TAXONOMÍA DE LA IDIOTEZ
(24-11-2002)
JUAN GARODRI
A veces duda uno si conceder o negar la razón a Arturo Pérez-Reverte cuando utiliza esa metáfora descalificatoria según la cual España es el país con mayor número de gilipollas por metro cuadrado. Partiendo de ese sarcasmo globalizador de Pérez-Reverte, producto más bien, me parece, de la decepción patria que del insulto agresivo, habría que establecer una diferenciación exhaustiva, probablemente imposible, entre las distintas clases de gilís, hasta conseguir una taxonomía de la gilipollez mental y aplicarla a la ordenación jerarquizada y sistemática, con sus nombres, de los grupos de gilipollas que andan por ahí sueltos, perfectamente diferenciados. La tarea no sería difícil si se tratase de una investigación de campo objetiva y aséptica en la que pudieras diferenciarlos. Tomarías tu máquina fotográfica, tus botas de montaña y tu macuto y te lanzarías camino adelante para recorrer la ‘maravillosa geografía de España’ y proceder a la búsqueda del gilipollas en un proceso agotador y sudoroso de catalogación determinante. El problema, sin embargo, reside en que te encuentras con el primer gilipollas y resulta que no es tan tonto o lelo como lo define el diccionario de la RAE. Es más: se las da de listo y se las apaña para darle la vuelta a la tortilla y conseguir que allí el único gilipollas seas tú. Porque suelen darse cuatro casos bien diferenciados, que dicen los charlistas científicos: a) que la gilipollez sea general, caso encuadrado en el pensamiento catastrofista de Pérez-Reverte, b) que tú consideres gilipolllas a los demás, caso encuadrado en el pensamiento arrogante subjetivo, c) que los demás te consideren gilipollas a ti, caso encuadrado en el ámbito del acontecer diario, y d) b y c conjunta e indistintamente. Caso concreto: Se aproxima el fin de semana y decides salir a cenar con tu mujer y otra pareja amiga. Aún es temprano, así que te dispones a repostar en una de las estaciones de servicio que se encuentran en la carretera. Desciendes del coche como un señor y miras hacia los cuatro puntos cardinales a ver si aparece alguien para servirte. Nada, ni una rata. El cabreo sordo de la gasolinera (síndrome) empieza a calentarte las orejas, o sea, que encima que pagas tienes que autoservirte. Inspeccionas el surtidor y no hallas el dispositivo apropiado para marcar la cantidad. De repente, una voz inesperada y aburrida surge de un megáfono colgado de no se sabe dónde,
—parte superior izquierda, botón rojo y siguientes.
Con toda la prevención del mundo, aprietas el botón rojo. Nada. Como si hubieras apretado el ombligo de Ronaldo. De nuevo la voz, admonitoria y desconsiderada:
—Descuelgue después la manguera, por favooor.
La manguera está dura como la pata de Perico de modo que antes de que puedas meterla en el orificio del depósito se le escapa un chorretón de gasoil que te deja perdida la mano izquierda. Te cagas por lo bajo en el gilipollas de la oficina que, tras los cristales, contempla sin duda regocijado, tu incapacidad aprovisionadora. Te diriges a la cristalera y le gritas que dónde carajo hay unos guantes de plástico. No te entiende. Hay que utilizar la mímica. Con gestos te responde que no hay existencias, que utilice el papel que aparece enrollado al lado del bidón de la izquierda. Y una mierda. El pestucio del gasoil perdurará toda la noche y fastidiará la cena. Pregunta: ¿En qué apartado taxonómico puede encuadrarse el grado de gilipollez exhibido? ¿En el b, en el c, o en el d? Desde entonces, has prometido ante el altar de la ignominia que nunca utilizarás gasolinera en la que uno tenga que autoabastecerse.
Segundo caso. Recibo una llamada telefónica y miro en la pantallita del famitel, qué raro, un número con el prefijo 958, a qué provincia pertenece el número 958, no sé, no recuerdo, Soria no es, ni Badajoz, ni Cáceres, ni Salamanca, voy recordando los prefijos al alcance de mi memoria, termina el tono de llamada y contesto,
—Diga,
una voz adolescéntula responde,
—Oye, tío, no estará Laura por ahí,
—No, se ha equivocado», respondo—, aquí no vive ninguna Laura»,
—¿Te quieres quedar conmigo o qué, dice la voz.
—No quiero quedarme con nadie, pero creo que se ha equivocado», contesto.
—Venga ya, tío, no pongas la cosa chunga y avísame a Laura, tío.
Impelido por el tuteo avasallador y repentino, exclamo
—Si quieres que te lo diga en inglés, puedo hacerlo, pero aquí no vive ninguna Laura.
