FAR WEST
(30-7-2005)
JUAN GARODRI
De chicos lo llamábamos ‘el fargüeh’, con s aspirada en sustitución del grupo consonántico. Extremeño puro, no en vano nuestra tierra extremeña siempre ha sido el far west celtibérico y atrasado. Lejano Oeste limitando con un Portugal reseco y antiguo, del que nos servíamos para comprar toallas y tabaco rubio de contrabando. Sin embargo, para mí, el Far West lírico y cinematográfico eran las pistolas, aquellos colts calibre 45 de tambor con seis balas capaces de abatir al malo de la película. Porque siempre perdía el malo, naturalmente, que además de malo era traidor y malencarado (un mexicano con el bigote de Carod-Rovira) y no se enamoraban de él ni siquiera las chicas del saloon. A veces había malos que eran buenos, como Billy el Niño, o así me lo hacía creer la inocencia azulada de los ojos de Paul Newman. También parecía buena la tranquila furia vengadora de Ben Wrigth, el matador implacable de pieles rojas, impulsado a la continua matanza de indios por la melancolía irreemplazable del amor de Sarah Morley. Las películas de pistoleros, en el cine Mendo, no eran películas solamente, eran además exposiciones embaucadoras de un blanco y negro turbador en las que cowboys fortachones galopaban las praderas de Oregón rebuscando el whisky y las muchachas. Sin embargo, el deslumbrador atractivo del Far West lo constituía el revólver. Más que el lazo, el sombrero y la silla de montar. El revólver era la alegoría de un poderío salvaje y agreste con el que nos encubrían el verdadero horror de las pistolas. Tras los acordes del NO-DO y la voz engolada y oficialmente radiofónica del locutor, uno no acertaba a descifrar la megalomanía política encubierta por los destellos niquelados de los colts de los cowboys. Si los vaqueros solventaban los problemas de convivencia en los ranchos a base de tiros, nada de particular tenía (muchacho uno al fin y al cabo) que el régimen político solucionase las diferencias ideológicas con la cárcel y las pistolas. Algo parecido ocurría con las ‘novelas del Oeste’. Marcial Lafuente Estefanía fue un encantador de serpientes nacionalsindicalistas. Los muchachos de entonces, adormecidos por los tiros y las peleas que a diario salían de sus páginas, desconocíamos la conmoción que los tiros ‘de verdad’ generaban en la convivencia cívica. Así que uno se pasaba las siestas enteras leyendo novelas de M.L.Estefanía alquiladas por una peseta diaria. Te ventilabas la novela y, al día siguiente, a por otra. Eran ejemplares manchados y mugrientos, con la huella del roce y el sudor de tantas manos. Vaqueros. Cowboys. Cananas repletas de balas con las fundas dispuestas al tiro rápido. Oye, Johnny, tú haces trampa. Lárgate, forastero, no me gustaría llenarte de plomo. La justicia por su mano. En el Far West cada cual se tomaba la justicia por su mano. Con dos pistolas bien puestas a lo largo de los muslos. El débil o el tímido o el lento o el forastero o el extraño o el indigente o el desgraciado o el indio estaban condenados a muerte. Sin remisión. Así murió el infortunado Menezes hace pocos días en Londres. Sólo pretendía la renovación de sus papeles. Pero nada, tiraron sobre él a matar. Estamos en la Tercera Guerra Mundial, dicen, y todo se justifica con la argumentación de la propia defensa. Así que, nada. Será más importante la seguridad que la libertad. Prevalecerá la presunción de culpabilidad sobre la presunción de inocencia. Y, sobre todo, lo guapos que vamos a estar con nuestra triple canana y las fundas pistoleras atadas al muslo. Como en el Far West. (Asco en el estómago: tendré que tomarme un bocadillo de almax).
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sábado, 7 de noviembre de 2009
DOS Y DOS NO SON CUATRO
(23-7-2005)
JUAN GARODRI
No voy a referirme a lo de Guadalajara aunque en este gigantesco desastre, más que en ningún otro caso, dos más dos no suman cuatro. Hay casos menores en que dos y dos no son cuatro.
