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lunes, 24 de agosto de 2009


LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR
(25-3-2001)
JUAN GARODRI


De pequeño, me producía un respeto sacrosanto el lema de la Real Academia Española de la Lengua, «Limpia, Fija y da Esplendor», ese respeto que desprendían algunas entidades altísimas y abstractas, Dios, Patria, Franco sí, Comunismo no, idioma Castellano o español, un respeto que se extendía como un olor, que giraba y levitaba como una emanación alrededor de nuestras cabezas humildemente infantiles, agachadas sobre las páginas de aquellos libritos de lectura en los que descaradamente (nosotros no advertíamos tal descaro) se exaltaba la figura del apóstol Santiago, ¡Santiago y cierra España!, se enaltecía el escudo nacional, ‘nuestro’ Escudo, el águila, fijémonos en los componentes de nuestro Escudo, empieza por un águila ¿verdad?, el águila es el ave más majestuosa que cruza los espacios, a ver, niños, qué es la corona, la corona ha sido siempre símbolo de imperio o jerarquía, el castillo de oro en campo de gules (desconocíamos su significado, quizá por eso era fascinante), el león, las barras, las cadenas, la granada, aquella granada abierta como una indecencia, niños, hay que fijarse en las columnas y la leyenda Plus Ultra.

Para mí, sin embargo, lo estupendo eran el yugo y las flechas, sobre todo después de la explicación que nos dio aquel viejo maestro (desapareció un día como por encanto, jamás volvimos a verlo) en la que aseguraba que el yugo era símbolo de esclavitud y sometimiento y las flechas significaban la traición por la espalda...

Un respeto sacrosanto, ya digo, me producían de pequeño las abstracciones patrióticas, esas que se expanden como un olor. Como un olor desaparecieron.
Se ha mantenido, sin embargo, mi respeto hacia el lema de la Real Academia de la Lengua. Y aunque se haya discutido hasta la saciedad la congruencia o incongruencia lingüística de lo del «Limpia, Fija y da Esplendor», tengo que confesar que me ha sentado como una patada en el escroto la información de hace unos días, esa que habla del ‘apasionado debate del «espanglish» en Nueva York’.

Resulta que un tal Ilan Stavans, profesor de «espanglish» en el Armhest College de Massachusetts se dedica a guasearse del lema de la Real Academia con argumentos tan imbéciles como el de que se impuso el español en América gracias a tal lema, acompañado de la cruz y la espada. Bueno, es que está uno tan aburrido de oír siempre la misma música melopeica (aunque quizá históricamente verdadera o algo verdadera), que el sonsonete te produce hastío, ese fastidio de la antigualla que cuelga de las cuerdas de tender para solearse en los balcones de palo. Y el tal Ilan Stavans no hacía caso al lingüista Humberto López Morales (secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española) que lo reconvenía y le recordaba que el lema de la Academia es del siglo XVIII y que una interpretación coherente de la Historia presupone que el hecho en cuestión ha de interpretarse con la mentalidad de la época en que se produjo, y no con la de ahora. Pero ni por esas. Conozco a Humberto López Morales, he asistido a alguna de sus conferencias. Así que muy cabreado debía de estar para utilizar su erudición mezclada con la guasa y con el humor fino hasta el punto de hacer reír a los presentes. Finalmente, le recordó al tal Stavans que «pese al deseo de la Corona española de castellanizar al máximo sus colonias americanas, el pacto que suscribió con el Vaticano le daba carta libre a los misioneros para predicar el Evangelio en las lenguas indígenas, razón que explica, por ejemplo, la pervivencia del quechua, y que sólo tras las independencias, en el siglo XIX, se propagó desde los nuevos gobiernos el uso generalizado del español».
Al hilo de lo anteriormente expuesto, otra información reciente, de estos días, asegura que «casi la mitad de los españoles no lee libros». Y uno concluye que si el 42 por 100 de los españoles no lee libros, tampoco los compra, porque para qué va a comprarlos si no los lee. Y que si la mitad de los que leen, o sea un 29 por 100, saca los libros de la biblioteca pública, a ver por qué se editan tantos libros en España, más de 52.000 títulos el año pasado, puesto que sólo los compra el 29 por 100 restante. Hay algo que, aparentemente, visto así, como desde lejos, no encaja. Tal vez sean generalizaciones ( y digo ‘tal vez’, que luego siempre aparece tras la esquina el que se pica) como la que se airea estos días referente a que las mujeres cobran el 22 por 100 menos que los hombres. Nada más lejos de mi intención que ponerlo en duda. Pero se me ocurre observar que dicho así, en general, “las mujeres”, aparece como afirmación extensivamente difusa. Porque el sintagma “las mujeres” engloba, por denotación semántica, a todas las mujeres, ampliación que no se corresponde con profesoras, maestras, enfermeras, funcionarias, juezas, magistradas, periodistas y demás colectivos pertenecientes a profesiones liberales, que cobran igual que los hombres. De lo cual se deduce, me parece, que hay muchas mujeres que cobran tanto como los hombres, aunque, evidentemente haya otras muchas, quizá más, que cobran menos que ellos. Hay quien matiza la afirmación y dice que son “ las mujeres trabajadoras” las que cobran menos que los hombres. Y se me ocurre pensar si maestras, profesoras, enfermeras y demás personal femenino citado anteriormente no son también mujeres trabajadoras, o si no lo son por el hecho de percibir unos haberes iguales a los de maestros, profesores, enfermeros, jueces, etc.
En estas que aparece mi tío Eufrasio,

