LA CULTURA DE LA QUEJA
(15-4-2001)
JUAN GARODRI
Ya sé que hay a quien no le gusta Borges, pero a mí me deslumbra su extraordinaria (fuera de lo ordinario) capacidad narrativa, esa línea antigua de tradición intelectual en la que la realidad sólo es en cuanto un sujeto la conoce y tal como éste la percibe, aunque se halle también dentro de una actitud humana moderna: el hombre, al estar perdido en el mundo, sufre angustia. En el caso de Borges esa angustia es hasta cierto punto controlada por la razón y la imaginación que proponen sustitutos para salir de ella. Esta concepción del mundo como un caos está patente en la mayoría de sus narraciones. En La busca de Averroes, por ejemplo, Borges expone la irrealidad del devenir, del acontecer, de los hechos e incluso de las actitudes, mentales y físicas, de los mortales, encerrado todo en un amplio, vertiginoso y rutilante círculo de verosimilitud, prisionera la idea por la palabra, convirtiendo la palabra en verdugo de la idea que pugna por eludir el marco de la página: "No se puede contar cómo era esa casa, que más bien era un solo cuarto... Las personas padecían prisiones y nadie veía la cárcel; cabalgaban, pero no se percibía el caballo; combatían, pero las espadas eran de caña; morían y después estaban de pie".
Averroes busca la verdad, pero no la halla en la disquisición teológica, ni en la discusión literaria, ni en la narración del apólogo, ni en la dilatación del tiempo. La verdad está en el destino, fuerte y torpe, inocente e inhumano, que determina fatalmente que una misma persona sea a la vez otra persona anterior y otra persona futurible.
Se me antoja pensar que la persona corriente, la persona normal (que se atiene a las normas), la de la calle, la persona que cada día anda sometida a los quehaceres rutinarios y desasosegantes, esa persona como tú y como yo, en definitiva, también percibe el mundo como un caos, como un lío gigantesco y globalizado, percepción que le produce un sarpullido de angustia y que le impulsa a salir de ese mundo en el que se encuentra perdida y atrapada. Y la única salida es encontrar sustitutos que la alejen del horror.
De entre los varios sustitutos posibles, elige uno: la queja. La queja se ha convertido en una segunda piel, en un revestimiento que cubre la duplicidad del desquiciamiento, ese que distorsiona el tranquilo acontecer de los días. Así que todo el mundo se queja. Y el personal se viste la queja para relacionarse cuando salga a la calle tal como se viste el chandal dominguero para salir a hacer footing, porque la queja es el sorprendente chandal acrílico de la relación acerera. En toda queja subyace y permanece latente, como el aguijón de la avispa a punto de ataque, la búsqueda de la verdad, al menos la búsqueda de lo que cada cual considera como verdad. Y como resulta tan realmente dificultoso el encuentro con la verdad ( la verdad de las relaciones personales, la verdad de las relaciones sociales, de las relaciones comerciales, de las relaciones laborales, de las relaciones políticas, de las relaciones festivas, de las relaciones deportivas), todo el mundo se queja. La queja es la trasposición en forma de aspavientos de lo que el personal busca y no encuentra, de lo que le han ofrecido como verdadero y en su lugar encuentra lo impreciso, de lo que le han ofrecido como auténtico y en su lugar encuentra lo ilegítimo. (Auténtico, lo sustentado en la autoridad o fiabilidad de quien ofrece).
De manera que el personal se queja de los jueces y de la poca credibilidad que le merece la justicia. Se queja de los políticos y de la escasa confianza que le merece su gestión. Se queja del profesorado y de la voluble precisión de las calificaciones. Se queja del carpintero, del fontanero, del automovilista, que los tiene de plomo, el tío, ahí atravesado en mitad de la calle. Se queja del vecino, del paseante y de la señora del perrito que tiene la cara dura (la señora) de sacarlo a la acera para que deposite sus defecaciones vespertinas. La queja se agazapa bajo la piel de cada uno para ver si consigue a través de su expresión externa determinarse como persona, equilibrarse, llegar a conseguir el afianzamiento de la actitud, el alcance de la verosimilitud de las acciones individuales o colectivas. Propiamente, quien se queja no pretende el hundimiento de aquél o aquello a que va dirigida la queja, pretende, más bien, conseguir el refuerzo de su personalidad puesto que se siente sutilmente poderoso en tanto en cuanto es libre para manifestar la queja. Pretende, en definitiva, echar fuera la onerosa duplicidad de su orgullo y su miseria.
El insulto es la construcción más rudimentaria de la queja. Si pongo un ejemplo, tal vez el rollo disquisitivo resulte menos fastidioso. Los espectadores y el árbitro. Para quejarse, los espectadores suelen dirigirse al árbitro con el insulto de ¡hijo de puta!. La frase está tan pisoteada, que su contenido léxico apenas sugiere significado alguno, quiere decirse, apenas sugiere otros significados peyorativos que los que cada cual quiera atribuirle, dado que su propia distribución generalizada en el ámbito de la comunicación oral espontánea la ha desacreditado hasta el punto de no significar ya nada. La peculiaridad hiriente del insulto reside, pues, no en la certidumbre del puterío de la madre (descartado) sino en la atribución de discapacidad profesional que incluye al colegiado en el desolado sanatorio de la paraplejia arbitral. De esta manera estentórea, la queja insultante, el espectador se desdobla, reafirma su personalidad y anula su pasado reciente, o recentísimo, y se convierte en una especie de vigoroso demiurgo capacitado para anular la personalidad del prójimo. Así que la realidad sólo existe tal como el sujeto la percibe. Con eso se conforma y se aplaca.
La queja, el sustituto para salir de la angustia.
Fin.
lunes, 24 de agosto de 2009
EL CAMBIO
(8-4-2001)
JUAN GARODRI
Mis avisados lectores me saludan y me dicen,
-Oye, siempre empiezas tus artículos con rollos culturales,
-Sí -les digo-, es que el rollo cultural es un prefacio selectivo,
-Qué quieres decir,
-Quiero decir que el pedrusco cultural selecciona al lector,
-No siempre -afirman-, a veces la pesadez introductora aleja a los lectores,
-Es lo que pretendo -les digo-, el lector capacitado para tragarse el inicial rollo patatero es mi lector, porque continúa fiel hasta el final, los demás no me interesan,
-Ah, siendo así, sí -dicen.
Y nos sonreímos con la boca cerrada.
Así que prepárate, amigo. Tampoco se trata de descascarillar la corteza abstrusa de la filosofía ni de subirse uno a sus alturas, pero a ver, si lo que uno quiere es hablar del cambio no hay más remedio que remontarse a Heráclito para pedirle prestado el panta rei, oséase, aquello de que «todo fluye» y nada permanece en un ser fijo, es decir, que este constante fluir explicaría la auténtica esencia de las cosas o, lo que es lo mismo, que el principio (arjé) de todo estaría en el devenir, concepto que, aclimatado a las entendederas actuales escasamente proclives a la intelección, podría traducirse por «cambio». El cambio que supone el eterno retorno, puesto que no se trata de que aparezca siempre algo nuevo sino que, en una lucha de contrarios, aparezca ahora lo que desapareció antes, y al revés, si es posible la pirueta mental.
También Anaxágoras pretende explicar el cambio como el extraño vuelo del ‘no hacerse’ de las cosas que viene a aterrizar en una nueva mezcla, y Aristóteles desecha el concepto estático del ser, y los epicúreos pretenden fundamentar el cambio en la substancia de la materia, siempre imperecedera, algo que no deja de comportar un riesgo tan aparentemente raro como el de aplicar el cambio a una cosa infinita y siempre existente.
Como ves, lo del cambio no es cosa que hayan inventado los políticos, esos prohombres que sacrifican por los demás lo más florido de su tiempo y de su vida. El cambio y su circunstancia, y su necesidad apriorística, ya existía desde mucho antes de que los políticos se sacrificaran en el altar de la generosidad ciudadana. Sin embargo, la aplicación del cambio a la rutina ordinaria de la vida, prescindiendo de su conceptualización presocrática, es algo tan habitual como el cambiarse de camisa o de otras prendas. Desde que el ‘homo erectus’ (dicho con pretensión científica y sin segundas intenciones) empezó a caminar, ese mismo día, que fue el primer día de la humanidad, empezó el cambio y su aplicación a la vida. El hombre paleolítico (que disculpen las feministas, a ver si no cómo me explico, suena raro la acepción femenina, fíjate, es casi irreverente hablar de ‘femina erecta’, o referirse a la ‘mujer paleolítica’ para lo de la caza, Javier Marías tiene un buen artículo sobre sexismo y lenguaje), el hombre paleolítico, te decía, se fue en busca de la caza y advirtió que tenía que cambiar de costumbres. Y así, empieza la industria del hueso, sin duda floreciente en aquella época a juzgar por los restos de Atapuerca, y los primeros collares de huesos fueron ofrendados a la hembra como signo de admiración y llamada, que no todo iban a ser garrotazos y tirones de pelos. El fuego constituyó el cambio más importante del paleolítico y, desde entonces, el hombre se desarrolló a toda velocidad, sin duda por el hecho tan digestivamente trascendental de comer caliente. Qué decir de alfareros y herreros neolíticos, que cambiaron el signo de los tiempos y condujeron el hombre hacia la historia con sus objetos cerámicos para el hogar y con sus lanzas y espadas para matar.
