viernes, 14 de agosto de 2009

PELIGRO, COLEGIO
(24-6-1999)
JUAN GARODRI


Bueno, amigos, colegas, camaradas, compañeros, lo que seáis, se acabó. Así que ha terminado el curso y la desbandada ha sido general, como la de las ranas cuando la cigüeña aparece en el charco. De manera que no pretendo amargarte el día volviendo a lo del Colegio. Pero la realidad es inmisericorde y me ha aplastado, en cierto sentido, con su peso. No me he inventado el título. Es un dato real y publicitario, o admonitorio (supongo más bien), que puedes leer si cruzas Plasencia. De manera que el letrero está allí, bien colocado sobre la acera, junto a la calzada.
No sé si agarrarme a lo de las funciones del leguaje (Iakobson y demás) para comentar la naturaleza del mensaje al que me refiero. Porque si tú vas tan tranquilo por una calle y de pronto se te aparece un letrero que dice «PELIGRO, COLEGIO», ¿quieres decirme cómo lo interpretas?
Si te atienes a la función representativa, es evidente que el emisor ha pretendido limitarse a señalar un hecho objetivo, a saber, que allí mismo hay un colegio y que, en consecuencia, el peligro es inminente. Lo que yo quisiera saber es por qué un colegio entraña peligro. ¿Peligro para la educación, peligro para la cultura, peligro para la enseñanza? ¿O peligro para las personas? ¿Tan fieros son los alumnos, que han llegado a suponer un peligro? Dicen que el sistema se ha tornado inoperante para detener la iconoclastia docente de los alumnos y que éstos han reducido la figura del profesor a mero guardián de adolescentes, hasta el punto de que el profesor o profesora tiene que tragar diariamente el marrón del desinterés y la desconsideración. Dicen.
Si te atienes a la función expresiva, no tienes más remedio que concluir que el mensaje refleja una actitud subjetiva del hablante, tan subjetiva para él como enigmática para ti. Es como si cruzara por tu mente el hic latet anguis de los clásicos, para precaverte seriamente del peligro mortal al que te sometes si te acercas hasta el áspid venenoso y te expones a su mordedura. Casi no me atrevo a imaginar que ese peligro subjetivo procede del afán igualatorio del sistema que, amparado en un dudoso concepto del progreso, pretende igualar por abajo. En efecto, en cualquier colegio de Educación Primaria los alumnos reciben la calificación igualatoria de «PA» (Progresa adecuadamente) o de «NM» (Necesita mejorar), con lo que tanto unos como otros son medidos con el mismo rasero y promocionan automáticamente al siguiente curso —casi siempre también al Ciclo siguiente—. Se consigue de esta forma una igualatoria injusticia distributiva (esa taxidermia de las ilusiones y los afanes) porque prácticamente recibe el mismo pago el alumno trabajador que el alumno petardo. Y que no me vengan los psicólogos con la memez de que las calificaciones desarrollan la competitividad y la desigualdad. ¿No se pretende preparar al alumnado para la vida? Díganme, pues, qué igualdad y condescendencia van a encontrar cuando lleguen a la edad adulta, en una sociedad podridamente competitiva. Por otra parte, el desánimo de muchos alumnos es patente al comprobar que recibe el mismo premio el estudioso y el trabajador que el putas y el gandul (no se olvide que en 5º y 6º de Primaria los alumnos alcanzan la edad de los 12 años). Así, pues, desde el punto de vista subjetivo, ¿es el colegio un peligro para la educación y la cultura? Hic latet anguis.
Si te atienes a la función conativa, ¿cuál es el vocativo a través del cual el emisor llama la atención sobre el receptor? ¿Es el colegio un peligro, dentro de una complementariedad apositiva, o el peligro reside en el hecho de que el edificio es un colegio? Considero socialmente inadmisible la primera hipótesis dado que un colegio nunca puede ser un peligro, como no puede serlo un centro de salud o una iglesia. Aunque no te fíes, amigo. El colegio en sí es una persona más o menos jurídica que se mueve en los ámbitos de la abstracción. Se hace real a través de las personas que lo conforman. Este antropomorfismo colegial puede llegar a ser peligroso si sus habitantes son fieras corrupias, dado su comportamiento deforme y aspecto espantable proclamado por la actual proclividad de los colegiales a la estética de lo sucio. En cuanto a la segunda hipótesis, un colegio no tiene por qué constituir un serio peligro salvo que, como ya quedó apuntado, las directrices del sistema deterioren de tal forma el conjunto que lo conviertan en una granja para pollos, con la dioxina de la desinformación, la subcultura, las actividades extraescolares y otras zarandajas pinchadas en los abundantes paneles de los pasillos.
Si te atienes, en fin, a los rasgos semánticos del anuncio, a ver de dónde sacas las connotaciones asociadas al mensaje, porque la transposición de la realidad, en este caso, es de difícil concreción. A ver. A ver cómo puedes tú leer lo de «Peligro, colegio» y traspasar la realidad denotativa para llevarla a significaciones inocentemente inocuas. ¿Tan deteriorada se encuentra la situación educativa que supone un peligro, por muy abstracto que sea? ¿A tal grado de perversidad ha llegado el sistema que mantiene la actividad educativa dentro de la indefinición oscura del peligro?
(En estas que llega mi tío Eufrasio y me dice que soy idiota, que el anuncio va dirigido a los conductores de vehículos. Y va y me da una colleja discente. Fin).
LAS VOCES
(17-6-1999)
JUAN GARODRI



