PRIMAVERA
(6-4-2003)
JUAN GARODRI
La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. Como la guerra: ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Así que me dispongo a escuchar Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, a ver si se desintoxican las neuronas, atiborradas de guerra, saturadas de mentiras bélicas, colmadas de horror, empachadas de asco. Y empiezan a sonar las acometidas de La primavera en medio de un Mi mayor hechido de acordes agudos y casi prebélicos, como interpretados para acompañar la obscena y espectacular apoteosis de esta guerra que no se me va de la cabeza.
Antes, escuchaba a Vivaldi y todas las golondrinas de la primavera acudían, anhelantes y rápidas, a clarear las oscuridades de mi corazón. Ahora no. Será por lo de la guerra. Ahora escucho a Vivaldi, estoy escuchándolo ahora mismo, y sus allegros me producen la impresión de que representan la mendaz alegría de Bush, esos rasgos faciales afilados como notas de un violín perverso y visionario. Incluso el alma del violín, el arco, así llamado por Tartini porque es el elemento fundamental para su sonoridad, se reproduce en mi imaginación como un arma arrojadiza utilizada para destruir los sentimientos de los niños de Irak. Bombas racimo, expresamente prohibidas por la ONU, utilizadas por EE UU para masacrar cientos de civiles, agricultores y niños. Me muerdo los puños, me trago la rabia y no sé qué hacer mientras escucho estos conciertos de Vivaldi, tan dramáticos y ricos en contrastes, allegro-adagio-allegro. Han asimilado la desgracia de los ataques, tan rápidos al principio, tan lentos ahora que se retrasa el aprovisionamiento de armas y víveres, tan rápidos en la previsión final en que se acumularán los acordes de las reconstrucciones.
También los nazis enmascaraban el remordimiento de los genocidios con audiciones grandiosas de música clásica. Cada judío era una corchea que iba desgranándose de los hogares de Varsovia en medio del horror de los violines trasladados de un gueto a otro por hombros cada vez más débiles. Polanski ha herido nuestra sensibilidad y nuestras retinas con el admirable relato de Szpilmann, esa epopeya increíble en la que el pianista sobrevive gracias a la extraordinaria e inesperada interpretación musical que, en el momento más desesperado, hace de Chopin ante el general nazi. La música lo salva del horror.
Hoy, sin embargo, no ocurriría así. Esta primavera, algo retrasada y lluviosa, florece entre bombas de racimo como en las orillas de los regatos eclosionan las pamplinas y los pañalitos. Con la diferencia de que en las bombas parpadea el rojo brillante de la sangre y en las pamplinas y pañalitos revienta la savia nutricia. Esta primavera está vacía de sentimientos.
Pero no es ella, somos nosotros. Estamos tan vacíos de sentimientos que incluso los informadores se trastuecan y perturban con las heridas de la primavera. Porque no creo que sean ignorantes. O quizá lo sean cuando utilizan la expresión de «catástrofes humanitarias». El concepto de ‘humanitario’ significa algo que se refiere al bien del género humano, cosa que es esencialmente imposible en cualquier catástrofe. Si lo de «catástrofes humanitarias» lo repiten una y otra vez telediarios y boletines de noticias, advierto a los desavisados que, con ello, están expresando justamente lo contrario de lo que quieren decir: lo humanitario tiene como finalidad aliviar los efectos que causan las guerras en las personas que las padecen, alivio imposible si va unido a una catástrofe. Las catástrofes sólo pueden ser humanas; las ayudas sí pueden ser humanitarias.
En fin, la primavera la sangre altera. Debe de andar muy alterada la de Bush para haber organizado esta catástrofe humana, en contra de la opinión de medio mundo, en contra de la mayoría de los países democráticos, en contra del 91 % de la población de esos países. Una primavera desencadenada y tortuosa, la nuestra, que muestra acontecimientos que cabalgan la espalda de la verosimilitud, como ese del presidente sirio, Asad, que asegura que todo el barullo bélico tiene como finalidad afirmar el dominio de Israel en toda la zona.
¿Qué gorda mosca primaveral le ha picado a Bush en la punta de la olla para que pretenda colocar como supervisor de la reconstrucción de Irak a Jay Garner, presidente de una de las mayores empresas de fabricación y venta de armas? ¿Un tiburón al cuidado de los peces? Mientras tanto, Aznar, atacado de una alergia primaveral galopante, estornuda y se le mancha el bigote de la españolidad, incapaz de admitir esa realidad contraria a la guerra que ha manifestado la totalidad del pueblo español. (¿Se puede decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno).
A veces pienso que la primavera se ha retrasado porque así le ha interesado a Bush. Para la expansión de la industria del tabaco tiene que haber fumadores; para la expansión de la industria militar y armamentista tiene que haber muertos. Si no ¿de qué esos 258.000 millones de dólares (40 billones de pesetas, para entendernos) invertidos hasta ahora en la guerra de Irak? No olvides, amigo, que el 20 de enero, dos meses antes de que empezasen los primeros bombardeos, Bush ya había firmado los contratos multimillonarios para la reconstrucción de Irak después de la guerra. Ya había iniciado la intoxicación publicitaria con la que día tras día, semana tras semana, se pretende convertir al ciudadano en un idiota de enormes tragaderas para que engulla sin pestañear las gigantescas ruedas de molino favorables al imperio.
Esta primavera es una mierda, a pesar de los verdes tallos de los árboles, a pesar del lujurioso esplendor de las glicinias, a pesar de la purísima diafanidad del cielo. Esta primavera, que ha limpiado el oxígeno mental del pueblo español. (¿Puedo decir ‘pueblo español’ o hay que decir ‘este país’? Ah, bueno). La inmensa mayoría está contra la guerra. E incluso los descreídos, resentidos, anticleretas y progretas, esos que se tiran por el suelo de la risa cuando Juan Pablo II sale en el Guiñol, utilizan las declaraciones del Papa contra la guerra y lo citan con el mismo fervor con que antiguamente se citaba la Rerum Novarum de León XIII. Esta primavera es una mierda porque el considerado peor efecto de la guerra va a ser la paralización del consumo y la inversión. Lo de las víctimas, cada vez más civiles inocentes, es lo de menos. A los muertos que les den responsos.
Son los efectos perniciosos de esta primavera que interpreto a través de los compases de Vivaldi, tan agudos y encendidos como el prolongado bombardeo de un misil musical.
sábado, 19 de septiembre de 2009
NO SABES LO QUE DICES
(30-3-2003)
JUAN GARODRI
Javier Clemente aseguró en rueda de prensa, hace unas semanas, que es una horterada decir que el Real Madrid es un equipo galáctico, horterada que no le gusta ni al mismo Del Bosque.... Y añadía que él, Clemente, hubiera cesado al director del periódico que lanzó lo de ‘equipo galáctico’, en alusión al Real Madrid.
En alguna cadena de radio, emisión deportiva, lunes 23 de marzo, 8'30 de la tarde, distintos entrevistados aseguraban que los árbitros españoles son los peores que se han visto en muchas temporadas. Los entrenadores del Huelva y del Alavés, el portero de la Real Sociedad, y algunos más, culpaban al árbitro si no de la derrota de su equipo sí, al menos, de la pérdida de puntos.
No escuché la contrarréplica que el aludido dirigiera a Javier Clemente (si es que la dirigió), pero sí escuché la de Díaz Vega en defensa de los árbitros. Y no se anduvo por las ramas: puso de vuelta y media al entrenador del Recreativo y le aconsejó que se dedicara más y mejor a su tarea de entrenador, si es que pretendía que su equipo ascendiera puestos en la clasificación general, en lugar de cargar sobre el pito del árbitro su posición de colista. En parecidos términos se dirigió a Mané, a Irureta y a no sé quién más.
En otro orden de cosas, Cáceres presume de ser la number one de toda la región extremeña en infraestructuras culturales. Sin embargo, el hecho de disponer de un valor patrimonial espléndido no implica necesariamente la acción cultural. Las piedras son historia, pero puede que no impliquen cultura. Y así, mientras Bernardo Santano dice que «lo que hay es mucho y bueno, aunque habría que comunicarlo mejor a los ciudadanos», Arsenio Pérez afirma que «hemos tenido dirigentes nefastos en materia de cultura, como lo fue Veiga y es Saponi».
En repetidas ocasiones he escuchado últimamente, hablando con gente convencida de lo que dice, que lo de la guerra de Irak va a ser un paseo para las tropas anglonorteamericanas, a pesar de la resistencia iraquí que ralentiza el avance aliado hacia Bagdad. Y hay quien piensa, influido vete tú a saber por qué razón perspicaz y categórica, que lo de Irak va a ser un paseo de pocos días.
Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de la volatilidad de las opiniones. No sabes lo que dices, es la respuesta a la opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba contra los árbitros, la afirmación cacereña de su capitalidad cultural, la creencia en el poder omnímodo de los EE UU, no dejan de ser opiniones. ¿Qué tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de descubrirlo, mucho menos de exponerlo.
Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que, por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión.
Si esto fuera así, sería como para morirse de la risa. Todo el día escuchando la mandolina del capitán Corelli repartiendo conciertos sobre los árbitros, sobre la cultura, sobre la guerra, sobre el arte, sobre la vida, sobre la muerte, y resulta que la opinión no se alimenta del conocimiento del entendimiento, sino del de la sensación. Todo el mundo emperifollado con los aderezos de la verdad, todo el gentío presumiendo de estar puesto en la cúspide de la certeza, todo el personal amachambrado en la plenitud de la irrefutabilidad y resulta que la base de nuestro conocimiento sensible no es sino engaño e imaginación.