-Qué haces -me dice,

-Nada -le respondo-, aquí escribiendo mi artículo semanal,

-No te molestarás si te digo que estás meando fuera del tiesto,

-Por qué me dice eso,

- Porque empezaste escribiendo sobre el lema de la Real Academia Española y has terminado con el tema de la mujer trabajadora,

-Pues es verdad -le digo-, pero no siempre le van a salir a uno los artículos bordados,

-Pardillo -me dijo.
Y todavía no sé por qué adoptó su característico aire despectivo y me llamó pardillo.

domingo, 23 de agosto de 2009


LA EXPOSICIÓN
(18-3-2001)
JUAN GARODRI


Bueno, pues resulta que el día 13 de los corrientes, frase hecha, me invitaron a una exposición. Ya va teniendo uno, a nivel local, naturalmente, en el país de los ciegos el tuerto es el rey, cierto halo de personaje culto. Pienso, no obstante, que la gente se confunde conmigo. Algunos me consideran un hombre culto, aunque yo mismo no sabría definir con certeza el concepto de cultura. ¡Oh, la cultura!, ese juego esotérico entre iniciados que fabrica escasez para que resulte difícil acceder a ella. Así que acudí a la exposición que tenía lugar en el Museo de la Cárcel Real, extraordinario edificio del siglo XVII, hace poco reconstruido, en el que tiene su sede el museo epigráfico y etnográfico de Coria. El museo de la Cárcel Real empezó su andadura disponiendo de presupuestos considerables para montar exposiciones importantes, por ejemplo, la de Miguel Ángel Bedate o la de AFINSA, que logró exponer grabados de Goya dedicados a la tauromaquia, además de obras de Machaco (disculpa, tronco, sé que me vas a mandar a hacer gárgaras con vino, pero tengo que citarte) y la escultura del Torero, Guayasamín y otras obras de otros artistas. Posteriormente, el presupuesto del museo para exposiciones ha ido descendiendo hasta quedar reducido a exposiciones de nivel local, eliminadas las pretensiones acumuladoras de personal de cierto renombre.
La exposición a la que me invitaron era de fotografía. (Y lo sigue siendo, puesto que continúa abierta al público hasta el día 8 de abril). La exposición lleva por título FOTO Y NATURA 2001 y alienta en ella la idea de utilizarla para realizar intercambios culturales con Castelo de Vide (Portugal) o con la I.C. Cultural El Brocense (si lo permiten los mandamases, naturalmente). Participan en la exposición tres artistas de la fotografía, a saber, Carlos Sánchez González (Coria, 1966), Ángel Martín García (Coria, 1970) y José Ignacio Sánchez Albalá (Coria, 1965). Los tres poseen reconocida experiencia puesto que cada uno ha realizado exposiciones fotográficas, algunas importantes, en ámbitos reales individualizados, además de colaborar como fotógrafos en revistas y periódicos. Carlos Sánchez (quizá el más profesional, fotográficamente hablando, por el control absoluto de lo que es la imagen, además de ser miembro de la Asociación de Fotógrafos de Naturaleza de España) consigue pormenorizar increíblemente detalles insólitos de la fauna y la flora de la comarca, esos detalles que el ojo no ve y que él ha sabido exteriorizar plásticamente. Nacho Albalá (presidente de CICONIA, Asociación para la defensa y protección de la Naturaleza) concreta en sus paisajes la extraordinaria grandiosidad de los Canchos de Ramiro, o la imponente impresión majestuosa de las alturas de Jálama, o el vuelo ascendente de los buitres mecidos en su propia libertad. Las fotos pretenden llamar la atención sobre el Centro de Interpretación Ambiental de