REGALOMANÍA
(25-5-2003)
JUAN GARODRI
Hoy se celebran las elecciones municipales y autonómicas. Más bien parecen elecciones nacionales, al Congreso y al Senado, si bien se mira la tónica general de las distintas, amplias, espaciosas, prolíficas, exorbitantes, disparatadas campañas en que cada uno de los líderes se ha mojado el culo para la pesca. Ya se sabe, el que quiera peces... Y vaya que si querían peces. Cientos, miles, millones de peces. Cada pez, un voto. O cada voto un pez, no sé, porque acaba uno perdiendo la dimensión tangible de la realidad a causa de las salpicaduras verbales de los pescadores. La cosa de la pesca no es de ahora, naturalmente. Dicen que ya en el paleolítico se practicaba, aunque de forma rudimentaria, fijando en el centro del sedal constituido por fibras vegetales entrelazadas, armas en forma de lanzadera, y que durante la edad del Hierro se usaban anzuelos de metal muy parecidos a los modernos.
Lo fundamental de la pesca es el cebo, dicen los entendidos, el regalo que atrae al incauto seducido por la promesa manducatoria. Existen tantas clases de cebo que resultaría prolijo enumerarlos. Sólo de mosca y cucharilla las tiendas de artículos deportivos muestran cientos de ellos. Bueno, si, por otra parte, nos pusiéramos a analizar la etnología de la pesca, descubriríamos, sorprendidos, que la pesca puede realizarse a mano, a garrotazo limpio, con arco y flechas, con arpón, con azagaya, con garfio, con anzuelo, con mosca seca, con cola de rata, con redes y nasas, y hasta con venenos y narcóticos. Ahora, eso sí, para la cosa de la pesca, el cebo, ese regalo que se ofrece como dádiva falsificada. El cebo posee el atractivo del regalo, objeto digno de estimación que se da a alguien con deseo de complacerle. Y ahí reside, precisamente, la perversidad del regalo. Porque el deseo de complacer es sólo aparente, la vida lo demuestra. En el fondo, el regalo es una estratagema para atraer la voluntad de la persona objeto del regalo e inclinarla hacia el regalador. Aquí es donde el regalo se identifica con el cebo y la actitud munificente pierde su cualidad generosa para transformarse en embauco. El regalo se convierte en promesa, el cebo en engaño. Si identificamos el regalo y el cebo, en tanto atracción y ofrecimiento mendaz, no nos queda más remedio que identificar también la promesa y el engaño, en cuanto resultado falaz del ofrecimiento. Es la regalomanía.
Esta metodología del do ut des, del ‘te doy para que me des’, la regalomanía en definitiva, configura las estrategias comerciales del liberalismo económico y abarrota los supermercados y los mítines. Jamás se ha ofrecido al personal tanto regalo como se ofrece ahora. El regalo, socialmente, se hacía entre familiares, conocidos e íntimos. Uno hasta se ponía contento, una satisfacción íntima, un regocijo inexpresable, cuando regalaba cualquier cosa a la madre, a la novia, al hijo. Ahora acontecen las cosas al revés. Tú no ejercitas la alegría del regalo, el regalo viene a ti desde ángulos desconocidos, te sobreviene desde ofertas centelleantes, te cae encima desde los fanzines multicolores y luminosos de la publicidad y las pancartas. El regalo es como una pedrada en la espalda que te sorprende y te desconcierta. Cómo es posible que alguien te regale algo, sin conocerte. No es un regalo, es un cebo, un señuelo, un engaño. Lo malo de este podrido asunto está en que el gentío se traga lo del regalo y consume sin parar productos innecesarios, promesas ilusorias. Pero a ver, si a ti te regalan 60 euros en llamadas, esa promesa de la comunicación ininterrumpida, ¿cómo vas a dejar de adquirir el móvil? Si te regalan una carretera, un ambulatorio, un instituto, un parque, un empleo, una vivienda; si te regalan prosperidad, estabilidad, seguridad, ese cebo para el voto, ¿cómo no vas a contribuir con tu aplauso en el mitin? Otros no regalan nada, aunque prometen mucho, porque no disponen de cebo dada su menguada representatividad, pero acuden a la pesca instalados en la idea testimonial, así que se dedican a espantar la pesca del pescador de al lado, a acusarlo de que no sabe lanzar la caña, de que se le enreda el sedal en el carrete y de que su cebo es de mala calidad. Ni pescan ni dejan pescar.
Dentro de la campaña cebadora, la promesa del regalo ha girado sobre nuestras cabezas como esas mariposas de gracilidad neoclásica que revoletean en los eneasílabos de Meléndez Valdés. Nos han regalado el cebo de la promesa casi delicadamente. Como a los peces nos han cebado. Lo cual que sería maravilloso si no existiese el anzuelo. En los remansos del Alagón, los pescadores acuden con sus bolsas de maíz, con sus saquitos de pipas de melón, con sus botes de lombrices cuarteadas, según la época, y lanzan al agua puñados de maíz o de pipas o de lombrices, como quien siembra, para cebar a los peces. Unos días después, los peces pican, atraídos por la promesa de un regalo alimentario que les cae del cielo. En la aceptación del regalo aceptan su perdición.
