LA FOTOGRAFÍA
(30-5-99)
JUAN GARODRI
De la misma forma que las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud, y andan a la greña hipócritamente proteccionista para prohibir o no su consumo (en USA principalmente: no prohíben, sin embargo, la fabricación y libre venta de armas, listos que son ellos, aunque su uso indiscriminado haya provocado la muerte de cientos de miles de seres humanos, etc.), de la misma forma, te decía, la susodichas Autoridades Sanitarias, tan preocupadas de que el gentío alcance la salvación salutífera, deberían advertir al personal acerca del perjuicio afectivo y taquicárdico que produce la nostalgia.
Y es que debería de estar prohibida la nostalgia. Ay, amigo, no sabes bien la infinita nostalgia que endulza los recuerdos cuando contemplo la fotografía que mi hermana Matilde conserva en su álbum familiar. Representa a un niño de seis años, de frente sorprendida y ojos muy abiertos, vestido con traje azul marino, esos trajecitos con los que se disfrazaba a los niños para estimular en ellos la inocencia de un protagonismo inesperado y sorprendente. Era un protagonismo, sin embargo, reducido y humilde, un protagonismo al que le era imposible exceder los límites de la tela azul del traje, acotada por el blanco glorioso de los zapatos, el cordoncillo de la cruz dorado, la limpieza de los guantes, la opulencia del rosario y el lujo del libro religioso con tapas de nácar. Un protagonismo, en definitiva, con esa característica en blanco y negro atribuida a las escasas posibilidades de la humildad económica. Es la única fotografía que existe de mi primera comunión.
Así y todo, qué quieres que te diga, con ese apresuramiento engañoso de la publicidad y la horterada, hoy se ha desplazado el hecho protagonista hasta el punto de que el niño es el pretexto para el protagonismo de los padres. De manera que la fotografía (social) es la de los padres. Esa es la verdadera fotografía.
Y a pesar de que el niño ha permanecido durante dos años en la instrucción catequética para que su conceptualización admita, en lo posible, la importancia teológica de la Eucaristía, llega el Día de su Primera Comunión y se le viene abajo el tal vez atractivo misterio religioso (todos los niños se sienten atraídos por lo misterioso ¿no?), aturdidos por la pretenciosa voracidad social de los padres, con lo que el trabajo dignamente desinteresado, generoso y discreto de los catequistas queda reducido a un recuerdo semidocente y enigmático, olvidado en la penumbra olorosa de los bancos de la iglesia.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, el álbum familiar se incrementa de manera notoria porque los tíos, primos y demás familia, además de arrimados y vecinos, animados por un sorprendente sarpullido artístico y acuciados por una vanidosa pulsión de apariencia económica, empuñan cámaras de video y disparan máquinas fotográficas con la misma intensidad con que un soldado esquizofrénico dispara su sofisticado rifle de multirrepetición. Y así, invaden la ceremonia religiosa con resplandores y relámpagos electrónicos, excesivamente reiterados, con esa apariencia de propiedad momentánea con que el carácter celtibérico dota a cualquier ciudadano para que, en determinados momentos, luzca su apariencia de dueño y señor del circo, porque el español, en general, siempre ha creído que la iglesia es cosa suya, una especie de propiedad abstracta de la que tomó posesión cuando lo bautizaron y a la que renunciará cuando lo entierren.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, la mayoría quedan retratados por su mismo comportamiento dispendioso y derrochador, como si cada uno de ellos hubiese adquirido, al menos momentáneamente, el poderío del rey de Roma. Y así, afirman con la jactancia de su efímero poderío económico, que lo hacen todo por el niño o la niña. Con este motivo pseudosentimental, pretenden sobresalir de la nada y encaramarse en la ficticia alegría del gasto y, de paso, darle en las narices al vecino, o al colega, o a ambos. Y le recrecen los engreimientos y vanidades cuando el primo que ha venido de Valladolid le dice admirativamente que jó, tío, si esto más que una comunión parece una boda.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, el colmo de los colmos, que siempre fue tirar la casa por la ventana, se reproduce con exactitud casi hiperbólica cuando los ciento veintisiete comensales se sientan a la mesa y le echan un ojo sediento y goloso a la minuta que el local —especializado en bodas, bautizos y comuniones— ofrece espectacularmente a los invitados. A saber, bebidas, aperitivos de centro, fritos de cocina, jamón, cuñas de queso y lomo embuchado, tacita de caldo al jerez, mariscada, sorbete de limón, pierna de choto lechal asada, postre, tarta de comunión, café y sidra. Mientras los asistentes a tan señalado acto se ponen morados y engullen las viandas entre risotadas y otras ingeniosidades, el niño o la niña corretea su propio olvido entre las mesas y las manchas que la salpicadura del langostino ha esparcido en sus pecheras.
Dentro de tanto poderío arrebatador y gastronómico, hay un detalle que se me ha pasado por alto. Éste: la pierna de choto lechal asada estaba guarnecida con patatas ‘a lo pobre’. Menos mal.
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viernes, 14 de agosto de 2009
martes, 11 de agosto de 2009
LA OBSCENIDAD Y TAL
(23-5-1999)
JUAN GARODRI
La que se ha liado, amigo. No es que yo me quiera comparar con Desiderius Erasmo (para mí quisiera yo el esplendor de su lenguaje y el donaire de su sátira), pero también el de Rotterdam las pasó canutas con alguno de sus coetáneos porque se le ocurrió escribir cosas disparatadas en su Elogio de la locura, esa sátira alegórica en la que ironiza en contra de la insensatez universal y, sobre todo, en la que ridiculiza la excesiva credulidad del pueblo, deslumbrado por los halagos de los demagogos. Y así no deja títere con cabeza, suele decirse. Desde los filósofos de la antigüedad hasta la Escolástica, desde la Nobleza hasta el Clero, Erasmo despliega los vientos de la ironía y desmitifica las fuentes filosóficas y teológicas de la credulidad.
Pero lo mío no era para tanto, me parece.
Resulta que el pasado día 16 de mayo apareció en HOY mi articulillo semanal con el título ¿Qué cosa nos llamamos? Y va la cosa de que la gente de determinados sectores de mi pueblo se ha escandalizado, y mucho, con el artículo. Así al menos he podido comprobarlo, acogotado por esa sorpresa justicieramente callejera que se arrogan los enterados (de pueblo) y los perfectos. Y hay quien me ha parado en medio de la calle y me ha sugerido, troceando el espacio con el dedo, que me dedique a otra cosa porque lo que es a escribir lo tengo claro. Otros aseguran que carezco de pudor y que parece mentira que alguien como yo, con más de media vida sentado junto a la docencia, se dedique a escribir obscenidades.
Y qué quieres que te diga, amigo, con tanto comentario censorio se me han caído los palos del sombrajo. ¿Tan duro he sido en mi crítica contra la guerra y contra los mandamases de la guerra? Y hasta en el bar, en medio del tapeo, hay quien se me dirige y me dice que perdone, pero que hay cosas que no se pueden escribir así, por las buenas, en los periódicos.
—Oye, que es obsceno lo que escribes —dice.
Mi mente recorre a velocidades siderales las líneas del artículo intentando recordar las obscenidades descritas, cosa que no consigo. Y procuro disculparme.
—Mira —respondo—, yo sólo pretendo manifestar mi opinión contra la guerra de los Balcanes porque se me parte el alma cuando contemplo las escenas tremendas de esos refugiados huidizos y exánimes, de esos niños con los ojos rotos de estupefacción y miedo, de esas mujeres sentadas junto a su tristeza, de esos ancianos más avecindados que nunca en la muerte, de esa inocencia herida y ensangrentada.
Así que, en una especie de prédica antibelicista, gesticulo y explico a los circundantes que se me revuelven las tripas ante las hipócritas sandeces de los mandamases, y gargajeo y escupo ante la obscenidad que supone una venta de armas que ocasiona tragedias como la de Denver, y a pesar de que la “calle” exige un mayor control de esa venta, el Congreso USA rechaza ese control debido a la presión de las fábricas de armamento. En este sentido, la obscenidad de la guerra reside en que la han convertido en un mercado siniestro con una finalidad enmascarada: la venta de armas y de armamento bélico, sofisticado y carísimo, con el pretexto de castigar a un genocida (pero a otros no) y de proteger a los refugiados (pero a otros tampoco).
Llegado a este punto, los contertulios me escuchan con el ceño fruncido cuando prosigo en mis trece discursivas asegurando que la obscenidad de la guerra está en que las TV y los periódicos distraen al gentío con lo de los refugiados, y excitan ese indefinido sentimiento de culpabilidad que casi todo el mundo lleva dentro mientras exponen la infrahumana situación de los kosovares, que no lo niego. Pero, sin embargo, en pocos medios se explica al personal las verdaderas causas de la guerra...
