EL CUENTO DEL ESCRITOR
(2-1-1999)
JUAN GARODRI
Disculpa, amigo, que empiece con una palabra tan lingüísticamente solemne y empinada como la de ‘semántica’. Porque me parece que es complicado lo de la semántica, qué quieres que te diga. Puestos a desentrañar significados, tú percibes claramente las diferencias significativas que pueden darse entre batalla y riña, por poner un ejemplo, o entre piso y casa, por poner otro. Si me apuras, también podemos señalar las diferencias de significado que pueden establecerse en el campo nocional del que maneja la pluma: escritor, escribiente, escribidor, letraherido, plumilla y plumífero. Pero no es fácil, créeme.
El escribiente se acomoda a esa figura casi envidiada en épocas anteriores a la aparición del lío informático y de la sacrosanta triple WWW, que conseguía un sueldo fijo rellenando a mano facturas y balances o caligrafiando las actas de los plenos del Ayuntamiento. También se llamaba escribiente a aquel hombre que se quemaba las cejas en las trastiendas de las zapaterías y en las oficinas de los constructores para cuadrarles las cuentas. En definitiva, era escribiente porque escribía. Y mucho.
El escritor, en cambio, pertenece a otro mundo. Antes de la triple WWW citada, se pasaba las horas escribiendo en un cuaderno a rayas (con pluma de oca o con estilográfica recargable, según los tiempos), los sentimientos líricos, las pasiones narrativas y los desenlaces dramáticos que su talento extraía de las posibilidades ideales, más o menos deseables, hasta que conseguía transformarlas en aparentes y verosímiles realidades concretas, bien aderezadas con la habilidad de la maestría verbal, el conocimiento de la propiedad léxica y el talento de la coherencia conceptual. Ahí tienes, sin ir más lejos, la amplia nómina de escritores relacionados en cualquier manual de literatura. O los nombres de escritores famosos que aparecen en las listas de ventas publicadas por los suplementos literarios fin de semana.
En cuanto al concepto de escribidor, anda y pregúntale por su significado a Vargas Llosa. Y en cuanto a lo de letraherido, pregúntale al ‘agente provocador’ de Pere Gimferrer o, tal vez, a la facundia suficiente de Luis Antonio de Villena. Ahora, eso sí, por lo que se refiere a lo de plumífero y plumilla, pregúntale a mi amigo Severino Miranda.
Bueno, para no liarte, voy al grano. Y el grano trata de un amigo que yo tenía en los tiempos de la Universidad, esas amistadas enconadas y juveniles en que sobreabunda la camaradería y los amigos comparten sin demasiados miramientos los contenidos de tres remolinos existenciales, a saber: uno, los apuntes de crítica literaria y/o el paracetamol para los resfriados; dos, las zapatillas de baloncesto y/o la mutua soledad de las cogorzas de los viernes noche; y tres, las chapuzas culinarias en el piso y/o las apetitosas turgencias de las muchachas en el campus.
Ya te digo, Miranda y yo éramos amigos. Y, como suele ocurrir dentro de las buenas amistades, uno pide y otro da, de manera que él pedía porque yo solía acceder a lo que él solía pedir, hasta el punto de que utilizaba como norma de comportamiento la actitud parasitaria de las garrapatas a las que no hay desparasitador que las desparasite, una vez aferradas al pellejo.
Habitualmente, mi amigo pedía y yo daba, ya te digo. Y así, mientras él se largaba a dar una vuelta para ahuyentar el tedio rosado de los atardeceres, yo permanecía como un gilipollas en la habitación del piso, bien acodado en la roña olorosa de la mesa, devanándome los sesos para interpretar la velocidad caligráfica de mis apuntes y pasándolos a limpio para que él, convertido en rey del mambo, pudiera fotocopiarlos a la mañana siguiente.
Otras veces, la dificultad se agazapaba en el comentario de texto, actividad didáctica que odiaba visceralmente, decía, porque lo relegaba a la figura adolescente de segundo de BUP, ya superada, no sin astucia, triquiñuelas y chuletas perfectamente adaptadas al copieteo. Era humillante tener que retroceder hasta los años insensatos del instituto. «Yo ya he traspasado ese estadio lechoso de sarampión mental», sentenciaba. Y ahí me tenías liado con el comentario de texto, una tarde tras otra, sin levantar cabeza para que el rey del mambo se tirase el farol de deslumbrar al personal, generalmente femenino, con la ficticia posesión de una extraordinaria lucidez interpretativa y con la descarada aserción de que, en consecuencia, los textos de Guillén, por ejemplo, y los del 27 en general resultaban para él pan comido.
Cuando yo terminé, Miranda se arrastraba todavía por tercero o cuarto de carrera y creo que aún le quedaba alguna de segundo. No volvimos a vernos. Y asentados en el hecho de que la memoria se vuelve perezosa y liviana, cada vez fueron distanciándose más acusadamente los recuerdos hasta el punto de que desaparecieron como la niebla o las nubes.
Y ahí reside precisamente el cogotón de mi sorpresa. Como todas las mañanas, yo tomaba mi café caliente en el bar. Abro el periódico y, cielos, es él. Un artículo de media página firmado por él. «Severino Miranda. Escritor», decía. Los colegas miraron sin comprender la repentina tragantada que me desencadenó la violencia insoportable de una tos enfadosa y salpicona. La palabra “escritor”, rodeada de ufanía, podía haberse atravesado en cualquier parte, más o menos vulnerable de mi anatomía, en los ojos, por ejemplo, y haberme vuelto la visión borrosa, o en las tripas, y haberme producido una aerofagia dispéptica y antiescritora. Pero no. Se me atravesó en la garganta como hueso de pollo que adoptaba la forma vanidosa de un plumífero devenido en escritor. Y seguí tosiendo.
Con resignación y algo de rabia, pensé que en este país, suele decirse, el más tonto sabe hacer relojes. A no ser que Miranda se hubiera convertido milagrosamente en relojero. Tal vez.
domingo, 19 de julio de 2009
LA NÁUSEA
(24-12-1998)
JUAN GARODRI
Tal vez lo hayan dicho muchos. Vamos, con seguridad que lo han dicho. Tal vez lo hayas escuchado estos días. O lo hayas leído. Pero no me reprimo y yo también voy a decirlo, porque no aguanto las arcadas que me revuelven las tripas, no soporto ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco.
Y aunque Antoine Roquetin ya expresó como nadie el concepto metafísico que le provocaba la náusea aplicada a los seres y las cosas carentes de necesidad lógica, voy a insistir en ello, trasladando mi náusea a las malolientes defecaciones políticas de un tal William Jefferson Clinton (a riesgo de sufrir la reprimenda de TRN, a quien prometí no escribir sobre política).
Y así, qué quieres que te diga, la náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo y libre.
No es para menos. El ataque a Irak está siendo retransmitido en directo por todas las cadenas del mundo con la frialdad informativa de que suelen hacer gala los profesionales del medio. Y lo reiteran y lo repiten y lo recalcan y lo reproducen con esa insistencia casi veleidosa con que hasta hace poco retransmitían el glorioso gol de Raúl en Tokio. Y van los aliados y se jactan de arrasar Irak sin sufrir ni una baja. Y van y se cargan civiles, mujeres y niños con la frialdad esquizofrénica con que se hace desaparecer la plaga de cochinilla en las higueras de mi pueblo.