La regalomanía ha extendido la plenitud de la promesa, planificada, pormenorizada y evaluada por expertos en el desarrollo psicológico del señuelo. Verdaderos artistas estos tipos de la publicidad. Mezclan el cebo con la vida interior, la plenitud vital con la frustración, el bioproducto antioxidante con la fregona y el detergente, las listas de espera con el DVD y la prosperidad económica con la pantalla plana. Sentirse bien es un regalo, qué mejor inversión fisiológica que regalarse uno la posesión de la felicidad: si usted se regala un viaje a la playa del Pájaro Pinto, se está regalando bienestar. Mientras tanto, los créditos de interés variable se aplican tanto a la política como a la economía. Mira tú qué cosas.
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domingo, 27 de septiembre de 2009
INTELECTUALES
(18-5-2003)
JUAN GARODRI
Los hay de toda clase y condición. Por eso no resulta fácil hablar de ellos. Tú te pones a investigar sobre la cebolla, por ejemplo, y encuentras sus características en cualquier enciclopedia. Planta hortense de la familia de las liliáceas, de tallo hueco, fusiforme e hinchado hacia la base, flores de color blanco verdoso en umbela redonda, y raíz fibrosa que nace de un bulbo esferoidal, de olor fuerte y sabor más o menos picante. No, no, en absoluto. Te aseguro que no estoy comparando al intelectual con la cebolla. Pero te pones a investigar sobre los intelectuales y no hay manera de que sus características definitorias aparezcan asociadas en razón de grupo o familia. Intelectual, como cualidad, es lo perteneciente o relativo al entendimiento. Intelectual, como persona (supuesto inteligente), es quien se dedica preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras, al menos esto es lo que dice el dignísimo e ilustre diccionario de la Lengua Española (DRAE, 22ª edición, 2001), para quien, al parecer, no son intelectuales los integrantes de la amplia gama que constituye el mundo de las artes.
Intelectuales. ¿Quiénes son? ¿Quiénes no son?. Hay quien admite dos grupos de intelectuales, según leo en prensa hodierna:
a) los verdaderos,
y b) los de barracón de feria.
Los verdaderos son aquéllos que casi siempre se equivocan. Los de barracón de feria, por el contrario, se equivocan siempre. La distinción resulta curiosa, chocante e inédita, al menos para mí. Porque la brevedad taxonómica no elimina en absoluto el impacto clasificatorio. Jooooder, cómo raja el Ignacio Sánchez Cámara (ABC Cultural). Yo es que me quedo boquiabierto y piernitendido. De manera que el intelectual, si es verdadero, tantos de ellos, manifiesta una sobrada proclividad hacia el fascismo y/o el comunismo, mientras que evidencia un repeluzno desasosegante hacia el liberalismo y la democracia. Por eso será que casi siempre se equivocan. Resulta duro conceder el cabezazo aquiescente a la mayoría de las aseveraciones, acusaciones más bien, del articulista. Sobre todo, porque se refiere a los “verdaderos” intelectuales: «Hablo, por supuesto, de los verdaderos intelectuales, no de los de barracón de feria, agitadores de la chusma y bufones de la plebe». Si los verdaderos intelectuales no son fieles a su misión de oponerse a la opinión pública y rectificarla; si propenden al utopismo, si son arrogantes y autosuficientes, si son resentidos políticamente, si suelen carecer de sentido histórico, si están inflados de vanidad, si confunden la libertad intelectual con el sometimiento, y si son esclavos del prejuicio, si son así los intelectuales del grupo a), si los verdaderos intelectuales son así, apaga y vámonos. ¿Cómo serán los del grupo b)? ¿Cómo serán los de barracón de feria? El valor connotativo que delimita la expresión, "barracón de feria", confiere a la frase un significado de charlatanería difícilmente soslayable, por mucho que uno perfile bien la mente para pasar por la estrechura comparativa. El intelectual del grupo b) es, en consecuencia, un charlatán. Ostras, Pedrín. Escarba uno en sus recuerdos, sondea uno sus antiguas relaciones profesionales, otea uno el horizonte de la cultura cercana y, ahí va, increíble, se te vienen a la memoria rostros, actitudes y elocuencias de tipos que encajan en lo del barracón de feria como la silicona en la pechuga de Ana Obregón. Resulta que tipos que te dejaron boquiabierto con la profusa enunciación de su sapiencia no eran más que charlatanes, intelectuales de barracón de feria. Lo malo de este extraño asunto está en que tú también estabas dentro del barracón, porque a ver, si no, cómo llegaste a conocerlos. Así y todo, el sonsonete de muñeca chochona, ese que la supermegafonía de la tómbola ferial expande por el recinto sin compadecerse de la sensibilidad auditiva de los visitantes, ese sonsonete repiquetea en tu memoria asociado con la recitación de poemas, o así, algún acto institucional con motivo del día del Libro, o eso, en que el charlatán de turno regurgitaba la voz engolada de su intelectualidad.
