VUELTA LA BURRA AL TRIGO
(2-3-2000)
JUAN GARODRI
No soy nada, pero que nada original, amigo, si comparo la actividad política con la comedia. Y lo siento de veras, y me disculpo ante los miles de aficionados al teatro que puedan sentirse ofendidos por la comparación. Miles de aficionados que atribuyen al teatro un grado de cultura superior, aficionados que se conmueven y apasionan con la ficción, tan real, de una representación escénica. Desde la estética dramática de la Poética de Aristóteles, desde los grandes clásicos (Sófocles, Eurípides, Aristófanes...), desde el teatro barroco o neoclásico hasta Els Joglars, pasando por encima de Mihura, Buero y Arrabal, naturalmente, el teatro siempre ha supuesto para los espectadores la momentánea certeza de una verdad que elimina la posibilidad de otras verdades más o menos probables. He de confesar que a mí también me complace el teatro. Y aunque hace tiempo que no asisto a representaciones teatrales propiamente dichas, sigo leyendo teatro. Y es que el teatro atrae y engancha porque el espectador se desdobla en el actor, un desdoblamiento que quizá afirma la pretensión del rito, esa tentativa desesperadamente humana de revivir algún acontecimiento críticamente simbólico, religioso o social para reflejarlo a escala individual y liberar al gentío de sus obsesiones.
Y ahora nos vienen los políticos y adulteran la esencia del teatro y empiezan con sus representaciones. Ya andan los políticos moviendo el culo. Ya han iniciado la campaña promisoria y van de un lado para otro haciendo sonar la pandereta, ilusionando con sus volatinerías, mostrando la cabra de los equilibrios, haciendo danzar el oso de las descalificaciones y pasando la gorra de los votos. Han empezado a hacer teatro. A ver. Parece que han pasado cuatro días desde la campaña del 13-J y ya tenemos encima, otra vez, la matraca de las elecciones. «Vuelta la burra al trigo», dice mi tío Eufrasio hastiado del sonsonete propagandístico porque la reiteración publicitaria se le antoja cansina y prácticamente inoperante. De manera que los políticos, venga, a hacer teatro. Lo malo es que hacen polvo la técnica teatral y parece que se aferran )desesperadamente? a la mezcolanza de comedia y tragedia, en medio de un ímpetu emulsor, más bien tragicómico, ya satirizado en 1609 por Lope de Vega: “Y cuando he de escribir una comedia / encierro los preceptos con seis llaves, / saco a Terencio y Plauto de mi estudio, / para que no me den voces[...] / y escribo por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron / porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto”. Son afirmaciones de Lope en su «Arte nuevo de hacer comedias».
Y empieza la comedia promisoria. Y aplauden los pensionistas porque van a seguir manteniendo la capacidad adquisitiva de sus pensiones, y aplauden los funcionarios porque van a cobrar dos pagas extra, y aplauden los empresarios porque van a ver reducidos sus impuestos, y aplauden los obreros porque van a pagar más los que más tienen, y hasta los docentes aplauden )aplauden? porque la Enseñanza va a ser mucho más pública. (Digresión. Resulta curioso comprobar cómo en las sesiones mitineras se bautiza la función de los docentes con el rotundo nombre de enseñanza, mientras que después, en las mesas de negociaciones, se denomina con el pretencioso nombre de educación. Pero en fin.)
Y empieza la tragedia descalificatoria. Todo lo han hecho mal, los adversarios todo lo han hecho mal, unos ineptos, unos corruptos, unos deslegitimados porque se han saltado a la torera la voluntad de los ciudadanos. Y los Medios afines llaman a González el ‘amnésico perenne’. Y los Medios afines enredan a Piqué en los malos olores de Ercros y de Ertoil (por poner unos ejemplos). Y aumentan las crispaciones autonómicas y se afirman las pretensiones reivindicatoriamente nacionalistas. Y hasta los obispos andan a la greña a causa de si se calumnia o no se calumnia a Setién.
Y empieza la farsa desarreglada, chabacana y grotesca de los mítines. Y así, mientras Aznar se compromete en un mitin a rebajar todos los tramos del IRPF, Almunia va y arroja al suelo, en otro mitin, un impreso de devolución rápida del mismo impuesto. Y prosigue la farsa con la publicación, cada dos por tres, de encuestas de intención de voto, porque un Medio no puede ser menos que otro, de manera que las organizan y las publican y las interpretan arrimándolas cada uno al ascua de sus sardinas políticas.
Mientras tanto, hay quien afirma, ajeno a todo, a) que Poncio Pilato nació en Escocia, a la sombra de un árbol octomilenario, al que quieren clonar como si se tratara de una oveja arborescente; b) que el personal se encuentra preocupado mayormente por la salud de Rociíto, la de la napia de boniato; y c) que el gentío dominguero y bullidor ha tirado cohetes en plazas y portales porque el Madrid acaba de cascarle al Barça tres goles como tres promesas de campeonato liguero.
(Yo me largo a los Canchos de Ramiro a pescar el black-bass, blasblás para los profanos).
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domingo, 16 de agosto de 2009
viernes, 12 de junio de 2009
LAS ARMAS
(29-3-2000)
JUAN GARODRI
Qué quieres que te diga, amigo, nunca me han gustado mucho los americanos. Me refiero a los americanos del norte, naturalmente. Ese producto arquetípico de los Iunaitestéis que engendra héroes peliculeros y heroínas hollywoodenses. Héroes bien rellenos de músculos anabolizantes y vengadores para salvar del mal al resto del mundo, esos deslumbrantes protagonismos de detectives/as, abogados/as, fiscales/as, soldados/as y demás gente guapa (exclúyase a Colombo, inclúyase a Ally McBeal y su carita de gata famélica) que aparecen en los desmadres de sus movies and pictures, bien rellenos de efectos especiales, léase coches explosionados a las primeras de cambio, cráneos abiertos como sandías, heridas de repentinos chorros sangrientos, cuerpos agujereados al recibir dos o tres mil impactos, inundaciones de violencia y homicidios cada tres minutos, a chorros esos desmadres peliculeros, ya digo, bien rellenos de efectos especiales y de putitas envalentonadamente folladoras y besuconas. En fin.