Pretende, además, justificar el tal Clinton su ataque a Irak en el hecho de que Sadam es un desobediente porque se salta a la torera las resoluciones de las Naciones Unidas. Y digo yo que quién es el tal Clinton para llamar al orden a nadie, ni para echar reprimendas políticas, ni para exigir que se cumplan las resoluciones de la ONU (que pinta ya menos que Tarzán en pijama), máxime cuando el mismo Clinton ordena el ataque por su cuenta, sin esperar a que la ONU lo ‘resolucione’. Ah, pero es que Sadam posee un ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas químicas y hay que destruir ese arsenal para salvaguardar la integridad de Occidente.
Ay, amigo, échate a correr. Corre deprisa, deprisa, corre cuando oigas exponer (y poner en práctica) ese concepto mesiánico de la salvación. Corre y líbrate, si puedes, de sus consecuencias. Para echarse a temblar. Franco quiso salvar al personal de las garras de los dragones y, como un Excalibur cualquiera, les cortó las cabezas para que no volvieran a insuflar llamaradas maléficas. Pinochet quiso salvar al personal de los ataques de los monstruos democráticos y no se le ocurrió otra cosa que aniquilar alevosamente la cabeza del monstruo.
Y digo yo que si Clinton pretende llamar al orden a Sadam para salvarnos del peligro que suponen sus armas químicas, alguien habrá o debería haber que llame, a su vez, al orden al tal Clinton para que no se dedique a salvar a nadie y le obligue, en consecuencia, a destruir el ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas que poseen USA y Occidente. Porque las armas de USA y Occidente también son destructoras ¿o no? ¿O es que hemos caído en ese infantilismo casi maniqueo de pensar que ‘nuestras’ armas son buenas y las de Sadam son malas?
—Que no es eso, hombre — me dice mi tío Eufrasio—. Que no te enteras. Que el Clinton ha ordenado el ataque a Irak con otras pretensiones y que lo de la salvación de Occidente es un pretexto, vamos, un cuento USA al estilo de Poe, pero sin literatura.
Es como si me hubieran atizado de improviso un garrotazo entre las orejas. Y a pesar de recordar, como en una nebulosa, a Arthur Gordon Pym y su navegación en el terror, me veo trastrabillando, dando tropezones mentales, a punto de desplomarme en el vacío del asco.
—¿Con otras pretensiones? —me oigo decir, como de lejos.
—Sí, hombre —me dice—. Clinton ha atacado a Irak para librarse del descrédito que, en su propio país, suponen sus tres adulterios admitidos y la boca de rana de la Lewinsky. En definitiva, ha sembrado la muerte en Bagdad para evitar su destitución y proteger, cínicamente, su trasero. En este caso, su delantero.
Un ruido como de tormenta lejana me revolvió las tripas y una náusea infinita (que ya hubiera querido para sí Sartre) me provocó una vomitera torrencial y mefítica que dejó perdidos el suelo y la mesa del ordenador. Todavía ando a vueltas con la fregona.
(24-12-1998)
JUAN GARODRI
Tal vez lo hayan dicho muchos. Vamos, con seguridad que lo han dicho. Tal vez lo hayas escuchado estos días. O lo hayas leído. Pero no me reprimo y yo también voy a decirlo, porque no aguanto las arcadas que me revuelven las tripas, no soporto ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco.
Y aunque Antoine Roquetin ya expresó como nadie el concepto metafísico que le provocaba la náusea aplicada a los seres y las cosas carentes de necesidad lógica, voy a insistir en ello, trasladando mi náusea a las malolientes defecaciones políticas de un tal William Jefferson Clinton (a riesgo de sufrir la reprimenda de TRN, a quien prometí no escribir sobre política).
Y así, qué quieres que te diga, la náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo y libre.
No es para menos. El ataque a Irak está siendo retransmitido en directo por todas las cadenas del mundo con la frialdad informativa de que suelen hacer gala los profesionales del medio. Y lo reiteran y lo repiten y lo recalcan y lo reproducen con esa insistencia casi veleidosa con que hasta hace poco retransmitían el glorioso gol de Raúl en Tokio. Y van los aliados y se jactan de arrasar Irak sin sufrir ni una baja. Y van y se cargan civiles, mujeres y niños con la frialdad esquizofrénica con que se hace desaparecer la plaga de cochinilla en las higueras de mi pueblo.
Pretende, además, justificar el tal Clinton su ataque a Irak en el hecho de que Sadam es un desobediente porque se salta a la torera las resoluciones de las Naciones Unidas. Y digo yo que quién es el tal Clinton para llamar al orden a nadie, ni para echar reprimendas políticas, ni para exigir que se cumplan las resoluciones de la ONU (que pinta ya menos que Tarzán en pijama), máxime cuando el mismo Clinton ordena el ataque por su cuenta, sin esperar a que la ONU lo ‘resolucione’. Ah, pero es que Sadam posee un ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas químicas y hay que destruir ese arsenal para salvaguardar la integridad de Occidente.
Ay, amigo, échate a correr. Corre deprisa, deprisa, corre cuando oigas exponer (y poner en práctica) ese concepto mesiánico de la salvación. Corre y líbrate, si puedes, de sus consecuencias. Para echarse a temblar. Franco quiso salvar al personal de las garras de los dragones y, como un Excalibur cualquiera, les cortó las cabezas para que no volvieran a insuflar llamaradas maléficas. Pinochet quiso salvar al personal de los ataques de los monstruos democráticos y no se le ocurrió otra cosa que aniquilar alevosamente la cabeza del monstruo.
Y digo yo que si Clinton pretende llamar al orden a Sadam para salvarnos del peligro que suponen sus armas químicas, alguien habrá o debería haber que llame, a su vez, al orden al tal Clinton para que no se dedique a salvar a nadie y le obligue, en consecuencia, a destruir el ingente arsenal de poderosas, horrorosas, pavorosas y destructivas armas que poseen USA y Occidente. Porque las armas de USA y Occidente también son destructoras ¿o no? ¿O es que hemos caído en ese infantilismo casi maniqueo de pensar que ‘nuestras’ armas son buenas y las de Sadam son malas?
—Que no es eso, hombre — me dice mi tío Eufrasio—. Que no te enteras. Que el Clinton ha ordenado el ataque a Irak con otras pretensiones y que lo de la salvación de Occidente es un pretexto, vamos, un cuento USA al estilo de Poe, pero sin literatura.
Es como si me hubieran atizado de improviso un garrotazo entre las orejas. Y a pesar de recordar, como en una nebulosa, a Arthur Gordon Pym y su navegación en el terror, me veo trastrabillando, dando tropezones mentales, a punto de desplomarme en el vacío del asco.
—¿Con otras pretensiones? —me oigo decir, como de lejos.
—Sí, hombre —me dice—. Clinton ha atacado a Irak para librarse del descrédito que, en su propio país, suponen sus tres adulterios admitidos y la boca de rana de la Lewinsky. En definitiva, ha sembrado la muerte en Bagdad para evitar su destitución y proteger, cínicamente, su trasero. En este caso, su delantero.