Bueno, los periódicos es que se han hartado. Ha sido un hartazgo informativo que, con motivo de la comilona electoralmente papeletera, ha ocasionado una especie de hipercloridia disolvente que se ha cargado los jugos gástricos de la información, de modo que, en consecuencia, la prensa escrita (y qué decir de la televisual) se ha vaciado apresuradamente de estadísticas, porcentajes, opiniones, mayorías absolutas, triunfos, desilusiones, batacazos y rencores, con ese apresurado ir y venir depositorio con que las diarreas estimulan los intestinos. Así que, menos mal. Ya terminó el drama de la campaña electoral. Ya dejaron de moverse los políticos. Ya dejaron de mover el culo ante el olor de las elecciones.
Un colega mío, bien preparado en la cosa de la literatura pero crédulo y aplaudidor, (se ha tragado impertérrito los mítines celebrados en teatros y plazuelas, a más de los televisivos) asegura que la historia de la campaña electoral es una verdadera novela, con el correlato de sus voces. Me fastidió, qué quieres que te diga. Porque su tono sentencioso, como si distribuyera patentes de calidad política, me dejó muy, pero que muy picado. De manera que me puse a discurrir cómo podrían relacionarse las “voces” de la novela con una campaña electoral.
No es cuestión ahora, amigo, a estas alturas de la liga, de endosarte una carga no apetecible, como pudiera ser la de hacerte tragar a trangullones (la palabra es extremeña, los del DRAE no la conocen) la caldereta narrativa de la visión múltiple, el monólogo interior, el estilo indirecto libre, el doble registro, las personas gramaticales y otras menudencias de la técnica novelística. No estaría de más, así y todo, que le echases un vistazo a Las voces de la novela, de Oscar Tacca, para que pudieses comprobar las diferencias existentes entre la voz del narrador y la voz del autor, o entre la subjetividad del autor y la convención literaria de la novela, por poner unos ejemplos.
Y así, va la voz del narrador testigo (la de González, por ejemplo) y, después de soltar lo de la mierda, con la duplicidad de la metáfora, va y cuenta que durante los cuatro años transcurridos desde las últimas elecciones los socialistas han conseguido reducir la franja de votos y superar las triquiñuelas de los contrincantes políticos, que lo único que han hecho ha sido rascarse la barriga, desprestigiar a España, quemar lino y ampliar las alas de Pedro J. Ramírez para que sobrevuele cómodamente los basureros.
Y así, va la voz del estilo indirecto libre (la de Aznar, por ejemplo) y se sitúa estratégicamente detrás de la obscenidad de su bigote, o por lo menos a mí me lo parece, el bigote de Aznar es como un islote de vello púbico situado en una geografía inapropiada, y va y habla el bigote, o por lo menos a mí me lo parece, la voz de Aznar no sale de la boca, sale del bigote, y asegura que el 'Partidoo Pular' es el más consolidado de España, y que la economía española es la más consolidada de Europa, y que el Presidente del Gobierno está tan consolidado como los otros líderes de Europa, y va y se compara con ellos, que es como compararse con Europa.
Y así, va la voz del monólogo interior (la de Anguita, por ejemplo), una divinidad anacrónicamente antropomorfa y agnóstica, y va y recuerda sin parar a los líderes (de los otros partidos) el infierno de descomposición social y política al que irán de cabeza si no se arrepienten de sus iniquidades económicamente liberales y socialmente injustas. Y es tal el énfasis oratorio de su proclama, que a veces me asaltan incontrolados deseos de matricularme también en los cursos misioneros de la salvación ideológica.
Después aparece otra voz, la del narrador omnisciente, y aparece en escena Rosa Díez que como una señorita Rottemmeier de la educación política, grita encorajinada que la igualdad, la solidaridad y la justicia social salvarán a España, y que, para variar, la solidaridad, la justicia social y la igualdad salvarán a Europa y grita aún más fuerte afirmando que la justicia social, la igualdad y la solidaridad salvarán a todos. Y me produce condolencia su esfuerzo fonético porque parece que los tendones de su cuello van a romperse y a desgarrarse las arrugas de su piel.
Simultáneamente aparece otra voz omnisciente, y va Loyola de Palacio y asegura que, gracias a Dios, su gestión en Europa ha sido rentabilizada por todos y que lo que ha salido mal no es culpa suya sino de los presidentes autonómicos. Y, con la voz comedida de la clausura monacal, manda a los reclamantes que se vayan más allá del extranjero, o sea, que reclamen a Bono por lo del lino y a Chaves por lo del aceite.
En fin. Hay más voces, pero no son dignas de resaltar. Pertenecen a los personajes secundarios y de relleno, personajillos y personajuchos y, con frecuencia, más que voces son escupitajos y exabruptos que manchan las páginas. Pertenecen a esos que van y piensan que no hay que andarse con rodeos, que lo bueno es dar leña inmisericorde y sañuda, si se tercia, esa leña que la mala leche soflamática convierte casi siempre en ofensa.
LA CAMPAÑA
(11-6-1999)
JUAN GARODRI