Si el intelectual del grupo b) es un bufón de la plebe, no sé qué decir. Tal vez la frase se refiera al sabihondo que sobrevive en la política a base de parir actos culturales. Y es que la cultura se ha extendido de una manera furibunda, casi violenta, invadiendo municipios y concejalías, de forma parecida a como se extiende la magarza en los prados, con su centro amarillo y blanca circunferencia de ramilletes terminales. Solamente el intelectual organiza la cultura, o eso dicen, por lo que el intelectual del grupo b), tipo bufón de la plebe, florece en los prados municipales y organiza los concursos poéticos anuales, las representaciones de teatro subvencionadas, la actuación musical, entre otras, del grupo de rap autonómico y, como curiosidad pleistocénica, o por ahí, la exposición de artesanía y cerámica franquista.
Si el intelectual del grupo b) es un agitador de la chusma, se me agota la capacidad expresiva porque no va a colocarlo uno, exclusivamente, dentro del papel de capitoste organizador de manifestaciones y protestas. A no ser que el articulista se refiera con lo de intelectual-agitador-de-la-chusma al de la pegatina y la pancarta. Tendría que esforzarme en la exposición de un comentario de texto demasiado riguroso porque rozaría la desconsideración hacia el pueblo, denominado chusma, inocente de que un bufón realice la hipóstasis de la intelectualidad.
(18-5-2003)
JUAN GARODRI
Los hay de toda clase y condición. Por eso no resulta fácil hablar de ellos. Tú te pones a investigar sobre la cebolla, por ejemplo, y encuentras sus características en cualquier enciclopedia. Planta hortense de la familia de las liliáceas, de tallo hueco, fusiforme e hinchado hacia la base, flores de color blanco verdoso en umbela redonda, y raíz fibrosa que nace de un bulbo esferoidal, de olor fuerte y sabor más o menos picante. No, no, en absoluto. Te aseguro que no estoy comparando al intelectual con la cebolla. Pero te pones a investigar sobre los intelectuales y no hay manera de que sus características definitorias aparezcan asociadas en razón de grupo o familia. Intelectual, como cualidad, es lo perteneciente o relativo al entendimiento. Intelectual, como persona (supuesto inteligente), es quien se dedica preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras, al menos esto es lo que dice el dignísimo e ilustre diccionario de la Lengua Española (DRAE, 22ª edición, 2001), para quien, al parecer, no son intelectuales los integrantes de la amplia gama que constituye el mundo de las artes.
Intelectuales. ¿Quiénes son? ¿Quiénes no son?. Hay quien admite dos grupos de intelectuales, según leo en prensa hodierna:
a) los verdaderos,
y b) los de barracón de feria.
Los verdaderos son aquéllos que casi siempre se equivocan. Los de barracón de feria, por el contrario, se equivocan siempre. La distinción resulta curiosa, chocante e inédita, al menos para mí. Porque la brevedad taxonómica no elimina en absoluto el impacto clasificatorio. Jooooder, cómo raja el Ignacio Sánchez Cámara (ABC Cultural). Yo es que me quedo boquiabierto y piernitendido. De manera que el intelectual, si es verdadero, tantos de ellos, manifiesta una sobrada proclividad hacia el fascismo y/o el comunismo, mientras que evidencia un repeluzno desasosegante hacia el liberalismo y la democracia. Por eso será que casi siempre se equivocan. Resulta duro conceder el cabezazo aquiescente a la mayoría de las aseveraciones, acusaciones más bien, del articulista. Sobre todo, porque se refiere a los “verdaderos” intelectuales: «Hablo, por supuesto, de los verdaderos intelectuales, no de los de barracón de feria, agitadores de la chusma y bufones de la plebe». Si los verdaderos intelectuales no son fieles a su misión de oponerse a la opinión pública y rectificarla; si propenden al utopismo, si son arrogantes y autosuficientes, si son resentidos políticamente, si suelen carecer de sentido histórico, si están inflados de vanidad, si confunden la libertad intelectual con el sometimiento, y si son esclavos del prejuicio, si son así los intelectuales del grupo a), si los verdaderos intelectuales son así, apaga y vámonos. ¿Cómo serán los del grupo b)? ¿Cómo serán los de barracón de feria? El valor connotativo que delimita la expresión, "barracón de feria", confiere a la frase un significado de charlatanería difícilmente soslayable, por mucho que uno perfile bien la mente para pasar por la estrechura comparativa. El intelectual del grupo b) es, en consecuencia, un charlatán. Ostras, Pedrín. Escarba uno en sus recuerdos, sondea uno sus antiguas relaciones profesionales, otea uno el horizonte de la cultura cercana y, ahí va, increíble, se te vienen a la memoria rostros, actitudes y elocuencias de tipos que encajan en lo del barracón de feria como la silicona en la pechuga de Ana Obregón. Resulta que tipos que te dejaron boquiabierto con la profusa enunciación de su sapiencia no eran más que charlatanes, intelectuales de barracón de feria. Lo malo de este extraño asunto está en que tú también estabas dentro del barracón, porque a ver, si no, cómo llegaste a conocerlos. Así y todo, el sonsonete de muñeca chochona, ese que la supermegafonía de la tómbola ferial expande por el recinto sin compadecerse de la sensibilidad auditiva de los visitantes, ese sonsonete repiquetea en tu memoria asociado con la recitación de poemas, o así, algún acto institucional con motivo del día del Libro, o eso, en que el charlatán de turno regurgitaba la voz engolada de su intelectualidad.