Un ruido como de tormenta lejana me revolvió las tripas y una náusea infinita (que ya hubiera querido para sí Sartre) me provocó una vomitera torrencial y mefítica que dejó perdidos el suelo y la mesa del ordenador. Todavía ando a vueltas con la fregona.
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año 1998 - 12 diciembre
LA LOTERÍA
(22-12-1998)
JUAN GARODRI
Sopórtame, amigo. No voy a colocarte el rollo sobre la poesía goliardesca y sus partidarios, aquellos inconformistas medievales que debían de tenerlos así de gordos para atreverse, como se atrevieron, a la desestabilización y el inconformismo en un época (la medieval, no tan oscura como suele decirse) bien protegida por leyes eclesiásticas y por tonsuras escolásticas.
Bien. Los goliardos jugaban a una especie de lotería subversiva y amoral, que entonces se llamaba ‘rueda de la fortuna’, en la que unos subían y otros bajaban, según el vino, la poesía amorosa o las mujeres los impulsasen a la riqueza de los placeres o a la ruina de Hécuba. Así, al menos, aparece en algunos pasajes de los Carmina Burana.
Juan de Mena, sin embargo, dejó la rueda pero cayó en el Laberinto de la fortuna. Y así, influido por Dante, Virgilio y Lucano, se empeñó en desenmascarar la codicia de la fortuna (para ellos era la ‘fama’) que roía las entrañas de los primeros renacentistas.
Ahora, sin embargo, qué quieres que te diga, el personal no empuja la rueda de la fortuna ni se pierde en su laberinto. Ahora el gentío utiliza una abstracción casi filosófica (crematística es mucho decir) que aletea sobre las cabezas ciudadanas con la pertinacia de las moscas y la parsimonia de las arañas. Es la lotería, ese paraíso terrenal, esa tierra prometida de la abundancia en la que las depresiones, las represiones, las sumisiones y las ansiedades encontrarán la leche y la miel de una felicidad inagotable.
El gentío acude en masa a los despachos de loterías, a ver qué remedio, a desarrollar esa pulsión soteriológica, de salvación final, con la que antes se acercaban a las iglesias y confesionarios. La salvación viene de arriba, de lo alto, de la santa lotería que protege e inmuniza contra los males finimilenarios, oséase, carencia de coche potente, carencia de casa bien digitilizada con seis u ocho mandos a distancia (televisor/es, vídeo/s, equipo/s de sonido, canal satélite, canal digital, hilo musical), carencia de ostentación social y carencia, si se tercia, de apetitosos sucedáneos de esposa.
Por otra parte, el personal tiene donde elegir. Primitiva, gordo de la primitiva, bonoloto, lotería nacional, lotería de los jueves, quiniela futbolística, cupones de la Once y cuponazo del domingo, joder, tío, diez millones de pesetas al año, 833.333 pesetas mensuales, y eso durante veinticinco años, como para doblar la manga y mandar al jefe más allá del extranjero.
Así que tenemos la lotería.Yo mismo. Aunque soy consciente de que mi columna semanal supone un humillante grano de arena dentro del límite de las posibilidades (cada columna supone una posibilidad contra catorce millones de posibilidades), ahí me tienes arrastrándome los lunes, con una constancia casi esquizofrénica, por despachos de loterías y quinielas, alzando los brazos a lo alto de la imploración lotera, para ver si desciende de su cielo caprichoso el maná de ese rocío alimenticio que sacie mi hambruna de millones.
Hay, no obstante, quien no sucumbe a la tentación, por raro que te parezca. Resiste y aguanta heroicamente los embates de la furia millonaria y jura que no se gasta un duro en loterías. Para mí que son santos. Porque hay que estar inmunizado de cojones contra el virus del consumismo para mostrar, tan descaradamente, esa inapetencia casi insultante con que desprecian el festival lotero. Son los santos modernos. Y pienso que hasta hacen milagros, porque es insostenible, hoy en día, que exista alguien con capacidad suficiente como para no desear la posesión de todas las cosas sin mezcla de ausencia alguna, ese deseo de posesión casi orgásmica del coche o de la casa unifamiliar, por ejemplo.
Así y todo, se me plantea, a bote pronto, un problema grave. No sólo el aceite de Jaén o la leche de Cantabria o las infraestructuras extremeñas se van a ver afectadas negativamente por la entrada de España en Europa. Hay algo peor. Lo de la lotería. También la lotería puede verse afectada por la entrada en Europa. Explico: ¿cómo jugaré a la lotería a partir de febrero del año que viene o cuando entre en vigor el euro? ¿Cómo voy a echar una columna a la quiniela por la indigna cantidad de cero coma treinta (0’30) céntimos de euro?. ¿Cómo voy a gastarme en un décimo de lotería nacional la ignominiosa cantidad de cinco euros? Es como si pasase por la caja del supermercado con una caja de palillos en el carrito. Voy a parecer un pobre. Y, una de dos, o desciendo a la categoría suburbana e indigente de los que manejan céntimos para subsistir, o tengo que ascender a la categoría del dispendio para adoptar esa pose pretenciosa del que dispone de suficiente poder económico como para poder gastarse sin penas veinte o treinta euros por lo menos.
Hay más, amigo. Hay algo que, cuando nos sobrevenga lo del euro, puede acabar con mi afición a la lotería. ¿Cómo saciaré mis anhelantes deseos de convertirme en millonario? ¿Cómo soportaré el chafamiento psicológico de posesión omnímoda cuando acierte el cupón de la Once y advierta que no me caen encima los millones del premio? Porque ya no habrá millones. El euro los habrá volatilizado. Me tocará el gordo y sólo me corresponderá la birriosa cantidad de seis mil euros. ¿Cómo va a ser uno millonario con seis mil euros? Ni para empezar.
(22-12-1998)
JUAN GARODRI
Sopórtame, amigo. No voy a colocarte el rollo sobre la poesía goliardesca y sus partidarios, aquellos inconformistas medievales que debían de tenerlos así de gordos para atreverse, como se atrevieron, a la desestabilización y el inconformismo en un época (la medieval, no tan oscura como suele decirse) bien protegida por leyes eclesiásticas y por tonsuras escolásticas.
Bien. Los goliardos jugaban a una especie de lotería subversiva y amoral, que entonces se llamaba ‘rueda de la fortuna’, en la que unos subían y otros bajaban, según el vino, la poesía amorosa o las mujeres los impulsasen a la riqueza de los placeres o a la ruina de Hécuba. Así, al menos, aparece en algunos pasajes de los Carmina Burana.
Juan de Mena, sin embargo, dejó la rueda pero cayó en el Laberinto de la fortuna. Y así, influido por Dante, Virgilio y Lucano, se empeñó en desenmascarar la codicia de la fortuna (para ellos era la ‘fama’) que roía las entrañas de los primeros renacentistas.
Ahora, sin embargo, qué quieres que te diga, el personal no empuja la rueda de la fortuna ni se pierde en su laberinto. Ahora el gentío utiliza una abstracción casi filosófica (crematística es mucho decir) que aletea sobre las cabezas ciudadanas con la pertinacia de las moscas y la parsimonia de las arañas. Es la lotería, ese paraíso terrenal, esa tierra prometida de la abundancia en la que las depresiones, las represiones, las sumisiones y las ansiedades encontrarán la leche y la miel de una felicidad inagotable.