—Vale, tío, tampoco es para ponerse así, chao,
y colgó. Ante una llamada tan imprevista y sorprendente, a uno se le queda una cara de gilipollas entenebrecida y nublada. Así que para paliar los efectos de la catacresis transformada en sorpresa frustrante, me decido a consultar las Páginas Blancas de telefónica, ese librito en el que casi nunca encuentra uno lo que busca. Efectivamente, ahora tampoco lo encuentro. Por más que las hojeo de atrás adelante y de delante atrás, no aparece por ningún lado la lista de prefijos de las provincias españolas. “Si lo que desea es localizar un número de un servicio de interés, acuda a la página 7”. Allá me fui, convencido de que el listín de prefijos de las provincias españolas es un servicio de interés, pero nada. Correos, Renfe, Ayuda en carretera, Fundación de ayuda contra la drogadicción, y otras informaciones. Pero de prefijos, nada. Es imposible, pienso, en ediciones anteriores aparecía un mapa de España, muy bien contorneado, y cada provincia mostraba su prefijo dentro de un cuadrado resaltado en negrita. Así que llamo al 1003. Una voz en off me da la bienvenida y me informa de no sé cuántos servicios activos para facilitarme la vida. Una voz real me pregunta qué deseo. «Tres cosas», respondo. «1. ¿Aparecen los prefijos provinciales en algún lugar de las Páginas Blancas? 2. ¿A qué provincia corresponde el prefijo 958? 3. ¿Es gratuita esta llamada al 1003?». La voz, con acento extranjero, se arma un pequeño lío: no sabe si los prefijos aparecen o no en las PB, me notifica que el 958 corresponde a Granada después de unos segundos de silencio y me informa sin titubeo de que la llamada cuesta 0,30 euros. Cincuenta pesetas, que antes me ahorraba consultando el mapa de prefijos que aparecía en la guía telefónica.
Que alguien me diga, si alguien puede saberlo, por qué razón nos consideran como idiotas, vulgo gilipollas, a los usuarios de los servicios más elementales.
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martes, 15 de septiembre de 2009
DAR CAÑA
(17-11-2002)
JUAN GARODRI
La gente me dice, pero qué es lo que escribes, siempre hablando de lo mismo, que si poca cultura, que si mierda de televisión, que si Sócrates y los filósofos, que si la literatura y los escritores, y alguna vez, para variar, que si la Logse y sus epígonos. Pero lo que es dar caña, tío, es que no das caña nunca. Y los que tenéis oportunidad de escribir en los periódicos deberíais dedicaros a eso, a dar caña inmisericorde a tanto hijo de puta como anda por ahí suelto.
Y yo me pregunto, sumido en la soledad de mis reflexiones, qué impulso incontrolable lanza al personal a elegir la caña para desahogar sus putrefacciones, para equilibrar sus desequilibrios, para afianzar sus inseguridades. En qué razonamiento se fundamenta el gentío para preferir la caña al diálogo, el palo a la bondad, la bronca a la concordia.
Qué clase de filosofía se tenga depende del hombre que es cada cual, ha dicho Fichte. En este sentido, Schopenhauer da caña constantemente a todo cuanto le rodea. Resentido quizá por el probable suicidio de su padre y por el egoísmo distante de su madre, se cisca en los filósofos que han conceptualizado el mundo como algo perfecto y ataca, sobre todo, a Hegel y a Leibniz, representantes de un optimismo que se le antoja absurdo (aunque la verdad es que Hegel le hizo morder el polvo en la universidad de Berlín: pagó cara su pretensión de superar la categoría docente de Hegel, de ahí su resentimiento y su sed de venganza contra todo lo que se moviera, preferiblemente hegeliano ). Afirma que este mundo «es un teatro del dolor de seres angustiados, que subsisten a condición de devorarse unos a otros. A este mundo se ha querido adaptar un sistema de optimismo y presentarlo como el mejor de los mundos posibles. El absurdo clama a gritos».
Es evidente el pesimismo de Schopenhauer en cualquiera de sus escritos, pero en esa condición recíprocamente devoradora de los seres humanos radica ese afán incombustible que todo quisque siente de dar caña, y manifiesta también que el egoísmo es el punto de arranque de toda lucha. Schopenhauer murió en 1860 pero parecen de ahora mismo muchas de sus resentidas afirmaciones en como voluntad y representación. Según él, cada uno de los diminutos individuos (yo, tú, él, cualquiera) perdidos en la inabarcable amplitud del mundo no son más que una gota perdida en el océano, dispuesto a hacerse el punto central del universo y a sacrificar para sí mismo todo lo demás. La no consecución de esta pretensión inalcanzable hace que el personal ande jodido más de la cuenta y, en consecuencia, intente fastidiar en lo posible al gilipollas que lo rodea, que son todos excepto él.