De las nueve acepciones que el DRAE incluye en la entrada campaña, me refiero a la segunda: «Conjunto de actos o esfuerzos de índole diversa que se aplican a conseguir un fin determinado». Así que, amigo, te quedas con tres cuartos de narices si empezaste a leer pensando en la campaña política. Hasta los gatos hablan de ella. Olvidémosla.
De manera que, cuando vi la fotografía en el periódico, pensé que se trataba de alguna algarada reivindicatoria con las que las asociaciones de agricultores se manifiestan de vez en cuando contra las putadas de la Administración. Pero no. La Campaña del Tabaco no exponía las reivindicaciones del sector tabaquero, porque lo del día 31 de mayo fue más bien la Campaña Contra el Tabaco: era el Día Mundial contra la nefasta manía de fumar.
Por supuesto, sí, por supuesto que el tabaco es peligrosísimo y que las Autoridades Sanitarias, convertidas en los vigilantes de la playa urbana y nicotínica, advierten constantemente que el tabaco perjudica seriamente la salud. Pero ante estos avisos, se me vienen a la memoria las severas admoniciones con que los padres espirituales encharcaban nuestra adolescencia, bien pertrechados en sus amenazas de perdición eterna, si perjudicábamos el alma con las acciones pecaminosas.
Me resulta extraordinariamente conmovedor ese afán ilimitado que las Autoridades manifiestan cada dos por tres consistente en campañas para salvar al pueblo (pero sin el pueblo), parapetadas en un poderío algo anacrónico e Ilustrado, casi dieciochesco, como si el pueblo fuera un rebaño al que hay que inocular un virus protector cuando llega la época de la vacunación. (Mi tío Eufrasio, más desconfiado que una mula tuerta, dice que no me fíe, que algunas campañas poseen un doble fondo podrido y que le huelen a cuerno quemado).
Por ejemplo, la campaña contra el tabaco, dice. Yo es que me quedo viendo visiones, qué quieres que te diga. Resulta que las Autoridades Sanitarias pretenden proteger nuestra salud indirectamente, porque lo que realmente les interesa es disminuir, o anular si fuera posible, los gastos sanitarios que acarrean las enfermedades causadas por el tabaco. Y como no pueden andar por ahí soltando dicterios y diciéndole al personal “no fuméis, coño, que nos arruinamos”, van y organizan una campaña muy finamente publicitaria y aconsejan con delicadeza “no fuméis, hermanos, que perjudicáis seriamente vuestra salud”.
Y lo de USA es para echarse a temblar. Ya se sabe que en los Iunaitesteis todo es super-mega-desproporcionado y casi galáctico. Y allí, si se ponen a permitir, pues permiten que todo el mundo lleve armas, por ejemplo, y que puedan comprarlas en cualquier tienda como si te compraras una camisa. Y luego, no creas, no importa nada que la gente se mate, bueno sí les importa, supongo, o no. No sé. Pero nunca el peligro mortal viene de las armas, siempre procede de quien las utiliza mal: esquizofrénicos, psicópatas, depresivos, marginados y gente así, qué casualidad. Y allí, si se ponen a prohibir, pues prohíben que es una barbaridad, prohíben a todo meter, como si la prohibición fuese el émbolo de un artilugio salvador y mesiánico. De manera que se han vueltos medio locos prohibiendo lo del tabaco, que hay que mantener fuerte y vigorosa la raza, y lanzan campañas de salvación universal e influyen vigorosamente en las naciones de la vieja Europa para que, a su vez, se ‘posicionen’ decididamente contra el tabaco (peligra, si no, el negocio de las importaciones). Y estados USA hay en los que no se permite fumar en autobuses, bares ni sitios públicos, mucho menos en las instalaciones de organismos oficiales, ni siquiera a cinco metros de su entrada, para que veas. Y, al revés de lo que ocurre con las armas (que matan a otros), el peligro mortal no viene de quien fuma (que se mata a sí mismo), el peligro procede del tabaco, que es malísimo. Conclusión: hay que acabar con el tabaco.
Sin embargo, amigo mío, me quedo de piedra cuando leo que los auténticos ganadores en la “Guerra del tabaco” en Estados Unidos, han sido los abogados. Ellos han promovido la campaña, como campanuláceos jurídicos. Ya sabes que los abogados son en USA lo que aquí las castañuelas, o el chocolate con churros. De manera que les salen abogados por todas partes y son tan aficionados a los juicios que, por un tropezón en la vía pública, denuncian al Ayuntamiento y lo llevan al juzgado. Como aquí. Bien. Me quedo de piedra, te decía, cuando leo que los abogados que trabajaron para los Estados en el contencioso contra las compañías tabaqueras vienen a cobrar una minuta de 14 millones de pesetas ¡por hora!. Y que la industria tabaquera tendrá que pagar unos treinta billones, has oído bien, treinta billones a 46 Estados como contrapartida por sus gastos de Sanidad. A cambio, los Estados se comprometen a NO denunciar ante los tribunales, en lo sucesivo, a las compañías tabaqueras a pesar del perjuicio que el tabaco ha ocasionado u ocasione a la salud ciudadana.
Resumen. ¿A quién favorece la campaña contra el tabaco? No sé. Pero, desde luego, en este obsceno asunto no sólo se pretende salvar del cáncer de pulmón al personal. Hay otros a quienes resulta provechosísima la campaña. A los campanuláceos: «Plantas angiospermas dicotiledóneas, con hojas sin estípulas, flores de corola gamopétala y fruto capsular con muchas semillas y de albumen carnoso, como el farolillo y el rapónchigo». Que les aproveche.
EL MANOSEO
(8-6-1999)
JUAN GARODRI


