IR DE BODA
(29-7-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, amigo, ya sabes cómo se las gasta mi tío Eufrasio, en otras ocasiones te he hablado de él. Pues resulta que ahora le ha dado por meterse con las bodas, mejor dicho, con las invitaciones a las bodas, que aunque parece lo mismo no es lo mismo. Fíjate, se pone cabreadísimo cuando recibe una invitación de boda, porque dice que ya lleva cinco desde mayo para acá, y que ya está bien, que en dos meses se le han fundido cerca de cincuenta mil duros (1.502,53 euros) entre unas cosas y otras, traje, zapatos, chaleco, camisa y ropa interior, más la aportación en metálico que se exige en cada una de ellas, en sobre bien cerrado y en cuantía generosa, para que no digan, que ya no se conforman con un jarrón, por muy de la china que sea, ni con un cuadro, aunque tenga el marco de madera de ébano, no, ahora hay que soltar la pasta, así que se sube por las paredes, ya te digo, cuando recibe una invitación de boda, si te casaras tú, me dice, asistiría gustoso a tu boda o a la de cualquier otro sobrino, que la sangre tira, pero mecagüen San Petersburgo dos veces, ahora es que te invitan por cualquier motivo, cualquier roce que hayas tenido incluso en otros tiempos ya casi olvidados, lo único que les interesa es que haya de trescientos invitados para arriba, multiplica cuánto les queda, por menos no merece la pena casarse, y te rodea la sorpresa cuando recibes la tarjeta, hay tarjetas clásicas y hay tarjetas progres, la tarjeta progre está adornada con monigotes parecidos a los Simpsons e informa de que Juan y Lorena van a casarse en el Ayuntamiento y que el traje oficial consistirá en ir vestidos con vaqueros y calzados con zapatillas deportivas, que se casan para experimentar un nuevo proceso de relación familiar, y que pasarán la luna de miel en Tailandia practicando el hidrospeed (esa manera descarada de incitarte a que sueltes generosamente la pasta para que puedan chuleársela tan lejos), la tarjeta clásica te informa de que las familias de tal y tal tienen el placer de invitarle al próximo enlace matrimonial de sus hijos Javi y Loli, que la ceremonia religiosa se celebrará en la iglesia de Nuestra Señora de los Descalientos y que el banquete tendrá lugar en el restaurante La Cebollera, sito en el km 4 de la carretera nacional (dispone de aparcamiento propio), se ruega comuniquen asistencia antes del día 27, bien controlado el número de los cubiertos, cada cubierto un pastón, dicen los allegados, de manera que metes en el sobre las treinta mil pelas (imagínate el desembolso de una familia), más que nada para no quedar en ridículo, para que no piensen que eres un tacaño, un aprovechado que asiste al banquete para ponerse morado de langostinos, no hay boda en que no haya langostinos, esos crustáceos decápodos marinos con el carapacho rosáceo, poseedores de un líquido traidor que sale a presión de sus mandíbulas fibrosas cada vez que el vecino de mesa se dispone a arrancárselas, y el chorrete va a pegar justo en la pechera de tu camisa, joé qué puntería, asegura el tipo entre risas, ni hecho a propósito, y te golpea amistosamente la espalda con esa repentina camaradería que se establece entre los comensales de una boda y, mientras tú te cagas por lo bajo en la risotada del imbécil, la señora de enfrente asegura que la gaseosa es lo mejor para las manchas, de manera que cuenta la historia de todas las manchas que ella ha quitado utilizando gaseosa y la punta de la servilleta, el vecino ríe arqueando la lengua sobre los incisivos inferiores hasta que sus risotadas quedan reprimidas por las voces de la panda de los amigos del novio, la corbaaata, la corbaaata, claman, y atacan en tropel al novio que se resiste como puede a la cesión de la corbata, víctima de un descuartizamiento laminar cuyos restos pasan vendiendo de mesa en mesa, con exigencias y avasallamiento, de manera que no tienes más remedio que soltar otras cinco mil pelas para que no te saquen los colores, en fin, la juventud, dice la señora de la gaseosa y, cuando aún no te has repuesto del susto, un alboroto insospechado hace que todo el mundo vuelva la cabeza, y observas cómo la novia huye despavorida entre las mesas, acongojada entre la risita nerviosa y la zozobra, porque los de la corbata quieren quitarle la braguita para subastarla como un trofeo semivirginal y pubescente, ese vulgareo a imitación de secuencias de ‘Gran Hermano’. El novio se cabrea y, para calmar el alboroto, el grupo de solteras de oro que aparece en todas las bodas emperifollado y chillón, esa ensoñación de la nupcialidad que nunca llega, empieza a gritar que se beeesen, que se beeesen, con lo que en pocos segundos el clamor de exigencia osculatoria es unánime. Los desposados inician un rápido beso en la mejilla, pero el grito no cesa, en la boooca, en la boooca, los desposados se rozan púdicamente los labios, pero el grito no cesa, a torniiillo, a torniiillo, hasta que los desposados se ponen de pie, amachambran sus bocas y el personal grita bieeeen, y aplauden. Un portento de originalidad y buen gusto.