Así y todo, no me convence este afán depredador del individuo manifestado en una irritada y constante acometida para evitar así su propia destrucción, por muy de Schopenhauer que sea la idea. Porque puestos a darle leña al mono, constituye un problema decidir a quién va uno a dar caña. ¿A los políticos? Bastante reciben ya de uno y otro lado. Aznar le da caña a Zapatero y asegura que el encumbramiento del Secretario General del PSOE es la triste ascensión de un globo pinchado. Zapatero, a su vez, asegura que el país navega a la deriva, sin política económica seria y zarandeado por las tormentas internas de la sucesión presidencial. En el plano internacional, Bush es uno de los cañeros más representativos, tanto desde el punto de vista activo como pasivo. Activamente, Bush sueña con la caña tecnológica de los misiles y los supertecnificados aviones de combate. Si por él fuera, se cargaría a media humanidad porque así salvaría a la otra media. Más caña, imposible. Pasivamente, no hay personaje público que más caña reciba. Desde las caricaturas de los humoristas hasta las columnas descalificatorias de la prensa, no hay quien haya sido tildado de bobo, necio o memo con más asidua profusión. ¿Dar caña a la televisión? Es inútil, pienso. La televisión se ha convertido en uno de los más irritantes artilugios técnicos extendidos por bares y salones domésticos. La vulgaridad es de tal calibre que su propio peso ha hundido en el cieno de las profundidades infamantes las posibilidades culturales. Es más, casi siento vergüenza de utilizar términos que se refieren a la cultura, porque el personal se ríe y se guasea desconsideradamente de tales términos, como si la cultura fuese un enemigo común y decimonónico al que hubiera que abatir. Por más que se le dé caña, la televisión se ha vuelto insensible a las críticas y pretende convertir en ovejas pedorras a la mayoría de los televidentes, objeto de su codicia publicitaria, finalidad exclusiva de acumular rentabilidades cuantiosas aunque la burricia se extienda por doquier.
Todo el mundo piensa constantemente en dar caña, el conductor irritable, la sociedad convulsionada, la violencia diaria, los noticiarios televisivos con abundancia de noticias en las que predominan malos tratos, asesinatos, robos, estafas y agresiones. Mi tío Eufrasio le echa la culpa de la caña a la publicidad. El gentío anda cabreado, irritado, nervioso, intolerante, porque contempla a diario, tan al alcance de la mano, publicidad de coches tecnológicamente perfectos, brillantes de pintura metalizada, y tiene que contentarse con su medalla de hace cinco años, con bollos en los laterales y con fallos en el encendido. Y eso frustra un montón. El gentío anda cabreado porque ve a diario, tan al alcance de la mano, el turgente esplendor de las/los modelos que anuncian perfumes de sensualidad imprescindible, y tiene que contentarse con la compañía inaguantable del plasta de turno. Y eso frustra otro montón. El gentío anda cabreado porque le hacen tragar maravillosos viajes a Cancún, por cuatro perras ficticias, y tiene que contentarse, y aguantarse, con el curre diario en el andamio, en la oficina, en la clase o en la tienda. Y eso frustra muchos montones. Todo el mundo da caña para ventilar sus pudrideros. ¿Qué importancia tiene que yo no la dé, aunque la oculte?
(17-11-2002)
JUAN GARODRI
La gente me dice, pero qué es lo que escribes, siempre hablando de lo mismo, que si poca cultura, que si mierda de televisión, que si Sócrates y los filósofos, que si la literatura y los escritores, y alguna vez, para variar, que si la Logse y sus epígonos. Pero lo que es dar caña, tío, es que no das caña nunca. Y los que tenéis oportunidad de escribir en los periódicos deberíais dedicaros a eso, a dar caña inmisericorde a tanto hijo de puta como anda por ahí suelto.
Y yo me pregunto, sumido en la soledad de mis reflexiones, qué impulso incontrolable lanza al personal a elegir la caña para desahogar sus putrefacciones, para equilibrar sus desequilibrios, para afianzar sus inseguridades. En qué razonamiento se fundamenta el gentío para preferir la caña al diálogo, el palo a la bondad, la bronca a la concordia.
Qué clase de filosofía se tenga depende del hombre que es cada cual, ha dicho Fichte. En este sentido, Schopenhauer da caña constantemente a todo cuanto le rodea. Resentido quizá por el probable suicidio de su padre y por el egoísmo distante de su madre, se cisca en los filósofos que han conceptualizado el mundo como algo perfecto y ataca, sobre todo, a Hegel y a Leibniz, representantes de un optimismo que se le antoja absurdo (aunque la verdad es que Hegel le hizo morder el polvo en la universidad de Berlín: pagó cara su pretensión de superar la categoría docente de Hegel, de ahí su resentimiento y su sed de venganza contra todo lo que se moviera, preferiblemente hegeliano ). Afirma que este mundo «es un teatro del dolor de seres angustiados, que subsisten a condición de devorarse unos a otros. A este mundo se ha querido adaptar un sistema de optimismo y presentarlo como el mejor de los mundos posibles. El absurdo clama a gritos».
