amor indefectible y eterno, te querré siempre, siempre, y todo eso. A continuación, se lanzan promesas de fidelidad recíproca (por eso tal vez lo del amor se simboliza con flechas) y jamás te abandonaré, prometen, y te haré feliz toda la vida, prometen, y te colmaré de felicidad, prometen, y te daré lo mejor de mí mismo, prometen, y todo lo mío será tuyo, prometen. De la misma forma, el político ‘campañero’ se torna repentinamente enamoradizo y jura amor eterno a las masas y se afianza en las promesas como un anacrónico don Álvaro que confía más en sus palabras que en la fuerza del sino. Y así, no hay escenario, ni localidad, ni teatro, ni plaza de toros en que el político, envuelto en una excandecencia oratoria y suprema por un lado, y coronado con la aureola salutífera de la originalidad por otro, no se afiance en las promesas de amor y jure dar más protagonismo a la mujer, solucionar el problema del paro, ampliar la cobertura del desempleo, promover la industria, fomentar la agricultura, impulsar las fiestas locales, desarrollar las propuestas de juventud, promover las asociaciones de amas de casa, mejorar la calidad de la enseñanza, proteger a la tercera edad, erradicar la violencia, extender lo de la tarifa plana de la sacrosanta triple www, extender los raíles del AVE, fomentar las instituciones culturales y restaurar la ermita del pueblo. La proliferación de las promesas aletea sobre las estupefactas coronillas de los oyentes como un misterioso y repentino Paráclito que afianza en el amor la relación vocingleramente amorosa del político y el pueblo. (Mi tío Eufrasio, mala pipa que tiene, asegura convencido que las promesas están hechas para romperse y que una cosa es predicar y otra dar trigo).
Bien. Otra de las características románticas es la del orgullo o satisfacción que el amante suele manifestar a causa de la amada, o al revés. De forma que ostensiblemente pasean su amor en público, y descienden una y otra vez al ámbito del manoseo (tal vez del baboseo), y se abstraen en la intimidad de las mutuas caricias, para que todo el mundo se entere y sean de alguna manera partícipes de su inmensa felicidad. El político ‘campañero’ también abusa del manoseo (y del baboseo). Y públicamente manifiesta su amor al pueblo, y no desperdicia ocasión, por poco propicia que ésta sea, de lanzar a los cuatro vientos su firme decisión de servir al pueblo, de sacrificarse por el pueblo, de llegar incluso a morir por el pueblo (algo así como Lopera por el Betis). Y así, empieza la murga pública y altisonante, y los coches de segunda mano empiezan a recorrer las calles de las poblaciones con sus viejos altavoces, y a lanzar la morralla desafinada de las promesas de amor para que todo el mundo sepa que próximamente, el día de las elecciones, va a tener lugar el ansiado enlace. Y es sorprendente la bondadosa y pública munificencia de las promesas, acartonadas por un sonsonete reiterativo y casi litúrgico: «Para que el pueblo se vuelva más humano y habitable (roguemos al Señor), vota PSOE». «Para que la juventud disponga de trabajo (roguemos al Señor), vota PP». «Para que la sanidad se extienda a todos los ciudadanos (roguemos al Señor), vota CREX». «Para que la enseñanza sea más pública (roguemos al Señor) —Anguita— que en gloria esté, vota IU». Y así.
Mientras tanto, todos los jovenzuelos de Coria cabalgan en sus motoretas, haciendo caballitos provocadores y soltando el humo de sus pedorretas ruidosas, rompiendo la placidez y los nervios de los paseantes en el paseo marítimo, o fluvial no sé, descoyuntando las ataduras de sus rebeliones a través de los tubos de escape, todos los jóvenes cabalgando en sus motocicletas, al viento los cabellos y al culo la mocita rubia que los empareja, esas niñas con carita de vírgenes impúdicas que los acompañan en sus piruetas motorizadas, muy al estilo de Al salir de clase y otros bodrios televisivos que los hipnotizan con el fulgor lechoso de la adolescencia. (A ver si el alcalde Mora hace cumplir la ley y la policía los obliga a llevar el casco y a colocar el preservativo de los ruidos, o sea el silenciador, en los tubos de escape, que ya va siendo hora).
En fin. Transcurrido el tenso y excitante día (12-MJ) de los esponsales entre el político ‘campañero’ y el pueblo, llega la noche nupcial. Y los recién casados, se asoman a la ventana. Una media luna, plateada y menguante, bendice sus promesas de amor eterno. Uno de ellos, pleno de romanticismo, dice:
—Amor mío, ¿qué te recuerda esa media luna en el firmamento?
Y el otro responde:
—Que esta noche hemos cenado melón.
Fin.
(8-6-1999)
JUAN GARODRI
Bueno, amigo. Si yo, en medio de un alarde de ingeniosidad conceptista, te hiciese de pronto una de esas preguntas idiotas que nadie sabe responder adecuadamente, me tomarías por gilí. Sin embargo, voy a hacértela. ¿Sabes en qué se parece una campaña política al romanticismo?
No es el momento ahora, ni mucho menos, de comentar la figura del romántico. Pero, desde luego, no me quedo con las ganas de afirmar —con el Larra juvenil de 1828— que existe un escaso conocimiento de lo que es el romanticismo. Y aunque los grandes ensayistas (Julián Marías, por ejemplo) aseguran que el romanticismo consiste en un concepto y en una forma de vida humana y que se extiende a todos los campos de la vida y de la cultura de Occidente, el personal cultillo se empeña en reducir el romanticismo a la literatura, bien abrigado por un ropaje literario y formal que, sin embargo, no deja de ser más que eso, la ropa que cubre al cuerpo.
