viernes, 4 de septiembre de 2009

LA SERRANA
(28-10-2001)
JUAN GARODRI

Disculpa, amigo, que eche un cuarto a la remembranza, que dedique a la evocación unas líneas transidas de mocedad y remanencia, aquello que queda de algo.
La he recordado con nostalgia, (la nostalgia, esa melaza que se escurre entre los pliegues de la memoria), cuando he leído la información en el HOY: «La Junta está dispuesta a mejorar las líneas de autobuses de viajeros, esenciales en el transporte interior de Extremadura en comarcas rurales».
He recordado a la Serrana, aquel coche de línea que nos llevaba hasta los pueblos de la Sierra de Gata, hace tantos años, atravesando caminos que llamaban carreteras, sin asfaltar, serpenteando por las inacabables cuestas que conducían a Cilleros, a Eljas, a Hoyos, a Villamiel, a Valverde. La carretera era de tierra, ya digo, y el firme se asentaba en la dureza de las piedras sueltas. Era verano y, a través de las ventanillas abiertas, el polvo penetraba en el interior como una materia viva y persistente.
La Serrana era un viejo autobús renqueante, con capacidad para unas treinta personas, pero dentro iban cincuenta. Quienes tenían la suerte de cazar un asiento iban sentados, obviamente. La mitad viajaba de pie, como sardinas en lata, apretados unos contra otros en medio del pasillo, con el sudor chorreando por detrás de las orejas. Con una habilidad increíble, el cobrador lograba ir traspasando la barrera humana y conseguía llegar hasta los últimos asientos, repartiendo los billetes. Después de cobrar, sacaba su paquete de ideales y se ponía a fumar un cigarrillo. Todo el mundo fumaba, excepto las mujeres. El conductor fumaba, los viajeros fumaban. El tabaco era el signo de la tranquilidad viajera. Nada como sacar un buen cigarro y degustarlo a trancas y barrancas mientras pasaban lentamente los troncos de los castaños. A veces se ofrecía un cigarro al compañero de asiento, o al de a pie, y esa manifestación amistosa del humo prendía en las conversaciones y las consolidaba y exaltaba. La nube tabacuna resultaba tan densa como el polvo que entraba por las ventanillas. Las mujeres llevaban cestas en el regazo y no era de extrañar que algunos pollos asomaran la cabeza por las tapaderas. La olorosa pesadumbre del sudor humano se adhería al techo de la Serrana como una materia oleaginosa y pegadiza. Pero, curiosamente, nadie manifestaba repugnancia ni apartaba el rostro cuando algún sobaco se le plantaba en la nariz. Dentro de la Serrana, los olores constituían un paisaje, más que una costumbre olfativa, y estaban tan habituados a ellos que prácticamente los viajeros los ignoraban, no por inadvertencia y desconocimiento o por incapacidad para diferenciar unos olores de otros, sino más bien porque la apretada y comprimida convivencia con ellos los había transmutado en elementos tan naturales como pudieran serlo el sol o el aire, y así los olores transmigraban de un sobaco a otro como en una ingrávida e insólita metempsícosis olfatoria, y de la misma manera que no se ven aquellos objetos con los que diariamente se convive aunque se echen de menos si llegaran a desaparecer, así el personal viajero no solía advertir la presencia de los olores.
Algunos hombres fumaban "flor de guitarra", aquel tabaco picado que había que liar, lleno de estacas como trancas, que chisporroteaba al ser encendido y desprendía centellas sobre la pechera de la camisa, de modo que no había más remedio que sacudírselas de encima, moviendo la mano de arriba abajo con un ademán parecido al de quien toca la guitarra.
El viaje se hacía interminable. La Serrana paraba en cada pueblo, sin previsión horaria. Paraba en el parador, aquel establecimiento que hacía a la vez de taberna y fonda, y el personal aprovechaba para estirar las piernas, mear o beberse una gaseosa.
Siempre se arremolinaba alrededor de la Serrana un grupo de curiosos, esa grey soñolienta que anhela el misterio que emana de los viajes, la búsqueda de la riqueza emocional que habitualmente no se halla a su alcance. El conductor y el cobrador, guías reales de la expedición viajera, eran los primeros que descendían del vehículo. El conductor se acomodaba en el mostrador de la taberna y enhilaba su consumición con la pertinente tranquilidad del que se sabe jefe. Mientras, el cobrador ascendía al techo de la Serrana (aquellas exteriores escaleras de níquel) para subir o bajar los 'bultos', petates rudimentarios que sustituían casi siempre a las maletas. Cuando el conductor se dirigía a su asiento tras el volante, todo el mundo trotaba a acomodarse apresuradamente para realizar la próxima etapa.
El viaje en la Serrana era un viaje emocionante que comportaba un intento de cambio, un dejar atrás la rutina para adentrarnos en el territorio de la experiencia aventurera, en el terreno de la posibilidad de liberación que nos redimiese del entorno cotidiano. El viaje en la Serrana era una afirmación espacial de la personalidad, una búsqueda de lo desconocido, perdurabilidad cromática que dibujan los castaños, profundidad envolvente de los helechos, silueta de robles alzándose en la robustez de la madera.