En lugar de dedicarse a hacer películas hacen propaganda enfermiza de sus colorines protoéticos, o al menos prototípicos y salvadores. Cuando es bien sabido que los Iunaitestéis jamás pretenden salvar a nadie de nada, a pesar de la jeta bienhechoramente globalizante que le echan al asunto, a pesar del corte de pelo a cepillo de sus marines patrióticos (¡sí, señor!) y a pesar de la anatomía siliconada y concupiscente de sus girlstars (¡oh, querido!). No pretenden salvar a nadie, ya digo.
Porque la comedia salvadora no es más que eso, una comedia, un simulacro redentor para enmascarar la venta de armas y de sofisticado material bélico utilizados en el combate del mal (?) — En Kosovo estaba el mal, pero en Chechenia no está, ya es triste la cosa—.
Dirás, amigo, que a qué viene esta dilatada mala uva expositiva. Verás. Acabo de escuchar la noticia de que en los Iunaitestéis mueren, ¡cada día!, doce niños, doce, abatidos por armas de fuego. No es una información metafóricamente hiperbólica. Es un dato objetivo. Y aterrador. De manera que se ha montado la polémica de siempre, y unos que armas sí, y otros que armas no. El mismo Clinton pretende reformar la ley para endurecer la venta de armas. Pero se le opone el poderoso Sindicato del Rifle —sólo en EE UU podría existir algo así— amparándose en el hecho de que tal medida legal restringe la libertad de decisión personal que, constitucionalmente, tiene cada ciudadano en ese país.
Naturalmente, detrás de todo el embrollado y podrido asunto se oculta el to do business, que la pela es la pela, y si es en dólares, mejor. Mientras, los niños juegan con la pistola del padre, se tirotean con la sangrante inocencia de la perversidad infantil o adolescente y se matan entre ellos como si tal cosa. Qué le vamos a hacer, business is business, clama Charlton Heston, decrépito presidente del sindicato del crimen, digo del rifle. Quién lo iba a decir. Aquel «héroe positivo» del cine americano aclamado por su actuación en las gigantescas superproducciones históricas. Aquel “Ben-Hur” esforzado de W. Wyler; aquel Moisés visionario de “Los diez mandamientos” de C. B. de Mille; aquel don Rodrigo musculoso y noble de “El Cid” de A. Mann... ¡Charlton Heston, presidente ahora del Sindicato del Rifle! Poderoso sindicato que no hay quien le pare los pies, digo el gatillo. Y a ver quién se los para.
Porque detrás de todo este maldito asunto están los millones de dólares que el Sindicato ha invertido en la financiación del partido conservador americano. Así que mientras Clinton clama para aumentar la seguridad ciudadana, dificultar legalmente la compra de armas, y promulgar una nueva ley que impida a los particulares su adquisición indiscriminada, el tal Charlton Heston endereza sus piernas y después de moverlas con su andar chapaleto va y le responde que la ley no proporciona la seguridad, que la proporciona el cumplimiento de la ley. Solución: que se pongan más policías y que haya más vigilancia para que la gente no se mate a tiros.
Creo, amigo, que se me revuelven las tripas con este condenado asunto ('argumento', lo llama el tontaina del informador radiofónico).
Entre tanto, el personal de los Iunaitestéis prosigue su campaña tenaz y esquizoide contra el tabaco, por ejemplo, que ocasiona tantos muertos al año, y tiene poco en cuenta a los muertos por armas de fuego o a los muertos por cardiopatías irreversibles, esos cientos de miles de americanos que, cada año, las hamburguesas mandan a criar malvas. Las hamburguesas, la comida basura y demás productos colesterógenos, extendidos por todo el mundo para que también se mueran los demás.
Mientras tanto, los grandes inventores del asunto bélico y del balazo, a forrarse. Porque las pistolas no matan, mata la mano que las utiliza. En cambio, el cáncer de laringe, o el de pulmón, es producido por el tabaco, y el fumador empedernido de toda la vida no es culpable de su enfermedad, lo es el tabaco, el tabaco es el que mata. El fumador ha sido víctima del tabaco. Por eso las compañías tabaqueras han tenido que subvencionar a la Sanidad estadounidense con más de 30 billones de dólares. Sin embargo, en el caso de las armas, no. No son las armas las que matan. Quien mata es el dedo que aprieta el gatillo. Por eso el Sindicato del Rifle, tan gigantesco, tan todopoderoso, no paga ni un duro a las víctimas de las armas. Es repugnante.
( ‘Repuñante’, dice mi tío Eufrasio).
(29-3-2000)
JUAN GARODRI
Qué quieres que te diga, amigo, nunca me han gustado mucho los americanos. Me refiero a los americanos del norte, naturalmente. Ese producto arquetípico de los Iunaitestéis que engendra héroes peliculeros y heroínas hollywoodenses. Héroes bien rellenos de músculos anabolizantes y vengadores para salvar del mal al resto del mundo, esos deslumbrantes protagonismos de detectives/as, abogados/as, fiscales/as, soldados/as y demás gente guapa (exclúyase a Colombo, inclúyase a Ally McBeal y su carita de gata famélica) que aparecen en los desmadres de sus movies and pictures, bien rellenos de efectos especiales, léase coches explosionados a las primeras de cambio, cráneos abiertos como sandías, heridas de repentinos chorros sangrientos, cuerpos agujereados al recibir dos o tres mil impactos, inundaciones de violencia y homicidios cada tres minutos, a chorros esos desmadres peliculeros, ya digo, bien rellenos de efectos especiales y de putitas envalentonadamente folladoras y besuconas. En fin.