Las grandes civilizaciones surgieron por el cambio. La civilización posterior se cargaba a la anterior. Y así, los griegos se impusieron a las culturas cretense y micénica, los romanos a los griegos, los bárbaros a los romanos. Pero el cambio no se debió a las batallas, que parece que la historia está solamente tejida de lances bélicos, aunque también. El cambio fue motivado por el (re)surgir del pensamiento racional, cuando los pensadores intentaron explicar la naturaleza por ella misma, sin recurrir a causas sobrenaturales o míticas. Aparecieron los grandes movimientos culturales y los sistemas filosóficos, y el teocentrismo medieval fue sustituido por el humanismo y el renacimiento, y los grandes descubrimientos geográficos supusieron un cambio gigantesco en la concepción del mundo y de la vida, en la economía, en la gastronomía y en las costumbres. Los cambios religiosos introdujeron una amplia situación, a veces traumática, de la relación del hombre con la divinidad. El neoclasicismo y la ilustración dejan aparcado en la cuneta histórica la luz y la penumbra del barroco. La revolución francesa de 1789 supuso el cambio político y social y el fin del ‘antiguo régimen’. Unos sistemas se superponen a otros en el siglo XIX tanto en las artes como en la literatura, tanto en la política como en la economía, tanto en la ciencia como en la técnica. Y del pasado siglo XX es mejor no hablar. Han sido tantos, tan espectaculares y tan formidables los cambios, que es imposible comentarlos. (Aunque hay un cambio que sopla en las orejas de casi todos: el cambio de pesetas a euros). Baste señalar la aparición y desarrollo fulgurantes de la sacrosanta triple www, la probable religión tecnológica del siglo XXI, san Internet.
En fin, la trepidante aceleración del ritmo histórico hace que todo cambie a velocidad sideral, porque todo está sujeto al cambio. Se me ocurre, sin embargo, una pregunta (mi tío Eufrasio dice que no son preguntas lo que se me ocurre, que son patochadas, que una pregunta requiere su correspondiente respuesta, mientras que una patochada requiere su correspondiente despropósito) que me tiene instalado en una duda recelosa y desasosegante. Es esta: Si todo está sujeto a la ley (histórico-filosófica) del cambio, ¿por qué los hinchas, forofos e idólatras de la iconografía futbolera no cambian jamás de equipo, es más, prefieren morir antes que renegar de su fe?
Como los mártires.
(8-4-2001)
JUAN GARODRI
Mis avisados lectores me saludan y me dicen,
-Oye, siempre empiezas tus artículos con rollos culturales,
-Sí -les digo-, es que el rollo cultural es un prefacio selectivo,
-Qué quieres decir,
-Quiero decir que el pedrusco cultural selecciona al lector,
-No siempre -afirman-, a veces la pesadez introductora aleja a los lectores,
-Es lo que pretendo -les digo-, el lector capacitado para tragarse el inicial rollo patatero es mi lector, porque continúa fiel hasta el final, los demás no me interesan,
-Ah, siendo así, sí -dicen.
Y nos sonreímos con la boca cerrada.
Así que prepárate, amigo. Tampoco se trata de descascarillar la corteza abstrusa de la filosofía ni de subirse uno a sus alturas, pero a ver, si lo que uno quiere es hablar del cambio no hay más remedio que remontarse a Heráclito para pedirle prestado el panta rei, oséase, aquello de que «todo fluye» y nada permanece en un ser fijo, es decir, que este constante fluir explicaría la auténtica esencia de las cosas o, lo que es lo mismo, que el principio (arjé) de todo estaría en el devenir, concepto que, aclimatado a las entendederas actuales escasamente proclives a la intelección, podría traducirse por «cambio». El cambio que supone el eterno retorno, puesto que no se trata de que aparezca siempre algo nuevo sino que, en una lucha de contrarios, aparezca ahora lo que desapareció antes, y al revés, si es posible la pirueta mental.
También Anaxágoras pretende explicar el cambio como el extraño vuelo del ‘no hacerse’ de las cosas que viene a aterrizar en una nueva mezcla, y Aristóteles desecha el concepto estático del ser, y los epicúreos pretenden fundamentar el cambio en la substancia de la materia, siempre imperecedera, algo que no deja de comportar un riesgo tan aparentemente raro como el de aplicar el cambio a una cosa infinita y siempre existente.
Como ves, lo del cambio no es cosa que hayan inventado los políticos, esos prohombres que sacrifican por los demás lo más florido de su tiempo y de su vida. El cambio y su circunstancia, y su necesidad apriorística, ya existía desde mucho antes de que los políticos se sacrificaran en el altar de la generosidad ciudadana. Sin embargo, la aplicación del cambio a la rutina ordinaria de la vida, prescindiendo de su conceptualización presocrática, es algo tan habitual como el cambiarse de camisa o de otras prendas. Desde que el ‘homo erectus’ (dicho con pretensión científica y sin segundas intenciones) empezó a caminar, ese mismo día, que fue el primer día de la humanidad, empezó el cambio y su aplicación a la vida. El hombre paleolítico (que disculpen las feministas, a ver si no cómo me explico, suena raro la acepción femenina, fíjate, es casi irreverente hablar de ‘femina erecta’, o referirse a la ‘mujer paleolítica’ para lo de la caza, Javier Marías tiene un buen artículo sobre sexismo y lenguaje), el hombre paleolítico, te decía, se fue en busca de la caza y advirtió que tenía que cambiar de costumbres. Y así, empieza la industria del hueso, sin duda floreciente en aquella época a juzgar por los restos de Atapuerca, y los primeros collares de huesos fueron ofrendados a la hembra como signo de admiración y llamada, que no todo iban a ser garrotazos y tirones de pelos. El fuego constituyó el cambio más importante del paleolítico y, desde entonces, el hombre se desarrolló a toda velocidad, sin duda por el hecho tan digestivamente trascendental de comer caliente. Qué decir de alfareros y herreros neolíticos, que cambiaron el signo de los tiempos y condujeron el hombre hacia la historia con sus objetos cerámicos para el hogar y con sus lanzas y espadas para matar.
Las grandes civilizaciones surgieron por el cambio. La civilización posterior se cargaba a la anterior. Y así, los griegos se impusieron a las culturas cretense y micénica, los romanos a los griegos, los bárbaros a los romanos. Pero el cambio no se debió a las batallas, que parece que la historia está solamente tejida de lances bélicos, aunque también. El cambio fue motivado por el (re)surgir del pensamiento racional, cuando los pensadores intentaron explicar la naturaleza por ella misma, sin recurrir a causas sobrenaturales o míticas. Aparecieron los grandes movimientos culturales y los sistemas filosóficos, y el teocentrismo medieval fue sustituido por el humanismo y el renacimiento, y los grandes descubrimientos geográficos supusieron un cambio gigantesco en la concepción del mundo y de la vida, en la economía, en la gastronomía y en las costumbres. Los cambios religiosos introdujeron una amplia situación, a veces traumática, de la relación del hombre con la divinidad. El neoclasicismo y la ilustración dejan aparcado en la cuneta histórica la luz y la penumbra del barroco. La revolución francesa de 1789 supuso el cambio político y social y el fin del ‘antiguo régimen’. Unos sistemas se superponen a otros en el siglo XIX tanto en las artes como en la literatura, tanto en la política como en la economía, tanto en la ciencia como en la técnica. Y del pasado siglo XX es mejor no hablar. Han sido tantos, tan espectaculares y tan formidables los cambios, que es imposible comentarlos. (Aunque hay un cambio que sopla en las orejas de casi todos: el cambio de pesetas a euros). Baste señalar la aparición y desarrollo fulgurantes de la sacrosanta triple www, la probable religión tecnológica del siglo XXI, san Internet.
En fin, la trepidante aceleración del ritmo histórico hace que todo cambie a velocidad sideral, porque todo está sujeto al cambio. Se me ocurre, sin embargo, una pregunta (mi tío Eufrasio dice que no son preguntas lo que se me ocurre, que son patochadas, que una pregunta requiere su correspondiente respuesta, mientras que una patochada requiere su correspondiente despropósito) que me tiene instalado en una duda recelosa y desasosegante. Es esta: Si todo está sujeto a la ley (histórico-filosófica) del cambio, ¿por qué los hinchas, forofos e idólatras de la iconografía futbolera no cambian jamás de equipo, es más, prefieren morir antes que renegar de su fe?
Como los mártires.
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año 2001 - 04 abril
¿IBERDROLA O EMDECORIA?
(1-4-2001)
JUAN GARODRI
Pues sí, amigo, con esteban tres, según reza el calambur popular. Quiero decir que esta es la tercera vez que escribo sobre el tema señalado en el título. ¿Iberdrola o Emdecoria, Emdecoria o Iberdrola? Que tanto monta, monta tanto la una como la otra, Iberdrola compañía que suministra energía eléctrica a Coria, Emdecoria empresa municipal subsidiaria de Iberdrola.
La primera vez que escribí sobre el problema, que no es flojo, fue en mayo del año 2000, tan lejano, que parece que ha pasado un siglo. El artículo se titulaba Hágase la luz (HOY, 16-5-00) y me quejaba en él de las constantes tropelías, es decir, atropellos cometidos generalmente por quien abusa de su poder, con las que el Ayuntamiento de Coria tiene fatalmente acostumbrados a los ciudadanos, conciudadanos, habitantes o como quiera que se nos llame. Me lamentaba de que oyes en el salón un ruido extraño, te acercas y oyes al televisor que hace click-clock, click-cloc, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del televisor, y me acerco a la cocina a buscar una vela y oigo al frigorífico catarraclok-catarraclock, una locomotora doméstica y jadeante, eso era el frigorífico, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del frigorífico, y vuelvo al salón y oigo al video pataclick-pataclock, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del video. Y así llevamos más de un mes, más de un año, ni se sabe desde cuándo llevamos así. Y la empresa EMDECORIA, S.L., o lo que sea, ni se entera, compañía eléctrica subsidiaria del Ayuntamiento, se supone que para solventar los problemas o fallos de fluido eléctrico cuando la compañía IBERDROLA, de la que es abonado el Municipio, nos regala estos maravillosos cortes de luz que nos proporciona todas las noches (y los días, y las tardes y las mañanas), a todas horas, el Servicio (¿servicio?) Eléctrico.
