FUTBOLETA
(29-6-2003)
JUAN GARODRI
Como hay algunos que no acaban de entender esos artículos tridimensionales, dicen, que a veces escribo, con frecuentes palabras de difícil intelección, voy a comentar el término «futboleta» para aquietar sus ánimos críticos y no mandarlos a tomar por saco.
Todo el mundo sabe qué es el fútbol, o no lo sabe, o cree que lo sabe, pero no todo el mundo sabe qué significado tiene la palabra futboleta, término derivado de fútbol, al que el sufijo -eta otorga un valor despectivo y jocoso.
Podemos atribuirle (por ponerse uno en plan charleta de CPR) dos tendencias, la teórica o abstracta y la práctica o personal. En la tendencia teórica, futboleta alude a una situación dominada por la ira; es la situación causada por una serie de acontecimientos considerados por el hincha como incorrectos, indignos, infames e injustos que provocan en él una rabia profunda, un cabreo menos sordo que vociferante, lo cual que el hincha se agarra una pataleta enrabietada y furiosa que, como aparece con motivo de la cosa del fútbol, llamamos futboleta. En la tendencia práctica o personal, sin embargo, futboleta es el individuo que, provocado por una serie de acontecimientos contrarios a sus intereses futboleros, se agarra una futboleta (rabieta) de cojones. Con lo que se da el caso, dentro de los límites de una tautología más inútil que léxica, que el futboleta se agarra casi siempre una buena futboleta.
No siempre, sin embargo, las palabras terminadas en -eta caracterizan el jolgorio significativo, qué va, muy al contrario. Palabras como escopeta, metralleta, tanqueta, carecen absolutamente de aspecto cómico o gracioso y se inclinan a transmitir el miedo y el espanto. Poeta y majareta van unidos dentro de una asociación mental que, aunque tal vez injusta, no deja de resultar verosímil. Cuchufleta, burleta y pedorreta atribuyen a sus lexemas una idea de guasa despectiva y displicente, a veces humillante, que se utiliza para mandar al plasta de turno más allá del extranjero. Futboleta, no obstante, va asociado a rabieta, ese enfado o motivo de ira que a veces adquiere grandes dimensiones aunque haya sido provocado por motivo leve.
En el caso, por ejemplo, de la patada en el culo a Vicente del Bosque y a Fernando Hierro, la futboleta que se han agarrado muchos socios, hinchas, forofos, etcétera, del Madrid ha sido considerable. Las pintadas contra Florentino han constituido el aspecto visible de su futboleta. Y es que no se puede jugar con los sentimientos de la gente. El fútbol ha sido elevado a la categoría de mito en cuanto que sus personajes gozan de carácter divino o, al menos, heroico. Dentro del mito, cada hincha le otorga un símbolo con el que se siente representado. Y va el personal y tira de Ronaldo, de Zidane, de Figo o de Raúl para rellenar con ellos o con alguno de ellos ese vacío zarrapastroso que arrastra a diario entre sus decepciones.
Así que el hincha de toda la vida (futboleta) no soporta la frialdad de tiburón empresarial de Florentino que, dando por donde todo el mundo sabe al mito y al símbolo, prefiere la rentabilidad económica a la zaragalla épica. Y que disculpe Del Bosque, pero ese agotamiento de proyecto que han utilizado sus jefes como excusa para echarlo a la rue, no es tal agotamiento desde el punto de vista técnico. Es agotamiento desde el punto de vista estético. A Florentino le interesa vender. El fútbol para él no existe como finalidad última. El fútbol existe en tanto en cuanto posibilita la capacidad de generar dinero, es decir, derechos de imagen, publicidad, camisetas, bufandas, insignias. El pobre Vicente Del Bosque, con esa imagen de artesanía humilde, con esa pinta de carnicero, de panadero, de dueño de tasca de barrio, había agotado sus posibilidades de venta de imagen. Poco han importado los siete títulos conseguidos en las cuatro últimas temporadas, de poco le han valido la afabilidad y las buenas maneras, de nada le ha servido pacificar el avispero de un vestuario donde cada uno de sus integrantes se considera, cuando menos, el rey de Roma. Fuera. Kaput. Hace falta un icono que genere cuantiosos ingresos por derechos de imagen. Caiga quien caiga. Del Bosque no tenía que hacer nada ante Queiroz, un técnico que habla cinco idiomas, con aspecto de alto ejecutivo, acorde con las exigencias de un Madrid transformado en empresa, un técnico segundón (da igual) tan parecido a Valdano, ese marqués de la terminología futbolística, ese personaje de frase redondeada y de ojo de águila clarividente. Queiroz asume la filosofía de Valdano: «El fútbol debe ser un arte». El arte del negocio. Business is business.
Estaba cantado. Del Bosque no tenía nada que hacer. El Madrid necesita técnicos objeto y futbolistas objeto. Que, además, sean buenos futbolistas para ganar títulos.
La llegada de David Beckham, con los peinados de la irreverencia, transforma al futbolista en ese oscuro objeto de deseo por el que suspiran las jovencitas cuando admiran su torso desnudo después del gol, con el que sueñan las maduritas al recordar su tentadora piel de efebo musculoso y elástico, en el que piensan, tal vez, los partidarios del homoerotismo andrógino (no sé cómo decirlo más finamente). Ese tipo vende. Ese tipo da dinero. Hace pocos días, Beckham ha realizado una gira por Japón. Lo han entrevistado en 14 emisoras de televisión: solamente ha hablado cuatro minutos de fútbol, pero ha generado unos ingresos de 8,5 millones de euros. Ante una situación como la expuesta, de manifiesto predominio de la publicidad y la imagen generadora de ingresos, ¿qué final le esperaba a Del Bosque? ¿Qué le esperaba a Hierro, «el mejor defensa del mundo» según la pelotada de Florentino, con 35 tacos en las botas y ese rostro de gitano sacrificado y cumplidor?
De ahí la futboleta (rabieta) del hincha de toda la vida, ese sacrificado espectador de “su” equipo, a quien han destruido, de una sola tacada empresarial, la fe en sus ídolos y el amor a sus colores. Que, aunque parezca mentira, todavía hay quien se cree eso de que el fútbol es un deporte. Son los futboletas. Incautos.
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domingo, 27 de septiembre de 2009
METÁFORAS
(22-6-2003)
JUAN GARODRI
Los profesores de literatura explican muy bien lo de las metáforas. «Tus dientes son perlas», dicen siempre, como si no existieran millares de frases con las que ejemplificar la metáfora.
