EL ACOSADO VUELO DE LA TÓRTOLA
(2-9-2009)
JUAN GARODRI
La culpa es una mancha negra que se adhiere a la piel del alma tal como se adhieren las garrapatas a la piel de los perros canijos. La culpa brota de la conciencia, esa «propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales». Cualquiera, como humano, puede ‘sentirse’ culpable en un momento determinado. Un error de cálculo, una discusión, una alteración de la voz para mandar a hacer gárgaras al concejal de cultura, por ejemplo, suelen dejar en las entretelas de la interioridad esa mancha negra con la que comparábamos la culpa. Y su expiación. Porque, según los visionarios de la escatología final, cada culpa lleva aparejada su correspondiente expiación.
Eso nos ocurre a los humanos cada dos por tres, o más. Pero a la tórtolas, hombre, hacer que las tórtolas expíen su pureza zoológica (que supongo que será su única culpa) es pasarse de la raya condenatoria. ¿Qué culpa tienen ellas de cruzar el abismo de nuestra culpa? Su culpa es haber nacido tórtola. Haberse criado en las casi indefensas ramas de su nido. Ese nido que deja al descubierto la lisa panza de los dos polluelos apenas ocultados por los escasos palos que lo forman. La culpa de la tórtola es cruzar el espacio navegando un vuelo bellísimo, un vuelo azorado de celeridad. La culpa de la tórtola es haberse independizado de la especie y, en lugar de acudir en bandada al supermercado de los surcos, como hace en general el gentío pajaril atraído por la publicidad de los trigales, la tórtola se desvía con su pareja a ocultar en las encinas su arrullo amoroso.
Porque la tórtola ha nacido para el amor. Los autores del Renacimiento, tan dados al endecasílabo y a las églogas, tan aficionados al llanto amoroso y a la pena de amor —salid sin duelo lágrimas corriendo, repite Garcilaso como un veredicto de ausencia afectiva que lo impulsa al llanto, aunque bien es cierto que el llanto era más retórico que físico, más literariamente cortés que lacrimógeno, los renacentistas españoles se deshacían en llanto por cualquier amada inalcanzable, recurso que utilizaban generosamente para confeccionar sus versos, como si los versos fuesen guedejas de la tristeza— los autores del renacimiento, ya digo, consideraban a la tórtola como símbolo de la pena de amor, una pena que brotaba de su propio gemido lascivo, tal vez ilusionados y confusos por la belleza métrica de los hexámetros de Virgilio que relaciona el canto de la tórtola con su gemido incesante: Nec gemere aerea cessabit turtur ab ulmo.
Pero la tórtola, ay, ha nacido también para la muerte. Qué culpa tienen ellas de cruzar el abismo de la culpa. Qué culpa la de vivir eternamente enamoradas y gimientes. La de seguir a su pareja hasta la muerte. De dos en dos. La pareja se decide a cruzar las extensiones para ahuyentar el frío y el rigor de las heladas. Sólo así seguirán amándose. Sólo así impedirán que se interrumpa el ciclo de su procreación. Sólo así seguirán unidas en la evasión esquiva de su vuelo.
No saben, desdichadas, que un bosque de escopetas les dedica la ovación de la pólvora. No saben que un encinar repleto de cartuchos les ofrenda la muerte, ese ofertorio de suplicio instantáneo por el que pasan todos los amantes, esa consecución del aniquilamiento al que se entregan para expiar la culpa de haber seguido amándose.
Nada menos que 17.000 han sido abatidas.
(Y que disculpe el informador de HOY (29-8-00). A pesar de que en el titular de la 'primera' aparece correctamente utilizado el verbo ‘abatir’, no ocurre así en la entrada de la 'tercera' ni en las informaciones subsiguientes. Me atrevo, pues, a señalar que utiliza incorrectamente el verbo. No es lo mismo batir que abatir. En el contexto de la noticia, el informador se refiere al número de tórtolas que han sido derribadas: «Hacer que una cosa caiga o descienda», dice el DRAE. Se trata, pues, de abatir. Como voz técnica de la montería, batir se refiere únicamente a la exploración de un terreno, o a recorrerlo para hacer salir la caza. Así que, majo, de batir tórtolas, nada. De ídem).
De manera que 17.000 tórtolas han sido abatidas ¡en dos días!. Más de 20.000 cazadores salieron olfateando las víctimas. No había modo de escapar. Las tórtolas han caído, sorprendidas y veloces, en un holocausto cinegético en el que la víctima no era otra cosa que el sacrificio de su eterno retorno, ese acto de abnegación total que se lleva a cabo por amor.
Siempre me conmovió, y me atrajo, el huidizo aleteo de las tórtolas. De chico las tuve entre mis manos. Les daba de comer cuando eran pichones. Les abría el pico con los dedos, y a pesar de sus tentativas de escape, engullían vorazmente los granos de trigo. Después cogía un buche de agua y, con su pico entre mis labios, la tórtola bebía. Jamás olvidaré el latido asustado de su pecho, el pecho caliente y agitado de la siesta en las plumas de las tórtolas.
Nuestra culpa son los 17.000 pechos abiertos a la sangre y vaciados para siempre de amor.
lunes, 22 de junio de 2009
COMPARACIONES
(29-8-2000)
JUAN GARODRI
La comparaciones son odiosas, ya se sabe. Así y todo, cualquier peripatético (el de la opinión de acera, se entiende) no hace más que echarse a la calle y empieza a gargajear opiniones asentadas en la comparación con la suficiencia adiposa del que reparte patentes de calidad ciudadana. Y el gentío acepta la comparación como el argumento supremo de la escolástica callejera. Pero nadie explica por qué son odiosas las comparaciones. Tal vez lo sean porque la comparación no demuestra nada. Se limita a resaltar el aspecto denigratorio que la rodea, esa mezcolanza de envidia y mala leche que salpica cualquier expresión cuando quiere utilizarse para echar por tierra lo que otros hacen o dicen. Tal vez por eso sean odiosas las comparaciones.
Aunque así, en general, puede resultar arriesgada tal afirmación. Porque la comparación también puede ser bella como puede serlo la metáfora. La frase del clásico, aunque manoseada hasta la inflación ejemplarizante, no deja de ser ilustrativa: «Tus dientes son perlas» afirma una identificación que tiene su base estética en una comparación, a saber, «Tus dientes son como perlas».
Puede ocurrir, no obstante, que la dudosa belleza metafórica que quizá te sorprenda en «Tu sexo de pianola adormecida», resulte no por descarada menos acertadamente odiosa, al menos para muchos depredadores del voto, en «Política de mierda nos gobierna», porque, evidentemente, ambos endecasílabos retuercen su erección metafórica en sendas comparaciones subyacentes: tu sexo es como una pianola y la política es como una mierda.
Lo que no se entiende bien es por qué el personal sedicente culto considera metafóricamente poética una gilipollez tipo «Tu sexo de pianola adormecida» y no considera metafórica, o al menos no considera poética, una frase como «Política de mierda nos gobierna», siendo así que la relación entre el término real (‘política’) y el imaginario (‘de mierda’), consustanciales a toda metáfora, se concreta perfectamente en la asociación de las cualidades negativas de la mierda que en este caso se atribuyen subjetivamente a la política. Resulta, pues, que la metáfora, aunque quizá bella en su estructura estética, puede aparecer odiosa tanto en su adorno poético, exultante o insultante, según, como en su entorno empírico o contexto comparativo.
Como otras veces en que camino errante entre el fárrago expositivo, aparece mi tío Eufrasio.
—Pero qué haces —me dice—. Deja ya de emular a Ferlosio, que no le llegas ni a las zapatillas, y mira que las tenía usadas cuando comía en Casa Piro. Hoy tenías que escribir sobre las comparaciones de la telefonía móvil y lo del Papa.
—Andá, pues es verdad —le digo.