Cachorrilla, para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro que recientemente ha sido incluida en zona ZEPA (Zona especial de protección animal). Y, ya que se pone a tiro la cosa, he de comentar que este Centro de Interpretación de Cachorrilla, con la importancia extraordinaria que posee para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro, junto a su fauna y su flora, no ha recibido la más mínima atención, ni ayuda, de organizaciones institucionales ni de entidades bancarias. Será porque los buitres aportan pocos votos y escasa rentabilidad bancaria. Solamente ADESVAL (Asociación para el Desarrollo del Valle del alagón) ha subvencionado considerablemente al Centro de Interpretación. Ángel Martín, director de Arentia, esa publicación local desinhibida y espontánea, algo provocadora y aguafiestas "que levanta la cama de las piezas que llevan tanto tiempo aposentadas en ella y, de paso, remueve algún culo atornillado en las poltronas de las covachuelas oficiales", como escribí en otra ocasión, Ángel Martín, decía, es el tercer fotógrafo. Contempla la naturaleza desde una óptica distinta y, a la vez, de denuncia. Esa otra naturaleza que forma parte de la misma pero que nadie quiere ver: graveras, vertidos industriales a ríos, cultura del botellón, etc. Foto y Natura ha sido una oportunidad para poder mostrar la otra cara de la naturaleza. La sociedad de consumo en la que estamos inmersos es su segundo enemigo. El primero es el hombre, tal y como ya casi no nos atrevemos a imaginar. La naturaleza exige mucho más de lo se pueda plasmar en instantáneas. El zoom de Ángel Martín es el zoom crítico de alguien que, cámara en ristre, se resiste a que esa naturaleza apabullada pase desapercibida.
Acotación explícita. Sólo 12 personas acudimos a la inauguración de la exposición. El director del museo, Juan Pedro Moreno, con un entusiasmo digno de encomio, como si estuviera ante un auditorio numeroso, resumió inteligentemente el contenido de la exposición y la trayectoria artística de cada uno de los exponentes. Sólo 12 personas, repito. ¿Dónde estaban los políticos, representantes del Ayuntamiento, gestores de entidades bancarias? Ni uno. ¿Dónde estaban los medios de comunicación, los corresponsales de prensa local, los corresponsales de radio, los fotógrafos? Ni uno. Un amargo sabor de boca teníamos los presentes, una sensación de minoría silenciada y semiclandestina. Teníamos la sensación, yo al menos, de que la hipocresía social ­se extiende como la tinta, de una forma densa y aun repulsiva o despreciable que no puede considerarse solamente sucia sino obscena, porque lo sucio es cualidad que se asienta en las cosas, es algo propio de las cosas como puede serlo lo limpio, no es una cualidad inherente al objeto la suciedad. Una cosa no es sucia, una cosa está sucia, por lo que su atributo de suciedad es accidental, razón misma por la que en cual­quier momento puede dejar de estarlo. Pero la obscenidad reside en la mente, se trata más bien de una noción abstracta, y por ende de algo interno que se asienta en la profundidad y en las entrañas o en la inten­ción de la persona, de manera que nadie puede asegurar con propiedad que la hipocresía social está obscena: tiene que afirmar, en caso de planteárselo, que la hipocresía social es obscena, de lo cual se deduce que la obscenidad es una cualidad inherente o permanente a la hipocresía.
"Hay tiempos en que todo parece condenado / al terrible silencio de los muertos", dijo Manuel Pacheco. Eso.