El gentío acude en masa a los despachos de loterías, a ver qué remedio, a desarrollar esa pulsión soteriológica, de salvación final, con la que antes se acercaban a las iglesias y confesionarios. La salvación viene de arriba, de lo alto, de la santa lotería que protege e inmuniza contra los males finimilenarios, oséase, carencia de coche potente, carencia de casa bien digitilizada con seis u ocho mandos a distancia (televisor/es, vídeo/s, equipo/s de sonido, canal satélite, canal digital, hilo musical), carencia de ostentación social y carencia, si se tercia, de apetitosos sucedáneos de esposa.
Por otra parte, el personal tiene donde elegir. Primitiva, gordo de la primitiva, bonoloto, lotería nacional, lotería de los jueves, quiniela futbolística, cupones de la Once y cuponazo del domingo, joder, tío, diez millones de pesetas al año, 833.333 pesetas mensuales, y eso durante veinticinco años, como para doblar la manga y mandar al jefe más allá del extranjero.
Así que tenemos la lotería.Yo mismo. Aunque soy consciente de que mi columna semanal supone un humillante grano de arena dentro del límite de las posibilidades (cada columna supone una posibilidad contra catorce millones de posibilidades), ahí me tienes arrastrándome los lunes, con una constancia casi esquizofrénica, por despachos de loterías y quinielas, alzando los brazos a lo alto de la imploración lotera, para ver si desciende de su cielo caprichoso el maná de ese rocío alimenticio que sacie mi hambruna de millones.
Hay, no obstante, quien no sucumbe a la tentación, por raro que te parezca. Resiste y aguanta heroicamente los embates de la furia millonaria y jura que no se gasta un duro en loterías. Para mí que son santos. Porque hay que estar inmunizado de cojones contra el virus del consumismo para mostrar, tan descaradamente, esa inapetencia casi insultante con que desprecian el festival lotero. Son los santos modernos. Y pienso que hasta hacen milagros, porque es insostenible, hoy en día, que exista alguien con capacidad suficiente como para no desear la posesión de todas las cosas sin mezcla de ausencia alguna, ese deseo de posesión casi orgásmica del coche o de la casa unifamiliar, por ejemplo.
Así y todo, se me plantea, a bote pronto, un problema grave. No sólo el aceite de Jaén o la leche de Cantabria o las infraestructuras extremeñas se van a ver afectadas negativamente por la entrada de España en Europa. Hay algo peor. Lo de la lotería. También la lotería puede verse afectada por la entrada en Europa. Explico: ¿cómo jugaré a la lotería a partir de febrero del año que viene o cuando entre en vigor el euro? ¿Cómo voy a echar una columna a la quiniela por la indigna cantidad de cero coma treinta (0’30) céntimos de euro?. ¿Cómo voy a gastarme en un décimo de lotería nacional la ignominiosa cantidad de cinco euros? Es como si pasase por la caja del supermercado con una caja de palillos en el carrito. Voy a parecer un pobre. Y, una de dos, o desciendo a la categoría suburbana e indigente de los que manejan céntimos para subsistir, o tengo que ascender a la categoría del dispendio para adoptar esa pose pretenciosa del que dispone de suficiente poder económico como para poder gastarse sin penas veinte o treinta euros por lo menos.
Hay más, amigo. Hay algo que, cuando nos sobrevenga lo del euro, puede acabar con mi afición a la lotería. ¿Cómo saciaré mis anhelantes deseos de convertirme en millonario? ¿Cómo soportaré el chafamiento psicológico de posesión omnímoda cuando acierte el cupón de la Once y advierta que no me caen encima los millones del premio? Porque ya no habrá millones. El euro los habrá volatilizado. Me tocará el gordo y sólo me corresponderá la birriosa cantidad de seis mil euros. ¿Cómo va a ser uno millonario con seis mil euros? Ni para empezar.
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año 1998 - 12 diciembre
LA PRENSA
(13-12-1998)
JUAN GARODRI
La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV— han pasado muchos años. No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas). ¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!
Desde las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los negociantes y las compañías de distribución y difusión.
Y, si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar, sino para influir.
De manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.
Y así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas a todo meter.
Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.
Más. Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los supermercados), observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea, una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la C.E.E. De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.
Más. Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra, sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento.
Porque está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa abstracción tan lejanamente cercana.
Más. Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si 300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa unifamiliar. Y así.
¿La prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.
(13-12-1998)
JUAN GARODRI
La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV— han pasado muchos años. No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas). ¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!
Desde las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los negociantes y las compañías de distribución y difusión.
Y, si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar, sino para influir.
De manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.
Y así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas a todo meter.
Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.
Más. Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los supermercados), observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea, una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la C.E.E. De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.
Más. Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra, sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento.
Porque está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa abstracción tan lejanamente cercana.
Más. Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si 300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa unifamiliar. Y así.
¿La prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.
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año 1998 - 12 diciembre
LA AUTOVÍA
(10-12-1998)
JUAN GARODRI
De eso trataba el editorial de este periódico el día 19 de noviembre. «N-630: al menos comienza la autovía», rezaba el título.
Qué quieres que te diga, la locución conjuntiva ‘al menos’, utilizada por el editorialista con precisión y acierto, produjo en mi epidermis ese repeluzno frustrado que el jarro de agua fría produce en las expectativas infantiles. Y, a renglón seguido, mi vicio criticón (Baltasar Gracián también lo padecía) generó en mis reivindicaciones patrioteras una especie de apetencia desconfiadamente reticente que fue desinflando la apetencia e inflando la desconfianza, a medida que leía.
Veamos. Primero: repeluzno lingüístico. Si echas mano del María Moliner, advertirás que, entre otras acepciones, ‘al menos’ es una expresión correctiva que expresa la restricción a un mínimo que se pide. Como para pintarte la cara de indio y empezar el ataque. Quiero decir: la tira de años llevamos los extremeños pidiendo a los mandamases la “autovía de la Plata” y como si nada. Ahora resulta que al menos comienza. El contenido semántico de la restricción sugiere un correlato de apabullante poca cosa, algo así como si se concediese a un paralítico que pudiese, al menos, mover las orejas.
Segundo: repeluzno político. La jodida petulancia electoral de los mandamases los impulsa cada dos por tres a atribuirse los triunfos en la gestión, como si las realizaran para ellos o para el partido, en lugar de llevarlas a cabo para ayudar, de forma facticia, al personal votador. ¡Ah, los votos, esa pólvora china de la cacería democrática!. Y así, mientras unos sacan pecho porque las obras de la autovía van a comenzar (cuando termine el plazo de adjudicación), otros se arrogan el mérito de haber sido ellos quienes iniciaron los trámites para que comenzara.
Tercero: repeluzno regional. Sé que más de dos dedos se alzarán inmisericordes, y trocearán el espacio de arriba abajo, esa forma conminatoria de trocear el queso del desacuerdo o la reprimenda. Sé que me señalarán como representante de un localismo tribal y antiprogresista (aunque sería discutible determinar en qué consiste realmente el progreso). Sé que más de dos voces, en fin, lanzarán el kikirikí de la jactancia, ese grito estentóreo del perdonavidas político y del acusador autonómico.