Primera comparación. Política de mierda nos gobierna. Aparte la perfección métrica del endecasílabo, no deja de sorprender que España aparezca en esto de la telefonía móvil como el tonto del pueblo. Así aparece en los medios de comunicación. Mientras que Alemania recauda la mareante cifra de 8,4 billones de pesetas con la subasta de seis licencias de telefonía móvil, España se descolgó (de los auriculares) en marzo con la birriosa recaudación de 86.000 millones, sin subasta ni nada, «en función de criterios de calidad de servicio, inversión y empleo». El Gobierno británico también ha rozado una recaudación de seis billones y pico. Pero es que hasta Portugal y Grecia planean recaudaciones que dejan con el culo a las goteras a la que el Ministerio de Fomento efectuó en marzo. Y el personal no puede evitarlo. Por muy odiosas que sean las comparaciones, el personal compara. ¿Cómo es posible que Telefónica haya pujado en Alemania con la suma de 1,4 billones y aquí consiguiera su licencia por 21.500 millones de pesetas? Algo huele a podrido. ¿Quién se aprovechó de la ridícula cifra que supuso la adjudicación española? ¿Los usuarios? Y una mierda. A pesar de los atosigantes ofrecimientos de nosécuantas mil pesetas de regalo en llamadas, a pesar del horario nocturno o diurno, a pesar de la franja horaria de fin de semana, o de sábado noche, o de llamada joven, o de llamada internacional, o de conexión interprovincial, o de buzón de voz, o de llamada que te alegrará la vida, o de llamada para no sentirte solo, o de pollas en vinagre, el caso es que la tarjeta de cinco mil pelas te dura menos que un kleenex en las manos de la tal Ania, vamos, ‘es que te meas que te cagas’, (frase memorable acuñada por la interfecta. Después de ella, alea iacta est ni es frase ni nada).
Segunda comparación. Tu sexo de pianola adormecida. Una frase sublime, aunque traducida, mezcla de funk, de hip-hop y de techno. Miles de entusiastas en el ‘universo Virgin’. Más de 70.000 asistentes en el festival de Chelmsford, a 40 kilómetros de Londres. Miles de banderas ondeando al viento la omnipresente V, entre el baile y las pastillas. Mogollón de gente. Y en Berlín, no digamos. Miles de jóvenes en la Hanfparade, el homenaje a la marihuana y al hachís. Lo que mola, tío. ¿Y en Roma? Luis Antonio de Villena diría que venga, tío, no me vengas con antiguallas. Doscientos mil jóvenes con el Papa. Más de dos millones de fieles en la misa de Tor Vergata. Más 3.500 periodistas acreditados. 335 hectáreas para infraestructuras. Y el Papa alertando a los jóvenes contra ‘la tentación de la droga y el hedonismo que llevan a una espiral de desesperación, de sin sentido y de violencia’. Y cómo habrá gente con la cabeza tan blanda como para asistir a esos actos y para creer esas cosas, parece preguntarse la boquita de pez sabio de Luis Antonio de Villena. “El Papa y el vacío”, dice, porque prefiere Voltaire a Juan Pablo II. Y habrá quien se pregunte por qué esa obsesión algo enfermiza de comparar el hecho religioso con la nada, como si lo religioso, per se, fuera algo inútil cuando no perjudicial.
En fin. ¿Quiénes tendrán la cabeza más blanda, los de Chelmsford, los de Berlín, los de Roma o los fantasmas de Villena? Ya puestos a comparar, compara, anda. Aunque las comparaciones sean odiosas.
(29-8-2000)
JUAN GARODRI
La comparaciones son odiosas, ya se sabe. Así y todo, cualquier peripatético (el de la opinión de acera, se entiende) no hace más que echarse a la calle y empieza a gargajear opiniones asentadas en la comparación con la suficiencia adiposa del que reparte patentes de calidad ciudadana. Y el gentío acepta la comparación como el argumento supremo de la escolástica callejera. Pero nadie explica por qué son odiosas las comparaciones. Tal vez lo sean porque la comparación no demuestra nada. Se limita a resaltar el aspecto denigratorio que la rodea, esa mezcolanza de envidia y mala leche que salpica cualquier expresión cuando quiere utilizarse para echar por tierra lo que otros hacen o dicen. Tal vez por eso sean odiosas las comparaciones.
Aunque así, en general, puede resultar arriesgada tal afirmación. Porque la comparación también puede ser bella como puede serlo la metáfora. La frase del clásico, aunque manoseada hasta la inflación ejemplarizante, no deja de ser ilustrativa: «Tus dientes son perlas» afirma una identificación que tiene su base estética en una comparación, a saber, «Tus dientes son como perlas».
Puede ocurrir, no obstante, que la dudosa belleza metafórica que quizá te sorprenda en «Tu sexo de pianola adormecida», resulte no por descarada menos acertadamente odiosa, al menos para muchos depredadores del voto, en «Política de mierda nos gobierna», porque, evidentemente, ambos endecasílabos retuercen su erección metafórica en sendas comparaciones subyacentes: tu sexo es como una pianola y la política es como una mierda.
Lo que no se entiende bien es por qué el personal sedicente culto considera metafóricamente poética una gilipollez tipo «Tu sexo de pianola adormecida» y no considera metafórica, o al menos no considera poética, una frase como «Política de mierda nos gobierna», siendo así que la relación entre el término real (‘política’) y el imaginario (‘de mierda’), consustanciales a toda metáfora, se concreta perfectamente en la asociación de las cualidades negativas de la mierda que en este caso se atribuyen subjetivamente a la política. Resulta, pues, que la metáfora, aunque quizá bella en su estructura estética, puede aparecer odiosa tanto en su adorno poético, exultante o insultante, según, como en su entorno empírico o contexto comparativo.
Como otras veces en que camino errante entre el fárrago expositivo, aparece mi tío Eufrasio.
—Pero qué haces —me dice—. Deja ya de emular a Ferlosio, que no le llegas ni a las zapatillas, y mira que las tenía usadas cuando comía en Casa Piro. Hoy tenías que escribir sobre las comparaciones de la telefonía móvil y lo del Papa.
—Andá, pues es verdad —le digo.
Primera comparación. Política de mierda nos gobierna. Aparte la perfección métrica del endecasílabo, no deja de sorprender que España aparezca en esto de la telefonía móvil como el tonto del pueblo. Así aparece en los medios de comunicación. Mientras que Alemania recauda la mareante cifra de 8,4 billones de pesetas con la subasta de seis licencias de telefonía móvil, España se descolgó (de los auriculares) en marzo con la birriosa recaudación de 86.000 millones, sin subasta ni nada, «en función de criterios de calidad de servicio, inversión y empleo». El Gobierno británico también ha rozado una recaudación de seis billones y pico. Pero es que hasta Portugal y Grecia planean recaudaciones que dejan con el culo a las goteras a la que el Ministerio de Fomento efectuó en marzo. Y el personal no puede evitarlo. Por muy odiosas que sean las comparaciones, el personal compara. ¿Cómo es posible que Telefónica haya pujado en Alemania con la suma de 1,4 billones y aquí consiguiera su licencia por 21.500 millones de pesetas? Algo huele a podrido. ¿Quién se aprovechó de la ridícula cifra que supuso la adjudicación española? ¿Los usuarios? Y una mierda. A pesar de los atosigantes ofrecimientos de nosécuantas mil pesetas de regalo en llamadas, a pesar del horario nocturno o diurno, a pesar de la franja horaria de fin de semana, o de sábado noche, o de llamada joven, o de llamada internacional, o de conexión interprovincial, o de buzón de voz, o de llamada que te alegrará la vida, o de llamada para no sentirte solo, o de pollas en vinagre, el caso es que la tarjeta de cinco mil pelas te dura menos que un kleenex en las manos de la tal Ania, vamos, ‘es que te meas que te cagas’, (frase memorable acuñada por la interfecta. Después de ella, alea iacta est ni es frase ni nada).
Segunda comparación. Tu sexo de pianola adormecida. Una frase sublime, aunque traducida, mezcla de funk, de hip-hop y de techno. Miles de entusiastas en el ‘universo Virgin’. Más de 70.000 asistentes en el festival de Chelmsford, a 40 kilómetros de Londres. Miles de banderas ondeando al viento la omnipresente V, entre el baile y las pastillas. Mogollón de gente. Y en Berlín, no digamos. Miles de jóvenes en la Hanfparade, el homenaje a la marihuana y al hachís. Lo que mola, tío. ¿Y en Roma? Luis Antonio de Villena diría que venga, tío, no me vengas con antiguallas. Doscientos mil jóvenes con el Papa. Más de dos millones de fieles en la misa de Tor Vergata. Más 3.500 periodistas acreditados. 335 hectáreas para infraestructuras. Y el Papa alertando a los jóvenes contra ‘la tentación de la droga y el hedonismo que llevan a una espiral de desesperación, de sin sentido y de violencia’. Y cómo habrá gente con la cabeza tan blanda como para asistir a esos actos y para creer esas cosas, parece preguntarse la boquita de pez sabio de Luis Antonio de Villena. “El Papa y el vacío”, dice, porque prefiere Voltaire a Juan Pablo II. Y habrá quien se pregunte por qué esa obsesión algo enfermiza de comparar el hecho religioso con la nada, como si lo religioso, per se, fuera algo inútil cuando no perjudicial.