FÚTBOL Y PARALITURGIA
(11-3-2001)
JUAN GARODRI


Desde que Jenófanes el Eleata, allá por el s. V a.C., elaborara una especie de filosofía de la religión, diciendo cosas como que «los dioses están cortados por el patrón de los hombres», hasta que en el siglo XIX Ludwig Feuerbach se empeñara en sistematizar el «absurdo del absoluto» para derrocar el dualismo de religión sobrenatural y mundo sensible, los hombres no han parado en su intento por desmitificar lo religioso y enterrar de una vez el difunto espíritu de la teología. Y así, los pensadores modernos (Kant, Schleirmacher, Locke, Rousseau, Marx, Kierkegaard, Lenin, Vaihinger o Unamuno, por citar algunos) elaboran una filosofía de la religión a base de determinar una solución negativa al problema de la esencia de lo religioso, retorcidos unos por la duda y anclados otros en el descreimiento. En consecuencia, poco a poco se extendió el agnosticismo como un lento río de dudas y aprensiones, porque a ver cómo se solucionaba si no el problema de la ciencia, y el personal empezó a pensar que la religión y, en definitiva, el hecho religioso, era cosa que apenas tenía que ver con uno mismo, acuciado como andaba el gentío por problemas tan reales como el cientificismo tecnológico o la economía.
Pues mira tú por donde, a mí me parece que no. ¿Por qué? Porque entonces no existía la cosa del fútbol. Vamos, que se han equivocado los sabios, o séase, que la han cagado, por mucho que los productos de sus preclaras inteligencias aparezcan sistematizados en los manuales de historia de la filosofía. Quiero decir, a través de estas irreverencias filosóficas, que dichos filósofos no profundizaron en una constante vital, esa que define al hombre como hombre: la sed de trascendencia. Te ruego que disculpes la sonoridad rimbombante de la frase, pero pienso que no ando descaminado. De siempre, el hombre ha mantenido relaciones con la divinidad, es decir, con algo superior y exterior a él mismo, con algo que lo trasciende. Es más, el hombre se ha entregado casi ciegamente, ha entregado su ser a esa trascendencia, se ha abandonado en ella, en una especie de suicidio del alma, tal como dijo Camus. En todas las culturas, en todas las épocas, el hombre ha tendido a una relación con “lo Otro”, aunque esta relación haya sido casi siempre de sometimiento, de temor o miedo al castigo, de liturgias para atraer la protección divina, de oraciones para alejar el hostigamiento del mal. Si en otros tiempos el gentío se aferraba a la religión (a sus ritos, más bien) para superar la efímera contingencia de lo cotidiano, hoy día, rechazada la religión si no como un concepto sí al menos como una práctica, rechazada como algo que se considera retrógrado o no progresista, ha surgido hoy día, ya digo, un nuevo movimiento religioso, una nueva religión que ayuda al personal a superar sus frustraciones y rencores diarios, una nueva religión con más fuerza, si cabe, que las religiones tradicionales: se nos ha aparecido el fútbol.