Así nos toman el pelo los mandamases. Así divulgan cuanto les interesa para sus fines particulares o políticos y ocultan cuanto, previsiblemente, puede dañar la exposición de su verdad, una verdad asentada en ejemplos de la mendacidad lingüística propia de la guerra. (No a la guerra. Antes de terminar, no a la guerra. El asco me revienta. Lo repetiré mil veces. La vergüenza me abochorna. Lo repetiré mil veces. Me conmueven esas víctimas del mercado de Bagdad, daño colateral de un misil perdido. Me perturba y emociona esa mujer con el rostro quebrantado por la pena y las manos extendidas preguntando: «¿Qué hemos hecho, por qué nos hacen esto? ¡Somos inocentes!». Junto a ella, su casa destruida y los cuerpos heridos de sus familiares. Mil veces mierda de guerra.
Que se lo pregunten a Roberto Fisk, periodista irlandés del diario The Independent. ¿Sabrá Tony cómo son las moscas cuando devoran cadáveres? No sabes lo que dices. Ni se te ocurra, a la hora del desayuno.
(30-3-2003)
JUAN GARODRI
Javier Clemente aseguró en rueda de prensa, hace unas semanas, que es una horterada decir que el Real Madrid es un equipo galáctico, horterada que no le gusta ni al mismo Del Bosque.... Y añadía que él, Clemente, hubiera cesado al director del periódico que lanzó lo de ‘equipo galáctico’, en alusión al Real Madrid.
En alguna cadena de radio, emisión deportiva, lunes 23 de marzo, 8'30 de la tarde, distintos entrevistados aseguraban que los árbitros españoles son los peores que se han visto en muchas temporadas. Los entrenadores del Huelva y del Alavés, el portero de la Real Sociedad, y algunos más, culpaban al árbitro si no de la derrota de su equipo sí, al menos, de la pérdida de puntos.
No escuché la contrarréplica que el aludido dirigiera a Javier Clemente (si es que la dirigió), pero sí escuché la de Díaz Vega en defensa de los árbitros. Y no se anduvo por las ramas: puso de vuelta y media al entrenador del Recreativo y le aconsejó que se dedicara más y mejor a su tarea de entrenador, si es que pretendía que su equipo ascendiera puestos en la clasificación general, en lugar de cargar sobre el pito del árbitro su posición de colista. En parecidos términos se dirigió a Mané, a Irureta y a no sé quién más.
En otro orden de cosas, Cáceres presume de ser la number one de toda la región extremeña en infraestructuras culturales. Sin embargo, el hecho de disponer de un valor patrimonial espléndido no implica necesariamente la acción cultural. Las piedras son historia, pero puede que no impliquen cultura. Y así, mientras Bernardo Santano dice que «lo que hay es mucho y bueno, aunque habría que comunicarlo mejor a los ciudadanos», Arsenio Pérez afirma que «hemos tenido dirigentes nefastos en materia de cultura, como lo fue Veiga y es Saponi».
En repetidas ocasiones he escuchado últimamente, hablando con gente convencida de lo que dice, que lo de la guerra de Irak va a ser un paseo para las tropas anglonorteamericanas, a pesar de la resistencia iraquí que ralentiza el avance aliado hacia Bagdad. Y hay quien piensa, influido vete tú a saber por qué razón perspicaz y categórica, que lo de Irak va a ser un paseo de pocos días.
Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de la volatilidad de las opiniones. No sabes lo que dices, es la respuesta a la opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba contra los árbitros, la afirmación cacereña de su capitalidad cultural, la creencia en el poder omnímodo de los EE UU, no dejan de ser opiniones. ¿Qué tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de descubrirlo, mucho menos de exponerlo.
Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que, por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión.
Si esto fuera así, sería como para morirse de la risa. Todo el día escuchando la mandolina del capitán Corelli repartiendo conciertos sobre los árbitros, sobre la cultura, sobre la guerra, sobre el arte, sobre la vida, sobre la muerte, y resulta que la opinión no se alimenta del conocimiento del entendimiento, sino del de la sensación. Todo el mundo emperifollado con los aderezos de la verdad, todo el gentío presumiendo de estar puesto en la cúspide de la certeza, todo el personal amachambrado en la plenitud de la irrefutabilidad y resulta que la base de nuestro conocimiento sensible no es sino engaño e imaginación.
Así nos toman el pelo los mandamases. Así divulgan cuanto les interesa para sus fines particulares o políticos y ocultan cuanto, previsiblemente, puede dañar la exposición de su verdad, una verdad asentada en ejemplos de la mendacidad lingüística propia de la guerra. (No a la guerra. Antes de terminar, no a la guerra. El asco me revienta. Lo repetiré mil veces. La vergüenza me abochorna. Lo repetiré mil veces. Me conmueven esas víctimas del mercado de Bagdad, daño colateral de un misil perdido. Me perturba y emociona esa mujer con el rostro quebrantado por la pena y las manos extendidas preguntando: «¿Qué hemos hecho, por qué nos hacen esto? ¡Somos inocentes!». Junto a ella, su casa destruida y los cuerpos heridos de sus familiares. Mil veces mierda de guerra.
Que se lo pregunten a Roberto Fisk, periodista irlandés del diario The Independent. ¿Sabrá Tony cómo son las moscas cuando devoran cadáveres? No sabes lo que dices. Ni se te ocurra, a la hora del desayuno.
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año 2003 - 03 marzo
viernes, 18 de septiembre de 2009
ALBA PLATA
(24-3-2003)
JUAN GARODRI
Ante la amplia información de las páginas de los periódicos y de las pantallas televisivas, ante el despliegue tipográfico de los suplementos especiales y de las conexiones vía satélite, ante los números extraordinarios y los programas especiales en torno a la crisis de Irak, parece algo así como traición informativa, apostasía o prevaricación, ponerse uno a hablar de algo distinto a la guerra.
Ante la repugnancia que me provoca esta guerra, casi no me reprimo y me veo morado para aguantar las arcadas que me revuelven las tripas, para soportar ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco. La náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo, español y libre.
Y, sin embargo no voy a hablar de la guerra. Porque el sábado, día quince, prometí a algún colega dedicar la próxima ‘Tribuna’ a Alba Plata.
Cuando recibí la invitación del Excelentísimo Señor Presidente de la Asamblea de Extremadura para asistir al viaje (Alba Plata: un camino para la creación), juro que los putrílagos de la petulancia iniciaron en mi interior un insospechado proceso de fermentación que convulsionó mis vanidades. No era para menos. La propia Asamblea me incluía en el canon de ‘artistas y escritores’ extremeños: esa era la razón por la que había sido invitado. Llamé a Machaco por teléfono: sus palabras me hicieron caer del guindo. A pesar de ser uno de los mejores artistas extremeños, Machaco posee el don del raciocinio de forma clarividente y humorística. No seas crédulo, me dijo, nadie va a reconocer tus cualidades, cada uno va demasiado pendiente de sí mismo como para preocuparse de los engreimientos ajenos. Si quieres, vamos juntos, le dije. De acuerdo, me dijo.
Junto al acueducto de los Milagros, en Mérida, aparqué al mismo tiempo que lo hacía Teresiano Rodríguez. Nos saludamos y nos prometimos alguna parrafada. La mañana era soleada y limpia. La vieja geometría del acueducto se recortaba contra el azul blanquecino del Este. Me dirigí a Santos Domínguez y recordamos otros encuentros en algún jurado literario. A juzgar por las tímidas y escasas actitudes saludadoras, la mayoría del personal apenas se conocía. Qué hacíamos allí aquella mezcolanza de rostros, de apariencias y de mentes (separado). ¿Qué opiniones sobre la creación y el arte cabalgarían las neuronas del gentío?
No puedo evitarlo: ante situaciones semejantes, me gusta agujerear la mente de los circunstantes y averiguar el pensamiento que la habita, averiguar los milímetros cuadrados de opinión que la alimenta. Porque, no hay duda: las mentes de artistas y escritores son las mentes dotadas de mayor cantidad de opinión por milímetro cuadrado que puede uno encontrarse.
Ay, amigo, si acudes a cualquier foro, apreciarás maravillado que existen tantas opiniones sobre la calidad del arte o de la literatura como asistentes al acto, y aún más, porque algunos (y algunas) emiten opiniones diferentes según hablen al principio o al final. Y así, los enchaquetados, e incluso encorbatados, afirmarán con contundencia que el realismo, la disciplina y la vuelta a los conocimientos de siempre constituyen la base imprescindible para desarrollar un proceso artístico de calidad. Los enjerseizados y entrencados, por el contrario, afirmarán con solvencia que la tecnología, los ordenadores y las conexiones a Internet definen los itinerarios artísticos actuales, y no otros. Los barbudos y encazadorados expondrán con displicencia que solamente el progreso y sus referentes bimilenarios pueden capacitar una posición artística de calidad dentro de un acuerdo marco docente y pluralista.