Es evidente el pesimismo de Schopenhauer en cualquiera de sus escritos, pero en esa condición recíprocamente devoradora de los seres humanos radica ese afán incombustible que todo quisque siente de dar caña, y manifiesta también que el egoísmo es el punto de arranque de toda lucha. Schopenhauer murió en 1860 pero parecen de ahora mismo muchas de sus resentidas afirmaciones en como voluntad y representación. Según él, cada uno de los diminutos individuos (yo, tú, él, cualquiera) perdidos en la inabarcable amplitud del mundo no son más que una gota perdida en el océano, dispuesto a hacerse el punto central del universo y a sacrificar para sí mismo todo lo demás. La no consecución de esta pretensión inalcanzable hace que el personal ande jodido más de la cuenta y, en consecuencia, intente fastidiar en lo posible al gilipollas que lo rodea, que son todos excepto él.
Así y todo, no me convence este afán depredador del individuo manifestado en una irritada y constante acometida para evitar así su propia destrucción, por muy de Schopenhauer que sea la idea. Porque puestos a darle leña al mono, constituye un problema decidir a quién va uno a dar caña. ¿A los políticos? Bastante reciben ya de uno y otro lado. Aznar le da caña a Zapatero y asegura que el encumbramiento del Secretario General del PSOE es la triste ascensión de un globo pinchado. Zapatero, a su vez, asegura que el país navega a la deriva, sin política económica seria y zarandeado por las tormentas internas de la sucesión presidencial. En el plano internacional, Bush es uno de los cañeros más representativos, tanto desde el punto de vista activo como pasivo. Activamente, Bush sueña con la caña tecnológica de los misiles y los supertecnificados aviones de combate. Si por él fuera, se cargaría a media humanidad porque así salvaría a la otra media. Más caña, imposible. Pasivamente, no hay personaje público que más caña reciba. Desde las caricaturas de los humoristas hasta las columnas descalificatorias de la prensa, no hay quien haya sido tildado de bobo, necio o memo con más asidua profusión. ¿Dar caña a la televisión? Es inútil, pienso. La televisión se ha convertido en uno de los más irritantes artilugios técnicos extendidos por bares y salones domésticos. La vulgaridad es de tal calibre que su propio peso ha hundido en el cieno de las profundidades infamantes las posibilidades culturales. Es más, casi siento vergüenza de utilizar términos que se refieren a la cultura, porque el personal se ríe y se guasea desconsideradamente de tales términos, como si la cultura fuese un enemigo común y decimonónico al que hubiera que abatir. Por más que se le dé caña, la televisión se ha vuelto insensible a las críticas y pretende convertir en ovejas pedorras a la mayoría de los televidentes, objeto de su codicia publicitaria, finalidad exclusiva de acumular rentabilidades cuantiosas aunque la burricia se extienda por doquier.
Todo el mundo piensa constantemente en dar caña, el conductor irritable, la sociedad convulsionada, la violencia diaria, los noticiarios televisivos con abundancia de noticias en las que predominan malos tratos, asesinatos, robos, estafas y agresiones. Mi tío Eufrasio le echa la culpa de la caña a la publicidad. El gentío anda cabreado, irritado, nervioso, intolerante, porque contempla a diario, tan al alcance de la mano, publicidad de coches tecnológicamente perfectos, brillantes de pintura metalizada, y tiene que contentarse con su medalla de hace cinco años, con bollos en los laterales y con fallos en el encendido. Y eso frustra un montón. El gentío anda cabreado porque ve a diario, tan al alcance de la mano, el turgente esplendor de las/los modelos que anuncian perfumes de sensualidad imprescindible, y tiene que contentarse con la compañía inaguantable del plasta de turno. Y eso frustra otro montón. El gentío anda cabreado porque le hacen tragar maravillosos viajes a Cancún, por cuatro perras ficticias, y tiene que contentarse, y aguantarse, con el curre diario en el andamio, en la oficina, en la clase o en la tienda. Y eso frustra muchos montones. Todo el mundo da caña para ventilar sus pudrideros. ¿Qué importancia tiene que yo no la dé, aunque la oculte?
