miércoles, 15 de julio de 2009

LAS LECTURAS
(12-11-98)
JUAN GARODRI


Lecturas buenas y malas. Con este arriesgado título, temerariamente metonímico, el P. Garmendia de Otaola, S.J., publicó un voluminoso libro, en rústica, que titulaba así, nada menos: Lecturas buenas y malas. La obra constituía una referencia obligada para elegir lecturas que no precipitaran tu alma en las llamas ardientes y sulfurosas del infierno. Una obra para elegir lecturas buenas, digamos.
Palacio Valdés, verbigracia, era autor nocivo y diabólico que inducía a la perversidad con esa pertinacia en lo inmoral latente en sus ficticios y velados adulterios. No digamos de Blasco Ibáñez: sus personajes eran fustigados con el látigo de las reprensiones morales y el autor era arrojado a la gehena naturalista para que se achicharrase con Zola y Flaubert, entre otros, bien chamuscados por llamaradas antirreligiosas y blasfemas.
Y es que fumaba en pipa el hecho perturbador y naturalista de pretender que el pensamiento y la pasión se sometiesen a las mismas leyes que determinan la caída de la piedra, por poner un ejemplo, como si el hombre careciese de valores.
Puedes reírte, desde luego. Pero qué quieres que te diga, ahora mismo tú también seleccionas las lecturas con criterios extra literarios. Y yo. Te cuento.
No he vuelto a (re)leer ninguna novela de Stendhal, de manera que Julien Sorel y Fabrizio del Dongo se han ido destempladamente al carajo, desde que me enteré de un hecho insólito y, para mí, macabro: Stendhal se leía diariamente una página del código civil porque lo consideraba modelo de claridad expresiva.
Y es que, al elegir las lecturas, nos movemos por impulsos censores.
Si el gentío lector adquiere una obra, digamos, de Saramago, tan Nobel y tan reciente, no me negarás que todo el mundo la eleva a los altares de lo insuperable. (Saramago, denostado por muchos portugueses que, asentados en el alto concepto de la patria, lo acusan de traición y aseguran que jamás leerán sus obras por mantener su residencia en España sin sentir saudade ni nada y por haberse casado, además, con una española). Si, por el contrario, la obra es de Graham Greene, por ejemplo, tan lejano en las ediciones, tan poco Nobel y tan sospechoso, la obra aparece inmediatamente descalificada. Además, Green nunca se puso del lado de los desposeídos y todo eso. ¿Ferdinand de Cèline o Georges Bernanos? ¿Vázquez Figueroa o Muñoz Molina? Pregunto, colega: criterios para calificar la obra. Literarios, políticos, religiosos, económicos, patrióticos, científicos, publicitarios... Medio para calificar la obra: ¿la inteligencia o las vísceras, la técnica o las ideas, la lógica o la bragueta?
Sin ir más lejos, el Planeta. Descalificado, dicen los medianamente cultos. Una mierda el Planeta, concedido de antemano y negociada su publicación con autor/a que posea excelente capacidad de reclamo y que pueda asegurar ventas millonarias. 'A lo más, lo leo pero no lo compro', oyes por ahí. (Encima, jeta abusona). Sin embargo, edición miliejemplarizada, miles de ejemplares en quioscos y escaparates, como rosquillos encuadernados, esa producción en masa de la tahona editorial para abastecer las tendencias gastronómicas de los adictos a la bollería lectora.
A pesar de todo, si caes por cualquier ámbito funcionarial o docente puedes escuchar conversaciones cultas tipo “Oye, ¿has leído el Planeta de este año? ¿Yo? Prefiero tragarme un programa de la Gemio”. Y así.
Desde la afilada hendidura de la confusión, pregunto: ¿Quién lo lee si todo el mundo se marca el farol de que no lo lee? ¿Quién lo compra si el personal afirma que se lo prestan, afirmación que abunda en ese vergonzoso y oculto concepto del préstamo atribuido a la pasamanería de las cintas porno? Así y todo, se asegura que el Planeta vende. ¿A lectores ostentosamente cultos? ¿A eruditos gravemente incultos? ¿A docentes fatigosamente hartos de páginas? ¿A agentes de la bolsa? ¿A sindicalistas empedernidos? ¿A la policía montada del Canadá? Es un misterio. El misterio de la venta embrujada. Hay quien asegura, no obstante, que si el Planeta vende doscientos cincuenta mil ejemplares de la primera tacada, por algo será.