En fin. A pesar de lo que diga mi tío Eufrasio, yo salgo de la boda contento y eufórico, conocedor de mi contribución al engrandecimiento de la fiesta, al menos númerico, y portador de sensaciones vitales, ese aire epidérmico del potentado que camina como el rey de Roma porque sabe que ha enhilado dos güisquis por treinta y cinco o cuarenta mil pelas y que ha colaborado a que los novios se compren los muebles y se costeen el viaje a Tenerife.
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viernes, 28 de agosto de 2009
LA BIBLIA
(22-7-2001)
JUAN GARODRI
Ahora se anda escribiendo y se traducen obras sobre la Biblia, con más abundante apariencia que otras veces, fuera del ámbito de lo religioso. Ante algún suceso determinado, algún acontecimiento personal principalmente, pero también ante la aparición de un incidente fortuito o provocado, o ante algún acaecimiento de carácter social, una desgracia mayormente, uno recuerda algún pasaje de la Biblia grabado en la memoria de quienes estudiamos la Historia Sagrada en el colegio. La Biblia era la palabra de Dios, esa manifestación verbal de la divinidad que, al no poder hacerse visible a través de una presencia ocular, se hacía presente a través de la palabra escrita. La idea del pecado aleteaba en nuestras infantiles coronillas (algunas de tres indomables y empelijincadas cotorinas) cuando observábamos el taimado enroscamiento de la serpiente alrededor del árbol de la ciencia del bien y del mal. Se abrían nuestros ojos y se herían nuestros indefinidos sentimientos al comprobar la que nos caía encima cuando el ángel de espada flamígera expulsaba del paraíso a nuestros primeros padres, que era como comprobar vagamente que éramos despedidos de una felicidad indeterminada para entrar a formar parte de una desgracia cierta.
(Se olvida, con frecuencia, que la Biblia gira alrededor de la palabra, se fundamenta en el valor de la palabra. In principio erat Verbum et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. «Al principio ya existía la Palabra, la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Juan, 1,1). Este juego de palabras, aparentemente logomáquico, tiene sin embargo un profundo sentido en cuanto que muestra la intención del autor sagrado, la intención de conectar el texto con la comunidad a la que va dirigido, a pesar de la pluralidad de lecturas que de él puedan hacerse. Así ocurre, por ejemplo, en los libros proféticos, que se fundamentan en la palabra, porque los profetas no fueron escritores sino hombres de la palabra viva y directa. Tan sólo Jeremías dictó su discurso a Baruc, pero este es un caso aislado. Los discípulos de los profetas recogían sus palabras y las transmitían oralmente y, muchas veces, las utilizaban para criticar duramente acontecimientos políticos, sociales y religiosos, lo cual que a alguno de ellos les costó la pellica. En el fondo, toda la Biblia es la Palabra. Hoy nos cuesta entenderlo debido a la crisis que atraviesa la palabra. La crisis de la palabra no es más que la crisis de nuestra fe en la palabra.)
Otro aspecto bíblico que nos resultaba sorprendente era la cuantía casi infinita de los números. Ignorábamos que los números no resaltan en la Biblia su poder cuantitativo, sino su valor simbólico, un valor dotado de significaciones precisas para evitar la incertidumbre, esa causa de inseguridad y de angustia terrenas, de tal manera que, por medio de los números, la realidad llegara a hacerse manejable y tranquilizadora. Nos fascinaba aquella lluvia ininterrumpida del diluvio con sus cuarenta días y cuarenta noches, cortinas de agua interminable que encontraban su fin el día cuarenta y uno. Nos admiraban aquellas edades de los patriarcas, trescientos, quinientos, setecientos, novecientos años, como si su longevidad acrecentase los propios deseos de una vida juvenilmente imperecedera. Nos fastidiaba un poco el hecho de tener que perdonar hasta setenta veces siete, es decir, cuatrocientas noventa veces, al imbécil del vecino, lo cual que resultaba como imposible. Además de los números, había frases bíblicas enigmáticamente temibles. Y como uno siempre andaba entre la bondad y la maldad, nos asustaba que Dios nos arrojase de su boca porque no éramos ni fríos ni calientes, es decir tibios, ignorando que la frase no era más que un apotegma judaico para definir la bondad o la maldad comparándolas con el agua de las termas: agua tibia, mala; agua fría o caliente, según apeteciese, buena. Nos estremecía pensar que jamás nos salvaríamos, porque uno deseaba ser rico, y resulta que era más difícil que un rico se salvara que un camello entrara por el ojo de la aguja (el 'ojo de la aguja', el portillo de la muralla sur de Jerusalén). Nos espantaba la certidumbre de que arderíamos para siempre en las llamas de la gehenna, entre humo y pestilencias, desconociendo que la gehenna era el basurero de la ciudad... Era la Biblia que nos atraía y a la que, tal vez, temíamos.