Pero los dientes con relación a las perlas, o las perlas con relación a los dientes, ejercen una atracción simbólica, quizá mistérica, sobre docentes y discentes, absortos en esa relación asombrosamente abstracta que dimana de perlas que son dientes, o de dientes que son perlas.
Yo tuve un profesor que explicaba la metáfora con facilidad deslumbrante, y hasta se permitía el lujo de formular la metáfora con un rigor casi matemático al relacionar entre sí el término real y el término imaginario. Si el término real lo llamamos A y denominamos B el término imaginario, decía, resulta que A y B permanecen indisolublemente unidos por una identificación, de donde concluimos que A es B. Y lo escribía con rasgos vigorosos en la pizarra, A : B, colocando dos puntos entre la A y la B, puntos que emergían como eje angular alrededor del cual giraban los dientes y las perlas. También hablaba de metáforas puras, muy difíciles de identificar, porque la pureza de la metáfora residía en la ocultación del término real A, y tenía uno que hilar muy fino para descubrir el término imaginario B, que había desaparecido gracias a la excelencia artística del poeta, encubridor literario para magnificar con su encubrimiento la belleza clásicamente rotunda de la metáfora: las perlas de tu boca.
Había días en que yo sudaba tinta porque el profesor se adentraba en dificultades gongorinas y hacía que las neuronas destilaran sobrecogedores esfuerzos de intelección y clarividencia. Se trataba de la metáfora determinativa. B de A, decía. Hay que cazarla. Y distribuía fotocopias que reproducían «Preciosa y el aire», de Lorca, para que saliéramos a la caza y captura de la metáfora determinativa, ignorantes de tiros literarios. Imposible descubrirla entre la intrincada maleza léxica del autor. Además, uno caía en el pozo de la perversidad porque daba vueltas, sin remedio, a aquellos versos ardorosos y urgentes: «Niña, deja que levante / tu vestido para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul de tu vientre». Con lo que la inminencia del vestido alejaba la abstracción metafórica.
A pesar de todo, la reminiscencia de la metáfora pervive durante años y constituye una vieja cicatriz imborrable. ¿Qué otra cosa, sino vestigios de la antigua metáfora, son las afirmaciones promisorias de todos los nuevos alcaldes (y alcaldesas) salidos recientemente de las urnas como el genio que fluye de la lámpara maravillosa? Prometen y prometen. Promesas con la estructura externa de “metáfora pura”: desaparecido el término real, fagocitado por la escandalera de los pactos, sólo permanece el término imaginario, atrapado en los límites de la inverosimilitud.
Ahora mismo, sin ir más lejos. Metáfora de la corrupción. Asamblea de Madrid. "Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez son basuras y despojos". Metáfora perfecta, aunque de estructura bimembre, de tipo identificativo: A es B. Al menos el señor Aznar así la ha explicitado imprecatoriamente: «Con esas basuras, con esos despojos, menuda alternativa van a presentar». Muchos de los asistentes a la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados sonreían maliciosamente. La metáfora era perfecta: Tamayo y Sáez (A) son basuras y despojos (B). Existe la misma identidad imaginativa entre “dientes” y “perlas” del ejemplo clásico que entre “Tamayo-Sáez” y “basuras-despojos” del ejemplo aznariano. Es evidente que en la belleza de la frase «Tus dientes son perlas» la asociación imaginativa consiste en atribuir a los dientes las magníficas cualidades de las perlas y, de la misma forma, en la vulgaridad de «Tamayo-Sáez son basuras-despojos» se atribuyen a los políticos supuestamente corruptos las sucias cualidades de los desperdicios.
La conclusión a la que llega el ciudadano interesado en el asunto es que estamos rodeados de metáforas políticas, quizá porque el político es un ser esencialmente metafórico e imaginativo. Ya se habla, con respecto al escándalo de la Asamblea de Madrid, de la «ETA del ladrillo», metáfora de estructura determinativa y metonímica, tipo B de A, para designar la relación de corruptela asamblearia que puede establecerse entre una organización supuestamente corrupta (algunos posibles miembros de la Asamblea de Madrid) y el ladrillo (algunos miembros de la especulación inmobiliaria).
Con todo, yo me quedo con otra metáfora peyorativa, tipo A de B, pero de estructura perfecta: «Política de mierda». Porque las metáforas no sólo se utilizan para exaltar la belleza. Ahí están los políticos, con cráneos privilegiados repletos de metáforas no precisamente bellas. Así que por la misma lógica anteriormente expuesta, habría que considerar metafórica, aunque no bella, la frase «política de mierda» porque la relación entre el término real ‘política’ y el imaginario ‘de mierda’ se concreta en la asociación de las cualidades negativas de la mierda que en este caso se atribuyen subjetivamente a la política.
Una vez expuesto lo expuesto, quiero felicitar al lector que haya llegado fielmente hasta aquí y le deseo que no caiga en el nihilismo político al que induce la tensión democrática actual, que inicia, a lo que parece, la deslizante y peligrosa bajada de la descomposición. En caso contrario (y no deseable), el único remedio al alcance de la mano se resume en la frase de mi tío Eufrasio: En las próximas elecciones les voy a decir que vote su puta madre. Metáfora peyorativa de extensa e inconveniente explicación.
(22-6-2003)
JUAN GARODRI
Los profesores de literatura explican muy bien lo de las metáforas. «Tus dientes son perlas», dicen siempre, como si no existieran millares de frases con las que ejemplificar la metáfora.
Pero los dientes con relación a las perlas, o las perlas con relación a los dientes, ejercen una atracción simbólica, quizá mistérica, sobre docentes y discentes, absortos en esa relación asombrosamente abstracta que dimana de perlas que son dientes, o de dientes que son perlas.
Yo tuve un profesor que explicaba la metáfora con facilidad deslumbrante, y hasta se permitía el lujo de formular la metáfora con un rigor casi matemático al relacionar entre sí el término real y el término imaginario. Si el término real lo llamamos A y denominamos B el término imaginario, decía, resulta que A y B permanecen indisolublemente unidos por una identificación, de donde concluimos que A es B. Y lo escribía con rasgos vigorosos en la pizarra, A : B, colocando dos puntos entre la A y la B, puntos que emergían como eje angular alrededor del cual giraban los dientes y las perlas. También hablaba de metáforas puras, muy difíciles de identificar, porque la pureza de la metáfora residía en la ocultación del término real A, y tenía uno que hilar muy fino para descubrir el término imaginario B, que había desaparecido gracias a la excelencia artística del poeta, encubridor literario para magnificar con su encubrimiento la belleza clásicamente rotunda de la metáfora: las perlas de tu boca.