El segundo artículo lo escribí hace poco tiempo, en febrero de este año (HOY, 18-2-01), se titulaba La cigüeña de Iberdrola y arremetía en él contra las explicaciones justificativas que te da el Servicio eléctrico, algo así como que EMDECORIA, Sociedad Unipersonal del Ayuntamiento cauriense, es una empresa subsidiaria de IBERDROLA, y que, por lo tanto, del transformador de Coria no se deriva ninguna avería que perjudique el servicio de la ciudad, las averías vienen de fuera. «Las cigüeñas, asegura el técnico, son las culpables, Medioambiente no permite que se destruyan los nidos que aparecen en las torretas eléctricas, ahí está la causa de todo, nosotros pasamos las denuncias de los ciudadanos a Iberdrola, pero no suelen hacernos mucho caso». Me alejo pensando que las cigüeñas son la coartada para que Iberdrola se lave las manos.
Sin ir más lejos, este verano pasado. Las subidas de tensión eléctrica produjeron daños considerables en muchos aparatos eléctricos. Uno de entre los muchos perjudicados (con un botón de muestra, basta) fue el dueño del bar restaurante Copacabana, situado frente a la entrada general del Hospital. Tras la oportuna reclamación por daños en frigoríficos y en material alimentario, el excelentísimo Ayuntamiento le respondió por escrito lo siguiente: «Muy señor nuestro: En relación con la reclamación que nos ha formulado, le informamos que efectivamente se produjo una avería fortuita en nuestras instalaciones que originó la interrupción del suministro en la zona de su domicilio, durante el tiempo imprescindible para su reparación, restableciéndose el suministro con total normalidad, sin que en ningún momento quedara registrada alguna otra incidencia. El hecho de no encontrar justificación, ni relación causa-efecto entre la falta de tensión durante un cierto periodo y la avería de su receptor, nos hace pensar que esta puede deberse a un comportamiento inadecuado de éste ante la falta de suministro y su restablecimiento, el cual conlleva unas oscilaciones transitorias para lo que deben estar protegidos los receptores de acuerdo con la reglamentación vigente. Por lo tanto no podemos asumir su reparación».
Después de leída la respuesta, el descojonamiento producido por la risa es clamoroso y total, lloro de la risa porque la respuesta es una especie de patada en el escroto, bien asentada, y siento que en algún lugar recóndito y no identificado de mi bajo vientre se instala la desazón y el infortunio. La patada municipal que me produce el descojonamiento no es para menos: resulta que el responsable del desperfecto y de la avería es el reclamante, por no disponer de receptores protegidos contra las constantes oscilaciones de la energía eléctrica. Descojonante. (Y no sólo en Coria: toda la Sierra de Gata se encuentra sumergida en idéntica desprotección eléctrica. Y en Jaraíz de la Vera y demás poblaciones del Valle del Jerte no nos andan a la zaga, según leo en HOY, 28-3-01. Sin embargo, en Jaraíz se ha movilizado el Área de Consumo del Ayuntamiento a través de la OMIC para reclamar a Iberdrola por las averías causadas, cosa que no se ha hecho en Coria, al menos que yo sepa. Por qué no se solicita una reunión con la Dirección General de Industria para que tome cartas en el asunto?).
El caso es que entre una y otra, Iberdrola o Emdecoria, o viceversa, nos traen a los ciudadanos de Coria por la calle de la amargura, como putas por rastrojo suele decirse, eso somos, zascandileando de un portal a otro a ver si al vecino se le han jodido más o menos electrodomésticos, así andamos instalados en un cabreo perpetuo debido a los constantes, repetidos, interminables, insoportables asaltos que sufren nuestros aparatos eléctricos (y nuestros bolsillos, porque los técnicos que los reparan no se andan con contemplaciones a la hora de pasar la factura).
No es de extrañar que el pueblo se esté levantando en armas y bolígrafos, y pretenda manifestarse masivamente en la plaza del Ayuntamiento contra la incuria eléctrica, y en la mayoría de las tiendas y supermercados le ofrezcan a uno las listas para firmar, como protesta indignada contra la nula gestión del Ayuntamiento que no los tiene así de gordos, a lo que parece, como para exigir a quien corresponda la solución definitiva del problema. Y no vale señalar como único culpable a Iberdrola: los ciudadanos no tenemos contratado el suministro de energía eléctrica con dicha Empresa; lo tenemos contratado con el Ayuntamiento.
(Para más información, consultar la reseña del corresponsal Eladio Paniagua en el HOY 27-3-01, página 21).
(1-4-2001)
JUAN GARODRI
Pues sí, amigo, con esteban tres, según reza el calambur popular. Quiero decir que esta es la tercera vez que escribo sobre el tema señalado en el título. ¿Iberdrola o Emdecoria, Emdecoria o Iberdrola? Que tanto monta, monta tanto la una como la otra, Iberdrola compañía que suministra energía eléctrica a Coria, Emdecoria empresa municipal subsidiaria de Iberdrola.
La primera vez que escribí sobre el problema, que no es flojo, fue en mayo del año 2000, tan lejano, que parece que ha pasado un siglo. El artículo se titulaba Hágase la luz (HOY, 16-5-00) y me quejaba en él de las constantes tropelías, es decir, atropellos cometidos generalmente por quien abusa de su poder, con las que el Ayuntamiento de Coria tiene fatalmente acostumbrados a los ciudadanos, conciudadanos, habitantes o como quiera que se nos llame. Me lamentaba de que oyes en el salón un ruido extraño, te acercas y oyes al televisor que hace click-clock, click-cloc, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del televisor, y me acerco a la cocina a buscar una vela y oigo al frigorífico catarraclok-catarraclock, una locomotora doméstica y jadeante, eso era el frigorífico, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del frigorífico, y vuelvo al salón y oigo al video pataclick-pataclock, y a hacer gárgaras la fuente de alimentación eléctrica del video. Y así llevamos más de un mes, más de un año, ni se sabe desde cuándo llevamos así. Y la empresa EMDECORIA, S.L., o lo que sea, ni se entera, compañía eléctrica subsidiaria del Ayuntamiento, se supone que para solventar los problemas o fallos de fluido eléctrico cuando la compañía IBERDROLA, de la que es abonado el Municipio, nos regala estos maravillosos cortes de luz que nos proporciona todas las noches (y los días, y las tardes y las mañanas), a todas horas, el Servicio (¿servicio?) Eléctrico.
El segundo artículo lo escribí hace poco tiempo, en febrero de este año (HOY, 18-2-01), se titulaba La cigüeña de Iberdrola y arremetía en él contra las explicaciones justificativas que te da el Servicio eléctrico, algo así como que EMDECORIA, Sociedad Unipersonal del Ayuntamiento cauriense, es una empresa subsidiaria de IBERDROLA, y que, por lo tanto, del transformador de Coria no se deriva ninguna avería que perjudique el servicio de la ciudad, las averías vienen de fuera. «Las cigüeñas, asegura el técnico, son las culpables, Medioambiente no permite que se destruyan los nidos que aparecen en las torretas eléctricas, ahí está la causa de todo, nosotros pasamos las denuncias de los ciudadanos a Iberdrola, pero no suelen hacernos mucho caso». Me alejo pensando que las cigüeñas son la coartada para que Iberdrola se lave las manos.
Sin ir más lejos, este verano pasado. Las subidas de tensión eléctrica produjeron daños considerables en muchos aparatos eléctricos. Uno de entre los muchos perjudicados (con un botón de muestra, basta) fue el dueño del bar restaurante Copacabana, situado frente a la entrada general del Hospital. Tras la oportuna reclamación por daños en frigoríficos y en material alimentario, el excelentísimo Ayuntamiento le respondió por escrito lo siguiente: «Muy señor nuestro: En relación con la reclamación que nos ha formulado, le informamos que efectivamente se produjo una avería fortuita en nuestras instalaciones que originó la interrupción del suministro en la zona de su domicilio, durante el tiempo imprescindible para su reparación, restableciéndose el suministro con total normalidad, sin que en ningún momento quedara registrada alguna otra incidencia. El hecho de no encontrar justificación, ni relación causa-efecto entre la falta de tensión durante un cierto periodo y la avería de su receptor, nos hace pensar que esta puede deberse a un comportamiento inadecuado de éste ante la falta de suministro y su restablecimiento, el cual conlleva unas oscilaciones transitorias para lo que deben estar protegidos los receptores de acuerdo con la reglamentación vigente. Por lo tanto no podemos asumir su reparación».
Después de leída la respuesta, el descojonamiento producido por la risa es clamoroso y total, lloro de la risa porque la respuesta es una especie de patada en el escroto, bien asentada, y siento que en algún lugar recóndito y no identificado de mi bajo vientre se instala la desazón y el infortunio. La patada municipal que me produce el descojonamiento no es para menos: resulta que el responsable del desperfecto y de la avería es el reclamante, por no disponer de receptores protegidos contra las constantes oscilaciones de la energía eléctrica. Descojonante. (Y no sólo en Coria: toda la Sierra de Gata se encuentra sumergida en idéntica desprotección eléctrica. Y en Jaraíz de la Vera y demás poblaciones del Valle del Jerte no nos andan a la zaga, según leo en HOY, 28-3-01. Sin embargo, en Jaraíz se ha movilizado el Área de Consumo del Ayuntamiento a través de la OMIC para reclamar a Iberdrola por las averías causadas, cosa que no se ha hecho en Coria, al menos que yo sepa. Por qué no se solicita una reunión con la Dirección General de Industria para que tome cartas en el asunto?).