Bueno, amigo. Si yo, en medio de un alarde de ingeniosidad conceptista, te hiciese de pronto una de esas preguntas idiotas que nadie sabe responder adecuadamente, me tomarías por gilí. Sin embargo, voy a hacértela. ¿Sabes en qué se parece una campaña política al romanticismo?
No es el momento ahora, ni mucho menos, de comentar la figura del romántico. Pero, desde luego, no me quedo con las ganas de afirmar —con el Larra juvenil de 1828— que existe un escaso conocimiento de lo que es el romanticismo. Y aunque los grandes ensayistas (Julián Marías, por ejemplo) aseguran que el romanticismo consiste en un concepto y en una forma de vida humana y que se extiende a todos los campos de la vida y de la cultura de Occidente, el personal cultillo se empeña en reducir el romanticismo a la literatura, bien abrigado por un ropaje literario y formal que, sin embargo, no deja de ser más que eso, la ropa que cubre al cuerpo.
Y qué quieres que te diga si nos apeamos de la cabalgadura cultiparla y descendemos hasta el personal de a pie. Aquí, la aplicación que se hace de ‘lo’ romántico a la vida es como para tirarse de espaldas agarrado a una higuera. Y como de vez en cuando me dan ataques de simplismo cultural que me incrustan como una cuña entre los balidos del personal de a pie, ahora me ha dado uno, y se me han olvidado repentinamente los libros y, en medio del ataque, voy a aplicar lo romántico a la política.
Bien. Una de las características románticas es el amor, ese atolondramiento afligidamente encendido en el que los enamorados, atraídos por la caducidad del deseo, se juran amor indefectible y eterno, te querré siempre, siempre, y todo eso. A continuación, se lanzan promesas de fidelidad recíproca (por eso tal vez lo del amor se simboliza con flechas) y jamás te abandonaré, prometen, y te haré feliz toda la vida, prometen, y te colmaré de felicidad, prometen, y te daré lo mejor de mí mismo, prometen, y todo lo mío será tuyo, prometen. De la misma forma, el político ‘campañero’ se torna repentinamente enamoradizo y jura amor eterno a las masas y se afianza en las promesas como un anacrónico don Álvaro que confía más en sus palabras que en la fuerza del sino. Y así, no hay escenario, ni localidad, ni teatro, ni plaza de toros en que el político, envuelto en una excandecencia oratoria y suprema por un lado, y coronado con la aureola salutífera de la originalidad por otro, no se afiance en las promesas de amor y jure dar más protagonismo a la mujer, solucionar el problema del paro, ampliar la cobertura del desempleo, promover la industria, fomentar la agricultura, impulsar las fiestas locales, desarrollar las propuestas de juventud, promover las asociaciones de amas de casa, mejorar la calidad de la enseñanza, proteger a la tercera edad, erradicar la violencia, extender lo de la tarifa plana de la sacrosanta triple www, extender los raíles del AVE, fomentar las instituciones culturales y restaurar la ermita del pueblo. La proliferación de las promesas aletea sobre las estupefactas coronillas de los oyentes como un misterioso y repentino Paráclito que afianza en el amor la relación vocingleramente amorosa del político y el pueblo. (Mi tío Eufrasio, mala pipa que tiene, asegura convencido que las promesas están hechas para romperse y que una cosa es predicar y otra dar trigo).