Y me vuelvo reiterativo y cansino afirmando que la obscenidad de la guerra consiste en que hay alguien que pretende hacer creer que ellos actúan en nombre nuestro para evitar el genocidio (en nombre mío desde luego no actúan), y va la gente y se lo traga. Y concluyo, decía yo. Lo único que pretenden es aprovechar la guerra para probar su nuevo y sofisticado armamento y, de paso, aprovechar la guerra para vender armas y de paso aprovechar la guerra para prestar dinero para la reconstrucción de países destruidos y aprovecharla para eliminar al aliado de Rusia y aprovecharla para desestabilizar la unidad Europea (ahí tienes a Grecia, en contra de la guerra) y aprovecharla para que el euro no se sobreponga al dólar.
Y concluyo de una vez, decía yo. Me parece obsceno leer en las páginas de ‘internacional’ que los mismos que bombardean Serbia le ofrecen a Milósevic la continuidad en el ‘puesto’ si deja las masacres... Me parece obsceno que la OTAN se atreva una y otra vez a bombardear Belgrado sin autorización de la ONU, lo que equivale a decir que EE.UU es el gran interesado en los bombardeos...
Y al final van y me responden,
—No, si en eso estamos de acuerdo. Lo de la guerra, al fin y al cabo, tiene su importancia, y es una desgracia, y grande, pero siempre ha habido guerras, qué le vamos a hacer. Nosotros no podemos hacer nada contra la guerra.
—Entonces en qué cosiste mi obscenidad —pregunto.
Y va uno y me dice al oído,
—Coño, lo obsceno está en que al final del artículo escribes lo de la polla, hombre, que hasta cuándo vamos a seguir chupándonos la polla. Y eso no está bien.
Los ojos me empiezan a describir chiribitas y un pinchazo en la sien izquierda me informa de que se está desencadenando mi jaqueca oftálmica. La intensidad de mi silencio es tan despreciativa que se me queda cara de tonto, creo. Y me miran como al gilipuertas de turno que acaba de escribir la memez del siglo.
No tuve más remedio que darles la espalda e irme para casa. Esta vez chupándome el dedo.
(23-5-1999)
JUAN GARODRI
La que se ha liado, amigo. No es que yo me quiera comparar con Desiderius Erasmo (para mí quisiera yo el esplendor de su lenguaje y el donaire de su sátira), pero también el de Rotterdam las pasó canutas con alguno de sus coetáneos porque se le ocurrió escribir cosas disparatadas en su Elogio de la locura, esa sátira alegórica en la que ironiza en contra de la insensatez universal y, sobre todo, en la que ridiculiza la excesiva credulidad del pueblo, deslumbrado por los halagos de los demagogos. Y así no deja títere con cabeza, suele decirse. Desde los filósofos de la antigüedad hasta la Escolástica, desde la Nobleza hasta el Clero, Erasmo despliega los vientos de la ironía y desmitifica las fuentes filosóficas y teológicas de la credulidad.
Pero lo mío no era para tanto, me parece.
Resulta que el pasado día 16 de mayo apareció en HOY mi articulillo semanal con el título ¿Qué cosa nos llamamos? Y va la cosa de que la gente de determinados sectores de mi pueblo se ha escandalizado, y mucho, con el artículo. Así al menos he podido comprobarlo, acogotado por esa sorpresa justicieramente callejera que se arrogan los enterados (de pueblo) y los perfectos. Y hay quien me ha parado en medio de la calle y me ha sugerido, troceando el espacio con el dedo, que me dedique a otra cosa porque lo que es a escribir lo tengo claro. Otros aseguran que carezco de pudor y que parece mentira que alguien como yo, con más de media vida sentado junto a la docencia, se dedique a escribir obscenidades.
Y qué quieres que te diga, amigo, con tanto comentario censorio se me han caído los palos del sombrajo. ¿Tan duro he sido en mi crítica contra la guerra y contra los mandamases de la guerra? Y hasta en el bar, en medio del tapeo, hay quien se me dirige y me dice que perdone, pero que hay cosas que no se pueden escribir así, por las buenas, en los periódicos.
—Oye, que es obsceno lo que escribes —dice.
Mi mente recorre a velocidades siderales las líneas del artículo intentando recordar las obscenidades descritas, cosa que no consigo. Y procuro disculparme.
—Mira —respondo—, yo sólo pretendo manifestar mi opinión contra la guerra de los Balcanes porque se me parte el alma cuando contemplo las escenas tremendas de esos refugiados huidizos y exánimes, de esos niños con los ojos rotos de estupefacción y miedo, de esas mujeres sentadas junto a su tristeza, de esos ancianos más avecindados que nunca en la muerte, de esa inocencia herida y ensangrentada.
Así que, en una especie de prédica antibelicista, gesticulo y explico a los circundantes que se me revuelven las tripas ante las hipócritas sandeces de los mandamases, y gargajeo y escupo ante la obscenidad que supone una venta de armas que ocasiona tragedias como la de Denver, y a pesar de que la “calle” exige un mayor control de esa venta, el Congreso USA rechaza ese control debido a la presión de las fábricas de armamento. En este sentido, la obscenidad de la guerra reside en que la han convertido en un mercado siniestro con una finalidad enmascarada: la venta de armas y de armamento bélico, sofisticado y carísimo, con el pretexto de castigar a un genocida (pero a otros no) y de proteger a los refugiados (pero a otros tampoco).
Llegado a este punto, los contertulios me escuchan con el ceño fruncido cuando prosigo en mis trece discursivas asegurando que la obscenidad de la guerra está en que las TV y los periódicos distraen al gentío con lo de los refugiados, y excitan ese indefinido sentimiento de culpabilidad que casi todo el mundo lleva dentro mientras exponen la infrahumana situación de los kosovares, que no lo niego. Pero, sin embargo, en pocos medios se explica al personal las verdaderas causas de la guerra...
Y me vuelvo reiterativo y cansino afirmando que la obscenidad de la guerra consiste en que hay alguien que pretende hacer creer que ellos actúan en nombre nuestro para evitar el genocidio (en nombre mío desde luego no actúan), y va la gente y se lo traga. Y concluyo, decía yo. Lo único que pretenden es aprovechar la guerra para probar su nuevo y sofisticado armamento y, de paso, aprovechar la guerra para vender armas y de paso aprovechar la guerra para prestar dinero para la reconstrucción de países destruidos y aprovecharla para eliminar al aliado de Rusia y aprovecharla para desestabilizar la unidad Europea (ahí tienes a Grecia, en contra de la guerra) y aprovecharla para que el euro no se sobreponga al dólar.
Y concluyo de una vez, decía yo. Me parece obsceno leer en las páginas de ‘internacional’ que los mismos que bombardean Serbia le ofrecen a Milósevic la continuidad en el ‘puesto’ si deja las masacres... Me parece obsceno que la OTAN se atreva una y otra vez a bombardear Belgrado sin autorización de la ONU, lo que equivale a decir que EE.UU es el gran interesado en los bombardeos...
Y al final van y me responden,
—No, si en eso estamos de acuerdo. Lo de la guerra, al fin y al cabo, tiene su importancia, y es una desgracia, y grande, pero siempre ha habido guerras, qué le vamos a hacer. Nosotros no podemos hacer nada contra la guerra.
—Entonces en qué cosiste mi obscenidad —pregunto.
Y va uno y me dice al oído,
—Coño, lo obsceno está en que al final del artículo escribes lo de la polla, hombre, que hasta cuándo vamos a seguir chupándonos la polla. Y eso no está bien.
Los ojos me empiezan a describir chiribitas y un pinchazo en la sien izquierda me informa de que se está desencadenando mi jaqueca oftálmica. La intensidad de mi silencio es tan despreciativa que se me queda cara de tonto, creo. Y me miran como al gilipuertas de turno que acaba de escribir la memez del siglo.
No tuve más remedio que darles la espalda e irme para casa. Esta vez chupándome el dedo.
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año 1999 - 05 mayo
¿QUÉ COSA NOS LLAMAMOS?
(16-5-1999)
JUAN GARODRI
Civilizados. Nos llamamos civilizados. Nos autollamamos civilizados. Nos pregonamos civilizados. La boca se nos llena (de aire) cuando lanzamos al viento la proclama de que somos civilizados. ¿Somos o estamos? ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Esa es la pregunta (that’s the question) que me hago, como un Hamlet apesadumbradamente finimilenario, con cientos de miles de calaveras entre los dedos pegajosos de dubitación y perplejidad.
O sea. Si de pronto te da un ataque de pureza lingüística y vas y te agarras a la Gramática de la Lengua Española, de Emilio Alarcos, comprenderás las no pequeñas diferencias que existen entre ser y estar. Porque resulta que el significado del verbo ser es esencial, algo así como una significación incrustada en la cualidad del nombre de tal forma que no puede quitársela de encima ni con ayuda del láser. Vamos, que es su propio pellejo, como si dijéramos. En cambio, el significado del verbo estar es accidental, y unas veces puede venir a cuento su significación y otras no.
En este sentido, si uno es tonto quiere decir que la tontuna la lleva encima de por vida; por contra, si oyes decir que menganito está tonto quiere decir que la tontuna es una especie de gabardina que unas veces se pone y otras se quita.