El primer caso que se me ocurre para comentar el aserto es el de la coma. No se trata, evidentemente, de andar con disquisiciones lingüísticas, pero la coma tiene un poder de diferenciación semántica considerable. Fue famosa a este respecto la ‘coma de Unamuno’, no recuerdo en qué texto, ni falta que hace. Pero vamos, que Unamuno habló de la coma con la misma contundencia con que hablaba de la agonía existencial. La coma incide en la diferencia que puede establecerse entre la totalidad de un conjunto y su particularidad. No es lo mismo decir: «Los médicos que nunca pasean están expuestos a las mismas cardiopatías que los ciudadanos a los que recomiendan el paseo», que decir: «Los médicos, que nunca pasean, están expuestos, etc». La ausencia de comas en el primer entrecomillado proporciona una especificación particular en el sentido de que sólo los médicos que no pasean están expuestos a la cardiopatía. En cambio las comas del segundo entrecomillado explican claramente que ningún médico pasea (totalidad), por lo que todos están expuestos a la fulminación cardiopática. (Y que disculpe mi amigo Agapito Gómez Villa que además de pasear hace footing, lo que lo excluye del supuesto). Los jubilatas que se entretienen en la plaza de la Solidaridad admirando la estatua del Minotauro me dicen eso, «Los médicos nos recomiendan pasear, pero nosotros no vemos paseando a ninguno». «Lo harán en otro momento», les digo yo, «si lo hicieran ahora no podrían estar en el ambulatorio para atenderos». «Y un huevo», responden, «son como los curas, que dicen y no hacen».
El segundo caso que se me ocurre sobre la desigualdad del dos más dos es el de los diputados del PSOE, que van los tíos y votan en el Congreso en contra de sus propias enmiendas a la llamada ‘ley del divorcio exprés’. Para descojonarse y que la ciudadanía se revuelque de la risa. Así que los jubilatas (que están muy informados, a pesar de su bastón y su palillo) me dicen, «Pero a qué coño van al Congreso si no saben lo que votan». Y otro: «Es por lo del dedo, que va y agarra el mandamás y levanta un dedo para que voten el sí, pero como andan distraídos con el Marca piensan que el del dedo levantado les está dando por … y van y para fastidiarlo pues votan el no». El tercer caso en el que se muestra, a mi parecer, que dos y dos no son cuatro es el, llamémoslo así, ‘caso Salvador Allende’. Uno es un ignorante perdido en el proceloso mar de la desinformación. Quién lo iba a decir. Con tanto leer los poemas y antipoemas de Nicanor Parra, los poetas infrarrealistas mexicanos de Roberto Bolaño, los poetas chilenos de los noventa, y al Pablo Neruda juvenil, encendido y rítmico, y al Huidobro de siempre jamás, más la experiencia lírica de Gabriela Mistral, y a Elías Letelier, y a Verónica Zondek, y a Teresa Calderón, y yo qué sé a cuantos, pues va uno y no sabe nada de Salvador Allende, excepto las cuatro cosas que sabe todo el mundo: elegido presidente en 1970 y derrocado y muerto por el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Pero lo que uno ignoraba (sea cierto o no el supuesto) es que Salvador Allende fue cocinero antes que fraile, es decir, fue un derechudo riguroso antes que socialista mártir. Como Quevedo y su anomalía: cabizmundo y meditabajo. Así me he quedado. Según asegura el profesor Víctor Farías («Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados»), Allende fue, cuando ejercía como joven médico allá por 1933, fascista, antisemita y homófobo. Si es cierto, hay que admitirlo. Si es mentira, hay que rebatirlo. Pero, por lo visto, estas cosas de la desmitificación de mitos no pueden decirse en alta voz para evitar ser tachado de retrógrado y facha, lo que me inclina a pensar que a veces dos y dos no son cuatro.
(23-7-2005)
JUAN GARODRI
No voy a referirme a lo de Guadalajara aunque en este gigantesco desastre, más que en ningún otro caso, dos más dos no suman cuatro. Hay casos menores en que dos y dos no son cuatro.