Bien. Otra de las características románticas es la del orgullo o satisfacción que el amante suele manifestar a causa de la amada, o al revés. De forma que ostensiblemente pasean su amor en público, y descienden una y otra vez al ámbito del manoseo (tal vez del baboseo), y se abstraen en la intimidad de las mutuas caricias, para que todo el mundo se entere y sean de alguna manera partícipes de su inmensa felicidad. El político ‘campañero’ también abusa del manoseo (y del baboseo). Y públicamente manifiesta su amor al pueblo, y no desperdicia ocasión, por poco propicia que ésta sea, de lanzar a los cuatro vientos su firme decisión de servir al pueblo, de sacrificarse por el pueblo, de llegar incluso a morir por el pueblo (algo así como Lopera por el Betis). Y así, empieza la murga pública y altisonante, y los coches de segunda mano empiezan a recorrer las calles de las poblaciones con sus viejos altavoces, y a lanzar la morralla desafinada de las promesas de amor para que todo el mundo sepa que próximamente, el día de las elecciones, va a tener lugar el ansiado enlace. Y es sorprendente la bondadosa y pública munificencia de las promesas, acartonadas por un sonsonete reiterativo y casi litúrgico: «Para que el pueblo se vuelva más humano y habitable (roguemos al Señor), vota PSOE». «Para que la juventud disponga de trabajo (roguemos al Señor), vota PP». «Para que la sanidad se extienda a todos los ciudadanos (roguemos al Señor), vota CREX». «Para que la enseñanza sea más pública (roguemos al Señor) —Anguita— que en gloria esté, vota IU». Y así.
Mientras tanto, todos los jovenzuelos de Coria cabalgan en sus motoretas, haciendo caballitos provocadores y soltando el humo de sus pedorretas ruidosas, rompiendo la placidez y los nervios de los paseantes en el paseo marítimo, o fluvial no sé, descoyuntando las ataduras de sus rebeliones a través de los tubos de escape, todos los jóvenes cabalgando en sus motocicletas, al viento los cabellos y al culo la mocita rubia que los empareja, esas niñas con carita de vírgenes impúdicas que los acompañan en sus piruetas motorizadas, muy al estilo de Al salir de clase y otros bodrios televisivos que los hipnotizan con el fulgor lechoso de la adolescencia. (A ver si el alcalde Mora hace cumplir la ley y la policía los obliga a llevar el casco y a colocar el preservativo de los ruidos, o sea el silenciador, en los tubos de escape, que ya va siendo hora).
En fin. Transcurrido el tenso y excitante día (12-MJ) de los esponsales entre el político ‘campañero’ y el pueblo, llega la noche nupcial. Y los recién casados, se asoman a la ventana. Una media luna, plateada y menguante, bendice sus promesas de amor eterno. Uno de ellos, pleno de romanticismo, dice:
—Amor mío, ¿qué te recuerda esa media luna en el firmamento?
Y el otro responde:
—Que esta noche hemos cenado melón.
Fin.
LA FOTOGRAFÍA
(30-5-99)
JUAN GARODRI