La Serrana. Una evocación imborrable. (Fin)
CÓMO SER FELIZ EN DIEZ DÍAS
(21-10-2001)
JUAN GARODRI


Ahí es nada, amigo. Toda la vida se pasa uno buscando la felicidad y ahora resulta que puede uno encontrarla en diez días. No sólo conseguías aprender inglés en diez días, aquellos anuncios de hace veinte años, sino que además podías deshacerte de la celulitis en diez días también. Era el colmo de la felicidad. Las revistas de influencia americana, repletas de colorines y señuelos tipográficos, te ofertaban artículos que asombraban por su documentación y base científica. Cómo tener los dientes sanos en diez días, cómo combatir la alopecia con éxito, cómo aprovechar las ventajas de la vitamina C en los cítricos, cómo ser feliz en la cama, cómo superar la artrosis a partir de los 50 años. Y todo en diez días. Y así. El personal leía con avidez los artículos buscando en ellos esa solución a la gastralgia que convirtiese en alegría los retortijones provocados por los gases.
Eso era antes. Por eso me asombra el anuncio que he visto en un periódico hace poco: «¿Quiere ser feliz en diez días? Llame al teléfono... (1,18 euros/minuto)».
Ostras, Pedrín, eso que todo el mundo desea y que nadie alcanza, esa abstracción inasequible, la felicidad, está ahí, al alcance de la mano, expuesta en la simplicidad de dos líneas encuadradas en la vulgaridad de un anuncio, la felicidad, perdida entre el batiburrillo anunciador de pisos, traspasos, ventas, compras, ofertas de fincas, ofertas de trabajo, agencias matrimoniales, investigadores privados e hipotecas. La felicidad, aquella divinidad a la que los romanos dedicaron un templo, representándola como una matrona puesta de pie con un caduceo en una mano y un cuerno de la abundancia en la otra, aquella divinidad aparecía ahí, en la opaca tipografía del anuncio, ofreciendo la complacida satisfacción de la ventura en diez días.
Seguro que Telefónica se ha hinchado. A ver quién es el majo que se resiste a la complaciente tentación de ser feliz en días. Tal vez el anuncio ofrezca el método adecuado para tragar sin escrúpulo la ingente oferta televisiva, esa que considera imbéciles a los telespectadores, quizá la felicidad consista en no pensar, quizá consista en empujarte a que te arranques el ojo crítico para dejarlo momentáneamente en la mesita del teléfono, para qué reflexionar sobre los hechos, para qué profundizar en los acontecimientos, para qué desarrollar la capacidad de raciocinio, quizá la felicidad consista en agrandar tus tragaderas, en facilitarte la tragantada televisiva sin plantearte la estupidez rosa de los famosos, sin considerar la aprovechada y quisquillosa torpeza de los políticos, sin analizar la gilipollez mental de los concursos televisivos, sin descomponer la pedorrera cerebral de los programas de la medianoche.
Quizá le felicidad consista en dejarte llevar por la inercia bélica de las armas, quizá la felicidad consista en olvidar la pena, la aflicción, el horror o la furia, en dar de lado a la endeblez del ánimo, esa desazón que aguijonea las entretelas y las convierte en afligido depósito de debilidades, esa vergüenza que te acosa estos días embadurnados de ambiente podridamente bélico.
Quizá la felicidad consista en evitar el pánico, en olvidar los ojos de esos niños heridos que quizá no sobrevivan al pánico, los ojos de los niños que han perdido la sonrisa y, quizá, han perdido definitivamente la ingenuidad y la inocencia, los ojos de los niños que han perdido la infancia y se han llenado de ese miedo profundo a lo desconocido que, sin saber por qué, les ha sobrevenido con la indefinición de las desgracias y las desventuras. Los ojos de los niños que, tal vez, vayan aprendiendo el odio desde las desoladas camas de los hospitales. Y el llanto de las mujeres cobra la inmensa dimensión de lo incomprensible, la indefensa aprensión de las desgracias, la terca obstinación de lo ineludible. Y los párpados de los ancianos se mantienen absolutamente abiertos ante el pavoroso vacío de la fatalidad y la estupefacción del terror que provoca la nada.
Quizá la felicidad consista en olvidar todo esto y en dedicarse al fútbol, a la contemplación reiterativa de partidos de fútbol, sábados, domingos, martes, miércoles, jueves, Liga, Champion's, Copa del Rey, Uefa, quizá la felicidad consista en el análisis pormenorizado de la incongruencia madridista, gris en la Liga, brillante en Europa. Quizá la felicidad consista en el olvido y en la presencia. El olvido como pérdida voluntaria de la capacidad de pensar, la presencia como aceptación exclusiva de lo banal.