El caso es que entre una y otra, Iberdrola o Emdecoria, o viceversa, nos traen a los ciudadanos de Coria por la calle de la amargura, como putas por rastrojo suele decirse, eso somos, zascandileando de un portal a otro a ver si al vecino se le han jodido más o menos electrodomésticos, así andamos instalados en un cabreo perpetuo debido a los constantes, repetidos, interminables, insoportables asaltos que sufren nuestros aparatos eléctricos (y nuestros bolsillos, porque los técnicos que los reparan no se andan con contemplaciones a la hora de pasar la factura).
No es de extrañar que el pueblo se esté levantando en armas y bolígrafos, y pretenda manifestarse masivamente en la plaza del Ayuntamiento contra la incuria eléctrica, y en la mayoría de las tiendas y supermercados le ofrezcan a uno las listas para firmar, como protesta indignada contra la nula gestión del Ayuntamiento que no los tiene así de gordos, a lo que parece, como para exigir a quien corresponda la solución definitiva del problema. Y no vale señalar como único culpable a Iberdrola: los ciudadanos no tenemos contratado el suministro de energía eléctrica con dicha Empresa; lo tenemos contratado con el Ayuntamiento.
(Para más información, consultar la reseña del corresponsal Eladio Paniagua en el HOY 27-3-01, página 21).
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año 2001 - 04 abril
LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR
(25-3-2001)
JUAN GARODRI
De pequeño, me producía un respeto sacrosanto el lema de la Real Academia Española de la Lengua, «Limpia, Fija y da Esplendor», ese respeto que desprendían algunas entidades altísimas y abstractas, Dios, Patria, Franco sí, Comunismo no, idioma Castellano o español, un respeto que se extendía como un olor, que giraba y levitaba como una emanación alrededor de nuestras cabezas humildemente infantiles, agachadas sobre las páginas de aquellos libritos de lectura en los que descaradamente (nosotros no advertíamos tal descaro) se exaltaba la figura del apóstol Santiago, ¡Santiago y cierra España!, se enaltecía el escudo nacional, ‘nuestro’ Escudo, el águila, fijémonos en los componentes de nuestro Escudo, empieza por un águila ¿verdad?, el águila es el ave más majestuosa que cruza los espacios, a ver, niños, qué es la corona, la corona ha sido siempre símbolo de imperio o jerarquía, el castillo de oro en campo de gules (desconocíamos su significado, quizá por eso era fascinante), el león, las barras, las cadenas, la granada, aquella granada abierta como una indecencia, niños, hay que fijarse en las columnas y la leyenda Plus Ultra.
(25-3-2001)
JUAN GARODRI
De pequeño, me producía un respeto sacrosanto el lema de la Real Academia Española de la Lengua, «Limpia, Fija y da Esplendor», ese respeto que desprendían algunas entidades altísimas y abstractas, Dios, Patria, Franco sí, Comunismo no, idioma Castellano o español, un respeto que se extendía como un olor, que giraba y levitaba como una emanación alrededor de nuestras cabezas humildemente infantiles, agachadas sobre las páginas de aquellos libritos de lectura en los que descaradamente (nosotros no advertíamos tal descaro) se exaltaba la figura del apóstol Santiago, ¡Santiago y cierra España!, se enaltecía el escudo nacional, ‘nuestro’ Escudo, el águila, fijémonos en los componentes de nuestro Escudo, empieza por un águila ¿verdad?, el águila es el ave más majestuosa que cruza los espacios, a ver, niños, qué es la corona, la corona ha sido siempre símbolo de imperio o jerarquía, el castillo de oro en campo de gules (desconocíamos su significado, quizá por eso era fascinante), el león, las barras, las cadenas, la granada, aquella granada abierta como una indecencia, niños, hay que fijarse en las columnas y la leyenda Plus Ultra.
Para mí, sin embargo, lo estupendo eran el yugo y las flechas, sobre todo después de la explicación que nos dio aquel viejo maestro (desapareció un día como por encanto, jamás volvimos a verlo) en la que aseguraba que el yugo era símbolo de esclavitud y sometimiento y las flechas significaban la traición por la espalda...
Un respeto sacrosanto, ya digo, me producían de pequeño las abstracciones patrióticas, esas que se expanden como un olor. Como un olor desaparecieron.
Se ha mantenido, sin embargo, mi respeto hacia el lema de la Real Academia de la Lengua. Y aunque se haya discutido hasta la saciedad la congruencia o incongruencia lingüística de lo del «Limpia, Fija y da Esplendor», tengo que confesar que me ha sentado como una patada en el escroto la información de hace unos días, esa que habla del ‘apasionado debate del «espanglish» en Nueva York’.
Se ha mantenido, sin embargo, mi respeto hacia el lema de la Real Academia de la Lengua. Y aunque se haya discutido hasta la saciedad la congruencia o incongruencia lingüística de lo del «Limpia, Fija y da Esplendor», tengo que confesar que me ha sentado como una patada en el escroto la información de hace unos días, esa que habla del ‘apasionado debate del «espanglish» en Nueva York’.
Resulta que un tal Ilan Stavans, profesor de «espanglish» en el Armhest College de Massachusetts se dedica a guasearse del lema de la Real Academia con argumentos tan imbéciles como el de que se impuso el español en América gracias a tal lema, acompañado de la cruz y la espada. Bueno, es que está uno tan aburrido de oír siempre la misma música melopeica (aunque quizá históricamente verdadera o algo verdadera), que el sonsonete te produce hastío, ese fastidio de la antigualla que cuelga de las cuerdas de tender para solearse en los balcones de palo. Y el tal Ilan Stavans no hacía caso al lingüista Humberto López Morales (secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española) que lo reconvenía y le recordaba que el lema de la Academia es del siglo XVIII y que una interpretación coherente de la Historia presupone que el hecho en cuestión ha de interpretarse con la mentalidad de la época en que se produjo, y no con la de ahora. Pero ni por esas. Conozco a Humberto López Morales, he asistido a alguna de sus conferencias. Así que muy cabreado debía de estar para utilizar su erudición mezclada con la guasa y con el humor fino hasta el punto de hacer reír a los presentes. Finalmente, le recordó al tal Stavans que «pese al deseo de la Corona española de castellanizar al máximo sus colonias americanas, el pacto que suscribió con el Vaticano le daba carta libre a los misioneros para predicar el Evangelio en las lenguas indígenas, razón que explica, por ejemplo, la pervivencia del quechua, y que sólo tras las independencias, en el siglo XIX, se propagó desde los nuevos gobiernos el uso generalizado del español».
Al hilo de lo anteriormente expuesto, otra información reciente, de estos días, asegura que «casi la mitad de los españoles no lee libros». Y uno concluye que si el 42 por 100 de los españoles no lee libros, tampoco los compra, porque para qué va a comprarlos si no los lee. Y que si la mitad de los que leen, o sea un 29 por 100, saca los libros de la biblioteca pública, a ver por qué se editan tantos libros en España, más de 52.000 títulos el año pasado, puesto que sólo los compra el 29 por 100 restante. Hay algo que, aparentemente, visto así, como desde lejos, no encaja. Tal vez sean generalizaciones ( y digo ‘tal vez’, que luego siempre aparece tras la esquina el que se pica) como la que se airea estos días referente a que las mujeres cobran el 22 por 100 menos que los hombres. Nada más lejos de mi intención que ponerlo en duda. Pero se me ocurre observar que dicho así, en general, “las mujeres”, aparece como afirmación extensivamente difusa. Porque el sintagma “las mujeres” engloba, por denotación semántica, a todas las mujeres, ampliación que no se corresponde con profesoras, maestras, enfermeras, funcionarias, juezas, magistradas, periodistas y demás colectivos pertenecientes a profesiones liberales, que cobran igual que los hombres. De lo cual se deduce, me parece, que hay muchas mujeres que cobran tanto como los hombres, aunque, evidentemente haya otras muchas, quizá más, que cobran menos que ellos. Hay quien matiza la afirmación y dice que son “ las mujeres trabajadoras” las que cobran menos que los hombres. Y se me ocurre pensar si maestras, profesoras, enfermeras y demás personal femenino citado anteriormente no son también mujeres trabajadoras, o si no lo son por el hecho de percibir unos haberes iguales a los de maestros, profesores, enfermeros, jueces, etc.
