ARRIBA ESPAÑA, COÑO
(28-9-2003)
JUAN GARODRI
Aunque sea una hipérbole totalizadora, la vio toda España. La escuchó toda España. Tal vez la vio y escuchó media España, supongo. En el programa de Pedro Piqueras, la ñ retumbó peculiarmente a través de la conversación telefónica de los golpistas. Una ñ que elevaba el taco cuartelero a la categoría épica de un santo y seña militarizado.
En el abecedario castellano aparece esa letra única y excepcional, tan insólita y exclusiva que ningún otro idioma la posee. Se trata de la “ñ”. Una feroz persecución, internacionalmente informática, quiere cargarse la ñ. Si en ningún idioma existe la grafía ñ, argumentan, ¿por qué mantenerla en los teclados? Muchas voces se han alzado en defensa de la ñ. Vargas Llosa, García Márquez, Luis María Ansón, Emilio Lorenzo, por citar algunas. Ansón, además, ocupa el sillón de la letra ñ en la Real Academia. En su defensa, escribe lo siguiente: «Mientras los franceses o italianos, para conseguir el sonido de la ñ, tienen que escribir gn, y los portugueses nh, los españoles hicieron la gran aportación al alfabeto latino al escribir por vía lúdica la diferencia fonológica entre una nasal alveolar —la n— y una nasal palatal —la ñ— ». Durante la Edad Media empezó a utilizarse la ñ gracias a la tilde más o menos ondulada que se escribía sobre el grupo nn, para abreviarlo. Después, la ñ ha ido extendiéndose por las páginas del castellano depositada en una hermosa incrustación sonora, un adorno palatal que aletea entre cientos de palabras como una libélula de la lexicografía. ¡Coño, la ñ de España en campo extremeño!
Y a propósito de la ñ. Hace tantos años, cuando Charles Spencer Chaplin, más conocido por Charlot, interpretaba aquellas cintas cortas con las que logró crear una nueva entidad burlesca, crítica y universal, comedietas de pobre hombre fracasado y enamoradizo, a uno le daba la risa. La risa de las películas de Charlot era una risa seria y melancólica. Nada de carcajadas a todo trapo. Era una risa triste porque la tozudez inconformista del actor dejaba tras de sí el aire disparatado del ridículo.
Así que a propósito de la ñ se me ocurren estas divagaciones. Porque hace unos días vi el programa de Piqueras, en Antena 3, y los gritos de los golpistas adornándose de eñes me produjeron risa, con todos los respetos patrióticos que merece el nombre de España (con su ñ, naturalmente, porque ‘Espana’ suena a algo hueco y sin tuétanos, a historia inexistente, a realidad sin presencia), me produjeron risa, ya digo, pero no la risa con la que se pretende la burla sino la risa que proviene de la lástima. Me pareció que estaba contemplando una película de Charlot. Una película en la que uno ya sabía de antemano que el protagonista la estaba cagando. Consistía el programa en la reproducción y comentarios de unos diálogos que los golpistas del 23-F mantenían a propósito del fallido golpe de Estado de Tejero en el Congreso. Daba risa, la verdad. Una risa triste. Con la perspectiva de los más de veinte años transcurridos desde entonces, las imágenes de la irrupción en el Congreso se asemejaban más a secuencias de cualquier película de Chaplin que a una acción militar. ¡Arriba España, coño! ¡Viva España, coño! ¡Todo el mundo al suelo, coño! España y su ñ. El coño y su ñ. España y el coño andaban mezclados en una inexplicable metempsícosis fonatoria, de tal manera que las voces de los golpistas transmigraban como almas en pena del ámbito presencial al ámbito telefónico, como si España no representase nada histórica ni democráticamente, a menos que su idea imperialista fuese ligada al coño.
Y qué quieres que te diga, amigo, yo al menos sentí lástima. Me pareció una especie de degradación nacional escuchar una y otra vez el nombre de España mezclado con la vulgaridad del disfemismo genital. España merece algo más que la imagen militarizada de unos pseudopatriotas alocados disparando al techo e invocando el coño. España. Unos se la apropian, otros la rechazan, otros la ningunean, otros la desestiman, pocos la aprecian. Ejemplo. Los medios de comunicación públicos se autoaplican la atribución de españoles (Radiotelevisión “española”) siendo así que, a lo que parece, son utilizados por el Gobierno como una herramienta de poder. Sólo así se entiende que RTVE vaya a superar en el próximo año 2004 una deuda de 6.800 millones de euros, cantidad astronómica e inexplicable que hace daño a España porque escandaliza y deja patidifusa la capacidad crítica de los españoles. Además, RTVE supera el tiempo de publicidad de las cadenas privadas, con lo que ningún español se explica adónde van a parar los dineros de los anuncios (de cuyos ingresos se mantienen las cadenas privadas) si, por añadidura, se le permite una deuda tan descomunal sacada de los caudales públicos (dotación económica de la que carecen las privadas). Que alguien me diga si el nombre de “española” que se apropia la radiotelevisión pública no es un jodido recochineo al perjudicar los bolsillos de los españoles con una deuda tan gigantesca. ¡Coño con la españolidad de la radiotelevisión pública! ¡La televisión de todos los españoles! No me extraña, con el dinero que nos cuesta.
¡Arriba España, coño! Así que la ñ de ‘española’ suena al ñaca ñaca de la manducatoria de Carpanta, al ñacaniná de las llanuras del Chaco, a la ñapa que por añadidura sacan de propina los jetas de la ñisca pública, a la añagaza con que nos engañan los engañadores.
Mientras tanto, la ñ se queda en pelota picada, muerta de vergüenza fonética. Porque entre la patochada de Tejero y la dureza de rostro crematística de la Erreteuveé, a la ñ le jode sobremanera admitir lo de arriba España, coño.
sábado, 3 de octubre de 2009
TRAICIÓN EN SALSA VERDE
(21-9-2003)
JUAN GARODRI
Como cualquier palabra abstracta, la traición carece de límites reales que la relacionen con una entidad real. La traición no anda por ahí, como puede andar un coche. Sin embargo, su invisible presencia se acomoda entre los seres humanos con frecuencia ineludible. Y entre los programas televisivos.
La iconografía antigua representaba a la traición con la figura de una mujer vieja, de aspecto sucio y repelente, que abrazaba a un joven y lo besaba, a la vez que se disponía a asestarle una puñalada. Quizás el motivo del beso procediera del beso de Judas, arquetipo del traidor en la abundante literatura cristiana del medievo. “Iudas mercator pessimus osculo tradidit Dominum”, canta uno de los admirables responsorios de la polifonía clásica. Judas, pésimo comerciante, entregó al Señor con un beso. Ahí reside la idea de la traición: en la entrega. No se trata simplemente de un quebrantamiento de la fidelidad que se debe a algo o a alguien, sino de algo valioso que, perteneciendo al amigo, el traidor entrega a los enemigos. Y a los programas televisivos.
Curiosamente, la palabra ‘traición’ está relacionada léxicamente con la palabra ‘tradición’, que, siendo lo mismo etimológicamente, no dejan de resultar distintas. En efecto, ambas proceden del mismo étimo latino ‘tradere’, que significa entregar, y del sustantivo verbal ‘traditio’, que significa entrega. Pero mientras la tradición es la entrega que una generación hace a otra de su cultura, es decir, la transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos o costumbres hecha de generación en generación, la traición es algo oculto, preferentemente individual, escondido en lo más turbio del hombre. Y todo a causa de una ‘d’ intervocálica conservada en la palabra tradición y omitida en la palabra traición. Que una palabra derive de otra es, desde luego, un hecho histórico cuyos efectos perduran en tanto que la palabra sigue en uso. Pero la relación que por lo mismo se establece entre las palabras aparece con todo menos duradera. Alteraciones de la forma fónica o cambios en el uso, generalmente ambas cosas a la vez, hacen que las palabras se separen entre sí. Tradición y traición. Esta es la opinión de Walter Porzig.
Después de este rollo incruento y patatero, venimos a dar en que traición y tradición, aun siendo las mismas en su origen, andan ahora cada una por su lado, aunque no del todo. No es de extrañar que una sea la buena y otra la mala. Y es que la traición es así de mala. Mientras la tradición transmite oralmente hechos y costumbres entre generaciones, la traición se acomoda en las entretelas de la individualidad ya desde antiguo. Tampoco es cuestión ahora de relacionar hechos históricos que tuvieron lugar gracias a la actuación de un traidor. Pero en cualquier período de la historia surgía el tipo que decía, hala, a traicionar, y se pasaba el día pensando en qué métodos podría utilizar para llevar a cabo su perfidia, y de esta forma hundir en la miseria del descrédito al político, al jefe, al marido o a la suegra. Y enriquecer los programas televisivos.