La Biblia. Ahora se habla de ella. Acaba de traducirse el libro titulado Pensar la Biblia. Estudios exegéticos y hermenéuticos, del exégeta belga André Le Cocque y el filósofo francés Paul Ricoeur. He leído algo de Gustavo Martín Garzo y de Jesús Ferrero sobre la Biblia. Y se editan ‘Imágenes del Antiguo Testamento’, una recopilación de grabados de Hans Holbein, una nueva traducción de los salmos y un diccionario de las Sagradas Escrituras con el objeto de conseguir un detallado mapa bíblico, así como aproximaciones a los mandamientos (los ‘quince’ mandamientos).
Se insiste en la Biblia como obra literaria, en su carácter épico-sapiencial y en sus aspectos históricos, filosóficos y sociológicos. Algo olvida, sin embargo, todo este actual revoltijo bíblico: que la Biblia es, ante todo, un libro religioso.
(22-7-2001)
JUAN GARODRI
Ahora se anda escribiendo y se traducen obras sobre la Biblia, con más abundante apariencia que otras veces, fuera del ámbito de lo religioso. Ante algún suceso determinado, algún acontecimiento personal principalmente, pero también ante la aparición de un incidente fortuito o provocado, o ante algún acaecimiento de carácter social, una desgracia mayormente, uno recuerda algún pasaje de la Biblia grabado en la memoria de quienes estudiamos la Historia Sagrada en el colegio. La Biblia era la palabra de Dios, esa manifestación verbal de la divinidad que, al no poder hacerse visible a través de una presencia ocular, se hacía presente a través de la palabra escrita. La idea del pecado aleteaba en nuestras infantiles coronillas (algunas de tres indomables y empelijincadas cotorinas) cuando observábamos el taimado enroscamiento de la serpiente alrededor del árbol de la ciencia del bien y del mal. Se abrían nuestros ojos y se herían nuestros indefinidos sentimientos al comprobar la que nos caía encima cuando el ángel de espada flamígera expulsaba del paraíso a nuestros primeros padres, que era como comprobar vagamente que éramos despedidos de una felicidad indeterminada para entrar a formar parte de una desgracia cierta.
(Se olvida, con frecuencia, que la Biblia gira alrededor de la palabra, se fundamenta en el valor de la palabra. In principio erat Verbum et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. «Al principio ya existía la Palabra, la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Juan, 1,1). Este juego de palabras, aparentemente logomáquico, tiene sin embargo un profundo sentido en cuanto que muestra la intención del autor sagrado, la intención de conectar el texto con la comunidad a la que va dirigido, a pesar de la pluralidad de lecturas que de él puedan hacerse. Así ocurre, por ejemplo, en los libros proféticos, que se fundamentan en la palabra, porque los profetas no fueron escritores sino hombres de la palabra viva y directa. Tan sólo Jeremías dictó su discurso a Baruc, pero este es un caso aislado. Los discípulos de los profetas recogían sus palabras y las transmitían oralmente y, muchas veces, las utilizaban para criticar duramente acontecimientos políticos, sociales y religiosos, lo cual que a alguno de ellos les costó la pellica. En el fondo, toda la Biblia es la Palabra. Hoy nos cuesta entenderlo debido a la crisis que atraviesa la palabra. La crisis de la palabra no es más que la crisis de nuestra fe en la palabra.)
Otro aspecto bíblico que nos resultaba sorprendente era la cuantía casi infinita de los números. Ignorábamos que los números no resaltan en la Biblia su poder cuantitativo, sino su valor simbólico, un valor dotado de significaciones precisas para evitar la incertidumbre, esa causa de inseguridad y de angustia terrenas, de tal manera que, por medio de los números, la realidad llegara a hacerse manejable y tranquilizadora. Nos fascinaba aquella lluvia ininterrumpida del diluvio con sus cuarenta días y cuarenta noches, cortinas de agua interminable que encontraban su fin el día cuarenta y uno. Nos admiraban aquellas edades de los patriarcas, trescientos, quinientos, setecientos, novecientos años, como si su longevidad acrecentase los propios deseos de una vida juvenilmente imperecedera. Nos fastidiaba un poco el hecho de tener que perdonar hasta setenta veces siete, es decir, cuatrocientas noventa veces, al imbécil del vecino, lo cual que resultaba como imposible. Además de los números, había frases bíblicas enigmáticamente temibles. Y como uno siempre andaba entre la bondad y la maldad, nos asustaba que Dios nos arrojase de su boca porque no éramos ni fríos ni calientes, es decir tibios, ignorando que la frase no era más que un apotegma judaico para definir la bondad o la maldad comparándolas con el agua de las termas: agua tibia, mala; agua fría o caliente, según apeteciese, buena. Nos estremecía pensar que jamás nos salvaríamos, porque uno deseaba ser rico, y resulta que era más difícil que un rico se salvara que un camello entrara por el ojo de la aguja (el 'ojo de la aguja', el portillo de la muralla sur de Jerusalén). Nos espantaba la certidumbre de que arderíamos para siempre en las llamas de la gehenna, entre humo y pestilencias, desconociendo que la gehenna era el basurero de la ciudad... Era la Biblia que nos atraía y a la que, tal vez, temíamos.