De la misma forma que las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud, y andan a la greña hipócritamente proteccionista para prohibir o no su consumo (en USA principalmente: no prohíben, sin embargo, la fabricación y libre venta de armas, listos que son ellos, aunque su uso indiscriminado haya provocado la muerte de cientos de miles de seres humanos, etc.), de la misma forma, te decía, la susodichas Autoridades Sanitarias, tan preocupadas de que el gentío alcance la salvación salutífera, deberían advertir al personal acerca del perjuicio afectivo y taquicárdico que produce la nostalgia.
Y es que debería de estar prohibida la nostalgia. Ay, amigo, no sabes bien la infinita nostalgia que endulza los recuerdos cuando contemplo la fotografía que mi hermana Matilde conserva en su álbum familiar. Representa a un niño de seis años, de frente sorprendida y ojos muy abiertos, vestido con traje azul marino, esos trajecitos con los que se disfrazaba a los niños para estimular en ellos la inocencia de un protagonismo inesperado y sorprendente. Era un protagonismo, sin embargo, reducido y humilde, un protagonismo al que le era imposible exceder los límites de la tela azul del traje, acotada por el blanco glorioso de los zapatos, el cordoncillo de la cruz dorado, la limpieza de los guantes, la opulencia del rosario y el lujo del libro religioso con tapas de nácar. Un protagonismo, en definitiva, con esa característica en blanco y negro atribuida a las escasas posibilidades de la humildad económica. Es la única fotografía que existe de mi primera comunión.
Así y todo, qué quieres que te diga, con ese apresuramiento engañoso de la publicidad y la horterada, hoy se ha desplazado el hecho protagonista hasta el punto de que el niño es el pretexto para el protagonismo de los padres. De manera que la fotografía (social) es la de los padres. Esa es la verdadera fotografía.
Y a pesar de que el niño ha permanecido durante dos años en la instrucción catequética para que su conceptualización admita, en lo posible, la importancia teológica de la Eucaristía, llega el Día de su Primera Comunión y se le viene abajo el tal vez atractivo misterio religioso (todos los niños se sienten atraídos por lo misterioso ¿no?), aturdidos por la pretenciosa voracidad social de los padres, con lo que el trabajo dignamente desinteresado, generoso y discreto de los catequistas queda reducido a un recuerdo semidocente y enigmático, olvidado en la penumbra olorosa de los bancos de la iglesia.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, el álbum familiar se incrementa de manera notoria porque los tíos, primos y demás familia, además de arrimados y vecinos, animados por un sorprendente sarpullido artístico y acuciados por una vanidosa pulsión de apariencia económica, empuñan cámaras de video y disparan máquinas fotográficas con la misma intensidad con que un soldado esquizofrénico dispara su sofisticado rifle de multirrepetición. Y así, invaden la ceremonia religiosa con resplandores y relámpagos electrónicos, excesivamente reiterados, con esa apariencia de propiedad momentánea con que el carácter celtibérico dota a cualquier ciudadano para que, en determinados momentos, luzca su apariencia de dueño y señor del circo, porque el español, en general, siempre ha creído que la iglesia es cosa suya, una especie de propiedad abstracta de la que tomó posesión cuando lo bautizaron y a la que renunciará cuando lo entierren.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, la mayoría quedan retratados por su mismo comportamiento dispendioso y derrochador, como si cada uno de ellos hubiese adquirido, al menos momentáneamente, el poderío del rey de Roma. Y así, afirman con la jactancia de su efímero poderío económico, que lo hacen todo por el niño o la niña. Con este motivo pseudosentimental, pretenden sobresalir de la nada y encaramarse en la ficticia alegría del gasto y, de paso, darle en las narices al vecino, o al colega, o a ambos. Y le recrecen los engreimientos y vanidades cuando el primo que ha venido de Valladolid le dice admirativamente que jó, tío, si esto más que una comunión parece una boda.
Volviendo a la fotografía (social) de los padres, el colmo de los colmos, que siempre fue tirar la casa por la ventana, se reproduce con exactitud casi hiperbólica cuando los ciento veintisiete comensales se sientan a la mesa y le echan un ojo sediento y goloso a la minuta que el local —especializado en bodas, bautizos y comuniones— ofrece espectacularmente a los invitados. A saber, bebidas, aperitivos de centro, fritos de cocina, jamón, cuñas de queso y lomo embuchado, tacita de caldo al jerez, mariscada, sorbete de limón, pierna de choto lechal asada, postre, tarta de comunión, café y sidra. Mientras los asistentes a tan señalado acto se ponen morados y engullen las viandas entre risotadas y otras ingeniosidades, el niño o la niña corretea su propio olvido entre las mesas y las manchas que la salpicadura del langostino ha esparcido en sus pecheras.
Dentro de tanto poderío arrebatador y gastronómico, hay un detalle que se me ha pasado por alto. Éste: la pierna de choto lechal asada estaba guarnecida con patatas ‘a lo pobre’. Menos mal.