En estas que aparece mi tío Eufrasio,
Al hilo de lo anteriormente expuesto, otra información reciente, de estos días, asegura que «casi la mitad de los españoles no lee libros». Y uno concluye que si el 42 por 100 de los españoles no lee libros, tampoco los compra, porque para qué va a comprarlos si no los lee. Y que si la mitad de los que leen, o sea un 29 por 100, saca los libros de la biblioteca pública, a ver por qué se editan tantos libros en España, más de 52.000 títulos el año pasado, puesto que sólo los compra el 29 por 100 restante. Hay algo que, aparentemente, visto así, como desde lejos, no encaja. Tal vez sean generalizaciones ( y digo ‘tal vez’, que luego siempre aparece tras la esquina el que se pica) como la que se airea estos días referente a que las mujeres cobran el 22 por 100 menos que los hombres. Nada más lejos de mi intención que ponerlo en duda. Pero se me ocurre observar que dicho así, en general, “las mujeres”, aparece como afirmación extensivamente difusa. Porque el sintagma “las mujeres” engloba, por denotación semántica, a todas las mujeres, ampliación que no se corresponde con profesoras, maestras, enfermeras, funcionarias, juezas, magistradas, periodistas y demás colectivos pertenecientes a profesiones liberales, que cobran igual que los hombres. De lo cual se deduce, me parece, que hay muchas mujeres que cobran tanto como los hombres, aunque, evidentemente haya otras muchas, quizá más, que cobran menos que ellos. Hay quien matiza la afirmación y dice que son “ las mujeres trabajadoras” las que cobran menos que los hombres. Y se me ocurre pensar si maestras, profesoras, enfermeras y demás personal femenino citado anteriormente no son también mujeres trabajadoras, o si no lo son por el hecho de percibir unos haberes iguales a los de maestros, profesores, enfermeros, jueces, etc.
En estas que aparece mi tío Eufrasio,
-Qué haces -me dice,
-Nada -le respondo-, aquí escribiendo mi artículo semanal,
-No te molestarás si te digo que estás meando fuera del tiesto,
-Por qué me dice eso,
- Porque empezaste escribiendo sobre el lema de la Real Academia Española y has terminado con el tema de la mujer trabajadora,
-Pues es verdad -le digo-, pero no siempre le van a salir a uno los artículos bordados,
-Pardillo -me dijo.
Y todavía no sé por qué adoptó su característico aire despectivo y me llamó pardillo.
Y todavía no sé por qué adoptó su característico aire despectivo y me llamó pardillo.
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Año 2001 - 03 marzo
domingo, 23 de agosto de 2009
LA EXPOSICIÓN
(18-3-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, pues resulta que el día 13 de los corrientes, frase hecha, me invitaron a una exposición. Ya va teniendo uno, a nivel local, naturalmente, en el país de los ciegos el tuerto es el rey, cierto halo de personaje culto. Pienso, no obstante, que la gente se confunde conmigo. Algunos me consideran un hombre culto, aunque yo mismo no sabría definir con certeza el concepto de cultura. ¡Oh, la cultura!, ese juego esotérico entre iniciados que fabrica escasez para que resulte difícil acceder a ella. Así que acudí a la exposición que tenía lugar en el Museo de la Cárcel Real, extraordinario edificio del siglo XVII, hace poco reconstruido, en el que tiene su sede el museo epigráfico y etnográfico de Coria. El museo de la Cárcel Real empezó su andadura disponiendo de presupuestos considerables para montar exposiciones importantes, por ejemplo, la de Miguel Ángel Bedate o la de AFINSA, que logró exponer grabados de Goya dedicados a la tauromaquia, además de obras de Machaco (disculpa, tronco, sé que me vas a mandar a hacer gárgaras con vino, pero tengo que citarte) y la escultura del Torero, Guayasamín y otras obras de otros artistas. Posteriormente, el presupuesto del museo para exposiciones ha ido descendiendo hasta quedar reducido a exposiciones de nivel local, eliminadas las pretensiones acumuladoras de personal de cierto renombre.
La exposición a la que me invitaron era de fotografía. (Y lo sigue siendo, puesto que continúa abierta al público hasta el día 8 de abril). La exposición lleva por título FOTO Y NATURA 2001 y alienta en ella la idea de utilizarla para realizar intercambios culturales con Castelo de Vide (Portugal) o con la I.C. Cultural El Brocense (si lo permiten los mandamases, naturalmente). Participan en la exposición tres artistas de la fotografía, a saber, Carlos Sánchez González (Coria, 1966), Ángel Martín García (Coria, 1970) y José Ignacio Sánchez Albalá (Coria, 1965). Los tres poseen reconocida experiencia puesto que cada uno ha realizado exposiciones fotográficas, algunas importantes, en ámbitos reales individualizados, además de colaborar como fotógrafos en revistas y periódicos. Carlos Sánchez (quizá el más profesional, fotográficamente hablando, por el control absoluto de lo que es la imagen, además de ser miembro de la Asociación de Fotógrafos de Naturaleza de España) consigue pormenorizar increíblemente detalles insólitos de la fauna y la flora de la comarca, esos detalles que el ojo no ve y que él ha sabido exteriorizar plásticamente. Nacho Albalá (presidente de CICONIA, Asociación para la defensa y protección de la Naturaleza) concreta en sus paisajes la extraordinaria grandiosidad de los Canchos de Ramiro, o la imponente impresión majestuosa de las alturas de Jálama, o el vuelo ascendente de los buitres mecidos en su propia libertad. Las fotos pretenden llamar la atención sobre el Centro de Interpretación Ambiental de Cachorrilla, para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro que recientemente ha sido incluida en zona ZEPA (Zona especial de protección animal). Y, ya que se pone a tiro la cosa, he de comentar que este Centro de Interpretación de Cachorrilla, con la importancia extraordinaria que posee para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro, junto a su fauna y su flora, no ha recibido la más mínima atención, ni ayuda, de organizaciones institucionales ni de entidades bancarias. Será porque los buitres aportan pocos votos y escasa rentabilidad bancaria. Solamente ADESVAL (Asociación para el Desarrollo del Valle del alagón) ha subvencionado considerablemente al Centro de Interpretación. Ángel Martín, director de Arentia, esa publicación local desinhibida y espontánea, algo provocadora y aguafiestas "que levanta la cama de las piezas que llevan tanto tiempo aposentadas en ella y, de paso, remueve algún culo atornillado en las poltronas de las covachuelas oficiales", como escribí en otra ocasión, Ángel Martín, decía, es el tercer fotógrafo. Contempla la naturaleza desde una óptica distinta y, a la vez, de denuncia. Esa otra naturaleza que forma parte de la misma pero que nadie quiere ver: graveras, vertidos industriales a ríos, cultura del botellón, etc. Foto y Natura ha sido una oportunidad para poder mostrar la otra cara de la naturaleza. La sociedad de consumo en la que estamos inmersos es su segundo enemigo. El primero es el hombre, tal y como ya casi no nos atrevemos a imaginar. La naturaleza exige mucho más de lo se pueda plasmar en instantáneas. El zoom de Ángel Martín es el zoom crítico de alguien que, cámara en ristre, se resiste a que esa naturaleza apabullada pase desapercibida.
Acotación explícita. Sólo 12 personas acudimos a la inauguración de la exposición. El director del museo, Juan Pedro Moreno, con un entusiasmo digno de encomio, como si estuviera ante un auditorio numeroso, resumió inteligentemente el contenido de la exposición y la trayectoria artística de cada uno de los exponentes. Sólo 12 personas, repito. ¿Dónde estaban los políticos, representantes del Ayuntamiento, gestores de entidades bancarias? Ni uno. ¿Dónde estaban los medios de comunicación, los corresponsales de prensa local, los corresponsales de radio, los fotógrafos? Ni uno. Un amargo sabor de boca teníamos los presentes, una sensación de minoría silenciada y semiclandestina. Teníamos la sensación, yo al menos, de que la hipocresía social se extiende como la tinta, de una forma densa y aun repulsiva o despreciable que no puede considerarse solamente sucia sino obscena, porque lo sucio es cualidad que se asienta en las cosas, es algo propio de las cosas como puede serlo lo limpio, no es una cualidad inherente al objeto la suciedad. Una cosa no es sucia, una cosa está sucia, por lo que su atributo de suciedad es accidental, razón misma por la que en cualquier momento puede dejar de estarlo. Pero la obscenidad reside en la mente, se trata más bien de una noción abstracta, y por ende de algo interno que se asienta en la profundidad y en las entrañas o en la intención de la persona, de manera que nadie puede asegurar con propiedad que la hipocresía social está obscena: tiene que afirmar, en caso de planteárselo, que la hipocresía social es obscena, de lo cual se deduce que la obscenidad es una cualidad inherente o permanente a la hipocresía.
(18-3-2001)
JUAN GARODRI
Bueno, pues resulta que el día 13 de los corrientes, frase hecha, me invitaron a una exposición. Ya va teniendo uno, a nivel local, naturalmente, en el país de los ciegos el tuerto es el rey, cierto halo de personaje culto. Pienso, no obstante, que la gente se confunde conmigo. Algunos me consideran un hombre culto, aunque yo mismo no sabría definir con certeza el concepto de cultura. ¡Oh, la cultura!, ese juego esotérico entre iniciados que fabrica escasez para que resulte difícil acceder a ella. Así que acudí a la exposición que tenía lugar en el Museo de la Cárcel Real, extraordinario edificio del siglo XVII, hace poco reconstruido, en el que tiene su sede el museo epigráfico y etnográfico de Coria. El museo de la Cárcel Real empezó su andadura disponiendo de presupuestos considerables para montar exposiciones importantes, por ejemplo, la de Miguel Ángel Bedate o la de AFINSA, que logró exponer grabados de Goya dedicados a la tauromaquia, además de obras de Machaco (disculpa, tronco, sé que me vas a mandar a hacer gárgaras con vino, pero tengo que citarte) y la escultura del Torero, Guayasamín y otras obras de otros artistas. Posteriormente, el presupuesto del museo para exposiciones ha ido descendiendo hasta quedar reducido a exposiciones de nivel local, eliminadas las pretensiones acumuladoras de personal de cierto renombre.