Y es aquí donde vuelven a unirse los términos de tradición y traición. Porque la tradición de traicionar, tan arraigada en los comportamientos y conductas humanos, ha llegado a nuestros días transmitiéndose de generación en generación y, sorprendentemente, no ha permanecido por ahí esperando a ver quién traicionaba, no, sino que se ha instalado ladinamente en el medio más querido, admirado y reverenciado de todos los medios de domesticación de masas: la televisión. Así que a diario salen traiciones a cientos. Antes no. Antes, en casi todos los pueblos, bueno, pues había un traidor al que no se tenía muy en cuenta, y la gente decía, mira, ahí va el traidor, y la gente le daba de lado y ni tomaban el vino con él en la taberna ni nada. Y si el traidor era traidora, las mujeres le cortaban innumerables trajes verbales para cubrir la desnudez de su traición, pero ni aun así lo conseguían, por lo que la traidora andaba avergonzada y apenas salía de casa. Pero ahora no. Hoy día, en contra de la tradición (que condenaba la traición), los traidores se han convertido en héroes de barro relucientes y galácticos, gracias al beneficioso mensaje de sobremesa que, sobre ellos, emiten las televisiones. Así que terminas de recoger la loza y, a toda velocidad, pones la pastilla en el lavaplatos, dejas como los chorros del oro la vitrocerámica, enciendes la cafetera que te regaló el Banco por lo de los puntos, y entre el aroma del café y el humo del cigarro, te arrellanas para saborear la traición del día que está a punto de emitir “Aquí hay tomate”, por ejemplo. Y en esto que aparece una Conchi (¡cuántas Conchis traicioneras!, será por lo del nombre) inconmensurable, radiante, desinhibida y rajadora, y echa mano de la traición y se pone a traicionar a Manuel Benítez 'el Cordobés' sin cortarse un pelo, con la misma desenvoltura con que el diestro lidiaba sus toros. Fue una maravilla de función traicionera. Y había que ver los gritos y chillidos de alegría, de asombro, de regocijo, y hasta saltos y todo, que lanzaba la presentadora del engendro Carmen Alcayde (conductora, dicen los finos) cuando Conchi aseguraba que al Cordobés le encantaba mearle en la boca, y los gritos y alaridos y frotamientos de manos de Javier Conde, conductor del bodrio, cuando la traidora sacó un pañuelo con el anagrama del torero y aseguró que allí se conservaba la mancha almidonada del semen de El Cordobés. Fue grandioso. Un ejemplo práctico, a la vista del gran público, de cómo debe retransmitirse la distinguida actuación de una traidora.
Así que, nada. Gracias a miles de ejemplos de traiciones como el reseñado (Mila Santana, Andrés Pajares, Isabel Pantoja, y otros numerosos sujetos de traición), la sociedad española marchará triunfante, cara al sol con la bragueta nueva que tú bordaste en carne ayer, hasta que vuelva a brotar la primavera de más traiciones que ejemplaricen nuestra miserable existencia con la entrega-traición rutilante de sus olorosas asquerosidades.
(21-9-2003)
JUAN GARODRI
Como cualquier palabra abstracta, la traición carece de límites reales que la relacionen con una entidad real. La traición no anda por ahí, como puede andar un coche. Sin embargo, su invisible presencia se acomoda entre los seres humanos con frecuencia ineludible. Y entre los programas televisivos.
La iconografía antigua representaba a la traición con la figura de una mujer vieja, de aspecto sucio y repelente, que abrazaba a un joven y lo besaba, a la vez que se disponía a asestarle una puñalada. Quizás el motivo del beso procediera del beso de Judas, arquetipo del traidor en la abundante literatura cristiana del medievo. “Iudas mercator pessimus osculo tradidit Dominum”, canta uno de los admirables responsorios de la polifonía clásica. Judas, pésimo comerciante, entregó al Señor con un beso. Ahí reside la idea de la traición: en la entrega. No se trata simplemente de un quebrantamiento de la fidelidad que se debe a algo o a alguien, sino de algo valioso que, perteneciendo al amigo, el traidor entrega a los enemigos. Y a los programas televisivos.
Curiosamente, la palabra ‘traición’ está relacionada léxicamente con la palabra ‘tradición’, que, siendo lo mismo etimológicamente, no dejan de resultar distintas. En efecto, ambas proceden del mismo étimo latino ‘tradere’, que significa entregar, y del sustantivo verbal ‘traditio’, que significa entrega. Pero mientras la tradición es la entrega que una generación hace a otra de su cultura, es decir, la transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos o costumbres hecha de generación en generación, la traición es algo oculto, preferentemente individual, escondido en lo más turbio del hombre. Y todo a causa de una ‘d’ intervocálica conservada en la palabra tradición y omitida en la palabra traición. Que una palabra derive de otra es, desde luego, un hecho histórico cuyos efectos perduran en tanto que la palabra sigue en uso. Pero la relación que por lo mismo se establece entre las palabras aparece con todo menos duradera. Alteraciones de la forma fónica o cambios en el uso, generalmente ambas cosas a la vez, hacen que las palabras se separen entre sí. Tradición y traición. Esta es la opinión de Walter Porzig.
Después de este rollo incruento y patatero, venimos a dar en que traición y tradición, aun siendo las mismas en su origen, andan ahora cada una por su lado, aunque no del todo. No es de extrañar que una sea la buena y otra la mala. Y es que la traición es así de mala. Mientras la tradición transmite oralmente hechos y costumbres entre generaciones, la traición se acomoda en las entretelas de la individualidad ya desde antiguo. Tampoco es cuestión ahora de relacionar hechos históricos que tuvieron lugar gracias a la actuación de un traidor. Pero en cualquier período de la historia surgía el tipo que decía, hala, a traicionar, y se pasaba el día pensando en qué métodos podría utilizar para llevar a cabo su perfidia, y de esta forma hundir en la miseria del descrédito al político, al jefe, al marido o a la suegra. Y enriquecer los programas televisivos.
Y es aquí donde vuelven a unirse los términos de tradición y traición. Porque la tradición de traicionar, tan arraigada en los comportamientos y conductas humanos, ha llegado a nuestros días transmitiéndose de generación en generación y, sorprendentemente, no ha permanecido por ahí esperando a ver quién traicionaba, no, sino que se ha instalado ladinamente en el medio más querido, admirado y reverenciado de todos los medios de domesticación de masas: la televisión. Así que a diario salen traiciones a cientos. Antes no. Antes, en casi todos los pueblos, bueno, pues había un traidor al que no se tenía muy en cuenta, y la gente decía, mira, ahí va el traidor, y la gente le daba de lado y ni tomaban el vino con él en la taberna ni nada. Y si el traidor era traidora, las mujeres le cortaban innumerables trajes verbales para cubrir la desnudez de su traición, pero ni aun así lo conseguían, por lo que la traidora andaba avergonzada y apenas salía de casa. Pero ahora no. Hoy día, en contra de la tradición (que condenaba la traición), los traidores se han convertido en héroes de barro relucientes y galácticos, gracias al beneficioso mensaje de sobremesa que, sobre ellos, emiten las televisiones. Así que terminas de recoger la loza y, a toda velocidad, pones la pastilla en el lavaplatos, dejas como los chorros del oro la vitrocerámica, enciendes la cafetera que te regaló el Banco por lo de los puntos, y entre el aroma del café y el humo del cigarro, te arrellanas para saborear la traición del día que está a punto de emitir “Aquí hay tomate”, por ejemplo. Y en esto que aparece una Conchi (¡cuántas Conchis traicioneras!, será por lo del nombre) inconmensurable, radiante, desinhibida y rajadora, y echa mano de la traición y se pone a traicionar a Manuel Benítez 'el Cordobés' sin cortarse un pelo, con la misma desenvoltura con que el diestro lidiaba sus toros. Fue una maravilla de función traicionera. Y había que ver los gritos y chillidos de alegría, de asombro, de regocijo, y hasta saltos y todo, que lanzaba la presentadora del engendro Carmen Alcayde (conductora, dicen los finos) cuando Conchi aseguraba que al Cordobés le encantaba mearle en la boca, y los gritos y alaridos y frotamientos de manos de Javier Conde, conductor del bodrio, cuando la traidora sacó un pañuelo con el anagrama del torero y aseguró que allí se conservaba la mancha almidonada del semen de El Cordobés. Fue grandioso. Un ejemplo práctico, a la vista del gran público, de cómo debe retransmitirse la distinguida actuación de una traidora.