Si el intelectual del grupo b) es un bufón de la plebe, no sé qué decir. Tal vez la frase se refiera al sabihondo que sobrevive en la política a base de parir actos culturales. Y es que la cultura se ha extendido de una manera furibunda, casi violenta, invadiendo municipios y concejalías, de forma parecida a como se extiende la magarza en los prados, con su centro amarillo y blanca circunferencia de ramilletes terminales. Solamente el intelectual organiza la cultura, o eso dicen, por lo que el intelectual del grupo b), tipo bufón de la plebe, florece en los prados municipales y organiza los concursos poéticos anuales, las representaciones de teatro subvencionadas, la actuación musical, entre otras, del grupo de rap autonómico y, como curiosidad pleistocénica, o por ahí, la exposición de artesanía y cerámica franquista.
Si el intelectual del grupo b) es un agitador de la chusma, se me agota la capacidad expresiva porque no va a colocarlo uno, exclusivamente, dentro del papel de capitoste organizador de manifestaciones y protestas. A no ser que el articulista se refiera con lo de intelectual-agitador-de-la-chusma al de la pegatina y la pancarta. Tendría que esforzarme en la exposición de un comentario de texto demasiado riguroso porque rozaría la desconsideración hacia el pueblo, denominado chusma, inocente de que un bufón realice la hipóstasis de la intelectualidad.
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año 2003 - 05 mayo
MITINEROS
(11-5-2003)
JUAN GARODRI
Se podría hablar de las próximas elecciones democráticas, tan cercanas. Y no creas, la tentación es áspera y espigada como esos tallos vegetales que surgen en primavera, repentinos y recios. Pero no me parece tema apropiado. En primer lugar, porque en todas partes (prensa escrita, radiofónica, televisiva) aparece la sobreabundancia informativa, opinante, expositiva, laudatoria, condenatoria, despreciativa o magnificadora de los partidos políticos que van a llevarse el gato al agua de las urnas. En segundo lugar, porque me invade un aburrimiento extremo, un cansancio mental, casi fisiológico, si me adentro en el terreno electoral, siempre lo mismo, los mismos mítines, las mismas promesas, los mismos ganadores, los mismos empatadores, los mismos perdedores.
Es hora de que alguien se dedique a desmitificar la campaña electoral. En unas elecciones municipales, es de sobra conocido el personal de las diferentes listas que opta a conseguir el gobierno municipal, al menos en poblaciones pequeñas. Sin embargo, proliferan las campañas, los mítines, los discursos y la palabrería. El mitin, habitualmente, no es un discurso pronunciado por un entendido en teoría política, ni por un experto en economía de empresas, ni por un versado en relaciones sociales, ni por un entendido en psicología juvenil, ni por un investigador de temas culturales, ni por un conocedor de la estructura urbana, no. El mitin es un discurso pronunciado por un mitinero. No todos los políticos son mitineros, ciertamente. Pero también es cierto que todos los mitineros se consideran políticos. E incluso el buen político, cuando se hace mitinero, degrada en cierto sentido su condición de político. Así que el mitinero, con preocupante frecuencia, se atreve con lo que le echen. Para ello, no duda en aventar promesas. Si es cierta la perversidad de que la promesa se hace para no ser cumplida, no hay mayor cinismo que el mitin. Porque el mitinero pretende cautivar la voluntad de los oyentes, a través de la creencia en lo que escuchan, para conseguir el voto. Para ello, el mitinero promete. Y no hay método más práctico para el desarrollo de la fe que su afianzamiento en la cercanía de la promesa. Así que el mitinero promete, repito. La promesa es la esencia del mitin. Y promete, en ocasiones, sin tener en cuenta el alcance de la promesa. Sin recordar que, cuatro años antes, realizaron idénticas promesas los mitineros que le precedieron. Así que el mitinero promete siempre la mejora de la política municipal. Muy fastidiada tiene que andar la política municipal para que todos los mitineros prometan su mejora. Incluso el mitinero del partido gobernante promete la mejora de la política municipal que, si necesita mejorar, se debe indudablemente a que sus propios conmilitones no supieron adecentarla. El mitinero se atreve con la teoría económica y su aplicación comunal, porque no hay municipio en que las arcas anden holgadas, antes bien, todas arrastran déficits clamorosos, atacadas de esa cirrosis monetaria que provoca la alegría en el gasto cuando el gastador es consciente de que tira con pólvora ajena. El mitinero se las da de sociólogo y borda toscamente elucubraciones verbales para fomentar las relaciones sociales, las asociaciones de vecinos, la participación ciudadana, los talleres de manualidades y las fiestas del hogar del pensionista. El mitinero se arroga el conocimiento de la juventud para solucionar lo del botellón y el ocio adolescente, la cooperación juvenil en la diversión y el entretenimiento, el fomento de la