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domingo, 10 de enero de 2010

¿JUSTICIA O JUECES?
JUAN GARODRI
(30-8-2008)

Algunos filósofos aseguran que Bolzano es uno de los pensadores más originales e independientes del siglo XIX. Se asentó en la filosofía de la objetividad y no tragó ruedas de molino echadas a rodar por Kant, Fichte, Schelling o Hegel. Dedicado a pensar, pensó: ¿No los entendía por propia incapacidad o porque ellos, los filósofos, no filosofaban objetivamente?
Me aplico el cuento: ¿No entiendo a los jueces por sus decisiones o por mi incapacidad para entenderlos? ¿Justicia o Jueces? Tomo unas líneas de Leibniz: «La Justicia no depende, en manera alguna, de las caprichosas leyes del gobernante». O sea, que en el siglo XVII ya se cocían habas como melones, porque Leibniz no se achanta, y prosigue, «una sociedad en la que el llamado Derecho no es otra cosa que desfogue del poder, es una sociedad de bandidos». Muy fuerte.
El gentío está hasta los mismísimos a causa de los fallos de la Justicia ¿o de los Jueces? El diccionario de la RAE coloca 12 acepciones para expresar qué es la Justicia. Aquí me refiero a la número 6: Poder Judicial. La Justicia es una abstracción lógica que, como otras entidades abstractas, carece de límites reales. Porque nadie, que yo sepa, ha visto a la justicia (poder judicial) sentada al sol. La Justicia es un escape para no hablar de los jueces. ¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Jueces? (Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo, recuerden).
La prensa actual abunda en estas ideas. El 82 % cree que se debería imponer la cadena perpetua con revisión para delitos graves. Tenemos un código penal desfasado y hay que actualizarlo. El código penal es muchas veces papel mojado porque no garantiza el cumplimiento real de las penas. Ni con la doctrina Parot. Un sistema que permite rebajar la pena prácticamente a la mitad por trabajos o estudios realizados en la cárcel puede parecer progresista pero no parece justo.
La cosa está que arde y el gentío quemado. En el Estado de Derecho hay demasiados resquicios para la impunidad. (Excepto si te cazan sin carnet de conducir).

OH, LA TELE
JUAN GARODRI
(23-8-2008)

(Me entero del accidente de Barajas después de escribir este artículo. En él no se pretende aludir, en absoluto, a los informativos especiales sobre el trágico suceso).

Si tiene usted las agallas que hay que tener para tragarse un telediario completo, habrá advertido que las intenciones de quienes nos ‘echan’ las noticias (que son la alfalfa del borreguío televidente) persiguen, a mi parecer, un fin: que el gentío tiemble de miedo. Un 40 % de la información expone a diario tragedias, asesinatos, maltrato físico, violencia de género, accidentes de tráfico, devastaciones climatológicas, dolor y muerte. El 60 % restante se divide entre deportes, política económica y publicidad.
Michael Moore, el del documental “Bowling for Columbine” que hizo tanta pupa, dijo que los medios procuran que tengamos miedo. «Animo a la gente a que apague la tele porque nos están triturando el cerebro». Apagar la tele. ¿Y entonces? Hablar o leer. Hablar con la familia resulta fastidioso porque hoy no se habla, se discute. Mejor ver la tele. Leer es insoportable. Un aburrimiento pertinaz que carga la vista e hincha la cabeza. La lectura es para los letraheridos. Mejor ver la tele. Y el gentío se distrae zapeando. Más miedo. Los programas matutinos, orlados de atractiva publicidad doméstica, meten el miedo en el cuerpo con la cosa del colesterol, la hipertensión, los ácidos biliares y la celulitis. Los programas vespertinos exponen las lágrimas de la señora que ha perdido a su hijo, o que se le ha inundado la casa, o que padece cáncer de colon, o que se ve obligada a subsistir con 327 euros, o que ha sufrido un atraco, o que han violado a su hija. Y así. Ese cúmulo de desgracias, esparcidas por los espacios televisivos como quien esparce abono, eleva la adrenalina y produce una honda satisfacción contradictoria, el hallazgo del gusto en la desgracia. No, mister Moore. El gentío no tiene el cerebro triturado por la tele. El gentío disfruta con la tele, su tabla de salvación. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo Arquímedes. La tele. El punto de apoyo.
FRASES ALGO IDIOTAS
JUAN GARODRI
(16-8-2008)

