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martes, 23 de junio de 2009

EL PAPELEO
(30-9-2000)
JUAN GARODRI



Te cuento, amigo. Siempre me gustó la moto. Eran los tiempos de Angel Nieto, aquel multicampeón de los 125 c.c. Muchos españoles empezaron a motorizarse y los que no tenían para un seiscientos se compraban una vespa. Así que yo tenía mi moto, una vespa gloriosa con la que perseguía los caminos de la juventud, sin reparar en obstáculos. En ella me desplazaba a Cáceres, sorteando los baches hasta desembocar en la N-630, o subía hasta Ciudad Rodrigo e incluso alguna vez llegué hasta Salamanca, en un alarde luminoso de temeridad y audacia. No había una carretera de la Sierra de Gata desconocida para mí. Unas veces subía hasta Cadalso y Robledillo, otras me desplazaba hasta Villamiel, Eljas o Valverde, con una intrepidez que ahora me pone los pelos de punta, inconsciente y desavisado del peligro que atravesaba serpenteando aquellas arriesgadas curvas de polvo y pedruscos. Tampoco olvido las carreteras de las Hurdes. En aquellos tiempos, las Hurdes no eran lo que ahora son. Rodríguez Ibarra, todo hay que decirlo, ha dejado las carreteras de las Hurdes como una autostrada del sole, si se comparan con aquellos caminos pedregosos que se denominaban entonces con el ampuloso nombre de carreteras. Tierra y piedras sueltas, eso era el firme por el que uno circulaba, de manera que las muñecas y los tríceps braquiales, con aquel ejercicio constante de saltos y derrapes, llegaban a convertirse en músculos poderosos con los que dominar la moto, cosa que llegaba a convertirse en juego de niños. Por si fuera poco, cada dos por tres había que limpiar la bujía que, aburrida por el calentamiento y la fatiga, se negaba a dar chispa y te colocaba la inoportunidad de la perla entre los electrodos. No tenías más remedio que detenerte, lanzar un juramento arrepticio, sacar la llave de bujías y el papel de lija, quemarte los dedos y eliminar la mota de carbonilla. Y carretera y manta de nuevo.
Así que hace unos días, cuando entré en un banco, lo llaman entidad bancaria (todas las oficinas son sucursales, ya se sabe, no sé por qué lo de «sucursal de una entidad bancaria», esa circunlocución eufemística de la megalomanía del dinero, sobre todo lo de «entidad», como si los demás seres no fueran/fuéramos entes con su correspondiente entidad, aunque quizá el banco sea el ente con mayor extensión de entidad conocida, no sé, una extensión como la del mar, inconmensurable, porque determina de modo concluyente la esencia de nuestros desequilibrios y absorbe de modo constituyente la forma de nuestras mensualidades, toda entidad es la forma o la esencia de las cosas, filosofía pura), entré en un banco, te decía, y vi la imagen del ciclomotor, reproducida a tamaño real, tan cercana en el tiempo y tan posible en el espacio, que se conmovieron profundamente mis añoranzas. Me dirigí a información. Podía adquirirla pagando una cuota mensual. Acepté y tuve que rellenar unos impresos. El banco me suministraba la moto, un scooter precioso de 49 c.c., pero corrían de mi cuenta la matriculación y los impuestos. Y empezó el papeleo.
Podía optar por encargar el asunto a una agencia, pero arrebatado por una provechosa y desavisada capacidad de gestión, me atreví a dar yo mismo los pasos reglamentarios. Nunca tal hiciera. En el ayuntamiento rellené los impresos correspondientes al impuesto de circulación de vehículos. En la dirección provincial de tráfico, siempre hay que esperar. Esperé. La cola olía a sudor y a tabaco ‘ducados’. Cuando llegó mi turno, la señorita de la ventanilla me exigió dos fotocopias de la ficha técnica del vehículo y una fotocopia del carnet de identidad. Salí pitando a la carrerilla, en busca de fotocopiadora pertinente. Regresé. Otra vez a la cola. Llegó mi turno.
—Ejemplares correspondientes del modelo cinco seis cinco —pidió la señorita.
—¿Modelo qué? —pregunté alarmado.