Así que, nada. Gracias a miles de ejemplos de traiciones como el reseñado (Mila Santana, Andrés Pajares, Isabel Pantoja, y otros numerosos sujetos de traición), la sociedad española marchará triunfante, cara al sol con la bragueta nueva que tú bordaste en carne ayer, hasta que vuelva a brotar la primavera de más traiciones que ejemplaricen nuestra miserable existencia con la entrega-traición rutilante de sus olorosas asquerosidades.
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año 2003 - 09 septiembre
EL COLOR DEL CRISTAL
(14-9-2003)
JUAN GARODRI
Don Ramón de Campoamor y Campo Osorio, extraordinario versificador de rimbombantes apellidos, pero poeta fastidioso, escribía versos con la fluencia lírica de una máquina de hacer churros (su obra comprende más de cincuenta mil versos, dicen los manuales) encuadrados en una poesía racionalista y social, como correspondía a la época en que publicaba. Campoamor conoció los entresijos de la política, no en vano fue gobernador civil de Alicante y de Valencia, perteneció al partido conservador y mantuvo enconadas polémicas parlamentarias. Y aunque su fama no sobrevivió a su tiempo, murió rodeado de gloria popular y de reconocimiento oficial. Bien. A Campoamor se atribuye aquello que dice: «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / que todo tiene el color / del cristal con que se mira». Es decir, que cada cual arrima el ascua a su sardina con la pretensión del propio beneficio alimentario, mandando más allá del extranjero al que pretenda arrebatarle el ascua.
Soy tan torpe que siempre me sorprende la contumacia con que cada cual defiende lo suyo. Aunque propiamente no se trata de contumacia, porque nadie admite el error en lo que defiende, sino de tenacidad en la defensa progresiva de lo que se considera como verdad. No hay que ir muy lejos para ejemplarizar el aserto precedente. El reciente nombramiento de Mariano Rajoy como candidato a la Presidencia del Gobierno y como secretario general del PP ha levantado opiniones como polvaredas otoñales. Como no podía ser de otra manera, sus conmilitones y secuaces no dejan de alabar las extraordinarias cualidades que lo adornan como un florero de política conspicua. Rato, Mayor Oreja, Ruiz Gallardón, el propio Aznar, lo ensalzan casi descaradamente, con esa falsedad implícita que subyace en la alabanza desmesurada. Sus adversarios políticos, sin embargo, abundan en señalar las imperfecciones del recién electo, y en estas que aparece Alfonso Guerra, doctorado en descalificaciones, perito en retranca y experto en la desazón del ninguneo, y lo llama «mariposón». Y así como el cristal de aumento de las gafas laudatorias parece de grosor exagerado, no menos excesivo se me antoja el cristal de las gafas descalificatorias.
Algo parecido ocurre si mi torpeza bucea en el charco de la literatura. La catalogación o eliminación de escritores, según la cuadra ideológica a la que se pertenezca, alcanza hoy día dimensiones de batiburrillo caricaturesco. El color del cristal con que se mira. Hay quien piensa, en serio, hay quien piensa, no es broma ni cuchufleta que se me ocurre ahora, hay quien piensa que la autodenominación de escritor de izquierdas confiere un halo de intelectualidad insospechada a cuanto se escribe.
(Seamos serios: ¿alguien piensa, con fundamentación filosófica, que a estas alturas de la historia existen todavía ‘izquierdas’ y ‘derechas’?. De cara a la galería, puede que el personal vaya por ahí con el cuento del NO, mayormente manifas y otras yerbas. Lo admito y hasta lo comprendo, porque de algo tienen que vivir. El personal se curra el euro como puede. Pero la presunción de intelectualidad, tal como algunos memos se la adjudican, acogotados por una divertida idiocia libresca, no deja de resultar cuando menos cómica).
A pesar de que alguien me tache de manifestar un angelismo trasnochado, no acabo de comprender por qué los listos son de izquierdas y los cenutrios de derechas. No acabo de entender por qué los de derechas son incorruptos, otro dogma de fe para fieles gavioteros, y los de izquierdas corruptos de maletín y ladrillo. Esta separación taxonómica, dogma de fe para muchos, ya digo, en algo hay que creer, obedece más bien a separaciones estancas tipo inteligencias artificiales que Aldous Huxley imaginó antes de la Segunda Guerra Mundial en ‘Un mundo feliz’: inteligencia para barrenderos, todos iguales; inteligencia para administrativos o ingenieros o economistas, todos iguales; inteligencia para políticos de izquierda, todos iguales; inteligencia para políticos de derecha, todos iguales.
En este sentido, me gustaría conocer el color del cristal con que Jaime Capmany se despacha contra Jesús Caldera, a quien pone a caldo, redundantemente, cada dos por tres, y me gustaría conocer el color del cristal con que Caldera contempla la figura de Cristina Alberdi reduciendo a cenizas la militancia socialista de la ex ministra.
Para color, el del cristal de las gafas de César Alierta, que amenaza con despedir a la mitad de la plantilla si el Gobierno no autoriza una nueva subida, y gorda, de la cuota de abono de Telefónica en 2004. Y el personal comprando gafas de plástico tipo futurista. Y es que farda mucho ser rico y de izquierdas. ¡País!
(14-9-2003)
JUAN GARODRI
Don Ramón de Campoamor y Campo Osorio, extraordinario versificador de rimbombantes apellidos, pero poeta fastidioso, escribía versos con la fluencia lírica de una máquina de hacer churros (su obra comprende más de cincuenta mil versos, dicen los manuales) encuadrados en una poesía racionalista y social, como correspondía a la época en que publicaba. Campoamor conoció los entresijos de la política, no en vano fue gobernador civil de Alicante y de Valencia, perteneció al partido conservador y mantuvo enconadas polémicas parlamentarias. Y aunque su fama no sobrevivió a su tiempo, murió rodeado de gloria popular y de reconocimiento oficial. Bien. A Campoamor se atribuye aquello que dice: «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / que todo tiene el color / del cristal con que se mira». Es decir, que cada cual arrima el ascua a su sardina con la pretensión del propio beneficio alimentario, mandando más allá del extranjero al que pretenda arrebatarle el ascua.
Soy tan torpe que siempre me sorprende la contumacia con que cada cual defiende lo suyo. Aunque propiamente no se trata de contumacia, porque nadie admite el error en lo que defiende, sino de tenacidad en la defensa progresiva de lo que se considera como verdad. No hay que ir muy lejos para ejemplarizar el aserto precedente. El reciente nombramiento de Mariano Rajoy como candidato a la Presidencia del Gobierno y como secretario general del PP ha levantado opiniones como polvaredas otoñales. Como no podía ser de otra manera, sus conmilitones y secuaces no dejan de alabar las extraordinarias cualidades que lo adornan como un florero de política conspicua. Rato, Mayor Oreja, Ruiz Gallardón, el propio Aznar, lo ensalzan casi descaradamente, con esa falsedad implícita que subyace en la alabanza desmesurada. Sus adversarios políticos, sin embargo, abundan en señalar las imperfecciones del recién electo, y en estas que aparece Alfonso Guerra, doctorado en descalificaciones, perito en retranca y experto en la desazón del ninguneo, y lo llama «mariposón». Y así como el cristal de aumento de las gafas laudatorias parece de grosor exagerado, no menos excesivo se me antoja el cristal de las gafas descalificatorias.
Algo parecido ocurre si mi torpeza bucea en el charco de la literatura. La catalogación o eliminación de escritores, según la cuadra ideológica a la que se pertenezca, alcanza hoy día dimensiones de batiburrillo caricaturesco. El color del cristal con que se mira. Hay quien piensa, en serio, hay quien piensa, no es broma ni cuchufleta que se me ocurre ahora, hay quien piensa que la autodenominación de escritor de izquierdas confiere un halo de intelectualidad insospechada a cuanto se escribe.
(Seamos serios: ¿alguien piensa, con fundamentación filosófica, que a estas alturas de la historia existen todavía ‘izquierdas’ y ‘derechas’?. De cara a la galería, puede que el personal vaya por ahí con el cuento del NO, mayormente manifas y otras yerbas. Lo admito y hasta lo comprendo, porque de algo tienen que vivir. El personal se curra el euro como puede. Pero la presunción de intelectualidad, tal como algunos memos se la adjudican, acogotados por una divertida idiocia libresca, no deja de resultar cuando menos cómica).
A pesar de que alguien me tache de manifestar un angelismo trasnochado, no acabo de comprender por qué los listos son de izquierdas y los cenutrios de derechas. No acabo de entender por qué los de derechas son incorruptos, otro dogma de fe para fieles gavioteros, y los de izquierdas corruptos de maletín y ladrillo. Esta separación taxonómica, dogma de fe para muchos, ya digo, en algo hay que creer, obedece más bien a separaciones estancas tipo inteligencias artificiales que Aldous Huxley imaginó antes de la Segunda Guerra Mundial en ‘Un mundo feliz’: inteligencia para barrenderos, todos iguales; inteligencia para administrativos o ingenieros o economistas, todos iguales; inteligencia para políticos de izquierda, todos iguales; inteligencia para políticos de derecha, todos iguales.