El primer caso que se me ocurre para comentar el aserto es el de la coma. No se trata, evidentemente, de andar con disquisiciones lingüísticas, pero la coma tiene un poder de diferenciación semántica considerable. Fue famosa a este respecto la ‘coma de Unamuno’, no recuerdo en qué texto, ni falta que hace. Pero vamos, que Unamuno habló de la coma con la misma contundencia con que hablaba de la agonía existencial. La coma incide en la diferencia que puede establecerse entre la totalidad de un conjunto y su particularidad. No es lo mismo decir: «Los médicos que nunca pasean están expuestos a las mismas cardiopatías que los ciudadanos a los que recomiendan el paseo», que decir: «Los médicos, que nunca pasean, están expuestos, etc». La ausencia de comas en el primer entrecomillado proporciona una especificación particular en el sentido de que sólo los médicos que no pasean están expuestos a la cardiopatía. En cambio las comas del segundo entrecomillado explican claramente que ningún médico pasea (totalidad), por lo que todos están expuestos a la fulminación cardiopática. (Y que disculpe mi amigo Agapito Gómez Villa que además de pasear hace footing, lo que lo excluye del supuesto). Los jubilatas que se entretienen en la plaza de la Solidaridad admirando la estatua del Minotauro me dicen eso, «Los médicos nos recomiendan pasear, pero nosotros no vemos paseando a ninguno». «Lo harán en otro momento», les digo yo, «si lo hicieran ahora no podrían estar en el ambulatorio para atenderos». «Y un huevo», responden, «son como los curas, que dicen y no hacen».
El segundo caso que se me ocurre sobre la desigualdad del dos más dos es el de los diputados del PSOE, que van los tíos y votan en el Congreso en contra de sus propias enmiendas a la llamada ‘ley del divorcio exprés’. Para descojonarse y que la ciudadanía se revuelque de la risa. Así que los jubilatas (que están muy informados, a pesar de su bastón y su palillo) me dicen, «Pero a qué coño van al Congreso si no saben lo que votan». Y otro: «Es por lo del dedo, que va y agarra el mandamás y levanta un dedo para que voten el sí, pero como andan distraídos con el Marca piensan que el del dedo levantado les está dando por … y van y para fastidiarlo pues votan el no». El tercer caso en el que se muestra, a mi parecer, que dos y dos no son cuatro es el, llamémoslo así, ‘caso Salvador Allende’. Uno es un ignorante perdido en el proceloso mar de la desinformación. Quién lo iba a decir. Con tanto leer los poemas y antipoemas de Nicanor Parra, los poetas infrarrealistas mexicanos de Roberto Bolaño, los poetas chilenos de los noventa, y al Pablo Neruda juvenil, encendido y rítmico, y al Huidobro de siempre jamás, más la experiencia lírica de Gabriela Mistral, y a Elías Letelier, y a Verónica Zondek, y a Teresa Calderón, y yo qué sé a cuantos, pues va uno y no sabe nada de Salvador Allende, excepto las cuatro cosas que sabe todo el mundo: elegido presidente en 1970 y derrocado y muerto por el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Pero lo que uno ignoraba (sea cierto o no el supuesto) es que Salvador Allende fue cocinero antes que fraile, es decir, fue un derechudo riguroso antes que socialista mártir. Como Quevedo y su anomalía: cabizmundo y meditabajo. Así me he quedado. Según asegura el profesor Víctor Farías («Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados»), Allende fue, cuando ejercía como joven médico allá por 1933, fascista, antisemita y homófobo. Si es cierto, hay que admitirlo. Si es mentira, hay que rebatirlo. Pero, por lo visto, estas cosas de la desmitificación de mitos no pueden decirse en alta voz para evitar ser tachado de retrógrado y facha, lo que me inclina a pensar que a veces dos y dos no son cuatro.
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año 2005 - 07 julio
DESASTRES
(16-7-2005)
JUAN GARODRI
Pues nada, que va un amigo y me dice que si no conozco una web que es cojonuda, vamos, que a través de ella te enteras de todo cuanto ocurre en el mundo y estás superinformado. Caí en el cepo como un pardillo y, nada, pues que me dediqué a visualizar en el monitor un periódico tras otro. Recorrí algunos titulares y, horror, todo era violencia, sangre, destrucción, terrorismo, asesinatos, bombas y muerte. Todo era (es) mierda. Un mundo en el que los seres humanos se destruyen con esta feroz contundencia es un mundo de mierda.