Mi expresión de pobre hombre debió de ser repentinamente cataléptica, porque la señorita de la ventanilla, movida tal vez a compasión, me indicó que tenía que retirarlo en Hacienda, para la exacción de tasas. Otra vez pitando, y a la carrerilla, Cánovas abajo, hasta llegar a Hacienda. En información me dicen que para el cinco seis cinco me dirija al mostrador de allí, a la izquierda. En esta ventanilla, un joven funcionario me dice que el cinco seis cinco enfrente, bajando las escaleras, a la izquierda. En esta ventanilla me dan unos impresos y me cobran 50 pesetas. Que los rellene, son autocopia, y los entregue en aquel mostrador de allí arriba, a la derecha. Los relleno. El funcionario de allí arriba, a la derecha, me dice que hubiera sido suficiente poner el nombre y el D.N.I. Pone en marcha una impresora y saca una página con mis etiquetas identificativas. Me da las etiquetas y me dice que ya está. Lo miro sin saber qué hacer.
—Ahí, al lado, lleve al mostrador de al lado el impreso y las etiquetas.
Los llevo. Dos señoritas charlan animadamente sentadas a una mesa, frente a frente. Espero varios minutos. Al fin, una me mira. Me pide los impresos y las etiquetas. Desprende dos etiquetas y las adhiere en los impresos correspondientes.
—Ya está —dice—. Las etiquetas que sobran son para usted.
Salgo zumbando Cánovas arriba, otra vez a Tráfico. Llego jadeando. Entrego el cinco seis cinco. Lo sellan. Me dan un papelito para que pase por Caja y pague. Obedezco. Me dicen que dentro de tres horas, o al día siguiente, puedo pasar a recoger la matrícula. «La placa tiene usted que adquirirla en una tienda de repuestos», me advierten. A todo esto, como suelo desayunarme con una manzana y un yogur, y la manzana es diurética, la urgencia en la micción me aprieta la entrepierna. El guardia de seguridad que hay frente a Caja me dice que allí no hay urinarios. Y me pregunto, ingenuo, por qué se exige instalación de w.c. en cualquier tiendecilla abierta al público, y en la Dirección Provincial de Tráfico no lo hay.
Lo del seguro del ciclomotor prefiero no contarlo. Más caro que el seguro del coche. En fin, amigo. Si no pretendes volverte majareta, ni se te ocurra la gestión personal del papeleo. Dicen que la Administración pretende acercarse al ciudadano y facilitarle y simplificarle las cosas. Y una mierda. ¿Si no fuera casi inextricable la selva del papeleo, de qué iban a vivir las agencias?
EL MÓVIL
(25-9-2000)
JUAN GARODRI



Espero que el lector, avezado a la interpretación temprana de los títulos, haya deshecho inmediatamente la ambigüedad del que hoy nos ocupa. Porque el título contiene una aparente ambigüedad. Por eso, aclaro que no voy a referirme al móvil como impulso moral que incita a las personas, esa especie de propulsión que convierte la voluntad del gentío en un lanzatorpedos para que actúe en plan virtuoso o en plan corrupto, según la cruzada de cables mental que lo esclavice. Así que de impulso moral, nada. Tampoco pretendo aludir al móvil del crimen, porque para eso están las películas de detectives y las novelas de Agatha Christie en las que el móvil de los delincuentes es un campo de impulsos humanos muy vasto y, al mismo tiempo, muy variados los motivos (el móvil) que pueden llevar al individuo a delinquir.
Me refiero al móvil telefónico, como no podía ser menos, ese artilugio de última generación que cohabita en la intimidad de todos y cada uno de los españoles, más de veinte millones de teléfonos móviles hay en España, qué horror, para qué querrán los españoles tantos móviles, no hay bar, autobús, acera, terraza de verano, supermercado, sala de espera, polideportivo, cine, reunión de sindicatos, jornada de reflexión política, pleno del ayuntamiento y obra en construcción en los que no aparezca el usuario del móvil, y hasta en la iglesia, no creas, que está el oficiante en la culminación de su homilía y, zas, surge la imprevista interrupción del móvil, que no por repentina deja de resultar incómoda, y va el usuario y se levanta con aire más trascendental que compungido y se larga al atrio disculpándose a media voz por las molestias ocasionadas en su alteración litúrgica.
Y ahora resulta que las últimas investigaciones de los expertos nos alertan y ponen al móvil en vilo porque produce emisiones de radiación que pueden resultar peligrosas para la salud. Y según en qué lugar del cuerpo vaya alojado el móvil, el peligro incide en el órgano más cercano, dicen.