En fin. ¿Quiénes tendrán la cabeza más blanda, los de Chelmsford, los de Berlín, los de Roma o los fantasmas de Villena? Ya puestos a comparar, compara, anda. Aunque las comparaciones sean odiosas.
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año 2000 - 08 agosto
miércoles, 17 de junio de 2009
EN ESTE PAÍS
(22-8-2000)
JUAN GARODRI
Aunque en este país no se lleva proclamar, al menos en voz alta, lo que a uno le enseñaron de chico, yo me atrevo a proclamar algo que me enseñaron entonces, a saber, la definición de mentir. Iba el señor maestro y te preguntaba:
—¿Qué es mentir?
Y tú, con la breve contundencia del convencimiento, respondías:
—Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa—. Y te quedabas tan ancho.
Mucho más difícil resultaba definir el concepto de hipocresía. La hipocresía era una idea confusamente dañina de inextricable definición, ya digo, pero de fácil aplicación por cuanto enseguida tildabas de hipócrita al amigo que simulaba un acercamiento cariñoso para conseguir sus fines pero que te volvía la espalda una vez conseguidos. Mientras la mentira se aplicaba a la mendacidad de la palabra, la hipocresía se ordenaba al falseamiento de la conducta.
Pero eso era antes. Ahora circulan ambos conceptos cogidos de la mano, o del brazo, o de la cintura, en una perversa, tal vez perfecta, simbiosis de mendacidad e hipocresía. Al menos en este país.
No tienes más que hojear la prensa nacional y aparecen las declaraciones de algunos mandamases y demás prohombres enfáticos, esos diosecillos de la gobernabilidad que dirigen nuestros destinos y descosen el forro de nuestros bolsillos. Bien. Lees sus declaraciones y se agarran a la simbiosis entre mentira e hipocresía, arriba señalada, para ocultar el nombre de España. En este país, dicen. Un íntimo rubor surgido de las profundidades de la corrección política —lo políticamente correcto, aseguran— les impide pronunciar el nombre de España para evitar la herida de las susceptibilidades, como si España fuera la fulana baboseada que debe mantenerse oculta. Y se agarran a la tabla salvadora del eufemismo, más o menos conscientes de que su eufemismo no es más que una mentira.
Bien está el uso del eufemismo en determinadas y comprometidas situaciones. Siempre hubo eufemismos de conmovedora cursilería. Aquello del “estado de buena esperanza” y lo de “hacer pis”, por ejemplo, unido a lo de “pompis” y otras delicadezas fisiológicas, retrotraían al hablante a una situación prenatal lindante con el limbo. Pero la actual proliferación del eufemismo social-igualatorio, la del económico-depredatorio y la del político-simulatorio resulta cuando menos descacharrante. Para qué citarlos. Patético, sin embargo, resulta el hecho de que se avergüencen de pronunciar el nombre de España. En este país.
Así que te quedas de piedra cuando lees, a continuación, que donde más se trabaja de Europa no es en Alemania, no. Uno siempre había creído que en Alemania el personal tenía la cabeza cuadriculada para inventar y los brazos nervudos para trabajar. En consecuencia, creías que los alemanes se dedicaban a trabajar sin descanso para recuperarse a todo meter de los desastres de la Segunda Guerra. Pues resulta que no. Ahora resulta que donde más se inventa es en España, perdón, en Este País, y que donde más se trabaja ¿sabes dónde es? Pues donde más se trabaja es en España, perdón, en Este País. Así lo confirma un informe elaborado por la UE.
Para que luego digan los cagaleches que España, perdón, que Este País es el culo del mundo y que jamás nos lucirá el pelo porque lo tenemos así de sebáceo de tanto darle el sol en el fútbol, en los toros y en la mierda de los chiringuitos.
Además, cuando en Alemania se trabajaba más que en ningún otro sitio era debido a la perfecta organización de los estamentos industriales. En cambio en España, perdón, en Este País, si se trabaja más, cosa que el cagaleches duda, es debido a que se explota al trabajador y a que se le da cuerda a la economía sumergida.
A mí me parece que el personal, en Este País, es casi visceralmente hipócrita (aún a riesgo de exageración adverbial). Partidario, al menos, de la mentira política. ¿Por qué? Porque se aparenta la izquierda pero se siente la derecha. Como un orzuelo o un rabanillo, pero se siente. No tienes más que observar al que camina con el periódico bajo el brazo. Si ha adquirido El País, lleva el titular bien a la vista, con desenfado y prestancia, para que se aprecie su tendencia progresista (me refiero a la tendencia del adquirente). Si ha adquirido el ABC, lo oculta con la portada de El Cultural, para que el gentío advierta que lo ha comprado, simplemente, porque le interesa la información literaria y artística. Si ha adquirido La Razón, lo esconde cuidadosamente tal como se esconde la prevaricación o la pornografía. En Este País nadie compra el Marca (¿por qué será el diario de mayor tirada si nadie lo compra?), esa expresión derechona y semianalfabeta del fútbol, según los cagaleches. Todo el mundo, sin embargo, le echa una ojeada, o dos, en la barra del bar para acompañar el trago de cerveza y la fagocitación de la tapa.
En Este País todo el mundo es de derechas, qué coño. Dile al gentío que deje de consumir a lo tonto. Dile que se preocupe por los inmigrantes. Dile que se preocupe por el hambre en el mundo. Dile que se preocupe por el problema del racismo. Dile que se quede en casa los fines de semana. Dile que contamine menos y que conserve la naturaleza. Anda, díselo. Y te tiran a la cara los envases de vidrio.
En este país todo el mundo aparenta ser de izquierdas pero intenta vivir como si fuera de derechas. Hasta los cagaleches.
(22-8-2000)
JUAN GARODRI
Aunque en este país no se lleva proclamar, al menos en voz alta, lo que a uno le enseñaron de chico, yo me atrevo a proclamar algo que me enseñaron entonces, a saber, la definición de mentir. Iba el señor maestro y te preguntaba:
—¿Qué es mentir?
Y tú, con la breve contundencia del convencimiento, respondías:
—Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa—. Y te quedabas tan ancho.
Mucho más difícil resultaba definir el concepto de hipocresía. La hipocresía era una idea confusamente dañina de inextricable definición, ya digo, pero de fácil aplicación por cuanto enseguida tildabas de hipócrita al amigo que simulaba un acercamiento cariñoso para conseguir sus fines pero que te volvía la espalda una vez conseguidos. Mientras la mentira se aplicaba a la mendacidad de la palabra, la hipocresía se ordenaba al falseamiento de la conducta.
Pero eso era antes. Ahora circulan ambos conceptos cogidos de la mano, o del brazo, o de la cintura, en una perversa, tal vez perfecta, simbiosis de mendacidad e hipocresía. Al menos en este país.
No tienes más que hojear la prensa nacional y aparecen las declaraciones de algunos mandamases y demás prohombres enfáticos, esos diosecillos de la gobernabilidad que dirigen nuestros destinos y descosen el forro de nuestros bolsillos. Bien. Lees sus declaraciones y se agarran a la simbiosis entre mentira e hipocresía, arriba señalada, para ocultar el nombre de España. En este país, dicen. Un íntimo rubor surgido de las profundidades de la corrección política —lo políticamente correcto, aseguran— les impide pronunciar el nombre de España para evitar la herida de las susceptibilidades, como si España fuera la fulana baboseada que debe mantenerse oculta. Y se agarran a la tabla salvadora del eufemismo, más o menos conscientes de que su eufemismo no es más que una mentira.
Bien está el uso del eufemismo en determinadas y comprometidas situaciones. Siempre hubo eufemismos de conmovedora cursilería. Aquello del “estado de buena esperanza” y lo de “hacer pis”, por ejemplo, unido a lo de “pompis” y otras delicadezas fisiológicas, retrotraían al hablante a una situación prenatal lindante con el limbo. Pero la actual proliferación del eufemismo social-igualatorio, la del económico-depredatorio y la del político-simulatorio resulta cuando menos descacharrante. Para qué citarlos. Patético, sin embargo, resulta el hecho de que se avergüencen de pronunciar el nombre de España. En este país.
Así que te quedas de piedra cuando lees, a continuación, que donde más se trabaja de Europa no es en Alemania, no. Uno siempre había creído que en Alemania el personal tenía la cabeza cuadriculada para inventar y los brazos nervudos para trabajar. En consecuencia, creías que los alemanes se dedicaban a trabajar sin descanso para recuperarse a todo meter de los desastres de la Segunda Guerra. Pues resulta que no. Ahora resulta que donde más se inventa es en España, perdón, en Este País, y que donde más se trabaja ¿sabes dónde es? Pues donde más se trabaja es en España, perdón, en Este País. Así lo confirma un informe elaborado por la UE.