Pensarás que estoy frivolizando el tema religioso, pero no. A poco que te detengas a observar cualquier acontecimiento futbolístico, caerás en la cuenta del extraordinario parecido que se corresponde, con minuciosa fidelidad de calcomanía, entre el lance futbolístico y el acontecimiento religioso. Mientras la liturgia inicia la acción religiosa con cánticos popularizados para desperezar la fe, la unidad, la fraternidad de los asistentes y favorecer la plegaria (Juntos como hermanos / miembros de una iglesia / vamos caminando / al encuentro del Señor...), los organizadores del evento futbolístico largan a todo meter los decibelios de los altavoces y resuena por el campo de fútbol la atronadora melodía de los himnos, esos aperitivos musicales utilizados para desentumecer las gargantas y disponerlas al grito o al insulto (Hala Madriiiiid, hala Madriiiid / a vencer en buena liiid, etc —Atleeeti, Atleeeti / Atlético de Madriiid, etc). Los estadartes, escapularios, albas, casullas, roquetes, imágenes, estampas y reproducciones religiosas, se corresponden con bufandas, chalecos, gorros, camisetas, cromos y otras reproducciones futboleras. Las catedrales y los estadios, las iglesias y los campos de fútbol, las ermitas y la era para patear un balón. Los santos patronos son Raúl y Figo o Roberto Carlos, Rivaldo o Guardiola, Djalminha o Mendieta (omito deliberadamente el juego de palabras del exorcizado Losantos, símbolo de un demonio concreto y desavisado). El árbitro es el ángel malo, un satanás redivivo al que hay que conjurar con el agua bendita del insulto. El gol es el ángel bueno, ese resplandor incandescente que se cuela en las gargantas para la salvación de tantos. Es admirable, por otra parte, el espíritu guerrero y combativo de la terminología futbolística: ariete, defensa, ataque contra la escuadra enemiga, de la misma manera que el espíritu del hombre religioso era combativo contra el pecado, tal como Íñigo de Loyola lo diseñó en sus Exercicios. La lucha contra el enemigo es a muerte, no hay más que recordar el gol anulado a Rivaldo el día del derby del milenio, ¿gol, robo o conspiración?, gol que trae de cabeza a la casuística futbolera de toda España, lo cual que se corresponde el interrogante con el de )es pecado bailar, no es pecado bailar? que traía por la calle de la amargura espiritual a los moralistas de otras épocas. Efectivamente, el pecado futbolístico consistió en el hecho de admitir si Rivaldo la metió o no la metió a consecuencia de su chutazo, de la misma forma que en la casuística moral los entendidos trataban minuciosamente de elucidar si se metía o no se metía a consecuencia del chutazo en el abrazo del baile.
No olvides, por otra parte, el fundamentalismo futbolero, comparable al religioso. A alguien conozco que estaría dispuesto a dar parte de su vida, incluso de su hacienda (150.000 pelas por una entrada supone parte de la hacienda individual, digo yo), con tal de ver morir al Barça entre los atroces tormentos del descrédito y la descomposición futbolística, hundido en la miseria de la cola clasificatoria.
Coloquio. ¿Necesita o no necesita el hombre algo que lo trascienda, algo en qué creer, algo a lo que aferrarse para superar, más o menos equilibradamente las humanas contingencias? (Quién le iba a decir a Feuerbach que su «absurdo del absoluto» iba a ser superado por un cuero hinchado de aire! Ahí queda la idea para algún aficionado a las tesis doctorales.