En lugar de dedicarse a hacer películas hacen propaganda enfermiza de sus colorines protoéticos, o al menos prototípicos y salvadores. Cuando es bien sabido que los Iunaitestéis jamás pretenden salvar a nadie de nada, a pesar de la jeta bienhechoramente globalizante que le echan al asunto, a pesar del corte de pelo a cepillo de sus marines patrióticos (¡sí, señor!) y a pesar de la anatomía siliconada y concupiscente de sus girlstars (¡oh, querido!). No pretenden salvar a nadie, ya digo.
Porque la comedia salvadora no es más que eso, una comedia, un simulacro redentor para enmascarar la venta de armas y de sofisticado material bélico utilizados en el combate del mal (?) — En Kosovo estaba el mal, pero en Chechenia no está, ya es triste la cosa—.
Dirás, amigo, que a qué viene esta dilatada mala uva expositiva. Verás. Acabo de escuchar la noticia de que en los Iunaitestéis mueren, ¡cada día!, doce niños, doce, abatidos por armas de fuego. No es una información metafóricamente hiperbólica. Es un dato objetivo. Y aterrador. De manera que se ha montado la polémica de siempre, y unos que armas sí, y otros que armas no. El mismo Clinton pretende reformar la ley para endurecer la venta de armas. Pero se le opone el poderoso Sindicato del Rifle —sólo en EE UU podría existir algo así— amparándose en el hecho de que tal medida legal restringe la libertad de decisión personal que, constitucionalmente, tiene cada ciudadano en ese país.
Naturalmente, detrás de todo el embrollado y podrido asunto se oculta el to do business, que la pela es la pela, y si es en dólares, mejor. Mientras, los niños juegan con la pistola del padre, se tirotean con la sangrante inocencia de la perversidad infantil o adolescente y se matan entre ellos como si tal cosa. Qué le vamos a hacer, business is business, clama Charlton Heston, decrépito presidente del sindicato del crimen, digo del rifle. Quién lo iba a decir. Aquel «héroe positivo» del cine americano aclamado por su actuación en las gigantescas superproducciones históricas. Aquel “Ben-Hur” esforzado de W. Wyler; aquel Moisés visionario de “Los diez mandamientos” de C. B. de Mille; aquel don Rodrigo musculoso y noble de “El Cid” de A. Mann... ¡Charlton Heston, presidente ahora del Sindicato del Rifle! Poderoso sindicato que no hay quien le pare los pies, digo el gatillo. Y a ver quién se los para.
Porque detrás de todo este maldito asunto están los millones de dólares que el Sindicato ha invertido en la financiación del partido conservador americano. Así que mientras Clinton clama para aumentar la seguridad ciudadana, dificultar legalmente la compra de armas, y promulgar una nueva ley que impida a los particulares su adquisición indiscriminada, el tal Charlton Heston endereza sus piernas y después de moverlas con su andar chapaleto va y le responde que la ley no proporciona la seguridad, que la proporciona el cumplimiento de la ley. Solución: que se pongan más policías y que haya más vigilancia para que la gente no se mate a tiros.
Creo, amigo, que se me revuelven las tripas con este condenado asunto ('argumento', lo llama el tontaina del informador radiofónico).
Entre tanto, el personal de los Iunaitestéis prosigue su campaña tenaz y esquizoide contra el tabaco, por ejemplo, que ocasiona tantos muertos al año, y tiene poco en cuenta a los muertos por armas de fuego o a los muertos por cardiopatías irreversibles, esos cientos de miles de americanos que, cada año, las hamburguesas mandan a criar malvas. Las hamburguesas, la comida basura y demás productos colesterógenos, extendidos por todo el mundo para que también se mueran los demás.
Mientras tanto, los grandes inventores del asunto bélico y del balazo, a forrarse. Porque las pistolas no matan, mata la mano que las utiliza. En cambio, el cáncer de laringe, o el de pulmón, es producido por el tabaco, y el fumador empedernido de toda la vida no es culpable de su enfermedad, lo es el tabaco, el tabaco es el que mata. El fumador ha sido víctima del tabaco. Por eso las compañías tabaqueras han tenido que subvencionar a la Sanidad estadounidense con más de 30 billones de dólares. Sin embargo, en el caso de las armas, no. No son las armas las que matan. Quien mata es el dedo que aprieta el gatillo. Por eso el Sindicato del Rifle, tan gigantesco, tan todopoderoso, no paga ni un duro a las víctimas de las armas. Es repugnante.
( ‘Repuñante’, dice mi tío Eufrasio).
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año 2000 - 03 marzo
LA AUTOCRÍTICA
(24-3-2000)
JUAN GARODRI
Bueno, pues te pones a recorrer las páginas de los periódicos en esta tercera semana de un marzo apuntalado en la sequía y en el estreñimiento acuoso, y compruebas que emerge de muchas conciencias el plañido verbal del arrepentimiento. Ya se sabe que las referencias conceptuales condicionan la exuberancia de la memoria tanto como la presencia de los recuerdos, presencia más o menos agradable. Y así, al leer los periódicos, ya digo, se me viene a la mente la difusa remembranza de la adolescencia, aquellos ejercicios espirituales en que te aislaban del mundo para proceder a la terapia de la autoanulación, bien embadurnada la mente con la crema de la culpabilidad y la miseria personal, bien atosigado el espíritu con la duda soteriológica de la salvación, bien acentuado el sentimiento de la propia culpa para oscurecer, de una vez, el instantáneo resplandor del pecado. Memento mori, ¡qué cosas!