O sea. ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Si el concepto de civilización, y sus consecuencias, configura nuestro pellejo y desarrolla actitudes de respeto a las personas, a las creencias, a la cultura y a las ideas y dicho concepto de civilización nos impulsa a actuar en consecuencia, no hay duda: somos civilizados. Pero, de pronto, va la cosa de la civilización y se esfuma, y el ser humano se convierte en un tanque o en un F-18 o en un misil nuclear o en un genocida o en un vigilante de la playa mundial o en un gendarme del orden terráqueo, y resulta que sólo estamos civilizados (la tecnología y todo eso), porque lo que se dice ser civilizados ya no lo somos.
O sea. ¿A quién pretende engañar esta civilización de quita y pon? Sería terrible que la guerra de los Balcanes se hubiera desencadenado solamente para demostrar que estamos civilizados, es decir, a) que se dispone de armamento sofisticadamente ultramoderno, b) armamento que hay que gastar necesariamente porque no pueden detenerse las cadenas de producción de las fábricas de armas, c) armamento cuya efectividad hay que comprobar utilizándolo contra conejos humanos, d) armamento que cuesta muchísimo dinero o dólares o euros o lo que sea, e) dinero que los multipoderosos de la trastienda internacional prestan a los Gobiernos para que, a su vez, puedan comprar armamento, f) armamento que se utiliza para hundir en el terror y en la miseria a miles de personas como tú y como yo, amigo, g) armamento cuyo pretexto de utilización es impedir el genocidio llevado a cabo por Milósevic, h) armamento que, después de utilizado, vale para poco porque el genocidio, dicen, no se ha detenido, i) destrucción, ruina, enfermedades, llanto y desolación provocadas por el armamento, j) desconcierto del armamento al ser utilizado por imbéciles, k) imbéciles que destruyen puentes, autobuses, edificios y vidas de ciudadanos inocentes, l) imbéciles que afirman que estas destrucciones son no deseadas y sólo producen «efectos colaterales», ll) imbéciles que proclaman la rectitud de sus intenciones porque sólo han cometido ocho errores, hasta ahora, m) como si el ataque a la embajada china en Belgrado fuese un tropezón de nada, n) como si el misil contra el hospital de Nis fuese un estornudo, ñ) como si los muertos civiles de tantos errores fuesen pollos extenuados de una granja avícola, o) errores totalmente involuntarios debidos a fallos del sistema, p) como si el sistema no estuviera manipulado por hombres, q) por hombres tontos o ineptos o imbéciles -o malvados-, r) no tan imbéciles como para desconocer que esta guerra supondrá un considerable retraso en el afianzamiento de Europa, s) no tan imbéciles como para desconocer que Serbia era el único aliado que le quedaba a Rusia, t) no tan imbéciles como para desconocer que el euro podría superar al dólar, u) no tan imbéciles como para desconocer que la OTAN no es más que un conjunto de monaguillos dispuestos a beberse a escondillas el vino de su negra liturgia belicista, v) y ahora uno de ellos, Jamie Shea sale con que Milósevic no es objetivo militar y que la OTAN es flexible en cuanto a la fuerza internacional, x) y otro de ellos, el tal Clinton, dice que «no buscamos la derrota de Serbia», y) y van y proclaman a los cuatro vientos que habrá que gastarse más de dos billones en la reconstrucción de lo destruido, z) y, hala, los reconstructores que prestan el dinero para las reconstrucciones a forrarse todavía más. ¡Puaff!
O sea. Que estamos civilizados. Y digo yo, amigo, que por qué no citar a Juan Bonilla que el otro día (en un buen artículo, como casi todo lo suyo,) citaba a su vez al de la película de Tarentino para concluir con una pregunta estremecedora: ¿Hasta cuando vamos a estar chupándonos la polla?
(Antes de estar tan civilizados solía decirse ‘chuparse el dedo’).
(16-5-1999)
JUAN GARODRI
Civilizados. Nos llamamos civilizados. Nos autollamamos civilizados. Nos pregonamos civilizados. La boca se nos llena (de aire) cuando lanzamos al viento la proclama de que somos civilizados. ¿Somos o estamos? ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Esa es la pregunta (that’s the question) que me hago, como un Hamlet apesadumbradamente finimilenario, con cientos de miles de calaveras entre los dedos pegajosos de dubitación y perplejidad.
O sea. Si de pronto te da un ataque de pureza lingüística y vas y te agarras a la Gramática de la Lengua Española, de Emilio Alarcos, comprenderás las no pequeñas diferencias que existen entre ser y estar. Porque resulta que el significado del verbo ser es esencial, algo así como una significación incrustada en la cualidad del nombre de tal forma que no puede quitársela de encima ni con ayuda del láser. Vamos, que es su propio pellejo, como si dijéramos. En cambio, el significado del verbo estar es accidental, y unas veces puede venir a cuento su significación y otras no.
En este sentido, si uno es tonto quiere decir que la tontuna la lleva encima de por vida; por contra, si oyes decir que menganito está tonto quiere decir que la tontuna es una especie de gabardina que unas veces se pone y otras se quita.
O sea. ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Si el concepto de civilización, y sus consecuencias, configura nuestro pellejo y desarrolla actitudes de respeto a las personas, a las creencias, a la cultura y a las ideas y dicho concepto de civilización nos impulsa a actuar en consecuencia, no hay duda: somos civilizados. Pero, de pronto, va la cosa de la civilización y se esfuma, y el ser humano se convierte en un tanque o en un F-18 o en un misil nuclear o en un genocida o en un vigilante de la playa mundial o en un gendarme del orden terráqueo, y resulta que sólo estamos civilizados (la tecnología y todo eso), porque lo que se dice ser civilizados ya no lo somos.
O sea. ¿A quién pretende engañar esta civilización de quita y pon? Sería terrible que la guerra de los Balcanes se hubiera desencadenado solamente para demostrar que estamos civilizados, es decir, a) que se dispone de armamento sofisticadamente ultramoderno, b) armamento que hay que gastar necesariamente porque no pueden detenerse las cadenas de producción de las fábricas de armas, c) armamento cuya efectividad hay que comprobar utilizándolo contra conejos humanos, d) armamento que cuesta muchísimo dinero o dólares o euros o lo que sea, e) dinero que los multipoderosos de la trastienda internacional prestan a los Gobiernos para que, a su vez, puedan comprar armamento, f) armamento que se utiliza para hundir en el terror y en la miseria a miles de personas como tú y como yo, amigo, g) armamento cuyo pretexto de utilización es impedir el genocidio llevado a cabo por Milósevic, h) armamento que, después de utilizado, vale para poco porque el genocidio, dicen, no se ha detenido, i) destrucción, ruina, enfermedades, llanto y desolación provocadas por el armamento, j) desconcierto del armamento al ser utilizado por imbéciles, k) imbéciles que destruyen puentes, autobuses, edificios y vidas de ciudadanos inocentes, l) imbéciles que afirman que estas destrucciones son no deseadas y sólo producen «efectos colaterales», ll) imbéciles que proclaman la rectitud de sus intenciones porque sólo han cometido ocho errores, hasta ahora, m) como si el ataque a la embajada china en Belgrado fuese un tropezón de nada, n) como si el misil contra el hospital de Nis fuese un estornudo, ñ) como si los muertos civiles de tantos errores fuesen pollos extenuados de una granja avícola, o) errores totalmente involuntarios debidos a fallos del sistema, p) como si el sistema no estuviera manipulado por hombres, q) por hombres tontos o ineptos o imbéciles -o malvados-, r) no tan imbéciles como para desconocer que esta guerra supondrá un considerable retraso en el afianzamiento de Europa, s) no tan imbéciles como para desconocer que Serbia era el único aliado que le quedaba a Rusia, t) no tan imbéciles como para desconocer que el euro podría superar al dólar, u) no tan imbéciles como para desconocer que la OTAN no es más que un conjunto de monaguillos dispuestos a beberse a escondillas el vino de su negra liturgia belicista, v) y ahora uno de ellos, Jamie Shea sale con que Milósevic no es objetivo militar y que la OTAN es flexible en cuanto a la fuerza internacional, x) y otro de ellos, el tal Clinton, dice que «no buscamos la derrota de Serbia», y) y van y proclaman a los cuatro vientos que habrá que gastarse más de dos billones en la reconstrucción de lo destruido, z) y, hala, los reconstructores que prestan el dinero para las reconstrucciones a forrarse todavía más. ¡Puaff!
O sea. Que estamos civilizados. Y digo yo, amigo, que por qué no citar a Juan Bonilla que el otro día (en un buen artículo, como casi todo lo suyo,) citaba a su vez al de la película de Tarentino para concluir con una pregunta estremecedora: ¿Hasta cuando vamos a estar chupándonos la polla?
(Antes de estar tan civilizados solía decirse ‘chuparse el dedo’).