Así que cuando se te calienta la oreja, por ejemplo, de tanto movilear, las radiaciones del móvil pueden llegar, con el tiempo, a producirte lesiones acústicas o a hacerte un agujero espantoso en el cerebro que quizá llegue a convertirse en la guarida de la tontuna, ese tumor maligno que condiciona la recepción de la cordura.
Así que cuando, en medio del trabajo, aprecias falta de concentración o ligero dolor de cabeza, cuando sientes que la pantalla del ordenador parpadea más de la cuenta y te entras ganas de mandar la estadística al carajo, no lo dudes: el móvil te está jugando una mala pasada.
Cuando adviertes que la proximidad de la culifina de pelo amarillo que trabaja en el laboratorio te produce breves extrasístoles repentinas, como puñaladas cordialmente enemigas, no es su anatomía esplendorosa, no, la que daña tu corazón: es el móvil el causante de tu alteración cardiorrespiratoria.
Cuando adormilado y vencido te levantas el domingo por la mañana, la lengua pastosa y los párpados orlados de ojeras protuberantes, sintiendo ligeros pinchazos en el lado derecho del abdomen, no ha sido el Ballantine’s, no, el agente de tu flatulencia: ha sido el uso tontorrón del móvil que poco a poco va horadando los tejidos de tu hígado o de tu bazo, expuestos quizá a algún tumor linfático.
Cuando, sin saber por qué, no tienes más remedio que levantarte y dirigirte cada dos por tres a los servicios, con repetidos e inusuales ataques de incontinencia en la micción que hacen sonreír al conserje (piensa, el malaleches, que ya se te aproxima lo de la próstata), no han sido las cervezas —antioxidantes y todo— las que te inflaman la vejiga, no: es el uso del móvil que perjudica seriamente los tejidos de tus riñones.
En fin, si notas, alarmado, que tus partes pudendas abultan más de la cuenta y que el personal (mayormente femenino) echa un ligero y disimulado vistazo a tu bragueta cuando te cruzas con él por el pasillo, no se debe el aumento del paquete a un efecto inversamente malsano de la criptorquidia, no: es el uso indiscriminado del móvil cuyas radiaciones han producido un calentamiento de tus testículos, agobiados por su campo magnético.
Así que, amigo, te sugiero que te andes con cuidado en el uso del móvil para evitar la incidencia de tumores.
(Mi tío Eufrasio, con la mala pipa que lo caracteriza, dice que todo este rollo no es más que un alarmismo innecesario para asustar al personal, alarmismo provocado para evitar el consumo abusivo, y que la cosa le interesa al Gobierno para aminorar la inflación. De manera que voy a movilear para enterarme de los resultados de la Champion’s).
(IN)CULTURA LECTORA
(15-9-2000)
JUAN GARODRI





Bueno, pues resulta que me encuentro "cabizmundo y meditabajo" —y que disculpe don Francisco de Quevedo por sacarlo a colación tan por los pelos— porque me han puesto a escurrir algunos lectores de Arentia. Arentia es un periódico (una publicación que aparece con cierta periodicidad, se entiende, periodicidad indeterminada y sujeta a los vaivenes de edición que dependen casi siempre del dinero que se necesita para editarla, cada mes y medio o dos meses aparece, o por ahí, según le haya ido a su presidente con la venta de publicidad con que se nutre, que tampoco es mucha, no creas, tampoco es muy brillante que se diga la liquidez de las casas comerciales de la zona, atosigadas como andan por tanta Feria local, Feria comarcal, Jueves turístico, Fercor, Feria Raiana en Idanha y todo eso), un periódico, te decía, desinhibido y espontáneo, pelín provocador y aguafiestas, una de esas publicaciones de pueblo que levantan la cama de las piezas que llevan tanto tiempo aposentadas en ella y, de paso, remueven algún culo atornillado en las poltronas de las covachuelas oficiales. Bien.
Arentia me pidió una colaboración escrita y desinteresada (la distribución de Arentia es no venal) y me pareció oportuno colaborar. De manera que escribí un artículo titulado Eso de las vergüenzas celulíticas. Aludía en él a la general idiotez humanamente veraniega que induce al gentío a adquirir la belleza gracias a las cremas bronceadoras y a la pérdida de peso. Hasta aquí, normal. Lo descacharrante del asunto fue que al presidente de Arentia no se le ocurre otra cosa que ilustrar mi artículo con una fotografía procaz: siete espaldas masculinas, con los pantalones a la altura de los tobillos, inclinadas en posición defecatoria, muestran al sorprendido lector el oscuro desconsuelo de sus esfínteres.