actividad lúdica y la organización de peñas y cuadrillas que animen las fiestas locales. El mitinero presume de conocer el ámbito de la cultura y su aplicación municipal, de manera que promete boletines, pasquines y fanzines que difundan la base histórica, folclórica, gastronómica, paisajística e incluso pintoresca de la localidad. Hay mitinero que, en esto de la cultura, se las arregla para presentar concursos poéticos que favorezcan la erudición versificadora del pueblo, que no todo van a ser puestos de trabajo y adecentamiento de aceras. El mitinero asegura que dispone de soluciones para arreglar el plan de ordenación urbana, conseguir la adecuación entre arquitectura y paisaje, reconstruir la escuela de finales del siglo XIX, acondicionar los caminos vecinales, preparar plazuelas y jardines y arreglar el camino de la charca comunal. El mitinero reafirma su decisión de acabar con el desempleo, fomentar y promocionar la empresa y crear puestos de trabajo. También suele prometer el arreglo de la ermita de la Virgen, o promocionar y fomentar las fiestas locales, sin duda las más importantes de la región, porque también hay que tocar afinadamente la fibra sentimental del pueblo. En fin, el mitinero utiliza un lenguaje perifrástico en el que, con frecuencia, sobran las palabras allí donde faltan las ideas. Ejemplo de perífrasis promisoria: proyecto y financiación de una estación municipal de almacenamiento, transformación y reciclaje de residuos sólidos urbanos. (Sorprendente eclosión verbal para designar un basurero).
Así que, como te decía al principio, podría hablar de las próximas elecciones municipales, pero prefiero no hacerlo. Me aburre el asunto. Por repetitivo.
(No amigo, no te estoy tomando el pelo. En este artículo no me he referido a las próximas elecciones municipales. He hablado de mítines y promesas electorales de hace cuatro años. Bingo de los gordos si encuentras las diferencias).
(11-5-2003)
JUAN GARODRI
Se podría hablar de las próximas elecciones democráticas, tan cercanas. Y no creas, la tentación es áspera y espigada como esos tallos vegetales que surgen en primavera, repentinos y recios. Pero no me parece tema apropiado. En primer lugar, porque en todas partes (prensa escrita, radiofónica, televisiva) aparece la sobreabundancia informativa, opinante, expositiva, laudatoria, condenatoria, despreciativa o magnificadora de los partidos políticos que van a llevarse el gato al agua de las urnas. En segundo lugar, porque me invade un aburrimiento extremo, un cansancio mental, casi fisiológico, si me adentro en el terreno electoral, siempre lo mismo, los mismos mítines, las mismas promesas, los mismos ganadores, los mismos empatadores, los mismos perdedores.
Es hora de que alguien se dedique a desmitificar la campaña electoral. En unas elecciones municipales, es de sobra conocido el personal de las diferentes listas que opta a conseguir el gobierno municipal, al menos en poblaciones pequeñas. Sin embargo, proliferan las campañas, los mítines, los discursos y la palabrería. El mitin, habitualmente, no es un discurso pronunciado por un entendido en teoría política, ni por un experto en economía de empresas, ni por un versado en relaciones sociales, ni por un entendido en psicología juvenil, ni por un investigador de temas culturales, ni por un conocedor de la estructura urbana, no. El mitin es un discurso pronunciado por un mitinero. No todos los políticos son mitineros, ciertamente. Pero también es cierto que todos los mitineros se consideran políticos. E incluso el buen político, cuando se hace mitinero, degrada en cierto sentido su condición de político. Así que el mitinero, con preocupante frecuencia, se atreve con lo que le echen. Para ello, no duda en aventar promesas. Si es cierta la perversidad de que la promesa se hace para no ser cumplida, no hay mayor cinismo que el mitin. Porque el mitinero pretende cautivar la voluntad de los oyentes, a través de la creencia en lo que escuchan, para conseguir el voto. Para ello, el mitinero promete. Y no hay método más práctico para el desarrollo de la fe que su afianzamiento en la cercanía de la promesa. Así que el mitinero promete, repito. La promesa es la esencia del mitin. Y promete, en ocasiones, sin tener en cuenta el alcance de la promesa. Sin recordar que, cuatro años antes, realizaron idénticas promesas los mitineros que le precedieron. Así que el mitinero promete siempre la mejora de la política municipal. Muy fastidiada tiene que andar la política municipal para que todos los mitineros prometan su mejora. Incluso el mitinero del partido gobernante promete la mejora de la política municipal que, si necesita mejorar, se debe indudablemente a que sus propios conmilitones no supieron adecentarla. El mitinero se atreve con la teoría económica y su aplicación comunal, porque no hay municipio en que las arcas anden holgadas, antes bien, todas arrastran déficits clamorosos, atacadas de esa cirrosis monetaria que provoca la alegría en el gasto cuando el gastador es consciente de que