En términos parecidos se asentaba la discusión que yo mantenía con mi suegro para quien “Lo que necesitas es amor” era un buen programa televisivo porque poseía uno de los share más altos de audiencia. Y aunque mi cabezona machaconería repetía centenares de veces que los millones de teledrogados no justifican la calidad de un programa televisivo (ni los miles de lectores la calidad de una obra narrativa), mi suegro se cerraba en banda y aseguraba con esa certidumbre que se asienta en la evidencia que si tantos lo ven (o la leen) por algo será. ¡Ah, esa amplitud inabarcablemente misteriosa del indefinido!
Concluyo. Solamente la patanería lectora (los críticos son pajas de otro pajar) o los movidos por intereses editoriales, se atreven a (des)calificar una obra literaria con criterios extra literarios, digo yo. Que así no sea.
LAS ACEITUNAS
(9-11-98)
JUAN GARODRI


No se trata de colocarte un rollo sobre los sueños y su función compensadora de las deficiencias de la mente. Ya lo hizo Carl G. Jung para satisfacción de la fauna quiromántica en general.
Pero sí quiero decirte que soñar, lo que se dice soñar, atrae al gentío para compensar las deficiencias económicas y se sueña, por ejemplo, con el bote de la primitiva. Lo peor es que los sueños nunca se transforman en realidad apetecible y devienen, a lo más, en suntuosidades evanescentes.
Esto de los sueños con definición crematística es asunto viejo. No tienes más que echar mano del cuento de la lechera y sus consecuentes aporías. La moza devanaba la rueca de sus pensamientos y llegó un instante casi diáfano en que se vio dueña de medio mundo. Otro tanto quiso expresar Lope de Rueda con Las aceitunas, esa bronca familiar y renacentista entre marido y mujer motivada por la hacienda que podría adquirirse con las posibles ganancias de unas aceitunas cosechadas dentro de treinta años.
Sin embargo, qué quieres que te diga, hoy todo esto suena a rancio. Podrá discutirse sobre la rentabilidad inversora en acciones de futuro, o en Ibex 35 o en los multifondos o en los eurovalores. Pero hoy nadie monta una discusión familiar y doméstica sobre la rentabilidad de las aceitunas a largo plazo (ni a corto).
No tienes más que ver los olivares de la Sierra de Gata. Desde Pozuelo a Villanueva de la Sierra, desde Hernán Pérez a Torrecilla de los Angeles, desde Cadalso a Santibáñez, faldas y laderas, sinuosidades y hondonadas lanzan al viento el envés plateado de sus olivares. Y es que, no hace tanto tiempo, cada pueblo era un olivar y cada olivar era un jardín en el que podía desarrollarse perfectamente esa ansia de totalidad iluminadora que subyacía en los ritos iniciáticos de Eleusis.
Símbolo de la luz era el aceite. Y símbolo de poder. De hecho, los atletas griegos se embadurnaban el cuerpo con aceite y creían que, de esta manera, sus músculos adquirían una flexibilidad todopoderosa y triunfadora. (Vamos, algo así como los anabolizantes de hoy pero sin los falsetes químicos del dopaje).
El aceite, por otra parte, poseía una duplicidad esencial que derivaba de sus étimos y que, en consecuencia, se concretaba en los misterios y en las cocinas. Los ritos mistéricos ungían con óleo (étimo latino oleum) al seleccionado, digamos, para que representase a la colectividad en las relaciones divinas. Y el ungido se aposentaba en la magia de la unción y no había quien lo removiese.
Y no paró ahí la cosa. A los reyes también les dio por ungirse. Y así, desde que en el siglo VI apareció Isidoro de Sevilla para ungir y sacralizar a la monarquía visigoda, todos los Sisenandos, Pipinos, Wambas, Alfonsos y sucesores asentaron su concepto medieval del mando en el rito de la unción.