No sé, aunque los viajeros no excedíamos de cincuenta, me pareció que algunos ejemplares constituían grupos indefinidos, no bandas, por supuesto. El grupo tiene en común la similitud, la reunión voluntaria para iniciar la búsqueda de lo semejante. El grupo funciona como una reducida concordancia de actitudes en la que un integrante puede conseguir con relativa facilidad una imagen para salir del anonimato. No creo que yo lo consiguiera, salvo que se considere salir del anonimato las amables y breves palabras de despedida que me dirigió Elías Moro y las que me dirigió don Manuel Veiga al principio de la cena: ¿Eres Garodri? Me dijo, Sí, respondí, Leo tus artículos, dijo, Gracias, respondí. El ego se me infló como un globo a punto de estallar. En fin, el placer de formar parte del grupo proviene de la exigencia de adaptarse a unas reglas de pensamiento y de conducta. En este sentido, todos nos sentíamos dúctiles, con fácil capacidad de adaptación a la incesante labor de pastoreo de Pilar Mayoral que, más que una guía previsora y experta, fue para los viajeros una madre, según afirmó Castelo en los brindis, al final de la cena.
Como el viaje por el tramo cacereño de la Ruta de la Plata (la información de Prensa ya ha relatado los pormenores) era de creación, pues creé algo. Esto:
Ab Emerita Asturicam. La Ruta de la Plata.
A quince días de marzo del año dos mil tres.
En autobús, viajamos artistas y escritores,
que somos eso, dicen, para espantar el tedio
de nuestra Extremadura, tan amada y tan vieja.
Acompaño a Machaco, que pinta caracoles
y esculpe minotauros y toros y doncellas
perdidas en la inquieta rectitud de las líneas.
Yo escribo cuatro cosas en el HOY, los domingos,
y por eso me invitan al autobús que surca
la Ruta de la Plata como un velero cómodo
de la tecnología. Escritores y artistas,
dicen que somos eso, enfrentados al brillo
de la inmortalidad. Las piedras derruidas
de Alconétar y Cáparra nos ponen en el sitio
que ya nos corresponde: la ruina que alimenta
venas y petulancias de jardines de agosto.
Recuerdo, en consecuencia, sin heridas a nadie,
que el tiempo desconoce, con su conocimiento,
que escritores y artistas, eso dicen que somos,
poseeremos la noche y no seremos nada.
(24-3-2003)
JUAN GARODRI
Ante la amplia información de las páginas de los periódicos y de las pantallas televisivas, ante el despliegue tipográfico de los suplementos especiales y de las conexiones vía satélite, ante los números extraordinarios y los programas especiales en torno a la crisis de Irak, parece algo así como traición informativa, apostasía o prevaricación, ponerse uno a hablar de algo distinto a la guerra.
Ante la repugnancia que me provoca esta guerra, casi no me reprimo y me veo morado para aguantar las arcadas que me revuelven las tripas, para soportar ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco. La náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo, español y libre.
Y, sin embargo no voy a hablar de la guerra. Porque el sábado, día quince, prometí a algún colega dedicar la próxima ‘Tribuna’ a Alba Plata.
Cuando recibí la invitación del Excelentísimo Señor Presidente de la Asamblea de Extremadura para asistir al viaje (Alba Plata: un camino para la creación), juro que los putrílagos de la petulancia iniciaron en mi interior un insospechado proceso de fermentación que convulsionó mis vanidades. No era para menos. La propia Asamblea me incluía en el canon de ‘artistas y escritores’ extremeños: esa era la razón por la que había sido invitado. Llamé a Machaco por teléfono: sus palabras me hicieron caer del guindo. A pesar de ser uno de los mejores artistas extremeños, Machaco posee el don del raciocinio de forma clarividente y humorística. No seas crédulo, me dijo, nadie va a reconocer tus cualidades, cada uno va demasiado pendiente de sí mismo como para preocuparse de los engreimientos ajenos. Si quieres, vamos juntos, le dije. De acuerdo, me dijo.
Junto al acueducto de los Milagros, en Mérida, aparqué al mismo tiempo que lo hacía Teresiano Rodríguez. Nos saludamos y nos prometimos alguna parrafada. La mañana era soleada y limpia. La vieja geometría del acueducto se recortaba contra el azul blanquecino del Este. Me dirigí a Santos Domínguez y recordamos otros encuentros en algún jurado literario. A juzgar por las tímidas y escasas actitudes saludadoras, la mayoría del personal apenas se conocía. Qué hacíamos allí aquella mezcolanza de rostros, de apariencias y de mentes (separado). ¿Qué opiniones sobre la creación y el arte cabalgarían las neuronas del gentío?
No puedo evitarlo: ante situaciones semejantes, me gusta agujerear la mente de los circunstantes y averiguar el pensamiento que la habita, averiguar los milímetros cuadrados de opinión que la alimenta. Porque, no hay duda: las mentes de artistas y escritores son las mentes dotadas de mayor cantidad de opinión por milímetro cuadrado que puede uno encontrarse.
Ay, amigo, si acudes a cualquier foro, apreciarás maravillado que existen tantas opiniones sobre la calidad del arte o de la literatura como asistentes al acto, y aún más, porque algunos (y algunas) emiten opiniones diferentes según hablen al principio o al final. Y así, los enchaquetados, e incluso encorbatados, afirmarán con contundencia que el realismo, la disciplina y la vuelta a los conocimientos de siempre constituyen la base imprescindible para desarrollar un proceso artístico de calidad. Los enjerseizados y entrencados, por el contrario, afirmarán con solvencia que la tecnología, los ordenadores y las conexiones a Internet definen los itinerarios artísticos actuales, y no otros. Los barbudos y encazadorados expondrán con displicencia que solamente el progreso y sus referentes bimilenarios pueden capacitar una posición artística de calidad dentro de un acuerdo marco docente y pluralista.
No sé, aunque los viajeros no excedíamos de cincuenta, me pareció que algunos ejemplares constituían grupos indefinidos, no bandas, por supuesto. El grupo tiene en común la similitud, la reunión voluntaria para iniciar la búsqueda de lo semejante. El grupo funciona como una reducida concordancia de actitudes en la que un integrante puede conseguir con relativa facilidad una imagen para salir del anonimato. No creo que yo lo consiguiera, salvo que se considere salir del anonimato las amables y breves palabras de despedida que me dirigió Elías Moro y las que me dirigió don Manuel Veiga al principio de la cena: ¿Eres Garodri? Me dijo, Sí, respondí, Leo tus artículos, dijo, Gracias, respondí. El ego se me infló como un globo a punto de estallar. En fin, el placer de formar parte del grupo proviene de la exigencia de adaptarse a unas reglas de pensamiento y de conducta. En este sentido, todos nos sentíamos dúctiles, con fácil capacidad de adaptación a la incesante labor de pastoreo de Pilar Mayoral que, más que una guía previsora y experta, fue para los viajeros una madre, según afirmó Castelo en los brindis, al final de la cena.
Como el viaje por el tramo cacereño de la Ruta de la Plata (la información de Prensa ya ha relatado los pormenores) era de creación, pues creé algo. Esto:
Ab Emerita Asturicam. La Ruta de la Plata.
A quince días de marzo del año dos mil tres.
En autobús, viajamos artistas y escritores,
que somos eso, dicen, para espantar el tedio
de nuestra Extremadura, tan amada y tan vieja.
Acompaño a Machaco, que pinta caracoles
y esculpe minotauros y toros y doncellas
perdidas en la inquieta rectitud de las líneas.
Yo escribo cuatro cosas en el HOY, los domingos,
y por eso me invitan al autobús que surca
la Ruta de la Plata como un velero cómodo
de la tecnología. Escritores y artistas,
dicen que somos eso, enfrentados al brillo
de la inmortalidad. Las piedras derruidas
de Alconétar y Cáparra nos ponen en el sitio
que ya nos corresponde: la ruina que alimenta
venas y petulancias de jardines de agosto.
Recuerdo, en consecuencia, sin heridas a nadie,
que el tiempo desconoce, con su conocimiento,
que escritores y artistas, eso dicen que somos,
poseeremos la noche y no seremos nada.
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año 2003 - 03 marzo
LA POMADA
(16-3-2003)
JUAN GARODRI
La mixtura de sustancias grasas y otros ingredientes que constituyen la pomada, unta. Por eso se dice “estar en la pomada”. Quien está en la pomada tiene los dedos de la mano grasientos y lustrosos. Y, evidentemente, quien no está en la pomada no se unta. La práctica del unte viene de largo. El personal tiene que estar en la pomada si quiere sobrevivir o, lo que es lo mismo, cada uno se aplica la pomada que le interesa para proteger sus heridas.
Las peores heridas son las causadas por el hombre. El hombre contra el hombre. La frase me recuerda algo que leí de Hobbes en aquellos tiempos en que uno se agarraba a la tabla filosófica como un náufrago de la existencia. Así que tiro de Leviathan y repaso algunas de sus ¿duras? aserciones, fundadas en un concepto antropológico dominado por el materialismo. Fuerzas y estímulos sensibles, reacciones de los sentidos. Eso somos, prisioneros del mecanismo de los sentidos, como los animales... De ahí la pomada de la guerra. Desconozco el daño personal que hería a Hobbes para mostrarse tan resentido contra todo lo que se movía. Quizá su trato constante con la nobleza inglesa, en plan servidor que acepta las impertinencias del señor (tuvo que ganarse la vida como preceptor doméstico de familias nobles), le configuró una costra de mala uva intelectual que lo impulsó a tirar con bala a la res cogitans de Descartes, y a elaborar su teoría del cuerpo, del hombre y del Estado.