Pero dime, amigo: Si el primer tramo adjudicado de la autovía de la Plata empieza en Zafra; si ha de transcurrir, además, la friolera de tres años hasta que concluya el plazo de adjudicación para poder comenzar las obras, ¿quieres decirme cuándo llegará la autovía a la zona norte de la provincia de Cáceres? ¿Quieres decirme cuándo llegará al puerto de Baños? Sí, ya sé, ya sé. La zona de Zafra-Almendralejo está abandonando su carácter agrario y empieza a producirse su despegue industrial. Es el premio. La autovía es el premio que merece.
Mantengo: esa actitud es similar a la del paterfamilias (sillón-bowl televisivo y todo eso), digamos, que premia siempre, en primer lugar, al hijo listo y deja con tres cuartas de mocos al hijo torpón o disminuido.
Finalmente (la cara de ingenuo se me nota a la legua): ¿Por qué se adjudica en primer lugar el tramo de Zafra-Almendralejo y no el de Puerto de Baños-Plasencia? Pregunto.
(10-12-1998)
JUAN GARODRI
De eso trataba el editorial de este periódico el día 19 de noviembre. «N-630: al menos comienza la autovía», rezaba el título.
Qué quieres que te diga, la locución conjuntiva ‘al menos’, utilizada por el editorialista con precisión y acierto, produjo en mi epidermis ese repeluzno frustrado que el jarro de agua fría produce en las expectativas infantiles. Y, a renglón seguido, mi vicio criticón (Baltasar Gracián también lo padecía) generó en mis reivindicaciones patrioteras una especie de apetencia desconfiadamente reticente que fue desinflando la apetencia e inflando la desconfianza, a medida que leía.
Veamos. Primero: repeluzno lingüístico. Si echas mano del María Moliner, advertirás que, entre otras acepciones, ‘al menos’ es una expresión correctiva que expresa la restricción a un mínimo que se pide. Como para pintarte la cara de indio y empezar el ataque. Quiero decir: la tira de años llevamos los extremeños pidiendo a los mandamases la “autovía de la Plata” y como si nada. Ahora resulta que al menos comienza. El contenido semántico de la restricción sugiere un correlato de apabullante poca cosa, algo así como si se concediese a un paralítico que pudiese, al menos, mover las orejas.
Segundo: repeluzno político. La jodida petulancia electoral de los mandamases los impulsa cada dos por tres a atribuirse los triunfos en la gestión, como si las realizaran para ellos o para el partido, en lugar de llevarlas a cabo para ayudar, de forma facticia, al personal votador. ¡Ah, los votos, esa pólvora china de la cacería democrática!. Y así, mientras unos sacan pecho porque las obras de la autovía van a comenzar (cuando termine el plazo de adjudicación), otros se arrogan el mérito de haber sido ellos quienes iniciaron los trámites para que comenzara.
Tercero: repeluzno regional. Sé que más de dos dedos se alzarán inmisericordes, y trocearán el espacio de arriba abajo, esa forma conminatoria de trocear el queso del desacuerdo o la reprimenda. Sé que me señalarán como representante de un localismo tribal y antiprogresista (aunque sería discutible determinar en qué consiste realmente el progreso). Sé que más de dos voces, en fin, lanzarán el kikirikí de la jactancia, ese grito estentóreo del perdonavidas político y del acusador autonómico.
Pero dime, amigo: Si el primer tramo adjudicado de la autovía de la Plata empieza en Zafra; si ha de transcurrir, además, la friolera de tres años hasta que concluya el plazo de adjudicación para poder comenzar las obras, ¿quieres decirme cuándo llegará la autovía a la zona norte de la provincia de Cáceres? ¿Quieres decirme cuándo llegará al puerto de Baños? Sí, ya sé, ya sé. La zona de Zafra-Almendralejo está abandonando su carácter agrario y empieza a producirse su despegue industrial. Es el premio. La autovía es el premio que merece.
Mantengo: esa actitud es similar a la del paterfamilias (sillón-bowl televisivo y todo eso), digamos, que premia siempre, en primer lugar, al hijo listo y deja con tres cuartas de mocos al hijo torpón o disminuido.
Finalmente (la cara de ingenuo se me nota a la legua): ¿Por qué se adjudica en primer lugar el tramo de Zafra-Almendralejo y no el de Puerto de Baños-Plasencia? Pregunto.
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año 1998 - 12 diciembre
LÁS CALÍDAS PLAYÁS DE CUBA
(30-11-98)
JUAN GARODRI
En primer lugar, espero que los diecisiete o dieciocho mil amigos y simpatizantes que me leen cada semana (atraídos, más que nada, por el toque ligeramente culto y literariamente irónico de mis artículos, afirman) sepan disculpar la pedrada de los acentos. No, no. No es un dislate tónico (por mi parte). Te ruego que leas el título en voz alta y autosuficiente, esa voz engoladamente hueca de algunos presentadores televisivos y de locutores radiofónicos, y comprobarás que tus tonemas se han convertido en pedradas aristocráticamente anglosajonas.
Sin ir más lejos, la otra noche. Yo cenaba. Y una presentadora suprasegmentalmente inepta, al parecer, aunque atractivamente neumática, informaba al gentío de que actrices culifinas, custodiadas por macizos compañeros se(nti)mentales, pasaban sus días de descanso en «lás calídas playás de Cuba». Como suena. La pedrada tónica hizo que la cuchara sopera se quedara en alto, sin llegar a la boca, con esa aparente estupidez que producen los hechos repentinos e insólitos. «Lás calídas playás de Cuba», toma ya. En vez de Cuba podían haber elegido Miami o Hammamet. Pero qué quieres, hay que estar al día. De manera que seleccionaron Cuba por lo de la moda, supongo: cantantes, cantautores, plumíferos, escritores, narradoras, cineastas, artistas y políticos cubanos llenan las páginas de semanarios, telediarios y boletines de noticias con ese peso específico de la publicidad y las plastas (de vaca). Hasta Chaves ha andado discurseando por Cuba.
Antes no. Antes no me imaginaba, aunque lo intuía, los académicos cabreos de Lázaro Carreter con lo de El dardo en la palabra. De poco le ha valido al maestro la utilización de sus flechas recriminatorias, más o menos envenenadas, como las de un Robin Hood gramatical y enciclopédico agazapado en la apatía de los bosques de un Sherwood más crematístico que idiomático. De poco le ha valido desde el punto de vista lingüístico, se entiende, porque el personal no le ha hecho ni puñetero caso. (Desde el punto de vista económico, sin embargo, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores se ha forrado, dicen. No hay mal que por bien no venga).