Así que por todas partes, ya digo, aparece el arrepentimiento. (Ahora se llama “autocrítica”. Lo de arrepentimiento suena a derechona ensotanada y decimonónica). ¿De qué se arrepienten los políticos que se arrepienten? ¿Qué pecado gordo han cometido para verse obligados a lanzar al ruedo público la propia ignominia y tener que arrepentirse los que se arrepienten? Porque no todos se arrepienten. O al menos no todos se arrepienten igual. Mientras unos se arrepienten quizá con sinceridad, ese dolor de contrición por haber ofendido a los votantes, es decir, por haberse cargado las ilusiones y las expectativas de quienes los votaron, y dimiten como consecuencia y como penitencia, otros se arrepienten ficticiamente, (sin pensar demasiado en los votantes, calculando más bien su propio fracaso y el oro y el moro que se les ha escapado de forma incomprensible, quién lo iba a pensar, una sociedad mayoritariamente de izquierdas, una sociedad progresista y libre, encima que les ofreces progreso y reparto solidario va el gentío y prefiere las pelas, encima que les ofreces la seguridad de la empresa pública va el gentío y prefiere la inversión en Bolsa y llevar la niña a las Josefinas, encima que les ofreces la ideología y la dialéctica va el gentío y prefiere el pragmatismo y los escaparates de El Corte Inglés, mierda para el gentío), se arrepienten ficticiamente, ya digo, ese dolor de atrición que pretende salir del paso delictivo cuanto antes para sanear la conciencia personal y alcanzar la gloria, digo el gobierno de la Diputación, o lo que sea, en las próximas elecciones. Y así, mientras los primeros (digamos los de la autocrítica sincera), sin pensar en su salvación o en su condena, hacen una autocrítica afianzada en la reflexión para evaluar los daños y perjuicios ocasionados en la creencia política de los ciudadanos, y repararlos, los segundos (digamos los de la autocrítica ficticia) piensan exclusivamente en su salvación, no en su condena, y utilizan el lema del memento mori con apresurado pragmatismo, no vaya a acontecer que mueran y se condenen políticamente y a ver, después, como se ganan las habichuelas celestiales.
La autocrítica, en definitiva, tiene que procurar la eliminación de los propios errores, esos errores que pululan como los gusanos dentro de la fruta, para que emerja, en consecuencia, un organismo sano, regenerado, dotado de nueva y fructificadora vitalidad. No se olvide que el término “autocrítica” procede de ‘crisis’, y que el primer significado etimológico de crisis viene a ser «una mutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo». De manera que si la autocrítica olvida al votante, (y se origina promovida por intereses partidistas, o caudillistas, o personalistas, intereses espurios, en definitiva), puede que ese olvido lamentable llegue a resolver la ‘crisis’ dentro de su segunda conceptualización, es decir, llegaría a conseguir que el enfermo se agravase.
No vaya a ocurrir en la autocrítica política lo que con frecuencia ocurre en la crítica literaria (los escritores, ya se sabe, acosados como andan de ufanías y arrogancias): hay quien se empeña en reflexionar en el análisis ‘intrínseco-estructural’ de una obra, a la que toman como pretexto para expandir sus vanidades. Y así, acontece que la hipercloridia expositiva hincha las páginas en demasía, no para conseguir una crítica coherente de lo que la obra literaria expresa, sino para (de)mostrar al personal la vasta dimensión policultural que el crítico posee. (Claude Lévi-Strauss y Roman Jakobson analizaron el soneto 66 de “Las flores del mal” de Baudelaire en un trabajo cien veces mayor que el propio texto).
Espero que la autocrítica del PSOE se lleve a cabo pensando en el propio texto (los votantes), y no caiga en la malsana tentación de utilizarla para expandir sus vanidades internas, o sus odios y rencillas.
(24-3-2000)
JUAN GARODRI
Bueno, pues te pones a recorrer las páginas de los periódicos en esta tercera semana de un marzo apuntalado en la sequía y en el estreñimiento acuoso, y compruebas que emerge de muchas conciencias el plañido verbal del arrepentimiento. Ya se sabe que las referencias conceptuales condicionan la exuberancia de la memoria tanto como la presencia de los recuerdos, presencia más o menos agradable. Y así, al leer los periódicos, ya digo, se me viene a la mente la difusa remembranza de la adolescencia, aquellos ejercicios espirituales en que te aislaban del mundo para proceder a la terapia de la autoanulación, bien embadurnada la mente con la crema de la culpabilidad y la miseria personal, bien atosigado el espíritu con la duda soteriológica de la salvación, bien acentuado el sentimiento de la propia culpa para oscurecer, de una vez, el instantáneo resplandor del pecado. Memento mori, ¡qué cosas!
Así que por todas partes, ya digo, aparece el arrepentimiento. (Ahora se llama “autocrítica”. Lo de arrepentimiento suena a derechona ensotanada y decimonónica). ¿De qué se arrepienten los políticos que se arrepienten? ¿Qué pecado gordo han cometido para verse obligados a lanzar al ruedo público la propia ignominia y tener que arrepentirse los que se arrepienten? Porque no todos se arrepienten. O al menos no todos se arrepienten igual. Mientras unos se arrepienten quizá con sinceridad, ese dolor de contrición por haber ofendido a los votantes, es decir, por haberse cargado las ilusiones y las expectativas de quienes los votaron, y dimiten como consecuencia y como penitencia, otros se arrepienten ficticiamente, (sin pensar demasiado en los votantes, calculando más bien su propio fracaso y el oro y el moro que se les ha escapado de forma incomprensible, quién lo iba a pensar, una sociedad mayoritariamente de izquierdas, una sociedad progresista y libre, encima que les ofreces progreso y reparto solidario va el gentío y prefiere las pelas, encima que les ofreces la seguridad de la empresa pública va el gentío y prefiere la inversión en Bolsa y llevar la niña a las Josefinas, encima que les ofreces la ideología y la dialéctica va el gentío y prefiere el pragmatismo y los escaparates de El Corte Inglés, mierda para el gentío), se arrepienten ficticiamente, ya digo, ese dolor de atrición que pretende salir del paso delictivo cuanto antes para sanear la conciencia personal y alcanzar la gloria, digo el gobierno de la Diputación, o lo que sea, en las próximas elecciones. Y así, mientras los primeros (digamos los de la autocrítica sincera), sin pensar en su salvación o en su condena, hacen una autocrítica afianzada en la reflexión para evaluar los daños y perjuicios ocasionados en la creencia política de los ciudadanos, y repararlos, los segundos (digamos los de la autocrítica ficticia) piensan exclusivamente en su salvación, no en su condena, y utilizan el lema del memento mori con apresurado pragmatismo, no vaya a acontecer que mueran y se condenen políticamente y a ver, después, como se ganan las habichuelas celestiales.