La exposición a la que me invitaron era de fotografía. (Y lo sigue siendo, puesto que continúa abierta al público hasta el día 8 de abril). La exposición lleva por título FOTO Y NATURA 2001 y alienta en ella la idea de utilizarla para realizar intercambios culturales con Castelo de Vide (Portugal) o con la I.C. Cultural El Brocense (si lo permiten los mandamases, naturalmente). Participan en la exposición tres artistas de la fotografía, a saber, Carlos Sánchez González (Coria, 1966), Ángel Martín García (Coria, 1970) y José Ignacio Sánchez Albalá (Coria, 1965). Los tres poseen reconocida experiencia puesto que cada uno ha realizado exposiciones fotográficas, algunas importantes, en ámbitos reales individualizados, además de colaborar como fotógrafos en revistas y periódicos. Carlos Sánchez (quizá el más profesional, fotográficamente hablando, por el control absoluto de lo que es la imagen, además de ser miembro de la Asociación de Fotógrafos de Naturaleza de España) consigue pormenorizar increíblemente detalles insólitos de la fauna y la flora de la comarca, esos detalles que el ojo no ve y que él ha sabido exteriorizar plásticamente. Nacho Albalá (presidente de CICONIA, Asociación para la defensa y protección de la Naturaleza) concreta en sus paisajes la extraordinaria grandiosidad de los Canchos de Ramiro, o la imponente impresión majestuosa de las alturas de Jálama, o el vuelo ascendente de los buitres mecidos en su propia libertad. Las fotos pretenden llamar la atención sobre el Centro de Interpretación Ambiental de Cachorrilla, para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro que recientemente ha sido incluida en zona ZEPA (Zona especial de protección animal). Y, ya que se pone a tiro la cosa, he de comentar que este Centro de Interpretación de Cachorrilla, con la importancia extraordinaria que posee para la protección y defensa de los Canchos de Ramiro, junto a su fauna y su flora, no ha recibido la más mínima atención, ni ayuda, de organizaciones institucionales ni de entidades bancarias. Será porque los buitres aportan pocos votos y escasa rentabilidad bancaria. Solamente ADESVAL (Asociación para el Desarrollo del Valle del alagón) ha subvencionado considerablemente al Centro de Interpretación. Ángel Martín, director de Arentia, esa publicación local desinhibida y espontánea, algo provocadora y aguafiestas "que levanta la cama de las piezas que llevan tanto tiempo aposentadas en ella y, de paso, remueve algún culo atornillado en las poltronas de las covachuelas oficiales", como escribí en otra ocasión, Ángel Martín, decía, es el tercer fotógrafo. Contempla la naturaleza desde una óptica distinta y, a la vez, de denuncia. Esa otra naturaleza que forma parte de la misma pero que nadie quiere ver: graveras, vertidos industriales a ríos, cultura del botellón, etc. Foto y Natura ha sido una oportunidad para poder mostrar la otra cara de la naturaleza. La sociedad de consumo en la que estamos inmersos es su segundo enemigo. El primero es el hombre, tal y como ya casi no nos atrevemos a imaginar. La naturaleza exige mucho más de lo se pueda plasmar en instantáneas. El zoom de Ángel Martín es el zoom crítico de alguien que, cámara en ristre, se resiste a que esa naturaleza apabullada pase desapercibida.
Acotación explícita. Sólo 12 personas acudimos a la inauguración de la exposición. El director del museo, Juan Pedro Moreno, con un entusiasmo digno de encomio, como si estuviera ante un auditorio numeroso, resumió inteligentemente el contenido de la exposición y la trayectoria artística de cada uno de los exponentes. Sólo 12 personas, repito. ¿Dónde estaban los políticos, representantes del Ayuntamiento, gestores de entidades bancarias? Ni uno. ¿Dónde estaban los medios de comunicación, los corresponsales de prensa local, los corresponsales de radio, los fotógrafos? Ni uno. Un amargo sabor de boca teníamos los presentes, una sensación de minoría silenciada y semiclandestina. Teníamos la sensación, yo al menos, de que la hipocresía social se extiende como la tinta, de una forma densa y aun repulsiva o despreciable que no puede considerarse solamente sucia sino obscena, porque lo sucio es cualidad que se asienta en las cosas, es algo propio de las cosas como puede serlo lo limpio, no es una cualidad inherente al objeto la suciedad. Una cosa no es sucia, una cosa está sucia, por lo que su atributo de suciedad es accidental, razón misma por la que en cualquier momento puede dejar de estarlo. Pero la obscenidad reside en la mente, se trata más bien de una noción abstracta, y por ende de algo interno que se asienta en la profundidad y en las entrañas o en la intención de la persona, de manera que nadie puede asegurar con propiedad que la hipocresía social está obscena: tiene que afirmar, en caso de planteárselo, que la hipocresía social es obscena, de lo cual se deduce que la obscenidad es una cualidad inherente o permanente a la hipocresía.
"Hay tiempos en que todo parece condenado / al terrible silencio de los muertos", dijo Manuel Pacheco. Eso.
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Año 2001 - 03 marzo
FÚTBOL Y PARALITURGIA
(11-3-2001)
JUAN GARODRI
Desde que Jenófanes el Eleata, allá por el s. V a.C., elaborara una especie de filosofía de la religión, diciendo cosas como que «los dioses están cortados por el patrón de los hombres», hasta que en el siglo XIX Ludwig Feuerbach se empeñara en sistematizar el «absurdo del absoluto» para derrocar el dualismo de religión sobrenatural y mundo sensible, los hombres no han parado en su intento por desmitificar lo religioso y enterrar de una vez el difunto espíritu de la teología. Y así, los pensadores modernos (Kant, Schleirmacher, Locke, Rousseau, Marx, Kierkegaard, Lenin, Vaihinger o Unamuno, por citar algunos) elaboran una filosofía de la religión a base de determinar una solución negativa al problema de la esencia de lo religioso, retorcidos unos por la duda y anclados otros en el descreimiento. En consecuencia, poco a poco se extendió el agnosticismo como un lento río de dudas y aprensiones, porque a ver cómo se solucionaba si no el problema de la ciencia, y el personal empezó a pensar que la religión y, en definitiva, el hecho religioso, era cosa que apenas tenía que ver con uno mismo, acuciado como andaba el gentío por problemas tan reales como el cientificismo tecnológico o la economía.
Pues mira tú por donde, a mí me parece que no. ¿Por qué? Porque entonces no existía la cosa del fútbol. Vamos, que se han equivocado los sabios, o séase, que la han cagado, por mucho que los productos de sus preclaras inteligencias aparezcan sistematizados en los manuales de historia de la filosofía. Quiero decir, a través de estas irreverencias filosóficas, que dichos filósofos no profundizaron en una constante vital, esa que define al hombre como hombre: la sed de trascendencia. Te ruego que disculpes la sonoridad rimbombante de la frase, pero pienso que no ando descaminado. De siempre, el hombre ha mantenido relaciones con la divinidad, es decir, con algo superior y exterior a él mismo, con algo que lo trasciende. Es más, el hombre se ha entregado casi ciegamente, ha entregado su ser a esa trascendencia, se ha abandonado en ella, en una especie de suicidio del alma, tal como dijo Camus. En todas las culturas, en todas las épocas, el hombre ha tendido a una relación con “lo Otro”, aunque esta relación haya sido casi siempre de sometimiento, de temor o miedo al castigo, de liturgias para atraer la protección divina, de oraciones para alejar el hostigamiento del mal. Si en otros tiempos el gentío se aferraba a la religión (a sus ritos, más bien) para superar la efímera contingencia de lo cotidiano, hoy día, rechazada la religión si no como un concepto sí al menos como una práctica, rechazada como algo que se considera retrógrado o no progresista, ha surgido hoy día, ya digo, un nuevo movimiento religioso, una nueva religión que ayuda al personal a superar sus frustraciones y rencores diarios, una nueva religión con más fuerza, si cabe, que las religiones tradicionales: se nos ha aparecido el fútbol.
Pensarás que estoy frivolizando el tema religioso, pero no. A poco que te detengas a observar cualquier acontecimiento futbolístico, caerás en la cuenta del extraordinario parecido que se corresponde, con minuciosa fidelidad de calcomanía, entre el lance futbolístico y el acontecimiento religioso. Mientras la liturgia inicia la acción religiosa con cánticos popularizados para desperezar la fe, la unidad, la fraternidad de los asistentes y favorecer la plegaria (Juntos como hermanos / miembros de una iglesia / vamos caminando / al encuentro del Señor...), los organizadores del evento futbolístico largan a todo meter los decibelios de los altavoces y resuena por el campo de fútbol la atronadora melodía de los himnos, esos aperitivos musicales utilizados para desentumecer las gargantas y disponerlas al grito o al insulto (Hala Madriiiiid, hala Madriiiid / a vencer en buena liiid, etc —Atleeeti, Atleeeti / Atlético de Madriiid, etc). Los estadartes, escapularios, albas, casullas, roquetes, imágenes, estampas y reproducciones religiosas, se corresponden con bufandas, chalecos, gorros, camisetas, cromos y otras reproducciones futboleras. Las catedrales y los estadios, las iglesias y los campos de fútbol, las ermitas y la era para patear un balón. Los santos patronos son Raúl y Figo o Roberto Carlos, Rivaldo o Guardiola, Djalminha o Mendieta (omito deliberadamente el juego de palabras del exorcizado Losantos, símbolo de un demonio concreto y desavisado). El árbitro es el ángel malo, un satanás redivivo al que hay que conjurar con el agua bendita del insulto. El gol es el ángel bueno, ese resplandor incandescente que se cuela en las gargantas para la salvación de tantos. Es admirable, por otra parte, el espíritu guerrero y combativo de la terminología futbolística: ariete, defensa, ataque contra la escuadra enemiga, de la misma manera que el espíritu del hombre religioso era combativo contra el pecado, tal como Íñigo de Loyola lo diseñó en sus Exercicios. La lucha contra el enemigo es a muerte, no hay más que recordar el gol anulado a Rivaldo el día del derby del milenio, ¿gol, robo o conspiración?, gol que trae de cabeza a la casuística futbolera de toda España, lo cual que se corresponde el interrogante con el de )es pecado bailar, no es pecado bailar? que traía por la calle de la amargura espiritual a los moralistas de otras épocas. Efectivamente, el pecado futbolístico consistió en el hecho de admitir si Rivaldo la metió o no la metió a consecuencia de su chutazo, de la misma forma que en la casuística moral los entendidos trataban minuciosamente de elucidar si se metía o no se metía a consecuencia del chutazo en el abrazo del baile.