Había días en que yo sudaba tinta porque el profesor se adentraba en dificultades gongorinas y hacía que las neuronas destilaran sobrecogedores esfuerzos de intelección y clarividencia. Se trataba de la metáfora determinativa. B de A, decía. Hay que cazarla. Y distribuía fotocopias que reproducían «Preciosa y el aire», de Lorca, para que saliéramos a la caza y captura de la metáfora determinativa, ignorantes de tiros literarios. Imposible descubrirla entre la intrincada maleza léxica del autor. Además, uno caía en el pozo de la perversidad porque daba vueltas, sin remedio, a aquellos versos ardorosos y urgentes: «Niña, deja que levante / tu vestido para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul de tu vientre». Con lo que la inminencia del vestido alejaba la abstracción metafórica.
A pesar de todo, la reminiscencia de la metáfora pervive durante años y constituye una vieja cicatriz imborrable. ¿Qué otra cosa, sino vestigios de la antigua metáfora, son las afirmaciones promisorias de todos los nuevos alcaldes (y alcaldesas) salidos recientemente de las urnas como el genio que fluye de la lámpara maravillosa? Prometen y prometen. Promesas con la estructura externa de “metáfora pura”: desaparecido el término real, fagocitado por la escandalera de los pactos, sólo permanece el término imaginario, atrapado en los límites de la inverosimilitud.
Ahora mismo, sin ir más lejos. Metáfora de la corrupción. Asamblea de Madrid. "Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez son basuras y despojos". Metáfora perfecta, aunque de estructura bimembre, de tipo identificativo: A es B. Al menos el señor Aznar así la ha explicitado imprecatoriamente: «Con esas basuras, con esos despojos, menuda alternativa van a presentar». Muchos de los asistentes a la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados sonreían maliciosamente. La metáfora era perfecta: Tamayo y Sáez (A) son basuras y despojos (B). Existe la misma identidad imaginativa entre “dientes” y “perlas” del ejemplo clásico que entre “Tamayo-Sáez” y “basuras-despojos” del ejemplo aznariano. Es evidente que en la belleza de la frase «Tus dientes son perlas» la asociación imaginativa consiste en atribuir a los dientes las magníficas cualidades de las perlas y, de la misma forma, en la vulgaridad de «Tamayo-Sáez son basuras-despojos» se atribuyen a los políticos supuestamente corruptos las sucias cualidades de los desperdicios.
La conclusión a la que llega el ciudadano interesado en el asunto es que estamos rodeados de metáforas políticas, quizá porque el político es un ser esencialmente metafórico e imaginativo. Ya se habla, con respecto al escándalo de la Asamblea de Madrid, de la «ETA del ladrillo», metáfora de estructura determinativa y metonímica, tipo B de A, para designar la relación de corruptela asamblearia que puede establecerse entre una organización supuestamente corrupta (algunos posibles miembros de la Asamblea de Madrid) y el ladrillo (algunos miembros de la especulación inmobiliaria).
Con todo, yo me quedo con otra metáfora peyorativa, tipo A de B, pero de estructura perfecta: «Política de mierda». Porque las metáforas no sólo se utilizan para exaltar la belleza. Ahí están los políticos, con cráneos privilegiados repletos de metáforas no precisamente bellas. Así que por la misma lógica anteriormente expuesta, habría que considerar metafórica, aunque no bella, la frase «política de mierda» porque la relación entre el término real ‘política’ y el imaginario ‘de mierda’ se concreta en la asociación de las cualidades negativas de la mierda que en este caso se atribuyen subjetivamente a la política.
Una vez expuesto lo expuesto, quiero felicitar al lector que haya llegado fielmente hasta aquí y le deseo que no caiga en el nihilismo político al que induce la tensión democrática actual, que inicia, a lo que parece, la deslizante y peligrosa bajada de la descomposición. En caso contrario (y no deseable), el único remedio al alcance de la mano se resume en la frase de mi tío Eufrasio: En las próximas elecciones les voy a decir que vote su puta madre. Metáfora peyorativa de extensa e inconveniente explicación.
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año 2003 - 06 junio
SALAS DE ESPERA
(15-6-2003)
JUAN GARODRI
No hay como permanecer en una sala de espera para convencerse de la fragilidad de la persona. Me refiero, principalmente, a las salas de espera de clínicas, ambulatorios y consultas médicas privadas.
El paciente entra en la sala de espera con precaución, cuando no con prevención, mira a derecha e izquierda, descubre un asiento vacío, se dirige a él y pide perdón constantemente por atravesar la salita, o rozar un pie, o importunar. El paciente que entra en la sala de espera piensa que molesta a los que ya se hallan acomodados en el silencio y en el reojo. Porque el silencio es sepulcral. Nadie habla, nadie se mira y todos se observan. De reojo, naturalmente. Existe una especie de compostura íntima y como vergonzante que propende a no cruzar la mirada, una moderación en los ojos que se alzan hasta el techo, se inclinan hacia el suelo o se clavan en la pared de enfrente intentando descifrar la certificación enmarcada del XXVII Cursillo sobre no sé qué especialidad médica a la que el doctor acudió en 1987, o antes. Así que no, no es a usted a quien pretenden mirar, señora, sino al diploma que está colgado por encima de su cabeza. Es una lucha de miradas oblicuas en la que cada uno de los contendientes procura impedir el encontronazo de los ojos. Tal vez quieran evitar la evidencia recíproca del mal físico, porque una cosa es innegable: las personas reunidas en esta sala se encuentran aquí porque sobrellevan un padecimiento físico que inútilmente pretenden ocultar a los demás. De ahí el empeño en esquivar las miradas. Así que, para evitar indiscreciones silenciosas, el paciente se decide a leer una revista. Pero tiene que incorporarse. Aunque la estancia es reducida, las revistas se amontonan desordenadamente en la mesita central. Un pequeño esfuerzo y ya está. ¡Hop! Los cuatro pacientes lo miran y piensan «no pasa nada; el de la esquina, que se ha decidido a leer una revista». Y vuelta a clavar los ojos donde antes los tuvieran clavados.