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año 1999 - 05 mayo
viernes, 24 de julio de 2009
LA EDUCACIÓN, ESA COSA
(9-5-1999)
JUAN GARODRI
Allá cada uno con las manías y sus obsesiones, esos gusanos gélidamente pertinaces que roen las entretelas del subconsciente como si fuesen hojas de morera. Al respective, que se dice, yo me mantengo en la cuerda floja, más o menos equilibrado con dos manías aparentemente contradictorias: los libros y el fútbol. Y así como no hay día en que no consuma mi buena ración de páginas, recorrido por los límites de una ingestión libresca y reflexiva, no hay atardecer de fin de semana en que no haga lo posible por enterarme de los resultados de los partidos de fútbol (más que nada para ver cómo el Atlético se sacude de encima la tiña de la promoción y cómo el Numancia degusta el sueño del ascenso).
Sin moverte de casa, puedes enterarte de todos los resultados futbolísticos y deportivamente patrioteros por los que uno suspira. Pero sin moverte de casa no puedes conseguir el libro que necesitas, porque el sueldo no da para adquirir tantos como uno quisiera. Así que el lunes, “de buena mañana” (ya hay culimajo que lo suelta en las pantallas televisivas), así que el lunes, te decía, a primera hora, me dirigí a la Casa de Cultura para la investigación y todo eso de unos datos en la biblioteca pública.
Los jóvenes de la tercera edad ya andaban agrupados a la sombra de los soportales y entraban y salían del edificio atraídos por la blancura aséptica de los váteres y acuciados por la próstata y otras necesidades.
Subí a la primera planta y, en el vestíbulo, me sobresaltó un desorden verbenero y suburbano, como si una piara de cerdos esquizofrénicos hubiera irrumpido inadecuadamente en lugar tan aseado y culto. Todo se mostraba desordenado y sucio: mesas volcadas, sillas patas arriba, restos de pipas, triskis, cooquis y demás productos colesterógenamente consumistas se esparcían por el suelo y los rincones con la apariencia de la desolación y la tristeza.
—¿Y esto? —pregunté.
—No, nada —respondieron—, como el sábado fue el Día del Trabajo las señoras de la limpieza no vinieron a recoger, por eso está así.
—¿Por qué está así? —insistí—.
—No, nada —respondieron—, el viernes que tuvo lugar el Campeonato Zonal de los Judex y se realizaron aquí las partidas de ajedrez.
Ni a soñar se hubiera puesto la hispánica sabiduría de Alfonso X si hubiera sospechado que, con el correr de bastantes siglos, las reglas y variantes de su Tratado del ajedrez habrían de ser motivo de irreflexión, de incultura y de falta de educación.
No quiero imitar la jactancia lingüística de J. A. Jáuregui que siempre introducía en sus artículos peritas en dulce etimológicas. Pero qué quieres que te diga, amigo, no hay más remedio que echar mano del Corominas o del María Moliner y comprobar que «educar» desciende del étimo latino «educare», emparentado con «dúcere», dirigir, encaminar. En resumidas cuentas, que educar (dentro de las abundantes variables significativas del término) es algo así como preparar la inteligencia y el carácter de los niños para que vivan en sociedad. Más: ejercitar los sentidos, la sensibilidad o el gusto para que aprendan a distinguir lo bueno o que tiene valor de lo malo o que no lo tiene.
¡Ostras, Pedrín!, ¿todo eso es educar? Todo eso y mucho más, amigo. Lo malo del asunto es que los educadores están desesperados porque los educandos no se dejan educar. ¿Causas? Ya quisiera yo saberlas. Lo cierto es que muchos chavales están más acostumbrados a la sal gorda que a la argumentación reflexiva.
Soy consciente de que piso un terreno resbaladizo, amigo, pero si uno de los signos del progreso consiste en la educación cívica dime cómo y en qué se educa hoy. La palabra educación aletea sobre las cabezas con ese estado de levitación permanente que sólo poseen las abstracciones inútiles. Libros, revistas, boletines, folletos informativos y currículos constituyen campo propicio para su siembra y expansión. Ambiciosa e inmisericorde la palabra educación y su vanidosa e insaciable familia léxica nos ahoga como esa serpiente vengadora que estrangula el retorcido cuerpo de Laocoonte. Quizá también nosotros hayamos profanado las palabras. Instituto de Educación, Educación Secundaria, sistemas Educativos, itinerarios Educacionales, Educación para la salud, psicología Educativa, Educación para la paz, sectores Educativos, Educación sexual, sociología Educativa, marco Educacional, Educación vial, patrimonio Educativo, Educación para la vida adulta, sensibilización e implicación Educativa... Palabras y palabras y palabras. Las frases quedan reducidas a la ceniza de las grandes palabras, a una utopía que no tendría por qué serlo si la constante agresión a las paredes, al mobiliario, a las personas, a la cultura y a las ideas pudiera erradicarse. Pero la agresión no se erradica. Por el contrario, permanece viva, se desarrolla e intensifica con esa presencia constante con que los gusanos germinan dentro de un cadáver...
En fin, amigo, esta especie de mala leche expositiva proviene del desbarajuste que observé en el vestíbulo de la biblioteca pública de Coria, desbarajuste ocasionado por alguno de los participantes en un campeonato de ajedrez.
¿De quién es el problema? Es la pregunta del millón (de euros), suele decirse. Si lo supiéramos, probablemente se solucionaría. Pero el hecho está ahí. El vestíbulo de la biblioteca de la Casa de Cultura es un sitio público que tú le das, que tú le prestas a los organizadores y, en lugar de devolverlo como lo recibieron, lo devuelven hecho una mierda.
(Tal vez sea que a alguien le interesa que prevalezca la estética de lo sucio. Puede ser).
(9-5-1999)
JUAN GARODRI
Allá cada uno con las manías y sus obsesiones, esos gusanos gélidamente pertinaces que roen las entretelas del subconsciente como si fuesen hojas de morera. Al respective, que se dice, yo me mantengo en la cuerda floja, más o menos equilibrado con dos manías aparentemente contradictorias: los libros y el fútbol. Y así como no hay día en que no consuma mi buena ración de páginas, recorrido por los límites de una ingestión libresca y reflexiva, no hay atardecer de fin de semana en que no haga lo posible por enterarme de los resultados de los partidos de fútbol (más que nada para ver cómo el Atlético se sacude de encima la tiña de la promoción y cómo el Numancia degusta el sueño del ascenso).
Sin moverte de casa, puedes enterarte de todos los resultados futbolísticos y deportivamente patrioteros por los que uno suspira. Pero sin moverte de casa no puedes conseguir el libro que necesitas, porque el sueldo no da para adquirir tantos como uno quisiera. Así que el lunes, “de buena mañana” (ya hay culimajo que lo suelta en las pantallas televisivas), así que el lunes, te decía, a primera hora, me dirigí a la Casa de Cultura para la investigación y todo eso de unos datos en la biblioteca pública.
Los jóvenes de la tercera edad ya andaban agrupados a la sombra de los soportales y entraban y salían del edificio atraídos por la blancura aséptica de los váteres y acuciados por la próstata y otras necesidades.
Subí a la primera planta y, en el vestíbulo, me sobresaltó un desorden verbenero y suburbano, como si una piara de cerdos esquizofrénicos hubiera irrumpido inadecuadamente en lugar tan aseado y culto. Todo se mostraba desordenado y sucio: mesas volcadas, sillas patas arriba, restos de pipas, triskis, cooquis y demás productos colesterógenamente consumistas se esparcían por el suelo y los rincones con la apariencia de la desolación y la tristeza.
—¿Y esto? —pregunté.
—No, nada —respondieron—, como el sábado fue el Día del Trabajo las señoras de la limpieza no vinieron a recoger, por eso está así.
—¿Por qué está así? —insistí—.
—No, nada —respondieron—, el viernes que tuvo lugar el Campeonato Zonal de los Judex y se realizaron aquí las partidas de ajedrez.
Ni a soñar se hubiera puesto la hispánica sabiduría de Alfonso X si hubiera sospechado que, con el correr de bastantes siglos, las reglas y variantes de su Tratado del ajedrez habrían de ser motivo de irreflexión, de incultura y de falta de educación.
No quiero imitar la jactancia lingüística de J. A. Jáuregui que siempre introducía en sus artículos peritas en dulce etimológicas. Pero qué quieres que te diga, amigo, no hay más remedio que echar mano del Corominas o del María Moliner y comprobar que «educar» desciende del étimo latino «educare», emparentado con «dúcere», dirigir, encaminar. En resumidas cuentas, que educar (dentro de las abundantes variables significativas del término) es algo así como preparar la inteligencia y el carácter de los niños para que vivan en sociedad. Más: ejercitar los sentidos, la sensibilidad o el gusto para que aprendan a distinguir lo bueno o que tiene valor de lo malo o que no lo tiene.
¡Ostras, Pedrín!, ¿todo eso es educar? Todo eso y mucho más, amigo. Lo malo del asunto es que los educadores están desesperados porque los educandos no se dejan educar. ¿Causas? Ya quisiera yo saberlas. Lo cierto es que muchos chavales están más acostumbrados a la sal gorda que a la argumentación reflexiva.