Así que hoy va la cosa en plan depresivo y cochambroso. Puede pensar alguien, quizá con razón, que no está el horno para hablar de temas deprimentes, y que por esta causa las televisiones intentan alegrar al personal con mucha fiesta, mucho bailoteo, mucho aquí hay tomate, mucha pasión de gavilanes y mucho amarte así, frijolito, que hasta los títulos de las telenovelas son encomiásticos, tarugones y alegradores. Pero yo no, yo no valgo para alegrías fiesteras porque me aplasta de vez en cuando la horrenda sensación de estar chapoteando en un charco de mierda. El ser humano se odia. Pienso que Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (muy típico entre los alemanes del siglo XVIII arrimarse a tres o cuatro nombres, aunque no creas, yo también conocí un tipo que se llamaba Jorge María de la Concepción Eduardo), así que pienso que Schelling veía visiones, dentro de un idealismo más romántico que objetivo, cuando escribía su tesis sobre el pecado original y consideraba el mundo como una obra de arte divina. Condiscípulo de Hegel y Hölderlin en el seminario protestante de Tubinga, muchos de sus abundantes escritos propiciaron el rechazo fulminante de Nietzsche: “la filosofía alemana está viciada por la sangre teológica”, dijo. Todo lo malo que hay en el mundo procede del pecado original, todo lo bueno, racional y bello procede de la voluntad de Dios, pensaba Schelling. Nietzsche lo mandó a hacer gárgaras con agua bendita. En este sentido, más o menos irrespetuoso, un reciente chiste de Máximo, sí, creo que era de él, reflejaba la angustia irónica de un ser humano que pregunta al divino hacedor: «¿Por qué te has empeñado en darme un alma tan propensa a la violencia, a la destrucción y al exterminio de mis semejantes?». Y, ya puesto en plan deprimidamente sublime y citador, cito a su vez a Juan Luis Panero, no sé si lo he leído en algún poema suyo, creo que sí: «El odio nos iguala». No nos iguala la solidaridad, ni la lealtad, ni la comprensión, ni la democracia, ni la bondad, ni la fidelidad, ni la misericordia, ni la ternura, ni la clemencia. Nos iguala el odio. Un mundo que utiliza el rasero del odio para igualarnos es un mundo de mierda. Vean si no los titulares de ayer en la mayoría de la prensa electrónica: 32 niños muertos por un coche-bomba al este de Bagdad; 5 millones de personas morirán de hambre en África y más de 800.000 niños pueden morir por inanición en Níger; una cafetera-bomba estalla delante del instituto de cultura italiano en Barcelona; 53 muertos en atentado terrorista en Londres; cuatro explosiones en Amorebieta; desalojan el metro en Polonia y Rusia por amenazas de bomba; atentado suicida en Tel-Aviv; atentado en Beirut contra el ministro de Defensa: el ministro murió junto a dos personas más y 12 resultaron heridas; 3 muertos y 15 heridos en explosión por coche bomba en Beirut; tiroteo en la facultad de matemáticas de la universidad de Bolonia.
No todo eran atentados, sin embargo. También leí alguna noticia alentadora, por ejemplo: Alberto II de Mónaco, jefe de Estado. (Lo cual que no sé si constituye un atentado a las instituciones monárquicas dado que el príncipe de Mónaco es un payaso (Alfonso Ussía) con una fortuna superior a los 2.000 millones de euros y más de 130 novias adjudicadas (Interviú). Mierda en bote concentrada. Este mundo de ricos.
(16-7-2005)
JUAN GARODRI
Pues nada, que va un amigo y me dice que si no conozco una web que es cojonuda, vamos, que a través de ella te enteras de todo cuanto ocurre en el mundo y estás superinformado. Caí en el cepo como un pardillo y, nada, pues que me dediqué a visualizar en el monitor un periódico tras otro. Recorrí algunos titulares y, horror, todo era violencia, sangre, destrucción, terrorismo, asesinatos, bombas y muerte. Todo era (es) mierda. Un mundo en el que los seres humanos se destruyen con esta feroz contundencia es un mundo de mierda.