domingo, 16 de agosto de 2009

NOSTRADAMUS Y EL INFIERNO
(4-3-2001)
JUAN GARODRI

Desde siempre, el hombre se empeña tenazmente en la consecución de lo imposible, a saber, la averiguación del futuro y, sobre todo, el conocimiento de acontecimientos futuros. Supongo que todas las culturas, desde Adán para acá, lo han intentado. Pero vamos, ahora mismo mi memoria solamente se remonta a la época romana. Los augures, aquellos sacerdotes que vivían del cuento de interpretar la voluntad de Júpiter para aplicarla a los actos de la vida pública, se valían de auspicios para su menester, bien concentrados en el auguráculo y bien adornados con su toga pretexta. Ya se sabe que a pesar de la parafernalia pontifical acertaron poco.
Michel de Nostre-Dame, que fue médico de Carlos IX y de Catalina de Médicis, adquirió notoriedad en el ejercicio de la medicina, y hoy nos hubiera venido como anillo al dedo, que se dice, para combatir lo de las vacas locas y la fiebre aftosa porque adquirió notoriedad especialmente por sus remedios contra las epidemias que asolaron Francia en aquel tiempo. Pero Michel de Nostre-Dame también fue astrólogo, y de mucho fuste, porque con los conocimientos rudimentarios (o quizá no tan rudimentarios, como suponemos desde nuestra actual petulancia científica) que poseía, fue capaz de pronosticar, y acertar, la muerte de Enrique II y de publicar almanaques con anuncios meteorológicos, algunos de ellos acertados, sobre todo Las Centuries, aparecidas en Lyon en 1555, relativas a acontecimientos futuros que se verificarían a una distancia de siglos. Y aunque las escribió en verso (de ahí lo del “las” porque utilizó cuartetas), hizo sus predicciones en medio de un lenguaje cabalístico y enigmático que inducía más a la confusión que al estremecimiento. Pero la gente lo creía.
Poco se imaginaba, sin embargo, Michel de Nostre-Dame, Nostradamus, aquel médico y astrólogo francés del siglo XVI, el descrédito en que iba a caer 550 años después de haber efectuado sus predicciones. Es que no ha dado una.
Cuando yo era adolescente, se me ponían de punta los pelos del cogote cuando pensaba en el terremoto gigantesco que destruiría el mundo en 1960. Así que cuando llegó la fecha fatídica, me fui al trote hasta los Cuestos de Mínguez y allí me mantuve durante horas, sentado en una peña, sin comer ni beber, mirando la catedral y el castillo que iban a desmoronarse de un momento a otro, engullidos por las grietas del suelo y el desbordamiento sin límites del Alagón. Al anochecer tuve que volver a casa, respirando tranquilo porque había salvado el pellejo, (o lo salvaría, porque si no se había hundido el mundo a lo largo del día era de suponer que tampoco se hundiera en las pocas horas que faltaban para que terminase) y pelín decepcionado porque durante aquellas horas de angustiosa espera no se había movido ni el aire.
En nuestros días, los señores científicos, que son los augures del tercer milenio, se empeñan en descolocar nuestras aprensiones y van y se reúnen en Ginebra para que nos zurremos vivos con sus predicciones, la mar de pesimistas. Bueno, desde el hambre hasta las inundaciones, desde la sequía hasta las enfermedades provocadas por todo tipo de virus, estaremos rodeados de desastres. El Planeta será, según donde a cada uno le toque la china, o inmensas extensiones anegadas bajo el nivel de las aguas a causa del calentamiento progresivo de los conos polares, o un gigantesco desierto acuchillado por el sol y la sequía producida por el cambio climático, o un inconmensurable cementerio en el que irán acumulándose los cuerpos sin vida de los seres humanos que ya, a esa altura del desastre ecológico, ni serán seres humanos ni nada, destruídos por virus, enfermedades, plagas, padecimientos y desgracias sin cuento.
Llegados a este punto de la reflexión destructiva e ignívoma, ¿qué diferencia puede establecerse entre el infierno escatológico y el desastre ecológico? Salvo la imagen de Pedro Botero removiendo con el tridente el hirviente líquido de las calderas, ninguna. Ya se sabe que a cada pecado correspondía una buena aguadilla en el líquido apestoso y un buen pinchotazo que el demonio correspondiente nos aplicaría en las posaderas. Y eso ocurriría durante toda la eternidad, ahí es nada. La eternidad, aquella bola de hierro recorrida sin cesar por una hormiga hasta conseguir partir en dos la bola: pues bien, en ese momento no hacía más que empezar la eternidad. ¡Horror! Billones, trillones de aguadillas y de pinchotazos en el trasero y aún no había empezado la cosa. Un infierno parecido predicen los científicos.
Puede que tengan razón, pero pienso que, en lugar de asustar al personal, deberían dirigir sus amenazas contra la poderosa industria internacional y contaminante. Por ejemplo, prohibir a nivel mundial la fabricación de coches que utilicen como combustible el petróleo y que obliguen o impongan la fabricación de vehículos movidos por energía eléctrica o solar. Que prohíban a nivel mundial la fabricación de armas químicas y obliguen a la utilización del uranio con fines pacíficos. Que empalen sin consideración a las grandes compañías madereras que destruyen los bosques del Planeta. Mientras no se haga esto, ¿de qué vale que amenacen a la ciudadanía con el infierno ecológico por no separar en la bolsa de la basura los envases de vidrio de los residuos sólidos urbanos?
Es posible, por otra parte, que dentro de doscientos años, el hombre haya solucionado el problema ecológico porque, como dice Manuel Alcántara, «el ser humano se adaptará a lo que venga. La vida está hecha de supervivientes».
LA CULTURA DEL CUL(T)O
(1-3-2001)
JUAN GARODRI