La autocrítica, en definitiva, tiene que procurar la eliminación de los propios errores, esos errores que pululan como los gusanos dentro de la fruta, para que emerja, en consecuencia, un organismo sano, regenerado, dotado de nueva y fructificadora vitalidad. No se olvide que el término “autocrítica” procede de ‘crisis’, y que el primer significado etimológico de crisis viene a ser «una mutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo». De manera que si la autocrítica olvida al votante, (y se origina promovida por intereses partidistas, o caudillistas, o personalistas, intereses espurios, en definitiva), puede que ese olvido lamentable llegue a resolver la ‘crisis’ dentro de su segunda conceptualización, es decir, llegaría a conseguir que el enfermo se agravase.
No vaya a ocurrir en la autocrítica política lo que con frecuencia ocurre en la crítica literaria (los escritores, ya se sabe, acosados como andan de ufanías y arrogancias): hay quien se empeña en reflexionar en el análisis ‘intrínseco-estructural’ de una obra, a la que toman como pretexto para expandir sus vanidades. Y así, acontece que la hipercloridia expositiva hincha las páginas en demasía, no para conseguir una crítica coherente de lo que la obra literaria expresa, sino para (de)mostrar al personal la vasta dimensión policultural que el crítico posee. (Claude Lévi-Strauss y Roman Jakobson analizaron el soneto 66 de “Las flores del mal” de Baudelaire en un trabajo cien veces mayor que el propio texto).
Espero que la autocrítica del PSOE se lleve a cabo pensando en el propio texto (los votantes), y no caiga en la malsana tentación de utilizarla para expandir sus vanidades internas, o sus odios y rencillas.
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año 2000 - 03 marzo
ESO DE LA SEMANA BLANCA
(15-3-2000)
JUAN GARODRI
Eran las diez y diez de la mañana, aproximadamente, del día 7 de marzo del 2000. Cruzo la cocina para rogar a la señora de la limpieza que baje el volumen de la radio. En estas que la voz educada y quizá mejor pagada de un comentarista radiofónico despotrica contra la Semana Blanca. Dice joyas parecidas a éstas (cito de memoria): «Sindicatos, profesores, alumnos, Consejerías de Educación, todos a favor de la Semana Blanca. Sólo los cuatro locos de siempre pretendemos que se suprima», «hay más días festivos que lectivos», «de seguir así, pronto se impondrá la Semana de la Red porque es más importante saber jugar al tenis que saber multiplicar», «o la Semana del Hoyo, y así podrán casarse con la hija de un banquero y no tendrán que hacer oposiciones»...
Si lees la información de la Prensa escrita (no oigo, ni veo, ni asisto a mítines electorales, es una promesa) adviertes que las referencias al sistema educativo se centran en “lo de la Semana Blanca” o en “lo de la Jornada Continuada”. Y parece que subyace en esa información tendenciosa el acoso al profesorado, colectivo de mangantes a los que hay que descalificar. )Por qué no centran la calidad de la enseñanza en la eliminación de la violencia en las aulas y en la extirpación del pasotismo estudiantil? (Cierto: cuando un equipo funciona mal, lo expedito es eliminar al entrenador, compruebo.)
Bueno, pues sales de casa y vas y te encuentras con un conocido, esos conocidos de toda la vida que te saludan siempre con la palmada en el hombro, y te fastidian casi siempre con la broma paternalista y confianzuda de la patochada usual, pues vas y te encuentras con uno de ellos, ya digo, y te suelta con voz ahuecada:
—¡Ya está bieeen, ya está bieeen! (Cómo vivís algunooos! (Vaya palo que os han dado esta mañana en la SER!
Y ante tu gesto de sorprendida tolerancia, insiste:
—Joé, tío, siempre andáis de vacaciones, que no podréis quejaros...
Tú te envaras, que se dice, porque estás hasta el colodrillo de que todo quisque se autoconsidere víctima de tu asueto y dudas si mandarlo al carajo o reírle la gracia. Le ríes la gracia. Dices:
—Tampoco es para tanto, son tres días de nada...
El conocido de toda la vida se sorprende y parece picado.
—¿Tres días de nada? Venga ya, si no dais ni clavo. —Y recopila con los dedos, como si contara las pérdidas de su inversión en Bolsa—: Dos meses de vacaciones veraniegas, más casi todo septiembre, más dos semanas entre diciembre y enero, o sea por Navidad, más diez días en Semana Santa. Así, cualquiera. Y encima ahora os añaden otra semana, eso de la Semana Blanca, para que descanséis, zumba cojones.