Soy consciente de que piso un terreno resbaladizo, amigo, pero si uno de los signos del progreso consiste en la educación cívica dime cómo y en qué se educa hoy. La palabra educación aletea sobre las cabezas con ese estado de levitación permanente que sólo poseen las abstracciones inútiles. Libros, revistas, boletines, folletos informativos y currículos constituyen campo propicio para su siembra y expansión. Ambiciosa e inmisericorde la palabra educación y su vanidosa e insaciable familia léxica nos ahoga como esa serpiente vengadora que estrangula el retorcido cuerpo de Laocoonte. Quizá también nosotros hayamos profanado las palabras. Instituto de Educación, Educación Secundaria, sistemas Educativos, itinerarios Educacionales, Educación para la salud, psicología Educativa, Educación para la paz, sectores Educativos, Educación sexual, sociología Educativa, marco Educacional, Educación vial, patrimonio Educativo, Educación para la vida adulta, sensibilización e implicación Educativa... Palabras y palabras y palabras. Las frases quedan reducidas a la ceniza de las grandes palabras, a una utopía que no tendría por qué serlo si la constante agresión a las paredes, al mobiliario, a las personas, a la cultura y a las ideas pudiera erradicarse. Pero la agresión no se erradica. Por el contrario, permanece viva, se desarrolla e intensifica con esa presencia constante con que los gusanos germinan dentro de un cadáver...
En fin, amigo, esta especie de mala leche expositiva proviene del desbarajuste que observé en el vestíbulo de la biblioteca pública de Coria, desbarajuste ocasionado por alguno de los participantes en un campeonato de ajedrez.
¿De quién es el problema? Es la pregunta del millón (de euros), suele decirse. Si lo supiéramos, probablemente se solucionaría. Pero el hecho está ahí. El vestíbulo de la biblioteca de la Casa de Cultura es un sitio público que tú le das, que tú le prestas a los organizadores y, en lugar de devolverlo como lo recibieron, lo devuelven hecho una mierda.
(Tal vez sea que a alguien le interesa que prevalezca la estética de lo sucio. Puede ser).
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año 1999 - 05 mayo
LA MUJER DEL CARRITO
(2-5-1999)
JUAN GARODRI
No es el comienzo de un cuento, pero podría quedar así.
La tarde era aún brillante porque la luz resplandecía por encima de los tejados. Los últimos rayos del sol refulgían contra el cristal del limpiaparabrisas como mariposas inconstantes. La tranquilidad que inundaba la avenida, mientras el coche avanzaba despacio frente al colegio Virgen de Argeme, era abrumadora y extraña. Bajé las ventanillas para sentir la brisa caliente y admirar, al mismo tiempo, la extrañeza del mundo y del entorno.
Mientras escuchaba el sonsonete publicitariamente bobo de la radio, todo el orbe me aplastaba contra el asfalto regado no hacía mucho. Mi pensamiento, como tantas veces, navegaba hacia la fantasía. En esos momentos, pensaba que las leyes implacables que rigen los destinos de todos perfeccionan el mundo y, a su vez, deterioran el anhelo inmortal que confunde a los hombres.
En la plaza de la Casa de Cultura, ahora llamada (en un afán sin duda meritorio de progresía y otras modernidades) "Plaza de la Solidaridad", los insectos, felices, revivían los arbustos que exhalaban sus aromas bajo el cielo de abril. El sol había calentado los pétalos de las rosas abiertas como vientres dispuestos a la fecundidad. Las hojas de los árboles, que crecen libremente, desarrollaban su ciclo de suprema armonía.
Pensaba en el hecho de que cada instante que pasa es como una irradiación del perfecto suspiro que hace latir el cosmos. Preguntaba al pensamiento: ¿adónde voy ahora que soy extraño al todo que el universo puebla, perdido en los laberintos del sueño humano que desciende hasta el dolor frustrado de las propias palabras?
En este instante, absorto en mis pensamientos, decidí desviarme por el carril de la derecha, justo a la altura del Burbujas. Los coches, aparcados en batería a ambos lados de la calzada, dificultaban la circulación. Por si fuera poco, una mujer joven caminaba delante de mí por el centro de la calle con esa apariencia despectiva del poseedor de todos los derechos, tranquilamente caminaba, ya digo, mientras empujaba un cochecito y, al parecer, comía pipas, según pude deducir al mirar sus gestos que, una y otra vez, dirigían la mano hacia la boca y la retiraban seguidamente. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia la derecha, supongo que para escupir. Su pelo era largo y rizado, con gomina, y su trasero oscilaba atractivamente al impulso de los glúteos.
(Seguro que se aparta, el ruido del motor la avisa, seguro, tendré que frenar, no creo que esté sorda, ¿será posible?, tocaré el claxon).
A juzgar por el respingo, el susto que recibió tuvo que ser considerablemente adrenalínico. Yo no llegué a tocarla; así y todo, cayó de rodillas, con el cochecito volcado sobre el regazo y las manos sujetando a la criatura. Jamás olvidaré aquellos ojos asustados en los que brillaba la sorpresa, el miedo, el ridículo, el odio tal vez. Más duras que los ojos fueron sus palabras:
—¡El tío asqueroso! ¡Vamos, hombre! ¿Es que no sabe por dónde va?
Su tono era el del propietario absoluto a quien un intruso ha despojado injustamente de su propiedad.
—Disculpe si es que la he asustado —y le sonreí con la boca cerrada.
—¡Pues lo que nos faltaba, que ya ni de paseo pueda salir una!
—Oiga —sugerí tímidamente—, ¿para qué quiere la acera? Por ella es por donde tienen que caminar los peatones.
—¡Y una mierda! ¡Yo puedo ir por donde me dé la gana, so cegañuto!
La voz era histérica y chillona, probablemente aumentada por el extraño calificativo peatonil cuyo sema debía de resultarle malsonante o incluso insultante.
—¡Pues estaría bueno que vengan a decirme a mí lo que yo tengo que hacer! ¡Y, encima, me llama peatona! —añadió—.
En un momento, yo había pasado de una situación irreal (el transcurso de mis propios pensamientos) a la concreta vulgaridad de lo cotidiano. Parece evidente el susto en el que se precipitó la mujer, pero no fue menor el choque que recibió mi ensueño de perfección cósmica ante una realidad marcada, en aquel momento, por la frontera entre la verosimilitud y lo irreal.
Evocando la lectura de El profesor y la sirena, de Lampedusa, y el extraño amor entre el sabio y la sirena, irreal según la lógica artística del relato, me pregunté: ¿En qué momento se produce el paso de lo real a lo irreal, de lo cotidiano a lo inverosímil, superando la propia contradicción? El bien y el mal, lo pequeño y lo grande, lo serio y lo ridículo, lo verosímil y lo irreal, se adhieren a la hipótesis implícita, pero precisa, de la existencia de un 'cierto momento' en el que se produce la separación entre ambos términos.
Esta transición brusca no puede darse entre lo inverosímil y lo cotidiano. Tiene que haber, necesariamente, la existencia de un determinado momento en el que ese paso se produce, tiene que haber una lógica según la cual el paso de una situación a su negación no se efectúe bruscamente sino de forma gradual. A no ser que admitamos la incongruencia o inutilidad de la ley, como parece ser el caso de los peatones de Coria que, como en la anécdota de "la mujer del carrito", piensan que las leyes de circulación urbana, por ejemplo, son producto de una fantasía gnómica, de obligado cumplimiento para los conductores, pero ficticias e irreales para los acereros.
Quizá ésta sea la causa verdadera de que los semáforos y los pasos de cebra, las aceras y la calzada, sean términos contradictorios en sí mismos y confusamente mezclados en la mente de los peatones (¡Con perdón!).
(2-5-1999)
JUAN GARODRI
No es el comienzo de un cuento, pero podría quedar así.
La tarde era aún brillante porque la luz resplandecía por encima de los tejados. Los últimos rayos del sol refulgían contra el cristal del limpiaparabrisas como mariposas inconstantes. La tranquilidad que inundaba la avenida, mientras el coche avanzaba despacio frente al colegio Virgen de Argeme, era abrumadora y extraña. Bajé las ventanillas para sentir la brisa caliente y admirar, al mismo tiempo, la extrañeza del mundo y del entorno.
Mientras escuchaba el sonsonete publicitariamente bobo de la radio, todo el orbe me aplastaba contra el asfalto regado no hacía mucho. Mi pensamiento, como tantas veces, navegaba hacia la fantasía. En esos momentos, pensaba que las leyes implacables que rigen los destinos de todos perfeccionan el mundo y, a su vez, deterioran el anhelo inmortal que confunde a los hombres.
En la plaza de la Casa de Cultura, ahora llamada (en un afán sin duda meritorio de progresía y otras modernidades) "Plaza de la Solidaridad", los insectos, felices, revivían los arbustos que exhalaban sus aromas bajo el cielo de abril. El sol había calentado los pétalos de las rosas abiertas como vientres dispuestos a la fecundidad. Las hojas de los árboles, que crecen libremente, desarrollaban su ciclo de suprema armonía.