Cualquier colaborador de prensa sabe que la ilustración con que suele acompañarse su artículo (en HOY, "Tribuna Extremeña", por ejemplo) es cosa de la Redacción: el articulista no interviene en el asunto.
Ay de mí. Eso lo desconocen en mi pueblo. Así que el personal pensó que lo de la foto también era cosa mía. ¡Una pluma tan fina y erudita, cómo había caído tan bajo! Observé, entre varapalo y varapalo verbal de los listillos, para mi propio desconsuelo, que todo el mundo había hojeado la revista, pero nadie había leído el artículo. Todo mi gozo en el pozo del descrédito. Toda mi vanidad académica en la zanja de la obscenidad por adjuntar mis pretensiones literarias a una ilustración indecente.
Lo he tomado a risa, qué remedio. En fin, no tiene nada de extraño que hoy día (‘a día de hoy’, dicen algunos plumíferos influidos tal vez por la cacofonía francesa) muchos se crean Pico della Mirandola, peritos en Humanidades o poco menos, por el hecho de hojear de vez en cuando la prensa. Y digo hojear. Porque una cosa es hojear y otra es leer. Mientras que, como es obvio, hojea quien pasa las hojas, no lee, sin embargo, quien se limita a pasar los ojos. Para leer, hay que entender lo que se lee, e interpretarlo. Y para interpretar lo leído se necesitan referencias conceptuales. Es lo que la gente llama cultura. Una persona que mediante sus estudios o lecturas adquiere conocimientos diversos y múltiples, alcanza probablemente un conjunto importante de referentes conceptuales que quizá le ayuden a interpretar la realidad con más probabilidades de aproximación objetiva, o de acierto, que aquélla que carece de tales referentes. Del mismo modo, quien posee un número elevado de referentes científicos, humanísticos, artísticos, literarios, económicos o deportivos, por citar algunos, interpreta lo que lee con mayor sensatez que quien posee un número reducido de dichos referentes. En resumen, una persona culta —cultivada, enriquecida por sus referentes conceptuales— interpreta mejor lo que lee que otra inculta —empobrecida conceptualmente por su carencia de referentes—. Es lo de la competencia o incompetencia lingüística. Pero no es cosa de comentarlo ahora.
De ahí lo del título: (In)cultura lectora. El personal se considera culto por el hecho de leer, incluso por el hecho de pasar las hojas. ¿Cuántos poseen la conveniente capacidad conceptual como para interpretar, con suficiente y abundante flexibilidad mental, lo que leen?
Fin.

lunes, 22 de junio de 2009

LOS KILOS Y LA MUGRE
(9-9-2000)
JUAN GARODRI




¡Marchando, otra de fútbol!
Me había jurado a mí mismo no escribir de fútbol este inicio de temporada liguera. El asco de la sobreabundancia monetaria, esa náusea esofágica de la indigestión y los retortijones, me produce una especie de flatulencia desagradable y grosera, por no decir indecente, en el punto de referencia de mi afición al fútbol, una afición que viene de antiguo pero que se encuentra mermada en la actualidad, como esos pantalones pordioseros que alguna vez fueron nuevos flamantes y están ahora desgastados por el uso indebido del pedorreo y la bragueta.
Así que me prometí no hablar de fútbol. Era una promesa asentada en la certidumbre del desquiciamiento. ¿Hay algo más desquiciado, ahora mismo, que el negocio del fútbol? Sacar una cosa de quicio es sacarla de su estado natural y violentarla.
Después de un verano tan estúpidamente desnutrido de información futbolística —sólo se ha hablado y escrito de traspasos y dinero— se le quitan a uno las ganas de insistir en la cosa del fútbol. Es como si los dedos se te pegaran después de manipular la mugre. Pero me es imposible.
En el fondo, es el mismo carril que el que soportan las revistas del corazón. Mientras éstas llenan páginas y páginas exponiendo las complejas intimidades de los famosos, de los ex de las famosas, de sus nuevos compañeros se(nti)mentales, de las encamadas y turbias relaciones de unos y otras, de la idiocia permanentemente dorada del fango —un fango acrisolado en el amarillo resplandor del dinero, única contraseña para adquirir el efímero resplandor de la fama, soporte indispensable para sobrevolar la rutilancia de la vaciedad—, las páginas deportivas llenan también sus tiradas diarias con no menor abundancia de informaciones en torno al resplandor de los millones y al poderío petulante de los llamados clubes poderosos.