tira con pólvora ajena. El mitinero se las da de sociólogo y borda toscamente elucubraciones verbales para fomentar las relaciones sociales, las asociaciones de vecinos, la participación ciudadana, los talleres de manualidades y las fiestas del hogar del pensionista. El mitinero se arroga el conocimiento de la juventud para solucionar lo del botellón y el ocio adolescente, la cooperación juvenil en la diversión y el entretenimiento, el fomento de la actividad lúdica y la organización de peñas y cuadrillas que animen las fiestas locales. El mitinero presume de conocer el ámbito de la cultura y su aplicación municipal, de manera que promete boletines, pasquines y fanzines que difundan la base histórica, folclórica, gastronómica, paisajística e incluso pintoresca de la localidad. Hay mitinero que, en esto de la cultura, se las arregla para presentar concursos poéticos que favorezcan la erudición versificadora del pueblo, que no todo van a ser puestos de trabajo y adecentamiento de aceras. El mitinero asegura que dispone de soluciones para arreglar el plan de ordenación urbana, conseguir la adecuación entre arquitectura y paisaje, reconstruir la escuela de finales del siglo XIX, acondicionar los caminos vecinales, preparar plazuelas y jardines y arreglar el camino de la charca comunal. El mitinero reafirma su decisión de acabar con el desempleo, fomentar y promocionar la empresa y crear puestos de trabajo. También suele prometer el arreglo de la ermita de la Virgen, o promocionar y fomentar las fiestas locales, sin duda las más importantes de la región, porque también hay que tocar afinadamente la fibra sentimental del pueblo. En fin, el mitinero utiliza un lenguaje perifrástico en el que, con frecuencia, sobran las palabras allí donde faltan las ideas. Ejemplo de perífrasis promisoria: proyecto y financiación de una estación municipal de almacenamiento, transformación y reciclaje de residuos sólidos urbanos. (Sorprendente eclosión verbal para designar un basurero).
Así que, como te decía al principio, podría hablar de las próximas elecciones municipales, pero prefiero no hacerlo. Me aburre el asunto. Por repetitivo.
(No amigo, no te estoy tomando el pelo. En este artículo no me he referido a las próximas elecciones municipales. He hablado de mítines y promesas electorales de hace cuatro años. Bingo de los gordos si encuentras las diferencias).
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año 2003 - 05 mayo
sábado, 19 de septiembre de 2009
GILIOREXIA
(4-5-2003)
JUAN GARODRI
He vuelto a las andadas: acabo de inventar la palabra. Giliorexia. Hubo un tiempo en que me dediqué a la poesía experimental, y así me fue, y hasta publiqué un libro-poemario, Lamento del recuerdo (Ciudad Real, 1982), en el que exponía que el conocimiento del lenguaje tenía que ir unido a la habilidad para manipularlo y que asumir la existencia consistía en caminar por un laberinto de palabras arrebatadas a las más íntimas catacumbas del lenguaje, cuanto más catacumbas y más íntimas mejor, y así le fue al libro, repito. No le hizo caso ni Dios, a pesar de las letras de aliento que le dedicó don Ricardo Senabre y de la presentación que Ángel Sánchez Pascual hizo de él en la Residencia San José.
Yo estaba acosado entonces por un afán desordenado de deglutir palabras, y fruto de aquella verborexia (ostras, acabo de inventar otra) aparecieron términos como «cuersexpo», para expresar que el sexo es el punto equidistante, equilibrador del cuerpo humano; «ambidifunto», para declarar que el ser humano es también difunto en vida, no sólo después de muerto; «pensaburrimiento», para manifestar que el pensamiento humano es un coñazo histórico, filosóficamente aburrido, pesimista y fastidioso; «oscurcindado», para exponer que el hombre (y la mujer, naturalmente) sobrevive rodeado de oscuridad mental y herido por ella. En fin, inventé otras muchas palabras porque mi verborexia, ya digo, era obsesiva e incesante, pero nadie les hizo caso, y ahí permanecen, en la ceniza de las páginas, esa incineración que el tiempo aplica a lo escrito en época de juventud y de utopías literarias.
Y ahora aparece lo de la «ortorexia» (Ver HOY, 28-04-03). La alumbra el afijo orto-, de raíz griega: «orthós», ‘recto’ o ‘correcto’; de donde ortorexia vendría a ser algo así como el intento de evitar la alimentación considerada como perjudicial para el organismo humano. Acuciado por mi antiguo apetito verbal, no del todo desaparecido a pesar de esfuerzos y sacrificios, confieso que me atrajo la palabra, como una golosina de la lexicografía. Ortorexia. Suena bien. Como esas copas de cristal que emiten un sonido casi transparente cuando las golpeas con la cucharilla. Lástima que la pureza acristalada de la palabra haya que asociarla con la estupidez. Es el contrasentido que coloca en su sitio la existencia, esa falta de correspondencia lógica entre lo que se pretende y lo que se consigue. Algo así le ocurre a la anagyris foétida, de nombre botánico sonoramente deslumbrante y de olor nauseabundo, sin embargo.