Pensaba en el hecho de que cada instante que pasa es como una irradiación del perfecto suspiro que hace latir el cosmos. Preguntaba al pensamiento: ¿adónde voy ahora que soy extraño al todo que el universo puebla, perdido en los laberintos del sueño humano que desciende hasta el dolor frustrado de las propias palabras?
En este instante, absorto en mis pensamientos, decidí desviarme por el carril de la derecha, justo a la altura del Burbujas. Los coches, aparcados en batería a ambos lados de la calzada, dificultaban la circulación. Por si fuera poco, una mujer joven caminaba delante de mí por el centro de la calle con esa apariencia despectiva del poseedor de todos los derechos, tranquilamente caminaba, ya digo, mientras empujaba un cochecito y, al parecer, comía pipas, según pude deducir al mirar sus gestos que, una y otra vez, dirigían la mano hacia la boca y la retiraban seguidamente. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia la derecha, supongo que para escupir. Su pelo era largo y rizado, con gomina, y su trasero oscilaba atractivamente al impulso de los glúteos.
(Seguro que se aparta, el ruido del motor la avisa, seguro, tendré que frenar, no creo que esté sorda, ¿será posible?, tocaré el claxon).
A juzgar por el respingo, el susto que recibió tuvo que ser considerablemente adrenalínico. Yo no llegué a tocarla; así y todo, cayó de rodillas, con el cochecito volcado sobre el regazo y las manos sujetando a la criatura. Jamás olvidaré aquellos ojos asustados en los que brillaba la sorpresa, el miedo, el ridículo, el odio tal vez. Más duras que los ojos fueron sus palabras:
—¡El tío asqueroso! ¡Vamos, hombre! ¿Es que no sabe por dónde va?
Su tono era el del propietario absoluto a quien un intruso ha despojado injustamente de su propiedad.
—Disculpe si es que la he asustado —y le sonreí con la boca cerrada.
—¡Pues lo que nos faltaba, que ya ni de paseo pueda salir una!
—Oiga —sugerí tímidamente—, ¿para qué quiere la acera? Por ella es por donde tienen que caminar los peatones.
—¡Y una mierda! ¡Yo puedo ir por donde me dé la gana, so cegañuto!
La voz era histérica y chillona, probablemente aumentada por el extraño calificativo peatonil cuyo sema debía de resultarle malsonante o incluso insultante.
—¡Pues estaría bueno que vengan a decirme a mí lo que yo tengo que hacer! ¡Y, encima, me llama peatona! —añadió—.
En un momento, yo había pasado de una situación irreal (el transcurso de mis propios pensamientos) a la concreta vulgaridad de lo cotidiano. Parece evidente el susto en el que se precipitó la mujer, pero no fue menor el choque que recibió mi ensueño de perfección cósmica ante una realidad marcada, en aquel momento, por la frontera entre la verosimilitud y lo irreal.
Evocando la lectura de El profesor y la sirena, de Lampedusa, y el extraño amor entre el sabio y la sirena, irreal según la lógica artística del relato, me pregunté: ¿En qué momento se produce el paso de lo real a lo irreal, de lo cotidiano a lo inverosímil, superando la propia contradicción? El bien y el mal, lo pequeño y lo grande, lo serio y lo ridículo, lo verosímil y lo irreal, se adhieren a la hipótesis implícita, pero precisa, de la existencia de un 'cierto momento' en el que se produce la separación entre ambos términos.
Esta transición brusca no puede darse entre lo inverosímil y lo cotidiano. Tiene que haber, necesariamente, la existencia de un determinado momento en el que ese paso se produce, tiene que haber una lógica según la cual el paso de una situación a su negación no se efectúe bruscamente sino de forma gradual. A no ser que admitamos la incongruencia o inutilidad de la ley, como parece ser el caso de los peatones de Coria que, como en la anécdota de "la mujer del carrito", piensan que las leyes de circulación urbana, por ejemplo, son producto de una fantasía gnómica, de obligado cumplimiento para los conductores, pero ficticias e irreales para los acereros.
Quizá ésta sea la causa verdadera de que los semáforos y los pasos de cebra, las aceras y la calzada, sean términos contradictorios en sí mismos y confusamente mezclados en la mente de los peatones (¡Con perdón!).
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año 1999 - 05 mayo
miércoles, 10 de junio de 2009
LA EDUCACIÓN, ESA COSA
( 9-5-1999)
JUAN GARODRI
Allá cada uno con las manías y sus obsesiones, esos gusanos gélidamente pertinaces que roen las entretelas del subconsciente como si fuesen hojas de morera. Al respective, que se dice, yo me mantengo en la cuerda floja, más o menos equilibrado con dos manías aparentemente contradictorias: los libros y el fútbol. Y así como no hay día en que no consuma mi buena ración de páginas, recorrido por los límites de una ingestión libresca y reflexiva, no hay atardecer de fin de semana en que no haga lo posible por enterarme de los resultados de los partidos de fútbol (más que nada para ver cómo el Atlético se sacude de encima la tiña de la promoción y cómo el Numancia degusta el sueño del ascenso).
Sin moverte de casa, puedes enterarte de todos los resultados futbolísticos y deportivamente patrioteros por los que uno suspira. Pero sin moverte de casa no puedes conseguir el libro que necesitas, porque el sueldo no da para adquirir tantos como uno quisiera.
Así que el lunes, “de buena mañana” (ya hay culimajo que lo suelta en las pantallas televisivas), así que el lunes, te decía, a primera hora, me dirigí a la Casa de Cultura para la investigación y todo eso de unos datos en la biblioteca pública.
Los jóvenes de la tercera edad ya andaban agrupados a la sombra de los soportales y entraban y salían del edificio atraídos por la blancura aséptica de los váteres y acuciados por la próstata y otras necesidades.
Subí a la primera planta y, en el vestíbulo, me sobresaltó un desorden verbenero y suburbano, como si una piara de cerdos esquizofrénicos hubiera irrumpido inadecuadamente en lugar tan aseado y culto. Todo se mostraba desordenado y sucio: mesas volcadas, sillas patas arriba, restos de pipas, triskis, cooquis y demás productos colesterógenamente consumistas se esparcían por el suelo y los rincones con la apariencia de la desolación y la tristeza.
—¿Y esto? —pregunté.
—No, nada —respondieron—, como el sábado fue el Día del Trabajo las señoras de la limpieza no vinieron a recoger, por eso está así.
—¿Por qué está así? —insistí.
—No, nada, respondieron— el viernes, que tuvo lugar el Campeonato Zonal de los Judex y se realizaron aquí las partidas de ajedrez.
Ni a soñar se hubiera puesto la hispánica sabiduría de Alfonso X si hubiera sospechado que, con el correr de bastantes siglos, las reglas y variantes de su Tratado del ajedrez habrían de ser motivo de irreflexión, de incultura y de falta de educación.
No quiero imitar la jactancia lingüística de J. A. Jáuregui que siempre introducía en sus artículos peritas en dulce etimológicas. Pero qué quieres que te diga, amigo, no hay más remedio que echar mano del Corominas o del María Moliner y comprobar que «educar» desciende del étimo latino «educare», emparentado con «ducere», dirigir, encaminar.
En resumidas cuentas, que educar (dentro de las abundantes variables significativas del término) es algo así como preparar la inteligencia y el carácter de los niños para que vivan en sociedad. Más: ejercitar los sentidos, la sensibilidad o el gusto para que aprendan a distinguir lo bueno, o que tiene valor, de lo malo o que no lo tiene.
—¡Ostras, Pedrín!, ¿todo eso es educar?
—Todo eso y mucho más, amigo. Lo malo del asunto es que los educadores están desesperados porque los educandos no se dejan educar.
¿Causas? Ya quisiera yo saberlas. Lo cierto es que muchos chavales están más acostumbrados a la sal gorda que a la argumentación reflexiva.
Soy consciente de que piso un terreno resbaladizo, amigo, pero si uno de los signos del progreso consiste en la educación cívica dime cómo y en qué se educa hoy. La palabra educación aletea sobre las cabezas con ese estado de levitación permanente que sólo poseen las abstracciones inútiles. Libros, revistas, boletines, folletos informativos y currículos constituyen campo propicio para su siembra y expansión. Ambiciosa e inmisericorde la palabra educación y su vanidosa e insaciable familia léxica nos ahoga como esa serpiente vengadora que estrangula el retorcido cuerpo de Laocoonte. Quizá también nosotros hayamos profanado las palabras: Instituto de Educación, Educación Secundaria, sistemas Educativos, itinerarios Educacionales, Educación para la salud, psicología Educativa, Educación para la paz, sectores Educativos, Educación sexual, sociología Educativa, marco Educacional, Educación vial, patrimonio Educativo, Educación para la vida adulta, sensibilización e implicación Educativa...