Tremendo. Lo releo y me parece tremendo. De una actualidad tremenda. La interpretación teórica de lo que llamamos Estado se funda en una recta razón que no trata más que de las rectas consecuencias en orden al egoísmo individual. Se trata del Estado primitivo natural en el que la naturaleza ha dado a cada uno derecho a todo pero, claro, la apetencia de muchos hacia lo mismo origina que cada uno se enfrente a los demás. Es, de hecho, la guerra de todos contra todos. Las obligaciones para con los demás no son más que probidades para la conservación de la propia vida. Egoísmo, en definitiva. En estas condiciones, el hecho de sobrevivir se convierte en algo realmente dificultoso. Así que hay que llegar a un acuerdo. Y, efectivamente, la ciudadanía acuerda ceder los derechos naturales personales y se llega al acuerdo libre de crear un orden, un derecho, una costumbre y una moralidad. Eso es el Estado como contrato social. En este sentido, el Estado es soberano absoluto con respecto a todos sus subordinados.
La pomada actual del ambiente bélico, o prebélico, o decididamente bélico, ya sin remedio, de la guerra contra Irak, parece elaborada en la refinería antropológica de Hobbes. No me resisto a tomar una cita de Johannes Hirschberger que, al respecto, dice: «En la sección segunda del escrito Sobre el dicho corriente: Esto puede ser justo en teoría, pero no vale para la práctica, Kant rebate expresamente a Hobbes. Si bien Kant entiende allí una soberanía estatal sin límites, reprueba la afirmación de Hobbes de que la autoridad suprema, el Estado, no ha quedado obligado ante el pueblo en virtud del contrato primero, y por ello no hace injuria al ciudadano cuando dispone de él a su talante. El ciudadano sumiso debe, al menos, poder suponer que su señor no le quiere hacer injusticia».
Tiene miga la cita. Y parece, dos siglos después, que los mandamases internacionales la están poniendo en práctica. Hay que estar en la pomada. Bien untados. Estados Unidos, el vigilante de la playa mundial, el Estado supremo, no le toca los cojones a ningún otro Estado cuando dispone de él a su talante para meterlo en lo de la guerra. Es la teoría de Hobbes. A Bush le importa, a lo que parece, un pito que la política internacional esté o no de acuerdo con la suya. Bush tomará la decisión de enviar las tropas norteamericanas a Irak, pese a la oposición de Naciones Unidas y, sin embargo, Sadam Husein es condenado porque no cumple estrictamente con las órdenes de desarme dadas por Naciones Unidas. Unos sí y otros no. Desde el 8 de septiembre de 2002, en que Estados Unidos comenzó el despliegue bélico en el Golfo Pérsico, hasta el pasado 10 de marzo de 2003 (no sé qué habrá ocurrido cuando se publiquen estas líneas), unos 240.000 soldados están listos para la acción, los han metido en la pomada bélica. A ver quién es el guapo que consigue la retirada de los ejércitos. Por mucha oposición que muestre Francia, Rusia o Alemania; por muchas manifestaciones que desplieguen banderas contestatarias en todo el mundo, por muchas pegatinas de “No a la guerra” que luzca el personal, a ver quién es el guapo que hace retroceder a Bush. Si, después de tanto barullo, se retirase, el ridículo a nivel mundial sería gigantesco. El unte de la pomada es ya tan denso y persistente que no puede ser limpiado. Es imposible una imaginable retirada norteamericana, aunque Juan Pablo II diga que los promotores de la guerra han constituido un “eje del mal” y que se han dejado tentar por la mano siniestra de Satanás. Ahí está el grueso de la pomada. Siempre el mal ha sido cosa de Satanás, nos han hecho creer: la historia del mundo está (con)movida por la pomada de Satanás puesto que la guerra ha movido al mundo, lo ha transformado y lo ha constituido en lo que ahora es. Egoísmo, rencor y odio.
¡Ostras, Pedrín! No creo que Francia se oponga a la pomada bélica solamente porque quiere la paz: Francia quiere preservar, ante todo, “sus intereses nacionales”; resulta que si EE UU se hace con el petróleo iraquí, se van a hacer gárgaras los contratos petroleros firmados con Irak por la empresa pública Elf , así que Francia pide más tiempo porque sabe que durante el verano no habrá guerra, con 50 grados en el desierto. No creo que Aznar quiera la pomada bélica solamente para eliminar el peligro destructivo de las armas de Sadam; algunos “intereses nacionales” escondidos habrá pactado con Bush a cambio. No creo que Zapatero se oponga a la pomada bélica solamente porque la ciudadanía así parece quererlo; el interés político y los votos (a río revuelto, etc.) lo empujan a lanzar veladas amenazas contra el Gobierno.
Que no nos engañe ni nos embadurne, ingenuamente, la pomada del partidismo: en esta maldita, podrida y próxima guerra nadie es inocente. Parecía soñarlo Hobbes.
(16-3-2003)
JUAN GARODRI
La mixtura de sustancias grasas y otros ingredientes que constituyen la pomada, unta. Por eso se dice “estar en la pomada”. Quien está en la pomada tiene los dedos de la mano grasientos y lustrosos. Y, evidentemente, quien no está en la pomada no se unta. La práctica del unte viene de largo. El personal tiene que estar en la pomada si quiere sobrevivir o, lo que es lo mismo, cada uno se aplica la pomada que le interesa para proteger sus heridas.
Las peores heridas son las causadas por el hombre. El hombre contra el hombre. La frase me recuerda algo que leí de Hobbes en aquellos tiempos en que uno se agarraba a la tabla filosófica como un náufrago de la existencia. Así que tiro de Leviathan y repaso algunas de sus ¿duras? aserciones, fundadas en un concepto antropológico dominado por el materialismo. Fuerzas y estímulos sensibles, reacciones de los sentidos. Eso somos, prisioneros del mecanismo de los sentidos, como los animales... De ahí la pomada de la guerra. Desconozco el daño personal que hería a Hobbes para mostrarse tan resentido contra todo lo que se movía. Quizá su trato constante con la nobleza inglesa, en plan servidor que acepta las impertinencias del señor (tuvo que ganarse la vida como preceptor doméstico de familias nobles), le configuró una costra de mala uva intelectual que lo impulsó a tirar con bala a la res cogitans de Descartes, y a elaborar su teoría del cuerpo, del hombre y del Estado.
Tremendo. Lo releo y me parece tremendo. De una actualidad tremenda. La interpretación teórica de lo que llamamos Estado se funda en una recta razón que no trata más que de las rectas consecuencias en orden al egoísmo individual. Se trata del Estado primitivo natural en el que la naturaleza ha dado a cada uno derecho a todo pero, claro, la apetencia de muchos hacia lo mismo origina que cada uno se enfrente a los demás. Es, de hecho, la guerra de todos contra todos. Las obligaciones para con los demás no son más que probidades para la conservación de la propia vida. Egoísmo, en definitiva. En estas condiciones, el hecho de sobrevivir se convierte en algo realmente dificultoso. Así que hay que llegar a un acuerdo. Y, efectivamente, la ciudadanía acuerda ceder los derechos naturales personales y se llega al acuerdo libre de crear un orden, un derecho, una costumbre y una moralidad. Eso es el Estado como contrato social. En este sentido, el Estado es soberano absoluto con respecto a todos sus subordinados.
La pomada actual del ambiente bélico, o prebélico, o decididamente bélico, ya sin remedio, de la guerra contra Irak, parece elaborada en la refinería antropológica de Hobbes. No me resisto a tomar una cita de Johannes Hirschberger que, al respecto, dice: «En la sección segunda del escrito Sobre el dicho corriente: Esto puede ser justo en teoría, pero no vale para la práctica, Kant rebate expresamente a Hobbes. Si bien Kant entiende allí una soberanía estatal sin límites, reprueba la afirmación de Hobbes de que la autoridad suprema, el Estado, no ha quedado obligado ante el pueblo en virtud del contrato primero, y por ello no hace injuria al ciudadano cuando dispone de él a su talante. El ciudadano sumiso debe, al menos, poder suponer que su señor no le quiere hacer injusticia».