Así que aparecen en España los primeros casos de ortorexia, el culto obsesivo a la comida sana, «un trastorno de la alimentación tan peligroso como la anorexia». Zumba cojones. De manera que el personal empieza a inclinarse por la comida sana ¿sana? hasta el punto de preferir empinar el zapato reventado de salud.
Y así se entera uno de cosas sorprendentemente ridículas. Por ejemplo, que la actriz Julia Roberts bebe diariamente litros y litros de leche de soja, así se le ha quedado ese rostro chupado, antes resplandeciente y atractivo, Pretty woman, ahora consumido y triste, de ojos hundidos y labios como morcillas. Por ejemplo, que Jennifer López se hace las tortillas solo con claras de huevo, que no sé qué tortillas saldrán sin la amistosa densidad de las yemas, así se le ha quedado rígido el trasero, antes abundante y cómplice, ahora solitario y distante. Por ejemplo, que Jean Paul Gautier se toma más de 65 zumos de naranja diarios, no es de extrañar que se le haya quedado esa cara de azahar perfumado y patético, de tanta frecuencia evacuatoria. Ortorexia.
Un complejo de culpabilidad exacerbado si se cae en la tentación del chorizo y los huevos fritos. Desde que el vitalismo posmoderno y su explicación de los fenómenos biológicos borraron del mapa el concepto religioso de pecado, no han dejado de aparecer movimientos que impulsan a la aceptación del concepto biológico de lo pecaminoso, en el sentido de que la realización de un acto contrario al decálogo alimenticio, o ecológico o naturista o eco-biótico, provoca en el pecador una excitada conciencia de culpa que lo induce a «comer sano», o a aumentar los grados de cocción de los ingredientes, o a acrecentar el tiempo de lavado de frutas y verduras, o a aplicarse penitencias salutíferas que mortifiquen sus deslices, como visualizar uno por uno los envases alimentarios para comprobar el etiquetado y rechazar voluntariosamente todo aquello que huela a conservantes y colorantes. Ortorexia. Como las publicaciones del ramo se apliquen al tema de la condenación eterna por pecar en el consumo de casi todos los productos, los restauradores y dueños de casas de comidas lo van a tener crudo. Si se extiende en el aire el olor de santidad ecobiótica, adiós al churrasco, a las chuletillas de cordero y al jamón de pata negra. Adiós a los coquillos con miel, al brazo de gitano y a las tartas con nata y cabello de ángel. No sólo cambiarán las costumbres alimentarias sino que, además, los neoconversos/as y ortoréxicos/as tendrán que arrastrar un carrito semejante al de la compra para disponer de evacuatorio adecuado, porque a ver cómo se las arreglan si ingieren 16 litros de agua diarios, o 52 zumos de naranja diarios, o 12 litros de leche de soja diarios. Qué tristeza, Dios mío, todo el día meando. Qué tristeza prescindir de la carne, del pescado y de los huevos con jamón. No digo que no: reducirán sus niveles de colesterol hasta límites saludablemente mínimos; pero sospecho, al mismo tiempo, que las pasarán canutas para que se les enderece el pindongo/a, porque es sabido que la reducción excesiva del nivel de colesterol produce un descenso alarmante del apetito sexual.
Ortorexia. Apetito correcto, ganas de comer correctas, según un canon de corrección alimentaria obsesivamente exagerado. Todo para conseguir llegar a la muerte irremediablemente sanos. No me digas que esta obsesión no es una perfecta giliorexia (apetito desenfrenado de mantener la salud a base de gilipolleces).
(4-5-2003)
JUAN GARODRI
He vuelto a las andadas: acabo de inventar la palabra. Giliorexia. Hubo un tiempo en que me dediqué a la poesía experimental, y así me fue, y hasta publiqué un libro-poemario, Lamento del recuerdo (Ciudad Real, 1982), en el que exponía que el conocimiento del lenguaje tenía que ir unido a la habilidad para manipularlo y que asumir la existencia consistía en caminar por un laberinto de palabras arrebatadas a las más íntimas catacumbas del lenguaje, cuanto más catacumbas y más íntimas mejor, y así le fue al libro, repito. No le hizo caso ni Dios, a pesar de las letras de aliento que le dedicó don Ricardo Senabre y de la presentación que Ángel Sánchez Pascual hizo de él en la Residencia San José.