Para que luego digan los cagaleches que España, perdón, que Este País es el culo del mundo y que jamás nos lucirá el pelo porque lo tenemos así de sebáceo de tanto darle el sol en el fútbol, en los toros y en la mierda de los chiringuitos.
Además, cuando en Alemania se trabajaba más que en ningún otro sitio era debido a la perfecta organización de los estamentos industriales. En cambio en España, perdón, en Este País, si se trabaja más, cosa que el cagaleches duda, es debido a que se explota al trabajador y a que se le da cuerda a la economía sumergida.
A mí me parece que el personal, en Este País, es casi visceralmente hipócrita (aún a riesgo de exageración adverbial). Partidario, al menos, de la mentira política. ¿Por qué? Porque se aparenta la izquierda pero se siente la derecha. Como un orzuelo o un rabanillo, pero se siente. No tienes más que observar al que camina con el periódico bajo el brazo. Si ha adquirido El País, lleva el titular bien a la vista, con desenfado y prestancia, para que se aprecie su tendencia progresista (me refiero a la tendencia del adquirente). Si ha adquirido el ABC, lo oculta con la portada de El Cultural, para que el gentío advierta que lo ha comprado, simplemente, porque le interesa la información literaria y artística. Si ha adquirido La Razón, lo esconde cuidadosamente tal como se esconde la prevaricación o la pornografía. En Este País nadie compra el Marca (¿por qué será el diario de mayor tirada si nadie lo compra?), esa expresión derechona y semianalfabeta del fútbol, según los cagaleches. Todo el mundo, sin embargo, le echa una ojeada, o dos, en la barra del bar para acompañar el trago de cerveza y la fagocitación de la tapa.
En Este País todo el mundo es de derechas, qué coño. Dile al gentío que deje de consumir a lo tonto. Dile que se preocupe por los inmigrantes. Dile que se preocupe por el hambre en el mundo. Dile que se preocupe por el problema del racismo. Dile que se quede en casa los fines de semana. Dile que contamine menos y que conserve la naturaleza. Anda, díselo. Y te tiran a la cara los envases de vidrio.
En este país todo el mundo aparenta ser de izquierdas pero intenta vivir como si fuera de derechas. Hasta los cagaleches.
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año 2000 - 08 agosto
OBSCENIDAD DEL RAZONAMIENTO
(13-8-2000)
JUAN GARODRI
Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin considerar razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas.
Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas).
Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan:
—Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será.
Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio.
Pero no queda ahí la cosa. El que lleva la voz cantante comenta que en un periódico nacional ha aparecido una foto. La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, «recibe con honores al gaditano, para muchos, más famoso de la historia» (supongo que con hache minúscula).
Mientras utilizo disimuladamente la servilleta, me atrevo a abrir de nuevo el pico. No escarmiento. Pregunto a media voz que quién es ese gaditano tan importante.
¿Ha inventado la rueda que gira sola?
¿Ha descubierto la vacuna contra el sida?
¿Ha realizado, tal vez, alguna proeza heroica tipo descubrimiento de América o algo así?
¿Ha publicado la mejor novela del mundo?
¿Ha patentado, quizá, el infalible método de ingeniería económica cuya aplicación suponga la desaparición definitiva del paro?
¿O ha descubierto un producto alimentario que se reproduzca sin agua en cualquier clase de terreno, aún desértico, producto dotado de toda clase de proteínas, vitaminas, y minerales suficientes como para alimentar a millones de seres humanos y acabar definitivamente con el hambre en el mundo?
¿Ha ingeniado la posibilidad de una ley de extranjería que acredite la aceptación legal de los inmigrantes y, en consecuencia, facilite y abarate los trámites legales que les proporcionen trabajo y salario justo?
¿Ha inventado, en fin, el método para garantizar a los futbolistas un subsidio universal, de tal forma que los jugadores de equipos modestos, o pobres, cobren mensualmente sus nóminas, evitando así el hundimiento de los clubes, su descenso a categorías inferiores o su desaparición?.
Para qué hablaría. Los comensales me miraron con ojos sorprendidos, esos ojos entre interrogativos y misericordiosos que hunden a cualquiera en la oportunidad de la desdicha. No se oía una mosca. Después irrumpieron en una estruendosa carcajada, que se dice.
—Ismael Beiro no es un científico ni un benefactor de la humanidad —borbollearon con retintín y paciencia—. Es el rey del Gran Hermano que vuelve a Cádiz, su tierra natal. Alfombra roja para Ismael. Escucha bien, que no te enteras. Dice el periódico que «la sala de plenos impecable, funcionarios obsesionados con su autógrafo y una masa que pobló de gritos los alrededores del Ayuntamiento». Por si fuera poco, la alcaldesa lo recibió con todos los honores y hasta le ofreció ser el pregonero del próximo Carnaval. Cuando estos acontecimientos son así, por algo será.
Apabullado quedé con tal cúmulo de razones. Está visto que al ser humano, con héroes así, le han robado ya la gloria. Y el razonamiento.
(13-8-2000)
JUAN GARODRI
Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin considerar razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas.
Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas).
Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan:
—Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será.
Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio.
Pero no queda ahí la cosa. El que lleva la voz cantante comenta que en un periódico nacional ha aparecido una foto. La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, «recibe con honores al gaditano, para muchos, más famoso de la historia» (supongo que con hache minúscula).
Mientras utilizo disimuladamente la servilleta, me atrevo a abrir de nuevo el pico. No escarmiento. Pregunto a media voz que quién es ese gaditano tan importante.
¿Ha inventado la rueda que gira sola?
¿Ha descubierto la vacuna contra el sida?
¿Ha realizado, tal vez, alguna proeza heroica tipo descubrimiento de América o algo así?
¿Ha publicado la mejor novela del mundo?
¿Ha patentado, quizá, el infalible método de ingeniería económica cuya aplicación suponga la desaparición definitiva del paro?
¿O ha descubierto un producto alimentario que se reproduzca sin agua en cualquier clase de terreno, aún desértico, producto dotado de toda clase de proteínas, vitaminas, y minerales suficientes como para alimentar a millones de seres humanos y acabar definitivamente con el hambre en el mundo?
¿Ha ingeniado la posibilidad de una ley de extranjería que acredite la aceptación legal de los inmigrantes y, en consecuencia, facilite y abarate los trámites legales que les proporcionen trabajo y salario justo?
¿Ha inventado, en fin, el método para garantizar a los futbolistas un subsidio universal, de tal forma que los jugadores de equipos modestos, o pobres, cobren mensualmente sus nóminas, evitando así el hundimiento de los clubes, su descenso a categorías inferiores o su desaparición?.
Para qué hablaría. Los comensales me miraron con ojos sorprendidos, esos ojos entre interrogativos y misericordiosos que hunden a cualquiera en la oportunidad de la desdicha. No se oía una mosca. Después irrumpieron en una estruendosa carcajada, que se dice.
—Ismael Beiro no es un científico ni un benefactor de la humanidad —borbollearon con retintín y paciencia—. Es el rey del Gran Hermano que vuelve a Cádiz, su tierra natal. Alfombra roja para Ismael. Escucha bien, que no te enteras. Dice el periódico que «la sala de plenos impecable, funcionarios obsesionados con su autógrafo y una masa que pobló de gritos los alrededores del Ayuntamiento». Por si fuera poco, la alcaldesa lo recibió con todos los honores y hasta le ofreció ser el pregonero del próximo Carnaval. Cuando estos acontecimientos son así, por algo será.
Apabullado quedé con tal cúmulo de razones. Está visto que al ser humano, con héroes así, le han robado ya la gloria. Y el razonamiento.
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año 2000 - 08 agosto
LA CALLE DEL CUERNO
(8-8-2000)
JUAN GARODRI
Hay días extraños y maléficos, esos días en los que uno se levanta como un perro apaleado, con el carcomido sabor de la desesperanza, como si durante la noche te hubiera poseído el genio de la disconformidad. Te levantas, ya digo, herido mortalmente de la náusea del alma. Y empiezan tus neuronas a acumular extraños desafíos y te atenaza un insólito afán desordenado de ataques y agresiones.
