LA COSA DE LOS BLOGS
(27-8-2005)
JUAN GARODRI
Yo no conocía la cosa de los blogs. Descuidado que es uno en la búsqueda de información actual. Pero un buen día, curioseando en las páginas digitales de HOY, me encuentro con lo siguiente: “Blogs.hoy.es – Hazte oír – publica tus ideas – comparte opiniones – tu página personal – publica tus noticias”. Y me quedé perplejo. Qué coño es un blog, me pregunté turbado. Así que me dirigí a las estanterías y tomé el english-spanish para averiguar la traducción. Pero nada. Está visto: los libros que uno ha comprado valen para poco, quiero decir, valen para mucho, pero con ellos se cumple inexorablemente la ley de Murphy porque, en situación de necesidad, no encuentras en ellos lo que pretendes encontrar, por más que buscas. Así que, para mi sorpresa, lo de blog no existía en el diccionario. El término ‘blog’ debe ser neologismo de reciente acuñación, pensé, porque no aparecía por ningún sitio. ¿Qué iba a hacer, pobre de mí, sin saber qué es un blog? Tendría que caminar hundido en la miseria de la ignorancia cibernética, sacudido por las convulsiones del analfabetismo tecnológico. Después de no pocas pesquisas y averiguaciones, logré identificar la palabra. Ya, gracias a Dios, conozco el significado de blog, y el de weblog, y el de blogosfera y blogómetro y hasta el de bloguero (que viene a ser algo así como un blogata empecinado en manifestar opiniones y en compartirlas). Porque la adicción a los blogs es tremenda. El individuo/a que pasa de bloguero normal a blogata compulsivo corre el riesgo de metaforizar la pantalla de su portátil y convertirla en una fértil pradera opinante, para que el resto de ciudadanos del mundo, globalización y todo eso, pueda pastar la nutritiva hierba de la opinión ajena que alimente sus neuronas para conseguir que todo los llame, unos hacia otros: el pasado conspira por el presente y el presente conspira por el pasado (ostras, me ha salido un alegato propio de las Crónicas de El Imparcial). En fin, cuando Jorn Barger puso en circulación la cosa del blog en diciembre de 1997 no sabía el circuito abierto que desencadenaba en el impulso opinante de la ciudadanía. O quizá sí lo sabía y por eso lo webalizó (¿existe el palabro? Ahí queda). Ahora sabemos (según leo) que los blogs se utilizan para filtrar información (cuando es sabido que la saturación informativa produce deformación), organizar negocios (con lo que la utilización del móvil puede irse a tomar por saco), compartir noticias familiares (y chafar las prolijas peroratas de fijo a fijo entre suegra y nuera), establecer relaciones profesionales (adiós a la publicidad impresa de ofertas de trabajo), fomentar el cambio social (despatarradas quedarán las reuniones asociativas, de Ong’s, por ejemplo) y reflexionar sobre el sentido de la vida (con lo que llegará el día en que las asociaciones filorreligiosas se extingan por consunción). Y no queda ahí la cosa. Hay blogs que se meten contra los políticos. Politicuchos. Así los califica un blog que aparece en periódico de tirada nacional. “La torpeza de los políticos españoles parece no tener límites. Los informativos ofrecen cada día una imagen más penosa de los políticos españoles, esa subespecie humana escasamente evolucionada que se caracteriza por su torpeza y sus malos modales”. ¿Tan idiotas son los políticos y tan listos los que no se dedican a la política? El relativismo al servicio de los intereses generales de la vida. John Dewey lo dejó asentado: el concepto de verdad no es ya un asunto teorético sino una práctica descarnada. Así lo entienden los más de ciento cuarenta y seis millones de blogs que serpentean por Internet.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
LA LECTURA
(20-8-2005)
JUAN GARODRI
Uno lee bobadas con frecuencia. A ver si nos entendemos: no es que yo elija bobadas para leerlas, sino que las bobadas se aparecen y va uno y las lee. El hecho de leer comporta su riesgo porque ni toda lectura es bobada ni toda lectura es clarividencia provechosa y, a mi modo de ver, si te arriesgas a leer una bobada sacas poco discernimiento de la lectura. Quiero decir que la lectura, o la no lectura, supone una elección, un riesgo (una ‘opción’: es más políticamente correcta la cosa de la opción, que la lectura sea una opción es cosa que yo no veo muy clara, porque toda opción supone elección, y elijo unos zapatos marrones o negros, los marrones son gruesos, los negros son finos, y va uno y compra los zapatos negros por su fina piel y porque se adaptan al pie como un guante, y a los cinco meses compra los marrones porque se acerca el invierno y