Así que hoy va la cosa en plan depresivo y cochambroso. Puede pensar alguien, quizá con razón, que no está el horno para hablar de temas deprimentes, y que por esta causa las televisiones intentan alegrar al personal con mucha fiesta, mucho bailoteo, mucho aquí hay tomate, mucha pasión de gavilanes y mucho amarte así, frijolito, que hasta los títulos de las telenovelas son encomiásticos, tarugones y alegradores. Pero yo no, yo no valgo para alegrías fiesteras porque me aplasta de vez en cuando la horrenda sensación de estar chapoteando en un charco de mierda. El ser humano se odia. Pienso que Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (muy típico entre los alemanes del siglo XVIII arrimarse a tres o cuatro nombres, aunque no creas, yo también conocí un tipo que se llamaba Jorge María de la Concepción Eduardo), así que pienso que Schelling veía visiones, dentro de un idealismo más romántico que objetivo, cuando escribía su tesis sobre el pecado original y consideraba el mundo como una obra de arte divina. Condiscípulo de Hegel y Hölderlin en el seminario protestante de Tubinga, muchos de sus abundantes escritos propiciaron el rechazo fulminante de Nietzsche: “la filosofía alemana está viciada por la sangre teológica”, dijo. Todo lo malo que hay en el mundo procede del pecado original, todo lo bueno, racional y bello procede de la voluntad de Dios, pensaba Schelling. Nietzsche lo mandó a hacer gárgaras con agua bendita. En este sentido, más o menos irrespetuoso, un reciente chiste de Máximo, sí, creo que era de él, reflejaba la angustia irónica de un ser humano que pregunta al divino hacedor: «¿Por qué te has empeñado en darme un alma tan propensa a la violencia, a la destrucción y al exterminio de mis semejantes?». Y, ya puesto en plan deprimidamente sublime y citador, cito a su vez a Juan Luis Panero, no sé si lo he leído en algún poema suyo, creo que sí: «El odio nos iguala». No nos iguala la solidaridad, ni la lealtad, ni la comprensión, ni la democracia, ni la bondad, ni la fidelidad, ni la misericordia, ni la ternura, ni la clemencia. Nos iguala el odio. Un mundo que utiliza el rasero del odio para igualarnos es un mundo de mierda. Vean si no los titulares de ayer en la mayoría de la prensa electrónica: 32 niños muertos por un coche-bomba al este de Bagdad; 5 millones de personas morirán de hambre en África y más de 800.000 niños pueden morir por inanición en Níger; una cafetera-bomba estalla delante del instituto de cultura italiano en Barcelona; 53 muertos en atentado terrorista en Londres; cuatro explosiones en Amorebieta; desalojan el metro en Polonia y Rusia por amenazas de bomba; atentado suicida en Tel-Aviv; atentado en Beirut contra el ministro de Defensa: el ministro murió junto a dos personas más y 12 resultaron heridas; 3 muertos y 15 heridos en explosión por coche bomba en Beirut; tiroteo en la facultad de matemáticas de la universidad de Bolonia.
No todo eran atentados, sin embargo. También leí alguna noticia alentadora, por ejemplo: Alberto II de Mónaco, jefe de Estado. (Lo cual que no sé si constituye un atentado a las instituciones monárquicas dado que el príncipe de Mónaco es un payaso (Alfonso Ussía) con una fortuna superior a los 2.000 millones de euros y más de 130 novias adjudicadas (Interviú). Mierda en bote concentrada. Este mundo de ricos.
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año 2005 - 07 julio
domingo, 1 de noviembre de 2009
MÁS DE LO MISMO
(9-7-2005)
JUAN GARODRI
La pela es la pela, dicen que dicen los catalanes. Para los políticos que asistieron personalmente a la pasada manifestación del día del orgullo gay, la pela es el voto. Democracia pura.
Yo también estuve en Madrid el día del orgullo gay. No, lector pudibundo, no te turbes. Soy heterosexual. Y a mucha honra. Siento orgullo de ser heterosexual. También los heterosexuales, supongo, podemos proclamar nuestro orgullo aunque no estemos rodeados del olor a naftalina que emana del fondo del armario.
Así que, como te decía, estuve en Madrid el día del orgullo gay pero del año 2004. Era un atardecer muy caluroso de finales de junio y me habían invitado a una lectura poética en “El bosque animado”, travesía de san Mateo, en pleno Chueca. Emilio Sola me recibió cortésmente entre sus cuadros y sus árboles culturales y, mientras esperábamos a que acudiera público, nos tomamos unas cañas. ‘El bosque animado’ es una mímesis, entre mística y provocativa, de eso, de un bosque; una imitación de la naturaleza (realización a la que aspira esencialmente el arte) en la que los árboles que atestan las dos o tres salas del local tienen su tronco y sus hojas, con la única y sorprendente diferencia de que tales hojas no poseen naturaleza vegetal porque son hojas de libros. Es un extraño bar-museo en el que la cultura libresca se encuentra descolocada porque las hojas de los libros, en lugar de constituir su natural tocho encuadernado, se encuentran desperdigadas a la altura del techo conformando las copas de esos atractivos y sorprendentes árboles interiores.