Dije antes que había sido un verano estúpidamente desnutrido de información futbolística. Me refiero a que la prensa deportiva apenas habla de fútbol. Habla de los millones que se mueven en torno al fútbol. (Millones designados, además, con el estúpido neologismo de ‘kilos’).
Y así, un día tras otro, aparecía la noticia fulgurante de los kilos a los que se alzaba el nuevo contrato de Raúl, o los kilos que había costado la cláusula de rescisión de Luis Figo, que resulta que no se llama Luis Figo sino que tiene un nombre muy cumplidamente portugués, en fin, Raúl y Figo, inscritos en el club de los mil kilos anuales, más de ochenta y tres kilos mensuales, más de dos kilos y medio cada día, más de 114.155 pesetas la hora, casi dos mil pesetas al minuto, treinta y dos pesetas cada segundo.
(Dos carrerillas de Figo y de Raúl, sin apenas arrancar a sudar, supone la ficha anual de la mayoría de los jugadores del Coria. Y éstos meten goles, a veces, tan bonitos como los de Raúl, aunque los de Raúl sean golazos, dicen).
Y mientras el Mérida desaparece, los presupuestos reunidos de todos los clubes de Primera división en España ascienden a la escalofriante cifra de 127.000 millones de kilos. Y si en el mundo el negocio del fútbol mueve unos 28 billones de pesetas (con b de burro), en España no es poco lo que deja tras de sí dicho negocio, porque con su medio billón de kilos se afilan los dientes de la depredación mediática.
No es de extrañar que, en estas circunstancias, la televisión esté dispuesta a pagar el 51 % de los ingresos de un club español y que la FIFA y la UEFA anden a cantazos para ver quién se lleva el gato de los millones a su agua particular.
La parte antideportiva, antifutbolística, la parte asquerosamente obscena del asunto se me antoja que está en el hecho de que la mayoría de los clubes está endeudado y pierde dinero. El Real Madrid, C.F., por ejemplo. Ahora sale Florentino Pérez y dice que el Madrid debe 46.000 millones de pesetas (dejemos a un lado la bobada de los kilos), deuda neta, y que “el Real Madrid vive de milagro”. El Real Madrid, representante de la gloria nacional, representante de la oficialidad futbolística, representante, como poco, de la raza mesetaria, el Real Madrid, glorioso a más no poder con la gloria del hexacampeón o heptacampeón, no recuerdo, de Europa. Ahora resulta que el Real Madrid es un tramposo, a lo que parece. Tramposo es el que debe y no paga. Y si debe más de 46.000 millones es porque lleva mucho tiempo sin pagar. Y uno, como el pardillo que se ha caído del nido, pregunta: ¿Cómo es posible que un club se endeude de una forma tan astronómica? (Entendido lo de ‘astronómica’ por lo desmesuradamente grande de la deuda). ¿Cómo es posible que se viva con la alegría del rico y se deba con la miseria del pobre?
Resulta que a mi tío Eufrasio lo llevaron al juzgado por no pagar una multa de 25.000 pesetas cuando mató los tordos que le comían las aceitunas, y a los clubes tramposos nadie es capaz de mojarles la oreja.
En fin, amigo, qué quieres que te diga. La idiotez mediática magnifica el negocio del fútbol y empobrece la gloria del deporte. No sé cuántos partidos veré esta temporada. Desde luego, ni uno de primera división. Pero una cosa es cierta. Los millones de kilos de los grandes clubes han calcinado (reducido a cal viva) mi afición al fútbol.
La mugre del fútbol.
EL ACOSADO VUELO DE LA TÓRTOLA
(2-9-2009)
JUAN GARODRI



La culpa es una mancha negra que se adhiere a la piel del alma tal como se adhieren las garrapatas a la piel de los perros canijos. La culpa brota de la conciencia, esa «propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales». Cualquiera, como humano, puede ‘sentirse’ culpable en un momento determinado. Un error de cálculo, una discusión, una alteración de la voz para mandar a hacer gárgaras al concejal de cultura, por ejemplo, suelen dejar en las entretelas de la interioridad esa mancha negra con la que comparábamos la culpa. Y su expiación. Porque, según los visionarios de la escatología final, cada culpa lleva aparejada su correspondiente expiación.