Y es que lo de las pedradas tónicas se ha convertido en una gilipollez verbal consolidada y diaria entre locutores/as de medio pelo (y de pelo entero, según casos), como si pretendieran demostrar al personal que sus continuos y deslumbrantes viajes a los Iunaitestéis (¿hay algo más periodísticamente deleznable, a estas alturas, que citar la boca de rana de Mónica Lewinsky?) o al Iunaitedkindom (¿hay algo más informativamente estúpido que aludir a las orejas del heredero inglés?) han depositado, los viajes de los locutores, te decía, un sonsonete fónico y anglosajón en el revoltijo de sus cultísimos conocimientos, de manera que expelen sin parar ventosidades tónicas en sílabas átonas y apedrean, en consecuencia, los grupos fónicos con los pedrascazos (la palabra es extremeña, los del DRAE no la conocen) de la doble o triple acentuación.
«Lás calídas playás de Cuba», vaya por Dios. Así que un día tras otro y una pedrada tras otra construyen un montón de pedradas. Y un montón de pedradas constituye una lapidación (por exceso). Esa lapidación diaria y perversa con que se castigaban los adulterios bíblicos, como si las palabras castellanas hubieran adquirido el rango de putas. ¡Si Alarcos Llorach levantara la cabeza, que se dice!
Otros adictos a la lapidación verbal (por defecto) son algunos/as informadores televisivos de la cosa meteorológica. Aguijados por la falta de tiempo (el negocio de la publicidad les pisa los talones), patinan entre las isobaras, anticiclones, borrascas, temperaturas, precipitaciones, altas presiones, marejadas y cosas así, con una pronunciación acongojada y rapidísima. Minerva Piquero, por ejemplo, se desliza sobre las sílabas con la gracilidad suave y curvilínea de las campeonas de patinaje artístico. Y así, no hay boletín meteorológico en el que no aparezcan nubes por las 'cunidades' autónomas del Norte y 'cielospejados' en Extremadura, amén de lluvias intermitentes y dispersas por el 'miterráneo'.
Pedradas. Bien está la utilización de la piedra como símbolo mítico para consolidar las relaciones entre lo de arriba (el cielo) y lo de abajo (la tierra). De hecho, las hay que cayeron del cielo, la «piedra negra», los meteoritos, y así, abriendo un boquete en lo alto a través de cuyo agujero se posibilitaban dichas relaciones. Qué decir de las piedras que han erigido los hombres, el Lingam, por ejemplo, que representa para los hindúes la fecundación universal entre tierra y cielo, o el Menhir, ese deseo megalítico de ascensión funeraria, o el centralismo délfico del Ónfalos para eliminar lo caótico y consolidar el orden.
Bien está la conceptualización de la piedra como símbolo de solidez originaria y mistérica. Pocas culturas carecen, en sus cosmogonías, de significaciones relacionadas con la piedra para sus ritos funerarios, iniciáticos o eróticos. Y hasta hay algunas que hacen nacer a sus dioses de la piedra como símbolo arquetípico de lo Absoluto (petra genitrix). Incluso la noción de «piedra angular» confirma los fundamentos jerárquicos de la Iglesia “...sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mat. 16, 18).
Bien está la utilización de la piedra, digo. Pero trepar hasta la altura de la pantalla o del micrófono y utilizar la pedrada tónica para lapidar diaria, incruenta e irrespetuosamente los grupos fónicos de la lengua castellana, es algo así como escupir con menosprecio en el venerable rostro de la abuela, afirmo.
(30-11-98)
JUAN GARODRI
En primer lugar, espero que los diecisiete o dieciocho mil amigos y simpatizantes que me leen cada semana (atraídos, más que nada, por el toque ligeramente culto y literariamente irónico de mis artículos, afirman) sepan disculpar la pedrada de los acentos. No, no. No es un dislate tónico (por mi parte). Te ruego que leas el título en voz alta y autosuficiente, esa voz engoladamente hueca de algunos presentadores televisivos y de locutores radiofónicos, y comprobarás que tus tonemas se han convertido en pedradas aristocráticamente anglosajonas.
Sin ir más lejos, la otra noche. Yo cenaba. Y una presentadora suprasegmentalmente inepta, al parecer, aunque atractivamente neumática, informaba al gentío de que actrices culifinas, custodiadas por macizos compañeros se(nti)mentales, pasaban sus días de descanso en «lás calídas playás de Cuba». Como suena. La pedrada tónica hizo que la cuchara sopera se quedara en alto, sin llegar a la boca, con esa aparente estupidez que producen los hechos repentinos e insólitos. «Lás calídas playás de Cuba», toma ya. En vez de Cuba podían haber elegido Miami o Hammamet. Pero qué quieres, hay que estar al día. De manera que seleccionaron Cuba por lo de la moda, supongo: cantantes, cantautores, plumíferos, escritores, narradoras, cineastas, artistas y políticos cubanos llenan las páginas de semanarios, telediarios y boletines de noticias con ese peso específico de la publicidad y las plastas (de vaca). Hasta Chaves ha andado discurseando por Cuba.
Antes no. Antes no me imaginaba, aunque lo intuía, los académicos cabreos de Lázaro Carreter con lo de El dardo en la palabra. De poco le ha valido al maestro la utilización de sus flechas recriminatorias, más o menos envenenadas, como las de un Robin Hood gramatical y enciclopédico agazapado en la apatía de los bosques de un Sherwood más crematístico que idiomático. De poco le ha valido desde el punto de vista lingüístico, se entiende, porque el personal no le ha hecho ni puñetero caso. (Desde el punto de vista económico, sin embargo, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores se ha forrado, dicen. No hay mal que por bien no venga).
Y es que lo de las pedradas tónicas se ha convertido en una gilipollez verbal consolidada y diaria entre locutores/as de medio pelo (y de pelo entero, según casos), como si pretendieran demostrar al personal que sus continuos y deslumbrantes viajes a los Iunaitestéis (¿hay algo más periodísticamente deleznable, a estas alturas, que citar la boca de rana de Mónica Lewinsky?) o al Iunaitedkindom (¿hay algo más informativamente estúpido que aludir a las orejas del heredero inglés?) han depositado, los viajes de los locutores, te decía, un sonsonete fónico y anglosajón en el revoltijo de sus cultísimos conocimientos, de manera que expelen sin parar ventosidades tónicas en sílabas átonas y apedrean, en consecuencia, los grupos fónicos con los pedrascazos (la palabra es extremeña, los del DRAE no la conocen) de la doble o triple acentuación.
«Lás calídas playás de Cuba», vaya por Dios. Así que un día tras otro y una pedrada tras otra construyen un montón de pedradas. Y un montón de pedradas constituye una lapidación (por exceso). Esa lapidación diaria y perversa con que se castigaban los adulterios bíblicos, como si las palabras castellanas hubieran adquirido el rango de putas. ¡Si Alarcos Llorach levantara la cabeza, que se dice!
Otros adictos a la lapidación verbal (por defecto) son algunos/as informadores televisivos de la cosa meteorológica. Aguijados por la falta de tiempo (el negocio de la publicidad les pisa los talones), patinan entre las isobaras, anticiclones, borrascas, temperaturas, precipitaciones, altas presiones, marejadas y cosas así, con una pronunciación acongojada y rapidísima. Minerva Piquero, por ejemplo, se desliza sobre las sílabas con la gracilidad suave y curvilínea de las campeonas de patinaje artístico. Y así, no hay boletín meteorológico en el que no aparezcan nubes por las 'cunidades' autónomas del Norte y 'cielospejados' en Extremadura, amén de lluvias intermitentes y dispersas por el 'miterráneo'.