Ya sé que no es socialmente correcto ni, menos aún, progresistamente correcto hacer patentes esos sentimientos viscerales que retuercen el hígado y gotean la bilis de la mala leche cuajada, no es correcto, dicen, pero a ver qué hace uno, a ver cómo te las arreglas si durante la noche te ha poseído el genio de la disconformidad. Me gustaría pagar con la misma moneda. Pero como eso no es posible porque no dispongo de esa clase de moneda, me tengo que conformar con mandar el personal al cuerno.
Hubo un tiempo en que yo creía que el cuerno era un lugar desposeído de vida, es decir, una especie de muerte benéficamente dócil a la que iban a parar quienes actuaban de forma torpe o equivocada. En fin, más que un lugar el cuerno me parecía una ubicación geográficamente abstracta en la que se disimulaba la ira y se escondían las ganas de partirle a alguien la cabeza. Quizá influyera en ello la imagen infantil del desconsuelo cuando actué por vez primera en el teatro del colegio. Todo mi parlamento consistía en salir a escena con una copa en la mano y, en un momento determinado, levantar el brazo y gritar: « ¡Brindo por Buda! ». Mi timidez me situó tan cerca del nerviosismo que, efectivamente, levanté el brazo y grité: « ¡Budo por Buda! ». De entre las carcajadas de la sala, la voz del profesor, retumbó, estentórea: « ¡Vete al cuerno, Juanito! ».
A un cuerno mucho más profundo, seguro, arrojaron el otro día a un diputado colombiano, o por ahí, que juraba su cargo de padre de la patria. Con su traje impecable y su banda tricolor cruzándole el pecho. Con sus ansias de sacrificarse por el pueblo y de luchar indefectiblemente, etcétera, para conseguir la igualdad, la justicia y la prosperidad para el pueblo, etcétera. Con su promesa de combatir las desigualdades sociales y los abusos de los poderosos, etcétera. En qué estaría pensando, el desdichado. Llega la hora y jura con voz solemne: «Cumpliré y haré cumplir la Constitución ¡por Dios y por la plata! ». Dijo. Y la abstracción del cuerno se abrió a sus pies para tragarlo, empujado por la mirada iracunda de sus compinches, ahogado por la abierta analogía de las vocales que tan fácilmente asimilan la patria y la plata.
No menos agudo, afilado y endurecido, es el cuerno al que arrojaron los familiares de la novia a un oficiante litúrgico y novato. Deslumbrado quizá por los oropeles de la ceremonia y la belleza de la contrayente, se le trabucó la lengua cuando leía el pasaje bíblico en que se cita eso de conocer a los descendientes hasta la tercera generación. Con entonación propia del momento ceremonial, llega al pasaje en que la metáfora bíblica compara a la mujer con una parra cargada de racimos, símbolo de la fecundidad, y quizá porque le bailaran las letras, quizá porque se le trabucara la lengua, se dirige al novio y suelta con mansa suficiencia: «... Tu mujer como perra fecunda en medio de tu casa...», etcétera. Se detuvo el vaivén de los abanicos. Se detuvo el sudor bajo las corbatas. Y se organizó un cisco impropio del silencio y respeto que, en general, merecen los templos. La mayoría de los asistentes mandó al oficiante al cuerno, un cuerno negro, oleaginoso y demoníaco, tal como deben de ser las cavidades del infierno.
Yo, ahora mismo, mandaría al cuerno el fútbol. Y mira que me gusta el fútbol. Aún así, mandaría al cuerno a Beckham y a Eto’o, a los intermediarios y representantes, a Pérez y a Laporta, a la prensa deportiva y a la payperwiú, en fin, mandaría al cuerno a la Liga de las Estrellas, esa obscena representación crematística que ha manipulado la belleza deportiva hasta convertirla en una trata de “valores” futbolísticos, en carne rutilante de mercado, en puteo esplendoroso de facultades físicas, en trapicheo millonario para enriquecimiento de espabilados y mercachifles, en desprecio a la afición que, todavía, vibra por sus colores, ama sus colores, cree en sus colores, que se dice, y sigue demostrando, a pesar de todo, una fidelidad conmovedoramente tozuda y casi enfermiza. Al cuerno los millones de Ronaldo. (Mientras tanto, el Numancia a segunda. Qué cosas).
Es tal la cantidad de situaciones en que la mala uva nos impulsa a mandar al personal al cuerno, que en muchas ciudades hay una calle del cuerno. Cualquier calle es una vía de transición, transire, para facilitar el desplazamiento de un lugar a otro. Hay calles famosas en todas las ciudades del mundo y sus habitantes las recorren, las citan y las veneran con esa unción reverencial que impone la veneración histórica. Ninguna tan famosa como la calle del cuerno, tal vez utilizada como depósito de residuos urbanos, esa basura psicológica que llena las bolsas de plástico de nuestra imbecilidad.
(Resulta curioso comprobar que Sebastián de Covarrubias —que dedica más de dos páginas a explicar las implicaciones de ‘cuerno’ en la vida de los hombres, desde el rey al cornudo— no registre la expresión en su Tesoro. Así que no sé cómo se mandarían al cuerno en el siglo XVII, o antes).
(8-8-2000)
JUAN GARODRI
Hay días extraños y maléficos, esos días en los que uno se levanta como un perro apaleado, con el carcomido sabor de la desesperanza, como si durante la noche te hubiera poseído el genio de la disconformidad. Te levantas, ya digo, herido mortalmente de la náusea del alma. Y empiezan tus neuronas a acumular extraños desafíos y te atenaza un insólito afán desordenado de ataques y agresiones.
Ya sé que no es socialmente correcto ni, menos aún, progresistamente correcto hacer patentes esos sentimientos viscerales que retuercen el hígado y gotean la bilis de la mala leche cuajada, no es correcto, dicen, pero a ver qué hace uno, a ver cómo te las arreglas si durante la noche te ha poseído el genio de la disconformidad. Me gustaría pagar con la misma moneda. Pero como eso no es posible porque no dispongo de esa clase de moneda, me tengo que conformar con mandar el personal al cuerno.
Hubo un tiempo en que yo creía que el cuerno era un lugar desposeído de vida, es decir, una especie de muerte benéficamente dócil a la que iban a parar quienes actuaban de forma torpe o equivocada. En fin, más que un lugar el cuerno me parecía una ubicación geográficamente abstracta en la que se disimulaba la ira y se escondían las ganas de partirle a alguien la cabeza. Quizá influyera en ello la imagen infantil del desconsuelo cuando actué por vez primera en el teatro del colegio. Todo mi parlamento consistía en salir a escena con una copa en la mano y, en un momento determinado, levantar el brazo y gritar: « ¡Brindo por Buda! ». Mi timidez me situó tan cerca del nerviosismo que, efectivamente, levanté el brazo y grité: « ¡Budo por Buda! ». De entre las carcajadas de la sala, la voz del profesor, retumbó, estentórea: « ¡Vete al cuerno, Juanito! ».
A un cuerno mucho más profundo, seguro, arrojaron el otro día a un diputado colombiano, o por ahí, que juraba su cargo de padre de la patria. Con su traje impecable y su banda tricolor cruzándole el pecho. Con sus ansias de sacrificarse por el pueblo y de luchar indefectiblemente, etcétera, para conseguir la igualdad, la justicia y la prosperidad para el pueblo, etcétera. Con su promesa de combatir las desigualdades sociales y los abusos de los poderosos, etcétera. En qué estaría pensando, el desdichado. Llega la hora y jura con voz solemne: «Cumpliré y haré cumplir la Constitución ¡por Dios y por la plata! ». Dijo. Y la abstracción del cuerno se abrió a sus pies para tragarlo, empujado por la mirada iracunda de sus compinches, ahogado por la abierta analogía de las vocales que tan fácilmente asimilan la patria y la plata.
No menos agudo, afilado y endurecido, es el cuerno al que arrojaron los familiares de la novia a un oficiante litúrgico y novato. Deslumbrado quizá por los oropeles de la ceremonia y la belleza de la contrayente, se le trabucó la lengua cuando leía el pasaje bíblico en que se cita eso de conocer a los descendientes hasta la tercera generación. Con entonación propia del momento ceremonial, llega al pasaje en que la metáfora bíblica compara a la mujer con una parra cargada de racimos, símbolo de la fecundidad, y quizá porque le bailaran las letras, quizá porque se le trabucara la lengua, se dirige al novio y suelta con mansa suficiencia: «... Tu mujer como perra fecunda en medio de tu casa...», etcétera. Se detuvo el vaivén de los abanicos. Se detuvo el sudor bajo las corbatas. Y se organizó un cisco impropio del silencio y respeto que, en general, merecen los templos. La mayoría de los asistentes mandó al oficiante al cuerno, un cuerno negro, oleaginoso y demoníaco, tal como deben de ser las cavidades del infierno.