No olvides, por otra parte, el fundamentalismo futbolero, comparable al religioso. A alguien conozco que estaría dispuesto a dar parte de su vida, incluso de su hacienda (150.000 pelas por una entrada supone parte de la hacienda individual, digo yo), con tal de ver morir al Barça entre los atroces tormentos del descrédito y la descomposición futbolística, hundido en la miseria de la cola clasificatoria.
Coloquio. ¿Necesita o no necesita el hombre algo que lo trascienda, algo en qué creer, algo a lo que aferrarse para superar, más o menos equilibradamente las humanas contingencias? (Quién le iba a decir a Feuerbach que su «absurdo del absoluto» iba a ser superado por un cuero hinchado de aire! Ahí queda la idea para algún aficionado a las tesis doctorales.
(11-3-2001)
JUAN GARODRI
Desde que Jenófanes el Eleata, allá por el s. V a.C., elaborara una especie de filosofía de la religión, diciendo cosas como que «los dioses están cortados por el patrón de los hombres», hasta que en el siglo XIX Ludwig Feuerbach se empeñara en sistematizar el «absurdo del absoluto» para derrocar el dualismo de religión sobrenatural y mundo sensible, los hombres no han parado en su intento por desmitificar lo religioso y enterrar de una vez el difunto espíritu de la teología. Y así, los pensadores modernos (Kant, Schleirmacher, Locke, Rousseau, Marx, Kierkegaard, Lenin, Vaihinger o Unamuno, por citar algunos) elaboran una filosofía de la religión a base de determinar una solución negativa al problema de la esencia de lo religioso, retorcidos unos por la duda y anclados otros en el descreimiento. En consecuencia, poco a poco se extendió el agnosticismo como un lento río de dudas y aprensiones, porque a ver cómo se solucionaba si no el problema de la ciencia, y el personal empezó a pensar que la religión y, en definitiva, el hecho religioso, era cosa que apenas tenía que ver con uno mismo, acuciado como andaba el gentío por problemas tan reales como el cientificismo tecnológico o la economía.
Pues mira tú por donde, a mí me parece que no. ¿Por qué? Porque entonces no existía la cosa del fútbol. Vamos, que se han equivocado los sabios, o séase, que la han cagado, por mucho que los productos de sus preclaras inteligencias aparezcan sistematizados en los manuales de historia de la filosofía. Quiero decir, a través de estas irreverencias filosóficas, que dichos filósofos no profundizaron en una constante vital, esa que define al hombre como hombre: la sed de trascendencia. Te ruego que disculpes la sonoridad rimbombante de la frase, pero pienso que no ando descaminado. De siempre, el hombre ha mantenido relaciones con la divinidad, es decir, con algo superior y exterior a él mismo, con algo que lo trasciende. Es más, el hombre se ha entregado casi ciegamente, ha entregado su ser a esa trascendencia, se ha abandonado en ella, en una especie de suicidio del alma, tal como dijo Camus. En todas las culturas, en todas las épocas, el hombre ha tendido a una relación con “lo Otro”, aunque esta relación haya sido casi siempre de sometimiento, de temor o miedo al castigo, de liturgias para atraer la protección divina, de oraciones para alejar el hostigamiento del mal. Si en otros tiempos el gentío se aferraba a la religión (a sus ritos, más bien) para superar la efímera contingencia de lo cotidiano, hoy día, rechazada la religión si no como un concepto sí al menos como una práctica, rechazada como algo que se considera retrógrado o no progresista, ha surgido hoy día, ya digo, un nuevo movimiento religioso, una nueva religión que ayuda al personal a superar sus frustraciones y rencores diarios, una nueva religión con más fuerza, si cabe, que las religiones tradicionales: se nos ha aparecido el fútbol.
Pensarás que estoy frivolizando el tema religioso, pero no. A poco que te detengas a observar cualquier acontecimiento futbolístico, caerás en la cuenta del extraordinario parecido que se corresponde, con minuciosa fidelidad de calcomanía, entre el lance futbolístico y el acontecimiento religioso. Mientras la liturgia inicia la acción religiosa con cánticos popularizados para desperezar la fe, la unidad, la fraternidad de los asistentes y favorecer la plegaria (Juntos como hermanos / miembros de una iglesia / vamos caminando / al encuentro del Señor...), los organizadores del evento futbolístico largan a todo meter los decibelios de los altavoces y resuena por el campo de fútbol la atronadora melodía de los himnos, esos aperitivos musicales utilizados para desentumecer las gargantas y disponerlas al grito o al insulto (Hala Madriiiiid, hala Madriiiid / a vencer en buena liiid, etc —Atleeeti, Atleeeti / Atlético de Madriiid, etc). Los estadartes, escapularios, albas, casullas, roquetes, imágenes, estampas y reproducciones religiosas, se corresponden con bufandas, chalecos, gorros, camisetas, cromos y otras reproducciones futboleras. Las catedrales y los estadios, las iglesias y los campos de fútbol, las ermitas y la era para patear un balón. Los santos patronos son Raúl y Figo o Roberto Carlos, Rivaldo o Guardiola, Djalminha o Mendieta (omito deliberadamente el juego de palabras del exorcizado Losantos, símbolo de un demonio concreto y desavisado). El árbitro es el ángel malo, un satanás redivivo al que hay que conjurar con el agua bendita del insulto. El gol es el ángel bueno, ese resplandor incandescente que se cuela en las gargantas para la salvación de tantos. Es admirable, por otra parte, el espíritu guerrero y combativo de la terminología futbolística: ariete, defensa, ataque contra la escuadra enemiga, de la misma manera que el espíritu del hombre religioso era combativo contra el pecado, tal como Íñigo de Loyola lo diseñó en sus Exercicios. La lucha contra el enemigo es a muerte, no hay más que recordar el gol anulado a Rivaldo el día del derby del milenio, ¿gol, robo o conspiración?, gol que trae de cabeza a la casuística futbolera de toda España, lo cual que se corresponde el interrogante con el de )es pecado bailar, no es pecado bailar? que traía por la calle de la amargura espiritual a los moralistas de otras épocas. Efectivamente, el pecado futbolístico consistió en el hecho de admitir si Rivaldo la metió o no la metió a consecuencia de su chutazo, de la misma forma que en la casuística moral los entendidos trataban minuciosamente de elucidar si se metía o no se metía a consecuencia del chutazo en el abrazo del baile.
No olvides, por otra parte, el fundamentalismo futbolero, comparable al religioso. A alguien conozco que estaría dispuesto a dar parte de su vida, incluso de su hacienda (150.000 pelas por una entrada supone parte de la hacienda individual, digo yo), con tal de ver morir al Barça entre los atroces tormentos del descrédito y la descomposición futbolística, hundido en la miseria de la cola clasificatoria.
Coloquio. ¿Necesita o no necesita el hombre algo que lo trascienda, algo en qué creer, algo a lo que aferrarse para superar, más o menos equilibradamente las humanas contingencias? (Quién le iba a decir a Feuerbach que su «absurdo del absoluto» iba a ser superado por un cuero hinchado de aire! Ahí queda la idea para algún aficionado a las tesis doctorales.
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Año 2001 - 03 marzo
domingo, 16 de agosto de 2009
NOSTRADAMUS Y EL INFIERNO
(4-3-2001)
JUAN GARODRI
Desde siempre, el hombre se empeña tenazmente en la consecución de lo imposible, a saber, la averiguación del futuro y, sobre todo, el conocimiento de acontecimientos futuros. Supongo que todas las culturas, desde Adán para acá, lo han intentado. Pero vamos, ahora mismo mi memoria solamente se remonta a la época romana. Los augures, aquellos sacerdotes que vivían del cuento de interpretar la voluntad de Júpiter para aplicarla a los actos de la vida pública, se valían de auspicios para su menester, bien concentrados en el auguráculo y bien adornados con su toga pretexta. Ya se sabe que a pesar de la parafernalia pontifical acertaron poco.
Michel de Nostre-Dame, que fue médico de Carlos IX y de Catalina de Médicis, adquirió notoriedad en el ejercicio de la medicina, y hoy nos hubiera venido como anillo al dedo, que se dice, para combatir lo de las vacas locas y la fiebre aftosa porque adquirió notoriedad especialmente por sus remedios contra las epidemias que asolaron Francia en aquel tiempo. Pero Michel de Nostre-Dame también fue astrólogo, y de mucho fuste, porque con los conocimientos rudimentarios (o quizá no tan rudimentarios, como suponemos desde nuestra actual petulancia científica) que poseía, fue capaz de pronosticar, y acertar, la muerte de Enrique II y de publicar almanaques con anuncios meteorológicos, algunos de ellos acertados, sobre todo Las Centuries, aparecidas en Lyon en 1555, relativas a acontecimientos futuros que se verificarían a una distancia de siglos. Y aunque las escribió en verso (de ahí lo del “las” porque utilizó cuartetas), hizo sus predicciones en medio de un lenguaje cabalístico y enigmático que inducía más a la confusión que al estremecimiento. Pero la gente lo creía.