martes, 11 de agosto de 2009

LA OBSCENIDAD Y TAL
(23-5-1999)
JUAN GARODRI


La que se ha liado, amigo. No es que yo me quiera comparar con Desiderius Erasmo (para mí quisiera yo el esplendor de su lenguaje y el donaire de su sátira), pero también el de Rotterdam las pasó canutas con alguno de sus coetáneos porque se le ocurrió escribir cosas disparatadas en su Elogio de la locura, esa sátira alegórica en la que ironiza en contra de la insensatez universal y, sobre todo, en la que ridiculiza la excesiva credulidad del pueblo, deslumbrado por los halagos de los demagogos. Y así no deja títere con cabeza, suele decirse. Desde los filósofos de la antigüedad hasta la Escolástica, desde la Nobleza hasta el Clero, Erasmo despliega los vientos de la ironía y desmitifica las fuentes filosóficas y teológicas de la credulidad.
Pero lo mío no era para tanto, me parece.

Resulta que el pasado día 16 de mayo apareció en HOY mi articulillo semanal con el título ¿Qué cosa nos llamamos? Y va la cosa de que la gente de determinados sectores de mi pueblo se ha escandalizado, y mucho, con el artículo. Así al menos he podido comprobarlo, acogotado por esa sorpresa justicieramente callejera que se arrogan los enterados (de pueblo) y los perfectos. Y hay quien me ha parado en medio de la calle y me ha sugerido, troceando el espacio con el dedo, que me dedique a otra cosa porque lo que es a escribir lo tengo claro. Otros aseguran que carezco de pudor y que parece mentira que alguien como yo, con más de media vida sentado junto a la docencia, se dedique a escribir obscenidades.
Y qué quieres que te diga, amigo, con tanto comentario censorio se me han caído los palos del sombrajo. ¿Tan duro he sido en mi crítica contra la guerra y contra los mandamases de la guerra? Y hasta en el bar, en medio del tapeo, hay quien se me dirige y me dice que perdone, pero que hay cosas que no se pueden escribir así, por las buenas, en los periódicos.

—Oye, que es obsceno lo que escribes —dice.

Mi mente recorre a velocidades siderales las líneas del artículo intentando recordar las obscenidades descritas, cosa que no consigo. Y procuro disculparme.

—Mira —respondo—, yo sólo pretendo manifestar mi opinión contra la guerra de los Balcanes porque se me parte el alma cuando contemplo las escenas tremendas de esos refugiados huidizos y exánimes, de esos niños con los ojos rotos de estupefacción y miedo, de esas mujeres sentadas junto a su tristeza, de esos ancianos más avecindados que nunca en la muerte, de esa inocencia herida y ensangrentada.
Así que, en una especie de prédica antibelicista, gesticulo y explico a los circundantes que se me revuelven las tripas ante las hipócritas sandeces de los mandamases, y gargajeo y escupo ante la obscenidad que supone una venta de armas que ocasiona tragedias como la de Denver, y a pesar de que la “calle” exige un mayor control de esa venta, el Congreso USA rechaza ese control debido a la presión de las fábricas de armamento. En este sentido, la obscenidad de la guerra reside en que la han convertido en un mercado siniestro con una finalidad enmascarada: la venta de armas y de armamento bélico, sofisticado y carísimo, con el pretexto de castigar a un genocida (pero a otros no) y de proteger a los refugiados (pero a otros tampoco).
Llegado a este punto, los contertulios me escuchan con el ceño fruncido cuando prosigo en mis trece discursivas asegurando que la obscenidad de la guerra está en que las TV y los periódicos distraen al gentío con lo de los refugiados, y excitan ese indefinido sentimiento de culpabilidad que casi todo el mundo lleva dentro mientras exponen la infrahumana situación de los kosovares, que no lo niego. Pero, sin embargo, en pocos medios se explica al personal las verdaderas causas de la guerra...
Y me vuelvo reiterativo y cansino afirmando que la obscenidad de la guerra consiste en que hay alguien que pretende hacer creer que ellos actúan en nombre nuestro para evitar el genocidio (en nombre mío desde luego no actúan), y va la gente y se lo traga. Y concluyo, decía yo. Lo único que pretenden es aprovechar la guerra para probar su nuevo y sofisticado armamento y, de paso, aprovechar la guerra para vender armas y de paso aprovechar la guerra para prestar dinero para la reconstrucción de países destruidos y aprovecharla para eliminar al aliado de Rusia y aprovecharla para desestabilizar la unidad Europea (ahí tienes a Grecia, en contra de la guerra) y aprovecharla para que el euro no se sobreponga al dólar.
Y concluyo de una vez, decía yo. Me parece obsceno leer en las páginas de ‘internacional’ que los mismos que bombardean Serbia le ofrecen a Milósevic la continuidad en el ‘puesto’ si deja las masacres... Me parece obsceno que la OTAN se atreva una y otra vez a bombardear Belgrado sin autorización de la ONU, lo que equivale a decir que EE.UU es el gran interesado en los bombardeos...
Y al final van y me responden,

—No, si en eso estamos de acuerdo. Lo de la guerra, al fin y al cabo, tiene su importancia, y es una desgracia, y grande, pero siempre ha habido guerras, qué le vamos a hacer. Nosotros no podemos hacer nada contra la guerra.

—Entonces en qué cosiste mi obscenidad —pregunto.

Y va uno y me dice al oído,

—Coño, lo obsceno está en que al final del artículo escribes lo de la polla, hombre, que hasta cuándo vamos a seguir chupándonos la polla. Y eso no está bien.
Los ojos me empiezan a describir chiribitas y un pinchazo en la sien izquierda me informa de que se está desencadenando mi jaqueca oftálmica. La intensidad de mi silencio es tan despreciativa que se me queda cara de tonto, creo. Y me miran como al gilipuertas de turno que acaba de escribir la memez del siglo.
No tuve más remedio que darles la espalda e irme para casa. Esta vez chupándome el dedo.
¿QUÉ COSA NOS LLAMAMOS?
(16-5-1999)
JUAN GARODRI