La Biblia. Ahora se habla de ella. Acaba de traducirse el libro titulado Pensar la Biblia. Estudios exegéticos y hermenéuticos, del exégeta belga André Le Cocque y el filósofo francés Paul Ricoeur. He leído algo de Gustavo Martín Garzo y de Jesús Ferrero sobre la Biblia. Y se editan ‘Imágenes del Antiguo Testamento’, una recopilación de grabados de Hans Holbein, una nueva traducción de los salmos y un diccionario de las Sagradas Escrituras con el objeto de conseguir un detallado mapa bíblico, así como aproximaciones a los mandamientos (los ‘quince’ mandamientos).
Se insiste en la Biblia como obra literaria, en su carácter épico-sapiencial y en sus aspectos históricos, filosóficos y sociológicos. Algo olvida, sin embargo, todo este actual revoltijo bíblico: que la Biblia es, ante todo, un libro religioso.
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año 2001 - 07 julio
TOMADURAS DE PELO
(15-7-2001)
JUAN GARODRI
Para mí que Manuela Martín es la mejor del HOY. Quiero decir que es una notable comentarista de temas sociales y políticos. Sus artículos en la sección ‘La semana política en Extremadura’ muestran una lucidez en el análisis de los hechos que para mí quisiera yo. Pero hace polvo las cuatro cosas que tengo preparadas para mis articulejos dominicales. No es la primera vez. Resulta que yo vengo reordenando mis ideas a lo largo de la semana, cabreado por el difuso clamor populachero que ha conseguido un tal Fran, y me digo, esta semana voy a escribir un artículo para exponer la vergüenza que siento de ser extremeño, si es que la extremeñidad consiste en ser paisano del tal Fran, esa exaltación de la vulgaridad y de la pedorrera. Pero no puedo hacerlo. Manuela Martín me ha chafado el invento y mi intención de venganza regional ha quedado reducida a cenizas. Su excelente artículo ‘La Extremadura real’ (HOY, 8-7-01) me ha dejado con las ganas. Muera, pues, la apoteosis de lo banal. Y a otra cosa, mariposa.
Hay otras muchas tomaduras de pelo, además de la de ‘Gran Hermano’. Quizá peores. Sin quizá: real, efectiva, física y verdaderamente peores. Porque mientras la tomadura de pelo de ‘Gran Hermano’ basa su triunfo en el triste hecho de exaltar a «un tipo que se levanta a las tres de la tarde, se pasa el día vestido con una bata y a las mujeres las denomina ‘hembras’», una tomadura de pelo banal, si se quiere, pero que a nadie hace daño (salvo a la dignidad del extremeñismo, como queda dicho), las otras tomaduras de pelo son tremebundas, es decir, como para echarse a temblar, porque hacen daño, mucho. Voy a entretenerme en tres tomaduras de pelo tremebundas.
Primera. El TIP se asusta de que doscientos juristas internacionales estén dispuestos a defender a Milosevic. Claro, resulta que el Tribunal Penal Internacional lo acusa de crímenes de guerra y, como el tipo se ha subido a la parra, retruca que él también acusa de crímenes de guerra a los dirigentes de las fuerzas aliadas, es decir, Clinton, Blair, Schröder y Solana, entre otros, responsables de ataques contra la vida civil. ¿Qué parte es culpable de crímenes a la Humanidad: Milosevic o los citados mandamases? ¿O quizá ambas partes? Porque supongo que las acciones bélicas perpetradas por los aliados fueron tan criminales como las perpetradas por Milosevic. ¿O no? ¿Qué son las guerras actuales sino promociones canallescas para desarrollar la fabricación de armas y procurar el enriquecimiento de propietarios e intermediarios? Las cadenas de montaje armamentísticas no pueden detenerse, bajaría el dólar o la libra o el marco o el yen o el euro, bajaría la Bolsa y los inmensos beneficios de los amos del mundo se irían a hacer puñetas. ¿Qué son las guerras actuales sino el acoso canallesco e ilegal, con violación de todas las leyes internacionales, «para planear y ejecutar la destrucción de países necesitados, conseguir su empobrecimiento y, con ello, el control de su economía por parte de intereses extranjeros»? Esa es la tomadura de pelo. Que una parte quiera excusar su responsabilidad mientras pretende culpar a la otra como única responsable. Probablemente Milosevic sea criminal de guerra, pero que alguien me diga si no son también crímenes de guerra y violaciones de leyes internacionales las acciones bélicas llevadas a cabo por la OTAN para “la agresión militar y la muerte de cientos de civiles inocentes”. Podrán hacer lo que quieran, pero no acepto que jueguen con mi inteligencia, podrán distorsionar, aniquilar y enriquecerse, pero no acepto que me consideren un monigote al que se engatusa con el sonsonete de los derechos humanos (que ellos no respetan). No acepto la tomadura de pelo.