Tiene miga la cita. Y parece, dos siglos después, que los mandamases internacionales la están poniendo en práctica. Hay que estar en la pomada. Bien untados. Estados Unidos, el vigilante de la playa mundial, el Estado supremo, no le toca los cojones a ningún otro Estado cuando dispone de él a su talante para meterlo en lo de la guerra. Es la teoría de Hobbes. A Bush le importa, a lo que parece, un pito que la política internacional esté o no de acuerdo con la suya. Bush tomará la decisión de enviar las tropas norteamericanas a Irak, pese a la oposición de Naciones Unidas y, sin embargo, Sadam Husein es condenado porque no cumple estrictamente con las órdenes de desarme dadas por Naciones Unidas. Unos sí y otros no. Desde el 8 de septiembre de 2002, en que Estados Unidos comenzó el despliegue bélico en el Golfo Pérsico, hasta el pasado 10 de marzo de 2003 (no sé qué habrá ocurrido cuando se publiquen estas líneas), unos 240.000 soldados están listos para la acción, los han metido en la pomada bélica. A ver quién es el guapo que consigue la retirada de los ejércitos. Por mucha oposición que muestre Francia, Rusia o Alemania; por muchas manifestaciones que desplieguen banderas contestatarias en todo el mundo, por muchas pegatinas de “No a la guerra” que luzca el personal, a ver quién es el guapo que hace retroceder a Bush. Si, después de tanto barullo, se retirase, el ridículo a nivel mundial sería gigantesco. El unte de la pomada es ya tan denso y persistente que no puede ser limpiado. Es imposible una imaginable retirada norteamericana, aunque Juan Pablo II diga que los promotores de la guerra han constituido un “eje del mal” y que se han dejado tentar por la mano siniestra de Satanás. Ahí está el grueso de la pomada. Siempre el mal ha sido cosa de Satanás, nos han hecho creer: la historia del mundo está (con)movida por la pomada de Satanás puesto que la guerra ha movido al mundo, lo ha transformado y lo ha constituido en lo que ahora es. Egoísmo, rencor y odio.
¡Ostras, Pedrín! No creo que Francia se oponga a la pomada bélica solamente porque quiere la paz: Francia quiere preservar, ante todo, “sus intereses nacionales”; resulta que si EE UU se hace con el petróleo iraquí, se van a hacer gárgaras los contratos petroleros firmados con Irak por la empresa pública Elf , así que Francia pide más tiempo porque sabe que durante el verano no habrá guerra, con 50 grados en el desierto. No creo que Aznar quiera la pomada bélica solamente para eliminar el peligro destructivo de las armas de Sadam; algunos “intereses nacionales” escondidos habrá pactado con Bush a cambio. No creo que Zapatero se oponga a la pomada bélica solamente porque la ciudadanía así parece quererlo; el interés político y los votos (a río revuelto, etc.) lo empujan a lanzar veladas amenazas contra el Gobierno.
Que no nos engañe ni nos embadurne, ingenuamente, la pomada del partidismo: en esta maldita, podrida y próxima guerra nadie es inocente. Parecía soñarlo Hobbes.
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año 2003 - 03 marzo
TELEVISIÓN
(9-3-2003)
JUAN GARODRI
Es un tema tan manido, sobado, criticado y denostado que, la verdad, me produce cierto repeluzno mental tratar el tema de la televisión que padecemos. De acuerdo, la generalización casi siempre resulta inexacta y admito que no todo lo televisivo es denigrante, pero hay que reconocer que abundan los programas de exaltación de la mediocridad, por no decir de la banalidad, por no decir de la ordinariez, por no decir de la patochada.
En este sentido, se habla y se escribe sobre los límites de la televisión. ¿O no tiene límites? Pues parece que no los tiene, a juzgar por lo que uno ve. Desde aquellos tiempos protohistóricos, televisivamente hablando, en los que Alfredo Amestoy se cargó el documental añadiéndole discretas dosis de ficción (creo recordar que se trataba de la familia Botejara) hasta los «docu-shows» actuales, los límites de la dignidad humana, artística y estética han saltado hechos añicos. El ‘caso de la autopsia’, por ejemplo, emitido en el Reino Unido por Channel 4, ha destrozado el límite que separa la dignidad de lo indigno (a pesar de que sus defensores aseguran que en la serie “C.S.I.” puede verse más sangre y más tripas).
En España, los gustos de los telespectadores han variado sustancialmente desde 1999, cuando se inició el «reality» de Gran Hermano, esa parida espeluznante magnificada durante tres meses de catre y pedorreo, mezcolanza epidérmicamente grosera e inurbana de la animalidad y las hormonas. Pienso que este tipo de programas, y los retransmitidos al filo de la medianoche con la transgresión como buque insignia, perjudican seriamente la salud mental de los televidentes hasta el punto de que la constante visión del programa televisivo les inocula una probable idiocia permanente cuyos síntomas se manifiestan principalmente en un deseo disparatado de llegar a famosos, muy famosos, y de ganar dinero, mucho dinero, sin dar un miserable palo al agua, que se dice. Consideran modelos dignos de imitación a una serie de famosillos, famosetes, famosuchos, que aparecen desparramados en los sillones, los pelos amarillos, encrespados e hirsutos, dando muestras de un comportamiento zafio, pelín grosero. No les preocupa, en absoluto, contar entre risas y chulerías el protagonismo que adoptan en anécdotas estúpidas, por ejemplo, mear desvergonzadamente en cualquier esquina o en medio de la calle, y si una señora, la pobre, les afea su conducta y los llama guarros, tal como suelen hacer las señoras en esos casos de incontinencia pública, ellos responden, con el poderío de voz característico del tarugueo mental, que más guarra es ella por mirarles el pindongo.
Lo malo de toda esta mierda consiste en que los dueños o directores o lo que sean de las cadenas televisivas no se preocupan de la idiotez que esparcen porque, en primer lugar, el detrimento de la salud mental de la ciudadanía no se considera perjudicial, sino quizá beneficioso, para la consecución de fama y dinero y, en segundo lugar, los presuntos damnificados pulsan el botón para encender el televisor de forma voluntaria y absolutamente libre. Pero la responsabilidad no es sólo de los programadores: el espectador consume basura, le gusta, y el programador se la proporciona. El espectador necesita adrenalina para superar la mierda del mundo, dicen.
Otro aspecto del supuesto derecho a la transgresión es la violencia. Los idiotipos preconizados por la teletontuna imperante, esos culimajos de la violencia perfectamente diseñados por guionistas esquizofrénicos, reparten tiros y patadas sin cesar hasta que logran colocar en el gentío la perversión de los sentimientos. La impunidad con que las distintas cadenas emiten en la franja de protección al menor secuencias con homicidios, secuestros, actos de vandalismo, agresiones sexuales, golpes y otras formas de violencia, demuestra que el hecho transgresor va transformándose en un derecho acomodado en la permisividad.
Y qué decir del gusto de la ciudadanía por observar la vejación y las humillaciones a que se someten algunos concursantes. «El rival más débil» es un programa ingenuo (la humillación es solamente verbal) si se compara con determinados programas ingleses o americanos en los que se llega incluso a la humillación física.
En fin, la teletontuna, la telebasura, la telemierda, la tele que todos tenemos en casa, bien colocada en peana de honor, es así porque así la queremos. Los programadores se limitan a aprovechar el tirón publicitario (la pasta es la pasta) y a echar carnaza porque el personal prefiere la basura a la higiene. A este respecto, Gustavo Bueno afirma que «cada pueblo tiene la televisión que se merece».
(9-3-2003)
JUAN GARODRI
Es un tema tan manido, sobado, criticado y denostado que, la verdad, me produce cierto repeluzno mental tratar el tema de la televisión que padecemos. De acuerdo, la generalización casi siempre resulta inexacta y admito que no todo lo televisivo es denigrante, pero hay que reconocer que abundan los programas de exaltación de la mediocridad, por no decir de la banalidad, por no decir de la ordinariez, por no decir de la patochada.
En este sentido, se habla y se escribe sobre los límites de la televisión. ¿O no tiene límites? Pues parece que no los tiene, a juzgar por lo que uno ve. Desde aquellos tiempos protohistóricos, televisivamente hablando, en los que Alfredo Amestoy se cargó el documental añadiéndole discretas dosis de ficción (creo recordar que se trataba de la familia Botejara) hasta los «docu-shows» actuales, los límites de la dignidad humana, artística y estética han saltado hechos añicos. El ‘caso de la autopsia’, por ejemplo, emitido en el Reino Unido por Channel 4, ha destrozado el límite que separa la dignidad de lo indigno (a pesar de que sus defensores aseguran que en la serie “C.S.I.” puede verse más sangre y más tripas).
En España, los gustos de los telespectadores han variado sustancialmente desde 1999, cuando se inició el «reality» de Gran Hermano, esa parida espeluznante magnificada durante tres meses de catre y pedorreo, mezcolanza epidérmicamente grosera e inurbana de la animalidad y las hormonas. Pienso que este tipo de programas, y los retransmitidos al filo de la medianoche con la transgresión como buque insignia, perjudican seriamente la salud mental de los televidentes hasta el punto de que la constante visión del programa televisivo les inocula una probable idiocia permanente cuyos síntomas se manifiestan principalmente en un deseo disparatado de llegar a famosos, muy famosos, y de ganar dinero, mucho dinero, sin dar un miserable palo al agua, que se dice. Consideran modelos dignos de imitación a una serie de famosillos, famosetes, famosuchos, que aparecen desparramados en los sillones, los pelos amarillos, encrespados e hirsutos, dando muestras de un comportamiento zafio, pelín grosero. No les preocupa, en absoluto, contar entre risas y chulerías el protagonismo que adoptan en anécdotas estúpidas, por ejemplo, mear desvergonzadamente en cualquier esquina o en medio de la calle, y si una señora, la pobre, les afea su conducta y los llama guarros, tal como suelen hacer las señoras en esos casos de incontinencia pública, ellos responden, con el poderío de voz característico del tarugueo mental, que más guarra es ella por mirarles el pindongo.