Pedradas. Bien está la utilización de la piedra como símbolo mítico para consolidar las relaciones entre lo de arriba (el cielo) y lo de abajo (la tierra). De hecho, las hay que cayeron del cielo, la «piedra negra», los meteoritos, y así, abriendo un boquete en lo alto a través de cuyo agujero se posibilitaban dichas relaciones. Qué decir de las piedras que han erigido los hombres, el Lingam, por ejemplo, que representa para los hindúes la fecundación universal entre tierra y cielo, o el Menhir, ese deseo megalítico de ascensión funeraria, o el centralismo délfico del Ónfalos para eliminar lo caótico y consolidar el orden.
Bien está la conceptualización de la piedra como símbolo de solidez originaria y mistérica. Pocas culturas carecen, en sus cosmogonías, de significaciones relacionadas con la piedra para sus ritos funerarios, iniciáticos o eróticos. Y hasta hay algunas que hacen nacer a sus dioses de la piedra como símbolo arquetípico de lo Absoluto (petra genitrix). Incluso la noción de «piedra angular» confirma los fundamentos jerárquicos de la Iglesia “...sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mat. 16, 18).
Bien está la utilización de la piedra, digo. Pero trepar hasta la altura de la pantalla o del micrófono y utilizar la pedrada tónica para lapidar diaria, incruenta e irrespetuosamente los grupos fónicos de la lengua castellana, es algo así como escupir con menosprecio en el venerable rostro de la abuela, afirmo.
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año 1998 - 11 noviembre
miércoles, 15 de julio de 2009
EL PSICOPOMPO
(19-11-1998)
JUAN GARODRI
Probablemente habrás oído hablar hasta la saciedad, que se dice, de homenajes a García Lorca: un verano repleto de homenajes, a saber, no ha habido Ayuntamiento que no lo homenajeara. A ver si no cómo se desarrollaba la política cultural del municipio. De manera que, te decía, gracias a los homenajes, hasta los ignaros saben ya quién fue Lorca, supongo. (De Aleixandre, no. Los mandamases no han pretendido que el gentío oiga hablar de Aleixandre. ¿Será porque Velintonia no puede ni compararse, qué dices, hombre, con la Huerta de San Vicente?).
Probablemente, también habrás oído hablar hasta en la sopa de Pedro Duque el astronauta y de sus conferencias estratosféricas, ítem más, habrás oído hablar de la crisis del Betis o de que algo falla en la defensa del Barça y sabrás, seguro, quién es Raúl y el conde Lecquio y Fran Rivera y Mar Flores y todas las etcéteras culifinas que los editores de prensa escrita o televisual suministran al gentío con esa pretensión alimentaria con que a los borregos se les echa alfalfa.
Te apuesto, sin embargo, doble contra sencillo, forastero (que disculpe Marcial Lafuente Estefanía), a que no has oído hablar del Psicopompo. No te asustes. No se trata de ningún virus mortífero de esos que aparecen de vez en cuando en África, extendidos por las diarreas mefíticas de los monos y por las perturbadoras advertencias de los científicos.
Mi vecino tampoco había oído hablar de él. Nos encontrábamos en la escalera y, a pesar del pacto de buena vecindad asentado en el mutuo respeto de las ideas futboleras (él madridista, yo atlético) solía decirme, pelín de guasa: “Vais de culo, a ver cuándo echáis al Sacchi”.
Aquella mañana, sin embargo, mostraba esa seriedad aflictiva que desencadenan los encrespamientos con la suegra, por ejemplo. Y así era. La buena señora se había empeñado en comprarse un perro. Y aunque los razonamientos de mi vecino rozaron los límites de una humildad sobresaliente y fingida, ella enarboló su poderío lenguaraz y tonante, como quien enarbola una espada, y hubo que soportar en casa la presencia canina.
—Háblale del psicopompo —le dije—, seguro que cuando conozca su función ultramundana deja de adorar a los perros.
—Ni hablar —contestó—. Es tan desconfiada que nutre cualquier palabra rara con asociaciones obscenas. Seguro que si le nombro al psicopompo piensa que deseo tocarle la desconsiderada redondez de su trasero.
Lo tranquilicé. Y, arrimándome a su oído, le solté que en las mitologías arcaicas el perro era un animal asociado a la muerte y que, con frecuencia, era el encargado de conducir a los muertos a la otra vida, la función del psicopompo, vamos.
—De hecho —aseguré con suficiencia—, ahí tienes a Anubis o al can Cerbero, divinidades mortuorias caniformes. Sin ir más lejos, proseguí, los neoplatónicos pensaban que el perro simbolizaba la maldad del dueño que se deshacía de ella traspasándola al animal, de manera que tu suegra tiene tan mala pipa que, arrepentida, piensa desahogar sus pudrideros en la doméstica fidelidad de su caniche. Dile esto, a ver si le gafas lo del perro y lo regala.
Se lo dijo. Pero ni por esas. Al contrario, la suegra manifestó de forma contundente que era pura bondad lo que exhibía su perro, de manera que ella le había transmitido sus cualidades positivas. Por otra parte, le hizo muchísima gracia lo del psicopompo y, a renglón seguido, le creció debajo del moño un sorprendente alarde de cultería léxica que la impulsaba a utilizar la palabra cada dos por tres.
Y así, salía al atardecer por las aceras, muy ufana, a pasear al perro. Naturalmente, se cruzaba con dos o tres mil personas que a la misma hora también pasean a sus perros de esta guisa: los padres pasean el perro que le compraron a la niña cuando aprobó 2º de ESO, los viejos pasean el perrillo de sus recuerdos, las solteras más bien provectas pasean el perrito de su desasosiego, los raperos pasean el perrazo de sus insumisiones, los amantes de los animales pasean simplemente el perro. Todos muy orgullosos, eso sí, de poder contar entre sus docilidades familiares con la doméstica afinidad de un perro.
La suegra de mi vecino estaba dotada de una capacidad de fabulación extraordinaria de modo que no se callaba ni debajo del agua y, como le había hecho gracia, según te dije, lo del psicopompo, cuando se cruzaba con una señorita que paseaba al perrito, se detenía educadamente y le decía:
—Oh, tiene usted un psicopompo monísimo—, y la señorita enrojecía.
A los padres que paseaban al perro que le compraron a la niña, etc., les espetaba:
—Buenas, tienen ustedes un psicopompo muy educado—, y los padres se soltaban de la mano.
A los raperos que paseaban al perrazo, casi les escupía:
—Vaya, tenéis un psicopompo desproporcionado—, y los raperos, perplejos, se miraban la entrepierna.
A los amantes de los animales simplemente les daba las buenas tardes.
La aparente dificultad de todo este embrollo reside en que el psicopompo, al menos el psicopompo que adopta zoomorfología canina, siente acuciantes necesidades fisiológicas y, cada dos por tres, mea y caga. Y es (in)digno de ver el sarpullido excrementicio que salpica las aceras, como ejemplo peligrosamente escatológico de resbalones, de patinazos y de untadas.