protegen los pies del frío, pero tanto los marrones como los negros pueden ser finos y tanto los negros como los marrones pueden ser gruesos, y tú vas y eliges unos u otros, pero yo no considero una ‘opción’ la lectura, sino una necesidad, porque normalmente el individuo elige el libro que lee pero no elige la necesidad de leer, la siente en la profundidad de las entrañas como se siente el hambre o la sed, una necesidad, no una opción, en cambio los zapatos negros o marrones sí son una opción porque no constituyen una exigencia vital, en fin, cada quisque decide la elección de su vida y persigue aquello que le reporta felicidad, según cree, siempre que la elección se fragüe sobre elementos elegibles y se omita la de elementos exigidos por la propia naturaleza debido a su natural e imposible elegibilidad) y esa elección del libro (olvidando la prolija y horrible cláusula parentética que acabo de endilgarte, lector paciente, cláusula que habrás considerado como bobada, sin duda,) esa elección del libro no es necesidad vital sino decisión temporal, opción que cualquiera puede inclinar a una obra literaria o a un bodrio, a leer muchos libros o a leer pocos, e incluso a no leer (porque no siente ‘necesidad’ de ello), tal como hace una tal Victoria Adams que admite que nunca ha leído un libro. Hay quien no lee libros, ni uno siquiera, porque no dispone de tiempo para leer, sobre todo si es mucho el dinero del que dispone para gastar y, evidentemente, si una persona, pongamos Victoria Adams, dedica todo su tiempo a gastar dinero a espuertas pues como que no le queda ni un minuto para dedicarlo a la lectura, qué más quisiera ella que disponer de tiempo para abrir un libro, pero es imposible, hija, los libros tienen demasiadas páginas, cientos de líneas, tan negras, y miles de letras, todas apelotonadas, como hormigas, qué angustia, por Dios, imposible dedicarse una al recuento de hormigas después de una mañana ocupadísima en gastar dinero a espuertas en las tiendas de última moda, y en la búsqueda de una casita para vivir cómodamente, dos años, fíjate, dos años buscando casa y sin poder encontrarla, cómo iba a leer si tenía que encontrar casa con armarios, muchos, para colocar la ropa de diseño que adquiría con el dinero que gastaba a espuertas, qué ordinariez, el dinero a espuertas lo gasta el ricacho del puro y el mercedes con olor a ajo, que Madrid olía mucho a ajo, pero la gente fina y chic gasta el dinero con elegancia y estilo, cuanto más dinero más estilo, menos mal que por fin ha dado con una casa a su gusto que es alucinante, para dedicarse a su papel de madre de familia numerosa, porque Brooklyn, Romeo y Cruz son unos soles, aunque la verdad es que le encantaría tener una niña (o dos), para diseñarle la ropita (que para algo es diseñadora) y dedicarle muchas, muchas horas, a maquillarla y a pintarle las uñas. Así que ni tiempo tiene una para la cosa de los libros, eso que llaman lectura.
(20-8-2005)
JUAN GARODRI
Uno lee bobadas con frecuencia. A ver si nos entendemos: no es que yo elija bobadas para leerlas, sino que las bobadas se aparecen y va uno y las lee. El hecho de leer comporta su riesgo porque ni toda lectura es bobada ni toda lectura es clarividencia provechosa y, a mi modo de ver, si te arriesgas a leer una bobada sacas poco discernimiento de la lectura. Quiero decir que la lectura, o la no lectura, supone una elección, un riesgo (una ‘opción’: es más políticamente correcta la cosa de la opción, que la lectura sea una opción es cosa que yo no veo muy clara, porque toda opción supone elección, y elijo unos zapatos marrones o negros, los marrones son gruesos, los negros son finos, y va uno y compra los zapatos negros por su fina piel y porque se adaptan al pie como un guante, y a los cinco meses compra los marrones porque se acerca el invierno y protegen los pies del frío, pero tanto los marrones como los negros pueden ser finos y tanto los negros como los marrones pueden ser gruesos, y tú vas y eliges unos u otros, pero yo no considero una ‘opción’ la lectura, sino una necesidad, porque normalmente el individuo elige el libro que lee pero no elige la necesidad de leer, la siente en la profundidad de las entrañas como se siente el hambre o la sed, una necesidad, no una opción, en cambio los zapatos negros o marrones sí son una opción porque no constituyen una exigencia vital, en fin, cada quisque decide la elección de su vida y persigue aquello que le reporta felicidad, según cree, siempre que la elección se fragüe sobre elementos elegibles y se omita la de elementos exigidos por la propia naturaleza debido a su natural