El valor del aceite alcanzó de esta manera una cotización altísima de forma que los índices palaciego-bursátiles magnificaban a sus poseedores y adquirentes, por más que Jorge Manrique se empeñase en descalificar el esplendor cortesano construyendo estrofas de pie quebrado para avivar el seso que se dirigía peligrosa y velozmente a la muerte marítima.
El segundo étimo es árabe (az-zait, jugo de la oliva), y adquirió pronto un desarrollo popular y doméstico afianzado, sin duda, en esa atracción olorosa y casi metafísica del chorizo y los huevos fritos.
Hay quien asegura que las relaciones familiares del mundo mediterráneo se mantuvieron incólumes gracias al lazo gastronómico que aseguraba una fidelidad inquebrantable tipo marido-mujer o padres-hijos, sentados reverencialmente alrededor del plato aliñado con aceite.
Antiguamente, cada olivar era un jardín, te decía, con opciones de futuro. Hoy han cambiado las cosas. Recorre conmigo la aureola otoñal de la Sierra de Gata y verás la tristeza de muchos olivares en los que los yerbajos y matacandiles, caries herbaria de los campos, perforan los viejos troncos de los olivos arrebatándoles su plateada dignidad centenaria. Y por más que convoques al Ubi sunt y demás tropos, la convergencia de Maastricht se ha cargado aquella magnificencia casi mítica que definía al olivo como árbol enriquecedor y próspero. Como para echarse a soñar, que te decía al principio.
Y es que el abandono generacional e irrentable (me invento la palabra: no encuentro otra) provoca esa decrepitud de anorexia arbórea que consume los recursos del olivar. A pesar de los aparentes esfuerzos de Loyola de Palacio, dicen.
OH, LAS MULTAS
(2-11-1998)
JUAN GARODRI


Qué quieres que te diga, no me extraña en absoluto que a Gregorio Samsa se le erizaran las antenas y se le arrugara el caparazón cuando despertó aquella mañana y se encontró metamorfoseado, así por las buenas, en un monstruoso insecto.
Ya se sabe que Kafka es considerado por la mayoría como uno de los grandes de la literatura del siglo XX y que su capacidad narrativa corría pareja con su melancolía, su complejo de autodestrucción y la convicción de la propia culpa. Así y todo, Kafka se lo buscó. De manera que si su misma hermana llegó en algún momento a proponer a su padre que se deshicieran de aquella alucinación metamorfoseada, él se lo buscó, ya digo.
Yo no. Y aunque de vez en cuando soporto mis insoportables y propias metamorfosis, yo no me las busco para redimir la persuasión de la culpa. Me caen encima con esa aplomada violencia de lo repentino o lo inesperado. Y a ver.
Porque yo me metamorfoseo en conejo. Y ocurre que cuando me cae encima la metamorfosis lepórida, suelo ir tan contento en mi coche silbando los primeros compases del concierto para violín en E minor de Mendelssohn, por ejemplo, tan bonito, y zas, los dos podencos de la cuneta (¿o son galgos?) adquieren dimensión antropomórfica en figura de pareja de la guardia civil de tráfico.
Lo políticamente correcto, que se dice, es afirmar que la guardia civil de tráfico está para salvar al gentío que va como loco camino de la destrucción eterna y automovilística. Lo afirmo. Pero no me digas que a veces no se pasan y que en vez de dedicarse a salvar, que es lo suyo, se dedican a cazar. Es como si los ecologistas, tipo green peace rural y todo eso, se dedicaran a salvar los patos de una muerte contaminada y destructora en las inmediaciones del Borbollón para después cazarlos y comérselos a la naranja.
Bien. Circulaba yo, tan contento, por esas carreteras de la Sierra de Gata trazadas, a lo que se ve, por algún ingeniero de caminos borracho ayudado por un topógrafo irremisiblemente bizco (Moraleja, Perales, Hoyos, Villamiel, Trevejo y así), cuando al salir de una de las trescientas cuarenta y siete curvas del trazado vial divisé el todoterreno del PGC y, a su lado, un agente que agitaba el brazo como si me despidiera. Todo lo contrario: tuve que acercarme.