Después de mi actuación salimos a la calle y me sorprendieron la alegría y el bullicio del gentío que confluía por las bocacalles, bien bebidos y bien fumados (y esnifados). Algunos me miraban, instantáneamente sorprendidos, supongo que a causa de mi aspecto pueblerino escasamente adecuado a la progresía y a la desinhibida proclamación ‘homo’ de los circundantes. Los amigos a los que acompañaba me presentaron a algunos de ellos, un poeta de Almería y un escritor de relatos breves barcelonés. No recuerdo sus nombres pero sí recuerdo la afabilidad, la amabilidad, la naturalidad con la que, abrazados a su pareja, me hablaban de poesía, de literatura, de arte, mientras tomábamos la cerveza. Este amplísimo preámbulo viene a cuento de que no tengo nada en contra de las personas que han optado por la homosexualidad como ámbito de realización de sus apetencias sexuales, a pesar de la opinión contraria que me han atribuido algunos tipos de mala baba, usted comprende, esos de la palmada en el hombro que te dicen en la acera, Pues leí tu artículo del sábado. No tengo nada que decir contra la homosexualidad y sus partidarios ni contra la multitudinaria manifestación que protagonizaron el pasado día 3 de julio en Madrid para reclamar sus derechos. Pero, sin embargo, no obstante (ah, la maldita restricción de la coordinada adversativa que tantas trifulcas provoca en los intercambios de opiniones) sí tengo algo que decir en contra de los personajes políticos que encabezaron la manifestación. No pintaban nada allí. ¿Mostraban realmente su apoyo a los manifestantes? El apoyo ya lo mostraron con la aprobación y promulgación de la ley del matrimonio homosexual. No era necesaria, me parece, la presencia física de los políticos en la manifestación. Esta apoyatura prolongada denota una urgencia en la micción política que provoca la meada fuera del tiesto. Porque con su presencia en la manifestación del día del orgullo gay exteriorizaron, al mismo tiempo, su indiferencia, quizá su menosprecio, hacia otro conjunto numerosísimo de ciudadanos que no está de acuerdo con la citada ley. Y los gobernantes tienen que mostrar, aparentar al menos, que gobiernan para ‘todos’, no solamente para quienes los han votado. En caso contrario, apaga y vámonos, democracia.
(9-7-2005)
JUAN GARODRI
La pela es la pela, dicen que dicen los catalanes. Para los políticos que asistieron personalmente a la pasada manifestación del día del orgullo gay, la pela es el voto. Democracia pura.
Yo también estuve en Madrid el día del orgullo gay. No, lector pudibundo, no te turbes. Soy heterosexual. Y a mucha honra. Siento orgullo de ser heterosexual. También los heterosexuales, supongo, podemos proclamar nuestro orgullo aunque no estemos rodeados del olor a naftalina que emana del fondo del armario.
Así que, como te decía, estuve en Madrid el día del orgullo gay pero del año 2004. Era un atardecer muy caluroso de finales de junio y me habían invitado a una lectura poética en “El bosque animado”, travesía de san Mateo, en pleno Chueca. Emilio Sola me recibió cortésmente entre sus cuadros y sus árboles culturales y, mientras esperábamos a que acudiera público, nos tomamos unas cañas. ‘El bosque animado’ es una mímesis, entre mística y provocativa, de eso, de un bosque; una imitación de la naturaleza (realización a la que aspira esencialmente el arte) en la que los árboles que atestan las dos o tres salas del local tienen su tronco y sus hojas, con la única y sorprendente diferencia de que tales hojas no poseen naturaleza vegetal porque son hojas de libros. Es un extraño bar-museo en el que la cultura libresca se encuentra descolocada porque las hojas de los libros, en lugar de constituir su natural tocho encuadernado, se encuentran desperdigadas a la altura del techo conformando las copas de esos atractivos y sorprendentes árboles interiores.