Como casi siempre, la revista que ha tomado el paciente está anticuada. La ha elegido porque no es una revista del corazón, ni de marujeo, ni de prensa rosa, que aparecen desperdigadas sobre la mesa de la sala de espera con esa apariencia de páginas indóciles que muestran las revistas de uso común. Esta es una revista de las que las empresas editoras ofrecen juntamente con el periódico los fines de semana. Alguna página cuelga, semiarrancada de su encuadernación natural. Otras aparecen arrugadas, o dobladas, o sucias. ¡Han sido tantas las manos que la han utilizado! Con cierta prevención y discreto escrúpulo, el paciente va pasando las hojas. A estas alturas del año, el cuento de Maruja Torres, el artículo de Muñoz Molina o el cabreo de Pérez-Reverte parecen tan pasados de rosca que no animan a leerlos. Lo mismo ocurre con los reportajes, lejanos en el tiempo y ausentes de interés. El paciente se pregunta cómo es posible que asuntos que despertaron la atención o el recelo mundial hace apenas unos meses, aparezcan ya como fósiles informativos. «El petróleo de la discordia. De qué va realmente la guerra contra Irak». Qué lejanía la de la guerra. Eso esperaban sus promotores, y lo sabían: el tiempo cumpliría su cometido de apelmazar la memoria. Nadie habla ya de la guerra. Nadie indaga sus causas. Nadie inculpa por sus consecuencias. Versos de pie quebrado harían falta, como los de Jorge Manrique, para recordar y avivar el seso, no sea que, cuando menos se piense, coloquen los mandamases otra guerra, con el pretexto ininteligible de las armas de destrucción masiva...
De pronto, el paciente siente un repentino picor en la fosa nasal izquierda y sabe que va a estornudar. Hace muecas tal vez exageradas para ver si aleja la inminencia del estornudo. Imposible. Una especie de cepillito eléctrico gira a dos mil revoluciones por minuto coanas abajo y el cosquilleo es insoportable. El paciente se asusta y a toda velocidad rebusca en sus bolsillos la ayuda de un pañuelo. Sabe que sus estornudos son tremendos. Si estornuda con la boca abierta, una catarata de mucosa pulverizada se estrella contra todo lo que aparezca por delante. Si lo hace con la boca cerrada, el estornudo atraviesa dos fases: una débil e iniciadora como si la tráquea exhalase un gemido y, casi simultáneamente, una explosión nasal, igualmente líquida y pulverizada, semejante al estornudo de las cabras. Infelizmente, no logra sacar del bolsillo el pañuelo de tela de los que ya nadie utiliza (sustituidos por los kleenes, tan asépticos e higiénicos, pero que no complacen al paciente porque cada vez que estornuda, sin saber cómo, aparece el kleenex atravesado en algún dedo) pero logra, en décimas de segundo, colocar ante su rostro la revista anticuada, único medio disponible para impedir la catarata y la aspersión nasal. Lo que no puede impedir, no obstante, es el volumen exagerado del estruendo. Así que la señora sentada frente al paciente se sobresalta ligeramente y exclama ¡Jesús!, no se sabe si como jaculatoria de tratamiento educado o como reacción alarmada ante la repentina potencia estornutatoria.
El paciente se disculpa y prosigue como puede el hojeo de la revista, pero piensa en la inadecuada falta de higiene que suponen las revistas anticuadas en las salas de espera, repletas (las revistas) de gérmenes tal vez nocivos y contaminantes. A saber cuántos no habrán estornudado antes que él utilizando el cauto parapeto de la revista. En definitiva, reflexiona el paciente que las revistas deberían estar totalmente actualizadas porque piensa que a menos antigüedad menos posibilidad de contagio, ya que habrán recibido menos estornudos, menos mal aliento, menos bichitos de esos que los pacientes suelen llevar dentro.
Menos mal que la suave música de relajación que se esparce por la sala induce a olvidar la posibilidad de un contagio potencial. Otros por menos han denunciado al Ayuntamiento.
(15-6-2003)
JUAN GARODRI
No hay como permanecer en una sala de espera para convencerse de la fragilidad de la persona. Me refiero, principalmente, a las salas de espera de clínicas, ambulatorios y consultas médicas privadas.
El paciente entra en la sala de espera con precaución, cuando no con prevención, mira a derecha e izquierda, descubre un asiento vacío, se dirige a él y pide perdón constantemente por atravesar la salita, o rozar un pie, o importunar. El paciente que entra en la sala de espera piensa que molesta a los que ya se hallan acomodados en el silencio y en el reojo. Porque el silencio es sepulcral. Nadie habla, nadie se mira y todos se observan. De reojo, naturalmente. Existe una especie de compostura íntima y como vergonzante que propende a no cruzar la mirada, una moderación en los ojos que se alzan hasta el techo, se inclinan hacia el suelo o se clavan en la pared de enfrente intentando descifrar la certificación enmarcada del XXVII Cursillo sobre no sé qué especialidad médica a la que el doctor acudió en 1987, o antes. Así que no, no es a usted a quien pretenden mirar, señora, sino al diploma que está colgado por encima de su cabeza. Es una lucha de miradas oblicuas en la que cada uno de los contendientes procura impedir el encontronazo de los ojos. Tal vez quieran evitar la evidencia recíproca del mal físico, porque una cosa es innegable: las personas reunidas en esta sala se encuentran aquí porque sobrellevan un padecimiento físico que inútilmente pretenden ocultar a los demás. De ahí el empeño en esquivar las miradas. Así que, para evitar indiscreciones silenciosas, el paciente se decide a leer una revista. Pero tiene que incorporarse. Aunque la estancia es reducida, las revistas se amontonan desordenadamente en la mesita central. Un pequeño esfuerzo y ya está. ¡Hop! Los cuatro pacientes lo miran y piensan «no pasa nada; el de la esquina, que se ha decidido a leer una revista». Y vuelta a clavar los ojos donde antes los tuvieran clavados.
Como casi siempre, la revista que ha tomado el paciente está anticuada. La ha elegido porque no es una revista del corazón, ni de marujeo, ni de prensa rosa, que aparecen desperdigadas sobre la mesa de la sala de espera con esa apariencia de páginas indóciles que muestran las revistas de uso común. Esta es una revista de las que las empresas editoras ofrecen juntamente con el periódico los fines de semana. Alguna página cuelga, semiarrancada de su encuadernación natural. Otras aparecen arrugadas, o dobladas, o sucias. ¡Han sido tantas las manos que la han utilizado! Con cierta prevención y discreto escrúpulo, el paciente va pasando las hojas. A estas alturas del año, el cuento de Maruja Torres, el artículo de Muñoz Molina o el cabreo de Pérez-Reverte parecen tan pasados de rosca que no animan a leerlos. Lo mismo ocurre con los reportajes, lejanos en el tiempo y ausentes de interés. El paciente se pregunta cómo es posible que asuntos que despertaron la atención o el recelo mundial hace apenas unos meses, aparezcan ya como fósiles informativos. «El petróleo de la discordia. De qué va realmente la guerra contra Irak». Qué lejanía la de la guerra. Eso esperaban sus promotores, y lo sabían: el tiempo cumpliría su cometido de apelmazar la memoria. Nadie habla ya de la guerra. Nadie indaga sus causas. Nadie inculpa por sus consecuencias. Versos de pie quebrado harían falta, como los de Jorge Manrique, para recordar y avivar el seso, no sea que, cuando menos se piense, coloquen los mandamases otra guerra, con el pretexto ininteligible de las armas de destrucción masiva...