Civilizados. Nos llamamos civilizados. Nos autollamamos civilizados. Nos pregonamos civilizados. La boca se nos llena (de aire) cuando lanzamos al viento la proclama de que somos civilizados. ¿Somos o estamos? ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Esa es la pregunta (that’s the question) que me hago, como un Hamlet apesadumbradamente finimilenario, con cientos de miles de calaveras entre los dedos pegajosos de dubitación y perplejidad.
O sea. Si de pronto te da un ataque de pureza lingüística y vas y te agarras a la Gramática de la Lengua Española, de Emilio Alarcos, comprenderás las no pequeñas diferencias que existen entre ser y estar. Porque resulta que el significado del verbo ser es esencial, algo así como una significación incrustada en la cualidad del nombre de tal forma que no puede quitársela de encima ni con ayuda del láser. Vamos, que es su propio pellejo, como si dijéramos. En cambio, el significado del verbo estar es accidental, y unas veces puede venir a cuento su significación y otras no.
En este sentido, si uno es tonto quiere decir que la tontuna la lleva encima de por vida; por contra, si oyes decir que menganito está tonto quiere decir que la tontuna es una especie de gabardina que unas veces se pone y otras se quita.
O sea. ¿Somos civilizados o estamos civilizados? Si el concepto de civilización, y sus consecuencias, configura nuestro pellejo y desarrolla actitudes de respeto a las personas, a las creencias, a la cultura y a las ideas y dicho concepto de civilización nos impulsa a actuar en consecuencia, no hay duda: somos civilizados. Pero, de pronto, va la cosa de la civilización y se esfuma, y el ser humano se convierte en un tanque o en un F-18 o en un misil nuclear o en un genocida o en un vigilante de la playa mundial o en un gendarme del orden terráqueo, y resulta que sólo estamos civilizados (la tecnología y todo eso), porque lo que se dice ser civilizados ya no lo somos.
O sea. ¿A quién pretende engañar esta civilización de quita y pon? Sería terrible que la guerra de los Balcanes se hubiera desencadenado solamente para demostrar que estamos civilizados, es decir, a) que se dispone de armamento sofisticadamente ultramoderno, b) armamento que hay que gastar necesariamente porque no pueden detenerse las cadenas de producción de las fábricas de armas, c) armamento cuya efectividad hay que comprobar utilizándolo contra conejos humanos, d) armamento que cuesta muchísimo dinero o dólares o euros o lo que sea, e) dinero que los multipoderosos de la trastienda internacional prestan a los Gobiernos para que, a su vez, puedan comprar armamento, f) armamento que se utiliza para hundir en el terror y en la miseria a miles de personas como tú y como yo, amigo, g) armamento cuyo pretexto de utilización es impedir el genocidio llevado a cabo por Milósevic, h) armamento que, después de utilizado, vale para poco porque el genocidio, dicen, no se ha detenido, i) destrucción, ruina, enfermedades, llanto y desolación provocadas por el armamento, j) desconcierto del armamento al ser utilizado por imbéciles, k) imbéciles que destruyen puentes, autobuses, edificios y vidas de ciudadanos inocentes, l) imbéciles que afirman que estas destrucciones son no deseadas y sólo producen «efectos colaterales», ll) imbéciles que proclaman la rectitud de sus intenciones porque sólo han cometido ocho errores, hasta ahora, m) como si el ataque a la embajada china en Belgrado fuese un tropezón de nada, n) como si el misil contra el hospital de Nis fuese un estornudo, ñ) como si los muertos civiles de tantos errores fuesen pollos extenuados de una granja avícola, o) errores totalmente involuntarios debidos a fallos del sistema, p) como si el sistema no estuviera manipulado por hombres, q) por hombres tontos o ineptos o imbéciles -o malvados-, r) no tan imbéciles como para desconocer que esta guerra supondrá un considerable retraso en el afianzamiento de Europa, s) no tan imbéciles como para desconocer que Serbia era el único aliado que le quedaba a Rusia, t) no tan imbéciles como para desconocer que el euro podría superar al dólar, u) no tan imbéciles como para desconocer que la OTAN no es más que un conjunto de monaguillos dispuestos a beberse a escondillas el vino de su negra liturgia belicista, v) y ahora uno de ellos, Jamie Shea sale con que Milósevic no es objetivo militar y que la OTAN es flexible en cuanto a la fuerza internacional, x) y otro de ellos, el tal Clinton, dice que «no buscamos la derrota de Serbia», y) y van y proclaman a los cuatro vientos que habrá que gastarse más de dos billones en la reconstrucción de lo destruido, z) y, hala, los reconstructores que prestan el dinero para las reconstrucciones a forrarse todavía más. ¡Puaff!
O sea. Que estamos civilizados. Y digo yo, amigo, que por qué no citar a Juan Bonilla que el otro día (en un buen artículo, como casi todo lo suyo,) citaba a su vez al de la película de Tarentino para concluir con una pregunta estremecedora: ¿Hasta cuando vamos a estar chupándonos la polla?
(Antes de estar tan civilizados solía decirse ‘chuparse el dedo’).