Sólo así se puede ser feliz. La inteligencia ha aportado al ser humano, junto a la facultad de interacción social, el posible acaecimiento de la infelicidad.
Si quieres ser feliz en diez días, dedícate a la asunción de los hechos banales, a aceptarlos y a mandar a tomar por saco a quien pretenda implicarte en la complicada reverberación de la reflexión inteligente. Faltaría más.
AGRESIVIDAD
(14-10-2001)
JUAN GARODRI

De qué nos quejamos. No me refiero a la guerra contra Bin Laden. Ya hablan de ello los periódicos y la televisión, que menudo arsenal informativo les ha llovido del cielo con lo de la guerra, tanto como para no tener que preocuparse por la caza y captura de la noticia durante años, a lo que parece.
Me refiero a la agresividad como elemento característico del ser humano, esa propensión a atacar que brota de lo más íntimo de cada uno, esa tendencia a la embestida de la que no se libra nadie, por humilde y resignado que sea.
Y, aunque parezca mentira, me pongo colorado cuando pienso en la inutilidad de las ideologías que, a lo largo de los siglos, han pretendido solucionar el problema de la agresividad sin conseguirlo.
El cristianismo es una ideología que propugna la paz.
El islamismo es una ideología que propugna la paz.
Sin embargo, siempre, históricamente, han estado en guerra.
Se admite un dogma (entendiendo por dogma una escuela doctrinal), se adoctrina con él, se instruye e incluso se profesa en él, se abraza enfebrecidamente creyendo que la salvación está en él: sin embargo, sus impulsores y propagadores no actúan de acuerdo, en la práctica, con él.
La ira, el odio, la hostilidad o el aborrecimiento han sido siempre más poderosos que el amor o la predilección.
Una mirada a la Historia puede llegar a convertirse en una mirada triste, obnubilada por el fulgor de las espadas o por el fogonazo de la pólvora. No ha existido siglo, ni medio siglo, ni cuarto de siglo, en que no se haya dado pábulo a la agresividad, en que no se haya desarrollado el odio, en que los mandamases no hayan mandado a la muerte a miles, a cientos de miles de seres inocentes, entendiendo por inocencia la no participación voluntaria en el hecho agresor o en el hecho recipiendario de la violencia.
Porque parece que hay que recibir la violencia casi obligatoriamente, casi genéticamente, de la misma manera que recibimos el color de los ojos o la adquisición del lenguaje.
Nadie contempla la vida desde el gozo, sólo desde la crispación.
Aunque tal vez no sea así. Tal vez nos impongan la violencia, nos la enseñen, nos eduquen en la violencia los que mandan, esos que envían a matar con la excusa de la defensa de los ideales, con el pretexto de la autoprotección, con la justificación de la venganza. Mandan a matar y mandan a morir. Al mismo tiempo que invocan las esencias patrióticas, o religiosas, convocan a la destrucción y al exterminio. Pero ellos permanecen protegidos en sus bunkers.
Se me viene a la cabeza el episodio legendario de los Horacios y los Curiacios, allá por el siglo VII a. de C. Leo en la enciclopedia Salvat que tuvo lugar durante el reinado de Tulio Hostilio, en el transcurso de la guerra entre Roma y Alba Longa, en la Italia prelatina. Para evitar el exterminio generalizado de sus soldados y habitantes, las dos ciudades convinieron en hacer depender la suerte de la guerra del resultado de un combate entre tres guerreros de cada una de las dos partes. Eran los jefes los que iban a luchar representando al pueblo. En el primer encuentro, cayeron muertos dos de los tres campeones romanos, los hermanos Horacios, vencidos por los campeones albanos, los tres hermanos Curiacios. Sin embargo, el tercer Horacio, con una fingida fuga, logró separar a los Curiacios, y uno tras otro les dio muerte, obteniendo así la victoria para Roma.
Y digo yo, aun a riesgo de caer en el peligro del reduccionismo, si no sería posible, deseable al menos, que salieran a la palestra bélica George W. Bush, rodeado de sus generales y jefes de gobierno aliados, y Osama Bin Laden, rodeado de sus lugartenientes y encubridores. Y que convinieran una lucha personal y cruenta. Los que vencieran, tendrían derecho a imponer las capitulaciones pactadas de antemano, y los vencidos tendrían la obligación de someterse a ellas, si es que sobrevivían. De esta forma, se sacrificaban en aras de la patria y, de paso, se evitaba la muerte de miles de ciudadanos, la mayoría de ellos inocentes.
Pero esta actitud ejemplarmente inmoladora es hoy día insostenible.
Bush no puede ser un Horacio ni Bin Laden un Curiacio porque el concepto de gobierno ha evolucionado tanto como las naciones han cambiado.
Todo el mundo comprueba que cambian los tiempos. A mí me gustaría saber por qué cambian. Una explicación sencilla y popular, al alcance de cualquiera, que ilustrase acerca de la pesarosa constatación del cambio de los tiempos. Porque para explicaciones filosóficas, o sociológicas (justificantes siempre del maldito poder económico, causa primera y raíz de todo conflicto), no necesitamos las alforjas de un viaje conceptual. Además, ya las conocemos.