En este sentido, me gustaría conocer el color del cristal con que Jaime Capmany se despacha contra Jesús Caldera, a quien pone a caldo, redundantemente, cada dos por tres, y me gustaría conocer el color del cristal con que Caldera contempla la figura de Cristina Alberdi reduciendo a cenizas la militancia socialista de la ex ministra.
Para color, el del cristal de las gafas de César Alierta, que amenaza con despedir a la mitad de la plantilla si el Gobierno no autoriza una nueva subida, y gorda, de la cuota de abono de Telefónica en 2004. Y el personal comprando gafas de plástico tipo futurista. Y es que farda mucho ser rico y de izquierdas. ¡País!
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año 2003 - 09 septiembre
FELICIDAD
(31-8-2003)
JUAN GARODRI
Cuando entrevistan a personajes famosos, mayormente futbolistas, Ronaldo el verano pasado, Beckham estos días calurosos de finales de agosto, suele el entrevistador (o entrevistadora) preguntarle por su situación anímica, además de otras obviedades a las que con frecuencia someten al entrevistado. Y éste, con el fulgor del entusiasmo en los ojos, responde, como quien circunda los ámbitos de la sabiduría, con respuesta única e inexacta: «Estoy muy feliz de encontrarme en España, estoy muy feliz de poder ayudar a mis compañeros y al equipo, estoy muy feliz de pertenecer al Real Madrid».
Además de la incorrección sintáctica del entrevistado, normal si desconoce el español, o de la traducción errónea del entrevistador (o entrevistadora), normal si ni las huele en inglés, la felicidad encaja muy mal con el verbo estar, que es el verbo de la transitoriedad. La felicidad, en cuanto estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien, tiende ineludiblemente a la permanencia, a perpetuarse en una situación de la que es imposible salir si alguna vez se pudiese entrar en ella. Lo característico, sin embargo, de la condición humana es que se tiende a la felicidad, se inicia y prosigue la búsqueda de la felicidad, se pretende la consecución de la felicidad. El ser humano se entrega unas veces a la investigación de la virtud, o de la verdad, se dedica otras veces a la práctica de la mentira, o del abuso, se pasa la vida luchando por conseguir la felicidad, no la consigue y encima va y se muere, que es el colmo del contrasentido existencial. Paul Valéry se pregunta si existe la felicidad (él la llama amor) al mismo tiempo que se satisface. Precisamente la equivocación humana consiste en dar el nombre de felicidad a pequeños hechos concretos que aparecen y desaparecen en la historia individual con la contumacia del péndulo.
En la entrega diaria que cada uno prodiga, minuto a minuto, a la búsqueda de su felicidad, hay una especie de alienación, en el sentido existencialista del término. En el pensamiento de Hegel y de Marx la alienación es el mal por excelencia, porque le roba al hombre su esencia verdadera, ya que la alienación, como se sabe, es una transformación de la conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición. En este sentido, habría que considerar la búsqueda de la felicidad como un mal porque engaña al hombre haciéndole pensar que puede conseguir algo que, de por sí, es inalcanzable.
Así que estoy muy feliz, dice Beckham, porque le cascó un gol de chiripa a Leo Franco, que lanzó puños al aire en medio de un fallo clamoroso. Y el personal está muy feliz con lo de la supercopa, primer título oficial de la temporada.Y el personal está muy feliz porque, quien más quien menos, ha pasado unas (¿calurosas-horrorosas?) vacaciones en la candente arena de las playas, con el agua del mediterráneo a treinta grados, o en las achicharradas laderas de las montañas, destruidas por un fuego devorador y un viento ignívomo.
Así y todo, el personal está feliz a pesar del síndrome de la vuelta al trabajo porque, en contraprestación a tan desgraciado accidente, se vuelve a soñar con la abundancia de la lotería primitiva. Es el sueño de la felicidad, una felicidad núbil, porque vuelve a instalarse casi virginalmente en las entretelas de los deseos, tal como el agua se instala en las huellas de los regatos y es absorbida en una especie de caricia líquida.
También está feliz el personal porque dispone de abundantes medios de distracción y entretenimiento: programas televisivos, por ejemplo, en los que menudean comidillas nacionales transformadas en insólitos escarceos íntimos dispuestos a destruir al que pillen por delante; tal es el caso de Andrés Pajares, arrojado a los pies de los caballos, no sé si justa o injustamente. Pero esto no importa al telespectador/a. El telespectador/a está feliz porque se entera de lo malo que es el tío y de lo muchísimo que ha hecho sufrir a chonchis, chonis y chonílagos. El colmo de la felicidad: contemplar la desmembración obscena y birriosa de algo que en su momento estuvo unido.
En fin. Pretendo que el personal no esté feliz sino que sea feliz. Pero como el verbo ser designa algo permanente, cualidad totalmente reñida con lo que creemos que es la felicidad, deseemos que, al menos, el personal esté contento, accidentalidad expresada propiamente por el verbo estar. De manera que, de ahora en adelante, majos, a ver si os enteráis, Beckham y demás patulea puede que estén contentos de pertenecer al Madrid, pero no pueden estar felices de ello. La felicidad, como permanencia, se construye con el verbo ser. Y si no, leeros a Nietzsche que, cabreado con el eudemonismo de los utilitaristas ingleses y su eterna happiness, soltó, así por las buenas, que la vida no es la felicidad.
(Pido disculpas por citar otra vez al plasta de Nietzsche de quien, en absoluto, pretendo hacer propaganda, pero queda bien como exorno final).
(31-8-2003)
JUAN GARODRI
Cuando entrevistan a personajes famosos, mayormente futbolistas, Ronaldo el verano pasado, Beckham estos días calurosos de finales de agosto, suele el entrevistador (o entrevistadora) preguntarle por su situación anímica, además de otras obviedades a las que con frecuencia someten al entrevistado. Y éste, con el fulgor del entusiasmo en los ojos, responde, como quien circunda los ámbitos de la sabiduría, con respuesta única e inexacta: «Estoy muy feliz de encontrarme en España, estoy muy feliz de poder ayudar a mis compañeros y al equipo, estoy muy feliz de pertenecer al Real Madrid».
Además de la incorrección sintáctica del entrevistado, normal si desconoce el español, o de la traducción errónea del entrevistador (o entrevistadora), normal si ni las huele en inglés, la felicidad encaja muy mal con el verbo estar, que es el verbo de la transitoriedad. La felicidad, en cuanto estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien, tiende ineludiblemente a la permanencia, a perpetuarse en una situación de la que es imposible salir si alguna vez se pudiese entrar en ella. Lo característico, sin embargo, de la condición humana es que se tiende a la felicidad, se inicia y prosigue la búsqueda de la felicidad, se pretende la consecución de la felicidad. El ser humano se entrega unas veces a la investigación de la virtud, o de la verdad, se dedica otras veces a la práctica de la mentira, o del abuso, se pasa la vida luchando por conseguir la felicidad, no la consigue y encima va y se muere, que es el colmo del contrasentido existencial. Paul Valéry se pregunta si existe la felicidad (él la llama amor) al mismo tiempo que se satisface. Precisamente la equivocación humana consiste en dar el nombre de felicidad a pequeños hechos concretos que aparecen y desaparecen en la historia individual con la contumacia del péndulo.
En la entrega diaria que cada uno prodiga, minuto a minuto, a la búsqueda de su felicidad, hay una especie de alienación, en el sentido existencialista del término. En el pensamiento de Hegel y de Marx la alienación es el mal por excelencia, porque le roba al hombre su esencia verdadera, ya que la alienación, como se sabe, es una transformación de la conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición. En este sentido, habría que considerar la búsqueda de la felicidad como un mal porque engaña al hombre haciéndole pensar que puede conseguir algo que, de por sí, es inalcanzable.
Así que estoy muy feliz, dice Beckham, porque le cascó un gol de chiripa a Leo Franco, que lanzó puños al aire en medio de un fallo clamoroso. Y el personal está muy feliz con lo de la supercopa, primer título oficial de la temporada.Y el personal está muy feliz porque, quien más quien menos, ha pasado unas (¿calurosas-horrorosas?) vacaciones en la candente arena de las playas, con el agua del mediterráneo a treinta grados, o en las achicharradas laderas de las montañas, destruidas por un fuego devorador y un viento ignívomo.