Lo malo de toda esta mierda consiste en que los dueños o directores o lo que sean de las cadenas televisivas no se preocupan de la idiotez que esparcen porque, en primer lugar, el detrimento de la salud mental de la ciudadanía no se considera perjudicial, sino quizá beneficioso, para la consecución de fama y dinero y, en segundo lugar, los presuntos damnificados pulsan el botón para encender el televisor de forma voluntaria y absolutamente libre. Pero la responsabilidad no es sólo de los programadores: el espectador consume basura, le gusta, y el programador se la proporciona. El espectador necesita adrenalina para superar la mierda del mundo, dicen.
Otro aspecto del supuesto derecho a la transgresión es la violencia. Los idiotipos preconizados por la teletontuna imperante, esos culimajos de la violencia perfectamente diseñados por guionistas esquizofrénicos, reparten tiros y patadas sin cesar hasta que logran colocar en el gentío la perversión de los sentimientos. La impunidad con que las distintas cadenas emiten en la franja de protección al menor secuencias con homicidios, secuestros, actos de vandalismo, agresiones sexuales, golpes y otras formas de violencia, demuestra que el hecho transgresor va transformándose en un derecho acomodado en la permisividad.
Y qué decir del gusto de la ciudadanía por observar la vejación y las humillaciones a que se someten algunos concursantes. «El rival más débil» es un programa ingenuo (la humillación es solamente verbal) si se compara con determinados programas ingleses o americanos en los que se llega incluso a la humillación física.
En fin, la teletontuna, la telebasura, la telemierda, la tele que todos tenemos en casa, bien colocada en peana de honor, es así porque así la queremos. Los programadores se limitan a aprovechar el tirón publicitario (la pasta es la pasta) y a echar carnaza porque el personal prefiere la basura a la higiene. A este respecto, Gustavo Bueno afirma que «cada pueblo tiene la televisión que se merece».
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año 2003 - 03 marzo
DEL OLVIDO Y LA MEMORIA
(2-3-2003)
JUAN GARODRI
Fragilidad de memoria. Y no lo digo por los Estados Unidos, que impulsaron hace una década el desarrollo de Irak a base de proporcionarle armas químicas, biológicas o nucleares. Y ahora no lo recuerdan ‘con exactitud’, o lo olvidan.
Lo digo por nosotros, que mira que somos frágiles de memoria, le dije al conocido de toda la vida, a pesar de que no sufrimos la Logse en nuestros años de estudios. Cómo es eso, me dijo, Qué, le dije, Lo de la fragilidad de la memoria y la Logse, me dijo, Porque una de las principales corrientes conductistas aplicadas a la Logse, le dije, propugna que lo importante en la educación es el desarrollo de capacidades y actitudes, y que la memoria, en tanto en cuanto ayuda a la adquisición de contenidos conceptuales, tiene que ser desatendida porque el aprendizaje de los conceptos —aprendizaje memorístico de conceptos, dicen— vale para poco a futuros ciudadanos responsables, europeos y libres. No es de extrañar que los adolescentes actuales pasen del tratamiento y cultivo de la memoria como pasan del pescado hervido y del rayado de zanahorias. Nosotros, por el contrario, no. Nosotros, en aquellos tiempos, soportamos una enseñanza memorística full time que quizá desarrolló nuestra previsión léxica pero que recortó nuestra capacidad de interpretación del entorno. Y así, nos sabíamos de memoria el Cum subit illius de Ovidio y fragmentos de la Epistola ad Pisonnes de Horacio, la lista de pretéritos y supinos irregulares latinos que no tenían nada que envidiar a la de los irregulares ingleses, y series de poemas de autores clásicos con los que nos ejemplificaban el aprendizaje de las estrofas de la métrica castellana. De memoria las valencias químicas y las fórmulas matemáticas, y nada de calculadoras y otras máquinas: todo el cálculo a base de papel y lápiz, que así calculaba uno como un lince (si es que los linces calculan, que no creo).
Pues bien, a pesar de todo nuestro desarrollo memorístico, somos frágiles de memoria. Y digo lo de la fragilidad porque, parece mentira, hemos olvidado que nosotros también fuimos adolescentes. Todos hablamos mal de la juventud, gandules, egoístas, obsesivos, comodones, pichuleros, lo del botellón y todo eso. Existe una lucha solapada, oculta y recóndita contra las actitudes y comportamientos de los jóvenes. No se tolera de buen grado que, por ejemplo, les guste ‘su’ música. Para ellos, los músicos, es decir, la gente de su edad que se dedica a la música, son los artistas más expresivos y alucinantes que hay. No se acepta que la naturalidad sea su bandera. Un sencillo top blanco cortado a la cintura y con costuras vistas como único adorno, se considera falta de pudor porque deja al aire la integridad del vientre. No entendemos que adoren a mujeres como Liv Tyler (la Arwen de El señor de los anillos) y les importe un pito la añeja biografía de Ana Belén o la tersura interpretativa de Aitana Sánchez Gijón. Prefieren la anatomía de la voz que surge de la garganta de Toni Braxton (la de los seis premios Grammy), a la tediosa musicalidad marchita de la vocalización de Marta Sánchez. Prefieren el maquillaje de Jennifer López a la técnica de Almodóvar. Las chicas aparecen como diosas juveniles, los rizos definidos y sueltos, controlados y dulces. Aparecen como deidades corpóreas, esa melena viva y destellante que se alarga al viento cosificando la belleza. Aparecen con el aire andrógino de una galaxia incierta cuando muestran un corte de cabello desenfadado y provocante. Aparecen con sus bolsos de estudiada bandolera como si en su interior guardasen todo el misterio del mundo. Aparecen resueltas y ágiles, decididas a defender su espacio vital, a luchar para que la rutina no perfore su vida. Los muchachos nos muestran el fulgor de la vida, la vida dominada en un impulso, en una voz, en una respuesta, en un bostezo. Los muchachos nos miran con una sabiduría personal, de personas adultas, una sabiduría que procede al revés, de abajo arriba, una sabiduría en la que los pocos años dominan a los muchos: es la sabiduría de un silencio impuesto, quizá, por el hastío que les produce nuestro modo de vida acomodado, perezoso y repleto. Los muchachos menosprecian nuestro resentimiento, nuestro chándal dominguero, nuestra suficiencia, nuestra rutina vital y nuestras discusiones políticas.
Vuelvo al principio y a la fragilidad de la memoria. Nosotros también fuimos adolescentes. Reprimidos, tal vez, pero adolescentes. ¿Qué hubiéramos hecho de tener televisión, ordenador, móvil, CD video writer, permiso casi siempre no consensuado, pero permiso, para regresar a casa de madrugada? No, queridos padres, no salgo de correría nocturna porque quiero ser el día de mañana una persona de provecho: ni el repelente niño Vicente hubiera adoptado tal actitud mefítica. Así que, influidos (nosotros) por la imbecilidad comunicativa de algunos medios de adoctrinamiento de masassss, hemos llegado a creer que los jóvenes son tal como nos los presentan en determinadas e interesadas series televisivas. Somos tan beocios, los adultos, que simplemente, con la simpleza del simple, atribuimos a los jóvenes la negatividad de unas cualidades que son eso, negativas, por el hecho de no ser las que a nosotros nos adornan, juá, juá. Botellón, piercing, transgresión, gamberreo, móvil y ‘ciber’. Esa es su vida. ¿Y la nuestra? Cuando nosotros dejemos, arrepentidos y perplejos, los vinos y el chateo, la cerveza y las tapas, tan ricas, las cenas fin de semana (ellos, mientras tanto, solos), los whiskyes alternativos en el pub de copas hasta las tantas, el consumismo indiscriminado, las deslumbrantes películas DVD, el podio de la música, las mejores cintas porno, el perfume de la sensualidad acristalada, las gafas con montura de titanio y las pollas en vinagre, cuando nosotros dejemos todo eso, sólo entonces podremos ponernos de uñas con los jóvenes y criticar e incluso reprender sus actitudes.
Mientras tanto, la tijera es el mejor artilugio que podemos llevar en el bolsillo de la chaqueta. Para cuando la memoria se nos vuelva frágil y echemos la lengua a paseo.
(2-3-2003)
JUAN GARODRI
Fragilidad de memoria. Y no lo digo por los Estados Unidos, que impulsaron hace una década el desarrollo de Irak a base de proporcionarle armas químicas, biológicas o nucleares. Y ahora no lo recuerdan ‘con exactitud’, o lo olvidan.
Lo digo por nosotros, que mira que somos frágiles de memoria, le dije al conocido de toda la vida, a pesar de que no sufrimos la Logse en nuestros años de estudios. Cómo es eso, me dijo, Qué, le dije, Lo de la fragilidad de la memoria y la Logse, me dijo, Porque una de las principales corrientes conductistas aplicadas a la Logse, le dije, propugna que lo importante en la educación es el desarrollo de capacidades y actitudes, y que la memoria, en tanto en cuanto ayuda a la adquisición de contenidos conceptuales, tiene que ser desatendida porque el aprendizaje de los conceptos —aprendizaje memorístico de conceptos, dicen— vale para poco a futuros ciudadanos responsables, europeos y libres. No es de extrañar que los adolescentes actuales pasen del tratamiento y cultivo de la memoria como pasan del pescado hervido y del rayado de zanahorias. Nosotros, por el contrario, no. Nosotros, en aquellos tiempos, soportamos una enseñanza memorística full time que quizá desarrolló nuestra previsión léxica pero que recortó nuestra capacidad de interpretación del entorno. Y así, nos sabíamos de memoria el Cum subit illius de Ovidio y fragmentos de la Epistola ad Pisonnes de Horacio, la lista de pretéritos y supinos irregulares latinos que no tenían nada que envidiar a la de los irregulares ingleses, y series de poemas de autores clásicos con los que nos ejemplificaban el aprendizaje de las estrofas de la métrica castellana. De memoria las valencias químicas y las fórmulas matemáticas, y nada de calculadoras y otras máquinas: todo el cálculo a base de papel y lápiz, que así calculaba uno como un lince (si es que los linces calculan, que no creo).