e imposible elegibilidad) y esa elección del libro (olvidando la prolija y horrible cláusula parentética que acabo de endilgarte, lector paciente, cláusula que habrás considerado como bobada, sin duda,) esa elección del libro no es necesidad vital sino decisión temporal, opción que cualquiera puede inclinar a una obra literaria o a un bodrio, a leer muchos libros o a leer pocos, e incluso a no leer (porque no siente ‘necesidad’ de ello), tal como hace una tal Victoria Adams que admite que nunca ha leído un libro. Hay quien no lee libros, ni uno siquiera, porque no dispone de tiempo para leer, sobre todo si es mucho el dinero del que dispone para gastar y, evidentemente, si una persona, pongamos Victoria Adams, dedica todo su tiempo a gastar dinero a espuertas pues como que no le queda ni un minuto para dedicarlo a la lectura, qué más quisiera ella que disponer de tiempo para abrir un libro, pero es imposible, hija, los libros tienen demasiadas páginas, cientos de líneas, tan negras, y miles de letras, todas apelotonadas, como hormigas, qué angustia, por Dios, imposible dedicarse una al recuento de hormigas después de una mañana ocupadísima en gastar dinero a espuertas en las tiendas de última moda, y en la búsqueda de una casita para vivir cómodamente, dos años, fíjate, dos años buscando casa y sin poder encontrarla, cómo iba a leer si tenía que encontrar casa con armarios, muchos, para colocar la ropa de diseño que adquiría con el dinero que gastaba a espuertas, qué ordinariez, el dinero a espuertas lo gasta el ricacho del puro y el mercedes con olor a ajo, que Madrid olía mucho a ajo, pero la gente fina y chic gasta el dinero con elegancia y estilo, cuanto más dinero más estilo, menos mal que por fin ha dado con una casa a su gusto que es alucinante, para dedicarse a su papel de madre de familia numerosa, porque Brooklyn, Romeo y Cruz son unos soles, aunque la verdad es que le encantaría tener una niña (o dos), para diseñarle la ropita (que para algo es diseñadora) y dedicarle muchas, muchas horas, a maquillarla y a pintarle las uñas. Así que ni tiempo tiene una para la cosa de los libros, eso que llaman lectura.
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año 2005 - 08 agosto
PETRÓLEO
(13-8-2005)
JUAN GARODRI
Y va el ministro Solbes, prepara su dedo índice, tuerce un poquitín el carrillo, desliza su gafa hasta medio tabique nasal tipo enanito Sabio de Blancanieves, y dice que, en su opinión, según las últimas escaladas del combustible, la subida del precio del petróleo perjudicará seriamente la economía española. Es una opinión profunda y juiciosa, digna de una mente aguda. Menos mal que se le ha ocurrido a él, porque a los españoles, tan torpes como somos, no se nos hubiera ocurrido ni en sueños. ¿Quién iba a pensar que el petróleo sería la causa de la depauperación de nuestra economía? Nadie que se precie de español. Los españoles pasamos por los surtidores para aprovisionarnos de combustible con el aire triunfal de los ricos. Lo mismo nos da que el precio del litro rebase el euro como que no lo rebase. Lo importante es el coche, no el euro. El coche, esa brillante metáfora de la plenitud metalizada en apariencia social. ¿Cómo pensar que el coche, nuestro orgullo y nuestra suficiencia, va a constituir al mismo tiempo nuestra ruina y nuestra decadencia? Por eso es tan aguda la frase de Solbes. Aguda y admonitoria. Porque a nadie se le había ocurrido pensar que el precio carísimo de un litro de combustible llegase a constituir un peligro semejante. El ciudadano marchaba tan tranquilo en su coche, silbando los compases (¿compases?) de Bono el irlandés en el “Vértigo” del megamacroconcierto de U2, más que una religión, tío (lo que demuestra que el ser humano tiene que creer en algo, y aclamarlo), y se detenía (el ciudadano que marchaba tan contento) en el surtidor cercano a llenar su tanque. Y no era consciente del peligro. Pagaba el precio del litro a un euro, o más, y no era consciente del peligro. Pero mira tú por dónde va Solbes y dice: ¡Ojo! ¡La subida del petróleo dañará la economía española! Y nos avisa del peligro. Y es que Solbes, además de inteligente, es la bondad pura. No quiere que los españoles suframos pensando en la ruina. No quiere que pasemos «del éxtasis al rencor» sin transición automovilística. Por eso, el buenazo de Solbes, después de quitarle importancia en cientos de ocasiones al impacto del crudo en la economía española, ya no ha podido más y ha pensado que es mejor advertir al ciudadano. Porque aunque es cierto que el PIB aumentará este año un 3’3 %, también lo es que aumentará en 2006 ese