Yo, ahora mismo, mandaría al cuerno el fútbol. Y mira que me gusta el fútbol. Aún así, mandaría al cuerno a Beckham y a Eto’o, a los intermediarios y representantes, a Pérez y a Laporta, a la prensa deportiva y a la payperwiú, en fin, mandaría al cuerno a la Liga de las Estrellas, esa obscena representación crematística que ha manipulado la belleza deportiva hasta convertirla en una trata de “valores” futbolísticos, en carne rutilante de mercado, en puteo esplendoroso de facultades físicas, en trapicheo millonario para enriquecimiento de espabilados y mercachifles, en desprecio a la afición que, todavía, vibra por sus colores, ama sus colores, cree en sus colores, que se dice, y sigue demostrando, a pesar de todo, una fidelidad conmovedoramente tozuda y casi enfermiza. Al cuerno los millones de Ronaldo. (Mientras tanto, el Numancia a segunda. Qué cosas).
Es tal la cantidad de situaciones en que la mala uva nos impulsa a mandar al personal al cuerno, que en muchas ciudades hay una calle del cuerno. Cualquier calle es una vía de transición, transire, para facilitar el desplazamiento de un lugar a otro. Hay calles famosas en todas las ciudades del mundo y sus habitantes las recorren, las citan y las veneran con esa unción reverencial que impone la veneración histórica. Ninguna tan famosa como la calle del cuerno, tal vez utilizada como depósito de residuos urbanos, esa basura psicológica que llena las bolsas de plástico de nuestra imbecilidad.
(Resulta curioso comprobar que Sebastián de Covarrubias —que dedica más de dos páginas a explicar las implicaciones de ‘cuerno’ en la vida de los hombres, desde el rey al cornudo— no registre la expresión en su Tesoro. Así que no sé cómo se mandarían al cuerno en el siglo XVII, o antes).
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año 2000 - 08 agosto
ANOCHE CUANDO DORMÍA
(28-7-2000)
JUAN GARODRI
Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión, que el Gran Hermano tenía dentro de mi corazón, y que don Antonio Machado me absuelva y exculpe por haber parafraseado de forma tan banal y villana sus versos.
Por fin. Ya terminó. Como Jonás del vientre de la ballena, o lo que fuera, ya salió Ismael del bandullo y la encerrona, arrojado a la playa de la reputación popular, con su pan debajo del brazo, ese bollo ferial de los veinte millones envuelto en el papel de estraza del aplauso acerero.
Ya se consumó la gran parida de la notoriedad albardera y la fama zopenca. Ya se consumieron los tres meses de catre y pedorreo, esa mezcolanza epidérmicamente grosera e inurbana de la animalidad y las hormonas.
Así que anoche cuando dormía soñé con el GH. Fue un sueño extraño, dentro de lo que cabe. Cinco ciudadanos, honrados padres de familia, a juzgar por la pinta, salían de un edificio acristalado, un palacio de justicia o algo así, y eran inmediatamente acosados por una caterva de periodistas que enarbolaban micrófonos y portaban cámaras con ese acoso pertinaz y tozudo de la jauría cuando arrincona a la presa. Los cinco ciudadanos acababan de presentar una demanda judicial contra GH, al que acusaban de haber perjudicado gravísimamente la salud mental de sus hijos, hasta el punto de que la constante visión del programa televisivo les había inoculado una idiocia permanente cuyos síntomas se manifestaban principalmente en un deseo disparatado de llegar a famosos, muy famosos, y de ganar dinero, mucho dinero, sin dar ni un miserable palo al agua, que se dice. Como consecuencia, permanecían todo el día desparramados en los sillones, con los pelos amarillos, encrespados e hirsutos, dando muestras de un comportamiento zafio, pelín grosero. Si salían a la calle, su actitud era preocupante. Por ejemplo, meaban desvergonzadamente en cualquier esquina o en medio de la calle, y si una señora, la pobre, les afeaba su conducta y los llamaba guarros, tal como suelen hacer las señoras en esos casos de incontinencia pública, ellos respondían, con el poderío de voz característico del tarugueo mental, que más guarra era ella por mirarles el pindongo. Los cinco ciudadanos, que habían presentado la demanda contra GH en representación de más de 1.457.643 perjudicados mentales, salían de aquel acristalado palacio mohínos y cabizbajos. Los señores magistrados no les habían hecho ni caso porque, en primer lugar, el detrimento de la salud mental de la ciudadanía no se considera perjudicial, sino quizá beneficioso, para la consecución de fama y dinero y, en segundo lugar, los presuntos damnificados habían pulsado el botón para encender el televisor de forma voluntaria y absolutamente libre.
Con la veleidad onírica de las pesadillas, otro sueño se superpuso al anterior. En esta ocasión, tres ciudadanos descendían por la escalinata de un edificio colosal, con un frontispicio horripilante en el que se expandía un letrero grotesco: Palacio de Justicia, informaba. Los tres ciudadanos lloraban desconsoladamente porque los habían expulsado sin contemplaciones de la sala principal, sin ni siquiera escucharlos. Representaban a más de un millón de víctimas de accidentes de circulación, entre muertos, heridos graves, tetrapléjicos e imposibilitados que durante los últimos cinco años se habían producido en las carreteras. La demanda, dirigida contra cuatro de las principales marcas de fabricantes de automóviles, exponía en sus fundamentos de hecho el engaño que supone la publicidad del automóvil, en tanto en cuanto hace creer al personal que la velocidad, el common rail y los faros de xenón conceden al adquirente un mayor poderío económico o social e incluso mayor facilidad para el ligue y la depredación amorosa. Los señores magistrados no les habían hecho ni caso porque, en primer lugar, la industria del automóvil impulsa significativamente el producto interior bruto y, en segundo lugar, el ciudadano es libre para decidir con sus actos y con su talonario de cheques, de forma voluntaria, la adquisición de un vehículo que lo conducirá a los límites insospechados del bienestar.
La confusión aleteaba en mi duermevela, así que sobrevino un tercer sueño. Un grupo de padres de familia, unos veinticinco, discutían acaloradamente con un señor más bien gordo, condescendiente y con papada, en un aposento ornado de rojos cortinajes y sillones dieciochescos. La palabra «botellón» volaba de unos a otros como arma arrojadiza de doble o triple filo. Los veinticinco padres de familia demandaban a los principales fabricantes de bebidas alcohólicas por el daño irreversible que la ingesta de alcohol produciría en el hígado de sus hijos, abocados a una presumible y casi cierta cirrosis hepática, además del perjuicio que el líquido producía en sus mentes juveniles, induciéndolos a la indolencia, al gamberreo, a la apatía, a la debilitación psíquica y a la gilipollez mental. Los veinticinco padres de familia abandonaban la sala cabreados y vociferantes porque los señores magistrados no les habían hecho ni caso, debido a que, en primer lugar, el alcohol mantiene miles de puestos de trabajo en bares y chiringuitos y, en segundo lugar, porque los jóvenes, aunque menores de edad, utilizan el «botellón» como signo fehaciente de esa rebeldía individual que caracteriza a la juventud, miles de ciudadanos y ciudadanas, pero miles y miles, o millones, seis o siete millones, o más, de carnes apretadas y juventud exultante que se ponen hasta los ojos en las plazas y escalinatas los fines de semana.
De pronto, el teatro del sueño se convierte en un escenario ruinoso, una vieja catedral con paredes recubiertas de zarzas y aliagas. Una voz retumbante, como se supone que será la trompeta del juicio final, hacía tambalearse los viejos muros. Un señor enjuto vestido de negro riguroso, de voz tan poderosa, ya digo, que retumbaba en todo el mundo, proclamaba la condena que un jurado de Miami había aplicado a cinco compañías tabaqueras de Estados Unidos. Aquella voz desproporcionada a la estatura del pregonero enfatizaba que la condena había sido de 25 billones de pesetas por perjudicar la salud de los ciudadanos.
Nadie dijo que el fumador fumó ejercitando un acto personal y libre.
(28-7-2000)
JUAN GARODRI
Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión, que el Gran Hermano tenía dentro de mi corazón, y que don Antonio Machado me absuelva y exculpe por haber parafraseado de forma tan banal y villana sus versos.
Por fin. Ya terminó. Como Jonás del vientre de la ballena, o lo que fuera, ya salió Ismael del bandullo y la encerrona, arrojado a la playa de la reputación popular, con su pan debajo del brazo, ese bollo ferial de los veinte millones envuelto en el papel de estraza del aplauso acerero.