Segunda. Nuestra distinguida ministra Celia Villalobos, que cada vez que abre la boca hace subir el pan, ha soltado la parida de la descoordinación al mostrar los análisis que la llevaron a inmovilizar el aceite de orujo. ¿A quién pretende engañar con el follón que ha montado? Resulta que en la Unión Europea, donde como casi siempre confunden la velocidad con el tocino, acaban por confundir el orujo con el aceite de oliva y acabarán prohibiendo a España que la exporte (para que se beneficie Italia). Así que la tomadura de pelo es clamorosa: la señora Celia inmoviliza el aceite de orujo por ser portador de (alfa)benzopireno, un factor de riesgo cancerígeno importante, y no inmoviliza el tabaco, siendo así que un cigarrillo, uno, has leído bien, un solo cigarrillo contiene más benzopireno que cien, has leído bien, cien botellas de orujo. ¡Plaff! (He caído de espaldas). Y un filete de churrasco tiene más benzopireno que varias botellas de orujo, y el pollo a la brasa, y la carne a la brasa, y todo lo asado, en general, contiene más benzopireno que el orujo. ¿Por qué la señora Celia la ha tomado con este líquido alimento y no con los otros? ¿No será que la medida es más política que higiénica? Si es así, mi reverencia. Pero que vaya a tomarle el pelo a Perico el de los palotes.
Tercera. Australia se niega a ratificar el Protocolo de Kioto y la UE ‘teme’ que Japón siga su ejemplo. Sin embargo la UE no temió que el señor George (Bush) también se negara a ratificarlo. ¿Quién anda detrás de todo esto? ¿Quiénes son los que imponen sus intereses económicos y les importa un carajo la asfixia contaminada del Planeta? Mientras tanto, para disimular, exigen a los incautos ciudadanos que coloquen los envases de vidrio en contenedores apropiados, y que depositen por separado los residuos alimenticios y los cartones en las bolsas de basura, ese chocolate del loro de la contaminación. (Adivinanza: prueba a acertar dónde está la tomadura de pelo).
En fin. A las personas se les pone la comida, a los animales se les echa de comer: para que el personal no piense y se trague lo de la defensa de los derechos humanos, lo de la peligrosidad del aceite de orujo y lo de la contaminación, los mandamases le echan a toda pastilla ‘Grandes Hermanos’: banalidad, pedorreo, sexo y consumismo. Mierda.
(15-7-2001)
JUAN GARODRI
Para mí que Manuela Martín es la mejor del HOY. Quiero decir que es una notable comentarista de temas sociales y políticos. Sus artículos en la sección ‘La semana política en Extremadura’ muestran una lucidez en el análisis de los hechos que para mí quisiera yo. Pero hace polvo las cuatro cosas que tengo preparadas para mis articulejos dominicales. No es la primera vez. Resulta que yo vengo reordenando mis ideas a lo largo de la semana, cabreado por el difuso clamor populachero que ha conseguido un tal Fran, y me digo, esta semana voy a escribir un artículo para exponer la vergüenza que siento de ser extremeño, si es que la extremeñidad consiste en ser paisano del tal Fran, esa exaltación de la vulgaridad y de la pedorrera. Pero no puedo hacerlo. Manuela Martín me ha chafado el invento y mi intención de venganza regional ha quedado reducida a cenizas. Su excelente artículo ‘La Extremadura real’ (HOY, 8-7-01) me ha dejado con las ganas. Muera, pues, la apoteosis de lo banal. Y a otra cosa, mariposa.
Hay otras muchas tomaduras de pelo, además de la de ‘Gran Hermano’. Quizá peores. Sin quizá: real, efectiva, física y verdaderamente peores. Porque mientras la tomadura de pelo de ‘Gran Hermano’ basa su triunfo en el triste hecho de exaltar a «un tipo que se levanta a las tres de la tarde, se pasa el día vestido con una bata y a las mujeres las denomina ‘hembras’», una tomadura de pelo banal, si se quiere, pero que a nadie hace daño (salvo a la dignidad del extremeñismo, como queda dicho), las otras tomaduras de pelo son tremebundas, es decir, como para echarse a temblar, porque hacen daño, mucho. Voy a entretenerme en tres tomaduras de pelo tremebundas.