De pronto, el paciente siente un repentino picor en la fosa nasal izquierda y sabe que va a estornudar. Hace muecas tal vez exageradas para ver si aleja la inminencia del estornudo. Imposible. Una especie de cepillito eléctrico gira a dos mil revoluciones por minuto coanas abajo y el cosquilleo es insoportable. El paciente se asusta y a toda velocidad rebusca en sus bolsillos la ayuda de un pañuelo. Sabe que sus estornudos son tremendos. Si estornuda con la boca abierta, una catarata de mucosa pulverizada se estrella contra todo lo que aparezca por delante. Si lo hace con la boca cerrada, el estornudo atraviesa dos fases: una débil e iniciadora como si la tráquea exhalase un gemido y, casi simultáneamente, una explosión nasal, igualmente líquida y pulverizada, semejante al estornudo de las cabras. Infelizmente, no logra sacar del bolsillo el pañuelo de tela de los que ya nadie utiliza (sustituidos por los kleenes, tan asépticos e higiénicos, pero que no complacen al paciente porque cada vez que estornuda, sin saber cómo, aparece el kleenex atravesado en algún dedo) pero logra, en décimas de segundo, colocar ante su rostro la revista anticuada, único medio disponible para impedir la catarata y la aspersión nasal. Lo que no puede impedir, no obstante, es el volumen exagerado del estruendo. Así que la señora sentada frente al paciente se sobresalta ligeramente y exclama ¡Jesús!, no se sabe si como jaculatoria de tratamiento educado o como reacción alarmada ante la repentina potencia estornutatoria.
El paciente se disculpa y prosigue como puede el hojeo de la revista, pero piensa en la inadecuada falta de higiene que suponen las revistas anticuadas en las salas de espera, repletas (las revistas) de gérmenes tal vez nocivos y contaminantes. A saber cuántos no habrán estornudado antes que él utilizando el cauto parapeto de la revista. En definitiva, reflexiona el paciente que las revistas deberían estar totalmente actualizadas porque piensa que a menos antigüedad menos posibilidad de contagio, ya que habrán recibido menos estornudos, menos mal aliento, menos bichitos de esos que los pacientes suelen llevar dentro.
Menos mal que la suave música de relajación que se esparce por la sala induce a olvidar la posibilidad de un contagio potencial. Otros por menos han denunciado al Ayuntamiento.
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año 2003 - 06 junio
LO DEL CASTIGO
(8-6-2003)
JUAN GARODRI
Los ingleses es que son muy cumplidos. Tanto, que cumplen hasta con el castigo. Ahora que los psicólogos afirman que el castigo origina toda clase de frustraciones interiores y de fracasos exteriores, van los ingleses y pretenden recuperar el castigo en las aulas. No el castigo de la expulsión o el castigo verbal u ocupacional, no, sino el castigo físico. Alumno insolente, alumno castigado. La regla y la vara de sauce encima de la mesa. La regla emite un sonido seco y algo estridente, como la tos disecada de una anciana de Gales. La vara, sin embargo, silba como el viento dormido en las rocas de Cornualles. La vara tiene que ser de sauce llorón para que el vardascazo derrame lágrimas ejemplarizantes en la palma de la mano. El maestro que utiliza la vardasca suele ser enérgico y amante del orden, la disciplina y el deber. Además, explica muy bien matemáticas y hace problemas de libras y peniques, pero como el personal es pedorro y tiene serrín en la cabeza y entiende mal sus explicaciones y lleva el pelo con los rizos revueltos de Mike Hucknall y lleva auriculares para escuchar la música de Soft Pink Truth y lleva los brazos tatuados con las calaveras de Iron Maiden, pues eso, la letra con sangre entra.
Pero esto es en el Reino Unido, donde los ingleses son tan cumplidos. Por las poblaciones cercanas a la Raia pensábamos que los cumplidos eran los portugueses. «Eres más cumplío que un portugués», dice mi tío Eufrasio cuando le ofreces la silla en la terraza. Pero resulta que no, que los cumplidos son los ingleses. Porque piensan cumplir hasta con el castigo.
También pretenden cumplir con Blair, y castigarlo por lo de la guerra de Irak. Ahora que ya ha terminado la guerra. Después de burro muerto, la cebada al rabo, decían en aquellos tiempos en que había burros. Así que la falta de pruebas de existencia de armas de destrucción masiva en Irak (uno de los motivos por los que se libró la guerra) ha alborotado a los ingleses y esto ha provocado que parlamentarios y congresistas del Reino Unido pretendan castigar a Tony Blair y le pidan explicaciones para aclarar los motivos que lo llevaron a participar en el conflicto. Porque la credibilidad del Gobierno ha quedado puesta en tela de juicio al no probarse aún la existencia de estas armas. Pero esto es en el Reino Unido. En España no hace falta aclarar ningún motivo bélico porque todo se ha hecho por el bien de los ciudadanos. Como es probable que nunca se sepa si había o no armas de destrucción masiva en Irak, los ingleses se dirigen en estos momentos hacia terreno interior, porque ahora de lo que se trata es de castigar (creo que ya he dicho que son muy cumplidos): hay que castigar la gordura y el tabaco. Los tiros pues se dirigen contra la celulitis y el humo.
Imagínate que el alguacil del pueblo llega a la plaza mayor, se echa la gorra hacia atrás, saca la turuta, lanza los cuatro resoplidos reglamentarios y grita su salmodia de pregonero: ‘Bando. De orden del señor alcalde, se hace saber que los gordos y los fumadores tendrán que firmar un contrato por el que se comprometen a adelgazar o a dejar su hábito si quieren seguir recibiendo asistencia gratuita por parte de la sanidad pública británica. El elevado número de enfermedades y muertos relacionados con el tabaco, el alcohol, las dietas insanas y el estrés, preocupan a las autoridades sanitarias’. No es broma. Lo ha publicado la prensa inglesa. (Creo que ha relegado a un segundo plano a sir Winston Churchill, fumador y obeso).