Ya se consumó la gran parida de la notoriedad albardera y la fama zopenca. Ya se consumieron los tres meses de catre y pedorreo, esa mezcolanza epidérmicamente grosera e inurbana de la animalidad y las hormonas.
Así que anoche cuando dormía soñé con el GH. Fue un sueño extraño, dentro de lo que cabe. Cinco ciudadanos, honrados padres de familia, a juzgar por la pinta, salían de un edificio acristalado, un palacio de justicia o algo así, y eran inmediatamente acosados por una caterva de periodistas que enarbolaban micrófonos y portaban cámaras con ese acoso pertinaz y tozudo de la jauría cuando arrincona a la presa. Los cinco ciudadanos acababan de presentar una demanda judicial contra GH, al que acusaban de haber perjudicado gravísimamente la salud mental de sus hijos, hasta el punto de que la constante visión del programa televisivo les había inoculado una idiocia permanente cuyos síntomas se manifestaban principalmente en un deseo disparatado de llegar a famosos, muy famosos, y de ganar dinero, mucho dinero, sin dar ni un miserable palo al agua, que se dice. Como consecuencia, permanecían todo el día desparramados en los sillones, con los pelos amarillos, encrespados e hirsutos, dando muestras de un comportamiento zafio, pelín grosero. Si salían a la calle, su actitud era preocupante. Por ejemplo, meaban desvergonzadamente en cualquier esquina o en medio de la calle, y si una señora, la pobre, les afeaba su conducta y los llamaba guarros, tal como suelen hacer las señoras en esos casos de incontinencia pública, ellos respondían, con el poderío de voz característico del tarugueo mental, que más guarra era ella por mirarles el pindongo. Los cinco ciudadanos, que habían presentado la demanda contra GH en representación de más de 1.457.643 perjudicados mentales, salían de aquel acristalado palacio mohínos y cabizbajos. Los señores magistrados no les habían hecho ni caso porque, en primer lugar, el detrimento de la salud mental de la ciudadanía no se considera perjudicial, sino quizá beneficioso, para la consecución de fama y dinero y, en segundo lugar, los presuntos damnificados habían pulsado el botón para encender el televisor de forma voluntaria y absolutamente libre.
Con la veleidad onírica de las pesadillas, otro sueño se superpuso al anterior. En esta ocasión, tres ciudadanos descendían por la escalinata de un edificio colosal, con un frontispicio horripilante en el que se expandía un letrero grotesco: Palacio de Justicia, informaba. Los tres ciudadanos lloraban desconsoladamente porque los habían expulsado sin contemplaciones de la sala principal, sin ni siquiera escucharlos. Representaban a más de un millón de víctimas de accidentes de circulación, entre muertos, heridos graves, tetrapléjicos e imposibilitados que durante los últimos cinco años se habían producido en las carreteras. La demanda, dirigida contra cuatro de las principales marcas de fabricantes de automóviles, exponía en sus fundamentos de hecho el engaño que supone la publicidad del automóvil, en tanto en cuanto hace creer al personal que la velocidad, el common rail y los faros de xenón conceden al adquirente un mayor poderío económico o social e incluso mayor facilidad para el ligue y la depredación amorosa. Los señores magistrados no les habían hecho ni caso porque, en primer lugar, la industria del automóvil impulsa significativamente el producto interior bruto y, en segundo lugar, el ciudadano es libre para decidir con sus actos y con su talonario de cheques, de forma voluntaria, la adquisición de un vehículo que lo conducirá a los límites insospechados del bienestar.
La confusión aleteaba en mi duermevela, así que sobrevino un tercer sueño. Un grupo de padres de familia, unos veinticinco, discutían acaloradamente con un señor más bien gordo, condescendiente y con papada, en un aposento ornado de rojos cortinajes y sillones dieciochescos. La palabra «botellón» volaba de unos a otros como arma arrojadiza de doble o triple filo. Los veinticinco padres de familia demandaban a los principales fabricantes de bebidas alcohólicas por el daño irreversible que la ingesta de alcohol produciría en el hígado de sus hijos, abocados a una presumible y casi cierta cirrosis hepática, además del perjuicio que el líquido producía en sus mentes juveniles, induciéndolos a la indolencia, al gamberreo, a la apatía, a la debilitación psíquica y a la gilipollez mental. Los veinticinco padres de familia abandonaban la sala cabreados y vociferantes porque los señores magistrados no les habían hecho ni caso, debido a que, en primer lugar, el alcohol mantiene miles de puestos de trabajo en bares y chiringuitos y, en segundo lugar, porque los jóvenes, aunque menores de edad, utilizan el «botellón» como signo fehaciente de esa rebeldía individual que caracteriza a la juventud, miles de ciudadanos y ciudadanas, pero miles y miles, o millones, seis o siete millones, o más, de carnes apretadas y juventud exultante que se ponen hasta los ojos en las plazas y escalinatas los fines de semana.
De pronto, el teatro del sueño se convierte en un escenario ruinoso, una vieja catedral con paredes recubiertas de zarzas y aliagas. Una voz retumbante, como se supone que será la trompeta del juicio final, hacía tambalearse los viejos muros. Un señor enjuto vestido de negro riguroso, de voz tan poderosa, ya digo, que retumbaba en todo el mundo, proclamaba la condena que un jurado de Miami había aplicado a cinco compañías tabaqueras de Estados Unidos. Aquella voz desproporcionada a la estatura del pregonero enfatizaba que la condena había sido de 25 billones de pesetas por perjudicar la salud de los ciudadanos.
Nadie dijo que el fumador fumó ejercitando un acto personal y libre.
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año 2000 - 07 julio
¡LA EDUCACIÓN, OTRA VEZ!
(22-7-2000)
JUAN GARODRI
Bueno, pues en febrero de 1988 descubrí en el abismo de mi mismidad, que se dice ahora, un absorbente deseo formativo que me impulsó a solicitar una plaza para (soporta el engreimiento de las mayúsculas) el Curso de Responsables del Área de Lengua y Literatura de los CEPs, incluido en el Plan de Formación del Profesorado, Curso 88-89, organizado por el Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Renovación Pedagógica, Subdirección General de Formación del Profesorado, que tuvo lugar en Santander. Así que me la concedieron y para allá me fui, como Merlín, en plan receptivo, tocando la flauta de la ilusión formadora y arrastrando tras de mí los insoportables ratones de la desinformación y el adocenamiento. Durante los tres meses que duró el curso, se nos documentó, formó e informó, casi exhaustivamente, de la LOGSE, ley aún no promulgada que nos suministraban en fotocopias para que discutiéramos el currículum y las fuentes del currículum en las sesiones de trabajo. (Digo currículum porque así lo llamábamos entonces). Nos dividieron en grupos de trabajo operativos. Yo pertenecía al grupo B. Algunas de las conclusiones (conservo el manuscrito) fueron éstas:
«Hemos optado por un modelo curricular democrático, cualitativo y transaccional. De él seleccionamos los siguientes aspectos:
a) Circulación igualitaria de información: profesor-alumno, alumno-profesor, alumno-alumno.
b) Atención al currículum oculto en cuanto a la significación del espacio, tiempo, relaciones de poder y fuente de las normas sociales.
c) Que la estructura curricular coincida con la estructura experiencial del alumno. Deben buscarse referentes comunes. Los ámbitos culturales pueden facilitar dicha búsqueda.
d) Currículum que permita detectar los procesos, no sólo los productos, propiciando además la actividad.
e) Currículum que propicie la evaluación no sancionadora y un seguimiento de procesos.
f) Que la estructura de las tareas académicas no esté marcada por aspectos memorísticos, sino de procedimiento, opinión, etc.
g) El currículum debe ser abierto en cuanto que los aspectos psicosociales son distintos en cada medio y, consecuentemente, debe adaptarse a cada caso concreto. Y abierto también en cuanto que el profesor pueda modificarlo al mismo tiempo que el currículum modifica al profesor en el proceso de su puesta en práctica. Y aquí consideramos que está la clave de la verdadera formación del profesorado. [...] La Administración, consecuentemente con el modelo elegido por nuestro grupo, debe limitarse a ofrecer un marco curricular de carácter muy general. El diseño y la programación corresponden al profesor, porque son el elemento básico de su perfeccionamiento».
Después de este minúsculo muestrario de perlas ejemplares (el banco de conchas nacarinas era inmenso), nos lanzamos a predicar la Reforma del sistema educativo como miembros obsesivos de una extraña y atípica ONG administrativa y gubernamental.