No se inmutó cuando empecé a metamorfosearme en conejo y me exigió, con esa impasibilidad educadamente moderna de los agentes hollywoodenses, que le entregase la documentación. Pretendí filosofar y advertirle acerca del concepto kantiano que supone el cumplimiento de la ley por la ley, pasándose por el arco del triunfo el espíritu de la ley. Pero ni por esas. Afirmó que había cometido una infracción.Y a pesar de que mi aspecto conejuno debía de ser ya evidente, me atreví a negarlo. Retrucó que había pisado la línea continua tres kilómetros antes y no había respetado la señal que prohíbe circular por encima de los 60 kh en aquel tramo. Me admiraron las cualidades de adivinación del agente y así se lo hice ver. No quiso advertir mi ironía y, con cierta displicencia, condescendió a informarme de que el coche-radar, suficientemente oculto entre la maleza, lo había avisado. No tenía más remedio que denunciarme.
Y me ofreció amablemente el expediente sancionador y un bolígrafo para que firmara en el epígrafe de conforme, dijo.
Naturalmente, no firmé. Y no por adoptar esa actitud tenaz y tozuda que supone cualquier oposición a la ley, no. Simplemente no lo hice porque los conejos no saben firmar.
(Gregorio Samsa tampoco pudo salir a vender paños aquella mañana).
MEKA GÜENTÓ (LAS SUBVENCIONES)
(30-10-1998)
JUAN GARODRI


La obcecación suele traer malas consecuencias. Pero la obcecación en las subvenciones las trae peores. La obcecación es como un desmadre de la voluntad, ese cielo nublado y psicasténico que propicia lluvias torrenciales e ideas fijas como si de ellas dependiesen las fertilidades conceptuales.
Ya se sabe, digo yo, que las cosmogonías se obcecan en los diluvios, cada una a su manera, y atribuyen a elementos sobrenaturales las causas de lo existente.
Por ejemplo, si yo te aseguro que Deucalión y Pirra son algo así como unos primos hermanos del Noé bíblico y primos segundos del Utnapishtim sumerio, puedes pensar legítimamente que estoy atravesando una fase más o menos esquizoide de anacronismo cosmogónico.
Así y todo, te equivocas, creo. Las lluvias torrenciales abundaron en épocas protohistóricas, o antes, y no hay cultura que se precie que no tenga su diluvio para anegar la obcecación. De manera que, a martillazo seguido, cada cual se construyó su arca para salvarse del acoso de las aguas y del castigo de los dioses que, por lo que se dice, estaban castigando a todas horas. Y así, gracias a Noé que soltó la paloma, todo el mundo se enteró del pacto de no agresión establecido con la divinidad. Y gracias a Deucalión y Pirra, que se liaron a tirar piedras por todas partes, aparecieron los hombres y las mujeres. Cuatro piedras de Deucalión, cuatro hombres. Cinco piedras de Pirra, cinco mujeres. Y así.
Y empezamos a alejarnos del australopithecus, a desarrollarnos, o sea.
Pero ocurría que junto con la capacidad craneal se desarrollaba en el hombre la obcecación. Y al mismo tiempo que le crecía la erección homínida (homo erectus) se le desarrollaba la obcecación, ya digo, como una protuberancia más endógena que superciliar.
Los mandamases de cada época histórica no tuvieron más remedio que doblegar la obcecación humana, que iba en aumento, a base de torturas, grilletes y guerras. Hasta que llegamos a nuestros días.
Y como ya no se lleva lo de la tortura institucional, al menos que se sepa, los que rigen nuestros des(a)tinos se empeñan en doblegar la obcecación del gentío a base de torturarlo con diluvios de subvenciones. Y es la gloria contemplar la alegría con la que subvencionan.