Yo estaba acosado entonces por un afán desordenado de deglutir palabras, y fruto de aquella verborexia (ostras, acabo de inventar otra) aparecieron términos como «cuersexpo», para expresar que el sexo es el punto equidistante, equilibrador del cuerpo humano; «ambidifunto», para declarar que el ser humano es también difunto en vida, no sólo después de muerto; «pensaburrimiento», para manifestar que el pensamiento humano es un coñazo histórico, filosóficamente aburrido, pesimista y fastidioso; «oscurcindado», para exponer que el hombre (y la mujer, naturalmente) sobrevive rodeado de oscuridad mental y herido por ella. En fin, inventé otras muchas palabras porque mi verborexia, ya digo, era obsesiva e incesante, pero nadie les hizo caso, y ahí permanecen, en la ceniza de las páginas, esa incineración que el tiempo aplica a lo escrito en época de juventud y de utopías literarias.
Y ahora aparece lo de la «ortorexia» (Ver HOY, 28-04-03). La alumbra el afijo orto-, de raíz griega: «orthós», ‘recto’ o ‘correcto’; de donde ortorexia vendría a ser algo así como el intento de evitar la alimentación considerada como perjudicial para el organismo humano. Acuciado por mi antiguo apetito verbal, no del todo desaparecido a pesar de esfuerzos y sacrificios, confieso que me atrajo la palabra, como una golosina de la lexicografía. Ortorexia. Suena bien. Como esas copas de cristal que emiten un sonido casi transparente cuando las golpeas con la cucharilla. Lástima que la pureza acristalada de la palabra haya que asociarla con la estupidez. Es el contrasentido que coloca en su sitio la existencia, esa falta de correspondencia lógica entre lo que se pretende y lo que se consigue. Algo así le ocurre a la anagyris foétida, de nombre botánico sonoramente deslumbrante y de olor nauseabundo, sin embargo.
Así que aparecen en España los primeros casos de ortorexia, el culto obsesivo a la comida sana, «un trastorno de la alimentación tan peligroso como la anorexia». Zumba cojones. De manera que el personal empieza a inclinarse por la comida sana ¿sana? hasta el punto de preferir empinar el zapato reventado de salud.
Y así se entera uno de cosas sorprendentemente ridículas. Por ejemplo, que la actriz Julia Roberts bebe diariamente litros y litros de leche de soja, así se le ha quedado ese rostro chupado, antes resplandeciente y atractivo, Pretty woman, ahora consumido y triste, de ojos hundidos y labios como morcillas. Por ejemplo, que Jennifer López se hace las tortillas solo con claras de huevo, que no sé qué tortillas saldrán sin la amistosa densidad de las yemas, así se le ha quedado rígido el trasero, antes abundante y cómplice, ahora solitario y distante. Por ejemplo, que Jean Paul Gautier se toma más de 65 zumos de naranja diarios, no es de extrañar que se le haya quedado esa cara de azahar perfumado y patético, de tanta frecuencia evacuatoria. Ortorexia.
Un complejo de culpabilidad exacerbado si se cae en la tentación del chorizo y los huevos fritos. Desde que el vitalismo posmoderno y su explicación de los fenómenos biológicos borraron del mapa el concepto religioso de pecado, no han dejado de aparecer movimientos que impulsan a la aceptación del concepto biológico de lo pecaminoso, en el sentido de que la realización de un acto contrario al decálogo alimenticio, o ecológico o naturista o eco-biótico, provoca en el pecador una excitada conciencia de culpa que lo induce a «comer sano», o a aumentar los grados de cocción de los ingredientes, o a acrecentar el tiempo de lavado de frutas y verduras, o a aplicarse penitencias salutíferas que mortifiquen sus deslices, como visualizar uno por uno los envases alimentarios para comprobar el etiquetado y rechazar voluntariosamente todo aquello que huela a conservantes y colorantes. Ortorexia. Como las publicaciones del ramo se apliquen al tema de la condenación eterna por pecar en el consumo de casi todos los productos, los restauradores y dueños de casas de comidas lo van a tener crudo. Si se extiende en el aire el olor de santidad ecobiótica, adiós al churrasco, a las chuletillas de cordero y al jamón de pata negra. Adiós a los coquillos con miel, al brazo de gitano y a las tartas con nata y cabello de ángel. No sólo cambiarán las costumbres alimentarias sino que, además, los neoconversos/as y ortoréxicos/as tendrán que arrastrar un carrito semejante al de la compra para disponer de evacuatorio adecuado, porque a ver cómo se las arreglan si ingieren 16 litros de agua diarios, o 52 zumos de naranja diarios, o 12 litros de leche de soja diarios. Qué tristeza, Dios mío, todo el día meando. Qué tristeza prescindir de la carne, del pescado y de los huevos con jamón. No digo que no: reducirán sus niveles de colesterol hasta límites saludablemente mínimos; pero sospecho, al mismo tiempo, que las pasarán canutas para que se les enderece el pindongo/a, porque es sabido que la reducción excesiva del nivel de colesterol produce un descenso alarmante del apetito sexual.
Ortorexia. Apetito correcto, ganas de comer correctas, según un canon de corrección alimentaria obsesivamente exagerado. Todo para conseguir llegar a la muerte irremediablemente sanos. No me digas que esta obsesión no es una perfecta giliorexia (apetito desenfrenado de mantener la salud a base de gilipolleces).
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año 2003 - 05 mayo
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