Y qué quieres que te diga si nos apeamos de la cabalgadura cultiparla y descendemos hasta el personal de a pie. Aquí, la aplicación que se hace de ‘lo’ romántico a la vida es como para tirarse de espaldas agarrado a una higuera. Y como de vez en cuando me dan ataques de simplismo cultural que me incrustan como una cuña entre los balidos del personal de a pie, ahora me ha dado uno, y se me han olvidado repentinamente los libros y, en medio del ataque, voy a aplicar lo romántico a la política.
Bien. Una de las características románticas es el amor, ese atolondramiento afligidamente encendido en el que los enamorados, atraídos por la caducidad del deseo, se juran amor indefectible y eterno, te querré siempre, siempre, y todo eso. A continuación, se lanzan promesas de fidelidad recíproca (por eso tal vez lo del amor se simboliza con flechas) y jamás te abandonaré, prometen, y te haré feliz toda la vida, prometen, y te colmaré de felicidad, prometen, y te daré lo mejor de mí mismo, prometen, y todo lo mío será tuyo, prometen. De la misma forma, el político ‘campañero’ se torna repentinamente enamoradizo y jura amor eterno a las masas y se afianza en las promesas como un anacrónico don Álvaro que confía más en sus palabras que en la fuerza del sino. Y así, no hay escenario, ni localidad, ni teatro, ni plaza de toros en que el político, envuelto en una excandecencia oratoria y suprema por un lado, y coronado con la aureola salutífera de la originalidad por otro, no se afiance en las promesas de amor y jure dar más protagonismo a la mujer, solucionar el problema del paro, ampliar la cobertura del desempleo, promover la industria, fomentar la agricultura, impulsar las fiestas locales, desarrollar las propuestas de juventud, promover las asociaciones de amas de casa, mejorar la calidad de la enseñanza, proteger a la tercera edad, erradicar la violencia, extender lo de la tarifa plana de la sacrosanta triple www, extender los raíles del AVE, fomentar las instituciones culturales y restaurar la ermita del pueblo. La proliferación de las promesas aletea sobre las estupefactas coronillas de los oyentes como un misterioso y repentino Paráclito que afianza en el amor la relación vocingleramente amorosa del político y el pueblo. (Mi tío Eufrasio, mala pipa que tiene, asegura convencido que las promesas están hechas para romperse y que una cosa es predicar y otra dar trigo).
Bien. Otra de las características románticas es la del orgullo o satisfacción que el amante suele manifestar a causa de la amada, o al revés. De forma que ostensiblemente pasean su amor en público, y descienden una y otra vez al ámbito del manoseo (tal vez del baboseo), y se abstraen en la intimidad de las mutuas caricias, para que todo el mundo se entere y sean de alguna manera partícipes de su inmensa felicidad. El político ‘campañero’ también abusa del manoseo (y del baboseo). Y públicamente manifiesta su amor al pueblo, y no desperdicia ocasión, por poco propicia que ésta sea, de lanzar a los cuatro vientos su firme decisión de servir al pueblo, de sacrificarse por el pueblo, de llegar incluso a morir por el pueblo (algo así como Lopera por el Betis). Y así, empieza la murga pública y altisonante, y los coches de segunda mano empiezan a recorrer las calles de las poblaciones con sus viejos altavoces, y a lanzar la morralla desafinada de las promesas de amor para que todo el mundo sepa que próximamente, el día de las elecciones, va a tener lugar el ansiado enlace. Y es sorprendente la bondadosa y pública munificencia de las promesas, acartonadas por un sonsonete reiterativo y casi litúrgico: «Para que el pueblo se vuelva más humano y habitable (roguemos al Señor), vota PSOE». «Para que la juventud disponga de trabajo (roguemos al Señor), vota PP». «Para que la sanidad se extienda a todos los ciudadanos (roguemos al Señor), vota CREX». «Para que la enseñanza sea más pública (roguemos al Señor) —Anguita— que en gloria esté, vota IU». Y así.
Mientras tanto, todos los jovenzuelos de Coria cabalgan en sus motoretas, haciendo caballitos provocadores y soltando el humo de sus pedorretas ruidosas, rompiendo la placidez y los nervios de los paseantes en el paseo marítimo, o fluvial no sé, descoyuntando las ataduras de sus rebeliones a través de los tubos de escape, todos los jóvenes cabalgando en sus motocicletas, al viento los cabellos y al culo la mocita rubia que los empareja, esas niñas con carita de vírgenes impúdicas que los acompañan en sus piruetas motorizadas, muy al estilo de Al salir de clase y otros bodrios televisivos que los hipnotizan con el fulgor lechoso de la adolescencia. (A ver si el alcalde Mora hace cumplir la ley y la policía los obliga a llevar el casco y a colocar el preservativo de los ruidos, o sea el silenciador, en los tubos de escape, que ya va siendo hora).
En fin. Transcurrido el tenso y excitante día (12-MJ) de los esponsales entre el político ‘campañero’ y el pueblo, llega la noche nupcial. Y los recién casados, se asoman a la ventana. Una media luna, plateada y menguante, bendice sus promesas de amor eterno. Uno de ellos, pleno de romanticismo, dice:
—Amor mío, ¿qué te recuerda esa media luna en el firmamento?
Y el otro responde:
—Que esta noche hemos cenado melón.
Fin.
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