Cuando el conocido de toda la vida te sale con estos argumentos de acera, más necios que perversos, uno se encabrita y, aunque tus modales externos sigan pareciendo tranquilos y hasta educados, disparas párrafos justificadores con el único deseo de poner el pie encima del cogote del otro. Así que le comentas los ratos de agotamiento e incluso de sufrimiento al frente de las clases, preparando ejercicios que puedan resultar útiles a los alumnos y agradables al tiempo de realizarlos. Le hablas de las horas dedicadas durante la tarde, fuera del horario escolar, a corregir pruebas, a revisar actividades de refuerzo o ampliación, a sanear redacciones, a enderezar ejercicios de expresión escrita y a preparar debates para cauterizar los abundantes aporismas verbales (esa sangrante resistencia que los alumnos ofrecen al hermanamiento entre palabra e idea) y para ejercitar la capacidad de ordenar un pensamiento coherente. Le comentas el esfuerzo cansino de las repeticiones, las innumerables llamadas al orden para mantener la atención, las regañinas más amistosas que punitivas, las advertencias a los que reinciden, la agotadora actitud, en fin, de permanecer constantemente en guardia una hora tras otra, un día tras otro, una semana tras otra, para aclarar dudas, refrescar ideas, corregir cuadernos y rectificar equivocaciones. Le hablas, ya exaltado, de la violencia en las aulas, una violencia real más psíquica que física, aunque también física, a veces, como el pasotismo, la irreverencia, la falta de respeto y los eructos, y hasta pedos y risotadas, que acaban por minar la resistencia de cualquiera ocasionando una erosión pertinaz y subterránea de la personalidad docente que termina arrojando en la fosa del abatimiento al más pintado, víctima de una depresión caballuna, con baja temporal incluida, desagradable circunstancia que suele acontecer a algunos (y a algunas) con más frecuencia de la deseada.
El conocido de toda la vida te escucha con una incredulidad irónica que le achica los ojos. Te dice:
—Venga, venga, a ver si ahora me vas a venir con que estás echo polvo de tanto trabajar.
No puedes más. La represión es superior a tus fuerzas. Así que le dices que sí señor, que vives de putísima madre, que hubiera hecho los mismos estudios que tú cursaste, que se hubiera hecho polvo estudiando noches enteras unas oposiciones esperando aprobarlas, que las aprobara y después, hala, a vivir como dios y sin dar ni clavo. (Al tiempo que te da la espalda te dice que te vayas a hacer puñetas de jueces más allá del extranjero).
(15-3-2000)
JUAN GARODRI
Eran las diez y diez de la mañana, aproximadamente, del día 7 de marzo del 2000. Cruzo la cocina para rogar a la señora de la limpieza que baje el volumen de la radio. En estas que la voz educada y quizá mejor pagada de un comentarista radiofónico despotrica contra la Semana Blanca. Dice joyas parecidas a éstas (cito de memoria): «Sindicatos, profesores, alumnos, Consejerías de Educación, todos a favor de la Semana Blanca. Sólo los cuatro locos de siempre pretendemos que se suprima», «hay más días festivos que lectivos», «de seguir así, pronto se impondrá la Semana de la Red porque es más importante saber jugar al tenis que saber multiplicar», «o la Semana del Hoyo, y así podrán casarse con la hija de un banquero y no tendrán que hacer oposiciones»...
Si lees la información de la Prensa escrita (no oigo, ni veo, ni asisto a mítines electorales, es una promesa) adviertes que las referencias al sistema educativo se centran en “lo de la Semana Blanca” o en “lo de la Jornada Continuada”. Y parece que subyace en esa información tendenciosa el acoso al profesorado, colectivo de mangantes a los que hay que descalificar. )Por qué no centran la calidad de la enseñanza en la eliminación de la violencia en las aulas y en la extirpación del pasotismo estudiantil? (Cierto: cuando un equipo funciona mal, lo expedito es eliminar al entrenador, compruebo.)
Bueno, pues sales de casa y vas y te encuentras con un conocido, esos conocidos de toda la vida que te saludan siempre con la palmada en el hombro, y te fastidian casi siempre con la broma paternalista y confianzuda de la patochada usual, pues vas y te encuentras con uno de ellos, ya digo, y te suelta con voz ahuecada:
—¡Ya está bieeen, ya está bieeen! (Cómo vivís algunooos! (Vaya palo que os han dado esta mañana en la SER!
Y ante tu gesto de sorprendida tolerancia, insiste:
—Joé, tío, siempre andáis de vacaciones, que no podréis quejaros...
Tú te envaras, que se dice, porque estás hasta el colodrillo de que todo quisque se autoconsidere víctima de tu asueto y dudas si mandarlo al carajo o reírle la gracia. Le ríes la gracia. Dices:
—Tampoco es para tanto, son tres días de nada...
El conocido de toda la vida se sorprende y parece picado.
—¿Tres días de nada? Venga ya, si no dais ni clavo. —Y recopila con los dedos, como si contara las pérdidas de su inversión en Bolsa—: Dos meses de vacaciones veraniegas, más casi todo septiembre, más dos semanas entre diciembre y enero, o sea por Navidad, más diez días en Semana Santa. Así, cualquiera. Y encima ahora os añaden otra semana, eso de la Semana Blanca, para que descanséis, zumba cojones.