Poco se imaginaba, sin embargo, Michel de Nostre-Dame, Nostradamus, aquel médico y astrólogo francés del siglo XVI, el descrédito en que iba a caer 550 años después de haber efectuado sus predicciones. Es que no ha dado una.
Cuando yo era adolescente, se me ponían de punta los pelos del cogote cuando pensaba en el terremoto gigantesco que destruiría el mundo en 1960. Así que cuando llegó la fecha fatídica, me fui al trote hasta los Cuestos de Mínguez y allí me mantuve durante horas, sentado en una peña, sin comer ni beber, mirando la catedral y el castillo que iban a desmoronarse de un momento a otro, engullidos por las grietas del suelo y el desbordamiento sin límites del Alagón. Al anochecer tuve que volver a casa, respirando tranquilo porque había salvado el pellejo, (o lo salvaría, porque si no se había hundido el mundo a lo largo del día era de suponer que tampoco se hundiera en las pocas horas que faltaban para que terminase) y pelín decepcionado porque durante aquellas horas de angustiosa espera no se había movido ni el aire.
En nuestros días, los señores científicos, que son los augures del tercer milenio, se empeñan en descolocar nuestras aprensiones y van y se reúnen en Ginebra para que nos zurremos vivos con sus predicciones, la mar de pesimistas. Bueno, desde el hambre hasta las inundaciones, desde la sequía hasta las enfermedades provocadas por todo tipo de virus, estaremos rodeados de desastres. El Planeta será, según donde a cada uno le toque la china, o inmensas extensiones anegadas bajo el nivel de las aguas a causa del calentamiento progresivo de los conos polares, o un gigantesco desierto acuchillado por el sol y la sequía producida por el cambio climático, o un inconmensurable cementerio en el que irán acumulándose los cuerpos sin vida de los seres humanos que ya, a esa altura del desastre ecológico, ni serán seres humanos ni nada, destruídos por virus, enfermedades, plagas, padecimientos y desgracias sin cuento.
Llegados a este punto de la reflexión destructiva e ignívoma, ¿qué diferencia puede establecerse entre el infierno escatológico y el desastre ecológico? Salvo la imagen de Pedro Botero removiendo con el tridente el hirviente líquido de las calderas, ninguna. Ya se sabe que a cada pecado correspondía una buena aguadilla en el líquido apestoso y un buen pinchotazo que el demonio correspondiente nos aplicaría en las posaderas. Y eso ocurriría durante toda la eternidad, ahí es nada. La eternidad, aquella bola de hierro recorrida sin cesar por una hormiga hasta conseguir partir en dos la bola: pues bien, en ese momento no hacía más que empezar la eternidad. ¡Horror! Billones, trillones de aguadillas y de pinchotazos en el trasero y aún no había empezado la cosa. Un infierno parecido predicen los científicos.
Puede que tengan razón, pero pienso que, en lugar de asustar al personal, deberían dirigir sus amenazas contra la poderosa industria internacional y contaminante. Por ejemplo, prohibir a nivel mundial la fabricación de coches que utilicen como combustible el petróleo y que obliguen o impongan la fabricación de vehículos movidos por energía eléctrica o solar. Que prohíban a nivel mundial la fabricación de armas químicas y obliguen a la utilización del uranio con fines pacíficos. Que empalen sin consideración a las grandes compañías madereras que destruyen los bosques del Planeta. Mientras no se haga esto, ¿de qué vale que amenacen a la ciudadanía con el infierno ecológico por no separar en la bolsa de la basura los envases de vidrio de los residuos sólidos urbanos?
Es posible, por otra parte, que dentro de doscientos años, el hombre haya solucionado el problema ecológico porque, como dice Manuel Alcántara, «el ser humano se adaptará a lo que venga. La vida está hecha de supervivientes».
(4-3-2001)
JUAN GARODRI
Desde siempre, el hombre se empeña tenazmente en la consecución de lo imposible, a saber, la averiguación del futuro y, sobre todo, el conocimiento de acontecimientos futuros. Supongo que todas las culturas, desde Adán para acá, lo han intentado. Pero vamos, ahora mismo mi memoria solamente se remonta a la época romana. Los augures, aquellos sacerdotes que vivían del cuento de interpretar la voluntad de Júpiter para aplicarla a los actos de la vida pública, se valían de auspicios para su menester, bien concentrados en el auguráculo y bien adornados con su toga pretexta. Ya se sabe que a pesar de la parafernalia pontifical acertaron poco.
Michel de Nostre-Dame, que fue médico de Carlos IX y de Catalina de Médicis, adquirió notoriedad en el ejercicio de la medicina, y hoy nos hubiera venido como anillo al dedo, que se dice, para combatir lo de las vacas locas y la fiebre aftosa porque adquirió notoriedad especialmente por sus remedios contra las epidemias que asolaron Francia en aquel tiempo. Pero Michel de Nostre-Dame también fue astrólogo, y de mucho fuste, porque con los conocimientos rudimentarios (o quizá no tan rudimentarios, como suponemos desde nuestra actual petulancia científica) que poseía, fue capaz de pronosticar, y acertar, la muerte de Enrique II y de publicar almanaques con anuncios meteorológicos, algunos de ellos acertados, sobre todo Las Centuries, aparecidas en Lyon en 1555, relativas a acontecimientos futuros que se verificarían a una distancia de siglos. Y aunque las escribió en verso (de ahí lo del “las” porque utilizó cuartetas), hizo sus predicciones en medio de un lenguaje cabalístico y enigmático que inducía más a la confusión que al estremecimiento. Pero la gente lo creía.
Poco se imaginaba, sin embargo, Michel de Nostre-Dame, Nostradamus, aquel médico y astrólogo francés del siglo XVI, el descrédito en que iba a caer 550 años después de haber efectuado sus predicciones. Es que no ha dado una.
Cuando yo era adolescente, se me ponían de punta los pelos del cogote cuando pensaba en el terremoto gigantesco que destruiría el mundo en 1960. Así que cuando llegó la fecha fatídica, me fui al trote hasta los Cuestos de Mínguez y allí me mantuve durante horas, sentado en una peña, sin comer ni beber, mirando la catedral y el castillo que iban a desmoronarse de un momento a otro, engullidos por las grietas del suelo y el desbordamiento sin límites del Alagón. Al anochecer tuve que volver a casa, respirando tranquilo porque había salvado el pellejo, (o lo salvaría, porque si no se había hundido el mundo a lo largo del día era de suponer que tampoco se hundiera en las pocas horas que faltaban para que terminase) y pelín decepcionado porque durante aquellas horas de angustiosa espera no se había movido ni el aire.
En nuestros días, los señores científicos, que son los augures del tercer milenio, se empeñan en descolocar nuestras aprensiones y van y se reúnen en Ginebra para que nos zurremos vivos con sus predicciones, la mar de pesimistas. Bueno, desde el hambre hasta las inundaciones, desde la sequía hasta las enfermedades provocadas por todo tipo de virus, estaremos rodeados de desastres. El Planeta será, según donde a cada uno le toque la china, o inmensas extensiones anegadas bajo el nivel de las aguas a causa del calentamiento progresivo de los conos polares, o un gigantesco desierto acuchillado por el sol y la sequía producida por el cambio climático, o un inconmensurable cementerio en el que irán acumulándose los cuerpos sin vida de los seres humanos que ya, a esa altura del desastre ecológico, ni serán seres humanos ni nada, destruídos por virus, enfermedades, plagas, padecimientos y desgracias sin cuento.
Llegados a este punto de la reflexión destructiva e ignívoma, ¿qué diferencia puede establecerse entre el infierno escatológico y el desastre ecológico? Salvo la imagen de Pedro Botero removiendo con el tridente el hirviente líquido de las calderas, ninguna. Ya se sabe que a cada pecado correspondía una buena aguadilla en el líquido apestoso y un buen pinchotazo que el demonio correspondiente nos aplicaría en las posaderas. Y eso ocurriría durante toda la eternidad, ahí es nada. La eternidad, aquella bola de hierro recorrida sin cesar por una hormiga hasta conseguir partir en dos la bola: pues bien, en ese momento no hacía más que empezar la eternidad. ¡Horror! Billones, trillones de aguadillas y de pinchotazos en el trasero y aún no había empezado la cosa. Un infierno parecido predicen los científicos.
Puede que tengan razón, pero pienso que, en lugar de asustar al personal, deberían dirigir sus amenazas contra la poderosa industria internacional y contaminante. Por ejemplo, prohibir a nivel mundial la fabricación de coches que utilicen como combustible el petróleo y que obliguen o impongan la fabricación de vehículos movidos por energía eléctrica o solar. Que prohíban a nivel mundial la fabricación de armas químicas y obliguen a la utilización del uranio con fines pacíficos. Que empalen sin consideración a las grandes compañías madereras que destruyen los bosques del Planeta. Mientras no se haga esto, ¿de qué vale que amenacen a la ciudadanía con el infierno ecológico por no separar en la bolsa de la basura los envases de vidrio de los residuos sólidos urbanos?
Es posible, por otra parte, que dentro de doscientos años, el hombre haya solucionado el problema ecológico porque, como dice Manuel Alcántara, «el ser humano se adaptará a lo que venga. La vida está hecha de supervivientes».
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Año 2001 - 03 marzo
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