Como quiera que sea, el germen de la agresión se multiplica dentro de cada uno. El personal anda enrabietado porque no alcanza aquello que desea. Y hoy nos hacen desear tantas cosas inasequibles que la rabia contra el que las posee se trasluce en una actitud agresiva cotidiana. A ver qué otra cosa, sino agresividad rencorosa, es la actitud del gentío contra el Camacho gescarterista. Nadie lo desprecia porque estafara miles de millones. Lo desprecian porque se gastaba un millón de pesetas en la adquisición de un chaleco. A ver por qué yo tengo que contentarme con unos calzoncillos de 3 euros adquiridos en el revuelto montón del mercadillo, y él los usa ‘boxer’ de 135 euros la pieza. No es de extrañar que uno se cabree y, como consecuencia inmediata, la agresividad aflore en las relaciones interpersonales.
¿Qué especie de Camacho internacional hace que aflore la agresividad entre las razas? Dicen que toda la agresividad es culpa del terrorismo actual y de las víctimas que ocasiona.
(No sé por qué, al llegar a esta linea final se me ocurre pensar en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Debo de estar soñando).
ESCATOLOGÍA
(7-10-2001)
JUAN GARODRI


Disculpa mi engreimiento, amigo. Qué va a hacer uno, toda la vida enseñando, al menos toda la vida dando clases, no sé si enseñando, así que qué va a hacer uno, no tiene más remedio que ilustrar a los demás, al menos eso es lo que a uno le tira, aunque probablemente los demás no lo necesiten, o ya lo sepan. La tendencia a sobrevivir, o sobresalir, de entre la fauna urbana es tan intensa en el ser humano, tan vehemente y extremada, que cada uno se las arregla para emerger de la monotonía a base de incurrir en la exposición de capacidades más o menos ocurrentes. Así que yo no voy a ser menos. De manera que para llevar el hilo a lo de la escatología hay que recurrir a la información culta. Supongo que algunos, muchos tal vez, vocingleramente gilipollas, utilizan el término, escatología, sin saber exactamente a qué se refieren. Así que, para evitar la recaída en la memez, vamos a informarnos.
La escatología se refiere a los últimos acontecimientos (del griego éskhatos, último). En este sentido es una parte de la teología que estudia el destino final del hombre y del universo. Aquello que, de chicos, nos enseñaban en el catecismo y que considerábamos sobrecogidos y espantados: muerte, juicio, infierno y gloria.
Así que escatología era la muerte, representada materialmente en la de los abuelos o en la de algún vecino, aquella vecina que murió de parto y yo la contemplaba de cuerpo presente, a través de la reja de la calle, mi niñez aterrorizada, con un plato de sal en la barriga (la de ella) para evitar la hinchazón del vientre.
Escatología era el juicio, que imaginábamos como un sobresalto bochornoso, confusos y con las orejas gachas cuando salieran a relucir ante el estupor universal los gravísimos pecados escondidos tras la conciencia, como las pedradas contra los cristales del señor Melecio o la visión turbadora de la extraordinaria redondez del trasero de su mujer. (Aunque, después de leer el Juicio Universal de Papini, la idea de una divinidad depredadora se amortiguó bastante).
Escatología era la altísima indeterminación del cielo, algo desconcertados porque no parecía tan atractiva la sosera de una eternidad angelical.
Escatología era, en fin, el infierno, al que considerábamos como una trampa mortal, a pesar del ejemplo místico de los versos de santa Teresa («...ni me mueve el infierno tan temido», etcétera), trampa en la que sin duda habríamos de caer algún día, eso era seguro, empujados por los infinitos peligros entre los que nos movíamos, casi siempre placenteramente, aún a riesgo de provocar la ira de un Dios incomprensible, dispuesto a cazarnos a la más mínima. (Aunque una vez que ‘se sabe’ que el infierno no es un lugar, pues ya ni fú ni fá lo del fuego y el tormento).
Después de la anterior exhibición, pseudocatequética, hay que añadir la exposición científica, a saber, que la escatología está relacionada con el escatol, esa sustancia derivada del indol que se encuentra en las heces fecales contribuyendo a darles su olor característico. Escatol, a su vez, proviene del griego skatós, que significa excremento. Vamos, que la escatología es algo así como la ciencia que trata de los excrementos. Ahora se explica uno lo de la mierda. También en la infancia éramos escatológicos. Lo de nene caca, nene pedo, nene culo, y posteriores derivaciones semánticas a medida que se avanzaba en edad y saber, aunque no en gobierno, manifestaban el íntimo deseo de la transgresión.