No tienes más que fijarte en las fiestas de los pueblos. Durante el pasado verano, toda la geografía extremeña (disculpa el topicazo), desde Jerez de los Caballeros hasta Casares de Hurdes, que ya hay kilómetros, fue barrida por una lluvia intensa de obcecaciones patronales y fiesteras que se convirtieron en auténtico diluvio de subvenciones.
Los mandamases llegaron a pensar (porque también piensan) que el método más expeditivo para doblegar las obcecaciones tal vez fuera inundar de subvenciones los pueblos con motivo de sus ferias y fiestas. El problema consistía en qué subvencionar.
Y a algún cráneo privilegiado (que Valle Inclán disculpe) se le ocurrió la genial idea de subvencionar la cultura, abstracción peligrosa utilizada con frecuencia por los que la desconocen.
Y aquello fue el diluvio. Un diluvio de grafittis inculturales sumergió las paredes de los huertos y de los cementerios, las paredes de las naves de pollos y las del colegio público en los progresistas colorines de paneles escatológicos. A decibelio seguido, un diluvio de grupos de pop rock terruñero y desamparado se extendió por los pueblos en fiestas, acentuado (el diluvio de ruidos) por esos estruendos heavy a los que alguien con grado supremo de desconocimiento armónico ha calificado con la pretensión eufemística de grupos musicales.
Bien. Me encontraba aquella noche en la verbena del pueblo. El grupo montaba los micros y (des)afinaba los instrumentos. Cada trago de mi cerveza se convertía en tragantada, atascado el líquido en la laringe a causa de los terroríficos sobresaltos que cada diez segundos lanzaban los doscientos mil decibelios de los bafles, en medio de un diluvio intersideral y megafónico.
Un guardia municipal repartía los programas de festejos.
Qué quieras que te diga, uno está educado para leer. De manera que, acuciado por esa enfermedad lectora que impulsa a leer hasta los anuncios necrológicos, leí. A saber: «Programa de festejos subvencionados por el Excelentísimo Ayuntamiento. Actos culturales: A las 10'00, actuación del grupo de rock Laputha Lakabra. A las 12'00, actuación del grupo Kabrón’n Kelolea. A las 2'00, gran actuación final del grupo local Meka Güentó. ¡Por el progreso y la cultura. No faltes!».
No falté. Y aunque me sorprendió la abundancia oclusiva y sorda de las k, como si en ellas residiera el secreto de la progresía, aguanté heroicamente hasta las cinco de la mañana, hora en que el personal empezó a exigir al vocalista que hiciera el número del ‘calvo’.
Uno debe de estar más anticuado que los balcones de palo, un fuera de juego permanente del andamiaje progresista, o así. No me atreví a preguntar en qué consistía la esencia cultural del número.
Cesó el volumen decibélico y el vocalista se volvió de espaldas. El silencio era absoluto.
De pronto, con la decisión del maestro que enarbola el estoque y ejecuta el volapié, se bajó los pantalones y mostró a la muchedumbre un trasero blancuzco en el que sobresalía la subvencionada y opaca tristeza del esfínter.
No me lo pude creer. Mira que está uno atrasado, cagüentó.
LAS CUESTAS DEL TAJO (N-630)[1]
(23-10-98)
JUAN GARODRI


Hombre, tampoco es que se trate de las aventuras (o desventuras) que los griegos soportaron camino del embarco para Heraclea cuando la Retirada de los diez mil, pero te juro que sobrellevo envenenada y enojadamente (jodidamente suena peor) mi particular Anábasis cada vez que, camino de Cáceres, enfilo las cuestas del Tajo, esa serpiente sinuosa y asfáltica que comprime la circulación vial y destroza la paciencia de los conductores.
Qué voy a decirte de la familiaridad con que las antiguas culturas trataban a la serpiente. No era para menos. El “pater familias” romano, por ejemplo, cuidaba su serpiente como ahora se cuida el gato adorable que lame las orejas de la soledad. Y hasta se permitían el lujo de asociarla con algunos dioses para atribuirle, analógicamente, las cualidades de la divinidad relacionadas con connotaciones magnificadoras como el conocimiento, el intelecto, la ciencia e incluso la sustentación del orden cósmico. Pero eso era antes.