Así y todo, el personal está feliz a pesar del síndrome de la vuelta al trabajo porque, en contraprestación a tan desgraciado accidente, se vuelve a soñar con la abundancia de la lotería primitiva. Es el sueño de la felicidad, una felicidad núbil, porque vuelve a instalarse casi virginalmente en las entretelas de los deseos, tal como el agua se instala en las huellas de los regatos y es absorbida en una especie de caricia líquida.
También está feliz el personal porque dispone de abundantes medios de distracción y entretenimiento: programas televisivos, por ejemplo, en los que menudean comidillas nacionales transformadas en insólitos escarceos íntimos dispuestos a destruir al que pillen por delante; tal es el caso de Andrés Pajares, arrojado a los pies de los caballos, no sé si justa o injustamente. Pero esto no importa al telespectador/a. El telespectador/a está feliz porque se entera de lo malo que es el tío y de lo muchísimo que ha hecho sufrir a chonchis, chonis y chonílagos. El colmo de la felicidad: contemplar la desmembración obscena y birriosa de algo que en su momento estuvo unido.
En fin. Pretendo que el personal no esté feliz sino que sea feliz. Pero como el verbo ser designa algo permanente, cualidad totalmente reñida con lo que creemos que es la felicidad, deseemos que, al menos, el personal esté contento, accidentalidad expresada propiamente por el verbo estar. De manera que, de ahora en adelante, majos, a ver si os enteráis, Beckham y demás patulea puede que estén contentos de pertenecer al Madrid, pero no pueden estar felices de ello. La felicidad, como permanencia, se construye con el verbo ser. Y si no, leeros a Nietzsche que, cabreado con el eudemonismo de los utilitaristas ingleses y su eterna happiness, soltó, así por las buenas, que la vida no es la felicidad.
(Pido disculpas por citar otra vez al plasta de Nietzsche de quien, en absoluto, pretendo hacer propaganda, pero queda bien como exorno final).
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año 2003 - 08 agosto
LA DUCHA
(10-8-2003)
Juan Garodri
Aparte de que no me interesa, no sé de dónde sacarán los datos con que confeccionan las encuestas que aparecen en determinados medios de comunicación. Será preguntando, supongo. La suposición no es de una obviedad tan perogrullesca como parece. Porque, efectivamente, toda encuesta se basa en el hecho de preguntar. La cuestión estriba en la categoría de las preguntas que se formulan, en el modo de hacer las preguntas y en la finalidad, más o menos manipuladora, que pretenda darse a las preguntas.
Desde el punto de vista sociológico, sabemos que una encuesta es un sondeo de opinión sobre un determinado tema, en el que se recogen testimonios, mediante la técnica de la entrevista, principalmente (aunque también existen técnicas de observación y experimentación usadas por científicos en sus trabajos de campo), con el fin de captar el comportamiento de la población acerca de determinados temas. Después se procesa la información y se obtiene un análisis estadístico de los resultados.
El personal aficionado a la lectura de la prensa diaria conoce los resultados de las encuestas publicados en ella. Sobre todo, las encuestas que obedecen a juicios de anticipación, como sondeos políticos, intención de voto, popularidad de los líderes y demás zaragalla ciudadana. El gentío conoce también el resultado del hecho encuestado y sonríe a media boca cuando comprueba que las intenciones manifestadas en los sondeos de opinión, en muchos casos, no coinciden con los resultados.
Otra cosa son las encuestas en las que se pregunta al personal sobre hechos consumados, hábitos concretos o costumbres cotidianas. Mientras que en los sondeos de opinión la encuesta se fundamenta en juicios de anticipación que muchas veces no coinciden con los resultados finales, en los sondeos de costumbres o hábitos la encuesta se fundamenta en la declaración de hechos consumados. La cosa está en saber si los encuestados dicen la verdad dentro del énfasis verídico de la propia personalidad, o mienten dentro de la defensa externa de una imaginaria dignidad individual.
La longitud del exordio obedece a que hace pocos días leí en la prensa que, según una encuesta, los españoles entran en el grupo de los más guarros dentro de la camada de guarros, o guarrada (conjunto de las crías de los guarros nacidas en el mismo parto), que por lo visto abunda en la Unión Europea: más del 67 por ciento de los españoles no se ducha. Horror. No sé si la encuesta se ha realizado por teléfono, ni si el cuestionario se ha enviado impreso por correo normal (no necesita sello, a franquear en destino), ni si ha aparecido en las esplendorosas páginas encuestadoras de Internet (si su respuesta es sí, coloque la cruz en el recuadro de la parte superior izquierda; si su respuesta es no, coloque la cruz en el recuadro de la parte superior derecha). También desconozco la entidad sintáctica de la pregunta. Puede que haya consistido en una cuestión simple, desprovista de plumerío ornamental, tipo responda con sinceridad (no, sinceridad no, lo de sinceridad es un ataque demasiado abierto a la intimidad de la persona), responda cuántas veces se ducha usted
a) a la semana,
b) al mes,
c) al trimestre,
d) al semestre,
e) al año,
f) otras variables higiénicas,
g) exprese usted si se ducha más frecuentemente en invierno o en verano (la pregunta es idiota, no sé cómo sería la respuesta),
h) indique si su tendencia a la ducha predomina en otoño o en invierno,
h) teniendo en cuenta el dicho de ‘la dicha es mucha en la ducha’, especifique si disfruta cuando realiza el acto de ducharse,
i) diga si le produce más placer el agua caliente, el agua templada o el agua fría,
j) aclare, por favor, si silba una melodía de Operación Triunfo o, por el contrario, permanece mudo como el tabique,
k) manifieste su propensión al exabrupto, si la tiene, cuando el agua sale fría en lugar de caliente,
l) diga si regula habitualmente los grifos para acomodar el agua, la fría y la caliente, a la temperatura del cuerpo,
ll) exprese si soporta mal los enconados latigazos del agua fría,
m) explique cómo previene los resbalones,
n) comente el cuidado habilidoso que utiliza para evitarlos,
n) comente, así mismo, la cauta precaución que toma para aposentar adecuadamente la planta del pie sobre el fondo de la bañera,
ñ) diga cómo actúa si acontece que se propasa cinco milímetros al girar la manilla del agua fría y un chorro helador, polar y maléfico le tortura las costillas,
o) diga qué ocurre, por el contrario, si se excede en el giro de la manilla del agua caliente y el chorro de un géiser inesperado, perverso y violento le achicharra los hombros y le horada el espinazo,
p) manifieste, en ambos casos, cómo mantiene la integridad física cuando salta peligrosamente hacia atrás, con riesgo de partirse una pierna (o desnucarse, desgraciadamente),
q) reseñe si en su cuarto de baño se oye el picotazo de las gotas de agua, plict, que caen en la bañera después de colgar con indolencia de la boca del grifo,
r) comente si dicho ruido es particularmente molesto durante la noche,
s) o durante la hora de la siesta,
t) diga si se levanta a cerrar el grifo,
u) o si procede a taponarlo con la toallita higiénica,
v) o si se enfurece y le pega un martillazo,
x) o si tiene voluntad de hierro y se duerme como si tal cosa,
y) aclare finalmente si se ducha al levantarse o al acostarse,
z) en caso negativo explique la razón de por qué no se ducha.
(Anotación: no olvide colocar la x en los recuadros apropiados, a ser posible con bolígrafo negro).
Ante la envergadura del cuestionario, no es de extrañar que el olor a tigre se expanda por aglomeraciones y multitudes. Y que no es extraño que el 67 por ciento de los españoles huya de la ducha. Y de las españolas. Porque en cuestiones higiénicas tampoco vamos a andar con discriminaciones por razón de sexo.
(10-8-2003)
Juan Garodri
Aparte de que no me interesa, no sé de dónde sacarán los datos con que confeccionan las encuestas que aparecen en determinados medios de comunicación. Será preguntando, supongo. La suposición no es de una obviedad tan perogrullesca como parece. Porque, efectivamente, toda encuesta se basa en el hecho de preguntar. La cuestión estriba en la categoría de las preguntas que se formulan, en el modo de hacer las preguntas y en la finalidad, más o menos manipuladora, que pretenda darse a las preguntas.
Desde el punto de vista sociológico, sabemos que una encuesta es un sondeo de opinión sobre un determinado tema, en el que se recogen testimonios, mediante la técnica de la entrevista, principalmente (aunque también existen técnicas de observación y experimentación usadas por científicos en sus trabajos de campo), con el fin de captar el comportamiento de la población acerca de determinados temas. Después se procesa la información y se obtiene un análisis estadístico de los resultados.