Lo del tabaco viene de largo. Las volutas aromáticas del cigarro puro han dejado de ser la alianza volátil de la digestión y el sofá para convertirse en los celajes mefíticos del infierno. La frase roza el ridículo, pero aproxima la idea de que el tabaco se ha convertido en algo pecaminosamente atractivo. Y rechazable. Dada la poca confianza que ofrecen las autoridades cuando predican que hay que perseguir el bien y evitar el mal, uno cae en el maleficio de la duda, y se le escaman las conceptualidades y piensa en qué ocultas intenciones, más monetarias que sanitarias, no rebozarán la campaña antitabaco. Aunque a las compañías tabaqueras se las trae al cuarto mientras haya mil trescientos millones de chinos que consumen más cigarrillos que europeos y americanos juntos.
Lo de los gordos ya es otra cosa. Porque mientras la acción de fumar es voluntaria, a pesar de que el tiempo la convierta en adicción, la acción de engordar es involuntaria y, probablemente, escapa a la voluntad del gordo. Cierto que la ingesta indiscriminada de bollería industrial preparada con grasas no recomendables debería limitarse en los obesos e hipertrigliceridémicos, pero también es cierto que las autoridades deberían reclamar daños y perjuicios a los fabricantes de tal bollería de igual manera a como se le reclama a los fabricantes de cigarrillos. ¿Qué culpa tienen los gordos de que las salsas hechas con mantequilla, margarina, leche entera o grasas animales estén tan buenas? ¿Qué culpa de que los croissants, las ensaimadas, las magdalenas, las patatas chips y los chocolates despidan ese aroma seductor y bulímico? Si un fumador deja de fumar, se vuelve irritable. Si un gordo deja de comer, se vuelve triste. No hay que equiparar la irritabilidad con la tristeza. Tengo un amigo gordo y es pura alegría: cuando él aparece se iluminan los rostros contagiados de sonrisas, de amabilidad, de chistes, de talento. No soportaría ver a mi amigo triste.
Creo que los ingleses se pasan, de cumplidos. Castigar a una persona obesa a que firme un contrato en el que se comprometa a no engordar es como exigirle a un ciclista que se obligue a ir en bicicleta sin pedalear. La norma despide ese aire de sadismo legislativo al que tan acostumbrados están los ingleses.
(8-6-2003)
JUAN GARODRI
Los ingleses es que son muy cumplidos. Tanto, que cumplen hasta con el castigo. Ahora que los psicólogos afirman que el castigo origina toda clase de frustraciones interiores y de fracasos exteriores, van los ingleses y pretenden recuperar el castigo en las aulas. No el castigo de la expulsión o el castigo verbal u ocupacional, no, sino el castigo físico. Alumno insolente, alumno castigado. La regla y la vara de sauce encima de la mesa. La regla emite un sonido seco y algo estridente, como la tos disecada de una anciana de Gales. La vara, sin embargo, silba como el viento dormido en las rocas de Cornualles. La vara tiene que ser de sauce llorón para que el vardascazo derrame lágrimas ejemplarizantes en la palma de la mano. El maestro que utiliza la vardasca suele ser enérgico y amante del orden, la disciplina y el deber. Además, explica muy bien matemáticas y hace problemas de libras y peniques, pero como el personal es pedorro y tiene serrín en la cabeza y entiende mal sus explicaciones y lleva el pelo con los rizos revueltos de Mike Hucknall y lleva auriculares para escuchar la música de Soft Pink Truth y lleva los brazos tatuados con las calaveras de Iron Maiden, pues eso, la letra con sangre entra.
Pero esto es en el Reino Unido, donde los ingleses son tan cumplidos. Por las poblaciones cercanas a la Raia pensábamos que los cumplidos eran los portugueses. «Eres más cumplío que un portugués», dice mi tío Eufrasio cuando le ofreces la silla en la terraza. Pero resulta que no, que los cumplidos son los ingleses. Porque piensan cumplir hasta con el castigo.
También pretenden cumplir con Blair, y castigarlo por lo de la guerra de Irak. Ahora que ya ha terminado la guerra. Después de burro muerto, la cebada al rabo, decían en aquellos tiempos en que había burros. Así que la falta de pruebas de existencia de armas de destrucción masiva en Irak (uno de los motivos por los que se libró la guerra) ha alborotado a los ingleses y esto ha provocado que parlamentarios y congresistas del Reino Unido pretendan castigar a Tony Blair y le pidan explicaciones para aclarar los motivos que lo llevaron a participar en el conflicto. Porque la credibilidad del Gobierno ha quedado puesta en tela de juicio al no probarse aún la existencia de estas armas. Pero esto es en el Reino Unido. En España no hace falta aclarar ningún motivo bélico porque todo se ha hecho por el bien de los ciudadanos. Como es probable que nunca se sepa si había o no armas de destrucción masiva en Irak, los ingleses se dirigen en estos momentos hacia terreno interior, porque ahora de lo que se trata es de castigar (creo que ya he dicho que son muy cumplidos): hay que castigar la gordura y el tabaco. Los tiros pues se dirigen contra la celulitis y el humo.
Imagínate que el alguacil del pueblo llega a la plaza mayor, se echa la gorra hacia atrás, saca la turuta, lanza los cuatro resoplidos reglamentarios y grita su salmodia de pregonero: ‘Bando. De orden del señor alcalde, se hace saber que los gordos y los fumadores tendrán que firmar un contrato por el que se comprometen a adelgazar o a dejar su hábito si quieren seguir recibiendo asistencia gratuita por parte de la sanidad pública británica. El elevado número de enfermedades y muertos relacionados con el tabaco, el alcohol, las dietas insanas y el estrés, preocupan a las autoridades sanitarias’. No es broma. Lo ha publicado la prensa inglesa. (Creo que ha relegado a un segundo plano a sir Winston Churchill, fumador y obeso).
Lo del tabaco viene de largo. Las volutas aromáticas del cigarro puro han dejado de ser la alianza volátil de la digestión y el sofá para convertirse en los celajes mefíticos del infierno. La frase roza el ridículo, pero aproxima la idea de que el tabaco se ha convertido en algo pecaminosamente atractivo. Y rechazable. Dada la poca confianza que ofrecen las autoridades cuando predican que hay que perseguir el bien y evitar el mal, uno cae en el maleficio de la duda, y se le escaman las conceptualidades y piensa en qué ocultas intenciones, más monetarias que sanitarias, no rebozarán la campaña antitabaco. Aunque a las compañías tabaqueras se las trae al cuarto mientras haya mil trescientos millones de chinos que consumen más cigarrillos que europeos y americanos juntos.