Con el paso de los años, el avance tecnológico y la navegación cibernauta, suele ocurrir, los mitos pierden su halo de santoral pagano y se precipitan en un desprestigio lastimoso y deshilachado. Consecuencia cronológica: la serpiente y su mito han venido a menos y solo se los considera para construir esos rosetones léxicos de la serpiente multicolor (Olano, Mauri y compañía) o la serpiente de verano (síndrome periodístico causado por el estiaje en las agencias de prensa).
De manera que, te decía, la serpiente de las cuestas del Tajo (N-630) camino de Cáceres es que te deja de los nervios. No tienes más que pensar en el embutido que se prepara cada cuatro minutos cuando circulas detrás de esos camiones dinosáuricos cargados de plomo, se supone.
Y qué decir si en lugar de plomo transportan cerdos. Subes la ventanilla, bajas la ventanilla, cierras el conducto de entrada del aire exterior, abres dicho conducto y, así y todo, una pestilencia infernal te invade, te domina, te posee con esa pertinacia silenciosa de los maleficios o las seducciones perversas.
Y entonces viene lo peor. Empiezas a exigirte paciencia y casi lo consigues. Pero a los nueve kilómetros de retortijones psicológicos acabas cagándote en los ministros de Obras Públicas o en el de Fomento o en los presidentes autonómicos que no presiden como Dios manda o en los políticos de medio pelo que nos representan sin representación, de manera que tus juramentos excrementicios se añaden a los del camión de cerdos con lo que la atmósfera se vuelve irrespirable. En medio de esa situación desdichada te asedia una sed perversa de venganza y juras ante el altar del zoon politikón que en las próximas elecciones autonómicas va a votar su padre.
Y no es para menos. El monólogo de Segismundo se torna cabreo automovilístico y te preguntas, desolado, qué delito has cometido contra el Gobierno, naciendo (naciendo en Cáceres, digo). Porque el castigo no es flojo. Después de más de treinta años de carretera por las cuestas del Tajo, no han sido capaces de hacernos ni un carril para vehículos lentos, ni un aliviadero alentador para sacudirte de encima la serpiente, ni una miserable raqueta en la que introducirte para evitar los hostiazos y tomar sosegadamente la desviación cuando te diriges, por ejemplo, a Coria o a Moraleja o a las poblaciones de la Sierra de Gata, tan olvidada de los mandamases. Quien esté cayendo en ese gravísimo pecado de omisión de permitir que esas cuestas del Tajo sigan siempre así, merecería circular dos o tres mil kilómetros detrás de un camión cargado de cerdos. O dentro. Y que se jodiera.
[1] Cuando escribí este artículo (23-10-1998) no existía la autovía Ruta de la Plata.

jueves, 9 de julio de 2009

LOS CALLOS DE RONALDO
(17-10-1998)
JUAN GARODRI



Desde luego lo interesante del fútbol no es el fútbol. Descarto la descripción marujona y perversa (y tópica) de que el fútbol consiste en veintidós mocetones en calzoncillos corriendo desesperadamente detrás de un cuero inflado, dándose leña de manera inmisericorde mientras son perseguidos implacablemente por un tipo vestido de negro (el tipo suele tener barriga cervecera), y todo eso. Pero insisto, lo interesante del fútbol no es el fútbol.
Si los plumíferos (que Larra me perdone), esa nube peligrosa y alérgica de avispas caracterizada en la comedia clásica por Aristófanes, entrevistan a Valdano, por ejemplo, no hablan de fútbol. Le preguntarán por la conjunción sistemática de la estrategia. Y Valdano responderá que la conjunción sistemática de una estrategia preconcebida se afianza en la estructura lineal y elástica de la penetración para obtener unos resultados globales que incidan en las cualidades diferenciadoras del conjunto. Y así. Teniendo en cuenta, además, que Valdano filosofa con esa fluencia longitudinal con que los gauchos lanzan la cuerda para derribar a los terneros en las pampas, llego a la conclusión de que la antedicha frase valdaniana bien podría aplicarse también a los vendedores de coches usados o a los aspirantes a un master de marketing de empresa. Incluso los fontaneros y los electricistas y los barrenderos y los carpinteros y los marmolistas podrían incidir, por qué no, en el hecho de la penetración.