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año 2002 - 11 noviembre
MORIR DE GLORIA
(10-11-202)
JUAN GARODRI
No sé si será lo mismo morir de gloria que morir de éxito, porque el éxito se formaliza y se expande dentro de los atributos de la gloria, pero, a lo que parece, los que mueren de éxito están en la gloria. Los personajes desinhibidos se sacuden de encima la basura de la cotidianidad y se disponen a morir de éxito con la misma heroica complacencia con que los mártires se dirigían a los leones. Martirio, sufrimiento, desgarradura de carnes, oprobio e ignominia sin cuento eran soportados con envidiable impasibilidad con tal de dar testimonio (eso significaba ‘mártir’) de la fe que profesaban. A pesar de que la sociedad occidental se considere más o menos laica, mucho más que menos, nutridos grupos de ciudadanos y ciudadanas artificialmente famosos se encaminan hacia el martirio para dar testimonio de su fe en el éxito y alcanzar así la gloria. En este sentido, los chicos y chicas de Operación Triunfo, por ejemplo, son mártires que testimonian una fe que es, sobre todo, corazón, sentimiento, instinto, algo así como la logique de coeur expuesta por Pascal para expresar que la fe es el camino del corazón. Y en aras de esa fe estudian, aprenden, luchan, sufren, lloran, se caen del estrado, se lesionan y hasta se contorsionan y brincan y bailan y cantan en la Academia, como flamantes discípulos de una actualización platónica que, en el jardín de un Academo actualizado y rutilante, se interesaran por el aprendizaje y la consecución del éxito en lugar del estudio de la ética y la discusión sobre el conocimiento de lo bello, que era lo que discutían Espeusipo y Jenócrates. Así que estos modernos y juveniles académicos se preparan y luchan para entrar en la gloria, culminación visible de la grandeza humana. Porque el éxito es algo parcial, es un accidente perecedero que lo mismo que va viene, que lo mismo aparece que desaparece. La gloria, sin embargo, es sustancial: una vez conseguida no desaparece nunca. Por eso los personajillos de la bobada mediática que embadurnan las pantallas de la sobremesa puede que mueran de éxito, pero desde luego jamás morirán de gloria. Antiguamente se moría en olor de santidad, y las flos sanctorum, aquellas antologías y florilegios en los que proliferaban increíbles episodios santificadores, difundían el olor de los santos a través de páginas más ingenuas que perversas, tal como hoy se difunden las inverosímiles hazañas de Robocop y sus electrotecnias. Y alcanzaban su éxito, no creas, los compendios piadosos y las vidas de santos. El éxito de ahora consiste en el desmadre de la noticia exitosa y en la abolición de florilegios y antologías. Incluso en el corrupto, por cainita y amiguista, mundo de la poesía aflora insaciable la persecución del éxito, aunque los versos sean pura denotación o plagios inmisericordes de recónditos poetas anglosajones. Que se lo pregunten a más de un famoso, o famosa, esos que mueren de éxito en las reseñas laudatorias de las revistas literarias. Ya lo predijo Carlos Luis de Cuenca, con su guasa antiéxito: «Hagamos añicos las antologías, de los aborígenes hasta nuestros días, cuantos en Hispania trovaron poesías no cantaron nunca más que tonterías. Versos sin acordes y sin calorías, notas sordas, frías, silentes, sombrías, sin timbre vibrátil en sus armonías. Tan sólo en mis versos hay eucaristías. Yo soy el Mesías, yo soy el Maestro, porque yo demuestro que en el tiempo nuestro soy, de puro diestro, el astro del estro». Así que los escritores/as bien pagados/as mueren de éxito, que equivale a morir en olor de santidad lírica, lo cual que siempre ha supuesto una limitada dificultad interpretativa porque se desconoce si el muerto fallece asfixiado por el intenso olor que produce la santidad poética o muere despatarrado en el deseo de conseguir la santidad metafórica pero sin haberla conseguido (oler no es lo mismo que probar), o muere, simple y llanamente, y sus partidarios huelen en él algo de santidad literaria, y se la atribuyen y posteriormente la difunden lírica, metafórica y publicitariamente por los alrededores del predio. El que, en otros tiempos, moría en olor de santidad moría realmente de gloria, porque se ha perpetuado su memoria a través de los tiempos, tal como atestigua el santoral cristiano. Si hubiera muerto de éxito, la accidentalidad de sus triunfos milagrosos no hubiera sobrepasado los límites geográficos de su valle. Hay también quienes no mueren en olor de santidad, sino en olor de muchedumbre (artistas, futbolistas, personajes de salsa rosa y así) y esta clase de muerte se me antoja que está más emparentada con la persecución efímera del éxito que con la sustancialidad de la gloria. Así les gustaría también, por otra parte, morir a muchos políticos: en olor de muchedumbre, por lo de los votos, aunque lo probable es que el político no se sienta en absoluto inclinado a morir y sí, en cambio, a que lo huela la muchedumbre. Culminaría así su deseo de trasvasar el impulso partidista de la muchedumbre al éxito. De este modo, aunque no consiguiera morir de gloria, el político conseguiría quizá morir de éxito, bien que de forma metafórica, claro, porque no está la vida como para andarse uno muriendo cada cuatro años. En fin, si viviera Juan de las Roelas, aquel pintor de la escuela sevillana, quizá hubiera enfatizado en un cuadro de altar la muerte de éxito de la Junta de Extremadura, conocida ahora en todo el mundo por implantar un sistema basado en el software libre Linux (aquí llamado Linex). Eso sí que es morir de gloria, en serio.