En este sentido, la adolescencia es radicalmente escatológica. Y aunque la influencia del escatol recaiga más que nada en el uso inmoderado de la palabra mierda y sus derivados, no le andan a la zaga las expresiones de fracaso (¡la cagaste, tío!), las frases de desprecio (¡anda y que te den por culo!), las insinuaciones de desprestigio profesional (¡esos maestros pedorros!) y las que aluden a la falta de calidad de un producto (¡caca de vaca!).
En la edad adulta, la escatología maloliente se esparce como la niebla, silenciosa y blandamente, e invade y se asienta en ámbitos que, no por aparecer rodeados por la bienquerencia olorosa de la cultura, dejan de sobresalir untados de mierda hasta las cejas. A ver qué otra cosa, sino escatología pura, es el hecho nauseabundo que estos días ha proclamado a los cuatro vientos la prensa escrita de todo el país. Me refiero a la mierda de copiazos que se saca del trasero la hipergalardonada Lucía Etxebarria. Los cuescos son pedregosos y tonantes. ¡Qué olor, por Dios! Te agarras a Interviú y te quedas de piedra. Si ya untó de mierda los magníficos versos de Antonio Colinas, ahora resulta que la esparció, como si fuera mantequilla, en la tostada de “Amor, curiosidad, prozac y dudas”, apestando a la novela de la periodista Elizabeth Wurtzel. Y otros por ahí pasándolas canutas, a pesar de su limpieza endógena, para que les publiquen algo.
Otra muestra de escatología pura y dura es el juicio de los llamados Fondos Reservados. Barrionuevo lanza la mierda al rostro de Sancristobal, en medio de una recíproca agresión verbal jamerdada y maloliente. Corcuera pretende enmerdecer al fiscal, Vera asegura que la mierda le resbalaba de las manos, puesto que no la retenía. Y aunque las mutuas y respectivas mierdas de sus ex señorías ya están medio secas, no dejan de ser duras e hirientes utilizadas como proyectiles dialécticos. (Curioso: no he encontrado verbo que exprese la acción de ‘llenar de mierda’; por eso he utilizado, a riesgo mío, ‘enmerdecer’).
Son ejemplos escatológicos. Tú, amigo, puedes añadir los que se te antojen. Sin esforzarte en buscarlos, seguro que los encuentras a porrillo. Ahora, eso sí, procura ir bien prevenido de pañuelos para cubrirte la nariz. El escatol no respeta pituitarias.
EL CAPULLAR
(30-9-2001)
JUAN GARODRI

Así como un terreno en el que abundan los olivos es un olivar y otro en el que crecen los melones es un melonar, no veo por qué el arbusto en el que brotan los capullos no pueda ser un capullar. Pues no señor, no lo es. Por esas veleidades enigmáticas del lenguaje, el término capullar no se encuentra recogido en las páginas lexicográficas de la Docta Casa (DRAE). Y mira que es antiguo lo de capullo. Corominas lo data en 1490, resultado probable de un cruce entre ‘capillo’ y ‘cogulla’. Se encuentran étimos relacionados, como capucha, capuchino, capuchón y encapuchar, todos con significados referentes a capa o manto, y al antiguo capuz con el que se cubrían la cabeza. Pero de ‘capullar’, nada. Sin embargo, capullos, lo que se dice capullos, desde el siglo XV para acá, un montón. Por esa razón es por la que me atrevo a utilizar el término ‘capullar’, y sus derivados, aunque no se encuentren recogidos en el diccionario.
En el terreno de la capullería, abundan los diferentes tamaños y las distintas tonalidades cromáticas. A pesar de la encendida defensa de los animales de compañía que, de vez en cuando, aparece por ahí, no deja de ser un capullo marrón el tipo que pasea su perro por las aceras para que deposite en ellas sus excrecencias defecatorias. Capullos verdes, de un verde luminoso e intenso, parecen esos tipos —ecologistas, no ecólogos— que defienden, como si defendiesen la existencia de Dios, la existencia y protección de los meloncillos, por ejemplo, a pesar de que arrasen los cultivos y tengan al borde de la exasperación a los agricultores. Un capullo moreno, de extrañas dimensiones, es Camacho, el de Gescartera, y socios encapullados, con más cara que un saco de calderilla y menos vergüenza que el tío del saco. Capullos amarillos, de inconmensurable dimensión ética, son los de la ‘conciencia tranquila’, esos que la trincan y, cuando se descubre el pastel, siempre dicen que tienen la conciencia tranquila, a pesar de estar encausados, como si el hecho de mangar millones del erario público fuese un abaniqueo beneficiario y limosnero, encima. Capullos de color rojo debilitado son los progretas de la docencia, esas monsergas de la tolerancia mal entendida que pretenden cargarse la enseñanza pública con el coñazo de la libertad individual y el desarrollo de la personalidad ciudadana en el alumnado. Capullos que se lo montan en gris perla son los medios de comunicación vocingleros, visuales y escritos, expertos en la hinchazón del globo para que explote a las primeras de cambio, protuberancia que utilizan para incrementar sus cuotas de audiencia o sus ventas, no para informar objetivamente. (Véase, si no, el capullerío obsceno de emisiones, y de publicaciones, en que se ha convertido, interesadamente, el atentado y hundimiento de las Torres Gemelas).