Si José Ramón de la Morena entrevista a Ronaldo, por ejemplo, lo más probable es que no hablen de fútbol. (Sabido es que con Ronaldo es imposible hablar de fútbol o de cualquier otra cosa, dado el laconismo dentudo y melonero de sus respuestas). Preguntará el periodista al famoso astro acerca del grano, enrojecido y rabioso, que le ha madurado en el culo y, si Ronaldo lo niega, De la Morena insistirá en que lo sabe de buena tinta. Reclamará, además, la verificación de si Ronaldinha se lo desinfecta con alcohol o con agua oxigenada y se interesará por la operación desinfectante y, flotando en un ámbito más inquisitorial que periodístico, averiguará si la desinfección es diaria o si el hecho desinfectante se produce dos veces al día y, en fin, conocerá si la aplicación alcohólica escuece o, por el contrario, produce una reacción gratificante y regeneradora. Le aconsejará, además, que utilice un linimento idóneo, a juzgar por el efecto beneficioso e higiénico que el curativo produjo en Manolete hace dos meses, cuando lo del divieso en la barriga. Y, a continuación, interviene Ma-no-le-te y pregunta a Ronaldo cómo le va con los callos. “Callos, no, dientes”, responde el dentudo avergonzado. Y Manolete le recomienda un producto para callos utilizado por Jesús Gil para embadurnar las pezuñas de Imperioso.
Si cualquier mañana (que Dios le ampare, hermano), alguien nutre su insaciable apetito cultural hojeando las páginas de un periódico deportivo, el Marca, por ejemplo, advertirá que las pautas magnificadoras e hiperbólicas (la mayoría de las veces) no van dirigidas al fútbol, ese pretexto balompédico para generar ingresos, ventas y ganancias a todo meter. Las pautas magnificadoras, o sea, se encaminan velozmente a exaltar la gresca internacional y multilingüe entre la RFEF y la FIFA, o entre la RFEF y Jesús Gil, o entre Jesús Gil y sus entrenadores o entre Ruiz de Lopera (el de la sacra estampa en el bolsillo) y Jesús Gil o entre los porreros y los guardias municipales de Jesús Gil o entre la paranoia de Villar y la de Jesús Gil. Además, el lector ingenuo y deslumbrado comprobará los miles de kilos que elevan las cláusulas de rescisión a unos cielos inalcanzables (“kilo”, ese neologismo nauseabundo de la avidez monetaria), verificará los encrespamientos que corrompen la unidad de las plantillas, evidenciará las juergas nocturnas de sus integrantes (¿cómo van a rendir en el campo? ¡qué vergüenza!, o sea), conocerá los procedimientos utilizados para la depredación amorosa por algunos jugadores en los itinerarios de la noche y, en fin, sabrá con exactitud el número de pie que calza Juninho.
Digo yo, para terminar, que si lo más interesante del fútbol no es el fútbol hay que echarle imaginación al asunto para explicar el hecho de que haya tanto aficionado al fútbol sin hablar de fútbol, o sea.
OH, LOS VIAJES
(11-10-1998)
JUAN GARODRI


Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, qué quieres que te diga, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar.
En efecto, después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones a punto de divorcio, no hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán, Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, suele decirse, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los exploradores o los arqueólogos.
Las maravillas visuales ofertadas en los folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco, atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo.
Milán es otra cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a sacar entradas para la ópera, y todo eso.
Y qué decirte de Florencia, la ciudad de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa Croce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres caer en el descrédito o en la patanería).
Así que estos primeros días de octubre, inocentes y virginales como todo lo primerizo, decidí adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata, como te decía, esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No tienes más que subir de Cadalso a Robledillo para sentir el diáfano contacto con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. Qué quieres que te diga, no hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en una especie de desnudamiento vegetal y cromático.
Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina, tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower Bridge son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir el pico.
De pueblo que es uno, qué remedio.