Y aunque el Excelentísimo Ayuntamiento, en su aparente afán de proteger el bien público, notifica cada dos o tres años conminatorios avisos de multa aplicables a los dueños de psicopompo desavisados, no hay remedio. Los dueños de los perros siguen tras ellos durante los atardeceres, como si tal cosa, atados (los dueños) al orgullo de la cadenita flexible como si persiguieran machaconamente la inconstancia vespertina.
En fin. Aquel atardecer, me encontré con la suegra de mi vecino que recogía a su perro. Ella subía las escaleras, yo salía a la calle. Le sonreí con la boca cerrada y, disimuladamente, le di un taconazo al perro. Nada más pisar la acera, me corté. La ñorda apretujada y maloliente del perro de la suegra de mi vecino se adhería a la suela de mi zapato con una pertinacia constante y vengativa que me impulsaba a caminar a la pata coja, sin saber qué hacer.
Justo castigo del psicopompo, creo.
(19-11-1998)
JUAN GARODRI
Probablemente habrás oído hablar hasta la saciedad, que se dice, de homenajes a García Lorca: un verano repleto de homenajes, a saber, no ha habido Ayuntamiento que no lo homenajeara. A ver si no cómo se desarrollaba la política cultural del municipio. De manera que, te decía, gracias a los homenajes, hasta los ignaros saben ya quién fue Lorca, supongo. (De Aleixandre, no. Los mandamases no han pretendido que el gentío oiga hablar de Aleixandre. ¿Será porque Velintonia no puede ni compararse, qué dices, hombre, con la Huerta de San Vicente?).
Probablemente, también habrás oído hablar hasta en la sopa de Pedro Duque el astronauta y de sus conferencias estratosféricas, ítem más, habrás oído hablar de la crisis del Betis o de que algo falla en la defensa del Barça y sabrás, seguro, quién es Raúl y el conde Lecquio y Fran Rivera y Mar Flores y todas las etcéteras culifinas que los editores de prensa escrita o televisual suministran al gentío con esa pretensión alimentaria con que a los borregos se les echa alfalfa.
Te apuesto, sin embargo, doble contra sencillo, forastero (que disculpe Marcial Lafuente Estefanía), a que no has oído hablar del Psicopompo. No te asustes. No se trata de ningún virus mortífero de esos que aparecen de vez en cuando en África, extendidos por las diarreas mefíticas de los monos y por las perturbadoras advertencias de los científicos.
Mi vecino tampoco había oído hablar de él. Nos encontrábamos en la escalera y, a pesar del pacto de buena vecindad asentado en el mutuo respeto de las ideas futboleras (él madridista, yo atlético) solía decirme, pelín de guasa: “Vais de culo, a ver cuándo echáis al Sacchi”.
Aquella mañana, sin embargo, mostraba esa seriedad aflictiva que desencadenan los encrespamientos con la suegra, por ejemplo. Y así era. La buena señora se había empeñado en comprarse un perro. Y aunque los razonamientos de mi vecino rozaron los límites de una humildad sobresaliente y fingida, ella enarboló su poderío lenguaraz y tonante, como quien enarbola una espada, y hubo que soportar en casa la presencia canina.
—Háblale del psicopompo —le dije—, seguro que cuando conozca su función ultramundana deja de adorar a los perros.
—Ni hablar —contestó—. Es tan desconfiada que nutre cualquier palabra rara con asociaciones obscenas. Seguro que si le nombro al psicopompo piensa que deseo tocarle la desconsiderada redondez de su trasero.
Lo tranquilicé. Y, arrimándome a su oído, le solté que en las mitologías arcaicas el perro era un animal asociado a la muerte y que, con frecuencia, era el encargado de conducir a los muertos a la otra vida, la función del psicopompo, vamos.
—De hecho —aseguré con suficiencia—, ahí tienes a Anubis o al can Cerbero, divinidades mortuorias caniformes. Sin ir más lejos, proseguí, los neoplatónicos pensaban que el perro simbolizaba la maldad del dueño que se deshacía de ella traspasándola al animal, de manera que tu suegra tiene tan mala pipa que, arrepentida, piensa desahogar sus pudrideros en la doméstica fidelidad de su caniche. Dile esto, a ver si le gafas lo del perro y lo regala.
Se lo dijo. Pero ni por esas. Al contrario, la suegra manifestó de forma contundente que era pura bondad lo que exhibía su perro, de manera que ella le había transmitido sus cualidades positivas. Por otra parte, le hizo muchísima gracia lo del psicopompo y, a renglón seguido, le creció debajo del moño un sorprendente alarde de cultería léxica que la impulsaba a utilizar la palabra cada dos por tres.
Y así, salía al atardecer por las aceras, muy ufana, a pasear al perro. Naturalmente, se cruzaba con dos o tres mil personas que a la misma hora también pasean a sus perros de esta guisa: los padres pasean el perro que le compraron a la niña cuando aprobó 2º de ESO, los viejos pasean el perrillo de sus recuerdos, las solteras más bien provectas pasean el perrito de su desasosiego, los raperos pasean el perrazo de sus insumisiones, los amantes de los animales pasean simplemente el perro. Todos muy orgullosos, eso sí, de poder contar entre sus docilidades familiares con la doméstica afinidad de un perro.
La suegra de mi vecino estaba dotada de una capacidad de fabulación extraordinaria de modo que no se callaba ni debajo del agua y, como le había hecho gracia, según te dije, lo del psicopompo, cuando se cruzaba con una señorita que paseaba al perrito, se detenía educadamente y le decía:
—Oh, tiene usted un psicopompo monísimo—, y la señorita enrojecía.
A los padres que paseaban al perro que le compraron a la niña, etc., les espetaba:
—Buenas, tienen ustedes un psicopompo muy educado—, y los padres se soltaban de la mano.
A los raperos que paseaban al perrazo, casi les escupía:
—Vaya, tenéis un psicopompo desproporcionado—, y los raperos, perplejos, se miraban la entrepierna.
A los amantes de los animales simplemente les daba las buenas tardes.
La aparente dificultad de todo este embrollo reside en que el psicopompo, al menos el psicopompo que adopta zoomorfología canina, siente acuciantes necesidades fisiológicas y, cada dos por tres, mea y caga. Y es (in)digno de ver el sarpullido excrementicio que salpica las aceras, como ejemplo peligrosamente escatológico de resbalones, de patinazos y de untadas.
Y aunque el Excelentísimo Ayuntamiento, en su aparente afán de proteger el bien público, notifica cada dos o tres años conminatorios avisos de multa aplicables a los dueños de psicopompo desavisados, no hay remedio. Los dueños de los perros siguen tras ellos durante los atardeceres, como si tal cosa, atados (los dueños) al orgullo de la cadenita flexible como si persiguieran machaconamente la inconstancia vespertina.
En fin. Aquel atardecer, me encontré con la suegra de mi vecino que recogía a su perro. Ella subía las escaleras, yo salía a la calle. Le sonreí con la boca cerrada y, disimuladamente, le di un taconazo al perro. Nada más pisar la acera, me corté. La ñorda apretujada y maloliente del perro de la suegra de mi vecino se adhería a la suela de mi zapato con una pertinacia constante y vengativa que me impulsaba a caminar a la pata coja, sin saber qué hacer.
Justo castigo del psicopompo, creo.
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año 1998 - 11 noviembre
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