¿Qué otra cosa, sino un capullo del abundante capullar político es el brote florido de la televisión autonómica? Andan revueltas las aguas abonadoras y, en lugar de acreditar o calificar de bueno el evento, como sería lo suyo, las turbulencias han convertido en un lodazal pestilente el riego fertilizante del capullo televisual. Peperos y sociatas andan a hostiazos verbales por lo del convenio para el funcionamiento de Canal Sur Extremadura y, entre tanto brote capullístico, no sabe uno a que botón quedarse. Porque la cosa va dejando ya tras de sí una baba casi de molusco testáceo de la clase de los gasterópodos. (Advierta el lector avisado que capullo también es una envoltura de forma oval dentro de la cual se encierra, hilando su baba, el gusano). Un servidor ha conectado la televisión y ha observado con estupor el impresionante capullo televisivo que nos sirven desde Andalucía, un bodrio espeluznante que (a excepción de los Informativos, semejantes a los de cualquier otra cadena de televisión nacional) te deja mentalmente tetrapléjico a base de cogotazos pedorros, chabacanería ilimitadamente basta, insulseces populacheras, concursos menguados, programas de cocina lerdos, entretenimientos mezclados con nauseabunda salsa rosa y presentadores/as encapullados. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es todo eso, con serlo, sino la magnitud de gresca política que va definiendo el fenómeno televisivo autonómico como un conjunto de intereses irreconciliablemente contrapuestos, gresca totalmente ajena a los ciudadanos interesados únicamente, si acaso, en que exista una televisión regional digna y creíble. Mientras el capullar sociata afirma que ‘la Junta presentará una querella criminal al Senado si aborda el convenio con Canal Sur’ (leo que, últimamente, la Junta retira la amenaza de querella), el capullar pepero responde que ‘las declaraciones de Ibarra denotan actitudes golpistas’. Si un psoecapullo afirma que se está haciendo con Extremadura y Andalucía lo que nunca se han atrevido a hacer con el País Vasco o Cataluña, otro ppcapullo responde que lo que escuece es que se haya puesto en duda la legitimidad de la concesión y gestión televisiva a PETSA, participada en un 51 por ciento por el grupo Prisa. En definitiva, que aquello que desde un capullar se considera positivo para la solapada propaganda política y, a la larga, subrepticia captación de votos, es considerado desde el otro capullar como algo descaradamente negativo en tanto en cuanto elimina o disminuye la posibilidad de incremento de sus votos y, en consecuencia, debilita la cara del triunfo en las próximas elecciones.
En fin. Capullos. Probablemente, el ciudadano extremeño no vea mal la implantación de una televisión autonómica para la información y el entretenimiento. Sí ve mal, en cambio, que este importante hecho tecnológico, imprescindible para el desarrollo regional en el siglo XXI, se haya convertido en un sicalíptico e intolerable capullar político.

jueves, 3 de septiembre de 2009

¿LICENCIA PARA MATAR?
(
23-9-2001)
JUAN GARODRI


Bueno, amigo, me las están dando todas en el mismo carrillo a propósito de mi último artículo en esta misma sección, el pasado domingo. Me lo suponía. Lo expresé diciendo que era como meterme en la boca del lobo. Pero en qué mundo vives tú, me dicen. A quién se le ocurre ponerse del lado del conservadurismo reaccionario, oscurantista y retrógrado. No los mando a tomar por saco porque aún me sustenta la suficiente flexibilidad mental como para aceptar el hecho de que, entre las distintas maneras de pensar, unas puedan ser tan válidas como otras. Así que acepto sus desplantes. Pero no deja de sorprenderme (y de cabrearme) que personas sedicentes cultas mezclen la acción de ojear con la de hojear. Y ya se sabe que si el ojeo es pasar los ojos y el hojeo pasar las hojas, la mezcla de ambas acciones obstaculiza la acción de leer, que es interpretar correctamente aquello por donde se pasan los ojos y que se halla impreso en las hojas. Así que no defiendo a la Iglesia. Pero aclaro que soy partidario de la objetividad imparcial (si se permite el pleonasmo) y que, por lo tanto, no considero justo que se culpe a la Iglesia, en general, de actividades abusivas cometidas por algunas instituciones eclesiásticas, de la misma manera que no puede considerarse honesta la acusación de falta de profesionalidad de la medicina o de la docencia por actividades ilícitas, indignas o abusivas llevadas a cabo por algunos médicos o profesores. Es evidente, en fin, la actualización del refrán «la ocasión la pintan calva». Precisamente por eso se ha aprovechado la ocasión para lanzar en toda regla un ataque contra la Iglesia en un afán, sin duda interesado, de buscar su desvanecimiento. Sólo una memez intolerable o un resentimiento patológico pueden provocar la pérdida de memoria cultural.