Lo de los gordos ya es otra cosa. Porque mientras la acción de fumar es voluntaria, a pesar de que el tiempo la convierta en adicción, la acción de engordar es involuntaria y, probablemente, escapa a la voluntad del gordo. Cierto que la ingesta indiscriminada de bollería industrial preparada con grasas no recomendables debería limitarse en los obesos e hipertrigliceridémicos, pero también es cierto que las autoridades deberían reclamar daños y perjuicios a los fabricantes de tal bollería de igual manera a como se le reclama a los fabricantes de cigarrillos. ¿Qué culpa tienen los gordos de que las salsas hechas con mantequilla, margarina, leche entera o grasas animales estén tan buenas? ¿Qué culpa de que los croissants, las ensaimadas, las magdalenas, las patatas chips y los chocolates despidan ese aroma seductor y bulímico? Si un fumador deja de fumar, se vuelve irritable. Si un gordo deja de comer, se vuelve triste. No hay que equiparar la irritabilidad con la tristeza. Tengo un amigo gordo y es pura alegría: cuando él aparece se iluminan los rostros contagiados de sonrisas, de amabilidad, de chistes, de talento. No soportaría ver a mi amigo triste.
Creo que los ingleses se pasan, de cumplidos. Castigar a una persona obesa a que firme un contrato en el que se comprometa a no engordar es como exigirle a un ciclista que se obligue a ir en bicicleta sin pedalear. La norma despide ese aire de sadismo legislativo al que tan acostumbrados están los ingleses.
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año 2003 - 06 junio
REFLEXIONES COÑAZO
(1-6-2003)
JUAN GARODRI
A la gente le gusta que la engañen. Es un sentimiento tan incrustado en los epitelios (si es que los epitelios son de algún modo receptáculo celular de los sentimientos, que no creo), tan incrustado está, que el personal disfruta sabiendo que lo engañan, experimenta un esponjamiento tan sensible como conceptual al conocerse engañado, al reconocer que admite el engaño, y que le gusta. Porque una cosa es el timo, cuyo efecto no voluntario produce desazón y complejo de pardillo volandero, y otra el engaño, cuyo efecto admitido exhala un extraño aroma seductor. El efecto del engaño que se admite con gusto reside precisamente en ese aroma, el de la seducción, esa habilidad de engañar con arte y maña que el gentío admite benévolamente porque en la aceptación del engaño acepta al mismo tiempo la importancia de su personalidad ciudadana, que es objeto de atracción física o política para obtener de ella un tipo de relación determinado. Tanto el que engaña como el engañado conocen perfectamente los límites de su relación, pero aceptan el juego porque depende de él el afianzamiento de su floración psicológica y, al mismo tiempo, el asentamiento de su situación económica, sentimental, política o deportiva.
Cuando hace pocas semanas el Real Madrid eliminó al Manchester United de la Copa de Europa, aun perdiendo por 4-3, los medios de adoctrinamiento de masas deportivos lanzaron a los cuatro vientos la simulación triunfadora de que el Madrid había realizado un partidazo. Todo el mundo sabía que no era cierto. Todo el mundo sabe que un equipo al que le cascan cuatro goles así de grandes no puede haber realizado un buen partido. Aunque él haya marcado tres. Sin embargo, el hecho de haber eliminado al Manchester y el triunfo deportivo que suponía el paso a las semifinales de la Eurocopa, dotaban al equipo madrileño de una capacidad de seducción engañosa, bien aprovechada por los medios y mejor aceptada por los aficionados que admitían el engaño con la fascinación esperanzada de jugar la final en Old Trafford.
Por otro lado, al día siguiente de las elecciones municipales y autonómicas, el secretario general de Organización del PSOE, José Blanco, aseguraba que un socialista presidiría la FEMP porque el PSOE tiene 300 alcaldes más que el PP y le supera en el gobierno de 20 municipios ‘grandes’. Al mismo tiempo, el coordinador de Organización del PP, Pío García Escudero, aseguraba que su partido presidiría la FEMP porque tiene más concejales y más alcaldes: 23.621 ediles frente a los 22.915 del PSOE. (Los datos son de don Pío). Alguno de los dos engaña, o los dos, quién sabe, pero a los partidarios de uno y otro signo político les gusta escuchar que ellos presidirán la Federación Española de Municipios, creer en ese poder interior que otorgará la presidencia porque juntamente con el poderío político se afianzará, piensan, la estabilidad de la persona que confía en su partido. Si gana el PSOE, o el PP, al que pertenezco o en el que confío (pienso que piensan), gano en cierto modo yo, porque con el triunfo de mi partido, al que he confiado mis certezas, se afianzan también mis persuasiones. Tanto los que dirigen como los dirigidos, sobre todo los que dirigen, se sientan junto a la verdad, la disfrazan y engalanan y hasta la desvirtúan, pero les gusta su nuevo aspecto y lo difunden y magnifican, conocedores, unos y otros, de que el engaño, ese disfraz festoneado de verdades, es una seda agradable con la que pueden disimularse las deficiencias. Y gusta.
A quién no le gusta escuchar la mentira, dicho de otro modo, a quién no le gusta saber que es engañado. Se mira uno al espejo y la maquinilla de afeitar enfervoriza la caducidad de las arrugas. Uno no es nada. Convencido. Esa es tu verdad. Sales a la calle y encuentras al amigo, a la mujer del amigo, al alumno de hace veinte años, ya con canas y calvo. Te dice «qué bien te conservas», y lo aceptas con entusiasmo, sabedor de que su engaño es justamente el tuyo. Aceptas su mentira, consciente de que en ella se asienta un centímetro más de perpetuidad. La mentira posee un poder de seducción perverso, tal vez canalla, en cuanto afirma lo contrario de la verdad que, sin embargo, es aceptado como verdadero. Quizá lo realmente atractivo del engaño consista en que significa algo que se escapa y no algo que permanece. La cualidad que el engaño magnifica es una cualidad transitoria, provisional y perecedera. Por eso nos gusta. La verdad se asienta en una cualidad esencial y no hay quien la mueva. «La verdad consiste en decir del ser que es y del no ser que no es», dijo Aristóteles. La verdad, pues, no depende de puntos de vista subjetivos, no depende de creencias o deseos. Quizá por eso, guiados por nuestro deseo, nos guste tanto que nos engañen.
Deseas tener salud y te crees lo de las sardinas, ya sabes, lo de los ácidos grasos poliinsaturados y todo eso. Y te crees lo de la cerveza, su poder antioxidante, ahora que se acerca el verano. Y te crees lo del vino tinto y su beneficiosa influencia en las cardiopatías, sobre todo en invierno. Y te crees lo del aceite puro de oliva y su milagroso poder nutriente. Y te crees lo del paseo y su saludable consecuencia en la circulación de la sangre. Y te crees lo de la calidad, absorta en el celofán de su propio envoltorio, fagocitada por tu necesidad de disfrutarla. Pura dialéctica. Es el engaño, es la vida, es la posesión del momento.