Primera. El TIP se asusta de que doscientos juristas internacionales estén dispuestos a defender a Milosevic. Claro, resulta que el Tribunal Penal Internacional lo acusa de crímenes de guerra y, como el tipo se ha subido a la parra, retruca que él también acusa de crímenes de guerra a los dirigentes de las fuerzas aliadas, es decir, Clinton, Blair, Schröder y Solana, entre otros, responsables de ataques contra la vida civil. ¿Qué parte es culpable de crímenes a la Humanidad: Milosevic o los citados mandamases? ¿O quizá ambas partes? Porque supongo que las acciones bélicas perpetradas por los aliados fueron tan criminales como las perpetradas por Milosevic. ¿O no? ¿Qué son las guerras actuales sino promociones canallescas para desarrollar la fabricación de armas y procurar el enriquecimiento de propietarios e intermediarios? Las cadenas de montaje armamentísticas no pueden detenerse, bajaría el dólar o la libra o el marco o el yen o el euro, bajaría la Bolsa y los inmensos beneficios de los amos del mundo se irían a hacer puñetas. ¿Qué son las guerras actuales sino el acoso canallesco e ilegal, con violación de todas las leyes internacionales, «para planear y ejecutar la destrucción de países necesitados, conseguir su empobrecimiento y, con ello, el control de su economía por parte de intereses extranjeros»? Esa es la tomadura de pelo. Que una parte quiera excusar su responsabilidad mientras pretende culpar a la otra como única responsable. Probablemente Milosevic sea criminal de guerra, pero que alguien me diga si no son también crímenes de guerra y violaciones de leyes internacionales las acciones bélicas llevadas a cabo por la OTAN para “la agresión militar y la muerte de cientos de civiles inocentes”. Podrán hacer lo que quieran, pero no acepto que jueguen con mi inteligencia, podrán distorsionar, aniquilar y enriquecerse, pero no acepto que me consideren un monigote al que se engatusa con el sonsonete de los derechos humanos (que ellos no respetan). No acepto la tomadura de pelo.
Segunda. Nuestra distinguida ministra Celia Villalobos, que cada vez que abre la boca hace subir el pan, ha soltado la parida de la descoordinación al mostrar los análisis que la llevaron a inmovilizar el aceite de orujo. ¿A quién pretende engañar con el follón que ha montado? Resulta que en la Unión Europea, donde como casi siempre confunden la velocidad con el tocino, acaban por confundir el orujo con el aceite de oliva y acabarán prohibiendo a España que la exporte (para que se beneficie Italia). Así que la tomadura de pelo es clamorosa: la señora Celia inmoviliza el aceite de orujo por ser portador de (alfa)benzopireno, un factor de riesgo cancerígeno importante, y no inmoviliza el tabaco, siendo así que un cigarrillo, uno, has leído bien, un solo cigarrillo contiene más benzopireno que cien, has leído bien, cien botellas de orujo. ¡Plaff! (He caído de espaldas). Y un filete de churrasco tiene más benzopireno que varias botellas de orujo, y el pollo a la brasa, y la carne a la brasa, y todo lo asado, en general, contiene más benzopireno que el orujo. ¿Por qué la señora Celia la ha tomado con este líquido alimento y no con los otros? ¿No será que la medida es más política que higiénica? Si es así, mi reverencia. Pero que vaya a tomarle el pelo a Perico el de los palotes.
Tercera. Australia se niega a ratificar el Protocolo de Kioto y la UE ‘teme’ que Japón siga su ejemplo. Sin embargo la UE no temió que el señor George (Bush) también se negara a ratificarlo. ¿Quién anda detrás de todo esto? ¿Quiénes son los que imponen sus intereses económicos y les importa un carajo la asfixia contaminada del Planeta? Mientras tanto, para disimular, exigen a los incautos ciudadanos que coloquen los envases de vidrio en contenedores apropiados, y que depositen por separado los residuos alimenticios y los cartones en las bolsas de basura, ese chocolate del loro de la contaminación. (Adivinanza: prueba a acertar dónde está la tomadura de pelo).
En fin. A las personas se les pone la comida, a los animales se les echa de comer: para que el personal no piense y se trague lo de la defensa de los derechos humanos, lo de la peligrosidad del aceite de orujo y lo de la contaminación, los mandamases le echan a toda pastilla ‘Grandes Hermanos’: banalidad, pedorreo, sexo y consumismo. Mierda.
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año 2001 - 07 julio
REGALO ENVENENADO, DICEN
(8-7-2001)
JUAN GARODRI
Otra vez la misma canción. Acaba el curso escolar, y ya tenemos la canción prevacacional. Y es que no puede ser. En España no puede haber tantas vacaciones. Somos el País que más vacaciones escolares tiene de la Unión Europea (dicen). Así que abre uno los medios de comunicación escritos, y te encuentras con el sonsonete de siempre. De la misma manera que en diciembre te acogota la meliflua musiquilla de los villancicos, esa manifestación tediosa de la bondad, sonsonete definitivamente insoportable y turronero del cantiquillo navideño (originalísima melodía que desea paz digitalizada y felicidad tontorrona a todo quisque que adquiera seiscientos cincuenta gramos de jamón cocido y una botella de tinto medianamente aceptable), pues así también ahora.
Llega el final del mes de junio, como quien no quiere la cosa, y no falla: desde todas partes te embadurnan las meninges con lo de las vacaciones y lo del fracaso escolar, esa melodía quejicosa que pretende resaltar el mal funcionamiento del sistema educativo, por una parte, el rostro pétreo y granítico del profesorado que se hincha de días sin trabajar, por otra, y el gravísimo perjuicio que con ello se ocasiona al alumnado y a la sociedad en general, por último.