Vamos a lo del tema de hoy. Esa licencia para matar que, a lo que parece, el mundo universo y terráqueo está concediendo a los Estados Unidos. Y otra vez a meterme en la boca del lobo. No escarmiento. Yo también sufrí, también quedé aterrado, sorprendido, atrapado en una conmoción exaltada, aquel martes 11 de septiembre cuando vi adentrarse los aviones terroristas en las entrañas de las Torres Gemelas del World Trade Center como bólidos gigantescos que penetrasen unas cúpulas de mantequilla. Pero creo que la cuestión, con la perspectiva que proporcionan estos diez días transcurridos, se está pasando de rosca. A mí me impresionó mucho el atentado, muchísimo. Era una catástrofe horrorosa en la que probablemente habrían muerto, como así ha ocurrido, miles de seres humanos. Eso es lo que únicamente me conmovió, la muerte de miles de seres humanos. No me resultó decoroso contemplar, casi simultáneamente, las imágenes de un Wall Street desolado por el peligro inminente del hundimiento de la Bolsa. Me ha resultado particularmente obscena la consideración televisiva, casi la complacencia necrófila y lacrimógena, con que algunos medios vocingleros han resaltado el hecho de que el atentado terrorista haya tenido lugar en Estados Unidos, como si la muerte de las víctimas tuviese más importancia ((?) por tratarse de ciudadanos principalmente estadounidenses y por haber acaecido en edificios americanos. Acaso el caciquismo internacional produzca estas consideraciones de alcance globalizador. El señor del cortijo también era venerado por la servidumbre, por criados, lacayos y jornaleros, ante un acontecimiento luctuoso que lo afectara gravemente. Mi conmoción, ya digo, se debió al hecho de que murieran miles de seres humanos. Lo del país, para mí, fue lo de menos.
Y ahora viene lo gordo. Ahora viene la venganza. No es políticamente correcto hablar de venganza, así que se disfraza el término con el eufemismo de ‘castigo’. La casuística escolástica se queda corta ante la avalancha de posibilidades combinatorias para justificar la venganza. Últimamente, se amplia el espectro semántico de la palabra y se habla de justicia. Justicia infinita. Suena a ‘justicia divina’. Ya escribí en cierta ocasión que te eches a correr. Coge el petate y corre cuando oigas a algún visionario mezclar a la divinidad con la devastación, a Dios con el aniquilamiento, a la eternidad con las bombas. Justicia infinita. Me produciría risa la frase si no estuviera rodeada por el halo negro de la destrucción. La cualidad del sabio es la sabiduría, la cualidad del justo es la justicia. )Siempre ha sido justo el poder bélico, el poder económico, el poder social, de los Estados Unidos? )Cómo es que se arrogan la justicia? Y además infinita. La infinitud es una cualidad divina. De pequeños nos enseñaban que la maldad del pecado no estaba en la perversidad de la acción pecaminosa, de por sí inocua, sino en la dignidad de la persona ofendida. Tal vez los EE. UU. se consideren dioses. Tal vez por eso consideren que la magnitud de la ofensa es infinita, lo cual que requiere un castigo infinito. Tal vez por eso quieran desarrollar una acción bélica de justicia infinita. Tal vez por eso hayan puesto a plena producción las fábricas de armas. Históricamente, la divinidad no se ha andado con chiquitas a la hora de castigar. A mí, sin embargo, también me conmoverán los miles de seres humanos que próximamente mueran. Aunque sea en Afganistán.
LA OCASIÓN
(16-9-2001)
JUAN GARODRI


Cualquier ocasión es propicia para desarrollar el rencor. El personal anda a la caza de circunstancias oportunas para atizar el fuego del rencor. Cualquier ocasión se convierte en pretexto para exteriorizar ese (re)sentimiento indefinido que sin saber bien por qué germina y crece como una planta maléfica. Sin embargo, a pesar de su extensión, no creas que resulta tan fácil hablar del rencor. Sobre todo no es tan fácil asegurar, así, por las buenas, que el personal es mayormente rencoroso. Hay que echarle cara al asunto. Sé que voy a meterme en la boca del lobo y que no me va a ser fácil escapar de sus dentelladas.