Cuando el conocido de toda la vida te sale con estos argumentos de acera, más necios que perversos, uno se encabrita y, aunque tus modales externos sigan pareciendo tranquilos y hasta educados, disparas párrafos justificadores con el único deseo de poner el pie encima del cogote del otro. Así que le comentas los ratos de agotamiento e incluso de sufrimiento al frente de las clases, preparando ejercicios que puedan resultar útiles a los alumnos y agradables al tiempo de realizarlos. Le hablas de las horas dedicadas durante la tarde, fuera del horario escolar, a corregir pruebas, a revisar actividades de refuerzo o ampliación, a sanear redacciones, a enderezar ejercicios de expresión escrita y a preparar debates para cauterizar los abundantes aporismas verbales (esa sangrante resistencia que los alumnos ofrecen al hermanamiento entre palabra e idea) y para ejercitar la capacidad de ordenar un pensamiento coherente. Le comentas el esfuerzo cansino de las repeticiones, las innumerables llamadas al orden para mantener la atención, las regañinas más amistosas que punitivas, las advertencias a los que reinciden, la agotadora actitud, en fin, de permanecer constantemente en guardia una hora tras otra, un día tras otro, una semana tras otra, para aclarar dudas, refrescar ideas, corregir cuadernos y rectificar equivocaciones. Le hablas, ya exaltado, de la violencia en las aulas, una violencia real más psíquica que física, aunque también física, a veces, como el pasotismo, la irreverencia, la falta de respeto y los eructos, y hasta pedos y risotadas, que acaban por minar la resistencia de cualquiera ocasionando una erosión pertinaz y subterránea de la personalidad docente que termina arrojando en la fosa del abatimiento al más pintado, víctima de una depresión caballuna, con baja temporal incluida, desagradable circunstancia que suele acontecer a algunos (y a algunas) con más frecuencia de la deseada.
El conocido de toda la vida te escucha con una incredulidad irónica que le achica los ojos. Te dice:
—Venga, venga, a ver si ahora me vas a venir con que estás echo polvo de tanto trabajar.
No puedes más. La represión es superior a tus fuerzas. Así que le dices que sí señor, que vives de putísima madre, que hubiera hecho los mismos estudios que tú cursaste, que se hubiera hecho polvo estudiando noches enteras unas oposiciones esperando aprobarlas, que las aprobara y después, hala, a vivir como dios y sin dar ni clavo. (Al tiempo que te da la espalda te dice que te vayas a hacer puñetas de jueces más allá del extranjero).
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año 2000 - 03 marzo
CARNAVAL, SIN MÁS
(11-3-2000)
JUAN GARODRI
Las ironías del Destino. Sabemos que es pura coincidencia, pero no deja de resultar burlesco que, en medio de la mascarada política y del alboroto electoralmente mitinero de estos días, aparezca rutilante lo del carnaval cronológico. Marchando una de carnaval.
Ciudadanos y ciudadanas: Vamos a salir del oscurantismo del pasado, ese pasado que pesa como una losa, más franquista que litogénica, en la que la radio estatal —la única— nos imponía la seriedad de la música sacra, en la que la autoridad provincial nos imponía la austeridad de las costumbres —clausura legal de bares, cines y otros establecimientos de jolgorio—, en la que la representación eclesial nos enlutaba con el morado de los altares y el silencio de las procesiones.
Ciudadanos y ciudadanas: Hay que salir del oscurantismo y de la angostura social y callejera. El carnaval es una fiesta redentora que nos libera de nuestras aprensiones, que arroja por el barranco de las alegrías nuestras ansiedades, que nos proporciona y nos pone a huevo la saludable irreflexión de nuestras apetencias, que nos eleva a la rutilancia de cristal de nuestros apasionamientos, que sepulta en el apestoso ataúd de la sardina nuestras diarias e insoportables represiones, que manda al carajo, en fin, el látigo incruento de la censura social, familiar, política o económica.
Sin embargo, ciudadanas y ciudadanos, los representantes de un pasado oscurantista, no contentos con ser dueños de la globalización y del euro, pretenden que nuestros comportamientos sociales se acomoden a sus propósitos, tal como se acomodaban nuestras inercias infantiles a la vardasca disciplinaria del maestro.
El carnaval es una revolución, ciudadanos y ciudadanas. No hagáis caso a las borbonescas prohibiciones de Felipe V, ni a los babosos escritos de Mesonero Romanos, ni a los resentidos artículos de Mariano José de Larra, contrarios a la alegría del carnaval quizá porque ellos mismos portaban la luctuosa interioridad de la muerte. Haced caso a Carlos III, aquel rey ilustrado, enjuto y estíptico que restableció el carnaval e introdujo los desfiles y los bailes de máscaras para que el personal se refocilara holgadamente antes de la funesta cuaresma. Pensad en la independencia moral del siglo XIX, esos bailes desenfrenados del Teatro Real de Madrid o en los del Liceo de Barcelona: no había dama encumbrada ni duquesa jamona que no holgase con algún enmascarado. Y bien que les iba. Pensad en el jolgorio popular que organizaba cada año, por aquellas fechas, la Sociedad El Gavilán con esa plenitud desenfrenada de la desinhibición y la desvergüenza.
El carnaval es una evasión, ciudadanos y ciudadanas. Una huida hacia esa necesidad psíquica (que todo quisque siente de vez en cuando) de mandar a hacer gárgaras de viento las normas y las categorías morales o sociales. Y esto ha sido siempre así.
La fenomenología histórico-religiosa reconoce que no hay cultura en la que no se subvirtiesen, en determinadas fechas, los términos de la ‘normalidad’. Pensad en los kronia griegos, o en las saturnales romanas, acontecimientos festivos en que los participantes daban sopas con honda a los danzantes del festival de Río, por ejemplo, y a sus fondonas mulatas. Pensad en el Combate de don Carnal y doña Cuaresma en el que el Arcipreste de Hita, en pleno siglo XIV, se despacha a gusto para justificar su desmedida tendencia a conseguir la pechuga (al menos) de hembra placentera. («Estaba Don Carnal rricamente assentado / a messa mucho harta en un rrico estrado», etc.). Y a pesar de que Caro Baroja, don Julio, sostenga que el carnaval y las carnestolendas proceden de la reacción popular ante la rigurosa penitencia de la cuaresma, lo presumible es que la causa del carnaval sea esa tendencia a la evasión psíquica que surge de la misma raíz humana. Buena prueba de ello es que hasta en determinados pueblos aborígenes, los Ho por ejemplo, existe la tendencia a la subversión, hasta el punto de que durante la semana transgresora se permite que las mujeres Ho puedan maltratar a sus maridos.