(10-11-202)
JUAN GARODRI
No sé si será lo mismo morir de gloria que morir de éxito, porque el éxito se formaliza y se expande dentro de los atributos de la gloria, pero, a lo que parece, los que mueren de éxito están en la gloria. Los personajes desinhibidos se sacuden de encima la basura de la cotidianidad y se disponen a morir de éxito con la misma heroica complacencia con que los mártires se dirigían a los leones. Martirio, sufrimiento, desgarradura de carnes, oprobio e ignominia sin cuento eran soportados con envidiable impasibilidad con tal de dar testimonio (eso significaba ‘mártir’) de la fe que profesaban. A pesar de que la sociedad occidental se considere más o menos laica, mucho más que menos, nutridos grupos de ciudadanos y ciudadanas artificialmente famosos se encaminan hacia el martirio para dar testimonio de su fe en el éxito y alcanzar así la gloria. En este sentido, los chicos y chicas de Operación Triunfo, por ejemplo, son mártires que testimonian una fe que es, sobre todo, corazón, sentimiento, instinto, algo así como la logique de coeur expuesta por Pascal para expresar que la fe es el camino del corazón. Y en aras de esa fe estudian, aprenden, luchan, sufren, lloran, se caen del estrado, se lesionan y hasta se contorsionan y brincan y bailan y cantan en la Academia, como flamantes discípulos de una actualización platónica que, en el jardín de un Academo actualizado y rutilante, se interesaran por el aprendizaje y la consecución del éxito en lugar del estudio de la ética y la discusión sobre el conocimiento de lo bello, que era lo que discutían Espeusipo y Jenócrates. Así que estos modernos y juveniles académicos se preparan y luchan para entrar en la gloria, culminación visible de la grandeza humana. Porque el éxito es algo parcial, es un accidente perecedero que lo mismo que va viene, que lo mismo aparece que desaparece. La gloria, sin embargo, es sustancial: una vez conseguida no desaparece nunca. Por eso los personajillos de la bobada mediática que embadurnan las pantallas de la sobremesa puede que mueran de éxito, pero desde luego jamás morirán de gloria. Antiguamente se moría en olor de santidad, y las flos sanctorum, aquellas antologías y florilegios en los que proliferaban increíbles episodios santificadores, difundían el olor de los santos a través de páginas más ingenuas que perversas, tal como hoy se difunden las inverosímiles hazañas de Robocop y sus electrotecnias. Y alcanzaban su éxito, no creas, los compendios piadosos y las vidas de santos. El éxito de ahora consiste en el desmadre de la noticia exitosa y en la abolición de florilegios y antologías. Incluso en el corrupto, por cainita y amiguista, mundo de la poesía aflora insaciable la persecución del éxito, aunque los versos sean pura denotación o plagios inmisericordes de recónditos poetas anglosajones. Que se lo pregunten a más de un famoso, o famosa, esos que mueren de éxito en las reseñas laudatorias de las revistas literarias. Ya lo predijo Carlos Luis de Cuenca, con su guasa antiéxito: «Hagamos añicos las antologías, de los aborígenes hasta nuestros días, cuantos en Hispania trovaron poesías no cantaron nunca más que tonterías. Versos sin acordes y sin calorías, notas sordas, frías, silentes, sombrías, sin timbre vibrátil en sus armonías. Tan sólo en mis versos hay eucaristías. Yo soy el Mesías, yo soy el Maestro, porque yo demuestro que en el tiempo nuestro soy, de puro diestro, el astro del estro». Así que los escritores/as bien pagados/as mueren de éxito, que equivale a morir en olor de santidad lírica, lo cual que siempre ha supuesto una limitada dificultad interpretativa porque se desconoce si el muerto fallece asfixiado por el intenso olor que produce la santidad poética o muere despatarrado en el deseo de conseguir la santidad metafórica pero sin haberla conseguido (oler no es lo mismo que probar), o muere, simple y llanamente, y sus partidarios huelen en él algo de santidad literaria, y se la atribuyen y posteriormente la difunden lírica, metafórica y publicitariamente por los alrededores del predio. El que, en otros tiempos, moría en olor de santidad moría realmente de gloria, porque se ha perpetuado su memoria a través de los tiempos, tal como atestigua el santoral cristiano. Si hubiera muerto de éxito, la accidentalidad de sus triunfos milagrosos no hubiera sobrepasado los límites geográficos de su valle. Hay también quienes no mueren en olor de santidad, sino en olor de muchedumbre (artistas, futbolistas, personajes de salsa rosa y así) y esta clase de muerte se me antoja que está más emparentada con la persecución efímera del éxito que con la sustancialidad de la gloria. Así les gustaría también, por otra parte, morir a muchos políticos: en olor de muchedumbre, por lo de los votos, aunque lo probable es que el político no se sienta en absoluto inclinado a morir y sí, en cambio, a que lo huela la muchedumbre. Culminaría así su deseo de trasvasar el impulso partidista de la muchedumbre al éxito. De este modo, aunque no consiguiera morir de gloria, el político conseguiría quizá morir de éxito, bien que de forma metafórica, claro, porque no está la vida como para andarse uno muriendo cada cuatro años. En fin, si viviera Juan de las Roelas, aquel pintor de la escuela sevillana, quizá hubiera enfatizado en un cuadro de altar la muerte de éxito de la Junta de Extremadura, conocida ahora en todo el mundo por implantar un sistema basado en el software libre Linux (aquí llamado Linex). Eso sí que es morir de gloria, en serio.