El personal aficionado a la lectura de la prensa diaria conoce los resultados de las encuestas publicados en ella. Sobre todo, las encuestas que obedecen a juicios de anticipación, como sondeos políticos, intención de voto, popularidad de los líderes y demás zaragalla ciudadana. El gentío conoce también el resultado del hecho encuestado y sonríe a media boca cuando comprueba que las intenciones manifestadas en los sondeos de opinión, en muchos casos, no coinciden con los resultados.
Otra cosa son las encuestas en las que se pregunta al personal sobre hechos consumados, hábitos concretos o costumbres cotidianas. Mientras que en los sondeos de opinión la encuesta se fundamenta en juicios de anticipación que muchas veces no coinciden con los resultados finales, en los sondeos de costumbres o hábitos la encuesta se fundamenta en la declaración de hechos consumados. La cosa está en saber si los encuestados dicen la verdad dentro del énfasis verídico de la propia personalidad, o mienten dentro de la defensa externa de una imaginaria dignidad individual.
La longitud del exordio obedece a que hace pocos días leí en la prensa que, según una encuesta, los españoles entran en el grupo de los más guarros dentro de la camada de guarros, o guarrada (conjunto de las crías de los guarros nacidas en el mismo parto), que por lo visto abunda en la Unión Europea: más del 67 por ciento de los españoles no se ducha. Horror. No sé si la encuesta se ha realizado por teléfono, ni si el cuestionario se ha enviado impreso por correo normal (no necesita sello, a franquear en destino), ni si ha aparecido en las esplendorosas páginas encuestadoras de Internet (si su respuesta es sí, coloque la cruz en el recuadro de la parte superior izquierda; si su respuesta es no, coloque la cruz en el recuadro de la parte superior derecha). También desconozco la entidad sintáctica de la pregunta. Puede que haya consistido en una cuestión simple, desprovista de plumerío ornamental, tipo responda con sinceridad (no, sinceridad no, lo de sinceridad es un ataque demasiado abierto a la intimidad de la persona), responda cuántas veces se ducha usted
a) a la semana,
b) al mes,
c) al trimestre,
d) al semestre,
e) al año,
f) otras variables higiénicas,
g) exprese usted si se ducha más frecuentemente en invierno o en verano (la pregunta es idiota, no sé cómo sería la respuesta),
h) indique si su tendencia a la ducha predomina en otoño o en invierno,
h) teniendo en cuenta el dicho de ‘la dicha es mucha en la ducha’, especifique si disfruta cuando realiza el acto de ducharse,
i) diga si le produce más placer el agua caliente, el agua templada o el agua fría,
j) aclare, por favor, si silba una melodía de Operación Triunfo o, por el contrario, permanece mudo como el tabique,
k) manifieste su propensión al exabrupto, si la tiene, cuando el agua sale fría en lugar de caliente,
l) diga si regula habitualmente los grifos para acomodar el agua, la fría y la caliente, a la temperatura del cuerpo,
ll) exprese si soporta mal los enconados latigazos del agua fría,
m) explique cómo previene los resbalones,
n) comente el cuidado habilidoso que utiliza para evitarlos,
n) comente, así mismo, la cauta precaución que toma para aposentar adecuadamente la planta del pie sobre el fondo de la bañera,
ñ) diga cómo actúa si acontece que se propasa cinco milímetros al girar la manilla del agua fría y un chorro helador, polar y maléfico le tortura las costillas,
o) diga qué ocurre, por el contrario, si se excede en el giro de la manilla del agua caliente y el chorro de un géiser inesperado, perverso y violento le achicharra los hombros y le horada el espinazo,
p) manifieste, en ambos casos, cómo mantiene la integridad física cuando salta peligrosamente hacia atrás, con riesgo de partirse una pierna (o desnucarse, desgraciadamente),
q) reseñe si en su cuarto de baño se oye el picotazo de las gotas de agua, plict, que caen en la bañera después de colgar con indolencia de la boca del grifo,
r) comente si dicho ruido es particularmente molesto durante la noche,
s) o durante la hora de la siesta,
t) diga si se levanta a cerrar el grifo,
u) o si procede a taponarlo con la toallita higiénica,
v) o si se enfurece y le pega un martillazo,
x) o si tiene voluntad de hierro y se duerme como si tal cosa,
y) aclare finalmente si se ducha al levantarse o al acostarse,
z) en caso negativo explique la razón de por qué no se ducha.
(Anotación: no olvide colocar la x en los recuadros apropiados, a ser posible con bolígrafo negro).
Ante la envergadura del cuestionario, no es de extrañar que el olor a tigre se expanda por aglomeraciones y multitudes. Y que no es extraño que el 67 por ciento de los españoles huya de la ducha. Y de las españolas. Porque en cuestiones higiénicas tampoco vamos a andar con discriminaciones por razón de sexo.
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año 2003 - 08 agosto
viernes, 2 de octubre de 2009
SOBREIMPRESIONADOS
(3-8-2003)
JUAN GARODRI
Anda uno releyendo estos días algo de Sartre, (La náusea, Las manos sucias, Las moscas) quizá para espantar las moscas de la mierda, tan insistentes, tan pegajosas. En aquel tiempo, Sartre producía en mis alucinaciones una vibración desconocida y enigmática. Tal vez su ojo vilorto (agárrate al diccionario de mi tierra) y su cachimba de sándalo rojo emitían vibraciones contestatarias que uno intuía a través de las páginas en rústica de La nausée, «l'une des oeuvres essentialles de la littérature contemporaine», rezaba la contraportada de la obra en la colección “Le livre de poche”, de la editorial Gallimard. (Un amigo versado en Derecho Canónico, me recomendó que, antes de leer esta obra, consultase el canon 2.318,1, sobre lectura de libros prohibidos: La náusea se encontraba incluida en el Índice).
No es lo mismo leer a Sartre en la lejanía de 1972 que leerlo a estas alturas del 2003. Entonces, las referencias conceptuales a las que uno se agarraba constituían esa tabla de salvación que todo náufrago desea no abandonar jamás. Y así como el náufrago, aunque aferrado a su tabla, teme ser tragado por las olas en cada momento y desaparecer para siempre en las profundidades, así la lectura de La náusea lanzaba mis pretensiones intelectuales de un lado a otro del peligroso oleaje de la infracción, más que nada en el sentido de transgresión de norma moral. Ahora, la lectura de Sartre me deja un regusto de melancolía trasnochada, ese sabor de entendimiento que fue y que ya no es.
No sé por qué la lectura de Sartre me ha traído a la memoria la mierda aburrida y estúpida, entre imbécil y apestosa, de algunos programas televisivos. La telebasura. El asco. Y es que da como un poco de asco hablar de telebasura. (Ahora se habla mucho de telebasura e incluso el señor Aznar ha dicho por ahí que habría que ir acabando con ella. Pero nadie le hace caso, será por lo de las ganancias en publicidad y todo eso. Hablar de telebasura es como predicar en desierto y, ya se sabe, predicar en desierto sermón perdido). Así que da como asco, eso de la telebasura. El asco, esa alteración del estómago causada por la repugnancia que se tiene a algo que incita a vómito. No sé qué escribiría Jean Paul Sartre si hubiera llegado a conocer, y a contemplar, algunos programas que emiten las cadenas de televisión actuales. Sartre, tan dominado por el asco. Por la náusea que transmite al personaje de Antoine Roquentin cuando lo obliga a arrastrar su aburrimiento, a anotar con asco y con desdén las estupideces que escucha sentado a la mesa de un café y, sobre todo, la desilusión que experimenta cuando se siente existir en medio de la vulgaridad, atenazado por los límites que le presentan los seres y las cosas. ¿Qué hubiera escrito Sartre si hubiera contemplado un programa como ‘Crónicas marcianas’, por ejemplo? La náusea hubiera sido algo así como un minúsculo epítome de esta posible obra posterior nunca escrita pero que tal vez hubiera escrito.