Eso nos ocurre a los humanos cada dos por tres, o más. Pero a la tórtolas, hombre, hacer que las tórtolas expíen su pureza zoológica (que supongo que será su única culpa) es pasarse de la raya condenatoria. ¿Qué culpa tienen ellas de cruzar el abismo de nuestra culpa? Su culpa es haber nacido tórtola. Haberse criado en las casi indefensas ramas de su nido. Ese nido que deja al descubierto la lisa panza de los dos polluelos apenas ocultados por los escasos palos que lo forman. La culpa de la tórtola es cruzar el espacio navegando un vuelo bellísimo, un vuelo azorado de celeridad. La culpa de la tórtola es haberse independizado de la especie y, en lugar de acudir en bandada al supermercado de los surcos, como hace en general el gentío pajaril atraído por la publicidad de los trigales, la tórtola se desvía con su pareja a ocultar en las encinas su arrullo amoroso.
Porque la tórtola ha nacido para el amor. Los autores del Renacimiento, tan dados al endecasílabo y a las églogas, tan aficionados al llanto amoroso y a la pena de amor —salid sin duelo lágrimas corriendo, repite Garcilaso como un veredicto de ausencia afectiva que lo impulsa al llanto, aunque bien es cierto que el llanto era más retórico que físico, más literariamente cortés que lacrimógeno, los renacentistas españoles se deshacían en llanto por cualquier amada inalcanzable, recurso que utilizaban generosamente para confeccionar sus versos, como si los versos fuesen guedejas de la tristeza— los autores del renacimiento, ya digo, consideraban a la tórtola como símbolo de la pena de amor, una pena que brotaba de su propio gemido lascivo, tal vez ilusionados y confusos por la belleza métrica de los hexámetros de Virgilio que relaciona el canto de la tórtola con su gemido incesante: Nec gemere aerea cessabit turtur ab ulmo.
Pero la tórtola, ay, ha nacido también para la muerte. Qué culpa tienen ellas de cruzar el abismo de la culpa. Qué culpa la de vivir eternamente enamoradas y gimientes. La de seguir a su pareja hasta la muerte. De dos en dos. La pareja se decide a cruzar las extensiones para ahuyentar el frío y el rigor de las heladas. Sólo así seguirán amándose. Sólo así impedirán que se interrumpa el ciclo de su procreación. Sólo así seguirán unidas en la evasión esquiva de su vuelo.
No saben, desdichadas, que un bosque de escopetas les dedica la ovación de la pólvora. No saben que un encinar repleto de cartuchos les ofrenda la muerte, ese ofertorio de suplicio instantáneo por el que pasan todos los amantes, esa consecución del aniquilamiento al que se entregan para expiar la culpa de haber seguido amándose.
Nada menos que 17.000 han sido abatidas.
(Y que disculpe el informador de HOY (29-8-00). A pesar de que en el titular de la 'primera' aparece correctamente utilizado el verbo ‘abatir’, no ocurre así en la entrada de la 'tercera' ni en las informaciones subsiguientes. Me atrevo, pues, a señalar que utiliza incorrectamente el verbo. No es lo mismo batir que abatir. En el contexto de la noticia, el informador se refiere al número de tórtolas que han sido derribadas: «Hacer que una cosa caiga o descienda», dice el DRAE. Se trata, pues, de abatir. Como voz técnica de la montería, batir se refiere únicamente a la exploración de un terreno, o a recorrerlo para hacer salir la caza. Así que, majo, de batir tórtolas, nada. De ídem).
De manera que 17.000 tórtolas han sido abatidas ¡en dos días!. Más de 20.000 cazadores salieron olfateando las víctimas. No había modo de escapar. Las tórtolas han caído, sorprendidas y veloces, en un holocausto cinegético en el que la víctima no era otra cosa que el sacrificio de su eterno retorno, ese acto de abnegación total que se lleva a cabo por amor.
Siempre me conmovió, y me atrajo, el huidizo aleteo de las tórtolas. De chico las tuve entre mis manos. Les daba de comer cuando eran pichones. Les abría el pico con los dedos, y a pesar de sus tentativas de escape, engullían vorazmente los granos de trigo. Después cogía un buche de agua y, con su pico entre mis labios, la tórtola bebía. Jamás olvidaré el latido asustado de su pecho, el pecho caliente y agitado de la siesta en las plumas de las tórtolas.
Nuestra culpa son los 17.000 pechos abiertos a la sangre y vaciados para siempre de amor.