Al principio, el personal de los centros era renuente a los cambios, asustado, más que nada, por los abrojos zarzaleros de la terminología y por la zaragalla expositiva de las programaciones. Después, todo el mundo tuvo que entrar por el aro, como es sabido. No es de extrañar que con tales ingredientes académicos, en los que se concedía un arrogante lugar de preeminencia al cómo y al cuándo enseñar, y se ninguneaba progresista y enfáticamente el qué enseñar, se haya tergiversado políticamente el concepto de la Historia y de la Lengua. Y no lo han hecho con la Química porque explotarían las redomas.
Desde que don Gonzalo Anes y sus académicos emitieran el ya famoso y controvertido (por los controvertidores de siempre, se entiende) informe sobre la Historia y su enseñanza, el pisto que se ha organizado es de aceite puro de oliva, ese pisto oleaginoso de la virginidad lubricante que deja todo pringado si se (contro)vierte de la cazuela. Y no digamos si nos referimos al decreto sobre las Humanidades. No se entiende bien o, al menos, no se entiende a secas cómo puede considerarse regresivo el hecho de que se aprenda, en su totalidad, Historia, Geografía, Latín o Literatura. No se entiende que muchos consideren situados en la cresta de la ola progresista (progreta, más bien) al que, dando de lado el qué enseñar, enfatiza el cómo enseñar y asegura casi descaradamente que lo importante es la formación de la persona para ‘conseguir’ «ciudadanos responsables dentro de una sociedad democrática, europea y libre» (cito la frase a pesar de su evidente desgaste semántico). Insisten en que el sistema educativo se fundamenta en el cómo enseñar (procedimientos y actitudes), denegando cualquier posibilidad educativa al qué enseñar (conceptos y conocimientos). Se me antoja pensar que tal actitud no deja de ser una manipulación, más o menos consciente, de la educación para llevar a los educandos por el derrotero que interesa al educador.
En éstas que aparece mi tío Eufrasio,
—Qué haces —me dice,
—Nada —le digo—, expongo mis pudrideros sobre la educación y todo eso.
—La educación pretende siempre dominar —asegura—. La cosa está en descubrir por qué la gente se deja dominar. Piensa en la corriente que empieza a difundirse en otros países, cansados del fracaso y de la impertinencia educativa y obligatoria. Grupos cada vez más numerosos claman por la no obligatoriedad de la enseñanza y pretenden defender el derecho de dar a sus hijos una educación familiarmente individualizada.
Lo miro con cierta confusión y sorpresa. Me pone la mano en el hombro.
—La educación es un invento de la clase humana —prosigue—. Toda educación es coacción, se imponen las normas externas al individuo. De aquí surge el grave problema de la asimetría de las relaciones humanas. De este pozo sale el agua verdosa de la controversia y el olor fétido de la intolerancia entre el Gobierno y las Autonomías por el asunto de la Historia y las Humanidades.
Dijo. Y se quedó tan ancho.
(22-7-2000)
JUAN GARODRI
Bueno, pues en febrero de 1988 descubrí en el abismo de mi mismidad, que se dice ahora, un absorbente deseo formativo que me impulsó a solicitar una plaza para (soporta el engreimiento de las mayúsculas) el Curso de Responsables del Área de Lengua y Literatura de los CEPs, incluido en el Plan de Formación del Profesorado, Curso 88-89, organizado por el Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Renovación Pedagógica, Subdirección General de Formación del Profesorado, que tuvo lugar en Santander. Así que me la concedieron y para allá me fui, como Merlín, en plan receptivo, tocando la flauta de la ilusión formadora y arrastrando tras de mí los insoportables ratones de la desinformación y el adocenamiento. Durante los tres meses que duró el curso, se nos documentó, formó e informó, casi exhaustivamente, de la LOGSE, ley aún no promulgada que nos suministraban en fotocopias para que discutiéramos el currículum y las fuentes del currículum en las sesiones de trabajo. (Digo currículum porque así lo llamábamos entonces). Nos dividieron en grupos de trabajo operativos. Yo pertenecía al grupo B. Algunas de las conclusiones (conservo el manuscrito) fueron éstas:
«Hemos optado por un modelo curricular democrático, cualitativo y transaccional. De él seleccionamos los siguientes aspectos:
a) Circulación igualitaria de información: profesor-alumno, alumno-profesor, alumno-alumno.
b) Atención al currículum oculto en cuanto a la significación del espacio, tiempo, relaciones de poder y fuente de las normas sociales.
c) Que la estructura curricular coincida con la estructura experiencial del alumno. Deben buscarse referentes comunes. Los ámbitos culturales pueden facilitar dicha búsqueda.
d) Currículum que permita detectar los procesos, no sólo los productos, propiciando además la actividad.
e) Currículum que propicie la evaluación no sancionadora y un seguimiento de procesos.
f) Que la estructura de las tareas académicas no esté marcada por aspectos memorísticos, sino de procedimiento, opinión, etc.
g) El currículum debe ser abierto en cuanto que los aspectos psicosociales son distintos en cada medio y, consecuentemente, debe adaptarse a cada caso concreto. Y abierto también en cuanto que el profesor pueda modificarlo al mismo tiempo que el currículum modifica al profesor en el proceso de su puesta en práctica. Y aquí consideramos que está la clave de la verdadera formación del profesorado. [...] La Administración, consecuentemente con el modelo elegido por nuestro grupo, debe limitarse a ofrecer un marco curricular de carácter muy general. El diseño y la programación corresponden al profesor, porque son el elemento básico de su perfeccionamiento».
Después de este minúsculo muestrario de perlas ejemplares (el banco de conchas nacarinas era inmenso), nos lanzamos a predicar la Reforma del sistema educativo como miembros obsesivos de una extraña y atípica ONG administrativa y gubernamental.
Al principio, el personal de los centros era renuente a los cambios, asustado, más que nada, por los abrojos zarzaleros de la terminología y por la zaragalla expositiva de las programaciones. Después, todo el mundo tuvo que entrar por el aro, como es sabido. No es de extrañar que con tales ingredientes académicos, en los que se concedía un arrogante lugar de preeminencia al cómo y al cuándo enseñar, y se ninguneaba progresista y enfáticamente el qué enseñar, se haya tergiversado políticamente el concepto de la Historia y de la Lengua. Y no lo han hecho con la Química porque explotarían las redomas.
Desde que don Gonzalo Anes y sus académicos emitieran el ya famoso y controvertido (por los controvertidores de siempre, se entiende) informe sobre la Historia y su enseñanza, el pisto que se ha organizado es de aceite puro de oliva, ese pisto oleaginoso de la virginidad lubricante que deja todo pringado si se (contro)vierte de la cazuela. Y no digamos si nos referimos al decreto sobre las Humanidades. No se entiende bien o, al menos, no se entiende a secas cómo puede considerarse regresivo el hecho de que se aprenda, en su totalidad, Historia, Geografía, Latín o Literatura. No se entiende que muchos consideren situados en la cresta de la ola progresista (progreta, más bien) al que, dando de lado el qué enseñar, enfatiza el cómo enseñar y asegura casi descaradamente que lo importante es la formación de la persona para ‘conseguir’ «ciudadanos responsables dentro de una sociedad democrática, europea y libre» (cito la frase a pesar de su evidente desgaste semántico). Insisten en que el sistema educativo se fundamenta en el cómo enseñar (procedimientos y actitudes), denegando cualquier posibilidad educativa al qué enseñar (conceptos y conocimientos). Se me antoja pensar que tal actitud no deja de ser una manipulación, más o menos consciente, de la educación para llevar a los educandos por el derrotero que interesa al educador.
En éstas que aparece mi tío Eufrasio,
—Qué haces —me dice,
—Nada —le digo—, expongo mis pudrideros sobre la educación y todo eso.
—La educación pretende siempre dominar —asegura—. La cosa está en descubrir por qué la gente se deja dominar. Piensa en la corriente que empieza a difundirse en otros países, cansados del fracaso y de la impertinencia educativa y obligatoria. Grupos cada vez más numerosos claman por la no obligatoriedad de la enseñanza y pretenden defender el derecho de dar a sus hijos una educación familiarmente individualizada.
Lo miro con cierta confusión y sorpresa. Me pone la mano en el hombro.
—La educación es un invento de la clase humana —prosigue—. Toda educación es coacción, se imponen las normas externas al individuo. De aquí surge el grave problema de la asimetría de las relaciones humanas. De este pozo sale el agua verdosa de la controversia y el olor fétido de la intolerancia entre el Gobierno y las Autonomías por el asunto de la Historia y las Humanidades.
Dijo. Y se quedó tan ancho.
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año 2000 - 07 julio
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