Durante los duros años de la posguerra, el gentío acostumbraba a decir una frase para describir al listo que vivía bien: «ese vive mejor que un canónigo de los de antes de la guerra». De algún abogado perspicaz e inquieto, acostumbrado a ganar pleitos con métodos poco ortodoxos (según la ortodoxia jurídica, se entiende), decían que era «el mejor birrete de la provincia». Si en el primer caso la metonimia era alegórica, en el segundo la metonimia era pura sinécdoque. Un comentarista de Teledeporte afirmaba uno de estos días con motivo de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 (¡líbranos, Señor!) que un futbolista de Costa de Marfil tenía una «potencia física insultante». (Metonimia). ¿Puede haber potencia física insultante? ¿A quién insulta la potencia física? ¿Al pinganilla que pronuncia la frase? ¿A los entecos que carecen de potencia física? La cualidad de agravio que comporta el insulto no es tal, supongo. El comentarista la utiliza como significación metonímica de la cualidad atlética.
Allá por el año 1965 hubo en Londres un ministro de Finanzas, llamado Ian McLeod, que debía de tener una cabeza descomunal. Ya saben que la taxonomía metonímica admite variedades de configuración léxica. Así que parecía que Ian McLeod había estado llorando por cabeza desde pequeño. Pero no era así. La materialidad craneal de su cabeza encerraba una inteligencia financiera fuera de lo común (descomunal). Y va el tío e inventa una palabra que hoy, 43 años después, aterriza en nuestra democracia con la impetuosidad destructora de un ‘caza’ de ataque. Se trata de «Estanflación». ¿Habían oído alguna vez la palabra? Yo tampoco. Subyace en ella, sin embargo, un significado peligrosísimo, porque su configuración lexemática, estilo ‘spanglish’ del mejor cuño, combina los términos de estancamiento (recesión) e inflación. Lo cual que nos aboca a una situación económica tremenda, por mucho que Solbes, «el hombre que susurraba a los parados», lo desmienta o disimule a través de continuas y somnolientas metonimias. Porque ‘estanflación’ indica simultáneamente el alza indiscriminada de precios, el aumento imparable del desempleo y el hondo estancamiento económico. O sea la clara permanencia en la crisis o incluso en la recesión. Sin metonimias idiotas.









A
LECTURAS
JUAN GARODRI
(9-8-2008)

Mi vergüenza se clava en las neuronas como un puñal. Y me atrevo a preguntar, en consecuencia, a los capitostes y capitostas de la Consejería de Cultura o de Educación o de Lo Que Sea, qué no se hace o, fundamentalmente, qué no se ha hecho durante tantos años para que estemos en la cola. Pero en la cola cola. O sea que somos los últimos. Sacamos pecho, muy sacado, para defendernos de la atribución de pobres con la que nos ridiculizó el Suñé, o de la de malnacidos que nos colgó de la estirpe el Puig. Pero a ver cómo salimos de ésta. Es muy difícil salir de la cola. Y no vale el chiste tonto de aseverar que no estamos en la cola porque cuando nos situamos en ella ya hay otro.
Según recoge el barómetro «de hábitos de lectura y compra de libros 2007», el índice de lectura de los extremeños se sitúa en el último lugar de España con un 49,5 %, muy alejado de la media nacional. El barómetro que señala tales índices de lectura no está elaborado por ‘enemigos’ regionales para jodernos la manta de nuestros engreimientos, no. Está elaborado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores de España, con el patrocinio de la Dirección General del Libro, Archivos y Biblioteca del Ministerio de Cultura.
No vale culpar a los centros docentes con la socorrida acusación de que no ‘saben’ inculcar hábitos lectores en los alumnos. Supongo que los profesores/as extremeños no están menos capacitados para ejercitar su tarea que los profesores de Asturias (con índice lector del 58,4%). Ni menos capacitados que los profesores madrileños (Madrid presenta el nivel más alto con un 65,7%). Tal vez el gentío extremeño busque su alimento cultural en los pasajes lacrimógenos de las telenovelas y no lea, o en las paridas televisivas del horario nocturno y lea menos. O entre al trapo del acoso mediático con la retransmisión persistente y cansina de las Olimpíadas del Pekín de siempre (ahora Beijin, ese sombrerazo léxico).
Sólo sé una cosa: me duele que los extremeños seamos los últimos de la cola cultural. Tanto o más que ser pobres.
LO DEL MOTOR
JUAN GARODRI
(2-8-2008)

Siempre me han gustado las revistas del motor. Después de leer durante varias horas libros digamos ‘profundos’, (sin ánimo de petulancia, que siempre sale el cagaleches y te estropea el guiso, esos eructos de la cercanía), repito pues que, después de leer páginas y páginas de Historia de la Estética de Edgar de Bruyne, por ejemplo, las páginas de las revistas del motor me ofrecen una diversión (en el sentido etimológico de ‘adentrarse por otro camino’) gratificante. Los coches poseen la belleza estética de la estatua griega. Las revistas del motor muestran los nuevos modelos con esa rutilancia de los colorines que las páginas del papel cuché elevan a la categoría de obra de arte efímera. La obra de arte es bella por la accidentalidad de su forma, que es así pero pudo ser de otra manera. Los coches son así, bellos, porque incendian el ojo del observador, y la mirada encendida desea la posesión del objeto. En ese momento de la apreciación sublime, el incendio de la sangre alucina al gentío que no piensa en el perjuicio o el provecho que el objeto le origine sino en la estructura del objeto en sí. Nada hay más hermoso que un ‘último modelo’ poderoso, veloz, con capacidad para fulminar la distancia. «Nada hay más hermoso que el fuego llameante, ardiente, abrasador… Calienta, sana y cuece, pero también abrasa, hiere y causa dolor», Boecio dixit.
Hay buenos especialistas en las revistas del motor. Ejercitan la crítica del ‘nuevo modelo’ con pasión y hasta con cierta elegancia descriptiva. No deja de parecer una metáfora automecánica, casi un hallazgo, la aserción de que la tracción total de un all off-road lo inscribe en la curva con una precisión absoluta. La frase instala al coche en lo perdurable porque lo ‘inscribe’ en el asfalto. Y toda inscripción es, esencialmente, permanencia. También leo que las sensaciones del afortunado que tripula uno de esos modelos poderosos son ‘exultantes’, es decir, que sobrepasan no ya la propia satisfacción personal sino que elevan su ego al grado de la exultación, que es el superlativo absoluto de la alegría.
Los verás pero no los catarás. Es el epílogo de la revista del motor.