Pues bien, a pesar de todo nuestro desarrollo memorístico, somos frágiles de memoria. Y digo lo de la fragilidad porque, parece mentira, hemos olvidado que nosotros también fuimos adolescentes. Todos hablamos mal de la juventud, gandules, egoístas, obsesivos, comodones, pichuleros, lo del botellón y todo eso. Existe una lucha solapada, oculta y recóndita contra las actitudes y comportamientos de los jóvenes. No se tolera de buen grado que, por ejemplo, les guste ‘su’ música. Para ellos, los músicos, es decir, la gente de su edad que se dedica a la música, son los artistas más expresivos y alucinantes que hay. No se acepta que la naturalidad sea su bandera. Un sencillo top blanco cortado a la cintura y con costuras vistas como único adorno, se considera falta de pudor porque deja al aire la integridad del vientre. No entendemos que adoren a mujeres como Liv Tyler (la Arwen de El señor de los anillos) y les importe un pito la añeja biografía de Ana Belén o la tersura interpretativa de Aitana Sánchez Gijón. Prefieren la anatomía de la voz que surge de la garganta de Toni Braxton (la de los seis premios Grammy), a la tediosa musicalidad marchita de la vocalización de Marta Sánchez. Prefieren el maquillaje de Jennifer López a la técnica de Almodóvar. Las chicas aparecen como diosas juveniles, los rizos definidos y sueltos, controlados y dulces. Aparecen como deidades corpóreas, esa melena viva y destellante que se alarga al viento cosificando la belleza. Aparecen con el aire andrógino de una galaxia incierta cuando muestran un corte de cabello desenfadado y provocante. Aparecen con sus bolsos de estudiada bandolera como si en su interior guardasen todo el misterio del mundo. Aparecen resueltas y ágiles, decididas a defender su espacio vital, a luchar para que la rutina no perfore su vida. Los muchachos nos muestran el fulgor de la vida, la vida dominada en un impulso, en una voz, en una respuesta, en un bostezo. Los muchachos nos miran con una sabiduría personal, de personas adultas, una sabiduría que procede al revés, de abajo arriba, una sabiduría en la que los pocos años dominan a los muchos: es la sabiduría de un silencio impuesto, quizá, por el hastío que les produce nuestro modo de vida acomodado, perezoso y repleto. Los muchachos menosprecian nuestro resentimiento, nuestro chándal dominguero, nuestra suficiencia, nuestra rutina vital y nuestras discusiones políticas.
Vuelvo al principio y a la fragilidad de la memoria. Nosotros también fuimos adolescentes. Reprimidos, tal vez, pero adolescentes. ¿Qué hubiéramos hecho de tener televisión, ordenador, móvil, CD video writer, permiso casi siempre no consensuado, pero permiso, para regresar a casa de madrugada? No, queridos padres, no salgo de correría nocturna porque quiero ser el día de mañana una persona de provecho: ni el repelente niño Vicente hubiera adoptado tal actitud mefítica. Así que, influidos (nosotros) por la imbecilidad comunicativa de algunos medios de adoctrinamiento de masassss, hemos llegado a creer que los jóvenes son tal como nos los presentan en determinadas e interesadas series televisivas. Somos tan beocios, los adultos, que simplemente, con la simpleza del simple, atribuimos a los jóvenes la negatividad de unas cualidades que son eso, negativas, por el hecho de no ser las que a nosotros nos adornan, juá, juá. Botellón, piercing, transgresión, gamberreo, móvil y ‘ciber’. Esa es su vida. ¿Y la nuestra? Cuando nosotros dejemos, arrepentidos y perplejos, los vinos y el chateo, la cerveza y las tapas, tan ricas, las cenas fin de semana (ellos, mientras tanto, solos), los whiskyes alternativos en el pub de copas hasta las tantas, el consumismo indiscriminado, las deslumbrantes películas DVD, el podio de la música, las mejores cintas porno, el perfume de la sensualidad acristalada, las gafas con montura de titanio y las pollas en vinagre, cuando nosotros dejemos todo eso, sólo entonces podremos ponernos de uñas con los jóvenes y criticar e incluso reprender sus actitudes.
Mientras tanto, la tijera es el mejor artilugio que podemos llevar en el bolsillo de la chaqueta. Para cuando la memoria se nos vuelva frágil y echemos la lengua a paseo.
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año 2003 - 03 marzo
ES LA GUERRA
(23-2-2003)
JUAN GARODRI
No hay como vivir en un pueblo. Además del saludable olor a ozono de estos amaneceres lluviosos, siempre se aparece algún conocido de los de toda la vida que va y me dice, con su punta de mala leche,
—No estuviste el día 15 en la plaza del Ayuntamiento, el sábado, en la manifestación contra la guerra, no te vi por allí,
—No, no estuve —respondo,
—Pues ¿y eso? —insiste,
—No me atraen demasiado las multitudes —contesto,
—Pues el día 1 bien que estuviste en el Calderón a ver el baño del Atlético al Barcelona —ataca. Me sentí atrapado. Así que no tuve más remedio que justificarme, cosa que detesto.
—Pues haciendo memoria —dije—, creo que me he manifestado contra la guerra en varias ocasiones,
—Pues no sé donde —repuso con retranca—, esta es la única manifestación multitudinaria que ha habido contra la guerra,
—No lees y así te va —repuse con la mejor de mis sonrisas—. Escucha, continué, si leyeras el HOY desde hace años sabrías a qué me refiero:
El día 24 de diciembre de 1998, jueves, día de Navidad, felicité las pascuas a los lectores con un artículo, La náusea, en contra de la guerra que Willian Jefferson Clinton había desencadenado contra Irak; en él declaraba que me encontraba avergonzado de ser occidental, europeo y libre.
El día diez de abril de 1999, en una ‘tribuna’ titulada Me importa un carajo, declaré eso, que me importaba un carajo saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos en aquella maldita guerra que destruyó Yugoslavia, que sólo me importaban las personas humilladas y masacradas, me importaban las víctimas que, a cientos de miles, sufrían y lloraban y sangraban y morían en la guerra. El día 16 de mayo de 1999, domingo, me cabreé de mala manera contra la guerra de los Balcanes, ¿Qué cosa nos llamamos? se titulaba el artículo. En él arremetía contra nuestra civilización occidental que utiliza el desarrollo técnico y científico (otros lo llaman progreso) para masacrar civiles, víctimas inocentes, con el cuento de la guerra, y concluía que, si eso era civilización, mejor nos preguntáramos hasta cuándo íbamos a estar chupándonos la polla (frase que escandalizó, por cierto, a quienes no se escandalizaban de la guerra). El día ocho de agosto de 1999, en La traficomedia, expuse mi asco hacia los traficantes de armas utilizadas para destruir Bosnia. Buitres internacionales que traficaron después con los billones de la reconstrucción de Bosnia. Cuantas más armas vendieron, más reconstruían. Ahí radicaba la obscenidad de los contratos concedidos a empresas estadounidenses y alemanas, indispensablemente.
El día 2 de enero de 2000 escribí Las preguntas, precisamente para preguntarme de forma amargamente retórica a quién pretendían engañar los mandamases internacionales cuando permitían que el tal Yeltsin masacrase sin contemplaciones a los habitantes de Chechenia, ese juego espeluznante de la guerra y de la muerte. Sobre todo, si se tenía en cuenta que, tan solo unos meses antes, no permitieron el mismo juego a Milosevic, el genocida de los kosovares. El día 29 de marzo de 2000, en Las armas, saqué a relucir una desconsiderada mala uva antinorteamericana para comentar que su campaña de salvación del planeta no pretendía salvar a nadie. Porque la comedia salvadora no era más que eso, una comedia, un simulacro redentor para enmascarar la venta de armas y de sofisticado material bélico utilizados en el combate del mal (?).
El día 23 de septiembre de 2001, tan reciente lo del 11-S, discrepé, en Licencia para matar, de lo políticamente correcto y expuse la que me parecía impertinencia desmedida de los EE. UU. porque se arrogaban la cualidad divina de la justicia en la llamada “Operación Justicia Infinita”, y me preguntaba que si no siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos, ¿cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita.
El día 31 de marzo de 2002, en Tambores de guerra, me dediqué a denunciar los tambores de guerra que resonaban en Afganistán, en Israel, en Irak, en América Latina, para expandir la Operación Antiterrorista por todo el mundo, esa contaminadora fiebre bélica que impulsa al enfrentamiento del hombre contra el hombre, a matar. El día 9 de octubre de 2002, en Muertos de miedo, volví a insistir en la horrorosa proclividad del presidente Bush a la guerra, como si en ello le fuera la vida a costa de la muerte. Me preguntaba qué oscuro poder permanece achantado tras la sombra menguada del Bush, qué poderoso artilugio (una máquina extractora de petróleo, quizá) lo tiene cogido por los cataplines y lo empuja a aparentar que le gusta la guerra más que a los chivos la leche.