Hay otro programa, éste de sobremesa, titulado ‘Menta y chocolate’, o al revés, no recuerdo, en el que sólo intervienen mujeres, al menos en su primera parte, invitadas, a lo que parece, a la tertulia cotidiana. No voy a referirme, por el momento, a los asuntos tratados en las sesiones, al menos en las que yo he visto para informarme de qué va la cosa, sesiones en las que cinco señoras (por llamarlas de alguna manera, háganse cargo), presentadora incluida, tratan de temas variopintos mientras se quitan la palabra de la boca, que ya es difícil hablar quitándose la palabra, con el desparpajo de una autosuficiencia más cargante que instruida. Me refiero, sobre todo, a los mensajes que telespectadoras y telespectadores mandan al programa, vía teléfono móvil, y que aparecen sobreimpresionados en la parte inferior de la pantalla. Si el programa de por sí ya es un bodrio espeluznante tipo plasta de vaca, los mensajes movileros no tienen desperdicio. Desde alabanzas desmesuradas a algunas de las protagonistas de la tertulia hasta alusiones despectivas dirigidas sin piedad al paso de los años en alguna de ellas, o a su manera de vestir, o a su modo de expresarse. Y no es sólo esto. Los mensajes son reproducidos en sobreimpresión tal cual llegan a los estudios, situación que origina en la pantalla un verdadero montón de mierda expresiva y ortográfica deleznable. Una de las tertulianas es muy guapa (uno tampoco es ciego, háganse cargo, repito). Incluso la presentadora también lo es. Bien. Algunos mensajes aluden groseramente a la belleza de ambas, o de alguna de ellas, y llegan a hacer declaraciones sexuales en las que lo de menos es que escriban masturbar con v (con lo que la masturbación parece que pierde su condición eréctil), sino que llegan a extremos intolerables de mal gusto gráfico y expresivo e incluso ideológico y ético, con lo que el gallinero tertuliano se convierte en un estercolero inorgánico e inodoro en el que se mezcla el cacareo incesante de las exponentes con el carácter ágrafo e insoportable de los mensajes. Y encima a 0,90 más IVA cada mensaje, con lo que la contribución a la causa chocolatera aumenta crematísticamente de forma considerable.
Y uno se pregunta, dentro de su malintencionada ingenuidad, qué oscuros intereses de cráneos privilegiados programan esos bodrios que únicamente procuran aumento de audiencia y aumento de cuentas bancarias. Es la adoración de la eficacia.
Hugo, el protagonista de Las manos sucias, de J. P. Sartre, también mantiene la eficacia como medio supremo y no se asusta por “ensuciarse las manos”, más atento a los frutos de su acción que a su pureza o a su heroísmo, y llega a proclamar que «todos los medios son buenos cuando son eficaces». Mierda.
(3-8-2003)
JUAN GARODRI
Anda uno releyendo estos días algo de Sartre, (La náusea, Las manos sucias, Las moscas) quizá para espantar las moscas de la mierda, tan insistentes, tan pegajosas. En aquel tiempo, Sartre producía en mis alucinaciones una vibración desconocida y enigmática. Tal vez su ojo vilorto (agárrate al diccionario de mi tierra) y su cachimba de sándalo rojo emitían vibraciones contestatarias que uno intuía a través de las páginas en rústica de La nausée, «l'une des oeuvres essentialles de la littérature contemporaine», rezaba la contraportada de la obra en la colección “Le livre de poche”, de la editorial Gallimard. (Un amigo versado en Derecho Canónico, me recomendó que, antes de leer esta obra, consultase el canon 2.318,1, sobre lectura de libros prohibidos: La náusea se encontraba incluida en el Índice).
No es lo mismo leer a Sartre en la lejanía de 1972 que leerlo a estas alturas del 2003. Entonces, las referencias conceptuales a las que uno se agarraba constituían esa tabla de salvación que todo náufrago desea no abandonar jamás. Y así como el náufrago, aunque aferrado a su tabla, teme ser tragado por las olas en cada momento y desaparecer para siempre en las profundidades, así la lectura de La náusea lanzaba mis pretensiones intelectuales de un lado a otro del peligroso oleaje de la infracción, más que nada en el sentido de transgresión de norma moral. Ahora, la lectura de Sartre me deja un regusto de melancolía trasnochada, ese sabor de entendimiento que fue y que ya no es.
No sé por qué la lectura de Sartre me ha traído a la memoria la mierda aburrida y estúpida, entre imbécil y apestosa, de algunos programas televisivos. La telebasura. El asco. Y es que da como un poco de asco hablar de telebasura. (Ahora se habla mucho de telebasura e incluso el señor Aznar ha dicho por ahí que habría que ir acabando con ella. Pero nadie le hace caso, será por lo de las ganancias en publicidad y todo eso. Hablar de telebasura es como predicar en desierto y, ya se sabe, predicar en desierto sermón perdido). Así que da como asco, eso de la telebasura. El asco, esa alteración del estómago causada por la repugnancia que se tiene a algo que incita a vómito. No sé qué escribiría Jean Paul Sartre si hubiera llegado a conocer, y a contemplar, algunos programas que emiten las cadenas de televisión actuales. Sartre, tan dominado por el asco. Por la náusea que transmite al personaje de Antoine Roquentin cuando lo obliga a arrastrar su aburrimiento, a anotar con asco y con desdén las estupideces que escucha sentado a la mesa de un café y, sobre todo, la desilusión que experimenta cuando se siente existir en medio de la vulgaridad, atenazado por los límites que le presentan los seres y las cosas. ¿Qué hubiera escrito Sartre si hubiera contemplado un programa como ‘Crónicas marcianas’, por ejemplo? La náusea hubiera sido algo así como un minúsculo epítome de esta posible obra posterior nunca escrita pero que tal vez hubiera escrito.
Hay otro programa, éste de sobremesa, titulado ‘Menta y chocolate’, o al revés, no recuerdo, en el que sólo intervienen mujeres, al menos en su primera parte, invitadas, a lo que parece, a la tertulia cotidiana. No voy a referirme, por el momento, a los asuntos tratados en las sesiones, al menos en las que yo he visto para informarme de qué va la cosa, sesiones en las que cinco señoras (por llamarlas de alguna manera, háganse cargo), presentadora incluida, tratan de temas variopintos mientras se quitan la palabra de la boca, que ya es difícil hablar quitándose la palabra, con el desparpajo de una autosuficiencia más cargante que instruida. Me refiero, sobre todo, a los mensajes que telespectadoras y telespectadores mandan al programa, vía teléfono móvil, y que aparecen sobreimpresionados en la parte inferior de la pantalla. Si el programa de por sí ya es un bodrio espeluznante tipo plasta de vaca, los mensajes movileros no tienen desperdicio. Desde alabanzas desmesuradas a algunas de las protagonistas de la tertulia hasta alusiones despectivas dirigidas sin piedad al paso de los años en alguna de ellas, o a su manera de vestir, o a su modo de expresarse. Y no es sólo esto. Los mensajes son reproducidos en sobreimpresión tal cual llegan a los estudios, situación que origina en la pantalla un verdadero montón de mierda expresiva y ortográfica deleznable. Una de las tertulianas es muy guapa (uno tampoco es ciego, háganse cargo, repito). Incluso la presentadora también lo es. Bien. Algunos mensajes aluden groseramente a la belleza de ambas, o de alguna de ellas, y llegan a hacer declaraciones sexuales en las que lo de menos es que escriban masturbar con v (con lo que la masturbación parece que pierde su condición eréctil), sino que llegan a extremos intolerables de mal gusto gráfico y expresivo e incluso ideológico y ético, con lo que el gallinero tertuliano se convierte en un estercolero inorgánico e inodoro en el que se mezcla el cacareo incesante de las exponentes con el carácter ágrafo e insoportable de los mensajes. Y encima a 0,90 más IVA cada mensaje, con lo que la contribución a la causa chocolatera aumenta crematísticamente de forma considerable.
Y uno se pregunta, dentro de su malintencionada ingenuidad, qué oscuros intereses de cráneos privilegiados programan esos bodrios que únicamente procuran aumento de audiencia y aumento de cuentas bancarias. Es la adoración de la eficacia.
Hugo, el protagonista de Las manos sucias, de J. P. Sartre, también mantiene la eficacia como medio supremo y no se asusta por “ensuciarse las manos”, más atento a los frutos de su acción que a su pureza o a su heroísmo, y llega a proclamar que «todos los medios son buenos cuando son eficaces». Mierda.
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año 2003 - 08 agosto
MINUCIAS
(27-7-2003)
JUAN GARODRI
No sé si será una acción constitutiva de delito tocar el culo a un hombre. Lo que sí sé es que tocar el culo a una mujer no es delito. Al menos en las Islas Baleares, que son cinco: Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera. Y el más listo añadía: y Esparraguera. Pero como siempre hay uno todavía más listo, retrucaba: y Conejera. Bien. Pues en esas islas, y alguna más que haya por los alrededores, o islotes, ya no es delito tocar el culo a una mujer. El culo, esa carne mollar situada entre el final del espinazo y el nacimiento del muslo.
Admito que está muy feo, pero que muy feo, hablar del culo, así por las buenas, sin preámbulo introductorio, ni exordio, ni rodeo o digresión que prepare mentalmente las meninges lectoras. (Hay una actitud pudibunda en lo que se refiere a esa parte de la anatomía del cuerpo humano. No sólo en la conversación: también en los comportamientos. No hay sensación más desagradable que la producida por el roce de un extraño que, al paso, te toca el culo. Entradas y salidas de establecimientos, aglomeraciones, filas de a uno en los bancos, por ejemplo. El personal, en esas situaciones, se yergue y saca pecho, en plan rectitud de cervicales, como si llevara la camisa almidonada. Así que está muy feo hablar del culo, sin eufemismo ni nada. Lo reconozco y pido disculpas).