En primer lugar porque suele confundirse el rencor con la envidia, cuando más bien habría que pensar que no existe entre ellos una concomitancia psíquica, sino más bien una relación de causa-efecto en el sentido de que la envidia es la causa de que aparezca el rencor. El aspecto viejo y espantable con que solía representarse la figura femenina de la envidia, destrozando con sus dedos un corazón ajeno, se transfigura en una visión masculina dotada del caparazón del alacrán, dura y venenosa, cuando se trata del rencor, ese resentimiento arraigado y tenaz que se adhiere a la epidermis del alma como una lapa. Tener pesar o enojo por una cosa, dice el diccionario acerca del resentimiento. Eso es el rencor, un cabreo sordo por algo que acontece y que provoca la erupción maliciosa de la mala leche de manera general entre el gentío.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en la cosa del fútbol. Algunos jugadores del Real Madrid se quejan de ‘antimadridismo’. Alguno llegó a asegurar que corrían peligro por los ataques que sufría constantemente su autocar, con apedreamientos reiterados y con rotura de lunas y cristales. Ese clamor popular antimadridista está ahí, agazapado debajo del rencor. La cosa está en dilucidar por qué el gentío anhela que el Madrid fracase, por qué se alegra mayormente si el Madrid pierde, por qué siente un inexplicable e íntimo placer cuando el Madrid sufre un revés liguero, una derrota en la Champions. La derrota ante el Valencia, el empate ante el Málaga, han desatado la euforia rencorosa en las filas del antimadridismo. Toma prepotencia, toma chulería, toma presupuesto de cien mil millones de pesetas, toma soberbia por considerarte el club más caro del mundo, parece decir la cinta métrica del rencor. La famosa pancarta que aparecía hace poco en las gradas de Mestalla durante el primer partido de Liga, esa de «estamos de Zidane hasta los huevos», demuestra casi apodícticamente la impotencia fracasada del rencoroso.
La ocasión para el rencor surge, por ejemplo, en el ámbito de la Iglesia Católica. El caso Gescartera. Probablemente “la Iglesia” (el personal mete de forma indiscriminada en el mismo saco corrupto a todos los estamentos eclesiásticos, sean inocentes o no) no ha actuado acertadamente al colocar inversiones para rentabilizar sus dineros en Gescartera. Pero no me digas que no anda el personal con la escopeta del rencor cargada, dispuesta al disparo, y al tiro a muerte si se tercia. Hay quien pensaba que la indiferencia religiosa, característica de una sociedad tecnológica y monetarista, despreciaba o no prestaba atención al hecho religioso por trasnochado, conservador e innecesario. No hay tal. El viejo, ancestral anticlericalismo celtibérico ha saltado como un resorte a las primeras de cambio. La ocasión ha sido el alegre descubrimiento de los solapados millones de “la Iglesia” en Gescartera. Coño, los curas y las monjas, cómo se lo tenían montado, y luego todo el día pidiendo. Otro ejemplo de ocasión para el rencor contra la Iglesia ha surgido a causa de los despidos de profesores de Religión. Vuelvo a insistir en que quizá la Iglesia ha actuado injustamente desde el punto de vista laboral, pero lo ha hecho al amparo de la ley vigente, según parece. Mal hecho en todo caso. Pero no me digas que no se han echado las campanas del rencor al vuelo, con motivo de estos hechos. Y el gentío acepta las acusaciones realizadas por la FEDER respecto a la petición de algunos obispos de destinar una parte del salario de estos docentes a obras eclesiásticas, denominándolo “impuesto revolucionario”, y sin embargo no se aceptan las explicaciones del director de la Comisión Episcopal de Enseñanza en las que asegura que no se trata de un impuesto revolucionario sino de un fondo común de aportación libre, destinado a la formación y apoyo de docentes sin empleo. El rencor planea sobre la verdad de los acontecimientos. Y es que no se perdona a los curas y a las monjas esa especie de absolutismo psicológico, de dominación anímica, que impusieron a la mayoría de los españoles con el binomio espiritual pecado-arrepentimiento. De los once a los diecisiete o dieciocho años muchos estuvieron dominados en las lobregueces de los pasillos y en los rutinarios arrepentimientos de las capillas, bien embadurna­dos de incienso y eucaristías. Muchos recibieron sinsabores y, también, la base cultural y humanística que (dicen) formó a más del setenta por ciento de los españoles que cursaron estudios antes de la democracia. Si no lo crees, pregunta a la numerosa abundancia de maestros, periodistas, letraheridos y plumíferos dónde los desasnaron, pregunta al abundante ejército de profesores de Institutos y Academias dónde les lijaron la primera corteza, pregunta a la engolada exuberancia de docentes universitarios dónde les cepillaron el pelo de la dehesa, pregunta a la difusa aglomeración de doctores, licenciados y catedráticos dónde recibieron sus primeros pulimentos. Noviciados, aspirantados, internados y seminarios sustentaban los espíritus (apenas nutrían los cuerpos) con abundante alimento nutricio. Había pocos Institutos y los existentes (uno o dos) se hallaban asentados en la capital, razón por la que la mayoría silenciosa de los pueblos ingresaba en esos “colegios para pobres”, baratos y rigurosos, que los sustituían. Y aunque muchos suelen ocultar su juvenil permanencia en colegios de curas, seminarios y noviciados (con ese sigilo pesaroso con que suelen ocultarse las enfermedades y los pecados), se aprovecha la ocasión para declarar, alborozadamente, que “la Iglesia” también se nutre de detritus crematísticos y de deposiciones injustas. De paso, ejercitan el rencor para vengarse, en cierto modo, de aquellos años de aprendizaje, sabañones y afrentas.