Finalmente, el día 2 de febrero de 2003, en Hipocresía, me preguntaba a qué juegan (en el sentido de interpretar un papel) quienes pretenden hacernos creer que la guerra es necesaria e inevitable para destruir a Irak, a Sadam y a sus armas de destruccion masiva.
Así que fijate bien en lo que dices, le dije, porque después de haber publicado diez artículos contra la guerra, si no han sido más, no creo que necesitara ir a la manifestación, no hacía falta mi presencia contestataria protegido por las pancartas, si bien se tiene en cuenta que, además, nadie convocó anteriormente manifestaciones multitudinarias contra la guerra sucia que existía en los Balcanes, en Chechenia, en América Latina, en Israel, y se convocan ahora precisamente contra la que se avecina en Irak, a mí no me representan actores, escritores e intelectuales que vete tú a saber por qué ahora se desagazapan y salen a la calle, a mí no me representan políticos que, no digo que no, están de corazón contra la guerra pero que, no digo que sí, aprovechan la coyuntura con fines electorales, eso es evidente, a ver por qué no se manifestaron masivamente en las anteriormente citadas ocasiones bélicas. Así que, amigo, ahora se aprovecha la ocasión para sacarle rentabilidad política al asunto. El batiburrillo que tuvo lugar en el Congreso la semana pasada, aireado por los medios de adoctrinamiento de masas mientras cada uno arrimaba el ascua a su sardina, se manifestó en los titulares del día siguiente. «El PSOE se descuelga del acuerdo suscrito por la UE y otras trece naciones europeas», proclamó ABC, y ahí queda eso, «Aznar rebaja su apoyo a la guerra pero Zapatero le acusa de tener un pacto con Bush», enfatizó El Mundo nadando entre dos aguas, como es costumbre, «Debate parlamentario sobre el conflicto de Irak. Aznar pide el apoyo del Congreso sin resolver cómo será su voto en la ONU», dejó caer El País curándose en salud por lo que pudiera venir, «Zapatero se radicaliza y no acepta los acuerdos de la ONU», afirmó La Razón soltando su acostumbrado hachazo endorreico.
Concluyo. Hay muchas maneras dignas de oponerse a la guerra. La manifestación procesional, aunque importante y multitudinaria, es sólo una de ellas. No la única. Fin.
(23-2-2003)
JUAN GARODRI
No hay como vivir en un pueblo. Además del saludable olor a ozono de estos amaneceres lluviosos, siempre se aparece algún conocido de los de toda la vida que va y me dice, con su punta de mala leche,
—No estuviste el día 15 en la plaza del Ayuntamiento, el sábado, en la manifestación contra la guerra, no te vi por allí,
—No, no estuve —respondo,
—Pues ¿y eso? —insiste,
—No me atraen demasiado las multitudes —contesto,
—Pues el día 1 bien que estuviste en el Calderón a ver el baño del Atlético al Barcelona —ataca. Me sentí atrapado. Así que no tuve más remedio que justificarme, cosa que detesto.
—Pues haciendo memoria —dije—, creo que me he manifestado contra la guerra en varias ocasiones,
—Pues no sé donde —repuso con retranca—, esta es la única manifestación multitudinaria que ha habido contra la guerra,
—No lees y así te va —repuse con la mejor de mis sonrisas—. Escucha, continué, si leyeras el HOY desde hace años sabrías a qué me refiero:
El día 24 de diciembre de 1998, jueves, día de Navidad, felicité las pascuas a los lectores con un artículo, La náusea, en contra de la guerra que Willian Jefferson Clinton había desencadenado contra Irak; en él declaraba que me encontraba avergonzado de ser occidental, europeo y libre.
El día diez de abril de 1999, en una ‘tribuna’ titulada Me importa un carajo, declaré eso, que me importaba un carajo saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos en aquella maldita guerra que destruyó Yugoslavia, que sólo me importaban las personas humilladas y masacradas, me importaban las víctimas que, a cientos de miles, sufrían y lloraban y sangraban y morían en la guerra. El día 16 de mayo de 1999, domingo, me cabreé de mala manera contra la guerra de los Balcanes, ¿Qué cosa nos llamamos? se titulaba el artículo. En él arremetía contra nuestra civilización occidental que utiliza el desarrollo técnico y científico (otros lo llaman progreso) para masacrar civiles, víctimas inocentes, con el cuento de la guerra, y concluía que, si eso era civilización, mejor nos preguntáramos hasta cuándo íbamos a estar chupándonos la polla (frase que escandalizó, por cierto, a quienes no se escandalizaban de la guerra). El día ocho de agosto de 1999, en La traficomedia, expuse mi asco hacia los traficantes de armas utilizadas para destruir Bosnia. Buitres internacionales que traficaron después con los billones de la reconstrucción de Bosnia. Cuantas más armas vendieron, más reconstruían. Ahí radicaba la obscenidad de los contratos concedidos a empresas estadounidenses y alemanas, indispensablemente.
El día 2 de enero de 2000 escribí Las preguntas, precisamente para preguntarme de forma amargamente retórica a quién pretendían engañar los mandamases internacionales cuando permitían que el tal Yeltsin masacrase sin contemplaciones a los habitantes de Chechenia, ese juego espeluznante de la guerra y de la muerte. Sobre todo, si se tenía en cuenta que, tan solo unos meses antes, no permitieron el mismo juego a Milosevic, el genocida de los kosovares. El día 29 de marzo de 2000, en Las armas, saqué a relucir una desconsiderada mala uva antinorteamericana para comentar que su campaña de salvación del planeta no pretendía salvar a nadie. Porque la comedia salvadora no era más que eso, una comedia, un simulacro redentor para enmascarar la venta de armas y de sofisticado material bélico utilizados en el combate del mal (?).
El día 23 de septiembre de 2001, tan reciente lo del 11-S, discrepé, en Licencia para matar, de lo políticamente correcto y expuse la que me parecía impertinencia desmedida de los EE. UU. porque se arrogaban la cualidad divina de la justicia en la llamada “Operación Justicia Infinita”, y me preguntaba que si no siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos, ¿cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita.
El día 31 de marzo de 2002, en Tambores de guerra, me dediqué a denunciar los tambores de guerra que resonaban en Afganistán, en Israel, en Irak, en América Latina, para expandir la Operación Antiterrorista por todo el mundo, esa contaminadora fiebre bélica que impulsa al enfrentamiento del hombre contra el hombre, a matar. El día 9 de octubre de 2002, en Muertos de miedo, volví a insistir en la horrorosa proclividad del presidente Bush a la guerra, como si en ello le fuera la vida a costa de la muerte. Me preguntaba qué oscuro poder permanece achantado tras la sombra menguada del Bush, qué poderoso artilugio (una máquina extractora de petróleo, quizá) lo tiene cogido por los cataplines y lo empuja a aparentar que le gusta la guerra más que a los chivos la leche.
Finalmente, el día 2 de febrero de 2003, en Hipocresía, me preguntaba a qué juegan (en el sentido de interpretar un papel) quienes pretenden hacernos creer que la guerra es necesaria e inevitable para destruir a Irak, a Sadam y a sus armas de destruccion masiva.
Así que fijate bien en lo que dices, le dije, porque después de haber publicado diez artículos contra la guerra, si no han sido más, no creo que necesitara ir a la manifestación, no hacía falta mi presencia contestataria protegido por las pancartas, si bien se tiene en cuenta que, además, nadie convocó anteriormente manifestaciones multitudinarias contra la guerra sucia que existía en los Balcanes, en Chechenia, en América Latina, en Israel, y se convocan ahora precisamente contra la que se avecina en Irak, a mí no me representan actores, escritores e intelectuales que vete tú a saber por qué ahora se desagazapan y salen a la calle, a mí no me representan políticos que, no digo que no, están de corazón contra la guerra pero que, no digo que sí, aprovechan la coyuntura con fines electorales, eso es evidente, a ver por qué no se manifestaron masivamente en las anteriormente citadas ocasiones bélicas. Así que, amigo, ahora se aprovecha la ocasión para sacarle rentabilidad política al asunto. El batiburrillo que tuvo lugar en el Congreso la semana pasada, aireado por los medios de adoctrinamiento de masas mientras cada uno arrimaba el ascua a su sardina, se manifestó en los titulares del día siguiente. «El PSOE se descuelga del acuerdo suscrito por la UE y otras trece naciones europeas», proclamó ABC, y ahí queda eso, «Aznar rebaja su apoyo a la guerra pero Zapatero le acusa de tener un pacto con Bush», enfatizó El Mundo nadando entre dos aguas, como es costumbre, «Debate parlamentario sobre el conflicto de Irak. Aznar pide el apoyo del Congreso sin resolver cómo será su voto en la ONU», dejó caer El País curándose en salud por lo que pudiera venir, «Zapatero se radicaliza y no acepta los acuerdos de la ONU», afirmó La Razón soltando su acostumbrado hachazo endorreico.
Concluyo. Hay muchas maneras dignas de oponerse a la guerra. La manifestación procesional, aunque importante y multitudinaria, es sólo una de ellas. No la única. Fin.
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año 2003 - 02 febrero
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