Por ello, los pensadores, los filósofos, los políticos tienen como tarea principal el cultivo de la dialéctica. Y hasta los poetas cultivan una dialéctica metafórica en sus provincianas relaciones cainitas. Se pretende poseer el engaño de la fama, tanto más alta cuanto más baja sea la del contrario. Sin embargo, la verdad total nunca será posesión, ni en el concepto, ni en la filosofía de la existencia. Heidegger dixit. Sólo nos salva el engaño.
(1-6-2003)
JUAN GARODRI
A la gente le gusta que la engañen. Es un sentimiento tan incrustado en los epitelios (si es que los epitelios son de algún modo receptáculo celular de los sentimientos, que no creo), tan incrustado está, que el personal disfruta sabiendo que lo engañan, experimenta un esponjamiento tan sensible como conceptual al conocerse engañado, al reconocer que admite el engaño, y que le gusta. Porque una cosa es el timo, cuyo efecto no voluntario produce desazón y complejo de pardillo volandero, y otra el engaño, cuyo efecto admitido exhala un extraño aroma seductor. El efecto del engaño que se admite con gusto reside precisamente en ese aroma, el de la seducción, esa habilidad de engañar con arte y maña que el gentío admite benévolamente porque en la aceptación del engaño acepta al mismo tiempo la importancia de su personalidad ciudadana, que es objeto de atracción física o política para obtener de ella un tipo de relación determinado. Tanto el que engaña como el engañado conocen perfectamente los límites de su relación, pero aceptan el juego porque depende de él el afianzamiento de su floración psicológica y, al mismo tiempo, el asentamiento de su situación económica, sentimental, política o deportiva.
Cuando hace pocas semanas el Real Madrid eliminó al Manchester United de la Copa de Europa, aun perdiendo por 4-3, los medios de adoctrinamiento de masas deportivos lanzaron a los cuatro vientos la simulación triunfadora de que el Madrid había realizado un partidazo. Todo el mundo sabía que no era cierto. Todo el mundo sabe que un equipo al que le cascan cuatro goles así de grandes no puede haber realizado un buen partido. Aunque él haya marcado tres. Sin embargo, el hecho de haber eliminado al Manchester y el triunfo deportivo que suponía el paso a las semifinales de la Eurocopa, dotaban al equipo madrileño de una capacidad de seducción engañosa, bien aprovechada por los medios y mejor aceptada por los aficionados que admitían el engaño con la fascinación esperanzada de jugar la final en Old Trafford.
Por otro lado, al día siguiente de las elecciones municipales y autonómicas, el secretario general de Organización del PSOE, José Blanco, aseguraba que un socialista presidiría la FEMP porque el PSOE tiene 300 alcaldes más que el PP y le supera en el gobierno de 20 municipios ‘grandes’. Al mismo tiempo, el coordinador de Organización del PP, Pío García Escudero, aseguraba que su partido presidiría la FEMP porque tiene más concejales y más alcaldes: 23.621 ediles frente a los 22.915 del PSOE. (Los datos son de don Pío). Alguno de los dos engaña, o los dos, quién sabe, pero a los partidarios de uno y otro signo político les gusta escuchar que ellos presidirán la Federación Española de Municipios, creer en ese poder interior que otorgará la presidencia porque juntamente con el poderío político se afianzará, piensan, la estabilidad de la persona que confía en su partido. Si gana el PSOE, o el PP, al que pertenezco o en el que confío (pienso que piensan), gano en cierto modo yo, porque con el triunfo de mi partido, al que he confiado mis certezas, se afianzan también mis persuasiones. Tanto los que dirigen como los dirigidos, sobre todo los que dirigen, se sientan junto a la verdad, la disfrazan y engalanan y hasta la desvirtúan, pero les gusta su nuevo aspecto y lo difunden y magnifican, conocedores, unos y otros, de que el engaño, ese disfraz festoneado de verdades, es una seda agradable con la que pueden disimularse las deficiencias. Y gusta.
A quién no le gusta escuchar la mentira, dicho de otro modo, a quién no le gusta saber que es engañado. Se mira uno al espejo y la maquinilla de afeitar enfervoriza la caducidad de las arrugas. Uno no es nada. Convencido. Esa es tu verdad. Sales a la calle y encuentras al amigo, a la mujer del amigo, al alumno de hace veinte años, ya con canas y calvo. Te dice «qué bien te conservas», y lo aceptas con entusiasmo, sabedor de que su engaño es justamente el tuyo. Aceptas su mentira, consciente de que en ella se asienta un centímetro más de perpetuidad. La mentira posee un poder de seducción perverso, tal vez canalla, en cuanto afirma lo contrario de la verdad que, sin embargo, es aceptado como verdadero. Quizá lo realmente atractivo del engaño consista en que significa algo que se escapa y no algo que permanece. La cualidad que el engaño magnifica es una cualidad transitoria, provisional y perecedera. Por eso nos gusta. La verdad se asienta en una cualidad esencial y no hay quien la mueva. «La verdad consiste en decir del ser que es y del no ser que no es», dijo Aristóteles. La verdad, pues, no depende de puntos de vista subjetivos, no depende de creencias o deseos. Quizá por eso, guiados por nuestro deseo, nos guste tanto que nos engañen.
Deseas tener salud y te crees lo de las sardinas, ya sabes, lo de los ácidos grasos poliinsaturados y todo eso. Y te crees lo de la cerveza, su poder antioxidante, ahora que se acerca el verano. Y te crees lo del vino tinto y su beneficiosa influencia en las cardiopatías, sobre todo en invierno. Y te crees lo del aceite puro de oliva y su milagroso poder nutriente. Y te crees lo del paseo y su saludable consecuencia en la circulación de la sangre. Y te crees lo de la calidad, absorta en el celofán de su propio envoltorio, fagocitada por tu necesidad de disfrutarla. Pura dialéctica. Es el engaño, es la vida, es la posesión del momento.
Por ello, los pensadores, los filósofos, los políticos tienen como tarea principal el cultivo de la dialéctica. Y hasta los poetas cultivan una dialéctica metafórica en sus provincianas relaciones cainitas. Se pretende poseer el engaño de la fama, tanto más alta cuanto más baja sea la del contrario. Sin embargo, la verdad total nunca será posesión, ni en el concepto, ni en la filosofía de la existencia. Heidegger dixit. Sólo nos salva el engaño.
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