El carnaval es una transgresión, ciudadanos y ciudadanas. Os prometo que si me votáis, cada cual podrá ver realizados sus anhelos más íntimos y turbios, el hombre podrá convertirse en mujer y la mujer en hombre, el amor será fácil y asequible y todos sin excepción, superadas las barreras fácticas, saltados los obstáculos retrógrados, eliminados los inconvenientes del anquilosamiento y el conservadurismo, todos, ya digo, podréis desenvolveros dentro de las estructuras de una sociedad más libre remarcada por los equitativos límites de un acuerdo marco progresual y pluralista.
(Mi tío Eufrasio me da un codazo:
—¿Pero qué tonterías estás largando? ¿Te has vuelto bobo o qué? ¿O es que piensas que estás echando un mitin? —me dice fastidiado.
—Será eso —dije mohíno.)
(11-3-2000)
JUAN GARODRI
Las ironías del Destino. Sabemos que es pura coincidencia, pero no deja de resultar burlesco que, en medio de la mascarada política y del alboroto electoralmente mitinero de estos días, aparezca rutilante lo del carnaval cronológico. Marchando una de carnaval.
Ciudadanos y ciudadanas: Vamos a salir del oscurantismo del pasado, ese pasado que pesa como una losa, más franquista que litogénica, en la que la radio estatal —la única— nos imponía la seriedad de la música sacra, en la que la autoridad provincial nos imponía la austeridad de las costumbres —clausura legal de bares, cines y otros establecimientos de jolgorio—, en la que la representación eclesial nos enlutaba con el morado de los altares y el silencio de las procesiones.
Ciudadanos y ciudadanas: Hay que salir del oscurantismo y de la angostura social y callejera. El carnaval es una fiesta redentora que nos libera de nuestras aprensiones, que arroja por el barranco de las alegrías nuestras ansiedades, que nos proporciona y nos pone a huevo la saludable irreflexión de nuestras apetencias, que nos eleva a la rutilancia de cristal de nuestros apasionamientos, que sepulta en el apestoso ataúd de la sardina nuestras diarias e insoportables represiones, que manda al carajo, en fin, el látigo incruento de la censura social, familiar, política o económica.
Sin embargo, ciudadanas y ciudadanos, los representantes de un pasado oscurantista, no contentos con ser dueños de la globalización y del euro, pretenden que nuestros comportamientos sociales se acomoden a sus propósitos, tal como se acomodaban nuestras inercias infantiles a la vardasca disciplinaria del maestro.
El carnaval es una revolución, ciudadanos y ciudadanas. No hagáis caso a las borbonescas prohibiciones de Felipe V, ni a los babosos escritos de Mesonero Romanos, ni a los resentidos artículos de Mariano José de Larra, contrarios a la alegría del carnaval quizá porque ellos mismos portaban la luctuosa interioridad de la muerte. Haced caso a Carlos III, aquel rey ilustrado, enjuto y estíptico que restableció el carnaval e introdujo los desfiles y los bailes de máscaras para que el personal se refocilara holgadamente antes de la funesta cuaresma. Pensad en la independencia moral del siglo XIX, esos bailes desenfrenados del Teatro Real de Madrid o en los del Liceo de Barcelona: no había dama encumbrada ni duquesa jamona que no holgase con algún enmascarado. Y bien que les iba. Pensad en el jolgorio popular que organizaba cada año, por aquellas fechas, la Sociedad El Gavilán con esa plenitud desenfrenada de la desinhibición y la desvergüenza.
El carnaval es una evasión, ciudadanos y ciudadanas. Una huida hacia esa necesidad psíquica (que todo quisque siente de vez en cuando) de mandar a hacer gárgaras de viento las normas y las categorías morales o sociales. Y esto ha sido siempre así.
La fenomenología histórico-religiosa reconoce que no hay cultura en la que no se subvirtiesen, en determinadas fechas, los términos de la ‘normalidad’. Pensad en los kronia griegos, o en las saturnales romanas, acontecimientos festivos en que los participantes daban sopas con honda a los danzantes del festival de Río, por ejemplo, y a sus fondonas mulatas. Pensad en el Combate de don Carnal y doña Cuaresma en el que el Arcipreste de Hita, en pleno siglo XIV, se despacha a gusto para justificar su desmedida tendencia a conseguir la pechuga (al menos) de hembra placentera. («Estaba Don Carnal rricamente assentado / a messa mucho harta en un rrico estrado», etc.). Y a pesar de que Caro Baroja, don Julio, sostenga que el carnaval y las carnestolendas proceden de la reacción popular ante la rigurosa penitencia de la cuaresma, lo presumible es que la causa del carnaval sea esa tendencia a la evasión psíquica que surge de la misma raíz humana. Buena prueba de ello es que hasta en determinados pueblos aborígenes, los Ho por ejemplo, existe la tendencia a la subversión, hasta el punto de que durante la semana transgresora se permite que las mujeres Ho puedan maltratar a sus maridos.
El carnaval es una transgresión, ciudadanos y ciudadanas. Os prometo que si me votáis, cada cual podrá ver realizados sus anhelos más íntimos y turbios, el hombre podrá convertirse en mujer y la mujer en hombre, el amor será fácil y asequible y todos sin excepción, superadas las barreras fácticas, saltados los obstáculos retrógrados, eliminados los inconvenientes del anquilosamiento y el conservadurismo, todos, ya digo, podréis desenvolveros dentro de las estructuras de una sociedad más libre remarcada por los equitativos límites de un acuerdo marco progresual y pluralista.
(Mi tío Eufrasio me da un codazo:
—¿Pero qué tonterías estás largando? ¿Te has vuelto bobo o qué? ¿O es que piensas que estás echando un mitin? —me dice fastidiado.
—Será eso —dije mohíno.)
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