Después de mi actuación salimos a la calle y me sorprendieron la alegría y el bullicio del gentío que confluía por las bocacalles, bien bebidos y bien fumados (y esnifados). Algunos me miraban, instantáneamente sorprendidos, supongo que a causa de mi aspecto pueblerino escasamente adecuado a la progresía y a la desinhibida proclamación ‘homo’ de los circundantes. Los amigos a los que acompañaba me presentaron a algunos de ellos, un poeta de Almería y un escritor de relatos breves barcelonés. No recuerdo sus nombres pero sí recuerdo la afabilidad, la amabilidad, la naturalidad con la que, abrazados a su pareja, me hablaban de poesía, de literatura, de arte, mientras tomábamos la cerveza. Este amplísimo preámbulo viene a cuento de que no tengo nada en contra de las personas que han optado por la homosexualidad como ámbito de realización de sus apetencias sexuales, a pesar de la opinión contraria que me han atribuido algunos tipos de mala baba, usted comprende, esos de la palmada en el hombro que te dicen en la acera, Pues leí tu artículo del sábado. No tengo nada que decir contra la homosexualidad y sus partidarios ni contra la multitudinaria manifestación que protagonizaron el pasado día 3 de julio en Madrid para reclamar sus derechos. Pero, sin embargo, no obstante (ah, la maldita restricción de la coordinada adversativa que tantas trifulcas provoca en los intercambios de opiniones) sí tengo algo que decir en contra de los personajes políticos que encabezaron la manifestación. No pintaban nada allí. ¿Mostraban realmente su apoyo a los manifestantes? El apoyo ya lo mostraron con la aprobación y promulgación de la ley del matrimonio homosexual. No era necesaria, me parece, la presencia física de los políticos en la manifestación. Esta apoyatura prolongada denota una urgencia en la micción política que provoca la meada fuera del tiesto. Porque con su presencia en la manifestación del día del orgullo gay exteriorizaron, al mismo tiempo, su indiferencia, quizá su menosprecio, hacia otro conjunto numerosísimo de ciudadanos que no está de acuerdo con la citada ley. Y los gobernantes tienen que mostrar, aparentar al menos, que gobiernan para ‘todos’, no solamente para quienes los han votado. En caso contrario, apaga y vámonos, democracia.
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año 2005 - 07 julio
OJO CRÍTICO
(2-7-2005)
JUAN GARODRI
Existen informaciones que son deformaciones, o sea, una auténtica deformación de la realidad, por no decir manipulación de la realidad, término tan desacreditado el de la manipulación: la mala baba que oculta su sema le prolonga una significación oscura y perturbadora, algo así como una pérfida maestría para distorsionar la verdad, lo cual que el ciudadano en lugar de recibir información recibe ‘deformación’, la acepta y la traga, que para eso el personal está dotado de amplias tragaderas adaptadas a las ruedas de molino. Cuando el río Alagón, a su paso por Coria, se sale de madre, se inunda (con inundación breve y somera) el paseo de la Isla y la primera calle de la urbanización ‘la Isleta’. Llegan a todo meter las cámaras de televisión y enfocan y graban ‘ese’ fragmento de calle inundado. “Inundaciones en Coria”, reza el titular de los telediarios. Y, efectivamente, las imágenes son tan contundentes que quien desconozca la topografía cauriense piensa que se han ahogado la mitad de los vecinos. Sin embargo, no se ha producido tal inundación: solamente el caudal del río ha rebosado y el agua se ha alejado unos metros de su cauce. Algo parecido, en cuanto a deformación de la realidad, ocurre con las manifestaciones. Cada manifestación pretende expresar una actitud social frente a un hecho, generalmente para reclamar algo o para exteriorizar su protesta por algo. La deformación acaece cuando los organizadores concluyen que «los ciudadanos» reclaman esto o lo otro, o que «los ciudadanos» protestan contra esto o contra lo otro. En la generalización «los ciudadanos» se oculta esa deformación a la que aludo. Porque el sintagma no engloba efectivamente a «todos» los ciudadanos, como pretenden los organizadores, sino a una mínima parte de ellos, que es la que se ha manifestado. Porque la manifestación, por multitudinaria, popular, pública que sea, no incluye el deseo, la reclamación, el rechazo o la protesta de «todos» sino sólo la reclamación o la protesta de ese sector mínimo de la ciudadanía manifestante (supongo que nadie en su sano juicio pretenderá hacernos creer que treinta mil o cien mil o quinientos mil o un millón, o los que sean, engloban a «todos» los ciudadanos). Otra deformación de la realidad consiste en el derecho a la manifestación. Por constante histórica, las izquierdas se han atribuido las manifestaciones como el ejercicio de un derecho, probablemente porque, entre otras causas, las derechas no hacían manifestaciones: no tenían que reclamar nada porque gozaban de presuntos derechos negados a otros.