mismo porcentaje siempre, claro, que el precio medio del barril de petróleo no supere los 52,45 dólares. La madre del cordero negro está en que ahora mismo el precio del barril supera los 60 dólares y que en 2006 probablemente los quede atrás. Si no fuera por eso, nuestra economía no correría peligro. Y, desde luego, si el precio del barril de petróleo se mantuviese en 30 dólares, como hace unos años, el PIB hubiera aumentado un 6 %, o más. Seríamos riquísimos. Pero no hay que preocuparse. La aceleración de reformas estructurales (¿?) para conseguir un mayor crecimiento económico es pan comido. ¿Las qué? Sí, las reformas estructurales. No, qué va, no se trata de reformar la estructura del impuesto que grava el litro de combustible. Si el Gobierno rebajase el altísimo porcentaje que detrae de cada litro, y éste costase 50 céntimos en lugar de un euro, la cosa se solucionaría fácilmente, pero así no tendría gracia. Lo importante es conseguir los objetivos económicos con esfuerzo y dificultad. Por ejemplo: una buena reforma del mercado de trabajo para que los agentes sociales se rompan los cuernos y salgan a palos la temporalidad y los contratos. Pero el combustible, ni hablar. Ni tocarlo. Que los árabes suben el precio del petróleo, pues a subir el precio del litro en las gasolineras. Eso sí, avisar hay que avisar de que la economía puede resultar seriamente dañada y de que los bolsillos de la ciudadanía pueden resultar peligrosamente agujereados. Y hala, a utilizar el coche para ir a comprar tabaco.
(13-8-2005)
JUAN GARODRI
Y va el ministro Solbes, prepara su dedo índice, tuerce un poquitín el carrillo, desliza su gafa hasta medio tabique nasal tipo enanito Sabio de Blancanieves, y dice que, en su opinión, según las últimas escaladas del combustible, la subida del precio del petróleo perjudicará seriamente la economía española. Es una opinión profunda y juiciosa, digna de una mente aguda. Menos mal que se le ha ocurrido a él, porque a los españoles, tan torpes como somos, no se nos hubiera ocurrido ni en sueños. ¿Quién iba a pensar que el petróleo sería la causa de la depauperación de nuestra economía? Nadie que se precie de español. Los españoles pasamos por los surtidores para aprovisionarnos de combustible con el aire triunfal de los ricos. Lo mismo nos da que el precio del litro rebase el euro como que no lo rebase. Lo importante es el coche, no el euro. El coche, esa brillante metáfora de la plenitud metalizada en apariencia social. ¿Cómo pensar que el coche, nuestro orgullo y nuestra suficiencia, va a constituir al mismo tiempo nuestra ruina y nuestra decadencia? Por eso es tan aguda la frase de Solbes. Aguda y admonitoria. Porque a nadie se le había ocurrido pensar que el precio carísimo de un litro de combustible llegase a constituir un peligro semejante. El ciudadano marchaba tan tranquilo en su coche, silbando los compases (¿compases?) de Bono el irlandés en el “Vértigo” del megamacroconcierto de U2, más que una religión, tío (lo que demuestra que el ser humano tiene que creer en algo, y aclamarlo), y se detenía (el ciudadano que marchaba tan contento) en el surtidor cercano a llenar su tanque. Y no era consciente del peligro. Pagaba el precio del litro a un euro, o más, y no era consciente del peligro. Pero mira tú por dónde va Solbes y dice: ¡Ojo! ¡La subida del petróleo dañará la economía española! Y nos avisa del peligro. Y es que Solbes, además de inteligente, es la bondad pura. No quiere que los españoles suframos pensando en la ruina. No quiere que pasemos «del éxtasis al rencor» sin transición automovilística. Por eso, el buenazo de Solbes, después de quitarle importancia en cientos de ocasiones al impacto del crudo en la economía española, ya no ha podido más y ha pensado que es mejor advertir al ciudadano. Porque aunque es cierto que el PIB aumentará este año un 3’3 %, también lo es que aumentará en 2006 ese mismo porcentaje siempre, claro, que el precio medio del barril de petróleo no supere los 52,45 dólares. La madre del cordero negro está en que ahora mismo el precio del barril supera los 60 dólares y que en 2006 probablemente los quede atrás. Si no fuera por eso, nuestra economía no correría peligro. Y, desde luego, si el precio del barril de petróleo se mantuviese en 30 dólares, como hace unos años, el PIB hubiera aumentado un 6 %, o más. Seríamos riquísimos. Pero no hay que preocuparse. La aceleración de reformas estructurales (¿?) para conseguir un mayor crecimiento económico es pan comido. ¿Las qué? Sí, las reformas estructurales. No, qué va, no se trata de reformar la estructura del impuesto que grava