Palabras y palabras y palabras. Las frases quedan reducidas a la ceniza de las grandes palabras, a una utopía que no tendría por qué serlo si la constante agresión a las paredes, al mobiliario, a las personas, a la cultura y a las ideas pudiera erradicarse. Pero la agresión no se erradica. Por el contrario, permanece viva, se desarrolla e intensifica con esa presencia constante con que los gusanos germinan dentro de un cadáver...
En fin, amigo, esta especie de mala leche expositiva proviene del desbarajuste que observé en el vestíbulo de la biblioteca pública de Coria, desbarajuste ocasionado por alguno de los participantes en un campeonato de ajedrez.
¿De quién es el problema? Es la pregunta del millón (de euros), suele decirse. Si lo supiéramos, probablemente se solucionaría. Pero el hecho está ahí.
—El vestíbulo de la biblioteca de la Casa de Cultura es un sitio público que tú le das, que tú le prestas a los organizadores y, en lugar de devolverlo como lo recibieron, lo devuelven hecho una mierda, eso me dijo la directora.
(Tal vez sea que a alguien le interesa que prevalezca la estética de lo sucio. Puede ser).
( 9-5-1999)
JUAN GARODRI
Allá cada uno con las manías y sus obsesiones, esos gusanos gélidamente pertinaces que roen las entretelas del subconsciente como si fuesen hojas de morera. Al respective, que se dice, yo me mantengo en la cuerda floja, más o menos equilibrado con dos manías aparentemente contradictorias: los libros y el fútbol. Y así como no hay día en que no consuma mi buena ración de páginas, recorrido por los límites de una ingestión libresca y reflexiva, no hay atardecer de fin de semana en que no haga lo posible por enterarme de los resultados de los partidos de fútbol (más que nada para ver cómo el Atlético se sacude de encima la tiña de la promoción y cómo el Numancia degusta el sueño del ascenso).
Sin moverte de casa, puedes enterarte de todos los resultados futbolísticos y deportivamente patrioteros por los que uno suspira. Pero sin moverte de casa no puedes conseguir el libro que necesitas, porque el sueldo no da para adquirir tantos como uno quisiera.
Así que el lunes, “de buena mañana” (ya hay culimajo que lo suelta en las pantallas televisivas), así que el lunes, te decía, a primera hora, me dirigí a la Casa de Cultura para la investigación y todo eso de unos datos en la biblioteca pública.
Los jóvenes de la tercera edad ya andaban agrupados a la sombra de los soportales y entraban y salían del edificio atraídos por la blancura aséptica de los váteres y acuciados por la próstata y otras necesidades.
Subí a la primera planta y, en el vestíbulo, me sobresaltó un desorden verbenero y suburbano, como si una piara de cerdos esquizofrénicos hubiera irrumpido inadecuadamente en lugar tan aseado y culto. Todo se mostraba desordenado y sucio: mesas volcadas, sillas patas arriba, restos de pipas, triskis, cooquis y demás productos colesterógenamente consumistas se esparcían por el suelo y los rincones con la apariencia de la desolación y la tristeza.
—¿Y esto? —pregunté.
—No, nada —respondieron—, como el sábado fue el Día del Trabajo las señoras de la limpieza no vinieron a recoger, por eso está así.
—¿Por qué está así? —insistí.
—No, nada, respondieron— el viernes, que tuvo lugar el Campeonato Zonal de los Judex y se realizaron aquí las partidas de ajedrez.
Ni a soñar se hubiera puesto la hispánica sabiduría de Alfonso X si hubiera sospechado que, con el correr de bastantes siglos, las reglas y variantes de su Tratado del ajedrez habrían de ser motivo de irreflexión, de incultura y de falta de educación.
No quiero imitar la jactancia lingüística de J. A. Jáuregui que siempre introducía en sus artículos peritas en dulce etimológicas. Pero qué quieres que te diga, amigo, no hay más remedio que echar mano del Corominas o del María Moliner y comprobar que «educar» desciende del étimo latino «educare», emparentado con «ducere», dirigir, encaminar.
En resumidas cuentas, que educar (dentro de las abundantes variables significativas del término) es algo así como preparar la inteligencia y el carácter de los niños para que vivan en sociedad. Más: ejercitar los sentidos, la sensibilidad o el gusto para que aprendan a distinguir lo bueno, o que tiene valor, de lo malo o que no lo tiene.
—¡Ostras, Pedrín!, ¿todo eso es educar?
—Todo eso y mucho más, amigo. Lo malo del asunto es que los educadores están desesperados porque los educandos no se dejan educar.
¿Causas? Ya quisiera yo saberlas. Lo cierto es que muchos chavales están más acostumbrados a la sal gorda que a la argumentación reflexiva.
Soy consciente de que piso un terreno resbaladizo, amigo, pero si uno de los signos del progreso consiste en la educación cívica dime cómo y en qué se educa hoy. La palabra educación aletea sobre las cabezas con ese estado de levitación permanente que sólo poseen las abstracciones inútiles. Libros, revistas, boletines, folletos informativos y currículos constituyen campo propicio para su siembra y expansión. Ambiciosa e inmisericorde la palabra educación y su vanidosa e insaciable familia léxica nos ahoga como esa serpiente vengadora que estrangula el retorcido cuerpo de Laocoonte. Quizá también nosotros hayamos profanado las palabras: Instituto de Educación, Educación Secundaria, sistemas Educativos, itinerarios Educacionales, Educación para la salud, psicología Educativa, Educación para la paz, sectores Educativos, Educación sexual, sociología Educativa, marco Educacional, Educación vial, patrimonio Educativo, Educación para la vida adulta, sensibilización e implicación Educativa...
Palabras y palabras y palabras. Las frases quedan reducidas a la ceniza de las grandes palabras, a una utopía que no tendría por qué serlo si la constante agresión a las paredes, al mobiliario, a las personas, a la cultura y a las ideas pudiera erradicarse. Pero la agresión no se erradica. Por el contrario, permanece viva, se desarrolla e intensifica con esa presencia constante con que los gusanos germinan dentro de un cadáver...
En fin, amigo, esta especie de mala leche expositiva proviene del desbarajuste que observé en el vestíbulo de la biblioteca pública de Coria, desbarajuste ocasionado por alguno de los participantes en un campeonato de ajedrez.
¿De quién es el problema? Es la pregunta del millón (de euros), suele decirse. Si lo supiéramos, probablemente se solucionaría. Pero el hecho está ahí.
—El vestíbulo de la biblioteca de la Casa de Cultura es un sitio público que tú le das, que tú le prestas a los organizadores y, en lugar de devolverlo como lo recibieron, lo devuelven hecho una mierda, eso me dijo la directora.
(Tal vez sea que a alguien le interesa que prevalezca la estética de lo sucio. Puede ser).
Etiquetas:
año 1999 - 05 mayo
LA MUJER DEL CARRITO
( 2-5-1999)
JUAN GARODRI
No es el comienzo de un cuento, pero podría quedar así.
La tarde era aún brillante porque la luz resplandecía por encima de los tejados. Los últimos rayos del sol refulgían contra el cristal del limpiaparabrisas como mariposas inconstantes. La tranquilidad que inundaba la avenida, mientras el coche avanzaba despacio frente al colegio Virgen de Argeme, era abrumadora y extraña. Bajé las ventanillas para sentir la brisa caliente y admirar, al mismo tiempo, la extrañeza del mundo y del entorno.
Mientras escuchaba el sonsonete publicitariamente bobo de la radio, todo el orbe me aplastaba contra el asfalto regado no hacía mucho. Mi pensamiento, como tantas veces, navegaba hacia la fantasía. En esos momentos, pensaba que las leyes implacables que rigen los destinos de todos perfeccionan el mundo y, a su vez, deterioran el anhelo inmortal que confunde a los hombres.
En la plaza de la Casa de Cultura, ahora llamada (en un afán sin duda meritorio de progresía y otras modernidades) Plaza de la Solidaridad, los insectos, felices, revivían los arbustos que exhalaban sus aromas bajo el cielo de abril. El sol había calentado los pétalos de las rosas abiertas como vientres dispuestos a la fecundidad. Las hojas de los árboles, que crecen libremente, desarrollaban su ciclo de suprema armonía.
Pensaba en el hecho de que cada instante que pasa es como una irradiación del perfecto suspiro que hace latir el cosmos. Preguntaba al pensamiento: ¿adónde voy ahora que soy extraño al todo que el universo puebla, perdido en los laberintos del sueño humano que desciende hasta el dolor frustrado de las propias palabras?