Hoy día emergen resbaladizas actitudes de determinados sectores sociales que consideran políticamente incorrecto que las derechas se manifiesten para expresar su protesta por algo, hasta el punto de que a la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo no asistió ningún representante de las izquierdas (ni de la otra asociación, Víctimas del 11-M). Es preocupante: hasta las asociaciones de víctimas están politizadas y así hay quien les achaca diferentes proclividades políticas. “Víctimas del terrorismo” (de ETA) pertenece a las derechas; “Víctimas del 11-M” pertenece a las izquierdas. ¿Quién las hace pertenecer a uno u otro signo político? ¿Qué intereses obscenamente ocultos se mueven en la sombra para atraer simpatizantes, o votos, a través de la sensibilidad del personal hacia unas u otras víctimas? Las izquierdas, las derechas. Terrible. Ese determinante femenino y plural, “las”, entraña una serie de connotaciones que manifiestan la aviesa intención de resucitar la confrontación social, quizá el odio. Tan legítima es la manifestación de homosexuales reclamando sus derechos como la del Foro de la Familia contra el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo que es igual para todos no es ventajoso para ninguno.
(2-7-2005)
JUAN GARODRI
Existen informaciones que son deformaciones, o sea, una auténtica deformación de la realidad, por no decir manipulación de la realidad, término tan desacreditado el de la manipulación: la mala baba que oculta su sema le prolonga una significación oscura y perturbadora, algo así como una pérfida maestría para distorsionar la verdad, lo cual que el ciudadano en lugar de recibir información recibe ‘deformación’, la acepta y la traga, que para eso el personal está dotado de amplias tragaderas adaptadas a las ruedas de molino. Cuando el río Alagón, a su paso por Coria, se sale de madre, se inunda (con inundación breve y somera) el paseo de la Isla y la primera calle de la urbanización ‘la Isleta’. Llegan a todo meter las cámaras de televisión y enfocan y graban ‘ese’ fragmento de calle inundado. “Inundaciones en Coria”, reza el titular de los telediarios. Y, efectivamente, las imágenes son tan contundentes que quien desconozca la topografía cauriense piensa que se han ahogado la mitad de los vecinos. Sin embargo, no se ha producido tal inundación: solamente el caudal del río ha rebosado y el agua se ha alejado unos metros de su cauce. Algo parecido, en cuanto a deformación de la realidad, ocurre con las manifestaciones. Cada manifestación pretende expresar una actitud social frente a un hecho, generalmente para reclamar algo o para exteriorizar su protesta por algo. La deformación acaece cuando los organizadores concluyen que «los ciudadanos» reclaman esto o lo otro, o que «los ciudadanos» protestan contra esto o contra lo otro. En la generalización «los ciudadanos» se oculta esa deformación a la que aludo. Porque el sintagma no engloba efectivamente a «todos» los ciudadanos, como pretenden los organizadores, sino a una mínima parte de ellos, que es la que se ha manifestado. Porque la manifestación, por multitudinaria, popular, pública que sea, no incluye el deseo, la reclamación, el rechazo o la protesta de «todos» sino sólo la reclamación o la protesta de ese sector mínimo de la ciudadanía manifestante (supongo que nadie en su sano juicio pretenderá hacernos creer que treinta mil o cien mil o quinientos mil o un millón, o los que sean, engloban a «todos» los ciudadanos). Otra deformación de la realidad consiste en el derecho a la manifestación. Por constante histórica, las izquierdas se han atribuido las manifestaciones como el ejercicio de un derecho, probablemente porque, entre otras causas, las derechas no hacían manifestaciones: no tenían que reclamar nada porque gozaban de presuntos derechos negados a otros.
Hoy día emergen resbaladizas actitudes de determinados sectores sociales que consideran políticamente incorrecto que las derechas se manifiesten para expresar su protesta por algo, hasta el punto de que a la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo no asistió ningún representante de las izquierdas (ni de la otra asociación, Víctimas del 11-M). Es preocupante: hasta las asociaciones de víctimas están politizadas y así hay quien les achaca diferentes proclividades políticas. “Víctimas del terrorismo” (de ETA) pertenece a las derechas; “Víctimas del 11-M” pertenece a las izquierdas. ¿Quién las hace pertenecer a uno u otro signo político? ¿Qué intereses obscenamente ocultos se mueven en la sombra para atraer simpatizantes, o votos, a través de la sensibilidad del personal hacia unas u otras víctimas? Las izquierdas, las derechas. Terrible. Ese determinante femenino y plural, “las”, entraña una serie de connotaciones que manifiestan la aviesa intención de resucitar la confrontación social, quizá el odio. Tan legítima es la manifestación de homosexuales reclamando sus derechos como la del Foro de la Familia contra el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo que es igual para todos no es ventajoso para ninguno.
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año 2005 - 07 julio
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