el litro de combustible. Si el Gobierno rebajase el altísimo porcentaje que detrae de cada litro, y éste costase 50 céntimos en lugar de un euro, la cosa se solucionaría fácilmente, pero así no tendría gracia. Lo importante es conseguir los objetivos económicos con esfuerzo y dificultad. Por ejemplo: una buena reforma del mercado de trabajo para que los agentes sociales se rompan los cuernos y salgan a palos la temporalidad y los contratos. Pero el combustible, ni hablar. Ni tocarlo. Que los árabes suben el precio del petróleo, pues a subir el precio del litro en las gasolineras. Eso sí, avisar hay que avisar de que la economía puede resultar seriamente dañada y de que los bolsillos de la ciudadanía pueden resultar peligrosamente agujereados. Y hala, a utilizar el coche para ir a comprar tabaco.
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año 2005 - 08 agosto
HOMONIMIA PARA TORPES
(6-8-2005)
JUAN GARODRI
Hombre, no sólo va uno a encontrar en las pseudolibrerías de las grandes superficies “Windows XP para torpes”. Supongo que también podría darle a algún iluminado por publicar (tal vez ilustrada por Forges) una “Homonimia para torpes”, e ir tú husmeando la mancha y encontrarla. Necesaria. Al menos así la considero después de leer (y disfrutar) el chiste gráfico de Larrey, “La vuelta de la tortilla”, publicado en HOY el sábado pasado. Excelente. Acerca de las comunidades Autónomas Españolas. Y digo ‘españolas’ porque el chiste mantenía como fondo de dibujo el mapa de España. «Comunidades históricas / Comunidades histéricas». Del birrioso mapa de España, aplastado como una piel tundida, emergían varias líneas en dirección exacta a las comunidades histéricas y otras en dirección a las comunidades históricas. Lo chocante del asunto residía en que, en apariencia, la dirección de las líneas estaba equivocada porque había unas que señalaban como histéricas a las comunidades consideradas históricas, y afianzaban como históricas a las que nadie considera como tales. Así que las históricas eran histéricas y las que no son históricas tampoco eran histéricas pero eran históricas. Resulta, pues, que las comunidades que no son histéricas son históricas y las histéricas son, a la vez, históricas e histéricas. O sólo histéricas, quién sabe. Llegados a este punto de esquizofrenia homónima, habría que preguntarse dónde reside la historia y dónde aparece la histeria, o cuándo. Porque puede darse el caso de que una Comunidad histórica haya vivido tranquilamente su historicidad durante siglos, anclada en sus costumbres de raigambre bellísima y, de pronto, la aceleración del ritmo histórico le ha quemado las bujías, ha empezado a considerarse más histórica que nunca y se le ha aparecido la mañana de los tiempos en figura de reivindicación virginal disfrazada de histeria. Para no caer en el cepo, hay que preguntarse, pues, dónde reside la Historia. Oye, que no es una gilipollez, me lo han preguntado en la calle y no he hallado la respuesta. Me han dicho: ¿dónde está la Historia? ¿En las montañas, en los ríos, en los valles? ¿En los pueblos, en las ciudades, en los monumentos? ¿O acaso la Historia no es un lugar, ni mil lugares, sino el conjunto de ‘acciones’, conocidas o no, llevadas a cabo por el ser humano a lo largo de los siglos? Si es así, todas las comunidades que integran España son históricas. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurre afirmar que el río Llobregat es más histórico que el Tajo, o que Santiago de Compostela es ciudad más histórica que Mérida, o que la playa de la Concha adormece con olas más históricas que las de Almería, o que la Albufera de Valencia acumula más patos históricos que las Tablas de Daimiel. Ah, no, mire usted, es que no es eso, usted no tiene ni prostiputa idea, usted se ha pasado diecisiete autonomías porque el concepto histórico no reside en la topografía sino en el idioma, es decir, para que usted me entienda, la Historia no se asienta en los comportamientos humanos, las costumbres, todo eso, sabe usted, no, no, la Historia se arraiga en el idioma: Sólo una Comunidad con capacidad de comunicación oral diferente a otras (sistema fonológico propio, que se dice), puede considerarse histórica. ¡Plaff! Más de media España sumida en las tinieblas exteriores de la no Historia. ¡Y yo que pensaba que Viriato y las murallas tardorromanas le conferían a Coria un antiquísimo olor histórico. Pues nada. Sin histeria no hay Historia. (Información para listos. Charles Bally admite la homonimia parcial: los significantes presentan alguna diferencia de forma. Históricas/histéricas, por ejemplo. De nada).