No intento emular a Javier Marías, no pretendo igualar sus acciones literarias, mucho menos excederlas, ni seguir sus pasos convirtiéndome en un epígono de su tendencia a criticar el desastre en el que la ciudadanía anda metida, acogotada por los mandamases.
En El Semanal (18-02-01) que adquiero con el HOY, Marías reproduce el inútil pataleo ciudadano, dentro de un artículo protestonamente literario, que encabeza con el título de Al rico desastre, adoptando la actitud vocinglera del vendedor de pipas que, en lugar de desastres, vende bocadillos y cocacolas en el graderío del fútbol. «Un país en el que nada funciona en lo cotidiano, ni lo público, ni lo privatizado ni lo privado, y al ciudadano se le ponen sólo obstáculos e impuestos, es un desastre», dice. Menos mal que un escritor de renombre nacional e incluso internacional, mal que pese a muchos, se preocupa de airear los desastres diarios del ciudadano humilde, pagador y desprotegido, con el culo a las goteras.
Yo también he denunciado desde estas mismas páginas la desprotección doméstico-ciudadana, en el ámbito de la administración local, quizá regional, y nadie me hace caso, pluma desconocida la mía, tal vez dentro de 100 años alguien me incluya en alguna antología de la mediocridad, «enjambre multitudinario de escritorzuelos y poetambres», tal como hace ahora Juan Manuel de Prada en Desgarrados y Excéntricos ...
Así que existe «el rico desastre», quién lo duda. Sin embargo, a mí me parece que para solucionar esta especie de guiñol nacional, ciudadana y domésticamente desastroso, los cráneos privilegiados que manejan las altas instancias, o estancias, no sé, programan y potencian la cultura del cul(t)o. La redundancia tal vez sea diversificadora y despiste al lector. Me explico.
a) En primer lugar, se toma aquí el concepto de cultura en su acepción popular, es decir, como el conjunto de manifestaciones en que se expresa habitualmente la vida del pueblo, o algo así.
b) Mi educación literaria no me permite el uso de la caspa verbal y del pedorreo expresivo, al estilo del vocabulario de los personajes (¿personajes?) del Gran Hermano, Crónicas Marcianas y otras culturas del cul(t)o, promocionadas sin parar por la idiocia televisiva. Así que me permito la licencia de introducir una t parentética (t) al final de la frase, lo cual que disimula la deshonesta impresión que así, a secas, produce la palabra. Sugiero que, en consecuencia, cada cual omita o no la t, según la herida de su sensibilidad personal.
Mi tema (ahora lo llaman argumento) es el siguiente: La promoción, desarrollo e implantación de la cultura del cul(t)o es utilizada, quizá perversamente, para distraer al personal, ya digo, para que el gentío no advierta lo de «al rico desastre» y, en consecuencia, no proteste, o proteste menos, o se aguante. Menudo filón con lo de la prensa rosa, ese corazón de invierno con reportajes sobre la vida de los famosos (¿quién, cómo, cuándo, por qué los han hecho famosos?), sus vidas, sus ratos de ocio, sus sentimientos y sus gustos, sus encamaciones y calentamientos, sus separaciones y enfriamientos, espléndida manifestación diaria de la cultura del cul(t)o. Y si la idea de culto supone una adoración, o veneración al menos, de alguien a quien se considera superior, si supone un conjunto de ritos y ceremonias con que se tributa homenaje a alguien, dime, amigo, si no ocurre así con la cultura del cul(t)o. La boca abierta se le queda al gentío, veneremur cernui, cuando contempla absorto las idas y venidas de culimajos y culifinas, ese 'sabor a ti' que destilan los magazines de la tarde y degustan los adictos al trapicheo sentimental, esa droga visual que transforma la frustración diaria en imaginarias identificaciones íntimas, que eleva los anhelos cotidianos a un cielo inalcanzable, que coloca a la altura del mando a distancia la posesión de un cuerpo, de un vestido, de un perfume, de un coche, de un estilo de vida tanto más alejado de quien contempla anhelante la pantalla, cuanto más implicado se encuentra éste en la ordinariez rutinaria de la propia vida.
Es el trajín de la cultura del cul(t)o.
Qué decir de esos programas de entretenimiento, atiborrados del hedor de la medianoche, programas en que la congestión de la imagen y la palabra produce un desvanecimiento de la realidad provocado por tipos estrafalarios, embutidos en el tarugueo mental de su propio personaje, que se empeñan denodadamente en demostrar que todo cuanto acontece es una aberración de la que ellos, naturalmente, están libres, o están por encima de los demás, porque visten o se peinan antisocialmente, porque andan en pelotas, porque follan, porque se masturban en grupo o porque se lo hacen con el perro si se tercia. Decidme si no es la cultura del culo, ahora sin (t) parentética.
Y aunque el personal es libre de hacer, de observar, incluso de pensar lo que le apetezca, observo, a mi modo de ver, que toda la cultura del cul(t)o no deja ser un producto manipulado por aquellos a quienes interesa que el gentío no se preocupe, u olvide, lo de «al rico desastre».
Fin de lo elegíaco.