Tengo que decir, en exculpación de mi atrevimiento, que me ha sorprendido la noticia: «El Supremo ratifica que tocar el culo a una empleada no es motivo de despido» (HOY, 18-7-03). Es una ratificación de la sentencia que el Tribunal Superior de Justicia de Baleares dictó en el año 2000. Resulta que el autor del tocamiento fue despedido de la empresa en la que trabajaba y un juzgado de Palma de Mallorca había avalado el despido. Resulta que el despido fue improcedente, y así lo ha dictaminado el Tribunal Supremo. Pues resulta que parece que volvemos a las andadas. Hala, a las cavernas decimonónicas. No parece otra cosa, en estos tiempos.
La Prensa nos alecciona cada dos por tres con la violencia de género, que empieza con la palmada en el culo y acaba con la cuchillada en el cuello y, sin embargo, el Supremo ratifica que tocar el culo a una empleada no es motivo de despido. Total, una palmadita de nada. Minucias. Una palmadita amistosa en la carne trémula de la nalga, ese pan crujiente de la atracción y el deseo. Total, una empleada. A saber cuánto tiempo llevaría la empleada soportando los ojos disimulados del jefe, tal vez púdicos al principio, insolentes después, la mirada hundida en la diafanidad de su carne cada vez que le volvía la espalda, el rastreo ocular que ella sentiría vivo y movible como la huella de un reptil. Después de la excursión ocular, la experiencia del tacto era ineludible. A través de los ojos puede que se excite la imaginación, pero a través del tacto se perfecciona el deseo. Los antiguos afirmaban que el tacto era el principal de los sentidos. Y el maestro Covarrubias advierte que el tacto se difunde y derrama desde el cerebro por el cuerpo todo. La vista del jefe contemplaría un culo tal vez alto y macizo que le recordaba la olorosa frescura de la hierbabuena, esa cadencia con que suelen prolongarse algunos compases en los minuetos de Beethoven (el minueto en sol, por ejemplo, y por ponerme fino). Así que los señores magistrados pensarían que, después de semejante incursión ocular, la palmada en las nalgas era inevitable. Así que, hala, jefe exculpado. Al fin y al cabo, una palmadita en las nalgas «no es de tanta gravedad como el acoso sexual», precisaron. Hipocresía social, me parece. La vuelta a las cavernas decimonónicas, repito, cuando los cristianísimos señores asistían a los oficios litúrgicos mientras pensaban en sus ratos de holganza con criaditas pubescentes y lozanas. Porque no creo que la palmada en las nalgas fuese un acto confianzudo de camaradería. Ni que difiera del acoso sexual.
Tal vez los jefes que tocan el culo a sus empleadas, y los jueces que los exculpan, hayan leído a Nietzsche y admitan la inocencia del ser, es decir, «un concepto de vida en el que no se dan fenómenos morales, porque lo que hasta ahora se denominó moral es sólo un resentimiento de los esclavos y lo que importa en realidad es la fuerza de los fuertes». Y añade: «Sería horripilante creer todavía en pecados; todo cuanto hacemos, por muchas veces que lo repitamos, es inocente».
Así y todo, el respeto a la dignidad de la persona tiene que estar por encima de matizaciones cualitativas, y una palmadita en el culo no puede considerarse una minucia. Porque grano a grano se hace el granero, y el personal que lee la noticia de la sentencia exculpatoria, como un servidor, no queda conforme. Y piensa que, cuando la empleada llegó al extremo de denunciar al jefe, sería porque estaba hasta las narices de que le tocase el culo.
(27-7-2003)
JUAN GARODRI
No sé si será una acción constitutiva de delito tocar el culo a un hombre. Lo que sí sé es que tocar el culo a una mujer no es delito. Al menos en las Islas Baleares, que son cinco: Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera. Y el más listo añadía: y Esparraguera. Pero como siempre hay uno todavía más listo, retrucaba: y Conejera. Bien. Pues en esas islas, y alguna más que haya por los alrededores, o islotes, ya no es delito tocar el culo a una mujer. El culo, esa carne mollar situada entre el final del espinazo y el nacimiento del muslo.
Admito que está muy feo, pero que muy feo, hablar del culo, así por las buenas, sin preámbulo introductorio, ni exordio, ni rodeo o digresión que prepare mentalmente las meninges lectoras. (Hay una actitud pudibunda en lo que se refiere a esa parte de la anatomía del cuerpo humano. No sólo en la conversación: también en los comportamientos. No hay sensación más desagradable que la producida por el roce de un extraño que, al paso, te toca el culo. Entradas y salidas de establecimientos, aglomeraciones, filas de a uno en los bancos, por ejemplo. El personal, en esas situaciones, se yergue y saca pecho, en plan rectitud de cervicales, como si llevara la camisa almidonada. Así que está muy feo hablar del culo, sin eufemismo ni nada. Lo reconozco y pido disculpas).
Tengo que decir, en exculpación de mi atrevimiento, que me ha sorprendido la noticia: «El Supremo ratifica que tocar el culo a una empleada no es motivo de despido» (HOY, 18-7-03). Es una ratificación de la sentencia que el Tribunal Superior de Justicia de Baleares dictó en el año 2000. Resulta que el autor del tocamiento fue despedido de la empresa en la que trabajaba y un juzgado de Palma de Mallorca había avalado el despido. Resulta que el despido fue improcedente, y así lo ha dictaminado el Tribunal Supremo. Pues resulta que parece que volvemos a las andadas. Hala, a las cavernas decimonónicas. No parece otra cosa, en estos tiempos.
La Prensa nos alecciona cada dos por tres con la violencia de género, que empieza con la palmada en el culo y acaba con la cuchillada en el cuello y, sin embargo, el Supremo ratifica que tocar el culo a una empleada no es motivo de despido. Total, una palmadita de nada. Minucias. Una palmadita amistosa en la carne trémula de la nalga, ese pan crujiente de la atracción y el deseo. Total, una empleada. A saber cuánto tiempo llevaría la empleada soportando los ojos disimulados del jefe, tal vez púdicos al principio, insolentes después, la mirada hundida en la diafanidad de su carne cada vez que le volvía la espalda, el rastreo ocular que ella sentiría vivo y movible como la huella de un reptil. Después de la excursión ocular, la experiencia del tacto era ineludible. A través de los ojos puede que se excite la imaginación, pero a través del tacto se perfecciona el deseo. Los antiguos afirmaban que el tacto era el principal de los sentidos. Y el maestro Covarrubias advierte que el tacto se difunde y derrama desde el cerebro por el cuerpo todo. La vista del jefe contemplaría un culo tal vez alto y macizo que le recordaba la olorosa frescura de la hierbabuena, esa cadencia con que suelen prolongarse algunos compases en los minuetos de Beethoven (el minueto en sol, por ejemplo, y por ponerme fino). Así que los señores magistrados pensarían que, después de semejante incursión ocular, la palmada en las nalgas era inevitable. Así que, hala, jefe exculpado. Al fin y al cabo, una palmadita en las nalgas «no es de tanta gravedad como el acoso sexual», precisaron. Hipocresía social, me parece. La vuelta a las cavernas decimonónicas, repito, cuando los cristianísimos señores asistían a los oficios litúrgicos mientras pensaban en sus ratos de holganza con criaditas pubescentes y lozanas. Porque no creo que la palmada en las nalgas fuese un acto confianzudo de camaradería. Ni que difiera del acoso sexual.
Tal vez los jefes que tocan el culo a sus empleadas, y los jueces que los exculpan, hayan leído a Nietzsche y admitan la inocencia del ser, es decir, «un concepto de vida en el que no se dan fenómenos morales, porque lo que hasta ahora se denominó moral es sólo un resentimiento de los esclavos y lo que importa en realidad es la fuerza de los fuertes». Y añade: «Sería horripilante creer todavía en pecados; todo cuanto hacemos, por muchas veces que lo repitamos, es inocente».
Así y todo, el respeto a la dignidad de la persona tiene que estar por encima de matizaciones cualitativas, y una palmadita en el culo no puede considerarse una minucia. Porque grano a grano se hace el granero, y el personal que lee la noticia de la sentencia exculpatoria, como un servidor, no queda conforme. Y piensa que, cuando la empleada llegó al extremo de denunciar al jefe, sería porque estaba hasta las narices de que le tocase el culo.
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año 2003 - 07 julio
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