En este instante, absorto en mis pensamientos, decidí desviarme por el carril de la derecha, justo a la altura del Burbujas. Los coches, aparcados en batería a ambos lados de la calzada, dificultaban la circulación. Por si fuera poco, una mujer joven caminaba delante de mí por el centro de la calle con esa apariencia despectiva del poseedor de todos los derechos, tranquilamente caminaba, ya digo, mientras empujaba un cochecito y, al parecer, comía pipas, según pude deducir al mirar sus gestos que, una y otra vez, dirigían la mano hacia la boca y la retiraban seguidamente. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia la derecha, supongo que para escupir. Su pelo era largo y rizado, con gomina, y su trasero oscilaba atractivamente al impulso de los glúteos. Seguro que se aparta, pensé, el ruido del motor la avisa, seguro, tendré que frenar, no creo que esté sorda, ¿será posible?, tocaré el claxon. A juzgar por el respingo, el susto que recibió tuvo que ser considerablemente adrenalínico. Yo no llegué a empujarla; así y todo, cayó de rodillas, con el cochecito volcado sobre el regazo y las manos sujetando a la criatura. Jamás olvidaré aquellos ojos asustados en los que brillaba la sorpresa, el miedo, el ridículo, el odio tal vez.
Más duras que los ojos fueron sus palabras:
—¡El tío asqueroso! ¡Vamos, hombre! ¿Es que no sabe por dónde va?
Su tono era el del propietario absoluto a quien un intruso ha despojado injustamente de su propiedad.
—Disculpe si es que la he asustado —y le sonreí con la boca cerrada.
—¡Pues lo que nos faltaba, que ya ni de paseo pueda salir una!
—Oiga —sugerí tímidamente—, ¿para qué quiere la acera? Por ella es por donde tienen que caminar los peatones.
—¡Y una mierda! ¡Yo puedo ir por donde me dé la gana, so cegañuto!
La voz era histérica y chillona, probablemente aumentada por el extraño calificativo peatonil cuyo sema debía de resultarle malsonante o incluso insultante.
—¡Pues estaría bueno que vengan a decirme a mí lo que yo tengo que hacer! ¡Y, encima, me llama peatona! —añadió—.
En un momento, yo había pasado de una situación irreal (el transcurso de mis propios pensamientos) a la concreta vulgaridad de lo cotidiano.
Parece evidente el susto en el que se precipitó la mujer, pero no fue menor el choque que recibió mi ensueño de perfección cósmica ante una realidad marcada, en aquel momento, por la frontera entre la verosimilitud y lo irreal.
Evocando la lectura de El profesor y la sirena, de Lampedusa, y el extraño amor entre el sabio y la sirena, irreal según la lógica artística del relato, me pregunté: ¿En qué momento se produce el paso de lo real a lo irreal, de lo cotidiano a lo inverosímil, superando la propia contradicción? El bien y el mal, lo pequeño y lo grande, lo serio y lo ridículo, lo verosímil y lo irreal, se adhieren a la hipótesis implícita, pero precisa, de la existencia de un cierto momento en el que se produce la separación entre ambos términos.
Esta transición brusca no puede darse entre lo inverosímil y lo cotidiano. Tiene que haber, necesariamente, la existencia de un cierto momento en el que ese paso se produce, tiene que haber una lógica según la cual el paso de una situación a su negación no se efectúe bruscamente sino de forma gradual.
A no ser que admitamos la incongruencia o inutilidad de la ley, como parece ser el caso de los peatones de Coria que, como en la anécdota de la mujer del carrito, piensan que las leyes de circulación urbana, por ejemplo, son producto de una fantasía gnómica, de obligado cumplimiento para los conductores, pero ficticias e irreales para los acereros.
Quizá ésta sea la causa verdadera de que los semáforos y los pasos de cebra, las aceras y la calzada, sean términos contradictorios en sí mismos y confusamente mezclados en la mente de los peatones (con perdón).
( 2-5-1999)
JUAN GARODRI
No es el comienzo de un cuento, pero podría quedar así.
La tarde era aún brillante porque la luz resplandecía por encima de los tejados. Los últimos rayos del sol refulgían contra el cristal del limpiaparabrisas como mariposas inconstantes. La tranquilidad que inundaba la avenida, mientras el coche avanzaba despacio frente al colegio Virgen de Argeme, era abrumadora y extraña. Bajé las ventanillas para sentir la brisa caliente y admirar, al mismo tiempo, la extrañeza del mundo y del entorno.
Mientras escuchaba el sonsonete publicitariamente bobo de la radio, todo el orbe me aplastaba contra el asfalto regado no hacía mucho. Mi pensamiento, como tantas veces, navegaba hacia la fantasía. En esos momentos, pensaba que las leyes implacables que rigen los destinos de todos perfeccionan el mundo y, a su vez, deterioran el anhelo inmortal que confunde a los hombres.
En la plaza de la Casa de Cultura, ahora llamada (en un afán sin duda meritorio de progresía y otras modernidades) Plaza de la Solidaridad, los insectos, felices, revivían los arbustos que exhalaban sus aromas bajo el cielo de abril. El sol había calentado los pétalos de las rosas abiertas como vientres dispuestos a la fecundidad. Las hojas de los árboles, que crecen libremente, desarrollaban su ciclo de suprema armonía.
Pensaba en el hecho de que cada instante que pasa es como una irradiación del perfecto suspiro que hace latir el cosmos. Preguntaba al pensamiento: ¿adónde voy ahora que soy extraño al todo que el universo puebla, perdido en los laberintos del sueño humano que desciende hasta el dolor frustrado de las propias palabras?
En este instante, absorto en mis pensamientos, decidí desviarme por el carril de la derecha, justo a la altura del Burbujas. Los coches, aparcados en batería a ambos lados de la calzada, dificultaban la circulación. Por si fuera poco, una mujer joven caminaba delante de mí por el centro de la calle con esa apariencia despectiva del poseedor de todos los derechos, tranquilamente caminaba, ya digo, mientras empujaba un cochecito y, al parecer, comía pipas, según pude deducir al mirar sus gestos que, una y otra vez, dirigían la mano hacia la boca y la retiraban seguidamente. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia la derecha, supongo que para escupir. Su pelo era largo y rizado, con gomina, y su trasero oscilaba atractivamente al impulso de los glúteos. Seguro que se aparta, pensé, el ruido del motor la avisa, seguro, tendré que frenar, no creo que esté sorda, ¿será posible?, tocaré el claxon. A juzgar por el respingo, el susto que recibió tuvo que ser considerablemente adrenalínico. Yo no llegué a empujarla; así y todo, cayó de rodillas, con el cochecito volcado sobre el regazo y las manos sujetando a la criatura. Jamás olvidaré aquellos ojos asustados en los que brillaba la sorpresa, el miedo, el ridículo, el odio tal vez.
Más duras que los ojos fueron sus palabras:
—¡El tío asqueroso! ¡Vamos, hombre! ¿Es que no sabe por dónde va?
Su tono era el del propietario absoluto a quien un intruso ha despojado injustamente de su propiedad.
—Disculpe si es que la he asustado —y le sonreí con la boca cerrada.
—¡Pues lo que nos faltaba, que ya ni de paseo pueda salir una!
—Oiga —sugerí tímidamente—, ¿para qué quiere la acera? Por ella es por donde tienen que caminar los peatones.
—¡Y una mierda! ¡Yo puedo ir por donde me dé la gana, so cegañuto!
La voz era histérica y chillona, probablemente aumentada por el extraño calificativo peatonil cuyo sema debía de resultarle malsonante o incluso insultante.
—¡Pues estaría bueno que vengan a decirme a mí lo que yo tengo que hacer! ¡Y, encima, me llama peatona! —añadió—.
En un momento, yo había pasado de una situación irreal (el transcurso de mis propios pensamientos) a la concreta vulgaridad de lo cotidiano.
Parece evidente el susto en el que se precipitó la mujer, pero no fue menor el choque que recibió mi ensueño de perfección cósmica ante una realidad marcada, en aquel momento, por la frontera entre la verosimilitud y lo irreal.
Evocando la lectura de El profesor y la sirena, de Lampedusa, y el extraño amor entre el sabio y la sirena, irreal según la lógica artística del relato, me pregunté: ¿En qué momento se produce el paso de lo real a lo irreal, de lo cotidiano a lo inverosímil, superando la propia contradicción? El bien y el mal, lo pequeño y lo grande, lo serio y lo ridículo, lo verosímil y lo irreal, se adhieren a la hipótesis implícita, pero precisa, de la existencia de un cierto momento en el que se produce la separación entre ambos términos.
Esta transición brusca no puede darse entre lo inverosímil y lo cotidiano. Tiene que haber, necesariamente, la existencia de un cierto momento en el que ese paso se produce, tiene que haber una lógica según la cual el paso de una situación a su negación no se efectúe bruscamente sino de forma gradual.
A no ser que admitamos la incongruencia o inutilidad de la ley, como parece ser el caso de los peatones de Coria que, como en la anécdota de la mujer del carrito, piensan que las leyes de circulación urbana, por ejemplo, son producto de una fantasía gnómica, de obligado cumplimiento para los conductores, pero ficticias e irreales para los acereros.
Quizá ésta sea la causa verdadera de que los semáforos y los pasos de cebra, las aceras y la calzada, sean términos contradictorios en sí mismos y confusamente mezclados en la mente de los peatones (con perdón).
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año 1999 - 05 mayo
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