(6-8-2005)
JUAN GARODRI
Hombre, no sólo va uno a encontrar en las pseudolibrerías de las grandes superficies “Windows XP para torpes”. Supongo que también podría darle a algún iluminado por publicar (tal vez ilustrada por Forges) una “Homonimia para torpes”, e ir tú husmeando la mancha y encontrarla. Necesaria. Al menos así la considero después de leer (y disfrutar) el chiste gráfico de Larrey, “La vuelta de la tortilla”, publicado en HOY el sábado pasado. Excelente. Acerca de las comunidades Autónomas Españolas. Y digo ‘españolas’ porque el chiste mantenía como fondo de dibujo el mapa de España. «Comunidades históricas / Comunidades histéricas». Del birrioso mapa de España, aplastado como una piel tundida, emergían varias líneas en dirección exacta a las comunidades histéricas y otras en dirección a las comunidades históricas. Lo chocante del asunto residía en que, en apariencia, la dirección de las líneas estaba equivocada porque había unas que señalaban como histéricas a las comunidades consideradas históricas, y afianzaban como históricas a las que nadie considera como tales. Así que las históricas eran histéricas y las que no son históricas tampoco eran histéricas pero eran históricas. Resulta, pues, que las comunidades que no son histéricas son históricas y las histéricas son, a la vez, históricas e histéricas. O sólo histéricas, quién sabe. Llegados a este punto de esquizofrenia homónima, habría que preguntarse dónde reside la historia y dónde aparece la histeria, o cuándo. Porque puede darse el caso de que una Comunidad histórica haya vivido tranquilamente su historicidad durante siglos, anclada en sus costumbres de raigambre bellísima y, de pronto, la aceleración del ritmo histórico le ha quemado las bujías, ha empezado a considerarse más histórica que nunca y se le ha aparecido la mañana de los tiempos en figura de reivindicación virginal disfrazada de histeria. Para no caer en el cepo, hay que preguntarse, pues, dónde reside la Historia. Oye, que no es una gilipollez, me lo han preguntado en la calle y no he hallado la respuesta. Me han dicho: ¿dónde está la Historia? ¿En las montañas, en los ríos, en los valles? ¿En los pueblos, en las ciudades, en los monumentos? ¿O acaso la Historia no es un lugar, ni mil lugares, sino el conjunto de ‘acciones’, conocidas o no, llevadas a cabo por el ser humano a lo largo de los siglos? Si es así, todas las comunidades que integran España son históricas. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurre afirmar que el río Llobregat es más histórico que el Tajo, o que Santiago de Compostela es ciudad más histórica que Mérida, o que la playa de la Concha adormece con olas más históricas que las de Almería, o que la Albufera de Valencia acumula más patos históricos que las Tablas de Daimiel. Ah, no, mire usted, es que no es eso, usted no tiene ni prostiputa idea, usted se ha pasado diecisiete autonomías porque el concepto histórico no reside en la topografía sino en el idioma, es decir, para que usted me entienda, la Historia no se asienta en los comportamientos humanos, las costumbres, todo eso, sabe usted, no, no, la Historia se arraiga en el idioma: Sólo una Comunidad con capacidad de comunicación oral diferente a otras (sistema fonológico propio, que se dice), puede considerarse histórica. ¡Plaff! Más de media España sumida en las tinieblas exteriores de la no Historia. ¡Y yo que pensaba que Viriato y las murallas tardorromanas le conferían a Coria un antiquísimo olor histórico. Pues nada. Sin histeria no hay Historia. (Información para listos. Charles Bally admite la homonimia parcial: los significantes presentan alguna diferencia de forma. Históricas/histéricas, por ejemplo. De nada).
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