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EL BRASERO
(3-11-2002)
JUAN GARODRI
Sentado junto al fuego que enciende tu silencio, este mes de noviembre que aparece entre nubes, has borrado la llama del vestigio de antaño, cuando bajo la falda verdosa de la mesa se calentaban muslos ateridos y honestos, al calor del brasero discutías la fiebre por encima del hule con el mapa de España, se hablaba del trabajo, del pan de cada día, del dolor de los hijos, del maestro de escuela, de la inerte rutina que entre hierbas y coles trajinaban las hoces hasta herir la mañana, al calor del brasero se fumaba el tabaco de cero ochenta y cinco con librito y chisquero, el papel de fumar que la marca jean extendía en los bolsillos de la blusa y la pana, la camilla se alzaba como un templo sagrado que acogía los exvotos de promesas humildes, sosegaba la inquieta desazón de los niños, transformaba la sopa en el rito diario de los que no tenían otro pan que el aguante, convertía los garbanzos y el tocino y la berza en ofrenda obligada a la odiosa penuria como el tiro en la frente convierte en salvadores los amos de la patria que enmarcaban la gloria con banderas y cantos que no aislaban el hambre, la camilla ocupaba la mitad de la sala y el brasero alumbraba sus someras entrañas para alzar el afecto tan redondo y tan límite tras los roces ocultos de la hija y el novio, qué tenue el estallido del fulgor en los ojos, qué helado el brillo exacto de las verdes pupilas, qué afilada la brasa, como saetas nítidas cruzaban las miradas rompiendo los confines de un país que no existe (tú pensabas que sí, que quizá la existencia situase su fiel acometida en otra razón sin intersticios), regresaban al mundo las miradas tenaces como la luz regresa, aunque torpe e inútil, cuando aparece el alba con su rayo ilusorio, la tibieza nocturna del brasero emergía para hacer soportable la mentira y la lluvia, se encendía el brasero como algún arco iris que midiese implacable la extensión del momento, ojalá nunca ardiera la palabra innombrable que bebía por el vaso de todas las ausencias, (desconoce el cerezo la bondad de su nombre, la dura piel del álamo ignora su dureza, la edad de cada piedra no la saben las piedras, la paloma que muere desconoce el disparo que la abatió inclemente más allá de su vuelo), ojalá siempre el tiempo permaneciera anclado en la brasa brillante de la mirada cierta, ojalá la camilla eludiera la inútil certidumbre del tiempo: sólo ha sido inventado para hacerte más fácil la oquedad y la nada, sentado junto al fuego consumías las horas de incultura y reposo, de victorias y cuentos. La tibieza brillante del brasero encendido alejaba la inútil pretensión de equilibrio mientras olfateabas un membrillo maduro tan al exacto alcance de la mano y los labios, el alegre momento de estar vivo y rotundo, tan al alcance de la mano, temperatura que era placer y víbora y espíritu frecuente, una luz melancólica que inundaba de fuera ese momento sucio de la víctima dócil que repta hacia la muerte sin saberlo siquiera. Y junto a la tristeza te sentabas turbado para partir tu pan tan escaso con ella, mientras se desprendía la retina afligida porque era inalcanzable la luz de la mañana, el corazón del pobre tan tierno como el musgo, poseedor de una llama que lo hacía más pobre con mendrugos y cánticos al Glorioso Alzamiento para hacer la conquista del corazón de un niño que había tocado nunca la verdad y su ámbito, hasta dónde la brasa, su pudor enfermizo que vencía y arrastraba como metal perdido tras la chispa emergente del color y su séquito, de oficios de tinieblas, caralsoles y flechas, ganabas el dolor de la curva emergente con la piel y la luna mostradas en el cauce del brasero entreabierto que iniciaba tu daño, la raíz de ese daño que querían disfrazar con vítores eufóricos y palabras clementes que ocultaban la luz e iban dejando íntegros tras de sí, tras de todos, aguijones de estelas implacables y rotas transitadas por miles de insectos al acecho. A horadar tu destino caía la luz que nace en el instante único de su muerte, tal cae la piedra en la absoluta ranura del silencio, contemplabas el mundo como un cuerpo cercano que te llamaba a voces para arder, para alzar el instante expiatorio de la piel, el misterio de la piel como grito de luz no poseída, sin embargo tan cerca de tu ser, brazo en alto la canción tan inútil
como la inútil lucha contra el terco infortunio. Los cuentos de Calleja que compraba tu padre se leían de noche al calor del brasero después del comentario, grandilocuente a veces, de la inauguración de un pantano o un túnel resaltada en negrita por las páginas anchas del periódico Arriba. Era el mes de noviembre, otoñal y enfermizo. Los difuntos volvían con sus rostros inmóviles. El campo estremecía la hierba y las heladas. Las castañas se asaban en la calle de enfrente. José Antonio exhibía su pelo engominado (la mirada perdida de los aniversarios), en las ondas sonoras de Radio Nacional. Y el brasero seguía con la lenta noticia de un calor irradiado
para hacer una, grande, la sumisión de España, para hacernos España tan sumisa y doméstica.