Aunque bien mirado, quizá tengan razón. No hay mayor inversión social (aunque no tanto inversión política, a lo que se ve) que la que se lleva a cabo en enseñanza y en educación. Porque se habla mucho de invertir en educación y se habla poco de invertir en enseñanza. Pienso que en el patente desequilibrio que existe en la aplicación de estos dos conceptos (educación versus enseñanza) se fundamenta la actual crisis de legitimación del sistema educativo. Y digo versus, porque parece que el personal se empeña en oponerlos. Como si se tratara de conceptos antagónicos o excluyentes, cuando no contrarios, como si la educación encontrase para su desarrollo un obstáculo poco menos que insalvable en la enseñanza, y la enseñanza no pudiera llevarse a cabo porque disminuye los ‘parámetros’ normales de la educación. El papanatismo experimentalista de la Logse, en algunos de sus aspectos, ha pretendido resaltar el papel de la educación en menoscabo de la enseñanza. Como si la disminución de saberes, o su reducción, promocionase el hecho educativo hasta el punto de confeccionar un itinerario personal que convirtiese al alumno en un ‘homo trimilenarius’ dotado de excelentes cualidades técnicas pero de nulas capacidades intelectuales.
Así que, bien mirado, quizá tengan razón quienes insisten en que el sistema concede demasiadas vacaciones escolares. Y es cierto. Se necesitan más días lectivos para que el alumnado aprenda, no solo para que se le eduque. Dice Rafael Puyol que se concede escaso protagonismo a los fines de la educación «tema que quizá ha quedado eclipsado ante la avalancha de debates sobre los medios, los diseños curriculares, los problemas de la financiación y ahora las nuevas tecnologías[...]». Repito: Más días lectivos para adquirir conocimientos (contenidos conceptuales, dicen los nuevos ricos didácticos), conocimientos nutrientes de esa riqueza cultural e intelectual que, a la larga, instale al estudiante en el ámbito de la libertad. El solo desarrollo de capacidades no convierte al ser humano en un ser libre, el desarrollo tiene que ir unido a la adquisición de saberes (conocimientos) que lo instalen en la propia decisión, conocimientos que le enseñen a diferenciar entre libertad personal y manipulación, a distinguir entre su opción personal y la opción que le coloque entre ceja y ceja, como quien no quiere la cosa, el manipulador de turno.
Pensé que la reclamación de menos vacaciones y de más días lectivos era para eso: más enseñanza y, tal vez, más educación. Sin embargo, me ha invadido el pasmo. Leo en Los Domingos de ABC lo siguiente: «Cada vacación escolar abre de par en par las puertas de una crisis. Primero fue la curiosa ‘Semana blanca’, que noquea a los padres trabajadores y premia a niños y docentes con cinco días in albis; luego cruzamos ‘puentes’ por donde veíamos desembocar el curso en estos casi tres meses de descanso estudiantil que pone patas arriba la escasa disciplina académica y la organización familiar. Al margen del conflicto entre padres, políticos y profesores, los tejedores de sueños infantiles miran con estupor lo que se le viene encima. Un regalo envenenado que nuestros escritores, y por mayoría absoluta, aprueban, en parte, abolir».
Así que el pasmo me invade. Por varias razones:
a) Se exige menos vacaciones, al parecer, no para desarrollar la enseñanza y la educación sino para que los hijos no permanezcan en sus domicilios ‘obstaculizando’ penosamente el trabajo de los padres;
b) Se pide opinión acerca de la bondad/maldad de las vacaciones a escritores de literatura infantil y juvenil: no se le pide, en cambio, a ningún profesor.... Ignominioso. Se prescinde de la opinión del profesorado, esa especie de ‘criada-para-todo’ didáctica (realmente son quienes conocen el asunto), con la misma despreocupación con que, ante un problema familiar, se prescinde de la opinión de la sirvienta;
c) Otros medios exponen el fracaso escolar como producto indirecto de las vacaciones, o como una enfermedad que la sociedad contagia, por una parte, y el profesorado, por otra. Puede que la sociedad influya en el fracaso escolar. Pero olvidan estos mesías del análisis psicopedagógico que la desilusión del profesorado y el desánimo en las aulas no está provocado por su ineficacia sino por las actitudes negativas de los propios alumnos, que no se dejan educar. «Ese es desgraciadamente el panorama que tenemos a mano», dice Valentí Puig, «consecuencia de la descomposición y el deterioro generado por reformas educativas y experimentos pedagógicos que se nutren fundamentalmente de la insensatez».
Ese es el regalo envenenado, y no otro.
(8-7-2001)
JUAN GARODRI
Otra vez la misma canción. Acaba el curso escolar, y ya tenemos la canción prevacacional. Y es que no puede ser. En España no puede haber tantas vacaciones. Somos el País que más vacaciones escolares tiene de la Unión Europea (dicen). Así que abre uno los medios de comunicación escritos, y te encuentras con el sonsonete de siempre. De la misma manera que en diciembre te acogota la meliflua musiquilla de los villancicos, esa manifestación tediosa de la bondad, sonsonete definitivamente insoportable y turronero del cantiquillo navideño (originalísima melodía que desea paz digitalizada y felicidad tontorrona a todo quisque que adquiera seiscientos cincuenta gramos de jamón cocido y una botella de tinto medianamente aceptable), pues así también ahora.