(3-11-2002)
JUAN GARODRI
Sentado junto al fuego que enciende tu silencio, este mes de noviembre que aparece entre nubes, has borrado la llama del vestigio de antaño, cuando bajo la falda verdosa de la mesa se calentaban muslos ateridos y honestos, al calor del brasero discutías la fiebre por encima del hule con el mapa de España, se hablaba del trabajo, del pan de cada día, del dolor de los hijos, del maestro de escuela, de la inerte rutina que entre hierbas y coles trajinaban las hoces hasta herir la mañana, al calor del brasero se fumaba el tabaco de cero ochenta y cinco con librito y chisquero, el papel de fumar que la marca jean extendía en los bolsillos de la blusa y la pana, la camilla se alzaba como un templo sagrado que acogía los exvotos de promesas humildes, sosegaba la inquieta desazón de los niños, transformaba la sopa en el rito diario de los que no tenían otro pan que el aguante, convertía los garbanzos y el tocino y la berza en ofrenda obligada a la odiosa penuria como el tiro en la frente convierte en salvadores los amos de la patria que enmarcaban la gloria con banderas y cantos que no aislaban el hambre, la camilla ocupaba la mitad de la sala y el brasero alumbraba sus someras entrañas para alzar el afecto tan redondo y tan límite tras los roces ocultos de la hija y el novio, qué tenue el estallido del fulgor en los ojos, qué helado el brillo exacto de las verdes pupilas, qué afilada la brasa, como saetas nítidas cruzaban las miradas rompiendo los confines de un país que no existe (tú pensabas que sí, que quizá la existencia situase su fiel acometida en otra razón sin intersticios), regresaban al mundo las miradas tenaces como la luz regresa, aunque torpe e inútil, cuando aparece el alba con su rayo ilusorio, la tibieza nocturna del brasero emergía para hacer soportable la mentira y la lluvia, se encendía el brasero como algún arco iris que midiese implacable la extensión del momento, ojalá nunca ardiera la palabra innombrable que bebía por el vaso de todas las ausencias, (desconoce el cerezo la bondad de su nombre, la dura piel del álamo ignora su dureza, la edad de cada piedra no la saben las piedras, la paloma que muere desconoce el disparo que la abatió inclemente más allá de su vuelo), ojalá siempre el tiempo permaneciera anclado en la brasa brillante de la mirada cierta, ojalá la camilla eludiera la inútil certidumbre del tiempo: sólo ha sido inventado para hacerte más fácil la oquedad y la nada, sentado junto al fuego consumías las horas de incultura y reposo, de victorias y cuentos. La tibieza brillante del brasero encendido alejaba la inútil pretensión de equilibrio mientras olfateabas un membrillo maduro tan al exacto alcance de la mano y los labios, el alegre momento de estar vivo y rotundo, tan al alcance de la mano, temperatura que era placer y víbora y espíritu frecuente, una luz melancólica que inundaba de fuera ese momento sucio de la víctima dócil que repta hacia la muerte sin saberlo siquiera. Y junto a la tristeza te sentabas turbado para partir tu pan tan escaso con ella, mientras se desprendía la retina afligida porque era inalcanzable la luz de la mañana, el corazón del pobre tan tierno como el musgo, poseedor de una llama que lo hacía más pobre con mendrugos y cánticos al Glorioso Alzamiento para hacer la conquista del corazón de un niño que había tocado nunca la verdad y su ámbito, hasta dónde la brasa, su pudor enfermizo que vencía y arrastraba como metal perdido tras la chispa emergente del color y su séquito, de oficios de tinieblas, caralsoles y flechas, ganabas el dolor de la curva emergente con la piel y la luna mostradas en el cauce del brasero entreabierto que iniciaba tu daño, la raíz de ese daño que querían disfrazar con vítores eufóricos y palabras clementes que ocultaban la luz e iban dejando íntegros tras de sí, tras de todos, aguijones de estelas implacables y rotas transitadas por miles de insectos al acecho. A horadar tu destino caía la luz que nace en el instante único de su muerte, tal cae la piedra en la absoluta ranura del silencio, contemplabas el mundo como un cuerpo cercano que te llamaba a voces para arder, para alzar el instante expiatorio de la piel, el misterio de la piel como grito de luz no poseída, sin embargo tan cerca de tu ser, brazo en alto la canción tan inútil
como la inútil lucha contra el terco infortunio. Los cuentos de Calleja que compraba tu padre se leían de noche al calor del brasero después del comentario, grandilocuente a veces, de la inauguración de un pantano o un túnel resaltada en negrita por las páginas anchas del periódico Arriba. Era el mes de noviembre, otoñal y enfermizo. Los difuntos volvían con sus rostros inmóviles. El campo estremecía la hierba y las heladas. Las castañas se asaban en la calle de enfrente. José Antonio exhibía su pelo engominado (la mirada perdida de los aniversarios), en las ondas sonoras de Radio Nacional. Y el brasero seguía con la lenta noticia de un calor irradiado
para hacer una, grande, la sumisión de España, para hacernos España tan sumisa y doméstica.
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año 2002 - 11 noviembre
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