Llega el final del mes de junio, como quien no quiere la cosa, y no falla: desde todas partes te embadurnan las meninges con lo de las vacaciones y lo del fracaso escolar, esa melodía quejicosa que pretende resaltar el mal funcionamiento del sistema educativo, por una parte, el rostro pétreo y granítico del profesorado que se hincha de días sin trabajar, por otra, y el gravísimo perjuicio que con ello se ocasiona al alumnado y a la sociedad en general, por último.
Aunque bien mirado, quizá tengan razón. No hay mayor inversión social (aunque no tanto inversión política, a lo que se ve) que la que se lleva a cabo en enseñanza y en educación. Porque se habla mucho de invertir en educación y se habla poco de invertir en enseñanza. Pienso que en el patente desequilibrio que existe en la aplicación de estos dos conceptos (educación versus enseñanza) se fundamenta la actual crisis de legitimación del sistema educativo. Y digo versus, porque parece que el personal se empeña en oponerlos. Como si se tratara de conceptos antagónicos o excluyentes, cuando no contrarios, como si la educación encontrase para su desarrollo un obstáculo poco menos que insalvable en la enseñanza, y la enseñanza no pudiera llevarse a cabo porque disminuye los ‘parámetros’ normales de la educación. El papanatismo experimentalista de la Logse, en algunos de sus aspectos, ha pretendido resaltar el papel de la educación en menoscabo de la enseñanza. Como si la disminución de saberes, o su reducción, promocionase el hecho educativo hasta el punto de confeccionar un itinerario personal que convirtiese al alumno en un ‘homo trimilenarius’ dotado de excelentes cualidades técnicas pero de nulas capacidades intelectuales.
Así que, bien mirado, quizá tengan razón quienes insisten en que el sistema concede demasiadas vacaciones escolares. Y es cierto. Se necesitan más días lectivos para que el alumnado aprenda, no solo para que se le eduque. Dice Rafael Puyol que se concede escaso protagonismo a los fines de la educación «tema que quizá ha quedado eclipsado ante la avalancha de debates sobre los medios, los diseños curriculares, los problemas de la financiación y ahora las nuevas tecnologías[...]». Repito: Más días lectivos para adquirir conocimientos (contenidos conceptuales, dicen los nuevos ricos didácticos), conocimientos nutrientes de esa riqueza cultural e intelectual que, a la larga, instale al estudiante en el ámbito de la libertad. El solo desarrollo de capacidades no convierte al ser humano en un ser libre, el desarrollo tiene que ir unido a la adquisición de saberes (conocimientos) que lo instalen en la propia decisión, conocimientos que le enseñen a diferenciar entre libertad personal y manipulación, a distinguir entre su opción personal y la opción que le coloque entre ceja y ceja, como quien no quiere la cosa, el manipulador de turno.
Pensé que la reclamación de menos vacaciones y de más días lectivos era para eso: más enseñanza y, tal vez, más educación. Sin embargo, me ha invadido el pasmo. Leo en Los Domingos de ABC lo siguiente: «Cada vacación escolar abre de par en par las puertas de una crisis. Primero fue la curiosa ‘Semana blanca’, que noquea a los padres trabajadores y premia a niños y docentes con cinco días in albis; luego cruzamos ‘puentes’ por donde veíamos desembocar el curso en estos casi tres meses de descanso estudiantil que pone patas arriba la escasa disciplina académica y la organización familiar. Al margen del conflicto entre padres, políticos y profesores, los tejedores de sueños infantiles miran con estupor lo que se le viene encima. Un regalo envenenado que nuestros escritores, y por mayoría absoluta, aprueban, en parte, abolir».
Así que el pasmo me invade. Por varias razones:
a) Se exige menos vacaciones, al parecer, no para desarrollar la enseñanza y la educación sino para que los hijos no permanezcan en sus domicilios ‘obstaculizando’ penosamente el trabajo de los padres;
b) Se pide opinión acerca de la bondad/maldad de las vacaciones a escritores de literatura infantil y juvenil: no se le pide, en cambio, a ningún profesor.... Ignominioso. Se prescinde de la opinión del profesorado, esa especie de ‘criada-para-todo’ didáctica (realmente son quienes conocen el asunto), con la misma despreocupación con que, ante un problema familiar, se prescinde de la opinión de la sirvienta;
c) Otros medios exponen el fracaso escolar como producto indirecto de las vacaciones, o como una enfermedad que la sociedad contagia, por una parte, y el profesorado, por otra. Puede que la sociedad influya en el fracaso escolar. Pero olvidan estos mesías del análisis psicopedagógico que la desilusión del profesorado y el desánimo en las aulas no está provocado por su ineficacia sino por las actitudes negativas de los propios alumnos, que no se dejan educar. «Ese es desgraciadamente el panorama que tenemos a mano», dice Valentí Puig, «consecuencia de la descomposición y el deterioro generado por reformas educativas y experimentos pedagógicos que se nutren fundamentalmente de la insensatez».
Ese es el regalo envenenado, y no otro.
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año 2001 - 07 julio
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